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domingo, 29 de diciembre de 2013

Vecinos

Piotr Mijáilich Ivashin estaba de muy mal humor: su hermana, una muchacha soltera, se había fugado con Vlásich, que era un hombre casado. Tratando de ahuyentar la profunda depresión que se había apoderado de él y que no le dejaba ni en casa ni en el campo, llamó en su ayuda al sentimiento de justicia, sus honoradas convicciones (¡porque siempre había sido partidario de la libertad en el campo!), pero esto no le sirvió de nada, y cada vez, contra su voluntad, llegaba a la misma conclusión: que la estúpida niñera, es decir, que su hermana había obrado mal y que Vlásich la había raptado. Y esto era horroroso.
La madre no salía de su habitación, la niñera hablaba a media voz y no cesaba de suspirar, la tía manifestaba constantes deseos de irse, y sus maletas ya las sacaban ala antesala, ya las retiraban de nuevo a su cuarto. Dentro de la casa, en el patio y en el jardín reinaba un silencio tal, que parecía que hubiese un difunto. La tía, la servidumbre y hasta los mujiks, según parecía a Piort Mijáilich, le miraban con expresión enigmática y perpleja, como si quisiesen decir: «Han seducido a tu hermana, ¿por qué te quedas con los brazos cruzados?» También él se reprochaba su inactividad, aunque no sabía qué era, en realidad, lo que debía hacer.
Así pasaron seis días. El séptimo -un domingo, después de la comida- un hombre acaballo trajo una carta. La dirección -«A su Excel. Anna Nikoláievna Iváshina» -estaba escrita con unos familiares caracteres femeninos. Piotr Mijáilich creyó ver en el sobre, en los caracteres y en la palabra escrita a medias, «Excel.», algo provoca-tivo, liberal. Y el liberalismo de la mujer es terco, implacable, cruel...
«Preferirá la muerte antes de hacer una concesión a su desgraciada madre, antes de pedirle perdón», pensó Piotr Mijáilich cuando iba en busca de su madre con la carta en la mano.
Aquélla estaba en la cama, pero vestida. Al ver al hijo, se incorporó impulsivamente y, arreglan-dose los cabellos grises que se le habían salido de la cofia, preguntó con frase rápida:
-¿Qué hay? ¿Qué hay?
-Ha mandado... -dijo el hijo, entregándole la carta.
El nombre de Zina y hasta el pronombre «ella» no se pronunciaban en la casa. De Zina se hablaba de manera impersonal: «ha mandado», «se ha ido»... La madre reconoció la escritura de la hija, y su cara, desencajada, se hizo desagradable. Los cabellos grises se escaparon de nuevo de la cofia.
-¡No! -dijo, apartando las manos como si la carta le hubiese quemado los dedos. ¡No, no, jamás! ¡Por nada del mundo!
La madre rompió en sollozos histéricos producidos por el dolor y el bochorno; parecía sentir deseos de leer la carta, pero el orgullo se lo impedía. Piotr Mijáilich se daba cuenta de que debía él mismo abrirla y leer la en voz alta, pero de pronto se sintió dominado por una cólera como nunca había conocido. Corrió al patio y gritó al hombre que había traído la misiva:
-¡Di que no habrá contestación! ¡No habrá contestación! ¡Dilo así, animal!
Y a renglón seguido hizo pedazos la carta. Luego las lágrimas afluyeron a sus ojos y, sintiéndose cruel, culpable y desdichado, se fue al campo.
Sólo tenía veintisiete años, pero ya estaba gordo, vestía como los viejos, con trajes muy holgados, y padecía disnea. Poseía ya todas las inclinaciones del terrateniente solterón. No se enamoraba, no pensaba en casarse y únicamente quería a su madre, a su hermana, a la niñera y al jardinero Vasílich. Le gustaba comer bien, dormir la siesta y hablar de política y de materias elevadas... Había terminado en tiempos los estudios en la Universidad, pero ahora miraba esto como si hubiese sido una carga inevitable para los jóvenes de los dieciocho a los veinticinco años. Al menos, las ideas que ahora rondaban cada día por su cabeza no tenían nada de común con la Universidad ni con lo que en ésta había estudiado.
En el campo hacía calor y todo estaba en calma, como anunciando lluvia. El bosque exhalaba un ligero vapor y un olor penetrante a pino y a hojas descompuestas. Piotr Mijáilich se detenía a menudo para limpiarse el sudor de la frente. Revisó sus trigales de otoño y primavera, recorrió el campo de alfalfa y un par de veces, en un claro del bosque, espantó a una perdiz con sus perdigones. Y a todo esto no cesaba de pensar que tan insoportable situación no podía prolongar-se eternamente y que deberían ponerle fin de un modo u otro. Como fuera, de un modo estúpido, absurdo, pero había que ponerle fin.
«¿Pero cómo? ¿Qué hacer?», se preguntaba, -mirando al cielo y a los árboles como si implorase su ayuda.
Mas el cielo y los árboles guardaban silencio. Las convicciones honestas no le servían para nada y el sentido común le decía que el lacerante problema sólo podía tener una solución estúpida y que la escena con el hombre que había traído la carta no sería la última de este género. Le daba miedo pensar lo que aún podía ocurrir.
Dio la vuelta hacia casa cuando ya se ponía el sol. Ahora le parecía que el problema no podía tener solución alguna. Era imposible aceptar el hecho consumado, pero tampoco se podía no aceptarlo, y no existía una solución media. Cuando, con el sombrero en la mano y haciéndose aire con el pañuelo, marchaba por el camino y hasta casa le quedaban un par de verstas, a sus espaldas oyó un campanilleo. Se trataba de un conjunto muy agradable de campanillas y cascabeles que producían un tintineo como de cristales. Sólo podía ser Medovski, el jefe de la policía del distrito, antiguo oficial de húsares que había derrochado sus bienes y su salud, un hombre enfermizo, pariente lejano de Piotr Mijáilich. Tenía gran confianza con los Ivashin y sentía por Zina gran admiración y cariño paternal.
-Voy a su casa -dijo al llegar a la altura de Piotr Mijáilich. Suba, le llevaré.
Sonreía jovialmente; estaba claro que no sabía lo de Zina. Acaso se lo hubiesen dicho y él no lo había creído. Piotr Mijáilich se sintió en una situación violenta.
-Lo celebro -balbuceó, enrojeciendo, hasta el punto que se le saltaron las lágrimas, y no sabiendo qué mentira decir. Me alegro mucho -prosiguió, tratando de sonreír, pero... Zina se ha ido y mamá está enferma.
-¡Qué lástima! -dijo el jefe de policía, mirando pensativamente a Piotr Mijáilich. Y yo que pensaba pasar con ustedes la velada... ¿Adónde ha ido Zinaída Mijáilovna?
-A casa de los Sinitski; de allí parece que quería ir al monasterio. No lo sé a ciencia cierta.
El jefe de policía dijo algo más y dio la vuelta. Piotr Mijáilich siguió hacia su casa pensando horrorizado en lo que el jefe de policía sentiría cuando supiese la verdad. Se lo imaginaba, y bajo esta impresión entró en la casa.
«Ayúdame, Señor, ayúdame...», pensaba.
En el comedor, tomando el té, estaba sólo la tía. Como de ordinario, su cara tenía la expresión de quien, aunque débil e indefensa, no permite que nadie la ofenda. Piotr Mijáilich se sentó al otro lado de la mesa (no sentía gran afecto por la tía) y, en silencio, se puso a tomar el té.
-Tu madre tampoco ha comido hoy -dijo latía. Tú, Petrusha, deberías prestar atención. Dejarse morir de hambre no aliviará nuestra desgracia.
A Piotr Mijáilich le pareció absurdo que latía se mezclase en asuntos que no eran de su incumbencia e hiciese depender su marcha del hecho de que Zina se había ido. Sintió deseos de decirle una insolencia, pero se contuvo. Y al contenerse advirtió que había llegado el momento oportuno para obrar, que era incapaz de sufrir por más tiempo. O hacer algo ahora mismo, o caer al suelo gritando y dándose de cabezadas. Se imaginó que Vlásich y Zina, ambos liberales y satisfechos de sí mismos, se besaban bajo un arce, y todo el peso y el rencor que durante los siete días se habían acumulado en él se volcaron sobre Vlásich.
«Uno ha seducido y raptado a mi hermana -pensó, otro vendrá y degollará a mi madre, un tercero nos robará o incendiará la casa... Y todo esto bajo la máscara de la amistad, de las ideas elevadas y los sufrimientos.»
-¡No, no será así! -gritó de pronto, y descargó un puñetazo sobre la mesa.
Se puso en pie de un salto y salió con paso rápido del comedor. En la cuadra estaba ensillado el caballo del administrador. Montó en él y salió al galope en busca de Vlásich.
En su alma se había desencadenado una verdadera tormenta. Sentía la necesidad de hacer algo que se saliese de lo común, tremendo, aunque luego tuviera que arrepentirse durante la vida entera. ¿Llamar a Vlásich miserable, darle un bofetón y luego desafiarlo? Pero Vlásich no era de los que se baten en duelo; y, al sentirse tachado de miserable y recibir el bofetón, lo único que haría sería sentirse más desgraciado y recluirse más en sí mismo. Estas personas desgraciadas y sumisas son los seres más insoportables, los más difíciles de tratar. Todo en ellos queda impune. Cuando el hombre desgraciado, en respuesta a un merecido reproche, mira con ojos en que se refleja la conciencia de su culpa, sonríe dolorosamente y acerca dócilmente la cabeza, parece que la justicia misma es incapaz de levantar la mano contra él.
«Es lo mismo. Le sacudiré un fustazo ante ella y le diré unas cuantas groserías», decidió Piotr Mijáilich.
Cabalgaba por su bosque y sus tierras baldías y se imaginaba el modo como Zina, justificando su acción, hablaría de los derechos de la mujer, de la libertad personal y de que era absolutamente igual casarse por la Iglesia o por lo civil. Discutiría, como mujer que era, de cosas que no comprendía. Y probablemente acabaría por preguntarle: «¿Qué tienes tú que ver en todo esto? ¿Qué derecho tienes a inmiscuirte?»
-Sí, no tengo ningún derecho -gruñía Piotr Mijáilich. Pero tanto mejor... Cuanto más grosero resulte, cuanto menos derecho tenga, tanto mejor.
Hacía un calor sofocante. Nubes de mosquitos volaban muy bajo, a ras del suelo, y en los baldíos lloraban lastimeramente las averías. Piotr Mijáilich cruzó sus lindes y siguió al galope por un campo completamente liso. Había recorrido muchas veces este camino y conocía cada matorral, hasta la última zanja. Aquello que a lo lejos, entre dos luces, parecía una roca oscura, era una iglesia roja; se la podía imaginar hasta el último detalle, incluso el enlucido del portal y los terneros que siempre pacían en su recinto. A la derecha, a una versta de la iglesia, negreaba la arboleda del conde Koltóvich. Y tras la arboleda empezaban las tierras de Vlásich.
Por detrás de la iglesia y de la arboleda del conde avanzaba un enorme nubarrón, que de vez en cuando quedaba iluminado por unos pálidos relámpagos.
«¡Ahí está! -pensó Piotr Mijáilich. ¡Ayúdame, Señor!»
El caballo no tardó en dar muestras de cansancio, y el propio Piotr Mijáilich se sentía fatigado. El nubarrón le miraba con enfado, como aconsejándole que volviese a casa. Sintió cierto miedo.
«¡Les demostraré que no tienen razón! -trató de infundirse ánimos. Dirán que eso es el amor libre, la libertad personal; pero la libertad está en la abstención, y no en la subordinación a las pasiones. ¡Lo suyo es de pravación, y no libertad!»
Llegó al gran estanque del conde. El reflejo de la nube daba a aquél un aspecto plomizo y sombrío, y de él salía una intensa humedad.
Junto al dique, dos sauces, uno viejo y otro joven, se inclinaban para buscarse cariñosamente. Por este mismo lugar, dos semanas antes, Piotr Mijáilich y Vlásich habían pasado a pie, cantando a media voz una canción estudiantil: «No amar es destruir la vida joven... »¡Miserable canción!
Cuando Piotr Mijáilich cruzó la arboleda, retumbó el trueno y los árboles zumbaron, inclinándose por la fuerza del viento. Debía darse prisa. Desde la arboleda hasta la hacienda de Vlásich tenía que cruzar aún la pradera, algo así como una versta. A ambos lados del camino se alineaban los vicios abedules, de aspecto tan triste y desgraciado como Vlásich, su dueño; lo mismo que él, eran delgados y habían crecido desmesuradamente.
En las hojas de los abedules y en la hierba repiquetearon grandes gotas; el viento se calmó al instante y se extendió un olor atierra mojada y a álamo. Apareció la cerca de Vlásich, con su acacia amarilla, que también era delgada y había crecido más de la cuenta.
En un lugar donde la cerca se había venido abajo, se veía un abandonado huerto de árboles frutales.
Piotr Mijáilich no pensaba ya ni en el bofetón ni en el fustazo. No sabía lo que haría encasa de Vlásich. Se acobardó. Le daba miedo pensar en su hermana y en él mismo, se horrorizaba ante la perspectiva de que ahora iba a verla. ¿Cómo se comportaría ella con el hermano? ¿De qué hablarían? ¿No era preferible dar la vuelta antes de que fuese tarde? Pensando así, galopó hacia la casa por la avenida de tilos, dejó atrás los grandes macizos de lilas y, de pronto, vio a Vlásich.
Este, descubierto, con una camisa de percal y botas altas, inclinado bajo la lluvia, iba de la esquina de la casa al portal. Le seguía un obrero con un martillo y cajón de clavos. Seguramente había reparado las maderas de las ventanas, batidas por el viento. Al ver a Piotr Mijáilich, Vlásich se detuvo.
-¿Eres tú? -preguntó sonriendo. Excelente.
-Sí; como ves, he venido... -dijo Piotr Mijáilich con voz suave, sacudiéndose la lluvia con ambas manos.
-Perfectamente, me alegro mucho -añadió Vlásich, pero sin darle la mano; evidentemente, no se decidía a hacerlo y esperaba que se la tendieran. ¡Esta lluvia vendrá muy bien para la avena! -añadió, mirando al cielo.
-Sí.
Entraron en la casa en silencio. A la derecha del recibidor había una puerta que conducía a la antesala y luego a la sala; a la izquierda había una pequeña pieza que en invierno ocupaba el administrador. Piotr Mijáilich y Vlásich entraron en esta última.
-¿Dónde te ha sorprendido la lluvia? -preguntó Vlásich.
-Cerca. Cuando llegaba a la casa.
Piotr Mijáilich se sentó en la cama. Le agradaba que la lluvia hiciese ruido y que la habitación estuviese oscura. Era preferible: así sentía menos miedo y no hacía falta mirara su interlocutor a la cara. Su cólera había desaparecido; lo que ahora sentía era miedo e irritación consigo mismo. Se daba cuenta de que había empezado mal y de que de esta iniciativa suya no resultaría nada práctico.
Durante cierto tiempo ambos permanecieron silenciosos, haciendo ver que prestaban atención a la lluvia.
-Gracias, Petrusha -empezó Vlásich, carraspeando. Te agradezco mucho que hayas venido. Es una acción generosa y noble. La comprendo y, créeme, la estimo mucho. Puedes creerme.
Miró a la ventana y prosiguió, de pie en el centro de la habitación:
-Todo esto se ha producido en secreto, como si nos ocultásemos de ti. La conciencia de que tú podías sentirte ofendido y estuvieses enfadado con nosotros ha sido durante estos días una mancha en nuestra felicidad. Pero permítenos que nos justifiquemos. Si guardamos el secreto, no fue porque no tuviéramos confianza en ti. En primer lugar, todo se produjo inesperadamente, como por una inspiración, y no había tiempo para entraren razonamientos. En segundo, se trataba de un asunto íntimo, delicado... Resultaba violen-to hacer intervenir a una tercera persona, aunque fuese tan allegada como tú. Lo principal de todo es que confiábamos mucho en tu generosidad. Eres un hombre muy generoso y noble. Te estoy infinitamente agradecido. Si en alguna ocasión necesitas mi vida, ven y tómala.
Vlásich hablaba con voz suave y sorda, monótona, como un zumbido; estaba visiblemente agitado. Piotr Mijáilich sintió que le había llegado la vez de hablar y que escuchar y callar habría significado, en efecto, hacer sepasar por un tipo generoso y noble en su inocencia. Y no había acudido con estas intenciones. Se puso rápidamente en pie y dijo a media voz, jadeante:
-Escucha, Grigori: sabes que te quería y que no hubiese podido desear mejor marido para mi hermana. Pero lo que ha ocurrido es horroroso. ¡Da miedo pensarlo!
-¿Por qué? -preguntó Vlásich, con voz temblorosa. Daría miedo si nosotros hubiésemos procedido mal, pero no es así.
-Escucha, Grigori: sabes que yo no tengo prejuicios. Pero, perdóname la franqueza, a mi modo de ver los dos habéis procedido con egoísmo. Claro que no se lo diré a Zina, esto la afligiría, pero tú debes saberlo; nuestra madre sufre hasta tal punto, que es difícil explicarlo.
-Sí, eso es muy lamentable -suspiró Vlásich. Nosotros lo habíamos previsto, Petrusha, pero ¿qué podíamos hacer? Si lo que uno hace desagrada a otro, eso no significa que la acción sea mala. Así son las cosas. Cualquier paso serio de uno debe desagradar forzosamente a algún otro. Si tú fueses a combatir por la libertad, esto también haría sufrir a tu madre. ¡Qué le vamos a hacer! Quien coloca por encima de todo la tranquilidad de sus allegados debe renunciar por completo a una vida guiada por las ideas.
Un relámpago resplandeció vivamente y su brillo pareció cambiar el curso de los pensamien-tos de Vlásich. Se sentó junto a Piotr Mijáilich y empezó a decir cosas que no venían para nada a cuento.
-Yo, Petrusha, adoro a tu hermana -dijo. Siempre que iba a tu casa me parecía ir en peregrinación, a elevar mis oraciones a Dios, cuando lo cierto es que mis oraciones se dirigían a Zina. Ahora mi adoración crece por días. ¡Para mí está más alta que si fuese mi esposa! ¡Mucho más! -Vlásich agitó ambos brazos. Es mi santuario. Desde que vive aquí, entro en mi casa como si fuera un templo. ¡Es una mujer excepcional, extraordinaria, nobilísima!
«¡Vaya, ya ha empezado su canción!», pensó Piotr Mijáilich. Pero la palabra «mujer» no le había agradado.
-¿Por qué no os casáis como es debido? -preguntó. ¿Cuánto pide tu mujer por concederte el divorcio?
-Setenta y cinco mil.
-Parece mucho. ¿Y si tratas de sacarlo por algo menos?
-No rebajará ni un kópek. ¡Es una mujer terrible, hermano! -dijo Vlásich, con un suspiro. Antes no te había hablado nunca de ella, pues me desagradaba recordarlo, pero las cosas se han desarrollado así, y te hablaré ahora. Me casé movido por un noble sentimiento pasajero, honradamente. En nuestro regimiento, si quieres saber los detalles, había un jefe de batallón que se enredó con una señorita de dieciocho años; es decir, hablando simplemente, la sedujo, vivió con ella dos meses y la abandonó. Ella quedó en la situación más espantosa. Le daba vergüenza volver a casa de los padres, además de que no le aceptarían, y el amante la había dejado: como para ir a los cuarteles y venderse.
Los oficiales estaban indignados. Tampoco ellos eran unos santos pero la infamia era demasiado evidente. Para colmo, en el regimiento nadie podía aguantar a aquel jefe de batallón. Para hacerle ver que era un cerdo, ¿comprendes?, los tenientes y capitanes empezaron a reunir dinero para la desgraciada muchacha. Y entonces, cuando los oficiales de graduación inferior nos habíamos juntado y uno daba cinco rublos y otro diez, a mí se me subió la sangre a la cabeza. La situación me pareció muy apropiada para realizar una auténtica proeza. Acudí a ella y le manifesté con fogosas expresiones mi simpatía. Y cuando iba a verla y, luego, cuando le hablaba, la amaba calurosamente, viendo en ella a una mujer humillada y ofendida. Sí... resultó que al cabo de una semana pedía su mano.
Los jefes y compañeros encontraron que este matrimonio era incompatible con la dignidad de un oficial. Esto fue como si echaran aceite al fuego. Yo, ¿comprendes?, escribí una larga carta en la que afirmaba que mi acción debía ser escrita en la historia del regimiento con letras de oro, etc. La mandé al jefe y envié copias de ella a los compañeros. Estaba exaltado, se entiende, y hubo palabras fuertes.
Me pidieron que dejara el regimiento. Por ahí tengo guardado el borrador (te lo daré para que lo leas). La carta estaba escrita con mucha emoción. Podrás ver los honestos y sinceros sentimientos que entonces me movían.
Solicité la baja y vine aquí con mi mujer. Mi padre había dejado algunas deudas, y carecía de dinero, y ella, desde el primer día, hizo muchas amistades, empezó a presumir y a jugar a las cartas, y tuve que hipotecar la hacienda. Se conducía muy mal, y eres tú, entre todos mis vecinos, el único que no ha sido su amante. Al cabo de dos años, para que me dejase, le di todo cuanto entonces tenía, y se fue a la ciudad. Sí... Y ahora le paso dos mil rublos al año. ¡Es una mujer horrible! Es una mosca que pone su larva en la espalda de la araña de tal modo, que ésta no se la puede sacudir; la larva se agarra a la araña y le chupa la sangre del corazón. Lo mismo hace esta mujer: se ha agarrado a mí y me chupa la sangre. Me odia y me desprecia porque hice la estupidez de casarme con ella. Mi generosidad le parece algo miserable.
«Un hombre inteligente», dice, «me abandonó, y me recogió un estúpido.» Piensa que sólo un desgraciado idiota pudo proceder como yo. Y a mí, hermano, esto me produce una amargura intolerable. Entre paréntesis, te diré que el destino me oprime. Me oprime ferozmente.
Piotr Mijáilich escuchaba a Vlásich y se preguntaba, perplejo: «¿Cómo ha podido agradar tanto a Zina? No es joven, tiene ya cuarenta y un años, es flaco, estrecho de pecho, de nariz larga y con alguna cana en la barba. Cuando habla, parece que zumba; su sonrisa es enfermiza y mueve las manos de una manera desagradable. No puede presumir de salud ni de hermosas maneras varoniles, carece de espíritu mundano y alegría, y así, a juzgar por las apariencias, es algo turbio e indefinido. Se viste sin gusto, su casa es triste y no admite la poesía ni la pintura, porque «no responden a las demandas del día»; es decir, porque no las comprende; y no le conmueve la música. Es mal administrador.
Su hacienda está en el abandono más completo y la tiene hipotecada; por la segunda hipoteca paga el doce por ciento y, además, ha firmado pagarés por valor de diez mil rublos.
Cuando llega el momento de entregar los intereses o de mandar dinero a su mujer, pide a todos prestado con una expresión que parece que se le estuviera quemando la casa, y al mismo tiempo, sin pararse a pensarlo, vende todas sus reservas de leña para el invierno por cinco rublos, y la paja por tres, y luego hace que para encender sus estufas utilicen la cerca del huerto o los viejos marcos del invernadero. Los cerdos estropean su pradera y el ganado de los mujiks se come en el bosque los árboles jóvenes, mientras que los vicios van desapareciendo cada invierno.
En el huerto y el jardín están tiradas las colmenas, y allí abandonan los cubos viejos.
Carece de facultades para nada, y ni siquiera posee la virtud común y corriente de vivir como la gente vive. En los asuntos prácticos, es ingenuo y débil, se le puede engañar sin dificultad alguna, y por algo los mujiks le tachan de «simple».
»Es liberal y en el distrito lo tienen por rojo, pero esto resulta en él algo aburrido. En su libre pensamiento no hay originalidad y énfasis; se indigna, se irrita y se alegra siempre en el mismo tono, como con desgana, sin producir efecto. Ni siquiera en los momentos de gran exaltación levanta la cabeza, y siempre permanece encorvado. Pero lo más aburrido de todo es que hasta sus ideas buenas y honestas se las ingenia para expresarlas de tal modo, que parecen triviales y atrasadas.
Uno piensa que está tratando de algo viejo, que leyó hace mucho, cuando, con palabra lenta, como si dijera algo muy profundo, empieza a hablar de sus minutos lúcidos y honestos, de años mejores, o cuando se entusiasma con la juventud que siempre marchó a la cabeza de la sociedad, o cuando censura a los rusos porque durante treinta años se ponen una misma bata y olvidan adquirir su alma mater. Cuando me quedo a dormir en su casa, pone en la mesilla de noche a Písarev o a Darwin. Y, si le digo que ya los he leído, sale y trae a Dobroliúbov.»
En el distrito calificaban esto de libre pensamiento, que muchos miraban como una extravagancia ingenua e inocente; sin embargo, a él le hacía profundamente desgraciado.
Era para él la larva de que antes hablaba: se le había agarrado con toda fuerza y le chupaba la sangre del corazón. En el pasado, el extraño matrimonio al gusto de Dostoievski, las largas cartas y las copias escritas con una letra ilegible, pero con un profundo sentimiento; los eternos equívocos, explicaciones y desilusiones; y luego las deudas, la segunda hipoteca, el dinero que pasaba a su mujer, las nuevas deudas que contraía todos los meses... y todo esto sin provecho para nadie, ni para él ni para los demás. Y ahora, lo mismo que antes, no cesa de sentir prisas, quiere realizar una proeza y se mete en asuntos que no le incumben; lo mismo que antes, en cuanto se presenta la ocasión, escribe largas cartas con sus copias, mantiene fatigosas y triviales conversaciones sobre la comunidad campesina o la necesidad de poner en pie las industrias artesanas, o sobre la construcción de una fábrica de quesos: conversaciones muy semejantes unas a otras, hasta el punto que parecen salir no de un cerebro vivo, sino de una máquina. Y, por fin, este escándalo de Zina, que no se sabe cómo terminará.
Y entre tanto Zina es joven -sólo tiene veintidós años, es bonita, elegante y jovial; le gusta reír y charlar, es muy aficionada a las discusiones y siente pasión por la música; muestra buen gusto en la elección de vestidos, libros y muebles, y en su casa no habría sufrido una habitación como ésta, en la que se huela a botas y a vodka barato. Es también liberal, pero en su libre pensamiento se dejan sentir una superabundancia de energías, la vanidad de una muchacha joven, fuerte y atrevida, la apasionada sed de ser mejor y más original que el resto... ¿Cómo pudo enamorarse de Vlásich?
«El es un Quijote, un fanático terco, un maníaco -pensaba Piotr Mijáilich; y ella es tan blanda, tan débil de carácter y acomodaticia, como yo... Los dos nos rendimos pronto y sin resistencia. Se enamoró de él; aunque yo mismo le profeso cariño, a pesar de todo...»
Piotr Mijáilich tenía a Vlásich por un hombre bueno y honesto, aunque de miras estrechas. En sus emociones y sufrimientos, y en toda su vida, no veía altos fines, próximos o remotos; veía únicamente el tedio y la incapacidad de vivir. Su sacrificio y todo lo que Vlásich denominaba proeza o impulso honrado, le parecía un derroche inútil de energía, innecesarios disparos sin bala en los que se quemaba mucha pólvora. La circunstancia de que Vlásich estuviera fanática-mente seguro de la extraordinaria honradez e infalibilidad de su manera de pensar, le parecía ingenua y hasta morbosa. En cuanto al hecho de que se las hubiera ingeniado toda su vida para confundir lo mezquino con lo sublime, que se hubiera casado estúpidamente y lo considerase una proeza, y que luego hubiera buscado a otras mujeres, viendo en ello el triunfo de una idea, todo esto resultaba sencillamente incompren-sible.
A pesar de todo, Piotr Mijáilich sentía afecto por Vlásich, advertía en él la presencia de cierta fuerza, y por eso nunca era capaz de llevarle la contraria.
Vlásich se había sentado junto a él para charlar bajo el rumor de la lluvia, en la oscuridad, y ya carraspeaba dispuesto a contar algo largo, por el estilo de la historia de su boda. Pero Piotr Mijáilich no hubiera podido escucharlo. Le abrumaba la idea de que dentro de unos minutos iba a ver a su hermana.
-Sí, no has tenido suerte en la vida -dijo suavemente. Pero, perdóname, nos hemos apartado de lo principal. No era de eso de lo que teníamos que hablar.
-Sí, sí, tienes razón. Volvamos a lo principal -asintió Vlásich, y se puso en pie. Escucha lo que te digo, Petrusha: nuestra conciencia está limpia. No nos ha casado un sacerdote, pero nuestro matrimonio es perfectamente legítimo. No voy a demostrarlo ni tú tienes por qué oírlo. Tu pensamiento es tan libre como el mío y, a Dios gracias, entre nosotros no puede haber discrepancia en este punto. En cuanto a nuestro futuro, no te debe asustar. Trabajaré hasta sudar sangre, sin dormir por las noches; en una palabra, haré cuanto pueda para que Zina sea feliz. Su vida será hermosa. ¿Que si seré capaz de hacerlo? ¡Sí lo seré, hermano! Cuando uno piensa sin cesar en una misma cosa, no le es difícil conseguir lo que quiere. Pero vayamos a ver a Zina. Hay que darle esta alegría.
A Piotr Mijáilich le dio un vuelco el corazón. Se levantó y siguió a Vlásich a la antesala y de allí a la sala. En esta pieza, enorme y sombría, no había más que un piano y una larga fila de viejas sillas, con incrustaciones de bronce, en las que nadie se sentaba nunca. Sobre el piano ardía una vela. De la sala pasaron en silencio al comedor, otra habitación amplia y poco confortable en el centro de la cual había una mesa redonda plegable, de seis gruesas patas, sobre la cual lucía también una única vela. El reloj, de caja roja parecida a la urna de un icono, marcaba las dos y media.
Vlásich abrió la puerta del cuarto vecino y dijo:
-¡Zínochka, ha venido Petrusha!
Se oyeron pasos precipitados y en el comedor entró Zina, alta, un tanto gruesa y muy pálida, tal como Piotr Mijáilich la había visto la última vez en casa: vestida con falda negra, blusa roja y un cinturón de gran hebilla. Atrajo hacia sí a su hermano con un abrazo y le dio un beso en la sien.
-¡Qué tormenta! -dijo. Grigori había salido y me he quedado sola en toda la casa.
No daba muestras de turbación y miraba a su hermano con ojos sinceros y diáfanos, como en casa. Al verla, Piotr Mijáilich dejó de sentirse turbado.
-Pero tú no tienes miedo a las tormentas -dijo, sentándose junto a la mesa.
-Sí, pero aquí las habitaciones son enormes, el edificio es viejo y, en cuanto suena un trueno, todo él se estremece como un armario con vajilla. Por lo demás, es muy agradable -siguió, sentándose frente a su hermano. Aquí todas las habitaciones guardan un recuerdo agradable. En la mía, lo que son las cosas, se pegó un tiro el abuelo de Grigori.
-En agosto tendré dinero y arreglaré el pabellón del jardín -dijo Vlásich.
-No sé por qué, cuando hay tormenta recuerdo al abuelo -prosiguió Zina. Y en este comedor mataron a un hombre.
-Es cierto -confirmó Vlásich, y miró con los ojos muy abiertos a Piotr Mijáilich. En los años cuarenta tenía arrendada esta hacienda un francés llamado Olivier. El retrato de su hija está aún en la buhardilla. Este Olivier, según contaba mi padre, despreciaba a los rusos por su ignorancia y se burlaba de ellos terriblemente. Así, exigía que el sacerdote, al pasar junto a la finca, se descubriera media versta antes de la casa, y cuando cruzaba con su familia por la aldea quería que hiciesen repicar las campanas. Con los siervos y la gente menuda, se entiende, gastaba aún menos ceremonias. En cierta ocasión pasó por aquí uno de los hijos más nobles de la Rusia vagabunda, algo parecido al estudiante Jorná Brut de Gógol. Pidió que le dejasen pasar la noche, agradó a los empleados y le permitieron quedarse en la oficina. Existen varias versiones.
Unos dicen que el estudiante sublevó a los campesinos; otros, que la hija de Olivier se enamoró de él. No lo sé a ciencia cierta, pero lo que es seguro es que un buen día Olivier le hizo comparecer aquí, lo sometió a interrogatorio y luego ordenó que le diesen una paliza. ¿Te das cuenta? Mientras él permanecía sentado tras esta mesa, bebiendo como si tal cosa, los criados pegaban al estudiante.
Hay que suponer que lo martirizaron. A la mañana siguiente el estudiante murió e hicieron desaparecer el cadáver. Se dice que lo tiraron al estanque de Koltóvich. Empezaron las investiga-ciones, pero el francés pagó varios miles de rublos a quien correspondía y se fue a Alsacia. Como a propósito, el plazo del arriendo se extinguía, y ahí terminó todo.
-¡Qué canallas! -exclamó Zina, estremeciendose.
-Mi padre recordaba muy bien a Olivier y a su hija. Decía que era muy hermosa y excéntrica. Yo creo que el estudiante hizo lo uno y lo otro: sublevó a los campesinos y sedujo a la hija. Puede que ni siquiera se tratase de un estudiante, sino de una persona que se había presentado de incógnito.
Zínochka quedó pensativa: la historia del estudiante y la bella francesa parecía haber transportado su imaginación muy lejos. Piotr Mijáilich concluyó que, exteriormente, no había cambiado en absoluto en la última semana; la notaba, eso sí, un poco más pálida. Su mirada era tranquila, como si hubiese acudido con el hermano a visitar a Vlásich. Pero Piotr Mijáilich advertía cierto cambio en él mismo. En efecto, antes, cuando Zina vivía en casa, podía hablar con ella de todo, mientras que ahora era incapaz de preguntarle siquiera: «¿Cómo vives aquí?» Le parecía una pregunta torpe e innecesaria. En ella debía de haberse producido el mismo cambio. No mostraba prisa en hablar de la madre, de su casa, de su historia amorosa con Vlásich; no se justificaba, no decía que el matrimonio civil era mejor que el eclesiástico, no mostraba inquietud y se había quedado tranquilamente meditando en el caso de Olivier... ¿Y por qué habían sacado de pronto la conversación del francés?
-Los dos tenéis la espalda mojada por la lluvia -dijo Zina, sonriendo alegremente, afectada por esta pequeña semejanza entre su hermano y Vlásich.
Y Piotr Mijáilich sintió toda la amargura y todo el horror de su situación. Recordó su casa vacía, el piano cerrado y la clara habitación de Zina, en la que nadie entraba ahora. Recordó que en las avenidas del jardín no había ya huellas de sus pies pequeños y que poco antes del té de la tarde ya no iba nadie a bañarse entre grandes risas. Aquello que más le atraía desde su más tierna infancia, en lo que le agradaba pensar sentado entre el pesado aire del aula -claridad, pureza, alegría, todo cuanto llenaba la casa de vida y luz, se había ido para no volver, había desaparecido y se mezclaba con la grosera y torpe historia de un jefe de batallón, de un generoso teniente, de una mujer corrompida, del abuelo que se había pegado un tiro... Y empezar la conversación de la madre o imaginar que el pasado podía volver, significaría no comprender lo que estaba tan dato.
Los ojos de Piotr Mijáilich se llenaron de lágrimas y su mano, puesta sobre la mesa, tembló. Zina adivinó lo que él pensaba y sus ojos resplandecieron también con el brillo de las lágrimas.
-Ven aquí, Grigori -dijo a Vlásich.
Se retiraron a la ventana y empezaron a hablar en voz baja. Por la manera como Vlásich se inclinaba hacia ella y cómo ella miraba a Vlásich, Piotr Mijáilich comprendió una vez más que todo había acabado para siempre y no hacía falta hablar de nada. Zina se retiró.
-Verás, hermano -empezó Vlásich después de un breve silencio, frotándose las manos y sonriendo: antes te decía que nuestra vida era feliz, pero lo hacía para someterme, por así decirlo, a las exigencias literarias. En realidad, todavía no hemos experimentado la sensación de la felicidad. Zina no cesaba de pensar en ti y, en vuestra madre, y se atormentaba; eso significaba un tormento para mí. Es un espíritu libre, decidido, pero con la falta de costumbre se le hace pesado, además de que es joven. Los criados la llaman señorita. Parece que es algo sin importancia, pero esto la preocupa. Así es, hermano.
Zina trajo un plato de fresas. Tras ella entró una pequeña doncella de aspecto sumiso. Puso en la mesa un jarro de leche y, antes de retirarse, hizo una inclinación muy profunda... Tenía algo de común con los viejos muebles, daba la sensación de algo estupefacto y aburrido.
La lluvia había cesado. Piotr Mijáilich comía fresas y Vlásich y Zina lo miraban en silencio. Se acercaba el momento de la conversación innecesaria pero inevitable, y los tres sentían ya su peso. Los ojos de Piotr Mijáilich se llenaron de nuevo de lágrimas; apartó el plato y dijo que ya era hora de volver, pues se le iba a hacer tarde y acaso empezase de nuevo la lluvia. Llegó el momento en que Zina, por razones de decoro, debía sacar la conversación sobre los suyos y su nueva vida.
-¿Qué hay en casa? -preguntó con frase rápida, y su pálido rostro tembló ligeramente. ¿Y mamá?
-Ya la conoces... -contestó Piotr Mijáilich, apartando la vista.
-Petrusha, tú has pensado mucho en lo sucedido -siguió ella, agarrando a su hermano de la manga, y él comprendió lo difícil que le era hablar. Has pensado mucho. Dime: ¿podemos esperar que mamá se reconcilie alguna vez con Grigori... y acepte toda esta situación?
Estaba junto a él, mirándole a la cara, y él se asombró al verla tan hermosa y al pensar que nunca lo había advertido. Y el hecho de que su hermana, tan parecida físicamente a la madre, delicada y elegante, viviera en casa de Vlásich y con Vlásich, junto a aquella doncella, junto a la mesa de seis patas, en una casa donde habían matado a palos a un hombre, el hecho de que ahora no volviese con él a casa, sino que se quedase allí a dormir, le pareció un absurdo increíble.
-Ya conoces a mamá... -dijo, sin contestar a la pregunta. A mi modo de ver, convendría observar... hacer algo, pedirle perdón...
-Pero pedir perdón significa admitir que hemos procedido mal. Para la tranquilidad de mamá, estoy dispuesta a mentir, pero esto no conducirá a nada. La conozco. En fin, ¡sea lo que sea! -añadió Zina, contenta de que lo más desagradable hubiese quedado dicho.
Esperaremos cinco años, diez, aguantaremos, y sea lo que Dios quiera.
Tomó a su hermano del brazo y, al pasar por la oscura antesala, se apretó a su hombro.
Salieron al portal. Piotr Mijáilich se despidió, montó a caballo y emprendió la marcha al paso. Zina y Vlásich siguieron con él para acompañarle un rato. Era una tarde apacible y tibia, y en el aire había un maravilloso olor a heno; en el cielo, entre las nubes, brillaban las estrellas. El viejo jardín de Vlásich, testigo de tantas historias penosas, dormía envuelto en la oscuridad, y al pasar por él se despertaba en el alma un sentimiento de melancolía.
-Zina y yo hemos pasado hoy, después de la comida, un rato verdadera-mente magnífico -dijo Vlásich. La he leído un excelente artículo sobre los emigrados. ¡Debes leerlo, hermano! ¡Te gustará! Es un artículo notable por su honradez. No he podido resistirlo y he escrito a la redacción una carta para que se la entreguen al autor. Una sola línea: «¡Le doy las gracias y estrecho su honrada mano!» Piotr Mijáilich estuvo tentado de decir: «No te metas en lo que no te importa», pero guardó silencio.
Vlásich caminaba junto al estribo derecho y Zina junto al izquierdo. Los dos parecían haber olvidado que tenían que volver a casa, aunque había mucha humedad y quedaba ya poco hasta la arboleda de Koltóvich. Piotr Mijáilich se dio cuenta de que esperaban algo de él, aunque ellos mismos no sabían qué, y sintió por los dos una profunda piedad. Ahora, cuando marchaban junto al caballo pensativos y sumisos, tuvo la profunda convicción de que eran desgraciados y de que no podían ser felices, y su amor le pareció un error triste e irreparable. La piedad y la conciencia de que no podía hacer nada en su favor le produjo esa enervación en que, para evitar el fatigoso sentimiento de la compasión, uno está dispuesto a cualquier sacrificio.
-Vendré alguna vez a pasar la noche con vosotros.
Pero esto parecía como si hubiese hecho una concesión y no le satisfizo. Al detenerse junto a la arboleda de Koitóvich para despedirse definitivamente, se inclinó hacia su hermana, puso la mano en su hombro y dijo:
-Tienes razón, Zina: ¡has hecho bien!
Y, para no añadir nada más y no romper a llorar, dio un fustazo al caballo y se perdió al galope entre los árboles. Al entrar en la oscuri-dad, volvió la cabeza y vio que Vlásich y Zina regresaban a casa por el camino -él a grandes zancadas y ella como a saltitos- y conversaban animadamente.
«Soy una vieja -pensó Piotr Mijáilich. Venía para resolver la cuestión y aún la he enredado más. Bueno, ¡que se queden con Dios!»
Se notaba apesadumbrado. Cuando terminó la arboleda puso el caballo al paso y luego, junto al estanque, lo detuvo. Sentía deseos de permanecer inmóvil y pensar. La luna había salido y se reflejaba como una columna rojiza al otro lado del estanque. A lo lejos retumbó el sordo estruendo del trueno. Piotr Mijáilich miraba sin pestañear el agua y se imaginaba la desesperación de su hermana, su dolorosa palidez y los secos ojos con que trataría de ocultar a la gente su humillación.
Imaginó su embarazo, la muerte y el entierro de la madre, el horror de Zina... Porque la supersticiosa y orgullosa vieja no podía por menos de morirse. Los horribles cuadros del futuro se dibujaron ante él en la oscura superficie del agua, y entre las pálidas figuras de mujer se vio él mismo, pusilánime, débil, con la cara de quien se siente culpable...
A cien pasos de él, en la orilla derecha del estanque, había algo inmóvil y oscuro: ¿era una persona o un tronco de árbol? Piotr Mijáilich recordó lo del estudiante a quien habían arrojado a este estanque después de matarlo.
«Olivier fue inhumano, pero, después de todo, resolvió el problema, mientras que yo no he resuelto nada, no he hecho más que enredarlo pensó, mirando la oscura silueta, que semejaba un aparecido El decía y hacía lo que pensaba, y yo no digo ni hago lo que pienso. Ni siquiera sé de seguro lo que en realidad pienso...»
Se acercó a la negra silueta: era un viejo tronco podrido, lo único que quedaba de una antigua construcción.
De la arboleda y la hacienda de Koltóvich venía hasta él un fuerte perfume de muguete y de aromáticas hierbas. Piotr Mijáilich siguió a lo largo de la orilla del estanque, contemplando tristemente el agua, y al rememorar su vida se convenció de que hasta entonces no había dicho y hecho lo que pensaba, y que los demás le habían pagado con la misma moneda. Esto le hizo ver su vida entera tan sombría como aquel agua en que se reflejaba el cielo de la noche y se confundían las algas. Y le pareció que aquello no tenía remedio.

1.014. Chejov (Anton)

Vanka

Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad.
Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del armario un frasco de tinta y un portaplumas con una pluma enrobinada, y, colocando ante él una hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir.
Antes de empezar dirigió a la puerta una mirada en la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró el icono oscuro del rincón y exhaló un largo suspiro.
El papel se hallaba sobre un banco, ante el cual estaba él de rodillas.
«Querido abuelo Constantino Makarich -escribió: Soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas. No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti...
Vanka miró a la oscura ventana, en cuyos cristales se reflejaba la bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores Chivarev. Era un viejecito enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de bebedor. Tenía sesenta y cinco años. Durante el día dormía en la cocina o bromeaba con los cocineros, y por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando con un bastoncillo una pequeña plancha cuadrada, para dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones. Lo acompañaban dos perros: Canelo y Serpiente. Este último se merecía su nombre: era largo de cuerpo y muy astuto, y siempre parecía ocultar malas intenciones; aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie confianza. Se adivinaba, bajo aquella máscara de cariño, una perfidia jesuítica.
Le gustaba acercarse a la gente con suavidad, sin ser notado, y morderla en las pantorrillas. Con frecuencia robaba pollos de casa de los campesinos. Le pegaban grandes palizas; dos veces había estado a punto de morir ahorcado; pero siempre salía con vida de los más apurados trances y resucitaba cuando lo tenían ya por muerto.
En aquel momento, el abuelo de Vanka estaría, de fijo, a la puerta, y mirando las ventanas iluminadas de la iglesia, embromaría a los cocineros y a las criadas, frotándose las manos para calentarse. Riendo con risita senil les daría vaya a las mujeres.
-¿Quiere usted un polvito? -les preguntaría, acercándoles la tabaquera a la nariz.
Las mujeres estornudarían. El viejo, regocijadísimo, prorrumpiría en carcajadas y se apretaría con ambas manos los ijares.
Luego les ofrecería un polvito a los perros. El Canelo estornudaría, sacudiría la cabeza, y, con el gesto huraño de un señor ofendido en su dignidad, se marcharía. El Serpiente, hipócrita, ocultando siempre sus verdaderos sentimientos, no estornudaría y menearía el rabo.
El tiempo sería soberbio. Habría una gran calma en la atmósfera, límpida y fresca. A pesar de la oscuridad de la noche, se vería toda la aldea con sus tejados blancos, el humo de las chimeneas, los árboles plateados por la escarcha, los montones de nieve. En el cielo, miles de estrellas parecerían hacerle alegres guiños a la Tierra. La Vía Láctea se distinguiría muy bien, como si, con motivo de la fiesta, la hubieran lavado y frotado con nieve...
Vanka, imaginándose todo esto, suspiraba.
Tomó de nuevo la pluma y continuó escribiendo:
«Ayer me pegaron. El maestro me cogió por los pelos y me dio unos cuantos correazos por haberme dormido arrullando a su nene. El otro día la maestra me mandó destripar una sardina, y yo, en vez de empezar por la cabeza, empecé por la cola; entonces la maestra cogió la sardina y me dio en la cara con ella. Los otros aprendices, como son mayores que yo, me mortifican, me mandan por vodka a la taberna y me hacen robarle pepinos a la maestra, que, cuando se entera, me sacude el polvo. Casi siempre tengo hambre. Por la mañana me dan un mendrugo de pan; para comer, unas gachas de alforfón; para cenar, otro mendrugo de pan. Nunca me dan otra cosa, ni siquiera una taza de té. Duermo en el portal y paso mucho frío; además, tengo que arrullar al nene, que no me deja dormir con sus gritos... Abuelito: sé bueno, sácame de aquí, que no puedo soportar esta vida. Te saludo con mucho respeto y te prometo pedirle siempre a Dios por ti. Si no me sacas de aquí me moriré.»
Vanka hizo un puchero, se frotó los ojos con el puño y no pudo reprimir un sollozo.
«Te seré todo lo útil que pueda -continuó momentos después. Rogaré por ti, y si no estás contento conmigo puedes pegarme todo lo que quieras. Buscaré trabajo, guardaré el rebaño. Abuelito: te ruego que me saques de aquí si no quieres que me muera. Yo escaparía y me iría a la aldea contigo; pero no tengo botas, y hace demasiado frío para ir descalzo. Cuando sea mayor te mantendré con mi trabajo y no permitiré que nadie te ofenda. Y cuando te mueras, le rogaré a Dios por el descanso de tu alma, como le ruego ahora por el alma de mi madre.
«Moscú es una ciudad muy grande. Hay muchos palacios, muchos caballos, pero ni una oveja. También hay perros, pero no son como los de la aldea: no muerden y casi no ladran. He visto en una tienda una caña de pescar con un anzuelo tan hermoso que se podrían pescar con ella los peces más grandes. Se venden también en las tiendas escopetas de primer orden, como la de tu señor. Deben costar muy caras, lo menos cien rublos cada una. En las carnicerías venden perdices, liebres, conejos, y no se sabe dónde los cazan.
«Abuelito: cuando enciendan en casa de los señores el árbol de Navidad, coge para mí una nuez dorada y escóndela bien. Luego, cuando yo vaya, me la darás. Pídesela a la señorita Olga Ignatievna; dile que es para Vanka. Verás cómo te la da.»
Vanka suspira otra vez y se queda mirando a la ventana. Recuerda que todos los años, en vísperas de la fiesta, cuando había que buscar un árbol de Navidad para los señores, iba él al bosque con su abuelo. ¡Dios mío, qué encanto! El frío le ponía rojas las mejillas; pero a él no le importaba. El abuelo, antes de derribar el árbol escogido, encendía la pipa y decía algunas chirigotas acerca de la nariz helada de Vanka. Jóvenes abetos, cubiertos de escarcha, parecían, en su inmovilidad, esperar el hachazo que sobre uno de ellos debía descargar la mano del abuelo. De pronto, saltando por encima de los montones de nieve, aparecía una liebre en precipitada carrera. El abuelo, al verla, daba muestras de gran agitación y, agachándose, gritaba:
-¡Cógela, cógela! ¡Ah, diablo!
Luego el abuelo derribaba un abeto, y entre los dos lo trasladaban a la casa señorial. Allí, el árbol era preparado para la fiesta. La señorita Olga Ignatievna ponía mayor entusiasmo que nadie en este trabajo. Vanka la quería mucho. Cuando aún vivía su madre y servía en casa de los señores, Olga Ignatievna le daba bombones y le enseñaba a leer, a escribir, a contar de uno a ciento y hasta a bailar. Pero, muerta su madre, el huérfano Vanka pasó a formar parte de la servidumbre culinaria, con su abuelo, y luego fue enviado a Moscú, a casa del zapatero Alajin, para que aprendiese el oficio...
«¡Ven, abuelito, ven! -continuó escribiendo, tras una corta reflexión, el muchacho. En nombre de Nuestro Señor te suplico que me saques de aquí. Ten piedad del pobrecito huérfano. Todo el mundo me pega, se burla de mí, me insulta. Y, además, siempre tengo hambre. Y, además, me aburro atrozmente y no hago más que llorar. Anteayer, el ama me dio un pescozón tan fuerte que me caí y estuve un rato sin poder levantarme. Esto no es vivir; los perros viven mejor que yo... Recuerdos a la cocinera Alena, al cochero Egorka y a todos nuestros amigos de la aldea. Mi acordeón guárdalo bien y no se lo dejes a nadie. Sin más, sabes que te quiere tu nieto

VANKA CHUKOV

Ven en seguida, abuelito.»
Vanka plegó en cuatro dobleces la hoja de papel y la metió en un sobre que había comprado el día anterior. Luego, meditó un poco y escribió en el sobre la siguiente dirección:
«En la aldea, a mi abuelo.»
Tras una nueva meditación, añadió:
«Constantino Makarich.»
Congratulándose de haber escrito la carta sin que nadie lo estorbase, se puso la gorra, y, sin otro abrigo, corrió a la calle.
El dependiente de la carnicería, a quien aquella tarde le había preguntado, le había dicho que las cartas debían echarse a los buzones, de donde las recogían para llevarlas en troika a través del mundo entero.
Vanka echó su preciosa epístola en el buzón más próximo...
Una hora después dormía, mecido por dulces esperanzas.
Vio en sueños la cálida estufa aldeana. Sentado en ella, su abuelo les leía a las cocineras la carta de Vanka. El perro Serpiente se paseaba en torno de la estufa y meneaba el rabo...

1.014. Chejov (Anton)

Una perra cara

El maduro oficial de infantería Dubov y el voluntario Knaps, sentados uno junto a otro, bebían unas copas.
-¡Magnífico perro!... -decía Dubov mostrando a Knaps a su perro Milka. ¡Un perro extraordinario!... ¡Fíjese, fíjese bien en el morro que tiene!... ¡Lo que valdrá sólo el morro!... Si lo viera un aficionado, tan sólo por el morro pagaría doscientos rublos. ¿No lo cree usted?... Si no es así, es que no entiende nada de esto.
-Sí que entiendo, pero...
-Es setter. ¡Setter inglés de pura raza! Para el acecho es asombroso, y como olfato... ¡Dios mío!... ¡Qué olfato el suyo! ¿Sabe cuánto pagué por mi Milka cuando no era más que un cachorro?...
¡Cien rublos! ¡Soberbio perro! ¡Ven acá..., Milka bribón, Milka bonito!... ¡Ven acá, perrito..., chuchito mío...!
Dubov atrajo a Milka hacia sí y lo besó entre las orejas. A sus ojos asomaban lágrimas.
-¡No te entregaré a nadie..., hermoso mío..., tunante! ¿Verdad que me quieres, Milka? Me quieres..., ¿no? Bueno, ¡márchate ya! -exclamó de pronto el teniente. ¡Me has puesto las patas sucias en el uniforme! ¡Pues sí, Knaps!... ¡Ciento cincuenta rublos pagué por el cachorro! ¡Desde luego ya se ve que los vale! ¡Lo único que siento es no tener tiempo para ir de caza! ¡Y un perro sin hacer nada se muere!... ¡Le falta... sobre qué utilizar la inteligencia!... ¡Cómpremelo, Knaps! ¡Me lo agradecerá usted toda la vida! Si no dispone de mucho dinero, se lo dejaré por la mitad de su precio... ¡Lléveselo por cincuenta rublos!... ¡Róbeme...!
-No, querido -suspiró Knaps. Si su Milka hubiera sido macho, quizá lo comprara, pero...
-¿Que Milka no es macho? -se asombró el teniente. Pero ¿qué está usted diciendo, Knaps?... ¿Que Milka no es macho? ¡Ja, ja!... Entonces, ¿qué es según usted? ¿Perra? ¡Ja, ja!... ¡Qué chiquillo! ¡Todavía no sabe distinguir un perro de una perra!
-Me está usted hablando como si yo fuera ciego o una criatura -se ofendió Knaps. ¡Claro que es perra!
-¡A lo mejor también le parece a usted que yo soy una señora!... ¡Vaya, vaya... Knaps! ¡Y decir que ha cursado usted estudios técnicos!... No, alma mía. Este es un auténtico perro de pura casta. ¡Es capaz de dar ciento y raya a cualquier otro perro, y usted me sale con que no es perro! ¡Ja, ja...!
-Perdóneme, Mijail Ivanovich, pero me toma usted sencillamente por tonto. ¡Hasta me ofende!
-Bueno, bueno... Pues nada, entonces... No lo compre si no quiere... ¡A usted es imposible hacerle comprender nada! ¡Pronto empezará usted a decir que en vez de rabo tiene una pata!... Pero nada... ¡A usted es a quien quería yo hacer el favor! ¡Vajrameev!... ¡Trae coñac!
El ordenanza trajo más coñac. Los dos amigos llenaron sus vasos y quedaron pensativos. Transcurrió media hora en silencio.
-¡Y después de todo..., vamos a suponer que fuera perra!... -interrumpió el silencio el teniente mirando sombrío la botella. ¿Qué importancia tendría eso?... ¡Mejor para usted!... Le daría cachorros, cada cachorro no valdría menos de veinticinco rublos. ¡Se los compraría cualquiera, encantado! ¡No sé por qué le gustan tanto los perros! ¡Son mil veces mejor las perras! El género femenino es más adicto y más agradecido... Pero bueno, en fin..., si tanto miedo tiene usted al género femenino, ¡quédese con ella por veintecinco rublos!
-No, querido. No le pienso dar ni una kopeka. En primer lugar, no necesito perro, y, en segundo, no tengo dinero.
-Eso podía usted haberlo dicho antes... ¡Milka! ¡Largo de aquí!
El ordenanza sirvió una tortilla. Los amigos se pusieron a comerla y la terminaron en silencio.
-¡Es usted un buen muchacho, Knaps! ¡Un mucha chocabal! -dijo el teniente, limpiándose los labios-. ¡Qué diablos! ¡Me da lástima dejarle así! ¿Sabe usted una cosa?... ¡Llévese la perra gratis!
-Pero ¿para qué la quiero yo, querido? -dijo Knaps con un suspiro-. Y además, ¿quién me la iba a cuidar?
-¡Bueno, pues nada, entonces!..., ¡nada!.... ¡qué diablos! ¿Que no la quiere usted?... ¡Pues no se la lleva! Pero ¿adónde va usted?... ¡Quédese un ratito más! Knaps se levantó desperezándose y cogió su gorro.
-Ya es hora de marchar. Adiós -dijo, bostezando.
-Espere, entonces. Le acompañaré.
Dubov y Knaps se pusieron los abrigos y salieron a la calle. Anduvieron en silencio los cien primeros pasos.
-¿No se le ocurre a quién podría yo dar la perra? ¿No tiene usted a nadie entre sus conocidos...? La perra, como ha visto usted, es bonísima..., y de raza..., pero yo no la necesito para nada.
-No se me ocurre, querido. En realidad, ¿qué conocimientos tengo yo aquí?...
Hasta llegar a la misma casa de Knaps, caminaron los amigos sin pronunciar palabra. Sólo cuando al abrir la puerta de la verja Knaps estrechó la mano a Dubov, éste tosió y con alguna vacilación dijo:
-¿Sabe usted si los perreros de la localidad aceptan perros?
-Es posible que los acepten, pero con seguridad no se lo puedo decir.
-Mañana la mandaré allá con Vajrameev. ¡Al diablo con la perra! Por mí, que la desuellen..., ¡maldita, asquerosa perra! ¡Por si fuera poco que ensucie las habitaciones, ayer en la cocina se zampó toda la carne!... ¡Canalla! ¡Y si siquiera fuera de buena raza!... ¡Pero no es más que una mezcla de perro callejero y de cerdo! ¡Buenas noches!
-Adiós -dijo Knaps. La puerta de la verja se cerró y el teniente quedó solo.

1.014. Chejov (Anton)