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jueves, 18 de diciembre de 2014

El espectro del novio

No hallaré el descanso en mi posada Falstaff
Durante un viaje que hice cierta vez por los Países Bajos, llegué una noche a la Pomme d'Or, el mejor hostal de una pequeña villa flamenca. Lo hice pasada la hora convenida para la table d'hóte, por lo que me vi obligado a cenar a solas los restos del menú que me sirvieron. Hacía un frío espantoso. Tomé asiento al fondo de un amplio comedor a la sazón vacío; acaso angustiado por aquella soledad, por aquel silencio que me hacía tener la sensación de que había llegado a un lugar solitario, pedí al posadero algo que leer, y el buen hombre, prestamente, me ofreció cuanto componía la biblioteca de su casa y pensión: una Biblia familiar holandesa y un almanaque escrito en la misma lengua, pero también unos cuantos periódicos parisinos atrasados... Me entretenía en la lectura de alguno de aquellos periódicos atrasados cuando llegaron hasta mis oídos unas risas que parecían originarse en la cocina del hostal. Cualquiera que haya viajado por el continente sabe lo muy importante que resulta para el viajero llegar a un lugar en el que las cocinas sean alegres; sobre todo, en circunstancias como la mía, con un tiempo de perros, cuando más necesario se hace el calor en todos los sentidos... Dejé a un lado, pues, el periódico que leía, y me levanté con ánimo de hacer una incursión, más o menos profunda, allá por donde estaba la cocina del hostal, pues la verdad es que me hacía franca ilusión encontrarme con gente que riera con tantas ganas. Vi allí, reunidos al amor del fuego de los fogones, a varios viajeros que habían arribado al hostal antes que yo, a hora prudencial, pues, en una diligencia; estaban en animada charla con las personas que se encargaban de cocinar para la clientela del Pomme d'Or. Estaban, como he dicho, sentados alrededor de uno de los fogones, que parecía un altar ante el que se hubiera congregado una comunidad, aun pequeña, de fieles; había sobre el fogón, en la pared, cacharros de cocina y una vajilla completa y reluciente, en la que destacaba un juego de té presto para el servicio. Una lámpara de aceite, grande y de cristal reluciente, daba luz a los que allí charlaban y reían, arrojando sus sombras descomunales contra las paredes de la amplia cocina. Bajo aquella amarillenta luz de la lámpara sólo aparecía bien iluminada la escena que mostraba a esas personas, permaneciendo el resto de la cocina en una penumbra atrayente, que sugería placidez e intimidad. Una hermosa flamenca, con largos pendientes dorados en sus orejas y con un pequeño corazón, igualmente dorado, pendiente de su cuello por una cadenita, parecía la sacerdotisa que oficiaba el rito de la reunión ante aquel fogón como un altar, en la cocina del hostal.
Varios de los allí presentes fumaban plácida y relajadamente sus pipas, con ese especial regusto con que se saborea un buen tabaco aromático después de una excelente cena, cuando ya comienza a desearse el caliente lecho para descansar. Ya he dicho que se contaban anécdotas, y justo entré cuando uno de aquellos hombres concluía la suya y empezaba un francés a referir otra... Era el francés un hombre de cara larga y magra pero jovial, con enormes patillas, y comenzó a contar historias galantes de las que, cómo no, había sido protagonista, entre el regocijo de las muchachas flamencas de la cocina y las risas admiradas de los demás hombres allí reunidos... Lo propio, en fin, de esos templos de la liberalidad y de la honesta diversión que son las cocinas de los hostales cuando llega la noche.
Desde luego, no vi mejor ocasión de sacudirme el tedio, y como en realidad aún no me apetecía irme a dormir, a despecho del cansancio, tomé asiento junto a los allí congregados, procurando no hacer ruido. Escuché así varias historias más que referían los viajeros, algunas de una increíble extravagancia y otras más vero-símiles, como ocurre en estos casos. Todas ellas, sin embargo, se me han borrado ya de la memoria, a excepción de la que narró un hombre, que pido permiso para relatar... Lamento no poder hacerlo con la vivacidad y convicción, empero, con que hizo su relato aquel hombre, ni con su aire tan peculiar, ni con sus gestos tan apropiados... Era un viejo suizo corpulento, que tenía la pinta del que ha viajado mucho. Vestía decorosamente, muy pulcro y hasta elegante con su chaqueta verde de buen paño, con sus calzones de cuero con peto igualmente de cuero protegiéndole el pecho, y con sus medias de lana. Era muy corpulento, como ya he dicho, a pesar de su edad proyecta, y gesticulante, con la mandíbula poderosa, de nariz aquilina, de ojos grandes y chispeantes, rubios aún sus cabellos, a pesar de las canas que lucía, que le caían crecidos sobre el cuello de un abrigo largo de terciopelo e igualmente verde, esos abrigos que en realidad son una capa, prenda tan típica entre los via-jeros que recorren en invierno el continente. A veces lo interrumpían en su relato, bien las preguntas de quienes escuchaban, sobre todo las preguntas de las muchachas, o bien la llegaba de algún huésped aún más tardón que yo mismo, y él a todos atendía, cordial, deferente, para seguir después a lo suyo con el mismo entusiasmo de antes... Y alguna vez se interrumpía él mismo, con el pretexto de dar lumbre a su pipa, sin duda para incrementar las ansias de quienes lo escuchábamos... Ni que decir tiene que las muchachas, y en especial la flamenca rubicunda de los pendientes dorados, le miraban con embeleso, como enamoradas.
Me gustaría que mis lectores se lo imaginaran con su pipa genuina de écume de mer. con su mentón poderoso, sentado en un sillón con todo su aire mundano mientras refería aventuras, como sin importancia, que a todos sorprendían, con la cabeza siempre alta, más que la de un gallo, y entornando a veces los ojos para reafirmar un aspecto particularmente memorable de su relato, o mirando de reojo con ellos cuando el misterio tenía que ser aprensivo; así, acaso, la última historia que contó, y que a continuación paso a referirles, les toque en el alma tan profundamente como a mí me llegara.

En la cumbre de una de las alturas de Odenwald, país salvaje y romántico de la Alta Germania, situado cerca de donde confluyen el Mosa y el Rin, se alzaba hace muchos años el castillo del barón Von Landshort. Ahora, por el tiempo en que transcurre mi historia, se hallaba en ruinas y casi sepultado por un bosque de hayas y de negros abetos; no obstante, la vieja torre que servía de punto de observación y vigilancia más importante del castillo aún se elevaba por encima de los árboles, de igual manera que el barón del que hablo se esforzaba en mantener su dominio sobre los campesinos de la comarca.
El barón era un descendiente venido a menos de la gran familia de los Katzenellenbogen y heredero de sus bienes y del orgullo que fue divisa de la estirpe. Aunque el afán guerrero de sus antepasados había hecho que disminuyera el número de sus propiedades, pretendía el barón, sin embargo, seguir dando muestras de una opulencia infinita. Eran tiempos de paz y todos los nobles de Alemania habían abandonado sus góticos torreones defensivos, colgados de las montañas como nidos de águilas, para afincarse en los valles, lugares de común más placenteros y que propician una existencia, por ello, más cómoda.
Tenía el barón una hija, su única descendiente; pero la naturaleza compensó no haberle dado más que esa hija, haciendo de ella, en cambio, un prodigio, un dechado de virtudes. Tanto sus primas como todas las nodrizas y comadres de la comarca aseguraban al padre que no había en toda Germania quien pudiera rivalizar con ella en belleza. ¿Quién mejor que ellas para aseverarlo? Había recibido la educación más esmerada, siempre bajo la vigilancia de dos de sus tías, unas viejas solteronas que, habiendo pasado varios años de su juventud en uno de los pequeños principados de Alemania, estaban, por ello, versadas más que cumplidamente en todas las ramas del saber, en todos los conocimientos precisos para instruir conveniente-mente a una joven de abolengo y belleza tan notables como los de su sobrina. Por la virtud de los consejos recibidos de sus tías, así, la hija del barón accedió a un grado sumo de perfección espiritual. Aún no había dejado atrás sus maravillosos dieciocho años, y ya hacía encantadores bordados y representaba escenas santas prodigiosas en los telares, tan expresivas que se podía jurar al verlas que las ánimas del purgatorio habían vuelto a la vida. Era capaz de leer, además, y sin mayores esfuerzos, lo mismo libros religiosos que otros con las historias de caballeros andantes del Heldenbuch. Había hecho, en fin, grandes progresos en la escritura, con lo que ya era capaz de escribir su nombre sin olvidarse de una sola letra; lo hacía de manera muy pulcra, harto legible, a tal punto que sus tías podían leerlo sin necesidad de ponerse las antiparras para tratar de adivinar cuál sería una u otra letra... Más, muy especialmente, sobresalía en artes tales como las de cuál era la danza del día, tocar en el arpa distintos aires de la tierra, y también en el laúd, además de saberse de memorias las más tiernas baladas de los Minnielieders.
Las tías de la bella joven, que en sus años mozos habían sido, sin embargo, mujeres coquetas y de virtud más que en entredicho, eran las personas más idóneas para vigilar como auténticas cancerberas la conducta de su sobrina, pues no hay dueña de una virtud tan rigurosa y de un decoro tan sobrio como una coqueta que se quedó soltera... Raramente consentían que la bella se alejara de su vista y pocas veces le permitían salir de las estancias del castillo sin que cayera sobre sus espaldas su mirada. Sin cesar leían en voz alta, para que lo oyese bien la muchacha, tratados sobre las conveniencias sociales y la obediencia pasiva. Y en lo que a los hombres respecta, iah, caramba!, le decían que jamás habría de consentir en mirarlos, salvo si se hallaba a gran distancia de ellos, y en cualquier caso con tanta desconfianza y prevención, que sin una autorización especial  de ellas mismas no se hubiera atrevido la pobre, jamás, a recrearse la vista en la contemplación del más bello doncel del mundo... Eso, pues, mirar a un hombre, no, nunca, jamás... Tal atrevimiento, estaba segura, le hubiera supuesto morir de inmediato a sus pies.
Pronto dieron sus frutos los rigores de aquella educación. La joven dama era un perfecto ejemplo de morigeración y discreción. Mientras las demás muchachas de su edad, cual flores mundanas que cada mano puede acariciar y tirar después, marchitaban el brillo de su hermosura encantadora en los torbellinos del mundo y la vida, nuestra modesta y encantadora virgen, tan hermosa, dirigida siempre por sus virtuosas cancerberas, florecía como el botón de una rosa solitaria que se alza y abre magnífica en su esplendor entre todas las espinas que la cercan. Sus tías, ni que decirlo, la contemplaban más orgullosas de s í mismas que de su sobrina, y se decían que aunque todas las demás jóvenes se alejaran del recto camino, gracias al cielo, semejante baldón nunca caería sobre la hermosa heredera de los Katzenellenbogen.
Sin embargo, era el caso que, aunque el barón de Landshort no tenía más que aquella hija única, no por eso era menos numerosa su familia, pues había querido darle la Providencia toda una legión de parientes sin fortuna, que, cual es de común en todos aquellos parientes cuyo afecto conviene poco, mostraban una clara disposición y hasta un cariño enorme hacia el barón, al que se sentían muy apegados, y aprovechaban cualesquiera circunstancias para dejarse caer como un enjambre sobre el castillo para darle muestras de su amor. Cada fiesta familiar era celebrada por estas buenas gentes a costa del barón, y cuando ya habían comido y bebido hasta reventar declaraban enternecidos que nada había sobre la faz de la tierra, y aun en los cielos, como las deliciosas reuniones de familia que tanto les alegraban los corazones.
El barón, a pesar de ser un hombre más bien bajo, tenía un alma elevada, cabe decirlo así... Más aún, se tenía por el más grande hombre del pequeño mundo en que vivía; tamaña convicción acerca de su superioridad sobre los demás le colmaba de dicha. Por eso disfrutaba narrando larguísimas historias sobre las virtudes y el valor de sus antepasados, cuyos antañones retratos, en las paredes del castillo, parecían hacer guiños y muecas, de burla las más de las veces, a quienes los contemplaban, y nadie le escuchaba con mayor benevolencia que quienes se sentaban invitados a su mesa. Era además hombre muy dado a lo maravilloso y creía a pies juntillas en todos esos cuentos fantásticos y hasta sobrenaturales que de común se refieren en las montañas y en los valles de Germanía. La credulidad de sus huéspedes, sin embargo, era aún más grande y sincera que la suya; oían cada historia maravillosa con los ojos muy abiertos, tanto más que la boca, y nunca dejaban de admirarse de lo escuchado, aunque fuese la centésima vez que se lo repetían... Así de a gusto vivía el barón de Landshort, oráculo de su mesa, monarca absoluto de su pequeño imperio; dichoso y feliz, sobre todo, creyén-dose el hombre más sabio de su siglo.
Por el tiempo a que se refiere mi relato, se celebró en el castillo una gran reunión de familia para tratar de un asunto de la mayor importancia: buscar un marido conveniente a la hija del barón. A tales efectos hab íase celebrado ya una reunión entre el barón de Landshort y un viejo y noble caballero de Baviera, para negociar acerca de la unión de las casas de ambos mediante el matrimonio de sus hijos; incluso se habían iniciado ya los preparativos del casamiento con toda la escrupulosidad que la empresa requería, aunque aún no se hubieran visto ni hablado los futuros contra-yentes... Se designó hasta el día para la ceremonia, por lo que se cursó recado urgente al joven conde Von Altenburg, el futuro esposo, que servía en los ejércitos imperiales, a fin de que se pusiera en camino para recibir la blanca y pura mano de la hija del barón. Desde Würtzburg, donde había hecho noche, llegaron al castillo cartas suyas anunciando en una el día, y en la otra la hora aproximada, en que llegaría.
Todo el castillo se dispuso a darle la bienvenida adecuada. La novia se había vestido para la ocasión con especial cuidado. Sus tías habían vigilado con minuciosidad máxima su tocado, escogiendo cada adorno del vestido no sin discutirlo largo rato, cosa que aprovechó la joven, dicho sea de paso, para seguir su propio gusto, que, por ventura, era muy delicado.
Cabe decir que estaba todo lo hermosa que podía desear un esposo en agraz, pues además la emoción de la espera hacía que le brillasen los ojos, y que lucieran sus encantos todos, con un fulgor nuevo. El rubor que cubría su cara; las palpitaciones de su seno, tibia y dulcemente agitado; sus ojos, de tanto en tanto ensoñecidos, todo, en fin, proclamaba el tumulto de emociones que se había despertado en su joven y tierno corazón. Sus tías, siempre a su lado, le daban graves consejos sobre las maneras que debía observar, sobre las cosas que debía decir, para dar al futuro esposo el recibimiento más honesto.
El barón no era ajeno a todas aquellas expectativas; aunque nada tenía que hacer, pues ya se encargaban los demás de todo, su naturaleza de hombre inquieto le hacía ir y venir de aquí para allá, entre criados y amas, exhortándoles a trabajar duramente aunque no se concedieran un breve descanso, de forma tal que se le oía zumbar en las habitaciones y en los patios, como esas moscas inclementes e inoportunas que no hacen otra cosa que incomodarnos en los días del verano.
Mientras tanto, ya había sido sacrificada y dispuesta para los pucheros la ternera más grande de cuantas tenía en la granja; ya por los bosques habían resonado los gritos de alerta y victoria de los cazadores dedicados a cobrar exquisitas piezas; ya estaba la cocina atiborrada de viandas para preparar; ya las bodegas rebosaban de océanos de RheinWein y hasta el gran tonel de Heidelberg prestó su contribución a la fiesta... Todo, en fin, estaba dispuesto para recibir cual era debido hacerlo al distinguido huésped, con tanto Sausy Braus como es propio de las normas de la hospitalidad germana; pero el novio tan esperado no aparecía; pasaron horas y más horas y no llegó.
El sol, cuyos rayos penetraban hasta lo más profundo de los ricos bosques de Odenwald, acabó por derramar su luz sólo sobre las cumbres de la montaña. El barón, desde la más alta torre de su castillo, se fatigaba la vista inútilmente mirando en lontananza, ansioso por avistar al conde y su séquito. Una vez creyó verlo al fin; el sonido de un cuerno, prolongado en el aire por los ecos del valle, resonó en sus oídos y le alegró el corazón.
Vio a lo lejos muchos hombres a caballo que avanzaban por el camino... Mas apenas llegaron al pie de la montaña, tomaron de pronto una dirección que desde luego no conducía al castillo.
Se ocultó al fin el sol lentamente. A la tenue luz del crepúsculo, los murciélagos empezaron a revolotear girando enloquecidos sobre su cabeza; el camino se hacía cada vez más oscuro; ya no se veía ni oía a nadie; sólo, de vez en vez, a cualquier labriego fatigado por la dura jornada que caminaba pesadamente hacia su choza.
Todos los que estaban en el castillo del barón mostraban una perplejidad absoluta, cuando no gran inquietud... Mientras, en otro lugar de Odenwald, acontecía en el mismo momento una escena al menos curiosa.
El joven conde Von Altenburg marchaba tranquilamente; iba al trote corto, sin prisa, con esa satisfacción propia de un hombre que en breve tomará por esposa a una bella y joven dama, cuando ya sus amistades lo han liberado de todas las trabas y han disipado todas sus incertidumbres, propias, por lo de más, de quien se ve obligado a hacer la corte. Estaba seguro el conde de que su futura esposa le esperaba para ofrecerle una magnífica mesa con la que regalarse tras el largo camino. Mas ocurrió que se había encontrado en Würtzburg con un compañero de armas, con el que había servido algún tiempo atrás en la frontera. Herman Von Starkenfaust era uno de los guerreros más fornidos, intrépidos y temibles de la caballería alemana. Volvía ahora, ya licenciado, al castillo de su padre, no muy alejado del de Landshort, aunque hay que mencionar que una antigua querella mantenía aún, por aquel tiempo, la enemistad de las dos familias, a la que sin embargo eran ajenos el conde y el caballero. En la alegría que a los dos embargó por su encuentro, ambos se contaron sus últimas aventuras y avatares; el conde, natural-mente, le dijo que iba a contraer matrimonio con una dama a la que jamás había visto, pero de la que tenía las mejores nuevas, incluso las referencias más maravillosas. Como iban en la misma dirección, convinieron en hacer juntos el resto del viaje; a fin de hacerlo aún con mayor comodidad, abandonaron Würtzburg a hora muy temprana de la mañana, ordenando el conde a su séquito que saliera más tarde para darles alcance y reunirse de nuevo.
Con el relato de sus aventuras, entre las que no faltaban tales o cuales combates, fueron haciéndose más grato el viaje, de común tedioso; el conde, por lo demás, en ocasiones se excedía al hablar de aquella prometida a la que jamás había visto, diciendo por ejemplo que era la mujer más hermosa del mundo y otras y muy felices cosas por el estilo... Sin que se hiciera apenas un silencio entre ellos, se adentraron, pues, en las montañas de Odenwald y atravesaron uno de los desfiladeros más oscuros y peligrosos del viaje.
Es bien sabido que los bosques de Germania albergaban por aquel tiempo muchos bandidos, casi tantos como castillos llenos de fantasmas había, y en la época en que transcurre esta verídica narración, eran muchos los desertores de la milicia a los que no les había quedado otro remedio, a fin de evitar la muerte, que echarse a los caminos organizados en bandas de salteadores. Nadie ha de sorprenderse, así las cosas, si digo que nuestros dos caballeros fueron atacados al cabo por una banda de ladrones cuando, atrás ya el desfiladero, se adentraron en el bosque. Se defendieron con gran coraje, como es lógico; lucharon largo tiempo, y ya estaban a punto de sucumbir, empero, cuando acudió el séquito del conde en su auxilio. Huyeron los bandidos entonces; mas el conde había recibido una herida mortal y no tardaría mucho en fallecer. Antes, sin embargo, se le llevó con cuidado a Würtzburg para que fuese atendido por un sabio monje que lo mismo curaba las almas que los cuerpos... En vano. La mitad de su talento, la que curaba los cuerpos, se demostró incapaz de evitar que allí concluyesen los días del pobre conde Von Altenburg.
En su lecho de muerte suplicó el conde a su amigo que se dirigiese al castillo del barón de Landshort tan presto como pudiera para comunicar la causa de que no hubiese estado junto a su prometida en la hora anunciada; aunque no se tratase del amante más apasionado, s í hay que hacer notar que era probablemente el hombre más cumplidor de sus obligaciones y palabra, y se mostraba ciertamente dolido por no haber hecho acto de presencia donde se le esperaba. También por la misma razón suplicaba al amigo que cumpliese cuanto antes su encargo. «Si no se hace así -le dijo, no reposaré tranquilo en mi tumba». Lo repitió hasta dos veces más, solemnemente.
Tan viva súplica no necesitaba más que ser atendida, sin otras consideraciones; así, pues, el guerrero Starkenfaust calmó a su amigo prometiéndole cumplir fielmente su última voluntad y le tendió su mano para darle la prueba necesaria de la validez de su palabra. El moribundo llevó la mano del amigo a su corazón, muy agradecido por su gesto noble, y apenas unos pocos segundos después comen-zaba a delirar trágicamente. Habló, en su sinrazón, de su prometida, de la felicidad que le aguardaba junto a ella; dio órdenes para que se le preparase un caballo con el que dirigirse cuanto antes hacia el castillo de Landshort... Y murió soñando que galopaba.
Starkenfaust exhaló entonces un suspiro y se echó a llorar, lamentándose de tan trágica como prematura muerte; no obstante, pronto pensó en el encargo hecho por su amigo antes de expirar; sentía una opresión terrible en el pecho y tenía la cabeza atormentada por la inquietud y la prisa de cumplir cuanto antes aquella última voluntad del conde, pues no en vano tenía que presentarse en la casa de los enemigos históricos de su familia sin haber sido invitado, y encima para acabar con las ilusiones y con la alegría de los allí reunidos, comunicándoles tan triste nueva... Pero, al tiempo, cobraba en él fuerza, paulatinamente, una cierta curiosidad por ver de cerca a la bella Katzenellenbogen, cuya fama de hermosa se extendía ya más allá de la comarca y a quien tan alejada del mundo habían tenido siempre... No en vano era Starkenfaust un rendido, si no devoto, admirador del bello sexo, y se daba en su carácter, además, una cierta tendencia a la originalidad en sus comportamientos, que lo llevaba a emprender cualquier aventura con que sólo se le pasara una vez por la cabeza. Antes de partir, cuidadoso como lo era con los detalles, hizo los necesarios arreglos con los frailes del convento para la celebración del funeral por su amigo, que sería enterrado posterior-mente en la catedral de Würtzbug, en la cripta de sus antepasados, y los servidores del conde, llenos de tristeza, cargaron con sus restos para hacer el trágico traslado hasta la iglesia.
Mas, volvamos de nuevo a la familia de los Katzenellenbogen... Esperaban todos impacientemente al novio, y no menos impaciente-mente, que se sirviera la comida... Y volvamos al barón, al que dejamos en su torre vigía... Desesperado el barón porque ya se había cerrado la noche sin que diera señales de vida el futuro esposo de su hija, bajó de la torre. El banquete, que se había retrasado ya más de lo necesario, no se podía demorar por más tiempo pues comenzaban a secarse algunas de las viandas preparadas; el jefe de los cocineros, muy apurado y nervioso, pero no sólo él, sino la servidumbre toda, y los pinches de la cocina, y naturalmente los parientes, todos, en fin, mostraban un hambre semejante al que pueda tener todo un batallón de soldados tras días y días sin probar bocado. Muy a su pesar, no le quedó al barón más remedio que dar su consentimiento para que todos ellos recibieran la ración pertinente, aunque aún no hubiera hecho acto de presencia el invitado de honor.
Tomaron todos asiento, al fin, ante su plato; ya iban a dar cuenta del banquete, cuando se dejó sentir a poca distancia la llamada de un cuerno, lo que inequívocamente anunciaba la presencia inminente de un viajero... Sonaron más toques, prolongados por los ecos de los patios del castillo, que fueron respondidos por los cuernos de la guardia para dar cuenta de que se le franqueaba el paso al que llegaba. El barón salió apresuradamente a dar la bienvenida a quien creía su futuro yerno.
Ya habían bajado los guardias el puente levadizo, ya se encon-traba el viajero ante la reja de la puerta... Era un caballero alto y muy fuerte, a lomos de un poderoso caballo negro; llegaba muy pálido, pero tenía brillantes los ojos; una muy honda melancolía parecía haber impresionado su semblante y le daba un aspecto más que notable de héroe romántico... El barón se lamentó de verle llegar solo y sin equipaje; por un momento se sintió herido en su dignidad, pues aquel a quien tenía por el prometido de su hija se presentaba con tales y tan lamentables trazas ante la familia, de rancio abolengo y gran distinción, a la que iba a unirse... En suma, se dijo que su futuro yerno era un tanto descortés, no importaba lo muy duro que le hubiera resultado el viaje... Así y todo, se calmó pronto el barón, diciendo para sus adentros que a buen seguro había procedido así debido a la ansiedad que tenía por conocer a su hija, lo que le llevó a ponerse en camino sin aguardar a su servidumbre y sin acicalarse siquiera.
-Lo siento -dijo el recién llegado; no quería llegar a vuestra casa a hora tan intempestiva...
El barón lo interrumpió entonces con un auténtico chaparrón de cumplidos, que acompañaba de miles de salutaciones cordiales, ya que, olvidada su desazón y su resentimiento anteriores, el caballero se había expresado de manera tan elocuente y diplomática. Quiso el extraño detener aquel torrente de palabras, un par de veces, alzando la mano; pero viendo que era imposible hacer que el barón callase para escucharle, se resignó, bajó la cabeza y esperó a que acabara.
Así llegaron al último patio del castillo. Al fin hizo el barón una pausa; mas en cuanto el caballero intentó abrir la boca para explicarse, de nuevo fue interrumpido, ahora por la irrupción de las mujeres de la familia, que llevaban de las manos a la novia, modosa ésta, pugnando vergonzosa por esconderse tras ellas, ruborizada dulcemente en su sonrisa... No pudo por menos que contemplarla arrebatado el caballero, como en éxtasis; tal parecía que se hubiera enajenado su alma al con-templar a tan bella damita. Una de las tías solteronas murmuró entonces unas palabras al oído de la hermosa v virginal muchacha, que hizo un gran esfuerzo para hablar, alzando tímidamente sus ojos de un azul profundo, húmedos por las alegres lágrimas que intentaba reprimir. Miró al caballero, pero fue sólo un segundo, pues de inmediato bajó los ojos otra vez. No le brotó una sola palabra de entre los labios, pero una graciosa sonrisa que vagaba por su boca le marcó dos no menos lindos hoyuelos en sus mejillas de rosa, como si hubiera querido demostrarle que nada le placía más que su presencia. Era imposible, ciertamente, que una damita en la tierna y feliz edad de los dieciocho años, dispuesta a entregarse al amor y al matrimonio en cuerpo y en alma, no quedase encantada ante la presencia de un caballero como aquél, de porte tan impresionante y de nobleza más que evidente.
El caballero se presentaba muy tarde, por lo que no había tiempo para más preámbulos, ni mucho menos para seguir hablando. El barón era hombre que se distinguía por adoptar decisiones rápida-mente, así que, dejando para el día siguiente cualquier explicación, hizo que todos tomaran asiento a la mesa para que se diera inicio, de una vez por todas, al banquete de bienvenida, aún intacto.
La mesa estaba servida en el gran salón del castillo. Los muros, cubiertos de retratos de los héroes de la familia Katzenellenbogen, alguno de los cuales, por cierto, era incluso bien parecido, y de incontables trofeos de caza, y otros obtenidos en justas memorables a lo largo de los tiempos. Había también, en tan severa decoración, petos y cotas destrozados, lanzas rotas, pendones desgarrados, estandartes pisoteados por los caballos, salpicado todo ello con los despojos de los animales cazados: la quijada de algún lobo, los colmillos de un jabalí, algunos de aspecto tan amenazador como las ballestas y las flechas junto a las que eran exhibidos, al lado de mazas, hachas y espadas cruzadas. Aquel a quien tenían por el novio prestó poca atención, sin embargo, a la sociedad que lo rodeaba y al mismísimo festín que se le ofrecía, con ser extraordinario; por el contrario, no hacía más que mirar a la hermosa novia. Hablaba tan bajo que los convidados no podían oírle, pues téngase en cuenta que los enamorados apenas tienen voz, de tan arrebatados; el amor murmura suave y dulcemente su lenguaje. Sólo esperaba el caballero una palabra de la novia, pues ¿qué amante es tan poco sutil como para no estremecerse de gozo con el más leve sonido de la voz de su amada?
Aquella ternura y aquella gravedad que se daban en el recién llegado, la exquisitez de sus modales en contraste con su aspecto fiero, impresionaron profundamente a la virginal damita, que le prestaba una atención máxima mientras cambiaba del suave arrebol al rubor intenso; de vez en vez balbucía una respuesta, y cuando los ojos del caballero dejaban de mirarla, le lanzaba ella una mirada, de reojo y a hurtadillas, para saciarse con su romántica apostura... Naturalmente, exhalaba entonces un suspiro encantador. Era más que evidente que ambos habían sucumbido ya a la más ardorosa pasión. Las tías solteronas de la damita, harto versadas ellas en los secretos del corazón, se decían por lo bajo que ambos se habían enamorado nada más verse, cosa de la que se congratulaban.
Así transcurrió el festín, pues, entre el beneplácito de los invitados; mas acabó un poco salvajemente, pues ida la morigeración primera los parientes del barón dieron cuenta de las viandas con ese apetito depredador que es propio de quien anda de común con la bolsa vacía y encima respirando de continuo el sano aire de las montañas. Como no podía ser de otra forma, narró el barón lo más granado de sus historias y anecdotario, pero hay que decir que pocas veces lo había hecho tan bien como entonces. Si en una de sus narraciones había algún acontecimiento maravilloso, quienes lo escuchaban quedaban aún más encantados que los personajes de la historia; si decía alguna jocosidad, sabían cuándo reírse en el momento oportuno. Cabe añadir que el barón, como la gran mayoría de los señores de su tiempo, poseía una dignidad enorme y no era, por ello, hombre dado a las excentricidades y a los chascarrillos groseros, por lo que pocos eran los que tenían por una tontería plena sus historias; y si creía haber consentido en cualquier cosa chocarrera, bien que a su pesar, y aunque los demás no lo hubiesen advertido, acudía presto al vino el barón para llenarles las copas, forzar un brindis y dejar que cayera el velo del vino así de gratamente bebido sobre su desliz anterior. Naturalmente, una gracia, por muy absurda e involuntaria que sea, siempre es bien recibida cuando el dueño de la casa la acompaña con una invitación a beber un caldo excelente.
Entre los invitados, por lo demás, los espíritus más pobres y mezquinos de la parentela del barón aprovechaban el contento general para decir cosas que en otra ocasión jamás se hubieran atrevido a proclamar. Susurraban al oído de las mujeres mil cuentos festivos, algunos incluso procaces, que atacaban de risa convulsa a quienes los oían... y a quienes los contaban, claro... Un primo carnal del barón, por ejemplo, un hombre muy pobre pero que no por ello era malhumorado y sombrío, sino todo lo contrario, un hombre sanote v de cara muy colorada, se puso a aullar en un momento dado, más que a cantar, varias de esas cancioncillas populares que las púdicas tías solteronas de la novia oyeron a través del abanico abierto con el que se tapaban la cara.
En medio de tan tumultuosa como alegre reunión, el recién llegado, empero, mantenía una extraña gravedad que contrastaba, no obstante su delicada educación, de la que hacía gala en todo momento, con la algarabía reinante a su alrededor. A medida que avanzaba la noche, sin embargo, se le vio más triste y pensativo, y cosa aún más sorprendente, las historias del barón, en vez de divertirle, como a los demás, le hacían sentirse más melancólico y evocador... A veces parecía sumido en una honda meditación; otras, un vistazo huraño, inquieto y furtivo que echase a los demás, denotaba la turbación en que se debatían sus pensamientos v el sentir de su alma. No obstante, conversaba con la novia; mas eran sus palabras, con ella, tan animadas como misteriosas. Aquel misterio que había en algunas de las cosas que decía el caballero, hizo que la frente antes serena de la doncella comenzara a oscure-cerse con nubes negras de pena; su corazón comenzaba a palpitar sobresaltado, no por el entusiasmo del amor, sino por el temor de una pena muy grande.
Aquello, naturalmente, no pudo escapar a la atención de varios de los allí presentes. La inexplicable y súbita tristeza de la novia, y la rigidez del caballero, llenó de inquietud a quienes les observaban, al punto de que, poco después, todos hablaban en voz baja, habían cesado los cánticos y las bromas, se miraban acongojados... Se testimoniaban, en fin, su sorpresa ante aquella melancolía de los amantes, cuya causa ignoraban. Poco a poco fue haciéndose el silencio en el gran salón del castillo. Se entrecortaban las conversa-ciones, aun las que se hacían en voz más baja, con un lúgubre silencio... Y donde antes hubo algarabía, fiesta, relatos jocosos y hasta indecentes, comenzaron a producirse narraciones trágicas, de aventuras sobrenaturales las más... A un cuento realmente pavoroso sucedía otro aún más terrible. El barón hizo que más de una dama estuviera a punto de sufrir un síncope, con el relato sobre un espectro que llevaba a la grupa de su caballo a la bella Leonora... Una historia espantosa, es cierto, pero real; una historia que después de sucedida apareció en versos magníficos que en el presente admira el mundo entero
El caballero al que todos tenían por el prometido de la hija del barón escuchó aquella historia atentamente y quedó impresionado a tal punto, que hubo de levantarse de su silla, haciendo mucho ruido, antes de que el anfitrión la concluyera. Al hacerlo, destacó sobremanera su gran estatura; el barón, que era hombre de corta talla, como ya se ha señalado, creyó hallarse entonces ante la presencia de un gigante, o de algún otro ser nacido de las historias fantásticas a las que tanto propendía. Oyó el caballero de pie, pues, el final de la narración del padre de la novia; lanzó entonces un hondo suspiro y se despidió de los allí presentes con educación y mucha solemnidad, dejándolos perplejos. Miraron todos al barón, entonces, que además de atónito parecía haber sido tocado por un rayo.
-iNo podéis abandonar el castillo a estas horas! -le dijo el barón, rehaciéndose. Es la recepción que os brindamos... Y ya os hemos dispuesto aposentos para que descanséis...
Pero el caballero movió la cabeza triste y misteriosamente.
-Debo -dijo al fin- pasar esta noche en otros aposentos, bien distintos de los que me ofrecéis.
Algo en su tono hizo que el barón se conmoviera, mas, como era hombre orgulloso, repitió su hospitalario ofrecimiento. El caballero, no obstante, se limitaba a negar con la cabeza, sin decir palabra, mirando al suelo. Al fin alzó la mano, en señal de despedida, y abandonó el salón. Las tías solteronas de la bella novia se quedaron de piedra; la hermosa virgen escondió sus ojos a la mirada de los demás para que no viesen que lloraba.
El barón, no obstante, y por hacer que prevaleciera su dignidad, se levantó para ir tras el caballero, alcanzándole cuando llegaba al patio donde su poderoso caballo negro golpeaba impacientemente el suelo de piedra con sus cascos. El caballero, entonces, y como no quería mostrar descortesía para con su anfitrión, se volvió y dijo con voz ahogada, casi sepulcral:
-Ahora que nadie nos oye puedo deciros el secreto de mi marcha... He hecho una promesa solemne y he de cumplirla...
-¿Cómo? -dijo el barón. ¿Y no os puede reemplazar alguien de vuestra confianza para cumplir ese compromiso?
-Nadie puede reemplazarme. Estoy obligado por mi palabra a ir a la catedral de Würtzburg.
-Bien, de acuerdo -aceptó el barón. Id presto, pero tendréis que regresar mañana en busca de mi hija.
-No -dijo muy lúgubre el caballero; no he dado mi palabra de llevar a vuestra hija al altar de la catedral de Wützburg. Me esperan los gusanos de la sepultura... Estoy muerto...

Me asesinaron unos salteadores de caminos... Mi cuerpo yace ahora en la catedral de Wützburg y seré enterrado a medianoche... Mi tumba, pues, me aguarda abierta; es preciso que cumpla mi palabra.
Montó rápidamente a caballo, cruzó como una flecha el puente levadizo y pronto se perdió el eco de los cascos de su montura, barridos por un súbito viento feroz y la oscuridad de la noche.
El barón, profundamente consternado, volvió al salón del castillo donde se había celebrado el festín y contó lo que acababa de pasarle... Dos damas de las allí presentes se desmayaron de golpe. Otras se pusieron enfermas sólo de pensar que habían compartido mesa con un espectro. Varios de los parientes del barón creyeron que aquel caballero fantasmagórico podía ser el cazador al que aluden tantas leyendas alemanas. Otros hablaron de los espíritus de las montañas, de los duendes y demonios de los bosques, en fin, de una buena cantidad de seres sobrenaturales, cuyas historias han espan-tado desde tiempo inmemorial a las buenas gentes de Germania. Uno de los parientes más pobres del barón incluso supuso, y así lo proclamó, que acaso aquello no fuera más que una broma del novio, una disculpa para retirarse, añadiendo que su sombría apariencia, y hasta su clara extravagancia, no hacían presagiar nada bueno, a pesar de sus modales. Ni que decir tiene que de inmediato mostraron su indignación ante aquellas palabras los allí presentes, y sobre todo el barón, que lo miró como si fuera un renegado de la fe verdadera... El pobre incrédulo no tuvo más remedio que abjurar de inmediato de su herejía y abrazar con fervor la fe de los verdaderos creyentes, aun en los espectros.
Mas, cualesquiera que hubieran sido las dudas, quedaron disipa-das por completo a la mañana siguiente, cuando llegaron al castillo heraldos con la mala nueva de la muerte del joven conde y de su entierro en la catedral de Wützburg... Es fácil imaginar la consternación que aquellas noticias causaron en el castillo.
El barón se encerró en su cuarto para llorar sin ser visto; los invitados que la noche anterior tanto regocijo mostraran no querían, empero, dejarle solo con su dolor y vagaban por los patios, o se reunían en los salones, para lamentarse, más que por el fallecimiento del novio, por la tristeza de tan gran hombre como era el barón, valedor de muchos de ellos. Acaso por afán de cobrar fuerza y valor ante la desgracia fue por lo que comieron y bebieron abundante-mente a lo largo del día.
La pobre y virginal doncella, viuda antes de casarse, era quien más lástima daba... ¡Había perdido a su esposo antes de haberlo abrazado siquiera! iY qué esposo! Si era así de agraciado e imponente como espectro, ¿cómo habría sido en vida? Lloraba y se lamentaba llenando las estancias todas del castillo con su dolor, salvo el comedor donde se hartaban los parientes.
Pasó la segunda noche de su viudez en su cuarto, acompañada de una de sus tías, que tenía el decidido empeño de dormir junto a ella. Esta mujer, su tía, a la que conmocionaban especialmente las historias de fantasmas y aparecidos en general, y que además sabía narrarlas muy bien, contó uno de aquellos cuentos a su sobrina, para que se quedase dormida, mas la que se durmió al cabo fue ella misma, aun sin terminarla, pero hay que decir que escogió para la ocasión una de las historias más largas de cuantas se sabía... Aquella habitación estaba bastante apartada de las demás y daba a un pequeño jardín; la hija del barón, dormida ya su tía, sumida en sus recuerdos y en las expectativas frustradas, la virginal y contrita muchacha, contemplaba la pálida claridad de la luna en cuarto creciente, que parecía tremolar entre las hojas de las ramas de un álamo que se alzaba frente a la ventana. El reloj del castillo había dado ya las doce cundo se dejó sentir en el jardín una dulce música de laúd, muy melodiosa y grata. La joven se tiró de inmediato del lecho y acudió para asomarse a la ventana. Oculto entre las sombras de los árboles apenas se divisaba un fantasma; mas la luna le prestó su luz para que pudiera verlo... iEra el espectro de su novio! Más que de la visión espectral, se asustó entonces la donce lla por el grito de terror que escuchó justo tras ella... Su tía, a la que había despertado aquella música, también acudió a la ventana; gritó al contemplar al fantasma y se desmayó. Cuando recuperó el sentido, la visión ya se había esfumado.
De las dos, fue la tía quien requirió más atenciones, pues el terror experimentado ante aquello acabó por trastornarla durante un tiempo.
La muchacha, por el contrario, hasta en el espectro de su novio encontraba dulzura y encantamiento placentero; a fin de cuentas, siempre que se le aparecía conservaba su apostura y su belleza varonil, y aunque el fantasma de un hombre sea cosa poco propicia para satisfacer los más ardientes deseos de una joven dama enferma de amor, pues no es un fantasma, en el fondo, otra cosa que una sombra leve y fugaz, sólo verlo le daba el necesario consuelo. La tía había declarado que jamás volvería a dormir en aquella habitación e intentó que tampoco su sobrina lo hiciera, pero en esta ocasión la joven fue tenaz en su porfía y se negó a dormir en otros aposentos del castillo. Quería, como es lógico pensarlo, dormir sola en su habitación para recibir tranquilamente la visita del espectro de su novio. Antes, empero, rogó a su tía que no contara la historia del fantasma, si no quería arrebatarle el único placer melancólico que le quedaba sobre la tierra, cual lo era el de dormir en una habitación guardada durante la noche por la sombra expectante de su amado. No sé cuánto tiempo hubiera podido mantener la tía solterona su secreto, pues era dada a hablar apasionadamente de prodigios y contar aquello le podía haber supuesto un auténtico triunfo; seguro que ninguna otra solterona, en toda la comarca, tenía una historia tan pavorosa como la suya. Aún hoy se dice por aquellos pagos, con admiración, que guardó silencio durante una semana entera... Pero pronto quedó libre del tormento de seguir haciéndolo, pues comprobó una mañana, cuando se disponía a bajar de sus aposentos para desayunar, la mala nueva de que la joven había desaparecido. No estaba en su cuarto, ni había dormido en su lecho; tenía la ventana abierta; la tierna palomita, pues, parecía haber volado.
Es difícil hacerse una idea de la estupefacción en que se sumieron los moradores del castillo ante la ausencia de la hija del barón. Hasta los parientes del barón que comían a dos carrillos hicieron una pausa y cesaron en su voraz apetito, cuando la tía solterona, llevándose las manos a la cabeza, recorrió todas las estancias del castillo diciendo con un hilo de voz: «El fantasma, el fantasma... Se la ha llevado el fantasma».
Con muy pocas y acongojadas palabras refirió entonces la pavorosa escena del jardín, de la que ella mismo había sido testigo. Y repetía una y otra vez que el espectro había raptado a su sobrina, opinión secundada por dos jóvenes criadas, además, que aseguraron haber oído trotar a un caballo hacia la medianoche; no cupieron dudas a los allí presentes de que era el brioso corcel negro del caballero, que así se había llevado a su tumba a la virginal doncella. Tan cruel acontecimiento consternó pronto a los moradores de la región toda, aunque tales sucesos, según lo atestiguan las historias que por allí se refieren, son tristemente habituales en Alemania.
Mas, ¡cuán lamentable era el estado del barón! ¡Cuán dura la puñalada que había atravesado su corazón de padre y miembro de la muy digna estirpe de los Katzenellenbogen! Una de dos: o su hija había sido arrastrada a la tumba, o tenía por yerno a un espectro... Y hasta podía darse la circunstancia, se decía lloroso, de que tuviera por nietos a una banda de duendecillos... El pobre hombre perdió la cabeza, por lo que todo el castillo, como suele decirse, anduvo en lo sucesivo patas arriba... Dio el barón, en su dolor, órdenes tales como la de que su guardia recorriera a caballo todos los rincones, senderos y grutas de Odenwald, y él mismo llegó a ceñir su espada y a capitanear alguna partida durante muchas y largas jornadas de infructuosa búsqueda, bien ceñidos los estribos a sus pies, para dar con la hija desaparecida... Mas, en tales afanes estaba un día cuando una nueva visión lo dejó petrificado a las puertas de su castillo: era una dama montada en un palafrén, que se dirigía al castillo acompañada de un caballero... Puso la dama su caballo al galope hasta llegar a las mismas puertas del castillo, y desmontando allí cayó a los pies del barón y se abrazó a sus rodillas: era la hija a la que creía perdida para siempre; el caballero, claro está, el espectro del novio.
Confuso, el barón miraba alternativamente a su hija y al espectro, y difícil le resultaba dar crédito a lo que sus ojos le mostraban. El espectro tenía mucho mejor aspecto que cuando lo conoció, como si el reino de las sombras le sentara estupendamente; vestía de maravilla, con lo que su imponente estampa se realzaba. Ya no estaba pálido ni parecía melancólico; por el contrario, su apostura parecía fogosa, juvenil, y le brillaban sus grandes ojos negros de tanta alegría.
Bien, digamos que muy pronto se aclaró todo aquel misterio... El caballero en cuestión no era otro que Herman Von Starkenfaust, que muy pronto pasó a referir al dueño del castillo aquella trágica aventura que viviera con el malogrado conde Von Altenburg. Confesó, así, que fue él quien se presentó aquella noche en el castillo, cuando todos aguardaban al novio; que como el barón no le dejaba decir una palabra, cada vez que quiso transmitirle la mala nueva que llevaba, nada pudo contarle antes de que le fuera presentada la novia y antes de que lo sentaran a la mesa; y que, como al ver a la bella novia su corazón le dio un vuelco y quedó prendido de ella al instante, dejó que se le tomara por el pretendiente verdadero, quien ya estaba muerto, añadiendo que fueron las historias de aparecidos que contó el barón aquella noche lo que le sugirió la idea que puso en práctica, deseoso de irse de allí de una vez por todas para atender a la promesa hecha al buen amigo en su lecho de muerte.
El caballero, por lo demás, había seguido visitando a la muchacha furtivamente, presentándose en el jardín como si fuera un fantasma, porque, según dijo, temía no ser aceptado como quien en realidad era a causa del histórico enfrentamiento de sus familias, pues también con la de los Katzenellenbogen, además de con los Altenburg, estaba enfrentada la suya. El caballero y la dama Areguraron que ya se habían desposado.
El barón, en cualquier otra circunstancia, se hubiera mostrado inflexible y duro, pues tenía en muy alta estima los fueros de la autoridad paterna, mas adoraba a su hija, había llorado largamente su ausencia, y se regocijaba de verla aún viva y si cabe más hermosa, aunque tuviera por esposo a un caballero de una casa enemiga. Pero, al menos, y gracias a los cielos, no era un espectro.
Es preciso señalar, sin embargo, que la añagaza del caballero, haciéndose pasar por un muerto, no se avenía rigurosamente con sus principios, de una observación absoluta de la verdad; pero algunos viejos amigos que estaban allí presentes y que habían guerreado más que ampliamente, dijeron al barón que toda estratagema es lícita tanto en el amor como en la guerra, y que el caballero Von Starkenfaust tenía derecho a un privilegio especial después de haber servido en la caballería, fuerza obligada a librar encarnizados combates por aquellos tiempos. Así, dichosamente, concluyó todo, pues... El barón perdonó su fuga a los amantes y el castillo vivió festejos y celebraciones varios, en los que los parientes del barón abrumaban al caballero con sus lisonjas y atenciones, pues no en vano era galante, generoso... y muy rico, de muy buena casa, aunque históricamente enemiga.
De las tías solteronas, digamos que se escandalizaron un poco ante todo lo acontecido, y que se dolieron algo más pues con ello resultó evidente que su rígido sistema educativo, basado en la reclusión y en la obediencia pasiva, había fracasado con su sobrina... Eso sí, de lo que más se lamentaron fue de no haber puesto una celosía bien forjada en la ventana de la habitación de la entonces doncella. Una de ellas, ya sabemos quién, se sentía mortificada pues al cabo su maravillosa historia del rapto de la joven a manos del espectro, al que juraba haber visto, además, no era sino causa de burla de los otros. Así y todo, trataba de consolarse diciéndose que su sobrina, por lo menos, había encontrado un hombre de carne y hueso con el que amar, para no verse obligada a hacerlo con una vana y fugaz sombra.

Relato de un viajero

1.025. Irving (Washington) - 058

El diablo y tomas walker

En Massachusetts, a unos pocos kilómetros de Boston, el mar penetra a gran distancia tierra adentro, partiendo de la Bahía de Charles, hasta terminar en un pantano, muy poblado de árboles. A un lado de esta ría se encuentra un hermoso bosquecillo, mientras que del otro la costa se levanta abruptamente, formando una alta colina, sobre la cual crecían algunos árboles de gran edad y no menor tamaño. De acuerdo con viejas leyendas, debajo de uno de estos gigantescos árboles se encontraba enterrada una parte de los tesoros del Capitán Kidd, el pirata. La ría permitía llevar secretamente el tesoro en un bote, durante la noche, hasta el mismo pie de la colina; la altura del lugar dejaba, además, realizar la labor, observando al mismo tiempo que no andaba nadie por las cercanías, y los corpulentos árboles reconocer fácilmente el lugar. Además, según viejas leyendas, el mismísimo diablo presidió el enterramiento del tesoro y lo tomó bajo su custodia; se sabe que siempre hace esto con el dinero enterrado, particularmente cuando ha sido mal habido. Sea como quiera, Kidd nunca volvió a buscarlo, pues fue detenido poco después en Boston, enviado a Inglaterra y ahorcado allí por piratería.
Por el año 1727, cuando los terremotos se producían con cierta frecuencia en la Nueva Inglaterra, y hacían caer de rodillas a muchos orgullosos pecadores, vivía cerca de este lugar un hombre flaco y miserable, que se llamaba Tomás Walker. Estaba casado con una mujer tan miserable como él: ambos lo eran tanto, que trataban de estafarse mutuamente. La mujer trataba de ocultar cualquier cosa sobre la que ponía las manos; en cuanto cacareaba una gallina, ya estaba ella al quién vive, para asegurarse el huevo recién puesto. El marido rondaba continuamente, buscando los escondrijos secretos de su mujer; abundaban los conflictos ruidosos acerca de cosas que debían ser propiedad común. Vivían en una casa, dejada de la mano de Dios, que tenía un aspecto como si se estuviera muriendo de hambre. De su chimenea no salía humo; ningún viajero se detenía a su puerta; llamaban suyo un miserable caballejo, cuyas costillas eran tan visibles como los hierros de una reja. El pobre animal se deslizaba por el campo, cubierto de un pasto corto, del cual sobresalían rugosas piedras, que si bien excitaba el hambre del animal no llegaba a calmarla; muchas veces sacaba la cabeza fuera de la empalizada, echando una mirada triste sobre cualquiera que pasase por allí, como si pidiera que le sacase de aquella tierra de hambre. Tanto la casa como sus moradores tenían mala fama. La mujer de Tomás era alta, de malísima intención, de un temperamento fiero, de larga lengua y fuertes brazos. Se oía a menudo su voz en una continua guerra de palabras con su marido: su cara demostraba que esas disputas no se limitaban a simples dimes y diretes. Sin embargo, nadie se atrevía a interponerse entre ellos. El solitario viajero se encerraba en sí mismo al oír aquel escándalo y rechinar de dientes, observaba a una cierta distancia aquel refugio de malas bestias y se apresuraba a seguir su camino, alegrándose, si era soltero, de no estar casado.
Un día, Tomás Walker, que había tenido que dirigirse a un lugar distante, cortó camino, creyendo ahorrarlo, a través del pantano. Como todos los atajos, estaba mal elegido. Los árboles crecían muy cerca los unos de los otros, alcanzando algunos los treinta metros de altura, debido a lo cual, en pleno día, debajo de ellos parecía de noche, y todas las lechuzas de la vecindad se refugiaban allí. Todo el terreno estaba lleno de baches, en parte cubiertos de bejucos y musgo, por lo que a menudo el viajero caía en un pozo de barro negro y pegadizo; se encontraban también charcos de aguas obscuras y estancadas, donde se refugiaban las ranas, los sapos y las serpientes acuáticas, y donde se pudrían los troncos de los árboles semisumergidos, que parecían caimanes tomando el sol.
Tomás seguía eligiendo cuidadosamente su camino a través de aquel bosque traicionero; saltando de un montón de troncos y raíces a otro, apoyando los pies en cualquier precario pero firme montón de tierra; otras veces se movía sigilosamente como un gato, a lo largo de troncos de árboles que yacían por tierra; de cuando en cuando le asustaban los gritos de los patos silvestres, que volaban sobre algún charco solitario. Finalmente llegó a tierra firme, a un pedazo de tierra que tenía la forma de una península, que se internaba profundamente en el pantano. Allí se habían hecho fuertes los indios durante las guerras con los primeros colonos. Allí habían construido una especie de fuerte, que ellos consideraron inexpugnable y que utilizaron como refugio para sus mujeres e hijos. Nada quedaba de él, sino una parte de la empalizada, que gradualmente se hundía en el suelo, hasta quedar a su mismo nivel, en parte cubierto ya por los árboles del bosque, cuyo follaje claro se distinguía nítidamente del otro más oscuro de los del pantano.
Ya estaba bastante avanzada la tarde, cuando Tomás Walker llegó al viejo fuerte, donde se detuvo para descansar un rato. Cualquier otra persona hubiera sentido una cierta aversión a descansar allí, pues el común de las gentes tenía muy mala opinión del lugar, la que provenía de historias de los tiempos de las guerras con los indios; se aseguraba que los salvajes aparecían por allí y hacían sacrificios al Espíritu Malo.
Sin embargo, Tomás Walker no era hombre que se preocupara de relatos de esa clase. Durante algún tiempo se acostó en el tronco de un árbol caído, escuchó los cantos de los pájaros y con su bastón se dedicó a formar montones de barro. Mientras inconscientemente revolvía la tierra, su bastón tropezó con algo duro. Lo sacó de entre la tierra vegetal y observó con sorpresa que era un cráneo, en el cual estaba firmemente clavada un hacha india. El estado de arma demostraba que había pasado mucho tiempo desde que había recibido aquel golpe mortal. Era un triste recuerdo de las luchas feroces de que había sido testigo aquel último refugio de los aborígenes.
-Vaya -dijo Tomás Walker, mientras de un puntapié trataba de desprender del cráneo los últimos restos de tierra.
-Deje ese cráneo -oyó que le decía una voz gruesa. Tomás levantó la mirada y vio a un hombre negro, de gran estatura, sentado en frente de él, en el tronco de otro árbol. Se sorprendió muchísimo, pues no había oído ni escuchado acercarse a nadie; pero más se asombró al observar atentamente a su interlocutor, tanto como lo permitía la poca luz, y comprender que no era negro ni indio. Es cierto que su vestido recordaba el de los aborígenes y que tenía alrededor del cuerpo un cinturón rojo, pero el color de su rostro no era ni negro ni cobrizo, sino sucio obscuro, y manchado de hollín, como si estuviera acostumbrado a andar entro el fuego y las fraguas. Un mechón de pelo hirsuto se agitaba sobre su cabeza en todas direcciones; llevaba un hacha sobre los hombros.
Durante un momento observó a Tomás con sus grandes ojos rojos.
-¿Qué hace usted en mis terrenos? -preguntó el hombre tiznado, con una voz ronca y cavernosa.
-¡Sus terrenos! -exclamó burlonamente Tomás.
Son tan suyos como míos; pertenecen al diácono Peabody.
-Maldito sea el diácono Peabody -dijo el extraño individuo; ya me he prometido que así será, si no se fija un poco más en sus propios pecados y menos en los del vecino. Mire hacia allí y verá cómo le va al diácono Peabody.
Tomás miró en la dirección que indicaba aquel extraño individuo y observó uno de los grandes árboles, bien cubierto de hojas, por su parte exterior, pero cuyo tronco estaba enteramente carcomido, tanto que debía estar enteramente hueco, por lo que lo derribaría el primer viento fuerte. Sobre la corteza del árbol estaba grabado el nombre del diácono Peabody, un personaje eminente, que se había enriquecido mediante ventajosos negocios con los indios. Tomás echó una mirada alrededor y notó que la mayoría de los altos árboles estaban marcados con el nombre de algún encumbrado personaje de la colonia y que todos ellos estaban próximos a caer. El tronco sobre el cual estaba sentado parecía haber sido derribado hacía muy poco tiempo; llevaba el nombre de Growninshield; Tomás recordó que era un poderoso colono, que hacía gran ostentación de sus riquezas, de las cuales se decía que habían sido adquiridas mediante actos de piratería.
-Está pronto para el fuego -dijo el hombre negro, con aire de triunfo. Como usted ve, estoy bien provisto de leña para el invierno.
-¿Pero qué derecho tiene usted a cortar árboles en las tierras del diácono Peabody? -preguntó Tomás asombrado.
-El derecho que proviene de haber ocupado anteriormente estas tierras -respondió el otro-. Me pertenecían antes de que ningún hombre blanco pusiera el pie en esta región.
-¿Quién es usted, si se puede saber? -preguntó Tomás.
-Me conocen por diferentes nombres. En algunos países soy el cazador furtivo; en otros, el minero negro. En esta región me llaman el leñador negro. Soy aquel a quien los hombres de bronce consagraron este lugar, y en honor del cual alguna que otra vez asaron un hombre blanco, puesto que gusto del olor de los sacrificios. Desde que los indios han sido exterminados por vosotros, los salvajes blancos, me divierto presidiendo las persecuciones de cuáqueros y anabaptistas. Soy el protector de los negreros y Gran Maestre de las brujas de Salem.
-En pocas palabras, si no estoy equivocado -dijo Tomás audazmente-, usted es el mismísimo demonio, como se le llama corrientemente.
-El mismo, a sus órdenes -respondió el hombre negro, con una inclinación de cabeza que quería ser cortés.
Así empezó esta conversación de acuerdo con la antigua leyenda, aunque parece demasiado pacífica para que podamos creerla. Uno se siente tentado a pensar que un encuentro con tal personaje, en un lugar tan desolado y lejos de toda habitación humana, era para hacer saltar los nervios de cualquier hombre, pero Tomás era de temple férreo, no se asustaba fácilmente, y había vivido tanto tiempo con una harpía, que ya no temía ni al mismo diablo.
Se cuenta que después de estas palabras iniciales, mientras Tomás seguía su camino hacia su casa, ambos personajes mantuvieron una larga y seria conferencia. El hombre negro le habló de grandes sumas de dinero, enterradas por Kidd el pirata bajo los árboles de la colina, no lejos del pantano. Todos estos tesoros estaban a disposición del hombre negro, quien los había puesto bajo su custodia. Ofreció dárselos a Tomás, por sentir una cierta inclinación hacia él, pero sólo en determinadas condiciones.
Es fácil imaginarse qué condiciones eran éstas, aunque Tomás nunca se las confesó a nadie. Deben haber sido muy duras, pues pidió tiempo para pensarlas, aunque no era hombre que se detuviera en niñerías tratándose de dinero. Cuando llegaron al límite del pantano, el extraño individuo se detuvo.
-¿Qué prueba tengo yo de que usted me ha dicho la verdad? -dijo Tomás.
-Aquí está mi firma -repuso el hombre negro, poniendo uno de sus dedos sobre la frente de Tomás. Dicho esto dio vuelta, dirigiose a la parte más espesa del bosque y pareció, por lo menos así lo contaba Tomás, como si se hundiera en la tierra, hasta que no se vio más que los hombros y la cabeza, desapareciendo finalmente. Cuando llegó a su casa, encontró que el dedo del extraño hombre parecía haberle quemado la frente, de manera que nada podía borrar su señal.
La primera noticia que le dio su mujer fue acerca de la repentina muerte de Absalón Crowninshield, el rico bucanero. Los periódicos lo anunciaban con los acostumbrados elogios. Tomás se acordó del árbol que su negro amigo acababa de derribar y que estaba pronto para arder. «Que ese filibustero se tueste bien -dijo Tomás. ¿A quién puede preocuparle eso?» Estaba ahora convencido de que no era ninguna ilusión todo lo que había oído y visto.
No era hombre inclinado a confiar en su mujer, pero, como éste era un secreto malvado, estaba pronto a compartirlo con ella. Toda la avaricia de su mujer se despertó al oír hablar del oro enterrado; urgió a su marido a cumplir las condiciones del hombre negro y asegurarse un tesoro que los haría ricos para toda la vida. Por muy dispuesto que hubiera estado Tomás a vender su alma al diablo, estaba determinado a no hacerlo para complacer a su mujer, por lo que se negó rotundamente por simple espíritu de contradicción. Fueron numerosas y graves las discusiones violentas entre ambos esposos acerca de esta materia, pero cuanto más hablaba ella, tanto más se decidía Tomás a no condenarse por hacerle el gusto a su mujer.
Finalmente ella se decidió a hacer el negocio por su cuenta, y si lograba éxito, a guardarse todo el dinero. Como tenía tan pocos escrúpulos como su marido, una tarde de verano se dirigió al viejo fortín indio. Estuvo ausente muchas horas. Cuando volvió no gastó muchas palabras. Contó algunas cosas acerca de un hombre negro, a quien había encontrado, a media luz, dedicado a derribar árboles a hachazos. Sin embargo se mantuvo bastante reservada, sin acceder a contar más; debía volver otra vez con una oferta propiciatoria, pero se negó a decir lo que era.
Al otro día, a la misma hora, se dirigió al pantano, llevando fuertemente cargado el delantal. Tomás la esperó muchas horas en vano; llegó la medianoche, pero no apareció; llegó la mañana, el mediodía, y nuevamente la noche, pero ella no volvía. Tomás empezó a tranquilizarse, especialmente cuando observó que se había llevado consigo un juego de té de plata y todo artículo portátil de valor. Pasó otra noche y otro día, y su mujer seguía sin aparecer. En una palabra, nunca más volvió a oírse hablar de ella.
Son tantos los que aseguran saber lo que le ocurrió que, en resumidas cuentas, nadie sabe nada. Es uno de los tantos hechos que aparecen confusos por la enorme variedad de opiniones de los historiadores que se han ocupado de ello. Algunos aseguran que se perdió en el pantano, y que dando vueltas vino a caer en un pozo; otros, menos caritativos, suponen que huyó con el botín y se dirigió a alguna provincia; según otros, el enemigo malo la atrajo a una trampa, en la cual se la encontró después. Esta última hipótesis se confirma por la observación de algunos pobladores del lugar, según los cuales aquella misma tarde se vio a un hombre negro, con un hacha, que salía del pantano, llevando un atadillo formado por un delantal, y con el aspecto de un altivo triunfador.
La versión más corriente afirma, sin embargo, que Tomás se puso tan nervioso por el destino de su mujer, que finalmente se decidió a buscarla en las cercanías del fortín indio. Permaneció toda una larga tarde de verano en aquel tétrico lugar, sin poder encontrarla. Muchas veces la llamó por su nombre, sin obtener ninguna respuesta. Sólo los pájaros y las ranas respondían a sus gritos. Finalmente, en la hora del crepúsculo, cuando empezaban a salir las lechuzas y los murciélagos, el vuelo de los caranchos le llamó la atención. Miró hacia arriba y observó un objeto, en parte envuelto en un delantal y que colgaba de las ramas de un árbol. Un carancho revoloteaba cerca, como si vigilara su presa. Tomás se alegró, por reconocer el delantal de su mujer y suponer que contuviera todos los objetos valiosos que se había llevado.
«Recupere yo lo mío -dijo, tratando de consolarse-, y ya veré cómo me las arreglo sin mi mujer».
Al subir por el árbol, el carancho extendió las alas y huyó a refugiarse en lo más sombrío del bosque.
Tomás se apoderó del delantal, pero, con gran desesperación suya, sólo encontró dentro de él un hígado y un corazón.
Según las más auténticas historias, eso es todo lo que se encontró de la mujer de Tomás. Probablemente intentó proceder con el diablo como estaba acostumbrada a hacerlo con su marido; pero, aunque una harpía se considera generalmente como un buen enemigo del diablo, en este caso parece que la mujer de Tomás llevó la peor parte. Debió haber muerto con las botas puestas, pues Tomás notó numerosas huellas de pies desnudos, alrededor del árbol, como si alguien hubiera tenido que afirmarse bien; encontró además un montón de negros e hirsutos cabellos, que indudablemente procedían del leñador. Tomás conocía por experiencia la habilidad de su mujer para el combate. Se encogió de hombros al observar señales de garras. «Por Dios -se dijo-, hasta él ha debido pasar trabajos por ella».
Como era un hombre estoico, Tomás se consoló de la pérdida de sus objetos de plata, con la de su mujer. Hasta sintió un poco de gratitud por el leñador negro, considerando que le había favorecido. En consecuencia, trató de seguir cultivando su amistad, aunque durante algún tiempo sin éxito; el hombre negro parecía sufrir ahora de timidez, pues, aunque la gente piense lo contrario, no aparece en cuanto se le llama: sabe cómo jugar sus cartas cuando está seguro de tener los triunfos. Finalmente, se cuenta que cuando la inútil búsqueda había cansado a Tomás, hasta el punto de estar dispuesto a acceder a cualquier cosa antes que renunciar al tesoro, una tarde encontró al hombre negro, vestido como siempre de leñador, con el hacha al hombro, recorriendo el pantano y silbando una melodía. Pareció recibir los saludos de Tomás con gran indiferencia, dando cortas respuestas y prosiguiendo con su música.
Poco a poco, sin embargo, Tomás llevó la conversación adonde le interesaba, empezando en seguida a discutir las condiciones dentro de las cuales Tomás obtendría el tesoro del pirata. Había una condición, que no es necesario mencionar, pues se sobreentiende generalmente en todos los casos en los que el diablo hace un favor; a ella se agregaban otras, en las que el hombre negro insistía tercamente, aunque fueran de menor importancia. Pretendía que el dinero encontrado con su auxilio se emplease en su servicio. En consecuencia, propuso a Tomás que lo dedicara al tráfico de esclavos, es decir, que fletara un barco dedicado a ese negocio. Sin embargo, Tomás se negó resueltamente a ello: su conciencia era bastante elástica, pero ni el mismo diablo podía inducirle a dedicarse al tráfico del ébano humano. El hombre negro, al ver que Tomás estaba tan decidido en este punto, no insistió, proponiendo en su lugar que se dedicara a prestar dinero, pues el diablo tiene gran interés en que aumente el número de usureros, considerándolos muy particularmente como hijos suyos.
Tomás no hizo a esto ninguna objeción, ya que, por el contrario, era una proposición muy de su gusto.
-El mes próximo usted abrirá sus oficinas en Boston -dijo el hombre negro.
-Lo haré mañana mismo, si usted lo desea -repuso Tomás.
-Usted prestará dinero al dos por ciento mensual.
-Como que hay Dios, que cobraré cuatro -replicó Tomás.
-Usted se hará extender pagarés, liquidará hipotecas y llevará los comerciantes a la quiebra.
-Los mandaré... al d... o -gritó Tomás, entusiasmado.
-Usted será usurero con mi dinero -añadió el hombre negro, agradablemente sorprendido-. ¿Cuándo quiere usted el dinero?
-Esta misma noche.
-Trato hecho -dijo el diablo.
-Trato hecho -asintió Tomás.
Se estrecharon las manos y quedó finiquitado el negocio.
Pocos días después, Tomás se encontraba sentado detrás de su escritorio, en una casa de banca, en Boston. Pronto se esparció su reputación de prestamista, que entregaba dinero por pura consideración. Todos se acuerdan de los tiempos del gobernador Belcher, cuando el dinero era particularmente escaso. Eran los tiempos de los asignados. Todo el país estaba sumergido bajo un diluvio de papel moneda: se había fundado el Banco Hipotecario y producido una loca fiebre de especulación; la gente desvariaba con planes de colonización y con la construcción de ciudades en la selva. Los especuladores recorrían las casas con mapas de concesiones, de ciudades que iban a ser fundadas y de algún El Dorado, situado nadie sabía dónde, pero que todos querían comprar. En una palabra, la fiebre de la especulación, que aparece de vez en cuando en nuestra patria, había creado una situación alarmante; todos soñaban con hacer su fortuna de la nada. Como ocurre siempre, la epidemia había cedido; el sueño se había disipado, y con él las fortunas imaginarias; los pacientes se encontraban en un peligroso estado de convalecencia y por todo el país se oía a la gente quejarse de los «malos tiempos».
En estos propicios momentos de calamidad pública se estableció Tomás como usurero en Boston. Pronto a su puerta se agolparon los solicitantes. El necesitado y el aventurero, el especulador, que consideraba los negocios como un juego de baraja; el comerciante sin fondos, o aquel cuyo crédito había desaparecido, en una palabra, todo el que debía buscar por medios desesperados y por sacrificios terribles, acudía a Tomás.
Éste era el amigo universal de los necesitados, sin perjuicio de exigir siempre buen pago y buenas seguridades. Su dureza estaba en relación directa con el grado de dificultad de su cliente. Acumulaba pagarés e hipotecas, esquilmaba gradualmente a sus clientes, hasta dejarlos a su puerta corno una fruta seca.
De esta manera hizo dinero como la espuma y se convirtió en un hombre rico y poderoso. Como es costumbre en esta clase de gentes, comenzó a edificar una vasta casa, pero de puro miserable no acabó ni de construirla ni de amueblarla. En el colmo de su vanidad rompió coche, aunque dejaba morir de hambre a los caballos que tiraban de él; los ejes de aquel vehículo no llegaron nunca a saber lo que era el sebo y chirriaban de tal modo que cualquiera estaría tentado a tomar ese ruido por los lamentos de la pobre clientela de Tomás.
A medida que pasaban los años empezó a reflexionar. Después de haberse asegurado todas las buenas cosas de este mundo comenzó a preocuparse del otro. Lamentaba el trato que había hecho con su amigo negro y se dedicó a buscar el modo y la manera de engañarle. En consecuencia, de repente se convirtió en asiduo visitante de la iglesia. Rezaba en voz muy alta y poniendo toda su fuerza en ello, como si se pudiera ganar el cielo a fuerza de pulmones. Del elevado tono de sus oraciones dominicales, podía deducirse la gravedad de sus pecados durante la semana. Los otros fieles, que modesta y continuamente habían dirigido sus pasos por los senderos de la rectitud, se llenaban a sí mismos de reproches al ver la rapidez con que este recién convertido los sobrepasaba a todos. Tomás mostrábase tan rígido en cuestiones de religión como de dinero; era un estricto vigilante y censor de sus vecinos y parecía creer que todo pecado que ellos cometieran era una partida a su favor. Llegó a hablar de la necesidad de reiniciar la persecución de los cuáqueros y los anabaptistas. En una palabra, el celo religioso de Tomás era tan notorio como sus riquezas.
A pesar de todos sus ahincados esfuerzos en pro de lo contrario, Tomás temía que al fin el diablo se saliera con la suya. Se dice que para que no lo agarrara desprevenido, llevaba siempre una pequeña biblia en uno de los bolsillos de su levitón. Además, tenía otra de gran formato encima de su escritorio; los que le visitaban le encontraban a menudo leyéndola. En esas ocasiones, ponía sus lentes entre las páginas del libro, para marcar el lugar y se dirigía después a su visitante para llevar a cabo alguna operación usuraria.
Cuentan algunos que a medida que envejecía, Tomás empezó a ponerse chocho y que suponiendo que su fin estaba cercano, hizo enterrar uno de sus caballos, con herraduras nuevas y completamente ensillado, pero con las patas para arriba, puesto que suponía que el día del Juicio Final todo iba a estar al revés, con lo cual tendría una cabalgadura lista para montar, pues estaba decidido, si ocurría lo peor, a que su amigo corriera un poco si quería llevarse su alma. Sin embargo, esto es probablemente sólo un cuento de viejas.
Si realmente tomó esa precaución, fue completamente inútil, por lo menos así lo afirma la leyenda auténtica, que termina esta historia de la siguiente manera:
Una tarde calurosa, en la canícula, cuando se anunciaba una terrible tormenta, Tomás se encontraba en su escritorio, vestido con una bata mañanera. Estaba a punto de desahuciar una hipoteca, con lo que acabaría de arruinar a un desgraciado especulador en tierras, por el que había sentido gran amistad.
El pobre hombre pedía un par de meses de respiro. Tomás se impacientó y se negó a concederle ni un día más.
-Eso significa la ruina de mi familia, que quedará en la miseria -decía el especulador.
-La caridad bien entendida empieza por casa -objetó Tomás. Debo preocuparme por mí mismo, en estos tiempos duros.
-Usted ha ganado mucho dinero conmigo -dijo el especulador.
Tomás perdió su paciencia y su piedad.
-Que el d....o me lleve si he ganado un ochavo. En aquel momento se oyeron tres golpes dados en la puerta. Tomás salió a ver quién era. En la puerta, un hombre negro mantenía por la brida a un caballo del mismo color, que bufaba y golpeaba el suelo con impaciencia.
-Tomás, ven conmigo -dijo el hombre negro secamente. Tomás retrocedió, pero era demasiado tarde. Su Biblia pequeña estaba en el levitón y la grande debajo de la hipoteca, que estaba a punto de liquidar; ningún pecador fue tomado más desprevenido. El hombre le puso en la silla, como si fuera un niño, fustigó al caballo y se alejó a galope tendido con Tomás detrás de él en medio de la tormenta que acababa de desencadenarse. Sus empleados se pusieron la pluma detrás de la oreja y a través de las ventanas le vieron alejarse. Así desapareció Tomás Walker a través de las calles, flotando al aire su traje mañanero, mientras su caballo a cada salto hacía brotar chispas del suelo. Cuando los empleados volvieron la cabeza para observar al hombre negro, éste había desaparecido.
Tomás nunca volvió a liquidar la hipoteca. Una persona que vivía en el límite del pantano contó que en el momento de desencadenarse la tormenta oyó ruido de herraduras y aullidos, y cuando se asomó a la ventana vio una figura como la descripta, montada en un caballo que galopaba como desbocado, a través de campos y colinas, hacia el oscuro pantano, en dirección al derruido fuerte indio; poco después de pasar por delante de su casa cayó en aquel sitio un rayo que pareció incendiar todo el bosque.
Las buenas gentes sacudieron la cabeza y se encogieron de hombros, pero estaban tan acostumbradas a las brujas, los encantamientos y toda clase de triquiñuelas del diablo, que no se horrorizaron tanto como hubiera debido esperarse. Se encargó a un grupo de personas que administraran las propiedades de Tomás. Nada había que administrar, sin embargo. Al revisar sus cofres, se encontró que todos sus pagarés e hipotecas estaban reducidos a cenizas. En lugar de oro y plata, su caja de hierro sólo contenía piedras; en vez de dos caballos, medio muertos de hambre en sus caballerizas, se encontraron sólo dos esqueletos. Al día siguiente su casa ardió hasta los cimientos.
Este fue el fin de Tomás Walker y de sus mal habidas riquezas. Que todas las personas excesivamente amantes del dinero se miren en este espejo. Es imposible dudar de la veracidad de esta historia. Todavía puede verse el pozo, bajo los árboles de donde Tomás desenterró el oro del capitán Kidd; en las noches tormentosas alrededor del pantano y del viejo fortín indio, aparece una figura a caballo vestida con un traje mañanero, que sin duda es el alma del usurero. De hecho, la historia ha dado origen a un proverbio, a ese dicho tan popular en la Nueva Inglaterra, acerca de «El Diablo y Tomás Walker».
En cuanto puedo acordarme, esta es la esencia del relato del ballenero del Cabo Cod. Estaba adornado de diversos detalles triviales que he omitido, pero los cuales nos sirvieron de alegre esparcimiento toda la mañana, hasta dejar pasar la hora más favorable para la pesca, por lo que se propuso que volviéramos a tierra y permaneciéramos bajo los árboles, hasta que cediera el calor del mediodía.
Conformes con esto, tomamos tierra en una agradable parte de la costa de la isla de Manhattoes, llena de árboles y que antiguamente perteneció a los dominios de la familia Hardenbroocks. Era un lugar que conocía bien por las excursiones de mi mocedad. Cerca del sitio de nuestro desembarco se encontraba un antiguo sepulcro holandés, que inspiró gran terror y dio pábulo a numerosas fábulas entre mis compañeros de colegio.
Durante uno de nuestros viajes costeros habíamos entrado a verlo, encontrando féretros recargados de adornos y muchos huesos; pero lo que lo hacía más interesante a nuestros ojos es que existía una cierta relación con el casco del barco pirata, que se pudría entre las rocas de Hell-Gate. También se decía que tenía mucho que ver con los contrabandistas, lo que debía ser cierto cuando este apartado lugar pertenecía a uno de los notables burgers, un tal Provost, al que se le conocía por el sobrenombre de «el aventurero del dinero pronto» y del que se murmuraba que tenía numerosos y misteriosos negocios de ultramar. Sin embargo, todas estas cosas habían formado un buen revoltillo en nuestras juveniles cabezas, de esa misma vaga manera como tales temas se entrelazan en los cuentos de la mocedad.
Mientras yo reflexionaba sobre estas cosas, mis compañeros habían extendido un almuerzo sobre el suelo, sacándolo de una canasta muy bien provista, y colocando todo bajo los árboles, cerca del agua. Allí pasamos las horas calurosas del mediodía. Mientras me encontraba tirado sobre la hierba, entregado a esa ensoñación que tanto me gusta, pasé revista a los débiles recuerdos de mi mocedad, y se los relaté a mis compañeros como me venían a la memoria: incompletos recuerdos de un sueño, que divirtió a mis acompa-ñantes. Cuando terminé, uno de los burgers, hombre de edad avanzada, llamado Juan José Vandermoere, rompió el silencio y nos observó que él también recordaba una historia acerca de un tesoro, suceso que había ocurrido en su vecindario y que podía explicar algunas de las cosas que había oído en mi mocedad. Como sabíamos que era uno de los más veraces hombres de la provincia, le rogamos que nos contara esa historia, lo que hizo de muy buena gana, mientras fumábamos nuestras pipas.

Cuento de la alhambra

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El balcon

En el hueco central del Salón de Embajadores hay un balcón, que antes he mencionado, el cual semeja en la pared de la torre una como jaula suspendida en medio del aire y por encima de las copas de los árboles que crecen en la pendiente ladera de la colina. Servíame este ajimez como una especie de observatorio, en donde solía sentarme a contemplar ya el cielo por arriba y la tierra por debajo. Además del magnífico paisaje que se ofrecía ante mis ojos, montaña, valle y vega, contemplaba un cuadro, en pequeño, de la vida humana dibujado ante mi vista, constantemente debajo. Al pie de la colina hay una alameda o paseo público, que, aunque no tan de moda como el moderno y espléndido del Genil, atrae, sin embargo, una varia y pintoresca concurrencia. Aquí acude la gente de los barrios, y los curas y frailes que pasean para abrir el apetito o para hacer la digestión, majos y majas (los guapos y guapas de las clases bajas, vestidos con trajes andaluces), arrogantes contrabandistas, y tal cual vez algún tapado y misterioso personaje de alto rango, que acude a alguna cita secreta.
Esto presenta una viva pintura de la vida y del carácter español, que me deleitaba en estudiar; y como el naturalista tiene su microscopio para ayudarse en sus investigaciones, así yo tenía un anteojo de bolsillo, que me aproximaba los rostros de los abigarrados grupos tan de cerca, que me creía algunas veces hasta adivinar su conversación por el fuego y la expresión de sus facciones. Con lo cual era yo un invisible observador que, sin dejar mi retiro, me encontraba a la vez y prontamente en medio de la sociedad, ventaja rara para el que tiene carácter reservado observar el drama de la vida sin desempeñar el papel de actor en la escena.
Hay una considerable barriada debajo de la Alhambra, que comprende la estrecha garganta del valle y se extiende por el opuesto cerro del Albaicín. Muchas de estas casas están construidas al estilo morisco, con patios alegres abiertos a cielo raso y fuentes en medio que les prestan frescura; y como los habitantes se pasan la mayor parte del día viviendo en estos patios o subidos en los terrados durante la estación del verano, ocurre que se pueden observar muchos detalles de su vida doméstica por un espectador aéreo como era yo, que podía mirarlos desde las nubes.
Disfrutaba yo maravillosamente las ventajas de aquel estudiante de la famosa y antigua novela española que tenía todo Madrid sin tejados abierto a su vista; y mi locuaz escudero Mateo Jiménez hacía el papel de Asmodeo con gran frecuencia, contándome anécdotas. De las diferentes casas y de sus moradores.
Sin embargo, prefería formarme yo mismo historias conjeturales, y de este modo me distraía sentado horas enteras, deduciendo de incidentes casuales e indicaciones que pasaban ante mis ojos un completo tejido de proyectos, intrigas y ocupaciones de los afamados mortales de debajo. Difícilmente había lindo rostro o gentil figura que yo viera más de un día, acerca de la cual no formase poco a poco alguna historia dramática; hasta que alguno de los personajes hacía de pronto algo en directa oposición con el papel que le había yo asignado y me desconcertaba todo el drama. Uno de estos días en que me hallaba mirando con mi anteojo las calles del Albaicín vi la procesión de una novicia que iba a tomar el hábito, y noté varias circunstancias que me despertaron una gran simpatía por la suerte de la tierna joven que iba a ser enterrada viva en una tumba. Me cercioré a mi satisfacción de que era hermosa, y que, a juzgar por la palidez de sus mejillas, era una víctima más bien que profesa voluntaria. Estaba adornada con vestidos de novia y ceñida la cabeza con una guirnalda de flores, pero evidentemente se resistía de su desposorio espiritual y se apartaba con dolor de sus amores terrenales. Un hombre alto y de fruncido ceño iba junto a la novicia en la procesión; era sin duda el tiránico padre, que por fanatismo o sórdida avaricia la había compelido a este sacrificio. En medio de la multitud había un joven moreno y de buen aspecto, que parecía dirigirle miradas de desesperación. Éste debía ser, sin duda alguna, el secreto amante de quien le separaban para siempre. Mi indignación creció de punto cuando noté la maligna expresión pintada en los semblantes de los frailes y monjas que la acompañaban. La procesión llegó a la iglesia del convento; el sol derramaba sus pálidos reflejos por vez postrera sobre la guirnalda de la pobre novicia, la cual cruzó el fatal atrio, desapareciendo dentro del edificio. La multitud entró detrás del estandarte, la cruz y el coro; pero el amante se detuvo un momento en la puerta. Adiviné el tropel de ideas que le asaltaron; pero se dominó al cabo y entró. Pasó un largo intervalo, durante el cual me imaginé lo que pasaba dentro: la pobre novicia fue despojada de sus transitorias galas y vestida con los hábitos conventuales; la guirnalda de novia arrancada de su frente, y su hermosa cabeza despojada de sus largas y sedosas trenzas; la oí murmurar el irrevocable voto; la vi tendida en el féretro cubierta con el paño mortuorio; vi hacer sus funerales, que la proclamaban muerta para el mundo, y sentí ahogarse sus sollozos con el grave sonido del órgano y con el plañidero Requiem de las monjas; todo lo cual presenció el padre sin conmoverse y sin derramar una sola lágrima. El amante..., ¡no!, mi imaginación no quiso figurarse la agonía del desdichado amante; aquí la pintura quedó desvanecida.
Al poco tiempo la multitud salía otra vez, dispersándose en todas direcciones para gozar de los rayos del sol y mezclarse en las bulliciosas escenas de la vida; pero la víctima, la de la guirnalda de novia, no estaba ya allí. La puerta del convento que la separaba del mundo se le había cerrado para siempre.
Vi al padre y al amante que se retiraban sosteniendo una animada conversación. Este último hablaba acaloradamente, y estuve esperando de un momento a otro algún fin desagradable del drama; pero un ángulo del edificio se interpuso, y terminó la escena. Desde entonces volvía los ojos frecuentemente hacia aquel convento con cierto penoso interés, y noté a deshora de la noche una solitaria luz que fulguraba en la apartada celosía de una de sus torres. Allí -me dije- la desdichada monja estará sentada en su celda, llorando, en tanto que, quizá, su amante paseará la calle contigua entregado a un horrible tormento.
El oficioso Mateo interrumpió mis meditaciones y destruyó en un segundo la tela de araña tejida en mi fantasía. Con su celo acostum-brado, había reunido todos los datos concernientes a este episodio, echando por tierra mis ficciones. La heroína de mi novela no era joven, ni hermosa, ni mucho menos tenía amante; había entrado en el convento por su voluntad, buscando un asilo responsable, y era una de las más felices que había dentro de sus paredes.
Pasó largo tiempo para que yo pudiera perdonar a la monja el chasco que me había dado, viviendo perfectamente dichosa en su celda, en contradicción con todas las reglas de la novela.
Pero calmé mi disgusto muy en breve, observando uno o dos días las lindas coqueterías de una morena de ojos negros que, desde un balcón cubierto de flores y oculto por una cortina de seda, sostenía misteriosa correspondencia con un gentil mancebo con patillas, que paseaba a menudo por la calle debajo de su ventana. Unas veces lo veía rondando por la mañana temprano, embozado hasta los ojos en una manta; otras se ocultaba en una esquina, con diferentes disfraces, aguardando -al parecer- alguna seña particular para entrar en la casa. Después se oía el sonido de una guitarra por la noche, y un farol que cambiaba a cada instante de sitio en el balcón, imaginé que sería alguna intriga como la de Almaviva; pero me quedé desconcertado otra vez en todas mis suposiciones cuando me informaron que el imaginado amante era el marido de la joven, y un famoso contrabandista; y que todas aquellas misteriosas señales y movimientos obedecían, sin duda, a algún plan ya concertado.
Solía entretenerme también observando desde mi balcón los cambios graduales que se verificaban en la vida de aquel vecindario, según las diferentes horas del día.
Aún no había teñido el cielo la purpurina aurora, ni se había oído el canto de los madrugadores gallos de las casas del vecindario, cuando ya por aquellos alrededores se empezaban a dar señales de vida, pues las frescas horas del amanecer son muy agradables en el verano en los climas cálidos. Todos deseaban levantarse antes de salir el sol para desempeñar las faenas del día. El arriero hacía salir su cargada recua para emprender su camino; el viajero ponía su escopeta detrás de la silla, y montaba a caballo en la puerta de la posada; el tostado campesino arreaba sus perezosas bestias cargadas de hermosas frutas y frescas legumbres, mientras que su hacendosa mujer iba ya camino del mercado.
El sol salía y brillaba en el valle, atravesando el transparente follaje de los árboles; las campanas resonaban melodiosamente al toque del alba en la pura y fresca atmósfera, anunciando la hora de la devoción; el trajinero detenía su cargado ganado delante de alguna ermita, metía su vara por detrás de la faja y entraba, sombrero en mano, arreglándose su cabellera negra como el ébano, a oír misa y a rezar una plegaria para que su viaje fuese próspero por el corazón de la sierra. Luego salía una señora, con lindos pies de hada, vestida de preciosa basquiña y con el inquieto abanico en la mano, con unos ojos de azabache que fulguraban por debajo de su mantilla graciosamente plegada; iba en pos de una iglesia bien concurrida para rezar sus oraciones matinales; pero, ¡ay!, el gracioso y ajustado vestido, el bien calzado pie, con medias como la tela de la araña, sus negras trenzas elegantemente peinadas, la fresca rosa cogida hacía un momento y que lucía entre sus cabellos, demostraban que la tierra compartía con el cielo la posesión de sus pensamientos.
¡Ojo! ¡alerta, celosa madre, solterona tía, vigilante dueña, o quienquiera que seas tú, la que va detrás de la linda dama!
Conforme avanzaba la mañana se acrecentaba por todos lados el ruido del trabajo; las calles se llenaban de gente, caballos y bestias de carga, y se notaba un clamor o murmullo como el de las olas del mar. Cuando el sol estaba sobre el meridiano este rumoroso movimiento iba cesando, y al mediodía todo quedaba en calma. La cansada ciudad se entregaba al reposo, y durante algunas horas había un rato de siesta general; se cerraban las ventanas, se corrían las cortinas, los habitantes se retiraban a las habitaciones más frescas de sus casas. El rollizo fraile roncaba en su celda, el robusto mozo de cordel se acostaba en el suelo junto a la carga, el campesino y el labrador dormían debajo de los árboles del paseo arrullados por el monótono chirrido de la cigarra; las calles quedaban desiertas, transitando sólo por ellas los aguadores, que a voces pregonaban las excelencias de la cristalina agua "más fresca que la nieve de la Sierra". Cuando el sol declinaba la animación empezaba otra vez, pareciendo como que al lento toque de la oración de nuevo se regocijaba la naturaleza porque había desaparecido el tirano del día. Entonces principiaba el bullicio y la alegría; y los habitantes de la ciudad salían a respirar la brisa de la tarde y a esparcirse en el breve rato que duraba el crepúsculo en los paseos y jardines del Darro y del Genil.
Cuando cerraba la noche las caprichosas escenas tomaban nuevas formas. Una luz tras otra iban centelleando poco a poco; aquí un farol en el balcón; más allá una votiva lámpara alumbrando la imagen de algún santo. Así, por grados, salía la ciudad de su tenebrosa oscuridad y brillaba salpicada de luces como el estrellado firmamento. Entonces se oían en los patios y jardines, calles y callejuelas, el sonido de innumerables guitarras y el ruido de castañuelas, mezclándose en esta gran altura en un imperceptible pero general concierto. "¡Disfrutar un rato!" Tal es el credo del alegre y enamorado andaluz, y nunca lo practica con más devoción que en las plácidas noches de verano, cortejando a su amada en el baile con coplas amorosas y con apasionadas serenatas.
Una de las noches en que me hallaba sentado en el balcón, disfrutando de la suave brisa que venía de la colina por entre las copas de los árboles, mi humilde historiógrafo Mateo, que estaba a mi lado, me señaló una espaciosa casa en una oscura calle del Albaicín, acerca de la cual me relató -con poca diferencia de como yo la recuerdo- la siguiente tradición.

Cuento de la alhambra

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