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sábado, 27 de diciembre de 2014

Las almas de las martas cebellinas

Antes había muchos udegués. Un chiquillo podía lanzar una piedra y llegar de un campamento a otro. Vivían desde el río Koppi hasta el golfo de Jadí por la orilla del mar, a lo largo de todos los ríos de las montañas de Sijoté-Alín. El humo de sus hogares subía al cielo como nubes. De ese humo, los cisnes blancos se volvían negros mientras pasaban volando sobre los campamentos.
Vivían entonces en Júngara dos hermanos llamados Kandá y Egdá. Su padre era un hombre corriente, pero ellos no sé a quién habrían salido. Crecieron tanto que no ha vuelto a haber nadie como ellos. Tenían la altura de un alerce de setenta anillos. En cuanto a la fuerza, por donde pasaban quedaban unos hoyos profundos en la tierra. Cuando Kandá y Egdá corrían en esquíes, iban más aprisa que las aves migratorias. Entre sus paisanos no había cazadores iguales a Kandá y Egdá. Ni siquiera para el oso utilizaban ningún arma: lo estrujaban entre sus brazos. A los tigres les echaban mano conforme iban corriendo. Incluso a la pantera de las nieves la agarraban por el rabo...
Lo que más les gustaba a los hermanos era cazar martas cebellinas.
La marta es un animal astuto. Le hace dar vueltas y vueltas al cazador. Mientras va detrás de una cebellina, el cazador no come ni bebe. La marta va de un lado para otro, gira, borra sus huellas. Luego se mete en el agujero de algún árbol, ¡y a ver quién la saca de allí!
Sólo Kandá y Egdá no perdían tiempo en perseguir a las cebellinas. La marta es veloz, pero los hermanos lo eran todavía más. En cuanto una marta acosada por ellos se escondía en el agujero de un árbol, Kandá se ponía junto al agujero y Egdá sacudía el árbol con una sola mano. La marta intentaba escapar del agujero, pero Kandá tenía ya su gorro de piel preparado a la entrada. ¿Qué iba a hacer la marta?
Así cazaban los hermanos.
Terminaron con todas las martas de su coto de caza. Entonces empezaron a andar por otros lugares, por los cotos de otros cazadores.
Muy enfadados, aquellos cazadores les dijeron a los hermanos:
-Os estáis llevando nuestras presas. Si nos quitáis lo que nos pertenece, es que nos consideráis muertos, es como si nos hubierais matado. Vamos a tomarlo así. Habéis cometido un crimen. Conque os vamos a denunciar por habernos matado...
Pero Kandá y Egdá se reían de eso. Muy ufanos de su fuerza, no temían a la venganza. No temían a las denuncias. No temían al zanguín.
-Un gran cazador necesita cazar mucho -decían.
-¿A qué le llamáis cazar mucho? -preguntó al zanguín. Vosotros cazáis las piezas que corresponden a otros. Habrá que multaros. Habrá que poneros una buena baitá.
-Ni pagaremos la baitá ni dejaremos de cazar cebellinas -contestaron los hermanos-. Y seguiremos hasta cazar al Amo de las Martas Cebellinas.
El zanguín se enfadó al ver que Kandá y Egdá no reconocían la ley. Partió su báculo por la mitad y arrojó los pedazos en direcciones distintas como prueba de que los hermanos no habían sido perdonados.
Partieron de nuevo los hermanos a la caza de cebellinas. Su afán era cazar al Amo de las Martas Cebellinas. Habían oído contar a los ancianos que ese animal existía: era tres veces mayor que las otras martas, negro como el carbón, raudo como el viento, dejaba ciegas a las personas si le contemplaban demasiado tiempo.
Recorrieron la taigá entera en busca del Amo de las Martas y, entre tanto, acabaron con todas las demás. Y menos mal si hubiera sido con provecho. Pero agarraban una, veían que no era la que buscaban y la dejaban tirada, estropeando la piel, además, para que no le sirviera a nadie.
Los demás cazadores estaban desesperados.
Los hermanos comprendieron que no eran bastante listos para dar con el Amo de las Martas Cebellinas. Fueron donde el zanguin y le saludaron humildemente.
-¿Sabes tú dónde vive el Amo de las Martas?
-¿Cómo voy a saber yo esas cosas? No soy nadie para saberlas. Preguntádselo a Onkú, el amo de las montañas y los bosques -contestó el zanguín. ¡El lo sabe! -¿Y dónde vive Onkú?
-Vive en la montaña más alta de Sijoté-Alín, entre riscos y piedras. Tiene una casa de piedra. El camino es difícil. Y sólo se le puede ver si él quiere.
-Está bien -dijo Kandá. ¡Vamos, hermano! Se pusieron en camino.
Primero fueron por una llanura. Se encontraron con un río rojo. Hicieron una barca de corteza de árbol y cruzaron el río. Caminaron por un bosque de abedules. Llegaron a un río amarillo. Hicieron una lancha con un tronco de álamo. Cruzaron el río amarillo. Luego caminaron por un bosque de pinos. Los hermanos encontraron en su camino un río blanco. El agua se agitaba, como si estuviera hirviendo, pero la verdad es que estaba muy fría y bastaba meter un dedo dentro para que se cubriera de hielo. Los hermanos lanzaron al río unas cuantas piedras grandes y por ellas pasaron. En la orilla opuesta crecía un bosque de cedros. Los hermanos oyeron gritr a tres cuervos y tres búhos.
Echaron a andar Kandá y Egdá por entre los cedros, pero crecían tan apretados que parecían una muralla. Sus ramas se entrelazaban.
Los hermanos optaron por echar abajo los cedros para abrirse camino. En cuanto pasaban, los árboles abatidos echaban otra vez raíces y se enderezaban, tan altos como antes.
El camino recién abierto desaparecía, absorbido por el bosque intransitable.
Así llegaron los hermanos hasta un monte muy alto, coronado por una roca que formaba tres terrazas. Era tan alto el monte que, al mirar hacia su cumbre, se le caía a la gente el gorro hacia atrás.
Empezaron los hermanos a subir al monte. Entonces gritaron seis cuervos y seis búhos. Kandá se puso a llamar pensando que ya faltaría poco para llegar donde el Amo de las Martas. Llamó con voz recia. Tan recia, que se desprendía la corteza de los árboles. Pero nadie contestaba. Los hermanos siguieron subiendo.
Terminó el bosque. Allí eran arbustos lo que crecía. Y había también muchas piedras. Cuanto más caminaban, más piedras aparecían, hasta que se vieron entre riscos. Subieron a la primera terraza rocosa y se sentaron a descansar. Luego empezaron a subir a la segunda terraza. Las piedras rodaban bajo sus pies como si alguien las empujara. Pero Kandá y Egdá continuaron subiendo hasta llegar a la segunda terraza. Se sentaron a descansar un poco. Luego emprendieron la subida a la tercera terraza. Los riscos se amonto-naban, formaban hileras y, cuanto más avanzaban los hermanos, más se parecían las rocas a personas. Eran rocas enteramente vivas. No tenían ojos, y sin embargo observaban a los hermanos, giraban cuando pasaban por su lado. Mal que bien, llegaron los hermanos hasta la tercera terraza. Las piedras rodaban bajo sus pies y se escurrían cuando intentaban cogerlas. Arriba del todo, gritaban nueve cuervos y nueve búhos.
-Me parece, Egdá, que hemos llegado hasta la casa del Amo -dijo Kandá.
Subieron a la roca. Y vieron una casa de piedra sostenida por diez postes y mirando hacia Oriente, como dice la ley, con sus dos ojos: las ventanas. Era una casa tan alta que el tejado llegaba a las nubes. Pero, dentro, todo era como debe ser: las yacijas, el hogar, el lecho de pieles de oso, para los ancianos. Aunque todo de unas dimen-siones tan grandes que los hermanos parecían unos niños.
En una yacija había una roca entera, recubierta de musgo.
Egdá llamó a gritos, con tanta fuerza que incluso el viento sopló en todas direcciones.
-¡Eh, padre! Hemos venido a verte. Queremos tratar de un asunto contigo.
La roca recubierta de musgo se volvió hacia los hermanos. Se fijaron, y no era una roca, sino una persona, un hombre oscuro como hecho de piedra que, de su propio peso, se hundía hasta la cintura en la tierra. Y miraba a los hermanos con sus ojos de piedra.
Sólo de su mirada se les había encogido el corazón: ¡el propio Onkú estaba delante de los hermanos!
Kandá y Egdá se inclinaron delante de él, le ofrecieron carne de alce, le ofrecieron comida de la que comen los simples humanos.
-Padre, ayúdanos a cazar al Amo de las Martas Cebellinas. Les hemos dicho a nuestros paisanos que lo cazaríamos. Y cuando se da una palabra, hay que cumplirla.
Habló Onkú: su voz hizo que se agrietaran las rocas más próximas y se desprendieran aludes de nieve. La tierra retembló.
-He oído hablar de vosotros -dijo. Y todo son quejas. La gente sencilla está disgustada de que hayáis exterminado todas las martas. Y el Amo de las Martas Cebellinas también está disgustado porque no tiene ahora ya nada que hacer sobre la tierra. No le podréis capturar. Como habéis matado a las martas, sus almas se han ido a pastar al cielo. Y su Amo con ellas...
Los hermanos se quedaron pensativos. Encendieron sus pipas. Le ofrecieron tabaco a Onkú, y también él fumó. No hizo más que encender su pipa, cuando las cumbres de los montes empezaron a echar humo y luego llamas y piedras. Se formaron nubarrones surcados de relámpagos y descargó una lluvia de fuego.
Los hermanos, asustados, estaban más muertos que vivos. Otra vez pensaron, pesarosos, que por haber querido hacer alarde de su fuerza, habían puesto a la gente contra ellos, que el Amo de las Martas les guardaba rencor y también Onkú parecía enfadado.
Dijo Kandá:
-¿Y qué se podría hacer para llevar de nuevo las martas a la tierra, padre?
Onkú se sacó la pipa de la boca y los montes dejaron de echar humo.
-Si se mata a una marta cebellina en el cielo -dijo, su alma va a la tierra y penetra en otra marta...
-Bueno, hermano -dijo entonces Kandá, parece que tendremos que ir a cazar martas a otros lugares...
-Así parece -contestó Egdá.
Se dispusieron a emprender el camino de vuelta. Miraron hacia abajo y se marearon, de tan alto como habían subido para ver a Onkú. Estaban pensando en cómo bajarían, porque alrededor todo eran precipicios y no se veía ningún camino, cuando llegaron unos búhos y los levantaron en volandas. Todo desapareció de golpe: Onkú, las montañas, las rocas parecidas a personas... Los hermanos se encontraban cerca de su campamento.
Los hermanos se pusieron a trenzar una cuerda. Talaron todo un mimbral. Trenzaron una cuerda tan larga que un buen corredor no habría podido llegar de un extremo al otro ni aún corriendo desde la salida hasta la puesta del sol. Era una cuerda resistente. Para probarla, Kandá enganchó un extremo a una roca roja y el otro a una roca negra. Pegó un puñetazo en el centro. Las rocas se convirtieron en polvo, pero la cuerda quedó intacta.
Egdá lanzó la cuerda hacia el cielo y la enganchó en un extremo. Los hermanos tiraron con todas sus fuerzas hasta atraer el cielo hacia la tierra. Luego sujetaron la cuerda con una pequeña montaña. Juntaron una reserva de material de caza y de comida y treparon por la cuerda al cielo en busca de almas de cebellinas.
Los hermanos llegaron hasta el cielo.
Al principio veían la tierra abajo, pero luego se metieron entre nubes. Las nubes eran como una buena capa de nieve, resistente, y toda estaba marcada por infinidad de huellas de cebellinas. Sus corazones de cazadores se inflamaron.
-¡Ahora sí que tendremos cebellinas, hermano!
Estuvieron cazando mucho tiempo sin que disminuyera el número de cebellinas.
Incluso empezaban a estar cansados. Dijo Kandá que echaba de menos su casa y que no estaría mal darse una vuelta por allí...
Los hermanos fueron a buscar el sitio por donde había subido al cielo, y no lo podían encontrar.
Mientras ellos cazaban, había llegado la primavera a la tierra.
Los jabatos vinieron a afilarse los colmillos en la cuerda con la que Kandá y Egdá habían tirado del cielo hasta la tierra. Hasta que la cuerda se desgastó y el cielo volvió a su sitio.
Anda que te anda por el cielo, los hermanos trazaron incluso un camino, pero no consiguieron bajar a la tierra. De noche, ese camino se ve muy bien en el cielo: lo cruza de parte a parte. La gente lo llama de distintas maneras, pero los udés dicen:
-Es el Bua Guidiní, el Camino de los hombres del cielo.
Egdá y Kandá van y vienen por él cazando cebellinas.
Desde entonces, no se han extinguido las martas cebellinas sobre la tierra.

1.098.1 Naguishkin (Dmitri D.) - 074

Lado, la niña malcriada

Sucedió esto hace mucho tiempo. Tanto tiempo, que allí donde corría un río hay unos montes y allí donde había piedras ha crecido ahora un bosque.
En casa del cazador Chumdagá, del linaje de los Dungú, nació una niña.
Chumdagá y su mujer llevaban muchos años casados, pero no habían tenido hijos y, aunque Chumdagá hubiera deseado un varón, también se alegró mucho cuando nació la niña. En cuanto a la madre, estaba como loca de felicidad.
Le pusieron a la niña un nombre muy bonito: la llamaron Lado.
El viejo matrimonio hizo todo lo que pudo para que la hija se criara bondadosa, bella y feliz. La madre no la llamó por su nombre durante un año entero para que los diablos malvados no se enteraran del nacimiento de la hija de Chumdagá. La madre sólo la llamaba «guapa mía», «querida mía». La madre colgó del arco de su cuna un mafá garaní, un colmillo de oso, para espantar a los diablos malvados. También colgó, para que la niña no llorara, una oxara, que es un ave hecha de yesca, unos pendientes de corteza de abedul y unas patas de gallo, sin olvidarse de la mukchurá, la viejecita chepuda tallada en madera, para que tuviera felices sueños. Con su propia leche lavaba la madre a la hija. Le hizo una almohada de plumón y un edredón de plumas de cuclillo.
Conforme crecía, Lado iba haciéndose una auténtica preciosidad.
Tenía el rostro ancho, blanco como la luna llena, los ojos como moras, las mejillas sonrosadas igual que la flor del ledo en primavera y los labios como las frambuesas maduras. Crecía Lado tan esbelta como la flor saraná. Un encanto de criatura...
Los padres no se cansaban de contemplarla, embelesados.
Sólo una cosa resultaba mal: Lado no sabía hacer nada. La madre no quería que se le estropearan las manos y por eso Lado no encendía el hogar, no partía astillas, no pescaba con el tridente, no empuñaba los remos ni curtía pieles. La madre no quería que se le irritaran los ojos a su hija y por eso Lado no bordaba las batas con sedas, no cosía pieles ni elegía pelos de reno para los bordados. Las cosas llegaron hasta el extremo de que Lado no sabía ni siquiera preparar la masa ni cocer tortitas. En una palabra, que no sabía hacer nada.
Caminaba Lado por la aldea, tan esbelta y ligera, que los muchachos no podían apartar los ojos de ella. La contemplaban, sacudían la cabeza, pero no se atrevían a acercarse.
Un muchacho vino a pedir a Lado por esposa. No había en la aldea mejor cazador que él. Cuando los animales le veían, lloraban a sabiendas de que no podrían escapar. Vino el muchacho a pedirla, pero Lado se enfurruñó y torció el gesto:
-Hueles a animales del bosque. Apártate. ¿Cómo podría vivir contigo? Me desollaría las manos con tus pieles...
Vino a pedirla otro. No había en la aldea mejor pescador: el muchacho atravesaba diez peces de golpe con su tridente y, en invierno, descubría a través del hielo los lugares donde se escondían los peces. El muchacho vino a pedirla, pero Lado le volvió la espalda y dijo tapándose la nariz con los dedos:
-Hueles a pescado. Apártate. ¿Cómo podría vivir contigo? Andaría siempre mojada por culpa de tus redes.
También la pidió otro muchacho que tenía la mejor traílla de perros, veloces como el viento. No había otros que pudieran competir con ellos. Conque vino el muchacho a pedirla, pero Lado ni siquiera le miró. Apenas le vio en el umbral, agitó las manos y gritó hundiendo la cara en la almohada:
-Hueles a perros. Apártate. ¿Cómo podría vivir contigo? Me cansaría los pies de echarles de comer a los perros...
Los pretendientes se alejaron de Lado diciendo:
-¿Por qué nos reprochas nuestro trabajo? Eso no está bien... La madre les oyó y también le dijo a su hija:
-No deberías recibir mal a la gente ni agraviar a nadie sin razón.
Lado se enfadó mucho con su madre y se puso a gritar, manoteando y roja de rabia:
-¡Ya sé que estáis deseando libraros de mí!
-¿Qué dices, hijita? -protestó la madre. Haz lo que mejor te parezca y vive con nosotros toda la vida si quieres. Por fin logró que Lado se calmara.
Pero el que rueda cuesta abajo también hace rodar las piedras. Después de espantar a sus pretendientes, Lado la tomó con su padre y su madre. Todo le parecía mal: que si su madre se había puesto una bata fea, que si su padre estaba mojado cuando volvía de pescar... Nada estaba a su gusto.
La madre le sirvió cereales hervidos.
-Están a medio cocer -gritó la hija.
La madre le sirvió pescado:
-Está reblandecido -y Lado pegó una patada en el suelo. La madre le sirvió carne.
-¡Está dura! -gritó otra vez la hija.
La madre dejó unas tortitas sobre la mesa.
-Están amargas -escupió la linda Lado.
La madre se puso a llorar al ver que no lograba contentar a su hija. Llamó a los niños de la vecindad y les dio a ellos las tortitas. Los chiquillos se las comieron encantados.
-¡Ay, qué ricas están, madre! ¡Y qué blandas, y qué dulces!
Aquello sacó de quicio a Lado. Echó a su madre a un lado, se puso a patalear, a chillar y salió corriendo de la casa. Miró a su alrededor y todo le pareció mal: había barro, había humo, la gente era fea... Levantó los ojos hacia arriba y vio una bandada de cisnes que pasaba volando por allí. Tenían las plumas limpias y brillantes como la nieve. Los cisnes volaban no se sabía hacia dónde, escapando del invierno.
Entonces gritó Lado:
-Pego un salto hacia atrás, me echo a llorar y lo que quiero ocurrirá. Quiero ser un cisne blanco. Me marcharé con los cisnes a comarcas lejanas en busca de gentes limpias. En busca de otra madre.
Pegó un salto hacia atrás y quedó cubierta de plumas blancas. Se remontó por los aires con sus alas de cisne y echó a volar.
La madre rompió a llorar, llamando a su hija. Lado ni siquiera volvió la cabeza hacia la madre.
Alcanzó Lado a la bandada de cisnes.
Le preguntaron:
-¿De dónde vienes, hermana nueva?
Contestó Lado:
-Me iré con vosotros volando en busca de gentes limpias, que no huelan a pescado. A comarcas lejanas en busca de otra madre. Los cisnes no le dejaron sitio a Lado en la bandada. El que iba en cabeza dijo agitando las alas:
-¿Buscar otra madre? Las personas sólo tienen una madre.
No se puede buscar otra.
Los cisnes rechazaron así a Lado y ella echó a volar sola. Estaba rabiosa contra su madre, rabiosa contra los cisnes. «Volaré hacia otra parte. Encontraré un sitio donde la gente no huela a pescado, donde la gente no huela a animales del bosque, donde la gente no huela a perros. Encontraré un sitio limpio. Encontraré otra madre.»
Los cisnes se marcharon volando. Y Lado también se marchó.
La madre lloró muchas lágrimas después de perder a su hija.
Los árboles se desprendieron de sus hojas, la liebre se puso su piel blanca. Las serpientes se durmieron entre las piedras. El oso se metió en su guarida a pasar allí el invierno. Los cazadores fueron a cazar martas cebellinas. El Amo de las Aguas tapó el río con un manto de hielo para que no tuviera frío.
Y la madre no cesaba de llorar mirando hacia dónde se había marchado Lado.
Los caminos se pusieron negros. El oso despertó en su guarida. Las ardillas agotaron sus reservas de avellanas. Los esquíes se mojaban al correr por la nieve. La curruca volvió de allende los mares.
Pero la madre seguía llorando y mirando al cielo, hacia donde se había marchado Lado. Con tanto mirar al cielo, se olvidó del fuego que ardía en el hogar. Y el fuego empezó a extinguirse. Se apagó del todo el fuego y abandonó la casa. Con él se marchó la vida. Murió la madre de Lado.
Sopló el aire tibio del reino de Nikán. Las viejas hierbas reverdecieron con tallos nuevos. El Amo de las Aguas le quitó al río el cobertor de hielo. El oso salió de su guarida. La liebre perdió su piel blanca en el bosque. En los árboles se hinchaban las yemas. Las aves migratorias volvieron a sus antiguas nidadas.
También volvieron los cisnes de los países lejanos.
Y volvió Lado. Se conoce que no encontró otra madre. Se puso a volar en círculo sobre su aldea, sobre su casa. Y, a todo esto, gritaba llamando a su madre.
-Pego un salto hacia atrás, me echo a llorar y lo que quiera ocurrirá. Quiero volver a ser una muchacha, quiero abrazar a mi madre y enjugar sus lágrimas...
Nadie salía de la casa. Lado giraba en el cielo y lloraba. No podía volver a convertirse en muchacha...
Durante todo el verano voló Lado sobre la aldea con la esperanza de ver salir a su madre de la casa para llamarla. Pero fue en vano. Cuando el viento frío sopló desde el Amur, de nuevo emprendió Lado el vuelo hacia los países cálidos.
Desde entonces vuelve cada primavera y llama a su madre con grito lastimero, pero nadie le responde.

1.098.1 Naguishkin (Dmitri D.) - 074

La zorra y el oso

Del astuto, no se puede uno fiar. El astuto dice una cosa y piensa otra. El que tenga trato con un astuto, que se ande con mucho cuidado.
Vivía en la taigá una zorra. Era muy ladina y muy astuta. Y vivía a lo grande. Cazaba faisanes, perdices, becadas... Aunque tampoco les hacía ascos a los pajarillos. iY los huevos le gustaban! No se podría calcular el número de nidos que destrozó y de avecillas que se comió. Una vez, se puso a contarlos un cuclillo: «iCu-cu! Uno. ¡Cu-cu! Dos», y todavía sigue contando... Tanto merodeó la zorra, que empezaron a desaparecer las aves silvestres por aquellos lugares.
Pero el tiempo pasa sin esperar a nadie. Y también le llegó 5u mal momento a la zorra. Con los años perdió vista, perdió fuerzas... Salió un día de caza y se encontró a un faisán que iba por un camino. La zorra se deslizó con mucho cuidado por entre los matorrales y luego pegó un salto y le echó la garra al faisán.
El faisán se debatió, se revolvió, agitó las alas, le arañó todo el hocico a la zorra con los espolones y se escapó. La zorra no pudo con él. El faisán se subió a una rama, ¡y venga a reírse de la zorra!
-iValiente cazadora! Para lo único que sirves ya es para adorno de algún abrigo. iY nada más!
Volvió la zorra a su agujero, llorando de hambre y de rabia. La caza se le daba cada día peor.
Rondaba días enteros por la taigá sin apresar nada. Probó incluso a comer airelas, y se puso tristísima: había muchas, sí, pero no le quitaban el hambre.
Aquel otoño, las aves migratorias se marcharon muy pronto hacia los países cálidos. Empezaron a pasar bandadas de patos, de gansos, de grullas... Gritaban, despidiéndose de los montes, de la taigá y de sus lagos hasta la primavera siguiente.
Oír sus gritos, la zorra pensó incluso en la muerte: las nevadas empezarían temprano, y ella no tenía ninguna provisión para el invierno.
Caminaba la zorra al azar, con la cabeza gacha, cuando se dijo de pronto:
-Tengo que dar con alguien más tonto que yo. Y entonces saldré adelante.
En esto se encontró con un oso.
-¿Adónde vas, vecino? -le preguntó.
Contestó el oso:
-Pues mira, vecina: ando buscando a alguien que me explique lo que gritan las grullas al volar.
La zorra se quedó como pensando un poco antes de contestar: 
-Espera: debemos hacer como el chamán, y entonces nos enteraremos.
Se puso un cinto de corteza trenzada, colgó de él unas astillitas y unas piedrecitas y empezó a bailar, barriendo el suelo con la cola y pegando en una calavera de perro a guisa de pandero. El oso se quedó pasmado mirando a la zorra y luego, para ayudarla, se puso a pegar palmadas.
La zorra dio vueltas, más vueltas, y dijo por fin:
-Vecino: ya me he enterado de lo que gritan las grullas al volar.
-¿Qué es?
-Pues que el invierno será temprano, frío y largo. Que todos los animales deben ayudarse entre ellos. Porque dicen que, con un invierno así, ni en una buena guarida puede uno salvarse solo.
-¿Y qué hacemos ahora? -preguntó el oso asustado.
La zorra contestó, muy astuta:
-Pues vivir en la misma guarida. Así tendremos más calor. Y ahora, lo que más urge es juntar provisiones y llevarlas a la guarida.
El oso se puso a pensar preguntándose qué necesidad tenía él de llevar provisiones a la guarida si le bastaba con chuparse una pata para pasarse el invierno dormido. Así se lo dijo a la zorra. La zorra se puso furiosa.
-¿Quién quería saber lo que gritan las grullas? -chilló, pataleando. Tú, ¿verdad? Pues, ya que te has enterado, haz lo que te dicen. Si no quieres, me buscaré otro compañero, y allá te las arregles tú solo...
El oso terminó pidiéndole perdón a la muy ladina.
Convinieron que vivirían en la misma guarida y se fueron de caza para hacer provisiones. Pero se les daba mal la caza: a la zorra, porque no tenía fuerzas bastantes, y al oso, porque se acercaba la época de su sueño invernal y no pensaba en la caza, sino en su osera. ¿Quién caza en esas condiciones?
La zorra estaba furiosa, pero lo disimulaba. Mientras caminaban, sólo pensaba en cómo podría engañar al oso.
Tanto como habían caminado por la taigá, y no habían cazado nada...
Al De pronto el oso se puso a olfatear con el pelo erizado, las narices muy abiertas y los ojos desorbitados.
-Por aquí huele a una cosa extraña, vecina.
Anduvo de un lado para otro y enganchó algo con una garra. La zorra vio que era un cuchillo de cazador. Se conoce que alguien lo perdió cuando estaba por allí cazando. La zorra se puso a cantar y a bailar. El oso le preguntó por qué estaba tan contenta.
-Pues por eso, vecino -contestó la zorra. ¡Ahora sí que vamos a pasar un buen invierno! Este objeto que has encontrado está hechizado. Puede darnos tanta carne como no podrías tu cazar en toda la temporada.
El oso también estaba encantado de pensar que ya podía meterse en su osera para dormir todo el invierno en lugar de andar husmeando por la taigá.
-Vamos, vecina; vamos a casa en seguida -dijo.
-¡Vamos, vamos!
La zorra echó a correr por delante. Llegó a lo alto de una cuesta por donde bajaba un sendero. Clavó el cuchillo con la punta hacia arriba en mitad del sendero y volvió donde estaba el oso.
-¿Por qué andas tan despacio? Vamos a echar una carrera -le gritó.
Los dos echaron una carrera hasta donde empezaba la cuesta. Dijo la zorra:
-Oye: vamos a rodar cuesta abajo a ver quién llega antes. El oso aceptó y los dos se echaron a rodar.
-¡Rueda, rueda, carne de la buena! -iba cantando la zorra.
-¿Qué cantas? -le preguntó el oso.
-Canto que ahora habrá carne para un cuarto de invierno. Siguieron rodando. La zorra no paraba de cantar. El oso le preguntó qué más cantaba ahora.
Contestó la zorra:
-Pues canto, vecino, que ahora habrá carne para medio invierno.
En esto chocó el oso con el cuchillo que la zorra había clavado a mitad de la cuesta y que le abrió el vientre. La zorra cantaba ya a gritos:
-¡Ya no rueda, ya no rueda la carne buena! Medio moribundo, el oso le preguntó:
-¿Y ahora qué cantas?
-Pues canto, vecino, que ahora habrá carne para el invierno entero.
El oso se murió. La zorra se llevó su carne a la osera y allí se pasó el invierno.
Así fue como la zorra engañó al oso.
Bien dicen que nadie espere nada bueno del astuto y del ladino.

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La pequeña elgá

Sucedió esto hace mucho tiempo. Tanto tiempo, que ni el más viejo de los udés recuerda cuándo fue. Lo contaba mi abuelo, y a mi abuelo se lo dijo su padre. Conque fue hace muchísimo tiempo...
Al cazador Soldigá se le murió la mujer dejándole una hijita llamada Elgá.
Soldigá enterró a su mujer, la lloró y luego volvió a casarse. Así fueron viviendo los tres: Soldigá, su segunda mujer, Púninga, y su hija Elgá.
Soldigá quería mucho a su hija. Le hacía juguetes de madera para que fuera acostumbrándose a lo que son los quehaceres de una mujer: una cunita, chumashkás, un rodillo y un mazo para curtir las pieles...
Pero la pequeña Elgá le pidió a su padre:
-Hazme un trineo, un arco, flechas y una jabalina. Púninga rezongó al oírla:
-¿Para qué quieres juguetes de chico?
-Para ayudar a mi padre en la caza cuando sea mayor.
-¡Qué ocurrencia! -chilló Púninga. Eso no es cosa tuya.
Contempló Soldigá a su hija, vio que iba haciéndose una chica valiente y fabricó los juguetes que le había pedido: un pequeño trineo, un arco, una jabalina, un reno pequeño y una traílla de perros.
Al ver que su marido no le había hecho caso, Púninga le tomó ojeriza a Elgá. Empezó a maltratarla en cuanto el padre salía de caza. Elgá lo soportaba todo, sin contárselo a su padre para no afligirle.
Así iban viviendo.
Un día se tropezó Soldigá con un jabalí en la taigá. Soldigá le persiguió mucho rato hasta que le acorraló. Entonces el jabalí se metió entre los arbustos y allí se escondió.
Por allí rondaba un tigre, un amba, hambriento. Descubrió al jabalí y se puso a devorarlo. Sin saber que era un tigre el que armaba tanto ruido en la espesura, Soldigá lanzó su jabalina. Atravesó con ella al jabalí y al tigre lo hirió.
Enfurecido, el tigre se lanzó sobre Soldigá. Y aunque el cazador le explicó que no había querido matarlo a él, sino que apuntaba al jabalí, el tigre no quiso escucharle y lo devoró.
El amba conoció así el sabor de la sangre humana. Tomó la costumbre de bajar a la aldea. Otros cazadores, parientes de Soldigá, siguieron la senda del tigre y fueron a pedirle que no les hiciera daño, que se marchara a otros lugares. Pero el amba no los escuchó. Iba por las noches y robaba cerdos, renos, perros... Incluso niños pequeños llegó a robar. ¿Qué puede haber peor que eso?
Muerto su padre, Elgá lo pasaba muy mal. Púninga la odiaba y la mataba a trabajar. Iba Elgá por agua, lavaba los cereales para hervirlos, salaba el pescado, curaba la yukola para los perros, curtía las pieles, le hacía ropones a la madrastra, traía leña de la taigá para el hogar.
Mientras, Púninga se pasaba los días tumbada en la yacija. Comía, dormía, fumaba su pipa y a cada momento le gritaba a Elgá: «Chica, dame tal cosa. Chica, dame tal otra.»
Como Elgá sabía que se debe obedecer a los mayores, hacía todo lo que la madrastra le ordenaba. Sufría mucho, pero lo soportaba, diciéndose como consuelo:
-Cuando sea mayor dejaré a mi madrastra. Viviré sola. Me dedicaré a la caza.
Elgá no se separaba de su jabalina porque se la había hecho su padre. Y es que Elgá había querido mucho a su padre. Adondequiera que fuese, siempre llevaba la jabalina.
Un día la mandó su madrastra traer corteza de abedul para hacer nuevas chumashkás.
Elgá fue a la taigá, eligió un buen abedul, hizo dos cortes y empezó a arrancar la corteza. En esto oyó que alguien le preguntaba con un vozarrón terrible:
-¡Eh! ¿Qué haces tú aquí, chica? ¿Quién eres?
Se volvió Elgá y vio a un tigre. El amba estaba rabioso porque hacía tiempo que se le daba mal la caza. Del hambre, tenía los flancos hundidos. Pero Elgá contestó sin asustarse:
-Soy la hija de Soldigá. Y tú, ¿qué quieres? Dijo el tigre:
-Yo devoré a Soldigá y ahora haré lo mismo contigo.
-¡Largo de aquí, ladrón! -le gritó Elgá.
El tigre saltó sobre Elgá, pero ella se escondió detrás del abedul. El abedul se inclinó para protegerla. Con todo el ímpetu que llevaba, el tigre pegó de cabeza contra el abedul y se descalabró.
Elgá le amenazó con su jabalina:
-¡Largo de aquí, ladrón, si no quieres pasarlo mal!
El amba lanzó un rugido tan terrible que se desprendieron las hojas de los árboles. Pegó otro salto. Pero entonces se juntaron dos abedules y le pillaron entre los dos. Le tenían tan bien atenazado, que no pudo hacer nada por librarse de ellos. Elgá le lanzó la jabalina, que le entró por un ojo y le salió por el otro. Elgá había dejado ciego al amba, y así murió.
Elgá cortó la cola rayada del tigre y se encaminó al campamento.
Se encontró con que la gente estaba guardando sus enseres en fardos y desmontando las yurtas para marcharse de allí por miedo al tigre.
-¿Adónde vais? -preguntó Elgá. El tigre no vendrá ya nunca.
-¡Qué sabes tú, criatura! -replicó el más anciano de los udés. El tigre vuelve siempre donde ha hecho presa una vez. Si nos quedamos, no nos salvaremos.
Elgá mostró entonces a los ancianos la cola rayada del amba.
-Os digo que nunca volverá. Mirad: yo le he cortado la cola.
Los udés gritaron muy asustados:
-¿Qué has hecho, muchacha? Al amba no se le puede matar. Su espíritu vendrá ahora a rondar de noche por el campamento y nos matará a todos. La taigá invadirá nuestro campamento y la hierba borrará todos los senderos. El pantano cubrirá este lugar...
-Conozco las leyes de los cazadores -dijo Elgá. Yo le pedí dos veces al amba que se marchara, pero no me hizo caso.
-¡Ah! Entonces, es otra cosa -dijeron los ancianos. La culpa la tiene él.
Los udés no se movieron de allí y elogiaron mucho a Elgá.
A Púninga le sentó muy mal que elogiaran a Elgá y la trataba aún peor. Hiciera lo que hiciera la niña, nada era del agrado de Púninga. Elgá lavaba los cereales, los ponía a hervir y al instante llegaba la madrastra, tiraba los cereales al suelo y la obligaba a lavarlos otra vez. Si Elgá bordaba un ropón, a la madrastra no le gustaba.
-¿Qué haces, manirrota? -gritaba. ¿Dónde se ha visto bordar así? Deshazlo todo y vuelve a hacerlo. Y que sea más bonito, con colores brillantes y un dibujo mejor.
Púninga siguió pegando voces. Elgá salió de la yurta y fue a sentarse junto al río, donde crecían los helechos, toda llorosa. Los helechos se agitaron, rumoreando.
-¿Por qué lloras, pequeña? -le preguntó un helecho a Elgá. La niña le contó la vida tan triste que llevaba. El helecho la acarició con sus blandas hojas y le dijo:
-No llores, pequeña. Esa pena tuya tiene fácil arreglo. Nosotros te ayudaremos.
El helecho llamó a todas las flores y las hierbas en ayuda de Elgá. Acudieron hierbas y flores de todas clases, se posaron sobre el ropón enroscándose, estirándose, hasta formar un dibujo tan bonito que nunca había visto Elgá nada igual.
El helecho recogió entonces todas las lágrimas vertidas por Elgá, salpicó con ellas el ropón y allí quedó el dibujo para siempre.
Elgá llevó el ropón al campamento.
Había allí muchas buenas bordadoras. Pero, cuando vieron los dibujos bordados por Elgá, se quedaron con la boca abierta de envidia y de sorpresa. ¡Nunca había habido un ropón igual!
Pero Púninga se enfadó todavía más con Elgá.
-Lo que yo quiero es un ropón bordado con pelo de reno.
Eso, en pleno verano, cuando los renos han mudado el pelo y aún lo tienen corto. ¿Dónde iba a encontrar pelos largos para el bordado?
Elgá anduvo por el campamento, preguntando a las vecinas, pero nadie pudo hacer nada por ella.
Hecha un mar de lágrimas, Elgá se puso a acariciar sus juguetes y lloró más fuerte aún al acordarse con cariño de su padre.
De pronto le dijo a Elgá el reno de juguete:
Cuentos del río Amur
-No llores, amita. Yo te ayudaré.
Se sacudió el reno, pegó en el suelo con sus pezuñitas y empezó a crecer y crecer hasta hacerse muy grande. Estaba cubierto de la piel larga y tupida que tienen los renos en invierno. Se desprendió de su piel y recobró su tamaño de juguete.
Elgá hizo otro ropón. Tenía todos los dedos llenos de pinchazos. Pero tampoco le pareció bien a la madrastra.
-¡Eso no lo haces tú! -gritó. Alguien te ayuda. Pero no te servirá de nada. Nunca bordarás como yo. Voy a bordarme yo un ropón, y entonces verás lo que es bordar. Ve al campamento que hay junto al río Aniuí. Allí vive mi abuela. Dile que te dé mi aguja. Y mañana por la mañana debes estar de vuelta. ¡No lo olvides!
Pero el campamento del río Aniuí distaba varias jornadas de marcha.
¿Qué podía hacer Elgá? Muy triste, se puso a acariciar sus juguetes recordando a su padre con cariño. De pronto oyó una voz.
-No te apures, amita -decía. ¿Para qué estamos nosotros aquí?
Miró Elgá y vio toda la traílla de perritos delante de ella. ¡Doce perritos a cuál más lindo! Agitaban los rabos peludos, movían las patas de impaciencia. Tenían el pelo blanco, los ojos amarillos y el hocico negro.
-¿De dónde salís? -preguntó Elgá sorprendida.
-¿No nos reconoces? -le contestaron. Nos hizo Soldigá.
Se fijó Elgá y, en vez de los perros de juguete, vio a unos perros vivos, de verdad. Habían cobrado vida al oír que su amita lloraba.
Elgá enganchó los perros a un trineo, se montó en él, y los perros partieron como un rayo. Iban en línea recta, aunque se encontraran con un bosque o con un río. La niña cerró los ojos. Pero los perros habían subido ya hasta las nubes. Elgá abrió los ojos. Había mucha luz. Las nubes se extendían en torno como un manto de nieve. Elgá empuñó el ostol para guiar el trineo.
-iTaj! ¡Taj! -gritaba. ¡Pot-pot-pot!
De tanto como corrían, los perros levantaban trozos de nubes con las patas. Antes de que Elgá pudiera sentir cansancio o frío, la habían conducido al campamento del río Aniuí.
Elgá se apeó del trineo para buscar a la abuela de Púninga. Encontró a la viejecita enferma, sin lavar ni peinar. Le dio pena de aquella anciana. Conque la aseó, la peinó, buscó una pequeña raíz de ginseng y se la dio para que la masticara. La abuela se la comió y se puso buena. Luego le dijo a Elgá:
-¡Gracias, niña! Eres buena. Te has portado bien conmigo y voy a pagarte en la misma moneda. Lo que mi nieta quiere no es su aguja, sino tu muerte. Voy a darte la aguja, pero no olvides que cuando se la entregues a ella, debes presentársela por la punta.
El sol empezaba a salir del mar cuando Elgá había vuelto ya a casa gracias a sus perros.
La madrastra estaba más furiosa que nunca.
-¿Qué? ¿Dónde está mi aguja?
-Aquí está -dijo Elgá. Aquí la traigo.
Cuando iba a entregársela recordó la recomendación de la anciana, y se la presentó por la punta.
Pero aquella era una aguja muy especial. En cuanto Púninga la cogió, se puso a coserle todos los dedos los unos a los otros. Por mucho que hizo Púninga, no pudo ya separarlos.
-Me has jugado una mala pasada, chica -le dijo a Elgá.
Había comprendido quién ayudaba a Elgá. Esperó a que la niña se durmiese, hizo lumbre en el hogar y arrojó al fuego todos los juguetes que le había hecho a Elgá su padre. Arrojó al fuego el reno, arrojó los perros... Empezaron a arder. Sólo que un perrito pudo escapar, corrió donde estaba Elgá y la despertó pegándole con el hocico.
-iElgá, Elgá! Tu madrastra nos quiere matar a todos. Tenemos que escapar.
-¿Adónde?
-Adonde no esté tu madrastra -contestó el perro.
Elgá salió a toda prisa de la yurta y el perro la siguió.
Los descubrió Púninga y se lanzó tras ellos.
En esto asomó la luna, y su reflejo se extendió como un camino sobre el río. Elgá y el perro corrieron por aquel camino. Púninga siguió tras ellos. Pero el camino no aguantó su peso y se quebró. La madrastra se cayó. Empuñó entonces la pequeña jabalina de Elgá y la arrojó contra la niña. La jabalina voló hasta la hija de Soldigá y le dijo:
-¡Adiós, amita! Ahora nos separamos también nosotros.
La jabalina dio media vuelta, llegó hasta donde estaba la Madrastra, le entró por un ojo, le salió por el otro y se convirtió en polvo. Los ojos se le pusieron a Púninga como platos. Empezó a manotear, y los brazos se le convirtieron en alas. Luego le crecieron unas uñas muy largas a la madrastra en los pies. Se había convertido en una lechuza de ojos redondos. Quería volver a su casa, pero las alas la llevaron a la taigá. Se posó la madrastra en un árbol y empezó a gritar:
-iPu-nin-gá! ¡Pu-nin-gá!
Hasta hoy día grita así la lechuza.
Mientras, Elgá y el perrito siguieron corriendo por el camino del agua y llegaron a la luna. La niña hubiera querido volver a su casa, pero empezó a clarear y desapareció el camino. Así se quedaron la niña y el perrito en la luna.
Al amanecer baja Elgá a la tierra. Entra en todas las viviendas buscando la jabalina de Soldigá; lo mira todo, ilumina las armas por si encuentra la jabalina de Soldigá. Y si ve que algún niño duerme con los ojos llorosos, Elgá le enjuga las lágrimas y le regala algún bonito sueño para que no recuerde lo que le ha hecho llorar. Por eso los niños olvidan pronto los agravios.
Pero, cuando oye a la lechuza gritar: «iPu-nin-gá! «Pu-nin-gá!» en la taigá, Elgá se marcha corriendo.
Se la puede ver si de pronto abre uno los ojos de noche cuando los roza la luz de la luna.

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La novia del reino de nikán

Si tú eres malo, no esperes bondades de los demás...
Vivía en el Amur un nivjo llamado Solodó Joingá. Era hombre muy rico. Tenía veinte traíllas de perros. Diez angazás pescaban en el río para él. Diez esclavos manchúes cuidaban de su hacienda, tejían cuerdas de mimbre y redes de ortigas. Diez jóvenes esclavas traídas de Nikán bordaban tapices para Solodó, cosían, guisaban, recogían bayas. En diez cobertizos guardaba sus riquezas.
Solodó era muy avaricioso. Tenía muchos bienes, pero siempre quería más. La avidez es como un río: cuanto más avanza, más crece. Solodó iba siempre mirando a su alrededor por si encontraba alguna otra cosa que apropiarse. Sus riquezas, andaba siempre cambiándolas de sitio, palpándolas, contemplán-dolas encantado.
Solodó tenía un hijo llamado Aliumká. No se puede decir que el muchacho fuera guapo: toda su hermosura estaba en las riquezas del padre. No se puede decir que fuera inteligente: toda su inteligencia estaba en los bienes del padre. Pero Solodó decía:
-No importa que a Aliumká le falte algo. Teniendo los cobertizos llenos, siempre vivirá a su gusto.
Llegó el tiempo de casar a Aliumká.
Con pelo de perro y ortigas, la madre trenzó un anillo para ponérselo a la novia. Y empezaron a buscar novia para Aliumká. Prepararon un buen rescate. Y Aliumká estaba tan engreído con eso, que todas las novias le parecían mal. Le presentaron una.
-Tiene los ojos feos -dijo Aliumká.
-¿Por qué ofendes a la muchacha? -protestaba la gente. ¡Tú si que tienes los ojos torcidos! Por eso no ves bien a la novia. Solodó agitaba desdeñosamente la mano.
-Mi hijo es rico -decía. Conque no necesita ser guapo. Y si tiene los ojos torcidos, mejor. Así vigila con uno la casa y con el otro el río para ver si los angazás trabajan bien...
A otra muchacha la rechazó Aliumká diciendo que tenía los brazos cortos. La gente le decía:
-¿Por qué ofendes a la muchacha? Mírate tú: ¡tú sí que tienes un brazo más corto que el otro!
De nuevo salía Solodó en defensa de su hijo:
-Si Aliumká no tiene los brazos iguales, no importa: con el corto recoge el dinero que está más cerca y con el largo el dinero que está más lejos. A Aliumká no se le escapará ningún dinero. La tercera muchacha tampoco le gustó a Aliumká.
-¡Es coja! -dijo.
-¿Por qué ofendes a la muchacha? Tú sí que tienes las piernas torcidas: un perro podría pasar entre ellas. Solodó acariciaba al hijo:
-¿Y qué falta le hacen a Aliumká las piernas derechas? El no necesita ir a la taigá porque vosotros le traéis la caza. El no necesita ir al río porque tiene quien pesque para él. Mi hijo tiene piernas de amo: así está más cómodo cuando se sienta a hablar con los mercaderes de Nikán...
Seguían buscando novia para Aliumká. Les presentaron otra muchacha. Aliumká resopló desdeñosamente:
-¡Es tonta! -dijo.
La gente miró a Solodó y a Aliumká. Nadie dijo nada por no ofender al padre.
Le presentaron una muchacha más a Aliumká.
Al verla, se quedó con la boca abierta.
La muchacha tenía el cutis blanco como la corteza del abedul joven. La trenza le llegaba hasta las rodillas. El cabello era negro como la noche, suave y brillante. De rostro era lindísima. Andaba con la cabeza un poco inclinada hacia un lado, sonriente, y los dientes parecían copos de nieve sobre una piel de marta.
Cuando al fin volvió de su asombro dijo Aliumká:
-Habría que pensarlo. Quizá me decida por ésta. Pero esta vez frunció el ceño Solodó.
-Valiente novia! -dijo. Lo que dan de dote es una miseria. En mi casa sólo puede entrar una novia rica.
No se pudo encontrar novia para Aliumká entre los nivjos.
Había oído decir que también en el cielo vive gente, gente divertida, que vierte agua sobre la tierra, que lanza nieve sobre la tierra. Las mujeres de los cielos eran hermosas y traviesas. A veces dejaban caer hasta la tierra cordeles con anzuelos de oro para pescar a simples mortales.
Pensaba Aliumká: «Yo no quiero una novia como todas. Tomaré por esposa a una mujer de los cielos.» Desde entonces, andaba por la aldea mirando hacia arriba. Y, como no veía dónde posaba los pies, estaba lleno de cardenales de tanto caerse.
Una vez salió el arco iris sobre la aldea.
Aliumká se llevó un alegrón.
-¡Ya está! -se dijo. Se conoce que han echado un anzuelo. Ahora me subo a un árbol, agarró la cuerda, tiro y me traigo a una mujer de los cielos.
Trepó en seguida a un pino centenario (con las piernas torcidas no le costó nada subir). Cuando estuvo arriba del todo, se montó a horcajadas en la última rama buscando el anzuelo de oro. Pero, como los ojos le miraban hacia lados diferentes, veía las ramas por los dos extremos. Le pareció que la rama en la que estaba montado era el anzuelo, tiró de ella con todas sus fuerzas, y la rama se rompió...
Aliumká se pegó tal golpe al caer, que se le escaparon las pocas entendederas que le quedaban y vio todas las estrellas.
«¡Qué lástima! -pensó. Habré agarrado mal el anzuelo.»
Viendo el padre que Aliumká no tendría ya remedio si le ocurría otra cosa parecida, pensó que lo mejor sería llevar a su hijo a buscar novia al reino de Nikán. Había oído contar que allí daban muy buena dote a las novias.
¡Siempre se piensa que lo de otros lugares es mejor!
Conque Solodó hizo sus preparativos para ir a San-Sin. Juntó cien pieles de marta cebellina, cien de nutria, cien de ardilla, cien de turón, cien de zorros plateados, diez de foca y diez de oso. Nadie había dado nunca rescate igual por una muchacha del linaje de los Joingá. Los nivjos se limitaban a sacudir la cabeza.
Pero Solodó seguía con lo mismo:
-Llevando un rescate así, le conseguiremos a Aliumká una hija de rey por esposa.
Aliumká estaba encantado, claro. Ningún nivjo se había casado con la hija de un rey.
Los Joingá partieron en busca de la novia.
Remontaron el Amur hasta el lugar donde sus aguas azules se encuentran con las aguas amarillas del Súngari. Y por el Súngari llegaron hasta el reino de Nikán.
Viajaron mucho tiempo. Vieron a muchas gentes. Los nikanos salían a la orilla, miraban a Solodó y su hijo y los señalaban con el dedo como si se tratara de bichos raros. Aliumká no hacía más que preguntarle a su padre si llegarían pronto y el padre estaba ya harto de oírle cuando llegaron a su punto de destino.
Fueron recibidos como personajes de importancia. El ambán en persona fue a su encuentro, acompañado de un tolmach que puso a sus órdenes.
-¿Has visto cómo nos reciben? -preguntó Solodó a su hijo. En habiendo dinero, siempre habrá parientes.
Padre e hijo pasaron allí unos cuantos días. Aliumká andaba por las calles mirándolo todo. Las casas eran muy altas. Sus tejados llegaban casi hasta el cielo.. Y en los tejados había dragones de piedra con las fauces abiertas por donde asomaban sus lenguas rojas. Las calles estaban llenas de gente que armaba tanto ruido como si aquello fuera un campamento de morsas: compraban, vendían, cambiaban...
El ambón agasajaba a Solodó con gusanos de mar, lenguas de ruiseñor, nidos de golondrina, carne que se deshacía en la boca y tortitas que sólo en el cielo podían cocer, seguramente. Y Solodó engullía, atragantándose de pura gula: de lo que no cuesta, una cesta.
-Os presentaremos a las novias mejores que tenemos -le dijo el ambán.
-¡Eso, eso! -contestó Solodó. Tienen que ser las mejores. Con un rescate como el que traemos, queremos una hija de rey. ¡Por eso hemos venido!
Les condujo el ambán a que vieran las novias. Era una casa muy grande. En la casa había un vasto salón. En el salón había cien ventanas. Las ventanas tenían un centenar de cristales de colores. En aquel salón aguardaban las novias, en fila. Eran tantas que Solodó no sabía a cuál mirar. Sin hablar ya de Aliumká, a quien le pareció que había el doble, puesto que a cada una la veía por separado con cada uno de sus ojos. Detrás de cada novia había un esclavo y, junto a cada esclavo, un montón de objetos que eran la dote.
Solodó observaba a los esclavos, calculando cuál sería más robusto. Pero Aliumká miraba a las novias sin poder acertar cuál sería la mejor, porque todas tenían el rostro tapado.
Le dijo al ambán:
-Quisiera ver la cara a alguna, por lo menos.
-Imposible -contestó el ambán. El que mira a las hijas de rey puede quedarse ciego.
-¡Cualquiera es buena! -le decía Solodó a su hijo temblando de codicia. ¿No ves la dote que tienen?
Llegaban ya los nivjos al final de la hilera cuando vieron que detrás de una de las novias había dos esclavos. Solodó casi pegó un salto de alegría.
-iElige ésta! -murmuró al oído de su hijo. Debe de ser la hija de rey más verdadera.
Los Joingá entregaron su rescate y a ellos les entregaron la novia. El ambón hizo cargar una barcaza de dos mástiles con la dote de la novia: sedas, té, arroz, harina para un año entero... Luego llegaron unos esclavos llevando en andas a la novia.
-Nuestra señora -dijeron- no camina sola. Tiene los pies tan pequeños que no la sostienen sobre la tierra.
Solodó no podía apartar los ojos del atuendo de la novia. Llevaba una bata con dragones bordados en oro y, sobre la cabeza, un tocado con cascabeles, pájaros y flores... Tantas cosas, en fin, que costaba trabajo adivinar dónde estaba la cabeza. Adornaban sus brazos pulseras de plata y manejaba un abanico de varillas de bambú y papel de arroz pintado de oro. Al abrirlo, quedaba totalmente oculta detrás. Aliumká hubiera querido ver el rostro de su prometida, pero ella no consentía levantar el velo.
-Espera hasta que lleguemos a casa -le decía el padre.
Habían descendido ya todo el Súngari y se acercaban al Amur, cuando fueron atacados por unos bandoleros junjuzos. Llevaban la barba teñida de rojo. Iban armados con lanzas de la altura de dos hombres y sables de un palmo de anchura. Con su sampán negro de cuarenta remos dieron alcance a la barcaza y cayeron sobre ella como cuervos sobre la carroña.
Se llevaron todo lo que había en la barcaza. Solodó consiguió a duras penas que les perdonaran la vida. Pero todavía quedaba la novia de Aliumká, con su fastuoso atuendo, sin atreverse casi a respirar. Los junjuzos se acercaron, la rodearon, alzaron un pico del velo que le cubría el rostro y al instante retrocedieron, abandonando la barcaza a toda velocidad. Volvieron a su sampán negro con vela amarilla y desaparecieron.
-Se conoce que los ha deslumbrado la belleza de la hija de rey -dijo Solodó a Aliumká.
Navegar río abajo nunca fue un gran trabajo. Conque río abajo navegaron Solodó y su hijo, encantados de que, por lo menos, los junjuzos no se hubieran atrevido a llevarse a la novia.
Por fin llegaron a su campamento.
Aunque no traían la dote, hicieron entrar a la bella nikana en la casa de Aliumká. Toda la gente del poblado acudió a verla. Aliumká levantó el velo que cubría su rostro y, nada más verla, todos los nivjos salieron corriendo. El último que abandonó la casa fue Solodó a cuatro patas.
Muy sorprendido de que los nivjos hubieran huido de esa manera, Aliumká se puso también a mirar a su mujer. Tres días se pasó mirándola, pero no la veía bien.
Por fin se le ocurrió taparse un ojo con la mano y entonces descubrió que podía ser su abuela.
Salió Aliumká de casa. Se sentó a la puerta a fumar. Entonces se dio cuenta de que todos sus paisanos estaban riéndose de la novia que había traído de Nikán.
-¿Adónde vas, esposo mío? -gritaba ella.
-Voy a dar una vuelta -contestó Aliumká. Tu belleza me ha hecho daño a la vista.
Aliumká se montó en una barca y se marchó.
Nadie sabe adónde iría a parar. Solodó mandó en su busca en todas direcciones a criados montados en veinte trineos tirados por perros. Pero no le encontraron.

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La liebre y la urraca

Erase una liebre como todas las liebres, pero muy aficionada, quién sabe por qué, a presumir de lo que no era: de forzuda, de valiente, de buena cazadora...
Un día se encontró en un campo una cabra montés muerta. Acababa de detenerse la liebre junto a la cabra, cuando llegó volando una urraca.
Al ver la presa que había hecho la liebre, se posó en una rama, la saludó y dijo:
-Oye, vecina, ¿dónde has encontrado esa res?
-La he matado yo -contestó la liebre.
La urraca se quedó pasmada: la liebre había matado a una cabra montés.
La liebre seguía presumiendo:
-Soy tan buena cazadora que, si me pusiera a cazar en serio, habría acabado ya con todos los animales. ¡Yo puedo cazar todos los animales que quiera! Cuando me haya comido la cabra, ¡iré a cazar un oso!
La urraca le pidió humildemente a la liebre:
-Oye, vecina, enséñame a cazar a mí. Porque yo siempre ando medio hambrienta.
-¡Pues claro que te enseñaré! -contestó la liebre. Cazar así es de lo más sencillo. No hay más que abrir mucho la boca y gritar. De lo más sencillo, ya te digo. ¿O es que no sabes gritar?
-¡Ya lo creo que sí! Yo grito muy bien -contestó la urraca, pensando para sus adentros: «¿Qué falta me hace ir en busca de un oso si tengo una liebre delante de mis narices?»
La urraca se remontó por los aires, abrió el pico todo lo que pudo y pegó un grito tremendo. Tan tremendo que unos pajarillos que había por allí cerca se cayeron de las ramas donde estaban posados.
En cuanto a la liebre, no volvió a verla la urraca, porque escapó con un susto de muerte. Nadie sabe adónde escapó.
La urraca se quedó pensando: «¿Cómo se habrá escapado la liebre en lugar de caer muerta? Será que no he gritado bastante. Otra vez que vea una presa, gritaré más fuerte.»
Desde entonces, la urraca vuela por el bosque y, nada más ver a un animal, empieza a gritar y parlotear con todas sus fuerzas.
Ella no ha matado a un solo animal con sus gritos, pero los cazadores saben que grita cuando ve alguna presa. De manera que, en cuanto la oyen, ¡allá van! La urraca grita, abre el pico, agita las alas y mueve la cola pensando: «¡Ahora lo mato! ¡Ahora, sí que lo mato!» Llegan los cazadores, le pegan un tiro al animal y se lo llevan.
También ocurre que la urraca ve a un cazador al acecho. «¡Qué grande es! -piensa admirada. ¡Ahora sí que lo mato!» Se pone a gritar y espanta a todos los animales, que ya no son para ella ni para el cazador.

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La jactancia

Quien hace caso de un jactancioso, siempre se busca complicaciones.
Erase una liebre que vivía en la taigá. Aparentemente, era igual que todas las liebres: dos orejas largas, dos patas cortas para sostener la comida y dos patas largas para huir de los enemigos. Pero era una liebre jactanciosa. Tanto, que nunca se había visto otra igual entre el pueblo leporino.
Conque una vez se comió una raicita de saraná y fue contándoles a las demás liebres:
-Iba yo corriendo por el bosque, en busca de algo de comer, cuando de pronto tropecé con algo. Por poco me rompo la cabeza. Mirad, ¿veis?, me he partido un labio.
--Cierto, tienes el labio partido -rieron las demás liebres. Pero todas las liebres lo tenemos así.
Y nuestra liebre:
-Todas las liebres lo tienen así, pero el mío es de otra manera. Si os queréis enterar, no me interrumpáis... Pegué contra algo y me encontré con que era una saraná como nadie ha visto nunca. El tallo de la saraná era tan alto como un alerce. La flor, tremenda de grande. Y la raíz, del tamaño de un oso. Me puse a escarbar la tierra y, como tengo los dientes afilados y las patas fuertes, escarbé una montaña de tierra a cada lado. Y saqué la raíz. Una raíz, que me he pasado diez días seguidos comiendo de ella, y ni la mitad me he comido. ¿No veis cómo he engordado?
Las liebres la miraron.
-Estás como todas -dijeron-. No has engordado más que nosotras.
-Eso es que estoy cansada de tanto como he corrido para llevaros a ver esa raíz. Como tengo tan buen corazón... Ya que me he dado yo un hartazgo para toda la vida, he pensado que podíais terminar vosotras esa raíz tan rica como no habéis probado otra.
¿Qué liebre le va a hacer ascos a una rica raíz? Aquéllas, con la boca hecha agua, preguntaron:
-¿Y cómo se llega a ese sitio?
-Yo os llevaré encantada.
Echaron a correr las liebres detrás de la jactanciosa hasta que se detuvo en un sitio y dijo:
-Aquí encontré la saraná del tamaño de un alerce. Y aquí escarbé con las patas dos montañas de tierra.
-¿Dónde están esas montañas? -preguntaron las otras.
-Se las ha llevado el río.
-¿Dónde está ese río?
-Se ha ido al mar.
-¿Dónde está esa saraná?
-Se ha marchitado. Como yo me comi la raiz...
-¿Y el tallo de la saraná?
-Se lo comió un tejón.
-¿Dónde está el tejón?
-Se marchó a la taigá.
-¿Dónde está la taigá?
-La quemó un incendio.
-Y la ceniza, ¿dónde está?
-Se la llevó el viento.
-Y los tocones, dónde están?
-Los ha tapado la hierba.
Allí estaban las liebres, aleladas, sin llegar a entender si era cierto lo que les contaba la otra.
Y ella seguía con la suya:
-¡Pero si es muy fácil encontrar una saraná así! ¡Lo más fácil del mundo! No hay más que ir corriendo y mirando hacia los lados. Si a un lado no la ves, seguro que la ves al otro...
¡Había que ver la carrera que emprendieron las liebres! Tanto se afanaban por mirar hacia los lados, que se veían el rabo pero no veían lo que tenían delante. ¡Y venga a mirar a los lados para que no les pasara desapercibida la rica saraná del tamaño de un alerce!... Así estuvieron corriendo hasta que se desplomaron sin fuerzas. Y entonces, del hambre, la simple hierba les pareció más rica que la saraná.
Pero, desde entonces, los ojos de las liebres no han vuelto a su sitio...

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