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viernes, 26 de diciembre de 2014

El ricachon estupido

La riqueza no da inteligencia. Pero la avaricia le quita a la gente las entendederas...
A la orilla del Amur vivían dos hombres: el mercader nikano Li-Fu y el cazador nanayo Aktanka. Eran muy diferentes.
Aktanka pescaba, cazaba, había trabajado siempre, pero vivía pobremente. Li-Fu no sabía siquiera poner una flecha en el arco, era incapaz de distinguir un ortega de un garrulino, no había pescado nunca un pez, no sabía lo que era una red. Sólo sabía contar dinero y comerciar en su tienda. Vivía ricamente. Todo lo que Aktanka cazaba y pescaba se lo cambiaba por cereales y harina.
Li-Fu era un hombre ávido y poco honrado. Apuntaba en un libro muy grueso lo que recibía y lo que entregaba. Pero falsificaba las anotaciones y, como Aktanka era analfabeto, no podía llevar él cuenta de lo que le debía a Li-Fu.
Y resultaba que cuanto mayor era la caza de Aktanka, mas subía el precio de las mercancías de Li-Fu.
¡Nunca llegaba Aktanka a saldar su deuda!
Conque Li-Fu acudía diariamente a su casa y gritaba:
-¡Eh! ¿Qué haces ahí tumbado? Sal a cazar. Tienes que pagarme la deuda.
Una vez, Li-Fu se llevó las redes de Aktanka por su deuda. Tan estúpido se había vuelto el mercader de la avaricia, que ni siquiera comprendía que, sin redes, Aktanka no pescaría nada.
Aktanka se puso a pensar y se le ocurrió hacer unos lazos con tendones de alce y ajustó su arco apuntando a la senda por donde iba un jabalí al abrevadero. Conque fue el jabalí a beber agua, el arco se disparó y lo mató. Ya tenía una presa Aktanka.
Aktanka puso a hervir la carne.
Nada más olerlo, Li-Fu llegó corriendo. Manoteaba, pataleaba y le gritaba al cazador pegando con el dedo en su libro:
-¡Eh, tú! ¡Págame la deuda!
Aktanka le dio toda la carne. Pero a Li-Fu todavía le pareció poco: también se llevó el arco y los lazos. ¡Así mismo...! Ainká, la mujer de Aktanka, le dijo:
-¿Qué vamos a hacer ahora, señor Li-Fu? Sólo con las manos, no se puede cazar, no se puede obtener carne ni pieles.
Sin hacerle caso, Li-Fu arrambló con todo y se marchó. Ainká se quedó llorando.
-No te apures, mujer -le dijo Aktanka. Ya saldremos adelante.
Conque se puso a pensar hasta que se le ocurrió hacer un arco pequeño, de ramas de tejo, y con él se fue a la taigá.
Aktanka tenía muy buen ojo y la mano firme, de manera que, en cuanto soltaba una flecha, abatía un ave. Así cazó muchas. Las llevó a casa y Ainká se puso a asarlas.
En cuanto Li-Fu olió que algo estaba asándose en casa de Aktanka, allá fue con la cantinela de siempre:
-¡Págame la deuda!
Como Aktanka no podía pagársela, Li-Fu le quitó el arco, las flechas, las aves, y se marchó.
-i0y-oy-oy! -lloraba Ainká. ¿Cómo vamos a vivir ahora? -No llores, mujer -pidió Aktanka. Déjame pensar. Aktanka se puso a pensar, se pasó la noche entera pensando y se fumó casi todo el tabaco mientras pensaba. Por la mañana le dijo a su mujer:
-Ve a recoger resina.
Ainká se fue al bosque, recogió mucha resina de alerce y de abeto, la derritió y la mezcló toda.
Tomó Aktanka una chumashká de resina y se subió a un risco donde crecía un abeto muy alto.
Se subió hasta arriba del todo y miró en torno. Vio que venían bandadas de aves. Entonces empezó Aktanka a bajarse del árbol y, conforme descendía, untaba de resina las ramas y el tronco.
Bajaba un poco y untaba resina, bajaba un poco y untaba resina... Así untó todo el árbol y se fue a su casa a dormir. Por la mañana despertó a su mujer:
-¡Ve a recoger la caza, mujer!
Fue la mujer de Aktanka hasta aquel abeto y vio que todo el árbol estaba plagado de aves. Por la noche se habían posado allí para descansar y quedaron atrapadas en la resina. Agitaban las alas, pero no lograban soltarse. Ainká las recogió, volvió a su casa y se puso a guisarlas.
Li-Fu estaba acostado y soñaba con su dinero. De pronto notó que de casa de Aktanka llegaba olor a carne guisada. Se levantó de un salto y salió como loco, estremecido de codicia: le temblaban las manos, la coleta le azotaba la espalda, los zapatos se le caían de los pies y los faldones de la bata le subían por encima de las rodillas. Llegó jadeante a casa de Aktanka, señalando con el dedo en su librote.
-Tú no me pagas la deuda, pero comes carne, ¿eh? -gritó. Págame la deuda.
-No puedo, señor rico -contestó Aktanka. No puedo pagársela.
-Pues dame las redes.
-Yo no tengo redes -contestó Aktanka. Usted mismo me quitó todos los aparejos.
Li-Fu metió una mano en un caldero y sacó un pato. Nada más verlo, abrió unos ojos como platos, se puso a patalear, rojo de rabia, y chilló:
-Y éste, ¿ha venido a meterse aquí él solo?
-Lo cacé sin aparejo -contestó Aktanka. Basta con embadurnar un árbol con resina. Las aves se posan en el árbol, se quedan pegadas, y no hay más que recogerlas y echarlas al caldero.
Li-Fu se quedó encantado. «¡Qué bien! -pensó. Ahora echaré mano a todos los gansos y a todos los patos. ¡Menudo negocio! Pero a Aktanka no le daré harina ni cereales ni tocino.»
El rico comerciante corrió a su casa y mandó a su mujer a recoger resina al bosque. Recogió un tonel entero. Entre los dos lo llevaron con gran esfuerzo hasta un monte donde crecían árboles muy altos.
Li-Fu agarró un caldero de cobre, lo llenó de resina y subió a un árbol con él. Según subía iba untando el árbol de resina. Pero muy bien untado, para que se quedaran pegadas muchas aves.
Su mujer le gritó:
-¡Eh, Li-Fu, baja! Mira que vas a asustar a las aves. ¿No ves que llega toda una bandada de gansos? ¡Y cómo están de gordos! La grasa les cae goteando al río.
El comerciante se puso a bajar. Pero el árbol estaba pegajoso. Y cuanto más bajaba, más espesa estaba la resina. Su mujer le metía prisa:
-¡Baja, Li-Fu! Ya están cerca los gansos...
Pero Li-Fu no podía moverse ya, ni para arriba ni para abajo.
-¡No me puedo bajar! -le gritó a su mujer. ¡Corta el árbol! Los gansos se posarán también en el árbol caído.
La mujer del rico empuñó el hacha, ¡y venga a pegarle hachazos al árbol con todas sus fuerzas!
-¡Date prisa! ¡Date prisa! -gritaba Li-Fu. Mira que los gansos van a pasar de largo.
La mujer terminó por cortar el árbol. Al caer, el árbol pegó contra el suelo y aplastó a Li-Fu, que seguía pegado a él. Una rama que se desprendió le pegó a la mujer del rico comerciante en la frente y fue a parar al tonel de resina.
El tonel se volcó, echó a rodar y cayó al río con la mujer del estúpido y codicioso Li-Fu. No vamos a llorarla, porque no era mejor que su marido.
En cuanto a Aktanka, fue a la casa de Li-Fu, recuperó todo lo que le pertenecía -las redes, el arco, los lazos- y desde entonces vivió tan a gusto de lo que cazaba y de lo que pescaba.
Y nadie intentaba ya quitarle lo suyo.

1.098.1 Naguishkin (Dmitri D.) - 074

El oso pastor

Un rebaño de renos estaba pastando en un prado cuando llegó un tigre, apartó a unos cuantos y los empujó hacia la taigá. Mató a uno y, mientras lo devoraba, los otros huyeron espantados. No supieron volver al lugar donde había quedado el rebaño y siguieron pastando ellos.
En esto, se encontraron con un oso.
El oso era ya viejo y se le daba mal la caza. No sé si comería poco o mucho, pero el caso es que estaba muy flaco y el pelo se le caía a puñados.
«¡Qué suerte! -pensó el oso al ver a los renos. Ahora me quedo con ellos. Me dedicaré a la cría de renos, como hacen los hombres. Estos tendrán crías, y ya no me faltará carne en la vida. Además, que pastar renos no es difícil.»
Encantado, el oso juntó a los renos en un sitio, cerca de su osera. El también se sentó por allí, tan contento, calculando cuál se comería primero.
Los renos, viendo que el oso no les hacía nada, se pusieron a pastar, con la cabeza gacha para encontrar el musgo. El oso los miraba sin entender lo que hacían. Parecía como si prestaran oído a algo... Y se asustó, creyendo que escuchaban por si venía su amo.
Se acercó el oso a uno de los renos y le preguntó:
-¿Qué escuchas?
El reno callaba. El oso se lo preguntó a otro, que se le quedó mirando, pero sin contestar. Y es que a los renos les daba risa: el oso quería hacerse criador de renos y ni siquiera sabía lo que comían los renos.
El oso anduvo de aquí para allá, de un reno a otro, hasta que se puso a jadear. Y se dijo:
-¡Vaya un trabajo duro!
Mientras no se comieron todo el musgo, los renos se quedaron pastando cerca de aquella osera. Cuando lo terminaron, fueron alejándose. Otra vez le entró miedo al oso: de esa manera, podían marcharse del todo. Porque no sabía el oso que los hombres van detrás de los renos en su pastoreo. El oso se empeñó en hacerlos volver. Pero, mientras él conducía a uno de vuelta hacia la osera, otro se largaba en busca de musgo y lo perdía de vista.
Agotado ya y viendo que no podía hacerlos volver, tuvo que marcharse el oso tras ellos. Y no hacía más que mirar hacia atrás, muy triste de abandonar su vieja y tibia osera. Pero, como tampoco quería perder los renos, entre suspiro y suspiro iba alejándose de ella...
-¡Cuidado que es duro esto de pastar los renos! -se decía.
De haberlo sabido, nunca me hubiera puesto a ello.
De esta manera se alejó mucho el oso de su guarida. En esto se encontró con un lobo y una zorra.
-¡Hola! -le dijeron. ¿Qué haces tú por aquí? -Pues ya veis, que me he hecho criador de renos. La zorra movió el rabo, sacudió la cabeza.
-Ya era hora. Mi vecino el lobo y yo tenemos nuestros renos hace ya mucho tiempo. Ahora vivimos bien. Comemos carne de reno.
-Es que yo estoy rendido de andar tras ellos -dijo el oso.
-Porque no tienes costumbre -contestó la zorra. ¡Pobre, pobre vecino! Cuando no se tiene costumbre, es muy duro. No sé cómo vas a arreglártelas en invierno...
El oso se quedó pensativo. En efecto, ¿qué iba a hacer él con los renos en invierno? Porque los inviernos, él se los pasaba dormido. Y si se dormía, los renos se marcharían. ¿Dónde iba a buscarlos?
Les dijo a la zorra y al lobo:
-¿Por qué no me ayudáis a guardarlos?
La zorra, que era muy astuta, hizo como si se quedara pensando, aunque no tenía más idea que la de engañar al oso. Hasta que le dijo:
-La verdad es que no sé cómo vamos a ayudarte. No podremos. Es muy difícil. En fin, tenemos que ayudarnos los unos a los otros. Déjanos tus renos. Esta primavera vienes y los recoges.
La zorra y el lobo se llevaron los renos a la taigá.
E1 oso se quedó bailando de contento. Se decía: «¡Bien he engañado a esos dos tontos! Van a pasarse el invierno entero detrás de los renos y yo tengo la comida asegurada para la primavera y el verano: toda la carne será para mí.» Volvió a toda prisa a su guarida y se durmió para todo el invierno.
La zorra y el lobo se adentraron con los renos en el bosque. El lobo iba matando renos y los dos pícaros tuvieron comida todo el invierno.
Mientras, dormido en su guarida, el oso soñaba con los renos bien cebados, tan gordos, que les goteaba la grasa. «¡Que atracón de carne me daré este verano!», soñaba. Y cuanto más le sonaban las tripas del hambre, más gordos veía a los renos en sueños.
Llegó la primavera. El sol derritió la nieve. Corrieron arroyos por la tierra y en los árboles comenzaron a despuntar las yemas. Despertó el oso de su sueño invernal y abandonó su guarida. Iba por la taigá, tambaleándose de pura debilidad, con los flancos hundidos y las lanas cayéndosele a puñados.
Llegó el oso donde la zorra y el lobo, que estaban tan gordos y lustrosos después de cebarse todo el invierno. La zorra corrió a recibirle y se puso a dar vueltas a su alrededor como si, de la alegría, no supiera qué hacerse con tan amable visitante ni dónde acomo-darle mejor, y venga a hablar, sin dejarle meter baza, hasta que por fin preguntó:
-Bueno, ¿y dónde están mis renos, vecina? La zorra se puso a hacer aspavientos:
-¡No sabes el disgusto que tenemos con lo de tus renos, vecino! Se han perdido todos.
-¿Cómo que se han perdido? -inquirió el oso pasmado.
-Nada, que se escaparon.
-¿Qué es eso de que se escaparon? -repitió el oso enfadado.
-Pues lo que te digo: se escaparon, y se acabó. Ya comprenderás que si tú, que eras su amo, no pudiste hacer carrera de ellos, menos podíamos conseguirlo nosotros.
-Bueno, ¿y los vuestros? -preguntó todavía el oso mirando a su alrededor y viendo que por todas partes había calaveras y huesos de renos.
La zorra hizo más aspavientos todavía, fingió que se le saltaban las lágrimas y le pegó tal codazo al lobo que le arrancó un aullido.
-Lo de los nuestros ha sido espantoso -lloriqueaba la zorra. A nuestros renos se los comieron las polillas, vecino.
-¿Las polillas? -se extrañó el oso.
-Sí, sí, las polillas. Cayeron sobre los renos, se les metieron entre las lanas, que las tienen tan tupidas, y antes de que nos diéramos cuenta los habían devorado y no nos dejaron ni uno...
La zorra miró los huesos, ¡y venga a lamentarse sollozando!
-¡Ay, pobrecitos míos! ¡Con lo buenos que eran! ¡Tanto como yo los quería!
Compadecido de la zorra, el oso se puso a consolarla:
-No llores, vecina. Son cosas que pasan...
Se rascó la nuca, se quedó pensando un rato y terminó:
-Si se los comieron las polillas, ¿qué puedes hacer ya? En cuanto a mí, se conoce que no he nacido para criador de renos, vecina. Nunca tendré otro rebaño.
Y volvió el oso muy triste a la taigá.
Desde entonces, ni se acerca a los renos.

1.098.1 Naguishkin (Dmitri D.) - 074

El mas fuerte

Unos niños nanayos fueron a patinar sobre el hielo un día de invierno.
Primero jugaron y patinaron. Luego se pelearon.
Uno de los niños, Nameká, venció al otro, que se llamaba Kurbú. Le venció y empezó a presumir:
-¡Yo soy aquí el más fuerte! ¡Todos debéis saludarme!
En esto resbaló Nameká, se cayó y se partió la cabeza.
-Ya ves cómo no eres el más fuerte -le dijo Kurbú, puesto que el hielo te ha vencido. Mira cómo sangras. Nameká le preguntó al hielo:
-Oye, hielo, ¿hay alguien más fuerte que tú?
-Sí que lo hay -contestó el hielo. El sol es más fuerte que yo. En cuanto brilla con fuerza, yo me derrito. Hay que saludar al sol.
Fueron los chicos a ver al sol. Anduvieron mucho tiempo, hasta que al fin llegaron.
Namaká le dijo al sol:
-¡Oye, padre! Yo he vencido a Kurbú, el hielo me ha vencido a mí y tú derrites el hielo. De manera que tú eres más fuerte que nosotros. He venido a saludarte.
El sol se quedó pensando.
-La nube es más fuerte que yo -le dijo por fin a Nameká, porque cuando cubre la tierra lo enfría todo y yo no puedo atravesarla con mis rayos.
Fueron los chicos a ver a la nube. Subieron a una montaña muy alta. En torno, todo era niebla, humedad y frío. Mientras llegaron hasta la nube se calaron de agua y quedaron recubiertos con una capa de hielo.
Le dijo Nameká a la nube:
-¡Escucha, madre! Yo soy más fuerte que Kurbú, el hielo es más fuerte que yo, el sol es más fuerte que el hielo y tú eres más fuerte que el sol. Conque tú eres la más fuerte de todos. He venido a saludarte.
Iba a contestar la nube, cuando sopló el viento, silbando, arremolinándose, y disipó la nube.
Poco antes hacía frío, había humedad y no se veía nada a dos pasos. Y de pronto hacía calor, había luz, apareció el arco iris, brilló el sol y pudo verse como sobre la palma de la mano todo el Amur, desde su nacimiento hasta las marismas.
Le gritó entonces Nameká al viento:
-¡Oye, viento! Yo he vencido a Kurbú, el hielo me ha partido la cabeza, el sol ha derretido el hielo, la nube tapa el sol y tú has desbaratado la nube. De modo que tú eres el más fuerte de todos. Por eso te saludo.
Y Nameká se inclinó.
Pero Kurbú le preguntó al viento:
-¿Puedes tú cambiar de sitio una montaña?
El viento se puso a soplar, pero por mucho que hinchaba los carrillos, la montaña seguía donde siempre. Sólo volaron algunos granos de arena de su cumbre.
-¡Huy! -observó Nameká. ¡Mucho tiempo ibas a necesitar para cambiar de sitio una montaña de esa manera! Conque resulta que la montaña es más fuerte que tú.
Los niños se inclinaron ante la montaña.
-iMontaña, oye, montaña! -dijo entonces Nameká. ¿Eres tú la más fuerte de todos en el mundo?
La montaña carraspeó, se quedó pensando.
-No -contestó. El árbol es más fuerte que yo. Crece sobre mis espaldas y me desgarra con sus raíces. Pero también me protege del viento.
Nameká saludó al árbol.
-¡Eh, árbol, escucha! Yo he vencido a Kurbú, el hielo me ha vencido a mí, el sol ha vencido al hielo, la nube ha vencido al sol,
El más fuerte
el viento ha vencido a la nube, la montaña ha vencido al viento y tú vences a la montaña. Entonces, ¿eres tú el más fuerte de todos? El árbol hizo susurrar sus hojas.
-¡Sí! -dijo. Yo soy el más fuerte de todos.
-¡Mentira! -contestó Nameká.
Agarró un hacha y cortó el árbol.
Entonces, todos se inclinaron ante Mameká: la montaña, el viento, la nube, el sol, el hielo... todos.
De entonces viene el considerar que el hombre es el más fuerte de todos en el mundo.

1.098.1 Naguishkin (Dmitri D.) - 074

El hijo que nacio en un abedul

Lo peor que le puede suceder a un hombre es ser holgazán y envidioso...
Erase un anciano que vivía en una aldea. Tenía un hijo llamado Ulendá. Era un muchacho muy cabal: ancho de hombros, fuerte, bien parecido, sabiendo hablar... Pero tenía el defecto de que no le gustaba trabajar. No quería hacer nada...
¿Que salía de caza a la taigá? En cuanto veía un lecho de musgo se tumbaba a dormir. ¿Que el padre le mandaba a pescar? Se sentaba en la orilla y se pasaba el día entero mirando el agua sin moverse. ¿Que le mandaba su padre a cuidar de los renos? Ulendá se sentaba en un tocón, levantaba la cabeza y se ponía a contar las nubes. Y todos los renos se desmandaban.
Conque resultaba que, con todos sus años, el padre tenía que buscar el sustento para él y para el hijo.
El viejo estaba muy apenado: todos los demás hijos alimentaban a sus padres en señal de respeto y únicamente Ulendá vivía a expensas suyas.
Fue el padre a ver al zanguín, al juez, y le rogó:
-¡Ayúdame, sabio zanguín! No puedo seguir alimentando a un hijo que ya es un hombre. ¡Ya no tengo fuerzas! ¿Qué podría hacer? Aconséjame.
El zanguín se quedó pensando mucho rato; tanto, que se fumó cien pipas de tabaco mientras pensaba. Luego dijo:
-Un hijo holgazán es peor que una piedra al cuello. El arco no dispara si la cuerda está mojada. Hay que cambiar la cuerda. Lo que tú necesitas es otro hijo.
-¡Estoy tan viejo! -se lamentó el anciano. ¿Cómo voy a tener otro hijo?
Y le dijo el zanguín:
-Ve mañana a la taigá. Allí verás un abedul de hierro que crece entre dos olmos. Corta el abedul, porque en ese abedul crece tu hijo menor, meciéndose en su cunita. Críale y será tu sostén.
Conque fue el viejo a la taigá y, anda que te anda, se encontró efectivamente con un abedul de hierro que crecía entre dos olmos.
Se puso el viejo a cortar el abedul. Pegó un golpe, luego otro... Se rompió el hacha y en el abedul no había hecho ni siquiera una señal. ¡Menudo abedul! Rendido, el viejo se acostó a descansar un poco y se quedó dormido.
Soñó que se le acercaba un oso y le decía:
-Aquí a la derecha fluyen dos riachuelos por una vaguada. Uno tiene el agua blanca y el otro agua roja. Coge agua roja en una churnashká y echásela al abedul.
Al despertarse, el anciano se levantó y fue en busca de aquellos riachuelos. Mientras se abría paso por entre los árboles caídos, se hizo jirones la ropa: el ropón, los pantalones, los unti...
Bajó a una vaguada y, efectivamente, por allí corrían dos riachuelos. El anciano cogió agua roja de uno de ellos y volvió para atrás.
Llegó al abedul y lo salpicó con el agua roja.
De nuevo intentó cortar el abedul. Al primer hachazo que descargó, el abedul se estremeció y cayó al suelo.
Vio entonces el anciano que en el sitio donde partía la primera rama había una cunita. En la cunita estaba acostado un niño. Un niño que no era más grande que una aguja de hueso. Tenía el rostro redondo como la luna y los ojitos negros brillantes como dos cuentas.
-¡0y-ya-ja! -se lamentó el anciano. ¡Mucho tendré que esperar hasta que este hijo adoptivo crezca y pueda mantenerme!
Pero el niño del abedul dijo en respuesta:
-Padre, no cuentes los pasos al comenzar el camino.
El anciano se echó a la espalda, por encima del hombro, la cuna con el hijo dentro y echó a andar hacia su casa.
Fue andando, andando, hasta que notó algo raro. ¿Qué ocurría? La cuna pesaba más a cada paso. Antes de llegar a la aldea le dolía ya tanto el hombro al anciano que dejó la cuna en el suelo. No tenía fuerzas para seguir cargado con ella. Pero entonces vio que la cuna se había vuelto grande, grandísima. Y el niño del abedul había crecido mucho. Saltó de la cuna, se inclinó ante el anciano y dijo:
-Gracias, padre, por haberme ayudado a crecer. Echaron a andar juntos.
El anciano le puso de nombre Kalduká a su hijo menor.
Así fueron viviendo los tres: el anciano, Ulendá y Kalduká.
Antes de que el anciano pudiera darse cuenta, Kalduká era ya tan alto como Ulendá. Fuerte, ágil, trabajaba por los tres.
¿Que se ponía a competir con cualquiera en la lucha con pértigas? En un abrir y cerrar de ojos había dejado al adversario desarmado. El rebaño de renos tenía ahora el doble de reses. En la casa sobraba la yukola. En cuanto a las pieles, tenían para su uso y aún les quedaban para vender.
Ulendá, en cambio, seguía igual. Cuanto más tiempo pasaba tumbado, más holgazán se volvía. Y su pereza aumentaba tanto, que ni cabía ya en la casa...
El anciano tenía dos águilas: una con el pico rojo y otra con el pico negro. Cada otoño recogía las plumas que se les caían a las águilas de la cola. Hasta entonces, el anciano le daba a Ulendá las plumas del águila de pico rojo. Pero cuando su hijo Kalduká se convirtió en el sostén de la casa, el anciano se las dio a él diciendo:
-Kalduká es quien me mantiene. Conque a él hay que considerarle el mayor.
Ulendá no protestó, se tragó la afrenta, pero le guardó rencor a Kalduká. Se puso a pensar en cómo podría vengarse del niño del abedul, en cómo podría perjudicarle. Y era tal su rencor que pudo más que la pereza.
Ulendá comenzó a robarle a Kalduká las presas que caían en sus trampas. Ulendá comenzó a robarle a Kalduká los peces que caían en sus redes.
Kalduká fue a ver al zanguín.
-Ayúdame a encontrar al ladrón, sabio juez -le rogó.
-¿Cómo se puede encontrar a un ladrón siendo uno de los suyos?
Sin embargo, el zanguín encendió una hoguera, y acercó un gato a las llamas para que se chamuscara. El gato empezó a maullar con el hocico torcido. Dijo el zanguín:
-Que al ladrón se le ponga la cara torcida como a este gato. Hágase todo como mandan nuestras leyes, y tú mismo descubrirás al ladrón.
Kalduká marchó a su casa. Encontró a Ulendá acurrucado en un rincón con la cara envuelta en un trapo.
-¿Qué te ocurre, hermano? -preguntó Kalduká.
-Nada -contestó Ulendá-. Me duelen las muelas.
En esto sopló el viento, arrancó el trapo con que se tapaba Ulendá, y todos pudieron ver que tenía la cara torcida. Todos vieron que el ladrón era él. Desde entonces le llamaron Ulendá Caratorcida.
Aumentó el odio de Ulendá, que se pasaba el día y la noche pensando en cómo perjudicar y hacer daño al hermano adoptivo. Pero nada podía mientras viviera el anciano.
Pasó el tiempo, el anciano cayó enfermo y se murió. Le amor-tajaron, le lloraron. El zanguín rompió una jabalina sobre el cuerpo del anciano. Arrojó los pedazos en direcciones distintas para que el alma del cazador se separara del cuerpo. Y enterraron al viejo.
Un día le dijo Ulendá a Kalduká:
-Vamos a la isla, hermano: recogeremos saranás, encontraremos raíces dulces...
Montaron en una barca. Llegaron a la isla. El hermano menor fue a buscar saranás y se alejó bastante de la orilla, adentrándose en el bosque. Ulendá se montó en la barca y se marchó. Abandonó a su hermano en la isla:
-¡Que se lo coma el ave Kori!
Porque, en aquellos tiempos, vivía en el monte Jej-tsir el ave Kori, que era tan grande como una nube. Cuando el ave Kori abandonaba su nido, se hacía la oscuridad porque tapaba el cielo con sus alas. ¡Pobre del que cayera entre las garras del ave Kori! A esas personas, nadie las volvía a ver.
Kalduká anduvo un rato por la isla, volvió a la orilla, pero no encontró a Ulendá. Le llamó, venga a llamarle, pero él no contestaba. Kalduká se comió unas cuantas raíces dulces y se tumbó a descansar. Allí tendido, entró en calor y se durmió.
Se puso el sol. El ave Kori remontó el vuelo desde el monte Jej-tsir y tapó el cielo. Todo se puso oscuro. Agitaba las alas y hacía el ruido de un aguacero. Resoplaba, y parecía un vendaval.
Kalduká se despertó, asustado y empuñó el arco.
Pero el ave Kori ya estaba encima de él, con el pico abierto y los ojos brillantes como dos hogueras.
Kalduká disparó su arco, pero no le hizo nada porque las plumas del ave eran de hierro. Kori agarró a Kalduká entre sus garras y le dijo:
-Dime tres adivinanzas. Si las acierto, morirás. Si no las acierto, te llevaré a tu casa de vuelta.
Kalduká aceptó, después de pensarlo un poco, y preguntó.
-¿Qué será, ay, que será? Una rana subida a una roca y no se puede bajar.
Kori se puso a pensar, venga a pensar, pero no pudo adivinarlo. Dijo entonces Kalduká:
-Es la nariz en la cara.
Kalduká dijo la segunda adivinanza:
-¿Qué será, ay, qué será? Sale de un sitio, va adonde quiere, pero no dice por qué camino.
Tampoco acertó Kori.
-Es la flecha -le dijo Kalduká.
Y le puso la última adivinanza:
-¿Qué será, ay, qué será? Cien sobre una almohada, y no se pelean.
Kori no pudo acertar tampoco.
-Las pértigas que forman el tejado -dijo Kalduká.
Agarró entonces el ave a Kalduká y echó a volar. No sé cuánto tiempo voló, pero dejó a Kalduká delante de su casa. Entró Kalduká en su casa. Al verle, Ulendá se puso lívido de miedo, empezó a temblar.
-El viento me arrastró lejos de la isla. Se levantó una tormenta tan fuerte que no pude volver.
Kalduká no dijo nada.
Siguieron los hermanos su vida. Mientras Kalduká cazaba o pescaba, Ulendá Caratorcida estaba acostado. Su rencor no se aplacaba. Después de pensarlo un tiempo, le dijo a Kalduká:
-Echo de menos a nuestro padre. He oído decir a la gente que, si se le untan los labios a un muerto con la saliva de la serpiente Simú, el muerto resucita. ¡Qué bueno sería resucitar a nuestro padre!
-¿Y dónde está esa serpiente? -preguntó Kalduká. ¿Cómo se la puede encontrar?
-Allí donde nace el río Jor -explicó Ulendá.
Kalduká ensilló un reno, se montó en él y partió. ¿Quién sabe el tiempo que estuvo en camino? El caso es que, en ese tiempo, treinta veces crecieron hongos sobre un olmo caído. Por fin llegó Kalduká. Dejó el reno a la orilla del río, le pegó una palmada y lo convirtió en árbol. Luego echó a andar y llegó a un campamento.
Vio que allí vivían orochíes, que eran ulchíes cazadores. Estaban muy tristes. Les preguntó Kalduká a qué se debía su tristeza. Le contestaron que la serpiente Simú venía constantemente a su campamento, devoraba a la gente, les prendía fuego a las yurtas, y no podían librarse de ella.
-¿Cómo puede ser eso? -se extrañó Kalduká. ¿Es que no puede matarla ninguno de vosotros?
-Lo hemos intentado; pero la serpiente no hace más que soltar su aliento abrasador, y a la gente se le paralizan los brazos. Y ya comprenderás que, sin brazos, no se puede hacer nada.
-Probaré yo -dijo Kalduká después de pensarlo un poco. A ver si no me ocurre eso...
Afiló su jabalina, afiló su cuchillo, pidió un caldero de hierro en el campamento y marchó al bosque donde vivía la serpiente Simú. Se revistió todo de musgo. Se metió en el río hasta quedar todo mojado. Recogió resina de los árboles hasta llenar el caldero. Se puso a pegar con la jabalina en el caldero armando un ruido tremendo. Al oír Simú aquel ruido, salió de su agujero y se deslizó silbando. Por donde pasaba la serpiente quedaba una huella roja: era que ardían las piedras y la hierba.
Cuando vio a Kalduká, la serpiente le echó su aliento ardiente.
Pero el musgo mojado protegió a Kalduká del fuego. Kalduká tomó impulso y, con todas sus fuerzas, arrojó el caldero lleno de resina a las fauces de la serpiente. La resina se derritió del calor y le taponó el gaznate a Simú. La serpiente se retorció y murió. En lugar de fuego, empezó a salirle espuma blanca por la boca. Kalduká cogió espuma de aquélla y emprendió el camino de vuelta.
De pronto oyó que los árboles crujían. La taigá estaba envuelta en humo. Los animales escapaban corriendo y las aves huían en bandadas.
-¡Ay, qué desgracia, hijito! -le dijeron los orochíes a Kalduká. Has matado a Simú, pero ahora viene su hermano Jimú a vengarla. ¡Estamos perdidos!
-¡Calma! -dijo Kalduká. Desgracia es no tener cabeza sobre los hombros.
Agarró siete calderos de hierro, los metió uno dentro del otro y él se escondió debajo del primero.
El hijo que nació en un abedul
Llegó Jimú como una tromba, haciendo retemblar el aire y la tierra. Cuando vio los calderos se lanzó contra ellos y agujereó seis seguidos con la cabeza, pero no pudo con el último. Al pegar en él se rompió la cabeza. Lanzó un resoplido y volvió arrastrándose a la taigá para morir allí. Kalduká salió entonces de debajo de los calderos. Los orochíes le rodearon, encantados de que un hombre tan valiente los hubiese librado de la serpiente Simú.
Pidieron a Kalduká que se hermanara con su linaje, porque querían llamarle hijo. Las muchachas orochíes le miraban: cualquiera de ellas se habría casado con un muchacho así.
  Quédate a vivir con nosotros -decían los ancianos.
-No puedo. Tengo que volver a mi casa -contestó Kalduká.
Pero le había gustado una muchacha de aquel campamento. Fue con ella a dar un paseo. Llegaron hasta la orilla del río. Se sentaron sobre un árbol caído.
-Quisiera que fueras mi esposa y te vinieras conmigo -le dijo Kalduká a la muchacha.
Pegó Kalduká una palmada en un árbol, el árbol se convirtió en reno y el reno se lanzó al galope hacia el campamento de Kalduká.
Ulendá estaba en su casa, cantando, tan contento de pensar que se había muerto Kalduká. Y en esto se presentó Kalduká, y con una joven esposa, además.
Ulendá Caratorcida se puso más rabioso todavía contra su hermano. «¡Me cueste lo que me cueste -se decía-, acabaré con Kalduká y me quedaré con su mujer!»
Kalduká fue a ver al zanguín y se lo contó todo. Le contó que había traído saliva de la serpiente Simú para resucitar a su padre, según quería Ulendá Caratorcida.
Le contestó el zanguín después de fumarse una pipa.
-Tú, muchacho nacido en un abedul, no sabes que las personas no nacen dos veces. ¿Para qué molestar al anciano? Además, que Ulendá no te mandó para eso, sino para que encontraras la muerte.
El zanguín tomó la saliva de la serpiente y la arrojó al río. El río se agitó, empezó a hervir, a soltar vapor blanco. Y muchos, muchísimos peces subieron a la superficie panza arriba. Se habían muerto.
-¿Ves tú? -dijo el zanguín. Con esta saliva te habría matado a ti Ulendá Caratorcida.
Luego se volvió el zanguín hacia Ulendá Caratorcida.
-Márchate a la taigá, Ulendá -le dijo. Tú no amas a las personas y tu sitio no está entre las personas... Márchate a la taigá. Allí hay seres que viven solos y allí serás lo que eres en el fondo de tu alma.
Y se marchó Ulendá a la taigá. Mientras caminaba se cubrió de pelo y le crecieron garras en las manos y los pies. Primero anduvo en dos pies, pero luego echó a correr a cuatro patas. Ulendá Caratorcida se había convertido en oso.
En cambio Kalduká vivió feliz con su esposa. Tuvieron muchos hijos y en todo les acompañó la suerte.
Esto sucedió hace mucho tiempo. Tantos años hace que, para contarlos con los dedos, entre todos los ancianos del campamento no juntarían bastantes. Haría falta contar también los de los chiquillos. Pero no hay manera de conseguirlo porque los chiquillos andan siempre correteando. Conque, ¡cualquiera sabe cuándo ocurrió!

1.098.1 Naguishkin (Dmitri D.) - 074

El animal mas veloz

Los animales estaban discutiendo una vez quién era más veloz en la carrera.
Dijo el lobo:
-Yo soy el más veloz. Cuando corro, sólo veo pasar las matas por mi lado a toda velocidad y oigo el viento silbar en mis oídos.
-¡Quia, hombre! -objetó el oso. El más veloz soy yo.
Cuando corro, muevo las patas tan aprisa que ni siquiera las veo. La liebre se quedó mirándolos a todos.
-No sé a qué viene tanta discusión -dijo. El animal más veloz, desde luego, soy yo. Cuando corro, voy a tal velocidad que ni veo nada ni oigo nada.
Siguieron discutiendo mucho rato hasta que decidieron organizar una carrera. Se alinearon y se lanzaron a correr hasta un monte que había a lo lejos. La liebre llegó hasta la meta, dio media vuelta y emprendió a toda prisa el regreso.
La liebre volvió muy pronto al punto de partida y allí se sentó a esperar a sus compañeros.
El lobo volvió al atardecer; la zorra, ya entrada la noche y el oso, jadeando, al día siguiente.
Conque entre todos decidieron que la liebre era la más veloz y cada cual se marchó a sus ocupaciones.
Llena de alegría, la liebre empezó a pegar volteretas y a cantar:
-Soy la más veloz. Nadie corre como yo...
Un ratón que la vio sintió envidia. Fue hacia la liebre, la saludó y dijo:
-En eso de que tú eres la más veloz, se han equivocado.
-¿Qué es eso de que se han equivocado? -protestó la liebre. Hemos echado una carrera y yo he vuelto antes que ninguno. ¡Los he vencido a todos!
-Porque no me llamasteis a mí.
-Si quieres, hacemos la prueba tú y yo -propuso la liebre.
-¿Cómo corres tú? -preguntó el ratón.
-Muy deprisa -contestó la liebre. Como que, cuando echo a correr, ya no veo ni oigo nada. iFijate si seré veloz!
Quedaron en echar una carrera. El ratón corrió un poquito, se acurrucó junto a una pella de tierra y ya no se lo veía.
La liebre seguía a todo correr, sin ver nada, sin oír nada... Llegó hasta el monte, dio media vuelta, ¡y a correr con todas sus fuerzas! Cuando regresó al lugar de partida, allí estaba el ratón en un altozano, dándose aire con las patas.
-Hace mucho calor para organizar carreras en un día así -dijo.
La liebre, muy sorprendida de que el ratón la hubiera ganado, propuso:
-¿Probamos otra vez?
Probaron otra vez: el ratón hasta la primera pella de tierra y la liebre hasta el monte.
Y así tres veces: la liebre ida y vuelta al monte y el ratón hasta la primera pella de tierra.
Siempre que volvía la liebre, rendida, con la lengua fuera y los ojos desorbitados, casi sin aliento, se encontraba al ratón en el altozano, riendo a todo reír.
-¡Vaya un vencedor! Ni siquiera puede ganar a un ratón. Después de reírse así un buen rato, le dijo a la liebre:
-Voy a contarles a los demás animales cómo te he ganado. Nos reiremos todos juntos.
La liebre estaba toda avergonzada. Agachó las orejas y se escondió entre la hierba.
El ratón se marchó tan campante.
Desde entonces, la liebre agacha las orejas en cuanto oye el menor ruido: piensa que los otros animales están riéndose de ella.

1.098.1 Naguishkin (Dmitri D.) - 074

El anillo de oro

Un hombre estúpido es mala cosa. Pero, si además de estúpido es avaricioso, ya no hay por dónde cogerle. El hombre estúpido y avaricioso no hará nada bueno, ni para él ni para los demás.
En un campamento había muchos chiquillos. Les gustaba pelearse, echar carreras, luchar agarrados del cinto para ver quién era el más fuerte.
Eran unos chicos magníficos, muy ágiles. Todos los padres adoraban a sus hijos.
El chamán Chumboka también tenía un hijo, que se llamaba Akimká. El chamán era rico. Vivía del engaño. Decía que sabía muchas cosas; decía que trataba con los demonios y que tenía poderes para hechizar a cualquier persona o para curarla. Cuando alguien enfermaba en el campamento, llamaban al chamán. Llegaba Chumboka, miraba al enfermo y decía:
-Se ha metido un diablo dentro de él. Yo conozco a ese diablo. Sé quién es. Hay que hacerle salir.
Agarraba su pandero y se ponía a pegar en él y a dar vueltas y más vueltas alrededor de una hoguera que encendía... Y, a todo esto, pronunciaba ciertas palabras como si estuviera hablando con los demonios, ordenándoles que dejaran a aquel enfermo, que se marcharan, y amenazándoles también... ¿Que sanaba el enfermo? El chamán decía:
-¿Estáis viendo? He echado a los demonios. ¡Tengo mucha fuerza! Traedme presentes.
¿Que se moría el enfermo? El chamán decía:
-Los presentes eran malos. La gente no confiaba en mí. Por eso se han llevado los diablos al enfermo.
La gente temía al chamán. Le llevaba toda clase de presentes. Había quien se privaba de las cosas para ofrecérselas al chamán.
Chumboká llegó a juntar muchas riquezas. Y estaba tan ufano. Andaba por el campamento con el ropón todo grasiento de lo gordo que estaba y presumiendo que no había nadie como él.
Pero el hijo del chamán, Akimká, era igual que todos los chicos: ni peor ni mejor. Al chamán le dio rabia de que su hijo se pareciera a los demás. Decidido a que Akimká se diferenciara de los otros, fue a ver al herrero y le llevó un trozo de oro.
-Escucha, herrero, hazme un anillo.
-¿Para qué necesitas tú un anillo, y de oro además? -le preguntó el herrero al chamán.
-Para ponérselo a mi hijo al cuello -dijo el chamán. Así se diferenciará Akimká de los demás y toda la gente verá lo rico que es su padre.
-Haces mal en apartar a tu hijo de los otros chicos -dijo el herrero.
El chamán se enfadó y dijo:
-Tú eres tonto. Eres tonto y te atreves a darme consejos.
-¡Yo no soy tonto! -protestó el herrero.
-Pues, si no lo eres -dijo el chamán, adivina este acertijo: unos hombres blancos machacan y una mujer roja remueve.
Por muchas vueltas que le dio, el herrero no pudo sacar la solución. Chumboka dijo, riéndose de él:
-¿Ves tú? Ni siquiera eres capaz de adivinar un acertijo tan sencillo. Son los dientes y la lengua, hombre.
El herrero no contestó. Hizo el anillo y se lo dio al chamán. Chumboka fue a su casa. Le puso el anillo al cuello a su hijo y le prohibió que se juntara con los demás chicos.
Akimká andaba solito por el campamento. El anillo que llevaba al cuello resplandecía y Chumboka estaba encantado: ahora verían todos que el padre de Akimká no era un cualquiera.
El tiempo iba pasando.
Akimká crecía. Se le olvidaron los juegos de niños, le daba pereza correr. Se había puesto muy gordo. El anillo se había quedado estrecho, le apretaba el cuello. Akimká se quejaba:
-¡Padre, quítame el anillo!
Chumboka empezó a darle vueltas al anillo para ver si lograba quitárselo, pero no le fue posible: Akimká había crecido. Respiraba mal, jadeaba. La madre le dijo a Chumboka:
-Rompe el anillo.
Chumboka pegó un respingo.
-¿Qué dices? -protestó. ¡Valiente ocurrencia! Ese anillo es un objeto caro. Si lo rompo, lo echaré a perder. Akimká respira mal porque aquí hay mucha gente corriente y el aire se vicia. Llevaremos a Akimká a un monte.
En el monte continuaba Akimká respirando mal.
A Chumboka casi se le saltaban las lágrimas de pena al ver a su hijo. Pero todavía le daba más pena estropear el anillo.
El herrero vino una vez a ver al chamán y le preguntó:
-Y ahora, ¿cuál de nosotros es el estúpido?
-¡Tú, y nada más que tú! -gritó Chumboka.
-Bueno, pues si tan listo eres, adivina esto: ¿qué será, ay, que será, un puchero sin fondo y nunca lo tendrá? Se quedó pensando el chamán.
-¡Eh, valiente adivinanza! -exclamó luego. Un puchero sin fondo es un agujero en el hielo del río.
-Pues, no has acertado Chumboká -contestó el herrero. El caldero sin fondo es tu avaricia. Por mucho que se le eche al caldero, siempre estará sin fondo... ¡Sierra el aro que lleva tu hijo!
-¡Quita, quita! -gritó el chamán. ¡Estropear una cosa así!
El herrero le escupió a Chumboka a los ojos y se marchó.
En cuanto a Akimká, el hijo del chamán, murió con su aro de oro al cuello. El aire puro del monte tampoco le sirvió de nada.
Al ver a su hijo muerto estalló en sollozos Chumboka. Pero era tarde. Nada podría hacer volver a Akimká.

1.098.1 Naguishkin (Dmitri D.) - 074

Dos debiles y uno fuerte

Que un débil vaya contra un fuerte, es igual que si un ratón fuera contra un oso: con que el oso le ponga la garra encima, se acabó el ratón. Pero, si dos débiles se juntan contra uno fuerte, aún habría que ver quién ganaba.
Erase un oso que había olvidado todas las leyes del bosque: le divertía maltratar a los animales pequeños. Tenía atemorizados a los ratones, a los hurones, a las marmotas... Nadie habría dicho nada si lo hubiera hecho por hambre. Pero aquel oso estaba gordo y rollizo. No quería comer, sino fastidiar. Le gustaba eso de asustar a los pequeños. Y no había escondrijo al que no llegara. A cualquier animalillo alcanzaba, ya se escondiera en el agujero de un árbol o bajo tierra, en una rama o en el agua.
Los animalillos sufrían, pero se aguantaban. Pero luego le dio al oso por matar a sus crías. ¡Eso sí que no tiene perdón! ¡No hay nada peor que eso! El oso se comía los polluelos de los nidos y las crías en los cubiles.
A los ratoncitos, los aplastó a todos. Les puso la pata encima y no quedó ni uno vivo. La ratona iba de un lado para otro, toda llorosa. ¿Pero qué podía hacer ella sola contra un oso?
A una pardilla, le destrozó el nido y se comió todos los huevos. Revoloteaba la pobre toda llorosa alrededor del nido. ¿Pero qué podía hacer ella sola contra un oso?
Y el oso se reía.
Iba la ratona buscando ayuda cuando oyó llorar a la pardilla. Preguntó la ratona:
-¡Eh, vecina! ¿Qué te ha ocurrido? ¿Por qué lloras? Le contó la pardilla:
-Estaban ya a punto de salir mis hijitos de los huevos... Ya pegaban con el piquito en el cascarón... ¡Y se los comió el oso! ¿Quién podría prestarme ayuda? ¿Qué puedo hacer yo sola?
También se echó a llorar la ratona.
-Pues mis hijitos empezaban ya a cubrirse de pelo negro... Empezaban ya a abrir los ojitos... ¡Y también los mató el oso!
¿A quién podrían pedirle ayuda? ¿Cómo salvar a sus pequeños? Ir donde el Amo de la Taigá suponía un viaje muy largo. ¿Castigar ellas al oso? Ninguna tenía fuerzas suficientes. Después de pensarlo mucho, encontraron la solución:
-¿Por qué vamos a tener miedo, si ahora somos dos?
Y fueron en busca del oso. Precisamente venía él a su encuentro, tan patizambo, y levantaba ya una pata, según su costumbre, para descargarla sobre la ratona y la pardilla dejándolas aplastadas a las dos de un solo golpe, cuando le gritó la pardilla:
-¡Eh, vecino, aguarda! Tengo una buena noticia.
-¿Una buena noticia? -bramó el oso. Pues dila de una vez.
-En este soto de al lado -contestó la pardilla- acabo de ver un enjambre de abejas. Iba volando por allí cuando vi un pedazo de tronco lleno de miel hasta los bordes. Como que goteaba al suelo. Conque me dije: «Tengo que contárselo al oso...».
En cuanto el oso oyó hablar de miel, se le hizo la boca agua y se olvidó de todo lo demás.
-¿Y dónde está ese tronco? -le preguntó a la pardilla.
-Te acompañaremos, vecino -propuso la ratona.
Y se pusieron en marcha. La pardilla iba delante, señalándole
Dos débiles y uno fuerte al oso el camino, que era el más largo, mientras la ratona corría hacia el soto en línea recta.
Llegó hasta el tronco y les gritó a las abejas:
-Eh, vecinas! Tengo un asunto muy importante que consultaros.
Las abejas acudieron a su lado y la ratona les contó lo que ocurría.
-¡Pues claro que os ayudaremos para una cosa así! -dijeron las abejas. ¡No faltaba más! Ese oso también nos ha causado a nosotras muchos percances. ¡No sabéis cuántas colmenas ha aplastado!..
La pardilla condujo al oso hasta el soto y le enseñó dónde estaba el tronco de la miel. Y el oso, que ya lo había visto, se abalanzó a él, relamiéndose y resoplando. No había llegado todavía, cuando todo el enjambre cayó sobre él. Las abejas se pusieron a picarle por todas partes. El oso las espantaba hacia un lado con la mano, y ellas volvían por el otro. El oso se puso a gruñir, quiso escapar, pero tenía los ojos hinchados y totalmente cerrados de las picaduras de las abejas. Como no veía por dónde iba, se pegaba contra los troncos caídos, tropezaba en las ramas secas y las raíces. Sangraba de tanto arañazo como se había hecho. Pero las abejas seguían tras él.
La única salvación para el oso era tirarse al agua y estarse allí metido hasta que las abejas volvieran para atrás. Pero, con los ojos hinchados, el oso no veía hacia dónde caminaba. Se acordó entonces de la ratona y la pardilla y gritó con todas sus fuerzas:
-¡Eh, vecinas! ¿Dónde estáis?
-¡Aquí estamos? ¡Aquí! -contestaron ellas. Las abejas nos están matando a picotazos.
-¡Llevadme al río! -gritó el oso.
La pardilla se posó en un hombro del oso, la ratona trepó al otro. El oso iba rugiendo y las vecinas le decían cuándo tenía que torcer, correr o pasar por encima de las ramas secas.
-Ya se ve el río, vecino -le dijo la pardilla.
Y la ratona:
-Ya está muy cerca, vecino.
-¡Menos mal! -suspiró el oso. Porque estas malditas abejas no me han dejado un sitio vivo. Y cuanto más tiempo pasa, con mayor fuerza pican.
No se daba cuenta de que las abejas se habían quedado atrás hacía ya mucho tiempo.
En esto le gritaron las vecinas:
-iSalta al agua, vecino, y quédate agazapado en el fondo, que aquí cubre poco!
Pensaba el oso para sus adentros: «Ya veréis, cuando me libre de las abejas, lo que hago con vosotras.»
Conque pegó el oso un salto con todas sus fuerzas, pensando que saltaba al río, pero fue a parar a un desfiladero adonde le habían conducido la ratona y la pardilla. El oso cayó rodando a un precipicio, de roca en roca, desollándose en todas las aristas.
La pardilla, que bajaba volando a su lado, le dijo:
-¿Te creías que por ser un oso, por tener tanta fuerza, no ibas a pagar tus desmanes? ¡Tú te comiste a mis hijitos!
Y la ratona, que iba montada en el oso, agarrada a sus lanas, añadió:
-¿Te creías que por ser un oso, por tener tanta fuerza, no ibas a pagar tus desmanes? ¡Tú aplastaste a mis hijitos!
El oso se estrelló contra el fondo del precipicio y se mató. iY muy bien empleado que le estuvo! ¿Por qué mataba a los hijitos de los demás?
Acudieron de todas partes aves y animales pequeños. Se inclinaron ante la ratona y la pardilla y les dieron las gracias. Uno débil, ¿qué puede hacer contra uno fuerte?
Pero, si dos débiles se juntan contra uno fuerte, aún habría que ver quién ganaba.

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