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lunes, 20 de octubre de 2014

Los prisioneros

En el bosque, ningún ruido sino el ligero temblor de la nieve cayendo sobre los árboles. Caía desde la mañana, una nievecilla fina que espolvoreaba las ra­mas con una helada espuma, que echaba sobre las hojas secas de la espesura una ligera capa de plata, extendía sobre los caminos una inmensa alfombra blanda y blanca, y acrecentaba el silencio ilimitado de aquel océano de árboles.
Ante la puerta de la casa, una muchacha, con los brazos desnudos, rompía a hachazos, sobre una pie­dra, unos leños. Era una mujer alta, delgada y fuerte, hija y mujer de guardabosques. Una voz gritó den­tro de la casa:
-Vamos a estar solas esta noche, Berthine. Más vale que entres; se acerca la noche y quizás haya pru­sianos y lobos merodeando.
La leñadora, respondió, mientras hendía una rama, a grandes golpes que levantaban su pecho cada vez que alzaba el brazo con el hacha:
-Ya he terminado, mamá. Ya voy, ya voy. No tengas miedo, que aun es de día.
Luego recogió los leños y las astillas, y los amontonó en la chimenea; volvió para cerrar los enormes pos­tigos de roble y entró de nuevo, corriendo los pesa­dos cerrojos de la puerta.
Su madre hilaba junto al fuego; era una vieja arru­gada a la que los años habían vuelto medrosa.
-No me gusta -dijo- que padre se quede afue­ra. Dos mujeres, no es mucha fuerza que digamos.
La joven respondió:
-¡Bah! Yo me siento tan capaz de matar un lobo como de matar un prusiano.
Y señalaba con la mirada un gran revólver colga­do juntó al hogar.
Su marido había sido incorporado al ejército al co­menzar la invasión prusiana, y las dos mujeres se ha­bían quedado solas con el padre, el viejo guarda Ni­colás Pichon, llamado el Zancas, que se había nega­do obstinada-mente a dejar su morada para meterse en la ciudad.
La cercana ciudad era Rethel, antigua plaza fuer­te colgada sobre una roca. Allí eran patriotas y los burgueses habían decidido resistir a los invasores, en cerrarse y sostener un asedio según la tradición de la ciudad. Por dos veces, antaño, bajo Enrique IV y Luis XIV, los habitantes de Rethel se habían distin­guido por defensas heroicas. Y esta vez iban a hacer otro tanto ¡recáspita!, o bien se dejarían quemar en­tre sus murallas.
Así, pues, habían comprado cañones y fusiles, equi­pado una milicia, formado batallones y compañías, y todo el día se lo pasaban haciendo ejercicio en la plaza de Armas. Todos, panaderos, carniceros, no­tarios, procuradores, carpinteros, libreros, botica­rios, maniobraban a su turno, en horas regulares, ba­jo las ordenes del señor Lavigne, que otrora fue sub­oficial de dragones, y hoy en día almacenero, por ha­berse casado y heredado la tienda del señor Rava­dan el mayor. Había tomado el grado de comandan­te de plaza, y como todos los jóvenes habían partido para el ejército, él había regimentado a todos los de­más que se ejercitaban para la resis-tencia. Los gor­dos iban por la calle a paso gimnástico, para dismi­nuir su grasa y prolongar su respiración, y los débi­les cargaban fardos para fortificar sus músculos.
Y esperaban a los prusianos. Pero los prusianos no aparecían. No estaban lejos, empero, pues ya, en dos ocasiones, sus exploradores habían avanzado por el bosque hasta la casa de Nicolás Pichon, alias el Zancas.
El viejo guarda, que corría como. un zorro, había ido a avisar a la ciudad. Los cañones fueron prepa­rados, pero el enemigo no se dejó ver.
El albergue del Zancas servía de puesto avanzado en el bosque de Aveline. El guarda iba dos veces por semana a la ciudad a buscar provisiones y a dar no­ticias de la campaña.
Aquel día había partido para anunciar que un pe­queño destacamento de infantería alemana se había detenido ante su casa la antevíspera, hacia las dos de la tarde, y que casi inmediatamente había reanu­dado la marcha. El suboficial que lo mandaba sabía hablar francés.
Cuando el viejo iba a estas correrías, llevaba con­sigo sus dos perros, dos mastines de hocicos de león, por temor a los lobos que empezaban á, ponerse fe­roces, y dejaba a las dos mujeres recomen-dándoles que se encerraran en la casa apenas empezara a caer la noche.
La joven no le tenía miedo a nada, pero la vieja temblaba todo el tiempo, repitiendo:
-Esto acabará mal. Ya verás tú como todo esto acabará mal.
Aquella noche, estaba más inquieta que de cos­tumbre:
-¿Sabes tú a qué hora volverá padre? -preguntó.
-No llegará antes de las once, es seguro. Cuando come en casa del comandante, siempre vuelve tarde.
Colgó la olla sobre el fuego para hacer la sopa, y empezó a mover el caldo, cuando se detuvo brusca­mente al oír un ruido vago que llegó hasta ella por el hueco de la chimenea. Murmuró:
-Andan por el bosque. Por lo menos son siete u ocho hombres los que van.
La madre, asustadísima, detuvo su rueca y bal­buceó:
-¡Ay, Dios mío, y el padre no está aquí!
No había terminado de hablar cuando sonaron violentos golpes en la puerta. Y como las mujeres no respondieran, una voz fuerte y gutural gritó:
-¡Abrid!
Luego, tras un silencio, la misma voz añadió:
-¡Abrid, o echo abajo la puerta!
Entonces Berthine puso en el bolsillo de su falda el grueso revólver de la chimenea; luego, pegando la oreja al postigo, preguntó:
-¿Quién llama?
La voz respondió:
-Yo soy el destacamento del otro día.
Y la mujer:
-¿Qué busca usted? ¿Qué quiere?
-Estoy perdido desde esta mañana, en el bosque, con mi desta-camento. Abra o rompo la puerta.
La muchacha no podía hacer otra cosa que abrir; deslizó rápida-mente el cerrojo y tirando del pesado postigo, vio en la sombra pálida de la nieve, seis hom­bres, seis soldados prusianos, los mismos que habían venido antes. Dijo con, tono decidido:
-¿Qué vienen a hacer aquí a estas horas? El suboficial repitió:
-Estoy perdido, completamente perdido; he re­conocido la casa. No he comido nada desde esta ma­ñana, ni mi destacamento tampoco.
Berthine dijo:
-Pero es que yo estoy sola con mamá esta noche. El soldado, que parecía buen hombre, dijo:
-No importa. No liaremos nada malo, pero vos­otras nos daréis de comer. Estamos cayéndonos de hambre y de fatiga.
La muchacha retrocedió, diciendo:
-Entren.
Pasaron, cubiertos de nieve, llevando sobre los cas­cos cos una especie de crema granizada que les hacía pa­recer merengues; y se veían cansados, extenuados.
La mujer señaló los bancos que había a los dos la­dos de la mesa.
-Siéntense -dijo- que voy a hacer sopa. Verdad es que parecen ustedes estar rendidos.
Y cerró la puerta con el cerrojo.
Volvió a poner agua en la olla, echó de nuevo man­teca y patatas, descolgó un pedazo de tocino que pen­día sobre la chimenea y partió la mitad, que echó en el caldo. Los seis hombres seguían con la mirada to­dos sus movimientos, con el hambre brillándole en los ojos. Habían puesto sus fusiles y cascos en un rincón y esperaban, correctos como niños en los bancos de la escuela.
La madre había vuelto a hilar y echaba a cada mo­mento miradas aterrorizadas a los soldados invaso­res. No se oía otra cosa que el ruido ligero de la rue­ca, el crepitar del fuego y el murmullo del agua que empezaba a hervir.
Pero de súbito un ruido extraño hizo que todos se sobresaltaran, un ruido como una respiración ronca en la puerta, una respiración de animal, fuerte y ron­cante.
El suboficial alemán había dado un salto hacia los fusiles. La mujer le detuvo con un gesto y sonriente:
-Son los lobos -dijo. Como ustedes, merodean y tienen hambre.
El hombre incrédulo quiso ver, y apenas abrió la puerta vio dos grandes animales grises que huían con trote rápido y alargado.
Volvió a sentarse diciendo­
-No lo hubiera creído.
Y, esperó a que la comida estuviera lista.
La comieron velozmente, a boca llena, con ojos redondos que se abrían al mismo tiempo que las man­díbulas, y ruidos de garganta semejantes al gurgitar del agua en los canalones.
Las dos mujeres, silenciosas miraban los rápidos movimientos de las grandes barbas rojas. Las pata­tas parecían esconderse en aquellos boscajes movibles.
Pero como los soldados tenían sed, la muchacha bajó a la bodega para sacar sidra; allí abajo se quedó largo rato; era un, pequeño sótano abovedado que durante la revolución, había servido de prisión y de escondite, según se decía. Se llegaba a él por una es­trecha escalera de caracol, cerrada por una trampa en un extremo de la cocina.
Cuando Berthine reapareció, venía sonriente, con una sonrisa cazurra. Dio a los alemanes la jarra con la bebida.
Luego comió ella, con su madre, al otro extremo de la cocina.
Los soldados habían terminado de comer y se iban adormeciendo, los seis, en derredor de la mesa. De vez en cuando una frente caía sobre la tabla con rui­do sordo; luego, despierto el hombre, se ponía derecho otra vez.
Berthine dijo al suboficial:
-Acuéstense ante el fuego, caramba, que hay bas­tante, sitio para los seis. Yo me voy a mi cuarto con mamá.
Y las dos mujeres subieron al primer piso. Se les oyó cerrar con llave su puerta, andar un rato; luego cesó todo ruido.
Los prusianos se tendieron en el suelo, con los pies cerca del fuego y la cabeza levantada sobre sus abri­gos enrollados. Pronto roncaban los seis, en seis to­nos diversos, agudos o sonoros, pero continuos y for­midables.
Dormían hacía largo rato cuando resonó un tiro tan fuerte, que se creería lo habían disparado junto a los muros de la casa. Los soldados se pusieron de pie. Pero dos nuevas detonaciones sonaron, seguidas de otras tres.
La puerta del primer piso se abrió de pronto, y la muchacha apareció descalza, en camisa y con una fal­dilla, una vela en la mano y aspecto desconcertado. Balbuceó:
-Ahí están los franceses. Por lo menos son dos­cientos. Si les encuentran aquí, van a quemar la ca­sa. Bajen pronto a la bodega y no hagan ruido. Si hacen ustedes ruido, estamos perdidos.
El suboficial murmuró:
-Está bien, está bien. ¿Por dónde se baja?
La mujer levantó precipitadamente la trampa es­trecha y cuadra-da, y los seis hombres desaparecie­ron uno tras otro, hundiéndose en el suelo, de espal­das, para poner bien los pies en los peldaños.
Pero cuando la punta del último casco hubo desa­parecido, Berthine, dejando caer la pesada tabla de roble, dura como el acero, gruesa como una pared, mantenida por dos charnelas y guarnecida por una cerradura de calabozo, dió dos vueltas a la llave y se echó a reír, con una risa silenciosa, y maravillada, con unas ganas locas de bailar sobre las cabezas de los prisioneros.
Los soldados no hacían ningún, ruido, encerrados allí abajo como en un cajón sólido, un cajón de piedra, sin recibir el aire más que por un tragaluz con barras de hierro.
Berthine volvió a encender el fuego, puso encima la olla y volvió a hacer sopa, murmurando:
-Padre estará cansado esta noche.
Luego se sentó y esperó. Sólo el péndulo del reloj turbaba el silencio con su tictac regular. De vez en vez, la muchacha echaba una mirada al cuadrante, una mirada impaciente que parecía decir: "Esto no va de prisa".
Pero pronto le pareció que se murmuraba bajo sus pies. Palabras bajas, confusas, le llegaban a través de la bóveda del sótano. Los prusianos empezaban a adivinar su astucia. Efectivamente, el suboficial subió la escalerilla y golpeó la trampa con el puño. Otra vez gritó:
-¡Abrid!
Ella se levantó y acercándose, imitó su acento:
-¿Qué desea usted?
-¡Abrid!
-No abro.
El hombre se irritaba.
-¡Abre, o rompo la puerta!
Ella reía:
-¡Rompe, rompe, hombre!
El comenzó a golpear con la culata de su fusil con­tra la trampa de roble, cerrada sobre su cabeza, pero la madera habría resistido los golpes de una catapul­ta.
La mujer le oyó bajar. Luego vinieron los soldados, uno tras otro, a probar sus fuerzas e inspeccionar la cerradura. Pero juzgando al parecer inútiles sus ten­tativas, volvieron a bajar a la bodega y empezaron a hablar entre ellos.
La muchacha los oía. Fue a abrir la puerta de la casa y se puso a escuchar en la noche silenciosa. Lle­gó gó hasta ella un ladrido lejano. La mujer silbó como lo hubiera hecho un cazador, y casi en seguida, dos enormes perros surgieron de la oscuridad y corrieron hacia ella dando saltos. Los agarró por el collar y los retuvo. Luego gritó con todas sus fuerzas.
-¡Eh, padre!
Una voz respondió, aún muy lejos:
-¡Eh, Berthine!
Ella esperó unos segundos y repitió:
-¡Eh, padre!
La voz más cercana, resonó:
-¡Eh, Berthine! Y la campesina. añadió:
-¡No pases por delante del tragaluz. Hay pru­sianos en la bodega.
De pronto, la silueta de un hombre se dibujó, ha­cia la izquierda, entre dos troncos de árboles. Pre­guntó, inquieto:
-¿Prusianos en la bodega? ¿Y qué están haciendo ahí?
La muchacha se echó a reír:
-Son los de ayer. Sé habían perdido en el bosque, y yo los he dejado tomando el fresco en la bodega.
Y le contó la aventura, cómo los había atemoriza­do con los disparos y encerrado en el sótano.
El viejo, serio, preguntó
-¿Y qué quieres tú que haga yo a estas horas?
-Ve a buscar al señor Lavigne y su tropa -res­pondió ella. El los tomará prisioneros. Y va a estar tan contento.
El viejo Pichon sonrió:
-Sí que se pondrá contento. Su hija añadió.
-Ahí tienes tu sopa. Tómatela y parte en seguida. El guarda se sentó a la mesa y empezó a tomarse la sopa después de haber puesto en el suelo dos pla­tos llenos para sus perros.
Los prusianos, habiendo oído hablar, se habían ca­llado.
El Zancas partió al cabo de un cuarto de hora. Ber­thine, con la cabeza entre las manos, esperó.
Los prisioneros comenzaban a agitarse otra vez. Ahora gritaban, llamaban, golpeaban sin cesar, a furiosos culatazos, la inquebrantable trampa. Lue­go se pusieron a disparar por el tragaluz, esperando sin duda ser oídos si algún destacamento alemán pa­saba por los alrededores.
La muchacha no se movía: pero todo ese ruido la ponía nerviosa, la irritaba. Una maligna cólera se adue­ñaba de ella; hubiera querido asesinarlos, a aquellos miserables, para hacerles callar.
Luego, creciente su impaciencia, se puso a mirar el reloj y contar los minutos. El padre había partido hacía. hora y media. Ahora debería estar llegando a la ciudad. Creía verlo. Estaba contando el asunto al señor Lavigne, que palidecía de emocion y llamaba a su criada para que le trajera el uniforme y las armas. Oía, le parecía escuchar el redoble del tambor por las calles. Las cabezas apresuradas aparecían en las ventanas. Los soldados-ciudadanos salían de sus ca­sas, a medio vestir, jadeantes, abrochándose los cin­turones, y partían a paso gimnástico hacia la casa del comandante. Luego la tropa, con Zancas al fren­te, se ponía en marcha, por la noche, sobre la nieve, hacia el bosque. Ella miraba el reloj: "Pueden estar aquí dentro de una hora". Una impaciencia nervio­sa la invadía. Los minutos le parecían interminables. ¡Qué largo se hacía aquello!
Por fin, el tiempo fijado para la llegada fue seña­lado por la aguja del reloj. Ella abrió de nuevo la puerta, para oírlos venir. Vió una sombra que anda­ba con precaución. Sintió miedo y lanzó un grito. Era su padre, que le dijo:
-Me mandan para ver si no ha, cambiado nada.
-No, nada.
Entonces él lanzó un silbido estridente y prolon­gado. Muy pronto se vio una cosa oscura que avan­zaba, bajo los árboles, lentamente: era la vanguardia, compuesta de diez hombres.
El Zancas repetía todo el tiempo:
No pasen por delante del tragaluz.
Y los que hablan llegado mostraban a los que se iban acercando el temido ventanillo. Por fin llegó el grueso de la tropa, doscientos hombres en total, cada uno con doscientos cartuchos.
El señor Lavigne, agitado, tembloroso, los dispuso de modo que rodearan por doquiera la casa, dejan­do un ancho espacio libre ante el boquete a ras de tierra, por donde la bodega se ventilaba.
Luego entró a la habitación y se informó sobre la fuerza y laactitud del enemigo, tan silencioso aho­ra, que se hubiera creído que había volado, hecho humo, por el respiradero.
El señor Lavigne golpeó la trampa con el pie y lla­mó:
-Señor oficial prusiano...
El alemán no respondió. El comandante volvió a decir:
-¡Señor oficial prusiano!
Silencio. Durante veinte minutos intimó al ofi­cial silencioso para que se rindiera con armas y ba­gajes, prometiéndoles salvarle ja vida, y honores militares para él y para sus soldados. Pero no obtuvo ninguna señal de consentimiento ni de hostilidad. La situación se hacía difícil.
Los milicianos chapoteaban por la nieve, se da­ban golpes en los hombros, como hacen los coche­ros para calentarse, y miraban al tragaluz con crecientes y pueriles ganas de pasar por delante. Por fin, uno de ellos se decidió, un tal Potdevin que era muy ágil. Tomó carrerilla y se lanzó como un ciervo. La tentativa resultó. Los prisioneros parecían muer­tos.
Una voz gritó:
-No hay nadie ahí dentro.
Y otro soldado atravesó el espacio libre ante el peligroso agujero. Entonces aquello se cambió en fuego. De minuto en minuto, un hombre se lanzaba y pasaba de un grupo al otro, a toda carrera, como ha­cen los chicos,,jugando a banderas, y lanzaban salpi­cones de nieve al agitar, corriendo, los pies. Para ca­lentarse, habían encendido dos fogatas, y la sombra vertiginosa del guardia nacional aparecía iluminada en su rápido viaje del campo de la derecha al campo de la izquierda.
Alguien gritó:
-¡Ahora te toca a ti, Maloison!
Maloison era un panadero gordo, cuya barriga era motivo de risa para sus camaradas. Titubeó, le dieron bromas. Y entonces, decidiéndose se puso en camino con un corto paso gimnástico regular y aho­gado que sacudía su voluminoso vientre.
Todo el destacamento reía. Se gritaba, para ani­marle:
-¡Bravo, bravo, Maloison!
Este llevaba recorridas dos terceras partes de su trayecto, cuando una llama larga, rápida y roja, bro­tó del tragaluz. Sonó una detonación y el grueso pa­nadero cayó de bruces dando un grito espantoso.
Nadie avanzó para socorrerlo. Y entonces se le vio arrastrarse por la nieve gimiendo; y cuando hubo sa­lido del terrible pasó, se desmayó. Tenía una bala en la nalga.
Después de la primera sorpresa y del primer espan­to, se oyeron nuevas risas. Pero el comandante La­vigne apareció en la puerta de la casa. Acababa de trazar su plan de ataque. Con voz vibrante, ordenó:
-¡El fontanero Planchut y sus obreros!
Tres hombres se adelantaron.
-Descuelguen y bajen todo los canalones de la casa.
En un cuarto de hora fueron llevados ante el co­mandante veinte metros de canalones. Hizo abrir, con mil precauciones, un boquetillo redondo al bor­de de la trampa y organizando una conducción de agua desde la bomba hasta aquella abertura, dijo con aspecto satisfecho.
-Vamos a darles de beber a los señores alemanes.
Un viva frenético de admiración estalló, seguido de aullidos de risa y alegría. El comandante organizó pelotones de trabajo que se reemplazaban cada cinco minutos. Luego ordenó:
-¡Den a la bomba!
Y habiendo bajado el volante de hierro, un rui­dillo se deslizó a lo largo de los tubos y pronto cayó en el sótano, de escalón en escalón, con un murmu­llo de cascada, de fontana, adornada con rocalla y jardinería.
Esperaron.
Pasó una hora; luego dos; al fin tres.
El comandante, febril, se paseaba en la cocina, po­nía la oreja de vez en vez junto al suelo, tratando de adivinar qué sucedía con el enemigo y preguntán­dose si iba a capitular pronto.
Ahora se agitaba el enemigo. Se le oía remover ba­rricas, chapotear, hablar. Luego hacia las ocho de la mañana, una voz partió del tragaluz:
-Yo quiero hablar al señor oficial francés.
Lavigne desde la ventana, respondió sin asomar mucho la cabeza:
-¿Se rinde usted?
-Me rindo.
-Pase, entonces para afuera los fusiles.
Inmediatamente se vio salir un fusil por el aguje­ro, y caer sobre la nieve. Luego dos, tres, todas las arnras. Y la misma voz dijo:
-Ya no tengo más, apresúrese. Estoy ahogado.
El comandante ordenó:
-¡Basta!
Y la bomba dejó de funcionar.
Habiendo llenado la cocina de soldados, que espe­raban arma al brazo, levantó lentamente la trampa de roble.
Aparecieron cuatro cabezas empapadas, cuatro rubias cabezas de largos cabellos palidos, y se vió salir, uno tras otro, a los seis alemanes, tiritando, chorreantes, asustados.
Fueron cogidos y amarrados. Luego, temiendo una sorpresa, la tropa partió inmediatamente, en dos grupos: uno que llevaba a la prisioneros, otro que conducía a Maloison sobre una colchoneta puesta sobre unas angarillas.
Entraron triunfalmente a Rethel.
El señor Lavigne fue condecorado por haber apre­sado una vanguardia prusiana, y el panadero gordo obtuvo la medalla militar por heridas recibidas fren­te al enemigo.

1.042. Maupassant (Guy de) - 052

En el agua

El verano pasado alquilé una casa de campo a ori­llas del Sena; a escasas leguas de París. Allá me iba a dormir todas las noches. Al cabo de pocos días, trabé conocimiento con uno de mis vecinos, hombre de treinta a cuarenta años, que era el más curioso tipo con que jamás me haya encontrado. Era un viejo barquero, pero un barquero empedernido, siem­pre junto al agua, siempre sobre el agua, siempre en el agua. Debía de haber nacido en una lancha, y se­guramente que morirá en su última remada.
Una tarde que nos paseábamos junto al Sena, le pedí que me contara algunas anécdotas de su vida náutica. Y he aquí que el buen hombre se anima in­mediatamente, se transfigura, se torna elocuente, casi poeta. Tenía en el alma una gran pasión, una pasión devoradora, irresistible: el río.
-¡Ah! -me dijo- ¡Cuántos recuerdos tengo de este río que ve usted ahí, deslizándose junto a noso­tros! Ustedes, los habitantes de las calles, no saben lo que es el río. Pero oiga usted, a un pescador pro­nunciar esa palabra. Para él, se trata de lo miste­rioso, de lo profundo y desconocido, del país de los espejismos y las fantasmagorías, en el quc se ven, de noche, cosas que no existen, donde se oyen ruidos que no se conocen y se tiembla sin saber por qué, co­mo al atravesar un cementerio: y este es el más si­niestro de los cementerios, un cementerio donde no hay tumbas.
Para el pescador, la tierra está limitada, y en la oscuridad, cuando no hay luna, el río es ¡limitado. Un marino no siente lo mismo por el mar. El mar suele ser duro y maligno, es verdad, pero grita, aúlla, es leal el mar grande; en tanto que el río es silen­cioso cioso y pérfido; no gruñe, se desliza constantemente sin ruido y ese movimiento eterno del agua que co­rre es pára mí más aterrorizante que las grandes olas del mar.
Los soñadores dicen que el mar oculta en su seno inmensas regiones azules, en las que los ahogados ruedan entre grandes peces, en medio de extraños bosques y grandes grutas de cristal. El río no tiene sino profundidades negras, en las que los ahogados se pudren sobre el légamo. Sin embargo, el río es be­llo cuando brilla al sol levante y azota suavemente las riberas cubiertas de cañas murmuradoras.
El poeta ha dicho, hablando del océano:

O flots, que vous savez de lugubres histoires!
Flots profonds, redoutés des méres a genoux,
Vous vous les racontez en naoratant les marées
El c'est ce qui vous fait, ces voix désesperées
Que vous avez, le soir, quund vous venez sur nous[1].

Bueno, pues yo creo que las historias musitadas por las débiles cañas con sus dulces vocecillas, de­ben ser aún más siniestras que los dramas lúgubres que cuentan los aullidos de las olas.
Y ya que me pide usted algunos de mis recuerdos voy a contarle una extraña aventura que me sucedio aquí mismo, hará unos doce años.
Vivía yo, como ahora, en casa de la señora Lafon, y uno de mis mejores amigos, Luis Bernet, que ya ha renunciado al remo y a sus pompas, y se las ha compuesto para entrar en el Consejo de Estado, vivía en la aldea de C..., dos leguas más allá. Todos los días comíamos juntos, unas veces en su casa, otras en la mía.
Una noche que yo volvía, solo y muy cansado, llevando penosa-mente mi barca, un ocean de doce pies, de la que me servía siempre de noche, me de­tuve unos segundos para recobrar aliento junto a la Punta de las cañas, allá, a unos doscientos metros del puente del ferrocarril. Hacía un tiempo magní­fico. La luna resplandecía, brillaba el río y el aire era tranquilo y dulce. Aquella serenidad me tentó y me dije que sería bueno fumarse una pipa en aquel sitio. Pensado y hecho: cogí el ancla y la eché al agua.
El barco, que bajaba con la corriente, estiró su ca­dena hasta el extremo y luego se detuvo, me senté a popa sobre mi pellico tan cómodamente como me fue posible. No se oía nada, nada; sólo a veces creía oír un chasquido casi imperceptible del agua contra la orilla, y veía grupos de cañas un poco más altos, que adquirían figuras sorprendentes y parecían por mo­mentos agitarse.
El río estaba perfectamente tranquilo, pero me sentí conmovido por el extraordinario silencio que me rodeaba. Todos los animalillos, ranas o sapos, esos cantores nocturnos de los charcos, se callaban. De pronto, muy cerca de mí, a la derecha, oí el croar de una rana. Di un repullo; la rana se calló; rxo oí nada más y decidí fumar un poco para distraerme. Sin embargo, a pesar de que soy un fumador de pri­mera clase, no conseguí fumar; a la segunda calada el corazón empezó a darme vueltas, y dejé la pipa. Me puse a canturrear; el sonido de mi voz me era desa­ágradable, Entonces me tendí en el fondo de la bar­ca y me puse a mirar el cielo. Por un rato permane­cí tranquilo, pero muy pronto unos ligeros movíimientos de la barca me inquietaron. Me pareció que daba vaivenes gigantescos, tocando sucesivamente las dos orillas del ríu; luego creí que un ser o una fuerza invisible la atraía suavemente hacia el fondo y la levantaba en seguida para dejarla caer otra vez. Me sentía como rodeado por una tempestad; oía ruidos en mi derredor; me levanté de un salto; el agua brillaba; todo estaba tranquilo.
Comprendí que mis nervios estaban un poco des­concertados y me dispuse a seguir navegando. Tiré de la cadena del ancla; la barca se puso en movimien­to; luego sentí una resistencia, tiré más fuerte, y el ancla no vino hacía mí: se había enganchado en al­go en el fondo y yo no podía levantarla; volví a tirar, pero inútilmente. Entonces, con mis remos, hice gi­rar la barca y subí para cambiar de posición el an­cla. En vano, pues no se movió. Encolerizado, sa­cudí rabiosamente la cadena. Nada se movió. Me senté desanimado y me puse a reflexionar sobre ni¡ situación. No podía pensar en romper aquella cadena ni en separarla de la embarcación, pues era enorme y agarrada a la proa por un madero más grueso que mi brazo; pero como el tiempo seguía hermo­so, se me ocurrió que no tardaría en pasar por allí algún pescador, que me ayudara. Mi mala suerte me había calmado; me senté y pude por fin fumar mi pipa. Llevaba en la barca una botella de ron y me bebí dos o tres vasos, y mi situación me hizo reír. Hacía calor, de modo que en último caso podía pa­sarme la noche al aire libre sin mucho desagrado.
De pronto sonó un golpecito contra el casco. Me sobresalté y un sudor frío me heló de pies a cabeza. Aquel ruido procedía, sin duda, de algún leño o rama arrastrado por la corriente, pero eso bastó para que me sintiera de nuevo agitado por una extraña nerviosidad. Cogí la cadena y con todas mis fuerzas, rígido, tiré. Pero el ancla resistió. Me senté agotado.
A todo esto el río se había ido cubriendo poco a poco de una neblina blanca y muy densa que baja­ba muy cerca del agua, de suerte que, si me ponía de pie, no veía la superficie del río, ni mis zapatos, ni la barca, pero sí podía ver las puntas de las caña­veras de la orilla, y más allá, la llanura pálida bajo la luna, con grandes manchas negras que subían ha­cia el cielo, formadas por grupos de álamos. Estaba como hundido hasta la cintura en una masa de algo­dón de una blancura extraña, y la imaginación me suscitaba cosas fantásticas. Se me ocurría que tra­taban de subir a mi barca y que el río, oculto por aquella niebla opaca, debía estar lleno de seres ex­traños que nadaban en mi derredor. Sentí un males­tar horrible; me dolían las sienes y el corazón empe­zó a latirme con violencia. Transtornado se me ocu­rrió lanzarme a nado hasta la orilla; pero inmediata­mente esta idea me hizo temblar de espanto. Me vi perdido, a la ventura, en aquella espesa neblina, de­batiéndome entre las hierbas y las cañas, que no podría esquivar, jadeando de miedo, sin ver la ori­lla, sin volver a encontrar mi barca, y me parecía que me tiraban de los pies hacia aquel fondo de agua negra.
Efectivamente, me hubiera sido necesario subir contra la corriente por menos de quinientos metros antes de encontrar un sitio libre de hierbas y de jun­cos donde poner pie; se me presentaban nueve pro­babilidades contra una de perderme en aquella nie­bla, de ahogarme, por buen nadador que fuera.
Traté de ser razonable. Sentía en mí la firme vo­luntad de no tener miedo, pero había en mí otra co­sa además de la voluntad, y esta otra cosa sentía miedo. Me pregunté qué podía temer; mi yo valien­te se burló de mi yo cobarde, y nunca como aquella noche sentí la oposición de los dos seres que hay en nosotros; queriendo el uno, resistiendo el otro, y ca­da cual ganando a su vez.
Aquel miedo estúpido e inexplicable aumentaba y se tornaba en terror. Me quedé inmóvil, los ojos muy abiertos, el oído alerta. ¿Qué? Yo no sabía nada, pero aquello era terrible; creo que si a un pez se le hubie­ra ocurrido saltar fuera del agua, como suele suce­der, no hubiera sido necesario nada más para hacer­me caer tieso y sin conocimiento.
No obstante, por un violento esfuerzo terminé por reatrapar casi por completo mi razón, que se me escapaba. Tomé otra vez la botella de ron y bebí a largos tragos. Entonces se me ocurrió gritar y grité con todas mis fuerzas, volviéndome sucesivamente hada los cuatro puntos cardinales. Cuando la gár­ganta no me daba para más, escuché: un perro au­llaba, lejos, lejos.
Bebí otra vez y me tendí a lo largo en la barca. Así estuve tal vez una hora, quizás dos, sin dormir, con los ojos abiertos, rodeado de pesadillas. No me atrevía a levantarme, a pesar de que lo deseaba vio­lentamente; lo posponía de minuto en minuto. Me decía: -"¡Vamos; de pie!", y me daba miedo de ha­cer el menor movimiento. Por fin, me levanté con infinitas precauciones, como si m¡ vida hubiera de­pendido del menor ruido que yo hiciera, y miré por encima de la borda.
Quedé deslumbrado por el más maravilloso y ex­traño espectáculo que sea posible ver. Era una de esas fantasniagorías del país de las hadas, una de esas visiones contadas por los viajeros que vuelven de muy lejos a los que escuchamos sin creerles.
La niebla que dos horas antes flotaba sobre el agua, se había retirado poco a poco, acumulándose en las orillas. Dejando al río completamente libre había formado sobre cada ribera una colina conti­nuada de unos seis o siete metros de alta, que brilla, ba bajo la luna con el soberbio destellar de la nieve.
De modo que no se veía otra cosa que el río escinti­lante entre dos montañas blancas. Y arriba, sobre mi cabeza, plena y luciente, la luna en el cielo azu­lenco y lechoso.
Todos los animales acuáticos se habían desperta­do; las ranas croaban furiosamente, mientras que, de tiempo en tiempo, unas veces a la derecha, otras a la izquierda, se dejaba oír esa nota corta, monóto­na y triste que echa a las estrellas la voz metálica de los sapos. Cosas extrafias: se me había quitado el miedo; estaba en medio de un paisaje tan extraor­dinario que los más singulares sucesos me habrían dejado impávido.
Cuanto tiempo duró aquello, no lo sé, pues termi­né por adormecerme. Cuando abrí los ojos, la luna se había puesto, el cielo estaba lleno de nubes. El agua sonaba lúgubremente, el viento soplaba, hacía frío, la oscuridad era profunda. Me tomé lo que me quedaba de ron y luego escuché tiritando, el ruido siniestro de las cañas en la orilla. Traté de ver pero no pude distinguir ni mi barca, ni siquiera mis ma­nos, que acerqué a mis ojos.
Poco a poco, el espesor de la negrura disminuyó.
De súbito me pareció que una sombra se deslizaba . muy cerca de mí; lancé un grito y una voz respondió: era un pescador. Le llamé, se acercó y le conté mi desventura. Puso él su barca junto a la mía, y ambos tiramos de la cadena. El ancla no se movió. Se acer­caba el día, sombrío, gris, lluvioso, glacial uno de esos días que nos traen tristezas y desdichas. Vi otra barca; la llamamos; el hombre que en ella venía unió sus esfuerzos a los nuestros; y entonces, poco a poco el ancla cedió. Subía, pero lentamente, cargada con un peso considerable. Por fin vimos una masa negra y la arrastramos hasta mi barca:
Era el cadáver de una anciana que tenía una gran piedra atada al cuello.

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[1] ¡Cuántas historias lúgubres sabéis, olas del mar. Olas profundas, temidas de las madres arrodilladas!- Os las contais cuando suben las mareas -esto es lo que os da esas voces desesperadas- que tenéis, por las noches, cuando venís hacia nosotros.

El viejo

Un tibio sol de otoño caía sobre el patio de la gran­ja, dominando las grandes hayas del cercado. Bajo el césped rapado por las vacas, la tierra impregnada de lluvia reciente estaba húmeda y se hundía bajo los pies con un ruido de agua; y las manzanas caídas de los árboles cuajados de fruta, ponían puntos de un verde pálido sobre el verde intenso de la hierba.
Cuatro terneras pasaban, atadas en fila, y mujían a ratos, hacia la casa; las aves de corral animaban con un movimiento coloreado el estiércol acumulado ante el establo, rebuscando, cacareando, en tanto que los dos gallos cantaban sin cesar, buscaban gusanos para sus gallinas, a las que llamaban con un cloqueo vivaz.
Se abrió la valla de madera; entró un hombre de unos cuarenta años, quizás, pero que parecía tener sesenta, arrugado, retorcido, que andaba a pasos lentos, entorpecidos por el peso de los zuecos llenos de paja, Sus brazos demasiado largos caían a los la­dos del cuerpo. Cuando se acercó a la granja, un goz­quejo amarillo, amarrado al tronco de un enorme pe­ral, junto a un barril que le servía de caseta, meneó la cola y se puso a ladrar en señal de alegría. El hombre gritó:
-¡Quieto, Finot!
El perro se calló.
Una campesina salió de la casa. Su cuerpo huesoso y ancho se dibujaba bajo un corpiño de lana que le ceñía el talle, y una falda gris, muy corta, caía hasta la mitad de sus piernas envueltas en medias azules; llevaba también unos zuecos llenos de paja. Un gorro blanco que se había tornado amarillo, cubría unos cuantos cabellos pegados al cráneo y su cara morena, delgada, fea, sin dientes, mostraba esa fisonomía sal­vaje y bruta que a veces tienen los rostros de los cam­pesinos.
El hombre preguntó:
-¿Cómo está?
Y la mujer respondió­
-El señor cura dice que es el final, y que no pasa­rá de la noche.
Ambos entraron a la casa.
Después de atravesar la cocina, penetraron a la pieza, baja, negra, apenas iluminada por un ventano, ante el que caía un retazo de zaraza normanda. Las gruesas vigas del techo, atezadas por el tiempo, ne­gras y ahumadas, atravesaban el cuarto de parte a parte, sosteniendo el delgado suelo del granero por el que corrían día y noche manadas de ratas.
El suelo de tierra apelmazada, con gibas húmedas, se veía grasiento, y al fondo de la habitación, el lecho formaba una mancha vagamente blanca. Un ruido regular, ronco, una respiración dura, de estertor, sil­bante, con un gargarear de agua como el que hace una bomba quebrada, partía del camastro tenebroso donde agonizaba un anciano, el padre de la campe­sina.
El hombre y la mujer se acercaron y miraron al moribundo con ojos plácidos y resignados.
El yerno dijo:
-Esta vez, la cosa ha terminado. Ni siquiera lle­gará a la noche.
La mujer añadió:
-Desde mediodía está con ese zurridó en la garganta.
Se callaron. El padre tenía los ojos cerrados, el rostro color de tierra, tan seco que parecía de made­ra. Su boca entreabierta dejaba pasar la respira­ción sacudida y dura, y la sábana de tela gris se le­vantaba sobre el pecho a cada aspiración.
Después de un largo silencio, el yerno dijo:
-No hay más que dejarlo que termine. No pode­mos hacer nada. Habrá que enterrarlo el sábado, y mañana será menester que yo invite para el duelo. Tengo cinco o seis libras para ir de Tourville a Ma­netot, a ver a la gente.
La mujer, después de haber meditado por dos o tres minutos, opinó:
-No son ni las tres, y podías comenzar tus visi­tas. Puedes decir que ha muerto ya, puesto que no pasará de hoy.
El hombre permaneció perplejo por unos segundos pensando las consecuencias y las ventajas de la idea. Por fin, dijo:
-Bueno, me voy.
Fue a salir y después de titubear un poco, volvió:
-Ya que no tienes labor, cuece las manzanas, y haz los buñuelos para los que van a venir al duelo, para que tengan con qué reconfortarse. Enciende la hornilla con la leña que hay bajo el cobertizo del mo­lino. Está seca.
Salió del cuarto, entró a la cocina, abrió el apara­dor, sacó un pan de seis libras, y cortando de él, cui­dadosamente, una rebanada, recogió las migajas que cayeron sobre la mesa con el cuenco de la mano y, pa­ra no desperdiciar nada, se las echó a la boca. Luego sacó con la punta del cuchillo un poco de manteca del fondo de un pote de greda, la extendió sobre su pan, y se puso a comerlo lentamente, como lo hacía todo.
Volvió a atravesar el patio, tranquilizó al perro, que había empezado a ladrar, salió al camino que bordeaba el cercado y se alejó en dirección de Tour­ville.
Sola, la mujer se puso a trabajar. Sacó la harina y preparó la masa para los buñuelos. La amasó de­tenidamente, dándole vueltas, manoteándola, aplas­tándola. Hizo con ella una gruesa bola amarillenta y la dejó a un lado de la mesa. Fué entonces a buscar manzanas y para no lastimar al árbol con la pértiga subió utilizando un escabel. Escogió minuciosamen­te las frutas, para no tomar sino las maduras, y las fue echando a su delantal.
Desde el camino una voz llamó:
-¡Eh, señora Chicot!
Ella se volvió: era un vecino, maese Osime Favet, el alcalde, que iba a estercolar sus tierras, sentado a horcajadas sobre el volquete. La mujer contestó:
-¿En qué puedo servirle, maese Osime?
-¿Y el padre, cómo anda?
-Casi muerto -respondió ella. El sábado es el entierro, a las siete.
El vecino añadió:
-Bien. Buena suerte. Que usted lo pase bien.
Y ella agradeciendo:
-Gracias, lo mismo le digo a usted.
Y tornó a coger manzanas. 
Cuando hubo vuelto a la casa, fue a ver a su padre, esperando hallarlo muerto. Pero desde la puerta oyó el estertor monótono y, juzgando inútil acercarse al lecho para no perder tiempo, comenzó a preparar los buñuelos.
Envolvía las frutas, una por una, en una delgada capa de masa y las iba alineando al borde de la mesa. Cuando tuvo hechas cuarenta bolas, puestas en fila, por docenas; pensó en preparar la comida; puso al fuego la olla para cocer las manzanas; pues había pensado que era inútil encenderla hornilla aquel mis­mo día, teniendo todo el día siguiente para los pre­parativos.
Su hombre volvió a las cinco. Apenas se asomó a la puerta, preguntó:
-¿Terminó ya?
Ella respondió:
-Todavía no. Aun sigue gargareando.
Fueron a ver. El viejo seguía en el mismo estado. Su respiración ronca, regular, como el movimiento de un reloj, no se había acelerado ni retardado. Vol­vía de segundo en segundo, variando un poco de to­no, según que el aire entrara o saliera del pecho.
El yerno le miró y dijo:
-Terminará sin que nos demos cuenta, como una vela.
Volvieron a la cocina, y sin hablar, se pusieron a comer. Cuando se habían tomado la sopa, se sirvié­ron una rebanada de pan con manteca y luego, ape­nas lavados los platos, fueron dé nuevo a la habita­ción del agonizante.
La mujer, sosteniendo una lamparilla de mecha húmeante, la pasó ante el rostro de su padre. Si no respiraras cualquiera lo tomaría por muerto.
La cama de los dos campesinos estaba oculta al otro lado del cuarto, en una especie de hornacina. Se acostaron sin decir palabra, apagaron la luz y ce­rraron los ojos; muy pronto, dos ronquidos desigua­les, uno más profundo, más agudo el otro., acompa­ñaron el ronquido constante del moribundo,
Las ratas corrían por el granero.
El marido despertó al alba. Su suegro aun vivía. Sacudió a su mujer, inquieto por aquella resistencia del viejo.
-Oye, Femia. Este no quiere morirse. ¿Qué ha­rías tú dí?
Sabía que ella era buena consejera.
La mujer respondió:
-No pasará del día, seguramente. No hay nada que temer. Supuesto que el alcalde no se oponga a que le entierren mañana, a pesar de todo; ya lo hi­cieron con Maese Renard, el padre, que se murió cuando la siembra.
El quedó convencido con la evidencia del razona­miento y salió al campo.
Al mediodía, el viejo no había muerto. La gente avisada vino por grupos a mirar al ancian6 y a irse después de haber dicho alguna frase.
A las seis, cuando volvieron, el padre respiraba aún. El yerno terminó por asustarse.
-¿Qué harías tú en una situación así, Femia?
Ella tampoco supo decidir. Fueron en busca del alcalde. Este prometió que él cerraría los ojos y au­torizaría el entierro. El practicante, a quien también fueron a ver, se obligó asimismo, por complacer a Maese Chicot, a anticipar la fecha de la defunción en el certificado. El hombre y la mujer regresaron tranquilos.
Se acostaron y durmieron como la víspera, mez­clando sus respiraciones sonoras con la débil respira­ción del viejo.
Cuando despertaron, éste aun no había muerto.
Y entonces ambos se sintieron aterrados. Esta­ban de pie, a la cabecera del lecho del padre, mirán­dolo con desconfianza, como si hubiera querido ju­garles una mala pasada, engañarles, contrariarles por gusto; y sobre todo, no le perdonaban el tiempo que les hacía perder.
El yerno preguntó:
-¿Qué vamos a hacer?
Ella no sabía nada; respondió:
-Es una contrariedad.
Ya no se podía avisar a los invitados que iban a lle­gar. Decidieron esperar y explicarles la cosa.
A las siete menos diez aparecieron los primeros. Las mujeres, de negro, cubierta la cabeza con un gran velo, aparentaban tristeza. Los hombres, molestos en sus trajes de paño, se adelantaban más despacio­samente, sin dejar de hablar de negocios.
Maese Chicot y su mujer, desconcertados, les re­cibieron dando muestras de estar desolados; y am­bos, al acercarse al primer grupo, se pusieron a llorar a la vez. Explicaban el asunto, manifestaban su preo­cupación por que el viejo no se. había muerto, ofre­cían sillas, se excusaban, querían probar que cualquier otro habria hecho lo misrrió que ellos, charlaban sin descanso, pues se habían vuelto de súbito parlanchi­nes hasta no dejar hablar a nadie más.
Iban de unos a otros:
-No lo hubiera creído. Es increíble que haya du­rado tanto.
Los invitados, sin saber qué hacer, un poco decep­cionados, como gente que ve faltar la ceremonia que esperaban, permanecían allí, unos sentados, otros de pie. Algunos quisieron irse. Pero Maese Chicot les retuvo:
-Vamos a tomar un bocado, a pesar de todo. Ha­bíamos hecho esos buñuelos. Hay que aprovecharlos.
Las caras se animaron a esta idea. Se empezó a ha­blar en voz baja. El patio se iba llenando poco a po­co; co; los que habían llegado primero decían la noticia a los recién venidos. Se cuchicheaba, y la idea de los buñuelos animaba a todo el mundo.
Las mujeres entraban para mirar al moribundo. Se persignaban junto al lecho, balbucían una ora­ción, salían. Los hombres, menos ávidos de aquel es­pectáculo, echaban una mirada desde la ventana que había sido abierta.
La señora Chicot explicó la agonía:
-Hace dos días que está así, ni más alto ni más bajo. ¿No parece una bomba con poca agua?
Cuando todo el mundo hubo visto al agonizante, se pensó en la colación. Pero como eran muy nume­rosos para caber en la cocina, se sacó la mesa ante la puerta. Las cuatro docenas de buñuelos, dorados, ape­titosos, atraían las miradas, colocadas en grandes platos. Cada uno adelantaba al brazo para tomar, temiendo que no hubiera bastante. Pero quedaron cuatro.
Maese Chicot, con la boca llena, dijo:
-Si él nos vierá, le daría pena; le gustaban mu­cho cuando vivía.
Un campesino gordo y jovial comentó:
-Ahora no le toca comer a él. Cada uno a su vez. Esta reflexión, lejos de entristecer a los invitados, pareció alegrarlos. Sí, a ellos les tocaba ahora comer bolas.
La señora Chicot, desolada por el gasto, iba sin cesar a buscar sidra a la bodega. Las jarras se suce­dían sin descanso. Ya había risas, se hablaba fuerte y se comenzaba a gritar, como se grita en las comi­das.
De pronto una vieja campesina, que se había que­dado junto al moribundo, retenida por un ávido te­mor a aquello que pronto le sucedería a ella misma, apareció en la ventana y gritó con voz aguda:
-¡Ha muerto! ¡Ha muerto!
Todos callaron. Las mujeres se levantaron apri­sa para ir a ver.
Había muerto, efectivamente. Había dejado de roncar. Los hombres se miraban y bajaban los ojos, incómodos. No habían terminado de masticar los bu­ñuelos. Había partido en un momento inoportuno aquel bribón.
Ahora los Chicot no lloraban. Aquello había aca­bado y estaban tranquilos. Repetían:
-Sabíamos que esto no podía durar. Si se hubie­ra decidido anoche, no habríamos tenido esta moles­tia...
Daba lo mismo. Había terminado. Se le enterra­ría el lunes, y se volvería a comer buñuelos en esa ocasión.
Los invitados se fueron, parloteando, contentos de haber estado y de haber podido tomar un bocadillo.
Y cuando el hombre y la mujer se quedaron solos, frente a frente, ella dijo, con el rostro contraído por la angustia:
-Habrá que hacer cuatro docenas de bolas. ¡Si se hubiera decidido anoche, por lo menos!
Y el marido, más resignado, añadió:
-Bueno, pero esto no va a suceder todos los días.

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