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domingo, 25 de mayo de 2014

La mosca sabia - Cap II. La mosca de mi cuento

Tras nueva pausa prosiguió llorando:
¡Cuánta afrenta y dolor el alma mía
halló dentro de sí, la luz mirando
que brilló, como siempre, al otro día!

Sí, volvimos a casa, porque yo no tenía fuerzas para volar ni deseo ya de escaparme. ¿Cómo? ¿Para qué? Mi primera visita al mundo de las moscas me había traído, «con el primer placer, el desengaño» (dispense usted si se me escapan muchos versos en medio de la prosa: es una costumbre que me ha quedado de cuando yo dedicaba suspirillos germánicos a la mosca de mis sueños). Como el joven enfermo de Chenier, yo volví herida de amor a esta cárcel lúgubre, y sin más anhelo que ocultarme y saborear a solas aquella pasión que era imposible satisfacer; porque primero me moriría de vergüenza que ver otra vez a la mosca verde y dorada que me convidó al festín de las migajas y a los juegos locos del aire. Un enamorado que se ve en ridículo a los ojos de la mosca amada es el más desgraciado mortal, y daría de fijo la salvación por ser en aquel momento, o grande como un Dios, o pequeño como un infusorio. De vuelta a nuestra biblioteca, don Eufrasio me preguntó con sorna: «¿Qué tal, te has divertido?» Yo le contesté mordiéndole en un párpado; se puso colérico. «¡Máteme usted!», le dije. «¡Oh! ¡Así pudiera! pero no puedo; el sistema no está completo; subjetiva-mente podría matarte; pero falta el fundamento, falta la síntesis.»
¡Qué ridículo me pareció desde aquel día Macrocéfalo! ¡Esperar la síntesis para matar! ¡Cuando yo hubiera matado a todas las moscas machos y a todos los moscones del mundo que me hubiesen disputado el amor, a que yo no aspiraba, de la mosca de oro! Más que el deseo de verla pudo en mí el terror que me causaba el ridículo, y no quise volver a la calle ni al campo. Quise apagar el sentimiento y dejar el amor en la fantasía. Desde entonces fueron mis lecturas favoritas las leyendas y poemas en que se cuentan hazañas de héroes hermosos y valientes: la Batracomiomaquia, la Gatomaquia, y sobre todo, la Mosquea, me hacían llorar de entusiasmo. ¡Oh, quién hubiera sido Marramaquiz, aquel gato romano que, atropellando por todo, calderas de fregar inclusive, buscaba a Zapaquilda por tejados, guardillas y desvanes! Y aquel rey de la Mosquea, Salomón en amores, ¡qué envidia me daba! ¡Qué de aventuras no fraguaría yo en la mente loca en la exaltación del amor comprimido! Dime a pensar qué era un Reinaldos o un Sigfrido o cualquier otro personaje de leyenda, y discurrí la traza de recorrer el mundo entero del siguiente modo: pedíle a don Eufrasio que pusiera a mi disposición los magníficos atlas que tenía, donde la tierra, pintada de brillantísimos colores en mapas de gran tamaño, se extendía a mis ojos en dilatados horizontes. Con el fingimiento de aprender geografía pude a mis anchas pasearme por todo el mundo, mosca andante en busca de aventuras. Híceme una armadura de una pluma de acero rota, un yelmo dorado con restos de una tapa de un tintero, fue mi lanza un alfiler, y así recorrí tierras y mares, atravesando ríos, cordilleras, y sin detenerme al dar con el Océano, como el musulmán se detuvo.
Los nombres de la geografía moderna parecíanme prosaicos, y preferí para mis viajes las cartas de la geografía antigua, mitad fantástica, mitad verdadera: era el mundo para mí, según lo concebía Homero, y por el mapa que esta creencia representaba, era por donde yo de ordinario paseaba mis aventuras: iba con los dioses a celebrar las bodas de Tetis al Océano, un río que daba vuelta a la tierra»; subía a las regiones hiperbóreas, donde yo tenía al cuidado de honradísima dueña, en un castillo encerrada, a mi mosca de oro. Cazaba los insectos menudos que solían recorrer las hojas del atlas y se los llevaba prisioneros de guerra a mi mosca adorada, allá a las regiones fabulosas.
-Éste -le decía- fue por mí vencido sobre el empinado Cáucaso, y aún en sus cumbres corre en torrentes la sangre del mosquito que a tus pies se postra, malherido por la poderosa lanza a que tú prestas fuerza, ¡oh mosca mía!, con dársela a mi brazo por conducto del alma que te adora y vive de tu recuerdo. Todas estas locuras, y aun infinitas más, hacía yo y decía, mientras pensaba don Eufrasio que estudiaba a Estrabón y Ptolomeo. La novela en Grecia empezó por la geografía, fueron viajeros los primeros novelistas, y yo también me consagré en cuerpo y alma a la novela geográfica. Aunque el placer del fantasear no es intenso, tenía una singular voluptuosidad que en ningún otro placer se encuentra, y puedo jurar a usted que aquellos meses que pasé entregado a mis viajes imaginarios, paseándome por el atlas de don Eufrasio, son los que guardo como dulces recuerdos, porque, en ellos, el alivio que sentí a mis dolores lo debí a mis propias facultades. Poetizar la vida con elementos puramente interiores, propios, este es el único consuelo para las miserias del mundo: no es gran consuelo, pero es el único.
Un día don Eufrasio puso encima de la mesa un libro de gran tamaño, de lujo excepcional. Era un regalo de Año Nuevo, era un tratado de Entomología, según decían las letras góticas doradas de la cubierta. El canto del grueso volumen parecía un espejo de oro. Volé y anduve hora tras hora alrededor de aquel magnífico monumento, historia de nuestro pueblo en todos sus géneros y especies. El corazón me decía que había allí algo maravilloso, regalo de la fantasía. Pero yo por mis propias fuerzas no podía abrir el libro. Al fin don Eufrasio vino en mi ayuda; levantó la pesada tapa y me dejó a mis anchas recorrer aquel paraíso fantástico, museo de todos los portentos, iconoteca de insectos, donde se ostentaban en tamaño natural, pintados con todos los brillantes colores con que les pintó naturaleza, la turbamulta de flores aladas, que son para el hombre insectos, para mí ángeles, ninfas, dríadas, genios de lagos y arroyos, fuentes y bosques. Recorrí ansiosa, embriagada con tanta luz y tantos colores, aquellas soberbias láminas, donde la fantasía veía a montones argumentos para mil poemas: el corazón me decía «más allá»; esperaba ver algo que excediera a toda aquella orgía de tintas vivas, dulces o brillantes. ¡Llegué por fin al tratado de las moscas! El autor les había consagrado toda la atención y esmero que merecen: muchas páginas hablaban de su forma, vida y costumbres, muchas láminas presentaban figuras de todas las clases y familias.
Vi y admiré la hermosura de todas las especies, pero yo buscaba ansiosa, sin confesármelo a mí misma, una imagen conocida: ¡al fin! en medio de una lámina, reluciendo más que todas sus compañeras, estaba ella, la mosca verde y dorada, tal como yo la vi un día sobre la nariz de don Eufrasio, y desde entonces a todas las horas del día y de la noche dentro de mí. Estaba allí, saltando del papel, grave, inmóvil, como muerta, pero con todos los reflejos que el sol tenía al besar con sus rayos sus alas de sutil encaje. El amante que haya robado alguna vez un retrato de su amada desdeñosa, y que a solas haya saciado en él su pasión comprimida, adivinará los excesos a que me arrojé, perdida la razón, al ver en mi poder aquella imagen fiel, exactísima, de la mosca de oro. Mas no crea usted, si no entiende de esto, que fue de pronto el atreverme a acercarme a ella; no, al principio turbéme y retrocedí como hubiera hecho a su presencia real. Un amante grosero no respeta la castidad de la materia, de la forma; para mí, no sólo el alma de la mosca era sagrada: también su figura, su sombra misma, hasta su recuerdo. Para atreverme a besar el castísimo bulto tuve que recurrir a mi eterno novelar; en mis diálogos imaginarios ya estaba yo familiarizado con mi felicidad de amante correspondido; y así, como si no fuese nuevo el encanto de tener aquella esplendorosa beldad dócil y fiel al anhelante mirar de mis ojos, sin apartarse de ellos, como quien sigue un deliquio de amor, acerquéme, tras una lucha tenaz con el miedo, y dije a la mosca pintada: «Estoy, señora, tan acostumbrado a que todo sea en mi amor desdichas, que al veros tan cerca de mí y que no huís al verme, no avanzo de miedo de deshacer este encanto, que es teneros tan cerca: tantas espinas me punzaron el corazón, señora, que tengo miedo a las flores; si hay engaño, sépalo yo después del primer beso, porque, al fin, ello ha de ser que todo acabe en daño mío.» No contestó la mosca, ni yo lo necesitaba; mas yo, en vez de ella, díjeme tantas ternuras, tan bien me convencí de que la mosca de oro sabía despreciar el vano atavío de la hermosura aparente y conocer y sentir la belleza del espíritu, que al cabo, con todo el valor y la fe que el amante necesita para no ser desairado o desabrido en sus caricias, lancéme sobre la imagen de ricos colores y de líneas graciosas, y en besos y en abrazos consumí la mitad de mi vida en pocos minutos.
En medio de aquel vértigo de amor, en que yo estaba amando por dos a un tiempo, vi que la mosca pintada me decía, a intervalos de besos y entre el mismo besar, casi besándome con las palabras que decía: «Tonto, tonto mío, ¿por qué dudas de mí, por qué crees que la hembra no sabe sentir lo que tú sabes pensar? Tus alas rotas, tus movimientos difíciles y sin gracia aparente, tu miedo a los moscones, tu rubor, tu debilidad, tu silencio, todo lo que te abruma, porque juzgas que te estorba para el amor, yo lo aprecio, yo lo comprendo, y lo siento y lo amo. Ya sé yo que en tus brazos me espera oír hablar de lo que jamás supieron de amor otros machos más hermosos que tú; sé que al contarme tus soledades, tus luchas interiores, tus fantasías, has de ser para mí como ser divinizado por el amor: no habrá voluptuosidad más intensa que la que yo disfrute bebiendo por tus ojos todo el amor de un alma grande, arrugada y oscurecida en la cárcel estrecha de tu cuerpo flaco y empobrecido por la fiebre del pensar y del querer.» Y a este tenor, seguía diciéndome la mosca dorada tan deliciosas frases, que yo no hacía más que llorar, llorar y besarle los pies, aún más agradecido que enamorado. ¡Bendita fuerza de la fantasía que me permitió gozar este deliquio, momento sublime de la eternidad de un cielo! Al fin hablé yo (por mi cuenta) y sólo dije con voz que parecía sonar en las mismas entrañas: -¿Tu nombre?-. Mi nombre está en la leyenda que tengo al pie; esto dijo mi razón fría y traidora tomando la voz que yo atribuía a mi amada. Bajé los ojos y leí... Musca vomitoria.
Al llegar aquí, la voz de la mosca sabia se debilitó y siguió hablando como se oye en la iglesia hablar a las mujeres que se confiesan. Yo, como el confesor, acerqué tanto, tanto el oído, que a haber sido la mosca hermosa penitente, hubiera sentido el perfume de su aliento (como el confesor) acariciarme el rostro. Y dijo así:
-¡Mosca vomitoria! Este era el nombre de mi amada. En el texto encontré su historia. Era terrible. Bien dijo Shakespeare: «estos jóvenes pálidos que no beben vino acaban por casarse con una meretriz». Yo, casta mosca, enamorada del ideal, tenía por objeto de mis sueños a la enamorada de la podredumbre. Allí donde la vida se descompone, donde la química celebra esas orgías de miasmas envenenados que hay en los estercoleros, en las letrinas, en las sepulturas y en los campos de batalla después de la carnicería, allí acudía mi mosca de las alas de oro, de los metálicos cambiantes, Mesalina del cieno y de la peste. ¡Yo amaba a la mosca vampiro, a la mosca del Vomitorium! Yo había colocado en las regiones soñadas, en las regiones hiperbóreas su palacio de cristal, y en las Espérides su jardín de recreo; ¡por ella había corrido yo las aventuras más pasmosas que forjó la fantasía, estrangulando mosquitos y otras alimañas en miniatura, sin remordimientos de conciencia! Pero lo más horroroso no fue el desengaño, sino que el desengaño no me trajo el olvido ni el desdén. Seguí amando ciega a la mosca vomitoria, seguí besando loca sus alas de colores pintadas en el tremendo libro que me contó la vergonzosa historia.
Procuré, si no olvidar, porque esto no era posible, distraer mi pena, y como se vuelve al hogar abandonado por correr las locuras del mundo, así volví a la ciencia, tranquilo albergue que me daría el consuelo de la paz del alma, que es la mayor riqueza. ¡Ay! Volví a estudiar; pero ya los problemas de la vida, los misterios de lo alto no tenían para mí aquel interés de otros días; ya sólo veía en la ciencia la miseria de lo que ignora, el pavor que inspiran sus arcanos; en fin, en vez de la calma del justo, sólo me dio la calma del desesperado, engendradora de las eternas tristezas. ¿Qué es el cielo? ¿Qué es la tierra? ¿Qué nos importa? ¿Hay un más allá para las moscas que sufrieron en la vida resignadas el tormento del amor? Ni yo sufro resignada ni sé nada del más allá. La ciencia ya sólo me da la duda anhelante, porque en ella yo no busco la verdad, sino el consuelo; para mí no es un templo en que se adora, es un lugar de asilo; por eso la ciencia me desdeña. Perdida en el mar del pensamiento, cada vez que me engolfo en sus olas, las olas me arrojan desdeñosas a la orilla como cáscara vacía. Y este es mi estado. Voy y vengo de los libros sabios a la poesía, y ni en la poesía encuentro la frescura lozana de otros días, ni en los libros del saber veo más verdades que las amargas y tristes. Ahora espero tan sólo, ya que no tengo el valor material que necesito para darme la muerte, que don Eufrasio llegue a la Sintética, y sepa, bajo principio, que puede en derecho aplastarme. Mi único placer consiste en provocarle, picando y chupando sin cesar en aquella calva mollera, de cuyos jugos venenosos bebí en mal hora el afán de saber, que no trae aparejada la virtud que para tanta abnegación se necesita.

1.028. Alas «Clarin» (Leopoldo)

La mosca sabia - Cap III. Don eufrasio volvía de la academia.

Venía muy colorado, sudaba mucho, hacía eses al andar, y sus ojillos medio cerrados echaban chispas. Yo estaba en la sombra y no me vio. Ya no recordaba que me había dejado en su camarín, perfumado con todos los aromas bien olientes de la sabiduría.
Creía estar solo y habló en voz alta (al parecer era su costumbre) diciendo así a las paredes sapientísimas que debían conocer tantos secretos.
-¡Miserables! ¡Me han vencido! Han demostrado que no hay razón para que el animal no llegue a hablar; pero afortunadamente no se fundan en ningún dato positivo, en ninguna experiencia.
¿Dónde está el animal que comenzó a hablar? ¿Cuál fue? Esto no lo dicen, no hay prueba plena; puedo, pues, contradecirlo. Escribiré una obra en diez tomos negando la posibilidad del hecho, desacreditaré la hipótesis. Estas copitas que he bebido en casa de Friné me han reanimado. ¡Diablos!, esto da vueltas: ¿si estaré borracho?, ¿si iré a ponerme malo? No importa, lo principal es que les falte el hecho, el dato positivo. El animal no habla, no puede hablar. Ja, ja, ja, ¡qué hermosa es Friné!, ¡qué hermosa bestia! ¡Pues Friné habla! Bien, pero esa no se cuenta: habla como una cotorra, y no es ese el caso. Friné habla como ama, sin saber lo que hace; aquello no es amar ni hablar. ¡Pero vaya si es hermosa!
Macrocéfalo sacó del bolsillo de la levita una petaca: en la petaca había una miniatura: era el retrato de Friné. Lo contempló con deleite y volvió a decir: no, no hablan, los animales no hablan. ¡Bueno estaría que yo hubiese sostenido un error toda la vida!
En aquel momento la mosca sabia dejó oír su zumbido, voló, haciendo una espiral en el aire, y acabó por dejarse caer sobre la miniatura de Friné.
Macrocéfalo se puso pálido, miró a la mosca con ojos que ya no arrojaban chispas sino rayos, y dijo con voz ronca:
-¡Miserable!, ¿a qué vienes aquí? ¿Te ríes? ¿Te burlas de mí?
-¡Como usted decía que los animales no hablan!
-No hablarás mucho tiempo, bachillera -gritó el sabio, y quiso coger entre los dedos a su enemiga. Pero la mosca voló lejos, y no paró hasta meter las patas en el tintero. De allí volvió arrogante a posarse en la petaca.
-Oye -dijo a Macrocéfalo: los animales hablan... y escriben -y diciendo y haciendo, sobre la piel de Rusia, al pie del retrato de Friné, escribió con las patas mojadas en tinta roja: Musca vomitoria. Don Eufrasio lanzó un bramido de fiera. La mosca había volado al cráneo del sabio; allí mordió con furia... y yo vi caer sobre su cuerpo débil y raquítico la mano descarnada de Macrocéfalo. La mosca sabia murió antes de que llegase don Eufrasio a la filosofía sintética.
Sobre la tersa y reluciente calva quedó una gota de sangre, que caló la piel del cráneo, y filtrándose por el hueso llegó a ser una estalactita en la conciencia de mi sabio amigo. Al fin había sido capaz de matar una mosca.

1.028. Alas «Clarin» (Leopoldo)

La medica

Era D. Narciso un enfermo de mucho cuidado; entendámonos, porque la frase es de doble sentido. No digo que estuviera enfermo de mucho cuidado... Tampoco esto va bien. Si estaba enfermo de mucho cuidado, ya lo creo; muy grave; sobre todo porqué empeoraba, empeoraba y no se podía acertar con el remedio, ni había seguridad alguna en el diagnóstico. Pero lo que yo quería decir primero no se refiere a la gravedad y rareza del mal, sino a la condición personal de D. Narciso, que era un enfermo de mucho cuidado... como hay toros de mucho cuidado también, ante los cuales el torero necesita tomar bien las medidas a las distancias, y a los quiebros, y al tiempo, para no verse en la cuna. El médico era a don Narciso lo que el torero a esos toros; porque don Narciso, hombre nerviosísimo, filósofo escéptico y aficionado a leer de todo, y por contra aprensivo, como todos los muy enamorados de la propia, preciosa existencia, le ponía las peras a cuarto al doctor, discutía con él, le exigía conocimientos exactos a lo que a él le pasaba por dentro, conocimientos que el doctor estaba muy lejos de poseer; y con las voces técnicas más precisas le combatía, le presentaba objeciones, y, en fin, le desesperaba. Lo peor era que, acostumbrado don Eleuterio, el médico, a la mala manía de hablar delante de sus enfermos legos en los términos del arte, porque así ni él mentía ocultando la gravedad del mal, ni los enfermos se alarmaban demasiado, porque no le entendían, a veces se le escapaba delante de D. Narciso alguna de esas palabrotas poco tranquilizadoras para quien las entiende; y el paciente, erudito, siquiera fuese a la violeta, ponía el grito en el cielo, se alborotaba, y si no pedía la Extremaunción no era por falta de miedo. Había que tranquilizarle, mentir, establecer distingos, en fin, sudar ciencia y paciencia; y no para curarle, sino para que se volviese a sus casillas. Don Eleuterio aguantaba todas estas impertinencias porque el parroquiano o cliente era de oro por lo bien que pagaba, y, además, hombre influyente y de mucho viso; en fin, no se le podía plantar, pese a todas sus... cosas, como las llamaba el médico por no insultar al otro.
Y no valía que las palabras terminadas en itis o en algia, y otras no menos bárbaras, fuesen de uso completamente nuevo, acabadas de componer por un sabio, autor de libro o artículo de revista, o de laboratorio; todo lo comprendía el entrometido, porque como picaba también en las lenguas sabias, no era manco en la griega, o mejor, no era deslenguado; y en seguida, anhelante, preocupadísimo, analizaba los componentes del terminacho flamante, y sea con ayuda del léxico, o sin ella, sacaba en limpio... que él tenía el hígado mechado, como dice un personaje de Zaragüeta, o el riñón cubierto... de úlceras, o cualquier otra barbaridad.
Aquello era un purgatorio. La familia de don Narciso pagaba el suplemento de las pejigueras que tenía que aguantar el facultativo. Al cual le costaba más trabajo hacerse respetar, en nombre de la autoridad de la ciencia, porque, cuando estaba sano el amigo D. Narciso, solían convenir, sobre todo si tomaban juntos a la sazón café y copa, en que la Medicina está en la edad de piedra, y puede que nunca alcance la de oro. Los dos hacían alarde de su escepticismo terapéutico; el médico muy vano porque creía que era un acto de imparcialidad sublime y de abnegación el confesar él semejante bancarrota (palabra de moda en las ciencias), contra lo que le aconsejaban sus intereses; y el otro muy hueco porque lucía su erudición trayendo a cuento a los ilustres varones que habían renegado de médicos y medicinas. «Cómo dijo Molière... Según Montaigne... Dijo Quevedo», etc., etc.
Y claro, cuando había que agarrarse a un clavo ardiendo, recurrir a la Medicina, porque D. Narciso se iba por la posta, ¿con qué cara le hablaba don Eleuterio de la eficacia de las recetas ni aún de la probabilidad de los diagnósticos? ¿No habían convenido en que el juego fatal de los fenómenos naturales era demasiado complejo para que el hombre pudiera tener la pretensión de penetrar en su enmarañada urdimbre? Todo iba a dar a la química... y la verdadera química estaba en mantillas.
No se sabía si existían los átomos; lo probable era que no; y sin embargo, los átomos; eran indispensables para la química... y ni aún esto era ya muy seguro, según las recientes disputas de Ostwald, Cornu, etc. De modo que todo estaba en el aire... todo se reducía a conjeturas, a hipótesis... ¡y a don Narciso le llevaban los demonios, porque no quería que el importantísimo negocio de su rápida curación dependiese de nada hipotético... «O ji o ja», gritaba él; ji era la muerte y ja la salud. Y aunque decía ji o ja, al médico no le permitía decir más que ja. Y ja decía D. Eleuterio a regañadientes, porque le gustaba ser claro. Pero en diciendo él ja (la salud, sin duda), se irritaba el otro, y exclamaba:
-¿Usted qué sabe? A mí no se me engaña. Tanto cree usted en esas pócimas como yo; ni usted ni nadie sabe lo que yo tengo en el bazo, ni lo que puede sobrevenir en el hígado... - ¡Todo es farsa! Usted me lo ha confesado mil veces.
Y así se pasaba la vida, haciéndola más miserable y menos apetecible de tanto apetecer prolongarla y de tanto temer la muerte.

* * *
Un día D. Eleuterio se puso muy serio, a la cabecera de la cama de D. Narciso; sacó el reloj, tomó el pulso, examinó detenidamente al enfermo, y con un tono autoritario que, por de pronto, sorprendió y sobrecogió al paciente, impuso su voluntad y declaró que iba a recetar una cosa que estaba indicadísima para evitar complicaciones serias que podían sobrevenir, de que ya había indicios. Y no dio más explicaciones; no dijo qué cosa era aquella. Don Narciso asustado, débil, no pudo mostrar la energía de otras veces para ponerse al cabo de lo que se iba a hacer con él.
A sus tímidas indicaciones, el médico, con voz seca, contestó (seguro de ejercer en aquella ocasión cierto poder sugestivo):
-No puede usted entender la fórmula de esto: es cosa nueva; esta noche he estudiado la cuestión, y resuelvo que esto es lo que conviene; se trata de algo muy complejo, que usted, profano al fin, no comprendería. Y no hay que andarse con bromas, podrá el remedio no servir; pero sin él..., es seguro...
-¿El qué?
-Es seguro que estamos... mal.
Cada vez más acoquinado, dijo D. Narciso, por decir algo:
-Bueno; pues... que traigan pluma y papel... o pase usted al despacho...
-No: no hace falta; tengo prisa. Aquí mismo; traigo yo papel y lápiz... Y esas plumas de usted nunca parecen... y eso que es usted escritor.
Y diciendo y haciendo, sacó de un bolsillo interior una cartera, buscó en ella un papel y un lápiz, y en pie, apoyando el papel en la cartera misma, escribió rápidamente la receta. Quería aprovechar aquel momento de dominio sugestivo sobre el enfermo, y no quería dilaciones por causa de pormenores materiales. Nervioso, pero con aspecto de triunfo, guardó sus chismes de escribir, se despidió con pocas palabras y salió, después de entregar a uno de la familia el papelito, símbolo de su victoria sobre el empecatado D. Narciso.
Vino la medicina, la tomó el enfermo, como un doctrino, en la forma que al salir había detallado el médico, y no hubo más.

* * *
Así, como media hora después de tragarse la pócima, D. Narciso, revolviendo impaciente los pliegues del arrugado embozo del lecho, tropezó con un papel escrito.
-¿Qué es esto? pensó. ¿Quién ha dejado esto aquí? ¡Ah! ya caigo. Este papel se cayó de la cartera de D. Eleuterio. -Como no era carta, ni cosa por el estilo, su curiosidad no encontró resistencia cuando le pidió que leyera aquel documento.
Y leyó. ¡Cosa más rara! Eran unos apuntes que podían llamarse reflexiones sueltas acerca de la Medicina en general. ¡Pero qué reflexiones (No sólo eran incoherentes, sino que subvertían todo el orden de la terapéutica, tomaban a contrapelo la patología, y suponían un criterio de escepticismo caprichoso, respeto de la ciencia tradicional; y en cambio se veía clara una tendencia a admitir la eficacia de lo maravilloso, a suponer en la realidad, en el fondo de la química, según palabras que se leían allí, misteriosas relaciones, virtudes cuasi morales de los llamados simples con que no contaba ni podía contar la Medicina, porque desconocía la naturaleza, y aún la existencia de tales elementos de la vida natural, y nadie podía decir de sus causas ni de sus efectos. Se exageraba en aquel papel la autosugestión; se suponía que, siendo el hombre microcosmos, tenía, por autarquía y autonomía de la vida universal-individual, un mundo aparte, individual, de leyes naturales, diferentes para cada cual. Así como Protágoras había dicho que «el hombre era la medida de todo» con relación al conocimiento, significando que la verdad para cada cual era diferente, allí se aseguraba que las enfermedades y los remedios en cada ser individual eran diferentes también. Después venían burlas sangrientas, sarcasmos feroces contra médicos, escuelas, hipótesis científicas, etc., todo en estilo nerviosísimo, entre paradojas e hipérboles, incongruencias, imágenes alambicadas y extravagantes...
-No cabe duda, -pensó D. Narciso; -este hombre está loco; ¡quién lo había de decir! Aquí tengo el pensamiento secreto de mi médico: este papel se le ha caído de la cartera cuando la sacó para escribir la receta; este papel representa el íntimo pensar de mi médico... y esto es obra de un loco ilustrado, de un doctor... a quien se le han hecho los sesos caldo. ¡Dios mío... y yo estoy en manos de este demente, a merced mi salud de los caprichos de una vesania!
Y siguió leyendo, y de repente dio un grito espantado. Porque había leído esto:
«El único médico bueno del mundo no es médico, es médica: la Casualidad».
«Sólo podéis curar vuestros males jugando a la lotería. Una receta debe ser algo así como un décimo o muchos décimos. El motivo es obvio. No es cierto que la ignorancia en que estamos del fondo virtual de la esencia de las cosas aconseje la abstención de medicamentos. El mal, por lo común, no desaparece por sí solo. Lo que hay que hacer es... jugar a la lotería el mayor número posible de billetes, para aumentar las probabilidades de curar... y las de reventar. («¡Loco rematado!» gritaba al llegar aquí D. Narciso.) El que no se aventura no pasa la mar. El médico y el enfermo deben de ser valientes, jugar el todo por el todo. La receta debe contener la mayor cantidad posible de principios curativos que no se neutralicen, todos de positiva eficacia en su género. De este modo, si no se ha dado en el clavo, sino en la herradura, se puede matar al paciente, es verdad; pero también puede suceder que su mal no tenga relación ni con el efecto nocivo ni con el benéfico del resultado de la combinación compleja de agentes. Puede también suceder que ésta resulte inofensiva para todo temperamento y para todos los órganos, en todos los estados. Y, por último, puede suceder que la acción de alguno de los componentes, o de la reunión de varios, o de la total, sea la que se buscaba a ciegas. Y entonces tenemos la receta modelo... a posteriori. La firma... la médica única, la Casualidad. Jugad muchos billetes y podréis tener más probabilidades de sanar... o de reventar».
-¡Reventar, reventar de seguro! -gritaba don Narciso fuera de sí, casi decidido a saltar de la cama, víctima del pánico.
Se colgó del cordón de la campanilla; pedía socorro. «¡Envenenado! ¡Estoy envenenado!» Decía lleno de terror a los parientes y criados que rodearon el lecho...
-¡Lo que me habrá dado ese loco! ¡Dios mío! ¡Qué números, qué serie de la lotería me habré tragado yo!
-Pero ¿estás loco?... -le preguntaban.
-No, yo no; el médico... Pronto, a escape, un contraveneno... un vomitivo...
-Irán a la botica...
-No, no, es tarde; corre prisa... Aceite, ¡todo el aceite que haya en casa!... ¡Venga aceite!
Bebió no sé qué cantidad fabulosa de aceite. Por aquella boca salió a poco... lo que no puede decirse. Debió de haberse quedado hueco. Le venció la debilidad y se quedó entre aletargado y dormido.
Se llamó a D. Eleuterio. Cuando despertó don Narciso lo tenía inclinado sobre su cabeza, observándole.
-Pero ¿qué hace aquí ese hombre?
Don Eleuterio creyó que deliraba. En fin, después de muchos despropósitos, hubo explicaciones. Don Narciso sintió que se sentía muy bien.
-¡La medicina! -dijo D. Eleuterio.
-No, el aceite.
El médico se echó a reír, y dijo:
-Puede.
Aquel papelito que tanto había alarmado al enfermo no era cosa de su médico; éste, por curiosidad lo había recogido entre otros muchos que había dejado un pobre estudiante de Medicina que había muerto loco en el hospital.
A los pocos días del susto y de desfondarse, don Narciso se paseaba ya por casa y comía con apetito.
Y una tarde, D. Eleuterio, que había estudiado muy bien la rápida y milagrosa curación espontánea del inaguantable cliente, le dijo:
-Pues hay que confesarlo; el loco del hospital... acertó con ese testamento científico. Quien le ha curado a usted ha sido la médica, la Casualidad. Reconozco, sé positivamente, que lo que usted necesitaba, y yo no caía en ello, no era lo que yo le di, sino lo que usted tomó para arrojar lo otro.
-¿Aceite?
-Si no aceite por necesidad, algo que surgiera el mismo efecto. La cosa parece muy grosera; pero la verdad es que usted tenía dentro algo que no sabemos lo que era; y que le hacía falta librarse de ello, y se libró... por creer que yo estaba chiflado. Le han curado a usted entre un demente y la Fortuna. Dos locos.
-Sobre todo me ha curado,... la médica.

1.028. Alas «Clarin» (Leopoldo)

La imperfecta casada

Mariquita Varela, casta esposa de Fernan­do Osorio, notaba que de algún tiempo a aque­lla parte se iba haciendo una sabia sin haber puesto en ello empeño, ni pensado en sacarle jugo de ninguna especie a la sabiduría. Era el caso, que, desde que los chicos mayores, Fer­nandito y Mariano, se habían hecho unos hom­brecitos y se acostaban solos y pasaban gran parte del día en el colegio, a ella le sobraba mu­cho tiempo, después de cumplir todos sus de­beres, para aburrirse de lo lindo; y por no estar­se mamo sobre mano, pensando mal del mari­do ausente, sólo ocupada en acusarle y perdo­narle, todo en la pura fantasía, había dado en el prurito de leer, cosa en ella tan nueva, que al principio le hacía gracia por lo rara.
Leía cualquier cosa. Primero la emprendió con la librería del oficioso esposo, que era mé­dico; pero pronto se cansó del espanto, de los horrores que consiente el padecer humano, y mucho más de los escándalos técnicos, muchos de ellos pintados a lo vivo en grandes láminas de que la biblioteca de Osorio era rico museo.
Tomó por otro lado, y leyó literatura, mo­ral, filosofía, y vino a com-prender, como en resumen, que del mucho leer se sacaba una vaga tristeza entre voluptuosa y resignada; pero algo que era menos horroroso que la con­templación de los dolores humanos, materiales, de los libros de médicos.
Llegó a encontrar repetidas muestra de li­teratura cristiana, edificante; y allí se detuvo con ahínco y empezó a tomar en serio la lectu­ra, porque comenzó a ver en ella algo útil y que servía para su estado; para su estado de mujer que fue hermosa, alegre, obsequiada, amada, feliz, y que empieza a ver en lontananza la ve­jez desgraciada, las arrugas, las canas y la me­lancólica muerte del sexo en su eficacia. Lejos todavía estaba ese horror, pero mal síntoma era ir pensando tanto en aquello. Pues sus lecturas morales, religiosas, la ayudaban no poco a con formarse. Pero le sucedió lo que siempre suce­de en tales casos: que fue más dichosa mientras fue neófita y conservó la vanidad pueril de creerse buena, nada más que porque tenía bue­nos pensamientos, excelentes propósitos, y porque prefería aquellas lecturas y meditacio­nes honradas; y fue menos dichosa cuando em­pezó a vislumbrar en qué consistía la perfec­ción sin engaños, sin vanidades, sin confianza loca en el propio mérito. Entonces, al ver tan lejos (¡oh, mucho más lejos que la vejez con sus miserias!), tan lejos la virtud verdadera, el mé­rito real sin ilusión, se sintió el alma llena de amargura, en una soledad de hielo,

sin mí, sin vos y sin Dios,

como decía Lope, sin mí, es decir, sin ella mis­ma, porque no se apreciaba, se desconocía, des­confiaba de su vanidad, de su egoísmo; sin vos, es decir, sin su marido, porque ¡ay! El amor, el amor de amores, había volado tiempo hacía; y sin Dios, porque Dios está sólo donde está la virtud, y la virtud real, positiva, no estaba en ella. Valor se necesitaba para seguir sondando aquel abismo de su alma, en que al cabo de tanto esfuerzo de humildad, de perdón de las injurias, de amor a la cruz del matrimonio, que llevaba ella sola, se encontraba que todo era presunción, romanticismo disfrazado de pie­dad, histerismo, sugestión de sus soledades, paliativos para conllevar la usencia del esposo, distraído allá en el mundo... El mérito real, la virtud cierta, estaba lejos, mucho más lejos.
Y estas amarguras de tener que despreciar­se a sí misma, si no por mala, por poco buena, era el único solaz que podía permitirse. Al que apelaba sin falta, cuando, cumplidos todos sus deberes ordinarios, vulgares, fáciles, como pensaba ahora, aunque sintiéndolos difí­ciles, se quedaba sola, velando junto al quin qué, esperando al buen Osorio, que, allá, muy tarde, volvía con los ojos encendidos y vaga­mente soñadores, con las mejillas coloradas, amable, jovial, pródigo de besos en la nuca y en la frente de su eterna compañera, besos que, según las aprensiones, los instintos de ella, da­ban los labios allí y el alma en otra parte, muy lejos.


* * *
Y una noche leía Mariquita La Perfecta Ca­sada, del sublime Fray Luis de León; y leía, po­niéndose roja de vergüenza, mientras el cora­zón se lo quedaba frío: «...Así, por la misma ra­zón, no trata aquí Dios con la casada que sea hones­ta y fiel, porque no quiere que le pase aún por la imaginación que es posible ser mala. Porque, si va a decir la verdad, ramo de deshonestidad es en la mu­jer casta el pensar que puede no serlo, o que en serlo hace algo que le debe ser agradecido».


Y como si Fray Luis hubiera escrito para ella sola, y en aquel mismo instante, y no escri­biendo, sino hablándola al oído, Mariquita se sintió tan avergonzada que hundió el rostro en las manos, y sintió en la nuca, no un beso in partibus de su esposo, sino el aliento del agus­tino que, con palabras del Espíritu Santo, le quemaba el cerebro a través del cráneo.
Quiso tener valor, en penitencia, y siguió leyendo, y hasta llegó donde poco después di­ce: «Y cierto, como el que se pone en el camino de Santiago, aunque a Santiago no llegue, ya le llaman romero, así, sin duda, es principiada ramera la que se toma licencia para tratar de estas cosas, que son el camino».
Y, siempre con las manos apretadas a la cabeza, la de Osorio se quedó meditando:
-¡Yo ramera principiada y por aquello mismo que, si ahora siento como dolor de la conciencia que me remuerde, siempre tomé por prueba dura, por mérito de mi martirio, por cáliz amargo!
Por el recuerdo de Mariquita pasó, en una serie de cuadros tristes, de ceniciento gris, su historia, la más cercana, la de esposa respetada, querida sin ilusión, sola en suma, y apartada del mundo casi siempre.
Casi siempre, porque de tarde en tarde volvía a él, por días, por horas. Primero había sido completo alejamiento; la batalla maternal: el embarazo, el parto, la lactancia, los cuidados, los temores y las vigilias junto a la cuna; y vuel­ta a empezar: el embarazo, cada vez más temi­do, con menos fuerzas y más presentimientos de terror; el parto, la lucha con la nodriza que vence, porque la debilidad rinde a la madre; más vigilias, más cuidados, más temores... y el marido que empieza a desertar, en quien se disipa algo que parece nada, y era nada menos que el amor, el amor de amores, la ilusión de toda la vida de la esposa, su único idilio, la sola voluptuosidad lícita, siempre moderada.
Como un rayo de sol de primavera, con el descanso de la maternidad viene el resucitar de la mujer, que sigue el imán de la admiración ajena; ráfagas de coquetería... así como panteís­tica, tan sutiles y universales, que son alegría, placer, sin parecer pecado. Lo que se desea es ir a mirarse en los ojos del mundo como en un espejo.
La ocasión de volver al teatro, al baile, al banquete, al paseo, la ofrece el mismo esposo, que siente remordimientos, que no quiere ex­tremar las cosas, y se empeña -se empeña, va­mos- en que su mujercita ¡qué, diablo! vuelva a crearse, vuelva al mundo, se distraiga hones­tamente. Y volvía Mariquita al mundo; pero... el mundo era otro. Por de pronto, ella no sabía vestirse; lo que se llama vestirse. Sin saber por qué, como si fueran escandalosas, prescindía de sus alhajas: no se atrevía a ceñirse la ropa, ni tampoco a despojarse de la mucha interior que ahora gasta, para librarse de achaques que sus maternidades trajeran con amenazas de males mayores. Además comprende que ha perdido la brújula en materia de modas. Un secreto ins­tinto le dice que debe procurar parecer modes­ta pasar como una de tantas, de esas que llenan los teatros, los bailes, sin que en ri­gor se las vea. Al llegar cierta hora, en la alta noche, sin pensar en remediarlo, bosteza; y si la fiesta es cosa de música o drama sentimental, al llegar a lo patético se acuerda de sus hijos, de aquellas cabezas rubias que descansarán sobre la almohada, a la tibia luz de una lamparilla, solos, sin la madre. ¡Mal pecado! ¡Qué remor­dimiento! ¿Y todo para qué? Para permitirles la poca simpática curiosidad de olfatear amores ajenos, de espiar miradas, de contemplar los triunfos de las hermosas que hoy brillan como ella brillaba en otro tiempo... ¡Qué bostezos! ¿Qué remordimiento!
Con el recuerdo nada halagüeño de las impresiones de noches tales, Mariquita se re­solvió a no volver al mundo, y por mucho tiempo cumplió su palabra. En vano, marrulle­ro, quería su esposo obligarla al sacrificio; no salía de casa.
Pero pasaban años, los chicos crecían, el úl­timo parto ya estaba lejos, la edad traía ciertas carnes, equilibrio fisiológico que era salud, san­gre buena y abundante; y la primavera de las entrañas retozaba, saliendo a la superficie en reminiscencias de vaga coquetería, en saudades de antiguas ilusiones, de inocentes devaneos y del amor serio, triunfador, pero también muer­to de su marido.
Mariquita recordaba ahora, leyendo a Fray Luis, sus noches de teatro de tal época.
Llegaba tarde al espectáculo.porque la prole la retenía, y porque el tocado se hacía interminable por la falta de costumbre y por la ineficacia de los ensayos para encontrar en el espejo, a fuerza de desmañados recursos cos­méticos, la Mariquita de otros días, la que había tenido muchos adoradores.
¡Sus adoradores de antaño! Aquí entraba el remordimiento, que ahora lo era, y antes, al pasar por ello, había sido desencanto glacial, amargura íntima, vergonzante... Acá y allá, por butacas y palcos, estaban algunos de aquellos adoradores pretéritos... menos envejecidos que ella, porque ellos no criaban chicos, ni se ence­rraban en casa años y años. ¡Por aquellos ilus­tres y elegantes gallos no pasaba el tiempo!... Ahora... adoraban también, por lo visto; pero a otras, a las jóvenes nuevas; constantes sólo, los muy pícaros, en admirar y amar la juventud. Celos póstumos, lucha por la existencia de la ilusión, por la existencia del instinto sexual, la habían hecho intentar... locuras; ensayar en aquellos amantes platónicos de otros días el influjo poderoso que en ellos ejercieran sus mi­radas, su sonrisa... Miró como antaño; no faltó quien echara de ver la provocación, quien par­ticipara de la melancolía y dulce reminiscen­cia... Entonces Mariquita (esto no podía verlo ella) se había reanimado, había rejuvenecido; sus ojos, amortiguados por la vigilia al pie de la cuna, habían recobrado el brillo de la pasión, de la vanidad satisfecha, de la coquetería inspi­rada... ¡Ráfagas pasajeras! Pronto aquellos ado­radores pretéritos daban a entender, sin querer­lo, distraídos, que no cabía galvanizar el amor. Lo pasado, pasado. Volvían a su adoración pre­sente, a la contemplación de la juventud, siem­pre nueva; y allá, Mariquita, la antigua reina de aquellos corazones, recogía de tarde en tarde miradas de sobra, casi compasivas, tal vez fal­sas, en su expresión. ¡Qué horror, qué vergüen­za! ¡Por tan miserable limosna de idealidad amorosa, aquellos desengaños bochornosos! Y, aturdida, helada, había dejado de presumir, de sonsacar miradas, ¡es claro! por orgullo, por dignidad. ¡Pero el dolor aquel, pensaba ahora, leyendo a Fray Luis, el dolor de aquel desenga­ño... era todo un adulterio!
¡Cuánto pecado, y sin ningún placer! El desencanto en forma de crimen. El amor propio humillado y el remordimiento por costas. ¡Y ella, que había ofrecido a Dios, en rescate de otras culpas ordinarias, veniales, aquellas de­rrotas de su vanidad, de algo mejor que la va­nidad, del sentimiento puro de gozar con el holocausto del cariño!
Sí; había andado, con mal oculta delicia, aquellos pocos pasos en el camino de Santiago... luego romero... ramera ¡oh, no, ramera no! Eso era algo fuerte, y que perdonara el seráfico poe­ta... Pero, si criminal del todo no, lo que es bue­na, tampoco. Ni buena, ni tan mala, ¡y pade­ciendo tanto! Sufría infinito, y no era perfecta. No podían amarla ni Dios, ni su marido. El marido por cansado, Dios por ofendido.

Y pensaba la infeliz, mientras velaba espe­rando al esposo ausente, tal vez en una orgía:
-¡Dios mío! ¡Dios mío! La verdadera virtud está tan alta, el cielo tan arriba, que a veces me parecen soñados, ilusorios por lo inasequibles.

1.028. Alas «Clarin» (Leopoldo)

La fraccioncilla de taravilla

Cap. I

Acababa de leer El Siglo Futuro.
En el mismo momento se extinguió la mortecina luz del quinqué.
No bien quedé en las tinieblas sentí pasar junto a mi rostro un viento frío, como aire de Guadarrama, ráfaga de pulmonía o espíritu de moderado. Mis cabellos se erizaron, latióme el corazón en la garganta. Con terror me vi frente a frente de lo sobrenatural; temblé en lo más profundo de mi alma; porque sumido en la prosa ordinaria de la vida, comprendí que me encontraba débil para las emociones que me preparaba no sé qué taumaturgo oculto en mi gabinete.
Aulló en la plaza un perro... pero sus aullidos tenían un carácter también extraordinario; parecíanse a interjecciones humanas, y una vez, y otra y otra le oí pronunciar distintamente Candauuu... Candauuu... con voz tan lastimera que corrieron de mis ojos involuntarias lágrimas.
Luego sonó dulcísima una música. Tocaba algo muy conocido por mis oídos. Una tras otra fueron sucediéndose en el aire aquellas notas con que imita Meyerbeer el acompasado andar de una cabra que lleva al cuello colgada una campanilla... ¡y apareció la cabra! -Yo la vi, porque una luz rojiza, como la que rodea a los aparecidos en las comedias de magia, fue saliendo de no sé qué foco e iluminando con fantástica claridad mi gabinete... que no era ya mi gabinete. Era... ¡el salón de sesiones de nuestro Congreso! Ofrecía un extraño espectáculo. La presidencial poltrona no pude distinguir quién la ocupaba. -¡La campanilla que sonaba era la que movía la mano fina y aristocrática del presidente!
También me había equivocado en lo tocante al perro. No era tal perro.

Cap. II

Era un diputado que, desde los bancos de la derecha, apostrofaba... con los puños a una especie de estatua del Comendador sentada en el centro. El que parecía estatua, pero sin serlo, era Candau... el que apostrofaba, imprecaba, gesticulaba... Taravilla.
Taravilla, que era un jefe de pelea; Taravilla, genio oculto por mucho tiempo, pero que al fin salía de la oscuridad, y que, sin más que unos cuatrocientos discursos, había logrado en pocas semanas llamar la atención de todo el mundo político, y era por entonces el faro luminoso que en «las borrascas del Parlamento buscaban, como estrella de salvación, los atrevidos nautas, que a navegar en las alborotadas aguas se atrevían, sin temor a las súbitas turgencias de los fervientes senos y cosenos», según muy elocuentemente había dicho pocos días antes el señor Morcillo, también profundo político y experimentado polemista.
Taravilla, en fin, jefe de una fracción colocada en el centro del centro derecho del centro de la derecha, y que era llamada la fracción de la sin-hueso, aludiendo a su cabecilla, pues digo, que Taravilla (y todo esto pasaba, es decir, pasará si no mienten los espíritus, hacia el Carnaval del año que viene) encontrábase en un momento de verdadera inspiración, irritado por una de esas frases de Candau que conmueven una civilización o sublevan a un diputado.
¡Taravilla y Candau! Es decir, Aquiles y Héctor, titán contra titán, Ruiz Gómez y el rayo; trueno contra trueno, choque de planetas.
Afuera, el ruido confuso de un pueblo feliz que se divierte con esos honestos placeres que sólo pueden saborearse cuando un Gobierno paternal vela por los intereses más sagrados, cuando un Parlamento de eminentes medianías discute las más acerbas personalidades en el seno de la representación nacional; afuera, Carnestolendas.
Y dentro Taravilla fulminante... y un poco más lejos Candau, impasible.
Candau está solo. ¡Le bastan sus pensamientos y sus frases! Taravilla rodeado por una corte de dioses mayores y menores: Morcillo, Juan García, Telesforo González, Orovio (Minerva), Hevia (Jove)... y otros miles.
Esto es lo que representa el teatro...
Oigamos ahora a Taravilla...
El discurso en el número próximo.

(Artículo de doble vista)
(El Solfeo, nº.48, 18 de octubre de 1875)

CLARÍN.

1.028. Alas «Clarin» (Leopoldo)

La fantasia de un delegado de hacienda

Don Sinibaldo de Rentería había llegado por sus pasos contados, y sin deber los ascensos a intrigas ni aldabas, a ocupar el puesto de jefe en las oficinas de Hacienda en una provincia de primera clase. No había mejor empleado en el ramo, y nada tenía que ver con su aptitud para el cargo la acalorada fantasía que Dios le había concedido. Dividía la vida en dos partes: de un lado los expedientes con  toda su horrible realidad, apremios y embargos inclusive: de otro lado la loca de la casa, que hacía vivir a D. Sinibaldo en perpetua novela interior, en continua hipótesis histórica. Porque él llamaba así a su manía invencible.
«En la hipótesis, -empezaba a pensar, de que yo fuera esto y lo otro, y me sucediera tal cosa...»
Y seguía imaginando aventuras, incidentes, episodios, lugares, diálogos, actitudes; en fin, creando un mundo en que se enfrascaba, y a poco, ya tomaba por el único positivo. Esta transformación de la hipótesis en soñada realidad era involuntaria. En esto se parecía el Delegado de Hacienda a no pocos sabios que empiezan inventando también modestamente una hipótesis, y al cabo juran que es la verdad pura y que «no le mana, canalla infame...», con todo lo demás que D. Quijote aseguraba de Dulcinea o de la modesta Madasima. De su embelesamiento, de su universo fantástico, solía sacarle a D. Sinibaldo algún encuentro brusco con... una esquina, o un pisotón de un mozo de cordel; y el soñador volvía al triste mundo de los demás, exclamando:
-Animal, ¡mire Ud. por dónde anda!
Sin ver que, por andar él por los espacios imaginarios, era por lo que le pisaba un humilde gallego. De esto hay mucho en la vida, y también en el Don Quijote, al que la vida tanto se parece.

* * *
Veraneaba D. Sinibaldo Rentería en un puertecillo del mar Cantábrico, de playa hermosa, pero pérfida como la onda, y precisamente pérfida por las ondas y las disimuladas corrientes; peligrosa por el mal abrigo del Oeste por donde, a veces, de pronto, venía bonitamente la galerna con todos sus horrores, sin anunciarse, y llegando con su furia casi a tierra, pues no había obstáculo que lo estorbase.
Más que en estas condiciones de la playa, había reparado Rentería, que si era gallo, no se le podía desechar por duro y viejo, en la hermosura de una señora, compañera de fonda y casada con un caballero que se pasaba la vida metido, no sé si en todo, pero por lo menos en los charcos, y que amaba el peligro, aunque todavía no había perecido en él. Aquel señor creía que no se era buen bañista si no se pasaba la temporada hecho un anfibio, y un esquimal por lo que toca a la comida. Todo el santo día, y madrugaba mucho, se lo pasaba descalzo de pie y pierna, metido en el agua, entre las peñas, o bien en la playa corriendo sobre la arena pero algo mar adentro como él decía. Pescaba todo lo que podía y arrancaba de las peñas las pobres lapas, con crueldad y constancia de hambriento, y como si no tuviera que meter en la boca en su casa, pasaba mil afanes por chuparle el jugo al mar, en forma de mariscos.
Este señor, una tarde se decidió a aventurarse y a pasar la mar, o por lo menos darse por ella un paseo de algunas millas. Era toda una hazaña para aquellos bañistas de tierra adentro, que solían hacer personalmente del Océano, que en frente tenían, el mismo uso que del mar pintado en el foro de un escenario.
-No le aconsejaba D. Sinibaldo al Sr. Arenas, apellido del osado argonauta, que se lanzase al mar tenebroso aquel día, porque había oído él no sé qué de contraste y turbonada y otros términos alarmantes.
El Sr. Arenas se embarcó, sin embargo, provisto de aparatos de pesca, de cien clases, y no oyó las súplicas de su mujer, a quien dejó, como una Ariadna de cabotaje, en poder, o al cuidado, de aquellos señores que quedaban en la playa admirando el valor, no cívico, como dijo uno de ellos, sino... marítimo del pescador... de cangrejos, no de perlas.
Rentería, con la imaginación loca de costumbre, hizo en seguida su novela correspondiente sobre el tema de cierto recóndito y pecaminoso deseo.
«En la hipótesis, -comenzó pensando, de que ese Sr. Arenas se ahogue, aunque sea en poca agua; de que venga la galerna, y a él, con todos esos atrevidos nautas, los tumbe y sepulte en las amargas olas...» Y así prosiguió inventando mil peripecias, trágicas unas, otras altamente galantes, en que él se veía ya enamorando a la viuda, después de haber lamentado juntos la catástrofe...
Unos quince minutos llevaría D. Sinibaldo de soñar así, sentado en el suelo, junto a la orilla, cuando, no un pisotón de gallego, sino la furia del viento, cargado de agua y arena, vino a sacarle, en parte, de su idilio elegíaco y criminal, derribándole cuan largo era. Levantose, sintió que el sombrero se lo llevaba el aire, viose envuelto por incómodo torbellino, y mirando en torno, vio sólo una espesa niebla; y por la parte del mar, entre aquella obscuridad, distinguió rayas blancas y negras, que eran las olas lejanas, encrespadas: en la espuma de la cresta, como nieve, más abajo como tinta, o por lo menos como obscurísima pizarra.
Oyó después, cerca, grandes gritos, lamentos, voces de socorro; y, cuando huyó aquella ráfaga y algo se aclaró el ambiente, distinguió Rentería, en el mar, la barca del temerario pescador próxima a zozobrar, allá, muy lejos, y por el viento y las olas impelida con fuerza y prisa hacia el Sudeste, esto es, hacia tierra; pero a gran distancia, en dirección de un paraje de la playa, que distaba no poco del sitio en que se había embarcado el mal aconsejado, es decir, bien aconsejado, pero testarudo náufrago. Vio D. Sinibaldo que una dama corría por la playa hacia la parte a que la lancha podía llegar, si antes no daba la tremenda voltereta, que parecía segura a cada brinco sobre el lomo de cada ola. Rentería, sin pensar lo que hacía, y volviendo a su novela, o, por lo menos, sin volver del todo al mundo real, echó a correr tras la dama aquella, que no era otra que la viuda, como ya la llamaba el Delegado para sus adentros.
Toda la gente que había en la playa, o los más, se encaminaron en la misma dirección, pero con menos prisa; de modo que la Sra. de Arenas sacó gran ventaja a todos muy pronto: y no poca les sacó D. Sinibaldo, que corría, corría, y medio aturdido por el viento, la fatiga, los torbellinos cargados de arena, iba soñando como si tuviese calentura, mezclando realidades y visiones.
Y mientras, con la lengua fuera, corría el buen señor, iba fraguando todo esto: Ya el tal Arenas había perecido allá, en la playa de tal (aquella en que estaban), mucho tiempo hacía; él, Rentería había recogido el cadáver del náufrago, había consolado a la viuda, la había obligado a agradecerle infinitos servicios, inestimables en los primeros momentos de apuro; su buena amistad había continuado, y pasado el año de luto, la viuda de Arenas y D. Sinibaldo contraían justas nupcias. Pero, como el cansancio y el viento llevaban medio reventado y molido al buen gallo, se sentía mal corriendo; fue a respirar fuerte y una punzada de dolor agudo en un lado le hizo exclamar: «¡Adiós! Rosa (nombre de su señora); ¿ves? ¡Ya la pesqué, pulmonía segura!» Se ahogaba, «¡La disnea! ¡Este Madrid! ¿Por qué te empeñaste en que dejara mi vida de provincia y me viniera al Ministerio? ¡Vaya, pues, adiós, hija, porque ya ves... no respiro... me ahogo... sudo... se me doblan las piernas... adiós... adiós... me muero... acuérdate de mí; no profanen la memoria de nuestro amor nuevas, para mí ilícitas relaciones... adiós, mi Rosa!...» Y se moría... Ya se había muerto; la prueba era que no se podía mover, que estaba en tierra mascando polvo o arena... Sí, aquello era la tumba, el otro mundo... Pero, ¡oh terrible realidad! Se veía desde el otro mundo este pícaro que dejamos... Y se incorporó indignado, furioso, porque acababa de ver a su viuda, en persona, sin esperar a que pasara el año de luto, abrazando a otro hombre, sin duda al que escogía por tercer marido...
Y la pareja, unidos del brazo y haciendo extremos de alegría, se acercaba sonriente a D. Sinibaldo, para agradecerle la carrera que había dado por venir en socorro del Sr. Arenas, cuando el Delegado, incorporándose... como delirando, exclamó:
-¡Aparta, mujer pérfida! Has echado dos al hoyo, y todavía, sin recato, haces alarde de tus nuevos devaneos, me presentas a tu tercer marido...
-Pero, ¿qué dice este hombre? -preguntó la dama.
El Sr. Arenas, lleno de caridad y prudencia, influido sin duda por el susto que acababa de pasar, pues había visto la muerte de cerca, dijo cortésmente:
-Sin duda la emoción que le ha causado nuestro peligro le ha transtornado por un momento... Yo no soy el tercer marido de mi mujer, Don Sinibaldo; míreme usted bien; soy Arenas, que se ha salvado de milagro...
-¿De modo... que... todos estamos vivos? Que sea enhorabuena. Dispensen ustedes: ¡esta pícara fantasía!... ¡Qué barbaridad!... ¿Pues no creí... haberme muerto... de una pulmonía?...
-Y reparando en sus indiscretas revelaciones, se puso muy colorado.
-¡Pero qué novelero es Ud.! -le dijo la ex viuda, también colorada; porque, menos atenta ya a otras cosas, o más lista que su esposo, lo había comprendido todo
-Y como le estaba muy agradecida por el interés que había mostrado en el lance, mirole la señora de Arenas con ojos muy compasivos. 
-Sí, miró de arriba a abajo, sin disgusto, a su... segundo difunto.
No hay novela, por idealista que sea, que no tenga algo real.

1.028. Alas «Clarin» (Leopoldo)

La epoca... predicador

Entre las muchas preocupaciones de la opinión figura en octava línea, por lo escaso de su importancia, la que abrigan muchos acerca de la «habilidad» de ese periódico tornasolado. Bien puede suceder, es más, de fijo nace esa preocupación, como otras tantas, de la vanidad, lote común de los humanos, según dijo Salomón, y según hubiéramos llegado a conocerlo todos si Salomón no se hubiese anticipado. Efectivamente, encomiando la habilidad de La época, sus lectores que han dado en el quid, en la maturranga, permítase la expresión, se elogian impliciter a sí mismos.
Esa es, ni más ni menos, la habilidad de La época. El sentido oculto, las reticencias, atenuaciones, pretericiones y demás figuras lógicas de que se vale La época para confeccionar esas mezclas frigoríficas que titula artículos de fondo, no están a mayor altura que un folleto publicado hace meses para colocar la infalibilidad pontificia al alcance de todas las inteligencias. No sólo las medianías, sino las nulidades del partido conservador, ¡y vive Dios que son muchas! estén al cabo de la calle de esa decantada habilidad.
Conque figúrense ustedes si se la tragarán esa media docena de arzobispos, de los cuales, el que menos

«ha sido predicador
en Aragón»,
como dijo Serra, censor de teatros.

En un artículo, de que ya nadie se acordará a estas horas en Madrid, pero que acaba de llegar a mis manos (de lo cual no tiene la culpa La Época, sino el director de correos), pretende el colega demostrar, nada menos, que a muchos ultramontanos, todos con más conchas que un peregrino (y véase cómo evito la palabra galápago), la unidad de miras que existe entre la Iglesia y el Gobierno español.
Dice La Época, sobre poco más o menos:
-Señores serenísimos e ilustrísimos, no hay que asustarse, aquí no habrá más religión que la católica, porque, como dice una habanera popular

«es la católica
mi religión...
irás al tálamo...»,

Primera página de La Época, n.º 8.488, 26 de enero de 1876.
Hemeroteca Municipal de Madrid.

en fin, lo del tálamo ya no tiene nada que ver; lo cierto es que, excepción hecha de cuatro perdidos, todos somos católicos; esperemos que se mueran de hambre estos revolucionarios de mal vivir, y entonces ya no será necesaria la tolerancia siquiera: entre tanto, sí porque, ¡qué diablos! (dispénsenme los señores perlados; la costumbre de andar con revolucionarios me ha hecho mal hablado) digo, que no es cosa de quemarlos vivos a esos cuatro descamisados impíos y krausistas. Entiéndase bien: no quiero yo decir que en principios y en tiempos normales no fuera justo y equitativo reducirlos a ceniza; pero ahora, vamos, qué quieren los señores perlados; por razones de alta política no se puede. Ocupados los señores perlados en las matemáticas sublimes de los dogmas neocatólicos, no conocen los miramientos de la vida mundana, frívola y pecadora. Lo más que podremos hacer, en obsequio del señor Moreno y demás, para que no nos muelan a conferencias, es procurar que mueran cuanto antes esos desalmados indiferentistas de la gloriosa, encargándonos, por propia cuenta, de matarlos a disgustos. Convenimos en que el siglo tiene exigencias que parecerán absurdas a esos ilustres y perclaros perlados; pero ¡qué... Asmodeos! No todos hemos de ser unos bienaventurados.
Tal dijo La Época, en resumen, y satisfecha de su «habilidad», en que ha llegado a creer ella misma: apagó la luz, se metió en la cama, y se puso a soñar en diez distritos que su director encontraría para cada dedo de la mano.
¡Como si todos fueran sagastinos!
¡Como si los neo-católicos se mamaran el dedo!
¿No sabe La Época que, en concepto de los clérigos, y por ende del catolicismo docente, ella no es católica?
Y claro que no lo es.

[El Solfeo, n.º 148, 27 de enero de 1876]

CLARÍN.

 1.028. Alas «Clarin» (Leopoldo)