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domingo, 23 de junio de 2013

De navidad

Este cuento pasa en el siglo XVI en una de esas ciudades de Italia que gobernaba un tirano. Llamémosla a la ciudad, si queréis, Montenero, y a su tirano, Orso Amadei.
Orso era un hombre de su época, feroz, desalmado, disimulado en el rencor, implacable en la venganza. Valiente en el combate, magnífico en sus larguezas y exquisito en sus aficiones artísticas, como los Médicis, festejaba en su palacio a pintores y poetas y recibía en su cámara privada a los sospechosos alquimistas de entonces, que si no consiguieron fabricar oro, no ignoraban la fórmula de destilar activos venenos.
Cuando a Orso le estorbaba un señor, le atraía, jurábale amistad, comulgaba con él -¡horrible sacrilegio!- de la misma hostia, le sentaba a su mesa..., y en mitad del banquete el convidado se levantaba con los ojos extraviados y espumeante la boca, volvía a caer retorciéndose..., mientras el anfitrión, con hipócrita solicitud, le palpaba para asegurarse de que el hielo de la muerte corría ya por sus venas.
Con los villanos no gastaba Orso tantas ceremonias: los derrengaba a palos, o los dejaba consumirse de hambre en un calabozo.
Orso era viudo dos veces: a su primera mujer la había despachado de una puñalada, por celos; a la segunda, la única que amó, se la mató en venganza Landolfo dei Fiori, hermano de la primera. Ésta no había dejado hijos: la segunda, sí: una hembra y dos varones. Perecieron los varones en un oscuro lance militar, una emboscada que tal vez preparó el mismo Landolfo, y quedó la niña Lucía para continuar la maldita familia de Amadei.
Discurría ya su padre el príncipe con quién desposarla, cuando Lucía declaró que deseaba tomar el velo. Orso se desesperó, porque a su manera, adoraba a aquel último retoño de su raza; mas no hubo remedio; la voluntad de Lucía se impuso, y la niña entró en un monasterio de la Orden de Santo Domingo, en que había florecido Catalina, llamada Eufrosina, a quien el mundo venera hoy con el nombre de Santa Catalina de Siena.
La tierna juventud, la cándida belleza y la ilustre cuna de la hija del tirano aumentaron el asombro de su penitencia. En un siglo ya pagano renovó las duras penitencias de edades más fervorosas.
Su alimento era un puñado de hierbas cocidas; su cama, dos quilmas sin paja; su ropa interior, un burdo tejido de Cilicia que llagaba la delicada piel; y cuando se levantaba para orar, en las noches de enero, después de tomar una hora de descanso sobre las losas húmedas, que quebrantaban sus huesos todos, apenas podía sostenerse de debilidad y las palabras del rezo se confundían en su boca.
Porque Lucía, hija al fin de los Amadei, no había nacido para la mortificación y el dolor, sino para agotar las alegrías de la vida, para recrearse en el grato sonido del bandolín, en el armonioso ritmo de las estancias de los poetas, en la magia del color, en la dulce y misteriosa calma de los jardines, donde sonreía la eterna hermosura de las estatuas griegas y sólo el peso de ajenas culpas y el anhelo de la expiación la habían arrojado palpitante de angustia y de terror al pie de los altares, donde a cada minuto recordaba involuntaria-mente el mundo y sus goces.
Como Catalina de Siena, más de una vez se vio asaltada por tentaciones impuras y por imágenes engañadoras y burlonas; pero abrazada a la cruz, resistió heroicamente; lloró, se hirió las carnes y, al fin, conoció la victoria en la paz que descendía a su espíritu. Arrobos y dulzuras inexplicables sucedieron a los desfallecimientos, y Lucía se sintió consolada.
Llegó Navidad, aniversario de su profesión. Vino la Nochebuena acompañada de mucha nieve; pero cuanto más espeso era el sudario que cubría el huerto del convento, más calor notaba Lucía en su celda solitaria; una ilusión singular le mostraba, al través de los emplomados vidrios, que en lugar de copos de nieve llovían sobre las ramas de los árboles y sobre la dura tierra millares de azucenas nítidas, finas como plumas arrancadas del ala de los ángeles.
Sembrado de azucenas estaba todo, y la blancura del jardín despedía una claridad que alumbraba la celda con rayos de luna, más vivos y lucientes que la misma plata. De pronto, envuelto en olas de luz apacible, Lucía vio a un precioso Niño: una criatura que sonreía, que tendía los bracitos, y a quien la monja recibió enajenada en ellos.
-Esta noche -dijo el Niño amorosamente- he querido favorecerte, Lucía, y en vez de nacer en el pesebre, naceré en la celda donde tantas veces me has invocado.
Lucía permaneció algunos instantes fuera de sí: el favor era extraordinario y, en su humildad, no se creía digna de él. Apenas pudo recobrarse, juntó las manos y se postró implorando al Niño.
-Si quieres que sea dichosa tu sierva, Niño, mi Niño del alma..., concédeme lo que voy a pedirte. ¡Ah!, es cosa grande y difícil; pero si Tú no puedes realizar imposibles, ¿quién los realizará? Acuérdate de lo que he luchado, acuérdate de mis sufrimientos..., y en vez de nacer aquí, dígnate nacer en otro lugar oscuro, horrible, desolado...: el corazón de mi padre, Orso Amadei.
Halagando el Niño con sus manecitas el rostro de la penitente, la miró lleno de tristeza.
-¿Sabes lo que pides, Lucía? ¿Sabes que ese corazón donde pretendes que yo nazca es más duro que la piedra, más sangriento que el cadalso, más fétido que el sepulcro? ¿Sabes que para entrar allí tendré que apartar con mi cuerpo desnudo los espinos y los abrojos y las ponzoñosas hierbas, y sentir cómo se enroscan en mi cuello las víboras y cómo trepan por mis piernas los fríos reptiles? ¡Yo he sabido morir del modo más afrentoso; pero al tratarse de nacer, busqué dulzura y amor; nací entre sencillos pastores, no entre lobos carniceros! En fin, Lucía, ya que has combatido por mí, no he de negarte lo que deseas... ¡Esta noche, mi establo de Belén será el corazón de fiera de tu padre!
Al oír la promesa del Niño, Lucía experimentó tan súbito gozo, que no lo pudo resistir. Cayó inerte sobre las losas. La luz, la visión, el perfume de las azucenas, todo desapareció, y al través de los emplomados vidrios sólo se vio el huerto amortajado de nieve.
A aquella misma hora, Orso Amadei celebraba un festín en su palacio; mejor que festín hay que decir orgía. No era una cena donde los dichos agudos y las alegres historietas hiciesen volar las horas, y en que la presencia de las damas, incitando a la galantería, contuviese a la brutalidad. De estas cenas había dado muchas Orso; pero también gustaba de otras más desenfrenadas, a que sólo asistían sus capitanes semibandidos, sus bufones y sus familiares, gente cínica y perversa.
Si se mezclaba con ellos alguna mujer, era la infeliz juglaresa sorprendida en la plaza pública, y que, después de servir de ludibrio a los convidados, aparecía al día siguiente con el cuerpo acardenalado, medio muerta, arrojada en cualquier callejuela de la ciudad. Aquella noche, Ridolfi, uno de los capitanes de Orso, había anunciado mejor presa: justamente acababa de cazar a una joven muy linda, ¡peor para ella si andaba a tales horas por la calle! Alborotáronse los bebedores; Orso, riendo a carcajadas, ordenó que trajesen a la jovencita, que entró, empujada por los soldados, temblorosa, desgreñado el rubio pelo, y los hombres se engrieron al verla, porque era en verdad soberanamente hermosa.
Orso clavó en ella sus ojos impúdicos; tendió la mano, apartó los rizos de oro..., y asombrado se echó atrás; en la niña desvalida, dispuesta allí para ultrajarla, veía el rostro de su hija Lucía, las mismas facciones, las mejillas, la frente, sonrojada de vergüenza.
-Soltad a esa mujer -gritó Orso-. Que la acompañen a su casa con el mayor respeto. Que nadie le haga daño... ¡Ay del que toque un cabello de su cabeza! Que se la trate como a mi persona...
Los beodos, atónitos, obedecieron sin comprender. Continuó el festín; pero Orso, preocupado y sombrío, no apuraba la copa. Deseoso Ridolfi de animarle, hizo una seña, entendida al vuelo, y pocos minutos después, un preso moribundo de hambre fue traído a la sala del banquete. Solían divertirse en sacar de su mazmorra a uno de éstos, a quienes desde días antes privaban de alimento; sentarle a la mesa, ofrecerle algún exquisito manjar, y cuando iba a engullirlo, sollozando y aullando de contento, se lo quitaban de la boca y le vertían en ella la ardiente cera de los hachones que alumbraban la orgía.
El preso era joven, y Orso, bromeando, le tendió un plato de asado, humeante, y una copa de «Lácrima»; mas al verle de cerca, profirió una imprecación. Los ojos que le fijaban con doloroso reproche desde aquella extenuada faz de mártir, la boca que le daba las gracias, eran la boca y los ojos de Lucía, su propia mirada, que el padre no podía desconocer, mirada de reflejo cariñoso, luz del alma que busca otra luz igual.
-Que suelten a éste -mandó Orso-. Antes, dadle bien de comer cuanto desee. Y regaladle dos jarros de oro, y vino a discreción... Que se le trate como a mi persona... ¿Lo oís? ¡Cómo a mi persona!
Ridolfi, gruñendo, cumplió la orden. Casi al punto mismo en que salía el preso, se presentó en la sala del festín una mujer vieja, con un chiquitín en brazos.
-Piedad, gran señor -exclamaba, piedad de la criatura que aquí ves. Este pequeño es el hijo de tu cuñado Landolfo dei Fiori, a quien aborreces, y unos soldados, por orden tuya, según dicen, le quieren estrellar contra el muro. Tú no puedes haber dado tan cruel orden, y yo le pongo bajo tu amparo.
Al nombre odiado de Landolfo, Orso se estremeció de furor, y desnudando el puñal, iba a atravesar la garganta del pequeño...; pero éste, apacible, le sonreía, y su sonrisa era la sonrisa encantadora, inolvidable, de Lucía cuando su padre la acariciaba, en los días de la niñez.
Orso, vencido, cayó de rodillas, y golpeándose el pecho empezó a acusarse en voz alta de sus pecados; porque Jesús, fiel a su promesa, acababa de nacer en aquel corazón más oscuro que el abismo infernal.
A la mañana siguiente, Orso recibió la noticia de que su hija había expirado a las doce en punto de la noche.
El tirano se ató una soga al cuello, recorrió descalzo las calles de la ciudad, pidiendo perdón a los habitantes, y, apoyado en un bastón, se alejó lentamente. Nunca se volvió a saber de él. ¡Dichosos aquellos en cuyo corazón nace el Niño!

«La Época», 1896.

Cuento de navidad y reyes

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

Dalinda

-¡A echar el mantel bueno! -ordenó el mesonero de Cebre a la moza entrada a su servicio la víspera-. Nos están ahí los señoritos de Ramidor, y han de querer almorzar de lo mejorcito. Largay al puchero chorizos gordos... ¡Menéate!
Llegaban, en efecto, los señoritos, levantando polvareda, al trote picado de sus caballejos del país, y precedidos de alegre repiqueteo de cascabeles y ladridos atronadores de perros de caza. En el mesón estaban hartos de conocer a don Camilo, el mayorazgo; al segundón, don Juanito; pero les sorprendió y llenó de curiosidad la presencia de un caballero guapo, con ropa lucida, polainas de cuero crujiente y cinturón-canana avellano, flamante, sin la capa de mugre negruzca que cubría los arreos cinegéticos de los señoritos de Ramidor. Tiempo le faltó a la mesonera para interrogar a Diaño -el criado que porteaba un saco de perdices muertas a perdigonadas-. Y Diaño dijo que el forastero era un señorito de Madrid que estaba pasando temporada con don Camilo; que se llamaba don Mariano, y que era -no despreciando a nadie- muy llano y muy habladero; que daba conversa a todo el mundo, y a las rapazas -¡San Cebrián bendito!- las repicaba como si fueran panderetas...
-Sobre la mesa, tendido ya el mantel blanquísimo, disponía la moza pan de mollete, platos vidriados, tenedores de peltre y jarrillas para el vino picón, prescindiendo de vasos para el agua, porque no suelen gastarla los cazadores.
-Estos, aureolados ya por el humo de sus cigarros, sentados a horcajadas, se fijaron en la muchacha que ponía el cubierto. Era una niña casi, vestida de luto pobre, dividido en dos trenzas el hermoso pelo rubio; finita de facciones y con boca de capullo de rosa, menuda y turgente, hinchada de vida. Juanito Ramidor, el más joven de los cazadores, extendió la mano y ciñó el talle estrecho de la sirviente. Ella saltó hacia atrás, y hasta la frente se le puso bermeja.
-¡No molestes! -exclamó el forastero, interviniendo-. ¡Es una criatura! Déjala en paz. ¿Cómo te llamas, hija mía? Contesta, que yo he de tratarte con el mayor respeto.
-Dalinda me llamo, señor -murmuró ella, con el acento cantarín de la comarca, fijando en don Mariano la mirada agradecida de sus ojos azules.
-¡Bonito nombre! ¿Hace mucho que estás en el mesón? Y la voz de Mariano indicaba interés.
-Entré ayer, señor; porque soy huérfana de padre y madre, y ahora se me murió mi tío, el señor cura de Doas, que si viviera él, no sirviera yo más que a Dios -respondió la niña, con lágrimas en el acento, pero las lágrimas no brotaron.
-Pues sírvenos bien, Dalinda, y toma esto para comprarte un pañuelito de seda, que tienes un pelo precioso.
Don Mariano intentó deslizar un duro en la mano de la muchacha, que lo rechazó suave y porfiadamente.
-Se estima... Al señorito se le sirve de gana, sin necesidad de eso.
Como lo dijo, lo hizo Dalinda. Activa y gentilmente presentó los manjares, que eran sabrosos y toscos, adecuados al apetito recio de los cazadores: pote con rabo, olla con jamón y chorizo, y tragos, tragos, tragos de clarete color de vinagre, que la tierra da copiosamente. Las cabezas se calentaban; don Juanito y don Camilo, guiñando el ojo, bromeaban con don Mariano, a medias palabras, convertidas en desvergüenzas enteras cuando la sirvienta salía para traer algo que hiciese falta.
-Eres un hipócrita, un farandulón -decía Camilo. El que no te conozca, que te compre.
-¿De cuándo acá -confirmaba Juanito- te dedicas tú a proteger la inocencia de estos arcángeles? A fe que la cosa es chusca. Tú, hombre, tú... Si uno no se hubiese criado contigo, como quien dice, cuando estudiábamos juntos en Santiago..., nos la pegas; vaya, que nos la pegas.
-¡Chist! -exclamaba Mariano, viendo venir a Dalinda, que alzaba, con gracioso movimiento, la fuente de arroz con riles y la depositaba en la mesa.
Y así que la niña salía en busca de otro plato, el forastero murmuraba, atusándose el negro bigote:
-Qué queréis, yo sé refinar. Vosotros tenéis el gusto acostum-brado a estos guisos de figón, muy sanos, aunque grasientos... Coméis a bocados, andáis después ocho leguas a caballo o tres a pie..., dormís como canónigos... Encontráis una muchacha, y con tal que podáis estrujarla y ella no chille, tan contentos. Que ella sea así o de otro modo... no os importa. Os basta un cacho de carne con ojos.
-Di claro que somos unos brutos... -refunfuñó Juanito Ramidor, algo picado; y callóse, porque Dalinda entraba, portadora de un bacalao oloroso y humeante.
-Si lo vuestro es brutalidad, yo la envidio -confesó Mariano-, porque revela salud y normalidad. Yo necesito otros estimulantes... Me ha caído en gracia esa niña de las trenzas de oro, porque me parece una figura de retablo.... ¡La sobrina de un cura! Una azucena mística, intacta... O pierdo el nombre que tengo, o me la llevo del mesón, a pasar en Madrid una temporadita; y ha de ir contenta, o, mejor dicho, loca... ¡Si sois buenos amigos, ayudadme!
-Por nosotros que no quede -contestaron riendo los señoritos. Hacia esta parte vendremos a cazar, aunque se acaben las perdices en tres leguas a la redonda.
-Y vosotros la acosáis un poco, no mucho, ¿eh?, y yo soy un paladín; a mí me cree otro santo como ella.
Cuando Dalinda volvió presentando una olla de castañas cocidas echando vaho caliente, tapada con un trapo, y recendiendo a anís, aún celebraban estrepitosamente la ocurrencia los tres comensales. Y al despedirse, pagado el escote al mesonero, Mariano llamó aparte a la niña y le dijo, en tono sencillo y confidencial:
-Ya que no quieres dinero, acepta éste dije en recuerdo mío...
El dije era un capricho de oro y turquesas, de esos que se cuelgan en la cadena del reloj, y se lo había regalado a Mariano, una novia, una señorita con la cual estuvo a pique de casarse. Dalinda, con movimiento infantil, casto y apasionado, besó la joyuela al recibirla...
Cumpliendo lo pactado, los señoritos de Ramidor y su huésped llevaron sus cacerías por la parte de Cedre, y Mariano tuvo frecuente ocasión de ver y hablar a la sobrinita del cura. Transcurrido algún tiempo, por las bardas de la corraliza, no muy bajas, tenían sus paliques el forastero y la niña.
-¿Qué tal? ¿Te la llevas? -solían preguntar Juanito y Camilo, ya un poco burlonamente.
-Paciencia; todo se andará -contestaba, algo mohíno e impaciente, el galán cortesano-. Es que estas chiquillas educadas a la mística... Lo que os digo es que mujer más apasionada, y al mismo tiempo más... más... más difícil, ¿entendéis?, no la he encontrado en toda mi larga carrera...
De esta franca confesión tomaron pie los amigos para torearle, primero solapadamente, después a descubierto, con la clásica pesadez rural en las bromas. Los dichos, al pronto picantes, se convirtieron en mortificadores. Los dos gallos de villorrio se reían del intruso y frustrado gallo forastero, al cual sentían despechado, bajo la capa de una ironía desdeñosa. ¿Fue este despecho, o estímulos de otra naturaleza, lo que precipitó a Mariano? Cierta mañana anunció a sus amigos que aquella noche no volvería a Ramidor. Se proponía pasarla en el mesón, y no en el cuarto que le diesen, sino en otro del piso segundo, «¿no sabéis? Aquel que tiene, en la solera del balcón sin balaustre, un tiesto de claveles reventones...» ¡El aposento de Dalinda! Si querían cerciorarse, que rondasen a medianoche; él entreabriría un momento la ventana, y le verían...
Y, en efecto, poco después de sonar en el reloj del Ayuntamiento doce tristes campanadas, Camilo y Juanito Ramidor se internaron en la solitaria calleja que cae al costado del mesón. Al pasar ante la tapia de la corraliza habían visto la puerta abierta y se dieron al codo. Apenas avanzaron dos pasos por la calleja, tropezaron con un bulto que yacía en el fangoso suelo; y una mujer que venía de la corraliza, desmelenada, retorciéndose las manos, los arrolló.
-¡Ay Dios! ¡Virgen mía! gritaba la mujer.
-¡Ay pobriño del alma! ¡Socórranme, ayúdenme a levantarle de ahí! ¡Ay, no permita el Señor que esté muerto!
-Pero ¿cómo ha sido? -preguntó Camilo a Dalinda.
-¡Yo misma le tiré por el balcón abajo! -respondió ella, sollozante.
-¿Sabes lo que hiciste? -gritaron, amenazadores, los dos hidalgos.
-¡Hice bien! -exclamó la niña, enderezándose y relampagueando indignación-. ¡Vuelvo a hacerlo ahora mismo! -y rompiendo en convulsivo lloro, se arrodilló en el barro de la sucia calleja. ¡Ay Virgen mía! ¡Sangra! ¡Sangra! ¡Está sin conocimiento! -y sus brazos rodeaban el cuerpo inerte, su cara bañaba en lágrimas la del señorito...
Mariano tenía rota una pierna por el muslo, herido el cráneo por el tiesto de claveles, que cayó con él, y dislocada una muñeca.
La asistencia fue larga y penosa; se temió la amputación; al fin sanó, quedando cojo. Dalinda no se apartó de su cabecera hasta verle respuesto; y entonces, a sus ofrecimientos, respondió pidiendo una corta suma: el dote para entrar en un convento de Clarisas.

«El Imparcial», 9 de marzo de 1903.

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

El pacto de amistad

No hace mucho que volvimos de un viajecito, y ya estamos impacientes por emprender otro más largo. ¿Adónde? Pues a Esparta, a Micenas, a Delfos. Hay cientos de lugares cuyo solo nombre os alboroza el corazón. Se va a caballo, cuesta arriba, por entre monte bajo y zarzales; un viajero solitario equivale a toda una caravana. Él va delante con su «argoyat», una acémila transporta el baúl, la tienda y las provisiones, y a retaguardia siguen, dándole escolta, una pareja de gendarmes. Al término de la fatigosa jornada, no le espera una posada ni un lecho mullido; con frecuencia, la tienda es su único techo, en medio de la grandiosa naturaleza salvaje. El «argoyat» le prepara la cena: un arroz pilav; miríadas de mosquitos revolotean en torno a la diminuta tienda; es una noche lamentable, y mañana el camino cruzará ríos muy hinchados. ¡Tente firme sobre el caballo, si no quieres que te lleve la corriente!
¿Cuál será la recompensa para tus fatigas? La más sublime, la más rica. La Naturaleza se manifiesta aquí en toda su grandeza, cada lugar está lleno de recuerdos históricos, alimento tanto para la vista como para el pensamiento. El poeta puede cantarlo, y el pintor, reproducirlo en cuadros opulentos; pero el aroma de la realidad, que penetra en los sentidos del espectador y los impregna para toda la eternidad, eso no pueden reproducirlo.
En muchos apuntes he tratado de presentar de manera intuitiva un rinconcito de Atenas y de sus alrededores, y, sin embargo, ¡qué pálido ha sido el cuadro resultante! ¡Qué poco dice de Grecia, de este triste genio de la belleza, cuya grandeza y dolor jamás olvidará el forastero!
Aquel pastor solitario de allá en la roca, con el simple relato de una incidencia de su vida, sabría probablemente, mucho mejor que yo con mis pinturas, abrirte los ojos a ti, que quieres contemplar la tierra de los helenos en sus diversos aspectos.
-Dejémosle, pues, la palabra -dice mi Musa. El pastor de la montaña nos hablará de una costumbre, una simpática costumbre típica de su país.
Nuestra casa era de barro, y por jambas tenía unas columnas estriadas, encontradas en el lugar donde se construyó la choza. El tejado bajaba casi hasta el suelo, y hoy era negruzco y feo, pero cuando lo colocaron esta a formado por un tejido de florida adelfa y frescas ramas de laurel, traídas de las montañas. En torno a la casa apenas quedaba espacio; las peñas formaban paredes cortadas a pico, de un color negro y liso, y en lo más alto de ellas colgaban con frecuencia jirones de nubes semejantes a blancas figuras vivientes. Nunca oí allí el canto de un pájaro, nunca vi bailar a los hombres al son de la gaita; pero en los viejos tiempos, este lugar era sagrado, y hasta su nombre lo recuerda, pues se llama Delfos. Los montes hoscos y tenebrosos aparecían cubiertos de nieve; el más alto, aquel de cuya cumbre tardaba más en apagarse el sol poniente, era el Parnaso; el torrente que corría junto a nuestra casa bajaba de él, y antaño había sido sagrado también. Hoy, el asno enturbia sus aguas con sus patas, pero la corriente sigue impetuosa y pronto recobra su limpidez. ¡Cómo recuerdo aquel lugar y su santa y profunda soledad! En el centro de la choza encendían fuego, y en su rescoldo, cuando sólo quedaba un espeso montón de cenizas ardientes, cocían el pan. Cuando la nieve se apilaba en torno a la casuca hasta casi ocultarla, mi madre parecía más feliz que nunca; me cogía la cabeza entre las manos, me besaba en la frente y cantaba canciones que nunca le oyera en otras ocasiones, pues los turcos, nuestros amos, no las toleraban. Cantaba:
«En la cumbre del Olimpo, en el bajo bosque de pinos, estaba un viejo ciervo con los ojos llenos de lágrimas; lloraba lágrimas rojas, sí, y hasta verdes y azul celeste: Pasó entonces un corzo:
-¿Qué tienes, que así lloras lágrimas rojas, verdes y azuladas? 
-El turco ha venido a nuestra ciudad, cazando con perros salvajes, toda una jauría.
-¡Los echaré de las islas -dijo el corzo, los echaré de las islas al mar profundo!-. Pero antes de ponerse el sol el corzo estaba muerto; antes de que cerrara la noche, el ciervo había sido cazado y muerto».
Y cuando mi madre cantaba así, se le humedecían los ojos, y de sus largas pestañas colgaba una lágrima; pero ella la ocultaba y volvía el pan negro en la ceniza. Yo entonces, apretando el puño, decía:
-¡Mataremos a los turcos!
Mas ella repetía las palabras de la canción: «¡Los echaré de las islas al mar profundo! Pero antes de ponerse el sol, el corzo estaba muerto; antes de que cerrara la noche, el ciervo había sido cazado y muerto».
Llevábamos varios días, con sus noches, solos en la choza, cuando llegó mi padre; yo sabía que iba a traerme conchas del Golfo de Lepanto, o tal vez un cuchillo, afilado y reluciente. Pero esta vez nos trajo una criaturita, una niña desnuda, bajo su pelliza. Iba envuelta en una piel, y al depositarla, desnuda, sobre el regazo de mi madre, vimos que todo lo que llevaba consigo eran tres monedas de plata atadas en el negro cabello. Mi padre dijo que los turcos habían dado muerte a los padres de la pequeña; tantas y tantas cosas nos contó, que durante toda la noche estuve soñando con ello. Mi padre venía también herido; mi madre le vendó el brazo, pues la herida era profunda, y la gruesa pelliza estaba tiesa de la sangre coagulada. La chiquilla sería mi hermana, ¡qué hermosa era! Los ojos de mi madre no tenían más dulzura que los suyos. Anastasia -así la llamaban- sería mi hermana, pues su padre la había confiado al mío, de acuerdo con la antigua costumbre que seguíamos observando. De jóvenes habían trabado un pacto de fraternidad, eligiendo a la doncella más hermosa y virtuosa de toda la comarca para tomar el juramento. Muy a menudo oía yo hablar de aquella hermosa y rara costumbre.
Y, así, la pequeña se convirtió en mi hermana. La sentaba sobre mis rodillas, le traía flores y plumas de las aves montaraces, bebíamos juntos de las aguas del Parnaso, y juntos dormíamos bajo el tejado de laurel de la choza, mientras mi madre seguía cantando, invierno tras invierno, su canción de las lágrimas rojas, verdes y azuladas. Pero yo no comprendía aún que era mi propio pueblo, cuyas innúmeras cuitas se reflejaban en aquellas lágrimas.
Un día vinieron tres hombres; eran francos y vestían de modo distinto a nosotros. Llevaban sus camas y tiendas cargadas en caballerías, y los acompañaban más de veinte turcos, armados con sables y fusiles, pues los extranjeros eran amigos del bajá e iban provistos de cartas de introducción. Venían con el solo objeto de visitar nuestras montañas, escalar el Parnaso por entre la nieve y las nubes, y contemplar las extrañas rocas negras y escarpadas que rodeaban nuestra choza. No cabían en ella, aparte que no podían soportar el humo que, deslizándose por debajo del techo, salía por la baja puerta; por eso levantaron sus tiendas en el reducido espacio que quedaba al lado de la casuca, y asaron corderos y aves, y bebieron vino dulce y fuerte; pero los turcos no podían probarlo.
Al proseguir su camino, yo los acompañé un trecho con mi hermanita Anastasia a la espalda, envuelta en una piel de cabra. Uno de aquellos señores francos me colocó delante de una roca y me dibujó junto con la niña, tan bien, que parecíamos vivos y como si fuésemos una sola persona. Nunca había yo pensado en ello, y, sin embargo, Anastasia y yo éramos uno solo, pues ella se pasaba la vida sentada en mis rodillas o colgada de mi espalda, y cuando yo soñaba, siempre figuraba ella en mis sueños.
Dos noches más tarde llegaron otras gentes a nuestra choza, armadas con cuchillos y fusiles. Eran albaneses, hombres audaces, según dijo mi padre. Permanecieron muy poco tiempo; mi hermana Anastasia se sentó en las rodillas de uno de ellos, y cuando se hubieron marchado, la niña no tenía ya en el cabello las tres monedas de plata, sino únicamente dos. Ponían tabaco en unas tiras de papel y lo fumaban; el más viejo habló del camino que les convenía seguir; sobre él no estaban aún decididos.
-Si escupo arriba -dijo, me cae a la cara; si escupo abajo, me cae a la barba.
Pero había que elegir un camino; y al fin se fueron, acompañados por mi padre. Al poco rato oímos disparos, otros les respondieron, unos soldados entraron en la choza y se nos llevaron presos a mi madre, a Anastasia y a mí. Los bandidos se habían cobijado en nuestra choza, y mi padre los había seguido; por eso se nos llevaban. Vi los cadáveres de los bandidos, vi el cadáver de mi padre, y lloré hasta que me quedé dormido. Al despertar me encontré en la cárcel, cuyo recinto no era más miserable que nuestra casucha. Me dieron cebollas y vino resinoso, que vertieron de un saco embreado: no comamos mejor en casa.
Ignoro cuánto tiempo permanecimos encarcelados, pero sí sé que transcurrieron muchos días y muchas noches. Al salir de la prisión era la Santa Pascua, y yo llevé a Anastasia a cuestas, pues mi madre estaba enferma, no podía caminar sino muy despacio, y tuvimos que andar mucho antes de llegar al mar, al Golfo de Lepanto. Entramos en una iglesia, toda ella un reflejo de imágenes sobre fondo dorado; había ángeles, ¡oh, tan preciosos!, aunque Anastasia no me parecía menos bonita que ellos. En el centro del templo, sobre el suelo, había un ataúd lleno de rosas; era Nuestro Señor Jesucristo -dijo mi madre, que yacía allí en forma de bellas flores. El sacerdote anunció: «¡Cristo ha resucitado!». La gente se besaba. Todos tenían una vela encendida en la mano; también a mí me dieron una, y otra a Anastasia, aun siendo tan pequeña. Resonaban las gaitas, los hombres salían de la iglesia bailando cogidos de la mano, y fuera las mujeres asaban el cordero pascual. Nos invitaron; yo me senté junto al fuego; un muchacho mayor que yo me rodeó el cuello con el brazo y, besándome, dijo: «¡Cristo ha resucitado!». De este modo nos conocimos Aftánides y yo.
Mi madre sabía remendar redes de pesca; era una ocupación lucrativa allá en el Golfo, y, así, nos quedamos largo tiempo en la orilla del mar, aquel mar tan hermoso que sabía a lágrimas, y que por sus colores recordaba las del ciervo, pues tan pronto era rojo como verde o azul.
Aftánides sabía guiar el bote, yo me embarcaba en él con mi pequeña Anastasia, y la embarcación se deslizaba por el agua, rauda, como una nube a través del cielo. Luego, cuando el sol se ponía, las montañas se teñían de azuloscuro, una sierra asomaba por encima de la otra, y al fondo quedaba el Parnaso, con su manto de nieve; al sol poniente, la cumbre relucía como hierro al rojo vivo. Se hubiera dicho que la luz venía de su interior, pues al cabo de largo rato de haberse ocultado, el sol seguía aún brillando en el aire azul y radiante. Las blancas aves marinas azotaban con las alas la superficie del agua; de no ser por ellas, la quietud habría sido tan absoluta como entre las negras peñas de Delfos. Yo me estaba tendido de espalda en el bote, con Anastasia sentada sobre mi pecho, y las estrellas del cielo brillaban más claras que las lámparas de nuestra iglesia. Eran las mismas estrellitas, y se hallaban en el mismo lugar sobre mí que cuando me encontraba yo en Delfos delante de la choza. Al fin acabó pareciéndome que estaba todavía en Delfos. De súbito se oyó un chapoteo en el agua y lancé un grito, pues Anastasia había caído al mar; pero Aftánides saltó rápidamente tras ella, y pocos instantes después la levantaba y me la entregaba. Le quitamos los vestidos, exprimimos el agua que los empapaba y volvimos a vestirla. Aftánides hizo lo mismo con sus ropas y nos quedamos en el mar hasta que todo se hubo secado; y nadie supo una palabra del susto que habíamos pasado por causa de mi hermanita adoptiva, en cuya vida, desde entonces, Aftánides, tuvo parte.
Llegó el verano. El sol era tan ardiente, que secaba las hojas de los árboles. Me acordaba yo de nuestras frescas montañas, con sus aguas límpidas; y también mi madre sentía la nostalgia de ellas; y así, un atardecer emprendimos el regreso a aquella tierra nuestra. ¡Qué silencio y que paz! Pasamos por entre altos tomillos, que olían aún a pesar de que el sol había chamuscado sus hojas. Ni un pastor encontramos, ni una choza en nuestro camino. Todo estaba silencioso y solitario; sólo una estrella fugaz nos dijo que todavía quedaba vida allá en el cielo. No sé si era el propio aire diáfano y azul el que brillaba, o si eran rayos de las estrellas; pero distinguíamos bien todos los contornos de las montañas. Mi madre encendió fuego y asó cebollas que traía consigo, y mi hermanita y yo dormimos entre los tomillos, sin temor al feo smidraki , que despide llamas por las fauces, ni tampoco al lobo ni al chacal; mi madre estaba sentada junto a nosotros, y esto, creía yo, era suficiente.
Llegamos a nuestra vieja tierra; pero de la choza quedaba sólo un montón de ruinas; había que construir otra nueva. Unas mujeres ayudaron a mi madre, y en pocos días estuvieron levantadas las paredes y cubiertas con otro tejado de adelfa. Con piedras y corteza de árbol, mi madre trenzó muchas fundas de botellas, mientras yo guardaba el pequeño hato de los sacerdotes. Anastasia y las tortuguitas eran mis compañeras de juego.
Un día recibimos la visita de nuestro querido Aftánides. Tenía muchos deseos de vernos, dijo, y se quedó dos días enteros.
Al cabo de un mes volvió nos contó que pensaba ir en barco a Patras y Corfú, pero antes había querido despedirse de nosotros; a mi madre le trajo un pescado muy grande. Nos contó muchas cosas, no solamente acerca de los pescadores de allá abajo, en el Golfo de Lepanto, sino también de los reyes y los héroes que en otros tiempos habían reinado en Grecia como ahora los turcos.
Muchas veces he visto brotar una yema en el rosal y desarrollarse al cabo de días y semanas hasta convertirse en flor, y hacerse flor antes de que yo me hubiese detenido a pensar en lo grande, hermoso y, roja que era; pues lo mismo me ocurrió con Anastasia. Era una bella moza, y yo un robusto muchacho. Las pieles de lobo de los lechos de mi madre y Anastasia, yo mismo las había arrancado a los animales cazados con mi propia escopeta. Los años se habían ido corriendo.
Un atardecer se presentó Aftánides, esbelto como una caña, fuerte y moreno; nos besó a todos y nos habló del mar inmenso, de las fortificaciones de Malta y de las extrañas sepulturas de Egipto. Nos parecía estar escuchando una leyenda de los sacerdotes; yo lo miraba con una especie de veneración.
-¡Cuántas cosas sabes -le dije, y qué bien las cuentas!
-Un día me contaste tú la más hermosa de todas -respondió-. Me contaste algo que nunca más se ha borrado de mi memoria: lo de la antigua y bella costumbre del pacto de amistad, costumbre que yo quisiera seguir también. Hermano, vámonos los dos a la iglesia, como un día lo hicieron tu padre y el de Anastasia. La doncella más hermosa y más inocente es Anastasia, tu hermana: ¡que ella nos consagre! No hay ningún pueblo que tenga una costumbre tan bella como nosotros, los griegos.
Anastasia se sonrojó como un pétalo de rosa fresca, y mi madre besó a Aftánides.
A una hora de camino de nuestra choza, allí donde tierra mullida cubre las rocas y algunos árboles dan sombra, se levantaba la pequeña iglesia; una lámpara de plata colgaba delante del altar.
Yo me había puesto mi mejor vestido: la blanca fustanela me bajaba, en abundantes pliegues, por encima de los muslos; el jubón encarnado se quedaba ceñido y ajustado; en la borla del fez relucía la plata, y del cinturón pendían el cuchillo y las pistolas. Aftánides llevaba el traje azul propio de los marinos griegos, exhibiendo en el pecho una placa de plata con la imagen de la Virgen; su faja era preciosa, como las que sólo llevan los ricos. Bien se veía que nos preparábamos para una fiesta. Entramos en la solitaria iglesita, donde el sol poniente, penetrando por la puerta, enviaba sus rayos a la lámpara encendida y a los policromos cuadros de fondo, de oro. Nos arrodillamos en las gradas del altar, y Anastasia se colocó delante de nosotros; un largo ropaje blanco, holgado y ligero, cubría sus hermosos miembros; tenía el blanquísimo cuello y el pecho cubierto con una cadena de monedas antiguas y nuevas, y resultaba un magnífico atavío. El cabello negro recogido; en un moño, estaba sujeto por una diminuta cofia, adornada con monedas de plata y oro encontradas en los templos antiguos. Ninguna muchacha griega habría podido soñar un tocado más precioso. En su rostro radiante los ojos brillaban como dos estrellas.
Los tres orábamos, y ella nos preguntó:
-¿Quieren ser amigos en la vida y en la muerte?
-¡Sí! -respondimos.
-¿Piensen, suceda lo que suceda: mi amigo es parte de mí; mi secreto es su secreto, mi felicidad es la suya: el sacrificio, la constancia, cuanto en mí hay le pertenece como a mí mismo?
Y repetimos:
-¡Sí!
Juntándonos las manos, nos besó en la frente, y volvimos a rezar en voz queda. Entró entonces el sacerdote por la puerta del presbiterio, nos bendijo a los tres, y un canto de los demás religiosos resonó detrás del altar. El pacto de eterna amistad quedaba sellado. Cuando nos levantamos, vi a mi madre que, en la puerta de la iglesia, lloraba vehementemente.
¡Qué alegría, luego, en nuestra casita y en la fuente de Delfos! La velada que precedió al día de la partida de Aftánides, estábamos él y yo sumidos en nuestros pensamientos, sentados en la ladera de la peña, su brazo en torno a mi cuerpo, el mío rodeándole el cuello. Hablábamos de la miseria de Grecia, de los hombres en quien podía confiar. Cada pensamiento de nuestras almas aparecía claro, ante los dos; yo le cogí la mano.
-¡Una cosa debes saber, una cosa que hasta este momento, sólo Dios y yo sabemos! Mi alma entera es amor. Un amor más fuerte que el que siento por mi madre y por ti.
-¿A quién amas, pues? -preguntó Aftánides, y su rostro y cuello enrojecieron.
-Amo a Anastasia -dije, y sentí su mano temblar en la mía, y lo vi palidecer como un cadáver. Lo vi, lo comprendí, y, pareciéndome que también mi mano temblaba, me incliné hacia él y, besándole en la frente, murmuré:
-Nunca se lo he dicho; tal vez ella no me quiere. Hermano: piensa en que la he estado viendo todos los días, ha crecido junto a mí, y dentro de mi alma.
-Y tuya ha de ser -respondió él-, ¡tuya! No puedo mentirte, ni quiero. Yo también la amo. Pero mañana me marcho. Dentro de un año volveremos a vernos; para entonces estarán casados, ¿verdad?. Tengo algo de dinero, quédate con él, debes aceptarlo, debes aceptarlo.
Seguimos errando por entre las rocas; cerraba la noche cuando llegamos a la choza de mi madre.
Anastasia salió a recibirnos con la lámpara; cuando entramos, mi madre no estaba allí. La muchacha miró a Aftánides con expresión de maravillosa melancolía.
-¡Mañana te vas de nuestro lado! -dijo, ¡cuánto lo siento!
-¡Te apena! -exclamó él, y me pareció observar en sus palabras un dolor tan intenso como el mío. No pude hablar, pero él, cogiéndome la mano, dijo:
-Nuestro hermano te ama; ¿lo quieres tú a él? En su silencio se expresa su amor.
Anastasia, temblando, rompió a llorar; yo la veía sólo a ella, sólo en ella pensaba, y, pasándole el brazo alrededor del cuerpo, le dije:
-¡Sí, te amo!
Oprimió ella su boca contra la mía, y me rodeó el cuello con las manos; pero la lámpara se había caído al suelo, y la habitación quedó oscura, como el corazón de nuestro pobre y querido Aftánides.
Antes de rayar el alba se levantó, se despidió de todos besándonos y emprendió el camino. Había entregado a mi madre todo su dinero para nosotros. Anastasia era mi novia, y pocos días más tarde se convirtió en mi esposa.

1.003. Andersen (Hans Christian)

El niño travieso

Érase una vez un anciano poeta, muy bueno y muy viejo. Un atardecer, cuando estaba en casa, el tiempo se puso muy malo; afuera llovía a cántaros, pero el anciano se encontraba muy a gusto en su cuarto, sentado junto a la estufa en la que ardía un buen fuego y se asaban manzanas.
-Ni un pelo de la ropa les quedará seco a los infelices que este temporal haya pillado fuera de casa -dijo, pues era un poeta de muy buenos sentimientos.
-¡Ábrame! ¡Tengo frío y estoy empapado! -gritó un niño desde fuera. Y llamaba a la puerta llorando, mientras la lluvia caía furiosa y el viento hacía temblar todas las ventanas.
-¡Pobrecillo! -dijo el viejo, abriendo la puerta. Estaba ante ella un rapazuelo completamente desnudo; el agua le chorreaba de los largos rizos rubios. Tiritaba de frío; de no hallar refugio, seguramente habría sucumbido, víctima de la inclemencia del tiempo.
-¡Pobre pequeño! -exclamó el compasivo poeta, cogiéndolo de la mano-. ¡Ven conmigo, que te calentaré! Voy a darte vino y una manzana, porque eres tan precioso.
Y lo era, en efecto. Sus ojos parecían dos límpidas estrellas, y sus largos y ensortijados bucles eran como de oro puro, aun estando empapados. Era un verdadero angelito, pero estaba pálido de frío y tiritaba con todo su cuerpo. Sostenía en la mano un arco magnifico, pero estropeado por la lluvia; con la humedad, los colores de sus flechas se habían borrado y mezclado unos con otros.
El poeta se sentó junto a la estufa, puso al chiquillo en su regazo, le escurrió el agua del cabello, le calentó las manitas en las suyas y le preparó vino dulce. El pequeño no tardó en rehacerse: el color volvió a sus mejillas y, saltando al suelo, se puso a bailar alrededor del anciano poeta.
-¡Eres un chico alegre! -dijo el viejo. ¿Cómo te llamas?
-Me llamo Amor -respondió el pequeño. ¿No me conoces? Ahí está mi arco, con el que disparo; puedes creerme. Mira, ya ha vuelto el buen tiempo, y la luna brilla.
-Pero tienes el arco estropeado -observó el anciano.
-¡Mala cosa sería! -exclamó el chiquillo, y, recogiéndolo del suelo, lo examinó con atención-. ¡Bah!, ya se ha secado; no le ha pasado nada; la cuerda está bien tensa. ¡Voy a probarlo!
Tensó el arco, le puso una flecha y, apuntando, disparó certero, atravesando el corazón del buen poeta.
-¡Ya ves que mi arco no está estropeado! -dijo, y con una carcajada se marchó.
¿Se había visto un chiquillo más malo? ¡Disparar así contra el viejo poeta, que lo había acogido en la caliente habitación, se había mostrado tan bueno con él y le había dado tan exquisito vino y sus mejores manzanas!
El buen señor yacía en el suelo, llorando; realmente lo habían herido en el corazón.
-¡Oh, qué niño tan pérfido es ese Amor! Se lo contaré a todos los chiquillos buenos, para que estén precavidos y no jueguen con él, pues procurará causarles algún daño.
Todos los niños y niñas buenos a quienes contó lo sucedido se pusieron en guardia contra las tretas de Amor, pero éste continuó haciendo de las suyas, pues realmente es de la piel del diablo. Cuando los estudiantes salen de sus clases, él marcha a su lado, con un libro debajo del brazo y vestido con levita negra. No lo reconocen y lo cogen del brazo, creyendo que es también un estudiante, y entonces él les clava una flecha en el pecho.
Cuando las muchachas vienen de escuchar al señor cura y han recibido ya la confirmación él las sigue también. Sí, siempre va detrás de la gente. En el teatro se sienta en la gran araña, y echa llamas para que las personas crean que es una lámpara, pero ¡quizá! demasiado tarde descubren ellas su error. Corre por los jardines y en torno a las murallas.
Sí, un día hirió en el corazón a tu padre y a tu madre. Pregúntaselo, verás lo que te dicen. Créeme, es un chiquillo muy travieso este Amor; nunca quieras tratos con él; acecha a todo el mundo. Piensa que un día disparó una flecha hasta a tu anciana abuela; pero de eso hace mucho tiempo. Ya pasó, pero ella no lo olvida. ¡Caramba con este diablillo de Amor! Pero ahora ya lo conoces y sabes lo malo que es.

1.003. Andersen (Hans Christian)

El niño en la tumba

Había luto en la casa, y luto en los corazones: el hijo menor, un niño de 4 años, el único varón, alegría y esperanza de sus padres, había muerto. Cierto que aún quedaban dos hijas; precisamente aquel mismo año la mayor iba a ser confirmada. Las dos eran buenas y dulces, pero el hijo que se va es siempre el más querido; y ahora, sobre ser el único varón, era el benjamín. ¡Dura prueba para la familia! Las hermanas sufrían como sufren por lo general los corazones jóvenes, impresionadas sobre todo por el dolor de los padres; el padre estaba anonadado, pero la más desconsolada era la madre. Día y noche había permanecido de pie, a la cabecera del enfermo, cuidándolo, atendiéndolo, mimándolo. Más que nunca sentía que aquel niño era parte de sí misma. No le cabía en la mente la idea de que estaba muerto, de que lo encerrarían en un ataúd y lo depositarían en una tumba. Dios no podía quitarle a su hijo, pensaba; y cuando ya hubo ocurrido la desgracia, cuando no cabía incertidumbre, exclamó la mujer en la desesperación de su dolor:
-¡Es imposible que Dios se haya enterado! ¡En la Tierra tiene servidores sin corazón, que obran a su capricho, sin atender a las oraciones de una madre!
Así perdió su confianza en Dios; en su mente se filtraron pensamientos tenebrosos, pensamientos de muerte, miedo a la muerte eterna, temor de que el hombre fuese sólo polvo y de que en polvo terminase todo. Con estas ideas no tenía nada a que asirse, y así iba hundiéndose en la nada sin fondo de la desesperación.
En la hora más difícil no podía ya llorar, ni pensaba en las dos hijas que le quedaban; las lágrimas de su esposo le caían sobre la frente, pero no levantaba los ojos a él. Sus pensamientos giraban constantemente en torno al hijo muerto; su vida ya no parecía tener más objeto que evocar las gracias de su pequeño, recordar sus inocentes palabras infantiles.
Llegó el momento del entierro. Ella llevaba varias noches sin dormir, y por la madrugada la venció el cansancio y quedó sumida en breve letargo. Entre-tanto llevaron el féretro a una habitación apartada, para que no oyera los martillazos.
Al despertarse quiso ver a su hijito, pero su marido le dijo llorando:
-Hemos cerrado el ataúd. ¡Había que hacerlo!
-Si Dios se muestra tan duro conmigo -exclamó ella amargamente, ¿por qué han de ser más piadosos los hombres?
Y prorrumpió en un llanto desesperado.
Llevaron el féretro a la sepultura, mientras la desconsolada madre permanecía junto a sus hijas, mirándolas sin verlas, siempre con el pensamiento lejos del hogar. Se abandonaba a su dolor, y éste la sacudía como el mar sacude la embarcación cuando ha perdido la vela y los remos. Así pasó el día del entierro, y siguieron otros, igualmente tristes y sombríos. Las niñas y el padre la miraban con ojos húmedos y expresión desolada, pero ella no oía sus palabras de consuelo. Por otra parte, ¿qué podían decirle cuando a todos les alcanzaba la misma desgracia?
Sólo el sueño hubiera podido consolarla, mitigar en algo su pena, restituir las fuerzas a su cuerpo y la paz a su alma. Pero se diría que ya no lo conocía; a lo sumo, consentía en echarse en la cama, donde quedaba inmóvil como si durmiese. Una noche, su esposo, escuchando su respiración, creyó que por fin había encontrado alivio y reposo, por lo que, juntando las manos, rezó una oración y se quedó profundamente dormido. Por eso no se dio cuenta de que ella se levantaba y, después de vestirse, salía sigilosamente de la casa para dirigirse al lugar donde de día y de noche tenía fijo el pensamiento: junto a la tumba de su hijo. Atravesó el jardín que rodeaba la casa, salió al campo y tomó un sendero que, dejando a un lado la ciudad, conducía al cementerio. Nadie la vio, ni ella vio a nadie.
Era una bella noche estrellada, con el aire aún cálido y suave, pues corría el mes de septiembre. La mujer entró en el cementerio y se encaminó hacia la pequeña sepultura, que parecía un enorme y fragante ramo de flores. Se sentó e inclinó la cabeza sobre la losa, como si a través de aquella delgada capa de tierra le fuese dado ver a su hijito, cuya cariñosa sonrisa guardaba grabada en la mente. No se le había borrado tampoco la hermosa expresión de sus ojos, incluso cuando el niño yacía en su lecho de muerte. ¡Qué expresiva había sido su mirada, cuando ella se agachaba sobre el pequeño y le cogía la manita, aquella manita que él no podía ya levantar! Como había permanecido sentada a la cabecera del lecho, así velaba ahora junto a su tumba; pero aquí las lágrimas fluían copiosas, cayendo sobre la sepultura.
-¡Quisieras ir con tu hijo! -dijo de pronto una voz a su lado, una voz que sonó clara y grave y le penetró en el corazón. La mujer alzó la mirada y vio junto a ella a un hombre envuelto en un amplio manto funerario, con la capucha bajada sobre la cara. Pero ella le vio el rostro por debajo; era severo, y, sin embargo, inspiraba confianza; los ojos brillaban como si su dueño estuviese aún en los años de juventud.
-¡Ir con mi hijo! -repitió ella, con acento de súplica desesperada.
-¿Te atreverías a seguirme? -preguntó la figura- ¡Soy la Muerte!
La mujer inclinó la cabeza en señal de asentimiento, y de repente le pareció que todas las estrellas brillaban sobre su cabeza con el resplandor de la luna llena; vio la magnificencia de colores de las flores depositadas en la tumba, la tierra se abrió lenta y suavemente cual un lienzo flotante y la madre se hundió, mientras la figura extendía a su alrededor el negro manto. Se hizo la noche, la noche de la muerte; ella se hundió a mayor profundidad de la que alcanza la pala; el cementerio quedaba allí arriba, como un tejado sobre su cabeza.
Se corrió de un lado la punta del manto, y la madre se encontró en una inmensa sala, enorme y acogedora. Aunque reinaba la penumbra, vio ante ella a su hijo, que en el mismo momento se arrojó a sus brazos. Le sonreía, irradiando una belleza superior aún a la que tenía en vida. Ella lanzó un grito que no pudo oírse, pues muy cerca de ella sonaba una música deliciosa, primero muy cerca, más lejana después, y que volvió a aproximarse. Nunca habían herido sus oídos sones tan celestiales; le llegaban del otro lado de la espesa cortina negra que separaba la sala del inmenso ámbito de la eternidad.
-¡Mi dulce, mi querida madre! -oyó que exclamaba el niño. Era su voz, tan conocida; y ella lo devoraba a besos, presa de una dicha infinita. El niño señaló la oscura cortina.
-¡No es tan bonito allá en la Tierra! ¿Ves, madre, ves a todos estos? ¡Mira qué felices somos!
Pero la madre nada veía, ni allá donde le indicaba su hijo; nada sino la negra noche. Veía con sus ojos terrenales, pero no como veía el niño a quien Dios había llamado a sí. Oía los sones, la música, más no la palabra en la que hubiera podido creer.
-¡Ahora puedo volar, madre! -dijo el pequeño, volar con todos los demás niños felices, directamente hacia Dios Nuestro Señor. ¡Me gustaría tanto hacerlo! Pero cuando tú lloras como lo haces en este momento, no puedo separarme de ti. ¡Y me gustaría tanto! ¿No me dejas? Pronto vendrás a reunirte conmigo, madre mía.
-¡Oh, quédate, quédate aún un instante, sólo un instante! -le rogó ella-. ¡Deja que te mire aún otra vez, que te bese y te tenga en mis brazos!
Y lo besó y estrechó contra su corazón. Desde lo alto, alguien pronunció su nombre, y los sones llegaban impregnados de una tristeza infinita. ¿Qué era?
-¿Oyes? -dijo el niño-. ¡Es el padre, que te llama!
Y un momento después se escucharon profundos sollozos, como de niños que lloraban.
-¡Son mis hermanas! -dijo el niño. ¡Madre, no las habrás olvidado! Entonces ella se acordó de los que quedaban; la sobrecogió una angustia indecible. Miró ante sí y vio unas figuras flotantes, algunas de las cuales creyó reconocer. Avanzaban en el aire por la sala de la Muerte hacia la oscura cortina y desaparecían detrás de ella. ¿No se le aparecerían su marido, sus hijas? No, su llamada, sus suspiros, seguían llegando de lo alto. Había faltado poco para que se olvidase de ellos, absorbida en el recuerdo del muerto.
-¡Madre, ahora suenan las campanas del cielo! -dijo el niño. Madre, ahora sale el sol.
Y sobre ella cayó un torrente de cegadora luz; el niño se había ido, y ella sintió que la subían hacia las alturas. Hacía frío a su alrededor, y al levantar la cabeza se dio cuenta de que estaba en el cementerio, tendida sobre la tumba de su hijo. Pero Dios, en su sueño, había sido un apoyo para su cuerpo y una luz para su entendimiento. Doblando la rodilla, dijo:
-¡Perdóname, Señor, Dios mío, por haber querido detener el vuelo de un alma eterna, y por haber olvidado mis deberes con los vivos, que confiaste a mi cuidado!
Y al pronunciar estas palabras, un gran alivio se infundió en su corazón. Salió el sol, un avecilla rompió a cantar encima de su cabeza, y las campanas de la iglesia llamaron a maitines. Un santo silencio se esparció en derredor, santo como el que reinaba ya en su corazón. Reconoció nuevamente a su Dios, reconoció sus deberes y volvió presurosa a su casa. Se inclinó sobre su marido, lo despertó con sus besos y le dijo palabras que le salían del alma. Volvía a ser fuerte y dulce como puede serlo la esposa, y de sus labios brotó una rica fuente de consuelo.
-¡Bien hecho está lo que hace Dios!
Le preguntó el marido:
-¿De dónde has sacado de repente esta virtud de consolar a los demás?
Ella lo abrazó y besó a sus hijas.
-¡La recibí de Dios, por mediación de mi hijo muerto!

1.003. Andersen (Hans Christian)

El nido de cisnes

Entre los mares Báltico y del Norte hay un antiguo nido de cisnes: se llama Dinamarca. En él nacieron y siguen naciendo cisnes que jamás morirán.
En tiempos remotos, una bandada de estas aves voló, por encima de los Alpes, hasta las verdes llanuras de Milán; aquella bandada de cisnes recibió el nombre de longobardos.
Otra, de brillante plumaje y ojos que reflejaban la lealtad, se dirigió a Bizancio, donde se sentó en el trono imperial y extendió sus amplias alas blancas a modo de escudo, para protegerlo. Fueron los varingos.
En la costa de Francia resonó un grito de espanto ante la presencia de los cisnes sanguinarios, que llegaban con fuego bajo las alas, y el pueblo rogaba:
-¡Dios nos libre de los salvajes normandos!
Sobre el verde césped de Inglaterra se posó el cisne danés, con triple corona real sobre la cabeza y extendiendo sobre el país el cetro de oro.
Los paganos de la costa de Pomerania hincaron la rodilla, y los cisnes daneses llegaron con la bandera de la cruz y la espada desnuda.
-Todo eso ocurrió en épocas remotísimas -dirás.
También en tiempos recientes se han visto volar del nido cisnes poderosos.
Se hizo luz en el aire, se hizo luz sobre los campos del mundo; con sus robustos aleteos, el cisne disipó la niebla opaca, quedando visible el cielo estrellado, como si se acercase a la Tierra. Fue el cisne Tycho Brahe.
-Sí, en aquel tiempo -dices-. Pero, ¿y en nuestros días?
Vimos un cisne tras otro en majestuoso vuelo. Uno pulsó con sus alas las cuerdas del arpa de oro, y las notas resonaron en todo el Norte; las rocas de Noruega se levantaron más altas, iluminadas por el sol de la Historia. Se oyó un murmullo entre los abetos y los abedules; los dioses nórdicos, sus héroes y sus nobles matronas, se destacaron sobre el verde oscuro del bosque.
Vimos un cisne que batía las alas contra la peña marmórea, con tal fuerza que la quebró, y las espléndidas figuras encerradas en la piedra avanzaron hasta quedar inundadas de luz resplandeciente, y los hombres de las tierras circundantes levantaron la cabeza para contemplar las portentosas estatuas.
Vimos un tercer cisne que hilaba la hebra del pensamiento, el cual da ahora la vuelta al mundo de país en país, y su palabra vuela con la rapidez del rayo.
Dios Nuestro Señor ama al viejo nido de cisnes construido entre los mares Báltico y Norte.
Dejad si no que otras aves prepotentes se acerquen por los aires con propósito de destruirlo. ¡No lo lograrán jamás! Hasta las crías implumes se colocan en circulo en el borde del nido; bien lo hemos visto. Recibirán los embates en pleno pecho, del que manará la sangre; mas ellos se defenderán con el pico y con las garras.
Pasarán aún siglos, otros cisnes saldrán del nido, que serán vistos y oídos en toda la redondez del Globo, antes de que llegue la hora en que pueda decirse en verdad:
-Es el último de los cisnes, el último canto que sale de su nido.

1.003. Andersen (Hans Christian)

El molino de viento

En la cima del cerro había un molino de viento, de altivo aspecto; y la verdad es que se sentía muy orgulloso.
-No es que sea orgulloso -decía, lo que sí soy muy ilustrado, por fuera y por dentro. Tengo el sol y la luna para mi uso externo y también interno, y además dispongo de velas de estearina, lámparas de aceite y bujías de sebo. Bien puedo decir que soy un molino de luces; un ser inteligente y tan perfecto, que da gusto. Tengo en el pecho una rueda, y cuatro alas dispuestas sobre la cabeza, inmediatamente debajo del sombrero. Las aves, en cambio, poseen sólo dos, y las llevan en la espalda. De nacimiento soy holandés, bien se nota por mi figura; un holandés volante que, como no ignoro, figura entre los seres sobrenaturales, y, con todo, soy perfecta-mente natural. Tengo una galería alrededor del estómago y una vivienda en la parte inferior; en ella habitan mis pensamientos. Al más fuerte de ellos, el que manda y domina, lo llaman los demás «el molinero». Ése sabe lo que se trae entre manos, y está muy por encima de la harina y la sémola; sin embargo, tiene a su compañera, la «molinera». Ella es el corazón; no corre sin ton ni son de un lado para otro, pues también ella sabe lo que quiere y lo que puede; es suave como una leve brisa, y fuerte como un vendaval; es prudente y logra imponer su voluntad. Es mi sentido de la suavidad, el padre es el de la dureza. Aunque son dos, forman una sola persona, y entre ellos se llaman «mi mitad». Tienen hijos: pequeños pensamientos que crecerán. ¡Cuántas diabluras cometen los rapaces! No hace mucho me sentía deprimido e hice que el padre y sus oficiales examinasen mi mecanismo y la rueda que tengo en el pecho; quería saber lo que me ocurría, pues algo en mí no marchaba como debiera, y conviene vigilarse; los pequeñuelos metieron un ruido infernal, cosa muy enfadosa cuando se vive en la cumbre de una colina. Hay que contar con que todos te ven, y no se debe despreciar la opinión pública. Pero, como iba diciendo, los chiquillos cometieron una de travesuras... El más chiquitín se me subió sobre el sombrero, y armó tal alboroto que me daba cosquillas. Los pensamientos chicos pueden crecer, lo sé por experiencia. Y de fuera vienen también pensamientos, y no precisamente de mi linaje, pues no veo a ningún pariente en todo lo que alcanza mi vista; estoy sólo. Pero las casas sin alas, donde no se oye el girar de la rueda, tienen también pensamientos que vienen a reunirse con los míos y se enamoran unos de otros, como suele decirse. Es bien asombroso. ¡La de cosas extrañas que hay en el mundo! No sé si me ha venido de dentro o de fuera, pero el hecho es que ha habido un cambio en mi mecanismo. Es algo así como si el padre hubiese cambiado su mitad, como si hubiera venido un sentido más dulce aún, una compañera más amorosa, joven y buena y, sin embargo, la misma, pero más dulce y más piadosa a medida que pasa el tiempo. Lo amargo se ha evaporado; el conjunto resulta muy agradable. Van y vienen los días, cada vez más claros y alegres, hasta que -sí, dicho y escrito está- llegará uno en que todo habrá terminado para mí, aunque no del todo. Me derribarán para reconstruirme, nuevo y mejor. Desapareceré, pero seguiré viviendo. Seré distinto y, no obstante, seré el mismo. Esto me resulta muy difícil de comprender, pese a toda mi ilustración y a que me iluminan el sol, la luna, la estearina, el aceite y el sebo. Mis viejas paredes y habitaciones volverán a alzarse de entre los escombros. Espero que conservaré mis antiguos pensamientos: el molinero, la madre, los mayores y los chicos, la familia, como los llamo en conjunto, uno y, sin embargo, tantos, todo el conjunto de pensamientos, que ya me es imprescindible. Y tengo que seguir también siendo yo mismo, con la rueda en el pecho, las alas sobre la cabeza, la galería en torno al estómago; de otro modo no me reconocería, y tampoco me reconocerían los demás, y no podrían decir: «Ahí tenemos el molino en la colina, tan apuesto pero nada orgulloso».
Todo esto dijo el molino, y muchas cosas más; pero lo más importante es lo que hemos apuntado.
Y vinieron los días y se fueron, hasta que llegó el último. Estalló un incendio en el molino; se elevaron las llamas, proyectándose hacia fuera y hacia dentro, lamiendo las vigas y planchas y devorándolas. Se desplomó el edificio, y no quedó de él más que un montón de cenizas. De él se levantaba una columna de humo, que el viento dispersó.
Lo que de vivo había en el molino, vivo quedó, y, en vez de sufrir daños, más bien salió ganando. La familia del molinero, un alma con muchos pensamientos, se construyó un molino nuevo y hermoso para su servicio, de aspecto exactamente igual al anterior, por lo que la gente decía: «Ahí está el molino de la colina, altivo y apuesto». Pero estaba mejor construido, más a la moderna, pues los tiempos progresan. Los viejos maderos, carcomidos y esponjosos, yacían convertidos en polvo y ceniza; el cuerpo del molino no volvió a levantarse, como él había creído; había dado fe a las palabras, pero no hay que tomar las cosas tan al pie de la letra.

1.003. Andersen (Hans Christian)