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lunes, 9 de diciembre de 2013

El gato negro

No espero ni solicito que se crea la muy extraña aunque familiar historia que voy a trasladar al papel, y verdaderamente fuera locura confiar en que se me diese crédito, puesto que mis sentidos rechazan su propio tes­timonio. Sin embargo, no estoy loco y seguramente no sueño, pero mañana he de morir y hoy quiero descargar mi conciencia. Lo que me propongo desde luego es referir al mundo, clara y sucintamente, sin comentarios de ningún género, una serie de simples acontecimientos domésticos, por cuyas consecuencias me he aterrado, martirizado y ani­quilado. A pesar de ello, no trataré de dilucidarlos, pues a mí me inspi­raron solamente horror, por más que a muchas personas les parecerán más "extravagantes" que terribles.
Tal vez más tarde se hallará una inte­ligencia que reduzca mi fantasma a una vulgaridad, algún espíritu más sereno, más lógico y mucho menos excitable que el mío que no vea en los hechos referidos por mí con terror sino una sucesión ordinaria de cau­sas y efectos muy naturales.
Desde la infancia me hice notar por mi docilidad y humanitarios sen­timientos, y hasta era tan exquisita la ternura de mi corazón que acabé por ser juguete de mis compañeros. Mi aflicción y cariño a los animales no tenía límites y mis padres me habían permitido conservar muchas especies favoritas, de modo que pasaba el tiempo con unas y otras y nunca me creía tan feliz como cuando les daba de comer y las acaricia­ba. Esta particularidad de mi carácter se desarrolló a medida que iba cre­ciendo y cuando llegué a ser hombre fue la fuente principal de mis secretos. A los que se han encariñado con un perro fiel y sagaz no nece­sito explicarles la naturaleza e intensidad de los goces que esto pueda reportar. En el amor desinteresado de un animal, en ese sacrificio de sí mismo, hay algo que va directamente al corazón de aquel que tuvo con frecuencia ocasiones de apreciar el valor de la mezquina amistad y la fidelidad "delgadísima del hombre natural".
Me casé muy pronto y tuve la dicha de hallar en mi esposa un carác­ter que simpatizaba con el mío; al observar mi afición a esos favoritos domésticos no perdió oportunidad de proporcionarme individuos de la especie que más me agradaba, y así tuvimos aves, un pez dorado, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y "un gato".
Este último era en realidad un animal hermoso y robusto, completa­mente negro y de maravillosa sagacidad. Al hablar de su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era bastante supersticiosa, hacía frecuentes alu­siones a la antigua creencia popular según la cual se considera a todos los gatos negros como brujos disfrazados. No quiero decir con esto que mi señora hablara siempre con "forma-lidad" sobre el asunto y si cito el hecho es simplemente porque me acude en este momento a la memoria.
Plutón, así se llamaba el gato, era mi favorito, mi compañero: sólo de mis manos recibía su alimento, y me seguía por la casa a todas partes con tal insistencia que no sin trabajo le impedía salir también a la calle en pos de mí.
Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento, por efecto del demonio de la intemperan­cia -y me sonrojo al confesarlo, sufrió una alteración radicalmente mala. Cada vez más sombrío e irritable y más indiferente a los senti­mientos de los demás, usaba un lenguaje brutal al hablar con mi esposa y al fin pasé a las violencias personales. Mis pobres favoritos hubieron de resentirse, naturalmente, del cambio de mi carácter, pues no contento con descuidarlos los maltraté. En cuanto a Plutón, le guardaba aún las suficientes consideraciones para no proceder con él del mismo modo, pero no tenía miramiento alguno con los conejos, el mono y hasta el perro, cuando por casualidad o por cariño me salían al paso. Mi dolen­cia me aquejaba cada vez más, pues ¡qué enfermedad hay comparable con el alcohol!, y al fin el mismo Plutón, que ya se hacía viejo y comen­zaba a ser un poco fastidioso, hubo de sentir también los efectos de mi maligno carácter.
Cierta noche, al entrar en casa, completamente ebrio, pues salía de una de mis acostumbradas tascas de los arrabales, me imaginé que el gato evitaba mi presencia; quise atraparlo para castigarlo, pero, espanta­do por mi ademán, me infirió una ligera herida con los dientes. Enfure­cido como un demonio, ya no me reconocí; mi alma primera pareció huir del cuerpo y en cada fibra de mi ser se infiltró una malignidad hiper­diabólica, saturada de ginebra; saqué del bolsillo del chaleco un corta­plumas, lo abrí, tomé al pobre animal por el cuello y deliberadamente le hice saltar un ojo de la órbita. ¡Me sonrojo, me estremezco al dar cuen­ta de esta censurable atrocidad!
Al recobrar la razón por la mañana, cuando se hubieron desvaneci­do los vapores de mi saturnal de la víspera, experimenté a la vez horror y remordimiento por el crimen de que me había hecho culpable, pero era un sentimiento equívoco y débil que no penetró hasta el alma. Volví a entregarme a los excesos y muy pronto ahogué en el vino el recuerdo de mi mala acción.
Sin embargo el gato curó lentamente; cierto que la órbita del ojo perdido tenía un aspecto espantoso, pero el animal no parecía sufrir ya; iba y venía por la casa según su costumbre, si bien, como debía esperar­se, huía con terror al acercarme yo. Conservaba aún bastante de mi pri­mera bondad para que me afligiera al pronto aquella evidente antipatía de parte de un ser que tanto me había querido antes, y entonces se mani­festó, como para señalar mi caída final e irrevocable, el espíritu de la PERVERSIDAD.
La filosofía no tiene en cuenta ese espíritu; mas, tan cierto como que el alma existe, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de las primeras facultades o sentimientos indi­visibles que imprimen la dirección al carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido cien veces consumando un acto necio o vil sólo porque estaba persuadido de que no "debía" cometerlo? ¿Ni tenemos, por ven­tura, una constante inclinación, a pesar de la excelencia de nuestro jui­cio, a violar lo que es la "Ley", simplemente porque comprendemos que es la "Ley"? Ese espíritu de perseverancia, digo, fue lo que me perdió al fin. Ese ardiente e insondable deseo del alma de "martirizarse a sí misma", de violentar su propia naturaleza, de hacer mal sólo por el mal mismo, fue lo que me impulsó a continuar y, por último, a consumar el suplicio a que sometí al inofensivo animal. Cierta mañana deslicé un nudo corredizo alrededor de su cuello, con la mayor sangre fría, y lo col­gué de la rama de un árbol; mis ojos estaban llenos de lágrimas y mi cora­zón de amargos remordimientos, pero ahorqué a Plutón "porque" sabía que me había amado y "porque" estaba persuadido de que jamás me había dado motivo alguno de enojo; lo ahorqué "porque" no se me ocul­taba que al proceder así cometía un pecado, un pecado mortal, que comprometía mi alma hasta el punto de ponerla, si tal cosa estuviese en lo posible, fuera de la misericordia infinita del Dios Muy Misericordioso y Muy Terrible.
En la noche siguiente al día en que cometí ese acto cruel me des­pertó en mi sueño el grito de ¡fuego, fuego! Las cortinas de mi lecho estaban ardiendo; la conflagración se había propagado por toda la casa, y no sin gran dificultad pudimos escapar mi esposa, un criado y yo. La destrucción fue completa; toda mi fortuna se perdió y desde entonces me entregué a la desesperación.
No trato de establecer aquí una relación de causa a efecto entre la atrocidad y el desastre, porque me hago superior a semejante debilidad, pero doy cuenta de una serie de hechos y no quiero omitir un solo esla­bón de la cadena. Al día siguiente del incendio visité las ruinas; las pare­des se habían derrumbado, excepto un tabique interior, poco grueso, situado casi en el centro de la casa y contra el cual se apoyaba la cabe­cera de mi cama; en esta parte, la mampostería se había resistido a la acción del fuego y yo atribuí el hecho a la circunstancia de ser nueva la pared. Delante de aquel tabique se había reunido una multitud conside­rable y varias personas parecían examinar cierta parte con minuciosa y viva atención. Las palabras "¡qué extraño, qué singular!" y otras seme­jantes excitaron mi curiosidad; me acerqué y vi, semejante a un bajo relieve esculpido en la blanca superficie, la figura de un "gato" gigantes­co; la imagen estaba representada con una exactitud verdaderamente maravillosa y el animal tenía una cuerda alrededor del cuello.
Al pronto, ante aquella aparición, pues apenas podía considerarla como otra cosa, mi asombro y mi terror fueron extremos, pero la refle­xión vino al fin en mi auxilio. Recordé haber ahorcado el gato en un jar­dín contiguo a la casa, jardín que fue invadido por la multitud al oírse los gritos de alarma; alguno debió de desatar el animal del árbol para arrojarlo a mi habitación por una ventana abierta, sin duda con el obje­to de despertarme; las otras paredes comprimieron, al caer, la víctima de mi crueldad en la substancia del yeso recientemente aplicado, y la cal de aquel tabique, combinada con las llamas y el amoníaco del cadáver, debió de producir la imagen tal como la veía.
Aunque se tranquilizó así ligeramente mi espíritu, ya que no del todo mi conciencia, en cuanto al hecho sorprendente que acabo de exponer, no por eso dejó de producir en mi ánimo una impresión pro­funda. Durante algunos meses no pude desechar el fantasma del gato y se agitaba en mi alma algo que parecía ser un remordimiento, pero que no lo era. Llegué a deplorar la pérdida del animal y a buscar a mi alre­dedor, en las despreciables tabernas que acostumbraba a frecuentar, otro favorito de la misma especie que se pareciera al difunto.
Cierta noche, hallándome sentado y medio aturdido en una inmun­da tasca, me llamó la atención de pronto un objeto negro, el cual repo­saba en uno de los inmensos toneles de ginebra o de ron que constituían el principal mobiliario de la sala, y como hacía algunos minutos que miraba en aquella dirección, me sorprendió no haber echado de ver antes el citado objeto. Me acerqué y lo toqué con la mano; era un gato negro, muy grande, al menos tanto como Plutón, y se le parecía mucho, excepto en una cosa.
El difunto no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo, mientras que éste presentaba una mancha blanca, aunque de forma indecisa, que cubría casi toda la región del pecho.
Apenas lo hube tocado, se puso en pie, produciendo esa especie de ronquido particular que en los gatos indica la satisfacción; se restregó contra mi mano y pareció muy contento con mis caricias. Aquél era el animal que yo buscaba y por lo tanto ofrecí al dueño comprárselo, pero el hombre me dijo que no era suyo ni lo había visto nunca antes.
Seguí acariciándolo y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció inclinado a seguirme; le permití que me acompañara y de vez en cuando me detenía para hacerle una caricia. Cuando llegamos a casa entró como si fuese la suya y al punto se encariñó con mi señora.
En cuanto a mí, muy pronto experimenté una marcada antipatía contra el animal; es decir, lo contrario de lo que yo esperaba; no sé cómo ni por qué fue así, pero la evidente ternura del gato me disgustaba, y casi me producía fatiga. Poco a poco este sentimiento de disgusto y enojo rayó en la amargura del odio; me alejaba siempre del animal, pero una especie de vergüenza y el recuerdo de mi primer acto de crueldad me impedían maltratarlo.
Durante algunas semanas me abstuve de pegar al gato o de cometer una violencia, pero gradual e insensiblemente llegué a mirarlo con inde­cible horror, y rehuía en silencio su odiosa presencia, como el soplo de la peste.
Lo que contribuyó, sin duda, a enconar mi odio contra el gato fue la circunstancia de haber echado de ver, a la mañana siguiente al día en que lo llevé a casa, que, así como a Plutón, le faltaba un ojo. Sólo por esto mi mujer le cobró más cariño, pues, según he dicho ya, poseía en alto grado esa ternura de sentimiento, característica en mí en otra época y fuente de mis recreos más sencillos y puros.
Sin embargo, el afecto del gato hacia mí parecía ir en aumento a medida que mi aversión se redoblaba; seguía mis pasos con una tenaci­dad que difícilmente imaginaría el lector; si me sentaba, se colocaba debajo de la silla o saltaba sobre mí y me prodigaba sus espantosas cari­cias, y si me levantaba para andar, se introducía entre mis piernas, y me exponía a una caída, o bien, clavando sus largas y agudas uñas en la ropa, trepaba hasta mi pecho. En tales instantes, y aunque deseaba matarlo de un golpe, me lo impedía en parte el recuerdo de mi primer crimen, pero más aún, debo confesarlo de una vez, el verdadero "terror" que el animal me inspiraba.
Y este terror no era seguramente producido por un mal físico, aun­que me costaría mucho definirlo de otro modo. Casi me avergüenzo de confesar que el terror y el horror que el gato me causaba habían ido en aumento por una de las más extrañas quimeras que fuera posible conce­bir. Mi esposa me había llamado más de una vez la atención sobre el carácter de la mancha blanca de que ya he hablado, y que constituía la única diferencia visible entre el nuevo gato y el que yo había muerto. El lector recordará, sin duda, que aquella mancha, aunque grande, era pri­meramente vaga en su forma, pero lentamente, por grados impercepti­bles, que mi razón se esforzó largo tiempo en considerar como imaginarios, adquirió al fin contornos muy bien marcados y llegó a ser la imagen de un objeto que no puedo nombrar sin estremecerme. Esto era lo que me hacía mirar el gato con horror y disgusto y lo que me hubiera impulsado a librarme de él si me hubiese atrevido, porque esa mancha era la imagen de una cosa hedionda, siniestra, la imagen de una HORCA. ¡Oh, lúgubre y terrible máquina, máquina de horror y de crimen, de ago­nía y de muerte!
Y desde aquel instante me consideré más mísero que cuanto pudie­ra serlo toda la humanidad y ya no conocí la felicidad del reposo ni de día ni de noche. Durante el día, el animal no me dejaba un solo momen­to, y por la noche, cuando despertaba de mis sueños, agitados por inde­finible angustia, sentía a cada momento en mi rostro el hálito tibio del gato y su enorme peso; era la encarnación de una pesadilla que en mi im­potencia no podía sacudir, que estaba eternamente incrustada en mi corazón.
Bajo la presión de semejantes tormentos, lo poco bueno que aún quedaba en mí desapareció; todos mis pensamientos fueron malos, los más sombríos y peores que puede haber. La tristeza de mi carácter habi­tual degeneró en odio a todas las cosas y a toda la humanidad, y mi espo­sa, que no se quejaba nunca, sufría ¡ay de mí! las consecuencias de mi martirio, y era la más paciente víctima de las frecuentes e indomables erupciones de la ciega furia que desde entonces me dominó.
Un día me acompañó, con motivo de cierta ocupación doméstica, al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir; el gato me siguió, bajando en pos de mí por la empinada escalera, y como tropezara con él, me faltó poco para caer en tierra. Esto me exasperó hasta la locura, levanté el hacha que llevaba en la mano y, olvidando en mi pueril cólera que hasta entonces me había detenido, asesté al animal un golpe que hubiera sido mortal si lo hubiese alcanzado como yo que­ría; mi esposa detuvo mi brazo, pero esta intervención excitó más aun mi rabia infernal, me desprendí al punto y hundí el hacha en su cráneo. La pobre mujer cayó muerta en el sitio sin proferir una sola queja.
Consumado este horrible asesinato, lo primero que hice fue refle­xionar deliberadamente sobre la manera de ocultar el cadáver, com­prendiendo que no podía sacarlo de la casa, ni de noche ni de día, sin exponerme a que lo vieran los vecinos. Pensé en varios proyectos; por un momento se me ocurrió la idea de cortar el cuerpo en pedazos y des­truirlos con el fuego; después resolví abrir una fosa en el suelo mismo del sótano; luego me pareció mejor arrojarlo en el pozo del patio; me pare­ció más conveniente, sin embargo, encerrarlo en una caja, a guisa de mercancía en la forma acostumbrada, y encargar a un mozo de cordel que lo llevase a un punto cualquiera. Por último adopté un plan que me pareció el mejor de todos: se reducía a emparedar el cadáver allí mismo, como lo hacían con sus víctimas los monjes de la Edad Media.
El sótano tenía muy buenas condiciones para llevar a cabo mi pro­yecto; las paredes, levantadas a la ligera, habían sido cubierta reciente­mente en toda su extensión con una capa de yeso que a causa de la humedad de la atmósfera no se había endurecido, y en una de ellas se veía una saliente formada por una especie de falsa chimenea cuyo hueco se había rellenado. No dudé que me fuera fácil retirar los ladrillos en aquella parte, introducir el cadáver y tapiarlo, de modo que nada pudie­ra infundir sospechas.
No me engañé en mi cálculo: con el auxilio de unas grandes tena­zas quité fácilmente los ladrillos y, después de apoyar el cuerpo contra la pared interior, lo sostuve en esta posición hasta que hube dejado toda la mampostería como estaba antes, sin mucha dificultad. Después busqué mortero y arena, con todas las precauciones imaginables; preparé una argamasa que no se pudiera diferenciar de la otra y cubrí cuidadosa­mente los ladrillos con una capa; cuando hube terminado, vi con satis­facción que la obra era perfecta: la pared no presentaba la menor señal de la operación; recogí todos los restos escrupulosamente y apisoné el suelo, por decirlo así. Al mirar triunfalmente a mi alrededor, dije para mis adentros: "Aquí, por lo menos, no se habrá perdido inútilmente mi trabajo."
Mi primera diligencia fue después buscar el gato, causa de aquella terrible desgracia, porque estaba resuelto a matarlo; si lo hubiera encon­trado en aquel momento, nada lo habría salvado, pero el astuto animal, inquieto, sin duda, por mi reciente cólera, parecía resuelto a no presen­tarse. Difícil me sería dar una idea de la profunda sensación de alivio que la ausencia del odiado animal produjo en mi corazón; no se dejó ver en toda la noche y así es como ésta fue la primera que pasé tranquilo desde que el gato estaba en la casa; dormí profundamente, ¡sí, "dormí" con el peso de aquel asesinato sobre el alma!
Transcurrieron el segundo y el tercer día sin que viniese mi verdugo, y una vez más respiré como hombre libre. El monstruo, poseído sin duda de terror, había abandonado la casa para siempre; ya no lo vería jamás, mi felicidad era completa. En cuanto a mi tenebroso crimen, me inquietaba muy poco; cierto que se abrió una información, pero se dio por ter­minada muy pronto, y, aunque se había dado orden de practicar pesqui­sas, naturalmente no se pudo descubrir nada, de modo que consideré segura mi felicidad.
Cuatro días después del asesinato, un destacamento de agentes de policía se presentó de improviso en la casa para proceder a un detenido examen del lugar, pero, confiado yo en lo impenetrable de mi escondite, no experimenté la menor inquietud. Los oficiales me obligaron a que los acompañara en su pesquisa, no dejaron ningún rincón sin registrar y baja­ron al fin por tercera o cuarta vez al sótano. Ni uno solo de mis múscu­los se estremeció; mi corazón latía tranquilamente, como el de un hombre que duerme en la inocencia; recorrí el sótano de un lado a otro con los brazos cruzados sobre el pecho y me paseaba con la mayor indi­ferencia. Satisfecha del todo la policía, se disponía a retirarse, y fue tan grande el júbilo de mi corazón que no pude resistir el vivo deseo de decir al menos una palabra, aunque sólo fuese una, a manera de triunfo, para convencer a aquellos hombres de mi inocencia.
-Caballeros -dije al fin, cuando subían la escalera, me compla­ce mucho haber desvanecido sus sospechas y deseo a todos completa salud, así como un poco más de cortesía. Sea dicho esto de paso, caba­lleros..., he aquí una casa bien construida (en mi insaciable deseo de decir alguna cosa con indiferencia, apenas sabía lo quelablaba); puedo asegurarles que es una casa admirablemente bien construida, esas pare­des son de la más sólida mampostería.
Y al decir esto, permitiéndome una bravata frenética, golpeé con una caña que tenía en la mano precisamente en los ladrillos que oculta­ban el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Ah! ¡Dios me proteja y me libre al menos de las garras del archide­monio! Apenas se hubo apagado el eco de mis golpes en el silencio, una voz me contestó desde el fondo de la tumba; era una queja entrecorta­da al pronto, como el sollozo de un niño, pero que se convirtió al fin en un grito prolongado, sonoro y continuo, completamente anormal y anti­humano, un alarido que expresaba a la vez el horror y el triunfo y que sólo podía venir del Infierno, sonido espantoso producido a la vez por la garganta de los condenados en medio de sus tormentos y en la de los demonios que se regocijan en sus malditos antros.
Locura fuera tratar de comunicaros mis pensamientos; me pareció desfallecer, vacilé y me apoyé en la pared opuesta. Durante un momen­to, los oficiales permanecieron en la escalera, inmóviles, mudos de terror, y un instante después, diez o doce brazos robustos golpeaban acer­tadamente el muro, que cayó todo entero. El cadáver, ya muy desfigura­do y cubierto de sangre coagulada, se mantenía derecho a la vista de los espectadores; sobre su cabeza, con su boca rojiza dilatada y su ojo único brotando fuego, vi el hediondo gato, cuya astucia me había inducido al crimen y cuya voz reveladora me entregaba al verdugo. ¡Había empare­dado al monstruo en la tumba!

1.011. Poe (Edgar Allan)


El entierro prematuro

Hay algunos temas que despiertan un interés absorbente, pero demasia­do horribles para una obra de ficción. El mero escritor romántico debe evitarlos si no quiere ofender o provocar disgusto. Sólo se los trata con decoro cuando la verdad severa y majestuosa los consagra y les da sus­tento. Nos estremecemos, por ejemplo, con el más intenso de los "dolo­res placenteros" frente a las crónicas del paso del Beresina, el terremoto de Lisboa, la peste de Londres, la noche de San Bartolomé o la muerte por asfixia de ciento veintitrés prisioneros en el Pozo Negro de Calcuta. Pero lo que nos excita es que se trata de hechos reales, lo que nos con­mueve es su carácter histórico. Si fueran obras de la imaginación, no nos provocarían más que rechazo.
Acabo de mencionar unas pocas calamidades de las más notables e ilustres que se recuerdan, pero en ellas lo que impresiona tan vívida­mente la imaginación no es solo el carácter del desastre, sino su magni­tud. No necesito recordar al lector que, del largo y horripilante catálogo de miserias humanas, podría haber elegido muchos casos particulares más llenos de sufrimiento agobiante que estas vastas catástrofes genera­les. La desdicha verdadera, el infortunio supremo es siempre particular, no difuso. ¡Agradezcamos a un Dios misericordioso que los extremos más horribles de la agonía le acontezcan al hombre individual y nunca al hombre masa!
Ser enterrado vivo es, sin lugar a dudas, el más tremendo de los extremos que jamás le haya tocado vivir a un simple mortal. Y que le ha tocado con frecuencia, con demasiada frecuencia, es algo que nadie que se detenga a pensar un poco podrá negar. Las fronteras que separan la Vida de la Muerte son, en el mejor de los casos, turbias e indefinidas. ¿Quién puede decir dónde termina una y comienza la otra? Sabemos de enfermedades en las cuales cesan aparentemente todas las funciones vitales, aunque en rigor se trata de meras interrupciones. Son sólo pau­sas temporarias en el funcionamiento del incompren-sible mecanismo. Transcurre luego un tiempo y algún principio misterioso y oculto pone de nuevo en marcha los piñones mágicos, las maravillosas ruedecillas. El hilo de plata no se había cortado para siempre, el cántaro de oro no se había roto irreparablemente. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma?
Sin embargo, aparte la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben producir tales efectos -de que la existencia reconocida de tales casos de vida en suspenso debe provocar naturalmente entierros prematuros, aparte esta consideración, contamos con testimonios directos de la experiencia vulgar y de la medicina que prueban que real­mente existe gran número de estos sepelios. Uno de ellos, notable por las circunstancias y del cual quizá tengan memoria algunos lectores, suce­dió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore. La esposa de uno de los ciudadanos más respetables -abogado de nota y miembro del Congreso- cayó presa de una súbita e inexplicable enfermedad que des­concertó totalmente a los médicos. Después de incontables sufrimientos murió o, al menos, así se supuso. De hecho, nadie sospechó que no esta­ba realmente muerta ni tuvo razón alguna para sospecharlo. Presentaba todas las apariencias habituales de la muerte. El rostro adquirió el acos­tumbrado contorno demacrado y enjuto. Los labios tenían la palidez del mármol. Los ojos carecían de brillo. Faltaba el calor. No había pulso. Transcurrieron tres días sin que el cuerpo fuera enterrado y éste adqui­rió una rigidez de piedra. Entonces se aceleró el sepelio en razón del rápi­do avance de lo que se creía que era descomposición.
Se depositó el cuerpo en la bóveda familiar, que durante tres años se mantuvo cerrada. Al expirar este plazo fue abierta para recibir un ataúd, pero, ¡ay!, ¡qué aterradora escena aguardaba al marido que abrió las puertas en persona! En el momento en que se movieron las hojas, cayó en sus brazos un objeto envuelto en telas blancas. Era el esqueleto de su mujer cubierto todavía por la mortaja intacta.
Una esmerada investigación reveló que la mujer había recuperado el conocimiento dos días después del entierro; que su forcejeo dentro del cajón había provocado la caída de éste al piso de la bóveda y que al rom­perse el cajón ella pudo salir en libertad. Una lámpara llena de aceite que había quedado por error dentro del sepulcro apareció vacía, pero, no obstante, podía ser que su contenido se hubiera evaporado. En el pelda­ño superior de la escalera que llevaba al pavoroso cuarto había un trozo de ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había golpeado la puerta para llamar la atención. Tal vez se desmayó mientras golpeaba o murió de puro terror y, en la caída, su mortaja se enredó en un herraje que sobre­salía. Así quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 hubo en Francia un enterrado vivo, sepultado en cir­cunstancias tales que corroboran plenamente la afirmación de que la realidad supera sin duda a la ficción. La heroína de la historia era una tal Victorine Lafourcade, joven de ilustre familia, rica y muy bella. Entre sus muchos pretendientes estaba Julien Bossuet, pobre litterateur o periodis­ta de París. Su talento y amabilidad le habían ganado la atención de la heredera, quien, según parece, se enamoró sinceramente de él, pero su orgullo de casta pudo más y finalmente lo rechazó para casarse con mon­sieur Renelle, banquero y diplomático de cierto renombre. Sin embargo, después del casamiento, este caballero la desatendió y quizá hasta la maltrató. Tras unos desdichados años de matrimonio, la mujer murió, o al menos su estado se pareció tanto a la muerte como para engañar a todos los que la vieron. Fue enterrada, aunque no en una bóveda, sino en una tumba sin pretensiones, en su pueblo natal. Lleno de dolor e inflamado aún por el recuerdo de su amor profundo, el amante viaja desde la capital a la provincia con el romántico propósito de desen-terrar a la muerta y llevarse sus exuberantes trenzas. Llega a la tumba. A medianoche desentierra el ataúd, lo abre y en el mismo momento en que está cortando el pelo, advierte que los ojos amados se han abierto. La dama había sido enterrada viva. El último aliento no la había abando­nado aún cuando las caricias de su amante la despertaron de ese letargo interpretado como muerte. Frenético, la llevó hasta su alojamiento en el pueblo y le administró unos tónicos poderosos que aconsejaron médicos ilustres. Al fin, la dama revivió. Reconoció a su salvador y se quedó con él hasta recuperar paulatinamente la salud. Su corazón de mujer no era de piedra y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Hizo a Bossuet depositario de todo su amor. En lugar de volver con el marido, le ocultó su resurrección y escapó con su amado a América. Veinte años más tarde volvieron los dos a Francia, convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto el aspecto de la dama como para que sus amigos no pudieran reconocerla. Se equivocaban, sin embargo. A la pri­mera reunión, monsieur Renelle la reconoció y reclamó su regreso. Ella resistió sus pretensiones y un tribunal de justicia le dio apoyo, dictami­nando que las particularísimas circunstancias del caso y los largos años transcurridos finiquitaban los derechos del marido, no solo desde el punto de vista de la equidad, sino de la ley.
La Revista de Cirugía de Leipzig, periódico de grandes méritos y auto­ridad que algún editor norteamericano bien podría traducir y publicar en inglés, registra en un número reciente un penoso caso de este tipo.
Cierto oficial de artillería, hombre de estatura gigantesca y salud de hierro, sufrió una contusión grave en la cabeza al ser lanzado de su silla por un caballo ingobernable. El golpe lo dejó de inmediato sin conoci­miento y con una fractura leve en el cráneo, pero no se temía por su vida. Se practicó con éxito una trepanación. Se le hicieron sangrías y se aplicaron muchos otros de los habituales tratamientos de alivio. No obs­tante, fue cayendo progresiva-mente en un estado de estupor que no tenía cura y, por fin, todos creyeron que había muerto.
Hacía calor y lo enterraron en un cementerio público con una prisa indecorosa. Las exequias se llevaron a cabo un jueves. Al domingo siguiente, estando el camposanto muy concurrido, como era costumbre, se produjo al mediodía un gran revuelo provocado por un campesino que, habiéndose sentado sobre la tumba del oficial, sintió una conmo­ción bajo la tierra, como si alguien estuviera forcejeando allá abajo. Al principio casi nadie prestó atención a las afirmaciones del buen hombre, pero más tarde su evidente terror y la porfiada insistencia con que repi­tió la historia tuvieron por fin el efecto que era de esperar. Algunos pro­curaron palas y en pocos minutos la tumba, vergonzosamente superficial, quedó abierta y dejó ver la cabeza del ocupante. Parecía muerto, pero se hallaba casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa había levantado en parte en su frenética lucha.
Lo llevaron de inmediato al hospital más cercano, donde se lo decla­ró vivo aunque en estado de asfixia. Después de algunas horas revivió, reconoció a sus amigos y relató sus angustias en el sepulcro con frases entrecortadas.
Según se dedujo del relato, seguramente estuvo consciente durante más de una hora después de la inhumación. La tumba había sido relle­nada descuidadamente con tierra suelta en extremo porosa, de modo que forzosamente penetró algo de aire. Oyó los pasos de la gente sobre su cabeza e intentó hacerse oír a su vez. Según él, fue el tumulto produ­cido en el cementerio lo que pareció despertarlo de un profundo sueño, pero apenas estuvo despierto tuvo plena conciencia del horror de su situación.
De acuerdo con la historia clínica, el paciente iba mejorando y pare­cía encaminarse a una recuperación definitiva, pero sucumbió ante experimentos médicos rayanos en el curande-rismo. Le aplicaron un tra­tamiento con pila galvánica y expiró en uno de esos paroxismos estáti­cos que a veces ésta produce.
Sin embargo, la mención de la pila galvánica me trae a la memoria un caso famoso y extra-ordinario en el cual dicha pila sirvió para devol­verle la vida a un joven abogado londinense que había estado enterrado durante dos días. El hecho ocurrió en 1831 y en el momento causó sen­sación donde-quiera fue tema de conversación.
El paciente, Edward Stapleton, había muerto aparentemente de fie­bre tifoidea acompañada de algunos síntomas insólitos que despertaron la curiosidad de sus médicos. Después del aparente deceso, se solicitó a los amigos del difunto que autorizaran una autopsia, pero éstos se nega­ron. Como sucede a menudo ante las negativas de este tipo, los médicos decidieron exhumar el cadáver y disecarlo en privado a su gusto. Hicieron arreglos con una de las muchas bandas de profanadores de tumbas que hay en Londres y la tercera noche después de la inhumación el supues­to cadáver fue desenterrado de una tumba de dos metros y medio de pro­fundidad y llevado a una sala de operaciones de un hospital privado.
Ya se había efectuado una incisión de cierta longitud en el abdomen cuando el aspecto lozano y saludable del sujeto aconsejó la aplicación de la pila. Los experimentos se sucedieron con los efectos acostumbrados, sin que nada excepcional pudiera observarse, salvo, en una ocasión, un grado más intenso de similitud con la vida durante las convulsiones.
Se hacía tarde. Estaba por amanecer y se consideró necesario pro­ceder a la disección. Pero uno de los estudiantes, particularmente empeña-do en probar una teoría propia, insistió en que se aplicara la pila a uno de los músculos pectorales. Se hizo una incisión irregular, donde se colo­có apresuradamente uno de los cables de contacto; en ese instante, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, el paciente se incorporó, caminó hasta el medio de la sala, miró a todos sobre-cogido por algunos segundos y luego... habló. Lo que dijo fue incomprensible, pero sin duda se trataba de palabras: el silabeo era claro. Cuando terminó de hablar, cayó pesadamente al suelo.
Durante unos segundos todos quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso les devolvió la presencia de ánimo. Se comprobó que el señor Stapleton estaba vivo, aunque desfallecido. Cuando se le administró éter revivió y rápidamente recobró la salud. Retornó enton­ces a la compañía de sus amigos, a quienes, empero, se ocultó toda noti­cia de su resurrección hasta desaparecer todo temor de una recaída. Es de imaginar el estupor de los amigos, su maravillado asombro.
Sin embargo, lo más impresionante de este episodio es lo que el pro­pio Stapleton refiere. Manifiesta que en ningún momento estuvo total­mente inconsciente, que -de manera oscura y borrosa- se daba cuenta de todo lo que le sucedía, desde el instante mismo en que los médicos lo declararon muerto hasta el momento en que cayó incons­ciente al piso del hospital. "Estoy vivo", fueron las palabras incompren­sibles que en su angustia apenas había intentado balbucear al reconocer la sala de disecciones.
No sería difícil multiplicar historias como éstas, pero no lo hago por­que en realidad no hay ninguna necesidad de demostrar que se produ­cen inhumaciones prematuras. Pero cuando pensamos en cuán pocas veces, dada la naturaleza del caso, podemos descubrirlas, debemos reco­nocer que pueden ocurrir frecuentemente sin que nos enteremos. En rigor, rara vez se ha excavado en cierta extensión la tierra de un cementerio por cualquier motivo sin que aparecieran esqueletos en posiciones que alientan las más horrendas sospechas.
Sí, horrenda la sospecha, pero ¡más horrenda aún la fatalidad! Sin vacilación puede decirse que ninguna circunstancia produce mayor angustia física y mental que el entierro en vida. La insoportable opresión de los pulmones, las asfixiantes emanaciones de la tierra húmeda, las vestiduras fúnebres adheridas al cuerpo, el rígido abrazo de la estrecha bóveda, la negrura de la noche absoluta, el silencio semejante a un mar abrumador, la presencia invisible pero palpable del gusano triunfal; todo esto, más el hecho de pensar en el aire y la hierba que quedaron arriba, recordar a los amigos queridos que vendrían volando a rescatarnos si conocieran nuestra suerte y saber positivamente que jamás tendrán noti­cia de ella, todas estas consideraciones, digo, llevan al corazón todavía palpitante a un grado de horror tan atroz, tan insoportable, que la ima­ginación más audaz retrocede. No conocemos nada más angustioso que haya en la Tierra, no podemos imaginar nada más horrendo ni en las más profundas comarcas del infierno. Por eso es que todos los relatos sobre este tema tienen hondo interés, pero un interés que, no obstante, por el temor sagrado que inspira el tópico mismo, depende precisa y específicamente de la convicción que tengamos sobre la verdad del rela­to. Lo que voy a narrar ahora es mi propio conocimiento real, mi expe­riencia personal y concreta.
Durante varios años había padecido ataques de esa singular afección que los médicos, a falta de nombre mejor, denominan catalepsia. Si bien las causas inmediatas y las que determinan la propensión a esta enfer­medad, así como su diagnóstico concreto, todavía son misteriosos, se comprende con suficiente claridad su carácter más evidente. A veces, el paciente yace un solo día, y hasta períodos más cortos aún, en una espe­cie de letargo abismal. Está inconsciente y no puede moverse, pero las pulsaciones cardíacas siguen percibiéndose débilmente, quedan vestigios de calor y algo de color en las mejillas y, si se le acerca un espejo a los labios, se puede percibir una vacilante e irregular actividad de los pul­mones. Pero a veces el trance dura semanas y hasta meses, sin que la revisión más cuidadosa ni los estudios médicos más rigurosos puedan establecer una distinción material entre el estado del paciente y lo que entendemos por muerte absoluta. No es raro que el paciente se salve de un entierro prematuro sólo por la intervención de sus amigos y porque éstos saben de sus anteriores ataques de catalepsia, por la sospecha que se despierta, pero sobre todo por la ausencia de todo signo de descom­posición. Felizmente el avance de la enfermedad es gradual. Las prime­ras manifestaciones son inequívocas aunque leves. Los ataques se hacen más característicos y cada vez duran más que los anteriores. En esto reside la principal seguridad de que no habrá una inhumación prematura. El desventurado cuyo primer ataque tuviera ya el carácter grave que es fre­cuente casi inevitablemente sería enterrado vivo.
Mi propio caso difería en rasgos sin importancia de los que figuraban en los libros de medicina. Sin causa aparente, me iba sumergiendo poco a poco en un estado de semisíncope o desmayo, y permanecía así, sin dolor alguno, sin posibilidad de moverme ni de pensar en el sentido estricto de esta palabra, pero con una borrosa y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de quienes rodeaban mi lecho, hasta que la cri­sis de la enfermedad me devolvía de pronto el conocimiento. En otras ocasiones, el ataque era súbito e impetuoso. Me sentía mal, entumecido de frío, mareado, y en el acto quedaba postrado. Durante semanas ente­ras todo era un vacío negro y silencioso, y la nada se convertía en el uni­verso. La aniquilación definitiva no podía ser más absoluta. Sin embargo, de estos episodios súbitos me despertaba muy paulatina-mente en comparación con lo repentino del ataque. De la misma manera que amanece para el mendigo sin hogar y sin amigos que deambula por las calles en la larga y desolada noche invernal, tan tardía y cansadamente, con tanta alegría volvía a mí la luz del alma.
Fuera de esta tendencia a los trances catalépticos, empero, mi salud general parecía buena y no podía advertirse que mi enfermedad princi­pal la afectara en ningún sentido, a menos que se interpretara como efecto secundario cierta particularidad de mi sueño normal. Al desper­tarme de un dormir profundo, nunca podía recuperar de inmediato la plena posesión de mis sentidos y quedaba durante varios minutos en un estado de extravío y perplejidad, con las facultades mentales en general, y la memoria en particular, en suspenso.
En todo lo que soportaba no había sufrimiento físico, pero sí una enorme penuria moral. Mi imaginación se volvió tenebrosa. Hablaba de "gusanos, tumbas y epitafios". Me extraviaba en ensueños de muerte y la idea de un entierro prematuro se hizo dueña de mi mente. El espeluz­nante peligro que me obsesionaba me perseguía día y noche. De día, la tortura de la meditación era excesiva; de noche, era suprema. Cuando la lúgubre oscuridad envolvía la Tierra, me asaltaban los pensamientos más horrorosos y temblaba literalmente, temblaba como los trémulos penachos de las carrozas fúnebres. Cuando ya la naturaleza no consentía más la vigilia, me entregaba luchando al sueño, pues me estremecía pensar que, al despertarme, podía hallarme encerrado en una tumba. Cuando por fin me hundía en el sueño, me precipitaba de inmediato en un mundo de fantasmas, por encima de los cuales se cernían, nublándolo todo, las inmensas alas sombrías de la misma idea sepulcral.
De las innumerables imágenes tétricas que me acosaban en sueños, recordaré aquí sólo una. Me parecía estar sumergido en un trance cata­léptico de duración y profundidad mayores que las habituales. De pron­to, una mano helada se posó sobre mi frente al tiempo que una voz impaciente farfulló en mi oído una única palabra: "¡Levántate!"
Me senté. La oscuridad era total. No podía ver la figura de quien me había despertado. No podía recordar la fecha en que había caído en mi trance ni el lugar donde me encontraba. Mientras estaba ahí, inmóvil, ocupado en ordenar mis pensamientos, la gélida mano me aferró violen­tamente la muñeca y la sacudió con furia mientras decía, con la misma voz entrecortada:
-¡Levántate! ¿No te ordené que te levantaras?
-¿Y quién eres tú? -pregunté.
-No tengo nombre en las comarcas donde habito -replicó la voz, lastimera-. Fui un hombre, pero ahora soy un demonio. Fui implacable, pero soy digno de lástima. Tú ves cómo tiemblo. Rechinan mis dientes cuando hablo, pero no es por el frío de la noche... la interminable noche. Este horror es intolerable. ¿Cómo puedes tú dormir tranquilamente? El clamor de estos infinitos tormentos me impide descansar. Veo escenas que no puedo soportar. ¡Arriba! Acompáñame a la noche y déjame abrir para ti las tumbas. ¿No es éste un espectáculo de sufrimiento? ¡Mira!
Miré. La invisible figura que todavía asía mi muñeca descubrió para mí las tumbas de la humanidad entera, y de todas ellas partían débiles fosfores-cencias pútridas, de modo que pude observar los rincones más recónditos y ver allí los cuerpos amortajados en su solemne sueño triste poblado de gusanos. Pero, iay!, los dormidos eran los menos, y los que no dormían, millones; había allí una débil lucha, una penosa agitación, y de las profundidades mismas de la multitud de tumbas se levantaba el melancólico roce de las ropas de los muertos. Entre los que parecían descansar en paz vi que muchos habían modificado, en mayor o menor grado, la posición rígida e incómoda en que habían sido sepultados origi­nalmente. Y mientras contemplaba el espectáculo, la voz habló de nuevo:
-¿No es acaso, ¡oh Dios!, una escena lastimosa? -pero antes de que pudiera encontrar palabras para responderle, la figura soltó mi muñeca, las luces fosforescentes se desvanecieron y se cerraron los sepulcros con brusquedad, mientras se elevaba un clamor de gritos deses­perados que repetían: "¿No es acaso, ¡oh Dios!, una escena lastimosa?"
Estas fantasías, engendradas durante la noche, invadían también con su terrorífica influencia mis horas de vigilia. Estaba cerca de la pos­tración nerviosa y era presa de un perpetuo horror. Dudaba de cabalgar, caminar o emprender cualquier tipo de actividad que pudiera alejarme de casa. De hecho, no osaba ya estar en compañía de otros, como no fue­ran los que conocían mi proclividad a la catalepsia, por miedo de que, víctima de uno de mis habituales ataques, me enterraran sin comprobar mi estado real. Abrigaba dudas sobre la lealtad de mis más caros amigos. Temía que, durante un acceso más largo que lo habitual, lograran per­suadirlos de que mi estado era irreversible. Llegué incluso a temer que, vistas las contrariedades que yo causaba, pudieran sentirse inclinados a considerar cualquier acceso prolongado como excusa suficiente para librarse de mí sin más trámite. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les arranqué juramentos sagrados de que, en ninguna circunstancia, me enterrarían si la descomposición no esta­ba tan avanzada que ya fuese imposible toda conservación. Así y todo, mi terror mortal no escuchaba razones, no admitía consuelo alguno. Adop­té rebuscadas precau-ciones. Entre otras cosas, hice refaccionar el pan­teón de la familia de modo de poder abrirlo fácilmente desde adentro. La más leve presión ejercida sobre una larguísima palanca que penetraba profundamente en el recinto bastaba para abrir los portones de hierro. Hice arreglos para que el aire y la luz penetraran en el interior y coloqué recipientes de agua y alimentos al alcance del féretro que me estaba des­tinado. El propio ataúd se aderezó con un revestimiento muelle y cálido, además de una tapa que funcionaba como las puertas de las criptas, pro­vista de resortes tan celosos que el menor movimiento del cuerpo basta­ría para abrirla. Además de todo esto, se dispuso en el techo de la bóveda una gran campana, cuya cuerda pendía sobre el féretro y penetraba en él a través de un agujero, por debajo del cual estaría atada a la mano del muerto. Pero, ¡ay!, ¿de qué vale la previsión contra el Destino del hom­bre? ¡No bastaban ni siquiera estas ingeniosas precaucio-nes para librar del terror de ser enterrado vivo a un infeliz condenado a esa suerte!
Me encontré en cierto momento -como tantas veces me había ocurrido- emergiendo de la inconsciencia total a la primera y tenue sensación de existencia. Lentamente, a paso de tortuga, se acercaba el alba gris y pálida del día psíquico. Una desazón aletargada. Una sensa­ción apática de dolor sordo. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Luego, tras un largo intervalo, un ruido zumbante en los oídos; luego, después de un lapso aún más largo, una sensación de hormigueo o cosquilleo en las extremidades, y después, un período apa­rentemente eterno de placentera quietud, en el cual los sentimientos que despiertan luchan por volverse pensamientos; una nueva recaída en la nada y por fin una rápida recuperación. El leve parpadeo de un ojo y, acto seguido, una descarga de terror funesto e indefinido, que bombea torrentes de sangre de las sienes al corazón. Y ahí, el primer conato de pensamiento. Y el primer esfuerzo por recordar. Un éxito parcial y efí­mero. Hasta que la memoria recupera tanto su poder que, en cierta medida, soy consciente de mi estado. Sé que no me estoy despertando del sueño cotidiano. Recuerdo que he padecido de catalepsia. Entonces, por fin, como en una embestida del mar, mi trémulo espíritu se doblega ante el único y horrendo peligro, la única y eterna idea espectral que me domina.
Poseído por esta idea, quedé inmóvil durante algunos minutos. ¿Por qué? No tenía valor para moverme. No me atrevía a emprender el esfuerzo que confirmaría mi destino y, sin embargo, algo le decía a mi corazón que esta vez había ocurrido. Sólo la desesperación, de una índo­le mayor que ninguna otra, me obligó, después de largas vacilaciones, a levantar los pesados párpados. Estaba oscuro, todo oscuro. Supe que el ataque había terminado. Supe que la crisis de mi enfermedad estaba superada. Supe que había recobrado plenamente el sentido de la vista y, sin embargo, estaba oscuro, todo oscuro, sin luz como en la intensa y perfecta noche eterna.
Traté de gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convul­sivamente, pero ninguna voz logró salir de mis cavernosos pulmones, que se ahogaban y palpitaban con el corazón a cada laborioso resuello, como abrumados por el peso de una enorme montaña.
Al mover las mandíbulas en mi esfuerzo por gritar, comprobé que las tenía atadas, como suele suceder con los cadáveres. Sentí asimismo que yacía sobre algún material duro y que alguna sustancia similar oprimía también mis costados. Hasta ese momento no había intentado mover los miembros, pero entonces levanté bruscamente los brazos que tenía esti­rados, con las muñecas cruzadas. Golpearon contra algo de madera que se prolongaba a lo largo de mi cuerpo, separado unos quince centímetros de mi rostro. Ya no podía dudar de que estaba encerrado en un ataúd.
Entonces, entre los infinitos sufrimientos, apareció el dulce queru­bín de la esperanza, porque recordé mis precauciones. Retorcí el cuerpo e hice esfuerzos espasmódicos para abrir la tapa: no se movió. Palpé las muñecas buscando la cuerda de la campana: no apareció. Y así el con­suelo me abandonó para siempre y una desesperación más implacable aún se enseñoreó de mí porque advertí la ausencia de las mullidas telas por mí preparadas y llegó hasta mí súbitamente el olor peculiar de la tie­rra húmeda.
La conclusión era irresistible. No me hallaba en el panteón de mi familia. Había sufrido un acceso fuera de casa, entre extraños -cuándo y cómo no podía recordar-, y ellos me habían enterrado como a un perro, me habían metido en un ataúd común remachado con clavos y depositado para siempre en las profundidades de alguna tumba vulgar y sin nombre.
Dominado por esta horrible certeza, intenté una vez más gritar desde lo más recóndito de mi alma. Y en este segundo intento, lo logré. Un largo y salvaje alarido sin fin, un bramido de agonía resonó en el dominio de la noche subterránea.
-¡Hola! ¡Hola! ¿Quién está ahí? -dijo una voz ronca en respuesta. 
-¿Qué demonios pasa ahora? -gruñó otra voz. 
-¡Salga de ahí! -exclamó una tercera.
-¿Qué pretende aullando de esa manera, como un gato montés? -dijo otra, y ahí mismo me zamarrearon sin piedad durante unos minu­tos varios individuos de aspecto dudoso.
No me despertaron de mi sueño, pues ya estaba totalmente despabi­lado cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión de mi memoria.
La aventura había sucedido en Richmond (Virginia). Durante una expedición de caza me había alejado unos kilómetros por la costa del río James acompañado por un amigo. Se hizo de noche y nos sorprendió una tormenta. Nos refugiamos en el único lugar posible, la cabina de un pequeño balandro cargado de panes de tierra que estaba anclado en el río. Nos arreglamos como pudimos y pasamos la noche a bordo. Yo dormí en una de las dos únicas literas existentes y es ocioso describir cómo son las literas de un balandro de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocu­paba carecía totalmente de ropa de cama y su ancho máximo era de cua­renta y cinco centímetros. Igual distancia habría entre ella y la cubierta, que me hacía de techo. Me fue muy difícil introducirme ahí. No obstan­te dormí profundamente y toda mi visión al despertar -que no fue un sueño, ni una pesadilla- surgió espontáneamente de las circunstancias de mi posición, del sesgo habitual de mis pensamientos y de la dificultad ya descripta para recobrar el sentido y la memoria hasta no haber pasa­do largo tiempo después de despertarme de un sueño profundo. Los hombres que me sacudieron eran los integrantes de la tripulación y unos estibadores contratados para cargar. El olor de tierra húmeda venía de la misma carga. Y el vendaje que me cerraba las mandíbulas era nada más que el pañuelo de seda que me había puesto en la cabeza a falta de mi gorro de dormir.
Sin embargo, los tormentos que padecí fueron idénticos a los de una sepultura real. Me resultaron aterradores, inconcebiblemente horren­dos. Pero del mal proviene a veces el bien, porque su propio exceso pro­dujo en mi espíritu una inevitable aversión. Mi alma se templó. Emprendí un viaje al extranjero. Hice mucho ejercicio. Respiré el aire puro del cielo y pensé en otros temas. Me deshice de los libros de medi­cina. Quemé a Buchan. Dejé de leer Meditaciones nocturnas; ya no más altisonantes historias de cemen-terios y pesadillas como ésta. En síntesis, me convertí en un hombre nuevo y viví una vida humana. Desde aque­lla noche abandoné para siempre mis lúgubres aprensiones y con ellas se esfumó la catalepsia, de la cual, quizás, habían sido más la causa que el efecto.
Hay momentos en que, aun para el sobrio ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede adoptar el aspecto de un infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar con impuni­dad todos sus recovecos. Pero ¡ay de mí! La funesta legión de terrores sepulcrales no puede considerarse totalmente imaginaria, pero, al igual que los demonios en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, deben dormir o nos devorarán, debemos permitirles el sueño, pues de lo contrario pereceremos.

1.011. Poe (Edgar Allan)

El engaño del globo

¡Asombrosas noticias por expreso, vía Norfolk! ¡Travesía del Atlántico en tres días! ¡Extraordinario triunfo de la máquina volante del señor Monck Mason! ¡Llegada a la isla Sullivan, cerca de Charleston, Carolina del Sur, del señor Mason, el señor Robert Holland, el señor Henson, el señor Harrison Ainsworth y otros cuatro pasajeros, a bordo del globo dirigible Victoria, luego de 75 horas de viaje de costa a costa! ¡Todos los detalles del vuelo!

El siguiente jeux d'esprit, con los titulares que preceden en enormes caracteres, abundantemente separados por signos de admiración, fue publicado por primera vez en el New York Sun, con intención de proporcionar alimento indigesto a los quidnuncs durante las pocas horas entre los dos correos de Charleston. La conmoción producida y el arrebato del "único diario que traía las noticias" fue más allá de lo prodigioso; y, para decir la verdad, si el Victoria "no" efectuó el viaje reseñado (como aseguran algunos), difícil sería encontrar razones que le hubiesen impedido llevarlo a cabo.

E.A.P.

¡El gran problema ha sido, por fin, resuelto! ¡Al igual que la tierra y el océano, el aire ha sido sometido por la ciencia y habrá de convertirse en un camino tan cómodo como transitado para la humanidad! ¡El Atlántico ha sido cruzado en globo! ¡Sin dificultad, sin peligro aparente, con un perfecto dominio de la máquina, y en el periodo inconcebiblemente breve de 75 horas de costa a costa! Gracias a la decisión de uno de nuestros representantes en Charleston, Carolina del Sur, somos los primeros en proporcionar al público una crónica detallada de este viaje extraordinario, efectuado entre el sábado 6 del corriente, a las once a.m., y el jueves 9, a las dos p.m., por el señor Everard Bringhurst, el señor Osborne, sobrino de lord Bentinck; el señor Monck Mason y el señor Robert Holland, los afamados aeronautas; el señor Harrison Ainsworth, autor de Jack Sheppard y otras obras; el señor Henson, diseñador de la reciente y fracasada máquina voladora, y dos marinos de Woolwich; ocho personas en total. Los detalles que siguen pueden considerarse auténticos y exactos en todo sentido, pues, con una sola excepción, fueron copiados verbatim de los diarios de navegación de los señores Monck Mason y Harrison Ainsworth, a cuya gentileza debe nuestro corresponsal muchas informaciones verbales sobre el globo, su construcción y otras cuestiones no menos interesantes. La única alteración del manuscrito recibido se debe a la necesidad de dar forma coherente e inteligible a la apresurada reseña de nuestro representante, el señor Forsyth.

El globo

"Dos notorios fracasos recientes -los del señor Henson y el señor George Cayley- habían debilitado mucho el interés público por la navegación aérea. El proyecto del señor Henson (que aun los hombres de ciencia consideraron al comienzo como factible) se fundaba en el principio de un plano inclinado, lanzado desde una eminencia por una fuerza extrínseca que se continuaba luego por la revolución de unas paletas que en forma y número semejaban las de un molino de viento. Empero, las experiencias practicadas con modelos en la Adelaide Gallery mostraron que la revolución de aquellas paletas no sólo no impulsaba la máquina, sino que impedía su vuelo. La única fuerza de propulsión evidente era el ímpetu adquirido durante el descenso por el plano inclinado, y este ímpetu llevaba más lejos a la máquina cuando las paletas estaban inmóviles que cuando funcionaban, hecho suficientemente demostrativo de la inutilidad de estas últimas. Como es natural, en ausencia de la fuerza propulsora, que era al mismo tiempo sustentadora, la máquina se veía obligada a descender.
"Esta última consideración movió al señor George Cayley a adaptar una hélice a alguna máquina que tuviera una fuerza sustentadora independiente: en una palabra, a un globo. Aquella idea no sólo tenía la novedad de su especial aplicación práctica. El señor George exhibió un modelo en el Instituto Politécnico. El principio propulsor se aplicaba aquí a superficies discontinuas o paletas giratorias. El aparato tenía cuatro paletas, que en la práctica resultaron completamente ineficaces para mover el globo o ayudarlo en su ascensión. El proyecto resultó, pues, un fracaso completo.
"En esta coyuntura, el señor Monck Mason (cuyo viaje de Dover a Weilburg a bordo del globo Nassau provocara tanto entusiasmo en 1837), concibió la idea de aplicar el principio de la rosca o hélice de Arquímedes a los efectos de la propulsión en el aire, atribuyendo correctamente el fracaso de los modelos del señor Henson y de el señor George Cayley a la interrupción de la superficie en las paletas independientes. Llevó a cabo la primera experiencia pública en los salones de Willis, pero más tarde trasladó su modelo a la Adelaide Gallery.
"A semejanza del globo del señor George, su globo era elipsoidal. Tenía trece pies y seis pulgadas de largo por seis pies y ocho pulgadas de alto. Contenía unos 320 pies cúbicos de gas; si se introducía hidrógeno puro, éste podía soportar 21 libras inmediatamente después de haber sido inflado el globo, antes de que el gas se estropeara o escapara. El peso total de la máquina y el aparato era de 17 libras, dejando un margen de unas cuatro libras. Por debajo del centro del globo había una armazón de madera liviana de unos nueve pies de largo, unida al globo por una red como las que se usan habitualmente para ese fin. La barquilla, de mimbre se hallaba suspendida del armazón.
"La hélice consistía en un eje hueco de bronce de 18 pulgadas de largo, en el cual, sobre una semiespiral inclinada en un ángulo de quince grados, pasaba una serie de radios de alambre de acero de dos pies de largo, que se proyectaban a un pie de distancia a cada lado. Dichos radios estaban unidos en sus puntos por dos bandas de alambre aplanado, constituyendo así el armazón de la hélice, la cual se completaba mediante un forro de seda impermeabilizada, cortada de manera de seguir la espiral y presentar una superficie suficientemente unida. La hélice se hallaba sostenida en los dos extremos de su eje por brazos de bronce, que descendían del armazón superior. Dichos brazos tenían orificios en la parte inferior, donde los pivotes del eje podían girar libremente. De la porción del eje más cercana a la barquilla salía un vástago de acero que conectaba la hélice con el engranaje de una máquina a resorte fijada en la barquilla. Haciendo funcionar este resorte o cuerda se lograba que la hélice girara a gran velocidad, comunicando un movimiento progresivo a la aeronave. Gracias a un timón se hacía tomar a ésta cualquier rumbo. El resorte era sumamente fuerte comparado con sus dimensiones y podía levantar 45 libras de peso sobre un rodillo de cuatro pulgadas de diámetro en la primera vuelta, aumentando gradualmente su poder a medida que adquiría velocidad. Pesaba en total ocho libras y seis onzas. El gobernalle consistía en un marco liviano de caña cubierto de seda, parecido a una raqueta; tenía tres pies de largo y un pie en su parte más ancha. Pesaba dos onzas. Podía colocárselo horizontal-mente, haciéndolo subir y bajar, y moverlo a derecha e izquierda verticalmente, con lo cual permitía al aeronauta transferir la resistencia del aire determinada por su inclinación hacia cualquier lado y hacer que el globo se moviera en dirección opuesta.
"Este modelo (que por falta de tiempo hemos descrito imperfectamente) fue ensayado en la Adelaida Gallery, donde alcanzó una velocidad de cinco millas horarias. Aunque parezca extraño, provocó muy poco interés comparado con la anterior y complicada máquina del señor Henson; tan dispuesto se muestra el mundo a despreciar toda cosa que se presente llena de sencillez. Para llevar a cabo el gran desiderátum de la navegación aérea, se suponía en general que debería llegarse a la complicada aplicación de algún profundísimo principio de la dinámica.
"Empero, tan satisfecho se sentía el señor Mason del buen resultado de su invención, que resolvió construir inmediatamente, si era posible, un globo de capacidad suficiente para probar su eficacia en un viaje bastante extenso; la intención original consistía en cruzar el Canal de la Mancha, como se había hecho anteriormente en el globo Nassau. A fin de llevar su proyecto a la práctica, solicitó y obtuvo el patronazgo del señor Everard Bringhurst y del señor Osborne, caballeros bien conocidos por su saber científico y el interés que demostraban por los progresos de la navegación aérea. A pedido del señor Osborne, el proyecto fue mantenido en el más riguroso secreto, y las únicas personas al tanto de la idea fueron aquellas que se ocuparon de la construcción de la máquina. Se construyó ésta bajo la dirección de los señores Mason, Holland, Bringhurst y Osborne, en la residencia de este último, cerca de Penstruthal, en Gales. El señor Henson, así como su amigo el señor Ainsworth, fueron admitidos a una exhibición privada del globo el sábado pasado, cuando ambos caballeros hacían sus preparativos para ser incluidos entre los pasajeros del globo. No se nos ha dado la razón por la cual estos caballeros se agregaron a la expedición, pero dentro de uno o dos días haremos conocer a nuestros lectores los menores detalles concernientes al extraordinario viaje.
"El globo es de seda, barnizado con goma o caucho líquido. De vastas dimensiones, contiene más de 40,000 pies cúbicos de gas. Dado que se utilizó gas de alumbrado en vez de hidrógeno, mucho más costoso, el poder sustentatorio de la aeronave, completamente inflada y poco después, no sobrepasa las 2500 libras. El gas de alumbrado no sólo resulta mucho más barato, sino que es fácilmente obtenible y manejable.
"Debemos al señor Charles Green el uso del gas de alumbrado para los fines de la aeronavegación. Hasta su descubrimiento, la inflación de los globos no sólo era sumamente cara, sino de incierto resultado. Con frecuencia se empleaban dos o tres días en fútiles tentativas para procurarse suficiente cantidad de hidrógeno para llenar un globo, del cual este gas tiene gran tendencia a escapar debido a su extremada tenuidad y a su afinidad con la atmósfera circundante. Un globo suficientemente impermeable como para conservar su contenido de gas de alumbrado durante seis meses, apenas alcanzará a mantener seis semanas una carga equivalente de hidrógeno.
"Habiéndose calculado la fuerza de sustentación en 2500 libras, y el peso de todos los viajeros en 1200, quedaba un excedente de 1300, de los cuales 1200 se integraron con lastre, preparado en sacos de diferente tamaño, cada uno con su peso marcado, cordajes, barómetros, telescopios, barriles con provisiones para una quincena, tanques de agua, abrigos, sacos de noche y otras cosas indispensables, incluido un calentador de café que funcionaba por medio de cal viva, evitando así por completo el uso del fuego, justamente considerado como muy peligroso. Todos estos artículos, salvo el lastre y unas pocas cosas, fueron suspendidos del armazón superior. La barquilla es proporcionalmente mucho más pequeña y liviana que la que se había colocado en el primer modelo en escala reducida. Se la construyó de mimbre liviano y extraordinariamente fuerte a pesar de su frágil aspecto. Tiene unos cuatro pies de profundidad. El gobernalle es mucho más grande que el del modelo, mientras la hélice es bastante más pequeña. El globo está provisto de un ancla con varios ganchos y una cuerdaguía. Esta última es de excepcional importancia y requiere algunas palabras explicativas para aquellos lectores que no se hallan al tanto de la misma.
"Tan pronto el globo se aleja de la tierra, queda sometido a diversas circunstancias que tienden a crear una diferencia en su peso, aumentando y disminuyendo su fuerza ascensional. Por ejemplo, en la seda puede depositarse el rocío, hasta pesar varios cientos de libras; preciso es entonces arrojar lastre, pues de lo contrario la aeronave descenderá. Arrojado el lastre, si el sol hace evaporar el rocío, dilatando al mismo tiempo el gas del globo, éste volverá a ascender. Para impedirlo, el único recurso posible (hasta que el señor Green inventó la cuerdaguía) consistía en dejar escapar un poco de gas por medio de una válvula. Pero la pérdida de gas supone una pérdida equivalente de poder ascensional, vale decir que después de un período relativamente breve el globo mejor construido agotará sus recursos y tendrá que descender. Esto constituía hasta entonces el gran obstáculo para los viajes largos.
"La cuerdaguía remedia esta dificultad de la manera más simple que imaginarse pueda. Consiste en una soga muy larga que cuelga de la barquilla, destinada a impedir que el globo varíe de altitud bajo ninguna circunstancia. Si, por ejemplo, se deposita humedad en la cubierta de seda y la aeronave empieza a descender, no será necesario arrojar lastre para compensar este aumento de peso, sino que bastará soltar la soga hasta que arrastre por el suelo todo lo necesario para establecer el equilibrio. Si, por el contrario, alguna otra circunstancia ocasionara un aligeramiento del globo y su consiguiente ascenso, se lo contrarresta recogiendo cierta cantidad de soga, cuyo peso se agrega entonces al del globo. En esta forma el aerostato sólo subirá y bajará muy poco, y su capacidad de gas y de lastre se mantendrá invariable. Cuando se vuela sobre una superficie líquida hay que emplear pequeños barriles de cobre o madera, llenos de una sustancia líquida más liviana que el agua. Dichos barriles flotan y cumplen la misma función que la soga en tierra firme. Otra función importante de esta última consiste en señalar la dirección del globo. Tanto en tierra como en mar, la cuerda arrastra sobre la superficie y, por tanto, el globo vuela siempre un poco adelantado con respecto a ella; basta, pues, establecer una relación entre ambos objetos por medio del compás para establecer el rumbo. Del mismo modo, el ángulo formado por la cuerda con el eje vertical del globo indica la velocidad de éste. Cuando no hay ningún ángulo, o, en otras palabras, cuando la cuerda cuelga verticalmente, el aparato se encuentra estacionario; cuanto más abierto sea el ángulo, es decir, cuanto más adelante se halle el globo con respecto al extremo de la cuerda, mayor será la velocidad, y viceversa.
"Como la intención original consistía en cruzar el Canal de la Mancha y descender lo más cerca posible de París, los viajeros habían tenido la precaución de proveerse de pasaportes válidos para todos los países del continente, especificando la naturaleza de la expedición, como en el caso del viaje del Nassau, y facilitándoles la exención de las formalidades habituales de las aduanas; acontecimientos inesperados, empero, hicieron inútiles estos documentos.
"La inflación del globo empezó con la mayor reserva al amanecer del sábado 6 del corriente, en el gran patio de Wheal-Vor House, residencia del señor Osborne, a una milla de Penstruthal, Gales del Norte. A las once y siete minutos los preparativos quedaron terminados, y el globo se elevó suave pero seguramente en dirección al sur. Durante la primera media hora no se emplearon ni la hélice ni el gobernalle. Transcribimos ahora el diario de viaje, según lo recogió el señor Forsyth de los manuscritos de los señores Monck Mason y Ainsworth. El cuerpo principal del diario es de puño y letra del señor Mason, al cual se agrega una posdata diaria del señor Ainsworth, quien tiene en preparación y dará pronto a conocer una crónica tan detallada cuanto apasionante del viaje."

El diario

"Sábado 6 de abril. -Luego que todos los preparativos que podían resultar molestos quedaron terminados durante la noche, empezamos la inflación al alba; una espesa niebla que envolvía los pliegues de la seda y no nos permitía disponerla debidamente atrasó esta tarea hasta las once de la mañana. Desamarramos entonces llenos de optimismo y subimos suave pero continuamente, con un ligero viento del norte que nos llevó hacia el Canal de la Mancha. Notamos que la fuerza ascensional era mayor de lo que esperábamos; una vez que hubimos remontado sobrepasando la zona de los acantilados, los rayos solares influyeron para que nuestro ascenso se hiciera aún más rápido. No quise, sin embargo, perder gas en esta temprana etapa de nuestra aventura, y decidimos seguir subiendo. No tardamos en recoger nuestra cuerdaguía, pero, aun después que hubo dejado de tocar tierra, seguimos subiendo con notable rapidez. El globo se mostraba insólitamente estable y su aspecto era magnífico. Diez minutos después de salir, el barómetro indicaba 15,000 pies de altitud. Teníamos un tiempo excelente, y el panorama de las regiones circundantes, uno de los más románticos visto desde cualquier lado, era ahora particularmente sublime. Las numerosas y profundas hondonadas daban la impresión de lagos, a causa de los densos vapores que las llenaban, y los montes y picos del sudeste, amontonado en inextricable confusión, sólo admitían ser comparados con las gigantescas ciudades de las fábulas orientales.
"Nos acercábamos rápidamente a las montañas meridionales, pero estábamos lo bastante elevados como para franquearlas sin riesgo. Pocos minutos después las sobrevolamos magníficamente; tanto el señor Ainsworth como los dos marinos se sorprendieron de su aparente pequeñez vistas desde la barquilla, ya que la gran altitud de un globo tiende a reducir las desigualdades de la superficie de la tierra hasta dar la impresión de una continua llanura. A las once y media, derivando siempre hacia el sur, tuvimos nuestra primera visión del Canal de Bristol; quince minutos más tarde, los rompientes de la costa se hallaban debajo de nosotros, e iniciábamos el vuelo sobre el mar. Resolvimos entonces soltar suficiente gas como para que nuestra cuerdaguía, con las boyas atadas al extremo, tomara contacto con el agua. Se hizo así de inmediato e iniciamos un descenso gradual. Veinte minutos más tarde nuestra primera boya tocó el agua y, cuando la segunda estableció a su vez contacto, quedamos a una altura estacionaria. Todos estábamos ansiosos por probar la eficacia del gobernalle y de la hélice, y los hicimos funcionar inmediatamente a fin de acentuar el rumbo hacia el este, en dirección a París. Gracias al timón, no tardamos en desviamos en ese sentido, manteniendo el rumbo casi en ángulo recto con el del viento; luego hicimos funcionar el resorte de la hélice y nos regocijamos muchísimo al comprobar que nos impulsaba exactamente como queríamos. En vista de ello lanzamos nueve hurras de todo corazón y arrojamos al mar una botella conteniendo un pergamino donde se describía brevemente el principio de la invención.
"Apenas habíamos terminado de expresar nuestro contento, cuando un accidente inesperado nos descorazonó muchísimo. El vástago de acero que conectaba el resorte con la hélice se salió bruscamente de su lugar en la barquilla (a causa de un balanceo de la misma, ocasionado por algún movimiento de uno de los marinos que habíamos embarcado con nosotros), y quedó colgando lejos de nuestro alcance, tomado en el pivote del eje de la hélice. Mientras tratábamos de recuperarlo, y nuestra atención se hallaba por completo absorbida en esto, nos tomó un fortísimo viento del este que nos llevó con fuerza creciente rumbo al Atlántico. Pronto nos encontramos volando a un promedio que ciertamente no era inferior a 50 ó 60 millas por hora, tanto que llegamos a la altura de Cape Clear, situado a unas 40 millas al norte, antes de haber asegurado el vástago y tener una idea clara de lo que ocurría.
"Fue entonces cuando el señor Ainsworth formuló una propuesta extra-ordinaria, pero que en mi opinión no tenía nada de irrazonable o de quimérica, y que fue inmediatamente secundada por el señor Holland: quiero decir que aprovecháramos la fuerte brisa que nos impulsaba y, en lugar de retroceder rumbo a París, hiciéramos la tentativa de alcanzar la costa de Norteamérica, la cual (¡cosa rara!) sólo fue objetada por los dos marinos. Pero, como estábamos en mayoría, dominamos sus temores y decidimos mantener resueltamente el rumbo. Seguimos, pues, hacia el oeste; pero como el arrastre de las boyas demoraba nuestro avance y teníamos perfecto dominio sobre el globo, tanto para subir como para bajar, empezamos por desprendernos de 50 libras de lastre y luego, por medio de un cabestrante, recogimos la cuerda hasta conseguir que no tocara la superficie del mar. Inmediatamente notamos el efecto de esta maniobra, pues aumentó nuestra velocidad y, como el viento acreciera, volamos con una rapidez casi inconcebible; la cuerdaguía flotaba detrás de la barquilla como un gallardete en un navío.
"De más está decir que nos bastó poquísimo tiempo para perder de vista la costa. Pasamos sobre cantidad de navíos de toda clase, algunos de los cuales trataban de navegar a la bolina, pero en su mayoría se mantenían a la capa. Provocamos el más extraordinario revuelo a bordo de todos ellos, revuelo del que gozamos grandemente, y muy especialmente nuestros dos marineros, que, bajo la influencia de un buen trago de ginebra, se habían resuelto a tirar por la borda escrúpulo y todo temor. Muchos de aquellos barcos nos dispararon salvas, y en todos ellos fuimos saludados con sonoros hurras (que oíamos con notable nitidez) y saludos con gorras y pañuelos. Continuamos en esta forma durante todo el día sin mayores incidentes, y cuando nos envolvieron las sombras de la noche, calculamos grosso modo la distancia recorrida, encontrando que no podía bajar de 500 millas, y probablemente las excedía por mucho. La hélice funcionaba continuamente y sin duda ayudaba en gran medida a nuestro avance. Cuando se puso el sol, el viento se convirtió en un verdadero huracán y el océano era perfectamente visible a causa de su fosforescencia. El viento sopló del este toda la noche, dándonos los mejores augurios de éxito. Sufrimos muchísimo a causa del frío, y la humedad atmosférica era harto desagradable; pero el amplio espacio en la barquilla nos permitía acostarnos, y con ayuda de nuestras capas y algunos colchones pudimos arreglarnos bastante bien.
"P.S. [por el señor Ainsworth]. -Las últimas nueve horas han sido indiscutiblemente las más apasionantes de mi vida. Imposible imaginar nada más exaltante que el extraño peligro, que la novedad de una aventura como ésta. ¡Quiera Dios que triunfemos! No pido el triunfo por la mera seguridad de mi insignificante persona, sino por el conocimiento de la humanidad y por la grandeza de semejante triunfo. Sin embargo, la hazaña es tan practicable que me asombra que los hombres hayan vacilado hasta ahora en intentarla. Basta con que una galerna como la que ahora nos favorece arrastre un globo durante cuatro o cinco días (y estos huracanes suelen durar más) para que el viajero se vea fácilmente transportado de costa a costa. Con un viento semejante el vasto Atlántico se convierte en un mero lago.
"En este momento lo que más me impresiona es el supremo silencio que reina en el mar por debajo de nosotros, a pesar de su gran agitación. Las aguas no hacen oír su voz a los cielos. El inmenso océano llameante se retuerce y sufre su tortura sin quejarse. Las crestas montañosas sugieren la idea de innumerables demonios gigantescos y mudos, que luchan en una imponente agonía. En una noche como ésta, un hombre vive, vive un siglo entero de vida ordinaria; y no cambiaría yo esta arrebatadora delicia por todo ese siglo de vida común.
"Domingo 7 [por el señor Mason].-A las diez de la mañana la galerna amainó hasta convertirse en un viento de ocho o nueve nudos (con respecto a un barco en alta mar), llevándonos a una velocidad de unas 30 millas horarias. El viento ha girado considerablemente hacia el norte, y ahora, a la puesta del sol, mantenemos nuestro rumbo hacia el oeste gracias al gobernalle y a la hélice, que cumplen sus tareas de manera admirable. Considero que mi mecanismo ha tenido el mejor de los éxitos, y la navegación aérea hacia cualquier rumbo (y no a merced de los vientos) deja de ser un problema. Cierto es que no hubiéramos podido volar en contra del fuerte viento de ayer, pero, en cambio, ascendiendo, hubiésemos escapado a su influencia de haber sido ello necesario. Estoy convencido de que con ayuda de la hélice podríamos avanzar contra un viento bastante intenso. A mediodía alcanzamos una altura de 25,000 pies, luego de arrojar lastre. Buscábamos una corriente de aire más directa, pero no hallamos ninguna tan favorable como la que seguimos ahora. Tenemos abundante provisión de gas para cruzar este insignificante charco, aunque el viaje nos lleve tres semanas. El resultado final no me inspira el más mínimo temor. Las dificultades de la empresa han sido extrañamente exageradas y mal entendidas. Puedo elegir mi viento más favorable y, en caso de que todos los vientos fuesen contrarios, la hélice me permitiría seguir adelante. No ha habido ningún incidente digno de mención. La noche se anuncia muy serena.
"P.S. [por el señor Ainsworth].-Poco tengo que anotar, salvo que, para mi sorpresa, a una altura igual a la del Cotopaxi no he sentido ni mucho frío, ni dificultad respiratoria o jaqueca. Todos mis compañeros coinciden conmigo; tan sólo el señor Osborne se quejó de cierta opresión en los pulmones, pero pronto se le pasó. Hemos volado a gran velocidad durante el día y debemos hallarnos a más de la mitad del Atlántico. Pasamos sobre veinte o treinta navíos de diversos tipos, y todos ellos se mostraron jubilosamente asombrados. Cruzar el océano en globo no es, después de todo, una hazaña tan ardua. Omne ignotum pro magnifico. Detalle interesante: a 25,000 pies de altura el cielo parece casi negro y las estrellas se ven con toda claridad; en cuanto al mar, no aparece convexo, como podría suponerse, sino total y absolutamente cóncavo.
"Lunes 8 ([por el señor Mason].-Esta mañana volvimos a tener algunas dificultades con la varilla de la hélice, que deberá ser completamente modificada en el futuro, para evitar accidentes serios. Aludo al vástago de acero y no a las paletas, pues éstas son inmejorables. El viento sopló constante y fuertemente del norte durante todo el día, y hasta ahora la fortuna parece dispuesta a favorecemos. Poco antes de aclarar nos alarmaron algunos extraños ruidos y sacudidas en el globo, que, sin embargo, no tardaron en cesar. Aquellos fenómenos se debían a la dilatación del gas por el aumento del calor atmosférico, y la consiguiente ruptura de las menudas partículas de hielo que se habían formado durante la noche en toda la estructura de tela. Arrojamos varias botellas a los navíos que encontrábamos. Vimos que una de ellas era recogida por los tripulantes de un navío, probablemente uno de los paquebotes que hacen el servicio a Nueva York. Tratamos de leer su nombre, pero no estamos seguros de haberlo entendido. Con ayuda del catalejo del señor Osborne desciframos algo así como Atalanta. Ahora es medianoche y seguimos volando rápidamente hacia el oeste. El mar está muy fosforescente.

"P.S. [por el señor Ainsworth].-Son las dos de la madrugada y el tiempo sigue muy sereno; resulta difícil saberlo exactamente, pues el globo se mueve junto con el viento. No he dormido desde que salimos de Wheal-Vor, pero me es imposible seguir resistiendo y trataré de descansar un rato. Ya no podemos estar lejos de la costa norteamericana.
"Martes 9 [por el señor Ainsworth]. -A la una p.m. Estamos a la vista de la costa baja de Carolina del Sur. El gran problema ha quedado resuelto. ¡Hemos cruzado el Atlántico... cómoda y fácilmente, en globo! ¡Alabado sea Dios! ¿Quién dirá desde hoy que hay algo imposible?"

Así termina el diario de navegación. El señor Ainsworth, empero, agregó algunos detalles en su conversación con el señor Forsyth. El tiempo estaba absolutamente calmo cuando los viajeros avistaron la costa, que fue inmediatamente reconocida por los dos marinos y por el señor Osbome. Como este último tenía amigos en el fuerte Moultrie, se resolvió descender en las inmediaciones. Se hizo llegar el globo hasta la altura de la playa (pues había marea baja, y la arena tan lisa como dura se adaptaba admirablemente para un descenso) y se soltó el ancla, que no tardó en quedar firmemente enganchada. Como es natural, los habitantes de la isla y los del fuerte se precipitaron para contemplar el globo, pero costó muchísimo trabajo convencerlos de que los viajeros venían... del otro lado del Atlántico. El ancla se hincó en tierra exactamente a las dos p.m., y el viaje quedó completado en 75 horas, o quizá menos, contando de costa a costa. No ocurrió ningún accidente serio durante la travesía, ni se corrió peligro alguno. El globo fue desinflado sin dificultades. En momentos en que la crónica de la cual extraemos esta narración era despachada desde Charleston, los viajeros se hallaban todavía en el fuerte Moultrie. No se sabe cuáles son sus intenciones futuras, pero prometemos a nuestros lectores nuevas informaciones, ya sea el lunes o, a más tardar, el martes.
Estamos en presencia de la empresa más extraordinaria, interesante y trascendental jamás cumplida o intentada por el hombre. Vano sería tratar de deducir en este momento las magníficas consecuencias que de ella pueden derivarse.

1.011. Poe (Edgar Allan)