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sábado, 22 de junio de 2013

La lengua

Hospicio de las Mercedes...

No sé cuándo acabará este infierno. Esto sí, es muy posible que con­sigan lo que desean. ¡Loco perseguido! ¡Tendría que ver...! Yo propongo esto: ¡A todo el que es lengualarga, que se pasa la vida mintiendo y calum­niando, arránquesele la lengua, y se verá lo que pasa!
¡Maldito sea el día que yo también caí! El individuo no tuvo la más ele­mental misericordia. Sabía como el que más que un dentista sujeto a impul­sividades de sangre podrá tener todo, menos clientela. Y me atribuyó estos y aquellos arrebatos; que en el hospital había estado a punto de degollar a un dependiente de fiambrería; que una sola gota de sangre me enloquecía... ¡Arrancarle la lengua...! Quiero que alguien me diga qué había he­cho yo a Felippone para que se ensañara de ese modo conmigo. ¿Por hacer un chiste...? Con esas cosas no se juega, bien lo sabía él. Y éramos amigos. ¡Su lengua...! Cualquier persona tiene derecho a vengarse cuando lo han herido. Supóngase ahora lo que me pasaría a mí, con mi carrera rota a su principio, condenado a pasarme todo el día por el estudio sin clientes, y con la pobreza que yo solo sé...
Todo el mundo lo creyó. ¿Por qué no lo iban a creer? De modo que cuando me convencí claramente de que su lengua había quebrado para siempre mi porvenir, resolví una cosa muy sencilla: arrancársela.
Nadie con más facilidades que yo para atraerlo a casa. Lo encontré una tarde y lo cogí riendo de la cintura, mientras lo felicitaba por su broma que me atribuía no sé qué impulsos...
El hombre, un poco desconfiado al principio, se tranquilizó al ver mi falta de rencor de pobre diablo. Seguimos charlando una infinidad de cua­dras, y de vez en cuando festejábamos alegremente la ocurrencia.
-Pero de veras         me detenía a ratos-. ¿Sabías que era yo el que ha­bía inventado la cosa?
-¡Claro que lo sabía! -le respondía riéndome.
Volvimos a vernos con frecuencia. Conseguí que fuera al consultorio, donde confiaba en conquistarlo del todo. En efecto, se sorprendió mucho de un trabajo de puente que me vio ejecutar.
No me imaginaba -murmuró mirándome- que trabajaras tan bien...
Quedó un rato pensativo y de pronto, como quien se acuerda de algo que aunque ya muy pasado causa siempre gracia, se echó a reír.
-¿Y desde entonces viene poca gente, no?
-Casi nadie -le contesté sonriendo como un simple.
¡Y sonriendo así tuve la santa paciencia de esperar, esperar! Hasta que un día vino a verme apurado, porque le dolía vivamente una muela.
¡Ah, ah! ¡Le dolía a él! ¡Y a mí, nada, nada!
Examiné largamente el raigón doloroso, manejándole las mejillas con una suavidad de amigo que le encantó. Lo emborraché luego de ciencia odontológica, haciéndole ver en su raigón un peligro siempre de temer...
Felippone se entregó en mis brazos, aplazando la extracción de la muela para el día siguiente.
¡Su lengua!... Veinticuatro horas pueden pasar como un siglo de es­peranzas para el hombre que aguarda al final un segundo de dicha.
A las dos en punto llegó Felippone. Pero tenía miedo. Se sentó en el sillón sin apartar sus ojos de los míos.
-¡Pero hombre! -le dije paternalmente, mientras disimulaba en la mano el bisturí-. ¡Se trata de un simple raigón! ¿Qué sería si...? ¡Es cu­rioso que les impresione más el sillón del dentista que la mesa de operacio­nes! -concluí, bajándole el labio con el dedo.
-¡Y es verdad! -asintió con la voz gutural.
-¡Claro que lo es! -sonreí aún, introduciendo en su boca el bisturí para descarnar la encía.
Felippone apretó los ojos, pues era un individuo flojo.
-Abre más la boca -le dije.
Felippone la abrió. Metí la mano izquierda, le sujeté rápidamente la lengua y se la corté de raíz.
¡Plum! ¡Chismes y chismes y chismes, su lengua! Felippone mugió echando por la boca una ola de sangre y se desmayó.
Bueno. En la mano yo tenía su lengua. Y el diablo, la horrible locura de hacer lo que no tiene utilidad alguna, estaban en mis dos ojos. Con aquella podredumbre de chismes en la mano izquierda, ¿qué necesidad te­nía yo de mirar allá?
Y miré, sin embargo. Le abrí la boca a Felippone, acerqué bien la ca­ra, y miré en el fondo. ¡Y vi que asomaba por entre la sangre una lengüita roja! ¡Una lengüita que crecía rápidamente, que crecía y se hinchaba, co­mo si yo no tuviera la otra en la mano!
Cogí una pinza, la hundí en el fondo de la garganta y arranqué el mal­dito retoño. Miré de nuevo, y vi otra vez -¡maldición!- que subían dos nuevas lengüitas moviéndose...
Metí la pinza y arranqué eso, con ellas una amígdala...
La sangre me impedía ver el resultado. Corrí a la camilla, ajusté un tubo, y eché en el fondo de la garganta un chorro violento. Volví a mirar: cuatro lengüitas crecían ya...
¡Desesperación! Inundé otra vez la garganta, hundí los ojos en la boca abierta, y vi una infinidad de lengüitas que retoñaban vertiginosamente... Desde ese momento fue una locura de velocidad, una carrera furibunda, arrancando, echando el chorro, arrancando de nuevo, tornando a echar agua, sin poder dominar aquella monstruosa reproducción. Al fin lancé un grito y disparé. De la boca le salía un pulpo de lenguas que tanteaban a todos. ¡Las lenguas! Ya comenzaban a pronunciar mi nombre...

1.044. Quiroga (Horacio)

Una leccion de nobleza

(Comienzos de la época consti­tucional: 1861)

 I

El caballero inglés Mr. Morris había venido a la República Argentina en 1861, cuando el país comenzaba a reponerse de sus largas guerras civiles, orientándose resueltamente hacia el progreso.
Las naciones de Europa ya habían fijado su atención en este pueblo briosamente empeñado en conquistarse su lugar. Los inmigrantes afluían en gran número. Venían los que no hallaban en su propia patria los medios de subsistencia; los que nada tenían que perder y todo que ganarlo; aquéllos cuyo espíritu aventurero se sentía fascinado por la vida libre e independiente en la llanuras argentinas; y, por fin, los que deseaban emplear su dinero en empresas industriales o de otra especie, de las innu­merables que se brindaban a los capitalistas en esa época.
Entre estos últimos se hallaba Mr. Morris. Compró terrenos en la provincia de Buenos Aires, sobre la costa del Paraná, y estableció allí un pequeño saladero.
La empresa floreció, y pronto fue necesario ensanchar los edificios y adquirir más tierras. El número de los animales beneficiados aumentó de año en año.
-Tiene suerte el inglés -decían los paisanos, sin darse cuenta de que el secreto de tal prosperidad no estaba sólo en la suerte, sino en la per-severancia y el trabajo.
Mr. Morris, convencido de que aquello marchaba bien, hizo levantar, a distancia conveniente del saladero, un lindo chalet, alrededor del cual, aprove­chando los accidentes naturales del terreno, formó un hermoso parque. Llegaron carros llenos de mue­bles, enseres domésticos, objetos de adorno; carrua­jes y caballos de tiro y de silla.
Cuando el chalet estuvo alhajado y todo pronto, Mr. Morris partió a Buenos Aires, y al cabo de algunos días volvió con su esposa y dos niñas de diez y doce años, respectivamente, bulliciosas e inquietas como pajarillos.
El chalet se pobló de semblantes risueños y de sonidos alegres.

II

El dueño del saladero era inglés hasta la médula de los huesos. Había traído a la Argentina su capital, su inteligencia y su voluntad para trabajar, y tam­bién la altivez, toda la superioridad que se atribuye el europeo orgulloso de su cultura sobre el ame­ricano.
Miraba con ironía las costumbres y las cosas criollas, sin detenerse a averiguar el porqué de ellas o el grado de cultura que representaban. Tenía el desprecio del anglosajón, serio, enérgico y contraído al trabajo, por los latinos, más indolentes, acostum­brados a tomar la vida por el lado liviano. Sin com­prender el medio en el cual se hallaba, desdeñando estudiarlo más allá de lo que pudiera fomentar o perjudicar sus intereses, indiferente a todo lo que pasaba fuera de su esfera de acción, Mr. Morris era, después de algunos años de residencia, tan extraño en la República Argentina como el día de su llegada. El establecimiento se llamaba "Saladero de York", en honor de la ciudad natal del dueño. El ingeniero director de la instalación era inglés; ingleses todos los empleados superiores, y aun entre el personal subalterno, muchos, casi todos, eran ingleses, o por lo menos anglo-argentinos. Las costumbres, el modo de vivir de la familia, todo resultaba idéntico a lo que había sido en Inglaterra. El chalet era un pedazo de Old England trasplantado en plena provincia de Buenos Aires.

III

El paisanaje no quería mucho a Mr. Morris, a pesar de lo cual todos buscaban trabajo en el sala­dero, porque el "mister" pagaba bien. Este sentía no poder tener también peones ingleses; pero de mal grado confesaba que para atender el ganado no había hombres como los criollos.
-Para eso únicamente sirven -solía decir.
-Forman un pueblo sin instrucción, sin energía, sin moral; perezosos, despreocupados, indiferentes a todo progreso. Trabajan para no morirse de hambre, y aun a veces prefieren robar a trabajar. Ahí los tiene usted tomando mate o fumando; ya aquél prepara su inevitable guitarra; el otro se ha tumbado para dormir la siesta. Cada uno de ellos es capaz de asesinar a su propio hermano, si le ofrezco cincuenta pesos.
Era la firme convicción de Mr. Morris, que con dinero se conseguía todo en la República Argentina. No había nada que no estuviese en venta: el ganado y la vida de un hombre, los campos y el honor personal, cereales y casas, lo mismo que empleos y favores.
A su vez los gauchos, cuando le veían pasar, grave, correcto, impasible, con la cabeza rubia bien alta y rozándolos apenas con la mirada fría y desdeñosa de sus ojos grises, bordaban alrededor de su persona los más variados comentarios, mezclados de ironía y de admiración tributada de mala gana.
-¡Esos ingleses! -decía uno. 
-Vienen al país sin un centavo y a la vuelta de unos cuantos años ya los tiene usted ricos.
-Este no vino pobre -objetó otro. 
-Traía algún capital y lo invirtió en el saladero.
-El saladero es una mina de oro.
-Y el inglés sabe extraer todo el oro que contiene; pero hay que confesar que no es mezquino.
-Es cierto, paga bien y jamás queda debiendo nada a nadie.
-Pues yo, con todo, prefiero al dueño de la estancia Los Sauces. Siquiera aquél nos trata como gentes, mientras el inglés ni se digna saludamos.
-¿Y usted qué dice, don Antonio? -preguntó un paisano a otro medio viejo, que escuchaba la conversación sin terciar en ella.
Don Antonio trabajaba en el saladero, a cuyo dueño había prestado en varias ocasiones impor­tantes servicios. Mr. Morris, según su costumbre, le había remunerado bien, sin considerar necesario obsequiarle con palabra alguna de agradecimiento.
Al oír la pregunta, don Antonio volvió lenta­mente hacia el otro sus ojos ocultos bajo cejas tupidas y en los cuales había siempre un guiño malicioso.
-¿Yo? -repuso. 
-Pienso que el mister es muy vivo y que sabe mucho; pero que todavía le falta que aprender.
-¿Aprender? ¿Qué, pues?
Don Antonio hizo un gesto vago con la mano en que tenía el cigarrillo, y no contestó.

IV

Las dos hijas de Mr. Morris, Lily y Ruth, no cono­cían mayor placer que el de galopar a través de los campos, trepar las barrancas y hacer viajes de explo­ración por la comarca.
-Allá van las inglesitas -decían los paisanos cuando las veían pasar sueltas las riendas de sus ca­ballos, al viento los rizos castaños de Lily y los ru­bios de Ruth, resplandecientes los ojos y frescas las mejillas aun no tostadas por el ardiente sol argentino.
Una mañana, como de costumbre, las niñas mon­taron a caballo y después de galopar un rato sin rumbo fijo, se detuvieron para consultar.
-¿A dónde iremos? -preguntó Ruth.
-Vamos a ver los potrillos en la estancia Los Sauces -propuso Lily.
-¿Oh? los potrillos. Todos los días podemos ver los potrillos.
-Entonces, di tú algo mejor.
-¿Vamos al río?
-También podemos ver el río todos los días.
-Sí, pero dicen que hoy está muy crecido. Ruth, como siempre, se salió con la suya y las dos hermanitas se dirigieron hacia el río.
No era éste el Paraná-Guazú, sino uno de los innu­merables riachos, canales o brazos que cruzan y cortan las islas del Delta.
Hacía varios días que bajaba mucha agua; las islas comenzaban a inundarse y existía el peligro de que el río continuara creciendo.
Desde la barranca las niñas vieron correr a sus pies el caudal de aguas amarillas y turbias, tan espesas que ni siquiera ondulaban, arrastrando camalotes, trozos de leña, cañas y otros objetos: El sol apenas conseguía encender centellas en ese líquido sucio, tan azul otras veces, que se deslizaba rápido con murmullo maligno y traicionero, for­mando de vez en cuando algún remolino que inte­rrumpía la superficie lisa.
La estrecha faja de playa al pie de la barranca estaba inundándose. La isla de enfrente había desa­parecido casi por entero bajo el agua; sólo se veía de ella la parte media, en la cual existían algunos árboles.
-¿Atravesamos? -propuso de pronto Ruth.
Lily la miró atónita.
-¿A dónde quieres ir?
-A la isla, pues. Siempre he deseado cruzar el río mientras estuviera crecido.
-Pero papá nos ha prohibido cruzarlo aún cuando no esté crecido -objetó Lily, más pru­dente.
Ruth vaciló un poco; pero como era intrépida y decidida y su tentación grande, hecha mayor todavía por la prohibición y el peligro, trató de persuadir a su hermana.
-Nadie nos va a ver. Tendremos cuidado de no mojarnos, y en todo caso, el sol nos secará pronto. Vamos, Lily.
-En fin: ¿qué es lo que quieres ver allá?
Ruth no habría podido decirlo. No existía absolu­tamente nada de interesante en la isla; pero a la pequeña caprichosa se le había ocurrido visitarla y estaba resuelta a hacerlo.
-Yo voy a ir -anunció, y en efecto comenzó a bajar la barranca. Lily se asustó seriamente.
-Si vas, le aviso a papá -amenazó.
-Eso es: ve con cuentos -replicó la menor en tono sarcástico.
-Pero no, si no voy con cuentos -protestó la pobre Lily casi llorando; -sólo quiero decir que no trates de cruzar, porque hay mucha correntada y podría arrastrarte.
-Oh, bueno; si tienes miedo, no vengas -repuso Ruth desdeñosamente.
¡Miedo! Nunca lo hubiera dicho.
No había para las dos inglesitas mayor insulto que suponerlas miedosas.
Lily se puso encarnada, y olvidando en su indig­nación toda prudencia, siguió a Ruth, quien reía a escondidas al sentir el paso del caballo que bajaba detrás del suyo.
La dos chicas conocían el vado por el cual acos­tumbraban a pasar los animales trashumantes. Allí las dos se detuvieron un momento, vacilando.
Realmente no valía la pena mojarse para ir a la isla desierta; pero Ruth había declarado que iría, y Lily tenía que probar que no era miedosa.

-A una y otra, su honor -querían decir su obstinación- les impedía echarse atrás.
Ruth entró resueltamente en el agua y Lily la siguió de cerca.
Al principio los caballos pisaban fondo, cami­nando con precaución y visiblemente de mala gana. Luego el de Ruth se detuvo, tanteó el suelo y negóse a seguir. La niña le tocó con el látigo; el animal obe­bedeció y empezó a nadar. Ruth estaba encantada.
-Cuidado -advirtió a su hermana, aquí no se toca fondo. ¡Qué lindo es!
Pero la risa desapareció de pronto de su carita rosada. Había llegado al medio del canal, donde la corriente era más poderosa. El caballo luchaba con el empuje violento de las aguas que lo desviaban más y más, envolviéndolo en sus masas amarillas y sucias.
Ruth se asustó, aunque sin perder la cabeza. Trató de ayudar al animal, pero la correntada arrastraba a ambos, amazona y caballo, hacia un remolino que giraba más abajo.
Entonces la pequeña atolondrada perdió toda su sangre fría, y presa del espanto se aferró convulsiva­mente a la montura, prorrumpiendo en gritos deses­perados. Lily nada podía hacer para auxiliar a su hermana en peligro.

V

Don Antonio cruzaba el campo, distraído, camino del saladero.
Un grito agudo que partió del lado del río, hirió de golpe su oído. Corrió precipitadamente hacia la barranca y desde allí divisó a las dos hijitas de Mr. Morris, ambas en grave peligro.
El gaucho no titubeó. Se lanzó cuesta abajo a riesgo de que rodara su caballo y obligó a éste a entrar en el agua. Consiguió sujetar el tordillo espan­tado de Lily y conducirlo a tierra. Luego acometió la empresa más difícil de salvar a Ruth.
La tentativa era en extremo peligrosa, aun para un hombre audaz y fuerte.
Con mirada rápida y segura calculó el punto de la orilla desde el cual debía partir para que la corriente lo condujera hacia el lugar donde brillaba al sol la rubia cabellera de Ruth.
Tras de grandes esfuerzos y muchas tentativas inútiles, durante las cuales estuvo en serio peligro, don Antonio alcanzó a Ruth y la alzó sobre su caballo en el instante mismo en que iba a perderse arrebatada por las aguas.
Volvió trabajosamente a la orilla, llevando en sus brazos a la pequeñuela, cuya cabecita pálida repo­saba en su pecho, con los ojos cerrados. Lily, llo­rando y riendo a un tiempo, corrió a su encuentro. El gaucho envolvió a la niña en su poncho, y orde­nando a Lily que le siguiera, tomó a galope tendido el camino del saladero.

VI

Cuando Mr. Morris llegó a casa para almorzar, halló a Ruth durmi-endo tranquilamente, y a Lily, colgada del cuello de su madre, refiriéndole entre sollozos la aventura de aquella mañana y la salvación de su hermanita.
Mr. Morris no era hombre de quedar debiendo nada a nadie. Por el contrario, era de opinión que todo servicio, grande o pequeño, debía ser remune­rado en una forma o en otra.
Don Antonio había salvado la vida a sus hijas. La retribución tenía que estar en proporción con la importancia del acto.
Como el gaucho distaba mucho de ser rico, Mr. Morris pensó que entregarle una buena suma de dinero sería la forma más cómoda y conveniente de manifestar su gratitud. Se echó al bolsillo cinco billetes de mil pesos moneda corriente, tomó el tílburi y se dirigió al rancho de don Antonio.
El paisano fumaba, recostado en el marco de la puerta, cuando el tílburi se detuvo frente al rancho.
-Usted ha salvado a mis niñas -le dijo sin pre­ámbulo Mr. Morris. 
-Mi señora y yo se lo agrade­cemos mucho. Tome esto como señal de nuestra gratitud -y le ofreció los billetes de Banco. 
-Tome -insistió al ver que don Antonio no se movía. 
-Son cinco mil pesos... Si le parece poco no tengo inconveniente en darle más...
Se cortó, un tanto incómodo, pues el gaucho no hacía ademán de tomar el dinero. Miraba fijamente a Mr. Morris y la expresión semihumorística de sus ojos se transformó gradualmente en la del más profundo y evidente desprecio:
-No, señor  contestó; -guárdese su plata. Hay cosas que no se hacen por dinero.
Mr. Morris permaneció atónito, con la mano siempre extendida sujetando los billetes de Banco. Durante medio minuto estuvo inmóvil, con los ojos clavados en ese hombre que desdeñaba su dinero; y luego, lenta, muy lenta, casi inconscientemente, el caballero inglés, educado, elegante, rico y orgulloso de su cultura, se descubrió ante el gaucho despre­ciado.

Cuento argentino

1.062. Eflein (Ada Maria)

Promesa sagrada

(Revolución del sur: 1839)

I

En una estancia situada entre los pueblos de Chas­comús y Dolores, se hallaban, una noche de Octubre de 1839, diez o doce hombres, estancieros del Sur y algunos militares, sentados alrededor de una mesa cubierta de planos, mapas y otros diversos papeles. Hablaban en voz baja, como temerosos de que los oyeran de afuera.
-Ya que estamos todos reunidos -dijo el comandante don Manuel Rico, infórmenos, señor Martínez Castro, de las noticias que ha recibido.
El señor Martínez Castro, dueño de casa, sacó del bolsillo una cantidad de papeles y hojeándolos separó una carta de la que dio lectura. Era del general don Juan Lavalle, y en ella manifestaba su constante disposición de desem-barcar la Legión Libertadora en el puerto del Tuyú para auxiliar a los que en el Sur de Buenos Aires organizaban la revo­lución contra el tirano Juan Manuel de Rosas.
-Según esto -observó el comandante Rico -podremos esperar al general de aquí a un mes.
-Eso nos da tiempo -añadió un señor Ezeiza- para terminar nuestros preparativos. El pueblo de la campaña está dispuesto y podremos, en el momento dado, contar con tres mil hombres por lo menos, bien armados y montados. Falta reunirlos y organizarlos, y eso se está haciendo activa-mente.
-Tengo aquí una lista de los recursos dispo­nibles -dijo el coronel Cramer, oficial que había estado a las órdenes de San Martín en el Ejército de los Andes.
-Oigamos -exclamó el comandante.
-Tenemos -continuó Grame, consultando la lista- toda la peonada de las estancias de Dolores, Chascomús y Monsalvo, que no baja de 1.500 hom­bres. El señor Castelli ha puesto a nuestra disposi­ción su fortuna. El juez de paz de Dolores, que es de los nuestros, ofrece cien fusiles. El señor Burgos, de Monsalvo, ha donado 5.000 pesos. Y no debemos olvidar ál joven Luis Aguirre...
Al pronunciar este nombre, pasó por los ojos graves del coronel una expresión cariñosa.
-Sí, -dijo el mayor Castelli, hijo del prócer de la independencia, -ese joven nos es indispensable: entre la gente de la campaña su influencia es inmensa.
-Ahora que el coronel ha leído la lista y yo la carta del general -observó Martínez Castro, -comuníquenos usted, señor comandante, lo que sepa del Azul.
-Traigo muy buenas noticias -contestó Rico. 
-He hablado con varios oficiales del regimiento de caballería y me han prometido sublevar sus soldados. Eso nos asegura tina fuerza considerable y al mismo tiempo nos libra de un gran peligro, pues de otra manera tendríamos en contra y muy cerca de noso­tros un regimiento entero de soldados veteranos.
-En verdad -dijo el dueño de casa, -podemos felicitarnos. Ahora falta saber lo que sucede en Buenos Aires y si los trabajos de nuestro amigo Ramón Maza están adelantados. Luis Aguirre debe llegar en estos días y sabremos por él lo que se dice y lo que hacen por allá...
Se interrumpió porque afuera los perros comen­zaron a ladrar furiosa-mente. Se sintió el galopar de caballos. Momentos después entraron en la habita­ción dos hombres, uno vestido de gaucho y el otro envuelto en una gran capa negra y con el sombrero calado hasta los ojos. Al desembozarse, los presentes vieron a un joven hermoso, intensamente pálido y al parecer en un estado de excitación terrible.
-¡Aguirre! -exclamaron todos sobresaltados.
-¿Qué trae, Luis? -preguntó el coronel.
El joven no pudo contestar al momento: le aco­metió un violento temblor nervioso. El gaucho que había venido con él, le sostuvo; le hicieron sentar, diéronle una copa de vino y al cabo de algunos minutos, ya repuesto, contestó al coronel en pocas palabras, terribles, claras, concisas:
-¿Qué noticias traigo? ¡Qué se acabó todo!
Hubo un instante de silencio absoluto; el silencio elocuente del espanto. Luego se entrecruzaron las exclamaciones, las preguntas, los lamentos.
-Lavalle nos abandona -explicó Luis. 
-En vez de venir al Sur ha desembarcado en Entre Ríos. Descubrieron la conspiración de Ramón Maza. Lo fusilaron, y su padre ha sido asesinado. Rosas ha dado orden a los jueces de paz de la campaña de tomar presos a los principales estancieros unitarios. Esto lo he sabido por el juez de paz de Chascomús, cuando pasé esta mañana. De suerte que todo está perdido.
-No, no puede ser -dijo Rico, el único que en medio de la consternación general mantenía su firmeza; si Lavalle nos abandona a nuestra suerte, él sabrá por qué. Nosotros no conocemos sus móvi­les. Habrá tenido sus razones, y muy poderosas. No nos acobardemos. Si no podemos cóntar con él, y el pobre amigo Maza ha muerto, quedamos nosotros y queda la campaña de Buenos Aires para hacer la guerra justa al tirano. Conservemos el valor y la sere­nidad necesaria, para no cometer -imprudencias ni injusticias.
-Habla bien el señor -repuso el hombre que había venido con Aguirre, un gaucho alto, robusto, de cabello y barba entrecanos, curtido por la intem­perie, con ojos negros de águila, y, a pesar de sus sesenta años, derecho como un álamo y flexible como un junco. 
-Habla bien el señor, y es lo que yo le dije también a mi patroncito; pero él se dejó aplastar por la desgracia.
-No, Juan, -protestó el joven; me he desalen­tado al ver estériles todos nuestros esfuerzos.
- Estériles no, mi joven amigo, -observó el comandante, poniendo su mano en el hombro de Aguirre, quien fatigado por su largo viaje y descora­zonado por la adversidad, había dejado caer la cabe­za sobre sus brazos cruzados en la mesa. -¡Cómo! usted, el más animoso y alegre de todos, que siempre tenía una palabra de aliento cuando desmayábamos, ¿usted ha perdido la esperanza? No se diga eso de Luis Aguirre. No; seguiremos hasta el fin el camino trazado; y en el último caso, aunque no triunfemos, se dirá de nosotros que supimos cumplir con un deber sagrado. ¡Animo, amigos!
Y todos estrecharon la mano al valiente coman­dante.

II

Los conspiradores tuvieron poco tiempo para prepararse; debían obrar pronto si no querían exponerse a perderlo todo, puesto que Rosas estaba sobre aviso. En la precipitación, no pudieron orga­nizar debidamente ningún plan.
En la mañana del 29 de Octubre de 1839, el comandante don Manuel Rico se presentó en la plaza del pueblo de Dolores con unos cien hombres, y proclamó el alzamiento de los pueblos del Sur contra Juan Manuel de Rosas. Su gente ostentaba la escarapela celeste y blanca que el tirano había abo­lido para reemplazarla por la banda roja. Al lado del comandante, el joven Aguirre llevaba la bandera que Belgrano hiciera flotar en Salta y Tucumán, que aclamaron los libres de Chile y del Perú, y cuyos colores habían sido, siempre y en todas partes, emblema de gloria. Inmenso fue el entusiasmo de la tropa al verla flamear en el asta de una lanza, brillando al sol, con sus pliegues al viento.
La revolución había estallado, al mismo tiempo que en Dolores, en Chas-comús organizada por Cra­mer, y en Monsalvo dirigida por el mayor Castelli. De todas partes acudieron los habitantes de la cam­paña, para agruparse alrededor de la bandera. Conta­ban con aquel regimiento de caballería del Azul, que en un momento dado debía venir en ayuda de la revolución, y cuando los diferentes grupos estu­vieron concentrados esperando a cada momento la noticia de la sublevación del regimiento, cundió de pronto el rumor de que esa misma tropa marcha­ba contra ellos. Los oficiales habían traicionado su palabra.
En la noche del 6 de Noviembre los revolucio­narios tuvieron noticias de que Prudencio Rosas, el hermano de don Juan Manuel, se acercaba con sus tropas a Chascomús. La batalla era inminente. Los jefes se reunieron por última vez en un rancho que servía de alojamiento a Aguirre, quien tenía el mando de un escuadrón de caballería. Todo estaba dispuesto. El momento supremo se acercaba. Los amigos se separaron en silencio, con un apretón de manos, diciéndose con él cuanto tenían que decirse.
Tendido en un catre, Luis Aguirre trató de conci­liar el sueño. La noche era fresca. Desde lejos, muy quedo, llegaba el murmullo de las aguas de la laguna.
Cantaban las ranas su estribillo monótono y de vez en cuando una lechuza pasaba veloz, lanzando su áspero grito.
El joven no podía dormir; estaba nervioso, triste, preocupado. La con-fianza y el ánimo juvenil con que alentó mil veces a sus compañeros cuando desfa­llecían en la tarea patriótica y penosa, le abandona­ban por completo. Faltábale más que el valor, la esperanza.
-¡Juan! -exclamó.
El viejo que fumaba afuera bajo el alero del rancho, acudió inmediata-mente.
-¿Qué quería, niño?
-Ven, siéntate aquí a mi lado y conversaremos. No puedo dormir; no sé lo que tengo; me parece que pronto voy a morir.
El gaucho lanzó una exclamación:
-¿Y por qué, patrón?
-Es un presentimiento. Ya sabes que no soy de genio triste, ni acostumbro a cavilar; pero esta noche no sé lo que me pasa. Me parece vivir en este instan­te mi vida entera; y en todas partes te veo. Desde que quedé huérfano, muy niño, has sido mi amigo constante. Si valgo algo, a ti te lo debo. Has estado conmigo cuando era feliz y no me has abandonado en ningún peligro. Has sido más que un amigo, más que un hermano, un padre. Me has servido con los consejos y los hechos; me has corregido cuando obraba mal y consolado cuanto estaba triste. Has administrado mis estancias hasta hacerlas producir el triple de antes; y si nunca me ha faltado dinero para mis estudios, mis diversiones y luejo para mis planes revolucionarios, a ti lo debo.
El viejo estaba enternecido; pero como buen campesino ocultó su emoción bajo una apariencia de mal humor, y preguntó en tono brusco:
-¿Y para qué me cuenta todo eso?
-Yo mismo no lo sé, Juan. Quizá porque tengo presentimientos tristes; y antes de que puedan realizarse, quiero manifestarte mi gratitud.
-¡Vale la pena! -gruñó el viejo, secretamente contento porque el patroncito no podía ver la expre­sión afligida de su cara.
-Mira... -continuó Luis sin hacer caso de la interrupción -si muero en la batalla, no dejes- mi cuerpo en manos de los enemigos, para que no lo mutilen... ¿Harás todavía eso por mí?
Al paisano se le nubló la vista al imaginarse la hermosa cabeza de su niño cortada del cuerpo gallardo y enastada en una pica, como acostum­braban hacer los soldados de Rosas.
Sintió un nudo en la garganta y una sensación extraña de opresión en las sienes. Buscó en la oscu­ridad la mano del joven y la estrechó entre sus dedos de hierro.
-Sé que eres fiel hasta la muerte -dijo Luis.
-¡Fiel hasta la muerte y más allá!... -repuso el viejo, y luego, irritado consigo mismo por su debi­lidad, salió precipitadamente.

III

Antes de rayar el alba sonaron los clarines y el grito de "¡A las armas!" voló de extremo a extremo a través del campamento. Era el 7 de Noviembre de 1839.
Los revolucionarios, en número aproximado de tres mil, mandados por Cramer, Castelli, Rico y otros patriotas, resistieron valerosamente a las tropas federales. La batalla tuvo lugar en Chascomús, y a pesar del heroísmo desplegado por los unitarios, fueron éstos batidos. No hubo cuartel. Los oficiales prisioneros fueron degollados y sus cabezas cortadas para ser expuestas en picas en la plaza del pueblo. Así murieron Castelli y Cramer, y sus cuerpos, espantosa-mente mutilados, quedaron tendidos en el campo.
Luis se batió al lado de Juan, y aun desangrado por varias heridas, su espada hizo estragos. De pronto cayó del caballo mortalmente herido, el viejo amigo pudo justamente recibirle en brazos, y oír sus últimas palabras: "No les dejes mi cuerpo..." Atra­vesólo delante de la montura y espoleando su caba­llo huyó a través de los campos. Una terrible gritería se levantó y veinte hombres se lanzaron en perse­cución. Juan llevábales una ventaja bastante grande; pero el caballo, con la doble carga del vivo y del muerto, a poco rato comenzó a cansarse, y fue fácil ver que no podría conservar su velocidad por mucho tiempo; sus flancos iban cubiertos de espuma y sangre.
De pronto algo brilló con reflejo argentino. Allá, ante el perseguido, se extendía la laguna de Chas­comús, de aguas frescas y profundas; los rayos del sol convertían su centro en una placa de plata con marco de terciopelo azul celeste, alrededor del cual las orillas trazaban su línea verde. Exigiendo un último y supremo esfuerzo a su caballo alazán, voló hacia la laguna para alcanzar un vado que conocía a algunas cuadras de distancia. Tendría que nadar; pero "fiel hasta la muerte y más allá", entró resuel­tamente en el agua para salvar el cuerpo de su niño.
-Entregue el cadáver y le damos cuartel -le gritó un soldado.
El gaucho contestó con una imprecación y sacan­do la pistola del cinto le hirió de muerte.
El suelo de la laguna bajaba gradualmente hasta que el caballo perdió pie y tuvo que nadar. Exte­nuado como estaba, avanzó muy lentamente. En la orilla los federales aprontaron fusiles y pistolas...
Para aliviar al caballo, Juan quiso deslizarse al agua sujetándole el cadáver en el lomo; pero la ope­ración difícil dio tiempo a los perseguidores a acer­carse.
Cuando poco le faltaba para alcanzar el vado, se oyeron varios tiros; el caballo dio un brinco, luchó un instante y se hundió; y al mismo tiempo el gaucho, asiendo convulsivamente el cadáver de Luis, desapareció arrastrado por el remolino.
Los federales prorrumpieron en gritos y trataron de apoderarse de los cuerpos; pero la laguna, más misericordiosa que los hombres, dio sepultura, en el silencio de sus aguas, al joven patriota y a su fiel amigo.

Cuento argentino

1.062. Eflein (Ada Maria)

Los inmigrantes

(1823-1852)

I

El ministro don Bernardino Rivadavia propuso en 1823 al gobernador de Buenos Aires, hacer venir un número de familias europeas para formar pueblos nuevos en los vastos desiertos de la Pampa.
El general Martín Rodríguez acogió favorable­mente la idea de su ministro autorizándole a llevarla a la práctica.
Rivadavia puso en movimiento a varios agentes en Europa y éstos hablaron a los labradores y artesanos, de un territorio que existía más allá de los mares, donde faltaban brazos fuertes para manejar el arado; donde el suelo guardaba riquezas inmensas para los que supieran arrancárselas; donde el bienestar reem­plazaba a la pobreza de la vieja Europa asolada por las guerras; donde la libertad más amplia reinaba en lugar de la tiranía de los reyes.
Numerosas familias prestaron oídos a las prome­sas y proclamas de los agentes y se aventuraron a cruzar el océano para venir a fundar un nuevo hogar en el territorio de las Provincias Unidas del Sur.
Una de las lanchas que conduelan a tierra pasa­jeros y equipajes de los buques fondeados en la rada, dejó en la playa a una familia de inmigrantes alemanes. El padre era joven, alto, fornido, de espesa barba rubia, y en sus facciones varoniles había una expresión de cansancio y ansiedad. Tenía en brazos a un chiquitín que lloraba todavía asustado del mari­nero negro que le dejó en tierra. Dos niñas de cuatro y ocho años, rubias como el trigo maduro, tomadas de las manos y sentadas en un cajón, miraban, con sus grandes ojos azules asombrados,, aquel paisaje tan nuevo. El hijo mayor, un muchacho de doce años, todo un hombrecito, apretaba en el bolsillo el mango de un pequeño cuchillo que tenía pronto para defenderse "si atacaban los indios", de los cuales le refirieron en la aldea, allá en Alemania, las historias más espeluznantes. La madre, prematura­mente envejecida por la miseria y el trabajo, se había dejado caer sobre un lío y, resignada, esperaba que sucediera lo que hubiera de suceder; ¡todo le era indiferente! Después de la cruel despedida en su aldea natal, aumentaron su pena el viaje por mar en un buque incómodo, las fatigas, el mareo, las angustias, y ahora que habían llegado, la incerti­dumbre, pues nadie estaba allí para recibirlos. Sin embargo, el agente les había dicho que cundo desembarcaran, alguien esperaría para atenderles y conducirles a su destino.
Casi una hora esperaron. Los demás pasajeros se habían diseminado por la ciudad. Los marineros déscargaban las lanchas sin preocuparse de los inmi­grantes.
Las niñas se impacientaron.
-Padre, ¿por qué no nos vamos?
-Madre, ¿qué estamos esperando?
-Madre, yo tengo hambre.
-¡Padre, vamos a casa!
¡A casa! El padre, que ocultaba bajo un aspecto áspero y severo inmenso cariño por su familia, se estremeció. ¡A casi! ¿Dónde estaba su casa ahora? ¿Cómo explicar a esas criaturas inocentes que no tendrían a dónde ir si no venía un agente en su busca, como se les había prometido?
-Ya vamos, Elsa. Ten paciencia un ratito más. Toma estos- bizcochos, da también a Hans y a Leni (Elenita).
Las chicas se conformaron. Hans (Juanito), el mayor, renunció generosa-mente a su bizcocho en favor de sus hermanitas..
Continuaron esperando, teniendo el río azul al frente y a sus espaldas una alta barranca verdé, las murallas amenazadoras del fuerte, y más arriba, torres, campanarios y casas de extraños techos planos. Todo era diverso de cuanto habían visto hasta entonces; el cielo más puro, el sol más brillan­te; el aire, cálido; las plantas, diferentes de las que conocían. Herían su oído los sonidos de una lengua extrañamente dulce y musical. En el torreón del fuerte flotaba una bandera desconocida, azul celeste y blanca, en cuyo centro resplandecía un sol.
Se acercaba el medio día: las sombras se acor­taban, el calor se tornaba insoportable y el río reflejaba con brillo enceguecedor los rayos solares.
Los inmigrantes esperaban angustiados. ¡Nadie venía! ¿Los habían inducido a abandonar la patria y venir a un país desconocido donde nadie entendía su lengua, para desampararlos en la playa?
De pronto, un hombre bajó rápidamente la barranca, y después de mirar en derredor suyo, se dirigió sin vacilar hacia la familia.
-¿Usted es el señor Enrique Fries? -preguntó en alemán.
¡Oh, Dios! ¡Ese hombre hablaba en alemán!
Es preciso haber estado en un país extraño para saber lo que sintieron los inmigrantes al oír de improviso su propio idioma querido. Rodearon al desconocido como si fuese un antiguo amigo, por el solo hecho de que hablaba en alemán, y él les expli­có que era el agente encargado de recibirlos y que por causas ajenas a su voluntad se había retardado.

II

Un mes después, Enrique Fries y su familia salían en una carreta, camino de su nuevo hogar.
Esta palabra "hogar" no debe, empero, tomarse en el sentido literal, pues sólo existía el campo, liso y virgen, esperando la mano del hombre que lo fecundaría con su trabajo. Debían establecerse en un punto del oeste dé la provincia de Buenos Aires. Habían recibido una extensión de tierra, cierto número de animales, las semillas para la primera siembra y los útiles de labranza.
En la misma carreta viajaban otras familias euro­peas, hacia distintos puntos de la campaña.
Todos iban llenos de esperanzas.. Se oían risas y cantos, bromas y conversaciones alegres. Sólo Fries y su mujer callaban. Tenían el carácter grave y pensativo de los alemanes del norte; lentos en el pensar y en el obrar; pero firmes como las rocas una vez tomada su resolución.
A su alrededor sólo veían la llanura, el horizonte siempre igual. Caía la tarde. La luz se apagaba a través de un velo color heliotropo que emergía del horizonte. Los inmigrantes sintieron por primera vez la abrumadora tristeza de la Pampa.
En aquel momento prorrumpieron en coro las voces claras de los niños:
"¡Gozad de la vida mientras brille la luz!..."
La linda y fresca canción, mil veces oída, tuvo un efecto calmante para los esposos. Fries estrechó la mano de su mujer y ella reclinó la cabeza en su hombro. Estaban reunidos, sanos, y Dios los mirarla en el país nuevo como los había mirado en Alema­nia. ¡Animo, pues, y adelante, al encuentro de lo desconocido!

III

En el campo serpenteaba un lindo arroyo, flan­queado de sauces que mojaban en el agua sus cabe­lleras verdes, matizadas con los racimos encarnados del ceibo.
El terreno formaba una hondonada y se elevaba luego suave-mente en loma graciosa.
En la extensión labrada, el trigo y el maíz aso­maban ya sus tiernos tallos. Un día radiante de primavera bañaba en luz el paisaje apacible y hermoso.
La señora de Fries lavaba en el arroyo, junto a la casita, canturreando un aire de su tierra. Rosada y fresca, la expresión de fatiga había desaparecido de sus facciones, sus ojos azules tenían un brillo intenso; parecía mucho más joven que el día en que, triste y descorazonada, esperó en la playa de Buenos Aires la llegada del agente.
A lo lejos oyó carcajadas y gritos agudos y luego divisó tres o cuatro niños que bajaban por la hondo­nada al galope de sus caballos, vadearon el arroyo y desaparecieron más allá de la loma.
María Fries sonrió. Recordó uno por uno los momentos principales de los dos años pasados desde su llegada.
Al principio habla llorado mucho. No podía acostumbrarse al nuevo ambiente que la rodeaba. Echaba de menos,la aldea natal con sus manzanos y cerezos, su campanario puntiagudo y el viejo tilo en la plaza delante de la iglesia, donde los domingos por la tarde iban a bailar los jóvenes, a jugar los niños, y a charlar y fumar sus pipas los viejos. Buscaba en vano el bosque de robles y, en el hori­zonte, las siluetas de las montañas. Desconfiaba de la gente del país, pues en su aldea se aseguraba que en América mataban a uno por un sí o un no, y que todos eran paganos. Esto último, sobre todo, alar­maba a María, y por ello llegó a prohibir a sus hijos que jugaran con los niños de la chacra vecina, propiedad de una familia criolla.
Pero sucedió que ella cayó enferma de tristeza, de nostalgia y de fatiga. Abrumábala su soledad, cuando se abrió suavemente la puerta del rancho y entró la mujer del vecino. María miró con recelo su cara tostada, rodeada de trenzas tan negras como rubias eran, las suyas. Mas su desconfianza cedió pronto a una profunda gratitud. No entendía lo que le decía; pero com-prendía su ademán cariñoso y sus solícitos cuidados. Cuando advirtió, por añadidura, que la mujer llevaba al cuello una crucecita de plata, su conciencia se tranquilizó del todo, pues no podía ser hereje suien llevaba como adorno una cruz.
También Fries tuvo mucho que agradecer a los vecinos, siempre prontos a ayudarle con buenos consejos y con, hechos. Le ayudaron a levantar la casa, a cercar el corral, a enlazar los animales que desesperaban al pobre alemán. Creía, entender algo de ganado, acostumbrado a manejar el de su tierra, grande, pesado y paciente; pero estas vacas bravas que distribuían cornadas, los caballos ariscos, veloces, rebeldes al freno, que mordían, se enca­britaban y de pronto huían relinchando, con las crines al viento, ¡éstos no eran animales, sino demonios!
Un día se le escaparon los caballos y Fries no supo cómo hacer para cogerlos. Los vecinos se rieron al ver su desconcierto: pero dispuestos a ayudarle se pusieron en persecución de los fugitivos y al cabo de una hora los trajeron sin que faltara uno.
Fries no había aprendido aun a decir "gracias" en español; pero se quitó la gorra y ese ademán fue comprendido tan bien como María comprendió la bondad de la vecina.
Los niños, a pesar de la prohibición, trabaron rela­ciones con los pequeños criollos, y entre las dos familias, tan distintas en raza, lengua, costumbres e ideas, germinó una amistad que se afirmó cuando se conocieron mutua-mente.
En la chacra de los alemanes las cosechas fueron abundantes, los ganados se multiplicaron y él bienestar comenzó a reinar en el rancho construído al borde del arroyo.
Desde el campo, María, que recordaba las escenas del pasado, oyó silbar un aire militar alemán. Era Fries que anunciaba de esa manera su llegada. Ella levantó la cara encendida, y sonriendo observó a su marido que alegremente la saludaba desde lejos.
Sí, eran felices: habría sido una ingratitud negarlo.

IV

Corrieron los años. La chacra de los Fries se había convertido en una hermosa estancia. Enrique Fries vestía a la usanza del país y era jinete como el que más. María se había convencido de que no todos eran indios salvajes en la República Argentina. Los hijos crecieron robustos y alegres, acostum-brados a los trabajos camperos. Los cuatro mayores decían con orgullo que eran alemanes -y los tres menores -una niña y dos varones- nacidos en el país, afir­maban con no menos orgullo que eran argentinos, sin que esto produjera la discordia en la familia. Respetaban y querían por igual al país de su origen y al que hospitalario les abrigaba en su seno.
Y la rueda del tiempo continuó girando. La rique­za de Fries aumentaba. Compró tierras lindantes, y en muchas leguas a la redonda, todo llegó a pertene­cerle.
Los años emblanquecieron sus cabellos y los de su mujer, sin conseguir, empero, quebrantar sus fuerzas. Los hijos mayorés se habían casado con mozos y niñas del país y los chicuelos que llenaban la estancia con sus gritos y risas, ostentaban cabellos rubios y ojos negros o bien pelo negro y ojos azules, mezclando los dos tipos de su origen en uno nuevo y hermoso: una raza fuerte, vigorosa y sana.

V

La República Argentina sufría todas las convul­siones de un pueblo en formación. A la época del progreso y reforma de las administraciones de Rodríguez, Las Heras y Rivadavia, sucedió el desor­den, la guerra civil y la anarquíá, y por fin, la domi­nación de Rosas.
Durante diez y siete años este hombre pesó abrumadoramente sobre los destinos de la Repú­blica. Combatiéndole perecieron o emigraron mil hombres liberales, valientes, virtuosos e ilustrados.
Por fin en 1852, el general Urquiza reunió un ejército en las provincias del litoral y marchó sobre Buenos Aires para quitar el poder al tirano.
Acudieron los jóvenes de Buenos Aires, acogiendo con júbilo al libertador y poniéndose a sus órdenes.
Enrique Fries no había sufrido durante la tiranía: pero había oído y visto lo suficiente para sentir odio al opresor.
La noticia de la marcha del ejército libertador corrió por la provincia, llegó a la estancia y puso a todos en conmoción. Los dos hijos menores de Fries anunciaron su propósito de ir a la guerra y el padre les dio su consentimiento sin vacilar. ¿Acaso él mismo no había luchado en 1813 para arrojar de su patria a Napoleón? Que sus hijos argentinos comba­tieran por la libertad de su patria, como él había peleado por la de Alemania.
Dio a los jóvenes los mejores caballos de la estan­cia, los equipó perfectamente, y un día brillante de verano, los vio partir en compañía de otros mozos qué marchaban al mismo destino.
Toda la familia y demás habitantes del estable­cimiento los acompañaron hasta la altura de la loma, desde donde podían seguirles con la vista.
Cuando los demás se retiraron, Fries retuvo a su esposa que lloraba. Ciñéndola el talle con el brazo, la condujo al pie de un gigantesco ombú cuya sombra ofrecía grato abrigo contra el sol abrasador de enero. Alrededor todo callaba en el bochorno del mediodía. La naturaleza irradiaba luz; del cielo baja­ban torrentes de resplandor blanquecino, que rever­beraban en el aire y en los campos. A lo lejos,, en medio de un monte de, árboles frutales, asomaba la casa. Los maizales amarillos se extendían hasta perderse de vista; el trigo, ya segado, esperaba en parvas enormes el momento de la trilla. Los alfal­fares dibujaban cuadros color esmeralda entre el oro del maíz y el tono oscuro de los rastrojos. Aquí y allí chispeaba el arroyo, de curso tortuoso, como una cinta azul salpicada de diamantes. En las prade= ras, innumerables ganados pacían o rumiaban, echados perezosamente en el pasto. Las ovejas parecían copos de nieve sembrados entre el verde. En otro campo, retozaba una manada de hermosos potros. Todo era opulencia adquirida a fuerza de trabajos y desvelos.
-No llores, María -dijo Fries, y abarcando con un amplio ademán el vasto y hermoso panorama, continuó: 
-Todo eso es nuestro; los campos, las cosechas, los rebaños, la casa, la huerta... ¿ Recuer­das aquel día en que nos resolvimos a emigrar, cuando los niños nos pedían pan y nosotros no lo teníamos? ¿Quién nos hubiera dicho entonces que aquí hallaríamos la felicidad, el bienestar del alma y del cuerpo para nosotros y nuestros hijos, a quienes en vez de verlos crecer en la miseria, hemos podido ofrecer una suerte feliz? Buscábamos pan y hallamos riquezas. Vinimos con sólo la fuerza de nuestros brazos, y hoy somos dueños de una gran fortuna. Debemos nuestra dicha a este pueblo que nos ha llamado a contribuir a su progreso y a recibir sus dones en cambio de nuestro trabajo. ¿No es verdad, María, que hemos contraído para con él una deuda sagrada y que le debemos un tributo? Pues bien, hoy pagamos ese tributo: damos a la República Argen­tina, nuestra segunda patria, nuestros hijos nacidos en ella.
María secó sus lágrimas y, estrechando la mano de su esposo, repuso sencillamente.
-Tienes razón, Enrique. ¡Bendita sea esta tierra!

Cuento argentino

1.062. Eflein (Ada Maria)

La voz de la conciencia

(1816)

I

El general San Martín, gobernador de Cuyo, prepa­raba el ejército de los Andes. El grueso de las tropas se hallaba en Mendoza y el resto en San Juan.
Servía en un destacamento, en esta última ciudad, el cabo Joaquín Vega, porteño, hombre valiente; pero poco querido por sus compañeros, a causa de su carácter rencoroso y vengativo.
En un baile conoció a Domitila Quevedo, linda y agradable muchacha. Quiso entrar en relación con la familia y lo consiguió por intermedio de un amigo.
Doña Ana, madre de Domitila, era viuda: su esposo le había dejado una finca cargada de deudas, como única fortuna, y resuelta a conservarla como patrimonio de sus hijos, sintió redoblarse sus fuerzas para trabajar y luchar.
Dios favoreció a la valerosa mujer: las cosechas fueron tan abundantes, que al cabo de dos años logró pagar con ellas la mayor parte de las deudas de su esposo. Con un buen año más podría salir del paso y respirar libremente.
Doña Ana y su hija recibieron al cabo Vega, con la cortesía reservada propia de las gentes del campo. Cuanto más veía el cabo a Domitila, más se sentía impulsado hacia ella, y acabó deseándola por esposa. No se atrevía, sin embargo, a decírselo, porque nada le indicaba que la muchacha sintiese inclinación por él. Quiso dar tiempo al tiempo, y pasaron los días sin que ocurriese cambio alguno en la conducta de Domitila. Cansado de esperar, resolvió pregun­tarle si consentía en ser su mujer.

II

Un día magnífico de verano, fue a la finca de doña Ana, situada a dos leguas al oeste de la ciudad, allí. donde comienza el pedregal. El sol hacía vibrar la atmósfera. Las montañas se divisaban con nitidez admirable: color tierra las de la primera cadena; azul, morado, violeta, gris pizarra las de más allá. Uno o dos picos ostentaban su corona de nieve eterna. Se oía el zumbido de los insectos, y muy levemente, el susurro de las hojas. En los álamos colgaba el loconte sus velos de seda color plata y oro, de hilos delicados cual tejido de hadas. Al perfume de retamas y rosas, se mezclaba él olor sutil y embriagador del trigo maduro y de la tierra caldeada.
Vega encontró a Domitila sola en la galería, alrededor de cuyos soportes trepaban las viñas confundidas con rosas encarnadas de suave fragancia.
Habla esperado distinguir en el semblante de la niña algún indicio de sobresalto o de placer: pero no hubo nada de esto. Domitila le saludó, le ofreció un asiento y con la mayor compostura continuó ensar­tando rosarios de higos. Un poco desconcertado, Vega no atinó a decir el motivo de su venida. Des­pués de haber conversado un momento de cosas triviales, preguntó por doña Ana.
-Mamá está en los trigales -respondió Domi­tila.
-Hemos empezado la siega.
Se despidió en el acto, tomando el estrecho sendero entre las chacras de trigo, que, en su madu­rez amarilla, parecía arder a uno y otro lado del camino, doblegándose o irguiéndose los tallos como si pasara por ellos una mano invisible y suave. Doña Ana había sembrado de trigo su finca casi entera, pues debido a la presencia del ejército, ese grano alcanzaba buenos precios.
Vega la halló al extremo del sendero, dando órdenes a sus peones. Su cabello entrecano encua­draba un rostro enérgico, arrugado, tostado por el sol y rosado por el aire de la montaña; sus ojos azules miraban con viveza e inteligencia. Tal como estaba allí, con el vestido recogido, un sombrero viejo de fieltro gris en la cabeza y una hoz en la mano, era la personificación clásica del trabajo.
Al ver llegar a Vega, salió a su encuentro.
-¿Cómo está, don Joaquín? ¿Viene a vernos trabajar?
-Sí... es decir... venía a pedirle algo, doña Ana -repuso al cabo.
-Veamos.
Escuchó tranquila, sin demostrar sorpresa, la peti­ción de Vega.
-¿Usted ha hablado con mi hija? -preguntó después de haber reflexionado.
-No; venía a pedirle que lo hiciera usted. Usted me conoce, sabe que quiero a Domitila y quizá pudiera hacer algo por mí...
-Está bien -replicó doña Ana, -diré a mi hija lo que usted me ha encargado, y ella decidirá. Pero debe saber que ella está en completa libertad de hacer en este caso lo que le plazca.
El cabo se manifestó conforme, y después de haber conversado un rato, se despidió, prometiendo volver al día siguiente para conocer la respuesta.
Así lo hizo. Doña Ana le recibió sola, y Vega al ver su semblante tuvo mal presentimiento. No se equivo­caba. La señora le comunicó sin preámbulos, que su hija agradecía la oferta, pero que no la aceptaba.
-¿Por qué? preguntó Vega consternado. -¿Me tiene antipatía?
-No creo. Es sencillamente porque no siente por usted bastante cariño.
-Y usted, doña Ana, ¿no puede hacer nada por mí?
-¿Yo? No: ya le dije que mi hija decidiría sola. Lo mejor es que no hablemos más de este asunto o, si prefiere, diríjase usted mismo a Domitila.
-No, ¿para qué? -respondió Vega, que iba perdiendo la serenidad.
Tenía las venas de la frente inchadas: los ojos comenzaban a inyectársele de sangre. Comprendió que si permanecía allí un instante más, perdería el dominio de sí mismo, y se despidió murmurando algo ininteligible.
Estaba furioso. ¡Semejante desaire! ¡Rehusarle a él, nada menos que a un cabo de Cazadores!
Se apreciaba hombre extraordinario y creyó hacerle un honor inmenso a la muchacha. Al verse despreciado, se rebelaron todos los elementos malos de su carácter.
No podía perdonar esta ofensa infligida a su amor propio, y desde aquel momento pensó sólo en vengarse, en hacer daño a Domitila y a su familia.

III

Días después, se le vio vagar por los alrededores de la finca. Soplaba el Zonda, el terrible sirocco sanjuanino. El sol, próximo a hundirse detrás de las montañas, parecía una bola roja, cuyos rayos no lograban penetrar los remolinos de polvo color ladrillo que levantaba el viento. La quebrada de Zonda, la boca del horno de la cual salía ese soplo ardiente, se ocultaba tras un velo espeso tendido sobre las sierras circundantes.
El aspecto de los campos aparecía cambiado; en el terreno antes embellecido por las oleadas amarillas de los trigales, levantábanse cinco o seis parvas enormes, en medio de rastrojos tristes y desnudos. Era el producto del trabajo asiduo y la única riqueza de doña Ana y su familia.
El cabo Vega detuvo de pronto su caballo y en sus ojos brilló una luz maligna. Sabía que la viuda cifraba en la cosecha la redención de sus deudas. Examinó la cerca de tunas y cactos y descubrió un hueco por donde podía deslizarse un hombre. Luego, regresó a la ciudad, perseguido por las ráfagas cargadas de fiebre del Zonda, que envol­vían el paisaje en nubes de polvo rojizo.

IV

Por la noche, el cabo Vega volvió a la finca, ocultó su caballo y penetró, no sin dificultad, por la abertura de la cerca. El Zonda había cesado al oscurecer; el cielo estaba despejado y soplaba un viento sur, puro y frío, principio de esos vendavales frecuentes en San Juan, que silban, aúllan, rugen, se estrellan contra las montañas, penetran por las quebradas y barren el pedregal, imitando voces humanas, batir de alas enormes, grave cantar de órganos o tañidos solemnes de inmensas campanas.
Se detuvo al pie de la parva mayor y echó en derredor una mirada inquisidora. A lo lejos, en la casa, se veía luz. Murmuró un juramento y sacando del bolsillo pedernal y yesca, se preparó a encender fuego. Sus manos temblaban de tal manera que apenas podía tener los útiles.
-¡Ni que fuera una vieja! -rezongó entre dientes.
Por fin saltó la chispa y Vega introdujo en la parva la yesca encendida, la que tardó en prender, pues el trigo estaba tan apretado que formaba una sola masa. Al fin corrió por ese montón de riquezas una viborita brillante, con un chisporroteo maligno. Estaba hecho: lo demás sería obra del viento.
Cuando el fuego hizo presa de la parva, resonó en lo alto, precisamente encima de la cabeza del incen­diario, una carcajada vibrante, prolongada, cual la risa de un espíritu.
El cabo Vega tuvo una sensación como si le corrieran por las espaldas hilos delgados de agua helada. Se tapó los oídos con las manos y echó a correr, tropezando entre los surcos del campo, en procura atropellada del hueco entre los cactos. Al fin dio con él; tenía las manos ensangrentadas y estaba bañado en sudor. Saltó a caballo y huyó del lugar como perseguido, llevando en sus oídos el sil­bido siniestro de la pequeña culebra de fuego y la carcajada espectral de la bruja. Cien veces había oído, sin la menor emoción, el grito del ave noc­turna y burládose de las especies supersticiosas que al respecto se contaban a la luz de los fogones; pero esa noche, al oírlo, recordó de pronto la conseja que afirma, que el criminal sorprendido por la "bruja"[1] en el momento del delito, cae infaliblemente en manos de la justicia.

V

Doña Ana acostumbraba a dar una vuelta por la finca antes de acostarse, para cerciorarse de que todo estaba en orden. Aquella noche, al atravesar los viñedos, vio a lo lejos una luz.
-Están quemando yuyos al lado -pensó; pero luego se detuvo de golpe. Recordó que desde el punto donde estaba parada, no se divisaba la finca vecina, y sí el campo donde estaban sus parvas.
Se precipitó hacia allá. Un soplo furioso de viento casi la arrojó al suelo. Al mismo tiempo de una de las parvas surgió una llama, que se inclinaba hacia todos lados y mordía con sus dientes de fuego el trigo amontonado.
¡La parva grande ardía!
A doña Ana le pareció de pronto que la estrangu­laban; se llevó las manos a la garganta, y prorrumpió en un grito largo, agudo, estridente, des-garrador, que sobre el fragor del vendaval, llevó a lo lejos el sobresalto y el espanto.
En pocos minutos el vecindario se había reunido y hacía frenéticos esfuer-zos para apagar el incendio. Todo fue inútil; las chispas se dispersaron, espar­ciendo por los aires una lluvia luminosa. No tardó el fuego en pasar a las demás parvas, y los que habían ido a salvarlas no pudieron hacer otra cosa que contemplar el cuadro, siniestramente bello, de las llamaradas que surgían rectas hacia el cielo, o se doblegaban arrastrándose por el grano seco.
Las vecinas sacaron de allí a doña Ana y la condu­jeron a casa. Parecía completamente quebrantada. Se dejó caer en una silla, con los ojos fijos, sin moverse, sin hacer caso de las mujeres que le habla­ban, ni de su hija que lloraba desconsoladamente; no parecía ver, oír, sentir, ni siquiera pensar.
Sin duda alguna el fuego había sido intencional; pero ¿quién podría ser el malvado?
De repente doña Ana saltó de su asiento.
-¡Pero si es él! -exclamó.
-¿Quién? ¿Quién?
-¡Vega, pues! Para vengarse me ha quemado el trigo. ¡Oh! ¡Me la ha de pagar!, Le llevaré arite la justicia, ante el mismo gobernador!
Domitila explicó a los vecinos asombrados lo que quería decir su madre. Desde aquel momento, a nadie le cupo duda de que el cabo Vega era el malvado. Que el fuego había sido ocasionado por una mano criminal, era seguro. ¿Acaso no había reído la bruja? Calcularon el tiempo transcurrido desde que oyeron su voz hasta el momento del incendio: era el preciso para que la chispa hiciera presa en el grano y estallase en llamas. ¿Y quién tenía interés en dañar a doña Ana, sino el cabo Vega? Fuera de duda: era él.

VI

Vega, para aturdirse y olvidar la impresión espan­tosa, entró en una pulpería frecuentada por soldados. Halló a varios compañeros, que se asom-braron del semblante descompuesto y las manos ensangrentadas del cabo.
-¿Qué le ha sucedido, compañero? Parece que hubiera gateado entre las tunas del pedregal.
Vega respondió que, sin advertirlo, había atado su caballo a una cerca de cactos. Los otros se rieron, del percance, explicado por la oscuridad de la noche, y no volvieron a mencionar el asunto.
En medio de sus camaradas, decidores y alegres, en un sitio donde había luz y vida, Vega se sintió mejor. Pidió vino y bebió un vaso, dos, tres, muchos, tantos, que la bebida se le subió a la cabeza. Ya no tenía miedo, ¿Quién podría probarle que él había prendido fuego a la parva? Dio un puñetazo en la mesa, acompañado de un juramento, y declaró que la bruja era un mal pajarraco, y que él no creía en esos cuentos de viejas. Al principio los demás no hicieron caso de lo que decía, pero al fin les llamó la atención la insistencia de Vega en repetir la misma cosa.
-¿Por qué no cree en la bruja, compañero?
-Porque son zonceras. ¿Acaso la bruja me va a acusar a mí? ¿Eh? Yo no tengo nada que ver con el incendio -continuó enfureciéndose a medida que hablaba- y al primero que se atreva a decir que yo he prendido fuego a la parva de doña Ana, lo mato.
Se levantó tambaleándose y trató de desenvainar su sable; pero estaba tan ebrio que no podía ponerse en pie y cayó al suelo como un trozo de leña. Al caer murmuró todavía:
-¡Maldita bruja! Al que se atreva...
Y se quedó dormido.

VII

Pocos días después se presentó inopinadamente en San Juan el goberna-dor de Cuyo, don José de San Martín. En su corta comitiva venían doña Ana y su hija, quienes habían ido a Mendoza para llevar su queja directamente ante la suprema instancia.
El general era justiciero y además mostrábase interesado en que estuvieran satisfechas de su gobierno las provincias de su mando, que le ayu­daban a organizar la expedición a Chile. Era, pues, necesario mantener en las tropas la disciplina más severa, para que los soldados no cometieran desma­nes contra el pueblo y éste no perdiera a su vez el respeto y el cariño hacia el ejército. San Martín, que proyectaba desde hacía algún tiempo un viaje a San Juan, resolvió realizarlo ahora, y presenciar la instalación del tribunal que debía entender en la causa.
El cabo Vega no había gozado de un solo momen­to de tranquilidad desde aquella noche fatal, y cuando le intimaron orden de prisión, estaba muy lejos de sentir la serenidad que aparentaba. Sin embargo, no se dio por perdido. Sabía que no podrían condenarle sin pruebas, y estaba persuadido de que nadie le había visto cometer el crimen.
Hábil y vivo, supo eludir las preguntas capciosas y refutar uno a uno a los testigos. Las palabras alusivas al crimen que le atribuían eran, sin duda, divagaciones causadas por la embriaguez: había visto un incendio antes de ir a la pulpería, había oído la voz de la bruja y en su cerebro se formaría, probablemente, alguna asociación de ideas que no recordaba, pero que no eran pruebas concluyentes en su contra. En cuanto a sus manos ensangren-tadas, repitió la explicación dada a los camaradas.
A pesar de la sagacidad de los jueces y de las presunciones que estaban en contra suya, no se inmutó, defendiéndose con tanta habilidad, que el tribunal en un momento pensó sobreseer por falta de pruebas.
Se hizo el silencio: la decisión se acercaba.
La sesión se había prolongado hasta muy entrada la noche. Nadie se movía en la sala. En la calle todo estaba quieto; ni el más leve soplo de viento entraba por las puertas abiertas.
Entonces, en medio de esa calma momentánea, resonó en los aires la carcajada fantástica de la bruja.
Vega no tuvo tiempo para dominar una fuerte y repentina impresión. Su rostro se tornó color ceniza; todo su aplomo le abandonó al experimentar, de improviso y con terrible intensidad la emoción del momento del crimen. Su turbación y el cambio repentino de actitud fueron tan grandes, que no pudieron menos de llamar la atención. El presidente del tribunal le dirigió una pregunta que ya antes le había hecho, y Vega respondió contradiciéndose: quiso rectificarse, se confundió, se enredó más y más, y acabó por confesarse culpable.
Despejadas todas las dudas, el tribunal, después de una deliberación secreta, pronunció contra el cabo Vega, convicto y confeso de incendiario, la sentencia de muerte.

Cuento argentino

1.062. Eflein (Ada Maria)

[1] Nombre que se da a cierta lechuza.