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domingo, 5 de enero de 2014

La clave

Calixto Silva se enteró -al regresar de un viaje que había durado cuatro meses-, de que su tío y tutor, aquel excelente don Juan Nepomuceno, a quien debía educación, carrera, la conservación y aumento de su patrimonio y el más solícito cuidado de su salud, iba a casarse..., ¿y con quién?, con la propia Tolina Cortés..., la casquivana que de modo tan terco había tratado de atraerle a él, Calixto, mediante coqueterías, artimañas y diabluras, cuyo efecto fue contraproducente, pero cuyo recuerdo, ante la noticia, le causaba una impresión de temor y repugnancia.
Su tío no le consultaba, y no parecía dispuesto a escuchar observación ninguna respecto al asunto de la boda. Calixto tuvo, pues, que resignarse; su única protesta fue expresar el deseo de marcharse a vivir solo: pero en eso no estaba don Juan conforme.
-¡No faltaba otro dolor de muelas! Tú no eres mi sobrino, que eres mi hijo; si llegan a nacerme, no los querré más que a ti. La niña -así llamaba don Juan a su futura- se hará cuenta de que soy un viudo que tiene un chico. Se acabó... Mientras no te cases tú también, todo sigue como antes.
Asistió Calixto a la ceremonia nupcial, estremeciéndose interiormente de rabia al mirar la tersa guirnalda de azahares que, bajo la nube de tul del velo, coronaba la frente audaz de la diabólica criatura. ¿Cómo se las habría compuesto la serpezuela para anillarse al corazón del honrado viejo? ¿Qué arterías, qué travesuras, qué sortilegios usaría? ¡Sin duda, aquellos mismos que Calixto evocaba mientras el órgano emitía su vibrante raudal de sonidos plenos y graves, y en el altar, una grácil figura, envuelta en blancas sedas que la prolongaban místicamente, articulaba un «sí» apagado, un «sí» blanco también!
El irritante enigma que preocupaba a Calixto le obligó a pensar incesante-mente en la esposa de su tío, a tenerla presente día y noche. Resolvió vigilarla, mirar por la honra de don Juan, y no consentir que nadie le burlase impunemente. Semejante propósito, noble y firme, era justificación de su permanencia en la casa. Ojo y oído: que Tolina anduviese con pies de plomo, o si no...
Tolina, sin género de duda, desplegaba la hipocresía más maquiavélica; nada cabía reprender en su conducta. Concurría a algunas diversiones sin mostrar afán por ellas; se adornaba y componía sin exceso; igual y alegre de carácter, con su marido era realmente la niña, más hija que esposa; le cuidaba, le complacía zalameramente, le respetaba en público, le mimaba de puertas adentro y -Calixto hubo de confesárselo a sí propio- don Juan disfrutaba de una felicidad verdadera. Chocho con la dulce y sabrosa mujercita, repetía incesantemente, disolviendo en babas las frases:
-¿Ves, Calixto, qué mona es? Búscate una así. No debe nadie morirse sin primero disfrutar estos goces.
Calixto, ceñudo, se tragaba sus cavilaciones y sospechas malignas.
¡Vamos, no podía ser! Tarde o temprano, Tolina enseñaría la oreja. Si ahora se portaba bien sería por algo... ¡Bah!... Y continuaba observándola con malévola atención. Tolina, afectuosa, algo quejosa, con queja muda, procuraba ni chocar ni insinuarse demasiado con el sobrino, a quien llamaba hijo don Juan, y el sobrino, a quien era indiferente Tolina como mujer, no cesaba de preocuparse de su psicología como esposa. ¿Por qué guardaba tan estricta y dignamente el decoro de su marido? ¿Por qué no daba motivo alguno, ni aun de sospecha? Y, en vez de felicitarse -¡somos tan poco lógicos!, Calixto se reconcomía. Es humano; todo el que augura mal, sufre mortificación cuando no acierta.
La causa del buen comportamiento de Tolina... Súbito resplandor alumbró a Calixto para adivinarla. ¡Si estaba más claro! No haberlo comprendido! Lo que la joven buscaba y aseguraba con tal arte era la fortuna del viejo, su cuantiosa herencia... Un cálculo ambicioso resguardaba su virtud y la ventura del confiado cónyuge. Antolinita Cortés pertenecía a la falange de las calculadoras, la sabia falange que espera y prepara la lámpara de la noche siguiente...
Al descubrir esta clave, Calixto se dio por doblemente satisfecho. Su pesimismo se contentaba con reconocer en Tolina instintos de mezquindad y avidez; su generosidad le movía a alegrarse de renunciar a una sucesión que nunca había codiciado. Y, adelantándose a lo que pudiese sobrevenir, un día en que la conversación cayó oportunamente, dijo a don Juan:
-Tío, nadie está seguro de vivir mañana... Yo he testado desde que soy mayor de edad. ¿Por qué no toma usted disposiciones y deja a la tía Antolina sus bienes? Lo merece, y es justo.
-Lo merece, y es justo -repitió el anciano, remedando al sobrino-, y yo le dejaría los reinos de España... pero has de saber que no quiere, que no se le antoja y que, al hablarle yo de eso, fue tal su enfado y el daño que le hizo, que hasta se puso enferma. Es el único disgusto que tuvimos. Me ha exigido que mi heredero seas tú... ¿Qué significa ese asombro? ¿Habías supuesto que Tolina me aceptó por interés? ¿Ella? ¿Ella?
Y el anciano irradiaba placer por su cara simpática, rojiza entre la gris aureola de la barba y los cabellos.
-Bueno; pero no consentiré tal disparate y tal injusticia -declaró Calixto. Lo que usted me legue, para ella será.
-No la persuadirás. No quiere. ¡Es más buena que los ángeles!
Desde esta conversación, cambió Calixto de modo de ser. Huía de Tolina, en vez de vigilarla. La sospecha de ahora era más punzante, más honda, más perturbadora que la antigua. Una tristeza, una inquietud sin límites, invadieron el espíritu de Calixto. Perdió el apetito y el sueño. Una tarde, habiendo echado de menos su cartera, donde guardaba un fajo de billetes, bajó al jardín del hotel a hora impensada, casi anochecido, por si la encontraba allí, y registró, agachándose, los macizos de plantas, hasta un grupo de arbustos que ocultaban un banco de piedra. Se detuvo. Una mujer, sentada en el blanco, besaba un objeto rojo.
-¿Qué haces aquí? -murmuró él, sobrecogido, sin darse cuenta de lo que decía.
-¿Y tú? -respondió ella serenamente.
-Yo... Yo... Buscaba mi cartera...
-Aquí la tienes: la encontré momentos hace.
Tolina le tendió, sonriente, la cartera de cuero de Rusia. Calixto no la tomó. Notaba que palidecía, y la voz se le atascaba en la garganta.
-¿Qué te sucede? -la dama, aproximándose, acercaba la cartera a las manos inertes que no la recogían-. Vamos -añadió melancólicamente y con malicia-, coge tu dinero... Ya sabes que yo no me lo he de guardar.
La contestación de Calixto fue -sin levantarse del suelo- echar los brazos a aquel cuerpo que temblaba de pasión y de triunfo... Tolina, inclinándose, balbucía:
-¡Al fin! Trabajo ha costado... ¡Ciego, ciego!
Un paso plomizo hizo crujir la arena... Calixto se incorporó... Don Juan se acercaba.
-Buscábamos esta cartera -explicó Tolina, radiante, blandiéndola en alto. Figúrate que Calixto la tocaba con las manos, y no la veía. ¡Y cuidado si saltaba a la vista! Pero siempre sucede así: las cosas más evidentes son las que nos empeñamos en no ver... Toma, sobrino -prosiguió, deslizando ella misma, con graciosa familiaridad, el objeto en el bolsillo del joven. No la vuelvas a perder, que vale un pico...
A la mañana siguiente, Calixto se marchó, dejando una carta de despedida, breve, aunque cariñosa. Necesitaba viajar largo tiempo, completar sus conocimientos, recorrer el mundo. Tolina, al enterarse de la carta que don Juan leyó furioso -¡diablo de chiquillo!, ¡qué salida de pie de banco es ésta!, no pronunció palabra.
Poco después se alteró gravemente su salud, y don Juan la pasea por balnearios y antesalas de celebridades médicas sin que se sepa todavía a punto fijo qué mal padece. Los nervios, de fijo... Los nervios, otro enigma sin clave... 

Blanco y Negro núm. 914, 1908 

1.005. Pardo Bazan (Emilia)


La cita

Alberto Miravalle, excelente muchacho, no tenía más que un defecto: creía que todas las mujeres se morían por él.
De tal convencimiento, nacido de varias conquistas del género fácil, resultaba para Alberto una sensación constante, deliciosa, de felicidad pueril. Como tenía la ingenuidad de dejar traslucir su engreimiento de hombre irresistible, la leyenda se formaba, y un ambiente de suave ridiculez le envolvía. Él no notaba ni las solapadas burlas de sus amigos en el círculo y en el café, ni las flechas zumbonas que le disparaban algunas muchachas, y otras que ya habían dejado de serlo.
Dada su olímpica presunción, Alberto no extrañó recibir por el correo interior una carta sin notables faltas de ortografía, en papel pulcro y oloroso, donde entre frases apasionadas se le rendía una mujer. La dama desconocida se quejaba de que Alberto no se había fijado en ella, y también daba a entender que, una vez puestas en contacto las dos almas, iban a ser lo que se dice una sola. Encargaba el mayor sigilo, y añadía que la señal de admitir el amor que le brindaba sería que Alberto devolviese aquella misma carta a la lista de Correos, a unas iniciales convenidas.
Al pronto, lo repito, Alberto encontró lo más natural... Después -por entera que fuese su infatuación-, sintió atisbos de recelo. ¿No sería una encerrona para robarle? Un segundo examen le restituyó al habitual optimismo. Si le citaban para una calle sospechosa, con no ir... La precaución de la devolución del autógrafo indicaba ser realmente una señora la que escribía, pues trataba de no dejar pruebas en manos del afortunado mortal.
Alberto cumplió la consigna.
Otra segunda epístola fijaba ya el día y la hora, y daba señas de calle y número. Era preciso devolverla como la primera. Se encargaba una puntualidad estricta, y se advertía que, llegando exactamente a la hora señalada, encontraría abiertos portón y puerta del piso. Se rogaba que se cerrase al entrar, y acompañaban a las instrucciones protestas y finezas de lo más derretido.
Nada tan fácil como enterarse de quién era la bella citadora, conociendo ya su dirección. Y, en efecto, Alberto, después de restituir puntualmente la epístola, dio en rondar la casa, en preguntar con maña en algunas tiendas. Y supo que en el piso entresuelo habitaba una viuda, joven aún, de trapío, aficionada a lucir trajes y joyas, pero no tachada en su reputación. Eran excelentes las noticias, y Alberto empezó a fantasear felicidades.
Cuando llegó el día señalado, radiante de vanidad, aliñado como una pera en dulce, se dirigió a la casa, tomando mil precauciones, despidiendo el coche de punto en una calleja algo distante, recatándose la cara con el cuello del abrigo de esclavina, y buscando la sombra de los árboles para ocultarse mejor. Porque conviene decir, en honra de Alberto, que todo lo que tenía de presumido lo tenía de caballero también, y si se preciaba de irresistible, era un muerto en la reserva, y no pregonaba jamás, ni aun en la mayor confianza, escritos ni nombres. No faltaba quien creyese que era cálculo hábil para aumentar con el misterio el realce de sus conquistas.
No sin emoción llegó Alberto a la puerta de la casa... Parecía cerrada; pero un leve empujón demostró lo contrario. El sereno, que rondaba por allí, miró con curiosidad recelosa a aquel señorito que no reclamaba sus servicios. Alberto se deslizó en el portal, y, de paso, cerró. Subió la escalera del entresuelo: la puerta del piso estaba arrimada igualmente. En la antesala, alfombrada, oscuridad profunda. Encendió un fósforo y buscó la llave de la luz eléctrica. La vivienda parecía encantada: no se oía ni el más leve ruido. Al dar luz Alberto pudo notar que los muebles eran ricos y flamantes. Adelantó hasta una sala, amueblada de damasco amarillo, llena de bibelots y de jarrones con plantas. En un ángulo revestía el piano un paño antiguo, bordado de oro. Tan extraño silencio, y el no ver persona humana, fueron motivos para oprimir vagamente el corazón de nuestro Don Juan. Un momento se detuvo, dudando si volver atrás y no proseguir la aventura.
Al fin, dio más luces y avanzó hacia el gabinete, todo sedas, almohadones y butaquitas; pero igualmente desierto. Y después de vacilar otro poco, se decidió y alzó con cuidado el cortinaje de la alcoba de columnas... Se quedó paralizado. Un temblor de espanto le sobrecogió. En el suelo yacía una mujer muerta, caída al pie de la cama. Sobre su rostro amoratado, el pelo, suelto, tendía un velo espeso de sombra. Los muebles habían sido violentados: estaban abiertos y esparcidos los cajones.
Alberto no podía gritar, ni moverse siquiera. La habitación le daba vueltas, los oídos le zumbaban, las piernas eran de algodón, sudaba frío. Al fin echó a correr; salió, bajó las escaleras; llegó al portal... Pero ¿quién le abría? No tenía llave... Esperó tembloroso, suponiendo que alguien entraría o saldría. Transcurrieron minutos. Cuando el sereno dio entrada a un inquilino, un señor muy enfundado en pieles, la luz de la linterna dio de lleno a Alberto en la cara, y tal estaba de demudado, que el vigilante le clavó el mirar, con mayor desconfianza que antes. Pero Alberto no pensaba sino en huir del sitio maldito, y su precipitación en escapar, empujando al sereno que no se apartaba, fue nuevo y ya grave motivo de sospecha.
A la tarde siguiente, después de horas de esas que hacen encanecer el pelo, Alberto fue detenido en su domicilio... Todo le acusaba: sus paseos alrededor de la casa de la víctima, el haber dejado tan lejos el «simón», su fuga, su alteración, su voz temblona, sus ojos de loco... Mil protestas de inocencia no impidieron que la detención se elevase a prisión, sin que se le admitiese la fianza para quedar en libertad provisional. La opinión, extraviada por algunos periódicos que vieron en el asunto un drama pasional, estaba contra el señorito galanteador y vicioso.
-¿Cómo se explica usted esta desventura mía? -preguntó Alberto a su abogado, en una conversación confidencial.
-Yo tengo mi explicación -respondió él; falta que el Tribunal la admita. Vea lo que yo supongo, es sencillo: para mí, y perdóneme su memoria, la infeliz señora recibía a alguien..., a alguien que debe ser mozo de cuenta, profesional del delito y del crimen. El día de autos, desde el anochecer, la víctima envió fuera a su doncella, dándole permiso para comer con unos parientes y asistir a un baile de organillo. El asesino entró al oscurecer. Él era quien escribía a usted, quien le fijó la hora y quien, precavido, exigió la devolución de las cartas, para que usted no poseyese ningún testimonio favorable. Cuando usted entró, el asesino se ocultó o en el descanso de la escalera, o en habitaciones interiores de la casa. A la mañana siguiente, al abrirse la puerta de la calle, salió sin que nadie pudiese verle. Se llevaba su botín: joyas y dinero. ¿Qué más? Es un supercriminal que ha sabido encontrar un sustituto ante la Justicia.
-Pero ¡es horrible! -exclamó Alberto. ¿Me absolverán?
-¡Ojalá!... -pronunció tristemente el defensor.
-Si me absuelven -exclamó Alberto- me iré a la Trapa, donde ni la cara de una mujer se vea nunca. 

«La Ilustración Española y Americana», núm. 48, 1909. 

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La centenaria

-Aquí -me dijo mi primo, señalándome una casucha desmantelada al borde de la carretera- vive una mujer que ha cumplido el pasado otoño cien años de edad. ¿Quieres entrar y verla?
Me presté al capricho obsequioso de mi pariente y huésped, en cuya quinta estaba pasando unos días muy agradables, y, aunque ningún interés especial tenía para mí la vista de una vejezuela, casi de una momia desecada que ni cuenta daría de sí, aparenté por buena crianza que me agradaba infinito tener ocasión de comprobar ocularmente un caso notable de longevidad humana.
Entramos en la casucha, que tenía un balcón de madera enramado de vid, y detrás un huerto, donde se criaban berzas y patatas a la sombra de retorcidos y añosos frutales. Dijérase que allí todo había envejecido al compás de la dueña, y la decrepitud, como un contagio, se extendía desde los nudosos sarmientos de la cepa hasta las sillas apolilladas y bancos denegridos que amueblaban la cocina baja, primera habitación de la casa donde penetramos.
Estaba vacía. Mi primo, familiarizado con el local, llamó a gritos:
-¡Teresa, madama Teresa!
Al oír madama, la aventura empezó a interesarme. ¿Era posible que fuese francesa la centenaria que vegetaba allí, en un rincón de las mariñas marinedinas? ¿Francesa? ¡Extraña cosa!
Una voz lejana respondió desde el huerto:
-Aquí estoy...
El acento era extranjero; no cabía duda. Antes de pasar, interrogué. Me contestó una de esas sonrisas que prometen mucho, una sonrisa que era necesario traducir así: «¿Pensabas que iba a enseñarte algo vulgar?»
Al rayo oblicuo de un sol de otoño; al lado de un matorral de rosalillos mal cuidados, cuyos capullos parecían revejecidos también; sentada en una butaca carcomida, de resquebrajada gutapercha, vi a una mujer cuyo semblante encuadraba un tocado de esos inconfundibles, de cocas de cinta y tules negros, que sólo usan las ancianas de Francia. El tocado debía de tener pocos menos años que su dueña. Hacía el efecto de que, al soplarle, se desharía en polvo, como las ropas que aparecen enteras y vuelan en ceniza en cuanto se abre una sepultura. La manteleta raída, de casimir, rojeaba al sol. Los pies, calzados con pantuflas, eran cifra de la caducidad de todo aquel cuerpo. ¿Habéis notado que, al través del calzado que más oculte su forma, unos pies jóvenes son siempre unos pies jóvenes, y los adivináis? El pie envejece tanto o más que la cara...
Al tratar madama Teresa de incorporarse difícilmente, vimos de cerca su rostro, no demacrado ni excesivamente arrugado, sino céreo, como el de un muerto, y fino, como el de una muñequita de marfil. Un toque de rosa marchito apareció un momento en sus pómulos. Un amago de sonrisa descubrió el horror gris de la caverna, donde el tiempo cruel, sobre las ruinas, tejía su telaraña...
-Aquí tiene usted -dijo mi primo- a un pariente mío; le he dicho que acaba usted de cumplir... una edad avanzada, y ha querido saludar a usted y desearle muchos más años de vida.
-Sea bien venido... Tenga la bondad de sentarse...
Y me señaló, con aire amable, un banco de argamasa adosado a la pared de la casucha. Lleno de curiosidad, dirigí la mirada hacía algo que la anciana leía cuando entramos y que acababa de dejar sobre la silla. Parecía un periódico antiguo, ya amarillento.
-Madama Teresa, cuéntele usted su historia a este señor... Se alegrará mucho de oírla...
-¡Mi historia! -Murmuró la vocecilla cascada, llena de trémolos que parecían balidos dolientes. Es sencilla y triste..., pero yo creo que son tristes todas las historias de todo el mundo. Soy hija de un oficial francés que vino con Napoleón y de una señorita madrileña. Mi padre me recogió, porque mi madre, al ver todas las cosas que sucedían, no quería seguir cuidándome. Con mi padre pasé a Francia. Estuve allí hasta los veinte años. Entonces mi padre murió y mi madre me reclamó y me hizo a la fuerza entrar en un convento. Me resistí a profesar, y cuando vino la exclaustración, salí; hice de modo que mi madre perdiese mi rastro. Entré a servir en una casa aristocrática. Como sabía peinar y hacer trajes bonitos, me estimaban mucho y me casaron con el maestresala. ¡Oh, señor! ¡Un hombre excelente! Pero él me aburría con sus celos y yo me fui y perdió mi rastro también...
La anciana hizo una pausa; yo me sonreía pensando en la necedad de los celos, cuando la mujer es un poco de arcilla, y sus bellas formas menos que un rastro en el agua o un dibujo en la arena...
-Me establecí en un pueblo de esta provincia y viví de hacer sombreros. ¡Oh! Tuve la mejor clientela... Fueron unos años muy hermosos... No se guiaban las señoras sino por mí. Yo era el árbitro de la moda. Me copiaban los trajes, me consultaban todo. Ganaba mucho dinero. También lo gastaba, porque me adornaba mucho. Me halagaban à qui mieux mieux. Pero la desgracia acecha. Supe que mi primer marido no existía y cometí el error de casarme segunda vez. ¡Oh, señor! ¡Un mal hombre, es el caso de decir que un mal hombre! Muy guapo, sí, muy gracioso; acababa de jugarme una picardía y me decía cosas que me hacían reír...
-¿En qué año pasaba eso? -pregunté con indefinible curiosidad maligna, pues creía adivinar.
-Ya sería el año de la que llamaban gran revolución... -respondió ella con esa repugnancia a fijar fechas por números que tienen los muy viejos-, Y él se fue con los de la revolución y se llevó mis economías, y volvió enfermo, y en curarle lo gasté todo, y ya no me ocupaba de sombreros, sino de la salud de él, y al fin murió... ¡Qué dolor! ¡Un tan guapo garçon de treinta años!
Mi cuenta estaba echada mentalmente. Cuando la mísera mujer cuidaba al tronera y caía en la ruina, tenía los sesenta ya,
-¿Y... qué hizo usted después?
-Vivotear, señor... Ya no gustaban tanto mis sombreros... Me decían que eran siempre los sombreros de antes, los sombreros de mi tiempo, y no los de la moda. ¡Oh! Yo trataba de hacerlos muy elegantes, pero mi hora era pasada, y el capricho de las damas por mí, también. Me defendí aún, mientras tuve vista para enfilar la aguja. Después confié la confección a una criada mía que era de esta aldea y que me dejó en herencia, al morir, esta casa. Era una santa mujer..., pero los sombreros, ¡un horror!, ¡un horror! Y como ya no me compraba nadie, aquí me retiré, tan solita... Me hice mi sopa y mi cama mucho tiempo. Ya no puedo. El doctor, que me ha visto, dice que verdadera-mente no puedo. No sé si acabaré por ir a un asilo. Es penoso, pero no sé...
Me miraba con sus lacios ojos azules, turbios como turquesas muertas. Gesticulaba con dedos finos, secos, los palillos de boj de un escultor. Y yo, en mi intuición de novelista, de psicólogo, adiviné, descifré rápidamente aquella pobre alma de mariposa disecada, de rosa seca cuyos pétalos se pulverizan de puro friables, pero que, en la caducidad de sus elementos, guardan un poco de espíritu. Y exclamé sonriendo:
-La verdad es que sólo porque usted lo dice se creería que siente el peso de la edad. Está usted todavía muy guapa, madama Teresa, y ha debido usted de trastornar muchas cabezas y de ser un oráculo para las damas elegantes. Si me lo permite, ¿sacaría una instantánea?
Y mientras preparaba la maquinilla, deslizando la placa en la ranura, oí que murmuraba madama Teresa, balbuciente de gratitud:
-¡Oh, señor, qué bueno es el señor! Pero retratarme así..., con esta toilette... Si me lo permite, voy a buscar otra fanchón, la nueva..., la que armé hace dos años...
Y mientras la centenaria, arrastrándose, iba en busca del último adorno, de la coquetería última, miré lo que estaba leyendo cuando entramos. Era un figurín antiguo, de la época de la emperatriz Eugenia, la época gloriosa en que las capotas de madama Teresa todavía hacían furor en la capital de provincia.
-¡Pobre mujer! -dijo mi primo. No sabía que estaba tan apurada. Voy a gestionar que la admitan en las Hermanitas de Marineda y desde mañana le enviaré de casa la comida.
-Envíale de paso un ramo de flores, un tarro de perfume y dos o tres inutilidades más -advertí. Yo mañana la remitiré, desde Marineda, los mejores bombones de chocolate en una caja bonita. Y vivirá tres años más madama Teresa..., porque alguien se habrá acordado de que es mujer.

«Blanco y Negro», núm. 971, 1909

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La cena de cristo

Había un hombre lleno de fe, que creía a pies juntillas cuanto nos enseñan la religión y la moral, y, sin embargo, tenía horas de desaliento y sequedad de alma, porque le parecía que el cielo dista mucho de la tierra, y que nuestros suspiros, nuestras efusiones de amor, nuestras quejas, tardan siglos en llegar hasta el Dios que invocamos, el Dios distante, inaccesible en las lumínicas alturas de la gloria. No dudaba de la realidad divina, pero la creía muy alta y había llegado a ser en él idea fija la de ponerse en relación directa con el que todo lo puede y lo consuela todo.
Persuadido de que el claustro está bastantes peldaños más cerca del cielo que de la sociedad, Eudoro -así se llamaba el creyente- entró de novicio en los Carmelitas. Espantó a sus hermanos el fervor de su vida monástica, y cuenta que en el convento estaban acostumbrados a ver austeridades y adivinar rigores que la humildad encubría. Los de Eudoro, sin embargo, pasaban de la raya y llegaban a asombrar a los viejos, curtidos por una vida entera de maceraciones, verdaderos veteranos de la penitencia. Eudoro ascendía por la áspera cuesta de la mortificación, creyendo que así se aproximaba a la gloria, y no tanto por merecerla después de su muerte, como por sentirla en vida, por cerciorarse de su realidad. Juzgo evidente que el demonio del escepticismo era quien a la sordina inspiraba tales anhelos, porque si Eudoro estuviese completamente seguro de que al morir el cielo se abre al que lo gana, no experimentaría tan ardiente afán de percibirlo, de acortar distancias, y, por decirlo así, de tocarlo con sus manos y verlo con sus ojos. Fuese lo que fuese, Eudoro practicó terribles asperezas consigo mismo; descalzo, debilitado por el ayuno, acardenalado por las disciplinas, de rodillas en la celda, cuyas desnudas paredes aparecían salpicadas de sangre, se pasó las noches enteras velando y pidiendo a Dios, entre lágrimas y sollozos, que se dignase aproximarse a su siervo. Fue inútil: solo el triste aullido del viento en los árboles del huerto conventual respondió a sus llamamientos desesperados. Entonces salió del convento sin profesar, y los frailes viejos, edificados antes, hicieron la cruz sobre el pecho, con rostro grave y labios contraídos.
Eudoro se retiró a su casa, y descorazonado, imaginando que ya nunca se aproximaría al cielo, se dedicó a una vida activa, laborista y modesta, emprendiendo algunos negocios de los cuales se prometía lucro. El socio que admitió gozaba fama de probo; sin embargo, lo cierto es que engañó a Eudoro malamente, despojándole de su capital y haciéndole pasar ante el mundo por tramposo y estafador. Esto último fue lo que más dolió a Eudoro, porque estimaba su honra y sufría vergüenza horrible al verse infamado y notar que se apartaban de él las gentes con desprecio. En su espíritu germinó un odio tenaz contra el calumniador, y la sed de venganza le amargó la boca.
Una noche, pasando por cierta calle desierta, Eudoro vio a un hombre que se defendía de tres que ya le tenían acorralado e iban a darle muerte. El farol contra el cual se apoyaba le alumbraba el rostro de lleno y Eudoro reconoció a su enemigo. Tuvo un instante de fluctuación; quiso alejarse..., y de pronto volvió; iba armado; cargando con denuedo a los asesinos, los obligó a emprender precipitada fuga. Antes que el socorrido le diese las gracias, Eudoro se alejó también.
Casi llegaba a la puerta de su casa, cuando he aquí que le sale al camino un mendigo, descalzo, harapiento, encorvado, pidiéndole en voz lastimera, no dinero, sino algo de comer. «Me caigo de necesidad», gemía el pordiosero, y Eudoro, tomándole de la mano: «Vente conmigo -le dijo benignamente. Partiremos la cena... y dormirás al abrigo del temporal y de la lluvia.»
Subieron la escalera uno tras otro: Eudoro encendió luz y pasó a la cocina a calentar el caldo de la víspera y la humilde pitanza; al entrar en el comedor, llevando la tartera olorosa, pudo ver la cara del pobre, que le esperaba sentado a la mesa ya, y notó con sorpresa que ni era viejo, ni feo, ni tenía enmarañado el pelo, ni sucias las manos, según suelen los mendigos; en cuanto a edad, representaba unos treinta años a lo sumo, y su rostro oval y su cabellera rubia, partida y flotante en bucles, eran de admirable belleza.
Sonreía dulcemente, y Eudoro le sirvió con reverencia, no atreviéndose a sentarse hasta que se lo ordenó el pobre. Comieron en silencio; pero Eudoro experimentaba un bienestar inexplicable, y parecíale tan suave el yugo de la vida y tan ligera la carga de todos sus dolores pasados, que su corazón, inundado de gozo, se quería derramar en un llanto más refrigerante que el rocío de la mañana.
Así que hubo saciado el hambre, el mendigo, tomando el pan que estaba sobre la mesa, lo partió y ofreció la mitad a Eudoro. Y al ejecutar tan sencilla acción, Eudoro advirtió una imperceptible claridad que, naciendo en las sienes, rodeaba toda la cabeza del mendigo y jugaba en sus cabellos, como el sol juega en el irisado plumaje de un pájaro.
Eudoro se levantó con ímpetu irresistible, y postrándose rostro contra el suelo, vino a besar y a empapar de lágrimas los pies del mendigo, conociendo que era Cristo, Hijo de Dios, y que, en aquella noche venturosa, por fin se había aproximado el cielo a la tierra.
Cristo le miraba amorosamente, fijando en él los grandes y meditabundos ojos. Y como Eudoro se confundiese en protestas de humildad, preguntando por qué se había dignado el Señor visitar aquella casa, respondió lentamente:
-Yo vago siempre por las calles. Cada noche quiero cenar con el que durante el día haya vuelto bien por mal y perdonado de todo corazón a su enemigo. ¡Por eso me acuesto sin cenar tantas noches!

«El Liberal», 8 de septiembre de 1893.

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La casa del sueño

Mi vida había sido azarosa, una serie de trabajos y privaciones, luchas y derrotas crueles. A mi alrededor, todo parecía marchitarse apenas intentaba florecer. Dos veces me casé, y siempre el malhadado sino deshizo mi hogar. En varias carreras probé mis fuerzas, y aunque no puedo decir que no carezco de aptitudes, es lo cierto que, por una reunión de circunstancias que parecía obra de algún encantador maligno, mientras veía a los necios y a los menguados triunfar, yo quedaba siempre relegado al último término, frustrados mis intentos, en ridículo mis propósitos. Se creyera que existía algún decreto de la suerte loca para que todo se me malograse, todo se me deshiciese entre las manos. Y así, por las asperezas de tantas decepciones, llegué a no interesarme en nada, a concebir, no misantropía, sino algo peor, repulsión completa a todas las casas. No existía en lo creado fin que me pareciese digno de interés, que produjese en mí una impresión de simpatía, un movimiento de gozo. Evocar recuerdos era para mí equivalente a registrar un cementerio, deletreando en las lápidas nombres de gentes que hemos amado. Ni el pasado ni el presente, ni menos ese enigma que se llama el porvenir, lograban arrancarme de la cárcel de mi pesimismo infecundo; porque hay un pesimismo de ajenjo, que entona y vitaliza; pero el mío era un caimiento de ánimo, no una absorción; no mística a la indiana, sino desesperada y abatida. Ni deseos, ni propósitos, ni reacciones de sensibilidad. Sin embargo... Así como en las regiones polares, aún bajo el hielo, alguna saxífraga o algún liquen ha de brotar en primavera, en la desolación de mi espíritu, flotaban jirones de una ilusión. Todavía deseaba yo algo... Y este algo era una nimiedad, absolutamente sentimental, pero exaltada, creciente, nimbada por esa luz que rodea a los períodos de la vida que pertenecieron a la primera edad: la luz de nuestra aurora...
Mi deseo adquiría mayor vehemencia, porque apenas definía yo su objeto; y me hubiese sido difícil describir, ni aún inexactamente, lo mismo que ansiaba. Sabía yo que se trataba de una casa, bajo unos árboles, en una aldea, lejos, muy lejos de las ciudades que me habían zarandeado con su oleaje; pero era lo curioso que ignoraba por completo en qué parte de España se encontraba esa casa, esa aldea, esos árboles, cuyo verdor engañaba aún mi desecado espíritu. Cuando habité la casa ¡era tan niño! Pero, niño y todo, me había quedado en el paladar el sabor de la bienaventuranza, en el regazo de mi madre o abrazado al Melampo, que me lamía lealmente la faz... Desde que dejamos aquel rincón, ¿dónde estaba, cuál sería su nombre?, empezaron mis desventuras. Perdí a mi madre; mi padre me abandonó, recibí la torturante protección de mi tía, que me hizo sufrir tanto, y comenzó la forjadura de la cadena de fallidos intentos y frustrados propósitos.
No tenía a quién preguntar para orientarme respecto a la situación del lugar en que aún aleteaba para mí el ave rara del ensueño. Porque, vencido y náufrago, había resuelto retirarme a aquel rincón en que había probado el gusto a miel de la ventura, y vegetar allí, procurando no acordarme sino de los tiempos buenos, borrados casi, como pintura cuya belleza aún se adivina en medio de la destrucción.
En balde daba tormento a la memoria, forzándola a que precisase qué provincia, qué localidad era aquella donde yo comprendía que aún me restaban fuerzas para seguir viviendo. Sabía que de allí nos habíamos venido en diligencia a Madrid; que allí existían montañas, ni muy bajas ni muy ingentes, montañas vulgares; que allí se alzaba una iglesia, con su atrio; semejante a la mayor parte de las iglesias; que allí cerca pasaba un riachuelo, análogo a millares de riachuelos; que la sombreaban unas altas frondas (pero yo, en aquella edad, mal podía comprender si se trataba de castaños, álamos o pinos...). Y, a pesar de no serme posible concretar nada- ¿y quién sabe si justamente por eso mismo?-, era aquella casa, y no otra; eran aquellos árboles, y no otros, los únicos cuyas sombras apetecía; era el frescor de aquel riachuelo el único que pudiera refrigerar mi alma, y eran las bóvedas de aquella iglesia las que me devolverían, entre tantas cosas para mí perdidas, el lejano y celeste tesoro de la fe, o, al menos, de la misteriosa confianza en lo desconocido.
A veces me hacía yo razonamientos para demostrarme que tal empeño se asemejaba a manía, y era acaso la dolorosa huella del trastorno mental sordo y manso que producen las reiteradas contrariedades, las magulladuras del náufrago, batido sin cesar por la resaca contra las peñas. ¿Por qué aquel afán, que crecía con el correr del tiempo? ¿Por qué la casa poco a poco llegaba a constituir una obsesión para mí? ¿Por qué cifrar en una casa, idéntica a cien mil casas, la probabilidad de encontrar, si no la dicha, al menos un poco de paz y de sosiego? ¿No era lo mismo recogerse a la primera morada solitaria en el campo y figurarse que fuese la otra?
No debía de ser lo mismo, al menos para mí, cuando iban indisolublemente juntos mi ensueño y la idea de aquel rincón en que supe lo que era la felicidad..., la cual se compone de nada, de un estado de indiferencia, de no anhelar, de no aspirar, de olvidar que corre la hora.
Retirarme a otro sitio me hubiese sido imposible. Y parecía imposible también descubrir aquel, isla perdida en un archipiélago de islotes confusamente iguales...
La casualidad, mi eterna enemiga, por una vez aparentó servirme. El caso fue, como obra suya, inesperado. En un puesto de libros y papeles viejos, que revolvía por instinto, encontré, entre mil cartas amarillentas, una de mi padre a mi madre...
Parecióme que se abría un ataúd y salía de él ese vaho peculiar a flores secas hechas polvo... La misiva era insignificante, sin trascendencia alguna; lo interesante para mí, las señas del sobre. Decía: «En San Martín de Maceira, provincia de...» Y, como si de repente se desgarrase un velo, recordé... ¡No haber recordado antes!... Claro, San Martín de Maceira; en letras, de lumbre veía el nombre... Y aquella misma tarde hice mi hatillo y corrí a la estación...
No acierto a decir cómo iba. No hay quien refiera estas cosas, que se componen de sensaciones tenues, o tan hondas como los hondones callados de los ríos. Lo que puedo afirmar es que, por primera vez desde hacía tanto tiempo, experimenté una alegría extraña, un impulso reanimador. Empecé a fantasear la tranquila vida del sabio y del filósofo, que desdeña las contingencias de su propia suerte y las domina desde la altura de su calma. En mi retiro estaba libre de las fatalidades que, ensombreciendo mi destino, me lo convertían en tormento y argolla. Y ahora, próximo a rêver, recordaba todo, detalles de la casa, menudencias del jardín, la forma de nuestras habitaciones. ¡Qué goce ver de nuevo aquellos muebles arcaicos, aquellas consolas de patas retorcidas, aquellas mesitas de tocador de nublado espejo, donde reaparecen las caras muertas, aquella vieja cama de caoba, toda desbarnizada, deslucida por la humedad! Yo compraría la mansión, los muebles, todo, al precio que me pidiesen; y, sentado ante la puerta, miraría a los que pasasen (sin darles el aviso piadoso de que no intentasen dirigirse a parte alguna, puesto que todos los caminos van a parar al mismo paradero...)
Andaba apresurado, reconociendo las veredillas, los accidentes del terreno, las ciénagas, los valladares pedregosos. Anochecía. El segmento de la luna asomaba, bogando plácido por el cielo apacible. No me separaban del ideal sino algunos pasos. Una sorpresa empezaba a embargarme. ¡No veía los árboles, la espesura que doselaba la casa! Raso todo. Una mujer vieja, renqueante, se acercaba a mí.
-¿Han cortado los árboles, madre? -interrogué, con temblor de voz.
-Sí, hijo, cuando arrasaron la casa.
Me detuve. Se me enfriaron las sienes.
-¿Y qué hay ahora en el sitio de la casa?
-Nada. Araron, sembraron trigo.
Me oyó un sollozo... Vino, compadecida, a atenderme.
Y me eché en sus brazos, como si la conociese de toda la vida -no he vuelto a verla jamás. Mientras duró el abrazo sentí un poco de calor de bondad humana. Por eso no me he arrojado ya desde mi balcón a la calle. Compadeced, que lo han menester los tristes.

«La Ilustración Española y Americana», núm. 12, 1911.

Cuento de la tierra

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La capitana

Aquellos que consideran a la mujer un ser débil y vinculan en el sexo masculino el valor y las dotes de mando, debieran haber conocido a la célebre Pepona, y saber de ella, no lo que consta en los polvorientos legajos de la escribanía de actuaciones, sino la realidad palpitante y viva.
Manceba, encubridora y espía de ladrones; esperándolos al acecho para avisarlos, o a domicilio para esconderlos; ayudándolos y hasta acompañán-dolos, se ha visto a la mujer; pero la Pepona no ejercía ninguno de estos oficios subalternos; era, reconocidamente, capitana de numerosa y bien organizada gavilla.
Jamás conseguí averiguar cuáles fueron los primeros pasos de Pepona: cómo debutó en la carrera hacia la cual sentía genial vocación. Cuando la conocí, ya eran teatro de sus proezas las ferias y los caminos de dos provincias. No quisiera que os representaseis a Pepona de una manera falsa y romántica, con el terciado calañés y el trabuco de Carmen, ni siquiera con una navaja escondida entre la camisa y el ajustador de caña que usaban por entonces las aldeanas de mi tierra. Consta, al contrario, que aquella varona no gastó en su vida más arma que la vara de aguijón que le servía para picar a los bueyes y al peludo rocín en que cabalgaba. Éranle antipáticos a Pepona los medios violentos, y al derramamiento de sangre le tenía verdadera repugnancia. ¿De qué se trataba? ¿De robar? Pues a hacerlo en grande, pero sin escándalo ni daño. No provenía este sistema de blandura de corazón, sino de cálculo habilísimo para evitar un mal negocio que parase en la horca.
La táctica de Pepona era como sigue: Montada en su cuartago, iba a la feria, provista de banasta para las adquisiciones, como una honrada casera del conde de Borrajeiros o del marqués de Ulloa. En la feria aguardábanla ya los de su gavilla, bajo igual disfraz de labriegos pacíficos. Mientras feriaba una rueca, un candil o una libra de cerro, Pepona observaba atentamente a los tratantes; y sus espías, en la taberna, avizoraban los tratos cerrados por un vaso de lo añejo. Sabedores de adónde se dirigía el que acababa de vender la pareja de bueyes y regresaba con las onzas de oro ocultas en el cinto, se adelantaban a esperarle en sitio favorable y solitario. Los ladrones solían tiznarse o enmascararse con un paño negro. Pepona no intervenía; asistía emboscada tras un grupo de árboles. Si aparecía era para impedir que maltratasen o matasen al robado y para dejarle el consuelo, pequeña cantidad que algunos salteadores conceden a los despojados para que beban en el camino.
La justicia era favorable a Pepona, que llevaba cordiales relaciones con oidores, fiscales y procuradores, y con la aristocracia rural. Jamás intentó aquella sagaz diplomática un golpe contra los castillos y pazos; al revés de los bandidos andaluces -¡profunda diferencia de las razas!, Pepona sólo robaba a los pobres trajinantes, arrieros o labriegos que llevaban al señor su canon de renta.
¡Ah! Era mejor tener a Pepona amiga que enemiga, y bien lo sabía la única clase social algo elevada, a la cual profesaba la capitana odio jurado. Verdad que esta clase siempre ha sufrido persecución de ladrones, al menos en Galicia. Me refiero a los curas. Se les creía, y se les cree aún, partidarios de esconder en el jergón los ahorros, y se pierde la cuenta de las tostaduras de pies y rociones de aceite hirviendo que les han aplicado los bandidos. Sin embargo, en Pepona se advertía algo especial: una saña de explicación difícil, y acerca de cuyo origen se fantaseaban mil historias.
Lo cierto es que Pepona, tan clemente, era con los curas encarnizada-mente cruel, y acaso ellos fueron los que añadieron a su nombre el alias de la Loba.
Reinaba, pues, el terror entre la gente tonsurada, que sólo bien provista de armas y con escolta se atrevía a asomar en romerías y ferias, cuando acertó a tomar posesión del curato de Treselle un jovencillo boquirrubio, amable y sociable, eficazmente recomendado por el arzobispo a los señores de diez leguas en contorno. Al enterarse, por conversaciones de sacristía, del peligro que los de su profesión corrían con Pepona, el curita sonrió y dijo suavemente, con cierta ironía delicada:
-¿A qué ponderan? ¿A qué tienen miedo a una mujer? ¡Miedo a una mujer los hombres!
¡Oídos que oyeron tal! Sus compañeros se le echaron encima como jauría furiosa. ¿A ver si se atrevía él con la Loba, ya que era tan guapo y tan sereno? ¿A ver si le mandaban a soltar andaluzadas a otra parte? ¡Que se enzarzase con la gavilla y su capitana, y ya le freirían el cuerpo! ¿Pensaba que los demás eran algunas madamitas, o qué?
-Con la gavilla no me atrevo -dijo el muchacho cuando se calmó el alboroto, por aquello de que dos moros pueden más que un cristiano; pero lo que es con la señora Loba..., caramba, de hombre a hombre...
Desde aquel día, el joven abad de Treselle pasó por jactancioso y botarate, y se le dieron bromas pesadas, que en la feria del 15 de agosto tomaron ya carácter agresivo. Era a los postres de una comida en la posada de la Micaela, en Cebre, donde se sirve excelente vino viejo y un cocido monumental de chorizo, jamón y oreja; los curas habían resuelto dormir allí, y no volver a sus casas hasta el día siguiente, escoltados, porque en la feria rondaba Pepona. Y el abad de Treselle, sofocado, exclamó al ensopar el último bizcocho en la última copa de Tostado dulce:
-Pues para que ustedes vean... No soy ningún valentón, pero soy capaz ahora mismo de largarme solito a la rectoral. ¡Eh! ¡Micaela! ¡Que arreen mi caballería!
Minutos después, la yegüecita castaña del abad, viva y redonda de ancas, esperaba a la puerta del mesón. Despidiéndose de los asustados comensales, el cura montó y desapareció al trote. ¡Madre del Corpiño! ¡En la que se metía! ¡Cosas de muchachos! Ya vería, ya...
Algunos párrocos, avergonzados, repitieron:
-Convenía acompañarle...
Pero nadie se decidió a realizarlo. ¡Allá él, ya que era tan fanfarrón!
Caía el sol, y el cura, al transponer las últimas casas de Cebre, sintió que el corazón se le apretaba, y refrenó la yegua, mirando receloso alrededor. Sus mejillas, antes encedidas por la disputa, estaban ahora pálidas. El alma se le achicaba. «Hice mal, pero no es cosa de volverse. Tengo miedo-pensó-. A serenarse». Tocó con el arzón las pistoleras; llevaba dos pistolas inglesas magníficas, regalo del marqués de Ulloa. En el pecho sintió el bulto de un cuchillo de picar tabaco. Entonces se rehizo e inspeccionó el terreno. La carretera se hallaba desierta; en los altos pinos el viento gemía fúnebres estrofas.
El abad aguijó a su montura. Al recodo del camino,donde tuerce y lo dominan calvos peñascos, surgió una figura membruda y alta. La yegua se detuvo, empinando las orejas. Era una mujerona, apoyada en una vara de aguijón... Parecía pedir limosna, pues tendía la mano izquierda; pero el curita, que había sido estudiante, vio que lo que hacía la supuesta mendiga era una seña indecorosa. Adquirió energía, prestada por la indignación.
Rápidamente sacó del arzón una pistola y la amartilló. La mujer pegó un salto, y en su atezado rostro, que alumbraban los últimos reflejos del Poniente, se pintó una especie de terror animal, el espanto del lobo cogido en la trampa. No podía el curita adivinar la causa de este fenómeno, en la capitana extraño. Convencida de que no existía cura ni trajinero que se atreviese a salir solo de Cebre a tales horas, había licenciado hasta la mañana siguiente a su gavilla y se retiraba; al ver un barbilindo de curita que se aventuraba en el camino, había querido jugarle una pasada; pero el ruido del gatillo la hacía temblar y le aconsejaba como único recurso la fuga. Dio un salto de costado hacia el pinar, y el joven abad, picando a su viva yegua, se le fue encima, la alcanzó y la atropelló. Saltó él de su montura, empuñada la pistola; pero la Loba, sin darle tiempo a nada, desde el mismo suelo en que yacía, se le abrazó a las piernas y logró tumbarle. Arrancóle la pistola, que arrojó al seto, y después le echó al cuello las recias y toscas manos, y apretó, apretó, apretó...
El pinar, el cielo, el aire, cambiaron de color para el pobre abad. Primero lo vio todo rojo, luego, grandes círculos cárdenos y violáceos vibraron ante sus ojos, que se salían de las órbitas. No fue él, no fue su razón; fue el puro instinto el que guió su mano derecha en busca del cuchillo oculto en el pecho. Y mientras la Loba reía con torpes carcajadas del espectáculo del cura sacando la lengua, a tientas la mano impulsó el arma. La terrible argolla de las manos de la capitana se abrió y ella cayó hacia atrás con el pecho atravesado...
Carne de perro tienen los bandidos. La Loba curó... Pero su ánimo quedó quebrantado, su prestigio enflaquecido, deshecha su leyenda. ¡Vencida Pepona por una madamita de cura mozo! Y el nuevo capitán general que vino a Montañosa -veterano que gastaba malas pulgas, tanto persiguió a la gavilla, que los señores abades pudieron volver en paz, ya anochecido, a sus rectorales. 

«Blanco y Negro», núm. 587, 1902. 

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La cana

Mi tía Elodia me había escrito cariñosamente: «Vente a pasar la Navidad conmigo. Te daré golosinas de las que te gustan». Y obteniendo de mi padre el permiso, y algo más importante aún, el dinero para el corto viaje, me trasladé a Estela, por la diligencia, y, a boca de noche, me apeaba en la plazoleta rodeada de vetustos edificios, donde abre su irregular puerta cochera el parador.
Al pronto, pensé en dirigirme a la morada de mi tía, en demanda de hospedaje; después, por uno de esos impulsos que nadie se toma el trabajo de razonar -tan insignificante creemos su causa-, decidí no aparecer hasta el día siguiente. A tales horas, la casa de mi tía se me representaba a modo de coracha oscura y aburrida. De antemano veía yo la escena. Saldría a abrir la única criada, chancleteando y amparando con la mano la luz de una candileja. Se pondría muy apurada, en vista de tener que aumentar a la cena un plato de carne: mi tía Elodia suponía que los muchachos solteros son animales carnívoros. Y me interpelaría: ¿por qué no he avisado, vamos a ver? Rechinarían y tintinearían las llaves: había que sacar sábanas para mí... Y, sobre todo, ¡era una noche libre! A un muchacho, por formal que sea, que viene del campo, de un pazo solariego, donde se ha pasado el otoño solo con sus papás, la libertad le atrae.
Dejé en el parador la maletilla, y envuelto en mi capa, porque apretaba el frío, me di a vagar por las calles, encontrando en ello especial placer. Bajo los primeros antiguos soportales, tropecé con un compañero de aula, uno de esos a quienes llamamos amigos porque anduvimos con ellos en jaranas y bromas, aunque se diferencien de nosotros en carácter y educación. La misma razón que me hacía encontrar divertido un paseo por calles heladas y solitarias, la larga temporada de vida rústica me movió acoger a Laureano Cabrera con expansión realmente amistosa. Le referí el objeto de mi viaje, y le invité a cenar. Hecho ya el convenio, reparé, a la luz de un farol, en el mal aspecto y derrotadas trazas de mi amigo. El vicio había degradado su cuerpo, y la miseria se revelaba en su ropa desechable. Parecía un mendigo. Al moverse, exhalaba un olor pronunciado a tabaco frío, sudor y urea. Confirmando mi observación, me rogó en frases angustiosas que le prestase cierta suma. La necesitaba, urgentemente, aquella misma noche. Si no la tenía, era capaz de pegarse un tiro en los sesos.
-No puedo servirte -respondí. Mi padre me ha dado tan poco...
-¿Por que no vas a pedírselo a doña Elodia? -sugirió repentinamente. Esa tiene gato.
Recuerdo que contesté tan sólo:
-Me causaría vergüenza...
Cruzábamos en aquel instante por la zona de claridad de otro farol, y cual si brotase de las tinieblas, vivamente alumbrada, surgió la cara de Laureano. Gastada y envilecida por los excesos, conservaba, no obstante, sello de inteligencia, porque todos conveníamos, antaño, en que Laureano «valía». En el rápido momento en que pude verle bien noté un cambio que me sorprendió: el paso de un estado que debía de ser en él habitual -el cinismo pedigüeño, la comedia del sable, a una repentina, íntima resolución, que endureció siniestramente sus facciones. Dijérase que acababa de ocurrírsele algo extraño.
«Éste me atraca», pensé; y, en alto, le propuse que cenásemos, no en el tugurio equívoco, semiburdel que él indicaba, sino en el parador. Un recelo, viscoso y repulsivo, como un reptil, trepaba por mi espíritu conturbándolo. No quería estar solo con tal sujeto, aunque me pareciese feo desconvidarle.
-Allí te espero -añadí- a las nueve...
Y me separé bruscamente, dándole esquinazo. La vaga aprensión que se había apoderado de mí se disipó luego. A fin de evitar encuentros análogos, subí el embozo de la capa, calé el sombrero y, desviándome de las calles céntricas, me dirigí a casa de una mujer que había sido mi excelente amiga cuando yo estudiaba en Estela Derecho. No podré jurar que hubiese pensado en ella tres veces desde que no la veía; pero los lugares conocidos refrescan la memoria y reavivan la sensación, y aquel recoveco del callejón sombrío, aquel balcón herrumbroso, con tiestos de geranios «sardineros» me retrotraían a la época en que la piadosa Leocadia, con sigilo, me abría la puerta, descorriendo un cerrojo perfectamente aceitado. Porque Leocadia, a quien conocí en una novena, era en todo cauta y felina, y sus frecuentes devociones y su continente modesto la habían hecho estimable en su estrecho círculo. Contadas personas sospecharían algo de nuestra historia, desenlazada sencillamente por mi ausencia. Tenía Leocadia marido auténtico, allá en Filipinas, un mal hombre, un perdis, que no siempre enviaba los veinticinco duros mensuales con que se remediaba su mujer. Y ella me repetía incesantemente:
-No seas loco. Hay que tener prudencia... La gente es mala... Si le escriben de aquí cualquier chisme...
Reminiscencias de este estribillo me hicieron adoptar mil precauciones y procurar no ser visto cuando subí la escalera, angosta y temblante. Llamé al estilo convenido, antiguo, y la misma Leocadia me abrió. Por poco deja caer la bujía. La arrastré adentro y me informé. Nadie allí; la criada era asistenta y dormía en su casa. Pero más cuidado que nunca, porque «aquel» había vuelto, suspenso de empleo y sueldo a causa de unos líos con la Administración, y gracias a que hoy se encontraba en Marineda, gestionando arreglar su asunto... De todos modos, lo más temprano posible que me retirase y con el mayor sigilo, valdría más. ¡Nuestra Señora de la Soledad, si llegase a oídos de él la cosa más pequeña!...
Fiel a la consigna, a las nueve menos cuarto, recatadamente, me deslicé y enhebré por las callejas románticas, en dirección al parador. Al pasar ante la catedral, el reloj dio la hora, con pausa y solemnidad fatídicas. Tal vez a la humedad, tal vez al estado de mis nervios se debiese el violento escalofrío que me sobrecogió. La perspectiva de la sopa de fideos, espesa y caliente, y el vino recio del parador, me hizo apretar el paso. Llevaba bastantes horas sin comer.
Contra lo que suponía, pues Laureano no solía ser exacto, me esperaba ya y había pedido su cubierto y encargado la cena. Me acogió con chanzas.
-¿Por dónde andarías? Buen punto eres tú... Sabe Dios...
A la luz amarillenta, pero fuerte, de las lámparas de petróleo colgadas del techo, me horripiló más, si cabe, la catadura de mi amigo. En medio de la alegría que afectaba, y de adelantarse a confesar que lo del tiro en los sesos era broma, que no estaba tan apurado, yo encontraba en su mirar tétrico y en su boca crispada algo infernal. No sabiendo cómo explicarme su gesto, supuse que, en efecto, le rondaba la impulsión suicida. No obstante, reparé que se había atusado y arreglado un poco. Traía las manos relativamente limpias, hecho el lazo de la corbata, alisadas las greñas. Frente a nosotros, un comisionista catalán, buen mozo, barbudo, despachado ya su café, libaba perezosamente copitas de Martel leyendo un diario. Como Laureano alzase la voz, el viajante acabó por fijarse, y hasta por sonreirnos picarescamente, asociándose a la insistente broma.
-Pero ¿en qué agujero te colarías? ¡Qué ficha! Tres horas no te las has pasado tú azotando calles... A otro con esas... ¿Te crees que somos bobos? Como si uno se fiase de estos que vuelven del campo...
Las súplicas de la precavida Leocadia me zumbaban aún en los oídos, y me creí en el deber de afirmar que sí, que callejeando y vagando había entretenido el tiempo.
-¿Y tú? -redargüí-. Rezando el Rosario, ¿eh?
-¡Yo, en mi domicilio!
-¿Domicilio y todo?
-Sí, hijo; no un palacio... Pero, en fin, allí se cobija uno... La fonda de la Braulia, ¿no sabes?
Sabía perfectamente. Muy cerca de la casa de mi tía Elodia: una infecta posaducha, de última fila. Y en el mismo segundo en que recordaba esta circunstancia, mis ojos distinguieron, colgando de un botón del derrotado chaqué de Laureano, un hilo que resplandecía. Era una larga cana brillante.
Me creerán o no. Mi impresión fue violenta, honda; difícilmente sabría definirla, porque creo que hay sobradas cosas fuera de todo análisis racional. Fascinado por el fulgor del hilo argentado sobre el paño sucio y viejo, no hice un movimiento, no solté palabra: callé. A veces pienso qué hubiese sucedido si me ocurre bromear sobre el tema de la cana. Ello es que no dije esta boca es mía. Era como si me hubiesen embrujado. No podía apartar la mirada del blanco cabello.
Al final de la cena, el buen humor de Laureano se abatió, y a la hora del café estaba tétrico, agitado; se volvía frecuentemente hacia la puerta, y sus manos temblaban tanto, que rompió una copa de licor. Ya hacía rato que el viajante nos había dejado solos en el comedor lúgubre, frente a los palilleros de loza que figuraban un tomate, y a los floreros azules con flores artificiales, polvorientas. El mozo, en busca de la propia cena, andaría por la cocina. Cabrera, más sombrío a cada paso, sobresaltado, oreja en acecho, apuraba copa tras copa de coñac, hablando aprisa cosas insignificantes o cayendo en acceso de mutismo. Hubo un momento en que debió de pensar: «Estoy cerca de la total borrachera», y se levantó, ya un poco titubeante de piernas y habla.
-Conque no vienes «allá», ¿eh?
Sabía yo de sobra lo que era «allá», y sólo de imaginarlo, con semejante compañía y con la lluvia que había empezado a caer a torrentes... ¡No! Mi camita, dormir tranquilo hasta el día siguiente y no volver a ver a Laureano. Le eché por los hombros su capa, le di su grasiento sombrero y le despedí.
-¡Buenas noches... No hay de qué... Que te diviertas, chico!
Dormí sueño pesado que turbaron pesadillas informes, de esas que no se recuerdan al abrir los ojos. Y me despertó un estrépito en la puerta: el dueño del parador en persona, despavorido, seguido de un inspector y dos agentes.
-¡Eh! ¡Caballero! ¡Que vienen por usted!... ¡Que se vista!
No comprendí al pronto. Las frases broncas, deliberadamente ambiguas, del inspector me guiaron para arrancar parte de la verdad. Más tarde, horas después, ante el juez, supe cuanto había que saber. Mi tía Elodia había sido estrangulada y robada la noche anterior. Se me acusaba del crimen...
Y véase lo más singular... ¡El caso terrible no me sorprendía! Dijérase que lo esperaba. Algo así tenía que suceder. Me lo había avisado indirectamente «alguien», quién sabe si el mismo espíritu de la muerta... Sólo que ahora era cuando lo entendía, cuando descifraba el presentimiento negro.
El juez, ceñudo y preocupado, me acogió con una mezcla de severidad y cortesía. Yo era una persona «tan decente», que no iban a tratarme como a un asesino vulgar. Se me explicaba lo que parecía acusarme, y se esperaban mis descargos antes de elevar la detención a prisión. Que me disculpase, porque si no, con la Prensa y la batahola que se había armado en el pueblo, por muy buena voluntad que... Vamos a ver: los hechos por delante, sin aparato de interrogatorio, en plática confidencial... Yo debía venir a pasar la noche en casa de mi tía. Mi cama estaba preparada allí. ¿Por qué dormí en el parador?
-De esas cosas así... Por no molestar a mi tía a deshora...
¿No molestar? Cuidado: que me fijase bien. He aquí, según el juez, los hechos. Yo había ido a casa de doña Elodia a eso de las siete. La criada, sorda como una tapia, no quería abrir. Yo grité desde la mirilla: «Que soy su sobrino», y entonces la señora se asomó a la antesala y mandó que me dejasen pasar. Entré en la sala y la criada se fue a preparar la cena, pues tenía órdenes anteriores, por si yo llegase. Hasta las nueve o más no se sabe lo que pasó. Pronta ya la cena, la fámula entró a avisar, y vio que en la salita no había nadie: todo en tinieblas. Llamó varias veces y nadie respondió. Asustada, encendió luz. La alcoba de la señora estaba cerrada con llave. Entonces, temblando, sólo acertó a encerrarse en su cuarto también. Al amanecer bajó a la calle, consultó a las vecinas; subieron dos o tres a acompañarla, volvió a llamar a gritos... La autoridad, por último, forzó la cerradura. En el suelo yacía la víctima bajo un colchón. Por una esquina asomaba un pie rígido. El armario, forzado y revuelto, mostraba sus entrañas. Dos sillas se habían caído...
-Estoy tranquilo -exclamé. La criada habrá visto la cara de ese hombre.
-Dice que no... Iba embozado, con el sombrero muy calado. No le vio. ¡Y es tan torpe, tan necia, tan apocada! Medio lela está.
-Entonces soy perdido -declaré.
-Calma... ¡Cierto que son muchas coincidencias! Ayer llegó usted a las seis. A las seis y cuarto habló con un amigo en la calle de los Bebederos. Luego, hasta las nueve, no se sabe de usted más. A las nueve cena usted en el parador con el mismo amigo, y un viajante que estaba allí declara que le molestaba a usted la pregunta de ¿dónde había pasado esas horas?, y que afirmaba usted haberlas pasado en la calle, lo cual no es verosímil. Llovió a cántaros de ocho a ocho y media, y usted no llevaba paraguas... También decía que estaba usted así..., como preocupado... a veces, y el mozo añade que rompió usted una copa. ¡Es una fatalidad...!
-¿Ha declarado el que cenó conmigo?
-Si por cierto... Declaró la calamidad de Cabrera... Nada, eso; que le vio a usted un rato antes; que, convidado, cenó con usted, y que se retiró a cosa de las once.
-¡Él es quien ha asesinado a mi tía! -lancé firmemente. Él, y nadie más.
-Pero ¡si no es posible! ¡Si me ha explicado todo lo que hizo! ¡Si a esas horas estuvo en su posada!
-No, señor. Entraría, se haría ver y volvería a salir. En esa clase de bujíos no se cierra la puerta. No hay quien se ocupe de salir a abrirla. Él sabía que me esperaba la tía Elodia. Es listo. Lo arregló con arte. Está en la última miseria. Cuando me encontró, en los Bebedores, me pidió dinero, amenazándome con volarse los sesos si no se lo daba. Ahora todo es claro: lo veo como si estuviese sucediendo delante de mí.
-Ello merece pensarse... Sin embargo, no le oculto a usted que su situación es comprometida. Mientras no pueda explicar el empleo de ese tiempo, de seis a nueve...
Las sienes se me helaron. Debía de estar blanco, con orejas moradas. Me tropezaba con un juez de los de coartada y tente tieso... ¿Coartada? Sería una acción sucia, vil, nombrar a Leocadia -toda mujer tiene su honor correspondiente, y además, inútil, porque la conozco. No es heroína de drama ni de novela y me desmentiría por toda mi boca... Y yo lo merecía. Yo no era asesino, ni ladrón, pero...
La contrición me apretó el corazón, estrujándolo con su mano de acero. Creía sentir que mi sangre rezumaba... Era una gota salada en los lagrimales. Y en el mismo punto, ¡un chispazo!, me acordé del hilo brillante, enredado en el botón del raído chaqué.
-Señor juez...
Todavía estaba allí la cana cuando hicieron comparecer al criminal... El «gato» de la tía Elodia se halló oculto entre su jergón, con la llave de la alcoba... Sin embargo, no falta, aun hoy, quien diga que el asunto fue turbio, que yo entregué tal vez a mi cómplice... Honra, no me queda. Hay una sombra indisipable en mi vida. Me he encerrado en la aldea, y al acercarse la Navidad, en semanas enteras, no me levanto de la cama, por no ver gente.

«Los contemporáneos», núm. 106, 1911.

1.005. Pardo Bazan (Emilia)