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sábado, 27 de diciembre de 2014

Vocabulario .074

Abedul de hierro: Se trata, sin duda, del Betula Ermani, llamado también abedul pétreo.
Agdá: El trueno, en el sentido de espíritu, de divinidad.
Airela: Variedad de brezo.
Amba: Animal, fiera muy temible, con algo de sobrenatural.
Ambán: Jefe, dignatario manchú.
Amur: Pez del género de las carpas. Existen dos familias (blanco y negro); ambas viven en el río Amur, de donde procede su nombre. Llegan a medir más de un metro de largo y alcanzan hasta 32 kilos de peso.
Angazá: Persona pobre, menesterosa.
Baitá: Multa.
Bogatir: Hombre recio, bien plantado, valiente y de fuerza extraordinaria.
Bogdó: Cordón trenzado para ceñir la frente.
Bokó: El genio malo (el diablo) de los pantanos, que hacía extraviarse a las personas hasta que morían, absorbidas por la ciénaga.
Bua Guidiní: El camino de las gentes del cielo. La Vía Láctea.
Buní: El reino subterráneo, el lugar a donde se va después de la muerte.
Cobertizo: La existencia de estos cobertizos para toda una aldea indica que estas etnias vivían en régimen gentilicio todavía, que no existía la diferenciación de bienes.
Cormorán: Cuervo marino.
Chamán: Hechicero.
Chumashká: Cualquier recipiente hecho de corteza (por lo general, de abedul).
Eperlano: Pez de los mares de Europa parecido a la trucha.
Erenté: Libro, cuaderno.
Ganká: El genio malo (el diablo) de las aguas.
Garrulino: Pájaro dentirrostro, de la familia de los córvidos.
Ginseng: Planta a cuya raíz se atribuyen propiedades tónicas.
Jingan: Cordilleras (Gran Jingan y Pequeño Jingan) del norte de Manchuria.
Jovij: Isla.
Kabargá: Reno sin astas, especie rengífera que sólo se da en esta región.
Kakzamú: El genio malo (el diablo) de las montañas, que convertía a las personas en rocas.
Kaluga: Huso dauricus. Pez que sólo se encuentra en la cuenca del río Amur. Pertenece a la familia de los esturiones y es el pez de río más grande que se conoce (alcanza los cinco metros y los 800 kilos).
Kején: Diablo, demonio.
Kori: Ave fabulosa.
Kun-gaj-kei: Instrumento musical que consiste en una lámina de hueso (marfil de morsa por lo general) que, sujeta por un extremo entre los dientes, produce sonidos armoniosos cuando se la hace vibrar pegando con los dedos en el extremo opuesto. Es muy parecido al birimbao.
Laja pukaní: Vejiga de pez hinchada.
Ledo: Ledum palustre. Arbusto de los lugares pantanosos con flores de color rosado.
Lia-eri: También llamado Mar Pequeño. Marismas del estuario del río Amur.
Lucio: Esox lucius. Pez de río muy voraz (devora polluelos de ganso y de oca). Tiene la boca alargada, con fuertes dientes. Muy longevo (se han dado casos de 267 años), llega a medir dos metros y a pesar más de 50 kilos.
Mafa garaní: Colmillo de oso usado como talismán.
Mangni: Idolo, tótem tallado en un tronco.
Mar Pequeño: Véase Lia-eri.
Mar Grande: Mar de Ojotsk.
Mas: Comida en general. Más particularmente, trozos de pescado picados en un condimento hecho a base de piel de pescado, cereales y grasa de foca.
Mukchurá: Figurilla tallada en madera. Talismán de los sueños.
Mungalos: Mongoles.
Negra (muerte, enfermedad): La viruela.
Nivjos: Uno de los pueblos de la cuenca del Amur. Véanse todos en el Apéndice.
Noyon: Jeje militar manchú.
Onkú: Amo de las Montañas y de los Bosques.
Orca: Mamífero cetáceo delfínido con aleta dorsal muy alta, que alcanza los nueve metros de largo. Es blanca y negra. Muy voraz, destroza las redes de los pescadores.
Ortega: Ave gallinácea. El cuerpo del macho alcanza 33 a 35 cm. de largo, las alas 23 y la cola 11.
Ostol: Palo largo que sirve para dirigir y frenar el trineo tirado por perros o renos.
Otaria: Mamífero pinnípedo, distinto de la foca, también llamado león marino.
Oxara: Talismán en forma de pájaro, hecho de musgo o yesca.
Pil-kerkj: Mar de Ojotsk.
Róvdugui: Piel curtida, en particular la de reno. Aquí indica el material de que está hecho el dedal.
Sampán: Embarcación china, que se emplea en los ríos para la pesca y el transporte de mercancías. En muchos lugares sirve igualmente de vivienda para la gente menesterosa.
Saraná: Cualquier planta de hermosa flor cuya raíz sea comestible.
Siluro: Pez de río que se caracteriza por tener la piel desnuda, gran cabeza aplastada con dos barbillas en el maxilar superior y cuatro en el inferior. Llega a los 5 metros y los 300 kilos, Muy voraz, con una boca grande provista de dientes menudos, se alimenta fundamentalmente de peces y crustáceos, pero también de aves acuáticas y en ocasiones ataca a animales de mayor tamaño e incluso al hombre. Vive en las hoyas profundas de los ríos. Se han dado casos de mamar en las ubres de las vacas que se meten en el agua para refrescarse.
Simú: Serpiente fabulosa.
Taigá: Selva del norte de Rusia y de Siberia, casi exclusivamente de coníferas. En la cuenca del Amur, debido a sus condiciones específicas, también están presentes numerosas especies arbóreas de hoja ancha.
Tamia: Tamia sibiricus. Mamífero de la familia de los esciúridos. Mide 17 cm. de longitud más 12 de cola. Es de color pardo y tiene cinco rayas negras a lo largo de la espalda. Se la llama también ardilla estriada.
Tierra Grande: El continente.
Tola: Adorno, colgante o placa de cobre.
Tolmach: Intérprete.
Tro-mif: Isla de Sajalín,
Tori: Rescate que pagan los parientes del novio a la familia de la novia cuando es concedida en matrimonio.
Unti: Calzado de tipo mocasín y caña más o menos alta que, según los lugares, se hace con pieles de distintos animales y se adorna con bordados, cuentas y trozos de tela de colores.
Veso: Mamífero carnicero, muy semejante al turón, de cuerpo flexible y alargado, que despide un olor fétido.
Yasak: Tributo. Es palabra que se remonta a la época de las invasiones tártaro-mongolas.
Yukola: Pescado curado. Sirve de alimento para las personas, pero sobre todo para los perros que tiran de los trineos.
Yurta: Vivienda desmontable que usan algunos pueblos nómadas o seminómadas. Consta de un armazón de cañas que se recubre exteriormente con pieles o piezas de fieltro según los lugares: Tiene el hogar en el centro y el humo sale por un agujero del tejado, que puede ser cónico o esférico.
Zanguín: Juez, en el sentido de persona respetable que dirime los conflictos dentro de una tribu y preside ciertas ceremonias.

1.098.1 Naguishkin (Dmitri D.) - 074

Una gran desgracia

Los ancianos tienen toda una vida a sus espaldas. Los ancianos saben mucho y siempre pueden dar un buen consejo. Pero también el joven puede decir una palabra buena: tiene más fuerza, la vista mejor, la mano más firme y toda una vida por delante. El joven mira hacia adelante.
Hace mucho tiempo vivían los udés en unas tierras cálidas, en la llanura, al borde del mar. Eran muchos. Tantos como los árboles del bosque. Vivían en paz, sin guerrear con nadie. Cazaban animales, pescaban peces, observaban la ley, criaban hijos. Esto era hace mucho tiempo.
Entonces había un campamento cuyo amo era el viejo chamán Kandigá. Cuando alguien caía enfermo, Kandigá sacaba su pandero donde estaba dibujado Agdá, el trueno, encendía una hoguera sobre la cual calentaba el pandero y comenzaba sus invocaciones. Andaba alrededor de la hoguera, bailaba, pronunciaba ciertas palabras, cantaba y pegaba en el pandero como si resonara el trueno. Pegaba Kandigá en su pandero y decía que espantaba a los diablos malvados... Y armaba tanto ruido que el eco respondía luego durante dos días. Y sucedía que algún enfermo sanaba. Y, si se moría..., pues también entonces tenía quehacer el chamán: se llevaba el alma del difunto a Buní, el reino subterráneo, sobre las alas de un ave gris con el pico rojo. Cierto que nadie había visto a esa ave. Pero, ¿cómo dudar del chamán?
La gente de la tribu le tenía miedo al chamán y le obedecía.
Si algo se le antojaba al chamán, se lo daban. ¿Cómo no dárselo al chamán? Podía llamar a los diablos malvados y entonces lo pasaría mal el campamento entero... Todos decían que Kandigá era un chamán muy grande. Los diablos amaban al chamán, y Kandigá no carecía de nada incluso cuando todos los demás udés pasaban hambre y sólo podían masticar la piel de sus unti para mitigarla.
En aquel campamento vivía también un muchacho llamado Dimdigá. Era un buen cazador: podía atravesar dos gansos salvajes con una sola flecha. Era un muchacho como todos: no peor que los demás, sino mejor. Viendo a Kandigá, no podía explicarse el muchacho lo que pasaba. Si él mataba dos patos, se quedaba con uno y debía darle el otro a Kandigá. Si cazaba dos martas, también era una para él y la otra para Kandigá. El chamán no salía de caza, no pasaba humedad en los pantanos, no sufría calor al sol ni frío cuando helaba, pero juntaba tantas presas como Dimdigá. ¿Por qué razón?
En el consejo de los hombres dijo Kandigá al repartir las presas.
-Lo hemos hecho bien. Todos estamos contentos... Y dijo Dimdigá:
-Yo no estoy contento, amo... ¿Cómo es esto? Tú estás sentado en tu yurta, sin cansarte las piernas. Todos los hombres te dan la mitad de sus presas. ¿Cómo es que yo, siendo cazador, tengo menos bienes que tú?
-¡Tonto! -contestó Kandigá. A mí me dan suerte los espíritus. ¿Por qué? Pregúntaselo a ellos... Verás qué pronto hago venir aquí a todos los diablos.
Se puso el gorro adornado con astas de reno, se puso el cinto con sonajeros, empuñó el pandero retumbante. Pegaba en el pandero, y su trueno se escuchaba en todo el contorno.
-Deja, no hagas caso al muchacho -rogaban los ancianos. Es un cazador: sabe cazar animales, pero no discurrir.
-Bueno -dijo el chamán. Le perdono, pero sólo por vosotros.
Siguieron las cosas como antes: Dimdigá salía de caza y, de lo que cazaba, una presa era para él y la otra para Kandigá. A todo esto, el chamán estaba siempre regañando a Dimdigá. En cuanto el muchacho decía una cosa, el chamán decía todo lo contrario.
Aquel año llegaron gentes de otros campamentos lejanos. Llegaban huyendo, hambrientos, con la ropa hecha jirones y decían entre lágrimas:
-¡Nos han atacado unos hombres terribles! Son como tigres y van montados en animales salvajes.
-¿Qué animales son ésos? -preguntó Dimdigá en el consejo. ¿Perros?
-No, no son perros.
-¿Renos?
-No, no son renos. ¿No vamos a reconocer nosotros a los renos si toda la vida los hemos criado? Esas fieras tienen cuatro patas, la piel lisa, el hocico parecido al de los renos, pero no del todo. Tienen unas colas largas, cascos redondos en las patas y también pelos largos en el cuello. Gritan esas fieras tan fuerte que se las oye desde lejos. Y al que las oye, se le encoge el corazón como el de una liebre. Esas gentes no tienen piedad de nadie. Matan a los hombres, se llevan a las mujeres, y a los niños los arrojan bajo los cascos de sus fieras.
-Son gentes malas -dijo Dimdigá. Tenemos que marcharnos de aquí: no tenemos fuerzas bastantes para luchar contra ellos.
-No son personas -intervino Kandigá.
-Pero, si los hemos visto nosotros mismos: esos hombres tienen dos manos, dos pies y una cabeza. Hablan como nosotros. De las aldeas, sólo dejan cenizas. Por donde pasan no vuelve a crecer la hierba.
-No son personas -repitió Kandigá. Son diablos malvados. Los ha hecho venir Dimdigá... ¡No hay gentes así! Voy a hacer mis invocaciones. Traedme presentes y yo espantaré a los diablos.
A pesar de todo, las gentes de los campamentos lejanos siguieron huyendo...
Entonces llegaron gentes de campamentos más próximos.
-¡Huid! -gritaban. Nos han atacado unos hombres malos. Nosotros no tenemos fuerzas bastantes contra ellos. Queman las yurtas, matan a la gente.
-Debemos marcharnos -dijo Dimdigá en el consejo. Los espíritus malos no queman las yurtas.
-No son personas -siguió diciendo Kandigá. ¡Son diablos malvados! No hay diablo que me asuste a mí. Yo los espantaré a todos con mis invocaciones. Traedme presentes.
Las gentes de aquellos campamentos siguieron huyendo...
Entonces llegaron gentes de los campamentos vecinos:
-Esas gentes malas se llaman mungalos. Dicen que han recorrido el mundo entero y no han dejado a nadie vivo. Sólo quedamos con vida vosotros y nosotros.
-¿Se apean de sus fieras esos mungalos? -preguntó Dimdigá en el consejo.
-Se apean cuando comen y cuando matan.
-¿Qué comen los mungalos?
-Comen esas mismas fieras que llevan de reserva.
-Son personas -dijo Dimdigá. Hay que preparar las armas. Tenemos que apartarnos de su camino. ¿Qué comen las fieras de los mungalos?
-Hierba -contestaron los recién llegados.
-Hay que marcharse al bosque, hay que marcharse a las montañas -dijo Dimdigá. Seguro que esos hombres no están acostumbrados a los bosques ni a las montañas.
-Son demonios -repetía Kandigá. Espíritus malvados que Dimdigá ha irritado. Traedme presentes. Yo espantaré a todas las desdichas. Haré un Mangni, un ídolo, y con él espantaré a todos los demonios.
Kandigá se dedicó día y noche a sus invocaciones. A veces caía rendido de cansancio, pero pronto se levantaba, ¡y vuelta a lo mismo! Hizo un Mangni espantoso y se puso a dar vueltas a su alrededor.
El Mangni estaba en una loma. Era tan alto como tres hombres. Tenía el vientre hueco para que siempre estuviera hambriento. Tenía los brazos anillados como serpientes para que fueran ágiles en la pelea. Aquel Mangni tenía lagartos en los pies para que fuera rápido en la carrera. Dentro de su pecho anidaba un pájaro en lugar de corazón. Y, sobre el pecho, un platillo de cobre bruñido relumbraba como el sol para cegar a los enemigos. En aquel platillo de cobre se reflejaba todo.
Decía Kandigá:
-Cuando los mungalos lleguen a lomos de sus fieras y se vean en el platillo de cobre, pensarán que aquí no hay nadie más que ellos y se marcharán.
-iA los mungalos hay que espantarlos con jabalinas y flechas! -replicaba Dimdigá.
Pero la gente se apiñaba junto a Kandigá. Nadie más que él podría defenderlos.
Kandigá hizo dos Mangnis más para que le ayudaran a vencer a los demonios.
Pero Dimdigá dijo entonces:
-¡Eh, oídme! Este terrible peligro que nos acecha no puede espantarlo Kandigá. ¡Tomad vuestros arcos, tomad vuestras flechas y jabalinas y marchaos a los bosques, marchaos a las montañas! Las fieras de los mungalos necesitan hierba. Cuando los mungalos lleguen hasta los bosques y las montañas y se encuentren con que no tienen alimento para sus fieras, darán media vuelta.
Se formó gran revuelo en el campamento. Los jóvenes gritaban:
-iDimdigá tiene razón! ¡Los hombres deben luchar!
-¡Nadie puede hacer nada contra los demonios! -chillaban los viejos.
Y los mungalos estaban ya cerca... Ya se oían sus gritos... Ya se veían las llamas de las yurtas de los paisanos de Dimdigá incendiadas por los mungalos.
Kandigá seguía con sus invocaciones. Le salía espuma por la boca, su pandero retumbaba como el trueno, se agitaban los sonajeros de su cinto y el gorro astado se mecía de un lado para otro. Los ancianos le contemplaban temblando de terror.
Dimdigá les dijo a sus paisanos, a los de su tribu:
-¡Quien quiera seguirme, que cruce el arroyo! ¡Quien tenga compasión de los niños, que cruce el arroyo! ¡Quien tenga valor para empuñar las armas, que cruce!
Los que no confiaban en el chamán cruzaron el arroyo. Se quedaron con el chamán los que creían en los demonios y no en la fuerza de sus brazos.
Dimdigá se marchó.
Los mungalos llegaban ya como una nube. ¡Eran tantos como granos de arena hay a la orilla del mar! La tierra retumbaba a su paso. De los gritos y los alaridos que lanzaban azuzando a sus fieras, armaban tanto ruido como un río desbordado. Enarbolaban unos largos sables corvos y llevaban el carcaj de las flechas a la espalda y el hacha de guerra colgaba del arzón. Razón tenía Dimdigá al decir que los mungalos no eran demonios sino personas.
Al divisar el campamento, los mungalos arreciaron en sus gritos. Dispararon tantas flechas que ocultaron el sol como una nube.
Pero Dimdigá estaba ya cerca del bosque con los suyos.
Los mungalos descubrieron a Dimdigá y se lanzaron tras él. Casi estuvieron a punto de alcanzarle. Pero el muchacho había entrado ya en el bosque. Hizo que las mujeres y los niños siguieran a toda prisa adelante y él se ocultó detrás de los árboles con los hombres.
Luego se pusieron a disparar sus arcos contra los mungalos. Las flechas partieron silbando. Una flecha atraviesa al diablo de parte a parte sin causarle daño, porque un hombre no puede matar al demonio. Pero los mungalos iban cayendo de sus cabalgaduras...
De árbol en árbol, Dimdigá fue adentrándose en el bosque. De árbol en árbol fueron adentrándose también en el bosque los que habían abandonado el campamento con él.
Los mungalos continuaron mucho tiempo persiguiendo a Dimdigá. Pero sus fieras no estaban acostumbradas al bosque. Pero las fieras aquéllas no podían moverse en el bosque. Pero en el bosque no había con qué alimentar a aquellas fieras. Los mungalos no tenían dónde hacerlas pastar. Lo único que había en torno era el musgo grisáceo colgando a puñados de los árboles y los helechos tupidos como un muro...
Los mungalos volvieron grupas.
Dimdigá envió a hombres seguros a decirles a sus paisanos cómo debían salvarse de los mungalos. Los udés empezaron a trasladarse a los bosques y las montañas y a vivir allí. Los udés se convirtieron en hombres de los bosques. Y así les llaman hasta ahora.
Transcurrió no sé cuánto tiempo. Dimdigá fue hasta el antiguo campamento. Quería ver si habían servido de algo los Mangnis de Kandigá.
Entonces vio Dimdigá que los mungatos habían llegado hasta el mar y luego volvieron a marcharse a sus estepas.
Entonces vio Dimdigá que el Mangni yacía, abatido, en el viejo campa-mento... En su vientre hueco crecía la hierba. Por su pecho hueco corrían los lagartos. Los auxiliares del chamán yacían calcinados: los mungalos habían hecho una hoguera con ellos.
Entonces vio Dimdigá al chamán caído en el suelo, con las piernas estiradas y un hacha en la mano. A su lado yacía un mungalo muerto de un hachazo. Se conoce que al fin recordó el chamán lo que dijo Dimdigá, pero demasiado tarde. Allí estaba caído Kandigá. Un cuervo negro se había posado encima. Los hurones y los glotones husmeaban por el campamento.
Volvió Dimdigá al bosque y les dijo a sus paisanos:
-El bosque y las piedras son nuestra defensa mejor.
Así se quedaron los udés a vivir en los bosques. En el consejo, los jóvenes escuchan lo que dicen los ancianos. Pero también los ancianos atienden a las buenas palabras de los jóvenes.

1.098.1 Naguishkin (Dmitri D.) - 074

Un agüero que no falla

Erase un matrimonio que vivía en una aldea. El marido se llamaba Churká y era un hombre tranquilo, que prefería estar callado en vez de hablar. En cambio su mujer, Pigunaika, le daba más a la lengua que a las manos. Hablaba incluso cuando dormía. De pronto se ponía a farfullar algo entre sueños, tan deprisa que no se podía entender. Churká se despertaba al oírla y la sacudía un poco.
-¡Eh, mujer! ¿Con quién hablas?
Pigunaika se incorporaba de un salto, se restregaba los ojos.
-Con gente más lista que tú.
-Pero si es en sueños, mujer...
-Con la gente lista da gusto hablar incluso en sueños. ¿O piensas que voy a hablar contigo, que no ensartas más de dos palabras al año, y eso cuando estás en la taigá...?
Churká tenía tres quehaceres: cazar, pescar y fumar su pipa. Y las tres cosas las hacía bien. Se marchaba de caza a la taigá y allí se estaba hasta que los amigos le traían a la fuerza. Se ponía a pescar, y era tal su ahínco que se habría metido él mismo en la red si no entraban peces. ¡Pero cuando se ponía a fumar...! Tanto humo echaba, que subía hacia el cielo como una columna. Si Churká fumaba en casa, al poco tiempo acudía gente de toda la aldea pensando que había fuego. Cuando llegaba, se encontraba a Churká fumando su pipa a la entrada de su casa. Si estaba en la taigá y veían los nivjos nubes de humo sobre los árboles, ya sabían que Churká había encendido su pipa, del grosor del antebrazo. Y así ocurrió varias veces que se equivocaron tomando un incendio forestal por el humo de la pipa de Churká.
Pigunaika tenía tres quehaceres: hablar, dormir y descifrar los sueños. ¡Qué bien se le daba...! Pegaba la hebra y no dejaba meter baza a nadie. Cuando la veían venir, las vecinas se escondían debajo de las yacijas. La salvación era sentar frente a Pigunaika a la abuela Koinit, que era sorda. Allí se estaba la mujer, moviendo la cabeza como si asintiera a todo... Pero si Pigunaika se tumbaba a dormir, no había quien la sacara de sus sueños. Una vez, unos chicos de la vecindad la agarraron y la llevaron al bosque, dormida como estaba, con lecho y todo. Al cabo del tiempo se despertó allí Pigunaika, miró a su alrededor, vio el bosque y se dijo creyendo que estaba soñando: «¡Pero qué tonta soy! ¿Voy a soñar sentada? Para eso tengo que acostarme.» Se acostó y todavía durmió dos semanas seguidas. Los mismos muchachos tuvieron que traerla de vuelta a su casa.
Pero había que oír a Pigunaika cuando se ponía a descifrar los sueños. Daba explicaciones tan escalofriantes, que las mujeres se caían luego por la noche de la cama. Nadie sabía si se cumpliría lo que explicaba; pero, de todas maneras, se pasaban una semana temblando después de sus augurios. Nadie era capaz de descifrar los sueños mejor que Pigunaika.
Una vez se despertó y siguió acostada, sin decir una palabra. Al verla silenciosa, su marido se asustó. ¿Por qué callaba su mujer? ¿Le habría ocurrido algo?
-¿Qué te pasa, Pigunaika? -le preguntó.
-He soñado que recogía bayas rojas -contestó la mujer. Señal de pelotera...
-Mujer, ¿por qué íbamos a tener una pelotera nosotros?
-Pues, señal de bronca es -afirmó Pigunaika. El agüero no falla. z0 es que no sé yo explicar los sueños? ¿Te acuerdas de cuando soñé con una hembra de reno y dije que era señal de nevasca? Pues, a ver si no tuvimos luego nevasca.
Churká callaba. No quería decir que su mujer había soñado con una hembra de reno cuando la nevasca había atascado ya la puerta de su casa de tal manera que, cuando se despertaron, no pudieron salir y se pasaron tres días encerrados. Y el tercer día fue cuando su mujer soñó con la hembra de reno.
-¿Por qué callas? -preguntó Pigunaika. Las bayas rojas anuncian un disgusto. Yo lo sé perfectamente.
-Pues, yo no quiero disgustarme contigo, Pigunaika -murmuró Churká.
-¿Cómo que no, si he tenido yo ese sueño? -insistió enfadada.
-¿Y por qué razón?
-¡Ya encontrarás tú alguna! Quizá me eches en cara el pescado que se estropeó aquel día que me acosté a descansar un momento...
-Es verdad que se estropeó el pescado, mujer. Como que te pasaste tres días durmiendo y a los vecinos les costó un triunfo despertarte cuando empezaron a arder las tarimas por no haber cuidado las brasas del hogar...
-¡Ah! -gritó Pigunaika. Conque tu mujer no puede ya ni echarse un rato, ¿eh? ¡Claro! Lo que tú quieres es que ande detrás de ti como una esclava. ¡Vaya con el hombre!
-Mujer, ¿para qué vamos a recordar aquello? ¿Que se estropeó el pescado? ¿Y qué? Luego pesqué el doble.
-¡Muy bien, hombre! Conque además me haces reproches. A lo mejor quieres que vaya yo de pesca en tu lugar. No, si está claro que quieres armar bronca conmigo.
-No. No quiero armar bronca, mujer -negó Churká.
-¡Sí que quieres! -dijo la mujer. Puesto que he soñado con bayas rojas, ¡tendremos bronca!
-¡Yo no quiero!
-¡Sí que quieres!
-¡No quiero!
-Pues sí que quieres. Te lo estoy leyendo en los ojos.
-¡Mujer! -dijo ya Churká en un grito.
-iAh!.. Conque ahora te vas a poner a gritarme, ¿verdad?
Pues, ¡toma!
Y le atizó con un cazo a su marido en mitad de la frente. Churká era un hombre muy apacible, desde luego, pero cuando se encontró con un chichón del tamaño del puño en la frente, no iba a quedarse cruzado de brazos. Marido y mujer se enzarzaron.
Pigunaika gritaba:
-¡Tendremos bronca!
-¡No la tendremos!
-¡Sí que la tendremos!
-¡Pues no la tendremos!
Armaron tanto ruido como aquella nevasca durante la cual soñó Pigunaika con una hembra de reno.
Acudieron vecinos de toda la aldea. Los hombres apartaban a Churká, las mujeres sujetaban a Pigunaika, y venga a forcejear, pero sin conseguir separarlos. Optaron por traer calderos de agua del río y echárselos a la mujer y al marido por encima.
-¡Eh, mujer, espera! -gritó Churká. Parece que se ha agujereado el tejado, porque está cayendo agua.
Así lograron separarlos. Churká se sentó a contar los chichones que tenía y Pigunaika a palparse los ojos hinchados.
-¿Qué ha ocurrido? -preguntaban los vecinos.
-Nada de particular -contestó Pigunaika. Que he soñado que estaba recogiendo bayas rojas. Y eso es señal de bronca. ¡No falla!
¿Quién iba a saberlo mejor que ella, ahora que, por haber tenido ese sueño, se había peleado con el marido?

1.098.1 Naguishkin (Dmitri D.) - 074

Monoktó el pobre

El trabajo bien hecho no se pierde. Aprovecha a las personas. Si no es a ti, a tu hijo; si no es a tu hijo, a tu nieto.
A un joven ulchí se le murió el padre, que ya era muy viejo. Antes de morir llamó al hijo, le miró y dijo llorando:
-Me da pena de ti, hijo mío. Mi abuelo fue angazá, mi padre fue angazá, lo mismo me han llamado a mí toda la vida y se ve que igual te ocurrirá a ti. Yo me he pasado la vida trabajando para Boldá el rico y no he ganado nada. Boldá tiene la mano ligera para tomar. Boldá tiene la mano dura para dar. Yo no te dejo nada. Sólo el cuchillo, el eslabón y el tridente. A mí me quedaron de mi padre y a él se los dejó el suyo... Ahora te servirán a ti.
Dicho esto, el padre murió.
Le vistieron para su último camino. Le enterraron. Monoktó ofreció una modesta velada de recordatorio.
Monoktó tomó el cuchillo, el eslabón y el tridente y se puso a trabajar para Boldá lo mismo que había trabajado su padre.
Y la gente olvidó su nombre porque nadie le llamaba más que angazá: pobre.
Bien había dicho el anciano que Boldá tenía la mano dura para dar.
Boldá llamó a Monoktó y le dijo:
-Tu padre tenía una deuda conmigo. Esa deuda ha pasado ahora a ti. Si no trabajas lo que me debía tu padre, el chamán no conducirá su alma a Buní. Pero yo te ayudaré: te alimentaré y te vestiré y luego me pagarás lo que comas y la ropa que gastes.
Monoktó se puso a trabajar por lo que debía su padre. Boldá se puso a ayudarle. Sólo que, con su ayuda, el pobrecillo lo pasaba peor cada día. Monoktó andaba vestido de andrajos, se alimentaba de las sobras y no se atrevía a decir una palabra. Boldá, que apenas podía abrir la boca de tan gordo como estaba, solía decirle:
-Trabaja, Monoktó, trabaja. Tú y yo somos ahora como hermanos. Los dos ayudamos a que el alma de tu padre llegue a Buní: yo, dándote trabajo, y tú, trabajando. ¡Trabaja, Monoktó!
Boldá sacaba riquezas de todas partes. Era amigo de mercaderes de allende los mares a quienes compraba mercancías que luego revendía a sus paisanos al triple. Media aldea trabajaba para Boldá pescando, curando el pescado, preparando la yukola, cuidando de sus perros. Media aldea trabajaba para él en la taigá cazando animales de pelo y de pluma. Y Boldá, ¡venga a barrer para su casa! Boldá tenía diez mujeres que sus paisanos se habían visto obligados a darle para saldar sus deudas sin que él pagara rescate por ninguna. Boldá tenía diez criados (diez esclavos habría que decir), que le servían en pago de sus deudas y lloraban amargamente su suerte. Cada otoño iba Boldá al reino de Nikán con diez barcas de velas amarillas de piel de pescado. El ambán de San-Sin, el jefe más importante de la ciudad, tomaba el té con Boldá y le compraba las pieles que traía. No le preguntaba a Boldá lo que le habían costado, pero él pagaba un buen precio.
Boldá engordaba a ojos vistas. Cada día tenía más grasa. Monoktó, en cambio, apenas podía tenerse de pie.
Un día pidió Monoktó:
-Deja que vaya a pescar para mí. Mira que tengo el vientre pegado a la espalda. Si me muero, ¿cómo voy a pagar la deuda de mi padre?
Contestó Boldá con voz muy suave:
-¡Sí, claro que sí! Pero pesca primero para mí una tina grande y luego pescas para ti... Y no cojas mi tridente. Ni toques mi barca.
Monoktó estuvo todo el día pescando hasta llenar una tina para Boldá. Entonces empezó a llover. ¡Un aguacero!... El angazá se sentó en la orilla. ¿Cómo iba a pescar para él? El muchacho no tenía barca. Ni tampoco tenía fuerzas ya. Empuñó Monoktó el tridente del padre y ni siquiera podía levantarlo. Contempló el muchacho sus brazos y se le saltaron las lágrimas:
-Estoy perdido. Ya se aproxima la muerte. No tengo fuerza en los brazos.
Miró el cuchillo, el tridente y el eslabón, la herencia que le había dejado su padre, y les dijo muy enfadado:
-Sois unos malos ayudantes. En tantos años como os he manejado, bien podíais haber aprendido a hacer algo solos. Pero, sin mis manos, no servís para nada.
El cuchillo se sintió avergonzado.
Rebulló en el cinto de Monoktó, salió de su funda y corrió al bosque. Se puso a cortar ramas secas y juntó un montón. Luego empezó a cortar mimbres para una cabaña y también cortó muchos.
Miró el eslabón a su amo y vio que estaba tendido en el suelo, sin movimiento. El eslabón salió de la bolsita donde estaba guardado, llegó hasta unas matas secas, hizo saltar una chispa y encendió una hoguera.
Mientras, el cuchillo había construido una cabaña. Otra vez se fue a la taigá, cortó un álamo grande y se puso a hacer una barca. El cuchillo iba y venía arrancando virutas que caían rizándose hacia todas partes y el tronco crujía al volverse de un lado y de otro para facilitarle el trabajo...
Antes de que Monoktó pudiera darse cuenta, el cuchillo del padre había tallado para el muchacho una barca mejor que lo hubiera hecho cualquier maestro.
Monoktó se metió en la cabaña. Acercó las manos al fuego. Necesitaba que entraran en calor antes de empuñar el tridente.
Entonces rebulló el tridente, avergonzado de estarse sin hacer nada mientras sus compañeros trabajaban. Se levantó y, con el mango, empujó la barca al agua. La barca fue deslizándose por el río. El eslabón se metió en la barca e hizo saltar chispas para que los peces acudieran a la luz. Entonces le tocó trabajar al tridente.
Cada vez que se hundía en el agua, sacaba una trucha, un esturión o un amur .
Volvió la barca a la orilla. El tridente se recostó en la cabaña. El eslabón se escondió en su bolsita.
Monoktó comió hasta saciar su hambre. Notó que recuperaba fuerzas y volvía a ser un hombre. Después de cumplir su cometido, el cuchillo saltó a la funda que colgaba del cinto de Monoktó.
Les dijo Monoktó:
-Os doy las gracias. Ahora veo que sois unos buenos ayudantes. Con vosotros saldaré la deuda de mi padre. Pescaré para mí. Dejaré de pensar en Boldá.
Pero Boldá ya estaba allí. Vio fuego junto al río, oyó el chapoteo de los peces, olió el aroma a pescado asado y al instante quiso saber quién había encendido una hoguera, pescaba peces y se los comía asados sin su permiso. Llegó corriendo y vio a su angazá bien comido, en una espaciosa cabaña, calentándose junto al fuego que ardía delante y, en la orilla, una barca nueva llena de peces...
-¡Eh! -gritó Boldá. ¿Qué es esto, angazá? ¡No has terminado de trabajar para mí en pago de la deuda de tu padre y tienes tanto pescado! ¿No decías que estabas sin fuerzas? ¡Pues menuda cabaña te has hecho! Además, ¿por qué has cogido mi barca?
-Esta barca no es tuya -contestó el angazá Monoktó.
-Ni tuya tampoco. Tú no tienes barca -dijo Boldá.
-Pues es mía -afirmó Monoktó.
Y contó el muchacho cómo le habían ayudado, cuando estaba ya a punto de morir, los objetos heredados de su padre.
Miró Boldá al muchacho y dijo con voz suave:
-Muy bien, angazá. Te perdono la deuda de tu padre, pero dame tu cuchillo.
Monoktó se puso muy triste. Fumó un rato y pensó que tendría que desprenderse del cuchillo. Así lo hizo. Pero Boldá no se marchó. Volvió a decir con voz suave:
-Esta que te he perdonado es la deuda grande que tenía tu padre. Pero también tenía otra mediana. En el cobertizo mediano tengo hecha una marca en la pared. ¡Dame tu tridente!
Suspiró Monoktó. Le entregó el tridente. Pero Boldá no se marchó. Estuvo fumando un buen rato y dijo con voz suave:
-Tu padre, angazá, me debía también una deuda pequeña: en la pared del cobertizo pequeño está hecha la marca. Dame el eslabón. Así quedará zanjado lo de tu padre. En cuanto a lo que me debes tú, ya me lo cobraré luego...
Con lágrimas en los ojos le entregó Monoktó también su eslabón a Boldá.
¡Qué más quería el ricachón! Echó a correr llevando los objetos del viejo en una mano y sujetándose con la otra el barrigón para que no le estorbara.
«No importa -pensaba Monoktó. Ahora que he pagado las deudas de mi padre me he quitado un gran peso de encima y podré vivir mejor.»
A la mañana siguiente se levantó Boldá, encantado porque los objetos que dejó el viejo a Monoktó eran ahora suyos y trabajarían para él.
Boldá fue al bosque, donde tenía a unos pobretones trabajando para él: estaban tallando un álamo para hacer una barca. Boldá empezó a empujones y a gritos con todos:
-¿Así es como trabajáis? ¡Os voy a dejar sin comer! Tengo un cuchillo que, él solo, lo hace todo más aprisa que vosotros, holgazanes. Este cuchillo le ha hecho a Monoktó una lancha mientras él se fumaba una pipa...
Boldá sacó el cuchillo de su funda y lo lanzó al bosque. El cuchillo se quedó donde había caído. No se puso a cortar leña ni a tallar una barca.
-¿Cómo es esto? -gritó Boldá. Este cuchillo trabajaba él solo para Monoktó.
Los hombres miraron a Boldá y dijeron:
-Monoktó sabe hacerlo todo con sus propias manos y por eso le obedece el cuchillo. Tus manos, en cambio, no saben más que contar el dinero que nos sacas.
Boldá corrió al río y lanzó el tridente. El tridente quedó clavado en el fondo. Boldá no pudo sacarlo por mucho que lo intentó.
Furioso, Boldá comprendió que los objetos del viejo no querían servirle a él. Sacó el eslabón del bolsillo y lo arrojó al suelo.
Al caer, el eslabón arrancó chispas que prendieron una llama. La llama se extendió por la tierra camino de la casa y los cobertizos de Boldá. Y antes de que él pudiera darse cuenta, el fuego había envuelto ya los cobertizos y la casa. Ardieron todos los bienes del ricachón.
Corrió Boldá a apagar el fuego, pero no lo consiguió. En cambio, él se calentó tanto del fuego que se derritió toda su grasa y no quedó de él nada más que las botas y la bata.
Monoktó fue al sitio donde Boldá había arrojado el cuchillo. Vio que se había clavado en unas piedras y que esas piedras ya no eran como antes: machacándolas y echándolas al fuego, se convertirían en hierro.
Monoktó fue en busca de su tridente. Iba a agarrarlo cuando vio que tenía brotes verdes: el tridente se había convertido en un árbol. Los ulchíes empezaron a sacar de aquel árbol jabalinas, mangos de hacha, pértigas y otros objetos, tan sólidos y flexibles como no los habían tenido nunca.
Monoktó fue en busca del eslabón. En el sitio donde estaban la casa y los cobertizos de Boldá se extendía ahora un pantano y sobre el pantano corrían unas lucecillas azules que encendía el eslabón del viejo para que nadie se acercara a aquel lugar maldito.
La gente vino a saludar a Monoktó.
-Gracias, Monoktó -dijeron recordando su nombre. ¡Gracias por habernos librado de Boldá!

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Mambu-huerfano

Los ulchíes viven en la cuenca del Amur hace mucho tiempo. Desde que vinieron aquí, los montes pequeños se han hecho grandes y los grandes ríos se han vuelto pequeños.
Tres tribus de ulchíes, los Sulakí, los Punadí y los Gubatú, eran parientes, tenían un fuego para todos. Vivían los unos al lado de los otros: sus casas se alineaban a la orilla del Amur.
Vivían los ulchíes en buena armonía. Cuando había que construir una casa, lo hacían entre todos: unos amasaban la arcilla, otros cortaban los troncos, otros traían pértigas para el tejado. En la pesca participaban también todos: unos en lanchas grandes, otros en barcas pequeñas y algunos, a horcajadas sobre un tronco, empujaban los peces hacia las redes. Se llevaban bien con las gentes del bosque y con las gentes del agua, de modo que nunca les faltaban focas, salmones, cebellinas, alces...
Entre los Sulakí había un niño llamado Mambu.
Cuando nació, su madre le lavó durante quince días con su leche. El padre colgó del arco de su cuna un hacha pequeña y un cuchillo para que el niño se acostumbrara a las armas.
Nada más ver el cuchillo, Mambu lo agarró con las dos manos y salió de su cuna. Muy sorprendidos, el padre y la madre dijeron para sus adentros: «Nuestro Mambu será un hombre muy fuerte o será un hombre desgraciado».
Mambu salió de su casa, tiró una piedra a un soto de avellanos y mató una perdiz. La colgó encima de la puerta para que vieran todos que en aquella casa había nacido un cazador.
-Entre los buenos, será el mejor -dijo entonces la gente de Mambu.
Porque, hasta entonces, no habían visto los Sulakí a gente mala. Desgraciadamente, pronto habrían de tropezar con gentes malvadas.
En otoño, cuando más peces tenían los ríos, los Sulakí llenaron sus cobertizos de pescado, prepararon yukola para los perros, guardaron panzas de esturión y de salmón para todo el invierno, curaron y secaron muchos peces y también hicieron provisión de airelas, fresas silvestres, raíces de saraná y arándanos.
Una vez apareció una barca sobre el Amur. Era una barca grande, con la proa y la popa muy altas. Nunca habían visto los ulchíes otra igual. Tenía las velas amarillas y, en lo alto del mástil, ondeaba una enseña con un dragón dorado. Las aguas del río se agitaban al paso de la barca porque iban muchos hombres dentro. Empuñaban sables de un palmo de anchura y lanzas de la altura de dos hombres. Llevaban la mitad de la cabeza afeitada y por detrás les colgaba una coleta atada con una cinta negra.
Los ancianos dijeron:
-Hay que acogerlos bien. Son gente extraña y parecen venir de lejos. Seguramente traerán muchas noticias... Mambu no estaba de acuerdo.
-Son gentes malas. Hay que huir de ellos a la taigá. ¿Por qué tienen los sables en las manos? ¿Por qué apuntan con las lanzas?
La barca se detuvo delante de la aldea de los Sulakí.
Bajaron a tierra los que venían en ella y, al principal, lo bajaron en andas. Ocho portadores doblaban la espalda bajo su peso. Llevaba un gorro con una pluma de pavo real y una bola de jaspe. En los bordados de su bata lucían todos los colores del arco iris. El forastero tenía una barriga tan grande que no permitía ver su cara.
Al verle dijo Mambu:
-Eso no es una persona. Es una barriga. Tendremos que sentir su visita.
-¡Qué sabes tú! -contestaban los ancianos.
Conque corrieron los ulchíes al encuentro de los recién llegados para ofrecerles, según las leyes de la hospitalidad, abrigo y comida. Las mujeres traían ya fuentes de pescado, de mos, de cereales. Pero el hombre-barriga dijo mirando a los ulchíes:
-Somos súbditos del rey de Nikán. Nuestro rey es el rey más grande de la tierra. No hay en el mundo nadie más grande que nuestro rey. Ha ordenado imponeros un tributo.
Los ulchíes no comprendían lo que era un tributo porque nunca se lo habían pagado a nadie. Preguntaron de qué se trataba.
El hombre-barriga les contestó:
-Nos llevaremos una marta cebellina por persona. Y ya siempre será así. El rey de Nikán os promete a cambio su gracia para que pesquéis en el río, para que cazéis en el bosque y también para que respiréis estos aires.
Los ulchíes se sorprendieron.
-Se conoce que esta gente es pobre -decían las mujeres. Se conoce que no tienen cebellinas. Tendrá frío su rey... Bueno, pues que se abrigue con nuestras cebellinas.
Pero las gentes de Nikán habían empezado ya a meterse por las casas. Entraron en todas las casas, husmearon por los cobertizos con toda facilidad, ya que los ulchíes no habían puesto nunca cerraduras en ninguna puerta. ¿Para qué, si todos eran parientes? Los guerreros nikanos revolvían por todas partes y se llevaban las pieles. Habían recogido ya la cebellina por persona de que hablaban al principio, pero seguían llevándose a su barca todas las pieles que encontraban: de oso, de cebellina, de lince, de foca, de zorro, de turón... Jade-antes, con los ojos desorbitados, se peleaban por una misma piel. Mambu dijo al hombre-barriga:
-Honorable: hace ya tiempo que tus guerreros han cogido lo que tú llamas tributo, pero siguen llevándose nuestras pieles... ¿No sería hora de que lo dejaran ya?
El hombre-barriga rebulló. Alargó la cabeza para mirar a Mambu con unos ojos de brillo verde como los de la serpiente Simú, igual que si quisiera devorar al muchacho.
-El resto, mis guerreros lo cogen para mí y para ellos por haberos traído la gracia del rey de Nikán. Estamos cansados del viaje tan largo y hemos tenido muchos gastos...
Los ancianos sacudían la cabeza, agraviados, viendo que por la gracia del rey de Nikán eran desposeídos de todos sus bienes.
-Hay que quitarles todo lo que se han llevado -dijo Mambu.
¿Pero cómo? Los de Nikán amontonaron todas las pieles en su barca. El hombre-barriga se sentó encima. Se apartaron de la orilla valiéndose de los bicheros y se marcharon.
¡Valientes visitantes! Ni siquiera miraron la comida que les ofrecían, pero habían dejado los cobertizos vacíos. Las mujeres se pusieron a llorar y los hombres a maldecir.
Mambu estaba fuera de sí. Dijo:
-Si no puede ser para nosotros, tampoco será para ellos.
Bajó a la orilla del río y se puso a silbar.
Sabido es que cuando alguien silba junto a la orilla se levanta el viento. Mambu aspiró y aspiró aire hasta que se puso redondo. Luego estuvo silbando mucho rato. Se levantó el viento pequeño que acarició la hierba, onduló el agua del río y agitó la enseña en el mástil de los nikanos. Mambu siguió silbando. Acudió entonces el viento mediano en ayuda de su hermano menor. En los árboles, las hojas susurraron y se agitaron las ramas. Sobre las olas del río aparecieron crestas de espuma. El mástil de la barca nikana empezó a doblarse. Mambu seguía silbando. El viento mediano, al ver que tampoco tenía fuerzas suficientes, llamó en su ayuda al hermano mayor. Acudió el viento grande. Los árboles empezaron a doblarse y partirse. El agua del Amur se puso oscura. Las olas, coronadas de espuma, eran más altas que las casas. El viento se llevó la vela de la barca nikana, partió el mástil y la llenó de agua... Siguió soplando más y más. Volcó la barca. Los guerreros nikanos cayeron al agua. Los que llevaban más armas se fueron al fondo inmediatamente. Los demás trataban de mantenerse a flote tragando agua. En cuanto al hombre-barriga, flotaba sobre las olas como un globo: estaba tan gordo que la grasa le impedía irse al fondo. En aquella tormenta perdieron todo lo que les habían quitado a los Sulakí y sus equipajes también. De milagro pudieron salir a la otra orilla. Fueron a informar al jefe manchú. Les preguntó qué tributo traían de los ulchíes para el rey nikano. El hombre-barriga contestó retorciendo su bata:
-¡Agua del Amur!
El viento soplaba cada vez más fuerte.
Las viviendas de los ulchíes se tambaleaban, las pértigas de los tejados salían volando... Los ancianos le dijeron a Mambu que cesara de silbar. Pero Mambu había soltado ya todo el aire y los vientos galopaban sobre el Amur sin necesidad de que él silbara.
-¡Basta! -les gritaba Mambu.
Pero, ya desencadenados, los vientos no le oían.
Empuñó entonces Mambu su arco grande, tensó la cuerda, puso una flecha de abedul de hierro con una brasa en la punta y la lanzó contra el viento grande. El viento se asustó y corrió a su casa. El viento mediano y el viento pequeño hicieron igual. Todo quedó en calma. Se aplacaron las olas. Los árboles se enderezaron. Dijo Mambu:
-El lince va siempre a beber agua al mismo sitio. ¡Los hombres de Nikán volverán! Tenemos que abandonar este sitio. Porque el hombre-barriga volverá hasta que nos haya devorado a todos...
Los ancianos no le hicieron caso. No querían abandonar el sitio donde habían vivido siempre.
-¿Cómo nos vamos a ir? -protestaban. Nuestros padres están aquí enterrados.
Pasó algún tiempo, y los hombres de Nikán se presentaron nuevamente donde los Sulakí. Venían en grandes trineos tirados por unas fieras horribles: tenían la cabeza como el alce, pelos en el rabo, pezuñas redondas en las cuatro patas y, en el cuello, pelos caídos hacia un lado. Los hombres eran el doble de numerosos que la vez anterior. Y el hombre-barriga venía con ellos.
De nuevo exigieron el tributo. De nuevo andaban husmeando por los cobertizos. Mambu dijo al hombre-barriga:
-Nadie había cortado aquí nunca dos ramas en el mismo sitio.
El hombre-barriga se puso a gritarle a Mambu, pegando patadas en el suelo. Acudieron sus guerreros y echaron a Mambu a un lado.
Mambu fue a su casa. Cogió tocino de oso. Lo cortó en pedazos. Llegó furtivamente hasta los trineos de los nikanos y ató trozos de tocino a la parte de abajo de los trineos.
Otra vez les vaciaron los nikanos los cobertizos a los Sulakí. Se llevaron las pieles y todo lo que encontraron. Se montaron en los trineos. Les gritaron a sus fieras, que partieron como centellas. Sólo se escuchaba el rechinar de los patines a través del remolino de nieve que iban dejando atrás.
También ahora lloraban las mujeres y maldecían los hombres. Entonces les dijo Mambu:
-Traed aquí a todos los perros!
Trajeron a todos los perros que había en la aldea. Mambu agarró al más fuerte de los guías, le dio a olfatear el tocino de oso y luego la huella de los trineos. El perro comprendió en seguida qué dirección había tomado el tocino y se lanzó por su pista. Los otros perros le siguieron.
Iba el hombre-barriga en su trineo, encantado de haberles quitado tantas cosas a los ulchíes. No contaba lo que le daría al rey, y se callaba lo que él se guardaría.
El hombre-barriga y sus guerreros habían llegado al centro del Amur, cuando los perros les dieron alcance.
Olían el tocino de oso; pero, como no daban con él, los perros acometieron a los nikanos. A la mitad, los dejaron tirados por la nieve, muertos a mordiscos. También les pegaron dentelladas a las fieras que tiraban de los trineos. Toda la caravana se dispersó.
Los nikanos intentaron huir, pero los perros seguían mordién-dolos, colgados de ellos...
Mal que bien, el hombre-barriga logró al fin librarse de los perros en la otra orilla.
Los supervivientes corrieron a ver al jefe manchú. El ambán les preguntó qué tributo traían de los ulchíes. Ya estaba pensando en lo que le entregaría al rey y lo que se quedaría él.
-¡Dientes de perro! -contestó el hombre-barriga señalando las mordeduras y los desgarrones.
El ambán se puso furioso. Dio orden de enviar tropas contra los Sulakí y de exterminarlos a todos...
Toda una nube de nikanos partió contra los ulchíes.
Desgraciadamente, no estaba Mambu en la aldea. Había ido a visitar a las gentes de la taigó y se quedó algún tiempo allí. Sólo regresó a su casa en el verano.
Se encontró con que todos los Sulakí habían sido muertos y las casas incendiadas. No quedaba ni un alma en la aldea. Unicamente los cuervos croaban girando en lo alto. Mambu observó que los Sulakí habían peleado bien porque mataron a muchos guerreros nikanos, pero tardaron en decidirse a empuñar las armas y también ellos perdieron todos la vida.
Mambu rompió a llorar sintiéndose huérfano.
Pero no podía entregarse a las lamentaciones... Tenía que «levantar los huesos de sus paisanos», vengar a los muertos, como mandaba la ley. Por cada muerto debía matar a un enemigo. El solo no tenía fuerzas para tanto.
Fue Mambu a pedir ayuda a los Punadí, pero no encontró más que cenizas ya frías: los nikanos habían incendiado todas las casas y se habían llevado prisioneros a todos los Punadí.
Fue entonces Mambu a pedirles a los Gubatú que le ayudaran a vengar a dos tribus. Llegó a la aldea y se encontró las casas vacías y todas los objetos cubiertos de polvo. Únicamente las ratas correteaban por allí.
Los Gubatú habían abandonado su aldea por miedo a los nikanos. ¿A dónde se habrían marchado? Imposible saberlo: no habían dejado ninguna huella.
Mambu-huérfano se echó a llorar. ¿Cómo podría vengarse de los enemigos? Mambu fue a pedir ayuda a las gentes del río. Se reunieron todos, escucharon a Mambu y luego contestó un viejo hombre-kaluga:
-Los Sulakí y los Punadí eran buenas gentes. Nos encantaría ayudarte, pero nosotros no podemos vivir fuera del agua. ¿Cómo íbamos a guerrear en tierra? Nosotros no sabemos andar por la tierra...
Mambú fue a pedir ayuda a las gentes de la taigó. Acudieron todos al enterarse de que un simple hombre había venido a pedirles ayuda.
Los de la taigá lanzaron horribles rugidos contra los nikanos. Un viejo hombre-oso le dijo a Mambu-huérfano que les encantaría vengar a los Sulakí y vengar a los Punadí, que eran gentes buenas, pero los de la taigá no podían cruzar el río a nado.
Mambu fue a ver a las gentes forestales. Se inclinó delante del abedul y le explicó la desgracia que le había ocurrido.
-Vosotros podéis cruzar el río flotando -les dijo- y podéis vivir fuera del agua. ¡Os ruego que me ayudéis! Yo solo no podré vengarlos.
Las gentes forestales accedieron a ayudarle.
Mambu empuñó su hacha y cortó muchos abedules. Les quitó la corteza, los alisó y los cortó en estacas. Taladró unos ojos a las estacas para que pudieran ver por dónde iban y les talló una nariz a cada una para que olfatearan las ropas y, por el olor a humo, descubrieran a los que habían matado a los Sulakí y habían apresado a los Punadí. Luego les dio una palmadita a cada una. Las estacas movieron los ojos para mirar a Mambu en espera de sus órdenes.
-¡Eh, gentes forestales! -gritó Mambu. ¡Id a guerrear! Yo solo no puedo vengar a todos. Os lo suplico: id vosotros, os lo ruego. Que no quede ningún culpable con vida.
Les explicó por dónde debían ir. Las estacas se lanzaron al agua y luego flotaron, siguiendo el camino que habían seguido los nikanos al venir.
Mambu se sentó a la orilla del río. Se sentó a esperar, sin comer ni beber, a que regresaran las gentes forestales.
Conque las gentes forestales cruzaron el río, saltaron a tierra y llegaron a la ciudad nikana. En aquella ciudad estaban en un palacio el hombre-barriga y el ambán repartiéndose el rico botín y jactándose de la sangre derramada. Y también los guerreros, allí al lado, se repartían lo que les habían quitado a los ulchíes, dispután-dose cada piel.
De pronto saltaron las ventanas hechas astillas. Las gentes forestales entraron por puertas y ventanas y se liaron con todos aquellos ladrones y asesinos. Los sables no les hacían nada. No oían los gritos porque no tenían orejas. No se les podía poner la zancadilla, puesto que no tenían piernas. Y era inútil pedirles piedad, puesto que no tenían corazón.
Con todos acabaron las gentes forestales. Al hombre-barriga le pegaron con tanta fuerza por los dos costados, que sólo quedó de él una mancha grasienta en el suelo. Y al ambán le hicieron tantos chichones, que no pudo reconocerse ya hasta el final de sus días.
Mambu-huérfano seguía en el mismo sitio, esperando, negro como la tierra de tanto sufrimiento.
Volvieron las gentes forestales. Salieron a la orilla y dijeron:
-A todos los hemos matado. ¿Qué hacemos ahora?
-Gracias -contestó Mambu.
Les cerró los ojos a las gentes forestales, les alisó las narices. Volvieron a ser simples estacas. Mambu cortó mimbres, ató con ellos las estacas hasta formar una balsa en la que se montó él. Valiéndose del bichero se apartó de la orilla donde nació y se le saltaron las lágrimas:
-¿Cómo podría vivir yo aquí solo? El hombre no puede vivir solo... Iré por el río a buscar otras personas. Olvidaré mi nombre y pediré que me adopten en otra tribu...
Mambu se dejó arrastrar por el Amur.
Navegaría por el río mientras tuviera fuerzas. Al pasar por delante de alguna aldea gritaría:
-¡Eh, buenas gentes! Admitidme como uno de los vuestros. Dadme un nombre y acogedme en vuestra tribu.
Pero seguro que Mambu no tuvo que navegar así mucho tiempo. A un valiente como él, cualquier aldea le aceptaría. Cualquier anciano llamaría con gusto «hijo» a un valiente como él. En cuanto Mambu lo pidiese...
En cuanto a los Sulakí, los Punadí y los Gubatú, desde entonces no se ha vuelto a saber de ellos. Sólo en los cuentos los mencionan a veces los ancianos.

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