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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Las sensaciones fuertes

Lo que voy a relatar ocurrió hace poco en el Tribunal de Moscú. Los miembros del Jurado, obli­gados a pasar la noche en el Tribunal, entablaron, antes de acostarse, una conversación acerca de las sensaciones fuertes, a propósito de un testigo que, según parece, quedóse tartamudo y con el cabello blanco a consecuencia de un instante de terror. Los jurados estuvieron de acuerdo en contar cada uno a su vez, antes de irse a acostar, alguna his­toria de sus vidas respectivas. La vida humana es corta, lo cual no impide que en ella ocurran multitud de peripecias.
Uno de los jurados refirió cómo él estuvo a punto de ahogarse; el otro relató cómo viviendo en el campo, en un sitio alejado de toda farmacia y de todo médico, envenenó a su propio hijo dán­dole por equivocación vitriolo en lugar de bicar­bonato de sosa. La criatura sucumbió, y el padre por poco se vuelve loco. El tercero, hombre joven, pero enfermizo, describió sus dos tentativas de suicidio: una vez se pegó un tiro, y la segunda se echó debajo de un tren. El cuarto, un hombre­cito regordete y vestido a la última moda, nos contó lo sigtüente:
«Tenía yo veintidós o veintitrés años cuando me enamoré locamente de mi actual esposa y pedí su mano... Ahora me pegaría gustoso una buena paliza por haberme casado demasiado joven; pero entonces no sé lo que habría sido de mí si Natacha me hubiera rechazado. Era éste un amor verda­dero, tal como lo pintan en las novelas, un amor loco, apasionado, etcétera. Mi felicidad me ahoga­ba y, en verdad, fastidiaba a todos: a mi padre, a mis amigos, a los criados, pues yo no me cansa­ba de describirles lo ferviente de mi amor. La gen­te feliz es tonta y aburrida. Debía de estar inso­portable; pero hacía como todo el mundo.
Entre mis amigos había un joven abogado. que empezaba su carrera. Ahora su nombre es cono­cido en toda Rusia; pero en aquellos tiempos era un principiante; aun no había ganado dinero ni alcanzado el derecho de pasar por la calle al lado de sus amigos sin reconocerlos. Yo venía a verle unas dos veces a la semana. Al llegar a su casa nos echábamos en los divanes y empezábamos a filosofar.
Una vez estaba yo tendido en el sofá y trataba de convencerle de que la carrera de abogado es la más ingrata. A mi parecer, el Juzgado no necesi­taba ni procuradores ni abogados; después de oír a los testigos, la opinión está formada y los discur­sos no pueden ni cambiarla ni influir en ella; más bien la embrollan. Si un hombre mentalmente nor­mal tiene la convicción de que fulano de tal es culpable, o de que el techo es blanco, no hay Demóstenes que lo obligue a cambiar su juicio, y es inútil luchar contra esto. ¿Quién me convence de que mi bigote es rojo, cuando sé que es negro? Al oír un buen orador, me puedo conmover hasta llorar; pero esto no cambiará mi íntima convic­ción, basada en la evidencia y en los hechos. Mi abogado me decía que yo era un joven inexperto y que no decía más que tonterías. Según él, un hecho evidente se pone más claro si gente de con­ciencia y talento lo aclara, y, además, el talento es una fuerza tan poderosa que puede transformar las piedras en polvo y mucho más las opiniones de mercaderes y burgueses. La debilidad humana no puede luchar con el talento: es igual que mirar al sol o parar el viento. Un solo misionero con­vierte con su palabra millares de salvajes al cris­tianismo. Ulises era un hombre de muchísima con.. vicción, y a pesar de esto se dejó engañar por las sirenas, etc. La historia entera está llena de ejem­plos semejantes; mas en la vida se encuentran a todo paso, y esto no puede ser de otro modo; si no, no habría ninguna diferencia entre un hombre de talento y un estúpido.
Yo persistía en mi opinión e insistía que la con­vicción es más fuerte que el talento, a pesar de no poder definir claramente lo que es convicción y lo que es talento. Seguramente hablaba solamen­te por hablar.
-Vamos a ponerte a ti corno ejemplo -me di­jo el abogado. Tú estás convencido de que tu novia es un ángel y de que eres el más feliz de los mortales; pero yo te aseguro que me bastan diez o veinte minutos para que te sientes a esta mesa y la escribas a tu novia una carta rompiendo con ella.
Solté una carcajada.
-No te rías; hablo seriamente -observó mi amigo. Si yo quiero, al cabo de veinte minutos te asustará la idea de casarte. No soy un gran talento, pero tú tampoco eres muy fuerte.
-¡A ver, prueba! -le contesté.
-¿Para qué? Lo digo sin intención de hacerlo. Eres un buen chico, y sería una crueldad some­terte a prueba semejante. Además, hoy no tengo ganas de hablar.
Nos sentamos a cenar. El vino y el pensar en mi novia me llenaban de alegría; estaba rebosan­do juventud y felicidad. Mi amor era tau inmenso, tan poderoso, que el abogado, sentado frente a mí, me parecía chiquito y desgraciado ...
-¡Haz la prueba! -le repetí varias veces. ¡Anda, te lo ruego!
El abogado movió la cabeza, frunciendo el ce­ño. Evidentemente empezaba a fastidiarle.
-Sé que tú después de mi experimento me lo agradecerás; pero hay que pensar también en la novia. Ella te quiere, y tu repulsa la haría sufrir. Y, además, ¡qué bonita es! Te envidio.
El abogado suspiró y entabló una conversación sobre lo encanta-dora que era mi Natacha. Tenía gran poder descriptivo. Las pestañas de una mu­chacha o sus deditos eran para él temas inagota­bles. Yo le escuchaba con delicia.
-He encontrado multitud de muchachas; pero te confieso, como amigo, que una que se pueda comparar a tu novia no la he visto nunca: es una perla, una excepción. Tiene sus defectos, es na­tural; pero, a pesar de todo, es encantadora.
El abogado empezó a hablar de los defectos de mi novia. Ahora comprendo perfectamente que ha­blaba de las mujeres en general; pero entonces parecíame que trataba exclusivamente de Nata­cha. Notó con entusiasmo su naricita respingada, sus exclamaciones, su risa chillona, sus mimos; en una palabra, justamente lo que encantaba más. Todo eso parecíame infinitamente mono y gracio­so. Luego, sin hacérmelo notar, pasó del tono en­tusiasta al paternal y hasta ligeramente descripti­vo... Estábamos solos; no había ningún presiden­te de Tribunal para imponer silencio al abogado... No me daba tiempo de abrir la boca, y, además, ¿qué le podía objetar? No decía nada de nuevo: todo lo sabíamos. El veneno no consistía en las palabras, sino en la forma infernal en que lo de­cía. Escuchándole me convencí de que una palabra tiene millares de significaciones según el tono que se la da. Ahora no puedo repetirlas ni reproducir la intención que daba a sus frases; diré solamente que entonces, paseando a lo largo del cuarto, me indignaba, me sublevaba y me despreciaba a mí mismo. Hasta le creí cuando, con lágrimas en los ojos, me declaró que yo era un gran hombre, que debía aspirar a algo mejor, que en el porvenir debería cumplir hazañas extraordinarias y que el casamiento me ataría para siempre.
-¡Amigo mío! -exclamaba apretándome las manos. Te lo suplico; aprovecha, ahora que es tiempo, y detente: ¡Te conjuro! No lo hagas. ¡Que Dios te proteja de una equivocación semejante. ¡Amigo mio, no desperdicies tu juventud!
Créalo usted o no, pero media hora después estaba yo sentado a la mesa y le escribía una des­pedida a mi novia. Escribía y me alegraba, porque aun era tiempo y podía reparar mi error. Pegué el sobre y me fui a la calle a echar la carta; el abo­gado vino conmigo.
-¡Muy bien, perfectamente! -me elogió cuan­do la carta desapa-reció en las tinieblas del bu­zón. ¡Te felicito con toda mi alma! ¡Me alegro por ti!
Dió algunos pasos al lado mío y luego siguió:
-Es natural; el matrimonio tiene también sus ventajas. Yo, por ejemplo, soy de los que consi­deran el matrimonio y la vida de familia como la mayor felicidad.
Y me pintó su vida solitaria de tal modo, que aparecieron ante mis ojos todos los horrores de la soltería.
Describió con entusiasmo su futura esposa, las dulzuras del hogar, y lo hacía con tanta veracidad y hermosura, que al llegar a su puerta me sentía desesperado.
-¿Qué has hecho conmigo, hombre abomina­ble? -exclamaba jadeando. ¡Eres culpable de mi perdición! ¿Por qué me obligaste a mandarle aquella carta? ¡Si yo la quiero, la quiero!...
La juraba amor eterno, y me horrorizaba de mi acción insensata y estúpida. Ninguno de ustedes se puede iniaginar una sensación tan hondamente desesperada. ¡Ah! ¡Lo que sufrí yo en aquellos momentos!...Si entonces hubiera tenido un revólver al alcance de mi mano, me hubiera suici­dado sin vacilar.
-¡Basta! ¡Basta!... -dijo el abogado riendo y golpeándome en el hombro. No llores. La car­ta no llegará a manos de tu novia. La dirección en el sobre la puse yo, y no tú, y la embrollé de tal modo que nadie la comprenderá. Que te sirva esto de lección: no discutas lo que no puedes com­prender.»
-¡Ahora, caballero, he acabado! Que cuente el siguiente.
El quinto jurado acomodóse en su butaca; abría ya la boca para empezar su relato, cuando dió la hora el reloj de la torre de Spasskauja.
-Las doce... -dijo uno de los jurados. ¿De qué clase serán las sensaciones que experi­menta en este momento nuestro acusado? El ase­sino pasa la noche aquí, en el edificio del tribu­nal. Estará sentado o acostado, pero seguramente no duerme, y oye las campanadas de este reloj. ¿Qué piensa? ¿Cuáles son sus sensaciones?
Y los jurados olvidaron de repente «las sensa­ciones fuertes.» Lo sufrido por el compañero que escribió la carta a su Natacha ya no parecía ni importante ni gracioso... Nadie volvió a relatar historias... Silenciosamente se desnudaron y se acostaron...

1.014. Chejov (Anton) - 071

La venganza

León Savitch Turmanof, uno de los tantos in­dividuos con pequeño capital, joven esposa y cal­vicie inveterada, está jugando al bridge en casa de uno de sus compañeros. Después de perder una fuerte suma experimenta un calor desusado y acuérdase que aun no ha tomado una copita de vodka. Levántase, pasa por entre las mesas, atra­viesa el salón, en el que la juventud habla, y se detiene allí un instante, mirando en derredor suyo con sonrisa indulgente; en fin, métese por una puertecita que comunica con el comedor, donde en una mesa circular figura toda una batería de botellas y garrafas con varias clases de aguar­dientes y licores. En otro lado de la mesa están los entremeses, sin olvidar los arenques en su lecho de cebolla y perejil, que atraen todas las mi­radas. León Savitch se acerca, bebe una copita, ha­ce una ligera mueca y prepárase a comer un aren­que, cuando una voz resuena detrás de la pared.
-Estoy de acuerdo -dice con desenvoltura una voz de mujer; pero ¿cuándo va a ser ello?
-¡Es mi mujer! ¿Con quién diablos conversa?
-Piensa León Savitch.
-Cuando quieras, alma mía -replica una voz de bajo profundo. Hoy, sin embargo, no es po­sible; mañana estaré ocupado todo el día.
-Es Degtiaref...
León Savitch lo reconoce por la voz. Degtiaref, uno de sus mejores camaradas.
-¿Tú también? ¡Ah! ¡Idiota! -murmura León Savitch. Ella tendrá la culpa de seguro. ¡Qué mujer tan insaciable! Cada semana tiene una nue­va aventura.
-Mañana -repite la voz de bajo- estaré su­mamente ocupado, como te he dicho; escríbeme, si quieres, mañana; me causará gran satisfacción recibir una carta tuya. Habrá que organizar nues­tra correspondencia. Habrá que inventar algo; hacer que el cartero no pueda enterarse de lo que yo te escriba, y arreglarnos de modo que mi cara mitad no se entere durante mi ausencia de lo que tú me escribas.
-¿Qué hacer, pues?
-Utilizar la servidumbre, ni pensarlo.
-Oye, chiquilla; ya di con una combinación extraordinaria. Mañana, a las seis en punto de la tarde, saldré de mi despacho y me dirigiré al Par­que, con cuyo inspector necesito hablar; procura colocar tu esquelita en el jarrón de mármol que está a la derecha de la glorieta. ¿Te acordarás? Pero no tardes. Ha de ser antes de las seis preci­samente.
-Está bien, así lo haré.
-Idea poética, misteriosa y nueva. ¿Cómo se lo van a imaginar el panzudo de tu marido y mi cos­tilla?... ¿Has entendido?
León Savitch apura una segunda copita y torna a la mesa de juego. Su descubrimiento no le causa ni rencor ni asombro. Antaño se indignaba, pro­movía escenas, reprendía y hasta pegaba. ¡Cuán lejanos se hallaban aquellos tiempos! Doce años han transcurrido; los encantos de su esposa le son del todo indiferentes y sus amores le tienen perfectamente sin cuidado. No obstante, en esta ocasión, su amor propio se siente ofendido. En el coloquio que acaba de oír se le han aplicado cali­ficativos que él consideraba no merecer.
-¡Valiente canalla es ese Degtiaref! -dice pa­ra sus adentros, mientras apunta sus nuevas pér­didas en el bridge. Al encontrarse conmigo pone buena cara, parece que soy su mejor amigo, mués­trase tan contento y satisfecho, que poco le falta para abrazarme; mas a espaldas mías ¡buenos cumplidos me suelta! Me llama pavo, panzudo y otras lindezas.
Pierde continuamente, y a cada pérdida sién­tese más ofendido.
-¡Pillete! ¡Sinvergüenza! -Piensa.
Sus dedos estrujan el yeso hasta desmenuzarlo. Durante la cena no puede mirar a Degtiaref, el cual no cesa de interrogarle sobre su aspecto tris­te, su suerte en el juego y otras cosas semejantes. Hasta tiene el descaro de aprovecharse de su ca­lidad de amigo íntimo para regañar a su mujer por lo mal que cuida a su esposo. Entretanto, ella se ríe, le mira con aire afable, charla...; el dia­blo en persona no hubiese puesto en duda su fi­delidad.
Al regresar, León Savitch siéntese descontento, como si en vez de ternera le hubiesen servido para cenar un chanclo viejo. La charla de su esposa no le permite olvidar lo de pavo, etc.
-¡Le hartaría de cachetes! ¡El miserable! -piensa. Le daría algún desaire público... Le mataría en duelo... o le haría perder su empleo... No estaría mal sacar la carta del jarrón y poner en su sitio algo asqueroso... una rata muerta... por ejemplo.
Turmanof entretúvose largo rato con estas ima­ginaciones.
-¡Yo sé lo que tengo que hacer! -exclama con alegría. ¡Qué idea! ¡Magnífica!
Cuando su mujer se queda dormida, siéntase a la mesa, coge la pluma, y contrahaciendo su letra, escribe la carta siguiente:
«Al comerciante Dulinof. Muy señor mío: Si hoy, 12 de septiem-bre, a las seis de la tarde, no coloca usted en el jarrón de mármol al lado de la glorieta del jardín público 200 rublos, será usted asesinado y una bomba será depositada en su al­macén.»
Acabando esta carta, León Savitch da un brin­co de satisfacción.
-¡Soberbia idea! ¡¡Magnífica!¡ Es venganza digna de Satanás! -piensa, frotándose las ma­nos. El tendero se asustará, naturalmente; re­querirá el auxilio de la policía; mandarán segura­mente algunos agentes para que observen el jarrón; probablemente les ordenarán esconderse en el matorral, y a las seis, en cuanto introduzca la mano para tomar la esquela, ¡lo cogerán! ¡Buen susto se llevará! Tendrá tiempo para meditar so­bre sus amores mientras que se instruyan las ave­riguaciones y el asunto se ponga en claro... ¡Viva!
León Savitch pega el sello y personalmente lleva la carta al buzón. Duérmese con sonrisa de satis­facción y pasa la noche soñando en cosas agrada­bles. Por la mañana, al recordar su hazaña, se pone a cantar y hasta acaricia el rostro de su es­posa. En su oficina sonríe de continuo, represen­tándose el terror de Degtiaref al caer en la trampa...
Antes de las seis puede calmar su impaciencia y se va corriendo al jardín público para regodear­se con la situación deseaperada de su amigo.
-¡Ya están allí! -piensa viendo a un poli­zonte.
Al llegar a la glorieta se sienta debajo del ma­torral y clava sus miradas en el jarrón. Su impa­ciencia no tiene límites. A las seis en punto Deg­tiaref aparece. Por lo visto, el joven se halla de excelente humor. Lleva el sombrero de copa echa­do hacia atrás y su abrigo entreabierto; silba un aire alegre y fuma un cigarro.
-¡Ahora vas a conocer al pavo y al panzudo! ¡Aguarda un ratito! -se dice Turmanof.
Degtiaref se acerca al jarrón y mete en él la mano.
León Savitch se incorpora, devorándole con los ojos. El joven extrae del jarrón un pequeño pa­quete, lo inspecciona por todos los lados, enco­giéndose de hombros, y lo abre, vacilante... De nuevo se encoge de hombros y el asombro se di­buja en sus facciones. El paquete contiene dos billetes de cien rublos. Durante largo rato con­templa Degtiaref los billetes; finalmente, sin de­jar de encogerse de hombros, se mete los rublos en el bolsillo y exclama:
-Muchas gracias.
El desgraciado León Savitch oye esta frase. Luego se pasa toda la noche delante de la tienda de Dulinof, amenazándole con los puños cerrados y murmurando con indignación:
-¡Cobarde! ¡Tendero infame! ¡Alma de lie­bre!... ¡Cobarde!...

1.014. Chejov (Anton) - 071

La lengua larga

Natalia Mihailovna, señora muy joven y muy guapa, acaba de llegar en el tren de Jalta, donde ha pasado el verano, y mientras come charla sin cesar, refiriendo les encantos de aquel país. El marido, alegre y satisfecho de su llegada, mira su cara entusiasmada con ojos enternecidos y de vez en cuando le dirige alguna pregunta.
-Dicen que la vida es allí muy cara -le pre­guntó, entre otras cosas.
-¿Cómo decirte? Creo que la carestía no es tan grande como la suelen pintar. Teníamos con Julia Petrovna una habitación bastante confor­table por veinte rublos al día. Todo depende de saber arreglarse. Naturalmente, si va uno de ex­cursión a los montes, por ejemplo al A¡-Patri... el caballo... el guía... resulta caro... ¡carísi­mo! ... Pero, chico, ¡qué montes aquellos! Imagí­nate unos montes altísimos... mil veces más altos que la iglesia... Arriba, niebla... nada más que niebla... Abajo, piedras, nada más que pie­dras... ¡Ah! ¡Cuánto lo recuerdo!
-A propósito. Durante tu ausencia leí no pocas atrocidades sobre aquellos guías... ¿Es cierto que son tan perversos?
Natalia Mihailovna hace una mueca y mueve la cabeza negativamente.
-Son tártaros como todos los demás tártaros -contesta. Pero, después de todo, yo no los vi más que de lejos una o dos veces... Me los indi­caron, pero no les hice caso... Sentía siempre aversión hacia toda clase de circasianos, griegos, moros...
-Parece que son unos tenorios.
-Puede ser... Hay algunas descaradas que...
Natalia Mihailovna salta de su silla, y con ojos dilatados, como si viese algo terrorífico, le dice a su marido, recalcando las frases:
-¡Vasitchka! ¡Qué mujeres tan ligeras se en­cuentran!... ¡Qué inmorales!... Y no de baja extracción o de clase media, no, ¡aristócratas, del mejor mundo!... ¡Yo lo veía y no lo creía! ¡No podré nunca olvidarlo! Es posible carecer de prin­cipios hasta tal punto... que no me atrevo a con­tarlo... Tomaremos por ejemplo mi compañera Julia Petrovna... Tiene un marido tan simpático, dos hijos, forma parte de la mejor sociedad..., -quiere pasar por una santa, y ¿sabes lo que ha­cía?... No te lo puedes figurar...; pero esto que­dará entre nosotros... ¿Me das tu palabra que no lo contarás a nadie?
-¡Vaya qué idea! ¿A quién se lo voy a contar?
-¿Palabra de honor? Bueno, tendré confian­za...
La señora deja el tenedor en la mesa, y con aire misterioso le dice a su marido bajando la voz:
-Imagínate lo siguiente... Se fué aquella Julia Petrovna a dar un paseo a caballo por los montes. El tiempo era magnífico. Delante iba ella con su guía; detrás yo. A los dos o tres kilómetros de la población, Julia Petrovna lanzó un grito y se llevó las manos al pecho. El tártaro la sostuvo; se hubiera caído de la silla sin su auxilio... Me acerqué a ella con mi guía... «¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?» «¡Me encuentro mal, me muero! No puedo seguir más adelante.» ¡Imagínate mi susto! «Vol­vamos atrás», le dije. «No puedo volver», me con­testó; «si doy un solo paso, me muero. Tengo es­pasmos.» Y nos suplicó a mí y a Suleiman que fuéramos a casa a traerle sus gotas, que la ali­viarían.
-Espera; no entiendo... -balbucea el ma­rido. Me referías que a los tártaros no los veías más que de lejos, y ahora hablas de un tal Su­leiman.
-¡Ya vuelves con tus tonterías! -interrum­pe la señora sin dejarse turbar. ¡Odio estas suspicacias! ¡No las puedo soportar! ¡Es idiota y absurdo!
-No soy suspicaz; pero ...¿de qué sirve men­tir? Te paseabas con los tártaros, ¡que sea enhora­buena! ¿Para qué estos embustes?
-¡Eres imposible! -contesta indignada la se­ñora. ¡Estás celoso de Suleiman!¡Quisiera sa­ber cómo ibas tú a los montes sin guía! ¡Lo quisie­ra ver! Si no conoces ni entiendes aquella vida, harías mejor en callarte. ¡Escucha y calla! Allí no se puede dar un solo paso sin guía.
-¡Naturalmente!
-¡Hazme el favor de dejar esas tontas sonri­sitas! No soy una Julia cualquiera para soportar­las. Yo, aunque no pretendo pasar por una santa, no me permitiría ciertas cosas... ¡Ca!... Mamet­kul; aquél pasaba todo el tiempo con Julia Petrov­na, y yo no... En cuanto daban las once, basta... «¡Suleiman, largo!» Y mi tono tartarito se mar­chaba. Yo le trataba con mucha severidad... Ape­nas me venía con algunas pretensiones, por lo del dinero, o alguna otra cosa, en seguida: «¡Cómo? ¿Qué quiere decir esto?» ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!... No le llegaba la camisa al cuerpo. ¿Sabes, Vasitchka? Tenía unos ojos negros como el carbón... Una cara morenita, una cara de tártaro tan gracio­sa... ¡Ah, le trataba con mucha severidad! ...
-Me lo imagino -dice el esposo haciendo bolitas de miga de pan.
-¡Eres tonto, Vasitchka, muy tonto! ... Ya sé lo que piensas ... Conozco tus ideas... Pero te aseguro que paseándose no se propasaba nunca. Por ejemplo, íbamos de excursión a los montes o a la cascada de Ucha-Su. Yo le ordenaba siem­pre: «¡Suleiman, atrás! ¿Oyes?» Y el pobrecillo tenía que seguirme... Y hasta en los momen-tos más patéticos le advertía siempre: «¡A pesar de todo, no has de olvidar que tú eres un tártaro, y yo la señora de un consejero del Estado!» ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!...
La señora suelta una carcajada, luego pone una cara asustadísima y cuchichea:
-¡Pero esta Julia!... ¡Esta Julia!... Una puede distraerse, hacer alguna travesura... ¿Por qué no? Hay que descansar de la frivolidad de la vida mundana. Lo concibo así. Diviértete, na­die te lo echará en cara; pero tomarlo en serio, dar escándalos... ¡esto no es admisible! ¡¡Imagí­nate, ella estaba celosa!... ¡Qué majadería!... Una vez llegó Mametkul... Es su galán... Ella estaba ausente. Lo llamé a mi cuarto..., char­lamos..., pasamos el rato..., son muy gracio­sos..., la tarde pasó sin sentir... De pronto llegó esta Julia como un torbellino ... Se encaró con­migo, con Mametkul; nos armó una escena... ¡ho­rror!... Esto, Vasitchka, no lo concibo. ..
Vasitchka lanza un ¡hum! muy significativo, frunce el ceño y camina a grandes pasos.
-¡Por lo visto os habéis distraído! -dice sonriendo.
-¡Qué estúpido! -replica la señora. ¡Ya sé lo que piensas! Tienes siempre malas ideas. ¡Otra vez no te contaré nada! ¡Nada!
La señora se calla y pone una cara compungida.

1.014. Chejov (Anton) - 071

La joya robada

Máchenka Pavlezkaya, jovencita recién salida de la pensión, torna del paseo y entra en la casa de Cuchin, donde sirve como institutriz. El por­tero Miguel que le abre la puerta está agitado y encarnado como un cangrejo.
-De arriba llega un ruido extraordinario. Se­guramente al ama le ha dado un ataque...­ -piensa Máchenka- o bien se habrá peleado con su marido.
En la antesala y en el pasillo se cruza con las doncellas, una de las cuales llora.
Acercándose a su cuarto ve al dueño, Nicolás Serguievitch, que salía de él a toda prisa. No es un hombre viejo; sin embargo, tiene la cara arru­gada y ostenta una gran calva. Su cuerpo se es­tremece... Pasa alzando los brazos y exclama sin advertir la presencia de la institutriz:
-¡Qué espanto! ¡Qué falta de delicadeza!¡Ton­to! ¡Abominable!
Máchenka entra en su cuarto y experimenta por primera vez en su vida el vivo sentimiento que sufren a menudo las personas condenadas a de­pender de gente rica. En su cuarto efectúase una pesquisa. El ama de la casa, Fedosia Vasilevna, gorda, de hombros anchos, bigotuda, con espesas cejas negras, de manos encarnadas y modales bruscos, más semejante a una verdulera que a una señora, está al lado de su mesa, recogiendo en el saquito de labores los ovillos de lana, los tro­zos de telas, los papelitos... Evidentemente no cuenta con ver a la institutriz, porque al volver la cabeza y al advertir su presencia su rostro pá­lido y asombrado turbóse ligeramente y balbucea:
-Dispénseme... he... he derramado esto sin querer... lo enganché con la manga...
La señora Cuchin añade algo más y sale ma­jestuosamente. Máchenka echa una mirada en de­rredor suyo, y se siente temerosa, sin saber por qué. ¿Qué busca Fedosia Vasilevna en su bolsa? Si es verdad que involuntariamente la enganchó y la derramó, ¿por qué Nicolás Serguievitch salía del cuarto tan agitado? ¿Por qué un cajón de la mesa está entreabierto? ¿Por qué la alcancía donde la institutriz deposita las moneditas y los sellos usados está también abierta? No han sabido cerrarla. La estantería, la mesa, la cama, todo pre­senta huellas de pesquisas. Lo propio se nota en el cesto de la ropa blanca. La ropa está eviaentemen­te doblada de distinto modo que ella acostumbra. Por lo visto todo ha sido revuelto, escudriñado; pero ¿cuál es el motivo? Máchenka, acordándose de la faz turbada del portero, de su agitación, que continúa aún, de la cara llorosa de la doncella, quiso explicarse... ¿Si habrá en el fondo de todo esto algún crimen? Máchenka, trastornada, sién­tase en el cesto de la ropa.
La doncella entra.
-Lisa, ¿sabe usted por qué han hecho pesquisas en mi cuarto?
-A la señora le falta un broche de dos mil ru­blos -responde Lisa.
-¿Qué tiene que ver eso con lo que ha ocurrido aquí? -dice con asombro la institutriz.
-Han registrado a todos, y a mí también. He­mos tenido que desnudarnos por completo ... Dios es testigo de que no solamente yo no tenía el bro­che, sino que ni siquiera me acerqué al tocador ... Así se lo diré a la policía.
-Pero ¿para qué buscarlos entre mis efectos? -añadió la institutriz.
-¡Pero no le digo a usted que han robado el broche de la señora! Ella personalmente ha hecho todas las pesquisas. Incluso ha registrado al por­tero Mijaib. ¡Una vergüenza! El señor, que lo presenciaba, no se ha opuesto a ello, limitándose a cacarear como una gallina. Pero tranquilícese, señorita, no tiemble así. En su cuarto no han en­contrado nada. Como usted no es la que cogió el broche, no tiene para qué apurarse.
-Pero es una ofensa... un ultraje... -dice Máchenka, sofocada de indignación- es abomi­nable... es una vileza... ¿Qué derecho tiene ella de sospechar de mí y buscar entre mis cosas?
-Vive usted en una casa ajena, joven -­replica Lisa. Es usted una señorita; pero, a pesar de todo..., se la cuenta a usted en el número de los criados... No es lo mismo que vivir en casa de sus padres...
Máchenka rompe en sollozos. Nunca le habían inferido tamaña injuria. Ella, una señorita bien educada, fina, es sospechosa de haber robado, y la registran como a una cualquiera. No puede nadie imaginarse mayor afrenta. A este senti­miento únese el temor de lo que pueda ocurrir en lo futuro. Quizá la detendrán, la desnudarán, la meterán en la cárcel obscura, fría, llena de rato­nes y escarabajos.
¿Quién la defenderá? Sus padres viven lejos; no tienen recursos para el viaje. Ella está sola en la capital, sin amigos, sin parientes. Pueden per­mitirse con ella todo lo que quieran.
«Buscaré a los jueces, a los abogados... -pen­saba Máchenka temblorosa- les contaré todo, prestaré juramento... me creerán, pues no soy una ladrona..»
Máchenka se acuerda de pronto que en su cuar­to, entre la ropa, tenía algunos dulces que le so­braban de las comidas y que se echaba al bolsillo. La idea de que ese pequeño misterio hubiera sido descubierto por los dueños le dió tanta vergüenza, que se ruborizó y sintió latidos en las sienes.
-¡La comida está servida!
Máchenka se arregla los cabellos, se pasa por la cara una toalla mojada y se encamina al come­dor. Ya han empezado a comer... A un extremo de la mesa está Fedosia Vasilevna, orgullosa, muy seria. Al otro, Nicolás Serguievitch. A los lados, los convidados y los niños. Dos lacayos sirven la comida. Todos saben que la dueña tiene un dis­gusto y callan. No se oye más ruido que el produ­cido al masticar y deglutir.
-¿Qué hay para tercer plato? -interroga Fe­dosia Vasilevna con voz angustiada.
-Esturiones al Rin -contesta el criado.
-Lo he encargado yo, Fenia -dice Nicolás Serguievitch. Hoy se me antojó comer pescado. Si no te gusta, que no lo sirvan...
A Fedosia Vasilevna no le agradan los platos que ella misma no ha encargado. Sus ojos se inun­dan de lágrimas.
-¡Ea! Se ha agitado usted demasiado -dice melosamente Mamikof, su médico, sonriendo con dulzura. Es usted excesivamente nerviosa. Ol­vide lo del broche... ¡La salud vale más que dos mil rublos!
-No siento los dos mil rublos -replica la due­ña, y una lágrima corre por sus mejillas. Es el hecho en sí lo que me trastorna. No puedo permi­tir que haya ladrones en mi casa. No siento nada... nada; pero robarme a mí... es una ingratitud... ¿Así me pagan mis bondades?
Todos miran sus platos; pero a Máchenka pa­récele que todos se fijan en ella. Siente como una opresión en la garganta y rompe a llorar, tapán­dose la cara con su pañuelo.
-Dispénsenme -balbucea; la cabeza me duele... me voy...
Levántase torpemente, haciendo ruido con al si­lla y, turbándose aún más, sale del comedor.
-¡Dios mío! ¿A qué practicar pesquisas en su cuarto? -dice Nicolás Serguievitch. Ha sido una torpeza...
-Yo no digo que sea ella la que ha cogido el broche -contesta Fedosia Vasilevna; pero ¿puedes tú responder por ella?
-Claro que no... Pero registrarla ha sido una torpeza... Además, la ley no te confiere derecho para hacerlo.
-Yo no conozco vuestras leyes; lo que sé es que me han robado el broche y quiero encontrarlo. ¡Y lo encontraré!... -exclamó encolerizada y dando un golpe con su tenedor en el plato. Y tú, come y no te metas en mis asuntos.
Nicolás Serguievitch suspira y baja tímidamen­te los ojos.
Entretanto, Máchenka llega a su cuarto y dé­jase caer en la cama. Ya no siente temor ni ver­güenza; siéntese presa de un deseo irresistible de ponerse ante aquella mujer altiva, insensible, es­túpida y feliz, y abofetearla. Piensa qué placer sería el suyo si pudiera ir en aquel momento a comprar un broche de lo mejor y arrojárselo a la cara; gózase con la idea de que Fedosia Vasilevna perdiera toda su fortuna y se viera obligada a pedir limosna, en tanto que ella, Máchenka, la ofendida por su altivez, le prestara auxilio... ¡Ah! Entonces comprendería las amarguras de la miseria y de la esclavitud. ¡Ah, si fuera posible recibir una herencia, comprar un coche y pasar ruidosamente por delante de sus ventanas!...
Pero todo eso era ilusorio; en realidad, no había sino abandonar sin tardanza la casa. Por otra par­te, ¡qué terrible era volver a vivir en casa de su familia, donde faltaba lo más preciso! Máchenka no se siente capaz de ver de nuevo a la dueña ni de seguir viviendo en su cuartito, donde se asfixia.
Fedosia Vasilevna, medio loca con su pretendido aristocratismo y sus enfermedades imaginarias, le inspira horror, y todo lo que se relaciona con aquella mujer parécele feo e insoportable. Má­chenka salta de la cama y empieza a embalar su equipaje.
-¿Puedo entrar? -pregunta en voz baja, del otro lado de la puerta, Nicolás Serguievitch, que se había acercado sigilosamente. ¿Se puede?
-Entre usted.
Nicolás empuja la puerta. Sus ojos están vela­dos y su nariz roja brilla. Después de comer solía beber cerveza, y esto dejábase notar en su modo de caminar y en la flojedad de sus manos.
-¿Qué es esto? -pregunta.
-Embalo mis cosas. Usted me dispensará, Ni­colás Serguievitch; pero me es imposible seguir en su casa. Me siento profundamente humillada.
-Lo comprendo... pero es demasiado; ¿para qué? Han hecho un registro... ¿Qué tiene usted que ver con eso? Por ello no le ha ocurrido nada malo...
Máchenka calla y prosigue la operación. Nicolás Serguievitch atúsase los bigotes, buscando argu­mentos.
-Lo comprendo muy bien; pero hay que ser condescendiente. Usted sabe muy bien que mi mujer es muy nerviosa y que no se la puede tomar en serio...
Máchenka continúa callada.
-Si hasta tal punto se siente usted ofendida -añade Nicolás Serguievitch, ¿quiere usted que le dé mis excusas? Dispénseme...
Máchenka no contesta; pero se inclina más so­bre su baúl. Este borrachín sin carácter no repre­sentaba nada en su casa. Desempeña un papel nulo a los ojos de todos, incluso de la servidumbre, y sus excusas carecen de valor...
-¡Hum!... Se calla usted... ¿No le basta? En tal caso, le presento mis excusas en nombre de mi mujer. En su nombre, repito... ella procedió mal y sin delicadeza; lo confieso como caballero...
Nicolás Serguievitch da un paseo por el cuarto, suspira y prosigue:
-Veo que usted no me permite que mi concien­cia se tranquilice...
-Pero yo sé que usted no tiene la culpa -dijo Máchenka fijando en él sus grandes ojos llorosos.
-Naturalmente... Sin embargo... no se mar­che usted... se lo ruego...
Máchenka mueve negativamente la cabeza. Ni­colás áerguievitch párase ante la ventana y gol­pea los cristales.
-Para mí, estos disgustos son un verdadero martirio... ¿Quiere usted que me ponga de ro­dillas? La han humillado, usted llora y quiere mar­charse; pero yo también tengo mi orgullo, y usted no hace caso. ¿O quiere usted que le diga una cosa que no me atrevería a decir ni en la confesión? ¿Quiere usted que le confiese lo que no diré sino en la hora de mi muerte?
Máchenka sigue muda.
-Soy yo quien ha cogido el broche de mi mu­jer. ¡Ya está usted satisfecha! Sí, soy yo quien lo ha cogida... Naturalmente, confío que usted no se lo dirá a nadie... Por Dios, ni una palabra a na­die, ni siquiera una alusión.
Máchenka, entre asustada y asombrada, sigue embalando su ropa. Coge sus efectos y los tira al azar en la maleta y en el cesto. Después de la confesión de Nicolás Serguievitch no puede que­darse un solo momento, ni sabe qué partido tomar.
-En esto no hay nada asombroso -prosigue al cabo de un rato Nicolás Serguievitch. Es una cosa completamente natural... Necesito dinero, y ella me lo niega. Todo lo que hay aquí procede de mis padres, todo. Ese broche era de mi madre. Pero mi mujer se apoderó de todo... Usted se hará cargo. Yo no la puedo llevar a los tribuna­les ... Le suplico que me perdone... ¡Quédese!... Comprender es perdonar. ¿Se queda usted?
-¡No! -afirma Máchenka temblando, pero enérgica. Déjeme que me vaya.
-¡No, no! Que Dios la bendiga -suspira Ni­colás Serguievitch, sentándose en un banquito jun­to a la maleta. Confieso que admiro a quienes sa­ben aún indignarse y ofenderse. Me quedaría aquí una eternidad mirando su cara irritada... ¿De modo que no quiere usted ouedarse? Lo correcto... esto no puede ser... es natural... pero ¿qué he de hacer yo? ¿Marcharme a una de nuestras fin­cas? Allí tampoco hay más que dependientes de mi mujer. Todos, administradores y colonos, ¡que el diablo se los lleve!, no hacen más que hipotecar y rehipotecar. ¡Bribones!
-¡Nicolás Serguievitch! -grita desde la es­calera la voz de Fedosia Vasilevna.
-¿De modo que no se queda usted? -insiste Nicolás Serguievitch levantándose y dirigiéndose hacia la puerta. Quédese usted; vendré a verla en su cuarto... charlaremos... Cuando usted se vaya no quedará en la casa un rostro humano. ¡Qué horrible perspectiva!
La cara pálida de Nicolás Serguievitch suplica; mas Máchenka mueve negativamente la cabeza. Él hace un gesto desesperado y sale.
Media hora después Máchenka está en camino.

1.014. Chejov (Anton) - 071

La condecoracion

El maestro de escuela León Pustialcof vive al lado de la casa de su amigo el teniente Ladenzof. Allí dirige sus pasos en aquella mañana del día de Año Nuevo.
-Verás de qué se trata, amigo Gricha -le dice después de las felicitaciones y enhorabuenas usua­les; no te molestaría si no se tratara de un asunto urgente. Préstame por el día de hoy tu con­decoración de San Estanislao. Estoy convidado a comer en casa del comerciante Spitchlcin y tú co­noces a este imbécil: está loco por las condecora­ciones; a los que no ostentan ninguna en el un¡­forme los considera casi como a unos burros. Además, tiene dos hijas... Nastia y Zina... Te lo confieso como a un amigo..., ¿me comprendes, querido? ¡Préstamela, te lo ruego!
Todo este discurso es pronunciado balbucean­do. Pustiakof está enrojecido de confusión, y a cada palabra, se vuelve, mirando tímidamente ha­cia la puerta de entrada. El teniente le riñe, pero le cede la condecoración.
Aquella misma tarde, a las dos, Pustiakof, en un coche de alquiler, va a casa de Spitchiún; lleva el abrigo entreabierto y contempla su pecho. Allí, con su esmalte de color y puntas doradas, resplan­dece la condecoración ajena.
-Hasta uno mismo se tiene más consideración gracias a este jLiguetito-reflexiona el rnaestro. Un chisme tan insignificante, costará todo lo más unos cinco rublos, y¡cuánta importancia tiene!
Al llegar a casa de Spitchkin se desabrocha com­pletamente el gabán y saca el dinero para pagar al cochero. Le parece que éste se ha quedado atur­dido al ver sus hombreras, los botones relucientes y la condecoración. Pustiakof tose satisfecho y entra en la casa. Al quitarse el abrigo en la ante­cámara, mira hacia el salón. Hay allí ya unos quin­ce convidados. Se oye rumor de voces y ruido de platos.
-¿Quién es? -pregunta el dueño. ¡Hola! ¿Es usted, León Nicolaevitch? ¡Enhorabuena! Lle­ga usted un poco tarde; pero no importa...; aca­barnos de sentarnos.
Pustiakof, con el pecho alzado y la cabeza er­guida, entra restregándose las manos. Al mismo instante observa algo terrible: al lado de Zina está sentado un compañero suyo -el maestro de fran­cés Tramblin. Dejarle ver la condecoración se­ría exponerse a una multitud de preguntas y ave­riguaciones desagradables. Su primer impulso fué arrancar la condecoración o echarse a correr; pero está fuertemente cosida, y escaparse ya no es po­sible.
Tapándose el pecho con la mano derecha y en­cogiéndose tanto como puede, entra rápidamente, hace un saludo general y se sienta en la primera silla vacía que puede encontrar, la cual resulta hallarse frente al francés.
-Seguramente está algo bebido -piensa Spit­chkin al notar su cara avergonzada.
Le sirven un plato de sopa. Coge la cuchara con la mano izquierda; pero, acordándose de que esto no se usa, dice que ya ha comido y no tiene gana.
-Dispénseme... He ido a visitar al canónigo, y me ha convidado... obligándome a comer...
Se encuentra muy molesto; le ahoga la ira. La sopa huele muy bien y el pescado tiene un aspecto de lo más apetitoso. Prueba dejar libre su mano derecha tapándose la condecoración con la izquier­da; pero le resulta incómodo. «Lo notarán; tendré la mano puesta sobre el pecho, como un tenor que se prepara a cantar. ¡Dios mío, que se acabe pron­to esta comida! Iré luego al restaurante y tomaré algo.»
Después del tercer plato, levanta tímidamente los ojos hacia el francés. Tramblin está también visiblemente molesto; lo mira con un aire descon­certado, y tampoco come. Al notar que se miran mutuamente, ambos se avergüenzan y fijan los ojos en sus platos vacíos.
-La habrá visto el canalla; por su aspecto noto que la, habrá visto -piensa desesperadamente Pustiakof, y es un miserable, un chismoso; se lo contaré mañana al director.
Sirven el cuarto plato, y el quinto... Un caba­llero alto, con las ventanillas de la nariz anchas y velludas y los ojos pequeños, se pone en pie, se acaricia la cabeza, y exclama: «Brindo por la sa­lud de las señoras.»
Los comensales se levantan ruidosamente y to­man las copas en sus manos. Alegre «¡viva!», re­suena por todas las habitaciones. Las señoras son­ríen y alzan también sus copas. Pustiakof se pone a su vez en pie y coge la suya con la mano iz­quierda.
-Haga usted el favor, León Nicolaevitch; déle
esta copa a su vecina -dice uno de los convida­dos al maestro; hágala usted beber.
No hay más remedio. Pustiakof, muy a su pesar, tiene que separar la mano de su pecho para coger la copa, y la condecoración, con su arrugada cinta roja, resplandece a la luz del día. El maestro pa­lidece, baja la cabeza y lanza una tímida mirada al francés, que lo contemplaba lleno de asombro y con aire interrogativo; sus labios sonríen astuta­mente, y el malestar desaparece de su semblante.
-Juli Avgestovitch -le dice el dueño al fran­cés; alcánceme la botella que tiene delante.
Tramblin, indeciso, alarga la mano y... ¡qué felicidad! Pustiakof ve en su pecho una condeco­ración. ¡Y no la de San Estanislao: la de Santa Ana! De modo que el francés ha hecho la misma trampa. Pustiakof, de contento, se echa a reír y se recuesta en su silla... Ya no tiene motivo de ocultar su condecoración: los dos han pecado; nin­guno puede denunciar al otro.
-¡Ah! -murmura el dueño, al notar la conde­coración en el pecho del francés.
-Es extraordinario. Qué pocos han sido conde­corados en nuestra escuela -dice Pustialcof al francés. Tenemos un personal tan numeroso, y somos los dos únicos agraciados.
Tramblin le saluda alegremente con la mano y se yergue en toda su majestad, para que de todas partes vean su solapa ornada con la condecoración de Santa Ana, de tercera categoría.
Después de la comida, Pustiakof se pasea por todos los cuartos, y de un modo satisfecho enseñaa a las señoritas su condecoración. Siéntese contento y satisfecho, a pesar de un cierto vacío en el es­tomago.
-Si lo hubiese sabido antes -piensa mirando con envidia la Santa Ana del francés, que habla con el dueño respecto a condecoraciones, habría pedido la de San Vladimiro. ¡He sido un bobo!
Esta sola idea le molesta un tanto. Por lo de­más, es completamente feliz.

1.014. Chejov (Anton) - 071

La celebridad

Son las doce de la noche. Mitiá Kuldarof, muy excitado, los cabellos en desorden, entra como un torbellino en casa de sus padres y empieza a co­rrer por todas las estancias.
Sus padres están acostándose. La hermana, ya en el lecho, acaba de leer la última página de una novela. Los hermanos colegiales duermen.
-¿De dónde vienes? -le preguntan sus pa­dres. ¿Qué te ocurre?
-No me lo preguntéis. Yo no me lo esperaba, no; nunca me lo podía esperar. Es increíble.
Déjase caer en una butaca, riendo a carcajadas. La felicidad le impide tenerse en pie.
-Es increíble. No os lo hubierais imaginado nunca. Podéis mirar.
La hermana salta de la cama, se echa un manto sobre los hombros y se acerca a él. Los colegiales se despiertan.
-¿Qué te pasa? Diríase que te has vuelto loco.
-Es de alegría, mamá. Toda Rusia me conoce ahora, toda ... Antes erais vosotros los únicos en saber que en este mundo existe Dimitri Kuldarof. En adelante toda Rusia lo sabrá. Madrecita. ¡Dios mío!
Mitiá salta, da algunos pasos y vuelve a arre­llanarse en su sillón.
-Pero, ¿qué pasa, en fin? Cuéntalo razonada­mente.
-Vosotros vivís sin vida, como unos salvajes. No leéis los perió-dicos. No hacéis caso alguno de la publicidad. Y la verdad es que los periódicos con­tienen cosas extraordinarias. Nada de lo que su­cede puede mantenerse oculto. ¡Qué feliz soy, Dios mío! En los periódicos solamente se habla de gen­te célebre, y he aquí que ahora se han ocupado también de mí.
-¿Que hablan de ti? ¿Dónde?
El papá se pone pálido. La mamá mira los gra­bados y se santigua. Los colegiales saltan de sus camas, tapados apenas por sus camisas de dormir, muy cortas, y se acercan al hermano mayor.
-Sí, señor; se han ocupado de mí; toda Rusia me conoce. Vea usted este periódico, mamá; guár­delo como recuerdo. De vez en cuando lo volvere­mos a leer. Míralo.
Mitiá saca de su bolsillo un periódico, lo presen­ta a su padre y le indica un párrafo marcado con lápiz azul. El padre se pone los lentes.
-¡Lea!
La madre contempla otra vez los grabados y se santigua nueva-mente. El padre tose y comienza la lectura. «El día 29 de diciembre, a las once de la noche, Dimitri Kuldarof...»
-¿No lo ven ustedes? Continúe...
«Dimitri Kuldarof, al salir de una cervecería sita en la Pequeña Bronnaram, en casa de Kasi­jin, se encontraba en estado de embriaguez...»
-Sí, sí; ¡era yo! Carfineos Petrovich, mi ami­go; todo está reseñado con los menores detalles... ¡Siga!
«... Y encontrándose en estado de embriaguez, resbaló y cayóse entre los pies de un caballo en­ganchado a un coche de alquiler. El caballo se asus­tó de él, saltóle por encima, arrastró el trineo so­bre su cuerpo y echó a correr por las calles hasta que los dvon.ih le detuvieron. Al principio, Kulda­rof estaba desmayado y hubo que transportarlo al puesto de policía, a fin de que el médico lo reani­mara. ¡El golpe recibido por él en la nuca!...»
-Fué con la lanza del coche, papá... ¡Lee, lee!...
«... El golpe recibido por él en la nuca resultó leve. Levantóse acta, y a la víctima le prestaron los cuidados que su estado requería.»
-Ordenaron que me pusieran en la nuca com­presas de agua fría. ¿Os habéis enterado? Eso es; la noticia ha circulado por toda Rusia. Venga el periódico.
Mitiá coge el periódico y se lo mete en el bolsillo.
-Voy corriendo a casa de Makarof, para ense­ñárselo. También hay que mostrarlo a los Ivar­mitskó, a Natalie Ivanovne, a Nissim Vanlievitch. Me voy a escape. ¡Adiós! -Mitiá se pone la gorra y, excitado y alegre, sale corriendo a la calle.

1.014. Chejov (Anton) - 071

Historia de una anguila

Es una mañana de verano; reina en la Natura­leza una tranquilidad absoluta; óyese solamente, de vez en cuando, las estridencias de los grillos. Junto a la caseta de baños en construcción, bajo las ramas verdes de un sauce, se agita en el agua el carpintero Guerasim, campesino alto, flaco, de rizosos cabellos bermejos; sopla, refunfuña, guiña los ojos y procura sacar algo de entre las raíces del sauce. A su lado, con el agua hasta el cuello, está otro carpintero, Liubim, hombre joven, bajo de estatura y jorobado; su cara es triangular y tiene ojos de chino. Entrambos llevan blusas y calzones y parecen hallarse ateridos de frío, lo cual se com­prende, porque hace más de una hora que perma­necen en el agua.
-¿Por qué empujas sin cesar con la mano? -grita el jorobado, tembloroso. ¡Cabeza de bu­rro! ¡Tenlo!..., ¡tenlo!..., ¡que no se te escape el maldito pez! ¡Te repito que lo agarres bien!
-¡No se escapará! ...¿ Por dónde quieres que se nos escape?
-Se ha metido por debajo de los troncos -con­testa Guerasim con su voz de bajo ronco. No hay por dónde cogerla.
-¡Cógela por las agallas! ¡Cógela y no la sueltes!
-¡Espera! Ya la tengo, no sé por dónde. El caso es que la tengo. ¡Cáspita! La maldita muerde.
-Por las agallas te he dicho; no la sueltes...
-No se ven las agallas. Espera. Ya la he cogido por alguna parte; por el labio creo que la he cogido.
-No; por el labio no tires de ella! Se te va a escapar. ¡Por las agallas, por las agallas ! Otra vez empujas con la mano. ¡Qué imbécil eres, válgame Dios! ¡ Agárrala !
-¡Agárrala!... -exclama Guerasim irritado. Es muy fácil dar ódenes... ¡Métete tú mismo en el agua y agárrala, diablo de jorobado que eres! ¿A que estás sin hacer nada?
-Bien la agarraría si pudiese. Bajo de estatura como soy, no puedo meterme allí; es muy hondo.
-No importa que sea hondo; échate a nado.
El jorobado viene nadando y se coge a las ra­mas. Pero a la primera tentativa de ponerse de pie se hunde.
-Ya te decía yo; aquí el agua es profunda -grita con enfado al salir a flote; ¿dónde me he de colocar? ¿He de sentarme en tu cuello?
-Súbete a uno de los trancos; los hay como si fueran una escalera.
El jorobado busca con el pie un tronco y se si­túa en él, asiéndose a las ramas. Resuelto este pro­blema, empieza a rebuscar en el agua entre las raí­ces. Está agachado y hace lo posible por no tragar agua. Sus manos se enredan entre las algas, resba­lan por el musgo que cubre los troncos, y, final­mer.te, topan con las pinzas de un cangrejo.
-¡Diablo! ¿Qué haces tú aquí? -exclama Li u­bim y, furioso, lanza el cangrejo en la orilla.
Prosiguiendo las investigaciones, su mano en­cuentra la de Guerasim y llega hasta una cosa fría.
-¡Aquí está! ¡Qué enorme es la muy estúpida!... Deja que meta la mano... Ahora... Por las agallass... No me empujes con el codo... Ahora mismo... Aho­ra... Deja que la agarre bien... Está muy metida entre los troncos... No sé por dónde cogerla... El vientre está por todos lados... ¡Mátame ese mos­quito que me pica el cuello...! ¡Ya la cogí, ya!
El jorobado hincha los carrillos, detiene la respi­ración; evidentemente toca las agallas, cuando las ramas a que está asido se rompen. Liubim pierde el equilibrio y ¡patapum! cae en el agua. Fórmanse círculos concéntricos, y en la superficie aparecen burbujas. El jorobado reaparece nadando, da un fuerte resoplido y vuelve a colgarse de las ramas.
-Te vas a ahogar, ¡demonio!, y luego seré yo el responsable. ¡Vete al infierno! ¡La sacaré yo!
Los dos hombres se injurian recíprocamente. El sol, entretanto, sigue su curso. Las sombras se acortan, se repliegan como los cuernos de un ca­racol; la hierba caldeada por los rayos exhala un perfume intenso.
Las doce del día están a punto de sonar... Mien­tras, Guerasim y Liubim continúan, debajo del sau­ce, engolfados en su tarea.
La voz ronca del uno y la voz aguda del otro re­suenan sin cesar en el silencio de esta jornada de verano.
-¡Sácala... por las agallas!... Espera, que yo empujaré. ¿Dónde metes el puño? Con el dedo, no con el puño. ¡Animal!, ¡animal! Córrete a la iz­quierda... que a la derecha hay un hoyo. ¡Tírala del labio!
Por la vertiente vecina baja un rebaño; el pastor Efim, que es muy viejo, tuerto y con la boca con­traída, anda despacio, mirando fijamente al suelo. Los carneros llegan a la orilla del agua; luego los caballos; detrás de los caballos, las vacas...
-¡Empújala por debajo! -grita Liubim. Pa­sa el dedo por aquí. ¿Estás sordo? ¡Imbécil!
-¿Qué hacéis, hijitos míos? -les pregunta Efim.
-Una anguila... No la podemos sacar. Se ha me­tido por debajo de un tronco... Por este lado... ¡Aho­ra, ahora!
Efim quédase unos momentos mirando con su único ojo a los pescadores. De repente se desata las sandalias, tira al suelo el saco y se quita la camisa, conservando el pantalón. Persígnase y, exten-diendo sus brazos morenos y escuálidos, se mete en el agua. Camina unos cincuenta pasos por el suelo fangoso, y luego se echa a nadar.
-¡Esperad, esperad, muchachos! -les grita aproximándose. Vais a dejarla escapar. Hay que saber cómo se hace esto.
Efim únese a los carpinteros, y los tres indivi­duos, empujándose con los codos y rodillas, insul­tándose y estorbándose mutuamente, patalean en el mismo sitio.
El jorobado no cesa de tragar agua y tiene ac­cesos de tos convulsiva.
-¿Dónde anda el pastor? -grita alguien des­de la otra orilla. ¡Efim! ¡Pastor! ¿Dónde es­tás? El rebaño se te ha metido en el jardín. ¡Echa­lo, échalo del jardín! ¡Pronto! ¿Dónde está ese viejo bandido?
Se oyen voces de hombres y mujeres. Por la verja del jardín asoma el dueño, Andreievitch, ves­tido con una bata de tela oiiental; en la mano tiene su periódico. Mira con aire interrogativo en qué dirección vienen los gritos, y se encamina apresuradamente hacia el río.
-¿Qué hay? ¿Qué hay? ¿Quién vocea de ese modo? -pregunta severamente al percibir las tres cabezas mojadas que emergen del agt2a-. ¿Qué diablos enredáis ahí?
-Un pez...; cogemos un pez... -responde Efim sin levantar la cabeza.
-¿Cómo? ¡Ya te daré yo el pez! El rebaño se mete en el jardín mientras tú pescas. ¡Y la caseta! ¿Cuándo estará lista? Trabajáis hace dos días y no habéis adelantado nada...
-Estará..., estará la caseta -refunfuña Gue­rasim. El verano es largo; tendréis tiempo, se­ñor, de remojaros... ¡Brrr!... No podemos con la anguila... Se ha metido debajo del tronco, y allí permanece como en una madriguera.
-¿Una anguila? -pregunta el dueño, y sus ojos se animan. ¡A sacarla pronto!
-¡Nos darás cincuenta copecs; verás qué pie­za! Es gorda como un cerdo. Los vale, señor, cin­cuenta copecs... por las penas que nos ha causa­do... No la aprietes, Liubim; no la aprietes... reventará... Empuja desde abajo... Tú, abue­lito, tira hacia arriba..., ¿entiendes?, hacia arriba; no hacia abajo, ¡demonio!
Pasan cinco minutos, luego diez; el dueño se impacienta.
-¡Vasili! -grita, volviéndose hacia la finca. ¡Vaska! Mándame a Vasili ...
Vasili, el cochero, llega a todo correr; está mas­cando algo y respira con dificultad.
-¡Métete en el agua! Ayúdales a sacar la an­guila, que no pueden con ella...
Vasili se desnuda rápidamente y se mete en el agua.
-¡Despacho en un instante! ¿Dónde está? Ya veréis cómo esto va a ir aprisa. ¡Tú, Efim, vete de aquí! ¿A qué meterse en estas honduras un hom­bre viejo? Vete, y déjanos en paz; yo la sacaré. ¡Ya!... ¡Aquí está!... ¡Quitad de ahí las manos!...
-¿Quitar las manos? Las quitaremos cuando hayas agarrado el pez. ¡A ver cómo te las com­pones!
-De este modo no haré nada; hay que cogerla por la cabeza...
-¡Bruto! Ya sé que es por la cabeza por donde hay que cogerla; pero ¿dónde está la cabeza? ¡Bús­cala! Debe de estar debajo del tronco.
-No ladres, si no... ¡Bestia!
-¡Callaos ya! ¿ Cómo os atrevéis a proferir ex presencia del señor palabras semejantes? -murmura Efim. No la sacaréis, chicos; es más tes­taruda que vosotros.
-¡Aguarda! Veo que no lograréis nada -dice el dueño, y se desnuda apresuradamente, aña­diendo:
-Sois cuatro majaderos; no sois capaces de acabar con una anguila.
Andrei Andreievitch, desnudo, espera un rato para orearse y se mete en el agua.
-Hay que cortar el tronco -decide Liubim. ¡Guerasim, Guerasim, trae el hacha! ¡Alcánza­rnela!
-No os vayáis a cortar los dedos -advierte el dueño, oyendo golpes de hachas debajo del agua. ¡Efim, vete de ahí! Yo sacaré la anguila. Vosotros no servís para nada.
El tronco está partido, lo levantan un poco y Andrei Andreievitch siente con gran satisfacción cómo sus dedos se introducen debajo de las agallas de la anguila.
-¡Ya la tengo! ¡Muchachos, no empujéis!... ¡Quedaos quietos!... ¡Ya va fuera!...
Aparece a la superficie una gran cabeza de anguila, y detrás de ella un cuerpo negro de un metro de largo.
La anguila menea la cola y busca manera de es­currirse.
Una sonrisa triunfante resplandece en todas las caras. Después de unos momentos de admira­ción silenciosa, prorrumpen en gritos:
-¡Ea! ¡Ya te tenemos!
-¡Soberbia anguila! -balbucea Efim, rascán­dose el pecho. Pesa lo menos diez libras.
-Seguramente -afirma el dueño. Y lo gorda que está! Diríase que va a reventar... ¡Ah!..., ¡ah!...
La anguila hace con la cola un movimiento tan rápido como imprevisto, y los pescadores la ven zambullirse en el agua...
Todos alargan las manos, pero ya es tarde; la anguila ha desaparecido para siempre.

1.014. Chejov (Anton) - 071