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viernes, 26 de diciembre de 2014

Viaje nocturno al septimo cielo

Mahoma consiguió asilo en la casa de Mutim Ibn Aadi, uno de sus discípulos, y se atrevió a volver a La Meca. A la visita sobrenatural de los genios en el valle de Najla siguió pronto una visión o revelación mucho más extraordinaria y que desde entonces ha constituido un terma de comentario y conjeturas entre los mahometanos devotos. Nos referimos al famoso viaje nocturno a Jerusalén y de ahí al séptimo cielo. Los detalles del mismo nos han llegado como si los narrara el propio Mahoma, pero la verdad es que se trata de una tradición que no procede directamente del Profeta. No obstante, algunos citan textos del Corán como confirmación de la misma.
No intentamos presentar aquí esta visión o revelación con toda su amplitud y exotismo. Nos limitaremos sólo a exponer algunos de sus rasgos más esenciales.
La noche en que se produjo se describe como una de las más oscuras y silenciosas acaecidas hasta entonces. No se oía ni el canto del gallo, ni el ladrido de los perros, ni los alaridos de las bestias, ni el ulular de las lechuzas. Las mismas aguas dejaron de murmurar y los vientos de silbar; era como si toda la naturaleza se hubiera quedado inmóvil y muerta. A medianoche, Mahoma se despertó al oír una voz que le decía: "iDespierta, deja de dormir!" Vio junto a él al ángel Gabriel. Su frente era limpia y serena, su cutis blanco como la nieve, el pelo le caía sobre los hombros; tenía alas de muchos y deslumbrantes colores, y sus ropas estaban cubiertas de perlas y bordados de oro.
Presentó a Mahoma un corcel blanco de formas y características maravillosas; no se parecía a ningún ejemplar de los que había visto antes, y, a decir verdad, es distinto de todos los animales descritos hasta entonces. Tenía rostro humano, pero las mejillas eran las de un caballo: sus ojos eran como jacintos y brillantes como estrellas. Tenía alas de águila resplan-decientes de rayos de luz; y todo su conjunto aparecía cuajado de gemas y piedras preciosas. Era una hembra y por su increíble esplendor y velocidad recibió el nombre de Al Buraq, o relámpago.
Mahoma se dispuso a montar en este corcel sobrenatural; pero cuando alargó la mano hacia él el animal retrocedió y se encabritó.
"iEstate quieto, oh Buraq! -dijo Gabriel; respeta al profeta de Dios. Nunca te ha montado un hombre mortal más honrado por Alá.
-i0h Gabriel! -replicó Al Buraq, que en aquella ocasión recibió el don milagroso del habla; ¿acaso no llevé en tiempos antiguos a Abrahán, el amigo de Dios, cuando visitó a su hijo Ismael? i0h Gabriel! ¿no es él el mediador, el intercesor, el autor de la profesión de fe?
-Sí, Buraq, pero éste es Mahoma Ibn Abdallah, de una de las tribus de Arabia Feliz y de la verdadera fe. Es el jefe de los hijos de Adán, el mayor de los legados divinos, el sello de los profetas. Todas las criaturas deben contar con su intercesión antes de entrar en el paraíso. El cielo está a su mano derecha, como recompensa para los que creen en él; a su izquierda está el fuego de la Gehena, donde serán arrojados quienes se opongan a sus doctrinas.
-iOh Gabriel -suplicó Buraq- por la fe que existe entre tú y él, haz que interceda por m í en el día de la resurrección.
-Te aseguro ioh Buraq! -exclamó Mahoma, que gracias a mi intercesión entrarás en el paraíso.
Al oír estas palabras, el animal se acercó y se inclinó para que el Profeta subiera a sus espaldas. Luego se levantó y se remontó por encima de las montañas de La Meca.
Mientras pasaban como el rayo entre el cielo y la tierra, Gabriel clamó en voz alta: "iDetente, oh Mahoma!, desciende a la tierra y haz la oración con dos inflexiones del cuerpo."
Bajaron a la tierra y después de la oración Mahoma dijo:
"iOh amigo y querido de mi alma!, ¿por qué me ordenas rezar en este lugar?
-Porque éste es el monte Sinaí, en el que Dios se comunicó con Moisés."
Ascendiendo de nuevo por los aires, pasaron rápidamente entre el cielo y la tierra hasta que Gabriel volvió a decir por segunda vez: "iDetente, oh Mahoma! Desciende y haz la oración con dos inflexiones."
Descendieron; Mahoma rezó y volvió a preguntar: ¿Por qué me has ordenado rezar en este lugar?
-Porque estamos en Belén, donde nació Jesús, el hijo de María.
Luego reanudaron su recorrido por los aires, hasta que se oyó una voz a la derecha, que exclamó: "iOh Mahoma! Detente un momento, que quiero hablarte; de todos los seres creados es a ti a quien tengo mayor amor."
Pero Buraq seguía avanzando y Mahoma no hizo nada por detenerlo, pues pensó que no estaba en su mano fijar su marcha, sino en la de Dios, el todopoderoso y glorioso.
Entonces se oyó otra voz a la izquierda, pidiendo a Mahoma con palabras semejantes que se detuviera; pero Buraq seguía avanzando y Mahoma no se detuvo. Entonces vio ante él a una dama de resplandeciente belleza, adornada con todos los lujos y riquezas de la tierra. Ella se dirigió hacia él con cautivadora sonrisa: "Detente un momento, oh Mahoma, que quiero hablar contigo. Te amo a ti más que a todos los demás seres." Pero Buraq seguía hacia adelante y Mahoma no hacía nada por impedirlo, considerando que no era él quien debía marcar su camino sino Dios, el todopoderoso y glorioso.
Sin embargo, dirigiéndose a Gabriel le preguntó: "cQué voces son las que he oído y quién es la dama que me ha saludado?"
"La primera, oh Mahoma, era la voz de un judío; si le hubieras escuchado, todo tu pueblo se habría pasado al judaísmo.
"La segunda era la voz de un cristiano: si la hubieras escuchado, tu pueblo se habría inclinado al cristianismo.
"La dama era el mundo con todas sus riquezas, vanidades y atractivos; si la hubieras escuchado, tu nación habría elegido los placeres de esta vida en vez de la felicidad eterna, y todos habrían quedado condenados a la perdición."
Siguiendo su marcha por los aires llegaron a la puerta del sagrado templo de Jerusalén. Mahoma bajó de Al Buraq, lo ató a los aros donde los profetas lo habían atado en tiempo anteriores. Luego entró al templo y encontró allí a Abrahán, a Moisés, a Isa (Jesús) y a muchos más de los profetas. Después de rezar en su compañía un rato, vio cómo bajaba del cielo una escalera de luz hasta que la parte inferior descansó en la Sajra o piedra angular del templo, la piedra de Jacob. Ayudado por el ángel Gabriel, Mahoma subió por la escalera con la rapidez del relámpago.
Cuando llegó al primer cielo, Gabriel llamó a la puerta. "¿Quién es? -preguntaron desde dentro. "Gabriel" -contestó el ángel. "¿Quién está contigo?" "Mahoma." "¿Ha recibido su misión?" "Sí." "iEntonces le damos la bienvenida!" Y se abrió la puerta.
El primer cielo era de plata pura, y en su bóveda resplandeciente las estrellas estaban colgadas de cadenas de oro. En cada estrella hay un ángel colocado como centinela para evitar que los demonios asciendan a la sagrada mansión. Al entrar Mahoma, se le acercó un anciano y Gabriel dijo: "Este es tu padre Adán, ríndele homenaje". Así lo hizo Mahoma y Adán le abrazó y le llamó el mayor entre sus hijos y el primero de los profetas.
En este cielo había innumerables animales de todas las clases. Gabriel explicó que eran ángeles que, con aquellas formas, intercedían ante Alá por las distintas razas de animales existentes en la tierra. Entre ellos había un gallo de inmaculada blancura y tan alto que su cresta tocaba el segundo cielo, a pesar de estar situado a más de quinientos días de viaje por encima del primero. Aquella ave tan maravillosa regalaba el oído de Alá todas las mañanas con su canto melodioso. Todas las criaturas de la tierra, excepto el hombre, se despiertan con su voz, y todas las aves de su especie cantan aleluyas imitando su tono.
Luego subieron al segundo cielo. Como antes, Gabriel llamó a la puerta; se hicieron las mismas preguntas y respuestas; abrieron la puerta y entraron.
Este cielo era todo él de acero pulido y de brillo resplandeciente. En él encontraron a Noé, que abrazó a Mahoma y le proclamó como el mayor de los profetas.
Al llegar al tercer cielo, entraron con el mismo ceremonial. Estaba todo él cuajado de piedras preciosas, demasiado brillantes para los ojos humanos. Había un ángel sentado, de inmensa altura, cuyos ojos estaban separados por una distancia equivalente al recorrido de un viaje de setenta mil días. Tenía a sus órdenes cien mil batallones de hombres armados. Ante él había un enorme libro abierto, en el que estaba continuamente escribiendo y borrando.
"Este, ioh Mahoma! -dijo Gabriel, es Azrail, el ángel de la muerte, que goza de la confianza de Alá. En el libro que tiene ante él escribe los nombres de los que van a nacer y borra los nombres de los que han vivido ya el tiempo que se les ha asignado y que, por lo tanto, muere en ese mismo instante."
A continuación ascendieron hasta el cuarto cielo, hecho de plata de la mejor calidad. Entre los ángeles que lo habitaban había uno cuya altura equivalía al recorrido de un viaje de quinientos días. Tenía el rostro preocupado y le caían lágrimas de los ojos. "Este -dijo Gabriel- es el ángel de las lágrimas, destinado a llorar por los pecados de los hijos de los hombres y a predecir los males que les aguardan".
El quinto cielo era de oro purísimo. En él Mahoma fue recibido por Aarón con abrazos y felicitaciones. En este cielo habita el ángel vengador, que domina sobre el fuego. De todos los ángeles vistos por Mahoma, éste era el más espantoso y horrible. Su rostro parecía de cobre y estaba lleno de quistes y verrugas. De sus ojos salía un brillo como del relámpago y en su mano tenía una lanza de fuego. Estaba sentado en un trono rodeado de llamas, y ante él había un montón de cadenas al rojo vivo. Si descendiera a la tierra en su forma verdadera, las montañas se consumirían, los mares se secarían y todos sus habitantes morirían de terror. A él, y a los ángeles que le sirven, le está confiada la ejecución de la venganza divina contra los infieles y pecadores.
Abandonaron tan terrible morada y ascendieron al sexto cielo, hecho de piedra transparente, llamada Hasala, que significa carbúnculo. Había en él un gran ángel, mitad de nieve y mitad de fuego, pero ni la nieve se derretía ni se apagaba el fuego. En torno a él había un coro de ángeles menores que no cesaba de exclamar: "iOh Alá, que has unido la nieve y el fuego, une a todos tus fieles servidores en la obediencia a tu ley!"
"Este -dijo Gabriel- es el ángel guardián del cielo y de la tierra. El es quien envía a los ángeles hasta las personas de tu pueblo para inclinarles en favor de tu misión y las llama al servicio de Dios; seguirá haciéndolo hasta el día de la resurrección."
Allí estaba el profeta Musa (Moisés). A diferencia de los demás profetas que se habían alegrado al ver a Mahoma, Moisés derramó lágrimas.
"¿Por qué lloras?", preguntó Mahoma. Moises le respondió: "Porque estoy viendo a un sucesor que está llamado a enviar al paraíso a muchos más miembros de su pueblo de los que yo podré enviar de entre los recalcitrantes hijos de Israel."
Desde allí ascendió al séptimo cielo, donde fue recibido por el patriarca Abrahán. Esta feliz morada está formada por luz divina, y su gloria es tan inmensa que la lengua humana no puede describirla. Para hacernos una idea del resto, bastará con describir a uno de sus habitantes celestiales. Sobrepasaba a toda la tierra en magnitud y tenía setenta mil cabezas; cada una de ellas tenía setenta mil bocas; cada boca setenta mil lenguas; cada lengua hablaba setenta mil idiomas distintos y en todos ellos se cantaban sin cesar las glorias del Altísimo.
Mientras contemplaba a este maravilloso ser, Mahoma se vio transportado de repente hasta el loto conocido con el nombre de Sidra, que florece a la derecha del trono invisible de Alá. Las ramas de este árbol cubren una distancia superior a la que existe entre la tierra y el sol. Bajo su sombra viven, felices, ángeles en número superior al de las arenas de las costas marinas o de las orillas de todos los ríos y arroyos. Las hojas son como las orejas de un elefante; miles de pájaros inmortales pueblan sus ramas y desde ellas repiten los sublimes versos del Corán. Sus frutos son más suaves que la leche y más dulces que la miel. Si reuniéramos a todos los seres creados por Dios, podríamos alimentar a todos ellos con uno solo de estos frutos. Cada semilla contiene una hurí, o virgen celestial, destinada a proporcionar la felicidad a los verdaderos creyentes. De este árbol manan cuatro ríos: dos fluyen hacia el interior el paraíso y otros dos salen más allá del mismo y se convierten en el Nilo y en el Eufrates.
Mahoma y su guía celestial se dirigieron luego hacia Al Mamur, o Casa de Adoración, formada por rubíes o jacintos rojos y rodeada de innumerables lámparas, siempre encendidas. Cuando entró Mahoma, le ofrecieron tres recipientes: uno con vino, otro con leche y otro con miel. Cogió el recipiente lleno de leche y bebió de él.
"Has obrado bien; tu elección ha sido correcta -exclamó Gabriel. Si hubieras bebido vino, tu pueblo se habría descarriado."
La casa sagrada se parece, en la forma, a la Kaaba de La Meca, y está situada justo encima de ella, en el séptimo cielo. Todos los días la visitan setenta mil ángeles del rango más elevado. En aquel preciso momento estaban realizando la sagrada procesión a su alrededor. Mahoma se incorporó a ellos y dio también siete vueltas.
Gabriel no podía seguir ya adelante. Mahoma recorrió entonces, más rápido que el pensamiento, un espacio inmenso, atravesando dos regiones de luz deslumbrante y una de profunda oscuridad. Al salir de esta oscuridad total, quedó sobrecogido de terror y miedo al encontrarse en presencia de Alá y a sólo dos tiros de flecha de su trono. El rostro de la divinidad estaba cubierto por veinte mil velos, pues la contemplación de su gloria no podía ser resistida por el hombre. Extendió las manos y colocó una sobre el pecho y otra sobre el hombro de Mahoma, que notó cómo un frío helador penetraba hasta su corazón y hasta la médula de sus huesos. Luego experimentó una sensación de felicidad extática, mientras Ie rodeaba una atmósfera dulce y fragante, que nadie puede entender, exceptuando los que han estado en la presencia divina.
Mahoma recibió de Dios mismo muchas de las doctrinas conte-nidas en el Corán y la prescripción de señalar las cincuenta oraciones que todo creyente de verdad debía realizar diariamente.
Cuando descendió de la presencia divina y volvió a encontrarse con Moisés, éste preguntó qué le había ordenado Alá.
"Que haga cincuenta oraciones todos los días.
-¿Y piensas cumplir esta obligación? Yo lo he probado antes que tú. Lo intenté con los hijos de Israel, pero en vano; vuelve, pues, y pide una misión menos difícil."
Mahoma volvió y consiguió una reducción de diez oraciones; pero cuando contó a Moisés el éxito de su intento, éste volvió a hacerle la misma objeción. Cuarenta oraciones eran demasiadas. Siguiendo su consejo, Mahoma regresó otra vez y consiguió que las redujeran a cinco.
Moisés siguió formulando objeciones. "¿Crees que tu pueblo va a rezar diariamente cinco veces? iPor Alá! Yo lo intenté con los hijos de Israel y todo fue en vano; vuelve, pues, y pide una nueva reducción."
"No -replicó Mahoma, he pedido tantas veces clemencia que me siento avergonzado." Con estas palabras saludó a Moisés y se marchó.
Por la escalera de luz descendió hasta el templo de Jerusalén, y encontró a Buraq en el sitio donde lo había dejado. Montó en él y en un instante llegó al lugar de donde había partido.
Este relato de la visión, o viaje nocturno, responde sobre todo a las versiones de los historiadores Abulfeda, Al Bujari y Abu Huraira, y aparece con más detalle en la Vida de Mahoma de Gagnier. El viaje ha suscitado infinitos comentarios y disputas entre los especialistas. Algunos dicen que no fue más que un sueño o visión nocturna y basan su tesis en una tradición procedente de Aixa, la esposa de Mahoma, que declaró que, en la noche en que se produjo la visión, su cuerpo había estado totalmente inmóvil, y que el viaje nocturno había sido de carácter espiritual. Pero al presentar esta tradición no tuvieron en cuenta que, cuando se dice que ocurrió el viaje, Aixa era todavía una niña y, aunque desposada con él, no era todavía la esposa de Mahoma.
Otros afirman que hizo el viaje celestial corporalmente y que todo transcurrió en un espacio de tiempo tan breve que, al volver, consiguió evitar que cayera al suelo un vaso de agua que el ángel Gabriel había empujado con el ala al marcharse.
Otros dicen que Mahoma sólo dijo que había hecho el viaje nocturno al templo de Jerusalén y que la subida posterior al cielo era una visión. Según Ahmed ben Joseh, la visita nocturna al templo aparece testificada en palabras del mismo patriarca de Jerusalén. "Por entonces -dice, cuando Mahoma envió un mensajero al emperador Heraclio, en Constantinopla, invitándole a abrazar el islamismo, el patriarca estaba en presencia del emperador. El mensajero relató el viaje nocturno del profeta. El patriarca no salía de su asombro e informó al emperador de una circunstancia que coincidía con el relato del mensajero. "Tengo costumbre -dijo él- de no retirarme a descansar por la noche hasta después de cerrar todas las puertas del templo. La noche mencionada, las cerré todas según mi costumbre, pero había una que era imposible mover. Mandé llamar a los carpinteros, que, después de examinar la puerta, declararon que el dintel del pórtico y el edificio mismo habían cedido de tal manera que era imposible cerrar la puerta. Así pues, tuve que dejarla abierta. Por la mañana temprano, al despuntar el día, volví de nuevo a la puerta y vi cómo la piedra situada en el ángulo del templo estaba perforada y había vestigios del lugar donde habían sujetado a Al Buraq. Entonces dije a los presentes que aquella puerta no se habría quedado inmóvil a no ser que algún profeta hubiera estado en oración."
Las tradiciones siguen diciendo que cuando Mahoma relató su viaje nocturno a una gran asamblea convocada en La Meca, muchos se maravillaron y creyeron, otros se quedaron dudando, mientras que los coix íes se reían con menosprecio.
"Dices que has estado en el templo de Jerusalén -exclamó Abu Chahl; demuestra la verdad de tus palabras y descríbelo."
Durante un momento, Mahoma no supo cómo reaccionar a aquella petición, pues había visitado el templo por la noche, cuando no era posible distinguir sus formas. Pero, de repente, el ángel Gabriel se puso a su lado y colocó ante sus ojos una reproducción exacta del edificio sagrado, y de esa manera pudo responder sin vacilar a las preguntas más minuciosas.
El relato resultaba demasiado fuerte incluso para algunos de sus discípulos. Pero Abu Bakr, viéndoles vacilar en su fe y en peligro de apostatar, comprometió su palabra de que el relato era cierto. En recompensa de ello, Mahoma le dio el título de Al Siddiq, o Testigo de la Fe, con que fue conocido en adelante.
Como ya hemos observado, este viaje nocturno se basa casi por completo en la tradición, aunque algunas de sus circunstancias aparecen vagamente aludidas en el Corán. Toda la historia pudo ser una creación fantástica de musulmanes fanáticos a propósito de una de las visiones o éxtasis a que Mahoma era propenso y cuya descripción hizo que los coraixíes le tacharan de loco.

1.025. Irving (Washington) - 058

Tradiciones locales

El pueblo español tiene pasión oriental por contar cuentos; es por todo extremo amante de lo maravilloso. Reunidos en el atrio o umbral de la puerta de la casa en las noches del estío, o alrededor de las grandes y soberbias campanas de las chimeneas de las ventanas en el invierno, escuchan con insaciable delicia las leyendas milagrosas de santos, las peligrosas aventuras de viajeros y las temerarias empresas de bandoleros y contrabandistas. El salvaje y solitario aspecto del país, la imperfecta difusión de la enseñanza, la escasez de asuntos generales de conversación y la vida novelesca y aventurera de un país en que los viajes se hacen como en los tiempos primitivos, y a que produzca una fuerte impresión lo extravagante e inverosímil. No hay, en verdad, ningún tema más persistente y popular que el de los tesoros enterrados por los moros, y que esté tan arraigado en todas las comarcas. Atravesando las agrestes sierras, teatro de antiguas acciones de guerra y hechos notables, se ven moriscas atalayas levantadas sobre peñascos o dominando algún pueblecillo; y, si preguntáis a vuestro arriero lo que allí pasó, dejará en el acto de chupar su cigarrillo para contaros alguna conseja de tesoros moriscos enterrados bajo sus cimientos, y no habrá ningún ruinoso alcázar en cualquier ciudad que no tenga una áurea tradición, transmitida generación tras generación por la gente pobre de la vecindad.
Éstas, lo mismo que la mayor parte de las ficciones populares, tienen algún fundamento histórico. Durante las guerras entre moros y cristianos, que asolaron este país por espacio de algunos siglos, las ciudades y los castillos estaban expuestos a cambiar repentinamente de dueño, y sus habitantes, mientras duraban los bloqueos y los asaltos, se veían precisados a esconder su dinero y sus alhajas en las entrañas de la tierra, a ocultarlo en las bóvedas y pozos, tal como se hace hoy día en los despóticos y bárbaros países de oriente. Cuando la expulsión de los moriscos, muchos de ellos escondieron también sus más preciosos objetos, creyendo que su destierro sería solamente temporal y que ellos volverían y recuperarían sus tesoros en el porvenir. Se ha descubierto casualmente algún que otro dinero, después de pasados algunos siglos, entre las ruinas de fortalezas y casas moriscas, habiendo bastado unos cuantos hechos aislados de esta clase para dar pie a un sinnúmero de narraciones fabulosas sobre tesoros ocultos.
Las historias que de aquí brotan tienen generalmente cierto tinte oriental, y participan de esa mezcla de árabe y cristiano que parece característico en las cosas de España, especialmente en las provincias del Mediodía.
Las riquezas escondidas han de estar casi siempre bajo la influencia mágica, o guardadas por encantamientos y talismanes, y, algunas veces, defendidas por horribles monstruos o fieros dragones, o bien por moros encantados que se hallan maravillosamente vestidos con sus férreas armaduras y desnudas las espadas, pero inmóviles como estatuas y haciendo una desvelada guardia durante muchos siglos.
La Alhambra, por sus especiales circunstancias históricas, es un rico manantial de ficciones populares de este género, y han contribuido a aumentarlo las mil reliquias que se han desenterrado de vez en cuando. Cierta vez se encontró un gran jarrón de barro que contenía monedas moriscas y el esqueleto de un gallo, lo cual -según la opinión de algunos inteligentes que lo vieron-debió ser enterrado vivo. Otra vez se descubrió otro jarrón que contenía un gran escarabajo de arcilla cocida, cubierto con inscripciones arábigas, y del cual se dijo que era un prodigioso amuleto de ocultas virtudes. De esta manera los cerebros de la escuálida muchedumbre moradora de la Alhambra se dieron a tejer ilusiones con tal fecundidad, que no hay salón, torre o bóveda en la vieja fortaleza que no se haya hecho el teatro de alguna tradición maravillosa.


Sin duda, el lector -con la lectura de las anteriores páginas- se nos habrá familiarizado con los sitios de la Alhambra, por lo cual me ocuparé ya con preferencia, en adelante, de las maravillosas leyendas relacionadas con ella, y a las cuales he dado forma cuidadosamente, sacándolas de los varios apuntes y notas que recogí en el transcurso de mis excursiones, del mismo modo que el anticuario forma un ordenado documento histórico sobre unas cuantas letras casi borradas y no inteligibles.
Si el escrupuloso lector encuentra algo que lastime su credulidad, sea indulgente recordando la naturaleza especial de aquellos sitios, pues no cabe que sean exigidas allí las leyes de la proba-bilidad que rigen las cosas comunes de la vida, debiendo sólo tenerse en cuenta que la mayor parte de los sucesos ocurren en los salones de un palacio encantado; que todo sucede y pasa sobre un suelo fantástico.

1.025. Irving (Washington) - 000


Los buscadores de tesoros - Cap. I

Encontrado entre los papeles del difunto Dietrich Knickerboker
Ahora recuerdo esas voces de viejas que en mi niñez me contaban cuentos de invierno,y me hablaban de espíritus y de fantasmas que se deslizaban en la noche alrededor del lugar donde se oculta un tesoro.

El Judío de Malta

MARLOWE

Las puertas del infierno

A unos diez kilómetros de la célebre ciudad de Manhattoes, en aquel brazo de mar que queda entre el continente y Nassau o Long Island, se encuentra una angostura donde la corriente queda violentamente comprimida entre los promontorios que se proyectan hacia el mar y las rocas que forman numerosos peñascales. En el mejor de los casos, por ser una corriente violenta e impetuosa,ataca estos obstáculos con poderosa rabia: hirviendo en torbellinos con ruido ensordecedor y deshaciéndose en olas; rabiando y rugiendo en fuerte oleaje; en una palabra, cayendo en un paroxismo equivocado. En esas ocasiones, iay de la desgraciada embarcación que se aventurase entre sus garras!
Sin embargo, este humor malvado prevalece en ciertos momentos de la marea. Cuando el agua está baja, por ejemplo, es tan pacífico que da gusto verlo; pero tan pronto sube aquélla, empieza a enojarse; a media marca ruje potentemente, como un marinero que pide más alcohol, y cuando la marea ha llegado a su altura máxima, duerme tan tranquilamente como un alcalde después de la comida. Puede comparársele con una persona dada a la bebida que se comporta pacíficamente mientras no bebe o no ha tomado todavía lo suficiente, pero que se parece al mismo diablo cuando ha terminado el viaje.
Este pequeño estrecho, tan poderoso, tan gritón, tan bebedor, capaz de sacar a uno de sus casillas, era un lugar de gran peligro para los antiguos navegantes holandeses, puesto que sacudía sus barcas en forma de bañera, deteniéndolas en remolinos capaces de marear a cualquiera que no fuera un holandés, o, lo que ocurría con frecuencia, colocándolas sobre rocas y restingas. Es lo que hizo con la célebre escuadra de 0loffre «El Soñador», cuando buscaba un lugar para fundar la ciudad de Manhattoes, con lo que, de puro aver-gonzados, decidieron llamar al lugar Helle-Gate (Puerta del Infierno), encomendándolo solemnemente al diablo.
Desde entonces esa denominación ha pasado al inglés con el nombre correcto de Hell-Gate, que significa lo mismo, aunque algunos, que no saben inglés ni holandés, lo traducen por Hurl-Gate (Puerta o estrecho de los rizos). iQue San Nicolás los confunda!
En mi niñez el estrecho de Hell-Gate era un lugar que nos infundía mucho miedo, y en el cual emprendíamos peligrosas aventuras, pues tengo algo de marinero. En esos pequeños mares corrí más de una vez el riesgo de naufragar y ahogarme, en el curso de ciertos viajes a los cuales era muy aficionado, junto con otros chiquillos holandeses.
En parte por el nombre y en parte por diferentes circunstancias que se relacionaban con el lugar, éste tenía para los ojos de mis compañeros y los míos, quizá porque íbamos por allí cuando faltába-mos a la escuela, un aspecto más terrorífico que el que presentaba Escila y Caribdis de los tiempos de Maricastaña.
En medio del estrecho, cerca de un grupo de rocas llamadas Las Gallinas y Los Pollos, se encontraba el casco de una embarcación que, atrapada por los remolinos, había encallado allí. Se contaba una terrible historia, según la cual era el resto de una embarcación pirata que se había dedicado a sangrientas empresas. No puedo recordar ahora en sus detalles ese relato que nos inducía a considerarla con gran terror, y mantenernos alejados de ella durante nuestras excursiones.

***

El desolado aspecto del casco abandonado y el terrible lugar donde acababa de pudrirse, eran suficientes para provocar las más extrañas ideas. Una parte del maderamen ennegrecido por el tiempo destacábase por encima de la superficie del agua en la alta marea; en la baja, quedaba al aire libre una parte considerable del casco mostrando el maderamen que carecía de las planchas de unión, pero que estaba cubierto de algas, por lo que parecía el esqueleto de algún monstruo marino. Todavía se mantenía erguido un pedazo de alguno de los mástiles, del cual colgaban algunas vergas y motones, que bailaban zamarreados por el viento, haciendo un ruido al que acompañaban los albatros, que giraban y gritaban alrededor del melancólico esqueleto. Tengo un vago recuerdo de un cuento, relatado por marineros, acerca de fantasmas que aparecían de noche en el casco, con el cráneo desnudo y fosforescencias azules en sus órbitas, pero he olvidado todos los detalles.
De hecho, toda esta región, como el estrecho ya citado de los tiempos de Maricastaña, era un lugar de fábula y encantamiento para mí. Desde el Estrecho hasta Manhattoes, las costas de aquel brazo de mar eran sumamente irregulares, llenas de rocas, entre las cuales crecían los árboles, que le daban un aspecto desolado y romántico. Durante mi niñez se relataban numerosas tradiciones acerca de piratas, fantasmas, contrabandistas y dinero enterrado, todo lo cual tenía un efecto maravilloso sobre las jóvenes mentes de mis compañeros y la mía propia.
Cuando llegué a la edad madura, efectué diligentes investigaciones acerca de la veracidad de estos extraños relatos, pues siempre he tenido mucha curiosidad por averiguar el fundamento de las valiosas aunque obscuras tradiciones de la provincia donde nací. Encontré infinitas dificultades para llegar a cualquier dato preciso. Es increíble el número de fábulas que hallé al tratar de establecer la verdad de un solo hecho.
Nada diré de las Piedras del Diablo -sobre las cuales el archienemigo del género humano se retiró desde Connecticut hasta Long Island, a través del estrecho- en vista de que esta materia será tratada como merece por un contemporáneo con cuya amistad me honro, historiador al cual he suministrado todos los detalles. Tampoco diré nada del hombre negro con el sombrero de tres picos, sentado al timón de un bote y que aparecía en Hell-Gate durante el tiempo tormentoso; se llamaba el spooke; se dice que el gobernador Stuyvesaent disparó una vez con una bala de plata.
Nada puedo opinar sobre esto por no haber encontrado ninguna persona de confianza que afirmase haberlo visto, a no ser la viuda de Manus Conklen, el herrero de Frogasnesk, pero la pobre mujer era un poco cegatona, por lo que es probable que se equivocara, aunque decían que en la obscuridad veía más lejos que la mayoría de la gente.

Sin embargo, todo esto era muy poco satisfactorio en lo que respecta a la leyenda de piratas y sus tesoros enterrados, acerca de lo cual yo tenía la mayor curiosidad. Lo que sigue, es lo único que he podido oír y que tiene ciertos visos de autenticidad.

 1.025. Irving (Washington) - 058

Los buscadores de tesoros - Cap. II

Kidd el pirata

Hace muchos años, poco tiempo después de haber tenido que entregar su Muy Poderosa Majestad el Señor Protector de los Estados Generales de Flandes el territorio de la Nueva Holanda al rey Carlos II de Inglaterra, mientras el territorio se encontraba todavía en un estado de general inquietud, esta provincia era el refugio de numerosos aventureros, gente de vida dudosa y de toda clase de caballeros de industria y de sujetos que miran con disgusto las limitaciones antiguas, impuestas por la ley y los diez mandamientos. Los más notables entre aquéllos eran los bucaneros, hienas del mar que tal vez en tiempo de guerra se habían educado en la escuela del corso, pero que habiendo sentido una vez la dulzura del saqueo, habían conservado para siempre la inclinación por ello. Hay muy poca distancia entre el marino que hace el corso y el pirata.
Ambos luchan por amor del saqueo, sólo que el último es el más bravo, pues afronta al enemigo y a la horca.
Sea como quiera, en cualquier escuela que se hubieran educado, los bucaneros que rondaban por las colonias inglesas eran gentes audaces que aun en tiempos de paz causaban enormes perjuicios a las colonias y a los barcos mercantes españoles. Todo contribuía a convertir aquella región en el punto de cita de los piratas, donde podían vender el botín y concertar nuevas maldades: el fácil acceso de la bahía de Manhattoes, el gran número de abras de sus costas y la poca vigilancia que ejercía un gobierno apenas organizado. Mientras trajeron con ellos ricos y variados cargamentos, todo el lujo de los trópicos, y el suntuoso botín de las provincias españolas, vendiéndolo con la despreocupación característica de todos los filibusteros, fueron siempre bienvenidos para los avisados comerciantes de Manhattoes. En pleno día se podía ver por las calles de la pequeña ciudad a estos desesperados, renegados de todos los climas y de todos los países de la tierra, tropezando con los tranquilos mijnheers, vendiendo su extraño botín por la mitad o un cuarto del precio a los inteligentes comerciantes, para gastarlo después en las tabernas, bebiendo, jugando, cantando, jurando, gritando y escandalizando a la vecindad con peleas de media noche y diversiones de rufianes.
Finalmente estos excesos llegaron a tales extremos que se convirtieron en un escándalo y pedían a gritos que interviniera el gobierno. De acuerdo con esto se tomaron medidas para atajar el mal que ya había tomado considerable incremento y exterminar esta gusanería de la colonia.
Entre los agentes empleados para llevar a cabo este propósito se encontraba el tristemente famoso Capitán Kidd. Era un carácter equívoco, uno de esos indescriptibles animales del océano que no vuelan y que no son ni carne ni pescado. Tenía algo de comerciante, un poco más de contrabandista y ribetes de redomado pícaro.
Durante muchos años había comerciado con los piratas en una embarcación muy veloz y de poco tonelaje, que podía entrar en toda clase de aguas. Conocía todos los puntos donde se ocultaban los piratas; se encontraba siempre efectuando un viaje misterioso, tan ocupado como polluelos en una tormenta.
Este obscuro personaje fue elegido por el gobierno para dar caza a los piratas, de acuerdo con el viejo proverbio según el cual lo mejor para deshacerse de un perro es echarle otro.
Kidd salió de Nueva York en 1695, en un barco llamado «La Galera de la Aventura», bien armado y debidamente provisto de su patente de corso.
Al llegar a uno de sus numerosos refugios, estableció nuevas condiciones para su tripulación, incorporó algunos de sus viejos camaradas, gente de armas tomar, y se dirigió al 0riente. En lugar de perseguir a los piratas se dirigió a la isla de Madera, Bonavista y Madagascar, llegando hasta la entrada del Mar Rojo. Aquí, entre otras muchas fechorías, capturó una embarcación ricamente cargada, cuya tripulación era árabe, pero su capitán era inglés. Kidd era muy capaz de hacer pasar esto por una hazaña, puesto que se trataba de una especie de cruzada contra los infieles, pero el gobierno había perdido ya hacía mucho tiempo todo entusiasmo por esos triunfos cristianos. Después de haber recorrido todos los mares, vendiendo el producto de sus robos y cambiando varias veces de barco, Kidd tuvo la audacia de volver a Boston, cargado de botín, con una tripulación atrevida que le pisaba los talones.
Sin embargo, los tiempos habían cambiado. Los bucaneros ya no podían impunemente mostrar sus barbas en las colonias. El nuevo gobernador, lord Bellamont, se había distinguido por su celo en extirparlos; tenía mayor razón en estar enojado con Kidd por haber contribuido al nombramiento de éste para que persiguiera a los piratas; en cuanto apareció en Boston se dio la alarma y se tomaron medidas para arrestarlo.
Sin embargo, el carácter audaz de Kidd y los esfuerzos desesperados de los compañeros, que le seguían como perros de presa, condujeron a que el arresto no fuera inmediato. Se dice que se aprovechó de este tiempo para enterrar gran parte de sus tesoros, y se paseaba después con la cabeza alta por las calles de Boston. Cuando se le arrestó intentó defenderse, pero fue desarmado y llevado a la prisión junto con sus compañeros. Era tan formidable la fama de estos piratas y su tripulación, que se creyó aconsejable despachar una fragata para llevar a él y sus compañeros a Inglaterra. En vano se hicieron esfuerzos para arrancarle de las manos de la justicia; él y sus compañeros fueron juzgados, condenados y ahorcados en Londres. Kidd tardó en morir, pues la cuerda que rodeaba su cuello se rompió bajo su peso. Se le ató por segunda vez de una manera más efectiva.
Sin duda de ahí proviene la leyenda según la cual Kidd tenía la vida encantada, y se le había ahorcado dos veces.
Tales son los hechos principales de la vida del Capitán Kidd, que han dado origen a una gran maraña de tradiciones. La noticia de que había enterrado grandes tesoros de oro y joyas antes de ser arrestado, puso en conmoción a todos los buenos habitantes de la costa. Se oían rumores y más rumores, según los cuales se habían encontrado grandes sumas de dinero en monedas con inscripciones moriscas, sin duda botín de sus fechorías en 0riente, pero que el común de la gente consideraba con un terror supersticioso, tomando las letras árabes por caracteres diabólicos o mágicos.
Algunos decían que el tesoro había sido enterrado en varios lugares solitarios y deshabitados cerca de Plymouth y el Cabo Cod, pero gradualmente se empezó a citar otros lugares del país, no sólo en la costa oriental, sino también a lo largo del brazo de mar, llegando a tejer una leyenda áurea referente a Manhattoes y Long Island. De hecho, las rigurosas medidas de lord Bellamont produjeron una repentina zozobra entre los bucaneros que se encontraban en aquel momento repartidos por toda la provincia. 0cultaron su dinero y sus joyas en lugares apartados, a lo largo de las costas desvaí-tadas de los ríos y del mar, dispersándose ellos mismos por todo el territorio. La acción de la justicia impidió que muchos de ellos volvieran alguna vez a desenterrar lo que habían ocultado, meta desde entonces de los buscadores de tesoros.
Este es el origen de los frecuentes relatos acerca de rocas o árboles que llevan extraños signos, que se supone indican el lugar donde hay enterrado dinero; muchos han buscado y pocos encontrado el botín de los piratas. En todas las historias, referentes a estas empresas, el diablo desempeñaba un gran papel. 0 se ganaba su amistad mediante diversas ceremonias e invocaciones, o se celebraba con él algún pacto solemne. De todas maneras, siempre se inclinaba a jugar alguna mala partida a los buscadores de tesoros. Algunos cavaban hasta llegar a un cofre de hierro, cuando, casi invariable-mente, ocurría algo extraño e imprevisto. De repente la tierra se desplomaría llenando la excavación, o los buscadores de tesoros huirían aterrorizados ante algún extraño ruido o alguna aparición; algunas veces aparecía el mismo diablo, para llevarse el botín que parecía estar finalmente al alcance de los buscadores, que, sin embargo, al día siguiente no encontrarían el menor rastro de sus trabajos de la noche anterior.
No obstante, todos estos rumores eran extremadamente vagos y excitaban mi curiosidad sin satisfacerla. Nada hay en este mundo tan difícil de alcanzar como la verdad, y no hay nada en el mundo que me interese fuera de ella. Entre los viejos habitantes de la provincia, eran particularmente las viejas holandesas de la misma mi fuente favorita de información auténtica. Pero aunque me enorgullezco de saber más que ningún otra persona acerca del folklore de mi provin-cia natal, durante mucho tiempo mis investigaciones no condujeron a ningún resultado substancial.
Finalmente, ocurrió que un día el azar me deparó un interesante hallazgo. Era al fin del verano, cuando me encontraba descansando de la fatiga mental producida por algunos intensos estudios, dedicado a la pesca en uno de aquellos ríos que habían sido el lugar predilecto de mi juventud, en compañía de varios notables burgers de mi ciudad natal, entre los cuales había más de un ilustre miembro de esa corporación, cuyo nombre, si yo me atreviera a citarlo, honraría estas pobres páginas.
Nuestro deporte nos era indiferente. Los peces estaban empeñados por lo visto en no morder el anzuelo, y aunque cambiamos varias veces de lugar, no tuvimos mejor suerte. Al fin anclamos cerca de una fila de rocas, sobre la costa oriental de la isla de Manhattan. Era un día cálido y sin viento.
El río corría sin oleaje y sin formar torbellinos; todo estaba tan tranquilo y quieto, que casi nos asombraba cuando algún pájaro abandonaba el árbol donde se encontraba, hendía después el aire y se precipitaba al agua para buscar su presa. Mientras cabeceábamos en nuestro bote, semiadormecidos por la cálida tranquilidad del día y la forzada ociosidad de nuestro deporte, uno de los notables, concejal de la ciudad, mientras le dominaba el sueño, dejó que se hundiera su caña de pescar. Al despertarse, le pareció que había pescado algo gordo, a juzgar por el peso. Al subirlo a la superficie encontramos, con gran sorpresa nuestra, que era una pistola, de modelo muy extraño y curioso, que por la herrumbre que la cubría y por estar carcomida la culata y cubierta de conchas, debía encontrarse en el agua desde hacía mucho tiempo. La inesperada aparición de aquel instrumento de lucha fue motivo de amplias especulaciones entre mis pacíficos compañeros. Uno supuso que había caído al agua durante la guerra de la Independencia; otro, de la forma peculiar del arma, dedujo que provenía de los primeros viajeros que visitaron la colonia, tal vez el famoso Adrián Block, que exploró el brazo de mar y descubrió la isla que lleva su nombre, tan famosa ahora por sus quesos. Pero un tercero, después de observarla durante algún tiempo, afirmó que era de origen español. «Aseguraría -dijo- que si esa pistola pudiera hablar, nos contaría extrañas historias de encarnizadas luchas con los caballeros         españoles. No tengo la menor duda que es una reliquia de los viejos tiempos de los bucaneros. ¿Quién sabe si no perteneció al mismo Kidd?»
«Ah, ese Kidd era un hombre audaz -exclamó un ballenero del Cabo Cod, de enérgicas facciones. Conozco una vieja canción acerca de él:

Mi nombre es capitán Kidd
Cuando yo recorría los mares
Cuando yo recorría los mares.

»Y sigue refiriendo cómo ganó el favor del diablo enterrando la Biblia:

Tenía la Biblia en la mano,
Cuando yo recorría los mares,
Y la enterré en la arena,
Cuando yo recorría los mares.

»A propósito, recuerdo una historia de un hombre que una vez desenterró un tesoro del Capitán Kidd; la escribió un vecino mío y yo la aprendí de memoria. Como los peces no pican, se la contaré a ustedes ahora, para pasar el tiempo».
-Y diciendo esto nos relató la siguiente historia.

1.025. Irving (Washington) - 058

Los buscadores de tesoros - Cap. III

El diablo y tomas walker

En Massachusetts, a unos pocos kilómetros de Boston, el mar penetra a gran distancia tierra adentro, partiendo de la Bahía de Charles, hasta terminar en un pantano, muy poblado de árboles. A un lado de esta ría se encuentra un hermoso bosquecillo, mientras que del otro la costa se levanta abruptamente, formando una alta colina, sobre la cual crecían algunos árboles de gran edad y no menor tamaño. De acuerdo con viejas leyendas, debajo de uno de estos gigantescos árboles se encontraba enterrada una parte de los tesoros del Capitán Kidd, el pirata. La ría permitía llevar secretamente el tesoro en un bote, durante la noche, hasta el mismo pie de la colina; la altura del lugar dejaba, además, realizar la labor, observando al mismo tiempo que no andaba nadie por las cercanías, y los corpulentos árboles reconocer fácilmente el lugar. Además, según viejas leyendas, el mismísimo diablo presidió el enterramiento del tesoro y lo tomó bajo su custodia; se sabe que siempre hace esto con el dinero enterrado, particularmente cuando ha sido mal habido. Sea como quiera, Kidd nunca volvió a buscarlo, pues fue detenido poco después en Boston, enviado a Inglaterra y ahorcado allí por piratería.
Por el año 1727, cuando los terremotos se producían con cierta frecuencia en la Nueva Inglaterra, y hacían caer de rodillas a muchos orgullosos pecadores, vivía cerca de este lugar un hombre flaco y miserable, que se llamaba Tomás Walker. Estaba casado con una mujer tan miserable como él: ambos lo eran tanto, que trataban de estafarse mutuamente. La mujer trataba de ocultar cualquier cosa sobre la que ponía las manos; en cuanto cacareaba una gallina, ya estaba ella al quién vive, ara asegurarse el huevo recién puesto. El marido rondaba continuamente, buscando los escondrijos secretos de su mujer; abundaban los conflictos ruidosos acerca de cosas que debían ser propiedad común. Vivían en una casa, dejada de la mano de Dios, que tenía un aspecto como si se estuviera muriendo de hambre. De su chimenea no salía humo; ningún viajero se detenía a su puerta; llamaban suyo un miserable caballejo, cuyas costillas eran tan visibles como los hierros de una reja. El pobre animal se deslizaba por el campo, cubierto de un pasto corto, del cual sobre-salían rugosas piedras, que si bien excitaba el hambre del animal no llegaba a calmarla; muchas veces sacaba la cabeza fuera de la empalizada, echando una mirada triste sobre cualquiera que pasase por allí, como si pidiera que le sacase de aquella tierra de hambre. Tanto la casa como sus moradores tenían mala fama. La mujer de Tomás era alta, de malísima intención, de un temperamento fiero, de larga lengua y fuertes brazos. Se oía a menudo su voz en una continua guerra de palabras con su marido: su cara demostraba que esas disputas no se limitaban a simples dimes y diretes. Sin embargo, nadie se atrevía a interponerse entre ellos. El solitario viajero se encerraba en sí mismo al oír aquel escándalo y rechinar de dientes, observaba a una cierta distancia aquel refugio de malas bestias y se apresuraba a seguir su camino, alegrándose, si era soltero, de no estar casado.
Un día, Tomás Walker, que había tenido que dirigirse a un lugar distante, cortó camino, creyendo ahorrarlo, a través del pantano. Como todos los atajos, estaba mal elegido. Los árboles crecían muy cerca los unos de los otros, alcanzando algunos los treinta metros de altura, debido a lo cual, en pleno día, debajo de ellos parecía de noche, y todas las lechuzas de la vecindad se refugiaban allí. Todo el terreno estaba lleno de baches, en parte cubiertos de bejucos y musgo, por lo que a menudo el viajero caía en un pozo de barro negro y pegadizo; se encontraban también charcos de aguas obscuras y estancadas, donde se refugiaban las ranas, los sapos y las serpientes acuáticas, y donde se pudrían los troncos de los árboles semisumergidos, que parecían caimanes tomando el sol.
Tomás seguía eligiendo cuidadosamente su camino a través de aquel bosque traicionero; saltando de un montón de troncos y raíces a otro, apoyando los pies en cualquier precario pero firme montón de tierra; otras veces se movía sigilosamente como un gato, a lo largo de troncos de árboles que yacían por tierra; de cuando en cuando le asustaban los gritos de los patos silvestres, que volaban sobre algún charco solitario.
Finalmente llegó a tierra firme, a un pedazo de tierra que tenía la forma de una península, que se internaba profundamente en el pantano. Allí se habían hecho fuertes los indios durante las guerras con los primeros colonos. Allí habían construido una especie de fuerte, que ellos consideraron inexpugnable y que utilizaron como refugio para sus mujeres e hijos. Nada quedaba de él, sino una parte de la empalizada, que gradualmente se hundía en el suelo, hasta quedar a su mismo nivel, en parte cubierto ya por los árboles del bosque, cuyo follaje claro se distinguía nítidamente del otro más oscuro de los del pantano.
Ya estaba bastante avanzada la tarde, cuando Tomás Walker llegó al viejo fuerte, donde se detuvo para descansar un rato. Cualquier otra persona hubiera sentido una cierta aversión a descansar allí, pues el común de las gentes tenía muy mala opinión del lugar, la que provenía de historias de los tiempos de las guerras con los indios; se aseguraba que los salvajes aparecían por allí y hacían sacrificios al Espíritu Malo.
Sin embargo, Tomás Walker no era hombre que se preocupara de relatos de esa clase. Durante algún tiempo se acostó en el tronco de un árbol caído, escuchó los cantos de los pájaros y con su bastón se dedicó a formar montones de barro. Mientras inconscientemente revolvía la tierra, su bastón tropezó con algo duro. Lo sacó de entre la tierra vegetal y observó con sorpresa que era un cráneo, en el cual estaba firmemente clavada un hacha india. El estado de arma demostraba que había pasado mucho tiempo desde que había recibido aquel golpe mortal. Era un triste recuerdo de las luchas feroces de que había sido testigo aquel último refugio de los aborí-genes.
-Vaya -dijo Tomás Walker, mientras de un puntapié trataba de desprender del cráneo los últimos restos de tierra.
-Deje ese cráneo -oyó que le decía una voz gruesa. Tomás levantó la mirada y vio a un hombre negro, de gran estatura, sentado en frente de él, en el tronco de otro árbol. Se sorprendió muchísimo, pues no había oído ni escuchado acercarse a nadie; pero más se asombró al observar atentamente a su interlocutor, tanto como lo permitía la poca luz, y comprender que no era negro ni indio. Es cierto que su vestido recordaba el de los aborígenes y que tenía alrededor del cuerpo un cinturón rojo, pero el color de su rostro no era ni negro ni cobrizo, sino sucio obscuro, y manchado de hollín, como si estuviera acostumbrado a andar entro el fuego y las fraguas. Un mechón de pelo hirsuto se agitaba sobre su cabeza en todas direcciones; llevaba un hacha sobre los hombros.
Durante un momento observó a Tomás con sus grandes ojos rojos.
-¿Qué hace usted en mis terrenos?  preguntó el hombre tiznado, con una voz ronca y cavernosa.
-iSus terrenos! -exclamó burlonamente Tomás. Son tan suyos como míos; pertenecen al diácono Peabody.
-Maldito sea el diácono Peabody -dijo el extraño individuo; ya me he prometido que así será, si no se fija un poco más en sus propios pecados y menos en los del vecino. Mire hacia allí y verá cómo le va al diácono Peabody.
Tomás miró en la dirección que indicaba aquel extraño individuo y observó uno de los grandes árboles, bien cubierto de hojas, por su parte exterior, pero cuyo tronco estaba enteramente carcomido, tanto que debía estar enteramente hueco, por lo que lo derribaría el primer viento fuerte.
Sobre la corteza del árbol estaba grabado el nombre del diácono Peabody, un personaje eminente, que se había enriquecido mediante ventajosos negocios con los indios. Tomás echó una mirada alrededor y notó que la mayoría de los altos árboles estaban marcados con el nombre de algún encumbrado personaje de la colonia y que todos ellos estaban próximos a caer. El tronco sobre el cual estaba sentado parecía haber sido derribado hacía muy poco tiempo; llevaba el nombre de Growninshield; Tomás recordó que era un poderoso colono, que hacía gran ostentación de sus riquezas, de las cuales se decía que habían sido adquiridas mediante actos de piratería.
-Está pronto para el fuego -dijo el hombre negro, con aire de triunfo. Como usted ve, estoy bien provisto de leña para el invierno.
-¿Pero qué derecho tiene usted a cortar árboles en las tierras del diácono Peabody?  preguntó Tomás asombrado.
-El derecho que proviene de haber ocupado anteriormente estas tierras  respondió el otro. Me pertenecían antes de que ningún hombre blanco pusiera el pie en esta región.
-¿Quién es usted, si se puede saber?  preguntó Tomás.
-Me conocen por diferentes nombres. En algunos países soy el cazador furtivo; en otros, el minero negro. En esta región me llaman el leñador negro. Soy aquel a quien los hombres de bronce consagraron este lugar, y en honor del cual alguna que otra vez asaron un hombre blanco, puesto que gusto del olor de los sacrificios. Desde que los indios han sido exterminados por vosotros, los salvajes blancos, me divierto presidiendo las persecuciones de cuáqueros y anabaptistas. Soy el protector de los negreros y Gran Maestre de las brujas de Salem.
-En pocas palabras, si no estoy equivocado -dijo Tomás audazmente, usted es el mismísimo demonio, como se le llama corriente-mente.
-El mismo, a sus órdenes -respondió el hombre negro, con una inclinación de cabeza que quería ser cortés.
Así empezó esta conversación de acuerdo con la antigua leyenda, aunque parece demasiado pacífica para que podamos creerla. Uno se siente tentado a pensar que un encuentro con tal personaje, en un lugar tan desolado y lejos de toda habitación humana, era para hacer saltar los nervios de cualquier hombre, pero Tomás era de temple férreo, no se asustaba fácilmente, y había vivido tanto tiempo con una harpía, que ya no temía ni al mismo diablo.
Se cuenta que después de estas palabras iniciales, mientras Tomás seguía su camino hacia su casa, ambos personajes mantuvie-ron una larga y seria conferencia. El hombre negro le habló de grandes sumas de dinero, enterradas por Kidd el pirata bajo los árboles de la colina, no lejos del pantano. Todos estos tesoros estaban a disposición del hombre negro, quien los había puesto bajo su custodia. 0freció dárselos a Tomás, por sentir una cierta inclina-ción hacia él, pero sólo en determinadas condiciones.
Es fácil imaginarse qué condiciones eran éstas, aunque Tomás nunca se las confesó a nadie. Deben haber sido muy duras, pues pidió tiempo para pensarlas, aunque no era hombre que se detuviera en niñerías tratándose de dinero. Cuando llegaron al límite del pantano, el extraño individuo se detuvo.
-¿Qué prueba tengo yo de que usted me ha dicho la verdad? -dijo Tomás.
-Aquí está mi firma -repuso el hombre negro, poniendo uno de sus dedos sobre la frente de Tomás. Dicho esto dio vuelta, dirigiose a la parte más espesa del bosque y pareció, por lo menos así lo contaba Tomás, como si se hundiera en la tierra, hasta que no se vio más que los hombros y la cabeza, desapareciendo finalmente. Cuando llegó a su casa, encontró que el dedo del extraño hombre parecía haberle quemado la frente, de manera que nada podía borrar su señal.
La primera noticia que le dio su mujer fue acerca de la repentina muerte de Absalón Crowninshield, el rico bucanero. Los periódicos lo anunciaban con los acostumbrados elogios. Tomás se acordó del árbol que su negro amigo acababa de derribar y que estaba pronto para arder. «Que ese filibustero se tueste bien -dijo Tomás. ¿A quién puede preocuparle eso?»
Estaba ahora convencido de que no era ninguna ilusión todo lo que había oído y visto.
No era hombre inclinado a confiar en su mujer, pero, como éste era un secreto malvado, estaba pronto a compartirlo con ella. Toda la avaricia de su mujer se despertó al oír hablar del oro enterrado; urgió a su marido a cumplir las condiciones del hombre negro y asegurarse un tesoro que los haría ricos para toda la vida. Por muy dispuesto que hubiera estado Tomás a vender su alma al diablo, estaba determinado a no hacerlo para complacer a su mujer, por lo que se negó rotundamente por simple espíritu de contradicción. Fueron numerosas y graves las discusiones violentas entre ambos esposos acerca de esta materia, pero cuanto más hablaba ella, tanto más se decidía Tomás a no condenarse por hacerle el gusto a su mujer.
Finalmente ella se decidió a hacer el negocio por su cuenta, y si lograba éxito, a guardarse todo el dinero. Como tenía tan pocos escrúpulos como su marido, una tarde de verano se dirigió al viejo fortín indio.
Estuvo ausente muchas horas. Cuando volvió no gastó muchas palabras. Contó algunas cosas acerca de un hombre negro, a quien había encontrado, a media luz, dedicado a derribar árboles a hachazos. Sin embargo se mantuvo bastante reservada, sin acceder a contar más; debía volver otra vez con una oferta propiciatoria, pero se negó a decir lo que era.
Al otro día, a la misma hora, se dirigió al pantano, llevando fuertemente cargado el delantal. Tomás la esperó muchas horas en vano; llegó la medianoche, pero no apareció; llegó la mañana, el mediodía, y nuevamente la noche, pero ella no volvía. Tomás empezó a tranquilizarse, especialmente cuando observó que se había llevado consigo un juego de té de plata y todo artículo portátil de valor. Pasó otra noche y otro día, y su mujer seguía sin aparecer. En una palabra, nunca más volvió a oírse hablar de ella.
Son tantos los que aseguran saber lo que le ocurrió que, en resumidas cuentas, nadie sabe nada. Es uno de los tantos hechos que aparecen confusos por la enorme variedad de opiniones de los historiadores que se han ocupado de ello. Algunos aseguran que se perdió en el pantano, y que dando vueltas vino a caer en un pozo; otros, menos caritativos, suponen que huyó con el botín y se dirigió a alguna provincia; según otros, el enemigo malo la atrajo a una trampa, en la cual se la encontró después.
Esta última hipótesis se confirma por la observación de algunos pobladores del lugar, según los cuales aquella misma tarde se vio a un hombre negro, con un hacha, que salía del pantano, llevando un atadillo formado por un delantal, y con el aspecto de un altivo triunfador.
La versión más corriente afirma, sin embargo, que Tomás se puso tan nervioso por el destino de su mujer, que finalmente se decidió a buscarla en las cercanías del fortín indio. Permaneció toda una larga tarde de verano en aquel tétrico lugar, sin poder encontrarla. Muchas veces la llamó por su nombre, sin obtener ninguna respuesta. Sólo los pájaros y las ranas respondían a sus gritos. Finalmente, en la hora del crepúsculo, cuando empezaban a salir las lechuzas y los murciélagos, el vuelo de los caranchos le llamó la atención. Miró hacia arriba y observó un objeto, en parte envuelto en un delantal y que colgaba de las ramas de un árbol. Un carancho revoloteaba cerca, como si vigilara su presa. Tomás se alegró, por reconocer el delantal de su mujer y suponer que contuviera todos los objetos valiosos que se había llevado.
«Recupere yo lo mío -dijo, tratando de consolarse, y ya veré cómo me las arreglo sin mi mujer».
Al subir por el árbol, el carancho extendió las alas y huyó a refugiarse en lo más sombrío del bosque.
Tomás se apoderó del delantal, pero, con gran desesperación suya, sólo encontró dentro de él un hígado y un corazón.
Según las más auténticas historias, eso es todo lo que se encontró de la mujer de Tomás. Probablemente intentó proceder con el diablo como estaba acostumbrada a hacerlo con su marido; pero, aunque una harpía se considera generalmente como un buen enemigo del diablo, en este caso parece que la mujer de Tomás llevó la peor parte. Debió haber muerto con las botas puestas, pues Tomás notó numerosas huellas de pies desnudos, alrededor del árbol, como si alguien hubiera tenido que afirmarse bien; encontró además un montón de negros e hirsutos cabellos, que indudablemente procedían del leñador. Tomás conocía por experiencia la habilidad de su mujer para el combate. Se encogió de hombros al observar señales de garras. «Por Dios -se dijo, hasta él ha debido pasar trabajos por ella».
Como era un hombre estoico, Tomás se consoló de la pérdida de sus objetos de plata, con la de su mujer. Hasta sintió un poco de gratitud por el leñador negro, considerando que le había favorecido. En consecuencia, trató de seguir cultivando su amistad, aunque durante algún tiempo sin éxito; el hombre negro parecía sufrir ahora de timidez, pues, aunque la gente piense lo contrario, no aparece en cuanto se le llama: sabe cómo jugar sus cartas cuando está seguro de tener los triunfos. Finalmente, se cuenta que cuando la inútil búsqueda había cansado a Tomás, hasta el punto de estar dispuesto a acceder a cualquier cosa antes que renunciar al tesoro, una tarde encontró al hombre negro, vestido como siempre de leñador, con el hacha al hombro, recorriendo el pantano y silbando una melodía. Pareció recibir los saludos de Tomás con gran indiferencia, dando cortas respuestas y prosiguiendo con su música.
Poco a poco, sin embargo, Tomás llevó la conversación adonde le interesaba, empezando en seguida a discutir las condiciones dentro de las cuales Tomás obtendría el tesoro del pirata. Había una condición, que no es necesario mencionar, pues se sobreentiende generalmente en todos los casos en los que el diablo hace un favor; a ella se agregaban otras, en las que el hombre negro insistía tercamente, aunque fueran de menor importancia. Pretendía que el dinero encontrado con su auxilio se emplease en su servicio. En consecuencia, propuso a Tomás que lo dedicara al tráfico de esclavos, es decir, que fletara un barco dedicado a ese negocio. Sin embargo, Tomás se negó resueltamente a ello: su conciencia era bastante elástica, pero ni el mismo diablo podía inducirle a dedicarse al tráfico del ébano humano. El hombre negro, al ver que Tomás estaba tan decidido en este punto, no insistió, proponiendo en su lugar que se dedicara a prestar dinero, pues el diablo tiene gran interés en que aumente el número de usureros, considerándolos muy particularmente como hijos suyos.
Tomás no hizo a esto ninguna objeción, ya que, por el contrario, era una proposición muy de su gusto.
-El mes próximo usted abrirá sus oficinas en Boston -dijo el hombre negro.
-Lo haré mañana mismo, si usted lo desea -repuso Tomás.
-Usted prestará dinero al dos por ciento mensual.
-Como que hay Dios, que cobraré cuatro  replicó Tomás.
-Usted se hará extender pagarés, liquidará hipotecas y llevará los comerciantes a la quiebra.
-Los mandaré... al d... o -gritó Tomás, entusiasmado.
Usted será usurero con mi dinero -añadió el hombre negro, agradablemente sorprendido. ¿Cuándo quiere usted el dinero?
-Esta misma noche.
-Trato hecho -dijo el diablo.
-Trato hecho -asintió Tomás.
Se estrecharon las manos y quedó finiquitado el negocio.
Pocos días después, Tomás se encontraba sentado detrás de su escritorio, en una casa de banca, en Boston. Pronto se esparció su reputación de prestamista, que entregaba dinero por pura consideración.
Todos se acuerdan de los tiempos del gobernador Belcher, cuando el dinero era particularmente escaso. Eran los tiempos de los asignados. Todo el país estaba sumergido bajo un diluvio de papel moneda: se había fundado el Banco Hipotecario y producido una loca fiebre de especulación; la gente desvariaba con planes de colonización y con la construcción de ciudades en la selva. Los especuladores recorrían las casas con mapas de concesiones, de ciudades que iban a ser fundadas y de algún El Dorado, situado nadie sabía dónde, pero que todos querían comprar. En una palabra, la fiebre de la especulación, que aparece de vez en cuando en nuestra patria, había creado una situación alarmante; todos soñaban con hacer su fortuna de la nada. Como ocurre siempre, la epidemia había cedido; el sueño se había disipado, y con él las fortunas imaginarias; los pacientes se encontraban en un peligroso estado de convalecencia y por todo el país se oía a la gente quejarse de los «malos tiempos».
En estos propicios momentos de calamidad pública se estableció Tomás como usurero en Boston. Pronto a su puerta se agolparon los solicitantes.
El necesitado y el aventurero, el especulador, que consideraba los negocios como un juego de baraja; el comerciante sin fondos, o aquel cuyo crédito había desaparecido, en una palabra, todo el que debía buscar por medios desesperados y por sacrificios terribles, acudía a Tomás.
Éste era el amigo universal de los necesitados, sin perjuicio de exigir siempre buen pago y buenas seguridades. Su dureza estaba en relación directa con el grado de dificultad de su cliente. Acumulaba pagarés e hipotecas, esquilmaba gradualmente a sus clientes, hasta dejarlos a su puerta corno una fruta seca.
De esta manera hizo dinero como la espuma y se convirtió en un hombre rico y poderoso. Como es costumbre en esta clase de gentes, comenzó a edificar una vasta casa, pero de puro miserable no acabó ni de construirla ni de amueblarla. En el colmo de su vanidad rompió coche, aunque dejaba morir de hambre a los caballos que tiraban de él; los ejes de aquel vehículo no llegaron nunca a saber lo que era el sebo y chirriaban de tal modo que cualquiera estaría tentado a tomar ese ruido por los lamentos de la pobre clientela de Tomás.
A medida que pasaban los años empezó a reflexionar. Después de haberse asegurado todas las buenas cosas de este mundo comenzó a preocuparse del otro. Lamentaba el trato que había hecho con su amigo negro y se dedicó a buscar el modo y la manera de engañarle. En consecuencia, de repente se convirtió en asiduo visitante de la iglesia.
Rezaba en voz muy alta y poniendo toda su fuerza en ello, como si se pudiera ganar el cielo a fuerza de pulmones. Del elevado tono de sus oraciones dominicales, podía deducirse la gravedad de sus pecados durante la semana. Los otros fieles, que modesta y continuamente habían dirigido sus pasos por los senderos de la rectitud, se llenaban a sí mismos de reproches al ver la rapidez con que este recién convertido los sobrepasaba a todos. Tomás mostrábase tan rígido en cuestiones de religión como de dinero; era un estricto vigilante y censor de sus vecinos y parecía creer que todo pecado que ellos cometieran era una partida a su favor. Llegó a hablar de la necesidad de reiniciar la persecución de los cuáqueros y los anabaptistas. En una palabra, el celo religioso de Tomás era tan notorio como sus riquezas.
A pesar de todos sus ahincados esfuerzos en pro de lo contrario, Tomás temía que al fin el diablo se saliera con la suya. Se dice que para que no lo agarrara desprevenido, llevaba siempre una pequeña biblia en uno de los bolsillos de su levitón. Además, tenía otra de gran formato encima de su escritorio; los que le visitaban le encontraban a menudo leyéndola.
En esas ocasiones, ponía sus lentes entre las páginas del libro, para marcar el lugar y se dirigía después a su visitante para llevar a cabo alguna operación usuraria.
Cuentan algunos que a medida que envejecía, Tomás empezó a ponerse chocho y que suponiendo que su fin estaba cercano, hizo enterrar uno de sus caballos, con herraduras nuevas y completamente ensillado, pero con las patas para arriba, puesto que suponía que el día del Juicio Final todo iba a estar al revés, con lo cual tendría una cabalgadura lista para montar, pues estaba decidido, si ocurría lo peor, a que su amigo corriera un poco si quería llevarse su alma. Sin embargo, esto es probablemente sólo un cuento de viejas.
Si realmente tomó esa precaución, fue completamente inútil, por lo menos así lo afirma la leyenda auténtica, que termina esta historia de la siguiente manera:
Una tarde calurosa, en la canícula, cuando se anunciaba una terrible tormenta, Tomás se encontraba en su escritorio, vestido con una bata mañanera. Estaba a punto de desahuciar una hipoteca, con lo que acabaría de arruinar a un desgraciado especulador en tierras, por el que había sentido gran amistad.
El pobre hombre pedía un par de meses de respiro. Tomás se impacientó y se negó a concederle ni un día más.
-Eso significa la ruina de mi familia, que quedará en la miseria -decía el especulador.
-La caridad bien entendida empieza por casa -objetó Tomás. Debo preocuparme por mí mismo, en estos tiempos duros.
-Usted ha ganado mucho dinero conmigo  dijo el especulador.
Tomás perdió su paciencia y su piedad.
-Que el d....o me lleve si he ganado un ochavo. En aquel momento se oyeron tres golpes dados en la puerta. Tomás salió a ver quién era. En la puerta, un hombre negro mantenía por la brida a un caballo del mismo color, que bufaba y golpeaba el suelo con impaciencia.
-Tomás, ven conmigo -dijo el hombre negro secamente. Tomás retrocedió, pero era demasiado tarde. Su Biblia pequeña estaba en el levitón y la grande debajo de la hipoteca, que estaba a punto de liquidar; ningún pecador fue tomado más desprevenido. El hombre le puso en la silla, como si fuera un niño, fustigó al caballo y se alejó a galope tendido con Tomás detrás de él en medio de la tormenta que acababa de desencadenarse.
Sus empleados se pusieron la pluma detrás de la oreja y a través de las ventanas le vieron alejarse. Así desapareció Tomás Walker a través de las calles, flotando al aire su traje mañanero, mientras su caballo a cada salto hacía brotar chispas del suelo. Cuando los empleados volvieron la cabeza para observar al hombre negro, éste había desaparecido.
Tomás nunca volvió a liquidar la hipoteca. Una persona que vivía en el límite del pantano contó que en el momento de desencadenarse la tormenta oyó ruido de herraduras y aullidos, y cuando se asomó a la ventana vio una figura como la descripta, montada en un caballo que galopaba como desbocado, a través de campos y colinas, hacia el oscuro pantano, en dirección al derruido fuerte indio; poco después de pasar por delante de su casa cayó en aquel sitio un rayo que pareció incendiar todo el bosque.
Las buenas gentes sacudieron la cabeza y se encogieron de hombros, pero estaban tan acostumbradas a las brujas, los encantamientos y toda clase de triquiñuelas del diablo, que no se horrorizaron tanto como hubiera debido esperarse. Se encargó a un grupo de personas que administraran las propiedades de Tomás. Nada había que administrar, sin embargo. Al revisar sus cofres, se encontró que todos sus pagarés e hipotecas estaban reducidos a cenizas. En lugar de oro y plata, su caja de hierro sólo contenía piedras; en vez de dos caballos, medio muertos de hambre en sus caballerizas, se encontraron sólo dos esqueletos. Al día siguiente su casa ardió hasta los cimientos.
Este fue el fin de Tomás Walker y de sus mal habidas riquezas. Que todas las personas excesivamente amantes del dinero se miren en este espejo. Es imposible dudar de la veracidad de esta historia. Todavía puede verse el pozo, bajo los árboles de donde Tomás desenterró el oro del capitán Kidd; en las noches tormentosas alrededor del pantano y del viejo fortín indio, aparece una figura a caballo vestida con un traje mañanero, que sin duda es el alma del usurero. De hecho, la historia ha dado origen a un proverbio, a ese dicho tan popular en la Nueva Inglaterra, acerca de «El Diablo y Tomás Walker».
En cuanto puedo acordarme, esta es la esencia del relato del ballenero del Cabo Cod. Estaba adornado de diversos detalles triviales que he omitido, pero los cuales nos sirvieron de alegre esparcimiento toda la mañana, hasta dejar pasar la hora más favorable para la pesca, por lo que se propuso que volviéramos a tierra y permaneciéramos bajo los árboles, hasta que cediera el calor del mediodía.
Conformes con esto, tomamos tierra en una agradable parte de la costa de la isla de Manhattoes, llena de árboles y que antiguamente perteneció a los dominios de la familia Hardenbroocks. Era un lugar que conocía bien por las excursiones de mi mocedad. Cerca del sitio de nuestro desembarco se encontraba un antiguo sepulcro holandés, que inspiró gran terror y dio pábulo a numerosas fábulas entre mis compañeros de colegio.
Durante uno de nuestros viajes costeros habíamos entrado a verlo, encontrando féretros recargados de adornos y muchos huesos; pero lo que lo hacía más interesante a nuestros ojos es que existía una cierta relación con el casco del barco pirata, que se p udría entre las rocas de Hell-Gate.
También se decía que tenía mucho que ver con los contrabandistas, lo que debía ser cierto cuando este apartado lugar pertenecía a uno de los notables burgers, un tal Provost, al que se le conocía por el sobrenombre de «el aventurero del dinero pronto» y del que se murmuraba que tenía numerosos y misteriosos negocios de ultramar. Sin embargo, todas estas cosas habían formado un buen revoltillo en nuestras juveniles cabezas, de esa misma vaga manera como tales temas se entrelazan en los cuentos de la mocedad.
Mientras yo reflexionaba sobre estas cosas, mis compañeros habían extendido un almuerzo sobre el suelo, sacándolo de una canasta muy bien provista, y colocando todo bajo los árboles, cerca del agua. Allí pasamos las horas calurosas del mediodía. Mientras me encontraba tirado sobre la hierba, entregado a esa ensoñación que tanto me gusta, pasé revista a los débiles recuerdos de mi mocedad, y se los relaté a mis compañeros como me venían a la memoria: incompletos recuerdos de un sueño, que divirtió a mis acompañantes. Cuando terminé, uno de los burgers, hombre de edad avanzada, llamado Juan José Vandermoere, rompió el silencio y nos observó que él también recordaba una historia acerca de un tesoro, suceso que había ocurrido en su vecindario y que podía explicar algunas de las cosas que había oído en mi mocedad. Como sabíamos que era uno de los más veraces hombres de la provincia, le rogamos que nos contara esa historia, lo que hizo de muy buena gana, mientras fumábamos nuestras pipas.

1.025. Irving (Washington) - 058