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domingo, 26 de enero de 2014

Una fantasía del doctor ox - Cap. VIII

En que el antiguo y solemne vals alemán se vuelve torbellino

Pero si los espectadores, después de salir del teatro, recobraron su calma acostumbrada; si fueron pacíficamente a sus casas, sin conservar más que una especie de atolondramiento pasajero, no habían dejado de sufrir una exaltación extraordinaria; y anonadados, rendidos, como si hubieran cometido algún exceso en la comida, cayeron pesadamente en sus camas.
Al día siguiente tuvieron todos, una especie de recuerdo de lo ocurrido la víspera. En efecto, al uno le faltaba el sombrero, perdido en la zambra, al otro un faldón de la levita rasgado en la pelea, a esta su fino zapato de rusel[1], a esa su manto de los días señalados. Volvió la memoria a aquellos honrados ciudadanos y con la memoria cierto pudor de su incalificable efervescencia. Les aparecía todo como una orgía de la cual hubieran sido héroes inconscientes.
Ni lo mencionaban ni querían pensar en ello. Pero el personaje más aturdido de la población era el burgomaestre van Tricasse. Cuando al día siguiente se despertó, no pudo hallar su peluca. Lotche la había buscado por todas partes. Nada. La peluca se había quedado en el campo de batalla. En cuanto a hacerla reclamar por Juan Mistrol, el trompeta juramentado de la villa, no. Valía más sacrificarla que exhibirse a la vergüenza, teniendo la honra de ser el primer magistrado de la población.
El digno van Tricasse meditaba, tendido bajo sus mantas, molido el cuerpo, pesada la cabeza, tumefacta la lengua, ardiente el pecho. No sentía gana alguna de levantarse, al contrario, y su cerebro trabajó aquella mañana más que en cuarenta años.
El honorable magistrado coordinaba en su mente todos los incidentes de tan inexplicable representación. Los comparaba con los hechos acaecidos en casa del doctor Ox y buscaba las razones de esta singular excitabilidad que por dos veces acababa de declararse entre sus más recomendables administrados.
¿Pero qué ocurre? -decía para sí. ¿Qué vértigo es ese que se ha apoderado de mi pacífica villa de Quiquendone? ¿Es que vamos a volvernos locos y habrá que convertir la población en un vasto manicomio? ¿Por qué, en fin, ayer estábamos todos allí, notables, consejeros, jueces, abogados, médicos, académicos, y todos, si la memoria me es fiel, hemos pasado por ese acceso de furiosa demencia? ¿Pero qué había pues, en aquella música infernal? Es inexplicable. Sin embargo, yo no había comido ni bebido nada que pudiera producir en mí semejante excitación. No. Ayer en la comida, una tajada de ternera muy hecha, alguna cucharada de espinacas con azúcar, huevos batidos y dos vasos de cerveza floja cortada con agua pura, eso no puede subirse a la cabeza. No. Algo hay que no puedo explicarme, y como, en suma, soy responsable de los actos de mis administrados, mandaré instruir indagatoria.
Pero la indagatoria, decretada por el consejo municipal, no produjo resultado alguno. Si los hechos eran patentes, la búsqueda de los magistrados no dio con sus causas. Por otro lado, la calma se había restablecido en los ánimos y con la calma vino el olvido de los excesos. Los periódicos de la localidad se abstuvieron de hablar de ello, y la reseña de la representación, que apareció en el Memorial de Quiquendone, no hizo alusión alguna al desenfrenado entusiasmo de la concurrencia entera.
Pero si, entretanto, la población volvió a su habitual apatía, si tornó a ser, al menos en apariencia, flamenca como antes, se experimentaba que en el fondo el carácter y temperamento de sus habitantes se iba poco a poco modificando. Hubiera podido decirse con verdad, según la expresión del médico Domingo Custos, que les nacían los nervios.
Expliquémonos, sin embargo. Este cambio indudable, por nadie contradicho, sólo se presentaba con ciertas condiciones. Cuando los quiquendonenses iban por la calle, al aire libre, por las plazas y a lo largo del Vaar, seguían siendo aquellas buenas gentes frías y metódicas, de antiguo conocidas. Asimismo, cuando se confinaban en su morada, unos trabajando de manos y otros de cabeza, ni los unos hacían nada, ni los otros discurrían en lo más mínimo. Su vida privada era silenciosa, fuerte, vegetativa como siempre. Ni había reyertas ni reconvenciones en las familias, ni aceleración de palpitaciones en el corazón, ni excitación alguna de la medula encefálica. El promedio de las pulsaciones seguía siendo el de los buenos tiempos, de cincuenta a cincuenta y dos por minuto.[2]
Pero, fenómeno absolutamente inexplicable; que hubiera dejado burlada la sagacidad de los fisiólogos más ingeniosos de la época, si los habitantes de Quiquendone no se modificaban en su vida privada, se transformaban visiblemente por el contrario en la vida común, con motivo de las relaciones que entre los individuos se establecen.
Así es que si se reunían en un edificio público, ya no andaba la cosa bien, como decía el comisario Passauf. En la Bolsa, en el Ayuntamiento, en el anfiteatro de la Academia, en las sesiones del consejo, en las reuniones de los doctos, se producía una especie de revivificación o sobreexcitación singular que se apoderaba de los asistentes. Al cabo de una hora las relaciones ya eran agrias. A las dos horas la discusión degeneraba en disputa. Las cabezas se calentaban y se acudía a las personalidades. En la iglesia misma, durante el sermón, los fieles no podían oír con sangre fría al ministro Stabel, que, agitándose en el púlpito, los amonestaba con más severidad que de costumbre. En fin, este estado de cosas trajo nuevos altercados, ¡ay!, más graves que el del médico Custos con el abogado Schut, y si no necesitaron nunca la intervención de la autoridad fue porque los pendencieros, una vez en su casa, hallaban allí con la calma el olvido de las ofensas hechas y recibidas.
Sin embargo, esa particularidad no había podido llamar la atención de unos entendimientos absolutamente impropios para reconocer lo que pasaba en ellos. Sólo un personaje de la población, aquel mismo cuyo cargo pensaba el consejo en suprimir, el comisario Miguel Passauf, había observado que la excitación, nula en las casas particulares, se revelaba pronto en los edificios públicos, y discurría no sin cierta ansiedad sobre lo que acontecería si algún día se propagase ese frenesí por las habitaciones, y si la epidemia, así la llamaba, se esparcía por las calles de Quiquendone. Entonces ya no habría olvido de injurias, ni intermitencias de delirio, sino una excitación permanente que lanzaría indudablemente a los quiquendonenses unos contra otros.
-¿Y qué sucedería? -decía para sí, con espanto, el comisario Passauf-. ¿Cómo contener tan salvajes furores? ¿Cómo tener a raya los temperamentos aguijoneados? Entonces mi cargo ya no será una sinecura, y habría precisión de que el consejo duplique mi sueldo, a no ser que tenga que ser yo mismo preso por infracción y perturbación del orden público.
Ahora bien estos justísimos temores no tardaron en realizarse. De la Bolsa, del templo, del teatro, de la casa municipal, de la Academia, del mercado, el mal invadió las casas particulares, y esto menos de quince días después de la terrible representación de Los Hugonotes.
Los primeros síntomas de la epidemia se declararon en casa del banquero Collaert.
Este rico personaje daba un baile, o al menos un sarao a las notabilidades de la población. Había emitido, algunos meses antes, un empréstito de treinta mil francos, que se suscribió en sus tres cuartas partes, y satisfecho de este éxito financiero había abierto sus salones y dado una fiesta a sus compatriotas.
Sabido es lo que son esas reuniones flamencas, puras y tranquilas, en las cuales hacen todo el gasto la cerveza y los jarabes. Algunas conversaciones sobre el tiempo que hace, el aspecto de la cosecha, el buen estado de los jardines, el entretenimiento de las flores y, sobre todo, de los tulipanes; de cuando en cuando una danza lenta y acompasada como un minué; a veces un vals, pero uno de esos valses alemanes que no dan más de vuelta y media por minuto y durante los cuales los que bailan se hallan tan lejos uno de otro como los brazos lo permiten, tales eran las circunstancias ordinarias de los bailes a que concurría la alta sociedad de Quiquendone. Se había intentado aclimatar la polka después de ponerla a cuatro tiempos, pero las parejas siempre se quedaban atrás de la orquesta, por lento que fuese el compás, de modo que hubo necesidad de renunciar a ella.
Aquellas reuniones pacíficas en que los donceles y doncellas hallaban un placer virtuoso y moderado, nunca habían producido escándalos funestos. ¿Por qué, entonces, aquella noche, en casa del banquero Collaert, los jarabes parecieron transformarse en vinos licorosos, en champaña chispeante y en incendiario ponche? ¿Por qué a mitad de la fiesta se apoderó de todos los convidados una especie de inexplicable embriaguez? ¿Por qué se convirtió el minué en tarantela? ¿Por qué los músicos de la orquesta apresuraron la medida? ¿Por qué las bujías alumbraron como en el teatro con brillo insólito? ¿Qué corriente eléctrica era la que invadía los salones del banquero? ¿De dónde provino que las parejas se acercaron, que las manos se estrecharon con más convulsivo apretón y que los caballeros en sus solos se distinguieron por algunos pasos atrevidos, durante aquella pastorela antes tan grave, tan solemne, tan modesta?
¡Ay! ¿Cuál sería el Edipo que pudiera responder a tan insolubles preguntas? El comisario Passauf, presente en la función, veía muy bien que la borrasca venía, más no podía dominarla sin huir, sintiendo como una embriaguez que le subía al cerebro. Todas sus facultades físicas e impulsivas de la pasión se desarrollaban y se le vio diferentes veces echarse sobre los dulces y desvalijar los platos, como si hubiera salido de una larga dieta.
Entretanto, la animación del baile se aumentaba. Un largo murmullo, como un zumbido sordo, se exhalaba de todos los pechos. Se bailaba de veras, agitándose los pies con creciente frenesí. Los rostros se encendían cual si fueran caras de Sileno. Los ojos brillaban como carbunclos. La fermentación general llegaba a todo su colmo.
Y cuando la orquesta entonó el vals de Freyschütz, cuando este vals tan alemán y de movimiento tan lento fue atacado con desenfrenado brazo por los músicos, ¡ay!, ya no fue un vals sino un torbellino insensato, una rotación vertiginosa, un giro digno de ser conducido por algún Mefistófeles, que llevase el compás con un tizón ardiendo. Después un galop[3], un galop infernal, durante una hora, sin poder desviarlo ni suspenderlo, desatado en revueltas por entre salas, salones, antecámaras y escaleras, desde el sótano hasta el desván de la opulenta mansión, arrastró a los mozos y doncellas, padres, madres, individuos de toda edad, de todo peso y de todo sexo, y al grueso banquero Collaert y a la señora de Collaert, y a los consejeros y magistrados, y al gran Juez, y a Niklausse y a la señora van Tricasse, y al burgomaestre van Tricasse y al mismo comisario Passauf, quien jamás pudo acordarse de quién fue su pareja aquella noche.
Pero «ella» no lo olvidó. Y desde aquel día, «ella» vio en sueños al avasallador comisario. ¡Y «ella» era la amable Tatanemancia!

1.016. Verne (Julio)

[1] Género de lana asargada.
[2] La frecuencia de las pulsaciones varia según la edad, siendo de 120 en el recién nacido y 60 en el anciano. El término medio es de 70 a 80 por minuto.
[3] Danza antigua en compás de 2 por 4 y movimiento muy vivo. 

Una fantasía del doctor ox - Cap. IX

Donde el doctor Ox y su ayudante Igeno cruzan algunas palabras

-¿Y bien, Igeno?
-Pues bien, maestro, todo está dispuesto. La colocación de los tubos se halla completamente terminada.
-¡Por fin! Ahora vamos a proceder en grande y sobre las masas.

1.016. Verne (Julio)

Una fantasía del doctor ox - Cap. X

En el cual se verá que la epidemia invade la población entera y el efecto que produce

Durante los meses que siguieron, el mal, en vez de disiparse, no hizo más que extenderse. De las casas particulares, pasó a las calles. La población de Quiquendone no era ya la misma.
Y, fenómeno más extraño aún que los observados hasta entonces, no solamente el reino animal, sino también el vegetal, estaban some-tidos a esa influencia. Según el curso ordinario de las cosas, las epidemias son especiales. Las que atacan al hombre no se ceban en los animales, las que persiguen a éstos dejan libres a los vegetales. Jamás se ha visto a un caballo atacado de viruela, ni a un hombre de la peste bovina, así como los carneros no pescan la enfermedad de las patatas. Pero en Quiquendone todas las leyes de la naturaleza parecían trastornadas. No tan sólo se habían modificado el tempera-mento, el carácter y las ideas de los quiquendoneses, sino que los animales domésticos, perros o gatos, bueyes o caballos, asnos o cabras, sufrían aquella influencia epidémica, como si su medio habitual se hubiera cambiado. Las mismas plantas se emancipaban, si se quiere perdonarnos esta expresión.
En efecto, en los jardines, en las huertas, en los vergeles, se manifestaban síntomas sumamente curiosos. Las plantas enredade-ras trepaban con más audacia. Los arbustos se tornaban árboles. Las semillas apenas sembradas ostentaban su verde brote y en igual transcurso de tiempo alcanzaban en pulgadas lo que antes y en las circunstancias más favorables crecían en líneas. Los espárragos llegaban a dos pies de altura; las alcachofas se hacían tan gruesas como melones, y éstos como calabazones, los cuales llegaban al tamaño de la campana mayor, que contaba nueve pies de diámetro. Las berzas se tornaban arbustos y las setas en paraguas.
Las frutas no tardaron en seguir el ejemplo de las verduras. Se necesitaban dos personas para comer una fresa y cuatro para una pera. Los racimos de uva eran todos iguales al pintado tan admira-blemente por Poussin en su «Regreso de los enviados a la Tierra Prometida».
Lo mismo acontecía con las flores, las dilatadas violetas esparcían por el aire penetrantes perfumes; las rosas exageradas brillaban con los colores más vivos; las lilas formaban en pocos días impenetrables selvas; geranios, margaritas, dalias, camelias y magnolias invadiendo los paseos, se ahogaban las unas con las otras. Y los tulipanes, esas queridas liliáceas que son la delicia de los flamencos, causaron a los aficionados intensas emociones. El digno van Bistrom por poco cayó un día boca arriba al ver en su jardín una simple Tulipa gesneriana enorme, monstruo-sa, gigantesca, cuyo cáliz servía de nido a toda una familia de pitirrojos.
La población entera acudió para ver aquella flor fenomenal y le dio el nombre de Tulipa quiquendonia.
Mas, ¡ay!, si aquellas plantas, si aquellas frutas, si aquellas flores crecían a la vista, si todos los vegetales afectaban tomar proporcio-nes gigantescas, si la viveza de sus colores y de los perfumes embriagaba la vista y el olfato, en cambio, se marchitaban muy aprisa. Aquel aire que absorbían las quemaba rápidamente y no tardaban en perecer agostadas, mustias y abrasadas.
Tal fue la suerte del famoso tulipán, que se marchitó después de algunos días de esplendor.
Pronto sucedió lo mismo con los animales domésticos, desde el perro de la casa, hasta el cerdo de la porquera, desde el canario enjaulado hasta el pavo del corral. Conviene decir que estos animales, en época ordinaria, eran tan flemáticos como sus amos. Perros o gatos vegetaban más bien que vivían, no descubriéndose en ellos nunca ni un estremecimiento de placer, ni un movimien-to de cólera. Los rabos estaban tan quietos como si fuesen de bronce. Desde tiempo inmemorial no se citaba ni mordedura ni arañazo. En cuanto a los perros rabiosos eran tenidos por bestias imaginarias, dignas de figurar entre los grifos y otros en la casa de fieras del Apocalipsis.
Más durante aquellos sucesos cuyos menores accidentes tratamos de reproducir, ¡qué cambio! Perros y gatos comenzaron a enseñar dientes y zarpas, y hubo necesidad de algunas ejecuciones a consecuencia de ataques reiterados. Por vez primera se vio que un caballo se desbocaba por las calles de Quiquendone, que un buey acometía a uno de sus congéneres, que un asno se caía patas arriba en la plaza de San Ernulfo dando rebuznos que ya no tenían nada de animal, y que un carnero defendía valientemente contra la cuchilla del carnicero, las costillas que llevaba dentro.
El burgomaestre van Tricasse tuvo que promulgar edictos de policía concernientes a los animales domésticos, que, atacados de frenesí, daban poca seguridad a las calles de Quiquen-done.
¡Pero ay! Si locos estaban los animales, no se mostraban más cuerdos los hombres. Ninguna edad fue respetada por el azote.
Los niños se hicieron muy pronto insoportables, ellos, antes tan fáciles de criar, y, por la vez primera, el gran juez Honorato Syntax tuvo que dar azotes a su tierna primogénita.
En el colegio hubo una especie de motín, y los diccionarios trazaron deplorables trayectorias en las clases. Ya no podía tenerse a los alumnos encerrados, y, por otra parte, la sobreexcitación llegaba hasta los profesores mismos, que los abrumaban de castigos.
¡Otro fenómeno! Todos los quiquendonenses, tan sobrios hasta entonces y que hacían de las natillas y merengues su alimento principal, cometían verdaderos excesos de comida y bebida. Su régimen ordinario no bastaba. Cada estómago se cambiaba en sumidero, y era preciso llenarlo por los medios más enérgicos. El consumo se triplicó, y en vez de tres comidas se hacían seis. Hubo, por consiguiente, numerosas indigestiones. El consejero NIiklausse no podía nunca acabar de saciar su hambre, ni el burgomaestre van Tricasse apagar de una vez su sed no saliendo ya de una especie de semiembriaguez encarnizada.
En fin, los síntomas más alarmantes se manifestaron y multiplicaron de día en día.
Se encontraron borrachos por las calles, y entre ellos, con frecuencia, notabilidades.
Las gastralgias dieron enorme ocupación al médico Domingo Custos, así como las neuritis y neuroflogosis, lo cual demostraba hasta qué grado de irritabilidad habían llegado los nervios de la población.
Hubo reyertas y altercados diarios en las calles, antes desiertas, de Quiquendone, hoy tan frecuentadas porque nadie se podía estar quieto en su casa.
Fue necesario crear una policía nueva para contener a los perturbadores del orden público.
Se instaló una prevención en el ayuntamiento, y se vio poblada día y noche. El comisario Passauf ya no podía más.
Se arregló un matrimonio en menos de dos meses, lo cual jamás se había visto. El hijo del preceptor Rupp se casó con la hija de la bella Agustina de Rovere, y esto nada más que cincuenta y siete días después de haberle pedido su mano.
Se decidieron otros casamientos que antiguamente hubieran estado en proyecto años enteros. El burgomaestre no se reponía de su asombro, y estaba viendo que su hija, la linda Suzel, se le iba a escapar de las manos.
En cuanto a la apreciable Tatanemancia, se había atrevido a pensar en el comisario Passauf, como esperanza de un enlace que le parecía reunir todos los elementos de felicidad, ¡fortuna, honra y juventud!
En fin, hubo, para colmo de abominación, un duelo. ¡Sí! ¡Un duelo! ¡Un desafío a pistola de arzón a setenta y cinco pasos y balas libres! ¿Y entre quienes? No lo creerán nuestros lectores.
Entre Frantz Niklausse, el apacible pescador, y el hijo del opulento banquero, el joven Simón Collaert.
Y la causa de este duelo era la hija del burgomaestre, hacia quien se sentía Simón perdido de amor, y que no quería ceder a las pretensiones de un rival audaz.

1.016. Verne (Julio) 

Una fantasía del doctor ox - Cap. XI

Donde los quiquendonenses toman una resolución heroica

Ya vemos en cuán deplorable estado se encontraba la población de Quiquendone. Las fuerzas fermentaban. No se conocían ni reconocían unos a otros. Las gentes más pacíficas se tornaron pendencieras. Cuidado con mirarlas de reojo, porque pronto hubieran sido necesarios los padrinos. Algunos se dejaron crecer el bigote, y los más revoltosos se los retorcieron a modo de gancho.
En semejantes circunstancias, la administración de la villa y el mantenimiento del orden en calles y edificios públicos ofrecían gran dificultad, porque los servicios no se habían organizado para tal estado de cosas. El burgomaestre, aquel digno van Tricasse, a quien hemos conocido tan apacible, tan apocado, tan incapaz de adoptar decisiones, no cesaba de estar encolerizado. Su casa retumbaba con los estallidos de su voz. Dictaba veinte bandos al día, reconvenía a sus agentes y estaba siempre dispuesto a ejecutar por sí mismo los actos de su administración.
¡Ah! ¡Qué transformación! Amable y tranquila casa del burgo-maestre, buena habitación flamenca, ¿dónde estaba su tranquila calma? ¡Qué escenas domésticas ocurrían ahora! La señora de van Tricasse se había vuelto adusta, caprichosa y gruñona. Su marido lograba cubrir su voz gritando más que ella, pero no podía hacerla callar. El humor irascible de la buena señora se descargaba sobre cuanto se le ponía delante. Nada iba bien. El servicio no se hacía. Para todo se tardaba. Acusaba a Lotche y aun a su cuñada Tatane-mancia, quien con no menos malhumor le respondía agriamente. Era natural que el señor van Tricasse defendiera a su criada Lotche, como sucede en muchas familias. De aquí la exas-peración permanente en la señora del burgomaestre, reprimendas y discusiones.
-Pero, ¿qué es lo que tenemos? -exclamaba el desgraciado burgomaestre. ¿Cuál es ese fuego que nos devora? ¿Estamos acaso poseídos del demonio? ¡Ah! Señora van Tricasse, acabará por hacerme morir antes que usted, faltando así a las tradiciones de familia.
Porque el lector no habrá olvidado esa extraña particularidad de tener que enviudar el señor van Tricasse y volver a casarse para no romper el encadenamiento de las conveniencias.
Esta disposición de los ánimos produjo efectos bastante curiosos que importaba conocer. Aquella sobreexcitación, cuya causa todavía desconoce-mos, ocasionó aceleraciones fisiológicas que nadie hubiera esperado. Brotaron de la multitud talentos hasta entonces ignorados. Se revelaron nuevas aptitudes. Aparecieron hombres lo mismo en la política que en las letras. Se formaron oradores en medio de las más arduas controversias, y en todas las cuestiones inflamaron a un auditorio perfectamente dispuesto, por lo demás, a inflamarse. De las sesiones del consejo, el movimiento se transmitió a las reuniones públicas, fundándose un club en Quiquendone, mientras que veinte periódicos, entre ellos El Vigía de Quiquendone, El Imparcial de Quiquen-done, El Radical de Quiquendone, El Extremado de Quiquendone, escritos con encarnizamiento, suscitaban las más graves cuestiones sociales.
¿Pero a propósito de qué?, se dirá. A propósito de todo y de nada; a propósito de la torre de Audenarde, y que los unos querían derribar y otros enderezar; a propósito de los bandos de policía que promulgaba el consejo, y a los cuales pretendían resistir las malas cabezas; a propósito del aseo, de los arroyos y de las alcantarillas. ¡Y, por fin, si los fogosos oradores no la hubieran emprendido más que con la administración interior de la ciudad! Mas no; arrastrados por la corriente, debían ir más allá, y si la Providencia no intervenía, arrastrar, impelar, precipitar a sus semejantes en los azares de la guerra.
En efecto, hacía ochocientos o novecientos años que Quiquendone se había reservado un casus belli de suprema calidad, pero lo guardaba precisamente como una reliquia y había probabilidades de que ya no sirviese para nada.
He aquí cómo se había producido ese casus belli.
Se ignora generalmente que Quiquendone está cerca, en aquel buen rincón de Flandes, de la pequeña población de Virgamen. Los territorios de ambos concejos confinan uno con otro.
Ahora bien, en 1185, algún tiempo antes de la partida del conde Balduino para las Cruzadas, una vaca de Virgamen, no la de un habitante, sino una vaca del concejo, fíjese bien la atención en ello, se fue a pastar al territorio de Quiquendone. Apenas había el desgraciado animal rozado la hierba con su lengua; pero el delito, el abuso quedó debidamente consignado por el sumario que se formó verbalmente, porque en aquella época los magistrados comenzaban apenas a saber escribir.
-Nos vengaremos cuando sea ocasión -dijo simplemente van Tricasse, el trigésimo segundo predecesor del burgomaestre actual, y los virgamenses nada perderán por esperar.
Los virgamenses estaban prevenidos. Aguardaron, pensando, no sin razón, que el recuerdo de la injuria se debilitaría con el tiempo; y, en efecto, durante algunos siglos vivieron en buenas relaciones con sus semejantes de Quiquendone.
Pero no contaban con la nueva huésped, o, por mejor decir, con esa extraña epidemia que, cambiando radicalmente el carácter de sus vecinos, despertó en los corazones la adormecida venganza.
En el club de la calle de Mostrelet fue donde el fogoso abogado Schut, lanzando bruscamente la cuestión a la faz de sus oyentes, los apasionó empleando las expresiones y metáforas de costumbre en estas circunstancias. Recordó el delito y el agravio hecho a Quiquendone, y para el cual un pueblo celoso de sus derechos no podía admitir prescripción. Mostró la injuria siempre viva, la llaga siempre sangrienta; habló de ciertos encogimientos de hombros peculiares de los habitantes de Virgamen, y que indicaban el des-precio en que tenían a los de Quiquendone; suplicó a sus com-patriotas que, inconscientemente quizá, habían sufrido durante tantos siglos el mortal ultraje; rogó a los hijos de la vieja ciudad que ya no tuviesen otro objetivo que el de obtener una reparación solemne. En fin, hizo un llamamiento a todas las fuerzas vivas de la nación.
El entusiasmo con que estas palabras, tan nuevas para los oídos quiquendonenses, fueron acogidas, se siente, pero no se explica. Todos los oyentes se levantaron, y con los brazos extendidos pedían la guerra a voz en grito. Nunca había obtenido el abogado Schut tan notable triunfo, y es necesario confesar que fue brillan-tísimo.
El burgomaestre, el consejero, todos los notables que asistían a esa memorable sesión, hubieran inútilmente querido resistir al arrebato popular. Por otra parte, ni deseos tenían de ello, y si no más, al menos tan alto como los otros gritaban:
-¡A la frontera! ¡A la frontera!
Y como la frontera no estaba más que a tres kilómetros de los muros de Quiquendone, los virgamenses corrían verdadero peligro, puesto que podían ser invadidos antes de haber tenido tiempo de prepararse.
Entretanto, el honorable farmacéutico José Liefrink, que era el único en conservar su sangre fría en tan graves circunstancias, quiso hacer comprender que se carecía de fusiles, cañones y generales.
Le respondieron, no sin algunas invectivas, que esos generales, cañones y fusiles, se improvisarían; que el derecho y el amor patrio bastaban para hacer a un pueblo irresistible.
Sobre esto mismo el burgomaestre tomó la palabra, y en una improvisación sublime, increpó a esas gentes pusilánimes que disfrazan el miedo bajo el velo de la prudencia, velo que él rasgaba con patriótica mano.
En aquel momento se hubiera creído que el salón se iba a hundir bajo los aplausos.
Se pidió la votación.
Se procedió por aclamación, y los gritos redoblaron.
-¡A Virgamen! ¡A Virgamen!
El burgomaestre se comprometió a poner los ejércitos en movimiento, y en nombre de la villa prometió al futuro vencedor los honores del triunfo, como lo verificaban los romanos.
Entretanto, el farmacéutico José Liefrink, que era algo testarudo, y que no se daba por vencido, aunque ya lo estaba realmente, quiso presentar todavía una observación. Hizo recordar que en Roma no se concedía el triunfo a los generales vencedores sino después de haber matado a cinco mil enemigos.
-¡Y qué!, ¡Y qué! -gritó delirante la concurrencia.
-Es que la población de Virgamen no asciende más que a tres mil quinientos setenta y cinco habitantes, y, por consiguiente, sería difícil, a no ser que se matase muchas veces a la misma persona...
Pero no dejaron que el desgraciado argumentador concluyese y le echaron del salón, confuso y completamente molido.
-Ciudadanos -dijo entonces el tendero de comestibles Pulmacher, que generalmente vendía especias al por menor, ciudadanos, a pesar de lo dicho por ese cobarde boticario, me comprometo yo a matar cinco mil virgamenses, si quieren aceptar mis servicios...
-¡Cinco mil quinientos! -gritó un patriota más resuelto.
-¡Seis mil seiscientos! -repuso el tendero.
-¡Siete mil! -gritó el confitero de la calle de Hemling, Juan Orbideck, que estaba haciendo su fortuna con los merengues.
-¡Rematado! -exclamó el burgomaestre van Tricasse, viendo que nadie pujaba más.
Y fue de este modo que el confitero Juan Orbideck se hizo general en jefe de las tropas de Quiquendone.

1.016. Verne (Julio)

Una fantasía del doctor ox - Cap. XII

En el cual el ayudante Igeno emite una opinión razonable que el doctor Ox rechaza con viveza

-¡Y bien, maestro! -decía al día siguiente el ayudante Igeno, echando cubos de ácido sulfúrico en la tina de sus enormes pilas.
-¡Y bien! -respondió el doctor Ox. ¿No tenía yo razón? ¡Ve usted en qué consiste, no tan sólo el desarrollo físico de toda una nación, sino también su moralidad, su dignidad, sus talentos, su sentido político! ¡No es más que una cuestión de moléculas...!
-Sin duda, pero...
-¿Pero qué?
-¿No le parece que las cosas han llegado muy lejos y que no conviene excitar a esa pobre gente más de lo necesario?
-¡No! ¡No! -exclamó el doctor. ¡No! Iré hasta el fin.
-Como guste, maestro; pero el experimento me parece concluyente, y creo que ya es tiempo de...
-¿De qué?
-De cerrar la llave.
-¡Cómo! -gritó el doctor Ox. ¡Si hace usted semejante cosa lo estrangulo!

1.016. Verne (Julio)

Una fantasía del doctor ox - Cap. XIII

Donde se prueba una vez más que desde un lugar elevado se dominan todas las pequeñeces humanas

-¿Conque dice usted...? -preguntó el burgo-maestre van Tricasse al consejero Niklausse.
-Digo que esta guerra es necesaria -respondió el consejero con tono firme, y que ya ha llegado el tiempo de vengar nuestra injuria.
-Pues bien, yo le repito -dijo con acritud el burgomaestre, le repito que si la población de Quiquendone no se aprovecha de esta ocasión para reivindicar sus derechos, será indigna de su nombre.
-¡Y yo le sostengo que debemos reunir sin tardanza nuestras huestes y llevarlas adelante!
-¿De veras, de veras? ¿Y es a mí a quien usted habla así?
-A usted mismo, señor burgomaestre, y tiene que oír la verdad por dura que le parezca.
-Usted es quien tendrá que escucharla, señor consejero, porque mejor saldrá de mi boca que de la suya. Sí, señor, sí. Toda tardanza sería deshonrosa. Hace novecientos años que la ciudad de Quiquendone aguarda el momento de tomar su desquite, y por más que diga, y le convenga o no, marcharemos contra el enemigo.
-¡Ah! ¿Lo toma usted por ese lado? -respondió irritado el consejero Niklausse. Pues bien, marcharemos sin usted, si no le place ir.
-El puesto del burgomaestre está en primera fila.
-Y el de un consejero también.
-Me está insultando al contrariar todas mis voluntades -exclamó el burgomaestre, cuyos puños tenían la tendencia de cambiarse en proyectiles de percusión.
-Y también me insulta usted al dudar de mi patriotismo -dijo Niklausse, poniéndose también en guardia.
-Le digo, caballero, que el ejército quiquendonense se pondrá en marcha antes de dos días.
-Y le repito, caballero, que no pasarán cuarenta y ocho horas antes que marchemos sobre el enemigo.
Fácil es observar que ambos sostenían exactamente la misma idea. Ambos querían la batalla, pero su excitación los inclinaba a disputar. Niklausse no escuchaba a van Tricasse ni éste a aquél. No hubiera sido más violento el altercado aun cuando opinando los dos en sentido contrario quisiera el uno la guerra y el otro la paz. Se lanzaban miradas de furor. Por el movimiento acelerado de su corazón, por su cara encendida, por sus pupilas contraídas, por el temblor de sus músculos, por su voz, en la cual había hasta rugidos, se comprendía que estaban dispuestos a lanzarse uno sobre otro.
Pero sonó el reloj de la torre, deteniendo esto a los adversarios en el momento en que iban a irse a las manos.
-Ya es la hora -exclamó el burgomaestre.
-¿Qué hora? -preguntó el consejero.
-La de ir a la torre de las campanas.
-Es verdad, y que lo tome usted a bien o a mal, iré, caballero.
-Yo también.
-Salgamos.
-Salgamos.
Estas últimas palabras podían suponer que iba a tener lugar un encuentro y que los adversarios se dirigían al terreno del desafío, pero no hubo nada de eso. Se había convenido que el burgo-maestre y el consejero, que eran las dos principales autoridades, acudieran a la casa municipal para subir a la torre y examinar el campo, a fin de tomar las mejores disposiciones estratégicas que pudieran asegurar la marcha de sus tropas.
Aunque los dos estaban de acuerdo sobre esto, no cesaron de discutir por el camino con la más vituperable vivacidad. Se oyeron sus gritos resonar en la calle; pero como todos los transeúntes estaban subidos al mismo diapasón, su acaloramiento parecía natural y no se les hacía caso. En estas circunstancias un hombre tranquilo hubiera parecido un monstruo.
El burgomaestre y el consejero se hallaban en el paroxismo del furor cuando llegaron al pórtico de la casa municipal. Ya no estaban encarnados, sino pálidos. Aquella espantosa discusión había producido en sus vísceras algunos movimientos espasmódicos, y sabido es que la palidez denota el último límite de la cólera.
Al pie de la estrecha escalera de la torre, hubo una verdadera explosión. ¿Quién había de pasar primero? ¿Quién treparía antes los escalones de tal escalera de caracol? La verdad nos obliga a decir que hubo atropello y que el consejero Niklausse, olvidando todo lo que debía a su superior, al magistrado supremo de la población, dio un violento empellón a van Tricasse y se lanzó el primero por la oscura vía.
Ambos subieron, primero a gatas dirigiéndose epítetos malsonan-tes. Era de temer que ocurriese un desenlace terrible en lo alto de la torre que se alzaba a trescientos cincuenta y siete pies sobre el empedrado.
Pero los dos enemigos se cansaron pronto, y al cabo de un minuto, en el octogésimo escalón ya no subían sino con pesadez, respirando ruidosamente.
Pero entonces, sería esto una consecuencia de su fatiga, si la cólera no decayó, se tradujo al menos por una sucesión de calificativos inconvenientes. Se callaban, y cosa extraña, parecía que su exaltación disminuía a medida que subían, verificándose en su espíritu una especie de aplacamiento y descendiendo los hervores de su cerebro como los de una cafetera que se aparta del fuego. ¿Por qué?
No podemos responder, pero la verdad es que cuando llegaron a cierto descansillo a doscientos setenta y seis pies sobre el nivel de su población, los dos adversarios se sentaron y ya más sosegados se miraron sin rencor.
-¡Qué alto es esto! -exclamó el burgomaestre pasándose el pañuelo por su rubicunda faz.
-¡Muy alto! -respondió el consejero. Ya sabe usted que estamos catorce pies más arriba que la torre de San Miguel de Hamburgo.
-Ya lo sé -respondió el burgomaestre, con un acento de vanidad perdonable a la primera autoridad de Quiquendone.
Al cabo de unos instantes, los dos notables continuaban su marcha ascensional, dirigiendo una mirada curiosa a través de las aspilleras abiertas en la pared de la torre. El burgomaestre había pasado a la cabeza de la caravana sin que el consejero pusiera reparo alguno. Aconteció que a los trescientos cuarenta escalones, van Tricasse estaba enteramente derrengado y Niklausse tuvo la amabilidad de empujarle suavemente por detrás. El burgomaestre aceptó este auxilio y cuando llegó a la plataforma de la torre dijo con agasajo:
-Gracias, Niklausse, ya le corresponderé.
Poco antes eran dos fieras dispuestas a despedazarse al comenzar a subir, y ahora dos amigos al llegar a lo alto de la torre.
El tiempo era magnífico. Corría el mes de mayo y el sol había absorbido todos los vapores. ¡Qué atmósfera tan pura y tan limpia! La mirada podía abarcar los objetos más diminutos en un espacio considerable. A algunas millas se divisaban los muros de Virgamen resplandecientes de blancura, sus tejados rojos y campanarios salpicados de luz. ¡Y esa población era la predestinada a todos los horrores del saqueo y del incendio!
El burgomaestre y el consejero se habían sentado uno junto a otro, sobre un pequeño banco de piedra, como dos buenas personas cuyas almas se confunden en estrecha simpatía. Mientras alentaban para descansar, contemplaban las cercanías y después de algunos momentos de silencio, el burgomaestre exclamó:
-¡Qué bello es esto!
-¡Oh! ¡Es admirable! -respondió el consejero. ¿No le parece, amigo van Tricasse, que la humanidad está más bien destinada a residir en estas alturas que a arrastrarse por la corteza de la tierra?
-Pienso como usted, honrado Niklausse. Aquí se percibe mejor el sentimiento que se desprende de la naturaleza. Se aspira por todos los sentidos. En estas alturas es donde los filósofos deberían formarse y aquí es donde los sabios deberían vivir alejados de las miserias mundanas.
-¿Damos la vuelta a la plataforma? -preguntó el consejero.
-Demos la vuelta a la plataforma -respondió el burgomaestre.
Y los dos amigos, del brazo y haciendo largos descansos entre sus preguntas y respuestas, examinaron todos los puntos del horizonte.
-Hace por lo menos diecisiete años que no había subido a esta torre -dijo van Tricasse.
-No creo haber subido nunca -respondió el consejero Niklausse, y lo siento porque éste es un espectáculo sublime. Vea ese bonito río cómo serpentea entre los árboles.
-¡Y más lejos las alturas de Santa Hermandad! ¡Qué maravillosa-mente cierran el horizonte! Vea aquel grupo de árboles verdes que la naturaleza ha dispuesto tan pintorescamente. ¡Ah!, ¡la naturaleza, la naturaleza, Niklausse! ¿Puede jamás competir con ella la mano del hombre?
-Esto es encantador, mi excelente amigo. Repare en aquellos rebaños pastando en las verdes praderas, aquellos bueyes, aquellas vacas, aquellas ovejas...
-¡Y aquellos labradores que van al campo! Parecen pastores de la Arcadia y no les falta más que la zampoña.
-Y sobre todo esa fértil campiña, el hermoso cielo azul, no turbado por nube alguna. ¡Ah!, Niklausse aquí nos volveremos poetas. No comprendo cómo San Simeón el Estilita no fue uno de los más grandes poetas del mundo.
-Tal vez porque su columna no fuese bastante alta -respondió el consejero con apacible sonrisa.
En aquel momento, las campanas armónicas se pusieron en movimiento soltando a los aires sus melodiosos sonidos. Los dos amigos se quedaron estáticos, y después el burgomaestre dijo con voz sosegada:
-Pero, amigo Niklausse, ¿qué hemos venido a hacer en lo alto de esta torre? En suma, nos estamos dejando llevar de nuestros ensueños...
-Hemos venido -respondió Niklausse, a respirar este aire puro no viciado por las flaquezas humanas.
-¿Pues entonces bajamos ya, amigo Niklausse?
-Bajemos, amigo van Tricasse.
Las dos notabilidades dirigieron la postrer mirada al espléndido panorama que se desarrollaba a su vista, y, después, pasando primero el burgomaestre, comenzó a bajar con paso lento y mesurado. El consejero le seguía algunos escalones detrás. Ambos llegaron al descansillo donde se habían detenido al subir. Ya sus mejillas principiaban a teñirse de púrpura. Se pararon un instante y prosiguieron su interrumpido descenso.
Al cabo de un minuto, van Tricasse suplicó a Niklausse que moderase el paso, porque lo tenía sobre los talones y esto le molestaba.
Aquello debió causarle más daño todavía que una simple molestia, porque veinte escalones más abajo mandó al consejero que se detuviese para poder tomar alguna delantera.
El consejero respondió que no tenía ganas de quedarse con una pierna al aire esperando la buena voluntad del burgomaestre, y prosiguió bajando.
Van Tricasse respondió con una palabra bastante dura.
El consejero replicó con una alusión ofensiva sobre la edad del burgomaestre, destinado por sus tradiciones de familia a segundas nupcias.
El burgomaestre bajó veinte escalones más, previniendo a Niklausse que las cosas no quedarían así.
Niklausse contestó que él iba a pasar delante, y como la escalera era estrecha, hubo colisión entre los dos notables, que se encontra-ban entonces en profunda oscuridad.
Las palabras de estúpido y de mal educado fueron las más blandas que se cruzaron.
-Ya veremos, so animal -gritaba el burgo-maestre, ya veremos qué papel hará usted en esa guerra y en qué puesto se encontrará.
-En el que preceda al suyo, so imbécil -respondía Niklausse.
Después dieron otros gritos y parecía que los cuerpos rodaban juntos.
¿Qué pasó? ¿Por qué aquellas disposiciones tan rápidamente mudadas? ¿Por qué los corderos de la plataforma se convirtieron en tigres doscientos pies más abajo?
Sea lo que fuere, el guarda de la torre, al oír semejante alboroto, fue a abrir la puerta inferior precisamente en el momento en que los adversarios, aporreados, y saltándoseles los ojos de las órbitas, se arrancaban recíproca-mente el pelo, que estaba formado, afortunadamente, por una peluca.
-¡Me dará usted una satisfacción! -exclamó el hurgomaestre, poniendo el puño debajo de las narices de su adversario.
-¡Cuando quiera! -aulló el consejero Niklausse, imprimiendo a su pie derecho una amenazante oscilación.
El guarda, que también se había exasperado sin saber por qué, consideró esta escena como natural. Yo no sé qué impulso personal le inclinaba a tomar parte en la contienda, pero se contuvo y se fue a propalar por todo el barrio que iba a haber un lance entre el burgomaestre van Tricasse y el consejero Niklausse.


1.016. Verne (Julio) 

Una fantasía del doctor ox - Cap. XIV

Donde las cosas han llegado a tal extremo que los habitantes de Quiquendone, los lectores y hasta el autor, reclaman un desenlace inmediato

Este último incidente demuestra el grado de exaltación en que se hallaba el pueblo quiquendonense. ¡Haber llegado a tal violencia los dos más antiguos y más pacíficos amigos de la población! ¡Y esto sólo algunos minutos después que su antigua simpatía, su amable carácter y su temperamento contemplativo acababan de recobrar su imperio sobre lo alto de la torre!
Al saber lo que ocurría, no pudo el doctor Ox contener su gozo. Se resistía a las observaciones de su ayudante que veía el mal giro que iban tomando las cosas. Por otro lado, ambos participaban de la exaltación general, y aunque menos excitados que el resto de la población, llegaron a reñir lo mismo que el burgomaestre con el consejero.
Por lo demás, preciso es decir que la cuestión dominante había hecho aplazar todos los lances personales para después de terminada la guerra con los de Virgamen. Nadie tenía el derecho de verter su sangre inútilmente cuando pertenecía hasta la última gota a la patria en peligro.
En efecto, las circunstancias eran graves y no era posible retroceder.
El burgomaestre van Tricasse, a pesar del ardor guerrero que le animaba, no había creído deber atacar a su enemigo sin prevenirle. Por consiguiente, había encargado al guardabosque Hottering que intimase a los virgamenses a que le diesen una reparación por el desafuero cometido en 1185 sobre el territorio quiquendonense.
Las autoridades de Virgamen no adivinaron al principio de lo que se trataba, y el guardabosque, a pesar de su carácter oficial, fue descortésmente despedido.
Van Tricasse envió entonces a uno de los ayudantes del general confitero, el ciudadano Hildeberto Shumman, fabricante de cara-melos, hombre muy firme y enérgico que llevara a los habitantes de Virgamen la minuta del acta levantada en 1185 por orden del burgomaestre van Tricasse.
Las autoridades de Virgamen prorrumpieron en carcajadas e hicieron con el ayudante exactamente lo mismo que con el guardabosque.
El burgomaestre reunió entonces todas las notabilidades de la población, se redactó admirable y vigorosamente una carta en forma de ultimátum en la cual se formulaba el casus belli y se dio a la ciudad culpable el tiempo de veinticuatro horas para reparar el ultraje inferido a Quiquendone.
La carta partió y volvió dos horas después, rasgada en trozos que constituían otros tantos insultos nuevos. Los virgamenses conocían de muy antaño la longanimidad de los quiquendonenses y se burlaban de ellos, de su reclamación, de sus casus belli y de su ultimátum.
Ya no quedaba, pues, más remedio que apelar a la suerte de las armas, invocar el dios de las batallas y según el procedimiento prusiano arrojarse sobre los virgamenses antes que estuvieran preparados.
Esto fue lo que decidió el consejo en una sesión solemne, en que los gritos, las invectivas, los ademanes de amenaza se cruzaron con violencia sin ejemplo. Una asamblea de locos, una reunión de poseídos, un club de endemoniados no hubieran ofrecido un tumulto mayor.
Conocida la declaración de guerra, el general Juan Orbideck reunió sus tropas, en número de dos mil trescientos noventa y tres combatientes entre una población de dos mil trescientas noventa y tres almas, Mujeres, chiquillos y ancianos se reunieron con los hombres útiles. Todo objeto cortante y contundente, se convirtió en arma. Se requisaron los fusiles de la casas y se encontraron cinco, dos de ellos sin gatillo, que se repartieron a la vanguardia.
La artillería se componía de la vieja culebrina del castillo, tomada en 1339 en el ataque de Quesnoy, una de las primeras bocas de fuego que menciona la historia y que llevaba cinco siglos sin usarse. Pero no había proyectiles que meter en ella, por fortuna para los sirvientes de tal pieza; pero aun así era invento que podía imponer al enemigo. En cuanto a las armas blancas, se habían sacado del museo de antigüedades hachas de piedra, alabardas, mazas de armas, franciscas, frámeas, guisarmas, partesanas, espadones, etcétera, y también de esos arsenales conocidos con el nombre de cocinas. Pero el valor, el derecho, el odio al extranjero, el deseo de venganza debían suplir a los mecanismos más perfeccionados y remplazar, al menos así lo esperaban, las ametralladoras modernas y los cañones que se cargan por la culata.
Se pasó revista. Ni un ciudadano faltó a la lista. El general Ordibeck, poco firme en su caballo, que era animal malicioso, se cayó tres veces al frente del ejército, pero se levantó sin herida, lo cual se consideró como favorable augurio. El burgomaestre, el consejero, el comisario civil, el gran juez, el preceptor, el banquero, el rector, en fin, todas las notabilidades, marchaban a la cabeza. Ni madres, ni hermanas, ni hijas vertían una sola lágrima. Al contrario, incitaban a sus padres, hermanos y maridos al combate y los seguían formando la retaguardia, a las órdenes de la valerosa van Tricasse.
La trompeta del pregonero Juan Mistrol resonó; el ejército se puso en movimiento, salió de la plaza, y dando gritos feroces se dirigió hacia la puerta de Audenarde.
Cuando la cabeza de la columna iba a salir de los muros de la población, un hombre se precipitó delante de ella, exclamando:
-¡Deténganse! ¡Deténganse, locos! ¡Suspendan su ataque! Déjenme cerrar la llave. No están ansiosos de sangre. Son unos buenos ciudadanos pacíficos y tranquilos. Si están enardecidos, la culpa la tiene mi amo, el doctor Ox. Es un experimento. Con pretexto de alumbrarlos con gas oxhídrico, ha saturado...
El ayudante estaba fuera de sí, pero no pudo acabar. En el mismo momento en que el secreto del doctor iba a escapársele, el mismo Ox, poseído de un furor indefinible, se arrojó sobre el desgraciado Igeno y le cerró la boca a puñetazos.
Aquello fue una batalla. El burgomaestre, el consejero, los notables que se habían detenido a la vista de Igeno, arrebatados a su vez por la exasperación, se arrojaron sobre los dos extranjeros, sin querer escuchar ni al uno ni al otro. El doctor Ox y su ayudante, sacudidos, aporreados, iban a ser conducidos a la Comisaría por orden de van Tricasse, cuando...

1.016. Verne (Julio)