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martes, 9 de diciembre de 2014

El ciudadano schneider - Cap. I

-¿Por qué será que los recuerdos de nuestra in­fancia permanecen en nosotros indelebles? -dijo el viejo escultor Federico, encendiendo su pipa con aire melancólico. Cuando uno recuerda los aconteci­mientos del mes pasado, apenas si puede rememorar algún detalle. En cambio, los hechos de la juventud se presentan a la luz de la memoria con tal nitidez, que casi nos parece estar en ellos. Yo, por mi parte, no podría olvidar jamás la pobre choza de mi padre, con su tejado de paja, con su salita baja, con su escalera de madera que daba acceso al granero, con su alcoba adornada de cortinajes grises y con las dos ventanitas que daban sobre el pasadizo cerca de Munster. No lo olvidaré nunca, ni olvidaré tampoco los hechos más nimios de aquella época. Todo está vivo en mi cora­zón. Pero sobre todo el invierno de 1785.
Durante aquel invierno mi abuelo Yeri, con su go­rro de lana encasquetado hasta las orejas, dormía desde por la mañana hasta por la noche en la vieja butaca que estaba junto al hogar. Mi madre hilaba. Mi padre tallaba cabezas para puños de bastón que vendía en primavera; las virutas caían a su alrededor y se enroscaban en forma de caracoles. A veces, descansaba, sacaba fuego de yesca y depositando éste so­bre la pipa exclamaba:
-Catalina, esto va bien..., muy bien.
Luego, viéndome sentado sobre mi banquillo, mirándole fijamente, pues nada me gustaba tanto como verle trabajar, me dedicaba una sonrisa y reanudaba su labor.
Alrededor de nuestra casa la nieve subía, subía sin cesar. Los viejos muros decrépitos se hundían bajo, tierra. Ya en nuestras ventanas sólo lucían los crista­les de arriba; los de abajo ofrecían un aspecto blanduzco y sombrío.
Aquel año, pues, en el día último del mes de enero, entre la una y las dos de la tarde, levantóse un gran viento. Aunque la casa estaba abrigada por el Norte, temblaba a cada embate del vendaval. Al cabo de una hora estaba ya tan cubierta de nieve que el huracán pasaba por encima. Habíamos apagado el fuego. Sólo una lámpara brillaba sobre la mesa. Mi madre reza­ba. Creo que también mi padre rezaba. El abuelo se había despertado y parecía asustado de tanto ruido. En medio del terrible ruido nos parecía a veces oír gritos humanos, y nosotros, ya bastante asustados por la suerte que pudiéramos correr, temblábamos más aún, de pensar en el peligro de los demás. Cada vez que se oía el rumor, decía mi madre: «Hay alguien fuera». Y aguzábamos el oído con el corazón encogido. Pero la gran voz del huracán lo dominaba todo.

Aquello duró dos horas. Vino luego un gran silen­cio. Y oímos una vez más el balido de nuestra cabra.
-El viento ha caído -dijo mi padre; y aproxi­mándose a la puerta, escuchó, con el dedo puesto en el pestillo.
Todos estábamos detrás de él cuando abrió.
Mirábamos a través de la luminosidad gris y pu­dimos ver a unos trescientos pasos por debajo de nosotros, en la senda que baja de la Schlucht, un tri­neo parado con un caballo delante. Ya no se veía más que la cabeza del caballo y las extremidades de los montantes del trineo.
-Eso es lo que oíamos -exclamó el abuelo Yerihans.
-Sí -dijo mi padre volviendo a la casa. Ha ocurrido una desgracia.
Cogió la pala de madera detrás de la puerta y em­pezó a bajar la cuesta, con nieve hasta la rodilla. Yo corría tras él a pesar de los gritos de mi madre. El abuelo nos seguía.
Cuanto más bajábamos, más profunda se hacía la nieve. A pesar de lo cual mi padre, llegado que fué a lo alto del talud que domina el sendero, se deslizó hasta abajo, apoyándose en el mango de la pala. En ese lugar me detuve para verle.
Tomó al caballo por la rienda. Pero en seguida, viendo a dos o tres pasos un bulto en la nieve, se apro­ximó, levantó penosamente a un hombre gordo, ves­tido de negro, cuya cabeza cayó sobre sus hombros y lo depositó sobre el trineo. Luego, a fuerza de gri­tos y sacudidas, sacó al animal del agujero en que es­taba metido. Costó gran trabajo llevarle hasta la casa. Sin embargo, mi padre lo consiguió, dando la vuelta a todas las rocas y raíces de árboles en donde se ha­bía acumulado la nieve.
El abuelo y yo íbamos detrás, muy tristes, viendo a aquel desgraciado tendido sobre el trineo. Tenía medias de seda negras, una sotana y zapatos con he­billas de pla.ta. Era un sacerdote.
Figuraos ahora la desolación de mi madre, al ver a aquel santo hombre en tan penoso estado. Todavía la estoy viendo alzar las manos sobre su cabeza, gri­tando:
-Santo Dios, tened piedad de nosotros.
En medio de la desolación, nos apresuramos a en­cender fuego, a calentar mantas; y como yo no servía más que de estorbo para todo el mundo, se me envió a acostarme en el cuarto del abuelo.
Toda la noche oí idas y venidas abajo. La luz bri­llaba a través de las junturas del suelo. Mi madre se lamentaba. Por fin, hacia la una, abrumado de can­sancio y con el estómago vacío, me dormí tan pro­fundamente, que hubo que despertarme a la mañana siguiente a las ocho, sin lo cual quizá estuviera dur­miendo todavía.
-Federico, Federico -gritaba el abuelo, alzando la trampilla con su cabeza calva. Federico, baja, que la sopa está lista.
Estas voces me despertaron. Abrí los ojos. Era de día y el buen olor de la sopa de harina llenaba toda la casa.
Todos los acontecimientos de la víspera se presen­taban a mi espíritu. Además del apetito aguijoneá­bame la curiosidad de saber lo que había pasado. Des­de lo alto de la escalera inclinábame ya sobre la ram­pa para mirar en la habitación. La sopera humeaba sobre un hermoso mantel blanco. El abuelo, sentado enfrente, hacía la señal de la cruz. El padre y la ma­dre, de pie, decían las oraciones devotamente. Y el se­ñor gordo, sentado en el sillón de cuero, en la esquina del hogar, con las piernas envueltas en una manta de lana, con las manos gordezuelas cruzadas sobre el vientre, que se alzaba en forma de gaita, parecía con su faz carnosa y sus cabellos rojos un buen gato que duerme sobre la ceniza caliente. Era enternecedor verle.
Baja, Federico -me dijo mi madre. No ten­gas miedo, que el señor cura no te hará daño.
M señor gordo volvió la cara y empezó a sonreír diciendo:
-¿Es ése su hijo de usted?
-Sí, señor cura.
-Ven acá, niño.
Mi madre me tomó por la mano y me condujo a aquel buen sacerdote, que me miró con sus grandes ojos grises tiernamente. Me acarició la mejilla y pre­guntó:
-¿Sabe este niño ya sus oraciones?
-Sí, señor cura; sí. Es la primera cosa que le he­mos enseñado.
-Muy bien, muy bien.
Mi madre me había quitado el gorro, y yo, con las manos juntas y con los ojos bajos, recité de un tirón el Padrenuestro y el Avemaría.
-Está muy bien -dijo el señor gordo pellizcán­dome la oreja; tú serás un buen siervo de Dios. Anda, ahora desayuna. Estoy contento de ti.
Hablaba con voz dulce y cariñosa y toda la familia pensaba: «¡Qué buen hombre! ¡Qué buen corazón! ¡Qué desgracia si se hubiere helado en la Schlucht!m
Pero una circunstancia. ocurrió que nos reveló a aquel hombre tan bueno bajo un aspecto completa­mente diferente. Habéis de saber que el día antes mi padre había llevado a nuestro cuarto el equipaje del señor cura: su baúl, su tricornio y un gran rollo de papeles. Estos objetos estaban colocados en un rincón, al otro lado del hogar, el baúl y encima de él el tri­cornio y sobre el tricornio el rollo de papeles.
Al pasar di un empujón al rollo de papeles que cayó al suelo y se desenrrolló casi hasta el mismo fuego.
Entonces aquel hombre apacible lanzó un grito, verdadero aullido de lobo, acompañado de juramentos es­pantosos. Se precipitó sobre los papeles, quitánddlos de la llama y apagándolos entre sus mismas mahos. Luego me miró, pálido, con mirada tan feroz qlne se me puso carne de gallina. Estábamos todos conster­nados, con la boca abierta. El, contemplando los pa­peles un poco enrojecidos por los bordes, empezó a balbucir con voz temblorosa:
-Mi Tucídides..., animal; mi Tucídides.
Dicho esto, enrolló nuevamente los papeles unos en otros; y dándose cuenta de nuestro estupor, me amenazó con el dedo, recobrando otra vez su aire bonachón. Pero ya no teníamos ganas de reír con él.
-¡Ah, pequeño truhán! -exclamó; acabas de -darme un susto espantoso. Figuraos que llego de Co­lonia, adonde he ido haciendo un viaje de más de cien leguas para recoger estos viejos manuscritos en el convento de Saint Dié. He necesitado tres meses para ponerlos un poco en orden. Y la imprudencia de este desgraciado niño iba a aniquilar una obra quizá única en el mundo. El sudor me brota por todos los poros.
Y era verdad, porque su ancha faz estaba roja y las gotas de sudor corrían por sus sienes.
A pesar de todo ya podéis figuraros la gravedad y el silencio que se extendió entre nosotros. No está­bamos acostumbrados a oír a los sacerdotes blasfe­mar como los carreteros.
Mi madre no decía nada. Comíamos en silencio. Cuando hubimos terminado mi padre salió. Lo oímos sacar al caballo de la cuadra y engancharlo al trineo delante de la puerta. Entró y dijo:
-Señor cura, si quiere usted subir al trineo den­tro de una hora estaremos en Munster.
-Muy bien -contestó el gordo levantándose.
Y mirando por la habitación con ademán reposado y grave dijo:
-Son ustedes excelentes personas. Les ruego olvi­den un momento de ira. El espíritu es fuerte, pero la carne es débil. Permítanme que les demuestre mi agradecimiento.
Quiso entonces entregar a mi madre una moneda de oro. Pero mi madre rehusó y contestó:
-Le hemos ayudado en su desgracia, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, señor cura. Si hubiéra­mos estado en la misma necesidad, usted habría he­cho lo mismo por nosotros.
-Sin duda, sin duda -dijo; pero eso no obsta.
-No, no nos prive usted del mérito de una buena obra.
-Amén -dijo entonces bruscamente.
Tomó el rollo de los papeles, se puso el tricornio y salió.
Por la tarde, hacia las cuatro, volvió mi padre. Dijo que el sacerdote de Colonia se había quedado en la casa del señor cura de Munster. Y esto fué todo.

Cuento orillas del rhin

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El ciudadano schneider - Cap. II

Varios años habían transcurrido. El abuelo Yeri había muerto y mi padre me había mandado a la baja Alsacia a aprender el oficio de escultor en casa de mi tío Conrado, que vivía en Vettenheim. Yo iba para los quince años. En aquella época todo el mundo gastaba gorro rojo y escarapela tricolor. Los jóvenes partían por centenares con pantalones de tela gris y con el fusil al hombro.
Por aquel tiempo el abate Schneider exterminaba a los curas, a los frailes y a los canónigos en Alsacia. No se reconocía más diosa que la diosa Razón, ni más deidades que las Gracias.
Una mañana estaba desbastando una piedra en el taller que daba a la placita de la fuente; mi tío Con­rado fumaba su pipa junto a la puerta, y mi tía Gre­del barría las virutas en la avenida.
Serían aproximadamente las diez cuando se oyó un gran tumulto fuera. Las gentes corrían delante de la casa, otros atravesaban la placita y otros seguían a la multitud preguntando: «¿qué es lo que sucede?»
Naturalmente, yo también salí para ver lo que pa­saba. Encontrábame todavía en el pasadizo cuando se oyó a lo lejos el trote de los caballos, el chocar de los sables y el rodar de un gran carretón. Inmediata­mente después estalló en la aldea el estampido de una trompeta.
En el mismo instante un pelotón de húsares pene­tró en la plaza. Los de delante llevaban la pistola en la mano y los siguientes empuñaban el sable. De­trás venía, montado en un caballo negro, un hombre gordo vestido de frac azul con solapas plegadas sobre el pecho, con el gran sombrero adornado de plumas tricolor, con el cinturón alrededor del vientre, y el sable de caballería chocando contra la bota de mon­tar. Un gran carro, tirado por caballos grises y llenos de vigas pintadas de rojo, saltaba penosamente sobre las piedras de la calle.
Aquel hombre gordo adornado con plumas reía a carcajadas. Los hombres de la aldea, pálidos como muertos, pegaban el dorso contra las paredes y veían pasar la comitiva con la boca abierta y los brazos colgando. Inmediatamente reconocí al cura que ha­bíamos salvado de la nieve.
Algunos guasones, haciendo como que no tenían nada que temer, gritaban: «Aquí viene el ciudadano Schneider, que se propone limpiar de malas hierbas al pueblo de Vettenheim. ¡Señores aristócratas, mu­cho cuidado!» Otros cantaban haciendo grotescos vi­sajes: «¡Al farol los aristócratas!»
Alzaban los brazos y las piernas a compás. Pero no por esto sentían menos temor; les dolía el vientre como a todo el mundo y reían con risa falsa. Junto a la fuente, la comitiva se detuvo. Schneider, alzando la vista, paseó su mirada alrededor de la plaza, sobre las altas cornisas de las casas y los tejados puntia­gudos, donde numerosos rostros aparecían en las ven­tanucas. De las pequeñas hornacinas que adornaban las fachadas habían sido retiradas desde hacía mucho tiempo las estatuitas de la Santa Virgen.
-Vaya un nido de, chinches -gritó el gordo al capitán de los húsares. Vamos a tener trabajo aquí para más de ocho días.
Al oír estas palabras, mi tío Conrado me cogió por el brazo, diciendo:
-Vámonos, Federico, vámonos; no vaya a ocurrír­sele echarnos la vista encima. Es terrible.
La multitud seguía cantando: «Bien va, los aristó­cratas al farol». Parecían cigarras, que en las proxi­midades del invierno comienzan a cantar y perecen en las primeras heladas.
Muchas gentes estaban de pie delante de la ven­tana. Por encima de sus hombros y de sus cabezas veíamos a los húsares, al ciudadano Schneider, la fuente y el coche cargado con las vigas rojas. Dos hombres estaban descargándolo; sus rostros daban la impresión de bondadosa honradez. El tabernero Roe­rnet les servía aguardiente. Un hombrecillo seco, pá­lido, endeble como una cerilla, con la nariz larga, con la cara en forma de navaja de afeitar, vestido con un blusón que le ajustaba a la cintura, vigilaba el tra­bajo. Tenía el aspecto de un infeliz polichinela. Dios nos guarde de sus manos. Era el verdugo.
Mientras sucedían todas estas cosas ante nuestros ojos, el alcalde Rebstock, honrado viñador, hombre grave, ancho de espaldas, se adelantaba a través de la plaza con el gran tricornio caído sobre la nuca.
Cada tres días, Rebstock reunía a los niños de la aldea en la iglesia y les enseñaba el catecismo repu­blicano.
Al verle acercarse, Schneider, inclinándose sobre el cuello del caballo, dijo, señalando a la guillotina:
-Aquí está el lagar, ¿dónde están las uvas?
-¿Qué uvas, ciudadano Schneider?
-Los aristócratas.
-Aquí no hay aristócratas, todos somos buenos pa­triotas.
La cara de Schneider tomó una expresión terrible, la misma que cuando sacaba del fue.go el rollo de los papeles.
-Mentira -exclamó; tú si que eres un aristó­crata. ¿Qué oro y qué plata son esos que llevas en tu traje, cuando la República no tiene con qué alimen­tar a sus hijos?
-Eso, ciudadano Schneider, es el velo del taber­náculo. Lo he puesto sobre mi cuerpo para extermi­nar la hidra de la superstición.

Entonces Schneider soltó una carcajada y exclamó:
-Muy bien, está muy bien. Pero haz memoria. Por aquí debe de haber aristócratas.
-No. Todos han huido. Nuestros mozos van a bus­carlos a Coblenza y los niños de la aldea baten mar­cha con sus tambores.
-Ya veremos -dijo Schneider, me parece que eres un verdadero patriota. Tu idea del tabernáculo me ha gustado. Vamos a comer contigo. Está bien. ¡Ja, ja, ja!
Al día siguiente Schneider fué a ver el Club. Oyó a los niños recitar a coro los derechos del hombre.
Todo hubiera terminado bien. Pero, desgraciada­mente, un antiguo compañero, que se creía aristó­crata, se había escondido en el pajar de la posada del León de Oro. Unos húsares, que subieron a coger paja para los caballos, le descubrieron. Hubo que averi­guar por qué el pobre diablo se había escondido. Schneider averiguó que aquel hombre había tocado las campanas y le mandó guillotinar cuando todavía no había terminado la comida. Fué una verdadera pena para Rebstock, que, sin embargo, no se atrevió a decir palabra por miedo de ser guillotinado él tam­bién.
Schneider se marchó aquel mismo día, con gran satisfacción de todos.
He aquí, pues, cómo volví a ver a aquel hipocritón. Y muchas veces he pensado que si mi padre hubiera sabido lo que iba a suceder más tarde, le hubiera dejado morir en la Schlucht.
En cuanto al viejo alcalde de Vettenheim, hubo mu­chos que no le perdonaron jamás el haberse hecho una casaca con el velo del tabernáculo. Y las viejas comadres, sobre todo, a quienes de esa manera había salvado de ser guillotinadas, hablaban de él con feroz encarnizamiento, cosa que le hacía mucho daño.
Un día, hablaba yo con él en el campo, rememo­rando este episodio. Con una sonrisa triste me dijo:
-Si las hubiese dejado en manos de Schneider, estas buenas criaturas estarían en el saco del ver­dugo. Y nada tendría que reprocharme. Hubiera sido cobarde como todo el mundo.
Y yo pensé:
-Este pobre viejo Rebstock tiene razón. Salve us­ted a las gentes, para que los unos le maldigan y los otros le guillotinen. Verdaderamente, no es alentador. Si los hombres no hiciesen estas cosas por caridad cristiana, serían unos primos; ni más ni menos. Es triste, pero es verdad.

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El blanco y el negro - Cap. I

En aquella época pasábamos las noches en la cer­vecería Brauer, que da a la plaza de Brisach.
Hacia las ocho llegaban uno tras otro Federico Schutz, el notario, Franz Martin, el burgomaestre, Cristóbal Ulmett, el juez municipal, el consejero Klers, el ingeniero Rothan, el joven organista Teodoro Blitz y algunos honrados burgueses de la ciudad. Todos nos sentábamos a la misma mesa y bebíamos la cerveza espumosa como si estuvié-ramos en familia.
Algo de confusión produjo, sin duda, entre nosotros la llegada de Teodoro Blitz, que venía de Jena con una carta de recomendación de Harmosisus. Sus ojos ne­gros, sus cabellos negros rizados, su nariz fina y pá­lida, sus palabras cortantes y sus ideas místicas pu­sieron algo de turbación en nuestra tertulia. Nos admirábamos de verle levantarse bruscamente, dar dos o tres vueltas por la sala gesticulando, burlarse con aire extraño de los paisajes de Suiza represen­tados en las paredes (lagos de color de añil, monta­ñas de verde manzana, sendas rojas) y volver a sen­tarse, beber de un trago su jarra, emprender una discusión sobre la música de Palestrina, sobre el laúd de los hebreos, sobre la introducción del órgano en nuestras basílicas o sobre las épocas sabáticas, etc.; contraer las cejas, poner los codos picudos sobre el borde de la mesa y perderse en profundas medita­ciones.
Sí; todo esto nos producía bastante admiración y extrañeza. Eramos nosotros personas graves, acostum­brados a ideas metódicas. Pero no hubo más remedio que habituarse al nuevo contertulio, y el ingeniero Rothan, aunque era de humor burlón, acabó por cal­marse y no contradecir ya a cada paso al joven maes­tro de capilla, incluso cuando éste tenía razón.
Evidentemente, Teodoro Blitz era una de esas na­turalezas nervio-sas, que se resienten de todas las va­riaciones de la temperatura. Aquel año fué enorme­mente caluroso y tuvimos varias tormentas hacia la primavera. Se temía la pérdida de la cosecha uvera.
Una noche todos estábamos reunidos en torno a la mesa, con excepción del viejo juez Ulmett y del maes­tro de capilla. El burgomaestre hablaba del granizo y de las grandes obras hidráulicas. Yo, por mi parte, escuchaba el viento que azotaba los plátanos del jar­dín de Palacio, y oía las gotas de agua golpeando los vidrios de las ventanas. De vez en cuando oíase una teja rodar por los tejados, una puerta golpear con fuerza el quicio, una ventana dar contra la pared, y también esos inmensos clamores que hace el huracán cuando aúlla, silba y gime a lo lejos, como si todos los seres invisibles se buscasen y llamasen en las ti­nieblas, mientras los vivos se ocultan y acoquinan en un rincón para evitar su funesto encuentro.
La iglesia de San Esteban daba las campanadas de las nueve cuando Teodoro Blitz entró bruscamen­te, sacudiendo su fieltro como un poseso y gritando con voz silbante:
-Ahora está el diablo haciendo de las suyas. El blanco y el negro se confunden... Las nueve veces noventa mil novecientas noventa y nueve Envidias batallan y se despedazan... Anda, Arimán, paséa­te..., devasta..., arruina... Dos Amchaspands están en fuga... Oromaz se tapa el rostro... ¡Qué tiem­po, qué tiempo!
Al decir todo esto corría alrededor de la sala, dan­do grandes zancadas con sus piernas delgadas y rien­do con sacudidas sucesivas.
Nos quedamos todos estupefactos al ver semejante entrada y durante algunos segundos nadie dijo pa­labra Al fin, el ingeniero Rothan, empujado por su humor cáustico, exclamó:
-¿Qué galimatías es ése, querido señor organista? ¿Qué significan esos Amschaspands y esas nueve ve­ces noventa mil novecientas noventa y nueve Envi­dias? ¡Ja, ja, ja! Es verdaderamente cómico en exceso. ¿En dónde diablos ha aprendido usted tan singular idioma?
Teodoro Blit-se detuvo en seco y cerró un ojo mientras el otro, abierto enormemente, brillaba con diabólica ironía.
Y cuando Rothan hubo terminado, dijo:
-Oh, insigne ingeniero; oh, espíritu sublime, due­ño y señor de la pala y el pico, director de las vigas, ordenador del ángulo recto y del ángulo agudo y del ángulo obtuso, tiene usted razón, tiene usted mil ve­ces razón.
Y diciendo esto se inclinaba con ademán burlón.
-Nada existe -prosiguió- si no es la materia, la plomada, la regla y el compás. Las revelaciones de Zoroastro, de Moisés, de Pitágoras, de Odín y de Cris­to; la armonía, la melodía, el arte, el sentimiento son ensueños indignos de un ingenio luminoso como el de usted. A usted, a usted sélo pertenece la verdad, la eterna verdad. ¡Ah! Yo me inclino ante usted, yo le saludo, yo me prosterno ante su gloria, imperecedera como la de Nínive y Babilonia.
Dichas estas palabras, hizo dos piruetas sobre sus talones y lanzó una carcajada tan aguda que parecía el canto del gallo al saludar la aurora naciente.
Rothan iba a enfadarse, cuando, en el mismo mo­mento, entró el juez Ulmett con la cabeza metida en su viejo gorro de nutria, con los hombros cubiertos por su gabán de color verde botella ribeteado de pie­les, con las mangas colgantes, la espalda redonda, los párpados semicerrados, las mejillas musculosas y la gruesa nariz roja chorreando lluvia.
Estaba mojado como un pato.
Fuera caía el agua a torrentes. Las goteras chapo­teaban, los canalones vomitaban agua y los arroyos venían crecidos como ríos.
-¡Ah, Señor, Dios mío! -dijo el buen hombre, se necesita estar loco para salir con semejante tiempo y sobre todo después de tantas fatigas y trabajos co­mo llevo pasados hoy. Dos indagatorias, actas, inte­rrogatorios. Pero la cerveza y los viejos amigos me harían atravesar el Rin a nado.
Diciendo confusamente estas palabras, se quitó el gorro de nutria, abrió el amplio gabán y sacó su larga pipa de Ul.m, su tabaquera y su eslabón con la yesca, depositando todo cuidadosamente sobre la mesa. He­cho esto colgó su gabán y su gorro de una percha, ex­clamando:
-Brauer.
-¿Qué desea el señor juez municipal?
—Tenga usted en cuenta que convendría cerrar las maderas de las ventanas. Este chaparrón podría muy bien acabar en rayos y truenos.
El cervecero salió al punto y cerró las maderas de
las ventanas. El viejo juez se sentó en su rincón, ex­halando un suspiro:
-¿Sabe usted lo que sucede, burgomaestre? -dijo después con tristeza en la voz.
-No. ¿Qué es lo que sucede, viejo amigo Cristóbal?
Antes de contestar, el señor Ulmett paseó alrededor de la sala una mirada escrutadora.
-Estamos solos, queridos amigos -dijo, y pue­do haceros la confidencia; hacia las tres de la tarde se ha encontrado a la pobre Gredel Dick bajo la es­clusa del molino de Holderloch.
-¿Bajo la esclusa del Holderloch? -exclamaron los concurrentes.
-Sí..., y con una cuerda atada al cuello.
Para comprender bien hasta qué punto hubieron de emocionarnos estas palabras, hay que saber que Gre­del Dick era una de las muchachas más bonitas de Brisach: alta, morena, de ojos azules, de mejillas ro­sadas, hija única del viejo anabaptista Pedro Dick, que tenía arrendados los bienes considerables de la familia reinante. Desde hacía algún tiempo se la veía triste y cavilosa, habiendo sido siempre alegre y rei­dora, por la mañana en el lavadero y por la tarde en la fuente en medio de sus amigas. Se la había visto llorar y se atribuía su tristeza a las persecuciones in­cesantes de que era objeto por parte de Sapheri Mutz, hijo del jefe de la posta, muchachote sólido, nervioso, de nariz aguileña y cabellos negros rizados, que la se­guía como una sombra y no la dejaba un solo instante los domingos durante el baile.
Incluso se había tratado de su matrimonio; pero el viejo Mutz, con su mujer, con su yerno Carlos Bremer y con su hija Soffayel, se habían opuesto a esta unión con el pretexto de que una pagana no podía entrar en la familia.
Gredel había desaparecido desde hacía tres días sin que nadie supiera lo qué había sido de ella. Imaginad, pues, ahora los mil pensamientos que nos pasaron por las mientes al saber que la muchacha había muerto. Ninguno pensábamos ya en la discusión de Teodoro Blitz y del ingeniero Rothan acerca de los espíritus invisibles. Todos los ojos interrogaban al señor Cris­tóbal Ulmett, quien, con su ancha cabeza calva incli­nada y sus espesas cejas blancas contraídas, llenaba gravemente su pipa con aire melancólico.
-Y Mutz..., Sapheri Mutz -preguntó el burgo­maestre, ¿qué ha sido de él?
Un leve color rosado tiñó las mejillas del anciano, que respondió después de haber reflexionado algunos segundos:
-Sapheri Mutz... ha desaparecido.
-¿Que ha desaparecido? -exclamó el pequeño Klers; entonces es que se confiesa culpable.
-Eso mismo me parece a mí -dijo el viejo juez con voz inocentona; nadie se escapa si no tiene al­go que temer. Por lo demás, hemos hecho una inspec­ción ocular en casa de su padre y hemos encontrado a toda la casa en agitación. Estas gentes parecían cons­ternadas; la madre tartamudeaba y se arrancaba los pelos; la chica se había puesto su vestido de los do­mingos y bailaba como una loca; era imposible sacar nada de ellos. En cuanto al padre de Gredel, el pobre hombre está sumido en una desesperación inexpresa­ble; no quiere comprometer el honor de su hija, pero es indudable que Gredel Dick ha abandonado volun­tariamente la casa el martes pasado para seguir a Sapheri. Todos los vecinos atestiguan este hecho. En fin, la Guardia civil anda en su busca, y veremos lo que sucede.
A estas palabras siguió un largo silencio. En la ca­lle caía la lluvia a grandes chaparrones.
-¡Es abominable! -exclamó de pronto el burgo­maestre, ¡abominable! ¡Y pensar que todos los pa­dres de familia, todos los que educan a sus hijos en el temor de Dios, están expuestos a semejantes des­gracias?
-Sí -exclamó el juez Ulmett encendiendo su pi­pa, así es el mundo. Por mucho que se diga y repita que todo marcha según las órdenes de Dios Nuestro Señor, yo, por mi parte, creo que el espíritu de las tinieblas se mezcla en nuestros asuntos mucho más de lo que fuera menester. Para un buen hombre que se encuentra uno, cuántos granujas sin conciencia no ve­mos medrar y prosperar. Y para una hermosa haza­ña, cuántos golpes malvados. Yo os lo pregunto, ami­gos míos, si el diablo quisiera contar su rebaño...
No tuvo tiempo de terminar la frase, porque en el mismo instante un triple relámpago iluminó las ven­tanas e hizo palidecer la lámpara, y casi en el mismo momento oyóse el trueno, pero un trueno seco, raja­do, algo que al oírlo nos puso los pelos de punta; di­jérase que la tierra acababa de estallar.
La iglesia de San Esteban sonaba justamente la me­dia noche. Las lentas vibraciones del bronce nos pa­recían estar a cuatro pasos de nosotros; y allá lejos, muy lejos, se oyó una voz quejumbrosa y larga que gritaba:
-Socorrooo... socorrooo...
-Alguien pide socorro -balbució el burgomaestre.
-Sí -dijeron los demás, prestando oído con el rostro pálido y demudado.
Y estando así todos sumidos en angustia y espanto profundos, el ingeniero Rothan, alargando el labio in­ferior con aire burlón, exclamó:
-Vamos, vamos, es la gata de la señorita Roesel que canta su romanza enamorada al señor Roller, el joven tenor del primer piso.
Y ahuecando la voz, añadió con modulaciones y ademanes de tragedia:
-Sonaban las campanadas de las doce en la torre lúgubre del castillo...
Esta salida burlona provocó la indignación general.
-Desgraciados los que ríen de semejantes cosas -exclamó el viejo Cristóbal levantándose.
Caminaba hacia la puerta con paso solemne y todos le seguíamos, incluso el cervecero gordo, que tenía en su mano su gorro de lana y murmuraba en voz ba­ja una oración, como si se tratase de comparecer ante Dios. Sólo Rothan permanecía en su sitio. Yo, por mi parte, iba detrás de los demás, con el cuello alargado y mirando por encima de sus espaldas.
La puerta de cristales se abrió un instante; tirita­mos de frío. Entonces se produjo un nuevo relámpago y la calle, con sus adoquines blancos lavados por la lluvia, sus arroyos corrientes, sus mil ventanas, sus gabletes decrépitos, sus muestras y anuncios, se des­tacó bruscamente sobre la noche obscura y luego re­trocedió de nuevo en las tinieblas.
Este abrir y cerrar de ojos me bastó para ver la torre de San Esteban y sus innumerables estatuíllas envueltas en la luz blanca del relámpago, los badajos de las campanas atados a las vigas negras y en lo alto el nido de las cigüeñas deshecho a medio por la bo­rrasca, las crías con el pico al aire, la madre asustada con las alas desplegadas y el padre volando en aloca­dos giros alrededor de la aguja brillante, con el pecho arqueado, el cuello plegado, las largas patas lanzadas hacia atras, como para desafiar el zigzag del rayo.
Fué aquella una visión extraña, una verdadera pin­tura china, grácil, fina, ligera, algo admirable y te­rrible sobre el fondo negro de las nubes nimbadas de oro.
Permanecimos todos con la boca abierta en el um­bral mismo de la cervecería, preguntándonos unos a otros: «¿qué hemos oído, señor Ulmett?... ¿Qué ve usted, señor Klers?»
En este momento un lúgubre maullido se dejó oír encima de nosotros y todo un regimiento de gatos em­pezó a dar saltos y brincos. Al mismo tiempo una gran carcajada estalló en la sala.
-¡Vaya, vaya! -gritaba el ingeniero. ¿Los oyen ustedes? ¿No tenía yo razón?
-No ha sido nada -murmuró el viejo juez, no ha sido nada, gracias al cielo. Volvamos. La lluvia sigue cayendo.
Y mientras se dirigía de nuevo hacia su puesto en la mesa, dijo:
-¿Es acaso extraño, señor Rothan, que la imagi­nación de un pobre viejo como yo dé en alguna cho­chera, cuando el cielo y la tierra se confunden, cuan­do el amor y el odio se abrazan para darnos el espectáculo de crímenes desconocidos hasta hoy en nuestro país? ¿Qué tiene esto de extraño?
Volvimos a sentarnos a la mesa animados todos de cierto des-pecho e inquina contra el ingeniero, único que había permanecido tranquilo y nos había visto temblar. Volvímosle la espalda, vaciando nuestra ja­rra sin decir palabra. En cuanto a él, con un codo apo­yado en el borde de la ventana, silbaba entre dientes no sé qué marcha militar, a cuyo ritmo golpeaba con los dedos los cristales sin dignarse echar cuenta de nuestro mal humor.
Así transcurrieron algunos minutos, hasta que Teo­doro Blitz dijo riendo:
-El señor Rothan triunfa. No cree en los espíritus invisibles. Nada le turba el alma. Tiene buenos pies, buenos ojos y buenos oídos. ¿Qué más es necesario para convencernos de ignorancia y locura?
-Bueno -exclamó Rothan, yo no me hubiera atrevido a decirlo; pero define usted tan bien las co­sas, señor organista, que no hay medio de contrade­cirle, sobre todo por lo que le concierne a usted per­sonalmente, pues por lo que se refiere a mis viejos amigos Schultz, Ulmett, Klers y demás, la cuestión varía, varía mucho; a todo el mundo puede aconte­cerle tener un sueño malo, con tal de que esto no de­genere en costumbre.
En lugar de contestar a este ataque directo, el or­ganista Blitz, con la cabeza inclinada, parecía prestar oídos a algún rumor de fuera.
-Silencio -dijo mirándonos fijamente.
Levantaba el índice, y la expresión de su fisonomía era tan punzante, que todos escuchamos con un sen­timiento de temor indefinido.
En el mismo instante oyóse el ruido sordo de un chapoteo en el agua del arroyo desbordado; una ma­no intentó empujar el pestillo de la puerta; el maes­tro de capilla nos dijo con voz que delataba un tem­blor contenido:
-Manteneos tranquilos... Escuchad y ved... Que el, Señor nos ayude.
Abrióse la puerta y apareció Sapheri Mutz.
Aun cuando viviera mil años, la figura de este hom­bre quedaría indeleble-mente grabada en mi memoria. Ahí está..., le estoy viendo. Se adelanta vacilante, pálido, con los cabellos colgantes pegados a las meji­llas, con los ojos apagados, vidriosos, con la blusa ajustada sobre la cintura y un palo grueso en la ma­no. Nos mira sin vernos, como sumergido en un sue­ño. Un arroyo de barro serpentea detrás de él. Se detiene, tose y dice en voz baja, como hablándose a sií mismo:
-Aquí estoy. Que me detengan..., que me corten la cabeza..., prefiero esto...
Luego, despertando de su sueño y mirándonos a to­dos, uno tras otro, con movimiento de terror ex­clama:
-He hablado. ¿Qué es lo que he dicho? ¡Ah! El burgomaestre..., el juez Ulmett.
Había dado un gran salto para escapar. Pero al tro­pezar con la noche obscura, un sentimiento de espan­to le hizo retroceder hacia el interior de la sala.
Teodoro Elitz acababa de levantarse. Habiéndonos prevenido con una mirada profunda, se acercó a Mutz y con ademanes de confiden-cia le preguntó en voz baja, señalando hacia la calle tenebrosa:
-¿Está ahí?
-Sí -contestó el asesino con el mismo tono mis­terioso.
-¿Viene siguiéndote?
-Desde la Fischbach.
-¿Por detrás?
-Sí, por detrás.
-Eso es, sí, eso es -dijo el organista lanzándonos otra mirada; siempre es lo mismo. Bueno, pues qué­date aquí, Sapheri, siéntate ahí junto a la chimenea. Brauer, vaya usted a buscar a los guardias.
Al oír la palabra guardias, el miserable palideció horriblemente y quiso escapar; pero le detuvo otra vez el mismo espanto y hundiéndose en la esquina de una mesa, con la cabeza entre las manos, exclamó:
-Ah, si hubiera sabido..., si hubiera sabido...
Todos estábamos más muertos que vivos. El cerve­cero acababa de salir. En la sala no se oía ni un soplo.
El viejo juez había dejado su pipa. El burgomaestre me miraba con aire desolado. Rothan no silbaba ya. Teodoro Blitz, sentado en la extremidad del banco, con las piernas cruzadas, miraba la lluvia que rayaba las tinieblas.
Así estuvimos cerca de un cuarto de hora, temiendo siempre que el asesino tomara la decisión de darse a la fuga. Pero Mutz no se movía; sus largos pelos pen­dían entre sus dedos y el agua chorreaba de sus ves­tidos, como de una gotera, sobre el pavimento.
Por fin, oyóse fuera ruido de armas, y los guardias Werner y Keltz aparecieron en el quicio de la puerta. Keltz, lanzando una mirada de soslayo al asesino, sa­ludó y dijo:
-Buenas noches, señor juez.
Y entró y puso tranquilamente las esposas en los puños de Sapheri, que se tapaba la cara.
-Vamos, síguenos, muchacho -dijo. Werner, cierre usted la marcha.
Un tercer guardia, grueso y bajo, apareció en la sombra y toda la tropa salió.
El desgraciado no había opuesto la menor resis­tencia.
Nos quedamos mirándonos unos a otros, todos muy pálidos.
-Buenas noches, señores -dijo el organista. Y se marchó.
Los demás, silenciosos y perdidos en nuestras per­sonales reflexiones, nos levantamos y nos fuimos a nuestras casas, sin decir palabra.
Yo, por mi parte, volví más de veinte veces la ca­beza antes de llegar a mi casa. Creía a cada momento oír al otro, a ese que seguía a Sapheri Metz, deslizar­se tras de mí.
Cuando, por fin, gracias al cielo, llegué a mi cuar­to, antes de acostarme y de apagar la luz tuve la sa­bia precaución de mirar debajo de la cama para con­vencerme de que ese personaje misterioso no estaba allí. Y hasta me parece que recité una oración espe­cial para que no se le ocurriera degollarme durante mi sueño. ¿Qué queréis? No es uno filósofo todos los días.

Cuento orillas del rhin

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El blanco y el negro - Cap. II

Hasta entonces había considerado a Teodoro Blitz como una especie de loco místico. Su pretensión de mantener correspondencia con los espíritus invisibles, merced a una música compuesta con todos los ruidos de la naturaleza: el temblor de las hojas, el murmu­llo del viento, el runruneo de los insectos, me parecía muy ridícula. Y no era yo el único en pensar así.
Ya podía decirnos una y otra vez que si el canto grave del órgano despierta en nosotros sentimientos religiosos, que si la música guerrera nos impele a la batalla y las melodías campesinas nos disponen para la contemplación, es porque estas diferentes sonori­dades son otras tantas invocaciones a los genios de la tierra, los cuales aparecen de repente entre nosotros, actúan sobre nuestros órganos y nos hacen participar de su propia esencia. Todo esto me parecía harto obs­curo y nebuloso y no dudaba de que el organista fue­se un cerebro herido.
Pero desde los últimos acontecimientos cambiaron mis opiniones con respecto a Blitz y pensé que, des­pués de todo, el hombre no es un ser puramente ma­terial, sino que está compuesto de cuerpo y de alma; que atribuirlo todo al cuerpo y querer explicar todo por el cuerpo no es racional; que el flúido nervioso, agitado por las ondula-ciones del aire, no es cosa me­nos difícil de entender que la acción directa de los poderes ocultos; que no se concibe cómo un simple cosquilleo, llevado a cabo según las reglas del contra­punto, en nuestro oído provoca en nosotros millares de emociones agradables o terribles, eleva nuestra al­ma a Dios, la pone en presencia de la nada o despierta en nosotros el ardimiento vital, el entusiasmo, el amor, el temor, la compasión... No; ya no encontraba sa­tisfactoria esta explicación; las ideas del organista me parecían mucho más altas, más sólidas, más justas y más aceptables desde todos los puntos de vista.
Además, ¿cómo explicar por un cosquilleo nervioso la llegada de Sapheri Mutz a la cervecería? ¿Cómo explicar el espanto del desgra-ciado, espanto que le obligó a entregarse? ¿Cómo explicar la pers-picacia maravillosa de Blitz, cuando nos decía: «Silencio..., escu-chad..., llega... Que el Señor nos proteja?»
En resumen, todas mis prevenciones contra el mun­do invisible desaparecieron y otros hechos nuevos vi­nieron a confirmar esta mi nueva manera de ver las cosas.
Unos quince días aproximadamente después de la escena de que antes he hecho referencia, Sapheri Mutz había sido tra:ladado por los guardias a la cár­cel de Friburgo. Lw innumerables rumores que había levantado la muer',e de Gredel Dick comenzaban a apaciguarse. La pobre muchacha dormía en paz de­trás de la colina de las Tres Fuentes, y la gente habla­ba ya casi exclusivamente de la vendimia inminente.
Una tarde, hacia las cinco, saliendo del gran depó­sito de la Aduana, en donde había estado probando unas cubas de vino por cuenta de Brauer, que se fiaba de mí más que de sí mismo en ese punto, iba con la cabeza un poco pesada y por casualidad dirigí mis pasos por la gran avenida de los plátanos, detrás de la iglesia de San Esteban.
El Rin desplegaba a mi derecha su sábana azul, en la cual algunos pescadores echaban sus redes. A mi izquierda se elevaban las antiguas fortificaciones de la ciudad. El aire comenzaba a refrescar, la ola can­taba su himno eterno, las brisas de la Selva Negra agitaban las hojas de los árboles. De repente hirieron mis oídos los sones de un violín.
Presté atención.
La curruca de cabeza negra no imprime más gra­cia, más delica-deza a la ejecución de sus trinos rápi­dos ni más entusiasmo al chorro de su inspiración. Pero aquello no se parecía a nada; aquello no tenía ni compás ni ritmo fijos. Era una cascada de notas de­lirantes de admirable justeza, pero desprovistas com­pletamente de orden y método.
Además, a través del aliento en que se sustentaba la inspiración, partían de cuando en cuando algunos rasgos agrios, incisivos, que penetraban hasta la me­dula de los huesos.
-Teodoro Blitz está aquí -me dije, apartando con la mano las altas ramas de un vallado de saúco, al pie de un talud.
Entonces me vi a 30 pasos de la casa de postas, cer­ca del abrevadero, cubierto de lentejas acuáticas, en donde enormes ranas enseñaban su geta obtusa. Un poco más lejos se elevaban las cuadras con sus anchos espacios y más allá la casa habitación, toda decrépita. En el patio, rodeado de una tapia de escasa altura, ce­rrada por una verja muy vieja, paseábanse cinco o seis gallinas y bajo un tenducho de madera corrían unos cuantos conejitos con la cola al aire; al verme, desaparecieron como sombras por la puerta de la granja.
No se oía más ruido que el murmullo del río y la fantasía extraña del violín.
¿Cómo diablos estaba allí Teodoro Blitz?
Se me ocurrió la idea de que estaba experimentan­do los efectos de su música sobre la familia de los Mutz, y aguijoneado por la curiosidad me deslicé de­trás de la tapia para ver lo que acontecía en la casa.
Las ventanas estaban abiertas de par en par y en una sala baja, profunda, de vigas obscuras y que daba directamente al patio, en una larga mesa, servida con esa suntuosidad característica de las fiestas al­deanas, más de 30 cubiertos estaban allí colocados al­rededor; pero lo que me dejó estupefacto fué no ver más que cinco personas sentadas ante tan enormes preparativos. Y esas cinco personas eran: el viejo Mutz, sombrío y sumido en una semien-soñación, con su traje de terciopelo negro y botones metálicos, su ancha cabeza huesuda, grisácea, contraída por una idea fija, y los hondos ojos muy abiertos hacia un punto lejano; el yerno, de cara seca, insignificante, con el cuello de la camisa subido por encima de las orejas; la madre, tocada con una capotita de tul y con los ojos perdidos en una expresión de susto; la hija, una morena bastante bonita, con una toca de seda ne­gra con lentejuelas de oro y plata y el pecho envuelto en un pañuelo de crespón de muchos colores; por úl­timo, Teodoro Blitz, con el sombrero de tres picos caí­do sobre la oreja, el violín sujeto entre la barbilla y el hombro, los ojillos brillantes, la mejilla realzada por una profunda arruga y los codos en movimiento de ida y vuelta como las articulaciones de la cigarra que rasca su aria estridente en los campos soleados.
Las sombras del sol poniente; el viejo reloj con su esfera de azulejos adornados de flores rojas y azules; la esquina de un rastrillo sobre el cual caía la cortina de la alcoba con sus cuadros grises y blancos, y, sobre todo, la música, cada vez más discordante, me produ­jeron una impresión indefinible. Apoderóse de mí un verdadero terror pánico. No sé si sería el efecto del vino que durante tanto rato había estado probando, o si serían los matices trágicos de la puesta del sol. El hecho es que, renunciando a seguir allí, iba ya desli­zándome suavemente con la espalda encorvada a lo largo de la tapia para salir a la carretera, cuando un perro enorme se lanzó sobre mí y, aunque sujeto por la cadena, me hizo dar un grito de sorpresa.
-¡Tirik! -gritó el viejo jefe de la posta.
Y Teodoro, habiéndome visto, se lanzó fuera de la sala gritando:
-¡Ah!, si es Cristián Species... Entre usted, mi querido Cristián; llega usted muy a propósito.
Atravesó el patio y vino a cogerme por el brazo.
-Mi querido amigo -me dijo con una animación extraña, esta es la hora en que luchan el blanco y el negro. Entre usted, entre.
Su exaltación me daba miedo. Pero no quiso hacer caso de mis observaciones y me arrastró sin que me fuera posible hacer la menor resistencia.
-Ha de saber usted, querido Cristián -me dijo que hemos bautizado esta mañana a un ángel del Se­ñor, al niño Nicolás Sapheri Bremer. He saludado su venida a este mundo de delicias con el coro de los serafines. Ahora, ya ve usted que las tres cuartas par­tes de nuestros invitados se han negado a venir. ¡Ja, ja, ja! Entre usted, será usted el bienvenido.
Me empujaba por los hombros y a la fuerza tuve que pasar el umbral.
Todos los miembros de la familia Mutz volvieron la cara hacia mí. Aunque me negaba a sentarme, aque­lla gente entusiasta me envolvía y Blitz gritaba:
-Éste será el sexto. El número seis es un hermoso número.
El jefe de la posta me apretaba las manos con emo­ción, diciendo:
-Gracias, señor Species, gracias por haber venido. No se dirá que las personas decentes nos dan de lado. No se dirá que estamos abandonados de Dios y de los hombres... ¿Permanecerá usted hasta el final?
-Sí -balbució la vieja con una mirada suplican­te; es preciso que el señor Species permanezca hasta el final. No puede negarnos este favor.
Comprendí entonces por qué la mesa era tan gran­de y el número de los invitados tan pequeño; com­prendí que todos los invitados al bautizo habían pensado en Gredel Dick y habían buscado pretextos para no venir.
La idea de ese abandono me oprimió el corazón.
-Sin duda, sin duda -respondí; permaneceré aquí... Con mucho gusto..., con gran placer.
Llenaron los vasos y bebimos un vino áspero y fuer­te, un viejo marcobrünner, cuyo aroma austero me llenó de pensamientos melancólicos.
La vieja puso su larga mano sobre mi hombro y murmuró:
-Un traguito más, señor Species; un traguito más.
No me atreví a rehusar.
En este momento Blitz, atacando con su arco las cuerdas vibran-tes, infundió un temblor helado en to­dos mis miembros.
-Esto, amigos míos -exclamó, es la invocación de Saúl a la pitonisa.
Hubiera querido huir;pero en el patio el perro au­llaba con lamentables ladridos, caía la noche y la sala empezaba a llenarse de sombras. Los rasgos acu­sados del viejo Mutz, sus ojos perdidos, la contrac­ción dolorosa de sus anchas mandíbulas, no tenían nada de tranquilizador.
Blitz rascaba sin cesar en el violín su invocación. La arruga que atravesaba su mejilla izquierda iba so­cavándose cada vez más y el sudor corría sobre sus sienes. El jefe de la posta llenó otra vez nuestros va­sos y me dijo con voz sorda e imperiosa:
-A vuestra salud.
-A la nuestra, señor Mutz -contesté yo tem­blando.
De pronto, el niño, que estaba en su camita, empe­zó a llorar, y Blitz con ironía diabólica, ácompañó los vagidos infantiles con notas agrias del violín, gri­tando:
-Es el himno de la vida... ja, ja, ja...; muchas veces, muchas, lo cantará el pequeño Nicolás hasta que se quede calvo..., ja, ja, ja.
El viejo reloj, al mismo tiempo, chirrió en su estu­che de nogal y al levantar la vista, admirado de este ruido, vi salir de la caja un pequeño autómata seco, calvo, con los ojos ahuecados y la sonrisa burlona, en suma, la Muerte, que se adelantaba a pasos rítmicos y que se puso a segar, con breves brazadas, algunas briznas de papel pintado de verde que estaban en el borde de la caja. Cuando sonó el último golpe del re­loj, la Muerte dió media vuelta y se metió otra vez en su agujero.
-Que el diablo se lleve al organista, que es el que tiene la culpa de que yo haya entrado aquí -me dije a mí mismo. Vaya un bonito bautizo..., vaya gen­te alegre.
Llené mi vaso para recuperar mi valor.
-Vamos..., vamos...; la suerte está echada y na­die escapa a su destino. Desde el comienzo de los tiempos estaba yo destinado esta noche a salir de la Aduana, a pasearme por la Avenida de San Landolfo, a venir sin propósito a este abominable antro, atraído por la música de Blitz; a beber marcobrünner, que sabe a ciprés, y a ver la Muerte segar las hierbas pin­tadas. Es raro, es verdaderamente extraño.
Así soñaba yo, riéndome del destino de los hombres que se creen libres y viven colgados de unos hilos que penden de las estrellas. Los magos lo han dicho y hay que creerlos.
Reía aún en la sombra, cuando la música cesó.
Después sobrevino un gran silencio. Sólo el reloj seguía marcando su monótono tic-tac. Fuera, la luna, más allá del Rin, ascendía lentamente detrás de las hojas temblorosas de un chopo; su pálida luz brilla­ba sobre las olas innumerables. Yo la veía, y por aquella luz pasaba una barca negra y un hombre en­cima de la barca, negro también, con una capa corta flotando sobre sus espaldas y un gran sombrero de alas anchas guarnecido de cintas.
Pasó como un sueño.
Sentí entonces que mis párpados se hacían más pe­sados.
-Bebamos -gritó el maestro de capilla.
Los vasos hicieron su ruido cristalino.
-¡Qué bien canta el Rin! ... Canta el cántico de
Bartoldo Gouterolf -dijo el yerno. Ave... Ave maris stella...
Nadie contestó.
Lejos, muy lejos, oíanse los dos remos que batían cadenciosa-mente las aguas.
-Hoy es cuando Sapheri debe recibir su gracia -exclamó de pronto el viejo, con voz ronca.
Sin duda rumiaba este pensamiento desde hacía mucho tiempo. Por eso estaba tan triste. Se me puso la carne de gallina.
-Piensa, sin duda, en su hijo -me dije a mí mis­mo; en su hijo condenado a muerte.
Sentí un escalofrío en la espalda.
-Su gracia -dijo la hija lanzando una carcajada extraña, sí..., su gracia...
Teodoro Blitz me tocó en el hombro y acercándose a mi oído me dijo en voz baja:
-Los espíritus vienen... Sí..., ahora vienen.
-Si hablan ustedes de eso -exclamó el yerno, cu­yos dientes casta-ñeteaban, si hablan ustedes de eso, yo me voy.
-Vete, vete, cobarde -replicó la hija; no te necesitamos para nada.
-Pues sí, me voy -dijo levantándose.
Y descolgando su sombrero de la percha, salió dan­do grandes zancadas.
Le vi pasar rápidamente por delante de las venta­nas y envidié su suerte.
¿Cómo haría para marcharme yo también?
Algo se movía sobre el muro de enfrente. Miré con los ojos muy abiertos por la sorpresa y vi que era un gallo. Más allá, entre las vallas carcomidas, el río brillaba y sus grandes olas se desplegaban lentas so­bre la arena; la luz saltaba encima de éllas -como una manada de gaviotas de grandes alas blancas. Mi ca­beza estaba llena de sombras y de reflejos azulados.
-Mira, Pedro -exclamó la vieja al cabo de un instante; mira; tú tienes la culpa de todo lo que nos sucede.
-¿Yo? -dijo el anciano con voz irritada y sor­da. ¿Yo tengo la culpa?
-Sí. Nunca tuviste conmiseración con nuestro hijo. Nunca le perdonabas nada. ¿Por qué no le dejaste ca­sarse con esa chica?
-Mujer -dijo el viejo, en vez de acusar a los demás piensa que la sangre recae sobre tu cabeza. Hace veinte años que no haces más que ocultarme las faltas de tu hijo. Cuando yo lo castigaba por su mal corazón, por su mala conducta, por su afición a la be­bida, tú le consolabas, tú llorabas con él, tú le dabas dinero a escondidas, tú le decías: «Tu padre no te quiere..., es un hombre duro». Y mentías para que él te quisiera a ti más. Me robabas la confianza y el respeto que un nifio debe a quienes le aman y le co­rrigen. Y cuando quiso casarse con esa muchacha, ya no tenía yo bastante autoridad para hacerme obe­decer.
-No tenías más que decir que sí -aulló la vieja.
-Pues yo -dijo el anciano- he querido decir que no, porque mi madre, mi abuela y todos los hombres y mujeres de la familia no podían recibir a esa paga­na en el cielo.
-¡En el cielo! -masculló la vieja. ¡En el cielo! Y la hija añadió con voz agria: -El padre nunca nos ha dado más que golpes.
-Porque los merecíais -replicó el anciano, y me dolían más a mí que a vosotros.
-¡Le dolían más!, ¡ja, ja, ja!
En este momento sentí una mano que me cogía por el brazo y me estremecí. Era Blitz. Un rayo de luna que atravesaba los cristales de las ventanas mancha­ba de luz su cara pálida, y su mano alargada que se destacaban sobre el fondo obscuro. Seguí con la mi­rada la dirección de su dedo índice que señalaba ha­cia fuera y entonces vi el espectáculo más terrible de que conservo memoria: una sombra inmóvil, azul, se destacaba delante de la ventana sobre la sábana blan­ca del río; esta sombra tenía forma humana y pare­cía suspensa entre el cielo y la tierra; su cabeza caía sobre el pecho y sus codos se levantaban en forma de escuadra a lo largo del cuerpo; las piernas, derechas, se alargaban terminando en punta.
Mientras miraba con los ojos muy abiertos y aga­rrotados por el espanto, los detalles de aquella cara exangüe me hacían reconocer en ella a Sapheri Mutz, Por encima de sus hombros caídos veíase la cuerda y las maderas de la horca; al lado, con las manos jun­tas en oración, una figura blanca, arrodillada, con todo el pelo suelto: Gredel Dick.
Parece ser que en el mismo momento todos los de­más vieron como yo aquella ap,:Irición lúgubre, pues oí al viejo decir con voz doliente:
-Señor, Dios mío, tened piedad de nosotros.
Y la vieja en voz baja y sofocándose murmuró:
-Sapheri ha muerto.
Y comenzó a sollozar.
La hija exclamó:
-¡Sapheri, Sapheri!
Pero en este mornento todo desapareció y Teodoro Blitz, tomán-dome por la mano, me dijo:
-Partamos.
Salimos. La noche estaba hermosa. Temblaban las hojas de los árboles con un dulce susurro.
Mientras corríamos alocados por la gran avenida de los pantanos, oyóse una voz lejana, melancólica, que, sobre las aguas del río, cantaba esta vieja bala­da alemana:

La tumba es profunda y silenciosa,
Su orilla es horrible.
Tiende su manto sombrío
Sobre la patria de los muertos.

Entonces dijo Blitz:
-Si Gredel Dick no hubiese estado al lado, hubié­ramos visto al. otro, al negro, descolgar a Sapheri. Pero la pobrecita rezaba por él. La pobrecita rezaba por él. Y lo que es blanco sigue siendo blanco.
La lejana voz ,cada vez más débil empezó entre el murmullo de las olas otra estrofa, que decía así:

La muerte no tiene ecos
Para el canto del ruiseñor.
Las rosas que crecen sobre la tumba
Son rosas del dolor.

La horrible escena que acababa de verificarse ante mis ojos y aquella voz lejana y melancólica que se debilitaba por momentos hasta acabar extinguiéndose en la lontananza, han quedado en mi alma como con­fusa imagen del infinito, de ese infinito que nos ab­sorbe despiadadamente y nos traga sin remedio. Hay algunos que se ríen de él, como el ingeniero Rothan. Otros se estremecen de miedo, como el burgomaestre. Otros gimen con acento plañidero. Otros, en fin, como Teodoro Blitz, se inclinan sobre el abismo para ver lo que acontece allá en el fondo. Pero todo es lo mismo y sigue siendo verdadera aquella inscripción del tem­plo de Iris: «Yo soy el que soy y nadie jamás ha pe­netrado en el misterio que me envuelve... ni pene­trará».

Cuento orillas del rhin

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