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sábado, 11 de enero de 2014

La doncella maleen

Érase una vez un rey, cuyo hijo aspiraba a casarse con la hija de otro poderoso monarca. La doncella se llamaba Maleen y era de maravillosa hermosura. Sin embargo, le fue negada su mano, pues su padre la destinaba a otro pretendiente. Como los dos se amaban de todo corazón y no querían separarse, dijo Maleen a su padre:
-No aceptaré por esposo a nadie sino a él.
Enfurecido el padre, mandó construir una tenebrosa torre, en la que no penetrase un solo rayo de sol ni de luna, y, cuando estuvo terminada, le dijo:
-Te pasarás encerrada aquí siete años; al término de ellos, vendré a ver si se ha quebrado tu terquedad.
Llevaron a la torre comida y bebida para los siete años, y luego fueron conducidas a ella la princesa y su camarera, y amurallaron la entrada, dejándolas aisladas del cielo y la tierra. En plenas tinieblas, no sabían ya cuándo era de día o de noche. El príncipe rodeaba con gran frecuencia la prisión, llamando en alta voz a su amada, pero sus gritos no podían atravesar los espesos muros. ¿Qué otra cosa podían hacer las cuitadas sino quejarse y lamentarse? De este modo fue discurriendo el tiempo, y, por la disminución de sus provisiones, pudieron darse cuenta de que se acercaba el fin de los siete años. Pensaban que había llegado el momento de su liberación; pero no se oía ni un martillazo, ni caía una piedra de los muros; parecía como si su padre la hubiese olvidado. Cuando ya les quedaban poquísimas provisiones y preveían una muerte angustiosa, dijo la doncella Maleen:
-Hemos de hacer un último intento y ver si conseguimos perforar la muralla.
Cogiendo el cuchillo del pan, púsose a hurgar y agujerear el mortero de una piedra, y, cuando se sintió fatigada, relevóla la camarera. Tras prolongado trabajo lograron sacar una piedra, luego una segunda y una tercera, y, al cabo de tres días, el primer rayo de luz vino a rasgar las tinieblas. Finalmente, la abertura fue lo bastante grande para permitirles asomarse y mirar al exterior. El cielo estaba sereno, y soplaba una fresca y reconfortante brisa; pero, ¡qué triste aparecía todo en derredor! El palacio paterno era un montón de ruinas; la ciudad y los pueblos circundantes, hasta donde alcanzaba la mirada, aparecían incendiados; los campos, asolados, y no se veía un alma viviente. Cuando el boquete fue lo suficientemente ancho para que pudiesen deslizarse por él, saltó, en primer lugar, la camarera, y luego, la princesa Maleen. Pero, ¿adónde ir? El enemigo había destruido todo el reino, expulsado al Rey y pasado a cuchillo a los habitantes. Pusiéronse en camino en busca de otro país, a la ventura; pero en ninguna parte encontraban refugio ni persona alguna que les diese un pedazo de pan; y, así, su necesidad llegó a tal extremo, que hubieron de calmar el hambre comiendo ortigas. Cuando, al cabo de larga peregrinación, llegaron a otro país, ofrecieron en todas partes sus servicios, pero siempre se vieron rechazadas, sin que nadie se compadeciera de ellas. Al fin llegaron a una gran ciudad, y se dirigieron al palacio real. Tampoco allí las querían, hasta que el cocinero las admitió en la cocina como fregonas.
Y resultó que el hijo del Rey del país donde había ido a parar, era precisamente el enamorado de la doncella Maleen. Su padre le había destinado otra novia, tan fea de cara como perversa de corazón. Estaba fijado el día de la boda, y la prometida había llegado ya. Sabedora, empero, de su extrema fealdad, se mantenía alejada de todo el mundo, encerrada en su aposento, y la doncella Maleen le servía la comida. Al llegar el día en que hubo de presentarse en la iglesia con su novio, avergonzóse de su fealdad y temiendo que, si se exhibía en la calle, la gente se burlaría de ella, dijo a Maleen:
-Te deparo una gran suerte. Me he dislocado un pie y no puedo andar bien por la calle; así, tú te pondrás mis vestidos y ocuparás mi lugar. Jamás pudiste esperar tal honor.
Pero la doncella se negó, diciendo:
-No quiero honores que no me correspondan.
Fue también inútil que le ofreciese dinero; hasta que, al fin, le dijo, iracunda:
-Si no me obedeces, te costará la vida. Sólo he de pronunciar una palabra, y caerá tu cabeza.
Y, así, la princesa no tuvo más remedio que ceder y ponerse los magníficos vestidos y atavíos de la novia.
Al presentarse en el salón real, todos los presentes se asombraron de su hermosura, y el Rey dijo a su hijo:
-Ésta es la prometida que he elegido para ti y que has de llevar a la iglesia.
Sorprendióse el novio, pensando: «Se parece a mi princesa Maleen. Diría que es ella misma. Más no puede ser. Habrá muerto o continuará encerrada en la torre».
Tomándola de la mano, la condujo a la iglesia y, encontrando en el camino una mata de ortigas, dijo ella:

«Mata de ortigas.
mata de ortigas pequeñita,
¿qué haces tan solita?
Cuántas veces te comí,
sin cocerte ni salarte,
¡desdichada de mí!».

-¿Qué dices? -preguntó el príncipe.
-Nada -respondió ella, sólo pensaba en la doncella Maleen.
Admiróse él al ver que la conocía, pero no replicó. Al subir los peldaños de la iglesia, dijo ella:

«Escalón del templo, no te rompas,
yo no soy la novia verdadera».

-¿Qué estás diciendo? -preguntó otra vez el príncipe.
-Nada -respondió la muchacha; sólo pensaba en la doncella Maleen.
-¿Acaso conoces a la doncella Maleen?
-No -repuso ella. ¿Cómo iba a conocerla? Pero he oído hablar de ella.
Y, al entrar en la iglesia, volvió a decir:

«Puerta del templo, no te quiebres,
yo no soy la novia verdadera».

-¿Qué es lo que dices? -inquirió él.
-¡Ay! -replicó la princesa. Sólo pensaba en la doncella Maleen.
Entonces el príncipe sacó una joya preciosa, se la puso en el cuello y cerró el broche. Entraron en el templo y, ante el altar, el sacerdote unió sus manos y los casó. Luego, él la acompañó de nuevo a palacio, sin que la novia pronunciase una palabra en todo el camino. Ya de regreso, corrió ella al aposento de la prometida y se quitó los vestidos y preciosos adornos, poniéndose su pobre blusa gris y conservando sólo, alrededor del cuello, la joya que recibiera del príncipe.
Al llegar la noche y, con ella, la hora de ser conducida la novia a la habitación del príncipe, cubrióse el rostro con el velo, para que él no se diera cuenta del engaño. En cuanto se quedaron solos, preguntó el esposo:
-¿Qué le dijiste a la mata de ortigas que encontramos en el camino?
-¿Qué mata de ortigas? -replicó ella. Yo no hablo con ortigas.
-Pues si no lo hiciste, es que no eres la novia verdadera ­repuso él.
La prometida procuró salir de apuros diciendo:

«Preguntaré a mi criada,
que de todo está enterada».

Salió y, encarándose ásperamente con la doncella Maleen, le preguntó:
-Desvergonzada, ¿qué le dijiste a la mata de ortigas?
-Sólo le dije:

«Mata de ortigas,
mata de ortigas pequeñita,
¿qué haces tan solita?
Cuántas veces te comí,
sin cocerte ni salarte,
¡desdichada de mí!».

La prometida entró nuevamente en el aposento y dijo:
-Ya sé lo que le dije a la mata de ortigas -y repitió las palabras que acababa de oír.
-Pero, ¿qué dijiste al peldaño de la iglesia, al subir la escalinata? -preguntó el príncipe.
-¿Al peldaño? -replicó ella. Yo no hablo a los peldaños.
-Entonces, tú no eres la novia verdadera.
Repitió ella:

«Preguntaré a mi criada,
que de todo está enterada».

y, saliendo rápidamente, increpó de nuevo a la doncella:
-Desvergonzada, ¿qué le dijiste al peldaño de la iglesia?
-Sólo esto:

«Escalón del templo, no te rompas,
yo no soy la novia verdadera».
-¡Esto va a costarte la vida! -gritó la novia, y, corriendo a la habitación, manifestó:
-Ya sé lo que le dije al escalón -y repitió las palabras.
-Pero, ¿qué le dijiste a la puerta de la iglesia?
-¿A la puerta de la iglesia? -replicó ella. Yo no hablo con las puertas de las iglesias.
-Entonces tú no eres la novia verdadera.
Salió ella y preguntó furiosa a la doncella Maleen:
-Desvergonzada, ¿qué dijiste a la puerta de la iglesia?
-Sólo esto:
«Puerta del templo, no te quiebres
yo no soy la novia verdadera».

-¡Lo pagarás con la cabeza! -exclamó la novia, fuera de sí por la rabia; y, corriendo al aposento, dijo:
-Ya sé lo que dije a la puerta de la iglesia -y repitió las palabras de la princesa.
-Pero, ¿dónde tienes la alhaja que te di en la puerta de la iglesia?
-¿Qué alhaja? -preguntó ella. No me diste ninguna.
-Yo mismo te la puse en el cuello; si no lo sabes, es que no eres la novia verdadera.
Apartóle el velo del rostro y al ver su extrema fealdad, retrocediendo asustado exclamó:
-¿Cómo has venido aquí? ¿Quién eres?
-Soy tu prometida, y he tenido miedo de que la gente se burlase de mí si me presentaba en público, y mandé a la fregona que se pusiera mis vestidos y fuese a la iglesia en mi lugar.
-¿Y dónde está esa muchacha? -dijo él. Quiero verla. ¡Ve a buscarla!
Salió ella y dijo a los criados que la fregona era una embustera, y les dio orden de que la bajasen al patio y le cortasen la cabeza. Sujetáronla los criados, y ya se disponían a llevársela, cuando ella prorrumpió en gritos de auxilio, y el príncipe, oyéndolos, salió de su habitación y ordenó que la dejasen en libertad. Trajeron luces, y el príncipe vio que llevaba en el cuello el collar que le había dado en la puerta de la iglesia.
-Tú eres la auténtica novia -exclamó, la que estuviste conmigo en la iglesia. Ven a mi cuarto.
Y, cuando estuvieron solos, le dijo:
-En la entrada de la iglesia pronunciaste el nombre de la doncella Maleen, que fue mi amada y prometida. Si lo creyera posible, diría que la tengo ante mí, pues tú te pareces a ella en todo.
Respondió ella:
-Yo soy la doncella Maleen, que por ti vivió siete años encerrada en una mazmorra tenebrosa; por ti he sufrido hambre y sed, y he vivido hasta ahora pobre y miserable; pero hoy vuelve a brillar el sol para mí.
Contigo me han unido en la iglesia, y soy tu legítima esposa.
Y se besaron y fueron ya felices todo el resto de su vida. La falsa novia fue decapitada en castigo de su maldad.
La torre que había servido de prisión a la doncella Maleen permaneció en pie mucho tiempo todavía, y, cuando los niños pasaban por delante de ella, cantaban:

«Cling, clang, corre.
¿Quién hay en esa torre?
Pues hay una princesa
encerrada y presa.
No ceden sus muros,
recios son y duros.
Juanillo colorado,
no me has alcanzado».

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)

La dama y el leon

Un hombre fue una vez a hacer un largo viaje y al despedirse de sus hijas les preguntó qué querían que les trajera.
La mayor pidió perlas; la segunda, diamantes; pero la tercera le dijo:
‑Querido padre, sólo quiero una alondra que cante y que vuele.
El padre contestó:
‑Muy bien; si puedo obtenerla te la traeré.
Besó a sus tres hijas y se fue a viajar.
Compró perlas y diamantes para las dos mayores, pero en vano buscó una alondra que cantase y volase, lo cual le enojó, pues su hija menor era su predilecta.
Volvía hacia su casa atravesando un bosque, cuando en medio de éste vio un espléndido castillo; delante de él había un árbol en cuya cima vio a una alondra cantando y revoloteando.
‑¡Ah! ‑exclamó. Ya he encontrado lo que buscaba.
Y, llamando a sus criados, les hizo desmontar y les ordenó que fueran en busca del pajarillo. Apenas se acercaron al árbol, cuando un León salió de junto a él, y empezó a rugir con tal fuerza, que todas las hojas del bosque temblaban.
‑¿Quién se atreve a robarme mi alondra? ‑dijo. Voy a devorar en seguida al ladrón.
Entonces el Caballero repuso:
‑Yo no sabía que la alondra fuera vuestra. Estoy dispuesto a pagar una cuantiosa suma por mi falta; pero perdonadme la vida.
El León insistió:
‑Nada puede salvarte, a menos que me prometas darme lo primero que encuentres al volver a tu casa. Si consientes, te concedo la vida y puedes llevarte la alondra también.
Pero el Caballero dudaba, diciéndose:
‑¿Y si fuese mi hija menor, mi favorita, la que viniese corriendo a encontrarme a mi regreso al hogar?
Pero los criados, que tenían miedo, opusieron:
‑No es preciso que sea vuestra hija la que os salga a recibir. Seguramente será un gato o un perro.
El Caballero se dejó convencer, tomó la alondra y prometió al León darle lo primero que saliera a su encuentro a su regreso al hogar.
Al llegar a su casa, la primera persona que corrió a su encuentro no fue otra que su hija menor. Venía sonriente y le abrazó y besó; al saber que le traía la alondra que cantaba y volaba, saltó y brincó de gozo, pero el padre entristeciose cada vez más con aquella alegría, y, al fin, echándose a llorar, le dijo:
‑Querida niña, muy caro me ha costado tu regalo, pues he prometido darte al León, quien te hará pedazos apenas estés en su poder.
Y contó a su hija lo que le había sucedido, pero le rogó que no fuese a buscar al León, sucediera lo que sucediera.
Más ella le consoló, diciendo:
‑Querido padre, debes cumplir lo que has prometido. Iré y trataré de ablandar el corazón del León y verás como me deja volver sana y salva.
A la mañana siguiente marchó, después de despedirse de su padre, y se internó, confiada, en el bosque.
Aquel León era un Príncipe encantado que de día era León, lo mismo que sus cortesanos; mas por la noche todos ellos recuperaban la forma humana. A su llegada, la joven fue amablemente recibida y conducida al castillo. Al llegar la noche, el León se convirtió en un Príncipe gentil, celebrándose las bodas con gran magnificencia. Y juntos vivieron felices, gozando de noche y durmiendo de día. En cierta ocasión, el Príncipe dijo a su esposa:
‑Mañana hay una fiesta en la casa de tu padre para celebrar la boda de tu hermana mayor; si quieres ir, mis Leones te acompañarán.
Contestó ella que nada la haría tan feliz como ver de nuevo a su padre, por lo cual fue allá acompañada de sus Leones.
Todos se pusieron muy contentos al verla, pues la habían creído muerta y hecha pedazos desde hacía largo tiempo. Más ella les contó que su esposo era excelente y que vivía tan feliz. Y allí permaneció con su familia hasta que terminaron las fiestas de la boda. Después se volvió al castillo del bosque.
Cuando se casó la segunda hermana, y la pequeña fue de nuevo invitada a la boda, dijo ella a su esposo el León:
‑Esta vez no quiero ir sola; tú debes venir conmigo.
Pero el León le dijo que ello sería peligroso, pues si un rayo de luz que no fuese la del día le tocaba, se transformaría en paloma y saldría volando, y volaría por espacio de siete años seguidos.
‑Si no es más que eso ‑dijo ella, ven conmigo. Yo te protegeré contra todo rayo de luz.
Partieron para la boda, llevando a su hijito con ellos. Habían construido una caseta, cuyas delgadas paredes no dejaban penetrar ningún rayo de luz, y allí debía meterse el León cuando se encendieran las antorchas del casamiento. Pero la puerta de la jaula era de madera fresca y en ella se hizo una grieta, sin que nadie la viera.
La boda se celebró con gran esplendor. Pero cuando salió la procesión de la iglesia con un largo cortejo de antorchas y luces, un rayo de luz, tan fino como un pelo, tocó al Príncipe a través de la grieta de la puerta, e inmediatamente el Príncipe cambió de forma; cuando su esposa fue a buscarlo, no vio sino una Blanca Paloma allí donde había estado el León. La Paloma le dijo:
‑Durante siete años tengo que volar alrededor del mundo; cada siete pasos dejaré caer una gota de sangre y una pluma blanca para mostrar el camino que sigo; si eres capaz de seguirme, me libertarás del encanto.
En seguida la Paloma echó a volar, y la joven la siguió, y cada siete pasos vio caer una gota de sangre y una plumita blanca mostrando el camino que seguía el ave. Así pudo seguirla a través del mundo entero, hasta que casi pasaron los siete años fijados. La joven se regocijó, pensando que pronto estarían ella y su esposo libres de sus penas; pero todavía le quedaban algunas que sufrir. Cierto día, cuando ella caminaba del modo acostumbrado, siguiendo el rastro de la Paloma, la plumita y la gota de sangre dejaron de caer y toda señal de la Paloma desapareció.
"Nadie en la tierra puede ayudarme” pensó. Se dirigió al Sol y le dijo:
‑Tú que brillas sobre valles y montañas, ¿no has visto una Paloma Blanca volando por aquí?
‑No ‑contestó el Sol. No he visto ninguna, pero voy a darte un cofrecito. Si te encuentras un día en un apuro, ábrelo y ya verás.
Dio las gracias la joven al Sol, y anduvo, anduvo hasta llegar la noche, cuando la Luna aparece en el firmamento.
‑Tú que brillas durante toda la noche ‑dijo a la Luna, sobre los campos y los bosques. ¿No has visto a una Paloma Blanca volando por aquí?
‑No ‑contestó la Luna. No he visto ninguna Paloma, pero aquí tienes un huevo. Ábrelo cuando te veas en un gran apuro.
Dio las gracias a la Luna y se fue andando, andando, hasta que el Viento de la Noche sopló en su rostro.
‑Tú que soplas sobre los árboles y las hojas, ¿no has visto a una Paloma Blanca por aquí? -le preguntó.
‑No ‑repuso el Viento de la Noche. No he visto Paloma alguna; pero puedo preguntar a los otros tres Vientos, por si ellos la han visto.
Vinieron el Viento del Este y el del Oeste y nadie había visto ninguna Paloma. Sólo el Viento del Sur dijo:
‑Yo he visto a la Paloma Blanca. Volando sobre el Mar Rojo se cumplieron los siete años de su encantamiento, y se transformó de nuevo en León. Ahora el León está luchando con un Dragón que es una Princesa encantada.
Entonces el Viento de la Noche dijo a la esposa:
‑Como quiero ayudarte te diré lo que tienes que hacer. Ve al Mar Rojo y en la orilla derecha encontrarás unos juncos altísimos. Cuéntalos y corta el que hace once; golpea al Dragón con él y entonces el León le vencerá, y ambos recuperarán la forma humana. Después mira en torno y verás un alado buitre, que, volando sobre el Mar Rojo, os llevará de nuevo a ti y a tu amado a vuestro hogar. Aquí tienes una nuez; cuando estés en medio del océano, pártela e inmediatamente saldrá de las aguas un alto nogal en el cual el buitre descansará. No lo despertéis, pues le faltarían fuerzas para traeros a la otra orilla, y si olvidas partir la nuez, caeréis los tres al fondo del mar.
Siguió ella viajando y lo encontró todo como el Viento de la Noche le había anunciado. Llegada a los cañaverales de la orilla del mar, los contó y cortó el junco que hacía el número once. Golpeó al Dragón con él, y el León consiguió vencerlo; inmediatamente los dos recuperaron la forma humana.
Pero cuando la Princesa que había sido dragón estuvo libre de su encanto, tomó al Príncipe en sus brazos y fue a sentarse sobre el buitre, que se echó a volar.
Entonces la pobre esposa, otra vez abandonada, se sentó junto al agua y lloró. Recuperó, por fin, el valor y se dijo: "Dondequiera que soplen los Vientos, yo iré tras él, y cuando canten los gallos, le buscaré y le encontraré."
Y siguió andando, andando, hasta llegar al castillo donde vivían el Príncipe y la Princesa. Allí supo que se daba una gran fiesta para celebrar sus esponsales. Entonces se dijo: "Que el Cielo me ayude", y abrió el cofrecito que el Sol le había dado. Dentro encontró un vestido tan brillante como el mismo Sol. Lo tomó y se lo puso para entrar en el castillo, donde todos, incluso la novia, la contemplaron con asombro y envidia. El vestido gustó tanto a la novia, que le preguntó si se lo quería vender.
‑Ni por oro ni por plata ‑contestó ella, sino por, carne y por sangre lo daré.
La novia le preguntó qué significaba aquello y ella, repuso:
‑Déjame hablar con el novio esta noche, en su cámara.
La novia se negó. Sin embargo, codiciaba tanto el vestido, que acabó por consentir. Pero dio orden al Chambelán de que hiciese beber un narcótico al Príncipe durante la cena.
Por la noche, cuando el Príncipe estuvo dormido, la verdadera esposa fue conducida a su habitación. Ella se sentó a su lado y exclamó:
‑Te seguí siete años; subí al Sol y a la Luna, y fui en busca de los Cuatro Vientos por ti. Te ayudé a vencer al Dragón ¡y ahora te olvidas de mí!
Pero el Príncipe dormía tan profundamente, que sólo se oía un rumor como de viento entre los pinos. Al llegar la mañana, la esposa fue echada del castillo y tuvo que dar el vestido a la novia; volvió a estar muy triste y se fue a un campo a llorar. Mientras estaba allí llorando se acordó del huevo que la Luna le había dado; rompió el cascarón y de dentro salieron una gallina y doce pollitos, todos de oro, que empezaron a picotear el suelo y a brincar bajo las alas de la madre. No puede imaginarse cosa más bonita. La esposa, seguida de la gallina y los pollitos, se paseó por el prado hasta que la novia se asomó a la ventana. Tanto le gustaron los pollitos, que le preguntó si se los quería vender.
‑Ni por oro ni por plata, sino por carne y por sangre los daré. Déjame hablar con el novio en su cámara una vez más.
La novia consintió, con intención de engañarla otra vez, pero el Príncipe había preguntado al Chambelán qué era aquel murmullo que oyera la noche anterior. El Chambelán le contó cómo la novia le había dado orden de hacerle beber un narcótico para que no hablase con una pobre joven a quien habían permitido entrar en la cámara del Príncipe, la cual pasó toda la noche llorando junto a él.
‑Esta noche vierte mi bebida y lleva a la joven junto a mi cama ‑dijo el Príncipe.
Y a la noche, todo pasó como en la anterior, pero cuando la esposa empezó a contar su mala fortuna, el Príncipe reconoció la voz de su mujer, se despertó y dijo:
‑Ahora sí que por primera vez ha cesado mi encanto. Todo ha sido un mal sueño, pues la Princesa extranjera echó sobre mí un encanto que me obligó a olvidarte; pero el Cielo ha querido en buena hora que haya despertado por fin.
Entonces ambos huyeron del castillo, pues temían al padre de la Princesa, que era un mago encantador. Montaron en el buitre, que les hizo cruzar el Mar Rojo, y cuando estuvieron en medio del océano, rompieron la nuez. Un magnífico nogal surgió de las aguas y allí el pájaro descansó; después volvió a volar con ellos sobre el lomo, hasta llevarlos de nuevo a su castillo, donde encontraron a su hijo alto y hermoso, y vivieron felices siempre.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)

La dama duende

Vivió hace mucho tiempo, en un país muy lejano, una linda muchachita curiosa, indiscreta y desobediente. Sus padres no conseguían sacar partido de ella, tan rebelde como era, y les preocupaba que siguiera creciendo sin poder domar su testarudez. Un día se dirigió a ellos con estas palabras: - Mamá, papá, he decidido ir a conocer a la famosa Dama Duende.
-¡No vayas hija mía!
-Le advirtieron ellos -pues su fama proviene de su maldad. Es una mujer siniestra que no guarda nada bueno y no será una visita provechosa para ti.
-Sin embargo -contestó la muchacha- yo he oído que es capaz de hacer prodigios y que dispone de poderes mágicos que le permiten realizar las mayores maravillas. ¡Iré a conocerla!
De nada sirvieron las advertencias, súplicas y consejos de sus proge-nitores, y a la mañana siguiente la chiquilla partió en busca de la misteriosa Dama Duende. Caminando por la vereda que conducía a lo más recóndito del bosque, al fin halló la cabaña donde habitaba la extraña mujer:
-Entra y cálmate, estás temblando como un ratoncillo asustado.
-Observó la enigmática Dama al verla.
-Señora, viniendo hacia aquí he encontrado a un hombre verde que me ha dado un susto de muerte -explicó la muchacha.
-No había razón para tanto miedo, seguramente sería un cazador.
-Alegó la dama dulcemente.
-También me topé con un hombre negro que me hizo temblar.
-Sería un carbonero, no había motivo para temerle.
-Razonó la mujer acercándose a la niña.
-Dama Duende, debo deciros que mientras venía hacia aquí para conoceros hubo otro incidente que me provocó mucho miedo: se cruzó en mi camino un hombre rojo.
-A buen seguro era un carnicero: no había motivo para tu miedo.
-Respondía la Dama Duende con paciencia.
En su cara, una enigmática mueca comenzaba a perfilarse y su voz se tornaba más zalamera con cada palabra pronunciada.
-También me ocurrió, Señora, que antes de llamar a vuestra puerta atisbé por la ventana y vi al demonio en persona, echando fuego por la boca, con afiladas garras y lanzando estertóreos aullidos.
-¡Ja, ja, ja!
-La dama no pudo evitar una sardónica carcajada, al tiempo que cambiaba su agradable y dulce aspecto por el de una horrible bruja, encorvada y fea.
-Lo único que viste -continuó hablando la mujer a la niña cada vez más espantada, fue a la Dama Duende ataviada con sus mejores galas y luciendo su verdadero aspecto. Pero no te preocupes, porque llevo mucho tiempo esperándote y tu misión a mi lado va a comenzar en breve. ¡Acércate a mi lado, que me alumbrarás!
"Sin duda requiere mi ayuda" -pensó la incauta niña.
Pero cuando se acercó a la bruja, ésta la convirtió en un tronco de leña que echó a la lumbre de la chimenea, y cuando ya había prendido con el fuego, la horripilante bruja se sentó cerca y dijo en voz alta:
-¡Esta si que da luz! ¡Otra alma inocente en mi hoguera aumentará aún más mi poder! Y nunca más se supo de la curiosa niña y nunca se apagó la llama de aquel tenebroso hogar.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)

La chusma

Había una vez un gallito que le dijo a la gallinita:
-Las nueces están maduras. Vayamos juntos a la montaña y démonos un buen festín antes de que la ardilla se las lleve todas.
-Sí -dijo la gallinita, vamos a darnos ese gusto.
Se fueron los dos juntos y, como el día era claro, se quedaron hasta por la tarde. Yo no sé muy bien si fue por lo mucho que habían comido o porque se volvieron muy arrogantes, pero el caso es que no quisieron regresar a casa andando y el gallito tuvo que construir un pequeño coche con cáscaras de nuez. Cuando estuvo terminado, la gallinita se montó y le dijo al gallito:
-Anda, ya puedes engancharte al tiro.
-¡No! -dijo el gallito. ¡Vaya, lo que me faltaba! ¡Prefiero irme a casa andando antes que dejarme enganchar al tiro! ¡Eso no era lo acordado! Yo lo que quiero es hacer de cochero y sentarme en el pescante, pero tirar yo... ¡Eso sí que no lo haré!
Mientras así discutían, llegó un pato graznando:
-¡Eh, ustedes, ladrones! ¿Quién los ha mandado venir a mi montaña de las nueces? ¡Lo van a pagar caro!
Dicho esto, se abalanzó sobre el gallito. Pero el gallito tampoco perdió el tiempo y arremetió contra el pato y luego le clavó el espolón con tanta fuerza que éste le suplicó clemencia y, como castigo, accedió a dejarse enganchar al tiro del coche. El gallito se sentó en el pescante e hizo de cochero, y partieron al galope.
-¡Pato, corre todo lo que puedas!
Cuando habían recorrido un trecho del camino se encontraron a dos caminantes: un alfiler y una aguja de coser. Los dos caminantes les echaron el alto y les dijeron que pronto sería completamente de noche, por lo que ya no podrían dar ni un paso más, que, además, el camino estaba muy sucio y que si podían montarse un rato; habían estado a la puerta de la taberna del sastre y tomando cerveza se les había hecho demasiado tarde. El gallito, como era gente flaca que no ocupaba mucho sitio, los dejó montar, pero tuvieron que prometerle que no lo pisarían.
A última hora de la tarde llegaron a una posada y, como no querían seguir viajando de noche y el pato, además, ya no andaba muy bien y se iba cayendo de un lado a otro, entraron en ella. El posadero al principio puso muchos reparos y dijo que su casa ya estaba llena, pero probablemente también pensó que aquellos viajeros no eran gente distinguida. Al fin, sin embargo, cedió cuando le dijeron con buenas palabras que le darían el huevo que la gallinita había puesto por el camino y también podría quedarse con el pato, que todos los días ponía uno.
Entonces se hicieron servir a cuerpo de rey y se dieron la buena vida.
Por la mañana temprano, cuando apenas empezaba a clarear y en la casa aún dormían todos, el gallito despertó a la gallinita, recogió el huevo, lo cascó de un picotazo y ambos se lo comieron; la cáscara, en cambio, la tiraron al fogón. Después se dirigieron a la aguja de coser, que todavía estaba durmiendo, la agarraron de la cabeza y la metieron en el cojín del sillón del posadero; el alfiler, por su parte, lo metieron en la toalla. Después, sin más ni más, se marcharon volando sobre los campos. El pato, que había querido dormir al raso y se había quedado en el patio, los oyó salir zumbando, se despabiló y encontró un arroyo y se marchó nadando arroyo abajo mucho más deprisa que cuando tiraba del coche. Un par de horas después el posadero se levantó de la cama, se lavó y cuando fue a secarse con la toalla se desgarró la cara con el alfiler. Luego se dirigió a la cocina y quiso encenderse una pipa, pero cuando llegó al fogón las cáscaras del huevo le saltaron a los ojos.
-Esta mañana todo acierta a darme en la cabeza -dijo, y se sentó enojado en su sillón. ¡Ay, ay, ay!
La aguja de coserle había acertado en un sitio aún peor, y no precisamente en la cabeza. Entonces se puso muy furioso y sospechó de los huéspedes que habían llegado tan tarde la noche anterior, pero cuando fue a buscarlos vio que se habían marchado. Así juró que no volvería a admitir en su casita chusma como aquélla, que corre mucho, no paga nada y encima lo agradece con malas pasadas.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)

La comadre loba y el zorro

Una Señora loba tuvo a su pequeño hijo, e invitó al Señor Zorro para que fuera su padrino.
-"Después de todo, es un pariente cercano de nosotras" -dijo ella, "es muy entendido y con mucha astucia, así que podrá muy bien instruir a mi hijo, y ayudarlo a desarrollarse en el mundo."
El zorro, también, se presentó aparentando mucha honestidad, y dijo:
-"Mi querida Señora Comadre, te agradezco el honor que me haces, y además, me conduciré en tal forma que serás grandemente recompensada por ello."
Él disfrutó y gozó mucho de la fiesta, y luego dijo:
-"Mi querida Señora Comadre, es nuestro deber tomar cuidado del lobato, quien debe alimentarse bien para que llegue a ser fuerte. Yo conozco una finca donde hay un rebaño de ovejas, con el cual podremos tener una buena despensa."
La loba quedó complacida con la sugerencia, y fue con el zorro al campo. Él le señaló a lo lejos el establo donde estaba el  rebaño, y le dijo:
-"Tú podrás acercarte tranquilamente sin que seas vista, y mientras tanto yo iré por el otro lado a ver si capturo algún pollo."
Sin embargo, él en realidad no fue allá, sino que se sentó a la entrada del bosque, estiró sus piernas y descansó. La loba, por su parte, ingresó al establo. Pero había allí un perro que hizo tan gran escándalo, que los campesinos llegaron corriendo, cogieron a la Comadre Loba, y le rociaron sobre su piel una quemante mezcla que tenían para la limpieza. Al final ella logró escapar, arrastrándose hasta la salida. 
Cerca de allí se encontró al zorro, quien simulaba quejarse, y decía:
-"¡Ay, mi querida Comadre Loba!, cómo he sufrido, los campesinos cayeron sobre mí, y me quebraron las costillas. Si no quieres que me quede donde estoy y me muera, sácame de aquí."
La loba sólo se sentía capaz de moverse lentamente ella misma, pero estaba tan preocupada por lo que le dijo el zorro, que tomó fuerzas y se lo echó al hombro, y muy despaciosamente lo llevó totalmente seguro hasta su casa. Entonces el zorro se levantó y le gritó:
-"¡Hasta la vista mi querida Comadre Loba, que el ejercicio que has hecho hoy te sea de gran provecho!", y riéndose a carcajadas frente a ella, salió rápidamente de allí.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)

La casita de chocolate

Dos hermanitos salieron de su casa y fueron al bosque a coger leña. Pero cuando llegó el momento de regresar no encontraron el camino de vuelta. Se asustaron mucho y se pusieron a llorar al verse solos en el bosque.
Sin embargo, allá a lo lejos vieron brillar la luz de una casita y hacia ella se dirigieron. Era una casita extraordinaria. Tenía las paredes de caramelo y chocolate. Y como los dos hermanos tenían hambre se pusieron a chupar en tan sabrosa golosina. Entonces se abrió la puerta y apareció la viejecita que vivía allí, diciendo:
Hermosos niños, ya veo que tenéis mucho apetito. Entrad, entrad y comed cuanto queráis.
Los dos hermanitos obedecieron confiados. Pero en cuanto estuvieron dentro, la anciana cerró la puerta con llave y la guardó en el bolsillo, echándose luego a reír. Era una perversa bruja que se servía de su casita de chocolate para atraer a los niños que andaban solos por el bosque.
Los infelices niños se pusieron a llorar, pero la bruja encerró al niño en una jaula y le dijo:
-No te voy a comer hasta que engordes, porque estas muy delgado-Primero te cebaré bien.
Y todos los días le preparaba platos de sabrosa comida. Mientras tanto a la niña la obligaba a trabajar sin descanso. Y cada mañana iba la bruja a comprobar si engordaba su hermanito, mandándole que le enseñara un dedo. Pero como tenía muy mala vista, el niño, que era muy astuto, le enseñaba un huesecillo de pollo que había guardado de una de las comidas. Y así la bruja quedaba engañada, pues creía que el niño no engordaba.
-Sigues muy delgado decía. Te daré mejor comida.
Y preparaba nuevos y abundantes platos y era la niña la que se encargaba de llevarlos a la jaula llorando amargamente porque sabía lo que la bruja quería hacer con su hermano.
Escapar de la casa era imposible, porque la vieja nunca sacaba la llave del bolsillo y no se podía abrir la puerta. ¿Cómo harían para escapar?
Un día llamó la bruja a la niña y le dijo:
-Mira, ya me he cansado de esperar porque tu hermano no engorda a pesar de que come mejor que un rey. Le preparo las mejores cosas y tiene los dedos tan flacos que parecen huesos de pollo. Así que vas a encender el fuego enseguida.
La niña se acercó a su querido hermanito y le contó los propósitos de la malvada bruja. Había llegado el momento tan temido.
La bruja andaba de un lado para otro haciendo sus preparativos. Como veía que pasaba el tiempo y la niña no había cumplido lo que le había mandado, gritó:
¿A qué esperas para encender el fuego?
La hermana tuvo entonces una buena idea:
-Señora bruja -dijo, yo no sé encenderlo.
-Pareces tonta -contestó la bruja; tendré que enseñarte. Fíjate, se echa mucha leña, así. Ahora enciendes y soplas para que salgan muchas llamas. ¿Lo ves?
Como estaba la bruja en la boca del horno, la niña le arrancó de un tirón las llaves que llevaba atadas a la cintura y, dando a la bruja un tremendo empujón, la hizo caer dentro del horno.
Libre ya de la bruja, y usando las laves, abrió con gran alegría la puerta de la jaula y salieron los dos corriendo hacia el bosque. Se alejaron a todo correr de la casita de chocolate y cuando encontraron el camino de regreso a su casa lo siguieron y llegaron muy felices.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem) 

La carga ligera

En una ocasión había una buena vieja que vivió con una manada de gansos en un desierto en medio de las montañas, donde tenía su habitación. El desierto se hallaba en lo más espeso de un bosque, y todas las mañanas cogía la vieja su muleta e iba a la entrada del bosque con paso trémulo. Una vez allí, la buena vieja trabajaba con una actividad de que no se la hubiera creído capaz al ver sus muchos años, recogía hierba para sus gansos, alcanzaba las frutas salvajes que se hallaban a la altura a que podía llegar, y lo llevaba luego todo a cuestas. Parecía que iba a sucumbir bajo semejante peso; pero siempre le llevaba con facilidad hasta su casa. Cuando encontraba a alguien le saludaba amistosamente. “Buenos días, querido vecino, hace muy buen tiempo. Os extrañará sin duda que lleve esta hierba; pero todos debemos llevar acuestas nuestra carga.” No gustaba, sin embargo, a nadie el encontrarla y preferían dar un rodeo, y si pasaba cerca de ella algún padre con su hijo, le decía: “Ten cuidado con esa vieja; es astuta como un demonio; es una hechicera.”
Una mañana atravesaba el bosque un joven muy guapo; brillaba el sol, cantaban los pájaros, un fresco viento soplaba en el follaje, y el joven estaba alegre y de buen humor. Aún no había encontrado un alma viviente, cuando de repente distinguió a la vieja hechicera en cuclillas cortando la hierba con su hoz. Había reunido ya una carga entera en su saco y al lado tenía dos cestos grandes, llenos basta arriba de peras y manzanas silvestres. “Abuela,” le dijo, “¿cómo pensáis llevar todo eso?”
-“Pues tengo que llevarlo, querido señorito,” le contestó, “los hijos de los ricos no saben lo que son trabajos. Pero a los pobres se les dice:
Es preciso trabajar, No habiendo otro bienestar.”
“¿Queréis ayudarme?” añadió la vieja viendo que se detenía, “aún tenéis las espaldas derechas y las piernas fuertes: esto no vale nada para vos. Además, mi casa no está lejos de aquí: está en un matorral, al otro lado de la colina. Treparéis allá arriba en un instante.” El joven tuvo compasión de la vieja, y la dijo: “Verdad es que mi padre no es labrador, sino un conde muy rico; sin embargo, para que veáis que no son sólo los pobres los que saben llevar una carga, os ayudaré a llevar la vuestra.”
-“Si lo hacéis así,” contestó la vieja, “me alegraré mucho. Tendréis que andar una hora; ¿pero qué os importa? También llevaréis las peras y las manzanas.” El joven conde comenzó a reflexionar un poco cuando le hablaron de una hora de camino; pero la vieja no le dejó volverse atrás, le colgó el saco a las espaldas y puso en las manos los dos cestos. “Ya veis,” le dijo, “que eso no pesa nada.”
-“No, esto pesa mucho,” repaso el conde haciendo un gesto horrible, “vuestro saco es tan pesado, que cualquiera diría que está llenó de piedras; las manzanas y las peras son tan pesadas como el plomo; apenas tengo fuerza para respirar.” Tenía mucha gana de dejar su carga, pero la vieja no se lo permitió. “¡Bah! no creo,” le dijo con tono burlón, “que un señorito tan buen mozo, no pueda llevar lo que llevo yo constantemente, tan vieja como soy. Están prontos a ayudaros con palabras, pero si se llega a los hechos, sólo procuran esquivarse. ¿Por qué,” añadió, “os quedáis así titubeando? En marcha, nadie os librará ya de esa carga.” Mientras caminaron por la llanura, el joven pudo resistirlo; pero cuando llegaron a la montaña y tuvieron que subirla, cuando las piedras rodaron detrás de él como si hubieran estado vivas, la fatiga fue superior a sus fuerzas. Las gotas de sudor bañaban su frente, y corrían frías unas veces, ardiendo otras, por todas las partes de su cuerpo. “Ahora,” la dijo, “no puedo más, voy a descansar un poco.”
-“No,” dijo la vieja, “cuando hayamos llegado podréis descansar; ahora hay que andar. ¿Quién sabe si esto podrá servirte para algo?”
-“Vieja, eres muy descarada,” dijo el conde. Y quiso deshacerse del saco, mas trabajó en vano, pues el saco estaba tan bien atado como si formara parte de su espalda. Se volvía y revolvía, pero sin conseguir soltar la carga. La vieja se echó a reír, y se puso a saltar muy alegre con su muleta. “No os incomodéis, mi querido señorito,” le dijo, “estáis en verdad encarnado como un gallo; llevad vuestro fardo con paciencia; cuando lleguemos a casa os daré una buena propina.” ¿Qué había de hacer? tenía que someterse y arrastrarse con paciencia detrás de la vieja, que parecía volverse más lista a cada momento mientras, que su carga era cada vez más pesada.
De repente toma carrera salta encima de su saco, y se sienta sobre él; aunque estaba ética, pesaba doble que la aldeana más robusta. Las rodillas del joven temblaron; pero cuando se detenía, le daba en las piernas con una varita. Subió jadeando la montaña y llegó por último a la casa de la vieja, en el mismo momento en que, próximo a sucumbir, hacía el último esfuerzo. Cuando los gansos distinguieron a la vieja extendieron sus picos hacia arriba, sacaron el cuello hacia adelante, y salieron a su encuentro dando gritos de “¡hu! ¡hu!” Detrás de la bandada iba una muchacha alta y robusta pero fea como la noche. “¡Madre!” dijo a la vieja, “¿os ha sucedido algo? Habéis estado fuera mucho tiempo.”
-“No, hija mía,” la contestó, “no me ha sucedido nada malo, por el contrario, este buen señorito, que ves aquí, me ha traído mi hierba, y además, como yo estaba cansada, me ha traído también a cuestas. El camino no me ha parecido muy largo, estábamos de buen humor y hemos tenido una conversación muy agradable.” La vieja, por último, se dejó caer al suelo, quitó la carga de la espalda del joven, los cestos de sus manos, le miró alegremente, y le dijo: “Ahora sentaos en ese banco que está delante de la puerta, y descansad. Habéis ganado lealmente vuestro salario y no le perderéis.” Después dijo a la joven que cuidaba los gansos: “Vuelve a casa, hija mía, no está bien que te quedes aquí sola con este señorito; no se debe poner la leña junto al fuego, podría enamorarse de ti.” El conde ignoraba si debía reírse o llorar. Una mujer de esa clase, dijo por lo bajo, no podía esperar mucho de mi corazón, aunque no tuviera más que treinta años. La vieja sin embargo, cuidó a los gansos como si fueran sus hijos; después entró con su hija en su casa. El joven se echó en el banco bajo un manzano silvestre. La atmósfera estaba serena y no hacia calor; alrededor suyo se extendía una pradera de prímulas, tomillo y otras mil clases de flores; en su centro murmuraba un claro arroyo, dorado por los rayos del sol, y los blancos gansos se paseaban por la orilla o se sumergían en el agua. “Este lugar es delicioso,” dijo, “pero estoy tan cansado, que se me cierran los ojos; quiero dormir un poco, siempre que el aire no me lleve las piernas, pues están tan ligeras como la hierba.”
En cuanto durmió un instante vino la vieja y le despertó meneándole. “Levántate,” le dijo, “no puedes quedarte aquí. Te he atormentado un poco, es verdad; pero no te ha costado la vida. Ahora voy a darte tu salario; tú no necesitas dinero, ni bienes; te daré otra cosa.” Diciendo esto le puso en la mano una cajita de esmeralda, de una sola pieza. “Guárdala bien,” le dijo, “te traerá la fortuna.” El conde se levantó y viendo que estaba descansado y había recobrado sus fuerzas, dio gracias a la vieja por su regalo y se puso en camino sin pensar un instante en mirar a la hermosa ninfa. Se hallaba ya a alguna distancia cuando oía todavía a lo lejos el alegre grito de los gansos. El conde permaneció tres días perdido en aquellas soledades antes de poder encontrar el camino. Por último llegó a una ciudad, y como no le conocía nadie, se hizo conducir al palacio del rey, donde el príncipe y su mujer estaban sentados en su trono. El conde puso una rodilla en tierra, sacó de su bolsillo la caja de esmeralda y la depositó a los pies de la reina. Le mandó levantarse y fue a presentarla su caja. Pero apenas la había abierto y mirado, cuando cayó en tierra como muerta. El conde fue detenido por los criados del rey, e iba a ser puesto en prisión, cuando la reina abrió los ojos y mandó que le dejaran libre, y que salieran todos, porque quería hablarle en secreto.
Cuando se quedó sola la reina se echó a llorar amargamente y dijo: “¿De qué me sirven el esplendor y los honores que me rodean? Todas las mañanas despierto llena de cuidados y de aflicciones. He tenido tres hijas, la menor de las cuales era tan hermosa que todas la miraban como una maravilla. Era blanca como la nieve, colorada como la flor del manzano, y brillaban sus cabellos como los rayos del sol. Cuando lloraba no eran lágrimas las que caían de sus ojos, sino perlas y piedras preciosas. Cuando llegó a la edad de trece años, mandó el rey venir a sus tres hijas delante de su trono. Era digno de ver cómo abría todo el mundo los ojos cuando entró la menor; creía uno presenciar la salida del sol. El rey dijo: ‘Hijas mías, ignoro cuando llegará mi último día; quiero decidir desde hoy lo que debe recibir cada una de vosotras después de mi muerte. Las tres me amáis, pero la que me ame más tendrá la mejor parte.’ Cada una dijo que era ella la que amaba más a su padre. ‘¿No podríais,’ repuso el rey, ‘explicarme todo lo que me amáis? Así sabré cuáles son vuestros sentimientos.’ La mayor dijo: ‘Amo a mi padre como al azúcar más dulce.’ La segunda: ‘Amo a mi padre como al vestido más hermoso.’ Pero, la menor guardó silencio. ‘¿Y tú,’ dijo su padre, ‘cómo me amas?’
-‘No sé,’ respondió, ‘y no puedo comparar mi amor a nada.’ Pero el padre insistió en que designara un objeto. Al fin dijo: ‘El mejor de los manjares no tiene gusto para mí si carece de sal; pues bien, yo amo a mi padre como a la sal.’
-‘Puesto que me amas como a la sal,’ recompensaré, ‘también tu amor con sal.’ Repartió su reino entre sus dos hijas mayores, e hizo atar un saco de sal a la espalda de la más joven, y mandó dos criados que la condujesen a un bosque inculto. Todos nosotros hemos llorado y suplicado por ella, más no ha habido medio de apaciguar la cólera del rey. ¡Cuánto ha llorado, cuando ha tenido que separarse de nosotros! Ha sembrado todo el camino con las perlas que han caído de sus ojos. El rey no ha tardado en arrepentirse de su crueldad, y ha hecho buscar a la pobre niña por todo el bosque, pero nadie ha podido encontrarla. Cuando pienso en si se le habrán comido las fieras salvajes no puedo vivir de tristeza; a veces me consuelo con la esperanza de que vive todavía y que está oculta en una caverna, o que ha encontrado un asilo entre personas caritativas. Pero lo que me admira es que cuando he abierto vuestra caja de esmeralda encerraba una perla semejante en todo a las que caían de los ojos de mi hija, por lo que podéis imaginar cuánto se ha conmovido a esta vista mi corazón. Es preciso que me digáis cómo habéis llegado a poseer esta perla.” El conde la refirió que la había recibido de la vieja del bosque que le había parecido ser una mujer extraña y tal vez hechicera, pero que no había visto ni oído nada que tuviera relación con su hija. El rey y la reina tomaron la resolución de ir a buscar a la vieja, esperando que allí donde se había encontrado la perla hallarían también noticias de su hija.
Estaba la vieja en su soledad, sentada a la puerta junto a su rueca e hilaba. Era ya de noche, y algunas astillas que ardían en el hogar esparcían una débil claridad. De repente oyó ruido fuera: los gansos entraron del matorral a la habitación, dando el más ronco de sus gritos. Poco después entró la joven a su vez. Apenas la vieja la saludó y se contentó con menear un poco la cabeza. La joven se sentó a su lado, cogió su rueca y torció el hilo con la misma ligereza que hubiera podido hacerlo la muchacha más lista. Permanecieron dos horas así sentadas sin decirse una palabra. Sintieron por último ruido junto a la ventana y vieron brillar dos ojos de fuego. Era un mochuelo que gritó tres veces ¡hu! ¡hu! La vieja, sin levantar apenas los ojos, dijo: “Ya es tiempo, hijo mía, de que salgas para hacer tu tarea.”
Se levantó y salió. ¿Dónde iba? Lejos, muy lejos, al prado junto al valle. Llegó por último, orilla de una fuente, a cuyo lado se hallaban tres encinas. La luna, se mostraba redonda y llena encima de la montaña, y daba tanta luz, que se podía buscar un alfiler. La niña levantó una piel que cubría su rostro, se inclinó hacia la fuente y comenzó a lavarse. Cuando hubo concluido, metió la piel en el agua de la fuente para que blanquease y se secara a la luz de la luna. ¡Pero qué cambiada estaba la niña! Nunca se ha visto nada semejante. En cuanto desató su trenza gris, sus cabellos dorados brillaban como rayos del sol, y se extendieron como un manto sobre todo su cuerpo. Sus ojos lucían como las estrellas del cielo, y sus mejillas tenían el suave color rosado de la flor del manzano.
Pero la joven estaba triste. Se sentó y lloró amargamente. Las lágrimas cayeron unas tras otras de sus ojos y rodaron hasta el suelo entre sus largos cabellos. Hubiera permanecido allí largo tiempo, si el ruido de algunas ramas que crujían en un árbol próximo no hubiera llegado a sus oídos. Saltó como un corzo que ha oído el disparo del cazador. La luna se hallaba velada en aquel instante por una nube sombría; la niña se cubrió en un momento con la vieja piel y desapareció como una luz apagada por el viento.
Corrió hacia la casa temblando como la hoja del álamo. La vieja estaba a la puerta de pie; la joven quiso referirla lo que la había sucedido, pero la vieja sonrió con cierta gracia y la dijo: “Todo lo sé.” La condujo al cuarto y encendió algunas astillas. Pero no se sentó junto a su hija; cogió una escoba y comenzó a barrer y a sacudir el polvo. “Todo debe estar limpio y arreglado aquí,” dijo a la joven. “Pero madre mía,” repuso esta, “es muy tarde para comenzar este trabajo. ¿A qué viene eso?”
-“¿Sabes la hora que es?” la preguntó la vieja. “Aún no son las doce,” repuso la joven, “pero ya han dado las once.”
-“¿No recuerdas,” continuó la vieja, “que hace tres años hoy que has venido a mi casa? El plazo ha concluido, no podemos continuar más tiempo juntas.” La joven dijo asustada: “¡Ah! buena madre, ¿queréis echarme? ¿dónde iré? Yo no tengo amigos, ni patria, donde hallar un asilo. He hecho todo lo que habéis querido y habéis estado siempre contenta conmigo, no me echéis.” La vieja no quería decir a la niña lo que iba a suceder. “No puedo permanecer aquí más tiempo,” la dijo, “pero cuando deje esta morada, es preciso que la casa y el cuarto estén limpios. No me detengas, pues, en mi trabajo. En cuanto a ti no tengas cuidado; hallarás un techo en el que podrás habitar y quedarás contenta también con la recompensa que te daré.” - “Pero decidme lo que va a pasar,” preguntó la joven otra vez. “Te lo repito, no me interrumpas en mi trabajo. No digas una palabra más: ve a tu cuarto, quítate la piel que cubre tu rostro, y ponte el vestido que traías cuando has venido a mi casa; después quédate en tu cuarto hasta que yo te llame.”
Pero debo volver a hablar del rey y de la reina, que habían partido con el conde para ir a buscar a la vieja a su soledad. El conde se había separado de ellos durante la noche, y se vio obligado a continuar solo su camino. Al día siguiente le pareció que estaba en el buen camino, y continuó andando hasta cerca del anochecer. Entonces subió a un árbol para pasar la noche, pues temía extraviarse. Cuando alumbró la luna el terreno, distinguió una persona que bajaba de la montaña. Llevaba una vara en la mano, por lo que conoció que era la joven que guardaba los gansos que había visto en la casa de la vieja. ¡Ah! dijo, viene hacia aquí, ya veo a una de las dos hechiceras: la otra no puede escapárseme. Pero ¡cuál fue su asombro cuando la vio acercarse a la fuente, quitarse la piel; cuando la cubrieron sus dorados cabellos y se mostró más hermosa que ninguna de las mujeres que había visto en el mundo! Apenas se atrevía a respirar, pero alargaba el cuello todo lo que podía; a través del follaje, y la miraba sin volver los ojos; ya fuese que se hubiera inclinado demasiado, o por cualquier otra causa, crujió de repente una rama, y vio a la joven en el mismo instante oculta bajo la piel; saltó como un corzo y habiéndose ocultado la luna en aquel momento, se escapó a sus miradas.
Apenas hubo desaparecido, bajó el joven del árbol, y se puso a perseguirla a toda prisa. No había dado más que algunos pasos, cuando vio entre el crepúsculo dos personas que marchaban a través de la pradera. Eran el rey y la reina que habían distinguido desde lejos una luz en la casa de la vieja y se dirigían hacia aquel lado. El conde les refirió las maravillas que había visto cerca de la fuente y no dudaron que hablaba de su perdida hija. Avanzaron alegres y bien pronto llegaron a la casa. Los gansos estaban colocados a su alrededor, dormían con la cabeza oculta bajo las alas, y ninguno se movía. Miraron por la ventana dentro de la habitación, y vieron a la vieja sentada e hilando con la mayor tranquilidad, inclinando la cabeza y sin mover los ojos. El cuarto estaba tan limpio como si estuviera habitado por esas pequeñas sílfides aéreas que no tienen polvo en los pies. Pero no vieron a su hija. Lo miraron todo durante algunos momentos, se animaron por último, y llamaron suavemente a la ventana. Se hubiera dicho que los esperaba la vieja, pues se levantó y les dijo con su voz rústica: “Entrad, ya sé quién sois.” En cuanto entraron en el cuarto, añadió la vieja: “Hubierais podido ahorraros ese largo camino, si no hubierais echado injustamente, hace tres años, a vuestra hija que es tan buena y tan graciosa. Nada ha perdido, pues durante tres años ha guardado gansos, en cuyo tiempo no ha aprendido nada malo y ha conservado la pureza de su corazón. Pero estáis suficientemente castigados con la inquietud en que habéis vivido.” Después se acercó al cuarto, y dijo: “Sal, hija mía.” Se abrió la puerta y salió la hija del rey vestida con su traje de seda, con sus cabellos dorados y sus ojos brillantes. Se hubiera dicho que descendía un ángel del cielo.
Corrió hacia su padre y su madre, se lanzó a su cuello, y abrazó a todos llorando sin poder contenerse. El joven conde se hallaba a su lado y cuando le vio, su rostro se puso encarnado como una rosa; ella misma ignoraba la causa. El rey dijo: “Querida hija, ya he repartido mi reino; ¿qué podré darte a ti?” - “No necesita nada,” dijo la vieja, “yo la doy las lágrimas que ha vertido por vosotros; son otras tantas perlas más hermosas que las que se hallan en el mar y son de un precio mucho mayor que todo vuestro reino. Y en recompensa de sus servicios, la doy mi pequeña casa.” La vieja desapa-reció en cuanto dijo estas palabras. Oyeron entonces crujir ligeramente las paredes, y cuando se volvieron encontraron la pequeña casa convertida en un soberbio palacio; una mesa real se hallaba delante de los huéspedes, y los criados iban y venían alrededor.
La historia continúa todavía; pero mi abuela que me la ha referido había perdido un poco la memoria y olvidó lo demás. Creo, sin embargo, que la hermosa hija del rey se casó con el conde; que permanecieron juntos en el palacio, y que vivieron en la mayor felicidad todo el tiempo que Dios quiso. Si los gansos blancos que se guardaban cerca de la casa eran otras tantas jóvenes (no lo echéis a mala parte) que la vieja había recogido a su lado, si tomaron figura humana y quedaron en calidad de damas al lado de la reina, no puedo decirlo aunque lo presumo. Lo cierto es que la vieja no era una hechicera, sino una buena hada que no quería más que hacer bien. Probablemente también fue ella quien concedió a la hija del rey a su nacimiento el don de llorar perlas en vez de lágrimas. Esto no sucede ahora, pues entonces los pobres serían bien pronto ricos.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)