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viernes, 21 de junio de 2013

Escomponte perinola

Había una vez un hombre muy torcido, muy torcido. Parecía que el tuerce lo hubiera cogido de mingo. Como era más torcido que un cacho de venado, le pusieron el apodo de Cacho de Venado y así todo el mundo le llamaba Juan, Cacho e´ Venao; pero con el tiempo, por abreviar, sólo le decían Juan Cacho.
Creyendo hacer una gracia, se casó, pero la paloma le salío un sapo, porque la mujer tenía un humor que sólo el santo Job la podía aguantar. Parecía que el pobre Juan Cacho se hubiera puesto expresamente a buscar con candela la mujer más mal geniosa del mundo.
Para alivio de males era peor que una cuila para tener hijos. Y no echaba las criaturas al mundo como Dios manda, sino que cada rato salía mi señora con guápiles. En un momento se llenaron de chiquillos. ¡Y había que ver lo que era mantener aquella marimba!.
Luego, con ese tuerce, era rara la semana que Juan podía salir adelante, porque nada más que pichuleos era lo que encontraba. Y no era que el hombre de Dios fuera un atenido de esos que les gusta pasarse la vida rascándose la panza. No. Si era amigo de Gurrugucear el real por todo.
El lo mismo le hacía a una cosa que a otra, y todo sabía hacer: él encalaba, él cogía goteras, él desyerbaba; él metía y picaba leña; él remendaba ollas; él jalaba diarios; él, para hacer barbacoas a las matas de chayote; él para sacar raíces.¿Que un remiendo de albañil? Allí estaba Juan Cacho. ¿Que componer una cumbrera? Allí estaba Juan Cacho. En fin, él hacía lo que podía pero nunca quedaba bien con aquella fierísima de su mujer. Había que ver las samotanas que le armaba los sábados, cuando llegaba con la mantención escasa... ¡Válgame Dios! La mujer le tiraba las cuatro papas y los frijolillos, el maicillo y la tapilla de dulce.
Los chiquillos eran enfermizos, llenos de granos, sucios y con el ejemplo que les daba la Mama, también malcriados con el Tata.
Por fin un día a Juan se le llenó la cachimba, como dicen, y no quiso aguantar más. Echó sus cuatro chécheres en un saco y se fue a rodar tierras.
De camino se ganó unos rialitos y compró, para matar el hambre, un diez de pan y quince de salchichón. Anda y anda, le agarró la noche en despoblado y de ribete comenzó a llover. Se metió en un rastrojo en donde quedaba en pie una media agua de cañas y hojas. Encendió un fogón para calentarse, se arrodajó en el suelo y sacó de su morral el pan y el salchichón, dispuesto a no dejar ni una borona.
Iba a echarse el primer bocado, cuando oyó que le dijeron:
-¡Ave María Purísima!
Levantó los ojos y va viendo un viejitico todo tulenquito hecho un pirrís, apoyado en un bordón. Tenía cuatro mechas canosas y una barbilla rala y todo él inspiraba lástima. Al viejito se le iba los ojos detrás del pan y del salchichón.
-¡Sea por Dios! Y Juan Cacho tenía tanta hambre. Pero, ¡qué caray!, donde hay para uno hay para dos.
-Aquí hay pa juntos, amigó, dijo Juan Cacho al viejito.
El viejito no se hizo de rogar; se arrodajó también en el suelo y se puso a comer con una gana, que es veía que hacía su rato no probaba bocado. Y si Juan Cacho no se anda listo, no lo deja a oscuras.
Así que comieron y medio se calentaron, se echaron a dormir sobre la hojarasca.
Cuando comenzaron las claras del día, despertó Juan Cacho y vió al viejito dispuesto a darle agua a los caites. Hacía un frío que no se aguantaba. ¡Ah!, ¡un jarro de café bien caliente!, pensó Juan. El viejito, como si le estuviera leyendo el pensamiento, le dijo:
-Hombré, ¿te gustaría tomar una tasa de café acabadito de chorrear? Por supuesto que con eso no hizo más que alborotarle las ganas. El viejito se fue sacando de la bolsa una servilleta blanquitica que daba gusto. No parecía que entre el montón de chuicas que era el viejo, pudiera haber un trapo tan limpio.
-Tomá, le dijo, te voy a hacer este regalo.
-¿Y para qué quiero yo esto?, pensó Juan Cacho. Será para limpiarme el hambre de la boca...
Como si hubiera oído esta reflexión, el viejito le respondió:
-No creás, hijó. Esta es una servilleta de virtud. Te la doy para premiarte tu buen corazón. Me diste la mitad de lo que tenías. Yo sé que te quedaste con hambre por mí.
Juan se quedó viendo a su huésped y se puso en un temblor cuando se dió cuenta de que ya no era un viejito tulenquito, con una barbilla rala y cuatro mechas canosas, cubierto de chuicas, sino TATICA DIOS en persona, envuelto en resplandores. Juan se puso de rodillas y le rezó el Bendito Alabado. El señor le dijo:
-Extendé la servilleta en el suelo y decí: “Servilletica, por la virtud que Dios te dió, dame de comer”.
Entonces la servilleta se hizo un gran mantel y sobre él apareció una gran cafetera llena de café caliente y aromático; un pichel lleno de postrera amarillita y acabada de ordeñar; un cerro de tortillas de queso, doradas, de esas que al partirlas echan un vaho caliente que huele a la pura gloria y que al partirlas hacen hebras; un tazón de natilla; bollos de pan dulce con su corteza morena, de los que se esponjan al partirlos y se ven amarillos de huevo y de aliño; tarritos de jalea de membrillo y de guayaba; pollos asados, frutas , en fin, tanta cosa que sería largo de enumerar.
Cuando Juan volvió a ver, ya Tatica Dios no estaba allí. Juan estaba muy asustado con la aparición, pero pudo más el hambre y se puso a comer todas aquellas ricuras con las que jamás había soñado su imaginación de pobrecito.
Cuando terminó, todavía quedaban viandas como para una semana. Recogió la vajilla que era de oro y plata y de la más fina porcelana y puso todo lo que pudo en su saco, porque no creía que la cosa se repitiera. Luego se guardó la servilleta.
Allá de camino, por tantear, la volvió a extender sobre el zacate y dijo: “Servilletica, por la virtú que Dios te dió, dame de comer”. Y otra vez apareció un banquete que se lo hubieran deseado los obispos y los reyes. Lo que hizo fue que en el primer rancho que encontró, avisó para que fueran a recoger todo aquello.
Juan Cacho pensó en su chiquillos hambrientos, y a pesar de lo mal criados que eran , y de su mujer, creyó que su deber era volver a donde ellos y darles de comer. Y se puso a imaginarlos sentados alrededor de un banquete como los que había tenido enfrente. Lo que voy a hacer, pensó, es no dejarlos comer mucho, para que no se empachen.
Al anochecer llegó a un sesteo. Bajo un gran higuerón y sentados alrededor de una gran fogata, había muchos boyeros y hombres que venían arreando ganado. Estaban tomando café que le habían comprado al dueño del sesteo. La verdad es que lo que vendía este hombre, no era café, sino agua chacha. Entonces Juan Cacho les dijo:
-Boten esa cochinada y van a probar lo que es café. ¡Y no van a tomar café vacío!...
Diciendo y haciendo, extendió en el suelo su servilleta y dijo: “Servilletica, por la virtú que Dios te dió, danos de comer”. Y aparecieron el café, y la postrera y la natilla y los pollos asados y vinos y las sabrosuras. Toda aquella gente acostumbrada a arroz, frijoles y bebida, no se atrevían a tocar los ricos manjares.
Juan les dijo: “¡Ideay, viejos, aturrúcenle, que ahora es tiempo!”
Los arrieros no se hicieron de rogar. A poquito rato se les habían subido los tragos y aquello era parranda y media.
El dueño del sesteo era lo que se llama un hombre angurriento, de los que no pueden ver bocado en boca ajena, y en cuanto se dió cuenta del tesoro que era aquella servilleta, le echó el ojo.
Apenas vió que Juan Cacho se había dormido, le sacó la servilleta y le puso otra en su lugar. Y Juan, que había caído como una piedra, tan rendido estaba, y que además andaba medio tuturuto con los tragos que se había tomado, no sintió nada.
Antes de amanacer se levantó Juan Cacho ya fresco, se cercioró de que tenía la servilleta entre la bolsa y cogió para su casa. De camino se iba haciendo ilusiones, de la sorpresa que les iba a dar a su mujer y a sus chiquillos; de lo mansita que se le iba a poner la alacrana de su esposa y se imaginaba a cada una de sus criaturas con un pollo asado en la mano.
Cuando llegó a su casucha, entró muy orondo, dándose aire de persona quitada de ruidos.
En cuanto lo vió la chompipona de su mujer comenzó a insultarlo; pero él no le hizo caso y se fue derecho al fogón, y destapó la olla que tenía en el fuego. Al ver que lo que había en la olla eran cuatro guineos bailando en agua de sal, se echó a reír y los tiró a medio patio. La mujer y los chiquillos creían que el hombre se había chiflado.
-¡Van a ver lo que les traigo de comer!, les dijo. En cambio de esa cochinada que tenían en el fuego, les voy a dar pollos, chompipes, vino y dulces, de caer sentados comiendo.
Y ñor Aquel cogió los cuatro chunches que tenían sobre la mesa renca, los tiró por donde primero pudo; se sacó de la bolsa la servilleta; con mil piruetas la extendió sobre la mesa y, echándose para atrás, grito: “ Servilletica, por la virtud que Dios te dió, danos de comer”.
¡Y nada!...
Juan Cacho se quedó más muerto que vivo. ¡María Santísima! ¿Qué era eso? ¿Será que no le había oído la servilleta? Volvió a repetir. ¡Y nada! ¿Lo habría cogido de mona Tatica Dios? No podía ser. El no es de esos que cogen de mona a nadie. ¿Pues, y esto qué era?
Entre tanto la mujer había vuelto a coger los estribos: agarró un palo de leña y se lo dejó ir con toda alma, que si no se agacha el hombre, le parte la jupa por la pura mitad. Y no fue cuento, Juan Cacho tuvo que salir por aquí es camino, mientras el culebrón y los chacalincillos le gritaban improperios.
Bueno, Juan Cacho quiso ir a darle las quejas a Tatica Dios, de lo que le había pasado y se puso al caite, camino del lugar en donde se lo había encontrado. Llegó al anochecer, sin haber probado bocado y con abejón en el buche. Encendió un fogón y se sentó a esperar. Allá, al mucho rato, de veras fue llegando Nuestro Señor con un borriquito de diestro.
-¿Ideay, hijó, qué estás haciendo aquí?; le preguntó.
A Juan se le pegó el nudo.
-¿Que qué estoy haciendo?... ¡Pero mi Señor Jesucristo, si vos debés saberlo!... Lo que es la tal servilleta, en mi casa no me sirvió sino para ponerme en vergüenza. Va de decile y decile y lo que hizo esta piedra, hizo ella. De allí salí que deseaba me tragara la tierra ... Había que ver a mi mujer que es más brava que un solimán, después, que le tiré los guineos al patio...
-¡Oh, Juan, le dijo Nuestro Señor, vos sí que sos sencillo! En fin, aquí te traigo este borriquito... A ver, extendé en el suelo ese saco que traes.
Juan lo extendió.
-¡Ppp, Ppp!, hizo el Señor, animando al borriquito para que se parara sobre el saco.
Cuando la bestia se colocó sobre el saco, Tatica Dios ordenó a Juan que fuera repitiendo con El lo que decía:
-“Borriquito, por la virtud que Dios te dió, reparame plata”. No lo habían acabado de decir, cuando el animal se puso a echar monedas por el trasero; monedas en vez de estiércol.
¡Ay, Dios mío!, ¿Qué era aquello?
Cuando Juan levantó los ojos para ver a Tatica Dios, ya éste había desaparecido.
Juan se puso a bailar en una pata de la contentera y no aguardó razones, sino que cogió el camino de vuelta.
Cuando pasó por el sesteo, se sintió muy rendido y entró a pedir posada.
Apenas lo vió el dueño, se quedó chiquitico, pensando que el otro venía a reclamarle.
-¡Hola, compadrito! ¡Dichosos ojos! ¿Y qué viento lo trae por aquí?
Y Juan, que no tenía pringue de malicia, le soltó:
-¡Viera, viejo, lo que traigo! ¡Esto sí que es cosa buena! Vamos y tráigame una cobija o un trapo y va a ver usté...
El hombre no se hizo rogar y cogió un pedazo de mantalona que estaba a mano. Juan hizo que el burro se colocara encima de la mantalona y dijo: -Burriquito, por la virtú que Dios te dió, reparame plata.
Y al momento estaba el burro echando monedas de oro por el trasero, en vez de estiércol.
Al hombre casi le da una descomposición del susto de ver aquel gran montón de monedas de oro. Y al momento se puso a pensar que este burro tenía que ser de él.
Lo primero que hizo fue darle guaro a Juan para que se almadeara; luego lo llevó a acostarse. Pero en medio de la soca que se tenía, el pobre Juan no perdía del todo el sentido y no soltaba el mecate con que llevaba amarrado el burro. Al fin del cuento se privó y entonces el otro aprovechó la oportunidad para quitarle el burro y cambiárselo por otro muy parecido.
Al día siguiente muy de mañana, se puso Juan camino de su casa. Como estaba de goma y él de por sí no era muy observador, no se fijó en que le habían cambiado el animal. Bueno, el caso es que llegó a la casa y se metió con todo y burro. Como se sentía muy seguro, no hizo caso de los denuestos con que lo recibió la gallota de su mujer. Juan se fue derechito a la cama, quitó la cobijilla colorada llena de churretes de candela con que todavía estaban cobijados los chacalincillos, la tendió en el suelo e hizo que el burro se encaramara sobre ella. Luego gritó entusiasmado:
-Burriquito, por la virtú que Dios te dió, reparanos plata.
¡Y nada!
Volvió a decirle y nada. ¡Ayayay! ¿Qué era esto, María Santísima? Otra vez le gritó:
-Burriquito, que por la virtú que Dios te dió repararme plata.
Y lo que hizo el animal fue una buena gracia sobre la cobija. Por supuesto que eso fue el colmo. La mujer le tiró encima los tizones y luego los chiquillos cogieron los cagajones del burro y lo agarraron a cagajonazos.
Al pobre Juan le faltaron pies para salir corriendo. Y, lejos, se sentó a recapacitar. ¿Pues y ésto qué será? ¿Será que Tatica Dios de veras se había querido burlar de él? No podía ser; Nuestro Señor no es de bromas, y menos con un triste como él. Entonces decidió volver allá arriba, al lugar en donde se le había aparecido. Quién quita que se le apareciera otra vez y le pusiera en claro aquello...
Juan volvió a tomar el camino, anda y anda. Por fin llegó, ya oscureciendo, cansado, con hambre y todo achucullado. ¡Qué hombre más torcido era él, que hasta con Tatica Dios le iba mal! Se sentó, y no fue cuento, sino que largó el llanto, allí en la soledad, donde nadie lo podía ver.
-Hombre, Juan, ¿qué es eso?
Levantó los ojos y allí estaba Tatica Dios en persona, con un saco a la espalda, mirándolo, entre malicioso y compasivo.
¿Y eso qué es, Juan? ¿Mariqueando como las mujeres? Se veía que le quería meter ánimo.
-¿Pues no ves, Señor mío Jesucristo, que con el burro también me fue mal? Mientras la cosa era afuera, funcionaba muy bien, pero en cuanto llegué a mi casa, y había que enfrentarse a mi mujer, ¡adiós mis flores!... Lo que hizo fue una gracia en la cobija, y entre la mujer y los chiquillos me cogieron a cagajonazos. Y si no me las pinto, me matan.
-Pues hijó, yo lo que encuentro es que vos no te das a respetar de tu mujer ni de tus hijos, y eso va contra la Ley de Dios. Allí quien debiera tener los pantalones es tu mujer. Bueno es culantro, pero no tanto, hijo. Bueno es que seas paciente, pero no hasta el extremo. Vos debés amarrarte esos calzones, Juan, si no querés que tus hijos acaben por encaramársete encima y tu mujer te ponga grupera. Y mirá, muchacho, hay que tener su poquito de malicia en la vida, si no querés salir siempre por dentro. Vos sos muy confiado con todo el mundo; crees que todos son tan buenos como vos, ¡y qué va! Ese hombre del sesteo te ha jugado sucio, hombre de Dios, y ... no te digo más. Aquí te traigo, para ver si sabés sacarle partido.
Tatica Dios abrió el saco y sacó tamaña perinola que más parecía garrote que otra cosa.
-Poné atención, Juan, a lo que voy a decir:
-Escomponte, perinola.
Y la perinola salió del saco y comenzó a arriarle a Juan sin misericordia.
-¡Ay, ay, ayayay!, gritaba Juan. ¿Ideay, Señor, tras dao, meniao? Me arrea mi mujer y vos también, Señor. Qué esperanza me queda. ¡Ayayay!
Nuestro Señor dijo:
-Componte, perinola.
Y la perinola se metió muy docilita entre el saco, como si tal cosa.
-Es para que aprendás, Juan, a no dejarte. Es la última vez que te meto el hombro. Y si con esta no entendés, no tenés cuando, y mejor es que me dejés quieto. Yo no te digo que no seas bueno con tu prójimo, pero tampoco te dejés, porque eso es dejar lugar a que el egoísmo se extienda como una mata de ayote. Y no volvás por aquí, Juan y no te dejés.
Juan oyó el sermón muy humildito, con los ojos bajos, se le había abierto como una hendija en los sesos y ahora iba comprendido... Tenía razón Tatica Dios. Estaba bueno lo que le había pasado, por tonto. Sí quién veía al dueño del sesteo tan labioso. Claro, para mientras se lo tiraba. Pero ahora que se encomendara. Y que se alistara su mujer, y que los chiquillos se fueran ensebando las nalgas. Y Juan Cacho se echó el saco a la espalda y comenzó a bajar la cuesta muy decidido, a grandes pasos.
Llegó al sesteo y salió el hombre hecho una aguamiel, sin saber si el otro venía a reclamarle o a dejarle otra cosita.
-¡Hola, compadrito! ¡Dichosos ojos! Pase adelante, debe estar muy cansadito. Voy a llamar a mi mujer para que me le aliste aunque sea un plato de arroz y frijoles.
Juan Cacho no se hizo de rogar y se sentó a comer con el saco a un lado. El hombre estaba con una gran curiosidad de saber qué traía el otro en el saco.
-¿Ideay, compadrito, no trae por ahí alguna novedad de las que usté acostumbra?
Juan se le acercó y le dijo bajito:
-Sí, mi estimado, pero es un gran secreto. Vamos para allá adentro, a un cuarto donde nadie nos oiga. Y advierta a su mujer y a su familia que oigan lo que oigan, no se asomen, porque entonces todo se nos echa a perder. De veras, el otro se fue allá adentro y le advirtió a todo el mundo que nadie se acercara al cuarto, oyera lo que oyera. Y dijo a su mujer, guiñándole un ojo:
- Voy a ver si hago con ñor Aquel otro negocito como el de la servilleta y el del burro. Ya vos sabés. Ve que nadie se acerque, ya te lo advierto.
Si la cosa sale mal por tu culpa, por no cuidar bien para que no se acerquen, vos me la pagarás.
Se fueron para el cuarto y se encerraron con llave. Juan fue abriendo poquito a poco el saco, y el otro hombre con una curiosidad... Estiraba el pescuezo para ver qué tenía entre el saco y parecía que tenía baile de Sanvito y quería meter la mano.
-¡Ché!, No se asome, viejo, porque entonces no resulta, le advertía Juan, abriendo poquito a poco el saco.
-¿Y dígame, compadrito, preguntó Juan Cacho, cómo le ha salido el burriquito?
-¿Cuál burriquito?, preguntó el otro sobresaltado.
-Pues el burriquito... usté sabe. ¿Y la servilletica, le ha servido de algo?
-No sé de qué me está hablando.
-¿Con que no lo sabe? Pues le voy a enseñar.
Y Juan puso la boca del saco en dirección del hombre y gritó:
-Escomponte, perinola.
La perinola que parecía un garrote, salió del saco disparada y comenzó a arriarle al hombre sin misericordia y le dió tal garroteada que lo dejó negrito de cardenales. El hombre gritaba pidiendo socorro, pero como había advertido a la familia que oyeran lo que oyeran, no se asomaran, nadie acudió a su auxilio.
Juan Cacho le preguntó:
¿Sabés ahora de cuál servilleta y de cuál burro te hablo?
-¡Sí sé! ¡Sí sé!, gritaba el hombre, y ahoritica mismo te los devuelvo, pero ve que ese garrote no me pegue más.
-Cuando me devolvás mis cosas, entonces...
La servilleta y el buroo le fueron devueltos. Cuando Juan Cacho se convenció de que eran los legítimos, se montó en su burro y con la servilleta entre la bolsa y el saco de la perinola al hombro, cogió camino para su casa. El hombre del sesteo se quedó en un quejido y su cuerpo parecía el de un crucificado.
Juan llegó a su casa. Apenas lo divisó su mujer, le gritó:
-¿Ya venís, poca pena? Vení acá y te contaré un cuento, gran atenido, que sólo servís para echar hijos al mundo y después no sabés mantenerlos. Y no te basta venir solo, sino que también traes el burro. De las costillas te voy a sacar mi cobija, gran tal por cual...
¡Ave María! La mujer parecía un toro guaco. Y los chiquillos malcriados, haciéndole segunda.
Juan Cacho no hizo caso y, tun tun, se metió en la casa, como sino fuera con él. La mujer y los chiquillos se metieron también insultándolo, Juan abrió el saco y cuando su mujer le iba a zampar ya la mano, gritó:
-Escomponte, perinola.
Y salió la perinola a cumplir con su deber y a darle a aquella alacrana. Hasta que sonaban los golpes: pan, pan... Y la mujer gritaba y gritaba pidiéndole auxilio.
De cuando en cuando la perinola les daba a probar también a los gülas que se habían metido debajo de la cama. Los vecinos acudieron, y como no les abrían, echaron la puerta abajo y también salieron rascando.
A la mujer, a punta de garrote, se le había bajado la cresta y muy humildita se puso a pedirle perdón a Juan y a decirle que no lo volvería a hacer, que en adelante iba a ser otra cosa.
Juan se compadeció y gritó:
-Componte, perinola.
Y la perinola que parecía un garrote se metió muy docilita en el saco. Había que ver las chichotas y cardenales que tenían en el cuerpo la madre y los hijos. Juan se paseaba muy gallo por entre aquellas palomitas y corderitos, que le miraban con toda humildad.
-Ahora, a comer, ordenó Juan, y extendió sobre la mesa renca la servilletica.
-Servilletica, por la virtú que Dios te dió, danos de comer.
Y la servilletica se volvió mantel y se cubrió de viandas exquisitas. Todos comieron y se chupaban los dedos. Juan mandó a repartir entre la vecindad y todavía quedó.
Enseguida cogió la cobija, la tendió en el suelo y dijo:
-Burriquito, por la virtú que Dios te dió, repáramos plata.
Y la bestia echó por el trasero, no cagajones, como la vez pasada, sino monedas de oro.
Después de eso la mujer tuvo que coger cama ocho días, tan mal parada había quedado con la garroteada; pero allí en la cama, mi señora parecía una madejita de seda.
Juan compró una casa grande, hermosísima y los pobres se acabaron en ese pueblo, porque Juan no dejaba que hubiera gente con necesidad.
A los chiquillos le sacaron las lombrices; se pusieron gordos y colorados; además se volvieron muy educados, porque Juan puso colgando en el gran salón y medio a medio, el saco de la perinola, con una pizquita de fuera, para que todo el mundo viera que allí estaba quien todo lo arreglaba.
Pero de eso hace ya muchos años, y quien sabe que se hicieron la servilletica, el burriquito y la perinola.

Y me meto por un huequito, y me salgo por otro, para que ustedes me cuenten otro.

1.040. Lyra (Carmen)

El tonto de las adivinanzas

Había una vez una viejita que tenía dos hijos: uno vivo y otro tonto. Al mayor lo creían vivo porque era trabajador, amigo de guardar su plata y de plantarse bien los domingos. El otro gastaba en tonteras cuanto cinco le caía en las manos, y no le importaba un pito andar hecho un candil de sucio; y le decían por mal nombre "El Grillo".
Un día llegó un vecino y le dijo que en el pueblo andaba el cuento de que el rey ofrecía casar a su hija con aquel que pusiera a Su Majestad tres adivinanzas que no pudiera adivinar, y que le adivinaran otras tres que Su Majestad propondría.
Otro día se levantó el tonto muy de mañana y dijo a la viejita:
-Mama, sabe que he ideado ir yo onde el rey a ver si me gano l'hija. Quien quita que pueda yo sacarlos a ustedes de jaranas.
-Jesús, apiate y mirá estas cosas, -contestó la viejita al oir a su hijo. 
-Callate, tonto de mis culpas, y no me volvás a salir con tus tonteras. Y lo trapió y le dijo unas cosas que no me atrevo a repetir.
Pero el muchacho metió cabeza, y cuando la viejita lo vio fue ensillando a Panda, su yegua. Entonces, como no había más remedio, se puso a prepararle un almuerzo para el camino. Fue al solar a cortar unas hojitas de orégano para echarle a una torta de arroz y huevo que le hacía, pero como estaba medio pipiriciega no se fijó que en vez de orégano, cogía unas hojas de una yerba que era un gran veneno.
-Por fin el hijo montó a Panda y dijo adiós a su madre y a su hermano, que habían hecho todo lo posible por convencerlo de que desistiera de su viaje.
La pobre viejita salió a la tranquera a verlo irse y le dijo: 
-Que Dios te acompañe, hijó... Aquí nos dejás sólo Dios sabe cómo. Vas a ver que con lo que vas a salir es con una pata de banco.
El muchacho no hizo caso y cogió el camino. Al mucho andar sintió hambre, desmontó y sacó de sus alforjas el almuercito que le hiciera su madre. Era en un lugar en donde no crecía ni una mata de hierba. Sintió lástima al pensar que la pobre Panda iba a tener que ayunar. Entonces, aunque le tenía mucha gana a la torta, la cogió y se la dio a su yegua y él se comió un gallito de frijoles que bajó con bebida. Apenas la yegua se tragó la torta, cuando cayó pataleando y enseguida murió a consecuencia del veneno de las hojas con que la viejecita quiso dar gusto a la torta, creyendo que eran de orégano.
El muchacho se sentó al lado de su bestia a hacerle el duelo. En esto llegaron tres perros que se pusieron a lamer el hocico a la difunta. ¡Para qué lo hicieron! En seguidita cayeron también pataleando, y a poco murieron.
El tonto hizo un hueco para enterrar a Panda y mientras la enterraba, llegaron siete zopilotes que hicieron una fiesta con los tres perros. A poco los siete zopilotes pararon la vista y cayeron tiesos.
Entonces, el tonto que no era tan dejado como creían, secó sus lágrimas y se dijo: -No hay mal que por bien no venga... Ya tengo mi primera adivinanza.
Siguió anda y anda y se encontró con una vaca que se había despeñado y que estaba en las últimas. La acabó de matar y halló entre su panza un ternerito que estaba para nacer. Lo sacó, asó parte de la carne del animalito y se la comió. Siguió su camino y allá en el peso del día, vio unas palmeras de coco cargaditas de frutas. Como tenía mucha sed, subió a una, cogió unos cocos y bebió su agua.
Por fin llegó al palacio del rey se hizo anunciar como un pretendiente a la mano de su hija. Los criados y los señores se pusieron a hacerle burla:
¡Lo que no han podido personas inteligentes lo va a poder este no-nos-dejes! -decían y se morían de risa.
El rey le hizo algunas reflexiones: Que si no ganaba, lo ahorcaría y que esto y lo de más allá, pero él no hizo caso.
La princesa se horrorizó al imaginar que tuviera que casarse con aquel tonto, y por un si acaso, le propuso que si se salía con la suya, se comprometiera a calzarse (porque era descalzo) y vestirse como los señores y, que si no, no habría nada de lo dicho. Y el tonto dijo que bueno.
Se reunió un gran gentío en el salón del palacio: el rey con su hija en su trono, los ministros, los duques, los marqueses y cuanta persona que era gran pelota en el país. Y va entrando mi tonto muy en ello y con mucha tranquilidad, como si estuviera en la cocina de su casa, dijo: Allá te va la primera, señor rey:

"Torta mató a Panda,
Panda mató a tres;
Tres muertos mataron a siete vivos".

El rey se puso a reflexionar y fue de reflexionar como una hora, y no pudo dar en el chiste. Por fin se dio por vencido. El tonto explicó: -Panda, mi yegua, murió a consecuencia de haberse comido una torta envenenada; llegaron tres perros, le lamieron el hocico y enseguida murieron; bajaron siete zopilotes, se comieron los perros y también murieron.
Luego el tonto dijo: -Allá te va la segunda: "Comí carne de un animal que no corría sobre la tierra, ni volaba por los aires, ni andaba en las aguas".
Vuelta el rey a cavilar y al cabo de una hora se dio por vencido. El muchacho explicó: 
-Encontré una vaca que se había despeñado y que estaba boqueando, la acabé de matar y le saqué de la panza un ternerito que estaba para nacer. Lo asé y comí de su carne.
Luego el muchacho dijo: 
-Allá te va la tercera: "Bebí agua dulce que no salía de la tierra, ni caía del cielo".
Tampoco pudo esta vez adivinar el rey, y el tonto explicó: 
-Me bebí el agua de unos cocos y ya ves, señor rey, como al mejor mono se le cae el zapote.
Le llegó el turno al rey de proponer sus adivinanzas.
Mandó cortar a una chanchita el rabo y lo puso entre una caja de oro que presentó al tonto y le preguntó: 
-¿Adivinás lo que tengo aquí? -El se rascó la cabeza y al verse en este apuro, se dijo en voz alta: 
-"Aquí fue donde la puerca torció el rabo..."
El rey casi se va de bruces.
¡Muchacho! ¿Cómo has hecho para adivinar?
El tonto comprendió que de pura chiripa había acertado, y como no era tan tonto, dijo haciéndose el misterioso: 
-Eso no se puede decir... Eso es muy sencillo para mí...
Entonces el rey fue a su cuarto, cogió un grillo que cantaba en un rincón, lo encerró entre su mano y se lo presentó. -¿Qué tengo aquí?
El muchacho se puso a ver para arriba, y viendo que nada se le ocurría, se dijo en voz alta: ¡Ah caray! ¡Y en qué apuros tienen a este pobre grillo! (como a él lo llamaban "El grillo"...)
El rey se hizo de cruces, la princesa estaba en un hilo y la gente se volvía a ver, admirada.
-¡Muchacho de Dios! ¿Cómo has hecho para adivinar?
Otra vez los aires misteriosos para contestar:
-Muy fácil, pero no se puede decir...
Mandó a hacer el rey en un salón un altar con cortinas de oro y plata, candelabros de oro, candelas de cera rosada, floreros y muchos adornos, y sin que nadie lo viera, llenó un vaso de estiércol, lo envolvió bien en un paño de oro bordado con rubíes y brillantes y lo colocó en medio del altar. Hizo llamar al tonto y le preguntó:
¿A que no me adivinás qué tengo en este altar?
-¿Qué puede ser? ¿~Qué puede ser? -pensaba el muchacho sudando la gota gorda. -Lo que es ahora sí que no adivino... Lo que me voy a sacar es que me ahorquen... -Luego, casi desesperado, dijo: -Bien me lo dijo mi mama que buen adivinador de m... sería yo.
El rey se quedó en el otro mundo.
-¡Muchacho! ¿Cómo has adivinado? -Y él respondió: 
-¡Muy fácil! Si así me las dieran todas...
Inmediatamente se comenzaron los preparativos para la boda. La princesa estaba que cogía el cielo con las manos. La pobre no tenía nadita de ganas de casarse con aquel gandumbas.
Llamó al zapatero para que le tomara las medidas a su futuro esposo de unos zapatos de charol, pero le aconsejó se los dejara lo más apretados que pudiera. Lo mismo al sastre con el vestido y mandó a comprar un cuello bien alto.
Cuando llegó el día del matrimonio, el tonto fue a vestirse de señor, pero todo fue ponerse aquellas botas de charol y comenzar a hacer muecas. Le pusieron tirantes, el cuello que casi no le dejaba respirar y las mangas de la leva le quedaban tan angostas que se veía obligado a tener los brazos tan encogidos que parecia un chapulín. Pero lo que no se aguantó fue que le pusieran guantes. Cuando lo vieron fue sacándose la leva y arrancándose el cuello y la corbata y tirando todo por la ventana. Los zapatos de charol fueron a dar a un tejado.
-¡Adió! ¡Caray! -gritó al verse libre de todas aquellas tonteras. -¿Yo por qué voy a andar a disgusto?
La princesa que estaba escondida detrás de una cortina, ya no podía de tanto reir.
El muchacho se fue a buscar al rey y le dijo:
-Mucho me gusta su hija, pero más me gusta andar a gusto. Me comprometí a casarme con ella si me vestía de señor, pero yo no sé cómo hacen para andar con los pies bien chimaos, con el pescuezo metido entre esta baina, bien echados para atrás, que les tiene que doler la caja del cuerpo... Prefiero volverme donde mi mama: allí ando yo como me da mi gana; y si me quedo aquí tendré que pasar mi vida como un Niño Dios en retoque. (*)
Entonces el rey le dio dos mulas cargadas de oro y el tonto se volvió a su casa, donde lo recibieron muy contentos.

(*) Parece que esas sonrientes esculturas que representan al Niño Dios, para retocarlas y trabajar sin dificultad, las aseguran con un tornillo que les meten por detrás.

1.040. Lyra (Carmen)

El pajaro dulce encanto

Había una vez un rey ciego, como el de "La Flor del Olivar", quien también tenía tres hijos. Muchos médicos lo vieron y muchas promesas llevaban hechas él, la reina y sus hijos, pero los ojos no daban trazas de ver.
Había una viejecilla curandera que era bruja y tenía fama porque había hecho algunas curaciones que los doctores no habían conseguido. Por un si acaso, la hicieron venir al palacio, y ella dijo que se dejaran de ruidos y que buscaran el Pájaro Dulce Encanto y le pasaran la cola al rey por los ojos: que este pájaro estaba en poder del rey de un país muy lejano; eso sí, que se la pasara el mismo que lograba apoderarse del pájaro.
Los tres hijos del rey se dispusieron a ir a testarear la medicina, y el rey prometió que el trono sería para aquel que la trajera.
Los tres partieron el mismo día: el mayor por la mañana, el siguiente a medio día y el menor por la tarde, cada uno en un buen caballo y bien provistos de dinero.
Al salir el mayor de la ciudad, vió un grupo de gente a la entrada de una iglesia - "¿Y adónde vas Vicente-? Al ruido de la gente- se acercó a ver qué era, y se encontró con un muerto tirado en las gradas y uno de los del grupo le contó que lo habían dejado allí porque no tenían con qué enterrarlo, y que el padre no quería cantarle unos responsos si no había quien le pagara.
-¡A mí qué...! dijo el príncipe, y siguió su camino.
A medio día, cuando pasó el otro, vió a la entrada de la iglesia al pobre difunto que todavía no había hallado quien lo enterrara. -Eso a mí no me va ni me viene- dijo el príncipe y siguió su camino. Cuando el menor pasó en la tarde, todavía estaba allí el cadáver, medio hediondo ya, y las gentes que miraban tenían que estar espantando los perros y los zopilotes que querían acercarse a hacer una fiesta con el muerto.
Al príncipe se le movió el corazón y pagó a unos para que fueran a comprar un buen ataúd y él en persona buscó al padre para que le cantara los responsos; fue a ayudar a abrir la sepultura y no siguió su camino sino hasta que dejó al otro tranquilo bajo tierra.
A poco andar, le cogió la noche en un lugar despoblado.
De repente vió desprenderse de una cerca una luz del tamaño de una naranja, que se fue yendo a encontrarlo y que por fin se le puso al frente. Al príncipe se le pararon toditos los pelos y preguntó más muerto que vivo:
-De parte de Dios todopoderoso, dí, ¿quién eres?
Y una voz que paracía salir de un jucó, le respondió: -Soy el alma de aquel que hoy enterraste y que viene a ayudarte. No tengás miedo, yo te llevaré adonde está el Pájaro Dulce Encanto. No tenés más que ir siguiéndome. Eso sí, no podés caminar de día.
Al joven se le fue volviendo el alma al cuerpo y siguió a la luz. Hizo como ella le dijo y descansaban de día. A los dos días ya no le tenía miedo y más bien deseaba que se le llegara la noche. Y a la semana ya eran muy buenos amigos.
Anda y anda, por fin llegaron al reino donde estaba el pájaro. La luz le dijo que a la media noche se fuera a pasear frente a los jardines del palacio y que se metiera en ellos por donde la viera brillar. Así lo hizo y a media noche entró a los jardines y echó a andar detrás de la luz, que lo pasó frente a los soldados dormidos y lo metió en el palacio sin que nadie lo sintiera. Llegaron por fin a un gran salón de cristal iluminado por una lámpara muy grande que era como ver la luna, todo adornado con grandes macetas de oro en que crecían rosales que daban rosas tintas, y el príncipe se quedó maravillado al ver los miles de rosas que se veían entre las hojas verdes. El suelo estaba alfombrado de rosas deshojadas y se sentía aquel aroma que despedían las flores que daban gusto, y en una jaula de alambres de oro en los que había ensartados rubíes del tamaño de una bellota de café, colgada del cielo raso, y muy alta, estaba el Pájaro Dulce Encanto, que era así como del tamaño de un yigüirro pero con la pluma blanca, con un copetico y las patas del color del coral. Cuando entró el príncipe, comenzó a cantar y el joven creía que entre las matas estaban escondidos músicos muy buenos que tocaban flautas y violines. Y así se hubiera quedado sin acordarse de más nada, si la luz no le hubiera llamado la atención: -¿Idiai, hombré, ya olvidaste a lo que venías? A ver si vas al cuarto, que sigue, que es el comedor y te alcanzás cuanta mesa y silla encontrés.
Así lo hizo y cuando trajo todos los muebles que había, los fue colocando uno encima de otro para alcanzar el pájaro. Con mil y tantos trabajos, se fue encaramando por aquella especie de escalera y ya estaba estirando el brazo para coger la jaula, cuando todo se le vino abajo, haciendo por supuesto un gran escándalo. A la bulla, hasta el rey se levantó y corrió medio dormido y chingo a ver qué pasaba. Y van encontrando a mi señor debajo de todo, golpeado y hecho un ¡ay de mí! Lo sacaron y lo hicieron confesar por qué estaba allí. El rey lo mandó encalabozar y que lo tuvieran a pan y agua. Cuando estaba en el calabozo, se le apareció la luz y le aconsejó que no se afligiera.
A los días lo mandó a llamr el rey y le dijo que se le devolvería la libertad y le daría el Pájaro, si le conseguía un caballo que él quería mucho y que le había robado un gigante.
El príncipe le contestó que otro día le daría la respuesta. En la noche llegó la luz y le aconsejó que dijera que bueno.
Dicho y hecho, la luz lo guió hasta que llegaron al potrero en donde el gigante guardaba el caballo. Escondido entre una zanja, esperó que amaneciera. Apenas comenzaron las claras del día, salió el gigante del potrero caracoleando el caballo, que por cierto era el caballo más hermoso del mundo: negro, como de raso, con una estrella en la frente y con las patas blancas.
Ya la luz le había aconsejado que apenas los viera salir, entrara al potrero y subiera a un palo de mango muy coposo que había en el centro; que esperara allí hasta que regresara el gigante en la noche, y cuando éste tuviera los ojos cerrados no se fiara porque no estaba dormido, sino cuando los tuviera de par en par y que entonces debaría aprovechar para robar el caballo.
Además le contó que el caballo tenía en la paletilla derecha una tuerca y que le diera vueltas a esa tuerca y que vería.
Pues bueno, en la noche volvió el gigante y seguramente venía muy cansado, porque no hizo más que medio amarrar el caballo del tronco del árbol, le aflojó la cincha y él se tiró a su lado. Comenzó a roncar, pero el príncipe se fijó en que tenía los ojos cerrados; poco a poco los ronquidos fueron más, más débiles, y el príncipe vió que tenía un ojo cerrado y otro abierto; por fin cesaron los ronquidos y el gigante tenía los ojos de par en par, unos ojazos más grandes que las ruedas de una carreta. Poquito a poco se fue bajando y desamarró el caballo. Pero este animal hablaba como un cristiano y gritó: -¡Amo, amo, que me roban! - De un brinco se levantó el gigante. El joven se quedó chiquitico entre unas ramas.
El gigante miró por todos lados y gritó: -¿Quién te roba? ¡Nadie te roba? -Luego se volvió a dejar caer y a poco abrió los ojos.
Vuelta otra vez a bajar poquito a poco. Puso una mano en la cabeza del caballo e intentó montar, pero el animal gritó otra vez: 
-¡Amo, amo, que me roban!
De nuevo se recordó el gigante, pero no vió a nadie. Con cólera le contestó: -¿Quién te roba? ¡Nadie te roba! ¡Si me vuelves a decir que te roban, te mato!
Así que el príncipe vió al gigante con los ojos abiertos, muy resuelto se acercó al caballo, que esta vez no chistó. Entonces lo montó, le apretó la tuerca y el caballo salió volando.
La luz había dicho al príncipe que antes de entrar en la ciudad volviera a apretar la tuerca para que el caballo descendiera, y que no se diera por entendido con el rey que sabía aquella cualidad de la bestia. Lo hizo así, y el rey lo recibió muy contento, pero el muy mala fe le dijo que todavía no le daría el Pájaro, si no cuando le trajera su hija, que había sido robada por el mismo gigante.
El joven no quiso contestar nada sino hasta que habló con la luz, quien le dijo que aceptara.
A la noche siguiente partieron y llegaron al palacio del gigante. La luz le aconsejó que llevara el caballo y que lo dejara amarrado entre un bosque cercano al palacio. El debería subir por una enredadera hasta una ventana iluminada, que era la ventana del comedor. A aquellas horas deberían estar cenando. Cuando viera que el gigante había bebido mucho vino y dejara caer la cabeza sobre la mesa, debía tirar unos terroncillos a la niña y le haría señas para que se acercara y lo siguiera.
Todo pasó dichosamente, porque el gigante se puso una buena juma y la princesa, que deseaba con toda su alma salir de las garras de aquel bruto, no dudó ni un minuto en seguir al joven que le pareció muy galán. Al príncipe también le pareció muy linda la niña y al punto se enamoró de ella. El caso es que los dos se gustaron.
Sin ninguna novedad llegaron al palacio, pero el rey, que era muy mala fe, le dijo que le pidiera cualquier otra cosa, pero que el Pájaro no se lo daba.
Entonces la luz le aconsejó que le pidiera que lo dejara dar tres vueltas por la plaza montado en el caballo, con la niña por delante y el Pájaro en su jaula en una mano. El rey convino, y para estar seguro, puso soldados en todas las bocacalles que daban a la plaza. El principe salió muy honradamente, pero al ir a acabar la tercera, apretó la tuerca y el caballo salió por aires, y al poco rato desapareció entre las nubes. Por supuesto que el rey se quedó jalándose las mechas y diciendo que bien merecido se lo tenía por tonto. A él no le había pasado por la imaginación que el príncipe supiera lo de la tuerca.
Bueno, pues, joven, al llegar a su país, apretó la tuerca, y el caballo bajó. Al pasar por una ciudad encontró a sus dos hermanos todos dados a la mala fortuna, que se habían engringolado en unas fiestas, se habían quedado sin un cinco y no sabían con qué cara llegar donde su padre.
Los dos hermanos sintieron una gran envidia por la suerte de su hermano menor que traía no sólo el Pájaro sino una linda princesa y un canallo maravilloso.
El joven los invitó a volver con él, pero ellos se negaron. Eso sí, le rogaron que les aceptara el convite que le hacían de ir a almorzar en un lugar en las afueras de la población. El, sin malicia, aceptó en seguida. Ellos hicieron beber al príncipe y a la princesa una bebida que era un nárcotico, y cuando estuvieron sin conocimiento, se llevaron al joven y lo echaron en un precipicio. Cuando la niña despertó, le dijeron que él se había ido a parrandear en unas fiestas que se celebraban en un pueblo vecino y que la había dejado abandonada. Pero que ellos no la desampararían y se la llevarían al palacio de su padre.
Volvieron a su casa y el rey y la reina se alegraron y ellos para que no supieran por qué el menor no aparecía, lo pusieron en mal, y les hicieron creer que ellos habían sido los de todo el trabajo y que la princesa era una niña loca que habían recogido en el camino. Pero no pudieron conseguir que el rey repartiera el reino entre los dos,porque le pasaron la cola del Pájaro Dulce Encanto y no surtió ningún efecto; el rey quedó tan ciego como antes.
Quiso Dios que la luz libró al joven de que no rodara entre el precipicio, sino que una rama lo agarró por el vestido y unos carreteros que pasaban lo oyeron gritar, se acercaron y lo ayudaron a salir de allí. Les dijo quién era y como se había hecho algunas heridas y no podía caminar ellos mismos lo llevaron al palacio del rey y a los cuatro días fueron llegando con él.
La princesa, que no había vuelto a hablar de la tristeza de la ausencia del joven, al verlo, se puso feliz y el Pájaro que no había vuelto a cantar, llenó el palacio con sus flautas y violines.
Pero el rey y la reina estaban muy enojados contra su hijo menor por los cuentos con que sus hermanos mayores habían venido, y no querían recibirlo. Él, entonces, contó lo que le había ocurrido; los carreteros atestiguaron; además, el joven para probar que era él quien había conseguido el Pájaro, lo cogió y pasó su cola por los ojos del rey, quien enseguido quedó con unos ojos tan buenos que le podían hacer frente a la luz del sol. Se conocieron las mentiras de los hermanos envidiosos, pero el príncipe que era un buenazo de Dios, no permitió que los castigaran, los abrazó y compartió el reino con ellos.
El se casó con la princesa, quien colgó de su ventana la jaula con el Pájaro Dulce Encanto, que diario tenía aquello hecho una retreta.
Cuando la luz vió feliz y tranquilo a su amigo, vino a decirle adiós: Mucho sintió el príncipe esta separación, pero la luz le dijo: -Ya cumplí, ya te demostré mi gratitud. Adiós y ahora hasta que nos volvamos a ver en la otra vida.
Y me meto por un huequito y me salgo por otro, para que ustedes me cuenten otro.

1.040. Lyra (Carmen)

El cotonudo

Pues señor, había una vez una viejita que tenía un hijo galanote e inteligente y además bueno y sumiso con ella, que parecía una hija mujer. La viejita era muy pobre y siempre tenía que andar corre que te alcanzo con el real; lo único que tenía era una casita en las afueras de la ciudad y sus fuerzas, con las que lavaba y aplanchaba, para ayudar a su hijo a quien se le había metido entre ceja y ceja estudiar para médico. Eso sí, que el pobre tenía que pesentarse en la escuela sabe Dios cómo: el vestido hecho un puro remiendo, nada de cuello ni corbata y con la patica en el suelo.
Para ir a la escuela el joven pasaba todos los días frente al palacio del rey, y dió la casualidad que a esa hora se asomaba la hija del rey al balcón. A la princesa le llamó la atención aquel joven tan galán vestido pobremente, pero tan limpio que parecía un ajito, con los pies descalzos tan lavados y blancos, que daba lástima mirarlos caminar entre los barriales. ¿Adónde iría con sus alforjitas al hombro y sus libros bajo el brazo?
Por fin un día no se aguantó y mandó a una de sus criadas a que lo llamara, y cuando lo oyó hablar con tanta sencillez y facilidad, se enamoró perdidamente del joven. Y desde entonces lo esperaba en el jardín para conversar con él.
El joven también se había enamorado de la princesa quien era un primor de bonita: con una cabeza que era como ver el sol de rubia y en la que cada hebra era crespa como un quelite de chayote. Además era buena y noble, que no tenía compañera, y ella tan lo mismo trataba al pobre que al rico. Pero el joven se había guardado con candado su enamoramiento, porque ¿en qué cabeza podría caber que una princesa se casara con un chonete como él, que no se calzaba porque no tenía con qué comprar zapatos?
Pero así es el mundo, y la princesa al ver que el muchacho no tenía trazas de decirle: "Tenés los ojos así y la boca asá", dejó a un lado la pena y un día, sin más ni más, le declaró que estaba enamorada de él. Al principio el joven creyó que era por burlarse, pero al fin acabó por convencerse de que le estaba hablando de deveras.
Entonces le dijo: -Mire, es mejor que no pensemos en esto. Yo soy lo que se llama un arrancado. Es de las cosas que no hay que pensar dos veces, y lo mejor que yo puedo hacer es decirle adiós y no volver ni a pasar por esta calle.
Pero la princesa, que también era muy cabezona, se le prendió como una garrapata y acabó por hacerlo aceptar una bolsa llena de oro para que se fuera a tantear fortuna. Ella le juraba esperarlo. El partió a rodar tierras. Un día se embarcó, naufragó el buque en que iba, y por un milagro de Dios quedó vivo para contar el cuento.
Hecho un ¡ay! de mí, regresó a su país. Su madre lo recibió con gran alegría.
Allá, entre oscuro y claro, se envolvió en un cotón, se puso un gran sombrero, las dos únicas cosas que trajo de su viaje, y fue a pasearse frente al balcón de la princesa, para ver si podía entregarle una carta en la que le contaba sus desgracias y la conveniencia de que no lo esperara y se casara con un príncipe. Los que lo encontraban se decían: -¿Quién será ese cotonudo?- Consiguió lo que deseaba, pero la niña mandó a buscarlo y lo convenció de que debía recibir otra bolsa de dinero, pero en esta ocasión unos ladrones lo dejaron a buenas noches con cuanto llevaba.
Volvió a su país y otra vez a ponerse el cotón y el gran sombrero y otra vez a buscar a la princesa. Los que lo veían se preguntaban: -¿Quién será este cotonudo?- Y la criada de la princesa corrió a avisar a su ama que allí estaba "su cotonudo", y la princesa comprendió.
En esta ocasión fue más difícil el convencerlo de que debía recibir otra bolsa de oro, y la pobre niña tuvo que arrodillarse y llorar para que él la recibiera.
Se fue, se embarcó y por lo que se ve era más torcido que un cacho de venado, porque en una tempestad, el mar se tragó el barco en que iba, y a él lo arrojaron las olas a una isla desierta, sin más vestido que aquel con que Nuestro Señor lo echó a este mundo. Cuando volvió en sí, estaba tan desesperado que pensó que lo mejor que podía hacer era ahorcarse, y se puso a buscar unos bejucos resistentes y un palo en donde hacerlo. Halló las dos cosas. El árbol estaba a orillas de un río y antes de subir le dieron ganas de beber agua. Al acercarse vió en el centro de la corriente un joven muy galán sentado en una piedra. Le preguntó qué hacía allí, y el otro le contestó que era un príncipe a quien hacía muchos años tenían encantado. El recién llegado quiso saber si no habría medio de desencantarlo y el otro le dijo que sí, pero que era muy difícil hallar quien se comprometiera a ello, porque se necesitaba una persona muy valiente que fuera a sentarse en la piedra que él ocupaba, dispuesta a hacerle frente sin temblar a cuanto viniera.
Entonces el cotonudo reflexionó que era mejor morir tratando de sacar de apuros a un prójimo, que ahorcado, y le dijo que él estaba dispuesto a probar si era posible librarlo de semejante situación. Y diciendo y haciendo, se metió en la corriente y obligó al príncipe a dejerle el lugar.
Este se sentó en la orilla a aguardar su destino. De pronto se vió venir una creciente que arrastraba piedras enormes y troncos inmensos.
El cotonudo pensó que hasta allí se la había prestado Dios, se santiguó y esperó tranquilamente que la corriente lo arrastrara. Pero con gran asombro suyo, el agua se apaciguó y vino muy sumisa, como un perro, a lamerle los pies e inmediatamente el río se secó. Luego vió venir hacia él, un tigre muy grande que echaba fuego por los ojos y le enseñaba los dientes.
-Ahora sí que no me escapo -se dijo. Volvió a santiguarse y con toda tranquilidad encomendó su alma a Dios.
Pero el tigre se acercó, le lamió los pies como el agua y desapareció entre la montaña. Después fue un toro de aspecto temible, que hubiera hecho temblar al mismo San Miguel Arcángel, quien no le tuvo miedo ni al Diablo. Pero el muchacho pensó que seguramente pasaría como con la creciente y el tigre, y más bien se rió de los aspavientos del toro, que pasó a su lado cual un huracán, sin causarle el menor daño.
Al punto se oyó un gran estruendo, la piedra en que estaba sentado dió una vuelta y se vió la entrada de una cueva. El príncipe se acercó, abrazó a su salvador y se arrodilló ante él llorando y le besó las manos. Luego lo llevó a la cueva que estaba llena de talegos de oro, de cajas llenas de brillantes, rubíes y toda clase de piedras preciosas, de conchas que encerraban perlas que parecían botoncitos de rosa.
-Todo esto es nuestro- dijo el príncipe. Un enano venía cada semana a darme de latigazos y a mortificarme, y me enseño una vez estos tesoros y burlándose, dijo que serían míos el día que hubiera quien me desencantara. Yo le pregunté por llevarle el corriente, que cómo haría en tal caso para sacarlos, y él me contestó que inmediantamente habría un barco en el puerto, del que yo podría hacer y deshacer.
Se subieron a una altura y desde allí divisaron, efectivamente, un gran barco en el puerto.
Comenzaron a transportar las riquezas y cuando terminaron, se hicieron a la vela. Manos invisibles ejecutaban todos los trabajos que se necesitan en un buque. Así llegaron hasta un puerto del reino del príncipe. Los reyes, sus padres, aún vivían, muy viejitos y siempre pensando en su hijo desaparecido hacía tantos años. El príncipe envió a su amigo a prepararlos... ¿Para qué hablar de la felicidad de los reyes? Lo cierto es que no se quedó campana que no repicó, ni grano de pólvora que no reventó, en señal de alegría por el regreso del príncipe a quien todos creían muerto. Los reyes dieron al pueblo todos sus toros y vacas para que los mataran y los asaran en las plazas públicas y sacaron de sus bodegas todo el vino para que el pueblo comiera y bebiera hasta caer sentado. Tres días duró la parranda.
Al cotonudo lo querían casar con una de las hijas del rey, pero él les contó su compromiso y se despidió. El príncipe le dió un gran barco cargado con las dos terceras partes del tesoro sacado de la isla, y el rey y la reina una caja de oro que debía abrir el día de sus bodas.
Por fin partió con las bendiciones de toda aquella gente y al cabo de unos cuantos días de navegar llegó a su país. Salió del buque de noche para que no lo conocieran. Halló a su madre en la misma casa y hecha en tacaquito la vieja. La pobre ya casi no veía, de tanto llorar por su hijo.
¡Oh felicidad cuando reconoció a su muchacho!
Otro día, entre oscuro y claro, se metió en su cotón, y se puso el gran sombrero (ambas cosas las había dejado guardadas en su casa) y se fue a rondar el palacio. Observó que en las calles había mucho movimiento, que el palacio estaba iluminado como para una fiesta, que a cada instante llegaban coches de los que bajaban señoras y caballeros con vestidos resplandecientes.
Preguntó la causa de todo aquello y le contestaron que esa noche se casaba la hija del rey. Llamó a un criado y le dió cien pesos para que le llamara la viejita que había chineado a la princesa, quien lo quería mucho, y por supuesto el criado nos se hizo mucho de rogar. Vino la sirvienta y al ver al cotonudo se puso en un temblor. Lo llevó a un rincón y le contó que la princesa lo creía muerto, porque habían pasado varios años sin tener noticias suyas y que ahora el rey la obligaba a casarse con un príncipe muy viejo y más feo que un golpe en la espinilla. Le rogó que esperara allí un momento y corrió a avisar a su ama. A pesar de la emoción que le causó esta noticia, la princesa no se atarantó y dijo a su criada que por un pasadizo que sólo ellas conocían, lo llevara a la capilla y lo escondiera detrás de unas cortinas que estaban cerca del altar.
Por fin entraron los novios y los convidados a la capilla. El cotonudo, que no tembló ante la creciente, ni ante el tigre, ni el toro, no se podía sostener al ver a su princesa tan linda, que parecía una luna nueva con su vestido de novia. ¡Y qué feo y qué viejo era el hombre que se la quería quitar!
El señor obispo se acercó a los que se iban a desposar. Cuando preguntó a la niña: ¿Recibe por esposo y marido al príncipe don Fulano de Tal?, ella dió media vuelta, apartó la cortina, sacó a su cotonudo, y con voz muy clara dijo: -No, señor, al que recibo es a éste-. Y el señor obispo se vió obligado a echarles la bendición. Por supuesto, que aquello fue levantar un polvorín: la reina cayó con un ataque y el rey se puso como agua para chocolate, mandó que la cocinera trajera su vestido más tiznado y ordenó a su hija que se lo pusiera. Luego los echó puerta afuera. En ese momento pasaba un carbonero con su borriquito cargado de carbón que iba a vender a la próxima ciudad, porque otro día era el día de mercado. El rey hizo que quitaran al pobre hombre su borrico y sobre los sacos obligó a la princesa que se montara. Hecho esto, se metió en su palacio y les tiró la puerta encima.
El cotonudo, con mucha cachaza, se aguantó todo aquello. Comenzó a arriar la bestia que llevaba a su mujer encima y a abrirse paso como podía entre la gente que los seguía burlándose y poniéndolos como un chuica.
Tomaron el camino del puerto con aquel molote de gente que no los desamparaba y que no se cansaba de gritar: -¡La princesa, se ha vuelto loca! ¡Achará la princesa que se fue a casar con ese cotonudo! ¡Siempre el peor chancho se lleva la mejor mazorca!
El cotonudo se hacía el tonto y como si no fuera con él, trun, trun, arriando el borrico.
Pero, cuál fue la admiración de todos al verlo entrar en el muelle, detenerse frente a aquel hermoso barco, el más grande y hermoso que hasta entonces no llegara a este país y tocar en un pito a cuyo sonido salió toda la tripulación apresuradamente. Bajó el capitán con el sombrero en la mano y saludó al cotonudo de un modo que casi se le quebraba el espinazo. El cotonudo le dijo unas palabras al oído, subió el otro de estampía al barco y formó la tripulación en dos filas; todos los cañones comenzaron a disparar y la banda del barco a tocar la pieza más alegre que sabía. Entonces el cotonudo bajó del burro a su esposa, y sacó de entre su cotón un gran bolsillo lleno de monedas de oro y lo entregó al pobre carbonero que lo había seguido pie a pie, con la cara más triste que un viernes santo. Luego le dió unas palmaditas al burro y lo devolvió a su dueño.
Entretanto, la gente estaba como en misa y todos no hacían más que abrir los ojos lo más que podían.
La princesa estaba también sin saber qué pensar. Su marido la cogió de una mano y subió al barco entre las dos filas de marineros, que tenían la cabeza inclinada como si fuera pasando Nuestro Amo. Cuando estuvieron arriba, todos tiraron sus gorras por los aires y gritaron: -¡Que vivan el Cotonudo y su esposa!
El cotonudo llevó a su mujer a un salón tan lujoso, que la princesa, con ser princesa, nunca ni se lo había imaginado. Allí estaba la caja de oro que los reyes, padres de su amigo, le habían dado para que la abriera el día de sus bodas. La abrieron y dentro de ella había dos vestidos como para un rey y una reina, pero tan maravillosos, que la princesa abrió su boquita de par en par y no dijo ni tus ni mus.
Así que se vestieron, salieron para montar en una carroza de oro y plata que habían sacado del barco, tirada por ocho caballos a cual más copetón.
Las gentes, al verlos, gritaban: ¡Son el sol y la luna! La princesa se ha casado con el rey más hermoso de la tierra! ¡Hizo bien la princesa en no casarse con aquel viejo que no es más que el cascarón! ¡Este sí que es ñeque!
Montaron en la carroza y fueron por la viejicita madre del cotonudo, que estaba en la vela esperando a su hijo. Cuando vió todo aquello, creyó que se había quedado dormida en la silla y que soñaba. ¿Cómo iba a ser que este hermoso señor vestido de oro, y casado con la hija del rey, fuera su hijo, quien salió temprano de la noche, envuelto en su cotón?
-¡Las cosas que sueña uno!, se decía. Y se metía pellizquitos ella misma y se preguntaba:
-¿A qué hora voy a despertar?
Volvieron al barco y a poco llegaron unos amigos del rey que ya había tenido noticias de las maravillas que estaban ocurriendo. El cotonudo envió a sus suegros un cofrecillo lleno de joyas tan bellas y ricas, que el rey también tuvo que abrir la boca y volver de su ataque, y sin esperar razones, se fueron para el barco, y así que hubieron visto y metido las manos entre todos los tesoros que contenía, agarraron a su yerno a abrazos y besos y desde ese día andaban con él santo, ¿dónde te pondré?
Entre tanto la princesa no hacía más que consentir a la viejecita su suegra, la que se imaginaba que mientras dormía había muerto, que hora estaba en el cielo y que un ángel la ciudaba.
Después los recién casados, mientras les construían un palacio, fueron en su barco a visitar a los reyes amigos.
Y fueron muy felices y tuvieron muchos hijos y yo fuí y vine y no me dieron nada.

1.040. Lyra (Carmen)