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lunes, 1 de abril de 2013

El maestro de escuela

I

Durante la presidencia de Sarmiento, la instrucción pública recibió un gran impulso. Fundáronse nume­rosas escuelas y colegios de enseñanza primaria y secundaria bajo la dirección de maestros y maestras contratados en Norte América y Europa. Esta orga­nización escolar constituye el timbre de gloria de dicho presidente.
Muchos de los que obtenían título de maestro en las escuelas superiores, abandonaban la vida agrada­ble y cómoda de las ciudades, para salir al campo y combatir la ignorancia en medio de poblaciones indi­ferentes y a menudo hostiles.
Entre otras escuelas rurales se fundó una en un pueblecito del Sur de la provincia de Buenos Aires, bajo la dirección del joven porteño Eduardo García, quien partió a su destino lleno de ánimo y buena voluntad. Estaba orgulloso de su misión. Imaginaba poder conquistar fácilmente la simpatía de los campesinos; ver a los niños acudir gustosos a la escuela, la que no tardaría en ser un modelo en su género. Concebía su camino lleno de flores e ilumi­nado por el sol. Hermoso era para él, instruir y educar a la juventud, inculcar en las almas nuevos sentimientos grandes y nobles, redimir de su escla­vitud a los ignorantes, hacer de ellos hombres útiles y buenos ciudadanos; enseñándoles el principio base de toda moral: el respeto a sí mismo y a los demás.
Así pensaba y soñaba García, mientras la galera, arrastrada por seis caballos briosos, rodaba dando tumbos y saltos a través de la llanura. Era un hermoso día primaveral: tenía el cielo un color azul profundo; el aire, frescura y olor de tierra fértil. El horizonte amplio y diáfano, permitía a la mirada hundirse en la lejanía. En un día tal, los pensamien­tos del joven maestro no podían dejar de ser gratos y halagüeños.
A su llegada al pueblo, después de veinticuatro horas de viaje en ferrocarril y en diligencia, sufrió un ligero desengaño por la ausencia del juez de paz que debía esperarlo. Informado de que no tardaría en volver de la estancia cercana donde se hallaba en aquel momento, pasó entre tanto a la pulpería. Allí fue el blanco de las miradas de los paisanos, curiosos y burlones.
-¿Usted ha de ser el maestro? -se animó al fin a preguntarle un mozo, con cierto aire de petulancia.
-Sí, soy el maestro.
El mismo paisano dijo algo a media voz que hizo reír a los demás. El maestro se sintió penosamente impresionado, pues comprendía que se burlaban de él. En ese instante un jinete se detuvo ante la pulpe­ría. Era el juez de paz. Saludó cordialmente, se disculpó por haber tardado e invitó a García a acom­pañarlo a su casa. En el caminó pasaron delante de un rancho grande y desvencijado.
-Ahí está la escuela -dijo el juez.
Las escuelas de Buenos Aires no eran en aquellos tiempos muy hermosas, y García no podía haber esperado otra cosa en el campo; pero al verla tan oscura y silenciosa a la media luz gris de la tarde, experimentó un sentimiento indefinible de tristeza.

II

Pronto, muy pronto, empezó a darse cuenta de que su tarea era mucho más difícil de lo imaginado.
Los paisanos se cuidaban poco de los propósitos oficiales de instrucción obligatoria, y no se preocu­paban de enviar a sus hijos a la escuela. El día de la inauguración, de treinta niños que debieran haber concurrido, sólo se presentaron doce chicos entre seis y catorce años, sin la más remota idea de disci­plina, incapaces de comprender por qué se les obli­gaba a estar sentados y quietos durante tantas horas al día. Todo en la escuela les parecía ridículo, y principalmente el maestro con su manera de hablar tan distinta de la que estaban acostumbrados a oír. García no se animaba a tratarlos con severidad, en el noble deseo de que los niños tomasen cariño a la escuela.
Cierto día, sin embargo, un chico insolente le hizo perder la paciencia y fue preciso aplicarle una ligera corrección. El muchacho escapó llorando y fue a llevar la queja a su padre. Este, generoso distribuidor de azotes a sus hijos, se indignó al saber que el maestro había tocado a uno de ellos, y acudió furioso a reclamar, prometiendo ir inmediatamente a ver al juez de paz.
Por la tarde el juez se apeó en la puerta de la escuela. Era hombre benévolo, habituado a la vida del campo, gran conocedor dé sus gauchos, sobre quienes tenía mucho ascendiente. Estimaba y quería al maestro, cuyos esfuerzos sabía apreciar.
-¿Cómo es eso, amigo? Me vienen con quejas de usted.
García refirió el hecho tal como había ocurrido.
-¿Cómo habría procedido usted en mi lugar? -preguntó después.
-¿Yo? -el juez de paz se rió. 
-Creo que no habría tenido la paciencia de usted, y en vez de sacudir al chico, le habría aplicado unos buenos rebencazos. Naturalmente, eso usted no puede ni debe hacerlo. He hablado con el padre explicándole que su hijo es un pilluelo insolente, merecedor, cuando menos, de una paliza al día, y que usted, al castigarle tan levemente, se ha mostrado demasiado benévolo. Se fue rezongando; pero la cosa no pasará de ahí. Me ha prometido mandar nuevamente al muchacho y creo que éste será ahora un poco más respetuoso.
Así sucedió en efecto. El chico volvió con cara hosca, sin atreverse a chistar pues el juez de paz le había atajado en el camino, diciéndole que si no respetaba al "señor maestro", iba a habérselas con él. Los demás niños, viendo al compañero con la peor parte en la contienda y que el mismo señor juez de paz le había amonestado, se mantuvieron quietos. La disciplina comenzó a afianzarse, acudie­ron más alumnos, elevándose su número a veinte, y la escuela funcionó desde entonces, con regula­ridad.

III

Los días de Eduardo García no fueron por esto más agradables. Echaba de menos la vida civilizada, su familia, sus amigos, el movimiento y las costum­bres de la ciudad. Entre él y los gauchos formábase gradualmente una corriente de antipatía, fundada en la falta absoluta de comprensión mutua.
Contribuía más a mantener este estado de cosas, un joven de apellido Juárez, el mismo que provocó la risa de los otros en la pulpería el día de la llegada del maestro. No era malo el paisanito; pero sí pendenciero, presuntuoso y creía darse importancia ante sus iguales, tomando a los otros por blanco de sus chanzas.
Cuando García dictaba la clase, Juárez solía detenerse delante de la ventana, escuchaba un momento, imitábalo con insolencia, o luego, dirigía­le bromas, que divertían a los niños y curiosos.
-Usted debe mezclarse más entre las gentes del pueblo -aconsejó el juez de paz a García, al verle desalentado y afligido.
-Le creen orgulloso y engre­ído porque viene de Buenos Aires; piensan que usted les desprecia. Créame, hay entre estos gauchos hombres muy buenos, que podrían ser sus verdade­ros amigos. A usted le corresponde dar el primer paso.
García no contestó; sólo se pasó la mano por la frente con un ademán lánguido.

IV

Llegó el día de la patrona del pueblo, que se festejaba como de costumbre, con carreras, palos jabonados y otras diversiones.
Para distraerse, y también para seguir el consejo del juez, García acudió al sitio de reunión.
Desde lejos oía gritar a los gauchos delante de la pulpería, donde examinaban los caballos, hacían apuestas o jugaban a la taba. El más bullanguero era siempre Juárez, quien blandiendo su talero de cabo de plata, recorría los grupos con aire de personaje principal de la fiesta. Fue el primero en divisar a García cuando llegó montado en un tordillo y el primero en gritarle una broma un tanto grosera. Si la hubiese contestado con otra, bien dicha, el incidente habría parado allí; mas en lugar de esto, García se puso encarnado y siguió adelante sin responder, entre un coro de risas. Envalentonado, comenzó el paisanito una serie de indirectas más o menos insolentes y provocadoras, acerca del señorito que venía de Buenos Aires para darse tono con su gran sabiduría, y que ni siquiera, sabía ensillar y montar bien un caballo viejo. García permaneció tranquilo al principio; acabó, empero, por perder su calma y contestó con aspereza a uno de esos alfilerazos, lo que motivó una explosión de risas. Exasperado se volvió hacia el provocador y levantó el rebenque para castigarlo. Al punto sacó éste su cuchillo, arrolló su poncho en el brazo y lo retó a combate singular. Estalló una gritería general y se formó rueda, preparándose los gauchos a pre-senciar un espectáculo interesante.
El momento fue decisivo. Si hubiese saltado del caballo, pedido un cuchillo a uno de los paisanos y hecho frente a Juárez, el maestro se habría conquis­tado el respeto de todo el concurso, aunque resul­tara vencido.
-¡Vamos, bájese y venga a pelear si se atreve! -le gritó Juárez.
-Usted sabe que yo no manejo el cuchillo.
-¡Ah, sí! El pueblero sabe provocar; pero tiene miedo de pelear.
-No tengo miedo. Además yo no lo he provo­cado; usted es quien ha estado fastidiándome.
Juárez; que hasta entonces sólo había fingido enojo, comenzó a enfadarse de veras, y con voz de desafío le dijo:
-¡Empuñe su rebenque entonces!
Pero García ya había vuelto bridas, convencido de que él, representante de la civilización, no debía batirse con un gaucho.
Juárez quedó furioso considerándose desairado. Los demás juzgaban a García de muy diversas mane­ras; algunos le llamaban cobarde, otros decían que se había portado con dignidad. El incidente, en verdad, le había colocado en una situación equívoca.

V

Al atardecer, Juárez y dos compañeros, todos más o menos ebrios, volvían a la estancia. Gritaban, reían, cantaban, se vanagloriaban de sus hazañas, de las carreras que ganaran sus caballos, de la suerte que habían tenido en el juego de la taba.
De pronto divisaron un jinete que iba delante, al tranco de su caballo, con la cabeza inclinada como fatigado o distraído en sus pensamientos.
Era el maestro; Juárez lanzó un juramento.
-¡Ahora voy a enseñarle!...
Pero se detuvo; en su mente embotada había surgido otra idea.
-Le daremos un susto -propuso a sus compa­ñeros. 
-No está muy acostumbrado al caballo. Espantémosle el tordillo.
-¿Y si se cae y se mata? -observó otro, menos ebrio.
-¡Qué se ha de matar! Sólo le voy a dar un susto para hacerle recordar la fiesta de la patrona.
Se adelantó a sus compañeros y de pronto se lanzó a la carrera. Al pasar como una exhalación junto a García dio un alarido y agitó ante los ojos del tordillo el pañuelo que se había quitado del cuello. El animal saltó a un lado y el jinete fue despedido bruscamente de la silla. Se oyó un grito, Juárez soltó una carcajada y siguió corriendo. A corta distancia se detuvo, preparándose a ver al maestro sentado en el pasto y frotándose los miem­bros; pero distinguió sólo una forma humana que yacía inmóvil en el suelo.
Experimentó una sensación desagradable. Lenta­mente se encaminó hacia el lugar donde se hallaba el cuerpo y vio que manaba sangre de una herida en la cabeza. Al inclinarse sobre él, oyó que García murmuró:
-¡Juárez!... ¡Juá...rez!
El gaucho se turbó: su víctima le había recono­cido, a pesar de la rapidez con que todo había pasa­do. Si llegaba a denunciarlo, tendría que habérselas cón la justicia.
Disipados los vapores de la embriaguez, compren­dió el alcance de su acción.
Entretanto se habían acercado los compañeros y rodeaban al herido. Convinieron en la necesidad urgente de transportarle a su casa y buscar un médico. Uno recordó que en la estancia del patrón se hallaba de visita un doctor, y se encargó de traerlo. Los otros alzaron al maestro que gemía en cuanto lo tocaban, y paso a paso lo condujeron a la comisaría.
-Le hemos encontrado en el camino de la estan­cia de Morales -declararon; debe habérsele espan­tado el caballo.
El médico comprobó, además de la herida en la cabeza, otras lesiones graves.
Para Juárez comenzó una época de angustia. Si moría García, él era el asesino; y si sanaba, segura­mente le delataría, puesto que le había reconocido y no tenía por cierto ningún motivo para perdo­narle. Juárez era bastante noble para'no desearle la muerte, y todas las tardes, llevado por los remor­dimientos, iba a casa del juez de paz, cuya familia se había hecho cargo del enfermo, a preguntar por él. Siempre le respondían que seguía mal. Una tarde, sin embargo, dijeron: 
-El médico cree que salvará.
Sintió a un tiempo, alegría grande y violento sobresalto. Pidió permiso para verlo; pero se lo negaron.
Insistió en su deseo y unos cuantos días después consiguió entrar. Al lado del lecho se hallaba el médico y el juez de paz. García, cuya cara de un blanco de cera destacábase apenas de la almohada, volvió su mirada lánguida hacia el mozo, que perma­necía en la puerta dando vueltas a su sombrero.
-Adelante, Juárez, -invitó el juez de paz. 
-Puede felicitar al señor maestro, está fuera de peligro.
Juárez balbuceó algunas palabras mientras García fijó en él sus ojos, en los cuales había una expresión perpleja, como si en su mente luchase algún recuer­do relacionado con ese hombre. Los otros lo advir­tieron, interpretando mal el gesto.
-¿No lo reconoce? -preguntó el médico.
-Sí -murmuró García, y Juárez sintió un temblor nervioso, pues sabía, mejor que el juez y el médico, lo que el maestro acababa de recordar.
-¿Y cómo fue aquello? -inquirió el juez. 
-Nos estaba por contar cómo se cayó. No, no se vaya, Juárez. Usted es de los que hallaron al señor, ¿no? Pues entonces tendrá interés en saber cómo sucedió la desgracia.
-Yo volvía de la fiesta -dijo, García con voz apagada y se me ocurrió dar un paseo por el campo. Iba al tranco de mi tordillo cuando... de pronto, al costado mismo, se levantó un avestruz y echó a correr. Mi caballo salió a un lado y mé arrojó al suelo...
Su mirada se cruzó con la de Juárez, quien al pie de la cama jugaba nerviosamente con su talero, presa de la angustia y esperando a cada instante oír la palabra temida. Al encontrarse sus ojos con los de García, experimentó una sacudida violenta de sor­presa y gratitud, mientras por el semblante pálido del enfermo pasaba una sonrisa como un rayo de luz.

VI

La conducta caballeresca del maestro puso en revolución los sentimientos elevados del gaucho. Tanta nobleza de ánimo en un hombre a quien había mortificado, ofendido y fastidiado sin piedad, le llenó de admiración. Aprovechó un momento en que sabía solo al enfermo, y al ver que éste le sonreía, se precipitó hacia la cama, tomó en sus manos tostadas y rudas la blanca y fina de García y prorrumpió en estas palabras:
-¡He sido un bruto!...
García le estrechó la mano en sus dedos débiles.
-Dejemos eso -dijo.
Desde ese día comenzó a acentuarse la mejoría del enfermo. Contribuían a ello las pruebas de cari­ño que recibía constantemente. Todos sus alumnos iban a visitarlo, y no hubo un gaucho que al pasar por su casa dejara de preguntar cómo seguía. Juárez, impetuoso y sin gobierno en los impulsos, declaró en la pulpería delante del paisanaje reunido, que no toleraría a nadie que hablara mal del maestro, su mejor amigo desde entonces. Se admiraron mucho del cambio: inquirieron, y aunque no se llegó a des­cubrir toda la verdad, trascendió lo bastante para propiciar al joven pueblero, hasta entonces blanco de burlas, las simpatías de aquellos hombres, rudos si se quiere, pero que sabían apreciar los senti­mientos de honor y de hidalguía.
El día que García volvió a su escuela fue una verdadera fiesta. Parado en su puerta vio llegar a los niños que corrían gozosos a saludarle; recibió la felicitación de los vecinos, y los jinetes al pasar le hacían señas amistosas. En aquel momento experi­mentaba la suprema felicidad del que, tras luchas y sufrimientos, recoge el premio de su perseverancia.

1.062. Eflein (Ada Maria) 

El documento perdido

I

Un día de diciembre del año 1869 las calles de Buenos Aires amanecieron llenas de gente alegre y bulliciosa. Donde había más aglomeración y profu­sión de adornos era en el muelle de pasajeros que avanzaba en el río su línea recta y gris.
Volvían a la patria los guerreros del Paraguay. Durante cinco años, habían luchado entre selvas y pantarios con las tropas del tirano Francisco Solano López. Después de soportar heroicamente fatigas, penurias, privaciones, enfermedades, lluvias, marchas abrumadoras y calores tropicales, regresa-ban victo­riosos a recibir los homenajes del pueblo y la recom­pensa de la patria.
Veíanse banderas destrozadas por las balas, paseadás en triunfo entre las aclamaciones de una muchedumbre delirante; armas que reflejaban el sol, bandas militares que lanzaban al aire sus notas vibrantes cual voces de gloria.
Mas no todos los habitantes de Buenos Aires participaban de la fiesta. Muchas familias lloraban la pérdida de uno que marchó lleno de entusiasmo y que ahora dormía para siempre, a la sombra de naranjos y palmeras; otras se preparaban a recibir heridos o mutilados.

II

Entre las familias entristecidas hallábase la del comandante Castro, uno que no volvía con las tropas victoriosas. Después de la toma de Humaitá, desapareció, y ni la más leve noticia suya se conocía desde aquel día. ¿Había muerto o estaba prisionero? No figuraba en la lista de los caídos; pero esto no significaba nada, pues en la guerra existen mil contingencias y posibilidades. Los suyos no abri­gaban, sin embargo, esperanza de volverle a ver después de tanto tiempo transcurrido, y ese día, la dolorosa herida sangraba de nuevo.
Componíásé la familia de Castró de la señora y dos niñas: una de ellas ya señorita, y la otra, de cabellos como hebras de luz solar y ojos que traían al recuerdo esos pensamientos grandes, oscuros, aterciopelados que se ven en los jardines, encanta­dora chicuela de once años, llamada Celia.
Celia lloraba porque veía afligidas a su madre y hermana; pero en el fondo su corazoncillo tenía la firme convicción de que su padre no había muerto. Con la carita bañada en lágrimas, cubrió de besos a su madre, asegurándole que su papá volvería. La señora acarició a la deliciosa criatura, y Elena, la mayor, se estrechó contra ellas. Abraza­das, lloraban las tres, cuando entró una sirvienta y anunció:
-El señor Mendoza pide permiso para saludar á la señora.
Un momento después apareció un caballero de hermosa presencia, alto, moreno, de barba negra corta, y ojos negros también. Se adelantó vivamente hacia la señora y, besándole la mano, exclamó:
-¡Mis pobres amigas! ¡Qué día triste es éste para ustedes!
-Más triste de lo que puede expresarse con palabras -repuso la señora. 
- Hoy que todos son felices, sentimos doblemente nuestra desgracia.
-Lo sé, y he venido como amigo leal a acompa­ñarlas en el dolor.
-Agradecemos de todo corazón. ¡Oh, si pudié­semos concebir una espe-ranza!
-Estoy segura de que papá volverá  interpuso Celia con su vocecita clara.
-¡Pobrecilla! -dijo el señor Mendoza cariño­samente, inclinándose para atraerla a su lado; mas ella esquivó la caricia y fue a sentarse en un rincón, desde donde clavó los ojos en el caballero, con la mirada intensa de los niños, a veces la más pene­trante de las miradas.
Alberto Mendoza era pariente lejano de la familia de Castro. El comandante y los suyos estimábanle, a excepción de Celia, que sentía por él una aversión instintiva y profunda-.
-No quiero molestarla hoy con asuntos de negocios -díjole Mendoza a la señora; pero...
La señora hizo un gesto de alarma.
-No se asuste, Sofía, -continuó aquél; respeto demasiado su dolor para tener tan poca delicadeza. Pero usted comprende... en fin, ¿cuándo podríamos conversar sobre este asunto?
-Mañana, si usted quiere.
-Muy bien. Usted no sabe lo doloroso que es para mí causarle esta incomodidad.
Se despidió de la señora y de Elena y quiso besar a Celia.
-Celia, da la mano, -ordenó la madre.
La chica obedeció de mala gana, sufrió con mar­cada expresión de disgusto un beso, y luego, con disimulo, se pasó el revés de la mano por los labios.

III

Próximamente un año antes de la guerra, el comandante, contra toda costumbre, se dejó tentar por los naipes y perdió una gruesa suma. En su angustia -pues no tenía tanto dinero en efectivo- recurrió a su pariente, quien lo facilitó a un interés elevado. Cuando venció el plazo, felizmente pudo pagar. Todo el negocio se hizo en secreto, de amigo a amigo. Castro, avergonzado por su falta, no quiso enterar a su esposa, y para que nadie descubriera el recibo firmado por Mendoza, lo guardó en un cajón secreto de su escritorio. Al menos, tal fue su intención.
En 1865, López, presidente del Paraguay, pro­vocó la guerra que en nuestra historia se llama de la Triple Alianza, apoderándose repentinamente de algunos buques argentinos en Corrientes. Castro marchó como segundo jefe de un regimiento, y Mendoza quedó encargado de velar por la familia.
Pasó el tiempo, sucediéronse algunas batallas, y después de Humaitá nada más se supo de Castro.
En la mente de Mendoza esa circunstancia propi­ció la germinación de un plan infame. Había malgas­tado su fortuna y codiciaba desde hacía tiempo la de su pariente. La señora de` Castro nada sabía de aquel préstamo, e ignoraba, por tanto, que existiera un recibo comprobante del pago de la deuda. Si él conseguía apoderarse del papel, podría, mediante un documento falso, exigir a la señora la devolución de aquella suma, con todos los intereses acumulados. Sabía perfectamente que se despojaría de todo para pagar una deuda de honor y salvar el buen nom­bre de su esposo. En su calidad de amigo y conse­jero, fácil le fue convencerla de que sería bueno revisar los papeles del comandante. De.esta manera pudo registrar el escritorio y todos los lugares donde era probable que se hallara un documento de tanta importancia. Sin embargo, no encontró nada. Castro lo habría destruido o llevado consigo, y en ambos casos no existía peligro, pues se daba como un hecho su muerte.

IV

-¿Cuánto dijo usted, Mendoza?
-Un millón quinientos mil pesos moneda corriente, Sofía.
-¡Pero eso es imposible!
-Aquí está el recibo y en este, papel he hecho los cálculos. Puede revisarlos, -y mostró a la señora un pliego cubierto de cifras.
La afligida dama no dudó ni un momento. Ante los ojos tenía un papel firmado por su esposo, comprometiéndose a pagar dentro de tal plazo una gruesa suma de dinero. Mendoza explicó con emoción bien fingida que había callado en la espe­ranza de volver a ver al comandante, y que si se había decidido a cobrar era sólo por tener obliga­ciones apremiantes. En fin, no quería aparecer como hombre cruel. Daría a la señora un mes de plazo y si hasta entonces no había reunido la suma, se vería en la dolorosa necesidad de proceder al remate; o si la señora temía el escándalo público, harían senci­llamente una transferencia, de suerte que sus bienes pasarían a manos de él.
Esto último era un golpe hábil y audaz.

V

El mes de plazo tocaba a su fin y la señora veía llegar, llena de angustia, el día fatal.
Su único consuelo era la pequeña Celia, la cual le aseguraba con insistencia que su papá volvería y entonces quedaría todo arreglado.
Había leído un cuento de hadas, en el que una ni­ñita desesperada por tener a su madre muy enferma, pidió consejo a una anciana que vivía en medio del bosque, la que le dijo: "Toma el objeto por ti más apreciado y regálalo a la persona que más lo desee ó más necesidad tenga de él; después arrodí­llate y reza mucho, y Dios, si te considera digna de esa merced, devolverá la salud a tu madre." Pero para eso se necesitaba ser muy buena, muy buena... La niña del cuento siguió el consejo, y al otro día su madre estaba sana.
Impresionó tan profundamente esto a Celia, que le inspiró la idea de hacer algo análogo. Pero, ¿era ella bastante buena? Hizo examen de conciencia, y con un poquito de vanidad infantil se convenció de que había sido siempre, obediente, aplicada y amable. El objeto del cual iba a desprenderse era un precioso libro de cuentos magníficamente iluminado. Tam­bién sabía a quién debía regalárselo, si quería ser digna de la merced divina. En la misma calle vivía la lavandera con una hijita de diez años, que deseaba ardientemente el libro. ¡Cuántas veces se lo había mostrado Celia, nada más que para gozar con su admiración!
Para aumentar el mérito del sacrificio, puso entre las páginas del libro su señalador más bonito, y atisbando el momento propicio, se escabulló y echó a correr por la calle. Encontró a la chica de la lavandera sentada en el umbral de su casa, y con un esfuerzo heroico, poniéndole el libro entre las manos:
-Toma, para vos -le dijo, y volvióse corriendo a casa. Oyó todavía el grito de sorpresa y alegría de la chica. Se encerró en su cuartito y se puso a rezar con toda su alma cuantas oraciones sabía y otras improvisadas. No le cabía duda de que Dios la oiría, si no al instante, al día siguiente o más tarde; pero con toda seguridad.

VI

El día temido llegó. La señora y Elena recorrían la casa querida que debían abandonar dentro de pocas horas, mientras Celia, apostada cerca de la puerta de calle, esperaba desde temprano. Cada vez que se anunciaba alguna persona saltaba electrizada. ¡Seguramente su papá vendría a tiempo para impe­dir que tuviesen que dejar la casa!
Golpeaion. ¿Sería?... ¡Ay, no! Ese hombrecito flaco con cara de carancho que miraba a todos lados, como si temiese ser perseguido, era el notario, y testigos, los dos caballeros vestidos con raída ele­gancia. Mendoza salió para instalarlos en el escritorio. El notario era amigo suyo, acostumbrado a manejar asuntos turbios; y a juzgar por el brillo de sus ojitos oblicuos, no debía salir perdiendo en el que tenía entre manos. En cuanto a los testigos, eran de la misma ralea.
Se instalaron alrededor de la mesa y allá fueron también Mendoza, la señora y Elena. El notario traía escrito el documento y se puso a leerlo con voz gangosa y monótona como quien está habituado a leer con la mayor indiferencia las cosas más impor­tantes. A las damas se les antojaba el murmullo de un rezo fúnebre. Cuando calló, ambas creyeron despertar de un ensueño, Mendoza ofreció una pluma a la señora para que firmase.
-¡No! ¡No quiero firmar! -exclamó la pobre madre, casi asfixiada y con un sollozo seco.
-Vamos, Sofía, mi pobre amiga, abreviemos este momento doloroso -dijo Mendoza, tratando de ponerle la pluma entre los dedos.
-Firma, mamá, ya que Dios lo quiere así -agregó Elena con dulzura.
Su madre, cual si obrara bajo una voluntad extraña, tomó la pluma y maquinalmente la mojó en el tintero.
En ese instante, pasos precipitados se acercaron en la galería, la puerta se abrió con estrépito y apareció un hombre de elevada estatura, vestido con viejo uniforme, el cabello y la barba enmara­ñados. Al mismo tiempo Celia se precipitó hacia su madre, exclamando con su vocecita atiplada y fuera de aliento:
-¡Mamá! ¡Elena!... ¡Papá, papá!
Durante un instante nadie se movió.
Luego, con gritos inarticulados de alegría, Elena y su madre se arrojaron en brazos del comandante.
Mendoza, en cuyo semblante, fuera de su palidez, nada traicionaba lo que pasaba en su interior, saludó efusivamente al recién llegado.
-Pero ¿qué sucede aquí? -preguntó éste al fin, reparando en el notario y los testigos.
Elena explicó.
Primero Castro no comprendió nada. Al fin recor­dó el asunto del cual trataban, y fijando los ojos en su amigo dijo con asombro más que con enojo:
-Pero... ¡yo le he devuelto la cantidad prestada!
-Yo no he recibido nada -repuso fríamente el otro, resuelto a jugar el todo por el todo.
-¡Es usted un miserable!
-No me insulte. Aquí tiene el papel firmado por usted mismo.
Castro reconoció con asombro su propia letra y por un momento dudó, mas luego comprendió que tenía bajo sus ojos una obligación falsificada.
-Esta es una impostura -exclamó exaltado: yo le he pagado a usted.
-Pues entonces debe existir un recibo.
-Está entre mis papeles.
El comandante abrió el cajón secreto, donde creía haber guardado el recibo, y palideció al verlo vacío.
-Sin embargo, debo tenerlo -murmuró, y ayudado de su esposa y Elena, se puso a registrar con manos febriles la mesa, los estantes, los armarios. Mendoza, con los brazos cruzados, permanecía im­pasible: el notario y los testigos, desconcertados e inquietos, se mantenían a un lado.
No quedaba cajón por registrar, y el recibo no aparecía. Mendoza triunfaba, y el notario frotábase las manos, cuando se oyeron voces delante de la puerta.
-Le digo que la señora está ocupada.
-No la voy a detener, quiero solamente entre­garle esto.
La señora abrió la puerta y se halló frente a frente con la lavandera.
-Señora, -dijo ésta, la niña Celia le ha rega­lado un libro a mi chica y entre las hojas he encon­trado este papel. Se lo traigo porque tal vez tenga importancia para usted.
La señora lo desdobló. Era el recibo extraviado.
¿Cómo, de qué manera, por qué descuido un, papel de tanta importancia había caído entre las hojas de un libro de cuentos de Celia? Misterio inex­plicable. El hecho era que llegaba a tiempo para impedir que un miserable despojase de lo suyo a la familia de la niña.

VII

Herido en la toma del fuerte de Humaitá, Castro había sido arrastrado al interior de las selvas según el bárbaro sistema de López. Sufrió penurias sin nombre y sin número, y presenció escenas indes­criptibles de miseria y crueldad.
Al fin pudo evadirse y después de una peregri­nación inverosímil a través de aquel país, entonces semisalvaje, llegó, terminada la guerra, a orillas del Paraná y logró pasar a territorio argentino.
Celia fue la heroína del día; estaba firmemente convencida de que todos los acontecimientos felices, eran mercedes que Dios le había concedido expresamente a ella.

(Llegada de los guerreros del Paraguay a Buenos Aires)

1.062. Eflein (Ada Maria)

El deber

Llovía a torrentes. El viento helado del sur barría las calles desiertas de Buenos Aires, convertidas en lodazales y alumbradas apenas por algún miserable farolillo. Los vecinos permanecían en sus casas con las puertas y ventanas bien cerradas, contentos de no tener que estar fuera en noche semejante, escu­chando el rumor de la lluvia y el silbido melancólico de las ráfagas invernales.
Dos caballeros, sin embargo, se habían atrevido a desafiar la inclemencia del tiempo, y en un vehículo pesado y poco elegante, fueron hasta una casa grande y silenciosa, donde preguntaron por el doctor don Mariano Moreno. El esclavo que los anunció volvió al instante, rogándoles que le siguieran. Los condujo a un gabinete de estudio, amueblado con la mayor sencillez, cuyo único lujo consistía en dos candelabros de plata, en los cuales ardían varias bujías.
Cuando entraron los caballeros, se levantó del sillón del escritorio un joven, cuya personalidad inte­resaba inmediatamente. Su rostro pálido, sus ojos negros y llenos de luz, sus movimientos rápidos y nerviosos, revelaban un temperamento fogoso, hecho para la lucha, el mando y la actividad; era el doctor Mariano Moreno, graduado hacía poco en la Universidad de Chuquisaca. A un lado, un poco en la sombra, se hallaba otro joven a quien presentó como su hermano Manuel.
Después de los saludos, uno de los caballeros tomó la palabra.
-Hemos venido, doctor, para hacerle algunas observaciones acerca de lo que quedó últimamente resuelto en la asamblea, y pedirle su parecer.
-Estoy a las órdenes de ustedes -respondió el abogado. 
-Todavía no he terminado el trabajo que leeré mañana, y llegan ustedes muy a tiempo. ¿Desean que recapitulemos primero?
-Ibamos a suplicárselo.
-Muy bien. Como ustedes saben, le proponemos al virrey una nueva política de entrada libre al puerto para los buques ingleses y portugueses. A causa de la guerra con Francia en que está enredada España, ésta no nos puede mandar mercaderías como antes, ni nosotros podemos vender las nuestras, puesto que existe la prohibición absoluta de nego­ciar con otros países. En consecuencia, el virrey no tiene dinero ni para pagar los gastos más necesarios de la administración. Ahora, si hubiese libertad de comercio, entraría dinero en el país, la aduana perci­biría rentas, el pueblo podría pagar los impuestos y la colonia prosperaría de una manera nunca vista.
-Sin duda; y acerca de esa solicitud quisiéramos consultarle. Hemos vuelto a conversar con nuestros amigos y varios de ellos creen que sería mejor presentarse personalmente y no dejar documenta­ciones. Se discutió mucho el punto y al fin decidimos someterlo a la resolución de usted. ¿Cuál es su opinión?
-Creo que es preferible presentarla por escrito, detallando todas las razones; así el señor Cisneros podrá estudiar el asunto detenidamente y conven­cerse de su justicia. El fallo, no lo duden, será favo­jable.
-¿Usted lo cree así?
-Estoy convencido de ello. El virrey se verá entre dos fuegos: la ley que prohibe el comercio libre y la falta de dinero. Dudará tal vez, vacilará un momento; pero acabará por decidirse en nuestro favor. No puede obrar de otra manera. Está reducido a la necesidad vergonzosa de quedar debiendo los sueldos a los empleados. Nuestra pretención no sólo es justa: es oportuna.
-Perfectamente, doctor, nos someteremos en todo a su juicio superior, y se hará como usted lo crea conveniente. Sólo nos resta suplicarle que tenga el escrito pronto para ser leído mañana a las ocho, pues muchos de .nosotros hemos venido de muy lejos, expresamente para este asunto, y nos perjudicaríamos si tuviéramos que permanecer fuera de nuestras estancias más tiempo del absolutamente necesario.
-Lo comprendo, señores, y pueden ustedes estar seguros de que no faltaré a mi palabra.
Los dos hacendados se levantaron para despedirse.
-He oído decir que su señor padre está muy enfermo -observó uno de ellos, mientras se envol­vía en su capote.
-Sí, es exacto; -repuso don Mariano, y su hermoso rostro sé nubló, pero esta noche seguía un poco más aliviado.
Los caballeros expresaron en términos corteses su esperanza de que el enfermo sanara pronto, y se despidieron.
Cuando salieron, el abogado volvióse hacia Manuel.
-Ven a sentarte aquí -le suplicó indicándole el sillón del escritorio. 
-Ayúdame: siempre me ha gustado tenerte de secretario.
Manuel obedeció; estaba habituado a ceder a su hermano mayor, cuya inteligencia brillante y volun­tad dominadora se imponían a todos. Mariano, por su parte, sabía apreciar en lo que valían la sólida instrucción, y el juicio recto, acertado y frío de Manuel. Había entre los dos hermanos un mutuo aprecio y un gran cariño.
Manuel se preparó a escribir, y Mariano comenzó a pasearse por la habitación, con los ojos clavados en el suelo y la frente arrugada, como un hombre cuyo cerebro trabaja intensamente. Cada vez que pene­traba en el círculo de luz de las bujías, Manuel hacía un movimiento instintivo como para escribir; pero su hermano seguía callado. Al fin se detuvo, haciendo un ademán impaciente.
-No puedo pensar, -dijo- siempre me persigue la imagen de nuestro padre enfermo y me impide trabajar con calma. Y, sin embargo, necesito concen­trar todas mis ideas en esta petición.
Manuel no respondió, sólo miró el reloj, deseoso de que pasara más veloz el tiempo para velar otra vez al lado de su padre.
-Hagamos un esfuerzo -continuó Mariano frotándose las sienes y la frente con sus dedos blancos y nerviosos, como para aclarar sus ideas; y reanudó su trabajo sin abandonar su paseo lento por el gabinete.
De pronto Manuel se estremeció.
-¿Qué fue eso?
-¿Qué?
-Me pareció oír un grito.
Ambos escucharon conteniendo el aliento.
-Te has equivocado -dijo Mariano al cabo de un instante de silencio. - Continuemos.
Un momento después sintieron pasos en el corre­dor y un esclavo se precipitó dentro del gabinete.
-¡Señores! -exclamó fuera de aliento, -¡el amo!...
Manuel saltó de su asiento.
-¿Ha empeorado de pronto?
-Han mandado llamar al médico.
Los dos hermanos corrieron hacia la puerta. De pronto Mariano se detuvo.
-Anda tú -díjole a Manuel- y vuelve para informarme: sospecho que han extremado las alarmas. Avísame si hay peligro; ya sabes que debemos terminar este trabajo.
-¿El escrito?
-Si.
-¡Oh, déjame! No puedo acompañarte más.
-No eres allí indispensable y este trabajo debe quedar terminado esta noche. Cumplamos con nuestro deber, Manuel.
-Nuestro deber nos lleva allá -repuso éste, indicando las habitaciones interiores.
El hermano le miró fija, profundamente, y luego, con voz serena y firme, replicó:
-No olvides que el dolor no debe cegarnos.
El hermano menor vaciló, impresionado por la severidad de aquél, y casi instintivamente se dirigió otra vez hacia la mesa.
-No ahora, -dijo Mariano, empujándole suave­mente con la mano; ve a informarte.
Manuel salió del escritorio y el ruido de sus pasos rápidos se perdió en el corredor.
Mariano se sentó a escribir. En su espíritu rígido e inflexible, el deber sofocaba las aflicciones. En medio del torbellino de ideas que se revolvía en su cabeza, midió las dificultades que ocasionaría a los hacendados si faltaba a su palabra, él en quien habían puesto su confianza; y al mismo tiempo flotaba ante sus ojos, como una visión, la imagen de su padre yacente en el lecho. Creía oír gritos, excla­maciones, sollozos en el interior de la casa, sonidos imaginarios, pero enloquecedores. El doctor Moreno se oprimió la cabeza entre las manos, y luego, resuel­to y austero como uno de aquellos romanos del tiempo de la República, en cuyo ejemplo de seve­ridad terrible y grande se había inspirado, escribió. La pluma voló por el papel con rapidez; los pensa­mientos, bajo la misma tensión nerviosa, eran claros y nítidos, las ideas brotaban brillantes, inagotables, y la mano que escribía podía apenas seguirlas, a pesar de su ligereza. Así fue terminado ese docu­mento, que se conoce con el nombre de "Represen­tacibn de los Hacendados", y que por sí solo bastaría para cubrir de gloria el,nombre de Moreno.
Volaron las horas y el abogado, febriciente, ner­vioso, consignó este último párrafo: "Estos son los votos de veinte mil propietarios que represento y el único medio de establecer, con la dignidad propia del carácter de V. E., los principios de nuestra feli­cidad y de la reparación del erario."
-Trazó la última raya y arrojó la pluma.
El hermano no había vuelto; su ausencia era tam­bién una contestación.
Penetró en las habitaciones de la casa solariega y llegó al aposento de su padre. El anciano fijó en su predilecto una mirada de intenso cariño,y en sus labios dibujóse una sonrisa de satisfacción. Pareció comprender que la ausencia de aquel hijo, su gran esperanza, había respondido a las serias tareas de su profesión.
Se aproximó al lecho, tomó suavemente la mano descarnada y laxa del enfermo, e inclinándose le besó en la frente, como si depositara el homenaje de su veneración. El anciano cerró los ojos y su sonrisa, al acentuarse, dio al conjunto de su semblante una expresión de tranquila felicidad.
Reunióse luego con Manuel en un ángulo del aposento.
-¿Qué dice el médico? -preguntó ansioso.
-Que no nos quedan esperanzas.
Mariano midió conmovido aquella aflicción que humedecía los ojos de su hermano anudándole la voz en la garganta.
Abrumado por el cansancio y las emociones, se sentó en un sillón. Sus sentidos comenzaron a embo­tarse; entre dormido y despierto, oyó el viento que continuaba su gira caprichosa y violenta en el espa­cio. A veces, una gran ráfaga penetraba en el patio, sacudía las plantas de los arriates, y las ramas de los árboles, y prisionera se revolvía furiosa,. empujaba las puertas, murmuraba sus misteriosas canciones o silbaba sus, aires melancólicos por las rendijas.
Arrullado por el ruido monótono, el fatigado joven se durmió. Los otros, compadecidos, le dejaron.
Lentamente el día disipó las sombras pesadas de aquella noche tormen-tosa. Un amanecer ceniciento, indeciblemente triste, que daba a los objetos un tinte lívido, empezó a inundar con su luz la habi­tación del enfermo. Manuel despertó a su hermano, el que se recordó sobresaltado, con la cabeza pesada y los miembros entumecidos.
-¿Qué hay? -murmuró; y luego, con una exclamación de alarma, se puso de pie:
-¿Mi padre?
-Parece que duerme: no hay novedad. Te desperté porque yá han sonado las siete y media y se aproxima la hora que tenías señalado.
En un momento, Mariano fue otra vez el soldado del deber, sereno y austero. Se inclinó sobre el enfermo, escuchó durante algunos segundos su respiración regular, y después de recoger en el escri­torio su manuscrito, se dirigió al Consulado, donde le esperaban los hacendados.
De pie junto a la mesa, daba lectura a la solicitud, cuando alguien, informado a su vez con urgencia, llegó donde estaba Moreno y le dijo algunas palabras en voz trémula, agitada.
El abogado le miró con fijeza, dejó caer la mano con el papel, y cerró los ojos. Por un instante quedó lívido. Reaccionó con energía, pudo continuar la lectura de la solicitud y se retiró después, evitando el encuentro con sus clientes, amigos y conocidos.
Todos querían rendirle un aplauso por su obra, pero cuando lo buscaban, empezó a difundirse la triste nueva de que el anciano padre de Moreno había muerto en momentos en que su hijo cumplía serenamente con su deber.

(1809: Representación de los hacendados)

1.062. Eflein (Ada Maria)

El camino de la muerte

En una noche de otoño de 1816, cabalgaban a través de las selvas salteñas una joven y un muchacho. Volvían del rancho de una pobre vieja india, situado al pie de las sierras: apuraban el paso de sus caballos porque se venía acercando una tormenta, y también porque en aquellos tiempos de guerra era peligroso, para los que no fueran hombres armados, andar de noche en los caminos.
Todo el país luchaba por la independencia, desde Buenos Aires al Alto Perú. En Salta, el general Güemes había organizado la resisten-cia con los "gauchos", nombre que la gente empleaba como un título de honor para distinguir a sus indomables soldados. En pequeñas partidas, al mando de algún joven intrépido o en escuadrones a las órdenes de jefes expertos, inquietaban día y noche a los rea­listas, que desde el Alto Perú intentaban penetrar, en Salta y Jujuy. En cualquier momento, apostados en las que-bradas, detrás de las rocas o en las selvas oscuras, caían los "gauchos" sobre los enemigos desprevenidos, mataban a los oficiales, hacían algunos prisioneros, arrebataban las armas y los caballos, y desaparecían como por encanto. Los realistas no se atrevían ya a salir sino en grandes partidas; y aun así les acontecía a menudo ser sor­prendidos y obligados a rendirse.
No era de extrañar, pues, que los dos jóvenes jinetes se apuraran por llegar a casa.
La niña, de unos veinte años, manejaba con gracia y destreza su hermoso caballo negro, de paso firme y seguro como una mula. El niño iba a su lado, atento a los ruidos de la selva y a los relámpagos que se sucedían cada vez con mayor frecuencia.
-Aquello se nos viene acercando: -dijo- vamos a tener tormenta grande.
-Antes estaremos en casa -contestó su her­mana. -¿Seguirá bueno tata? Esta tarde lo dejamos bastante mejorado.
-¡Oh, sí! -contestó el muchacho- y allá quedó la chica para cuidarlo. Yo creo que lo enfer­ma el ser viejo y no poder pelear contra los godos.
-Yo también lo creo -dijo la joven. 
-Para él debe ser. un suplicio no poder tomar parte en la guerra. ¿Oíste lo que dijo la vieja Rosa? Anoche nuestros gauchos sorprendieron a una partida muy superior de realistas y mataron a todos.
El chico suspiró, porque su padre aun no le permitía formar parte de esas partidas, a pesar de suplicárselo. A los doce años se creía ya un hombre, manejaba las boleadoras tan bien como cualquiera y en punto a valiente no le iba en zaga a nadie.
-Oye, María, -preguntó,  ¿qué harías si vinieran los godos ahora?
-Según, Juan; es difícil decirlo, pero nunca haría una traición a nuestros gauchos.
-¿Les tendrías miedo?
-¡Miedo! -repitió María indignada.
¡Miedo ella! Al despedirse de José, su prometido, éste la vio por primera vez con lágrimas en los ojos. 
-No quiero que llores, María -le había dicho. 
-Cuando yo esté ausente, debes pensar siempre que ando peleando por la libertad de nuestra patria, con el general Güemes. Si llegara a sucederme algo, pensarás con orgullo que he muerto, no en una ocasión cualquiera, sino en la guerra por la libertad de nuestro país. A todos nos toca una vez, y si un día te llamara a ti la patria, María, estoy seguro de que no serías sorda a su llamado.
Y acordándose de eso, María repitió con los ojos chispeantes:
-¿Miedo yo?
En aquel instante les llegó en alas del viento un ruido diverso de los que hasta entonces habían lle­nado el bosque. Acostumbrados a la soledad salvaje de los montes, supieron clasificarlo en seguida.
-Viene una tropa -dijo Juan.
-Está subiendo la cuesta a la derecha -añadió María.
-¿Serán gauchos?
-No me parece -repuso María, y escuchando con atención, agregó: 
-No, porque no llevan guardamontes.
-Entonces vamos a asustarlos, -exclamó Juan lleno de bríos entusiasmado por la idea de venir por fin a las manos con los tan odiados godos, apodo con que comúnmente se designaba a los españoles.
-¡No, no! -dijo María alarmada. 
-¿Qué diría tata si te sucediera algo? ¡A correr!
Puso su caballo al galope y Juan tuvo que seguirla.
Pero no anduvieron mucho, cuando sintieron que los perseguían y aunque llevaban ventaja fueron alcanzados.
-¡Alto! -les gritó una voz. -¿Quién va?
-¡Argentinos! -contestó Juan con orgullo, empleando el nombre que ya acostumbraban a darse los patriotas.
Un relámpago reveló a los dos hermanos una partida de cuatro o cinco soldados españoles. Más allá se distinguía confusamente una masa negra de caballos y jinetes.
-¿Tú conoces estos parajes, chico? -preguntó un joven capitán.
-Sí.
-Entonces nos llevarás al desfiladero de la Cruz.
-No, porque no soy ningún traidor -respondió Juan altivamente.
-Serás traidor a tu rey si te niegas.
-Aquí no hay reyes.
-¿Y tú no eres súbdito del rey de España?
-¡Yo soy un argentino libre!
-Bueno, bueno, bueno -dijo el oficial impa­cientándose, argentino o español, nos llevarás al desfiladero de la Cruz.
-¡No quiero! -exclamó Juan, relampagueán­dole los ojos, e hizo ademán de tomar sus bolea­doras. María lo contuvo con un movimiento.
-Yo también conozco estas sierras -observó- y les voy a llevar.
-¿Usted? -preguntó el oficial, mirándola con sorpresa y duda.
-Sí, yo. -repuso serenamente; y dirigiéndose a su hermanito:
-Ve a casa, Juan, y dile a tata y a Anita que voy para que no te lleven a ti. 
-Y en voz tan baja que sólo Juan la oyó, añadió: A José le dirás que me llegó el turno de servir a la patria. ¿Oyes? No lo olvides. Vete.
Se volvió y dijo secamente al oficial:
-Ya estoy.
-¿Pero usted conoce bien los caminos de la sierra? -preguntó el oficial con desconfianza.
-Como que me he criado en estos lugares -respondió María con una altivez rayana en la inso­lencia; y añadió:
-Si no me tiene confianza, no tiene más que decirlo.
El capitán se mordió los labios; demasiado cono­cía él a estos criollos con quienes tenía que habér­selas; pero estaba muy contento de haber hallado un guía para exponerse ahora a irritar a la muchacha. En un instante, es cierto, cruzó por su mente la idea de que pudiera traicionarlo; mas la desechó en seguida. ¿En manos de quién podría entregarlos ella, desprevenida, sorprendida en medio del camino? Además, él también tenía ojos para ver a dónde iban si acaso se le ocurriese una mala idea; y por último el joven capitán estaba lleno de una confianza y fe en sí mismo genuinamente españolas.
El camino, o lo que como tal seguían, era una senda entre bosques enmarañados y espinosos, llenos de malezas casi impene-trables que con sus millones de púas y agarraderas destrozaban la cara y las manos de los jinetes e impacientaban a los caballos desgarrándoles la piel. La noche se volvía cada vez más oscura, iluminada tan sólo por los relámpagos que de cuando en cuando alumbraban el bosque con su luz extraña y fosfórica. Pero María no nece­sitaba luz; firme en su caballo negro, seguía derecha la angosta picada donde sólo cabía un jinete de frente, que iba a perderse... ¿quién sabe dónde! en la noche.
La patria había llamado y ella no debía vacilar. "A todos les llega su turno", habíale dicho José; a ella le llegaba ahora, y sencilla, serena, sin decla­maciones ni ínfulas de heroína, como una cosa que se entendía de por sí, tan natural que no había por qué hablar, María se dispuso al sacrificio. La quebra­da de la Cruz, llamada así porque un capricho de la naturaleza grabó en la roca una cruz gigantesca, era un punto importante que daba entrada a aquella parte de la sierra. María sabía que sus compatriotas la tenían ocupada y comprendió que las tropas espa­ñolas debían ir a prenderlos. Formaban éstas un cuerpo numeroso, y pocos eran los gauchos del desfiladero. ¡Oh! pero podían estar tranquilos.
-¿Queda lejos? -preguntó el capitán.
-Sí -respondió ella, y nada más.
La picada subía y subía. Los árboles de la selva gemían y entrechocaban sus ramas al recibir los latigazos helados del viento. Por fin la tropa cruzó la montaña y comenzó a bajar la cuesta del otro lado, internándose en el laberinto de la sierra. Habían caminado por espacio de una hora aproximada­mente, cuando María penetró en un desfiladero a la derecha.
-Mucho cuidado ahora -dijo.
La oscuridad era más densa aún por el contraste con la luz espectral de los relámpagos que revelaban, por segundos, conglomerados de murallones tremen­dos, picachos que se erguían gigantescos, amenaza­dores, y a la derecha del camino, un abismo en cuyo fondo rugía un torrente hasta el cual no llegaba la luz. Los truenos retumbaban como salvas de artille­ría pesada, repetidos con fragor horrendo por mil ecos, de quebrada en quebrada, de cueva en cueva, de gruta en gruta, a través de las fragosidades de la sierra. El viento huracanado se precipitaba a través del estrecho desfiladero, ya cantando como un órgano gigantesco grandiosas melodías, ya reme­dando gritos, lamentos, risas fantásticas y aullidos triunfantes de cien mil espíritus malignos.
-Diga usted, ¿queda lejos todavía? -gritó entre el fragor de la tormenta el oficial a María, que marchaba adelante, tranquila e impertérrita.
-Falta poco -respondió. Al cabo de algunos minutos se detuvo, tratando de orientarse. Un relámpago iluminó la entrada en la roca, que condu­cía a un sitio supersticiosamente temido por los habitantes de la comarca, llamado "Supayhuasi" -la casa del demonio. Era una galería o túnel en el interior de la montaña, que iba a dar a un preci­picio cuya profundidad sólo la fantasía podía cal­cular.
-Por aquí -gritó María, y ni el más leve temblor en la voz traicionó su emoción al entrar la primera. La galería que conducía a los dominios de la muerte era ancha, seca, alta y lisa; las tinieblas densas, afectaban un color purpúreo. Los pasos de los caballos resonaron sordamente cual en una bóveda, y el bramido de la tempestad llegaba amortiguado a medida que la tropa se internaba en la montaña.
-Podemos galopar -dijo María. El camino es seguro y recto.
-Pero, ¿a dónde va a dar? -preguntó el oficial que comenzaba a alarmarse. 
-Ya no veo luz ni salida... ¡oiga!
Mas ya le llegaba el eco de los cascos del caballo en que galopaba María y no tuvo más remedio que seguir hasta alcanzarla. Ella se puso a la par, y santi­guándose, condujo a los enemigos de su patria por el sendero de la muerte.
Las herraduras de los caballos resonaban con eco lúgubre. Las armas chocaban en la galería sin luz.
De repente, María sintió que su caballo se debatía en el vacío: oyó gritos horribles de espanto y de angustia; algo pesado se desplomó sobre ella, sus sentidos se nublaron, y cayó, cayó a las profundi­dades del abismo horrendo.
Tras María se precipitaron trescientos españoles.

(1816: Defensa de Salta por los gauchos de Güemes)

 1.062. Eflein (Ada Maria)