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jueves, 18 de septiembre de 2014

La deuda mutua

Don Regino Palacios y su mujer habían adoptado a los dos muchachos como cumpliendo una obligación impuesta por el destino. Al fin y al cabo no tenían hijos y podrían criar esa yunta de cachorros, pues abundaba carne y hubiesen considerado un crimen abandonarlos en manos de aquel padre borracho y pendenciero.
-Déjelos, no más y Dios lo ayude -contestaron simplemente.
Sobre la vida tranquila del rancho pasaron los años. Los muchachos crecieron, y don Regino quedó viudo sin acostumbrarse a la soledad.
Los cuartos estaban más arreglados que nunca; el dinero sobraba casi para la manutención, y sólo faltaba una presencia femenina entre los tres hombres.
El viejo volvió a casarse. En la intimidad estrecha de aquella vida pronto se normalizó la primera extrañeza de un recomienzo de cosas, y la presente reemplazó a la muerta con miras e ideas símiles.
Juan, el mayor, era un hombre de carácter decidido, aunque callaba en las conversaciones fogoneras. Marcos, más bullanguero y alegre, cariñoso con sus bienhechores.
Y un día fue el asombro de una tragedia repentina. Juan se había ido con la mujer del viejo.
Don Regino tembló de ira ante la baja traición y pronunció palabras duras delante del hermano, que, vergonzoso, trataba de amenguarla con pruebas de cariño y gratitud.
Entonces comenzó el extraño vínculo que había de unir a los dos hombres en común desgracia. Se adivinaron, y no se separaban para ningún quehacer; principalmente cuando se trataba de arreos a los corrales, andanzas penosas para el viejo. Marcos siempre hallaba modo de acompañarle, aunque no le hubiesen tratado para el viaje.
Juan hizo la vida vagabunda y se conchabó por temporadas donde quisieran tomarlo, mientras la mujer se encanallaba en el pueblo.
Fatalmente, se encontraron en los corrales. El prurito de no retrocer ante el momento decisivo los llevó al desenlace sangriento.
El viejo había dicho:
-No he de buscarlo, pero que no se me atraviese en el camino.
Juan conocía el dicho, y no quiso eludir el cumplimiento de la amenaza.
Las dagas chispearon odio en encuentros furtivos buscando el claro para hendir la carne, los ponchos estopaban los golpes y ambos paisanos reían la risa de la muerte.
Juan quedó tendido. El viejo no trató de escapar a la justicia, y Marcos juró sobre el cadáver la venganza.
Seis años de presidio. Seis años de tristeza sorbida, día a día, como un mate de dolor.
Marcos se hizo sombrío, y cuando más se acortaba el plazo, menos pensaba en la venganza jurada sobre el muerto.
-Pobre viejo, arrinconado por la desgracia.
Don Regino cumplió la condena. Recordaba el juramento de Marcos.
Volvió a sus pagos, encontró quehacer, y los domingos, cuando - todos reían, contrajo la costumbre de aturdirse con bebidas.
En la pulpería fue donde vio a Marcos y esperó el ataque, dispuesto a simular defensa hasta caer apuñalado.
El muchacho estaba flaco; con la misma sonrisa infantil que el viejo había querido, se aproximó, quitándose el chambergo respetuosamente:
-¿Como le va, don Regino?
-¿Cómo te va, Marcos?
Y ambos quedaron con las manos apretadas, la cabeza floja, dejando en torno a sus rostros llorar la melena. Lo único que podía llorar entre ellos.
Yo he conocido a esa pareja unida por el engaño y la sangre más que dos enamorados fieles.
Y los domingos, cuando la semana ríe, vuelven al atardecer, ebrio el viejo, esclavo el muchacho de aquel dolor incurable, bajas las frentes, como si fueran buscando en las huellas del camino la traición y la muerte que los acallara para siempre.

1.094.1 Güiraldes (Ricardo) - 042

Justo jose

La estancia quedó, obsequiosamente, entregada a la tropa. Eran patrones los jefes. El gauchaje, amontonado en el galpón de los peones, pululaba felinamente entre el soguerío de arreos y recados. Los caballos se revolcaban en el corral, para borrar la mancha oscura que en sus lomos dejaran las sudaderas; los que no pudieron entrar atorraban en rosario por el monte, y los perros, intimados por aquella toma de posesión, se acercaban temblorosos y gachos, golpeándose los garrones en precipitados colazos.
La misma noche hubo comilona, vino y hembras, que cayeron quién sabe de dónde.
Temprano comenzó a voltearlos el sueño, la borrachera; y toda esa carne maciza se desvencijó sobre las matras, coloreadas de ponchaje.
Una conversación rala perduraba en torno al fogón.
Dos mamaos seguían chupando, en fraternal comentario de puñaladas. Sobre las rodillas del hosco sargento, una china cebaba mate, con sumiso ofrecimiento de esclava en celo, mientras unos diez entrerrianos comentaban, en guaraní, las clavadas de dos taberos de ley.
Pero todo hubo de interrumpirsee por la entrada brusca del jefe; el general Urquiza. La taba quedó en manos de uno de los jugadores; los borrachos lograron enderezarse, y el sargento, sorprendido, o tal vez por no voltear la prenda, se levantó como a disgusto.
A justa increpación del superior, agachó la cabeza refunfuñando. Entonces Urquiza, pálido, el arriador alzado, avanza. El sargento manotea la cintura y su puño arremanga la hoja recta.
Ambos están cerca: Urquiza sabe cómo castigar, pero el bruto tiene el hierro, y el arriador, pausado, dibuja su curva de descenso.
-¡Stá bien!, a apagar las brasas y a dormir.
El gauchaje se ejecuta, en silencio, con una interrogación increíble en sus cabezas de valientes ¿Habría tenido miedo el general?
Al toque de diana, Urquiza mandó llamar al sargento, que se presentó, sumiso, en espera de la pena merecida. El general caminó hacia el aposento vacío, donde le hizo entrar, siguiéndole luego. Echó llave a la puerta, y, adelantándose, cruzóle la cara de un latigazo.
El soldado, finne, no hizo un gesto.
-No eras macho, ¡sarnoso!, ¡sacá el machete ahora!... -y dos latigazos más envuelven la cara del culpado.
Entonces el general, rota su ira por aquella pasividad, se detiene.
-Aflojás, maula; ¿para eso hiciste alarde anoche?
El guerrero, indiferente a los abultados moretones, que le degradaban el rostro, arguye, como irrefutable, su disculpa:
-Estaba la china.

1.094.1 Güiraldes (Ricardo) - 042

Güele. (piedad)

Una vida curiosa. Un milagro. El indio había de manar piedad, como agua las piedras bíblicas al divino conjuro de Moisés.
La Pampa era entonces un vivo alarido de pelea. Caciques brutos, sedientos de malón, quebraban las variables fronteras. Tribus, razas y agrupaciones rayaban en el desierto en vagabundas peregrinaciones pro botín.
En esa época, que no es época fija, y por esos lugares vastos, una horda de doscientas lanzas, invicta y resbalosa al combate como anguila a la mano, corría hirsuta de libertad, sin más ley que su cacique, despótica perso-nificación de la destreza y el coraje. Cuadrijla de ladrones, no respetaba señor en ocasión propicia, y sus supercaballos, más ligeros que bolas arrojadizas, eran para la fuga símiles a la nutria herida, que no deja en el agua rastro de sus piruetas evasivas.
Murió el cacique viejo. Su astucia, bravura y lanza no dejaban, empero, el hueco sensible de los grandes guerreros. Ahí estaba el hijo, promesa en cuerpo, pues, niño todavía, sobrepujaba al viejo temido en habilidades y fierezas de bestia pampeana.
Amthrarú (el carancho fantasma) era una constante angustia para quienes tuvieron que hacer con él. Aborrecido, llevando a hombros odios intensos, fue servido según el poder de sus riquezas y adulado por temor a la tenacidad de sus venganzas. Perfecto egoísta y menospreciador de otro poderío que el conquistado a sangre, vivía feliz en desprecio del dolor ajeno.
Así era por herencia y por educación paterna. Amaba o mataba, según su humor del día.
El 24 de septiembre de no sé qué año viejo. El cacique, frescamente investido, convocó a sus capitanejos a un certamen. Quería practicar sus impulsos de tigre, y cuando los indios, en círculo, esperaban la palabra de algún viejo consejero o adivino, el mismo Amthrarú salió al medio.
Habló con impetuosidad guerrera, azuzando a todos para un copioso malón al cristiano. El nunca había peleado a los célebres blancos y quería desmenuzar algún pueblo de aquel enemigo legendario, odiado vehemente en codicia de sus riquezas inagotables.
Cuando hubo concluido hizo rayar su pangaré favorito con gritos agudos. Parecía como querer firmar su vocerío ininteligible con las gambetas del flete más bruscas y ligeras que las del mismo ñandú enfurecido.
Al día siguiente salieron en son de guerra hollando campos, incendiando pajales, violando doncellas, agotando tesoros, sembrando muerte y espanto.
La furia de sangre llevóles lejos. Iban cansados los caballos, exhaustos los jinetes y falleciente la ira de combate.
-Veo, señor -dijo uno de los secuaces, blanquear el caserío de un pueblo cristiano.
Amthrarú miró ensañado el reverberar blancuzco acusador de populosa ciudad.
-¡Pues vamos! -dijo. Grano falta a nuestros caballos, sustento a nuestros cuerpos y hembras a nuestras virilidades. Bien nos surtirá de todo el que tales riquezas tiende al sol.
Subrayando esta arenga, un clarín desgarró su valiente alarido; los brazos alzaron al unísono las lanzas que despedazaban sol. Seguidamente cargaron erizados de mil puntas.
El caserío se agrandaba, distinguiéronse puertas y ventanas: Llegaban. Amthrarú enfiló una calle; nadie le salió al paso. Sólo mujeres y niños asomaban a las rejas estremecidos por aquella avalancha de tropeles.
Desembocaron en la plaza; un palacio relumbrante aguzaba hacia el cielo una superposición numerosa de piedra.
Amthrarú se apeó al tiempo que su montura, espumante de sudor y coloreada de espolazos, caía a muerte.
Los guerreros callaron. Algo extraño, debilitador y ferviente imponíales respeto ignorado.
Amthrarú avanzó por el atrio, interrogó la maciza puerta remachada de clavos, y adivinando la entrada principal, dio en ella un gran golpe con el revés de su lanza.
El golpe se propagó por ojivas y naves, rodando a ejemplo de truenos lejanos. Los batientes de la alta portada aletearon sobre sus goznes, y en la estrecha negra grieta de una abertura investigadora apareció un ensotanado de humilde encorvamiento.
El cacique le habló como a un siervo.
-Soy Vuta-Am-Thrarú; mi nombre es en el alma de los cobardes un desgarramiento terrorífico. Invencibles son mis huestes, ricos los botines de mi lanza; el que no se dobla en mis manos, se rompe, y si no quisiera tu señor darnos vinos, manjares, hembras y presentes, nos bañaremos en su sangre, beberemos el quejido de las violadas sobre sus bocas y nos vestiremos con sus estandartes.
Una bondadosa sonrisa se diluyó en las cansadas arrugas del fraile.
-Oye -dijo, y no se inflame tu saña contra esta miserable carroña, sólo abierta al dolor e indiferente a otra salud que la de su alma. Yo soy un humilde; mi Señor murió hace muchos años, no insultes su memoria, sígueme más bien y, en la paz claustral del recuerdo evocado por mi amor infinito, te diré su historia.
Extraño fue a Amthrarú aquel exordio. Gustábanle los relatos, frecuente pasatiempo en los momentos de inacción, allá en el aduar paterno.
-Anda -dijo. Y fue por la grieta negra tras el hombre negro.
Entraba en una nube; un mareo de incienso le flotó en el cráneo. Luces, colores imprecisos vagaron en espesa sombra fresca. Imitando a su conductor, metió la mano en una concha de mármol pegada al muro; pasósela mojada por la frente y sintió alivio al asegurar sus sensaciones imprecisas.
Sombras colgaban en harapos por rincones y techos. Los ventanales destilaban color a cataratas sobre grandes telas rojas, violáceas, cobaltos, púrpuras.
De pronto, todo vibró en un sonido quieto. Otro se unió, pareció esquivarse, buscando su tonalidad relativa hasta que un acorde levantó el templo, que vagó inseguro por los espacios.
Amthrarú se alzaba sobre sus pies. Nunca el pulcú le diera tal borrachera. Caminó unos pasos. Cruzando los rayos de un vitró, creyó vivir cristalizado en un diamante. Tambaleaba. Sintió un gran frío y cayó de bruces frente al altar mayor, donde el Cristo abría los brazos en cruz sufriendo y amando.
Una palabra tenue, de entonación ignota, columpiábase incierta por entre el acorde, el incienso y los colores. Todo lo percibido, sin comprender, se destilaba en el hablar cristalino.
-Fue hace muchos años..., muchos años. En un país ardido de sol y sequía, una orden divina engendró el bien humano en madre pura. Pesado su destino... dijo amor en una sola grande palabra y llevó la cruz del Dios hecho hombre. Había venido para resumir en su cuerpo, vasto al dolor, todos los sufrires humanos, todos los castigos, para así lavar las faltas.
Los hombres, en premio, lo crucificaron, escupiendo su rostro santo.
¡Oye, cacique, muchos son tus pecados, grandes tus faltas; pero todo se lava en la sangre de Cristo, hijo de Dios!
Amthrarú sintió la copa en sus labios, vio el rubí de un líquido y el vino oloroso corrió por su garganta sedienta; se evaporó en un intenso perfume por su paladar como el acorde en los claustros ojivales.
Sostenido por el fraile, salió hacia los suyos. Una extraña sensación de liviandad le hacía luminoso, parecíale por momentos iba a florecer.
El sol era frío, áspero como tiza. Amthrarú subía en un nuevo caballo, y sin eludirse de los suyos, encaminó su montura al aduar.
Los guerreros husmearon la derrota y siguieron cabizbajos, doloridos, como enterrando la gloria.
Durante un mes las armas del tolderío, arrinconadas, se enmo-hecían de inacción. Callaban los refranes de guerra. El suelo erizado de lanzas era inútil templo de un culto muerto.
Amthrarú estaba enfermo; un mal extraño le roía el alma, y deliraba, duende de sus vastos dominios. La soldadesca callaba a su paso, temblorosa ante una posible arremetida de su ira sanguinaria.
Pálido de encierro, los ojos alarmados de ojeras aceradas, la melena fláccida, acompasaba pasos inciertos. No pensaba, sufría, y este estado le atormentaba como yugo que solía romper con brutales furias.
Entonces descolgaba su lanza, arremetía al primer siervo o embestía un árbol, contra el cual se ensañaba hasta tajear tan hondo en las fibras, que su brazo era impotente para arrancar el acero mordido. Cuando así le sucedía, largaba su cuerpo a muerto y quedaba al pie del tronco, desvanecido, media lanza en la mano, hasta que le transportaran a su toldo.
Otras veces corría entre los bosques desnudados por el huracán y bramaba con él, espantando al que lo viera, las manos entre el pelo, la cara levantada hacia las nubes, que pasaban volando como enormes ponchos arrancados por viento rabioso y tirados a través del cielo.
Amthrarú sufría el peor de los martirios. Dudaba. No tenía ya el reposo de su anterior egoísmo ni gozaba la beatitud de los fervientes cristianos. El desorden se revolcaba en su alma torturante como una preñez madura.
Y un día fue a su tropilla; enfrenó el mejor de su caballos.
No admitió séquito.
Galopó, recorriendo pajonales, guaycos, médanos y llanuras. Las bolas le aseguraron sustento, y bebía en los charcos, evitando mirar su frente, desceñida del antiguo orgullo.
Fueron tres días de continuo andar; tres noches de desvelo, en indiferencia de todo lo que no fuese la atención del camino. A veces, un estremecimiento le castigaba el cuerpo: "Matar al ensotanado que lo embrujara".
Señaló su reverbero blancuzco la ciudad buscada. No en carga, sino al paso y recogido en sí mismo, enfiló la calle conocida hasta desembocar en la plaza. La misma iglesia allá, a su frente, con sus mil aristas, recortes y puntas afiladas hacia el cielo.
Amthrarú sintióse henchido, sonoro como una cúpula y cuando el fraile le abrió la puerta del templo, que irradió su incienso, humilde le besó la cruz del pecho.
Aprendió el Cristo, los rituales, la beatitud.
El padre Juan se esmeraba en convertir al salvaje, y no ponía mérito en su palabra, sino en la omnipotencia de Dios, que obraba ese milagro inmenso en el indio sanguinario.
Amthrarú palpó su fe y desde entonces marchó, como los magos, tras la estela luminosa que le indicaba el camino de redención. Quería expiar sus pasadas violencias, e hincado por esa espuela, despertó una noche a la orden de una voz que le decía: "Has gozado en ti: ahora levántate, sufre y sé de los otros".
Obedeció, y el camino de su desierto volvió a verlo siempre disminuido, sin armas, a pie como un mendigo.
Tardó, tardó en llegar, sediento, haraposo, la boca sucia de comer raíces, pastos y bulbos.
No le reconocieron en el aduar. Amthrarú entró en su toldo; sus lujos y holganzas estaban allí en su espera. El cansancio, la sed, el hombre, un despertar de recuerdos sensuales, le tentó agudamente; pero volvió a oír su voz: "Has gozado en ti; ahora sufre y sé de los otros..."
Fue entre la chusma, eligió al más decrépito y, llevándole en brazos humildemente, le acostó en su propio lecho, tapólo con sus más ricos cobertores, dióle sus mejores prendas y púsole en la diestra su gran lanza de comando; la que tantas veces cimbrara, horizontal, pendiendo de su hombro en la mano potente, al correr descoyuntado de su pangaré.
Estaba libre; tiró su chamal. último lujo, y, siguiendo el hilo in­visible de su vocación de mártir, andando anduvo por campos, pajales, guaycos, lagunas y playas, incansablemente, tras el rescate de su alma pecadora, en expiación doliente.
Así se fue, y a pesar de su antigua pericia del desierto, perdióse en la igualdad eterna de la pampa. Parecíale, en su fiebre, ganar alma, por lo que iba perdiendo de fuerzas.
Sufrió sed. Sus flancos se chupaban, astringidos. La nuca, floja por un cansancio aumentado; los ojos en tierra, algo le sorprendió... ¡un rastro!... por instinto y costumbre, siguió el andar desparejo de un caballo.
El animal parecía cansado, tropezaba a veces y adivinó otro sediento como él. El jinete iría perdido rumbo al Sur, buscando agua, y el converso trotó sin vacilar sobre la pista, clara para él como una confesión de dolor.
Pronto divisó tal un punto sobre la uniformidad arenosa: la bestia caída.
Muerto, sumido, el caballo estaba solo. Amthrarú estiró la vista. "Allá", dijo, y apresuró su paso hasta llegar junto a un hombre tendido boca abajo. Había éste cavado un hoyo, hondo como su brazo, y estaba envarado.
Amthrarú le dio vuelta. Tenía la boca llena de barro, que había estado chupando en su delirio de frescura. Ayudóle a escupir para que hablara; pero tenía la lengua como un aspa y farfulló confusa-mente:
-Agua, hermano; allí... río...
Amthrarú corrió olvidado de sí mismo.
El suelo se poblaba de escasas matas de esparto y paja brava. Chuciábase las piernas, que se salpicaban de poros sanguíneos.
Iba sin sentir su cuerpo, llevado por el instinto hacia el agua que intuía cercana. Evitaba las pajas cuando podía; otras, tropezaba, cortándose en las espadañas.
Un quejido ronco se exhalaba por sus labios, costrudos de sequedad.
Llegó al río, el fresco vivificó su piel, metióse en el agua, cuchareó en la corriente e iba a beber cuando tuvo una visión.
El paisano de hoy, tendido tal le viera, pero con el semblante aureolado, como sucede en las estampas sagradas, era el Cristo.
Entonces alejó de sus labios la vida, vio sólo la divina imagen y volvió lo andado, roncando más fuerte, cayendo entre espinas. El resuello era en sus oídos como algo ajeno. Poco a poco fuése haciendo musical, recordó el órgano el primer día que entrara al templo; sintióse, como entonces, divinamente, enajenado, y deliró sin perder el rumbo con claridades, sonidos y beatitudes, siempre musicadas por su gemido.
Llegó hacia el moribundo, arrodillóse y, al entregarle el agua, creyó tomar la hostia. El paisano se incorporó.
-Dios se lo pague, compañero.
Amthrarú oía:
-Tu asiento tendrás en el cielo.
Sus párpados caían; el paisano se alejaba. Amthrarú vio a Cristo eleván-dose por los espacios.
Unas alas le rozaron la frente: era un chimango; y Amthrarú, de pronto vuelto en si, vio la muerte, sintió hervir la gusanera en su vientre aterrorizado.
Pero oyó la voz que le musitaba:
"Sufre y sé de los otros."
Levantó los párpados e hizo la limosna de sus ojos.

1.094.1 Güiraldes (Ricardo) - 042

Ferroviaria

-¡Ahí viene el Zaino! -anunció Alberto desde la puerta del pequeño salón de espera.
Recoger las valijas, salir al andén y ponernos buenamente a contemplar el punto negro, empenachado de humo que venía hacia nosotros agrandándose, fue obra de un segundo.
Las despedidas se cruzaron.
-Hasta pronto, entonces; que se diviertan por allá, y no olvide, Alberto, le recomiendo mi compañera por si le hace falta algo...; atiéndamela, ¿no?
-Pierda cuidado. Por lo pronto, la señora -dijo mi compañero dirigiéndose a la robusta y hermosa alemana- nos hará el honor de comer con nosotros.
-Con mucho gusto.
-Otra vez, entonces, ¡hasta la vuelta!
-Esoés, ¡adiós, adiós!
Y tras los últimos apretones de manos, nos colamos a nuestro coche, sacamos el polvo de los asientos a grandes latigazos de nuestros pañuelos, abrimos la ventanilla, acomodamos las valijas y nos sentamos con satis-facción de conquistadores.
No hubo más voces, ni movimientos en la estación campera, que pronto dejamos en su silencio.
Afuera la llanura corría, a veces interceptada por algún árbol demasiado cercano que aturdía los ojos.
-Supongo -dije a Alberto- que me presentarás la rubia.
Y siguiendo a esta pregunta, hice otras, cuyas contestaciones me fueron satisfactorias.
-Bueno vamos al comedor, que nos estará esperando.
Sola y halagada por muchos ojos, nuestra flamante amiga aguarda sonriente. Los manteles se cargaron de vinagreras, platos, cubiertos, y poco a poco, los viajeros llegaban con andar inseguro, buscando en torno las caras menos desagradables para hacerlas sus compañeras de comida.
Nuestra conversación rodaba, fácil y ruidosa, como el tren mismo; los sacudones hacían chocar las rodillas bajo las mesas; las porcelanas sonaban como risas, y en los vidrios, iluminados por la luz interna, el azul de un atardecer ya avanzado concentraba su color.
Las intimidades con mi vecina iban su camino. Debía tener yo rojas las mejillas, a juzgar por las de ella, y nuestras voces llamaban la atención.
A los postres, pedimos nos llevaran al compartimiento café y licores, y regresamos chocándonos a capricho de los movimientos del vagón, cosa que permitía ciertos ademanes que podían pasar por involuntarios.
Y como generalmente van las cosas, cuando dos intenciones concuerdan, fueron las incidencias desenvolviendo su ovillo a la perfección sin choques ni retardos, hasta que la misma idea, ineludible, vino a detenernos ante el tercero, que, si hasta entonces había ayudado, podía estorbar.
Dos palabras en voz baja. Ella se levantó fingiendo un olvido.
-Ahora vuelvo.
Dije al rato estúpidamente:
-Ché, ésta no viene...; voy a buscarla.
Mi amigo sonrió simplemente.
Por breve que hubiese sido, ella encontró tiempo para arreglarse y, esperarme, sin trabas retardadoras, excitando los ridículos de una impaciencia exasperada.
El lecho era estrecho y duro; pero ya saboreaba todos los encantos de mi aventura inesperada, cuando dos puñetazos, enormemente asentados, hicieron temblar la puerta.
Sorprendido e iracundo, respondí con palabrotas a los ruegos del empleado, cuyo discurso no entendí. Pensé fuera por los boletos, pero oí la voz de Alberto gritándome por una rendija:
-¡Abrí!... ¡Abrí, animal que no es broma!
Corrí el pasador y mi compañero cayó casi sobre nosotros.
-¡No te has dao cuenta que hace veinte minutos estamos paraos en una estación y estás con la luz prendida!
Loco, salté hacia el botón eléctrico, que apagué de una vuelta, y, libre entonces del encandilamiento, pude ver un racimo de caras gozosas que se aplastaban la nariz contra el vidrio de la ventanilla.

1.094.1 Güiraldes (Ricardo) - 042

Facundo

Traspuestas las penurias del viaje, cayó al campamento una noche de invierno agudo.
Era un insconsciente de veinte años, proyecto tal vez de caudillo; impetuoso, sin temores e insolente ante toda autoridad. De esos hombres nacían a diario en aquella época, encargados luego de eliminarse entre ellos, limpiando el campo a la ambición del más fuerte.
Apersonado al jefe, mostró la carta de presentación. Cambiaron cordiales recuerdos de amistad familiar y Quiroga recibió a su nuevo ayudante con hospitalidad de verdadero gaucho.
Concluida la cena, al ir y venir del asistente cebador, el mocito recordó cosas de su vivir ciudadano. Atropellos y bufonadas sangrientas, que aplaudía con meneos de cabeza el patijudo Tigre. Contó también cómo se llenaba de plata merced a su habilidad para trampear en el monte.
El Tigre pareció de pronto hostil:
-¡Jugará con sonsos!
Insolente, el mocito respondía:
-No siempre, general..., y pa probarle, le jugaría una partidita a trampa limpia.
Quiroga accedió.
Los naipes obedecían, y el Tigre perdía sin pillar falta. En su gloria, el joven besaba de vez en cuando el gollete de un porrón medianero, y no olvidaba chiste, entre los lucidos fraseos de barajar. Inesperadamente, Quiroga se puso en pie. -Bueno amigo, me ha ganao todo.
Recién el mozo miró hacia el montón, escamoso, de pesos fuertes, que plateaba delante suyo.
El general se retiraba.
Entonces, un horrible terror desvencijó la audacia del ganador.
Las leyendas brutales ensoberbecieron la estampa, hirsuta, del melenudo.
-¡General, le doy desquite!
-Vaya, amigo, vaya, que podría perder lo ganao y algo encima...
-No le hace, general; es justo que también usted talle.
-¿Se empeña?
-¿Cómo ha de ser?
Las mandíbulas le castañeteaban de miedo.
Quiroga arremangó la baraja, que chasqueó entre sus dedos toscos.
-¡Bueno, mis estribos contra cien pesos!
Y mandó al asistente traer las prendas.
Facundo comenzó a recuperar; cuando igualaron pesos, sonrió diciendo al huésped:
-Bueno, amigo, a recoger, y hasta mañana.
Pero el mocito, queriendo apaciguar al que creía herido, había de
cinchar hacia su desgracia. Balbuceó estúpidas excusas de terror. Facundo volvió a sentarse, con esta advertencia:
-No culpe sino a su empeño lo que suceda... al hombre sonso la espina el peje... Si gana, ensille al amanecer, y no cruce más mi camino...; si pierde, ha de ser más de lo que usted cree.
-¿Y es, mi general?
-¡Bah!, cualquier cosa.
Volvió a fallar el naipe insconsciente.
Quiroga trampeaba con descaro ante la pasividad del contrario, que miraba, como al través del delirio, la figura irreal, agrandada de la leyenda.
Cuando el último peso fue suyo, llamó al asistente, ordenándole con una seña explicativa:
-Llévelo a dormir al mocito... y que descanse mucho ¿no?
El muchacho quiso arrojarse de rodillas e intentar súplicas, pero
Quiroga, indiferente, juntaba las barajas, y el asistente era más fuerte.

1.094.1 Güiraldes (Ricardo) - 042

El zurdo

Un entrevero violento y fugaz -palabras de odio gritadas entre una carnicería de doscientos hombres que, al través de la noche, se sablean y atropellan, sobrehumanos, bramando coraje.
Combate rudo.
Por quinta vez, el gauchaje sorprendía el campamento realista; y en el aturdimiento de todos, lazo y bola habían hecho su obra.
Uno de los asaltantes, sin embargo, quedó en mano de los españoles. En cortejo de odio fue conducido al juicio de los superiores, y la pena de muerte cayó fatalmente.
La cabeza baja y casi escondida por lacia melena, el condenado oyó el veredicto. Sus ropas despedazadas descubrían el pecho, sesgado por honda herida.
Cuando la soldadesca tuvo segura su venganza, calmáronse los anatemas y maldiciones. Aproximábanse, por turno, para verlo, y también gozar de su estado.
Concluirían los asaltos y el terror supersticioso que supo imponer ese cabecilla peligroso cuyo apodo vibraba en boca del enemigo con entonación de ira. ¿Cuántos no ahorcó su lazo, y despedazó en la huida, mientras se golpeaba la boca en señal de burla?
Adelantóse el verdugo voluntario.
La tropa rodeaba con curiosidad, ansiosa de ver flaquear al que habían temido.
Por primera vez, El Zurdo alzó la cara y tuvo una mirada de pálido desprecio. Quería vejarlos antes de morir, herirlos con una palabra a falta de hierro, y sonrió sarcástico:
-¿Por qué no yaman las mujeres?
La indignación hirvió en la tropa, los dientes rechinaron, hartos de ofensa; el sable temblaba en manos del verdugo. El Zurdo aprovechó el silencio, hablando con orgullo:
-En la sidera de mi recao tengo trainta tarjas, y ustedes, por más que me maten, no han de matar más que a uno.
Era el colmo. La tropa, indisciplinada, cayó sobre el preso, que desapareció entre un tumulto de brazos y armas. Cuando el jefe logró despejar su gente, El Zurdo había caído. En su cuerpo sangraban no menos heridas que tarjas reían en su sidera, pero fue un honor del cual no pudo vanagloriarse.

1.094.1 Güiraldes (Ricardo) - 042

El remanso

-¡Goyo!
-¿Señor?
-Alargame la estribera derecha antes de subir, ¿querés?
En la noche callada, los sonidos eran claros. Hacía frío. El cebruno, inquieto, daba vueltas y revueltas, entorpeciendo al peón en su trabajo.
-Al ver, pruebe aura.
El estribo caía justo.
-Bueno, alcanzame la valija y subí.
Salieron al paso. El rodar de las coscojas era única señal de vida en el suelo de todas cosas.
-¿Trais la yave?
-Sí, señor.
-¡Galopemos!
El viento hacía sufrir las manos. Intranquilo, el cebruno parecía mirar con las orejas, y vueltas en giros bruscos a todo bulto turbio de oscuridad.
-¡Mancarrón sonso, le ha dao por loriar!
-Déjelo no más que ya se asentará después de una legüita.
¡Encantador consuelo!
Lisandro estaba de mal humor. No se acomodaba su somnolencia con andar atento a los caprichos del caballo que cambiaba de galope o se espantaba sin que la oscuridad permitiera prever las causas.
Por otra parte, dejaba tras sí una vida simple: sus días luminosos, sus trabajos alegres en la alegría del peonaje, sus noches de buen sueño en aquella cama dura pero cariñosa.
Noches de ermitaño, bañadas de soledad inmensa.
-¿Tardará mucho en amanecer?
-Aurita no más aclara.
Siguieron callados. La luz nacía imperceptible. Sólo el lucero vivía en la cúpula lejana y una que otra estrella se apagaba tiritando de frío.
Iban cortando campo.
-Recuéstese más a la derecha, don Lisandro; de no, vamos a salir frente a los tembladerales.
Pero el otro no hizo caso, objetando que si así lo hicieran darían sobre el remanso de los sauces.
Goyo no insistió por el tono malhumorado de las palabras. ¡Porfiarle a él, que conocía el camino como sus manos! En fin, ya se desengañaría.
Un amontonamiento de niebla, sinuosamente extendida sobre el campo, acusó la presencia del río. Breves minutos de galope y llegaban...; pero llegaban equivocados. El peón había dicho cierto.
Costearon, Lisandro, enervado por el contratiempo, miraba insistentemente la orilla. Tras breve andar, dio frente, adelantando con decisión.
-¡Si todavía falta mucho!
-No le hace, vamos a cruzar por aquí.
-¡Mire que va a hacer una temeridad!
-¡Qué temeridad, so flojo!
El cebruno resbaló hábilmente en las toscas húmedas; se detuvo.
A tres metros, el río deslizaba su masa densa y viscosa en manchas desiguales.
-¡Dé güelta; se va a hundir el mancarrón!
En efecto, éste se negaba; pero fue apremiado por dos espuelas que dolorosamente penetraron en sus carnes; tomó envión y, las cuatro patas juntas, cayó en el barro, sumergiéndose hasta el pecho.
-No se hundirá más -pensaba el jinete, ansioso de ganar el agua cercana. Pero en su voluntad de avanzar, el bruto agitó sus patas sin apoyo; perdió otra cuarta en el fango.
-¡El lazo! -gritó Lisandro, y éste, ya listo cayó alrededor de su cintura.
Goyo temió por su resistencia; frescamente injerido, los tientos podían escurrirse.
El gatiadito dejó, hacia adelante, pasar su cuerpo en un esfuerzo que le arrugó las ancas.
El lazo se extendió vibrante como cuerda sonora, rompiéndose en silbido quejumbroso, y, volviendo sobre sí mismo, infirió en la mejilla del paisano un barbijo sanguinoliento.
El caballo disparó. Llegó a las casas como un presagio de malaventura.
Cuando los peones dieron con el lugar, el cuerpo de Goyo yacía inerte, vientre arriba.
En un manantial vecino, alguien humedeció un pañuelo que aplicó a la frente del herido. Este se incorporó, los ojos sin vida, fijos en un punto; y mientras todos esperaban su explicación tendió la derecha hacia el pantano.
No se veía nada.
Hacia la parte central, el barro, más claro, hacía mancha como removido con violencia... Luego, nada...
Y el paisano, siempre en actitud de interrogación, ante el misterio cumplido balbuceó como un niño:
-Allí..., ¡el patroncito!

1.094.1 Güiraldes (Ricardo) - 042