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domingo, 4 de agosto de 2013

Los aldeanos en parís durante el sitio

En Champrosay eran muy dichosos. Su corral caía precisamente bajo mis ventanas, y durante seis meses al año su vida corría casi mezclada con la mía. Mucho antes del amanecer ya oía al hombre entrar en la cuadra, en­ganchar la carreta y marcharse a Corbeil a vender sus legumbres; más tarde se levantaba la mujer, arreglaba a los chicos, llamaba a las gallinas, ordeñaba la vaca, y ya después, en toda la mañana, no se oía más que subir y en zuecos, unas veces grandes y otras pequeños, la escalera de madera. Después de comer se hacía el silen­cio. El padre estaba en el campo; los chiquillos, en la escuela, y la madre vagaba silenciosa, tendiendo la ropa en la corraliza o cosiendo delante de la puerta sin perder de vista al pequeñín. Algunas veces pasaba alguien por el camino, y se ponía a charlar sin que parase por ello la aguja.
Un día, a fines de agosto, oí a la mujer que decía a una vecina:
-¡Los prusianos! ¡Vaya! Pero ¿acaso están en Fran­cia?
Yo, desde mi ventana, le grité:
-¡Están en Châlons, señora Juana!
Ella soltó una carcajada. En este apartado rincón de Seine-et-Oise los aldeanos no creían en la invasión.
Sin embargo, todos los días se veían pasar carros car­gados de bagajes. Las casas de los burgueses iban cerrán­dose, y en ese estupendo mes de los días largos los jardi­nes acabaron de florecer, tristes y desiertos, tras las ver­jas cerradas. Poco a poco mis vecinas fueron alarmán­dose; a cada uno que se marchaba les entraba un poco mál de tristeza. Hasta que una mañana sonaron los re­dobles de tambor por todas partes. Era un bando del al­calde. Había que ir a París a vender la vaca, la hierba: todo para que no lo atraparan los prusianos.
Y a París se fue el hombre, pero ¡qué viaje más tris­te! Pesados carros de mudanza se sucedían en fila por en medio de la carretera, entre piaras de cerdos y rebaños de carneros que se metían asustados debajo de las mis­mas ruedas, y bueyes uncidos que mugían tirando de los carros; por la orilla, siguiendo la cuneta, caminaba la gen­te, detrás de los carretones de mano, cargados de mue­bles viejos, butacas de colores desvaídos, mesas estilo im­perio y espejos cubiertos de gasas; se pensaba en la zozo­bra que debió de haber entrado en las casas para remover estas cenizas, andar con reliquias semejantes y llevárse­las en montones por los ignorados caminos.
Una ingente multitud se apiñaba en las puertas de Pa­rís. Hubo que esperar dos horas. Mientras, el pobre hom­bre, estrujado contra su vaca, miraba espantado las tro­neras de los cañones, los fosos llenos de agua, las forti­ficaciones, que crecían rápidamente; los altos álamos de Italia, abatidos, secos, a la orilla del camino. De noche volvió consternado a su casa y contó a su mujer cuanto había visto. La mujer sintió miedo y quería marcharse al día siguiente; pero la marcha fue retrasándose de un día para otro. Ya era por una cosecha por recoger, ya por un trozo de tierra que querían labrar antes. Tal vez fuese aún tiempo de meter la uva. Y sobre todo eso, una vaga y débil esperanza en el fondo del corazón de que acaso los prusianos no pasaran por allí.
Una noche fueron despertados por una formidable de­tonación. Había sido volado el puente de Corbeil. Unos hombres iban por ia aldea llamando de puerta en puerta.
-¡Los ulanos! ¡Los ulanos! Poneos a salvo.
Rápidamente se levantaron de la cama, engancharon el carri-coche, vistieron a los niños, medio dormidos aún, y escaparon por el atajo con algunos otros vecinos. Cuan­do alcanzaron lo alto de la colina, la campana dio las tres. Por última vez se volvieron a mirar. El abrevadero, la plaza de la iglesia, los caminos habituales, el que baja hacia el Sena, el que se mete por los viñedos, todo le pa­reció ya extraño, y en la pálida bruma de la mañana la pequeña aldea abandonada apiñaba sus casas unas contra otras como si temblase esperando el terrible momento.

Ahora viven en París, en dos habitaciones de un cuar­to piso, en una calle oscura. El hombre verdaderamente no lo pasa mal. Ha encontrado trabajo; además es de la guardia nacional, va a las murallas, a la instrucción, y se aturde todo lo que puede para olvidar su granero vacío y sus tierras sin sembrar. La mujer, más montaraz, se deses­pera, se aburre, no sabe qué hacer de sí misma. A las dos mayores las ha internado en un colegio, y las chi­quillas se ahogan en aquel edificio sombrío, sin jardín, acordándose de su bonito convento entre los prados, ale­gre y rumoroso como una colmena, y de la caminata que tenían que hacer todas las mañanas a través del bosque para ir a clase. La madre sufre viéndolos, pero quien más le inquieta es el pequeño.
Porque el pequeño, allá en la aldea, iba y venía, y co­gido de sus faldas, por el patio de la casa, saltando el es­calón de la entrada tantas veces como ella, metiendo sus manitas enrojecidas en la cuba de la lejía, sentándose junto a la puerta cuando ella, para descansar, se ponía a hacer calceta. Aquí, cuatro pisos que subir, una esca­lera oscura como para romperse la crisma, un fuego apa­gado en la estrecha chimenea, las ventanas altas y un ho­rizonte gris por el humo y de tejados de pizarras mojadas.
Existe, eso sí, un patio donde podría jugar el niño, pero la portera no lo permite. ¡Las porteras! ¡Una invención más de las ciudades! Porque allá, en la aldea, cada uno es dueño de su casa y tiene un rincón que él mismo guar­da; la casa está abierta de par en par todo el día; por la noche se echa un gran pestillo de madera, y la casa entera se hunde sin recelo alguno en la oscura noche de los cam­pos, preñada de apacibles sueños. Un perro, de vez en cuando, ladra a la luna, pero eso no preocupa a nadie. En París, en las casas pobres, el amo auténtico es la por­tera. El pequeñín no se atreve a bajar solo debido al mie­do que le causa esta perversa mujer, que le ha hecho ven­der su cabra, con la excusa de que le llenaba el suelo de paja y de mondaduras el suelo del patio.
Por todo esto, la pobre mujer no sabe ya qué inven­tar para entretener al niño, que se muere de puro aburri­miento. En cuanto acaban de comer le abriga bien, como si fuesen al campo, y le lleva de paseo por las calles a lo largo de los bulevares. El chiquillo, asustado, sorprendido y casi perdido, apenas si se atreve a mirar en torno suyo. Sólo le interesan los caballos, quizá porque es lo único que conoce y que le hace sonreír. La madre tampoco encuen­tra gusto en nada. Anda lentamente pensando en su ha­cienda, en su casa, y cuando se les ve pasar, ella con su porte honrado, su traje limpio y el pelo liso, y el niño con su cara redonda y sus grandes zuecos, se adivina en se­guida que están desorientados, desterrados, desplaza-dos, y que lo que añoran más profunda-mente es el aire puro y la soledad de los caminos de su aldea.

Cuento del lunes

1.034. Daudet (Alfonso) - 022

Los aduaneros

Hace varios años el inspector general de aduanas de Córcega me llevó consigo en viaje de inspección a lo largo de la costa. Aunque a él no se lo pareciera, fue un viaje memorable para mí. Cuarenta días de mar -casi el tiem­po suficiente para ir hasta La Habana- en una vieja bar­caza en la que para resguardarse del viento, de las olas, de la lluvia, solamente había una camareta embreada tan estrecha que apenas cabía una mesa y dos literas.
Había que ver a nuestros marineros durante el tem­poral. Con el rostro chorreando, calados hasta los huesos, los infelices se pasaban en pleno invierno días enteros, no­ches completas, acurrucados en los bancos mojados, tiri­tando de frío, envueltos en esta humedad mal-sana. No era posible encender fuego a bordo y a menudo resultaba difí­cil alcanzar la costa.
Pues bien: ni uno solo de estos hombres lamentaba su suerte. Y hasta en las circunstancias más duras los he visto siempre con la misma tranquilidad, con el mismo buen humor. Y, sin embargo, ¡qué vida tan triste la de esos marineros aduaneros!
Casados en su inmensa mayoría, con mujer e hijos en tierra, permanecen durante meses fuera, bordeando estas costas tan peligrosas. Su alimento se reduce a pan enmohe­cido y cebolla cruda. Jamás prueban el vino ni la carne, porque la carne y el vino son caros y esta gente sólo gana quinientos francos al año. ¡Quinientos francos al año! ¡Cuán mísera ha de ser su vivienda allá abajo en la playa! ¡Y sus hijos deberán de ir siempre descalzos! ¡Qué im­porta! Toda aquella gente parecía contenta. A popa, de­lante mismo de la cama-reta, había una enorme cubeta llena de agua de lluvia, en la que la tripulación venía a saciar su sed. Recuerdo que al acabar de beber, estos po­bres diablos apartaban el vaso de los labios con un « ¡Ah!» de satisfacción, y en su rostro se dibujaba una expresión de bien-estar, cómica y enternecedora a la vez.
El más alegre y satisfecho de todos era un marino pequeño, curtido y rechoncho, llamado Palombo. Se pa­saba la vida cantando, hasta en plena tempestad. Cuando había marejada, el cielo se ponía plomizo, las nubes esta­ban bajas, caía un granizo diminuto y todos oteaban el horizonte con la mano en la oreja para adivinar de dónde soplaría el viento, entonces rasgaba el silencio y la ansie­dad de a bordo la voz tranquila de Palombo, que comen­zaba a cantar:

No, mi señor,
es mucho honor;
Lisa, en verdad,
quedó en ciudad...

Las ráfagas de viento azotaban la embarcación, arran­caban gemidos de las jarcias, inundaban de agua la cu­bierta, pero la canción del aduanero proseguía alegre, ba­lanceándose como una gaviota en las crestas de las olas.
A veces el viento soplaba más recio y apenas si se oían algunas palabras; pero en el intervalo entre dos golpes de mar, mientras chorreaba agua por todas partes, se distin­guía el estribillo constante:

Lisa, en verdad,
quedó en ciudad...

Sin embargo, cierto día que el viento y la lluvia eran más fuertes no llegó a mis oídos la canción. Era algo insó­lito, tan extraordinario que decidí salir de la camareta para averiguar lo que ocurría.
-¡Eh, Palombo! ¿Ya no se canta? -le grité, asomando la cabeza.
Palombo no contestó. Permanecía inmóvil, tendido en su banco. Me acerqué a él. Le castañeteaban los dientes, y todo su cuerpo temblaba de fiebre.
-Tiene una puntura -me informaron sus compañe­ros, con la tristeza reflejada en el rostro.
Esta gente llama puntura a la pleuresía, porque pro­voca una punzada en el costado.
El cielo plomizo, la embarcación chorreando, el pobre enfermo febril arropado en su viejo capote de caucho, re­luciente bajo la lluvia, que le daba aspecto de piel de foca: jamás había visto nada tan lúgubre. Pronto el frío, el viento y el violento sacudir de las olas agravaron su mal. Se apo­deró de él el delirio y hubo que pensar en alcanzar el puerto más cercano.
Tras inauditos esfuerzos logramos arribar al anochecer a un puertecillo árido y silencioso, solamente animado por el vuelo en circuito de algunas avecillas. Altas rocas escar­padas rodeaban la playa, coronadas por malezas inextri­cables y arbustos de hoja perenne de un verde muy oscuro. Abajo, a ras del agua, se veía una casita blanca de postigos grises: era la aduana.
En medio de este paraje desierto, ese edificio estatal, con un número en el dintel como una gorra de uniforme, tenía un aspecto siniestro.
Aquí bajamos al desdichado Palombo. Triste asilo para un enfermo. Encon-tramos al aduanero que se disponía a comer, sentado junto al fuego, con su mujer y sus hijos. Todos tenían las facciones demacradas, amarillentas, los ojos desencajados, amoratados y febriles. La madre, joven aún, con una criatura en los brazos, temblaba como una azogada mientras hablaba.
-Es un sitio terrible -me susurró al oído el inspec­tor. Está ordenado que los aduaneros sean relevados cada dos años. Las fiebres palúdicas se los comen.
Sin embargo, en este caso se requería la presencia de un médico. Y no había ninguno hasta la localidad de Sar­tène, es decir, a seis u ocho leguas de allí. ¿Qué hacer? Nuestros marineros estaban comple-tamente agotados y era demasiado lejos para enviar a cualquier niño. Entonces la mujer se asomó afuera y gritó:
-¡Cecco! ¡Cecco!
Vimos entrar a un mozallón ligero y desenvuelto, ver­dadero tipo de cazador furtivo o de banditto, cubierto con un gorro de lana oscura y una pelliza de piel de cabra. Al desembarcar, ya me había llamado la atención. Le había visto sentado a la puerta, con la pipa encendida entre los dientes y un fusil en las rodillas; pero, sin saber por qué, había echado a correr al acercarnos. Tal vez se imaginó que venían carabineros con nosotros.
-Es mi primo -dijo la aduanera. No hay peligro de que se extravíe en la maleza.
Luego habló con él en voz baja, mientras señalaba al enfermo. El individuo hizo una leve inclinación sin pro­nunciar palabra, salió, silbó a su perro y partió veloz, con el fusil al hombro, saltando de roca en roca con sus largas piernas.
Mientras tanto los niños, a quienes parecía aterrorizar la presencia del inspector, acabaron de prisa su plato de castañas y queso blanco.
Finalmente la madre subió a acostarlos. El padre en­cendió la linterna y se fue de inspección por la, costa. Noso­tros nos quedamos junto al fuego, velando al enfermo que se debatía en el jergón, como si aún estuviésemos en el mar, sacudidos por las olas.
Para aliviarle en parte su puntura, pusimos a calentar guijarros y ladrillos que aplicamos después al costado. Una o dos veces que me acerqué a él pareció reconocerme, me tendió penosamente la mano y yo estreché entre las mías la suya ardiente y reseca que semejaba uno de los la­ drillos recién sacados del fuego.
¡Triste velada! Afuera el tiempo había empeorado al caer el día, y se oía el estrépito infernal de la tempestad, los chorros de espuma y la batalla de las rocas y el mar. De vez en cuando el huracán se deslizaba por la bahía y envolvía por entero la casita. El fuego del hogar se avi­vaba súbitamente e iluminaba de pronto los rostros taci­turnos de los marineros reunidos en torno de la chimenea, que contemplaban la lumbre con esa plácida expresión que proporciona el hábito de las grandes extensiones y de los horizontes sin fin.
También a veces Palombo gemía suavemente. Entonces todas las miradas se volvían hacia el rincón oscuro donde el viejo compañero estaba en trance de muerte, lejos de los suyos, sin auxilio. De su pecho hinchado se escapaban profundos suspiros.
Es lo único que arranca a estos trabajadores del mar, pacientes y dulces, el sentimiento de su propio infortunio. Entre ellos no hay revueltas ni huelgas. ¡Un suspiro y nada más!
Sin embargo, al pasar ante mí un aduanero para avi­var el fuego con una brazada de broza, me susurró afli­gido:
-Ya lo ve, señor. ¡Cuán penoso es a veces nuestro oficio!

Cuento del lunes

1.034. Daudet (Alfonso) - 022

Las madres

(Recuerdo del sitio de la ciudad)

Una mañana me fui al fuerte de Mont-Valerien para ver a mi amigo el pintor B..., lugarteniente de los guar­dias móviles del Sena, y le hallé precisamente de centinela. Como no había posibilidad de que se apartara de su pues­to, tuvimos que resignarnos a pasear en todos los sentidos, como los marinos de guardia, delante de la poterna del fuerte, hablando de París, de la guerra y de los amigos ausentes. De pronto el teniente, que, pese a la guerrera de la guardia móvil, seguía siendo el feroz pintorzuelo de siempre, se interrumpió y, cogiéndome por el brazo, me dijo:
-¡Qué magnífico Daumier![1] -Y con el rabillo del ojo, iluminado súbitamente como el ojo de un perro de caza, me señaló dos venerables figuras que acababan de aparecer sobre la meseta de Mont-Valerien.
En efecto: un magnífico Daumier. El hombre, con un largo redingote castaño, con cuello de terciopelo verde, como hecho con musgo viejo de los bosques; delgado, pe­queño y colorado, la frente estrecha, los ojos redondos y la nariz como el pico de una lechuza: una cabeza de pá­jaro arrugado solemne y estúpida. Completaba la figura una bolsa de tela estampada, de donde salía el cuello de una botella, y bajo el otro brazo, una lata de conservas. La eterna caja de conservas que los parisienses no pueden ver sin recordar en el acto los cinco meses de bloqueo. De la mujer no se veía más que un sombrero de capucha enorme y un viejo chal que la cubría toda, como dibujando más aún su miseria, y de vez en cuando, entre los adornos marchitos de su capota, el pico de una nariz en punta y algunos cabellos encanecidos y escasos. Al poner el pie en la meseta el hombre se detuvo para tomar aliento y limpiarse el sudor que le corría por la frente. Y sin embargo allá arriba no hacía ni pizca de calor: eran los brumosos días de fines de noviembre, pero habían venido andando sin detenerse.
La mujer no se paró, sino que siguió en dirección a la puerta, y al cruzarse con nosotros nos miró indecisa, como si quisiese decir algo. Tal vez intimidada por los galones del oficial creyó más acertado dirigirse al centinela, y la oí preguntar tímidamente por su hijo, movilizado de Pa­rís, de la Sexta del tercero.
El centinela contestó:
-Espere un momento aquí: voy a llamarle.
Contentísima y dando un suspiro de alivio se volvió hacia su marido y juntos fueron a sentarse, algo aparta­dos, en el borde de un talud.
Esperaron allí durante mucho tiempo. ¡El Mont-Vale­rien es tan grande, tan lleno de caminos, de glacis, de ba­luartes, de cuarteles, de casamatas!... ¡Es tremendo ir en busca de un soldado en esta intrincada ciudad, colgada entre la tierra y el cielo, flotando en espiral en medio de las nubes como la isla de Laputa! Porque hay que tener en cuenta que a esta hora el fuerte es una algarabía de tambores, de trompetas, de soldados que trajinan de un lado para otro, de cantimploras que entrechocan con es­trépito; la limpieza, el reparto de rancho, una espía san­grando que conducen a culatazos unos francotiradores; aldeanos de Nanterre, que vienen a quejarse al general; un correo que llega al galope, aterido el jinete y chorrean­do la cabalgadura; artolas que vuelven de las avanzadas con heridos que se balancean a los costados de las mulas y se quejan dulcemente como corderos enfermos; mari­neros halando una pieza nueva al son del pífano o del « ¡Iza, oh!». El rebaño del fuerte, que dirige un pastor de pantalón encarnado, la vara en una mano y el fusil en bandolera. Todo esto va y viene, se entrecruza en los caminos, se hunde por el portillo como por la puerta baja de un hostal de caravanas de Oriente.
En los ojos de aquella pobre madre se leía todo el rato esta exclamación: «¡Ah ¡Ahque se han olvidado de mi hijo!»
Se levantaba cada cinco minutos, se acercaba discre­tamente y dirigía una furtiva mirada por el zaguán, gua­reciéndose contra el muro; pero no se atrevía a preguntar nada, temiendo poner en ridículo a su hijo.
Más tímido que su mujer, el hombre no se movía de su asiento, y cada vez que ella volvía a sentarse, con el corazón oprimido y aire desalentado, se veía que la reñía por su impaciencia y se extendía en explicaciones acerca de las necesidades del servicio, con gesto de idiota que presume de enterado.
He sentido siempre curiosidad por estas pequeñas es­cenas silenciosas e íntimas, que se adivinan más que se ven, de esas pantomimas de la calle que pasan a nuestro lado y con una sola mueca nos revelan una vida entera. Lo que más me cautivaba en ésta era la torpeza, la inge­nuidad de los personajes, y sentía una emoción profunda en seguir a través de su mímica expresiva y límpida, como el alma de dos actores de Serafín, todas las peripecias de un tierno drama familiar.
Me parecía ver a la madre, una mañana, diciendo:
-Estoy aburrida del general Trochu con sus consig­nas; hace tres meses que no veo a mi hijo. Quiero ir a darle un abrazo.
El padre, tímido, torpe para la vida, espantado ante la idea de las gestiones que tendría que realizar para con­seguir un permiso, había, en un principio, tratado de ar­gumentar:
-Ni pensarlo. Mont-Valerien está donde Cristo dio las tres voces. ¿Cómo, además, irás sin coche? Ten en cuenta que es una ciudadela y no dejan entrar a las mu­jeres.
-Pues yo entraré -es la afirmación de la madre.
Y como la que manda es ella, el hombre tiene que echarse a la calle para ir a la comandancia, a la alcaldía, al estado mayor, a ver al comisario, sudando de espanto, helado de frío, trompicando por todos lados, equivocán­dose de puerta, esperando más de dos horas en una ofici­na para terminar sabiendo que no era allí... En fin: por la noche tenía en su poder un permiso del gobernador. A la mañana siguiente, muy tempranito, tiritando a la luz de la lámpara, come el hombre un bocado para reaccio­nar, pero ella no tiene apetito; prefiere desayunarse con el hijo. Y para obsequiar un poco al pobre soldado, en un decir amén fueron a parar a la bolsa de tela todas sus provisiones: chocolate, confituras, vino de marca, inclus la lata de conservas, una caja de ocho francos que se guardaba como un tesoro para los días de escasez. Y todo preparado ya, ¡a la calle! Cuando alcanzan las muralla acaban de abrirse las puertas; se les exige el permiso... La madre tiene miedo... Pero no: por lo visto todo está en orden.
El oficial de guardia exclama:
-Dejadlos pasar.
Ella no pudo respirar hasta aquel momento.
-¡Qué amable ha estado el oficial!
Y rauda como una centella echa a andar muy de prisa.
El hombre a duras penas puede seguirla.
-Vas muy de prisa.
Ella ni le escucha. Desde allá lejos, entre las tinieblas del horizonte, Mont-Valerien le hace señas.
-¡Corred, corred, está aquí!
Para cuando ya han llegado, sienten una nueva an­gustia.
-¿Y si no me lo encontraran..., si no pudiese venir?...
La vi estremecerse súbitamente, tocar el brazo de su marido y ponerse en pie de un salto. De lejos había reco­nocido su andar bajo la bóveda de la poterna.
¡Era él!
Cuando apareció, hasta la fachada del fuerte parecía brillar.
Era un guapo chico, bien plantado, con la mochila a la espalda y el fusil en la mano. Con cara radiante se acer­có, y dijo con voz alegre y varonil:
-Buenos días, mamá.
Y en un instante, mochila, quepis, fusil, ¡todo! desa­pareció dentro del gran sombrero de la mujer. Luego le llegó el turno al padre; pero éste no fue muy largo: la madre lo quería todo para sí; era insaciable.
-¿Cómo estás? ¿Estás bien abrigado? ¿Qué tal andas (le ropa interior?
Y bajo los adornos de la capota yo sentía la larga mi­rada de amor con que ella le envolvía de pies a cabeza en una lluvia de besos, caricias, lágrimas y sonrisas. Era una deuda de tres meses de ternura maternal que le pagaba (le golpe.
El padre estaba también muy emocionado, pero que­ría disimular-lo. Se dio cuenta de que le mirábamos, y nos guiñaba un ojo como diciéndonos:
-Deben perdonarla ustedes... Es una mujer...
¿Y cómo no perdonarla?
Un toque de corneta irrumpió súbitamente sobre esta alegre escena. El muchacho dice:
-Llaman. Tengo que marcharme.
-¿Cómo? ¿No vas a comer con nosotros?
-Imposible. Estoy de guardia por veinticuatro horas
en lo más alto del fuerte.
La mujer exclamó:
-¡Oh! -Y no pudo decir más.
Los tres se miraron un instante con consternación. Lue­go el padre dijo:
-Por lo menos llévate la caja. -Su voz era desga­rradora, y su expresión, a la vez emocionante y cómica, de gula inmolada.
Pero ocurrió que, con la nerviosidad y la emoción de las despedidas no se encontraba la maldita caja por nin­gún lado, y daba pena ver aquellas manos febriles y tem­blonas que buscaban y se agitaban y oír sus entrecorta­das palabras, ahogadas por las lágrimas, cómo excla­maban:
-¡La caja! ¿Dónde está la caja?
Y no se avergonzaban de mezclar este detalle alimen­ticio con su dolor... En cuanto apareció la caja se abrazaron largamente, estrechamente. Y el hijo, a todo correr, regresó al fuerte.
¡Y pensar que habían venido de muy lejos para hacer una comida con él, que habían hecho de ello una gran fiesta, que la madre no había podido dormir en toda la noche! ¿Puede, pues, haber algo más doloroso que este almuerzo frustrado, que este trozo de gloria apenas vislumbrado, que esta alegría arrancada de las manos tan rápidamente?
Durante unos minutos continuaron inmóviles en el mis­mo sitio, con los ojos fijos en la puerta por donde acababa de desaparecer el hijo.
Finalmente el hombre se estremeció, dio media vuelta, tosió valientemente un par de veces, y con voz firme  decidió:
-¡Bueno: vámonos! ¡En marcha -y sus palabras fueron sonoras y audaz el tono.
Nos miró e hizo una ligera inclinación cogiéndose fi­nalmente del brazo de su mujer.
Yo los seguí con la mirada hasta que desaparecieron en un recodo del camino. El padre estaba furiosos: movía la bolsa de comestibles con ademanes deseperados. Lamadre, en cambio, parecía más tranquila: caminaba a su lado, con la cabeza baja y los brazos encogidos.
Pero a ratos su chal se estremecía convulsivamente so­bre sus caídos hombros.

1.034. Daudet (Alfonso) - 022



[1] Nombre de un famoso caricaturista de la época, (N. del A.)

Las langostas

La noche de mi llegada a esta granja de Argelia no pude conciliar el sueño.
El viaje agitado, la novedad del país, los aullidos de los chacales, el calor enervante, opresivo, el cansancio absoluto, la falta de aire, como si el mosquitero no le per­mitiese el paso... Todo me impedía dormir.
De madrugada abrí la ventana. Una neblina estival pesada, que apenas tenía movimiento, y cuyos rebordes parecían pintados de negro y rosa, flotaba en el ambiente, como una nube de polvo sobre un campo de batalla. No se movía ni una hoja. Bajo mi vista se extendían viñedos diseminados por los declives, que acariciados por el ar­diente sol convertirían el fruto en vino azucarado. En rin­cones sombreados había frutas europeas, diminutos na­ranjos, enanos mandarineros alineados en largas hileras microscópicas, de aspecto triste, y cuyas hojas inmóviles esperaban la furia del vendaval. Hasta los plátanos, siem­pre agitados por la brisa que desmelena su ligera cabelle­ra, estaban silenciosos y quietos, caídos sus penachos re­gulares.
Me detuve un momento a. contemplar esta plantación maravillosa, en la que todos los árboles del mundo se ha­llaban reunidos, proporcionando cada uno en su estación flores y frutos, a pesar de haber crecido lejos de su país de origen.
Entre los trigales y los macizos de alcornoques corría un arroyuelo, refrescante para esta mañana sofocante.
Mientras admiraba el lujo y el orden de este hermoso plantío, la bella granja de arcadas morunas, las terrazas blancas de aurora, las cuadras y las bodegas construidas a su alrededor, pensé que veinte años atrás, cuando esa brava gente llegó para instalarse en la cañada del Sahel, no había encontrado más que una choza inmunda de peón caminero, una tierra inculta erizada de palmeras enanas y unos cuantos lentiscos.
Todo estaba por crear, había que construirlo todo. Las revueltas de los árabes eran continuas. A menudo había que dejar el arado para empuñar el fusil. Se sucedían sin interrupción las enfermedades, las oftalmías, las fiebres palúdicas, las cosechas escuálidas, las vacilaciones provo­cadas por la inexperiencia, la lucha constante con la ad­ministración colonial. ¡Cuántos esfuerzos! ¡Cuántas fatigas! ¡Qué incesante vigilancia!
Aún ahora, a pesar de haber quedado atrás los malos tiempos y haber conseguido afianzar una fortuna, tan du­ramente ganada, el matrimonio es el primero en levantar­se cada día en la granja. De madrugada los oigo ir y venir por las amplias cocinas de la planta baja, vigilando el café de los trabajadores. Pronto se oye el tañido de una cam­pana, y al instante los jornaleros desfilan por el camino. Viñadores de Bourgogne, campesinos cabileños vistiendo harapos y con un fez rojo, cavadores mahoneses con las piernas al aire, malteses, gente de Lucquois, todo un pue­blo abigarrado y difícil de encauzar.
El colono, de pie ante la puerta, indicaba a cada uno su tarea para la incipiente jornada, con voz reposada, algo ruda tal vez. Cuando hubo acabado, el buen hombre alzó la cabeza, escudriñó el cielo con expresión inquieta, y, al verme junto a la ventana, exclamó:
-Mal tiempo para el campo... Ahí llega el siroco.
En efecto: a medida que el sol subía en el horizonte nos llegaban del sur bocanadas de aire abrasador, sofocante, como si hubiesen dejado abierta la puerta de un horno. No sabía uno dónde meterse. Toda la mañana fue por el estilo. Tomamos café sentados en las esterillas de la gale­ría, sin ánimos de hablar ni de movernos. Los perros per­manecían tendidos en las baldosas, buscando la frescura, cambiando continuamente de posición.
El almuerzo nos animó un tanto. Fue un almuerzo co­pioso y exquisito, en el que nos sirvieron carpas, truchas, jabalí, erizos, queso y mantequilla de Staouéli, vinos de Crescia, guayabas, bana-nas..., un excelente muestrario de todas las viandas que pudiera haber a nuestro alre­dedor.
Estábamos a punto de levantarnos de la mesa cuando a través de la puerta ventana, que permanecía cerrada para preservarnos del calor agobiante del jardín, llegaron a nuestros oídos gritos desgarradores:
-¡La langosta! ¡La langosta!
Mi anfitrión se tornó pálido, como si le anunciasen el peor de los desastres, y ambos salimos precipitadamente. Durante diez minutos hubo en la habitación, tan tranquila momentos antes, ruido de pasos precipitados, gritos con­fusos, constante agitación, como si todo despertase de pronto.
De la penumbra de los vestíbulos, en los que estaban dormitando, los sirvientes se lanzaron fuera haciendo re­sonar los palos, bieldos, mayales y cuantos utensilios me­tálicos caían en sus manos, como calderos de cobre, cace­rolas y palanganas. Los pastores hacían sonar sus trom­pas. Otros acudían soplando caracolas y cuernos de caza. El estruendo era aterrador, horrísono, disonante, sólo do­minado por los aullidos de los nativos y los «¡Yu! ¡Yu! ¡Yu!» de las mujeres árabes que habían acudido desde un aduar vecino.
A menudo basta con un ruido ensordecedor, con el ulu­lar del viento, para que la langosta se aleje sin descender siquiera sobre los sembrados.
Pero ¿dónde estaban esas terribles langostas? En el cielo vibrante de calor yo no podía ver más que una nube compacta que asomaba por el horizonte. Las ramas de mil árboles de un bosque movidas por el huracán no pro­ducirían tamaño estruendo. Eran las langostas. Se soste­nían entre sí con las alas resecas extendidas y engarza­das, y volaban en enjambre. A pesar de nuestros gritos constantes y de nuestros esfuerzos denodados, la nube avanzaba siempre, proyectando en la llanura una som­bra inmensa. Pronto llegó a evolucionar por encima de nuestras cabezas. Durante un segundo los bordes se des­garraron y, como las primeras gotas de un violento tur­bión, cayeron distintas, rojizas; en seguida el nubarrón se desplomó, y los insectos, copiosos y ruidosos, lo asola­ron todo. Hasta donde se perdía la vista los campos esta­ban cubiertos de langostas, langostas enormes, grandes como dedos.
Entonces comenzó la matanza. Un horrible murmullo de despachurra-miento, repelente, asqueroso, con sonido a paja triturada. Con los rastrillos, las azadas, los arados, remueven sin cesar el suelo. Cuantos más bichos matan, más hay. Las langostas pululan por doquier, formando verdaderas alfombras, con las largas patas enzarzadas. Las de encima dan saltos enormes, prodigio de habilidad, brincando sobre las narices de los caballos, enjaezados para tan extraño trabajo.
Los perros de la granja y los del aduar, lanzados y azu­zados en medio del campo, se arrojan sobre ellas y las muerden rabiosamente. En este preciso momento llegan dos compañías de soldados en ayuda de los infelices co­lonos, y la matanza cambia de aspecto.
En vez de matar y aplastar a las langostas, los soldados las queman rociándolas con largos regueros de pólvora.           
El corazón se me partía de pena al contemplar miles de raices blancas, llenas de savia, que iban apareciendo en
Cansado de darles muerte, asqueado por el insoportable hedor, decido penetrar en el interior de la granja. Hay tantas o más que en el exterior. Entran por las puertas, por las ventanas, por las chimeneas. En el reborde del maderaje, en las cortinas comidas, las langostas se incrus­tan, caen, vuelan, trepan por las paredes blancas forman­do una gigantesca sombra que centuplica su fealdad. Y siempre ese hedor insoportable.
Para cenar hubo que prescindir del agua. Las cister­nas, los pozos, los estanques, los viveros, todo estaba in­fectado.
Por la noche en mi habitación, donde se había llevado a cabo una espantosa carnicería, todavía pude oír el ruido característico bajo los muebles. Este chasquido de alas parecía el chisporroteo de las cáscaras que estallan a fue­go vivo. Aquella noche no pude conciliar el sueño. Por otra parte, alrededor de la granja todo permanecía alerta. A ras del suelo corrían las llamas de un confín al otro de la llanura. Los soldados proseguían matando langostas.
A la mañana siguiente, cuando abrí mi ventana, la langosta había desa-parecido. Pero ¡qué estragos había de­jado tras ella! Ni una flor, ni una brizna de hierba; todo había quedado renegrido, corroído, calcinado, convertido en una verdadera ruina. Los plátanos, los albaricoqueros, los naranjos, los melocotoneros se reconocían solamente por el aspecto de sus ramas descar-nadas, sin el encanto de su follaje, que es la más clara manifestación de vida del árbol.
Con ímprobo trabajo se fueron limpiando las cister­nas, los embalses. Por doquier los trabajadores cavaban la tierra para matar los huevos dejados por los insectos. Cada terrón era revuelto y desmenuzado concienzuda­mente.
El corazón se me partía de pena al comtemplar miles de raíces blancas, llenas de savia, que iban aperciendo en esta metódica destrucción de tierra fértil.

Cuento del lunes

1.034. Daudet (Alfonso) - 022

Las hadas de francia

(cuento fantástico)

-¡Levántese la acusada! -ordenó el presidente.
Algo rebulló en el horrible banquillo de las petroleras, y una cosa vacilante e informe se acercó apoyándose en la barandilla. Era un hatajo de andrajos, agujeros, re­miendos, cintas, flores marchitas y viejas plumas, y entre todo esto asomaba un pobre rostro ajado, curtido y agrie­tado, entre cuyas arrugas bullía la malicia de unos ojillos negros, como una lagartija en la hendedura de una pared desconchada.
Entonces le preguntaron:
-¿Cómo se llama?
-Melusina.
-¿Qué ha dicho?
Ella gravemente repite:
-Melusina.
El presidente se sonrió por debajo de sus mostachos de coronel de dragones, aunque continuó sin pestañear:
-¿Qué edad tiene usted?
-No lo sé.
-¿Y su profesión?
-Soy hada.
El público, al oír tal contestación, así como el Consejo y el mismo fiscal, ¡todo el mundo ! estalló en una enorme carcajada. Pero las risas no la turbaron lo más mínimo y siguió hablando con una vocecita clara y trémula que se elevaba y sostenía en el aire como una voz de ensueño.
-¡Ay íAy! ¿Dóestán ya las hadas de Francia? To­das han muerto, buenos señores. Yo soy la última: no queda ninguna más que yo. Y en verdad que es una lás­tima, porque Francia era mucho más hermosa cuando aún vivían sus hadas. Nosotras éramos la poesía de nues­tro pueblo, su candor, su juventud... Los sitios por donde solíamos andar, los rincones solitarios de los parques aban­donados, las piedras de las fuentes, los torreones de los viejos castillos, las brumas de los estanques, las grandes landas pantanosas, recibían de nuestra presencia una má­gica virtud solemne. A la fantástica luz de las leyendas se nos veía pasar por doquiera, arrastrando nuestras colas en un rayo de luna o corriendo por los prados sin hollar la hierba. Los aldeanos nos amaban, nos veneraban... Y en nuestras frentes, coronadas de perlas, y nuestras varitas mágicas, y nuestras ruecas encantadas, suscitaban en las cándidas imaginaciones un poco de miedo junto a la ad­miración. Por eso permanecían cristalinas nuestras fuen­tes, y se detenían, en los caminos que guardábamos, los arados, y como más viejas que nadie infundíamos el res­peto hacia lo que es viejo, y de un extremo a otro de Fran­cia se dejaban crecer los bosques y a las piedras que se cayeran por sí mismas.
»Pero la vida ha cambiado mucho. Se han inventado los caminos de hierro; se han agujereado túneles, cegado los estanques y se ha hecho tal tala de árboles que, al poco, nos encontramos sin saber dónde guarecernos. Y hasta los aldeanos han dejado, poco a poco, de creer en noso­tras. Por la noche, cuando golpeábamos en los postigos, Robin decía: «Es el viento», y se volvía a dormir. Las mujeres hacían la colada en nuestros estanques. Desde entonces todo acabó para nosotras. Como vivíamos man­tenidas solamente de la creencia popular, faltándonos ésta, nos faltó todo. La virtud de nuestras varitas se ha disipado, y de reinas poderosas nos convertimos en viejas arru­gadas y malévolas, como son las hadas a quienes se ol­vida, y aún hubimos de ganarnos el pan con nuestras ma­nos, que no sabían hacer nada. Durante algún tiempo nos pudisteis ver en los bosques arrastrando cargas de leña, o cogiendo bellotas por las orillas de los caminos. Pero los guardabosques nos perseguían y los aldeanos nos tiraban piedras. Y entonces, al igual que los pobres que no pue­den ganarse la vida donde nacieron, nos fuimos a las ciu­dades en busca de trabajo.
»Unas han entrado en las fábricas de hilados; otras han vendido manzanas, durante el invierno, en las esqui­nas de los puentes, o rosarios a la puerta de las iglesias... Nosotras empujábamos carretillas cargadas con naranjas; ofrecíamos a los transeúntes ramitos de flores por pocos céntimos, que nadie quería; los chiquillos se reían al ver cómo nos temblaba la barbilla y los guardias nos perse­guían..., y los autobuses nos atropellaban. Además, en­fermedades, privaciones, y, como final, la sábana del hos­pital sobre la cara inerte... Así es como Francia ha deja­do morir todas sus hadas. ¡Y por ello ha sufrido duro castigo!
»Sí, sí; reíros ahora cuanto deseéis. Ya acabáis de ver lo que es un pueblo que carece de hadas. Ya habéis visto a todos esos aldeanos burlones y bien cebados abrir las arcas del pan a los prusianos y guiarlos por los senderos. ¡Ahí lo tenéis! Robin no creía en las hechicerías, pero tampoco creía, en la patria... Si nosotras nos hubiéramos hallado en nuestro sitio, de todos los alemanes que han entrado en Francia. ni uno solo habría salido con vida. Nuestros draks, nuestros fuegos fatuos, los habrían arras­trado a las ciénagas; en todas las fuentes claras que llevan nuestros nombres habríamos vertido brebajes encantados que los hubieran vuelto locos, y en nuestras reuniones, al claro de luna, habríamos, con una palabra mágica, con­fundido de tal modo los caminos y los ríos, enmarañado de tal forma con zarzas y matorrales las espesuras de los bosques donde acostumbraban agazaparse, que los oji­llos de gato de Moltke no hubieran podido reconocerlos.
»Además los campesinos habrían peleado, y con las grandes flores de nuestros estanques hubiéramos hecho bálsamos para los heridos. Y hubiéramos tejido hilas con los «hilos de la Virgen», por lo que, sobre el campo de batalla, el soldado agonizante habría visto al hada de su aldea inclinarse sobre sus medio cerrados ojos para mos­trarle un pedazo de bosque, un recodo del sendero, cual­quier cosa que le recordase su tierra. Así es, pues, como se hace la guerra nacional, la guerra santa. Pero, ¡ay!, en los países que ya no creen, en los países que ya no tie­nen hadas..., una guerra así es imposible.
La vocecita sutil se quebró entonces durante un ins­tante, el que aprovechó el presidente para decir:
-Muy bien. Pero, con todo, no nos ha explicado us­ted qué es lo que hacía con el petróleo que se le encontró encima cuando la detuvieron los soldados.
La viejecita, en tono tranquilo, respondió:
-Estaba prendiendo fuego a París, señor. Y prendía fuego a París porque lo odio, porque se ríe de todo, por­que él ha sido quien nos ha matado. Fue París quien envió los sabios que analizaron nuestras bellas fuentes milagro­sas y dijeron exactamente cuánto contenían de hierro y cuánto de azufre... París se ha burlado de nosotras en los escenarios de sus teatros. Nuestros encantamientos han venido a convertirse en trucos; nuestros milagros, en far­sas, y en nuestros carros alados han desfilado tantas feal­dades, envueltas en nuestras gasas rosadas, a la luz de una luna mentida por las bengalas, que nadie piensa en nosotras sin echarse al mismo tiempo a reír.
»Claro que había chiquillos que nos conocían por nues­tros nombres y que nos amaban, aunque temiéndonos un poco; pero en lugar de los bonitos libros llenos de oro y estampas en que se aprendían nuestra historia, París les ha puesto ahora en las manos la ciencia al alcance de los niños, gruesos volúmenes donde el aburrimiento asciende como un polvillo gris y borra de los infantiles ojos nues­tros palacios encantados y nuestros espejos mágicos...
El rostro de la viejecita se avivó al decir:
-¡Sí! ¡No os podéis imaginar qué contenta estaba al ver cómo ardía París! Yo, yo era la que llevaba las latas de las petroleras... Yo era quien las llevaba de las manos a los mejores sitios y les decía: «¡Vamos, hijas mías, que­madlo todo, incendiad, abrasad!»
El presidente, ardiendo, pero de impaciencia, exclamó:
-No me cabe la menor duda: ¡esta mujer está loca! ¡Loca de remate! ¡Que se la lleven!

Cuento del lunes

1.034. Daudet (Alfonso) - 022

Las estrellas

En la época en que guardaba el rebaño en Luberon permanecía semanas enteras sin ver alma viviente, com­pletamente solo en los pastos con mi buen perro Labri y mis ovejas.
De vez en cuando el ermitaño del monte Ure pasaba por allí en busca de gente sencilla, o bien se divisaba el rostro ennegrecido de algún carbonero del Piamonte; pero se trataba de personas ingenuas, silenciosas a fuerza de soledad, que ya han perdido el gusto por la conversación y que nada saben de lo que se dice en ciudades y aldeas.
Cada quince días oía los cascabeles del burrito de nues­tra granja que subía caminito del monte a traerme las pro­visiones de la quincena. Le veía aparecer pasito a paso, y a su lado el rostro despierto del pequeño miarro (mozo), o la cofia roja de la vieja tía Norade; y me sentía muy feliz.
Me hacía contar las noticias de la región, en especial los bautismos y casamientos; pero lo que más me intere­saba era saber cuanto se refería a la hija de mis amos, la señorita Estefanía, la chica más linda en diez leguas a la redonda. Sin demostrar excesivo interés, me informaba si asistía a las fiestas o cómo pasaba las veladas. Si alguien se atreve a preguntarme la razón de que esto pudiera in­teresar a un pobre pastor de montaña, le contestaré al punto que yo tenía veinte años y que Estefanía era la mu­chacha más hermosa que jamás vi en mi vida.
Un domingo que esperaba las provisiones de la quin­cena no llegaron hasta muy tarde. Por la mañana pensé: «Será culpa de la misa mayor.» Luego, hacia mediodía, vi negros nubarrones y me imaginé que el borriquillo no habría podido ponerse en camino a causa del mal estado del terreno. Por fin, alrededor de las tres, se aclaró el cielo, el monte se iluminó de sol, y entre el gotear del fo­llaje y el gorgoteo de los arroyos oí distintamente los cas­cabeles del borriquillo, tan alegres y vivos como un gran carillón de campanas el día de Pascua. Pero no era el pe­queño miarro ni la vieja Norade quien conducía al anima­lito. Era..., ¿sabéis quién? La señorita Estefanía en perso­na, sentada entre los sacos de provisiones, con el rostro arrebolado por el aire de la montaña y el frío de la tor­menta.
El miarro se había puesto enfermo y tía Norade estaba de vacaciones en casa de sus hijos. La señorita Estefanía me puso al corriente de todo apenas se apeó del borriqui­llo. También me dijo que había llegado tan tarde porque se había perdido por el camino; pero al verla tan acicala­da y endomingada, con una cinta de flores, la falda recién planchada y vestida de encajes, pensé que la causa de su demora más sería haberse detenido en algún baile que la búsqueda del camino entre los arbustos.
¡Qué criatura tan encantadora! Mis ojos no se cansa­ban de contemplarla. Bien es verdad que jamás la había visto tan de cerca. A veces en invierno, cuando los reba­ños bajaban al llano y yo entraba en la granja para cenar, la señorita Estefanía cruzaba la sala con paso rápido, sin dirigir la palabra a la servidumbre, siempre acicalada y un tanto orgullosa... ¡Y ahora la tenía ante mí, nada más que para mí!
Después de sacar las provisiones de los serones, Estefanía se puso a mirar llena de curiosidad a su alrededor. Se alzó ligeramente con gesto gracioso el vuelo de su falda dominguera, para no ensuciarla al rozar el suelo, y entró en el aprisco. Quiso ver el rincón donde yo dormía, la ya­cija de paja con la piel de cordero, la capa enorme colga­da de la pared, mi cayado y mi escopeta. Todo le resulta­ba sumamente divertido.
-¿Conque vives aquí, mi buen pastor? ¡Cuánto de­bes de aburrirte al estar siempre solo! ¿Qué haces? ¿En qué piensas?
Canas tuve de contestar, «En usted, mi ama.»
Pero me mordí los labios. Y sin embargo no hubiera mentido. Pero mi turbación era tan grande que me resul­taba imposible articular una sola palabra. Creo que lo ad­virtió y que se divirtió a mi costa con sus chanzas. Al ha­blarme parecía una hada, con la sonrisa en los labios y su prisa por irse, que convertía su visita en una aparición.
-Adiós, pastor.
-Adiós, mi ama.
Y partió al punto, con los serones vacíos.
Cuando la señorita Estefanía desapareció por el sen­dero en declive me pareció que los guijarros que rodaban bajo los cascos del burrito se me clavaban en el corazón uno a uno. Los oí durante largo rato, y hasta el fin de la jornada permanecí como adormilado, sin osar moverme por no espantar mi sueño.
Hacia el anochecer, cuando el fondo de los valles se tornaba azulado y el rebaño se dirigía al aprisco, oí que me llamaban desde el declive, y vi aparecer a la señorita Estefanía no con el rostro sonriente de antes, sino tiri­tando de frío, de miedo y de empapados que tenía los ves­tidos.
Al parecer, al llegar al arroyo Sorgues lo había encon­trado crecido por las recientes lluvias, había intentado cruzarlo y a punto estuvo de perecer ahogada.
Lo terrible era que a estas horas de la noche no había que pensar en regresar a la granja, pues mi ama no sabría encontrar sola el camino y yo no podía abandonar el re­baño.
Se sentía atormentada ante la idea de pasar la noche en el monte, principalmente por la inquietud de los suyos. Yo procuraba tranquili-zarla del mejor modo:
-En julio las noches son muy cortas, mi ama. Sólo es cuestión de un momento.
Me apresuré a encender un buen fuego para que se se­cara los pies y la ropa, empapada por las aguas del Sor­gues.
En seguida le ofrecí leche y quesos, pero la pobre chica no se preocupaba ni de calentarse ni de comer. Al ver las lágrimas que brotaban de sus ojos, también a mí me en­traron ganas de llorar.
Pronto comenzó a anochecer. En la cresta de las mon­tañas no quedó más que un polvo impalpable de sol y una claridad difusa por el lado de poniente.
Rogué a mi ama que entrara en el aprisco, donde po­dría dormir resguardada del frío de la noche. Extendí so­bre la paja fresca una hermosa piel completa-mente nue­va, le deseé buenas noches y fui a sentarme fuera, ante la puerta, orgulloso al pensar que en un rincón del apris­co, muy cerquita del rebaño curioso que velaba su sueño, descansaba la hija de mis amos -como un corderito más precioso y más blanco que los demás- y que estaba con­fiada a mis cuidados. jamás el cielo me había parecido tan profundo ni las estrellas tan brillantes.
De pronto se abrió la reja del aprisco y apareció la se­ñorita Estefanía. Le resultaba imposible conciliar el sue­ño. Las ovejas hacían crujir la paja al moverse de conti­nuo, o bien se ponían a balar en sueños. Mi ama prefería venir junto al fuego.
En vista de lo cual me apresuré a echarle por los hombros mi zamarra, avivé la fogata y permanecimos senta­dos el uno junto al otro sin pronunciar palabra.
Si alguna vez habéis pasado la, noche al raso, ya sabéis que a esa hora en que conciliarnos el sueño se despierta un mundo misterioso, lleno de soledad y de silencio. Enton­ces los manantiales cantan con voz más cristalina y los estanques se alumbran con titilantes llamitas. Todos los espíritus de la montaña van y vienen libremente. Y en el aire hay ruidos imperceptibles, roces insospechados, cual si las ramas de los árboles gimieran y la hierba empujara al aire al crecer. Durante el día viven los seres animados, pero de noche la vida pertenece a las cosas. Cuando uno no está habituado le entra mucho miedo...
También mi ama temblaba aterrada y se cobijaba en mi hombro al menor ruido.
Una vez llegó a nuestros oídos un lamento prolongado, melan-cólico, que parecía surgir del estanque que brillaba al final del declive. Y al mismo tiempo una estrella fugaz recorrió el cielo por encima de nuestras cabezas en la mis­ma dirección, como si el quejido que acabábamos de oír llevase una luz consigo.
-¿Qué ha sido eso? -me preguntó la señorita Este­fanía con un leve susurro.
-Una alma que acaba de entrar en el paraíso -le contesté, haciendo la señal de la cruz.
También ella se santiguó y permaneció un instante con la mirada clavada en el cielo. Luego me dijo:
-¿Conque es cierto que vosotros los pastores sois brujos?
-De ningún modo, mi ama. Pero aquí nosotros vivi­mos más cerca de las estrellas y sabemos lo que pasa allá mucho mejor que la gente del llano.
Ella continuó mirando el firmamento, con su cabecita apoyada en la mano, arrebujada en la zamarra como un pastorcito del cielo.
-¡Cuántas hay! ¡Y qué hermosas son! Jamás había visto tantas. ¿Sabes su nombre, pastor?
-Desde luego, mi ama. ¡Mire! Precisamente encima de nosotros se ve el Camino de Santiago, que va de Fran­cia en dirección a España. Lo trazó el apóstol Santiago para mostrar el camino al valiente emperador Carlomag­no cuando guerreaba contra los sarracenos. Más lejos está la Osa Mayor, con sus cuatro ruedas resplandecientes. Las tres estrellas que van delante son los caballos que tiran del carro de las almas, y aquella tan pequeñita es el co­chero. ¿No ve a su alrededor esa lluvia de estrellas? Son las almas que Dios llama a sí... Un poco más abajo se ven los Tres reyes. Son nuestro reloj. Al mirar esas estre­llas ahora sé que ya es más de medianoche. Y más abajo aún, siempre hacia el sur, brilla Juan de Milán (Sirio), la antorcha de los astros. Le diré lo que cuentan los pastores acerca de esa estrella: Una noche fueron invitados a la boda de una estrella Juan de Milán, los Tres reyes y las Pléyades. Las Pléyades madrugaron y tomaron el cami­no de arriba. Mírelas allá, en el fondo del cielo. Los Tres reyes tomaron un atajo y las alcanzaron; pero ese pere­zoso de Juan de Milán, que había estado durmiendo hasta muy tarde, se quedó rezagado, y, furioso por no poder detenerlos, les arrojó su cayado. Por tal motivo los Tres reyes se llaman también el Cayado de Juan de Milán... Pero la más bonita de todas las estrellas, mi ama, es la nuestra, la Estrella del pastor, también llamada el Lucero del alba, que nos ilumina al amanecer cuando sacamos el rebaño y también por la tarde cuando lo recogemos. Es Venus, la linda Venus que corre tras Pedro de Provenza (Saturno), y se casa con él cada siete años...
-¡Cómo, pastor! ¿También se casan las estrellas?
-¡Claro que sí, mi ama!
Y mientras trataba de explicarle estas maravillosas bo­das entre luceros y estrellas noté sobre mi hombro su cabecita fresca y ligera. Se había quedado dormida, apoya­da en mí, con sus cabellos ondulados acariciándome el rostro.
Así permaneció inmóvil hasta el momento preciso en que las estrellas del cielo comenzaron a palidecer, borrado su brillo por el día, que asomaba tras las crestas de los montes.
Yo velaba su sueño, con el corazón levemente turba­do, pero santamente protegido por esta clara noche que sólo permite a la mente pensamientos puros.
A nuestro alrededor, sobre nuestras cabezas, las es­trellas proseguían su marcha silenciosa, dóciles como un inmenso rebaño; y llegué a imaginarme que una de esas estrellas, la más bonita, la más brillante, había perdido su camino y había venido a posarse en mi hombro, donde se quedó dormida.

Cuento del lunes

1.034. Daudet (Alfonso) - 022