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jueves, 21 de marzo de 2013

El escultor y la estatua del vigilante

Era tan majestuoso aquel bloque de mármol grisáceo que un escultor de cuyo nombre no quiero acordarme, lo compró y llevó a su taller. Varios días estuvo dúdando qué haría con él: ¿bancos? ¿lavatorios? ¿un mostrador? ¿un tigre?...
-"¡No, señor: será un vigilante, un agente de policía, un celador, un mataperros o como se llame!", dijo por fin el ar­tista dándose un cachetazo en la frente. "Y hasta quiero que empuñe la batuta, garrote, talero, terror de vagos, perros, y pi­lluelos. ¡Temblad, patoteros, vagamundos, raboneros, carteris­tas !Os va a llegar vuestro san Martín para el onve de No­viembre y para todo el año".
Efectivamente, tanto y tan bien trabajo nuestro conato de Miguel Angel, expresó tan al vivo el vigilante de 1899 y el de nuestros días que ¡vamos! solo le faltaba al mataperros la palabra... y aun se dice que el escultor, fuera de sí al con­templar su obra maestra, díjole como Buonarrotti a su impo­nente Moisés, dándole con un mazo en la nuca: "¡Habla!”.
Y le sucedió algo peor o mejor que a Miguel Ángel, el cual era sobrio y penitente, repartiendo entre las familias ne­cesitadas su dinero; le sucedió a nuestro escultor que volvien­do de noche a su taller, después de un día de esparcimiento por las islas del Delta paranaense (donde hubo asaz de liba­ciones) al entrar en su morada y vislumbrar por él claro de Luna el Vigilante con su cachiporra, comenzó a temblar, dió media vuelta, y se fué a dormir sobre un banco de la plaza. Por fortuna era en los días capricornianos de Enero.
Así el niño, el hombre indocto, el supersticioso, así el vul­go, van forjando a mazo y escoplo con su imaginación los fan­tasmas, los duendes, el cuco, el jettatore y otras entelequias cuya cólera teme.
No en vano pesan sobre la humanidad largos siglos de ignorancia, idolatría, materialismo ateo, y otras lepras del es­píritu que le oscurecen, atormentan y debilitan. El corazón, por su parte, ¿qué puede hacer sino guiarse por la luz o las tinie­blas del espíritu?
Así es como el hombre trueca en realidades tangibles sus sueños y desvaríos, y se aferra él mismo del cuello como Har­pagón, gritando: "¡Al ladrón!”.
La verdad austera, la religión del Espíritu predicada por el Evangelio, la vida profundamente interior, nos dejan indi­ferentes. Las teorías superficiales, el error brillante, los dog­mas epicúreos nos arrebatan. Se ve que apenas emergemos del limo de la tierra...
"¡Bueno! pero ¿y el Vigilante?" rugirá el lector enfa­dado.
El vigilante, firme siempre en su puesto, blandiendo su ta­lero. He consultado sobre el asunto a varios autores graves y, a lo que parece, el jurado artístico que enfrentó la obra maes­tra decidió que el mataperros era demasiado realista y podía provocar reacciones peligrosas en la gente maleante: que su lu­gar estaba en un gabinete reservado del Museo Cubista. Ra­zón por la cual se dice de él hasta el día de hoy lo que del Ave-Fénix:

Che vi sia, ciascún, lo dice,
Dove sia, nessun lo sa.

Sospecho yo mucho que, fuera del escultor y el jurado, nadie verá jamás al Vigilante.
Siempre será un susto menos en la vida, que bastante tiene ¡caramba!

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El duende casero

De las selvas del Ganges a la nieves de Noruega y Groenlandia, de las estepas de la Tartaria a las praderas de América, del Miño al Danubio, del Támesis al Volga, La superstición popular cree en los trasgos, duendos, diablillos caseros. En ciertos países hasta admiten que tales entes se ocupan de la limpieza de la casa, arreglo del mueblaje, y aun de cocinar. Sólo hay que tener un cuidado: no entrometerse en lo que ellos hacen, pasa no echar a perder su labor.
Cierta familia de Libia se vió favorecida por uno de estos  duendes que les cuidaba el jardín con primor, sin molestar, en silencio. Si el gnomo amaba a los dueños de su casa y su jardín los Céfiros, Flora y Neptuno  le mimaban.
Sin verse más que en las obras, los dueños y el trasgo se querían entrañablemente.  Por fin, este diablillo (que no era burlón) decidió quedarse “pa in sécula sinfinito” en casa de estas buenas gentes. Cabalmente el día que formó esta resolución, le vino ­la orden de migrar al Norte e irse a vivir a la isla de Spitzberg, bajo las chozas de hielo, trocándolo de duende africano en duende polar y de árabe en lapón. El trasgo comunicó a sus huespédes la próxima partida por ests palabras:
-“Ignoro por qué, pero tengo recibida la orden de partir al Septentión; quedaré unos días aún para cumplir vuestros anhelos. Puedo cumplir tres tan sólo; con que, pensarlo bien, y manifestár-melos”.
Desear, aspirar, anhelar, ambicionar non cosas inaiditas en el hombre, ni que exijan gran ciencia: basta el instinto profunfo de la conciencia.
Nuestro matrimonio líbico pide sin titubear la abundancia en los campos, en las viñas, en el huerto, en el jardín... y en las talegas. Dicho y hecho. Los graneros resultan pequeños, la bodega angosta, la despensa hasta los topes, el jardín hecho un colosal ramillete y la talegas reventando de oro por los costurones.
Laa servidumbre no se daba manos a registrar y almace­nar tanto bien, y los patrones se veían abrumados por tal po­sesión. Nada hubiera sido eso: los beduinos del desierto co­menzaron a merodear lo silos, los galpones, los corrales; los jeques o caciques les pedían prestado hacienda y dinero; el go­bernador les impuso el impuesto a la renta... En fin, que la vida se había complicado de tal suerte que se les hizo pesada.
Nuestra gente acude a realizar el segundo anhelo.
-"¡Duende bueno, sácanos de encima toda esta balumba de bienes cargantes, váyae el oro al infierno! Preferimos la dichosa medianía, hermana de la paz y del sosiego".
Dicho y hecho. Desaparecieron las vendimias, las cosechas, los repletos cofres... y todo quedó como antes.
Recobraron los dueños, como el Zapatero remendón, su alegría, sus cantos y se vieron libres de tasas, ladrones y ca­ciques, riéndose a carcajada limpia con el diablillo de las gen­tes que dejan el bien que poseen para buscar el infierno que estaba lejos.
El duende debía vola ese mismo día a la isla de Spitzberg y, como quedaba aun por realizarse el tercer anhelo, los pru­dentes patrones pidieron, como unos Salomones, el amor de la sabiduría.
Con ella pasaron la edad madura y la vejez larga en un banquete espiritual que no tenía término; unos días eran la Escritura y la Teología, otros la Filosofía y las Letras, des­pués las Ciencias físicas naturales, la Agiografía, la Música, el Canto.
Coronándolas todas, la Mística Divina, "conocimiento ex­perimental de la Deidad', que todo cristiano, todo pensador recto, toda alma noble debe esforzarse por alcanzar, internán­dose heroicamente en la Noche Oscura del Olma.

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El desesperado, el avaro y el tesoro

Harto de luchar contra la mala fortuna, reducido a la mi­seria, cargado de deudas, perseguido por sus acreedores, con­denado a morir de hambre, que es "muerte adminícula y pési­ma", como rugía Sancho Panza, defendiéndose contra el doctor de la ínsula, Pedro Recio Agüero de Tirteafuera, resolvió un mercachifle dar fin a sus días, ahorcándose. Debía comprar la soga, y esto le hizo sonreír amargamente porque recordó, al re­visar su bolsa, una farsa de que había sido víctima, can otros muchos, en la feria de Uleaborg.
Un charlatán afirmaba que mostraría el diablo a todo el mundo; naturalmente, hasta los gatos y los perros acudieron a la sesión, deseosos de verle la cara a Mandinga. Una hora antes de empezar, la plaza estaba que ya no cabía en ella ni un alfiler más. Sobre una plataforma de cuatro metros de alto y de lado, peroraba largo y tendido el artista y, por fin, sacando a relucir una talega descomunal de ancha y de honda, la despliega, la abre, y pregunta a los más cercanos :
"¿No veis algo ahí dentro?".
Todos abrían desmesuradamente los ojos, se los frotaban, volvían a mirar, prestábanse mutuamente las gafas y ¡nada!... no veían absolutamente nada.
Si esto les pasaba a los vecinos del artista ¡imaginarse a los que estaban a una cuadra del bolsón! Por fin, un porfiado, amigo de las ideas claras como Descartes, trajo una lupa de gran aumento, la paseó concienzudamente de arriba abajo, y de derecha a izquierda, y concluyó bramando:
-"¡Aquí no hay absolutamente nada! Lo que se llama na­da ¡cuartajo!".
-"¡Y ahí es el diablo, cabalmente, abrir la talega y no ver absolutamente nada dentro!” replicó el de la plataforma.
Nuestro Desesperado, pues, llevando el diablo en su bolsa, se marchó derecho a un galpón, pidió prestados una soga, un martillo y un clavo ganchudo de a cuarta, ganó una casucha en ruinas en mitad del campo, y trepando sobre un montón de escombros comenzó a dar martillazos en el clavo del que pen­saba colgarse. No había asestado ocho golpes cuandrrla pared, vieja y resquebrajada, se desmorona sordamente, descubriendo an cofrecillo repleto de monedas, y no des cobre ni niquel.
-"¡Cuerpo de un oso blanco!” exclama fuera de sí el conato de suicida, "¿sueño o estoy despierto?".
Y palpando el cofre con ambas manos, lo sopesaba, tomaba un puñado de piezas y las dejaba caer como catarata , de oro. Después de pellizcarse, sacudirse un torniscón en la cabeza, y atracar un puñetazo a la pared para obtener una noción clara de su estado psicológico, una evidencia cartesiana de su yo, abrázase con el mueblecico y sale volando para su buhardilla.

Una hora después, llega a las ruinas el dueño del tesoro, pariente lejano quizás del Enterrador que ya conocemos, y se percata del desastre sobrevenido en pocas horas.
Párasele mortal el rostro al avaro miserable, cubre de súbi­to su frente frío sudor, agítanse en temblor convulsivo sus miembros, verdean sus lívidos y entreabiertos labios con la hiel que le sube de la vesícula biliar y, por fin, estallando, ruge:
-"¡Ladrones! ¡Asesinos! ¿Creen que viviré sin mi teso­ro, criminales? No se pierde tanto dinero sin morir ¡canallas!".
Tendió la enloquecida mirada por los escombros, vió mar­tillo, soga y clavo... Se apodera de ellos... y diez minutos después era cadáver.

Una vez más se cumplía la trágica observación del inmor­tal cantor de la Noche Oscura del Alma, hablando de los que se entregan a sus desordenadas pasiones: "De este último grado son también todos aquellos miserables que estanlo tan enamo­rados de los bienes, los tienen tan por su dios, que no dudan de sacrificarles sus vidas cuando ven que este su dios recibe alguna mengua temporal, desperándose y dándose ellos la muerte por miserables fines, mostrando ellos mismos por sus manos el des­dichado galardón que de tal dios se consigue".

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El delfín y el macaco

En la antigüedad había más democracia que hoy para via­jar por mar y tierra. Antaño uno se embarcaba con perros ga­tos, loros, micos y urracas, si le daba la real gana; hogaño no se permite subir a bordo ni en tren ni en tranvía a nadie que lleve bicho viviente, así sea el más vistoso y charlista de los guacamayos o el más gracioso de los titís. Se me dirá que hay baques y trenes de carga para los animales en pie. ¡Sin duda! Pero no es lo mismo. Lo que quiero subrayar es que ya no podemos viajar democráticamente, en medio de -nuestros gatos, monos, canarios, osos, cotorras, hurones y perros. ¡Después ha­blarán de Democracia! Triste es comprobarlo: nos hemos vuel­to'todos unos insoportables aristócratas, a pesar de la Sociedad Protectora de Animales, y miramos por encima del hombro y de soslayo a los humildes y serviciales compañeros de nuestra vida prosaica. En cambio, ellos, más humanos que muchos que visten levita y chaqué, siguen invariables en su afecto por el hombre...

Hay en el mar un cetáceo que, desde la más remota edad, pasa por un gran amigo del hombre: es el Delfín. Plinio el An­tiguo„enseña en el libro IX, cap. VIII de su Historia Natural que el delfín ha salvado muchas veces a los náufragos, por la costumbre que tiene de acercarse a los navíos y seguir a zaga de los buques que navegan, llevando a lomo los mareantes que se tiran de cabeza al agua o quedan flotando, rari nantes in gurgite vasto, después de zozobrada la cáscara de nuez que los llevaba.
Griegos y romanos creían que el Delfín transportaba sobre las ondas amargas los espíritus que iban en demanda de las Islas Afortunadas.
En la Catacumbas se ve todavía el Delfín, personificando al Salvador de las almas a quien nuestros padres en la Fe lla­maban en lenguaje esotérico Jesus (Pez) por ofrecer esa pala­bra helénica las iniciales de "Jesu-Cristo, Hijo de Dios, Sal­vador", constituyendo así un anagrama inofensivo que no podía despertar la sospecha de los perseguidores.

Volviendo al cuento, Esopo nos refiere que una nave de pasajeros, algunos de los cuales iban can sus animales domés­ticos, naufragó en las costas del Pireo, cerca de Atenas.
Los delfines acudieron luego en cardúmen a salvar el. pasaje: hombres, mujeres y niños.
Entre los toneles, sillas y canastos que la marea hacía bai­lotear encontróse un macaco que, tiritando de frío y castañe­teando no sé qué improperios contra su amo, buscaba cómo llegar a la playa. Vióle un delfín y acudió presuroso en su ayuda. Hácele sentar sobre su lomo, cual otro Arión de Lesbos, y emprende la duodécima vuelta a la cercana costa. Estaban por llegar, cuando el Delfín, por irn súbito movimiento de curiosi­dad, le preguntó:
-"Es usted de la gran ciudad de Atenas?"
-"Exactamente", responde el macaco (que era de Car­tago); soy muy conocido en la alta sociedad. Si en algo le puedo servir, estoy a sus órdenes. Uno de mis hermanos es concejal, y otro, diputado por Beocia.
-"¡Muchas gracias!" responde el cetáceo remwndo y apro­ximán-dose cada vez más al desembarcadero. "Dígame, señor (y perdone la curiosidad), ¿sin duda conoce también El Pireo?”
-«¡Y cómo si lo conozco!" responde el macaco acomodán­dose más y mejor en el lomo del Delfín: "El Pireo es mi amigo particular desde la infancia..."
El cuadrumano embustero había tomado el nombre de un puerto por el de una persona de carne y hueso.
El delfín se rió a las calladas del quiproquo, miró por sobre la aleta dorsal al náufrago, y comprobó, fastidiado, que no lle­vaba un hombre sino un mono. Pica inmediatamente para ga­nar en profundidad, deja el macaco flotando a merced de las olas, y se va a toda máquina en busca de algún ser humano que necesite su ayuda.

"Abundan los micos con saco y pantalones que toman el Chimborazo por un mar, el Sol por un disco, la cochinilla por un árbol, y a Napoleón el Grande por un capitán de Ciarlo­magno. Hablan de todo, sentencian a trochemoche, critican lo que no conocen ni por las tapas... ¡parque son doctores!"

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El berrugo y el mono

¿Es en Sotileza? ¿En La Móntálvez? ¿En De tal palo, tal astilla? ¿En El Buey suelto...?¿En Peñas Arriba? ¿En El sabor de la tierruca? ¿En Nubes de estío? No lo recuerdo a punto fijo, pero en una de las inmortales novelas de José María de Pereda es donde se halla el repulsivo Berrugo (debe de ser en La Puchera). El inimitable escritor santaderino, cuyo per­sonaje, forjado a martillo y cincel, eclipsa casi al de Moliére, y compite con el de Ernesto Hello en "Ludovic" de Contes Extra­ordinaires, inflige al avaro miserable el merecido castigo.
En la fábula presente lo veremos bajo otros aspectos. Trá­tase de un avaro que vive en compañía de un mono, de quienes nos hablan Cento Novelle antiche, Nicolás de Pérgamo, Mor­lini, Straparole y Tristán l'Ermite. Pudo ser próximo pariente de aquellos otros atesoradores que conocemos por las narracio­nes de El Avaro robado, El Enterrador y su Compadre, El Cazador y el Puma, El Avara y sus Mozos, El Desesperado, el Avaro y el Tesoro, y algunas otras análogas.
Nuestro desdichado y repelente Berrugo acumulaba con furor onzas peluconas marengos, napoleones, luises, esterlinas, argen-tinos, cóndores, soles... y cobres.
Como el peñón que fascinaba al avaro de Pereda y fué el instrumento de su trágico fin, nuestro Berrugo había escogido la cueva de un islote desierto para confiarle su tesoro. La ca­leta era sólo frecuentada por el avaro y su mono que nunca despertaron sospechas en los cacos, por su astroso aspecto. Allí se pasaba las horas muertas el Harpagón de nuevo cuño a la lumbre incierta de una vela de sebo contando, calculando, haciendo sumas y restas que volvía a verificar a la luz del sol, restando, sumando, calculando, contando sin fin; a ratos go­zando con sonrisa ancha, rascándose otras precipitadamente con entrambas huesosas manos las dos docenas de pelos que le quedaban en el occipucio... De súbito se ponía de pie, daba un puñetazo en el tablón rústico que le servía de mostrador y bu­fete, corría al hueco de la roca, sacaba otra lata repleta de mo­nedas, y volvía a las cuatro operaciones. El resultado final era un bramido:
-"¿Quién me saca dinero ¡cascajo! Faltan dos esterlinas ¡recontra! Y el otro día desaparecieron también cuatro doblo­nes... !que desaparecidos vea yo en los profundos infiernos y nadando en sus llamas al criminal que así me mata!".
Es el caso que el Berrugo tenía la pueril costumbre de arrojar peladillas, galetes y guijarros al mar, para desentu­mecerse después de las sesiones largas en la húmeda y sombría caverna. El mono, viéndose alguna vez solo, lo imitaba, natu­ralmente, en tal ejercicio, pero más de cuatro veces se sirvió de las monedas confundiéndolas con guijarros. Razón por la cual el Berrugo, aunque más se despistojaba en sus cálculos, nunca, llegaba a la suma cabal.
Extremó entonces sus precauciones y, en las horas que él no podía estarse cabe su teroso, amarraba el macaco en la cue­va, e iba a sus menesteres.
Un buen día, el cuadrumano, sea que hubiese visto pasar a Anfitrite o a Neptuno, sea que alguna Nereida, o algún Del­fín, o alguna Oceánida ¡vaya usted a saber! lo hubiesen provo­cado, el caso es que comenzó a ejercitarse en el tiro a la palo­ma, digo, a la corvina, con las pilas de marengos, esterlinas, onzas y doblones. Comenzaron éstos a salir por la ventanilla, casi a rás del mar, silbando, rozaban en dos o tres puntos el agua haciéndola chispear, y se hundían hasta dar fondo a cua­renta brazas de la superficie. Entusismado con el cinegético ejercicio, el cuadrumano quiso probar hasta donde llegaban su destreza y vigor de brazos: tomó de a tres en cada mano an­terior las monedas y aquello fué una verdadera lluvia de oro en la ensenada.
Cuando, una hora más tarde, el ruído de la llave en la ce­rradura, le indicó la llegada del amo, arrojó de prisa los últi­mos cóñdores y argentinos que restaban aun del tesoro, y se tumbó sobre el bfete fingiendo dormir. Pero su maniobra ha­bía sido descubierta tres minutos antes por el avaro, que llega­ba enloquecido, aunque sin sospechar toda la magnitud del desastre.
Cuando comprobó que quedaban sólo algunos cobres de lo que, había sido una pingüe fortuna, soltó un alarido bestial y, arremetiendo al mono, no dudara en hacerlo pedazos, si éste no lo madrugara dándole tan feroz mordisco que le llevó la mitad del rostro.
Saltó fuera de la caverna el cuadrumano desapareciendo, y cayó de bruces el avaro, fulminado de una apoplejía.

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El baturro y la sierpe

Aquel Toribío que se topó en un monte ralo con una gran víbora de cascabel a la que ultimó contra el parecer de varios árbitros, tenía un primo en las Asturias de Oviedo.
Un día blanquecino de Invierno salió este primo de su casuca para dirigirse al bosque cercano; la nieve todo lo cu­bría, una neblina espesa sólo permitía ver diez metros a la redonda.
De súbito, al borde del sendero nevado percibe, ¡nmóvil, una sierpe de gran tamaño; el reptil, transido de frío, casi ina­nimado, no podía llegar a soterrarse para invernar, y su muer­te era cuestión de tiempo.
El baturro, compasivo con los animales, como pide la So­ciedad Protectora, posterga su corte de leña, carga con el ser­pentón amodorrado y lo lleva con gentil compás de pies a su hogar. El fuego ardía bajo la campana de la chimenea, alimentado por los zoquetes de encina que sostenían los morillos; de la renegrida cadena colgaba el cobrizo caldero casi repleto de carne, legumbres y hortalizas.
Con sumo cuidado deposita el huésped su culebrón a dis­creta distancia del fogón chisporroteante, y se sienta para co­mer cuatro castañas y beber un trago, mientras el "insecto" como lo denomina La Fontaíne, vuelve en sí desde el dintel del reino, de las sombras.
Un cuarto de hora no ha transcurrido y ya el calor vivifi­cante recorre como un estremecimiento la verdinegra maroma ofidia; poco después abre los ojos la sierpe como quien des­pierta a nueva e ínesperada vida; luego, ensaya desenrollar el anillado cuerpo; finalmente, acuciada por el fuego, se yergue colérica, bambolea la cabeza, esgrime la acelerada lengua y hace oír el temeroso silbo... De súbito se encoge, formando un arco y va a saltar sobre Pafnucio (por lo menos así lo cuenta él; otros opinan que la sierpe quería sencillamente alejarse del fuego. Cuestiones y problemas quizás insolubles).
El baturro, echando más fuego por sus ojos que el fogón por la chirnenea, enarboló el hacha, da un salto a retaguardia y cuando el culebrón toca nuevamente tierra, de dos mandobles lo corta en tres: cabeza, tronco y cola.
-"¡Desagradecida bestia! ¿Es manera esa de pagarme el servicio de haberte salvado la vida? ¿Quitarla al bienhechor? ¡Muere tú, sierpe maldita!"
Esto lo rugía encarándose con los tres pedazos de culebra que brincoteabxn por el suelo entre las sombras y los destellos color sangre que la hoguera reflejaba en aquel cuadro de Rem­brandt.

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El avaro y sus mozos

Erase un sórdido tejedor de Issacar con dos muchachos tan listos que, al decir de gravísimos autores, las propias Parcas, Cloto, Laquesis y Atropos, hiladoras de los mismos infiernos, hubieran hecho mediocre figura a su lado: eran sus hilos y he­bras un primor de pulcritud y de matemática precisión.
El patrón, por su parte, era un cronómetro en lo de no des­perdiciar un minuto, un tercio, de tiempo y de luz para hacer funcionar tornos y husos; dormía con los ojos abiertos como liebre, y apenas la Alborada teñía de albayalde el pórtico de Aurora, y Tétis, consorte de Océanus, ponía en fuga la cuadriga de Febo, esto es, (hablando en cristiano), apenas amanecía, cuando ya comenzaba la labor hilandera.
Dale que dale al torno, gira que gira el huso, rueda que rueda la máquina del telar, era aquello un ajetreo que duraba de sol a sol, y en nada se parecía ni a "Las Hilanderas" de Meldelssohn, ni al "Coro delle Filatrici" del Buque Fantasma de R. Wágner, ni a ninguna de esas composiciones característi­cas de los maestros de la música descriptiva de hoy que dan la ilusión de una fábrica de tejidos, de una herrería, de un mer­cado, y de un manicomio... ¡oh manes de Palestrina, Bach, Beethoven y Verdi!
Apenas, pues amanecía Dios, estaba el viejo Esaú de pie echándose a cuestas algunos guiñapos grasientos y agujerea­dos; encendía luego un cabo de vela de sebo renegrido que apestaba y echaba más humo que llama, y corría a zamarrear a los dos mancebos que dormían a puño cerrado a una legua de profundidad del dintel de la conciencia de este mundo y sus bellaquerías.
Ahora bien, es de saber que el patrón arremetía diaria­menie a sus mozos en el preciso instante en que un gallo viejo soltaba su marcial tonada, anunciando la próxima llegada del nuevo día. Acercábase el vejote a los mozos:
-"¡Arriba, marmotas!" berreaba. "Ya está el sol alto (y faltaban dos horas para su salida) y los días son cortos, dema­siado cortos (en pleno verano). ¡Arriba he dicho!" Y sacudía los catres con remesones de terremoto. Gruñía un mozo, en­treabría los ojos; sacaba el otro un brazo mascullando no sé qué; seguía bramando el patrón y, de súbito, la voz taladrante del gallote ensordeciendo nuevamente a los vecinos.
Sentábanse en los catres los amodorrados mancebos comi­dos de furor y saña, lanzando entre dientes docenas de pésetes al tiempo veloz, cientos de reniegos contra Esaú, y millares de maldiciones al inconsciente gallo...
"¡Morirás, miserable majadero, gritón de satanás, que ni duermes ni dejas dormir.., morirás!
Como era por milésima vez que formulaban tal amenaza, la misma noche que siguió al terremoto lo buscaron, lo pillaron, le torcieron el pescuezo, lo desplumaron en seco, lo hicieron her­vir cuatro horas para ablandarlo siquiera un poco, lo trincha­ron, lo masticaron enérgicamente y lo engulleron, rociándolo, por las dudas, con sendos litros de vino trapiche. Después de lo cual anduvieron en trapicheos, repitiendo chistes y diciendo do­naires acerca de la repentina muerte del despertador cuya cuerda, estambre y piolín de la vida había cortado la Parca cruel.
Súpolo Esaú, y pensó volverse loca; pero luego, reponién­dose, dijo:
"Para todo hay remedio, si no es para la muerte", como decía Sancho Panza, vecino de un mi tatarabuelo en la aldea de Don Quijote. Y pues otros dicen: "a rey muerto, rey puesto", yo añado que "a gallo difunto, sereno bisunto", y ese sereno seré yo, dado que de noche todos los gatos son pardos y nadie me verá.
Efectivamente, cuando los dos mozos, apenas acostados, y muy creídos que podrían dormir en paz, se forjaban una felici­dad digna de Morfeo, cátate al viejo, velita en mano, recorrien­do casa y taller como un duende a toda hora, por temor de que se le pasase el minuto matemático de hacerlos saltar del catre.
-"¡Por cien mil pares de tornos, la hemos hecho buena!" gruñó una de los mancebos. "¡Hombre, si es peor el remedio que la enfermedad, cuartajo!" rugió el compañero.
-"Conste, responde el patrón que llega con sardónica risita, conste que no tengo yo la culpa de que hayan caído en las fauces de Seila por huir del antro de Caribdis".

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