Translate

martes, 21 de octubre de 2014

La felicidad

Era la hora del té, antes de que trajeran las luces. La ciudad dominaba el mar; el sol, que acababa de ponerse, había dejado el cielo rosa a su paso salpicado de polvo de oro; y el Mediterráneo, sin una arruga, sin un estremecimiento, todavía resplandeciente bajo el día ago­nizante, parecía una interminable plancha de metal puli­mentado.
Lejos, a la derecha, las montañas escarpadas dibujaban su perfil negro sobre el púrpura pálido del poniente.
Se hablaba del amor, se discutía sobre este viejo tema, volviéndose a decir las cosas ya dichas tantas veces. La suave melancolía del crepúsculo hacía pesadas las palabras, pro­duciendo un sentimiento de ternura en las almas, y aquella palabra, «amor» constantemente pronunciada, tan pronto por la voz fuerte de un hombre como por una voz femenina de timbre ligero, parecía llenar el saloncito, en el que revo­loteaba como un pájaro, pesando en su atmósfera como una aparición.
-¿Se puede amar durante muchos años seguidos?
-Sí -decían algunos.
-No -aseguraban otros.
Distinguían los diversos casos, establecían diferencias, se citaban ejemplos; y todos, hombres y mujeres, estaban lle­nos de recuerdos que les volvían y turbaban, pero que no podían citar aunque los tenían a flor de labios, y parecían emocionados, hablaban de aquel tema vulgar y soberano, del acuerdo tierno y misterioso de dos seres, con una emo­ción honda y un interés ardiente.
De pronto, alguien, con la mirada fija en un punto lejano, exclamó:
-¡Miren allí! ¿Qué es aquello?
Sobre el mar, en el horizonte, surgía una masa gris, enor­me y confusa.
Las mujeres se levantaron y contemplaron sin compren­der aquel fenómeno sorprendente que jamás habían visto. Alguien dijo:
-Es Córcega. Se la ve así dos o tres veces al año en cier­tas condiciones atmosféricas excepcionales, cuando el aire, de una limpidez perfecta, no la oculta con esas brumas de vapor que siempre velan las lejanías.
Vagamente, se distinguían las crestas de las montañas, donde creyeron reconocer la nieve. Todos quedaron sor­prendidos, turbados, casi asustados por aquella brusca apa­rición de una tierra, por aquel fantasma salido del mar. Así debieron de ser las extrañas visiones que tuvieron los nave­gantes que, como Colón, partieron a través de los océanos inexplorados.
Entonces, un anciano caballero, que aún no había habla­do, dijo:
-En esa isla que se alza ante nosotros como para respon­der a lo que estábamos diciendo y despertar en mi memoria un curioso recuerdo, conocí un ejemplo admirable de un amor constante, inverosímilmente feliz. Se lo contaré.
«Hace cinco años hice un viaje a Córcega[1]. Es una isla sal­vaje, más desconocida y lejana de nosotros que América, a pesar de que a veces se la vea desde las costas de Francia, como hoy.
Imagínense un mundo todavía en el caos, un mar de mon­tañas separadas por angostos barrancos por los que corren torrentes; no hay llanuras, sino inmensas olas de granito y gigantescas ondulaciones de tierra cubiertas de matorrales o de umbrosos bosques de castaños y pinos. Es un suelo vir­gen, inculto, desierto, aunque a veces se descubra un pue­blo, que parece un amontonamiento de rocas en la cima de un monte. No hay cultivos, ni industrias, ni arte. Jamás se encuentra un trozo de madera tallada, un fragmento de pie­dra esculpida, ni hay huellas del gusto infantil o refinado de los antepasados por las cosas graciosas y bellas. Es esto pre­cisamente lo que más choca en aquel soberbio y duro país: la indiferencia hereditaria por esa búsqueda de formas seductoras que se llama arte.
Italia, donde cada palacio, lleno de obras maestras, es una obra maestra por sí misma; donde el mármol, la madera, el bronce, el hierro, los metales y las piedras atestiguan el genio del hombre; donde los más pequeños objetos antiguos que se encuentran en las casas viejas revelan esa divina preocupa­ción por la gracia, es para todos nosotros la patria sagrada a la que se ama porque nos muestra y nos prueba el esfuerzo, la grandeza, la potencia y el triunfo de la inteligencia creadora.
Frente a ella, la ruda Córcega se ha conservado como en sus primeros días. El hombre vive allí en su tosca casa, indiferente a todo lo que no afecte a su propia existencia o a sus querellas de familia. Ha conservado los defectos y las cualidades de las razas incultas, violento, rencoroso, inconscientemente sanguinario, pero también hospitalario, generoso, leal, ingenuo, capaz de abrir sus puertas a los caminantes y de dar su fiel amistad a la menor muestra de simpatía.
Hacía un mes que vagaba a través de esta isla magnífica, con la sensación de que estaba en los confines del mundo. No había ni posadas, ni tabernas, ni carreteras. Llegaba, por senderos de mulas, a esas aldeas que se sujetan en las lade­ras de las montañas y desde las que se dominan abismos tor­tuosos de cuyas profundidades sube por la noche el rumor continuo, la voz sorda y honda del torrente. Llamaba a las puertas de las cacas, y pedía un refugio para la noche y algo de comer hasta el día siguiente. Me sentaba a la humilde mesa y dormía bajo un techo modesto; a la mañana siguien­te, estrechaba la mano que me tendía el huésped, el cual me conducía hasta los limites del pueblo.
Una noche, tras diez horas de camino, llegué a una casi­ta aislada en el fondo de un pequeño valle que se abría al mar una legua más abajo. Las dos vertientes montañosas, cubiertas de matorrales, de rocas desmoronadas y de gran­des árboles, cerraban como dos murallas sombrías aquel barranco lamentablemente triste.
En torno a la choza, un viñedo y un pequeño huerto, y un poco más lejos, varios grandes castaños: lo suficiente, en fin, para vivir, y una fortuna para aquel país pobre.
La mujer que me recibió era vieja, grave y limpia, excep­cionalmente. El hombre, sentado en una silla de paja, se levantó para saludarme y se volvió a sentar sin decir una palabra. Su compañera me dijo:
-Perdónelo, se ha quedado sordo. Tiene ya ochenta y dos años.
Me sorprendió que hablara el francés de Francia.
-¿Son ustedes de Córcega?
Ella me respondió:
-No. Somos del continente. Pero hace cincuenta años que vivimos aquí.
Una sensación de angustia y de espanto se apoderó de mí al pensar en aquellos cincuenta años transcurridos en un lugar tan sombrío, tan alejado de las ciudades donde vive la gente. Llegó un viejo pastor, y nos pusimos a comer el único plato de la cena: una sopa espesa en la que habían hervido todo junto patatas, tocino y coles. Al acabar la breve comi­da, fui a sentarme ante la puerta, con el corazón sobrecogi­do por la melancolía del triste paisaje, oprimido por esa angustia que se apodera a veces de los viajeros ciertas noches tristes en ciertos lugares desolados. Parece como si todo, la existencia y el universo, estuviera a punto de acabar. Bruscamente se descubre la horrible miseria de la vida, el aislamiento de todos, la nada de todo y la negra soledad del corazón, que se mece y se engaña a sí mismo con sueños hasta la muerte. La vieja se acercó a mí y, con esa curiosi­dad que vive siempre en el fondo de las almas más resigna­das, me preguntó:
-¿Viene usted de Francia, entonces?
-Sí, viajo por gusto.
-¿Será usted de París, quizá?
-No, soy de Nancy.
Me pareció que la agitaba una extraordinaria emoción. Ignoro cómo lo sentí. Ella repitió con voz lenta:
-¿Es usted de Nancy?
En la puerta apareció el hombre, con esa impasibilidad de los sordos.
-No importa. No oye nada -dijo ella. Luego, al cabo de unos segundos, añadió:
-Entonces, conocerá usted a mucha gente en Nancy.
-Sí, a casi todo el mundo.
-¿Conoce a la familia de Sainte-Allaize?
-Sí, muy bien. Eran amigos de mi padre.
-¿Cómo se llama usted?
Le dije mi nombre. Me miró fijamente, y luego, con esa voz de quien evoca sus recuerdos, me dijo:
-Sí, sí, me acuerdo. ¿Y los Brisemare? ¿Qué fue de ellos?
-Murieron todos.
-¡Ah! ¿Conocía a los Sirmont?
-Sí, el último es general.
Entonces, estremeciéndose de emoción y de angustia, por algún sentimiento confuso, poderoso y sagrado, por no sé qué deseo de confesar, de decirlo todo, de hablar de cosas que había tenido hasta aquel momento encerradas en el fondo de su corazón, y también de todas aquellas personas cuyo nombre agitaba su espíritu, me dijo:
-Sí, ya sé: Henri de Sirmont. Es mi hermano.
Alcé mis ojos hasta ella, sobrecogido de sorpresa. Y, de pronto, lo recordé todo. Tiempo atrás había sido un escán­dalo en la noble Lorena[2]. Una muchacha, bella y rica, Suzanne de Sirmont, había sido raptada por un suboficial de húsares del regimiento que mandaba su padre. Era un guapo mozo, hijo de campesinos, pero que sabía llevar muy bien el dor­mán, aquel soldado que sedujo a la hija de su coronel. Se debió fijar en él y enamorarse, viendo desfilar los escuadro­nes. Pero ¿cómo le habló, cómo pudieron verse, compren­derse? ¿Cómo se atrevió ella a hacerle comprender que lo amaba? No se pudo saber.
Nada logró adivinarse, y nadie lo presentía. Una noche, cuando el soldado acababa de cumplir su servicio, desapa­reció con ella. Los buscaron, pero no lograron encontrarlos. Jamás se tuvo noticias de ella, y la dieron por muerta.
Y yo la volvía a encontrar de aquella forma, en aquel siniestro valle.
-Sí, sí, ahora me acuerdo -le dije, a mi vez. Usted es la señorita Suzanne.
Ella dijo que sí con la cabeza. Caían lágrimas de sus ojos. Entonces, señalándome con una mirada al anciano inmóvil a la puerta de su casucha, me dijo:
-Es él.
Y me di cuenta de que lo seguía queriendo, de que lo veía aún con sus ojos de seducida.
Le pregunté:
-¿Ha sido usted feliz, por lo menos?
Ella me respondió, con una voz que le salía del corazón:
-Sí, muy feliz. Me ha hecho muy feliz. Jamás he lamen­tado nada.
La contemplé, triste, sorprendido, maravillado por el poder del amor. Aquella señorita rica se había marchado con aquel hombre, con aquel campesino. Se había transformado ella misma en campesina. Se había acostumbrado a su vida sin encantos, sin lujo, sin delicadeza de ninguna clase; se había doblegado a sus costumbres sencillas. Y todavía lo amaba. Se había transformado en una aldeana con gorro, con falda de paño. Comía en un plato de barro sobre una mesa de madera, sentada en una silla de paja, un guiso de coles y patatas con tocino. Se acostaba en un jergón junto a él.
¡Y nunca había pensado en nada, sino en él! No había echado de menos ni las joyas, ni las frías telas, ni las ele­gancias, ni la blandura de los asientos, ni la tibieza perfu­mada de las alcobas cubiertas de tapices, ni la suavidad de los colchones de pluma donde los cuerpos se hunden para el reposo. Nunca había necesitado más que a él; su presencia colmaba sus deseos.
Había abandonado la vida de muy joven, y la sociedad, y a todos los que la habían criado y querido. Sola con él, se había ido a aquel barranco salvaje. Y él lo había sido todo en su vida, todo lo que se desea, todo lo que se sueña, todo lo que se espera sin cesar, todo lo que se ansía sin límites. Le había llenado de dicha la existencia.
No habría podido ser más feliz.
Y durante toda la noche, oyendo el ronquido sordo del viejo soldado tendido sobre su yacija[3] junto a la mujer que le había seguido hasta tan lejos, pensé en aquella extraña y sencilla aventura, en aquella felicidad tan completa, hecha de tan poco.
Y me marché al amanecer, tras haber estrechado la mano a los dos ancianos esposos.»
El narrador se calló.
Una mujer dijo:
-No demuestra nada. Esa mujer tenía un ideal dema­siado fácil, necesidades demasiado primitivas y exigencias demasiado sencillas. Tenía que ser una necia.
Otra, lentamente, dijo:
-¿Y qué importa? Fue feliz.
Y lejos, al final del horizonte, Córcega se hundía en la noche, volvía a entrar lentamente en el mar, borrándose su gran sombra aparecida como para contar por sí misma la historia de los dos humildes amantes que se habían refugia­do en su costa.

1.042. Maupassant (Guy de) - 053




[1] El propio Maupassant estuvo en Córcega en el otoño de 1880 y quedó impresionado por la isla y por las costumbres de sus habitantes. En los pri­meros meses de 1884 pasó una temporada de descanso en Cannes. Recuer­dos de ambas experiencias se mezclan en este relato publicado en marzo de 1884.
[2] Región del noreste de Francia. Limita al norte con Alemania, país al que perteneció tras la guerra franco-prusiana. Lorena fue devuelta a Francia por el Tratado de Versalles (1919).
[3] Lecho o cama pobre.

La cama 29

Cuando el capitán Épivent pasaba por la calle, todas las mujeres se volvían. Era el auténtico prototipo del gallardo oficial de húsares. Por ello, se exhibía pavoneán­dose siempre, orgulloso y atento a sus piernas, a su cintura y a su bigote. Y, verdaderamente, eran admirables su bigote, su cintura y sus piernas. El primero era rubio, muy fuerte, y le caía marcialmente sobre los labios, denso, con su bello color de trigo maduro, pero fino, cuidadosamente recortado, descendiendo a ambos lados de la boca en dos poderosas e intrépidas guías[1]. La cintura era delgada, como si llevara corsé, y más arriba surgía un vigoroso pecho masculino, abombado y amplio. Sus piernas eran admirables, unas pier­nas de gimnasta, de bailarín, cuya carne musculosa dibujaba todos sus movimientos bajo la tela ajustada del pantalón rojo[2].
Andaba tensando las corvas y separando pies y brazos, con ese pequeño balanceo de los jinetes, que tanto favorece a las piernas y al torso, y que parece airoso bajo el unifor­me, pero vulgar bajo una levita.
Como muchos oficiales, el capitán Épivent no sabía lle­var un traje civil. Vestido de gris o de negro, tenía aspecto de dependiente. Pero en uniforme era un ejemplar. Tenía, además, una hermosa cabeza, la nariz delgada y curva, los ojos azules, la frente estrecha. Es cierto que era calvo, sin que nunca hubiera logrado saber la causa de la caída del pelo. Se consolaba pensando que un cráneo un poco pelado no resulta mal si se tienen unos buenos bigotes.
En general, despreciaba a todo el mundo, aunque esta­blecía muchos grados en su desprecio.
Ante todo, los burgueses no existían para él. Los miraba como se mira a los animales, sin concederles mayor aten­ción que la que se concede a los gorriones o a las gallinas. Solo los oficiales contaban en el mundo, pero no tenía la misma estima por todos los oficiales. No respetaba más que a los que eran gallardos, pues pensaba que la verdadera, la única cualidad del militar debía ser la arrogancia. Un autén­tico soldado, qué diablos, debía ser un temerario nacido para la guerra y el amor, un hombre de lucha, de pelo en pecho, fuerte, y nada más. Clasificaba a los generales del ejército francés según su estatura, su porte y la rudeza de su rostro. Bourbaki[3] le parecía el mejor militar de los tiempos mo­dernos.
Se reía de los oficiales de infantería bajos y gordos y que jadean al andar, pero, sobre todo, sentía un invencible des­precio que rayaba en repugnancia por los pobres diablos salidos de la Escuela Politécnica[4], esos hombrecillos flacos, con gafas, torpes y desmañados, que parecen hechos para el uniforme como un conejo para decir misa, afirmaba. Se indignaba de que en el ejército se tolerara a esos abortos de piernas frágiles que andan como cangrejos, que no beben, que comen poco y que prefieren las ecuaciones a las mu­jeres.
El capitán Épivent tenía éxitos constantes, triunfaba con el bello sexo.
Cada vez que cenaba con una mujer, se sentía seguro de acabar la noche a solas con ella, sobre el mismo colchón, y si obstáculos insuperables le impedían lograr la victoria aquella misma noche, no dudaba de que lo conseguiría al día siguiente. A sus compañeros no les gustaba presentarle a sus queridas, y los tenderos cuyas bellas mujeres estaban al mostrador de la tienda, lo conocían, lo temían y lo odiaban a muerte.
Cuando pasaba, la tendera, a su pesar, cambiaba con él una mirada a través de los cristales del escaparate, una de esas miradas que valen más que las palabras tiernas, que contienen una incitación y una respuesta, un deseo y una confesión. Y el marido, a quien una especie de instinto advertía, se volvía bruscamente y lanzaba una mirada furio­sa a la silueta altiva e hinchada del oficial. Cuando el capi­tán había pasado, sonriente y contento de la impresión cau­sada, el tendero, revolviendo nerviosamente los objetos que tenía delante, declaraba:
-Ahí va un pavo presumido. ¿Cuándo acabaremos de mantener a todos esos inútiles que arrastran su sable de lata por las calles? Yo prefiero a un carnicero antes que a un sol­dado. Si tiene sangre en su delantal, al menos es sangre de animal; y sirve para algo. El cuchillo que lleva no está des­tinado a matar a hombres. No comprendo por qué se tolera que esos asesinos públicos se paseen con sus instrumentos de muerte. Ya sé que hacen falta, pero que los oculten, por lo menos, y que no se los vista como en una mascarada con pantalones rojos y chaquetas azules. Normalmente, los ver­dugos no llevan uniforme, ¿no?
La mujer, sin contestar, se encogía imperceptiblemente de hombros, mientras el marido, adivinando el gesto sin verlo, exclamaba:
-Hace falta ser imbécil para ir a ver pavonearse a esos fantasmones.
La fama de conquistador del capitán Épivent era conoci­da en todo el ejército francés.

* * *
En 1868[5], su regimiento, el 102 de húsares, fue de guar­nición a Ruán.
Pronto fue conocido en toda la ciudad. Todas las tardes, hacia las cinco, aparecía en el paseo Boieldieu, para ir a tomarse su ajenjo[6] en el café de la Comedie, pero, antes de entrar en el establecimiento, se daba una vuelta por el paseo para lucir sus piernas, su cintura y su bigote.
Los tenderos ruaneses, que también se paseaban, con las manos a la espalda, preocupados por los negocios y hablan­do del alza y de la baja, le lanzaban, no obstante, una mira­da y murmuraban:
-¡Buen ejemplar de hombre!
Luego, cuando ya lo conocieron:
-¡Mira, el capitán Épivent! Desde luego, es un buen mozo.
Las mujeres, al verlo, hacían un pequeño movimiento de cabeza, que era una especie de estremecimiento de pudor, como si se sintieran débiles o desnudas ante él. Agachaban un poco la cabeza con una sombra de sonrisa en los labios y un deseo de que las encontrara encantadoras y les conce­diera una mirada. Cuando se paseaba con un compañero, este no dejaba nunca de murmurar con envidia, cada vez que se daba cuenta de este manejo:
-¡Tiene suerte, este maldito Épivent!
Entre las mantenidas[7] de la ciudad se había establecido un combate, una carrera, a ver quién se lo llevaba. Todas acu­dían a las cinco, la hora de los oficiales, al paseo Boieldieu, y arrastraban sus faldas, de dos en dos, de una punta a la otra del paseo, mientras los tenientes, capitanes y comandantes, de dos en dos también, arras-traban sus sables por la acera, antes de entrar en el café.
Una tarde, la bella Irma, querida, según se decía, del señor Templier-Papon, el rico fabricante, mandó parar su coche enfrente de la Comedie, y bajándose, pretextó ir a comprar papel o a encargar tarjetas de visita al impresor Paulard tan solo para poder pasar ante las mesas de los oficiales y lanzar al capitán Épivent una mirada que quería decir:
«Cuando usted quiera», tan claramente, que el coronel Prune, que estaba bebiendo el líquido verde con su teniente coronel, no pudo evitar gruñir:
-¡Tiene suerte, ese maldito!
Se difundió la frase del coronel; y el capitán Épivent, conmovido por aquella aprobación superior, paseó en uni­forme de gala al día siguiente bajo las ventanas de Irma.
Ella lo vio, se mostró, sonrió.
Aquella misma noche se hizo su amante.
Se mostraron en público, llamaron la atención, se com­prometieron mutuamente, orgullosos ambos de su aventura.
Los amores de la bella Irma con el oficial eran la comi­dilla de toda la ciudad. El único que los ignoraba era el señor Templier-Papon.
El capitán Épivent estaba radiante de gloria. Y, a cada ins­tante, repetía:
-Me acaba de decir Irma...
-Irma me decía anoche...
-Ayer, cenando con Irma...
Durante más de un año paseó, lució y ondeó por Ruán sus amores, como una bandera cogida al enemigo. Se sentía cre­cido por aquella conquista, envidiado, más seguro de alcan­zar la cruz que tanto deseaba, pues todo el mundo tenía puestos los ojos en él y no hay nada mejor que ser muy conocido para que no le olviden a uno.

* * *
Pero estalló la guerra, y el regimiento del capitán fue uno de los primeros en ser enviados a la frontera. La despedida fue muy triste. Duró toda una noche.
El sable, los pantalones rojos, el quepis, el dormán[8], habían caído del respaldo de una silla al suelo; los vestidos, las ena­guas, las medias de seda, estaban esparcidas, caídas también, mezcladas con las prendas del uniforme, en desorden sobre la alfombra, y toda la habitación revuelta como después de una batalla. Irma, enloquecida, con los cabellos sueltos, arrojaba sus brazos desesperados al cuello del oficial, lo estrechaba, y luego, soltándolo, se dejaba caer, arrastrando los muebles, desgarraba los sillones, le mordía los pies, mientras el capi­tán, muy emocionado, pero incapaz de consolarla, repetía:
-Irma, mi pequeña Irma, tranquilízate. Tengo que irme.
Y le enjugaba de cuando en cuando, con la punta de un dedo, una lágrima que le brotaba en la comisura de los ojos.
Se separaron al amanecer. Ella siguió en coche a su aman­te durante la primera etapa. Lo besó casi delante del regi­miento en el instante de la separación. A todos les pareció esto muy noble y digno, y los compañeros estrecharon la mano del capitán diciéndole:
-¡Enhorabuena! Esa pequeña tiene corazón. Verdadera­mente, veían en aquel gesto algo de patriótico.

* * *
El regimiento fue sometido a muchas pruebas durante la campaña. El capitán se comportó heroicamente y al fin fue condecorado con la cruz. Luego, terminada la guerra, volvió a Ruán de guarnición.
Nada más regresar pidió noticias de Irma, pero nadie pudo decirle nada concreto.
Según unos, se había divertido con todo el estado mayor prusiano.
Según otros, se había retirado a vivir con sus padres, que eran labradores en las cercanías de Yvetot[9].
Mandó incluso a su ordenanza al ayuntamiento para que mirara en el registro de defunciones. Pero el nombre de su querida no aparecía en él.
Y se sintió invadido de una gran pesadumbre, de la que también hizo gala. Acusaba al enemigo de su desgracia y atribuía a los prusianos que habían ocupado Ruán la des­aparición de la joven, declarando:
-¡Me las pagarán en la próxima guerra, esos miserables!
Una mañana, al entrar en el comedor de oficiales a la hora del almuerzo, un recadero, un viejo con blusón y gorra de plato, le entregó un sobre. Lo abrió y leyó: «Querido mío: Me encuentro en el hospital, muy enferma. ¿No vas a venir a verme? ¡Me darías una alegría tan grande... -Irma».
El capitán se puso pálido y, apiadado, exclamó:
-¡Dios mío, pobrecilla! En cuanto termine de comer voy a verla...
Y a lo largo de toda la comida no paró de contar a los oficiales que Irma estaba en el hospital; pero que él la sa­caría aquella misma mañana. La culpa era de esos maldi­tos prusianos. Debía de haberse encontrado sola, sin dinero, en plena miseria, pues seguramente le robaron todos sus bienes.
-¡Ah, los muy canallas!
Todos se emocionaron al oírlo.
Apenas hubo metido su servilleta enrollada en el aro de madera, se levantó. Recogió el sable del perchero, abombó su pecho para poder abrocharse el cinturón, y partió a toda prisa para ir al hospital civil.
Pero la entrada al edificio, contra lo que él esperaba, le fue negada terminantemente, y tuvo que ir a ver a su coro­nel, a quien explicó el caso, para que le diera una recomen­dación para el director. El cual, tras haber hecho esperar cierto tiempo al apuesto capitán en su antesala, le dio al fin una autorización, con un saludo frío y desaprobador.
Ya en la puerta se sintió molesto en aquel asilo de la miseria, del sufrimiento y de la muerte. Un mozo de servi­cio lo guió.
Iba de puntillas, para no hacer ruido, por los largos corredores en los que flotaba un repugnante olor a moho, a enfermedad y medicamentos. De cuando en cuando, un murmullo de voces turbaba el impresionante silencio del hospital.
A veces, por una puerta abierta, el capitán entreveía un dormitorio, una hilera de camas cuyas ropas estaban abulta­das por la forma de los cuerpos. Mujeres convalecientes, sentadas en sillas al pie de sus camas, cosían, vestidas con un traje de uniforme en tela gris y tocadas con un gorro blanco.
De pronto, su guía se detuvo ante una de aquellas galerías llenas de enfermos. Sobre la puerta, se leía en grandes letras: «Sifilíticas»[10]. El capitán se sobresaltó; luego se puso colo­rado. Una enfermera estaba preparando un medicamento en una mesita de madera, a la entrada.
-Yo lo llevaré -dijo. Es en la cama 29 -y empezó a caminar delante del oficial. Es aquella -dijo, señalando una cama.
Solo se veía un bulto bajo las mantas. Hasta la cabeza estaba oculta por las ropas.
De todas las camas se incorporaban caras pálidas, extra­ñadas, que miraban el uniforme, rostros de mujeres, jóvenes y viejas, pero que parecían todas feas y vulgares con el humilde uniforme reglamentario.
El capitán, muy turbado, con el sable en una mano y el quepis en la otra, murmuró:
-Irma.
Un gran movimiento se produjo en la cama, y el rostro de su querida surgió, pero tan cambiado, tan fatigado, tan flaco, que no lo reconoció.
Ella jadeaba, sofocada de emoción, y exclamó:
-¡Albert!... ¡Albert!... ¡Eres tú!... ¡Oh!... Gracias... Y se le llenaron los ojos de lágrimas. La enfermera trajo una silla.
-Siéntese, caballero.
Se sentó, y miró la cara pálida, tan miserable, de aquella mucha-cha a la que había dejado tan bella y tan fresca. Dijo:
-¿Qué tienes?
Ella, llorando, respondió:
-Ya lo has visto: está escrito en la puerta.
Ocultó sus ojos bajo el embozo de las sábanas. Y él, fuera de sí, avergonzado, siguió:
-Pero ¿cómo has cogido eso, mi pobre Irma?
-Esos cerdos de prusianos -murmuró. Me violaron y me dejaron envenenada.
No supo qué decir. La miraba y hacia girar su quepis sobre las rodillas.
Las otras enfermas lo examinaban y él creía sentir un olor a podredumbre, un olor a carne corrompida y a infanúa en aquel dormitorio lleno de mujeres con aquella innoble y terrible enfermedad.
Irma murmuró:
-No creo que escape de esta. El médico dice que es muy grave -luego, al ver la cruz sobre el pecho del oficial, exclamó: ¡Si te han condecorado...
¡Cuánto me alegro! ¡Cuánto me alegro! ¡Si pudiera besarte!
Un estremecimiento de miedo y repugnancia recorrió la piel del capitán solo de pensar en aquel beso.
Sentía ya ganas de marcharse, de estar al aire libre, de perder de vista a aquella mujer. Pero se quedaba, porque no sabía qué hacer para levantarse, para despedirse. Balbució:
-Entonces, no te cuidaste.
Una llamarada pasó por los ojos de Irma:
-No. Quise vengarme, aun a riesgo de morir. Y los enve­nené a ellos también, a todos, todos, a todos los que pude. Mientras estuvieron en Ruán no me cuidé.
Con un tono turbado, en el que se percibía cierta alegría, el capitán declaró:
-En ese aspecto, hiciste bien.
Ella, animándose, con los pómulos encendidos, dijo:
-Puedes estar seguro de que más de uno morirá por mi causa. Te garantizo que me he vengado.
Él dijo aún:
-Muy bien.
Luego, levantándose:
-Bueno, tengo que dejarte, porque debo estar a las cua­tro con el coronel.
Ella se emocionó mucho:
-¡Tan pronto! ¿Ya me dejas? ¡Si acabas de llegar...! El capitán quería marcharse a toda costa. Dijo:
-Ya has visto que vine enseguida, pero es que tengo que estar sin falta con el coronel a las cuatro.
-¿Sigue siendo el coronel Prune? -le preguntó.
-El mismo. Fue herido dos veces.
-¿Y entre tus compañeros? -siguió ella. ¿Hubo muertos?
-Sí. Saint-Timon, Savagnat, Poli, Sapreval, Robert, De Courson, Pasafil, Santa¡, Caravan y Poivrin murieron. Sahel perdió un brazo y a Courvoisin le tuvieron que amputar una pierna; Paquet perdió el ojo derecho.
Ella escuchaba llena de interés. Luego, de pronto, balbució: -Me besarás antes de marcharte, ¿verdad? Ahora no está la señorita Langlois.
Y, a pesar de la repugnancia que sentía, puso sus labios sobre aquella frente pálida, mientras ella, rodeándole con sus brazos, llenaba de besos enloquecidos el paño azul de su dormán.
-¿Volverás? ¿Volverás? Prométeme que volverás.
-Sí, te lo prometo.
-¿Cuándo? ¿El jueves?
-Sí, el jueves.
-¿A las dos?
-El jueves a las dos.
-¿Me lo prometes?
-Te lo prometo.
-Adiós, querido mío.
-Adiós.
Y se marchó; confundido, entre las miradas de todo el dormitorio, encogiéndose un poco para pasar inadvertido. Al sentirse en la calle, respiró.

* * *
Por la noche, sus compañeros le preguntaron:
-Bueno, ¿qué tal está Irma?
Él, con un tono embarazado, respondió:
-Ha tenido una pulmonía. Está muy mal.
Pero un teniente joven, oliéndose algo, pidió informes y, al día siguiente, cuando el capitán entró en el comedor de oficiales, fue acogido por una descarga de risas y de bromas. Al fin se vengaban.
Supieron, además, que Irma había participado en las juer­gas del estado mayor prusiano, que había recorrido la región a caballo con un coronel de húsares azules y con muchos otros, y que, en Ruán, no la conocían más que por la «mujer de los prusianos».
Durante ocho días, el capitán fue la víctima del regi­miento. Recibía por correo frases alusivas de las ordenanzas, recetas de médicos especialistas, incluso paquetes de medi­camentos cuyas indicaciones estaban escritas en el exterior.
Y el coronel, puesto al corriente, declaro con un tono severo:
-Bien, bien, el capitán tenía buenas amistades. Tengo que felicitarle.
Doce días después, fue llamado por una nueva carta de Irma. La rompió, con rabia, y no la contestó.
Ocho días más tarde, le escribió de nuevo que se encon­traba muy mal, y que quería despedirse de él.
No contestó.
Pasaron unos días aún, y recibió la visita del capellán del hospital.
La señorita Irma Pavolin, en su lecho de muerte, le supli­caba que fuera a verla.
No se atrevió a negarse a seguir al capellán, pero entró en el hospital con el corazón lleno de perverso rencor, de vani­dad herida, de orgullo humillado.
Apenas la encontró cambiada y pensó que se había bur­lado de él.
-¿Qué quieres de mí? -dijo.
-He querido despedirme de ti. Parece que me muero.
-Escucha: me has convertido en el hazmerreír de todo el regimiento, y esto no puede continuar.
-¿Yo? -preguntó ella. Pero ¿qué te he hecho yo? Él se sintió irritado de no saber qué contestarle.
-¡No pienses que voy a volver aquí para que se ría de mi todo el mundo!
Ella lo miró con sus ojos apagados, en los que empezaba a encenderse la cólera, y repitió:
-¿Qué te he hecho yo? ¿Es que no me he portado bien contigo? ¿Te he pedido alguna vez algo? De no haber sido por ti, yo habría seguido con el señor Templier-Papon y hoy no me encontraría aquí. Si alguno de los dos tiene reproches que hacer, no eres tú.
Él continuó, con tono vibrante:
-No te hago reproches, pero no puedo seguir viniendo a verte, porque tu comportamiento con los prusianos ha sido la vergüenza de toda la ciudad.
En un arranque, Irma se sentó en la cama:
-¿Mi comportamiento con los prusianos? Pero si te he dicho que me violaron y que no me cuidé porque quise envenenarlos. De haber querido curarme, no habría sido difícil, pero yo quería matarlos, y los he matado.
Él se mantenía de pie:
-De todas formas, es vergonzoso -dijo.
Ella tuvo una especie de ahogo, y luego continuó:
-¿Qué es lo que es vergonzoso? ¿Dejarme morir para exterminar-los? ¿Eh? ¡Di! ¡No hablabas así cuando venías a mi casa de la calle Juana de Arco! ¡Vergonzoso! ¡Tú no habrías sido capaz de hacerlo, con toda tu cruz de honor! ¡Me la he merecido yo más que tú, sí, más que tú, y he mata­do a más prusianos que tú!
Estaba estupefacto ante ella, temblando de indignación:
-¡Cállate!... ¡Cállate!..., porque... no te consiento... que hables... de ciertas cosas...
Pero ella no lo escuchaba:
-¡Mucho daño que les hicisteis vosotros a los prusia­nos! Esto no habría ocurrido si vosotros les hubierais impe­dido llegar hasta Ruán. Erais vosotros quienes teníais que contenerlos, ¿me oyes? Y yo les he hecho más daño que tú, yo, sí, mas daño, porque voy a morir, mientras tú sigues pre­sumiendo y luciéndote para embaucar a las mujeres...
De cada cama se había alzado una cabeza y todas las miradas coincidían en aquel hombre de uniforme que tarta­mudeaba:
-¡Cállate!... ¡Cállate!...
Pero ella no se callaba. Gritaba:
-¡Sí! ¡No eres más que un guapo presumido! Te conoz­co, claro que te conozco. Te digo que yo les he hecho más daño que tú, sí, yo, y que he matado más que todo tu regi­miento junto... ¡Anda, vete...! ¡Cobarde!
Y, en efecto, se marchó, huyó, a grandes pasos, por entre las dos filas de camas donde se agitaban las sifilíticas. Y oía la voz jadeante, sibilante, de Irma, que continuaba:
- ¡Más que tú, sí, he matado más prusianos que tú, más que tú...!
Bajó la escalera de cuatro en cuatro y corrió a encerrarse en su casa.
Al día siguiente, se enteró de que había muerto.

1.042. Maupassant (Guy de) - 053




[1] Cada uno de los extremos del bigote, formado por un conjunto de pelos largos que acaba en punta.
[2] Recuérdese que este fue el pantalón de uniforme del ejército fran-cés hasta 1914.
[3] Charles Bourbaki (1816-1897) fue un general francés de origen grie­go que se dio a conocer durante la guerra de Crimea. En 1871 estaba al mando de la armada del Este.
[4] Institución en que se forman los ingenieros militares.
[5] Dos años antes de estallar el conflicto franco-prusiano.
[6] Bebida alcohólica obtenida tras macerar diversas plantas, entre ellas el ajenjo.
[7] Mujeres que viven a expensas de un hombre con el que mantienen relaciones sexuales extramatrimoniales.
[8] El quepis es un gorro cilíndrico o ligeramente cónico, con visera hori­zontal, usado como prenda del uniforme militar. El dormán es una chaque­ta, también de uniforme, con adornos y vueltas de piel, usada por los húsares.
[9] Como se recordará, Maupassant estudió en Yvetot entre 1863 y 1868.
[10] Pacientes afectadas de sífilis, enfermedad infecciosa que se contagia por vía sexual.

Historia de una campesina

Cap. I

Como hacía muy buen tiempo, las gentes de la granja habían comido más deprisa que de costumbre y se habían ido al campo.
Rose, la criada, se quedó sola en medio de la amplia coci­na. En el hogar, el fuego agonizaba bajo la olla de agua caliente. De cuando en cuando cogía de aquella agua y fre­gaba lentamente los platos, interrumpiendo la labor para contemplar los dos cuadros luminosos que el sol, atravesan­do la ventana, formaba sobre la larga mesa y en los que se reflejaban hasta los defectos del cristal.
Tres gallinas muy atrevidas buscaban las migas bajo las sillas. Los hedores del corral y el vaho que salía del establo entraban por la puerta entreabierta, y en el silencio del tórri­do mediodía se oía cantar a los gallos.
Cuando terminó su faena, la moza secó la mesa, limpió el hogar y colocó los platos sobre el alto vasar[1] del fondo, junto al reloj de madera, de tictac sonoro, y respiró algo aturdida, oprimida sin motivo aparente. Miró las paredes de arcilla, negruzcas, las vigas ahumadas del techo, del que colgaban telarañas, arenques[2] secos, manojos de cebollas; después, se sentó, molesta por las emanaciones putrefactas que el calor de aquel día hacía salir del suelo batido por el sol, donde se habían secado tantas cosas esparcidas durante tanto tiempo.
Mezclábase también el sabor acre de la leche puesta a cuajar en la habitación contigua. Intentó ponerse a coser, como de costumbre, pero le fallaban las fuerzas y salió al umbral de la puerta a respirar.
Acariciada por los ardientes rayos solares, sintió un dul­zor que le llegaba al corazón, un bienestar que corría por sus miembros.
Delante de la puerta el estiércol despedía sin cesar un leve vaporcillo brillante. Las gallinas se revolcaban en él y escarbaban con una pata buscando gusanos. Entre ellas, se erguía un soberbio gallo. A cada instante escogía a una de ellas, la llamaba y daba vueltas a su alrededor. La gallina se levantaba perezosa y lo recibía indiferente, plegando sus patas y sosteniéndolo sobre sus alas, luego sacudía el polvo de sus plumas y volvía a tenderse en el estiércol, mientras el gallo pregonaba cantando sus triunfos y los gallos de todos los corrales le respondían, como si enviaran de una granja a otra sus retos amorosos.
La criada los contemplaba sin pensar; después, levantó los ojos y la deslumbró el esplendor de los manzanos en flor, blancos, como cabezas empolvadas.
De pronto, un pollito, loco de alegría, pasó corriendo delante de ella, dio dos vueltas por las zanjas donde estaban plantados los árboles, se detuvo bruscamente y miró alrede­dor, inclinando la cabeza, como asombrado por encontrarse solo.
También la criada sentía un deseo de correr, una necesi­dad de movimiento y al mismo tiempo un deseo de tumbar­se, de estirar sus miembros, de descansar envuelta en aquel aire inmóvil y cálido. Dio algunos pasos indecisos, con los ojos cerrados, poseída por un bienestar animal; después, se dirigió lentamente al gallinero en busca de los huevos. Había trece. Los cogió y se los llevó. Cuando los hubo guar­dado en la despensa, sintió de nuevo los olores molestos de la cocina y salió para sentarse un rato sobre la hierba.
El patio de la granja, rodeado de árboles, parecía dormi­do. La hierba alta, en la que los «dientes de león»[3], amarillos, brillaban como lucecitas, era de un verde fuerte, fresco, de primavera. La sombra de los manzanos se recogía alrededor de los troncos; los tejados de paja de los edificios, donde crecían iris de hojas semejantes a sables, despedían un ligero vapor, como si la humedad de los establos y de los hórreos se evaporase a través de la paja.
La criada llegó hasta el cobertizo donde estaban alinea­dos los carros y carretas. Allí, en la zanja, había un lugar verde cubierto de violetas que impregnaban con su fragan­cia el hoyo; por encima de la valla, se divisaba el campo, una amplia llanura sembrada, salpicada de árboles, y, a lo lejos, de trecho en trecho, cuadrillas de trabajadores, reduci­dos a muñecos por la distancia, caballitos blancos de jugue­te tirando de carritos infantiles guiados por hombres de la altura de un dedo.
Rose cogió un haz de paja y lo tiró al hoyo para sentarse encima; luego, como no estaba cómoda, lo desató, esparció la paja y se tendió sobre la espalda, los brazos debajo de la cabeza y las piernas estiradas.
Amodorrada por una voluptuosidad deliciosa, cerró dul­cemente los ojos. Ya estaba casi dormida cuando sintió, de pronto, que dos manos le tocaban el pecho; se incorporó de un salto. Era Jacques, el mozo de la granja, un robusto picar­do[4] bien plantado, que la pretendía hacía algún tiempo. Aquel día trabajaba en el redil[5], desde donde vio a la mucha­cha tendida a la sombra, y se había acercado a paso de lobo, reteniendo el aliento, los ojos brillantes y unas briznas de paja revueltas entre los cabellos.
Intentó besarla, pero ella, tan fuerte como él, lo abofeteó, y Jacques, astuto, pidió perdón. Entonces, se sentaron el uno al lado del otro y conversaron amistosamente. Hablaron del tiempo, que era propicio para la recolección; del año, que se anunciaba bueno; de su patrón, un buen hombre; de los vecinos, de toda la comarca, de ellos mismos, de su pueblo, de su adolescencia, de sus recuerdos, de sus padres, de los que se habían separado por mucho tiempo, para siempre quizá. Aquellos pensamientos la enternecieron, mientras que él, con su idea fija, se acercaba, se rozaba contra ella, tembloroso, invadido por el deseo. Ella decía:
-Hace mucho tiempo que no he visto a mi madre; es muy duro vivir separadas tanto tiempo.
Su mirada perdida se dirigía a lo lejos, a través del espacio, hacia su pueblo abandonado allí lejos, lejos, en el norte.
De pronto, él la cogió del cuello y la besó de nuevo, pero Rose le dio un buen puñetazo en plena cara, un golpe tan fuerte, que el joven empezó a sangrar por la nariz y tuvo que incorporarse y apoyar la cabeza en el tronco de un árbol. La muchacha sintió compasión y se le acercó, pre­guntándole:
-¿Te duele?
Pero él rio. No, no era nada, solo que le había dado jus­tamente en la nariz. Jacques murmuraba:
«¡Anda, pícara!» Y la miraba con admiración, presa de un respeto, de un nuevo afecto, del principio de un verda­dero amor por aquella valiente y robusta muchacha.
Cuando cesó la sangre, el mozo le propuso dar un paseo, temiendo recibir otro golpe del fuerte puño de su vecina si seguían allí uno al lado del otro. Pero ella misma lo cogió del brazo, como los novios en las calles al anochecer, y le dijo:
-No está bien, Jacques, que me desprecies de ese modo.
Él protestó. No, no la despreciaba, estaba enamorado, eso era todo.
-Entonces, ¿tú quieres casarte conmigo? -preguntó ella.
Jacques dudó, la miró de reojo, mientras la mirada de la muchacha se perdía en la lejanía. Rose tenía las mejillas car­nosas y encendidas, el pecho abultado bajo la tela de su cor­piño, los labios gruesos y frescos, la garganta, casi desnuda, cubierta de gotitas de sudor. Jacques se sintió de nuevo fus­tigado por el deseo y, acercando la boca a su oído, murmuró:
-Sí, claro que quiero.
Entonces, Rose rodeó con sus brazos el cuello del joven y lo besó largamente, hasta cortárseles la respiración.
Aquello fue el principio de la eterna historia de amor. Se buscaban en los rincones, se daban cita a la luz de la luna al abrigo de un montón de heno, se hacían cardenales en las piernas bajo la mesa con sus gruesos zapatos con clavos.
Después, poco a poco, Jacques pareció cansarse de ella; la evitaba, casi no le dirigía la palabra, no buscaba ya sorprender­la sola. Las dudas y una gran angustia se apoderaron de Rose, y al cabo de algún tiempo comprendió que estaba encinta.
Primero se sintió consternada, después aquel sentimiento fue cediendo a la ira, que crecía por días al no lograr encon­trarlo a solas, pues Jacques la evitaba cuidadosamente. Por fin, una noche, cuando todo el mundo dormía, salió sin hacer ruido, en enaguas y descalza, atravesó el patio y empujó la puerta de la cuadra, donde Jacques dormía sobre un camas­tro lleno de paja. Al oírla fingió roncar, pero ella se acercó a él y arrodillándose a su lado le sacudió hasta que se incorporó.
Sentándose, Jacques preguntó:
-¿Qué quieres?
Ella, apretando los dientes y temblando de ira, le dijo:
-Quiero, quiero que te cases conmigo, como me pro­metiste.
Jacques se echó a reír y contestó:
-Bueno, si uno tuviera que casarse con todas las mozas con las que ha tenido un desliz, hace mucho tiempo que me hubiera casado.
Ella le agarró de la garganta, lo derribó sin que él pudie­ra soltarse y ahogándolo le gritó a la cara:
-Estoy preñada, ¿lo oyes?, estoy preñada.
Jacques, sofocado, jadeaba, y los dos permanecían allí, inmóviles, mudos en el silencio de la noche, turbada única­mente por el rumiar de un caballo que tiraba de la paja del pesebre y la trituraba lentamente entre sus muelas.
Jacques comprendió que ella era más fuerte y balbució:
-Bueno, me casaré, si las cosas están así. Pero ella ya no creía en sus promesas.
-Pero enseguida -dijo, harás que corran las amones­taciones[6].
Él contestó:
-Está bien, enseguida.
-Júralo por Dios.
Él dudó durante algunos segundos, pero pronto se decidió:
-Lo juro por Dios.
Rose lo soltó y, sin agregar ni una sola palabra, se fue.
Durante algunos días no pudo hablarle, y por las noches la cuadra estaba cerrada con llave. Ella no se atrevió a lla­mar por temor a un escándalo.
Una mañana vio entrar en la cocina para el desayuno a un criado nuevo. Preguntó:
-¿Se ha ido Jacques?
-Sí -dijo el otro, yo estoy en su puesto.
Rose se sintió cogida por un temblor tan fuerte que no podía descolgar el caldero; después, cuando todos se fueron a trabajar, subió a su habitación y lloró, el rostro hundido en la almohada para ahogar los sollozos.
Durante el día intentó informarse sin despertar sospechas, pero estaba tan obsesionada con su desgracia que creyó ver sonreír maliciosamente a todas las gentes a quienes interro­gaba. Única-mente pudo averiguar que Jacques, de pronto, había abandonado la comarca.

Cap. II

Yempezó para ella una vida de constante tortura. Trabajaba como una máquina, sin interesarse por lo que hacía, con un pensamiento fijo: «¡Si se enteraran!».
Esta constante obsesión le impedía razonar, hasta el punto de no buscar medios para evitar el escándalo que sen­tía aproximarse, que cada día se acercaba más, inevitable­mente, como la muerte.
Se levantaba todas las mañanas antes que los demás y, con una persistencia encarnizada, se observaba su cintura en un trozo de espejo roto que tenía para peinarse, intentando ansiosamente descubrir si ya se notaba el embarazo.
Durante el día interrumpía a cada instante su trabajo para mirarse de arriba abajo y ver si su abultado vientre no levan­taba demasiado el delantal.
Pasaban los meses. Casi no hablaba y, cuando le pregun­taban algo, no entendía nada, azorada, la mirada aturdida, las manos temblorosas, lo que hacía decir a su patrón:
-Mi pobre chica, qué tonta estás de un tiempo para acá.
En la iglesia se escondía tras una pilastra y no se atrevía a confesarse, evitando encontrarse con el párroco, a quien atribuía un poder sobrehumano que le perruitía leer en las conciencias.
En la mesa, las miradas de sus compañeros la hacían desfallecer de angustia y siempre imaginaba que había sido descubierta por el vaquero, un jovencito precoz y socarrón que no le quitaba los ojos de encima.
Una mañana, el cartero le trajo una carta. En su vida había recibido ninguna y quedó tan impresionada que tuvo que sen­tarse. ¿Sería de él, quizá? Como no sabía leer, quedó ansio­sa y temblorosa ante aquel papel cubierto de tinta. Guardó la carta en el bolsillo, sin atreverse a confiar su secreto a nadie, y con frecuencia interrumpía el trabajo para contemplar durante largo rato aquellas líneas, igualmente separadas unas de otras y con una firma al final, imaginándose con cierta esperanza que de pronto lograría descifrarlas. Por fin, como ya estaba loca de impaciencia e inquietud, fue en busca del maestro de escuela, que le hizo sentarse y leyó:
«Mi querida hija. La presente es para comunicarte que estoy muy mala; nuestro vecino, el señor Dentu, ha cogido la pluma para pedirte que vengas, si es posible. Por tu madre, que te quiere, Césaire Dentu, concejal.»
Rose no dijo ni una palabra y se marchó. En cuanto estu­vo sola se sentó al borde del camino, las piernas no la sos­tenían, y así permaneció hasta la noche.
Cuando volvió a la granja, contó su desgracia al patrón y este la dejó marcharse para todo el tiempo que necesitara, prometiéndole admitirla de nuevo a su regreso.
Su madre estaba agonizando y murió el mismo día de su llegada. Al día siguiente, Rose dio a luz una criatura de siete meses, un pequeño esqueleto horrible, tan flaco que daba escalofríos verlo y que parecía sufrir constante-mente, pues crispaba dolorosamente sus pobres manecitas descarnadas, semejantes a las patas de un cangrejo.
Sin embargo, sobrevivió.
Rose dijo que estaba casada, pero que no podía encargar­se del niño y lo dejó a unos vecinos que le prometieron cui­darlo bien.
Y volvió a la granja.
En su corazón, martirizado durante largo tiempo, se des­pertó un amor desconocido por aquel pequeño ser endeble que había dejado en el pueblo, y aquel amor era a la vez un sufrimiento nuevo, un sufrimiento constante, continuo, al sentirse separada del pequeño.
Lo que más atormentaba su alma era una necesidad loca de besarlo, de estrecharlo entre sus brazos, de sentir en su pecho el calor del pequeño cuerpo. Por las noches no dor­mía, durante el día no pensaba en otra cosa; por la tarde, después de terminar su trabajo, se sentaba ante el hogar y miraba fijamente el fuego, como quien tiene los pensamien­tos lejos.
Comenzaron a murmurar sobre su conducta, bromeaban acerca de los amores que debía tener, le preguntaban si era guapo, si era alto, si era rico, cuándo seria la boda y cuándo el bautizo.
Ella huía frecuentemente para llorar a solas, pues las pre­guntas se le clavaban en la piel como alfileres.
Para olvidar sus penas se entregó furiosamente a su labor y, siempre pensando en el niño, buscaba los medios de ganar para él mucho dinero.
Decidió trabajar tanto que tuvieran que aumentarle el sueldo.
Poco a poco fue acaparando todo el trabajo. Hizo despe­dir a una sirvienta que no se necesitaba, pues ella hacía el trabajo de dos, ahorró en el pan, en el aceite de las lampari­llas[7], en el grano que en abundancia se daba a las gallinas, en el pienso de los animales, que se despilfarraba un poco. Se mostró avara con el dinero de su patrón, como si fuera el suyo, y a fuerza de hacer negocios ventajosos, vender caro lo que salía de la granja y comprar barato a los campe­sinos, consiguió ser la única encargada de las compras y ventas, de la dirección de los jornaleros, del cuidado de las provisiones.
Al cabo de algún tiempo, se hizo indispensable. Ejercía tal vigilancia a su alrededor, que la granja, regida por ella, prosperó prodigiosamente. En dos leguas[8] a la redonda se hablaba de la «criada del señor Vallin», y el granjero repetía por todas partes: «Esta chica vale más que el oro».
Pero el tiempo pasaba y su sueldo seguía siendo el mismo. Se aceptaba su trabajo forzado como una obligación de todo sirviente leal, como una sencilla prueba de buena voluntad, y ella empezó a pensar, con cierta amargura, que si, gracias a ella, el amo guardaba cincuenta o cien escudos más todos los meses, ella seguía ganando sus doscientos cuarenta francos al año, ni más ni menos.
Decidió pedir un aumento. Tres veces fue a ver al patro­no y al llegar ante él le hablaba de otra cosa. Sentía algo parecido a cierto pudor al pedir dinero, como si fuera una acción deshonesta. Por fin, un día, cuando el granjero desa­yunaba solo en la cocina, le dijo, turbada, que deseaba hablarle de algo particular. Él levantó la cabeza sorprendi­do, con las dos manos sobre la mesa, en una el cuchillo, con la punta hacia arriba, y en la otra un trozo de pan, y miró fijamente a la criada. Ante aquella mirada se turbó y pidió ocho días de permiso para ir a su pueblo, pretextando estar enferma.
Él se los concedió enseguida y después, turbado también, agregó:
-Yo también tengo algo que decirte cuando vuelvas.

Cap. III

El niño tenía ya casi ocho meses: Rose no lo reconoció. Estaba sonrosado, gordo, macizo y parecía una bola de grasa viviente. Sus dedos, separados por anillos de carne, se movían dulcemente con visible satisfacción. Rose se arrojó sobre él como sobre una presa, con un ardor brutal, y lo besó tan violentamente que el niño se puso a llorar asustado. Entonces, ella también lloró, porque el niño no la conocía y tendía sus bracitos hacia la nodriza[9] en cuanto esta apa­recía.
Sin embargo, al día siguiente ya se había acostumbrado a su rostro y reía al verla. Ella lo llevaba al campo, corría loca­mente sosteniéndolo con los brazos estirados, se sentaba con él a la sombra de los árboles; luego, por primera vez en su vida, y a pesar de que el niño no la entendía, deseando des­ahogarse con alguien, le abrió su corazón, le contó sus penas, sus dificultades, sus inquietudes, sus esperanzas, sus fatigas, mientras le molestaba sin cesar por la violencia y el encar­nizamiento de sus caricias.
Sentía una alegría infinita al sobarlo, lavarlo, vestirlo, y hasta era feliz al limpiar la inmundicia del niño, como si aquellos cuidados íntimos fueran la confirmación de la mater­nidad. Rose lo contemplaba, admirándose de que fuera suyo, y se repetía a media voz, moviéndolo entre sus brazos: «Es mi niño, es mi niño».
Al regresar, lloró durante todo el camino. En cuanto llegó, el granjero la llamó a su cuarto. Ella obedeció muy asom­brada y emocionada sin saber por qué.
-Siéntate -dijo él.
Rose se sentó y los dos permanecieron uno al lado del otro durante unos instantes, turbados, los brazos inertes y torpes, sin mirarse a la cara, según la costumbre campesina.
El dueño de la granja, un hombre robusto, de unos cua­renta y cinco años, viudo en segundas nupcias, jovial y tes­tarudo, manifestaba una falta de decisión impropia en él.
Por fin, se recobró y empezó a hablar vagamente, tartamu­deando un poco y con la mirada fija en los campos.
-Rose -dijo, ¿nunca has pensado en tomar estado?[10]. La mujer se puso pálida como una muerta. Como no con­testaba, él continuó:
-Eres una buena chica, ordenada, trabajadora y ahorra­tiva. Una mujer como tú sería la fortuna de un hombre. Ella seguía inmóvil, sin intentar siquiera comprenderlo, sin poder fijar sus ideas, como cuando se acerca un gran peligro. El granjero esperó un segundo y prosiguió:
-Ya ves que una granja sin ama no puede marchar bien, ni siquiera con una criada como tú.
Después se calló sin saber qué agregar. Rose lo miraba con la expresión horrorizada de una persona que se cree ante un asesino y se dispone a huir al menor gesto que haga. Al cabo de cinco minutos, él prosiguió:
-Bien, ¿qué te parece?
Ella contestó tristemente:
-¿Qué, mi amo?
El patrón contestó bruscamente:
-¡Pues el casarte conmigo, pardiez!
Rose se levantó de pronto, luego se desplomó en la silla des-fallecida y permaneció inmóvil, como quien recibe el golpe de una gran desgracia.
El amo se impacientó:
-Vamos, ¿qué quieres entonces?
Ella lo miró enloquecida y de pronto, con los ojos llenos de lágrimas, repitió dos veces sofocadamente:
-¡Es que no puedo, es que no puedo!
-¿Por qué? -preguntó el hombre. Bueno, no hagas el tonto, piénsalo hasta mañana.
Y se apresuró a marcharse satisfecho de haber terminado un asunto que le inquietaba mucho y seguro de que al día siguiente su sirvienta aceptaría una proposición tan inespe­rada para ella y que para él representaba un excelente nego­cio, pues de aquel modo se unía a una mujer que le traería más beneficios que la mejor dote[11] de la comarca.
Entre ellos no podían existir escrúpulos de matrimonio desigual, pues en el campo todos son más o menos iguales: el dueño trabaja igual que su jornalero, el cual, antes o des­pués, se convierte en dueño y las criadas se convierten cons­tantemente en amas sin que ello modifique para nada su vida y sus costumbres.
Rose no se acostó aquella noche. Se desplomó, sentán­dose sobre su cama sin tener fuerzas ni para llorar, hasta tal punto se sentía abatida. Quedó inerte, insensible, el espíritu errante y como destrozado por uno de esos instru­mentos de que se sirven los cardadores de lana al hacer los colchones[12].
Tan solo de cuando en cuando asomaba a su mente un ras­tro de idea, y Rose se horrorizaba al pensar en lo que podía suceder.
Sus temores aumentaban, y cada vez que en el silencio de la noche sonaba lentamente el reloj dando las horas, a la criada le acometían sudores de angustia. Creía perder la razón, unas pesadillas sustituían a otras, la luz se extinguía; enton­ces comenzaba el delirio, ese delirio loco de los campesinos que se creen abatidos por la fatalidad, y brotaba en ella un ansia loca de huir, de salvarse, de correr para evitar la des­gracia, como un navío ante la tempestad.
Chilló una lechuza. Rose se estremeció, se incorporó y, como una loca, se palpó la cara, el pelo, el cuerpo; luego, con movimientos de sonámbula, bajó. Cuando estuvo en el patio, se agazapó, temiendo que la viera algún mozo vagabundo, pues la luna, antes de desaparecer, derramaba sobre los campos su viva luz. En vez de abrir la portezue­la, trepó por la valla y marchó a través de los campos. Iba sin dirección fija, con paso elástico y precipitado, y de cuando en cuando lanzaba un grito agudo. Su sombra des­comunal tendida en la tierra corría con ella y a veces un pájaro nocturno revoloteaba sobre su cabeza. En los patios de las granjas los perros ladraban al oírla pasar y uno de ellos saltó la zanja y la persiguió para morderla, pero Rose se volvió hacia el perro y le rugió de tal modo que el animal, espantado, huyó a esconderse en su caseta y se calló.
Algunas familias de liebres jugueteaban en los campos, pero al acercarse la furiosa corredora, semejante a una Diana[13] en delirio, los animalitos, temerosos, huían en desbandada: los pequeñines y su madre se escondían en algún surco, mientras el padre salía disparado, proyectando a veces su sombra móvil, con las grandes orejas levantadas, sobre la luna expirante, que se sumergía allá en el fin del mundo e ilu­minaba la llanura con su luz oblicua, como una enorme lin­terna colocada sobre la tierra en el horizonte.
Las estrellas se extinguieron en las profundidades del cielo; algunos pájaros piaban, apuntaba el día. Y cuando el sol atravesó la aurora purpurina, Rose, extenuada, jadeante, se detuvo.
Sus pies hinchados se negaban a andar, pero sus ojos per­cibieron una charca, donde el agua estancada parecía sangre bajo los reflejos rojos del nuevo día, y, con pasos lentos, cojeando, la mano sobre el corazón, se dirigió a ella para mojarse los pies.
Se sentó sobre la hierba, se quitó los bastos zapatos, cubiertos de polvo, y las medias y metió las pantorrillas amoratadas en aquella masa inmóvil, en cuya superficie sur­gían a ratos burbujas de aire.
Un delicioso frescor la invadió desde los talones a la gar­ganta y, de pronto, mientras contemplaba fijamente aquel agua profunda, un vértigo se apoderó de ella y sintió un deseo furioso de sumergirse completamente. Seria el final de aquellos sufrimientos, el final para siempre. Ya no pensaba en su niño, deseaba la paz, el reposo completo, un sueño sin fin. Con los brazos en alto dio dos pasos hacia delante. Se había sumergido hasta los muslos y ya iba a arrojarse, cuan­do picaduras ardientes en los tobillos la obligaron a salir del agua dando gritos desesperados: gruesas sanguijuelas[14] negras bebían su vida, hinchándose, adheridas a su carne desde las rodillas a las puntas de los pies. No se atrevía a tocarlas y gri­taba horrorizada. Sus gritos atrajeron a un campesino que pasaba por allí en su carro. Le arrancó las sanguijuelas una por una, tapó las heridas con hierbas y la llevó en su carro hasta la granja de su amo.
Rose guardó cama durante quince días y la mañana en que se levantó, cuando estaba sentada ante la puerta, se le acer­có de pronto su amo y le dijo:
-Bueno; es asunto resuelto, ¿verdad?
Rose no respondió, pero como él seguía allí, mirándola fijamente, contestó articulando con dificultad:
-No, mi amo, no puedo. Él, de pronto, se encolerizó:
-No puedes, no puedes, ¿por qué no puedes? Ella rompió a llorar, repitiendo:
-No puedo.
El hombre siguió mirándola de hito en hito y le gritó a la cara:
-¿Es que tienes un amante?
Rose balbució, temblando de vergüenza:
-Quizá sea eso.
El dueño, encendido como una amapola, masculló:
-iAh! iLo confiesas, bribona! Y ¿quién es ese pajarraco?
¿Un pordiosero, un descamisado, un vagabundo, un muerto de hambre? ¿Quién es? Dímelo.
Rose no contestó y él prosiguió:
-¡Ah!, no quieres decirlo. Pues yo te lo diré: ¿es Jean Baudu?
Ella gritó:
-¡Oh! No, no es él.
-Entonces, ¿es Pierre Martin?
-¡Oh!, no, mi amo.
Fue nombrando a todos los mozos del lugar, mientras ella negaba anonadada[15], enjugándose las lágrimas a cada momen­to con el pico de su delantal azul. Pero él seguía buscando, con obstinación brutal, arañando en aquel corazón para des­cubrir su secreto, como un perro de caza rastrea un terreno durante todo un día para encontrar al animalito que allí se oculta. De pronto, gritó:
-¡Ah!, pardiez, es Jacques, el criado del año pasado; ya decía la gente que hablaba contigo y que os habíais prome­tido en matrimonio.
Rose se ahogaba; una ola de sangre subió a su rostro; sus lágrimas desaparecieron de pronto: se habían secado en sus mejillas como gotas de agua sobre el hierro candente, y dijo:
- ¡No, no es él, no es él!
-¿Estás segura de ello? -preguntó el campesino mali­cioso, que olfateaba un rastro de la verdad. Rose se precipitó a responder:
-Se lo juro, se lo juro...
Buscaba algo por lo que poder jurar, sin atreverse a invo­car las cosas sagradas.
Él la interrumpió:
-Te seguía por todos los rincones y te devoraba con los ojos durante las comidas. ¿Le has prometido serle fiel? Dímelo.
Esta vez Rose miró a su amo de frente.
-No, jamás, jamás, y le juro por Dios que si hoy vinie­ra a pedirme por esposa, lo rechazaría.
Hablaba tan sinceramente que el dueño dudó y siguió, como hablando consigo mismo.
-Entonces, ¿qué pasa? No ha podido ocurrir contra­tiempo alguno, de lo contrario se sabría y, además, si la cosa no tuvo consecuencias, ello no es motivo para que una moza rechace a su dueño. Algo, sin embargo, ocurre.
Ella no contestaba, ahogada por la angustia. El hombre todavía preguntó:
-Entonces, ¿no quieres? Rose suspiró:
-Es que no puedo, mi amo.
Y el granjero se fue.
Rose se creyó libre y pasó el resto del día más tranquila, pero estaba tan extenuada y deshecha como si hubiera esta­do desde la aurora dando vueltas a la máquina de batir el grano, en lugar del viejo caballo blanco.
Se acostó en cuanto pudo y enseguida se durmió. A me­dianoche la despertaron dos manos que palpaban su lecho. Se sobresaltó de miedo, pero pronto reconoció la voz del granjero que le decía:
-No temas. Rose, soy yo, y vengo para hablarte.
Al principio se asombró; pero como el hombre intentaba meterse dentro de la cama, comprendió lo que buscaba y se puso a temblar. Se sentía sola en la oscuridad, embotada todavía por el sueño, desnuda en el lecho al lado de aquel hombre que la deseaba. No accedía a sus propósitos, pero su resistencia era débil, pues tenía que luchar también contra el instinto, siempre más fuerte en las naturalezas sencillas, y mal protegida por la voluntad indecisa de las razas inertes y blandas. Movía la cabeza tan pronto hacia la pared como hacia la puerta para evitar las caricias de la boca del amo que asediaba la suya, y su cuerpo se retorcía ligeramente bajo el cobertor[16], excitado por la fatiga de la lucha. El hom­bre empezó a mostrarse brutal, embriagado por el deseo. Entonces Rose comprendió que no podía resistirse más. Obedeciendo a un pudor de avestruz se tapó la cara con la manos y dejó de defenderse.
El granjero se quedó a su lado toda la noche, vino tam­bién la noche siguiente y todas las demás. Vivieron juntos.
Una mañana él le dijo:
-Ya he hecho publicar las amonestaciones, nos casare­mos el mes que viene.
Ella no contestó. ¿Qué podía decir? Ya no se resistió. ¿Qué podía hacer?

Cap. IV

Se casó con él. Se sintió hundida en un agujero de bordes inaccesibles, del que jamás podría salir, y toda clase de desgracias pendían sobre su cabeza, como grandes rocas, que caerían a la primera ocasión.
Tenía la sensación de haber robado a su marido y antes o después él se daría cuenta. Pensaba también en su hijo, causa de todas sus desgracias, pero también de toda su felicidad sobre la tierra.
Iba a verlo dos veces al año y cada vez volvía más triste.
Sin embargo, con la costumbre sus temores se calmaron, su corazón se sosegó y vivía más confiada, con un vago temor flotando todavía en su alma.
Pasaron los años; el niño cumplió seis. Ahora ella era casi feliz, cuando, de pronto, el granjero se tomó sombrío.
Durante dos o tres años pareció sufrir una inquietud, lle­var dentro un pesar, un mal de espíritu, que crecía poco a poco. Después de comer, se quedaba durante largo tiempo sentado a la mesa, la cabeza apoyada sobre sus manos, tris­te, muy triste, roído por una pena.
Sus palabras eran ásperas, a veces brutales, y hasta pare­cía resentido contra su mujer, pues a menudo le contestaba con dureza, casi con furia.
Un día que un chiquillo de una vecina había venido a por huevos y ella lo trató mal, absorta en sus quehaceres, apareció en aquel momento su marido y le dijo con voz descontenta:
-Si fuera tuyo, no lo tratarías así.
Rose quedó sobrecogida, sin poder contestar, luego entró en casa. Habían despertado todas sus angustias.
Durante la comida el hombre no le dirigió la palabra, no la miró, parecía detestarla, haberse enterado de algo, al fin.
Asustada, Rose no se atrevió a quedarse a solas con él después de la comida y salió corriendo a la iglesia.
Caía la noche; la estrecha nave estaba a oscuras, pero en el silencio se oyeron unos pasos que iban hacia el coro. Era el sacristán que estaba preparando para la noche las lámpa­ras del tabernáculo[17].
Aquel punto de luz vacilante, perdido en las tinieblas de la bóveda, le pareció a Rose una última esperanza y, con los ojos fijos en él, se arrodilló. La tenue lucecita se movía en el aire con un ruido de cadena. Después sonaron los golpes regulares de unos zuecos, seguidos del roce de una cuerda pesada y la escuálida campana lanzó el ángelus[18] de la tarde a través de las brumas que se hacían cada vez más espesas.
Cuando el hombre iba a salir, ella se le acercó:
-¿El señor cura está en su casa? -le preguntó.
-Así lo creo -le respondió; cena todos los días a la hora del ángelus.
Rose, temblando, empujó la cancela del presbiterio[19].
El sacerdote se sentaba a la mesa y la invitó enseguida a sentarse.
-Sí, sí, ya sé, su marido me ha hablado de lo que la trae aquí -la pobre mujer desfallecía; el sacerdote prosiguió: ¿Qué quieres, hija mía?
Y engullía rápidamente cucharadas de sopa, dejando caer el liquido sobre su sotana abultada y grasienta.
Rose no se atrevía ni a hablar, ni a implorar ni a suplicar; se levantó, y el cura le dijo:
-Valor..
Ella salió.
Volvió a la granja sin saber qué hacía. Su marido la espe­raba, los jornaleros ya se habían marchado en su ausencia. Entonces cayó pesadamente a sus pies gimiendo, vertiendo abundantes lágrimas:
-¿Qué tienes contra mí?
Él se puso a gritar, lanzando juramentos:
-¡Pues que no tienes hijos, eso tengo contra ti! Cuando uno toma a una mujer no es para estar con ella solo hasta el fin de los días. Eso es lo que tengo. Cuando una vaca no tiene terneros es que no vale nada. Cuando una mujer no tiene hijos, tampoco vale nada.
Ella lloraba, balbuciendo y repitiendo:
-¡La culpa no es mía! ¡La culpa no es mía!
El hombre se dulcificó un poco y añadió:
-Yo no digo nada, pero de todos modos me disgusta.

Cap. V

Desde aquel día Rose no tenía más que un pensamiento: tener un hijo, otro hijo, y confiaba su deseo a todo el mundo.
Una vecina le dio un remedio: dar de beber a su marido, todas las noches, un vaso de agua con un poco de ceniza. El marido se prestó a ello, pero el remedio no dio resultados.
Se dijeron: «Quizá exista algún otro remedio». Y pre­guntaron. Les indicaron un pastor que vivía a diez leguas de allí, y Vallin, enganchando un tílburi[20], partió para consultarle.
El pastor le dio un pan sobre el cual hizo unas cruces, un pan amasado con hierbas y que los dos debían comer por la noche, tanto antes como después de las caricias.
El pan entero fue consumido, pero no obtuvieron resul­tados.
Un maestro les descubrió algunos misterios, procedimien­tos amorosos desconocidos en el campo, infalibles, según él. Fallaron.
El cura les aconsejó una peregrinación a la milagrosa Virgen de la Sangre de Fécamp[21].
Rose fue con la muchedumbre a postrarse ante la abadía y, uniendo su voz a las groseras peticiones que exhalaban aquellos corazones de campesinos, imploró que se le con­cediese nuevamente la fecundidad. Fue en vano. Se imagi­naba castigada por su primera falta y un inmenso dolor la torturaba. La pena la debilitaba, su marido envejecía, «se le quemaba la sangre», como decía él, se consumía en espe­ranzas inútiles.
Al fin, estalló entre ellos la guerra. Él la injuriaba, le pegaba. Durante todo el día la provocaba y por la noche, en el lecho, jadeante, vengativo, le lanzaba a la cara ultrajes y obscenidades.
Una noche, no sabiendo ya qué inventar para hacerle sufrir todavía más, le ordenó levantarse y esperar el día fuera, bajo la lluvia, junto a la puerta. Como ella no obede­cía, la cogió por el cuello y empezó a darle puñetazos en la cara. Ella no dijo nada, no se movió. Desesperado, él saltó de rodillas sobre su vientre y, con los dientes apretados, loco de ira, quiso matarla.
Entonces ella tuvo un instante de rebeldía desesperada y de un golpe furioso lo tiró contra la pared; sentándose en la cama, con voz extraña, silbando, le dijo:
-Yo tengo un hijo, sí, yo tengo uno. Lo tuve con Jacques, tú lo conoces. Debía casarse conmigo, pero huyó.
El hombre, estupefacto, quedó inmóvil. Después masculló:
-¿Qué has dicho? ¿Qué has dicho?
La mujer empezó a sollozar, y entre abundantes lágrimas balbució:
-Por eso no quería casarme contigo, era por eso. No podía decírtelo, nos hubieras dejado sin pan, a mi hijo y a mí. Eres tú el que no tiene hijos: tú que no puedes, no puedes.
Él repetía maquinalmente, con creciente sorpresa:
-¿Tú tienes un hijo? ¿Tú tienes un hijo?
Rose, en medio de espasmos de llanto, prosiguió:
-Me tomaste por la fuerza, ¿te acuerdas? Yo no quería casarme contigo.
El hombre se levantó, encendió la lámpara y empezó a moverse por la habitación, los brazos cruzados en la espal­da. Ella continuaba llorando sumergida en el lecho. De pronto, Vallin se detuvo ante ella:
-Entonces, ¿la culpa de no tener hijos es mía?
Rose no contestó. El marido prosiguió su paseo, luego se detuvo de nuevo y preguntó:
-¿Qué edad tiene tu pequeño? Ella murmuró:
-Ahora va a hacer seis años. Él volvió a preguntar:
-¿Por qué no me lo dijiste? Rose gimió:
-¿Acaso podía hacerlo? El hombre seguía inmóvil.
-Bueno, levántate -dijo.
Ella se incorporó con dificultad, y cuando estaba ya de pie apoyada a la pared, de pronto, el hombre empezó a reír, con su risa grave de los buenos tiempos, y, como ella seguía turbada, él agregó:
-Bien, iremos a buscar a ese niño tuyo, puesto que no tenemos uno nuestro.
Ella sintió tal espanto que, si no le hubieran fallado las fuer­zas, hubiera echado a correr para huir. Pero el marido, frotán­dose las manos, murmuraba:
-Yo ya quería adoptar uno y ya lo he encontrado. Había pedido al cura un huérfano.
Luego, sin dejar de reír, besó las dos mejillas de su mu­jer, llorosa y aturdida y le gritó, como si ella no lo oyera bien:
-Vamos, madre, vamos a ver si hay algo para almorzar, me comería muy bien una olla entera.
Rose se puso su falda y bajaron. Y mientras ella, de rodi­llas, encendía el fuego, él, radiante, continuaba paseándose a grandes pasos por la cocina, repitiendo:
-Bien, verdaderamente me gusta; no lo digo por decir, estoy contento, muy contento.

1.042. Maupassant (Guy de) - 053




[1] Estante, generalmente hecho de albañilería, que en las cocinas y des­pensas sirve para poner vasos o platos.
[2] Pez parecido a la sardina, pero algo mayor, que suele tomarse salado o desecado al humo.
[3] Planta de flores amarillas. Su semilla, menuda, tiene un vilano abun­dante y blanquecino.
[4] Natural de Picardía, antigua provincia del norte de Francia.
[5] Aprisco, lugar cercado en el campo donde se recoge el ganado por la noche.
[6] Notificación pública que se hace en las iglesias de los nombres de quienes se van a casar para que, si alguien conoce algún impe-dimento para su matrimonio, lo haga saber.
[7] Trozo pequeño de mecha sujeto en una ruedecita flotante de corcho y que se enciende en un vaso que contiene agua y una capa de aceite.
[8] Medida itineraria equivalente a unos cinco kilómetros y medio.
[9] Ama de cría, mujer que cría a un niño que no es su hijo.
[10] Aquí, casarse.
[11] Bienes o dinero que aporta la mujer al matrimonio.
[12] Se trata de un instrumento parecido a un cepillo formado por gan­chitos de alambre. Sirve para peinar y limpiar materias textiles.
[13] Identificada por los romanos con la Artemisa griega, Diana es la diosa de la naturaleza salvaje, de la caza y de la fecundidad.
[14] Gusanos que viven en las aguas dulces y se alimentan de la sangre que chupan a los animales a los que se agarran. Se emplea-ban en medicina para extraer sangre del cuerpo de los enfermos.
[15] Abatida, deshecha.
[16] Manta o colcha de cama.
[17] Sagrario, especie de armario colocado en las iglesias sobre el altar mayor. En él se guardan las hostias consagradas.
[18] Oración que empieza con las palabras «Angelus Domini» (El ángel del Señor). Se reza tres veces al día, una de ellas a la caída de la tarde.
[19] Zona del altar mayor incluidas las escaleras que dan acceso a él. Una cancela es una veda pequeña, en este caso la que separa el presbiterio del resto de la iglesia.
[20] Carruaje con dos ruedas grandes, ligero y sin cubierta, a propósito para dos personas y tirado por una sola caballería.
[21] Municipio costero en el Departamento del Sena marítimo. De la anti­gua abadía de la Trinidad se conserva la iglesia de Nótre Dame, de fines del siglo XII.