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miércoles, 18 de diciembre de 2013

La caja oblonga

Hace unos años, saqué pasaje desde Charleston, en Carolina del Sur, hasta la ciudad de Nueva York a bordo del espléndido paquebote Inde­pendence, al mando del capitán Hardy. Lo previsto era que zarpáramos el quince de ese mes (junio) si el tiempo nos acompañaba. Sin embargo, el día catorce visité el barco para disponer algunas cosas en mi camarote.
Descubrí que habría muchos pasajeros, incluso un número poco común de señoras. Figuraban en la lista varios conocidos míos, entre los cuales me complació ver el nombre de Cornelius Wyatt, joven artista que me inspiraba un cálido afecto. Había sido compañero mío en la Univer­sidad de C..., donde pasábamos juntos buena parte de nuestro tiempo. Tenía el temperamento propio de los genios, mezcla de misantropía, sen­sibilidad y entusiasmo. A estas cualidades unía el corazón más fogoso y leal que jamás haya palpitado en pecho humano.
Observé que eran tres los camarotes que figuraban a su nombre y, al consultar la lista de pasajeros, descubrí que Wyatt había reservado pasa­je para dos hermanas suyas, para su esposa y para sí mismo. Los camaro­tes eran amplios y tenían dos literas, ubicadas una encima de la otra. Desde luego, las literas eran tan angostas que no cabía en ellas más de una persona, pero era incompresible por qué se habían reservado tres camarotes para cuatro personas. En esa época pasaba yo por uno de esos períodos de cavilación que nos vuelven excesivamente curiosos con res­pecto a nimiedades y debo confesar, no sin vergüenza, que me entretuve en una diversidad de conjeturas absurdas sobre este tema del camarote supernumerario. Desde luego, no era asunto mío, pero de todos modos me dediqué pertinazmente a tratar de resolver el enigma. Por fin llegué a una conclusión que me sorprendió mucho por no haber pensado antes en ella. "Tienen un sirviente, por supuesto -me dije-; ¡qué tonto he sido en no pensar antes en una cosa tan obvia!" Volví a leer la lista y comprobé sin posibilidad de error que ningún sirviente se había embar­cado con la familia, aunque en realidad ése había sido el propósito ori­ginal, puesto que las palabras "y sirviente" figuraban en el papel y luego se las había tachado. "Debe de tratarse de equipaje extra -razoné enton­ces-, algo que Wyatt no quiere confiar a la bodega, algo sobre lo cual quiere mantener una vigilancia personal, tal vez una pintura o una obra de arte, y eso es lo que ha estado negociando con Nicolino, el judío ita­liano." Esta idea me satisfizo y por el momento renuncié a mi curiosidad.
Conocía muy bien a las dos hermanas de Wyatt, jóvenes muy ama­bles y despiertas. Pero nunca había visto a la esposa, con quien se había casado hacía poco. Sin embargo, él la había mencionado a menudo en mi presencia, con ese estilo apasionado que tenía, describiéndola como una mujer fuera de lo común por su belleza, ingenio y cualidades. No es raro que me sintiera ansioso de conocerla.
Según me dijo el capitán el día en que visité el barco (el catorce), también se encontraban a bordo Wyatt y su familia, y por ese motivo me quedé más de lo que me había propuesto con la esperanza de que me presentaran a la flamante señora. Al cabo de una hora, recibí en cambio una disculpa: "La señora de Wyatt estaba algo indispuesta y no subiría a bordo hasta el día siguiente, a la hora de zarpar."
A la mañana siguiente, cuando me dirigía desde el hotel al muelle, me encontré con el capitán Hardy y éste me comunicó que "debido a las circunstancias" (frase estúpida pero cómoda), pensaba que el Indepen­dence no podría zarpar hasta uno o dos días después y que, cuando todo estuviera listo, enviaría una persona para avisarme. Me pareció extraño, porque había una fuerte brisa del sur, pero, como no hubo explicación alguna sobre "las circunstancias" en cuestión por mucho que indagué al respecto, no tuve más remedio que volverme a casa y dejarme consumir por la impaciencia.
El mensaje del capitán se hizo esperar una semana más o menos. Pero al fin llegó y me embarqué de inmediato. El barco estaba repleto de pasajeros y había el habitual ajetreo previo a hacerse a la mar. La fami­lia Wyatt llegó cerca de diez minutos después que yo. Estaban las dos hermanas, la esposa y el propio artista, con uno de sus acostumbrados accesos de taciturna misantropía. Sin embargo, yo estaba tan habituado a verlo así que no le presté demasiada atención. Ni siquiera me presen­tó a su mujer, y este gesto de natural cortesía quedó obligada-mente a cargo de su hermana Marian, muchacha dulce e inteligente, que cum­plió su cometido con unas breves palabras apresuradas.
La señora de Wyatt llevaba un velo espeso, pero cuando lo levantó en respuesta a mi reverencia, confieso que quedé profundamente sor­prendido. No obstante, mi asombro habría sido aún mayor si una larga experiencia no me hubiera enseñado a no tener excesiva confianza en las fervientes descripciones de mi amigo Wyatt cuando se permitía comentarios sobre la belleza femenina. Si de belleza se trataba, bien sabía yo con qué facilidad se remontaba él a las regiones del ideal puro.
A decir verdad, no pude evitar que la señora de Wyatt me parecie­ra una mujer francamente vulgar. Si bien no era fea del todo, a mi juicio no estaba lejos de serlo. Sin embargo, iba vestida con un gusto exquisi­to y no tuve duda de que había cautivado el corazón de mi amigo por las más perdurables cualidades de su intelecto y su alma. Apenas si habló, y de inmediato entró en el camarote junto con el marido.
Mi vieja curiosidad se reavivó. No había ningún sirviente, eso esta­ba claro. Busqué el equipaje adicional. Después de cierta demora, llegó al muelle un carro con una caja oblonga de pino, al parecer lo único que se aguardaba. Inmediata-mente después levamos anclas y al poco tiempo cruzamos la barra felizmente y entramos en mar abierto.
Como dije, la caja de marras era oblonga. Tenía alrededor de un metro ochenta de largo por cuarenta y cinco centímetros de ancho: la observé con atención y quiero ser preciso. Ahora bien, era una forma peculiar y apenas la hube visto di crédito a mis especulaciones. Se recor­dará que yo había llegado a la conclusión de que el equipaje adicional de mi amigo debía de estar constituido por cuadros, o por lo menos un cua­dro, pues sabía que él había estado negociando varias semanas con Nico­lino. Y ahí había una caja que, por la forma, no podía contener más que una copia de La última cena, de Leonardo, copia realizada por el floren­tino Rubini el joven, la cual yo sabía en poder de Nicolino desde algún tiempo atrás. Por consiguiente, consideré que este punto estaba claro. Me reí entre dientes pensando en mi perspicacia. Wyatt nunca me había ocultado hasta ahora ninguno de sus secretos artísticos, pero esta vez intentaba evidentemente hacerme una jugarreta y contrabandear un cuadro hacia Nueva York bajo mis propias narices sin que yo me entera­ra de nada. Resolví interrogarlo a fondo en cuanto pudiera.
Pero había algo que me fastidiaba. La caja no fue a parar al camaro­te extra. Fue colocada en el propio camarote de Wyatt y allí quedó, ocu­pando casi todo el espacio libre y generando, sin duda, muchos inconvenientes para él y la mujer, máxime porque el alquitrán o la pin­tura con que se habían trazado grandes letras emitía un olor penetrante, nauseabundo para mi gusto. En la tapa figuraba la siguiente inscripción: "Señora Adelaide Curtis, Albany, Nueva York. De parte de Cornelius Wyatt. Colocar este lado hacia arriba. Tratar con cuidado."
No se me ocultaba que la señora Adelaide Curtis de Albany era la suegra de mi amigo, pero la dirección me pareció un engaño destinado especial-mente a mi persona. Estaba convencido de que la caja y su con­tenido no saldría, desde luego, del estudio de mi misántropo amigo, situado en la calle Chambers, de la ciudad de Nueva York.
Durante los tres o cuatro primeros días de travesía el tiempo se man­tuvo bueno pese al viento de proa, pues había virado al norte no bien perdimos de vista la costa. Los pasajeros, por ende, tenían muy buen ánimo y estaban bien dispuestos para las relaciones sociales. No obstan­te, debo aclarar que Wyatt y sus hermanas constituían la excepción pues se comportaban de manera muy fría y, para mí, muy descortés con el resto de los pasajeros. La conducta de Wyatt no me llamaba mucho la atención. Tenía un aspecto sombrío, incluso más de lo habitual; en rigor, casi taciturno, pero yo estaba preparado para cualquier excentricidad de su parte. Sin embargo, no había disculpa alguna para las dos hermanas. Se enclaustraron en su camarote durante la mayor parte de la travesía y pese a mi insistencia se negaron terminantemente a entablar relación alguna con nadie.
La señora de Wyatt era de lejos la más tratable. Es decir: era con­versadora, cualidad digna de aprecio en alta mar. Estableció relaciones excesivamente íntimas con la mayoría de las damas y, para mi asombro, manifestó una inequívoca predisposición a coquetear con los caballeros. Nos divertía mucho. Digo "divertía" y apenas si sé cómo explicarme. La verdad es que muy a menudo nos reíamos no con ella sino de ella. Los caballeros casi no hacían comentarios, pero las damas, a poco de andar, declararon que "era buena persona, sin atractivos físicos, muy ignorante y decididamente vulgar". Lo asombroso era que Wyatt se hubiera deja­do atrapar por semejante mujer. La hipótesis general era que había dine­ro de por medio, pero yo sabía que no era así, puesto que el propio Wyatt me había dicho que el casamiento no le aportó ni un dólar y que su espo­sa no tenía expectativa alguna de heredar. Según él, se había casado solamente por amor y su mujer era más que digna de ese amor.
Cuando pensaba en estas expresiones pronunciadas por mi amigo, confieso que me sentía perplejo. ¿Podía ser que no estuviera en su sano juicio? ¿Qué otra cosa se podía pensar? ¡Precisamente él, tan intelectual, tan detallista, con una percepción tan exquisita de lo defectuoso y una apreciación tan aguda de la belleza! Sin duda, la dama parecía querer mucho a su marido -particularmente en su ausencia- y a menudo se ponía en ridículo citando lo que había dicho su "amado esposo, el señor Wyatt". La palabra "esposo" la tenía siempre -para usar una de sus deli­cadas expresiones- "en la punta de la lengua". Entretanto, todos nota­ron que él la evitaba de manera ostensible y pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su camarote, donde se podría decir que vivía, dejándole a ella plena libertad para divertirse como mejor le pareciera en el salón.
De lo que veía y oía, llegué a la conclusión de que el artista, por alguna inexplicable burla del destino, o quizá por un acceso de pasión arrolladora y caprichosa, había terminado unido a una persona muy infe­rior a él, y que naturalmente se había producido luego un rechazo verti­ginoso y total. Lo compadecí desde el fondo del corazón, pero no pude por ello perdonarle su reserva sobre ha última cena, asunto sobre el cual seguí decidido a ven-garme.
Un día subió él a cubierta y, tomándolo del brazo como era mi cos­tumbre, nos pusimos a pasear de un lado a otro. Su melancolía, que me parecía muy natural dadas las circunstancias, no parecía haber dismi­nuido un ápice. Habló poco, con aire ensimismado y evidente esfuerzo. Aventuré una o dos bromas y él esbozó un lamentable simulacro de son­risa. ¡Pobre diablo! De sólo pensar en su mujer, me sorprendía que le quedara ánimo siquiera para aparentar alegría. Por último, intenté un ataque a fondo. Mepropuse hacer una serle de aluslones encublerras, o insinuaciones, con respecto a 1a caja oblonga, para que fuera dándose cuenta de que yo no había caído víctima de su inocente engaño. Mi pri­mera observación estuvo destinada a insinuar mis armas ocultas. Comenté algo sobre "la forma peculiar de esa caja" y al hablar lo miré con una sonrisa cómplice, le hice un guiño y le di un suave golpecito en las costillas con el índice.
El modo en que recibió esta broma sin consecuencias me convenció de inmediato de que se había vuelto loco. Al principio me miró como si no pudiera comprender la ingeniosidad de mis palabras, pero, a medida que la idea le penetraba en el cerebro, pareció como si los ojos quisieran salírsele de las órbitas. Primero se puso rojo, luego palideció horrible­mente y por fin, como si lo que yo había insinuado lo divirtiera enorme­mente, se echó a reír con carcajadas estruendosas e irritantes que, para mi sorpresa, fueron subiendo de tono durante diez minutos o algo más. Terminó cayendo cuan largo era sobre la cubierta. Cuando me incliné para levantarlo parecía muerto.
Pedí auxilio y logramos hacerlo volver en sí con gran dificultad. Al recuperar el sentido, estuvo hablando algún tiempo en forma incohe­rente. Por fin le hicimos una sangría y lo dejamos en cama. Al día siguiente estaba totalmente recuperado, al menos en lo que atañe a la salud física. De su mente prefiero no hablar. Lo evité durante el resto de la travesía por consejo del capitán, quien parecía compartir conmigo la hipótesis de su demencia, aunque me advirtió que no comentara el tema con los demás pasajeros.
Inmediatamente después de este ataque que tuvo Wyatt se produje­ron varios sucesos que contribuyeron a aguijonear mi curiosidad. Entre otros mencionaré el siguiente: yo estaba nervioso pues bebía mucho té cargado y dormía mal de noche, a tal punto que durante dos noches seguidas no pude pegar los ojos. Ahora bien, mi camarote daba al salón principal, como todos los ocupados por hombres solos. Los tres camaro­tes de Wyatt, en cambio, daban al salón posterior, separado del principal por una puerta corrediza que no se cerraba nunca, ni siquiera de noche. Como teníamos viento en contra casi permanente, el barco escoraba acentuadamente a sotavento y, cada vez que el lado de estribor se inclinaba en esa dirección, la puerta corrediza que separaba los salones se abría de par en par y así quedaba sin que nadie se tomara el trabajo de levantarse y cerrarla. Ahora bien, mi litera estaba ubicada en posición tal que, cuando la puerta de mi camarote estaba abierta (o sea siempre, por el calor), podía ver sin dificultad el salón posterior y el rincón que daba a los camarotes de Wyatt. Pues bien, desvelado durante dos noches (no consecutivas), pude ver que alrededor de las once la señora de Wyatt salía cautelosamente del camarote de su marido e ingresaba en el tercer camarote, donde se quedaba hasta el amanecer. Luego el marido iba a buscarla y la hacía regresar. Era evidente que estaban separados. Pre­viendo sin duda un divorcio definitivo, ocupaban cuartos aparte y esto explicaba, al fin, el misterio del tercer camarote.
Pero hubo otra circunstancia que me interesó mucho. Durante esas dos noches en vela, e inmediatamente después de haber entrado la seño­ra de Wyatt en el otro camarote, me llamaron la atención ciertos ruidos singulares, cautelosos y apagados, que provenían del camarote del mari­do. Después de escucharlos atentamente durante algún tiempo, pude por fin comprender el significado. El artista abría la caja oblonga con un escoplo y un martillo, cuyos golpes amortiguaba envolviéndolo en algu­na tela de lana o de algodón.
Escuchando de este modo me pareció que podía distinguir el momen­to preciso en que Wyatt levantaba la tapa y también cuando la retiraba para dejarla sobre la litera inferior del camarote. Me di cuenta de esto último por los golpecitos apenas audibles de la tapa contra los bordes de madera de la litera cuando Wyatt la depositaba allí con el mayor sigilo, puesto que no había lugar para ella en el piso. Después reinaba un pro­fundo silencio y en ninguna de las dos ocasiones oí nada más hasta el amanecer, salvo un sollozo ahogado o un susurro casi inaudible, que bien podía ser producto de mi propia imaginación. Era algo que hacía pensar en sollozos o susurros, pero pudo haberse tratado de cualquier otra cosa, desde luego. Más bien se podía pensar que era producto de una ilusión auditiva. Seguramente Wyatt daba rienda suelta a alguna extravagancia suya, alguno de sus arrebatos de entusiasmo artístico. Sin duda, había abierto la caja oblonga para deleitar sus ojos con el tesoro que encerra­ba. Sin embargo, no había nada en este regodeo artístico que pudiera hacerlo sollozar. Debía tratarse, por lo tanto, de un engaño de mi fanta­sía exacerbada por el té verde del buen capitán Hardy. Cada una de esas noches, faltando poco para el amanecer, oí claramente cómo Wyatt vol­vía a colocar la tapa y encajaba los clavos en su lugar con el martillo envuelto en un trapo. Hecho esto, salía al salón completamente vestido e iba en busca de su mujer, que se hallaba en el otro camarote.
Hacía siete días que estábamos en el mar y habíamos doblado ya el cabo Hatteras cuando nos acometió un viento muy fuerte del sudoeste. Sin embargo, no nos tomó del todo por sorpresa porque el tiempo se había mostrado amenazante. Todo estaba aparejado a bordo y, cuando el viento arreció, nos recostamos sobre él con dos rizos de la mesana can­greja y el trinquete.
Con este velamen navegamos sin mayores peripecias durante cua­renta y ocho horas porque el barco era excelente en muchos sentidos y no hacía agua. Al cabo de dos días, no obstante, el temporal se trans­formó en huracán y desgarró en jirones la botavara, lo que nos afectó de tal manera que de inmediato nos barrieron olas portentosas en rápida sucesión. Este accidente nos costó tres hombres y nos arruinó la cocina y casi todas las amuradas de babor. Apenas nos habíamos recobrado, cuando el viento hizo jirones el trinquete, lo que nos obligó a izar una vela de estay que nos permitió capear el temporal durante unas horas con mayor estabilidad que antes.
Pero la tempestad continuaba y no daba señales de amainar. Se vio que los aparejos no eran los que correspondían y que soportaban una tensión excesiva, de modo que al tercer día de temporal, cerca de las cinco de la tarde, un violento bandazo a barlovento arrancó el mástil de mesana y lo cruzó sobre la borda. Por espacio de una hora o más inten­tamos desprenderlo del barco para aliviar el colosal balanceo que causa­ba, pero antes de que lo lográramos, el carpintero subió a anunciarnos que había un metro veinte de agua en la bodega. Para colmo de males, las bombas de achique estaban atascadas y casi no servían.
Todo era confusión y angustia, pero se hizo un esfuerzo por aligerar el barco arrojando por la borda toda la carga que teníamos a mano y cor­tando los dos mástiles que quedaban. Pero las bombas seguían inutiliza­bles y el agua seguía entrando a toda velocidad.
Al atardecer el élemporal había amainado sensiblemente y, como el mar bajó, todavía abrigábamos la esperanza de salvarnos en los botes. A las ocho se abrieron las nubes a barlovento y tuvimos la ventaja de con­tar con luna llena, lo cual levantó nuestros alicaídos ánimos.
Con un increíble esfuerzo conseguimos por fin bajar el bote salvavi­das por el lado que menos había sufrido y embarcamos allí toda la tripu­lación y la mayor parte de los pasajeros. El grupo partió de inmediato y, tras muchas penurias, arribó sano y salvo a la caleta de Ocracoke tres días después del naufragio.
Quedamos a bordo catorce pasajeros y el capitán, dispuestos a ten­tar fortuna con el pequeño bote de popa. Lo bajamos al mar sin dificultad, aunque sólo por milagro no se anegó al tocar el agua. Una vez endere­zado, lo ocupamos el capitán y su mujer, Wyatt y su familia, un oficial mejicano con su mujer y cuatro hijos, y yo con mi sirviente de color.
Desde luego, no había lugar para nada como no fueran los instru­mentos indispensables, algunas provisiones y la ropa que llevábamos puesta. Nadie pensó siquiera en hacer el intento de salvar nada más. ¡Cuál no sería nuestro asombro entonces cuando, habiéndonos alejado algunas brazas del barco, Wyatt se puso de pie en la popa del bote y, con la mayor frescura, solicitaba al capitán que volviéramos para recuperar su caja oblonga!
-Siéntese, señor Wyatt -contestó el capitán con gesto algo hosco. Si no se queda quieto, nos hará zozobrar. La borda está casi hundida en el agua.
-¡La caja! -vociferó Wyatt, todavía de pie-. ¡La caja, le digo! Capitán Hardy, usted no puede negarse. Le aseguro que pesa muy poco, casi nada. ¡Por la madre que le dio la luz, capitán, por el amor del cielo, por lo que más quiera en este mundo, le ruego que volvamos a buscar la caja!
Durante un breve instante el capitán pareció vacilar conmovido por la súplica, pero enseguida recobró su severa compostura y dijo lacónica­mente:
-Señor Wyatt, usted está loco. No escucharé su pedido: Siéntese, le digo, o hará zozobrar el bote. ¡Quieto! ¡Deténganlo, que está por tirar­se al agua! Lo sabía... se tiró.
En efecto, mientras el capitán hablaba, Wyatt se había arrojado al agua y, como nos hallábamos todavía al socaire del barco destrozado, logró con un esfuerzo casi sobrehumano aferrarse a una cuerda que pen­día a proa. Trepó a la cubierta en un santiamén y se lanzó frenética­mente hacia su camarote.
Entretanto el mar nos había arrastrado a popa, donde el barco ape­nas nos protegía, y quedamos a merced del terrible oleaje. Hicimos un esfuerzo desesperado por regresar, pero nuestro bote era apenas una pluma en medio de la tempestad. Comprendimos entonces que la suer­te del infortunado artista estaba sellada.
A medida que nos alejábamos del barco, vimos que el loco (ya que sólo así cabía considerarlo) salía de nuevo a cubierta trayendo consigo la caja oblonga con un esfuerzo que parecía hercúleo. Lo miramos estupe­factos mientras él ataba la caja con varias vueltas de una gruesa cuerda que luego pasó alrededor de su propio cuerpo. Al minuto siguiente el cuerpo y la caja cayeron al mar y desaparecieron para siempre.
Dejamos de remar, con los ojos fijos en el punto donde se había hun­dido Wyatt. Al cabo de un rato retomamos los remos. Por espacio de una hora, nadie habló. Yo fui el primero en romper el silencio:
-¿Vio usted, capitán, con qué rapidez se hundieron? ¿No es extra­ño? Confieso que tuve una débil esperanza de que Wyatt se salvara cuando lo vi atarse a la caja y lanzarse al mar.
-Desde luego, se hundieron, y con la velocidad de una bala de plomo -contestó el capitán-. Pero ya volverán a la superficie, aunque no antes de que se disuelva la sal.
¡La sal! -exclamé.
-iSh...! -dijo el capitán señalando a la mujer y las hermanas de Wyatt. Ya hablaremos de todo esto en un momento más oportuno.
Fueron muchos nuestros sufrimientos y nos salvamos por milagro, pero la suerte nos fue propicia al igual que a nuestros compañeros del bote salvavidas. Tras cuatro días de penurias, arribamos más muertos que vivos a una playa que hay frente a la isla Roanoke. Nos quedamos allí una semana; en el buque de salvamento no nos trataron tan mal y conseguimos por fin llegar a Nueva York.
Un mes después del naufragio del Independence me encontré por casualidad en Broadway con el capitán Hardy. Naturalmente, nuestra conversación se refirió a la catástrofe y en especial a la triste suerte del pobre Wyatt. Fue así como me enteré de los detalles de la historia.
El artista había sacado pasaje para él, su mujer, sus hermanas y una criada. La esposa, tal como él la había descrito, era un dechado de belle­za y de virtudes. A la mañana del catorce de junio (día en que visité el barco por primera vez), la señora enfermó sorpresivamente y se murió. El joven marido estaba enloquecido de dolor, pero las circunstancias le impedían postergar el viaje a Nueva York. Por un lado, le era necesario entregar el cuerpo de la adorada esposa a su madre; por el otro, no igno­raba que un prejuicio universal le impediría llevar el cuerpo abierta­mente a bordo. El noventa por ciento de los pasajeros habría abandonado la nave antes que embarcarse con un cadáver.
Frente a este dilema, el capitán Hardy dispuso que se embalsamara rápidamente el cuerpo y se lo embalara con una gran cantidad de sal en una caja de las dimensiones adecuadas, y que luego se lo subiera al barco como carga. Nadie tenía que mencionar el fallecimiento de la dama y, como todos sabían que Wyatt viajaba con su mujer, alguien tenía que ocupar el lugar de ella durante el viaje. No fue difícil convencer a la cria­da de la difunta de que representara este papel. La familia conservó el camarote extra, original-mente destinado a esta joven. Desde luego, allí dormía ella todas las noches. Durante el día, representaba como podía el papel de su señora, a quien ninguno de los pasajeros del barco conocía personalmente, como el capitán se encargó de verificar.
Mi error provino de un temperamento demasiado curioso, negligen­te e impulsivo. Pero últimamente no logro dormir bien de noche. Me ponga del lado que me ponga, siempre hay una cara que me acosa. Una risa histérica resonará eternamente en mis oídos.

1.011. Poe (Edgar Allan)

La barrica de amontillado

Había tolerado cuanto me fue posible las mil injusticias de Fortunato pero cuando se permitió el insulto juré vengarme. Vosotros, que conocéis bien la naturaleza de mi alma, no supondréis, sin embargo, que esto fuese una simple amenaza; era preciso vengarme al fin y estaba completamen­te decidido; pero la sinceridad misma de mi determinación excluía toda idea de peligro. Debía castigar, pero impunemente; una injuria no se lava cuando el castigo alcanza a quien la aplica ni queda satisfecha si el ven­gador no tiene cuidado de darse a conocer al que infirió la injuria.
Conviene que todos sepan que yo no había dado el menor motivo a Fortunato para dudar de mi benevolencia ni por mis palabras ni por mis actos; según mi costumbre, continué sonriendo cuando me hablaba y no adivinó que mi sonrisa sólo revelaría en adelante la idea de mi venganza.
Fortunato tenía una debilidad, aunque fuese por todos conceptos un hombre respetable y hasta temible: se vanagloriaba de ser muy inteligen­te en vinos. Pocos italianos poseen el verdadero espíritu investigador; su entusiasmo se manifiesta y adapta las más de las veces según el tiempo y la ocasión, y su charlatanismo resulta propio para influir en el ánimo de los millonarios ingleses y austríacos.
En cuanto a pinturas y piedras preciosas, Fortunato, así como sus compatriotas, era un charlatán, pero en materia de vinos rancios no dejaba de ser entendido. Por este concepto, yo no difería esencialmente de él pues conocía bien los de Italia y compraba grandes cantidades cuando podía.
Cierto día de carnaval, al oscurecer, encontré a mi amigo, que se acercó a mí con la más afectuosa cordialidad, sin duda porque había bebido mucho. Mi hombre iba disfrazado, llevaba un traje ceñido, y la cabeza cubierta con un sombrero cónico guarnecido de campanillas. Me alegré mucho de verlo y creí que no acabaría nunca de estrecharme la mano.
-Querido Fortunato -le dije, el encuentro es oportuno. ¡Qué buen semblante tiene usted hoy! Digo que me alegra verlo porque he recibido una pipa de amontillado, o por lo menos de un vino que me dan como tal, y tengo mis dudas.
-¿Una pipa de amontillado? -replicó mi amigo. ¡No es posible! ¡En medio del carnaval!
-Tengo dudas -repuse- y he cometido la torpeza de pagar todo el valor sin consultar antes con usted. No lo he podido encontrar y he temido perder la ocasión de hacer la compra.
-iAmontillado! -exclamó mi amigo.
-Repito que tengo mis dudas.
-¿Sobre si es amontillado?
-Sí, y quiero saber a qué atenerme.
-¿Respecto al amontillado?
-¡Sí, hombre! Y como sin duda le habrán hecho alguna invitación a usted, voy a buscar a Luches¡, pues si hay algún inteligente, segura­mente es él. Luchesi me dirá...
-Luchesi es incapaz de distinguir entre el amontillado y el jerez.
-Y, sin embargo, ese imbécil sostiene que es tan inteligente como usted.
-¡Vamos, vamos!
-¿Adónde?
-A su bodega.
-No, amigo, no quiero abusar de su bondad; veo que está usted convidado, y de consiguiente, Luchesi...
-No estoy convidado. ¡Vamos!
-No, amigo mío; no lo hago por la invitación, sino porque me pare­ce que está usted padeciendo a causa del frío y en la bodega hay mucha humedad; las paredes están cubiertas de nitro.
-No importa, vayamos; el frío no vale nada. Es preciso ver ese amontillado; sin duda ha sido usted víctima de un engaño, y en cuanto a Luchesi, es incapaz de distinguirlo del jerez.
Así diciendo, Fortunato me tomó del brazo; yo me puse una careta de seda negra y, embozándome en la capa, me dejé conducir hasta mi palacio.
Los criados no estaban en la casa; yo les había dicho que no volve­ría hasta por la mañana, dándoles formalmente la orden de no salir, lo cual bastaba, como yo sabía muy bien, para que todos marchasen apenas volviese la espalda.
Torné dos candeleros, entregué uno a Fortunato y lo conduje con la mayor complacencia a través de varias habitaciones, hasta el vestíbulo, por donde se bajaba a la bodega; comencé a franquear una larga y tor­tuosa escalera, y volvía a menudo la cabeza para recomendar a mi amigo que tuviese cuidado.
Al fin llegué a los últimos peldaños y nos encontramos los dos en el húmedo suelo de las catacumbas de Montresors.
Mi amigo se tambaleaba, haciendo resonar a cada movimiento sus campanillas.
-¿Dónde está la pipa del amontillado? -me preguntó.
-Más lejos -contesté, pero vea ese bordado blanco que brilla en las paredes.
Fortunato fijó en mí la mirada de sus ojos vidriosos, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
-¿El salitre? -preguntó al fin.
-Sí, el salitre -repuse. ¿Cuánto tiempo hace que tiene usted esa tos?
Un nuevo acceso impidió a mi amigo contestar hasta que pasaron algunos minutos.
-No es nada -replicó al fin.
-Venga -le dije con firmeza, vayámonos de aquí, pues no quie­ro que se resienta su importante salud. Usted es rico y feliz, como yo lo fui en otro tiempo; se lo respeta y se lo ama, y su muerte dejaría un gran vacío. Yo no me hallo en el mismo caso. Vayámonos de aquí, porque de lo contrario enfermaría usted. Por otra parte, tengo a Luches¡...
-Basta -replicó Fortunato, la tos no es nada, el resfrío no me matará.
-Cierto, muy cierto -repuse; verdaderamente, no tenía inten­ción de alarmarlo en vano, pero deberá usted adoptar precauciones. Un trago de este médoc lo preservará de la humedad.
Y tomando una botella de entre las muchas de una prolongada serie alineada en el suelo, la destapé.
-Beba -dije a Fortunato, presentándole el vino.
Acercó la botella a sus labios, mirándome de reojo, me saludó fami­liarmente (las campanillas sonaron) y dijo:
-Brindo por los difuntos que reposan alrededor de nosotros.
-Y yo por la salud de usted, deseándole larga vida.
Mi amigo me agarró del brazo y seguimos adelante.
-Estas bodegas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -contesté- eran una noble y numerosa familia.
-No me acuerdo cómo es el escudo.
-Un pie de oro en campo azul; el pie aplasta una serpiente que se arrastra y que le ha clavado sus dientes en el talón.
-iY la divisa?
-Nemo me impune lacessit.
-Muy bien.
El vino brillaba en los ojos de Fortunato y las campanillas sonaban. El médoc me había calentado también un poco la cabeza, pero pronto lle­gamos, a través de montones de osamentas mezcladas con barriles y toneles, a las últimas profundidades de las catacumbas. Me detuve de nuevo y esta vez me tomé la libertad de tomar a mi amigo por un brazo.
-El salitre aumenta -le dije; vea cómo está suspendido de las bóvedas; nos hallamos en el lecho del río: las gotas de la humedad se fil­tran a través de las osamentas. ¡Vaya, salgamos antes que sea demasiado tarde! Esa tos...
-No es nada -contestó Fortunato-, sigamos adelante, pero, por lo pronto, venga otro trago de médoc.
Destapé una botella de vino De Gráve y se lo presenté; lo vació de un trago y sus ojos brillaron como si fueran de fuego; comenzó a reír y arrojó la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré con sorpresa y repitió el movimiento, que, a la verdad, era muy grotesco.
-¿No comprende? -me dijo.
-No -repliqué.
-Entonces no es usted de la logia.
-¿Cómo?
-No es usted masón.
-¡Sí, sí -repuse-, eso sí!
-¿Usted? ¡Imposible! ¿Masón usted?
-Sí, masón.
-Veamos: una señal.
-Mire -repliqué, sacando una paleta de albañil de entre los plie­gues de mi capa.
-Usted se chancea -exclamó, retrocediendo algunos pasos, pero vayamos a ver el amontillado.
-Sea -contesté, guardando el útil y ofreciendo el brazo a mi amigo. Fortunato se apoyó con pesadez y continuamos nuestro camino en busca del amontillado.
Después de atravesar una serie de arcos muy bajos seguimos avan­zando por una pendiente, y al fin llegamos a una cripta profunda, donde la impureza del aire enrojecía nuestras luces más bien que hacerlas brillar.
En el fondo de aquella cripta se descubría otra no menos espaciosa; sus paredes se habían revestido con restos humanos acumulados en los subterráneos que estaban situados sobre nosotros, a la manera de las grandes catacumbas de París. Tres lados de la cripta tenían aquel ador­no, pero del cuarto se habían arrancado los huesos, que yacían confusa­mente en el suelo y formaban en cierto sitio una especie de muro; en la pared desnuda, por la caída de los huesos, se veía un nicho de cuatro pies de profundidad por tres de ancho y seis o siete de altura; al parecer no se había construido para ningún uso especial, constituyendo simple­mente el intervalo entre dos de las enormes pilastras que sostenían la bóveda de las catacumbas, apoyándose en una de las paredes de granito macizo que limitaban el conjunto.
Inútilmente trató Fortunato de escudriñar la profundidad del nicho levantando su hacha, pues la luz, muy debilitada, no nos permitía ver la extremidad.
-Avance -dije a mi amigo-; allí está el amontillado. En cuanto a Luches¡...
-¡Es un ignorante! -interrumpió Fortunato, adelantándose un poco, mientras yo lo seguía de cerca.
En un momento alcanzó la extremidad del nicho y, al ver que la roca le cerraba el paso, se detuvo con aire perplejo.
Un instante después lo tuve encadenado en la pared de granito, donde había dos grapas de hierro a la distancia de dos pies una de otra y dispuestas en sentido horizontal; en una de ellos se hallaba suspendi­da una cadena corta, y en la otra, un candado; enlacé con aquélla la cin­tura de Fortunato y pude sujetarlo fácilmente, porque era tal su asombro que no se resistió; después retiré la llave del candado y salí del nicho.
-Pase la mano por la pared -le dije, pues no podrá menos de tocar el salitre. A decir verdad, está muy húmedo, y por eso le "suplica­ré" una vez más que volvamos. ¿No quiere? Pues bien, será preciso mar­charme, pero le dispensaré antes las atenciones que están a mi alcance.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, sin poder salir aún de su asombro.
-Es verdad -repliqué, el amontillado.
Al pronunciar estas palabras me acerqué al montón de osamentas de que ya he hablado, separé algunas de ellas y dejé en descubierto un buen número de ladrillos y mortero. Con estos materiales y, sirviéndome de mi paleta, comencé a tapiar la entrada del nicho.
Apenas colocada la primera línea de ladrillos, reconocí que la embriaguez de Fortunato se disipaba en gran parte; el primer indicio que tuve fue un grito sordo, un gemido que salió del fondo del nicho, pero "no era el grito" de un hombre ebrio. Después siguió un silencio profun­do; puse otras tres líneas de ladrillos y entonces oí las furiosas vibraciones de la cadena; el ruido duró algunos minutos y durante ellos me agaché sobre las osamentas para deleitarme más, interrumpiendo mi trabajo.
Cuando el rumor cesó empuñé de nuevo la paleta y sin más inte­rrupción coloqué la quinta línea de ladrillos, la sexta y la séptima; la pared llegaba entonces casi a la altura de mi pecho; me detuve un poco y, elevando la luz, dirigí algunos débiles rayos sobre mi amigo.
De pronto resonaron varios gritos agudos de la persona encadenada y esto me hizo retroceder violentamente. Durante un instante vacilé, temblé, pero al fin, desenvainando la espada, introduje la hoja a través de las aberturas del nicho. Un instante de reflexión bastó para tranqui­lizarme; puse la mano sobre la sólida pared de la cueva, me acerqué al muro y respondí a los alaridos de mi hombre con otros más ruidosos aún: de este modo conseguí hacerle callar.
Era entonces media noche y mi obra tocaba a su fin; había comple­tado ya la octava línea de ladrillos, la novena y la décima, y una parte de la undécima y última, y me faltaba tan sólo ajustar una piedra.
La moví con trabajo y la coloqué al fin en la posición deseada. En el mismo momento resonó en el nicho una carcajada ahogada que me puso los cabellos de punta, a la cual siguió una voz triste que a duras penas reconocí como la de Fortunato.
-¡Ja, ja, ja! -exclamaba. ¡No es mala broma! ¡Buena jugarreta! ¡Cómo nos reiremos en el palacio, ija, ja, ja!, de nuestro buen vino!
-¡Del amontillado! -dije yo.
-¡Ja, ja, ja! Sí, del amontillado. Pero ya es tarde. ¿No nos esperan en el palacio la señora Fortunato y los demás? Vayámonos.
-Sí -repuse, vayámonos.
-¡Por amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije, por amor de Dios. .
Estas palabras quedaron sin contestación; en vano apliqué el oído e, impaciente ya, grité con fuerza:
-iFortunato!
No hubo respuesta. Lo llamé de nuevo:
-iFortunato!
Nada. Introduje mi luz a través de la abertura que había quedado y la dejé caer dentro. Sólo me contestó un ruido de campanillas que me hizo daño en el corazón, sin duda a causa de la humedad de las cata­cumbas. Me apresuré a poner término a la obra, hice un esfuerzo, ajusté la última piedra, la cubrí de mortero y levanté después la antigua pared de osamentas para tapar la nueva mampostería. Desde hace medio siglo ningún mortal las ha tocado. In pace requiescat.

1.011. Poe (Edgar Allan)

Hop-frog

No he conocido nunca a nadie que tuviera más animación y que fuese más inclinado a la chanza que aquel buen monarca. No vivía más que para las bromas. Contar una ingeniosa historia del género cómico, y con­tarla bien, era camino más seguro para conseguir su favor. Por eso sus siete ministros eran todas personas que se distinguían por su talento de bromistas. Estaban todos cortados por el patrón real: vasta corpulencia, obesidad, inimitable aptitud para la chanza. El saber si las gentes engor­dan con la broma o si existe algo en la grasa que predispone a ella son cuestiones que no he podido nunca resolver, pero lo cierto es que un bro­mista flaco puede denominarse rara avis in terris.
En cuanto a los refinamientos, o sombras del espíritu, como él mismo los llamaba, el Rey no se preocupaba mucho de ellos. Sentía una admi­ración especial por la amplitud en el chiste, y lo atesoraba hasta con esa amplitud a veces pesada por amor hacia él. Las delicadezas lo molestaban. Hubiese preferido el Gargantúa de Rabelais al Zadig de Voltaire, y sobre todo eran mucho más de su gusto las bufonerías de obra que las de palabra.
En la época en que sucede esta historia, los bufones de profesión no habían pasado de moda por completo en la corte. Algunas de las gran­des potencias continentales conservaban sus locos. Eran unos infelices dis­frazados, ataviados con gorros de campanillas y que tenían que estar siempre preparados para decir ingeniosas y sutiles palabras, a cambio de las migajas que caían de la mesa real.
Nuestro Rey, como es natural, tenía su bufón. El hecho es que sentía la necesidad de algo en el sentido de la locura, aunque no fuese más que para equilibrar la pesada sabiduría de los siete hombres sabios que le ser­vían de ministros, por no incluirlo a él.
Sin embargo, su loco, su bufón de profesión, no era solamente un loco. Su valor estaba triplicado ante los ojos del Rey por el hecho de ser además enano y jorobado. En aquel tiempo los enanos eran tan comu­nes en la corte como los locos, y varios monarcas hubiesen encontrado difícil pasar sus horas, las horas más largas en la corte que en ningún lado, sin un bufón que los hiciese reír y sin un enano de quien pudieran reírse. Pero como ya he advertido, de cien casos de aquellos locos, noventa y nueve eran gordos, redondos y macizos, de modo que era para nuestro Rey mayor motivo de orgullo poseer con Hop-Frog, así se lla­maba el loco, un triple tesoro en una sola persona.
Supongo que el nombre de Hop-Frog no era el que le habían impuesto sus padrinos, sino que le había sido conferido con el asenti­miento unánime de los siete ministros, teniendo en cuenta su incapaci­dad para andar como los demás hombres.[i]
Realmente, Hop-Frog no podía moverse sino con una especie de andar intermitente, algo entre salto y torcedura, una especie de movi­miento que era para el Rey una diversión perpetua y, por consiguiente, un placer, pues, a pesar de la prominencia de su panza y de una hincha­zón congénita de la cabeza, el Rey pasaba, ante los ojos de toda su corte, por un hombre muy guapo.
Pero aunque Hop-Frog, debido al torcimiento de sus piernas, no pudiera moverse sino con gran trabajo por un camino o sobre un piso, la prodigiosa fuerza muscular de que había dotado a sus brazos la naturale­za, como para compensar la imperfección de sus miem-bros inferiores, le permitía efectuar muchos juegos de una destreza sorprendente, cuando se trataba de árboles, de cuerdas o de cualquier otra cosa adonde se pudiese trepar. En estos ejercicios parecía una ardilla o un mono peque­ño más bien que una rana.
Yo no sabría decir con precisión de qué país era oriundo Hop-Frog. Venía indudablemente de alguna región bárbara, de la cual nadie había oído hablar a una gran distancia de la corte de nuestro Rey. Hop-Frog y una muchachita un poco menos enana que él, pero admirablemente proporcionada y bailarina excelente, habían sido arrebatados de sus res­pectivos hogares, en unas provincias limítro-fes, y enviados como regalo al Rey por uno de sus generales más favorecidos por la victoria.
En semejantes circunstancias no había nada de extraño que una estrecha amistad se hubiese establecido entre los pequeños cautivos. En realidad, llegaron a ser bien pronto dos amigos juramentados. Hop-Frog, que, a pesar de su forzosa algazara continua, no era nada popular, no podía prestar grandes servicios a Trippetta, pero ella, merced a su gracia y a su exquisita belleza de enana, era admirada y festejada en todas par­tes; tenía, pues, mucha influencia y no dejaba nunca de hacer uso de ella, siempre que había ocasión, en provecho de su querido Hop-Frog.
En una gran ocasión solemne, ya no recuerdo cuál, el Rey decidió dar un baile de disfraces, y cada vez que se celebraba en la corte una mas­carada o cualquier otra fiesta de este género, el ingenio de Hop-Frog y de Trippetta se ponían a prueba. Hop-Frog, sobre todo, tenía un talento de invención tal en materia de decorados, de tipos nuevos y de disfraces para mascaradas, que parecía no poder hacerse nada sin su cooperación.
Llegó la noche señalada para el festejo. Un espléndido salón había sido dispuesto bajo la vigilancia de Trippetta, con todo el ingenio posi­ble para dar magnificencia a una mascarada. Toda la corte asistía con la ansiedad de la espera. En cuanto a los vestidos y personajes, cada cual, como puede suponerse, había elegido libremente. Muchas personas habían escogido los personajes que iban a representar con una semana y hasta con un mes de anticipación, y, en suma, no había incertidumbre ni indecisión en nadie, excepto en el Rey y en sus siete ministros. ¿Por qué dudaban? No sabría decirlo, a no ser que se tratase de alguna nueva broma. ¡Acaso es más verosímil pensar que les era difícil idear algo dada su gordura! Sea lo que fuere, corría el tiempo, y, como último recurso, mandaron a buscar a Trippetta y a Hop-Frog.
Cuando los dos amiguitos obedecieron la orden del Rey, lo encon­traron bebiendo regiamente vino con los siete ministros de su consejo privado, pero el monarca parecía estar de malísimo humor. Sabía que Hop-Frog temía el vino, pues esta bebida excitaba al pobre cojo hasta la locura, y la locura no es una situación de ánimo muy regocijante. Pero al Rey le agradaba imponerle molestias y se complacía en obligar a Hop­Frog a beber y a estar alegre, según la frase real.
-Ven aquí, Hop-Frog -dijo cuando entraron en la estancia el bufón y su amiga-, apura esta copa a la salud de nuestros amigos ausentes (al oír esto, Hop-Frog suspiró) y sírvenos con tu imaginación. ¡Nece­sitamos modelos, historia, mi buen amigo! Algo nuevo, extra-ordinario. Estamos cansados de esta eterna monotonía. ¡Vamos, bebe el vino, esti­mulará tu genio!
Hop-Frog intentó, como de costumbre, responder con una frase feliz a las palabras del Rey, pero el esfuerzo fue demasiado grande. Era preci­samente aquel día cumpleaños del pobre enano y, ante la orden de que bebiese por sus amigos ausentes, se le saltaron las lágrimas. Gruesas gotas amargas cayeron en la copa, mientras la recibía humildemente de manos de su tirano.
-¡Ja, ja, ja! -rugió este último, viendo cómo el enano apuraba la copa con repugnancia. ¡Mira lo que puede hacer un vaso de buen vino! ¡Eh! ¡Ya te brillan los ojos!
¡Pobre muchacho! Sus grandes ojos refulgían más que brillaban, pues el efecto del vino en su excitable cerebro era tan fuerte como repentino. Depositó nuevamente el vaso sobre la mesa y paseó una mira­da fija y extraña por la concurrencia. Todos parecían divertirse prodi­giosamente del éxito de la broma regia.
-iY ahora, manos a la obra! -dijo el primer ministro, un hombre grueso.
-¡Sí! -dijo el Rey-. ¡Vamos, Hop-Frog, préstanos tu concurso! ¡Danos modelos, hermoso! ¡Dinos historias! ¡Tenemos necesidad de his­torias, todos las necesitamos! ¡Ja, ja, ja!
Y como aquello se inclinaba seriamente hacia el chiste, los siete hicieron coro a la risa regia. Hop-Frog se rió también, pero sin fuerza, con una risa distraída.
-¡Vamos, vamos! -dijo el rey impaciente. ¿Es que no se te ocu­rre nada?
-Estoy intentando encontrar algo nuevo -replicó el enano con un aire vago, pues estaba completamente trastornado con el vino.
-¡Intentando! -gritó el tirano con ferocidad. ¿Qué entiendes tú por intentar? ¡Ah, ya comprendo! Pones hocico porque necesitas más vino. ¡Toma, trágate eso!
Y llenando de nuevo otra copa se la ofreció rebosante al cojito, quien la miró y respiró como sofocado.
-¡Bebe te digo! -gritó el monstruo. iO por los demonios...!
El enano vacilaba. El Rey se puso rojo de cólera. Los cortesanos son­reían cruelmente. Trippetta, pálida como un cadáver, se adelantó hasta el asiento del monarca y, arrodillándose delante de él, le rogó que per­donase a su amigo.
El tirano la contempló durante unos instantes, evidentemente asombrado de tal audacia. Parecía no saber qué decir ni qué hacer ni cómo expresar su indignación de modo suficiente. Por último, sin pro­nunciar ni una sílaba, la rechazó con violencia lejos de él y le tiró a la cara el contenido de la copa, llena hasta el borde.
La pobre pequeña se levantó como pudo y, sin atreverse ni a respi­rar, ocupó de nuevo su sitio al pie de la mesa.
Hubo durante medio minuto un silencio de muerte, en el que hubie­ra podido oírse caer una hoja o una pluma. Este silencio fue interrumpi­do por una especie de gruñido sordo, pero ronco y prolongado, que pareció salir repentinamente de todos los rincones de la estancia.
-¿Por qué, por qué, por qué haces ese ruido? -preguntó el Rey, volviéndose enfurecido hacia el enano.
Este último parecía casi despejado de su embriaguez y, mirando fija­mente, pero con tranquilidad, cara a cara al tirano, exclamó simplemente:
-¿Yo?, ¿yo? ¿Que he sido yo?
-El sonido me ha parecido venir de afuera -observó uno de los cortesanos-; supongo que sea el loro en la ventana, que se afila el pico en los barrotes de su jaula.
-Es verdad -replicó el monarca, como si aquella idea lo tranqui­lizara. Pero por mi honor de caballero hubiese jurado que era el rechi­nar de los dientes de este miserable.
Al oír esto, el enano se echó a reír (el Rey era un bromista demasia­do clásico para encontrar mal una risa, fuera de quien fuese) y enseñó una ancha, fuerte y espantosa hilera de dientes. Es más, declaró que estaba completamente dispuesto a beber el vino que quisieran. El monarca seapaciguó y Hop-Frog, después de apurar sin el menor inconveniente una nueva copa, entró de lleno, y con entusiasmo, en el plan de la mascarada.
-No puedo explicar -observó muy tranquilo y como si no hubie­ra probado nunca vino en su vida- cómo se ha efectuado esta asociación de ideas, pero precisamente después de que Vuestra Majestad pegó a la pequeña y le tiró el vino a la cara, precisamente después de hacer esto Vuestra Majestad y mientras el loro hacía ese extraño ruido detrás de la ventana, me ha venido a la memoria una diversión maravillosa: es uno de los juegos de mi país y lo incluimos a menudo en nuestras diver­siones, pero aquí resultará completa-mente nuevo. Desgraciadamente requiere un grupo de ocho personas, y...
-¡Claro, y ocho somos! -exclamó el Rey, riéndose del feliz hallaz­go. ¡Ocho justos! ¡Yo y mis siete ministros! Vamos a ver, ¿cuál es esa diversión?
-Llamamos a eso -dijo el cojito- los ocho orangutanes encadena­dos y realmente es un juego encantador cuando se ejecuta bien.
-Lo realizaremos -dijo el Rey irguiéndose y bajando los párpados.
-Lo bonito del juego -prosiguió Hop-Frog- consiste en el terror que causa a las mujeres.
-¡Excelente! -rugieron a coro el monarca y su ministerio.
-Yo seré quien os vista de orangutanes -continuó el enano-; entregaos a mí para todo eso. El parecido será tan sorprendente que todas las máscaras os tomarán por verdaderos animales y, como es natu­ral, se quedarán tan asombradas como llenas de espanto.
-¡Oh, es divertidísimo! -exclamó el Rey. iHop-Frog! ¡Haremos de ti un hombre!
-Las cadenas tienen por objeto aumentar el desorden con su albo­roto. Figurará que os habéis escapado en masa de vuestros guardianes. Vuestra Majestad no puede imaginarse el efecto que producen en un baile de disfraz ocho orangutanes encadenados, que la mayoría de los concurrentes toman por verdaderos animales, al arrojarse con gritos sal­vajes por entre una multitud de hombres y de mujeres esmerada y sun­tuosamente ataviados. El contraste no tiene igual.
-¡Así será! -dijo el Rey.
Y el consejo se levantó apresuradamente, pues se hacía tarde para poner en ejecución el plan de Hop-Frog.
Su manera de vestir de orangutanes a aquellos hombres era sencillí­sima, pero llenaba sus deseos. En la época en que sucede este relato se veían muy rara vez animales de esa especie en las diversas partes del mundo civilizado, y, como las imitaciones hechas por el enano eran lo suficientemente bestiales y más que suficientemente espantosas, creye­ron poder fiarse del parecido.
El Rey y sus ministros se vistieron primeramente con camisas y unos calzones de punto ajustadísimos. Después los untaron de brea. Estando en aquella fase de la operación, uno del grupo sugirió la idea de unas plumas, pero fue rechazado en principio por el enano, quien convenció bien pronto a los ocho personajes, con una demostración ocular, de que el pelo de un animal como el orangután se imitaba con más fidelidad por medio de la estopa. Por consiguiente se extendió una espesa capa de estopa sobre la brea. Entonces se agenciaron una larga cadena. Primero la pasaron alrededor de la cintura del Rey y la soldaron allí, después alre­dedor de otro individuo de la cuadrilla y la soldaron igualmente allí; luego, sucesivamente, alrededor de todos los demás, y la cerraron de igual manera. Cuando aquel arreglo de la cadena estuvo terminado, separándose unos de otros tan lejos como podían, formaron un círculo y, para concluir de parecerse, Hop-Frog hizo pasar el resto de la cadena por entre el círculo, en dos diámetros en ángulo recto, según el sistema adoptado en la actualidad por los cazadores de Borneo que cazan chim­pancés u otras especies grandes.
El gran salón en el cual debía efectuarse el baile era una pieza cir­cular, altísima, que recibía la luz del sol por una sola ventana en el techo. Durante la noche (la fiesta iba a ser nocturna) estaba iluminada princi­palmente por una gran araña colgada por una cadena del centro del marco y que se subía o se bajaba por medio de un contrapeso ordinario, pero para no perjudicar su elegancia, este último pasaba por fuera de la cúpula y sobre el techo.
El decorado del salón había sido confiado a la vigilancia de Trippetta, pero en algunos detalles la había guiado probablemente el sereno juicio de su amigo el enano. Por eso, siguiendo sus consejos, se había retirado la araña en aquella ocasión. El derretimiento de la cera, que hubiera sido imposible evitar en una atmósfera tan caldeada, habría ocasionado serios daños en los ricos vestidos de los invitados, que, dado lo repleto del salón, no hubieran podido apartarse del centro; es decir, del sitio de la araña. Se ajustaron unos nuevos candelabros en diferentes partes del salón, fuera del espacio ocupado por la gente, y se colocó una antorcha, de la que brotaba un perfume agradable, en la mano derecha de cada una de las cariátides que se levantaban contra el muro en número de cincuenta o sesenta.
Los ocho orangutanes, siguiendo los consejos de Hop-Frog, espera­ron pacientemente para hacer su entrada a que el salón estuviese com­pletamente lleno de máscaras; es decir, hasta medianoche. Pero apenas había acabado de sonar el reloj, cuando se precipitaron o, mejor dicho, cuando rodaron todos en masa, pues, embarazados con sus cadenas, algunos cayeron al suelo y todos tropezaron al entrar.
La sensación producida entre las máscaras fue prodigiosa y llenó de alegría el corazón del Rey. Como se esperaba, fueron numerosos los invi­tados que creyeron que aquellos seres de feroz aspecto eran animales verdaderos de una especie ignorada, quizás orangutanes simplemente. Varias mujeres se desmayaron de miedo, y si el Rey no hubiera tomado la precaución de prohibir todas las armas, él y su cuadrilla hubiesen podido pagar aquella farsa con su sangre. En resumen, fue una desban­dada general hacia las puertas, pero el Rey había dado orden de que se cerrasen inmediatamente después de su entrada y, por consejo del enano, las llaves le habían sido entregadas a él.
Mientras el tumulto estaba en su apogeo y cada máscara no pensa­ba sino en su propia salvación, pues, en suma, con aquel pánico y aque­lla confusión existía verdadero peligro, pudo verse la cadena que servía para sostener la araña, y que había sido retirada igualmente, bajar y bajar hasta que su extremo, doblado en forma de gancho, estuvo a tres pies del suelo.
Pocos momentos después, el Rey y sus siete amigos, luego de haber rodado por el salón en todas direcciones, se encontraron finalmente en el centro y en inmediato contacto con la cadena. Mientras estaban en esta posición, el enano, que había ido todo el tiempo siguiéndoles los pasos, advirtiéndoles que tuviesen cuidado con el tumulto, se agarró a la cadena en la intersección de las dos partes diametrales. Entonces, con la rapidez del pensamiento, la colgó del gancho que servía de ordinario para sostener la araña, y en un instante, realizado como por un agente invisible, la cadena se remontó lo bastante como para poner el gancho fuera de todo alcance y, por consecuencia, levantó por el aire a los oran­gutanes, todos ellos juntos, unos contra otros y cara a cara.
Las máscaras, durante este tiempo, se habían repuesto casi de su alarma, y, como empezaban a tomar todo aquello por una broma hábil­mente preparada, lanzaron una inmensa carcajada al ver la postura de los monos.
-¡No me los perdáis de vista! -gritó entonces Hop-Frog, y su voz pene-trante se oía dominando el tumulto. No me los perdáis de vista, porque creo que yo los conozco. Si consigo solamente verlos bien, yo os diré en seguida quiénes son.
Entonces, encaramándose con los pies y las manos sobre las cabezas de la multitud, maniobró de manera de llegar hasta el muro; luego, arrancando una antorcha a una de las cariátides, volvió, como había ido, al centro del salón, saltó con la agilidad de un mono sobre la cabeza del Rey, gateó unos cuantos pies por encima de la cadena e inclinó la antor­cha para examinar el grupo de los orangutanes y repitiendo a gritos:
-¡Muy pronto descubriré quiénes son!
Y entonces, mientras la concurrencia, así como los monos, se retor­cía de risa, el bufón lanzó repentinamente un agudo silbido; la cadena ascendió rápidamente unos treinta pies, arrastrando con ella a los oran­gutanes aterrorizados, que se debatían, y los dejó suspendidos en el aire entre la claraboya y el suelo. Hop-Frog, agarrado a la cadena, había subi­do con ella y seguía conservando su misma posición respecto a las ocho máscaras, inclinando siempre su antorcha hacia ellos, como si se esfor­zase en descubrir quiénes podían ser. Toda la concurrencia se qued&tan atónita con aquella ascensión que se hizo un profundo silencio de un minuto aproximada-mente. Pero fue interrumpido por un ruido sordo, una especie de rechinamiento ronco, como aquel que había llamado la atención del Rey y de sus consejeros cuando el monarca había arrojado el vino a la cara de Trippetta. Pero en el presente caso no había que bus­car de dónde salía el ruido. Salía de los dientes del enano, que hacía rechinar sus colmillos como si los triturase en la espuma de su boca y cla­vaba unos ojos que relucían con una rabia loca en el Rey y sus siete com­pañeros, cuyas caras estaban vueltas hacia él.
-¡Ja, ja, ja! -dijo por fin el enano furibundo. ¡Ja, ja, ja! Empie­zo a ver quiénes son. ¡Ahora empiezo a ver quiénes son estos individuos!
Entonces, con el pretexto de examinar al Rey desde más cerca, acer­có la antorcha al disfraz de estopa que la revestía y que se consumió ins­tantáneamente en una capa de fuego deslum-brante. En menos de medio minuto, los ocho orangutanes ardían fieramente en medio de los gritos de la multitud que los contemplaba desde abajo, crispada de horror e impotente para prestarles ni el más ligero auxilio.
A la larga, las llamas, elevándose repentinamente con mayor vio­lencia, obligaron al bufón a trepar más arriba por la cadena, fuera de su alcance. Y mientras efectuaba esta maniobra, la multitud enmudeció de nuevo por un instante. El enano aprovechó aquella ocasión y tomó otra vez la palabra:
-Ahora -dijo- veo claramente de qué especie son estas máscaras. Veo a un gran Rey y a sus siete consejeros privados, a un Rey que no siente escrúpulo en pegar a una muchacha indefensa, y a sus siete con­sejeros, que lo animan en tal atrocidad. En cuanto a mí, yo soy simple, mente Hop-Frog, el bufón, y ¡ésta es mi última bufonada!
Gracias a la grandísima combustibilidad del cáñamo y la brea, a la cual estaba pegado, apenas acababa de pronunciar el enano su breve arenga, cuando ya la obra de venganza se había cumplido. Los ocho cadáveres se balanceaban sobre sus cadenas, masa confusa, fétida, fuli­ginosa, atroz. El cojo arrojó su antorcha sobre ellos, trepó con entera tranquilidad hacia la claraboya y desapareció por el marco.
Se cree que Trippetta, de centinela sobre el tejado del salón, sirvió de cómplice al amigo en aquella venganza incendiaria y que huyeron juntos hacia su país, porque no se los volvió a ver jamás.

1.011. Poe (Edgar Allan)


[i] Hop, 'brincar'. Frog, 'rana'.