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miércoles, 24 de septiembre de 2014

El señor augusto

Era un lugar humilde, de casas de labranza; los campos, de llanura de rubias rastrojeras, viñal pedregoso y ralos alcaceres. Todos los horizontes estaban cerrados por un círculo de sierras peladas, sin umbrías ni pastura para los ganados que habían de trashumar.
Era un pueblo de quietud y silencio. Los lugareños salían por la mañana a sus pejugales; y la vieja espadaña de su iglesia y las ventanas y puertas de las casas les miraban desde lejos, y esa mirada de las piedras llegaba hasta un pueblo blanco, risueño, ceñido de huertas ¿e mucho verdor y abundancia.
Y al lugar humilde vino un hombre, que traía amplio sombrero, pantalón de pana crujidora, chaqueta recia y tralla pasada por los hombros. Era del Mediodía de Francia, y hablaba un castellano tan gangoso y roto como si padeciese un mal de garganta; pero su salud era hasta insolente; grande, encendido, rebultado de poderosas espaldas cargadas de... fuerza y grosura, un verdadero cíclope al lado de estos aldeanos españoles, enjutos, cetrinos, hundidos de ojos, de pecho y de vientre, callados, temerosos y con un rebaño de criaturas harapientas, que se quedaban contemplando al extranjero y aun-le seguían 'haciéndole visajes de burla. Pero el francés lo resistía todo con mucho comedimiento. Las madres y los viejos y las gentes trashogueras, viendo aquel hombre tan enorme que aplastaba los cantos de las callejas, volverse si oía alguna chanza de los rapaces y preguntarles el sentido de la grosería, y, luego de meditarlo, pasar a celebrarla y reirla sosegadamente, se sintieron arrepentidos e impusieron respeto para el recién llegado.
Si los sábados surgía en el hostal alguna contienda entre labriegos, arrieros y trajinantes, que se juntaban para sus tratos y holganzas, el señor Augusto -que así se nombraba el francés, salía de los pesebres, donde se estaba frecuentemente mirando las bestias, y hacía paz; y luego bebían todos un azumbre de vino áspero, rojo y denso como la sangre. Los ojillos, de vidrios azules, del señor Augusto, se humedecían y fulguraban. Y el resultado era siempre algún cambio o venta de mulas, que el forastero desem-barcaba en la ciudad cercana.
El señor Augusto también gustaba y entendía del campo. Y muchos lugareños le llevaron a sus bancales, y recibieron enseñanza para su remedio. Decíales el señor Augusto que necesitaban estiércol, una hila quincenal de agua, que podría derivarse del alumbramiento artesiano que él había hecho, y otra bestia para la labranza que aventajase al asno tristón y flaco, lleno de mataduras y roñas; y arrancar el viñedo y sustituirlo por almendros, pues el terreno los llevaría mejor que las vides.
-¡Señor Augusto, señor Augusto, lo que habemos menester nosotros son dineros!
-¡Mon Dieu, dinegos!. Y el señor Augusto mostraba pesadumbre, pasmo y enojo de la poquedad de aquellos ánimos. -"¡Dinegos! ¡Et bien!"... No era él rico, pero tampoco era menester serlo; y él lo dejaría.
Los campesinos se rascaban las trasquiladas cabezas; miraban a la tierra, miraban al cielo; se descansaban ya en un pie, ya en el otro, y sonreían con desconfianza. Mas, pronto quedaban mara-villados, porque recibían los árboles, los costales de guano y la mula. El señor Augusto golpeaba con mucho halago las flacas espaldas de los labriegos, y las ancas y la panza de la bestia haciéndola andar y ladearse y probar su fortaleza y casi su gallardía. Y el señor Augusto no se quedaba con intereses de los dineros dejados; ni los pedía. No.
Más tarde, lo que hacía era quedarse con la finca mejorada, con la bestia ya domada y avezada a la mansa faena campesina y hasta con el hombre, que había de trabajar en servidumbre la tierra que antes fuera suya.
Y los campos se hicieron ricos y frondosos. Y el señor Augusto se adueñó de todos los ánimos del lugar y de casi todas sus casas y haciendas, y tenía espuertas llenas de monedas y billetes mugrientos.
En el hostal, en los portales, al retorno de la faena, se murmuraba menudamente de la gran ventura del francés; pero los malos pensamientos de los aldeanos quedaban reprimidos por la sonrisilla torcida y socarrona del señor Augusto y algunas palmaditas de protección en sus espaldas. Y las gentes se resignaban y le respetaban.


Una mañana de abril, grande, diáfana, tibia de júbilo de sol y azul, olorosa de sembrados húmedos, quitó el señor Augusto el tendal de lona del cabriolé, enganchó su gordo caballo, y salió del lugar.
Miraba el señor Augusto los verdes bancales, los árboles que ya rebrotaban muy viciosos, la serranía del confín que se perfilaba clara y dulcemente, y todo amparado por un cielo de tanta pureza y alegría, que redundaba felicidad en las almas y daba como la sensación y la esperanza de una vida eterna y gozosa.
El señor Augusto tenía un cabriolé nuevecito y vistoso; hacía sol y sus tierras prometían abundancia; y el señor Augusto musitaba en patios una canción picaresca, y participaba del regocijo de la mañana pensando en el préstamo vencido a un labriego del cercano pueblo, cuya plaza halló muy bulliciosa, pues era día de mercado.
Bajo los anchos nogales colgaban dos cerdos recién desollados; voceaban los buhoneros; un juglar de hogaño, flaco, miserable, decía adivinanzas y donaires; un mendigo oracionero cantaba los milagros de las benditas ánimas; los chicos de la escuela gritaban, en coro, los mandamientos de la Santa Madre Iglesia; la campana de la parroquia tañía a misa; dos palomos blancos picaban, saltando, entre los cuévanos de hortalizas; y los caños de la fuente caían estruendosos, llenos de resplandores.
El señor Augusto atravesó la plaza; recibiendo la salutación de todos, que también aquí se le conocía por su mucha riqueza; y pronto llegó a la casa de su deudor. Tenía una entrada honda y ruda, y el dueño, hombre huesudo, moreno y calvo, estaba pesando un quintal de patatas, rodeado de campesinos. En el umbral, lleno de sol, dormitaba un viejo mastín, consintiendo por pereza y mansedumbre que un muchacho le soplase en las arrugas de los ojos, y le abriese y le mirase las quijadas.
Se sentó el señor Augusto encima de un arca esperando que acabasen de pesar y entenderse; y mientras todo lo huroneaban sus ojitos de vidrio azul, empezó a percibir una tosecica y un llorar de niña enferma, y palalabras de mujer entristecida, que, de rato en rato, pasaba templando una taza humeante.
El lugareño dejaba frecuentemente su negocio, y también se entraba y se le oía hablar conmovido y ansioso.
Llegaron dos hombres mal avenidos por una cuenta de ganados, a que aquél se la esclareciese, y como no estaba, el señor Augusto se les ofreció; aceptaron ellos; el francés sentenció prudentemente el pleito; y al recibir las gracias notó una buena alegría en el corazón que no era semejante a la sentida allá, en el pueblo de sus empresas. Después, vinieron otros que, descubriéndose, sometían a su censura sus compras y contiendas; y también les satisfizo, gustando un desconocido sosiego. Y cuando el lugareño quiso pasarlo a un retirado aposento donde tratar del préstamo, el señor Augusto le pidió que antes le dijese si padecía alguna desgracia, pues de ella sospechaba por su tristeza y ver cuidados como de enfermo. Entonces respondió el otro que tenía una hija con mal de pecho; y el francés mostró, sin advertirlo él mismo, tan grande solicitud, que el padre le llevó a la alcoba.
La niña enferma era rubia como el ámbar y se quejaba como un corderito. No quería que le pusieran el unto y los algodones calientes que dispuso una curandera aldeana; y el señor Augusto, sonriendo enternecidamente, dijo que él había de ponérselos de modo que no le doliese ni quemasen.
Conmoviéronse los padres; y la pequeña, de tan asombrada, consintió. Y el señor Augusto la curó con toda la suavidad posible de sus enormes manos.
Otra vez quiso el padre que hablasen y acabasen lo del préstamo. Y el forastero replicó que después, porque había de salir. Marchóse; y a poco vino trayendo la más alta y lujosa muñeca que halló en las cajas de los buhoneros. La enfermita la besó ciñéndole el craso cuello con sus bracitos que al francés le parecieron blancos y trémulos como las alas de un pichón. Los padres le llenaban de bendiciones exclamando: "¡Qué será que desde que usted pisó nuestros portales ha entrado por los mismos la felicidad de esta casa, la salud de la nena y la gracia del Señor! ¡Pues todos, en el pueblo, no se cansan de alabar su hidalguía!"
El señor Augusto sintió en lo más hondo de su vida esa dulzura que tienen los que lloran de contento. Húmedos estaban sus ojos, pero aun no lloraban. ¿Es que empezaba a llorarle el alma? ¡Y todo el bien hecho no le costaba sino los seis reales de la muñeca y los plazos que otorgó al necesitado!
Al despedirse se abrazaron; la mujer le dió un cesto de olorosas manzanas de cuelga, y hasta el viejo mastín humedeció con su lengua, ancha y caliente, los recios zapatos del extranjero...


Declinaba la tarde cuando el francés volvía a su lugar. La fragancia de las manzanas, puestas en el fondo del cochecito, le traía pensamientos de gratitud y sencillez; abríase su alma a la generosidad, y hasta su frente, gorda y rojiza, semejaba ennoblecida, espiritualizada, reflejando la santa palidez del cielo.
Y el señor Augusto, que de la virtud sólo había probado sus buenos dejos sin haber subido a lo áspero y difícil del sacrificio, decíase muy confiadamente que el hacer el Bien era dulce y sencillo, y que había de amar a todos los hombres. Y para cerciorarse de la fineza de sus generosos propósitos recordaba a sus deudores más reacios, y también les sonreía su corazón...
En fin, el señor Augusto habíase trocado de socarrón y avaro en manso sin hipocresía y magnánimo por goce y convencimiento.
Y arribó a su casa. Había gentes rodeándola, que miraron al señor Augusto aparentando compasión, pero sus labio, murmuraban y hacían una risica torcida yy pérfida. El señor Augusto se estremeció de angustia, porque aquellas miradas y risas eran como las suyas ... de antes. Entró. Y de súbito dió un grito de locura. ¡Le habían robado todas sus espuertas de dinero y documentos de crédito? Volvióse y sorprendió el regocijo de sus deudores y los odió...
Y el señor Augusto persiguió ferozmente a los menesterosos, mientras en el hogar de la niña enferma bendecían su nombre, y las manzanas, olvidadas en la cuadra, dieron su fragancia de generosidad hasta pudrirse.
Porque mientras no coincidan los hombres habrá siempre un señor Augusto en todos los lugares de la tierra...

1907.

1.093.1 Miro (Gabriel) - 044

El reloj

Hogar es familia unida tiernamente y siempre. El padre, en sus pláticas, es amigo llano de los hijos, mientras la madre, en los descansos de su labor, los mira sonriendo. Una templada contienda entre los hermanos hace que aquél suba a su jerarquía patriarcal y decida y amoneste con dulzura. Viene la paz, y el padre y los hijos se vierten puras confianzas, y toda la casa tiene beatitud y calma de un trigal en abrigaño de sierra, bajo el sol.
A los retraídos aposentos de muebles enfundados suele llegar frescura y vida de risa moza; y vuelto el silencio, síguese la voz del padre que cuenta de su infancia, de la casa de los abuelos ... y las memorias de las costumbres de antaño, celebradas buenamente en familia, se trenzan con las travesuras infantiles de lbs hijos, ya hombres, que están atendiendo. Y, el íntimo y sereno contenta-miento acaba cuando el padre queda con la mirada alta y distraída recordando el verdor de su vida; suspira, o bien murmura: "¡En fin!", y mira al reloj. Entonces, los hijos besan su frente y su mano y la mano y la frente de la madre...
Los muebles también son amados. Macizos, grandes y poderosos, sin alindamiento ni gracia de catálogos de mueblistas falaces. Los labraron pacientes y humildes oficiales en cipreses, nogales, caobas. Los fundadores del hogar, entonces prometidos, vieron los árboles, arrancados en heredades propias o traídos de bosques remotos, y aspiraron de los troncos la fragancia de su limpia y noble ancianidad.
Estos viejos muebles han asistido a los regocijos y quebrantos de la casa y sufrieron con bondad y complacencia de abuelo los antojos y agravios de los hijos peq,ueños. Las maderas se han hecho prietas, tomadas como de una pátina de vetustez y carilio.
Un reloj era lo predilecto de todo el ajuar.
Comprólo el padre en la húmeda tienda de un viejo artesano. Dos generaciones del mismo linaje habían ya conocido a este hombre en la senectud. Su obrador estaba en un portal cerrado por cancel. Luz de aceite con verde pantalla alumbraba su cráneo redondo de monje, inclinado para estudiar con recia lupa las entrañas de cualquier mecanismo.
Este reloj era el decano de todos, y formaba grande óvalo de ébano con taracea de aceros oxidados; las horas teníalas de traza latina, protegidas por un cristal grueso y hermoso; su latido era muy reposado y la campana sonaba como grave nota de órgano, y su vibración entraba a todas las habitaciones, derramándose en sus ámbitos mansamente, como el tañido de un Angelus aldeano.
Para la familia era este reloj un antepasado o el pecho de un antepasado de todos los relojes de sus mayores, de corazón sonoro y sabia voz. En la casa vivía de su origen; y tanto lo humanizó la piadosa fantasía del padre y lo respetaron todos, que, sin necesidad de nianifiesto entredicho, sólo sus manos santas y augustas curaban del reloj y proveían su cuerda, despacio y blandamente, mientras la esposa y los hijos miraban como miramos al médico cuando visita y escucha a un enfermo nuestro.
Esto acontecía una vez semanal y en precisa hora. Al tañerla el pecho de ébano del antepasado cometía la vanidad de prepararse ruidosamente. La familia se burlaba.
-Es preciso y no tenéis razón para esas malicias -decía el padre. ¡Son cuarenta años de buenos servicios!
Y el reloj parecía mirar a todos muy gravemente por las cuentas de las llaves, entre las VIII y las IV.
...Llegó un día en que las entrañas del noble reloj padecieron flaqueza y agotamiento. Daba las horas con doliente fatiga; de tañido a tañido mediaban silencios intranquilizadores. Nadie lo tocaba ni atendía. Otro, pequeño, mudo, de mesita de enfermero, gozaba los cuidados y miradas de todos.
La estancia del decano, que era el comedor, se halla desierta, sin risas ni pláticas. El padre moría lentamente.
Y el lacerado. corazón del buen reloj no tuvo la caricia de las santas manos y desprendióse del pecho, rompiéndose. Alguien que pasaba entonces oyó un golpe y un crujido de lastimera música y todo el óvalo de ébano resonó mucho tiempo. Detúvose aterrado. No se hendía el silencio con la medida del péndulo. Acercóse y lo halló, derribado.
Cundió la noticia con misterio desolador de augurio.
Buscóse al dejo de la tienda, y ya no vino, sino un mozo, nieto de aquel mecánico, que cargó sobre sus anchos hombros al pobre antepasado de todos los relojes del bogar. Y en tanto qué salían por corredores y aposentos, el mazuelo de las horas, al ludir con la recia espiral, produjo una trémula lamentación que se esparció por los ámbitos de las salas de muebles enfundados.


Y al mes lo trajeron. Ya había muerto el padre. La madre y los hijos recorrían las salas, los dormitorios, el comedor... Todo, ¡qué grande ahora!
Estaban cenando. Y de súbito se miraron estremecidos, hablán-dose con los ojos su desventura. Luego los alzaron como para adorar sagrada reliquia. Y del pecho de ébano salieron profundas y tem-pladas las horas, derramándose en todos los recintos y dejando fugaz ilusión de padre vivo...

1908.

1.093.1 Miro (Gabriel) - 044

El beso del esposo

No siempre el beso legítimo es de miel y vida para la boca besada Yo sé que a veces tiene amargor y muerte...
-¿Cuándo, cuándo sucede esa desventura tan grande por un beso? -prorrumpieron las gentiles doncellas que vinieron aquella tarde otoñal al huerto de tía Isabel.
Y la hermosa señora de cabellos de plata y continente de reina, sonrió con melancolía
Y todas descansaron en el vetusto banco del cedro.
Dejaron en medio a tía Isabel, que habló de esta manera:
-De libros muy antiguos sacaron la substancia de una conseja muy linda. Érase una mujer que desde niña, casi recién nacida, fué avezada al zumo de serpientes, y hasta se afirma que la alimentaron- y criaron con sangre de tan espantosos animales. Y lo que para todos era tósigo y muerte, fué para ella salud y vida. Creció y se hizo lozana y hermosísima, aunque en sus ojos no sé qué brillaba de siniestro y bravío.
Un mancebo gallardo y audaz prendóse de esta mujer, y ella también le quiso locamente. Y se casaron. Sus bodas tuvieron todo el fausto y regocijo de su rango, porque eran los dos príncipes muy poderosos en la India. Llegada la noche, se recogieron los desposados en su cámara, resplandeciente de pedrería, y aromada, no con juncieras, como hacían nuestras dueñas y madres, sino con braserillos donde se quemaban las gomas y perfumes más deleitosos de Oriente. Y sucedió que al otorgarse lo que pide amor, besáronse; pero ella, impulsada de la fiereza que le dejó en la sangre el licor de serpiente, mordió en los labios del mancebo. Y el esposo se llagó de ponzoña y murió hinchado maldiciendo a la amada y retorciéndose como los reptiles.

Y el cuento es acabado,
sea Dios siempre loado...

¿Quedásteis adolecidas del novio o de la novia? Quizás la conseja no es sólo de entretenimiento, sino también de enseñanza que aun no podéis descubrir. Habéis oído la historia del beso de la esposa; os guardo, para otra tarde, el beso del esposo...
Ellas se le acercaron, y haciéndole mil caricias le pidieron que lo contara entonces.
Delante del banco había una fuente musgosa; brotaba el agua del roto cuello de un cisne de piedra, y al verterse sonaba un coloquio cristalino de gotas. Las tórtolas quejumbraban en el cedro, que, bañado de sol poniente, era como un inmenso candelabro de oro...
La noble dama, la solitaria de aquellos jardines, rechazada de los graves y rigorosos hermanos por locuras de amor, contempló a las doncellas y dijo:
-En una ciudad no muy lejos de aquí, vivía un matrimonio de ilustre casa y grandísimo celo religioso. Dos hijos varones estudiaban en un colegio de Padres de la Compañía; y de él salieron para ingresar en Academias militares. Nació también una hija, que la crió la madre en recogimiento monjil.
Ya mayorcita, la niña, no pisaba la calle sin la custodia de sus padres. Los cuales siempre estaban con semblante de pesar, que siendo en ellos de naturaleza, lo aumentaba entonces el andar escasos de renta. No tenían a otro pasatiempo ni extraordinario que sentar, los jueves, a su mesa a un caballero célibe y noble, de los mismos años y costumbres del padre, del cual era antiguo amigo y casi pariente. Además, era muy letrado y cristiano, y en aquella casa se le consultaba y ola como un libro precioso.
La hija fué mujer; pero de una hermosura y gracia que embriagaba los corazones, como los vinos rancios y los aromas fuertes. Y esta belleza avivó de recelos y cuidados el ánimo piadoso de la madre. Lo que más le inquietaba era pensar en el casamiento de la doncella; así lo confesó al sabio amigo, acabada la comida de un jueves, añadiendo lastimeramente: "¿No hay muchos ejemplos de mujeres hermosas que fueron desdichadas?" "Los hay -afirmó el amigo. ¡Mujeres desdichadas que llevaron la perdición al hombre!" Y nombró desde la antojadiza Helena hasta algunas damas de Madrid y del extranjero, muy principales, divertidas y andariegas, y a todas les dedicó palabras de las Sagradas Escrituras: "La mujer, mas amarga que la muerte; lazo de cazadores; red su corazón; prisiones sus manos." Que de todo entendía aquel doctísimo varón. A la pobrecita Eva y a la taimada sierpe, lis citaba mucho. Y, por las noches, la madre padecía sueños horrendos de mujeres, mitad humanas, mitad serpientes, cuyas cabezas hermosísimas se parecían a la de su hija ... Y pasó el tiempo sin que se alterase aquel hogar monástico. Pero un jueves el comensal les comunicó sus propósitos de alejarse para reponer su fortuna, también quebrantada. Le conferían cargo de autoridad y ganancia en Nueva España y quizás consintiera. Y aceptó, y un domingo de Pascua florida lo fué de sufrimiento y lágrimas para sus amigos.
...Vinieron cartas del ausente llenas de amor para la familia amiga y de quejas del frío de su soledad y de narraciones muy elegantes y emocionadoras de aquellas tierras remotas. Todo lo leía la hija, y aspiraba conmovidamente el intenso perfume de lo nuevo y lejano. Llegó también una fotografía donde estaba él entre árboles centenarios y rodeado de indígenas de ferocísimo gesto y negra desnudez. La figura del europeo aparecía gallarda, pálida; su barca ya canosa y su avanzada frente recibían toda la claridad que penetraba por la floresta; aquel hombre resaltaba como un símbolo del heroísmo y nobleza de una raza. "¡Yo lo encuentro hasta bizarro y hermoso!" -exclamó entusiasmado el amigo. Y para la hija, que entonces compendiaba a los hombres en el grupo fotográfico, fue el más galán de todos los nacidos. Algo le escribió el padre de la amorosísima expresión que sintiera la joven al mirar el retrato. Y la siguiente carta dio sorpresa y gusto al matrimonio, porque en ella el expatriado confesaba un secreto que mantuvo siempre en su alma: el del amor a la hija. Decía luego su tristeza por la distancia que les separaba y por la otra distancia aún más amarga de sus edades. Cinco años llevaba cautivo de su empleo; y otros cinco le quedaban de residencia en tan extraño país. Había cumplido los cincuenta; de modo que al retorno se hallaría en los umbrales de la vejez. ¡Había de hacer dolorosa renuncia del único y más sagrado precio de su vida! La madre, alborozada con la idea de tan conveniente y tranquilo refugio para la hija, habló con ella y le rogó y pudo persuadirla a casamiento. Ya las cartas vinieron para ésta; y era tan arrebatado lo escrito que la novia sentía castísimos anhelos de caricias de aquel hombre, y llegó a fingírselo fuerte y gallardo.
-¡Ay, tía Isabel! ¿Y lo era de verdad? -interrumpieron las gentiles sobrinas.
Tía Isabel sonrió.
-¡Todo lo sabréis! Los novios de mi cuento se desposaron en la separación, por poderes. Helada y triste le pareció la ceremonia a la doncella; pero así fué preciso, porque a él le angustiaba la espera de su regreso, y a los padres de la novia el pensamiento de que su hija emprendiese tan largo viaje. La primera carta que recibió la esposa del esposo le abrasó el pecho como si el corazón se hubiera vuelto en temblorosa llama, encendió sus mejillas y estremeció dichosamente todas sus entrañas. Acababa con estas promesas: "Iré muy rico; y he de decirte como Salomón: nuestro lecho será de sándalo y florido, y en él tus besos, más sabrosos y dulces que el vino y la miel." Y la esposa besó estas palabras, y aquella noche lloró en su lecho de virgen.
¿Lloráis también vosotras? Tres años llevaba de casada y pasá-base los días contando los de los dos años siguientes como si fueran los azabaches de su rosario. ¡Cuántas veces!... Y una tarde de septiembre, tarde de oro como ésta, la madre penetró gozosamente en la estancia de la esposa, casi pidiéndole albricias como se usaba en lo antiguo... La hija se levantó palideciendo y trémula: ¿Sería él?... No; no era él, sino un enviado suyo, un compatriota que regresaba y le traía dones y obsequios preciosos. Entró el mensajero. Viéndolo, sintió ella los dulces rubores de la esposa. "¡Por qué Dios mío, si era otro, otro!" Joven, blanco, rubio, el llegado parecía un príncipe de conseja, que viniese a librarla del penoso encantamiento de su doncellez... Hablábale del ausente, y a ella le parecía que hablaba de sí mismo. Prometía que el marido vendría antes de dos años; y la virgen se preguntaba: "¡Alma mía! ¿No vino ya el amado?" Mientras estuvo este hombre en la ciudad, ella cuidó de su atavío, y tuvo alegría. Pero el Príncipe partió, y entonces apuró la esposa el, vaso de hiel del adiós a la felicidad, deshecho como una niebla. Ya sola, ya triste, se preguntó si había pecado, si cometió adulterio en su corazón. ¡Casada y amante sin saber aún del amor legítimo ni del prohibido! Y lloraba más de tristeza que de arrepentimiento. Pero como, según dijo un filósofo que yo he leído, "nada se adhiere al corazón que haga siempre llorar o siempre amar", fué la esposa mitigándose de su pena y luego pasó al goce por el anuncio del pronto arribo del marido. Faltaba un mes. Y ella y sus padres fueron a un puerto de Andalucía para recibirle... Extenuada de ansiedad, pisó el muelle la desventurada mujer. Todos los encendidos requie-bros de las cartas acudían entonces a su alma. "¡Oh, nuestro lecho será de sándalo y florido; y allí tus besos más sabrosos y dulces que el vino y que la miel!" Y ella gustaba sus mismos labios y desfallecía anticipándose fingidamente la dicha.
Entró en las serenas aguas del puerto el negro vapor, despacio, rendido...
Muchas manos agitaron pañuelos. "¿Y él?" Él llegó. La esposa pálida, angustiándose, muriéndose, recibió en su frente un beso breve, enjuto entre blancura de barba patriarcal de un anciano flaco, doblado, que balbució: “¡Oh, mi Isabel!"
-¡Isabel, Isabel! -exclamaron las doncellas rodeando a la señora.
...Tía Isabel sonrió llorando.

1906

1.093.1 Miro (Gabriel) - 044

Dia campesino

Se olía y aspiraba en la mañana una templada miel. Ya tenían los almendros hoja nueva y almendrucos con pelusa de nido; la piel gris de las rígidas higueras se abría, y el grueso pámpano reventaba; y lo más nudoso y negro de las cepas abuelas se alborozaba con sus netezuelos los brotes. Eran rojas las tierras, y así semejaban más calientes. El río estrecho y centelleante de sol aparentaba dar de su fondo fuego de oro y era limpia espada que traspasaba la rambla con dichosas heridas de frescura. Venía el agua somera sin ruido y apenas estremecida por los cantos y guijas de la madre. Estaban rubias y mullidas las márgenes de tamarindos arbusteños; y en lo postrero de la vista, las aguas espaciadas hacían una tranquila y pálida laguna. De dentro, los tamarindos, ya árboles, asomaban sus cimas anchas y doradas como el trigo en las eras o islas románticas; y enteramente lo copiaban las aguas.
Cerca del río tronaba un viejo molino harinero. Delante del portal había un alto álamo de trémula blancura; y en aquellos campos primaverales el árbol grande y blanco parecía arrancado de un paisaje de nieve.
Vinieron de la ciudad a esta ribera dos amigos. Entonces, descansaban, sumergiéndose en el dichoso gremio de la dulzura matinal de primavera. De lo alto del aire o de lo hondo de la tierra pasaba a instantes la templanza un estremecimiento, un aleteo rápido y leve de frío, pero frío de invierno huído, ya lejos.
Luego resultaba más grueso y dulce el abrigo del sol. Era buén tiempo rizado, conmovido por frescura sana y seca; el buen tiempo, el deseado por el enfermo amado de nuestra alma que murió en el invierno. Ahora estaría con nosotros, bajo la gracia de los cielos, y después, en la santa quietud de los tibios crepúsculos, cuando empieza a balbucir en la verdura, hija de la lluvia, un élitro de son argentino. Lo busca tiernamente nuestra mirada; pero su cántico tembloroso resuena en toda la soledad; y el lírico insecto parece oculto en todos los rodales de matas...
Y no volvemos la espalda al recuerdo del enfermo que ya no está con nosotros, no le olvidamos, y la madurez de la mañana aumenta la salud y ésta nos genera y renueva alegría. Tenían salud aquellos amigos y era olor de salud el de los árboles verdes, el de las espigas granadas y el de la harina y el de la humedad de río... Tenían alegría, alegría que parece brotar de todos nuestros poros en finos manantiales y llega al penetral del corazón y allí remansa y se clarifica. ¡Grande y fuerte beatitud de la naturaleza! La voz del sabio se oye en las inmensidades: "Vuélvete, alma mía, éntrate a tu reposo, porque te ha hecho bien el Señor.”
En aquella mañana inicial de primavera los dos amigos paseaban junto a la orilla del humilde río, recreándoles puerilmente la huída de las ranas que saltaban, reluciendo al sol, desde el limo de las rrárpenes, y al caer y zambullirse se oía en la paz de las aguas quebrarse un cristal. Y por eso, uno de los amigos sonreía buenamente.
"Amable es el hombre que se compadece", había leído en los Psálmos. Pues el compadecerse sea de todo, de lo magnífico y de lo menudo, que esto no enmuellece ni disipa el ánimo, y sin menoscabarlo, lo adelgaza y apura y lo hace muy sencillo.
De los dos amigos, uno era famoso ingeniero, que estudiaba el recogimiento y prisión del río en canal, para después precipitarlo torrencialmente desde las altitudes y dar su fuerza a industria de señores Icigreros. Pero él, sólo pensaba entusiasmado en el arco estruendoso de espumas irisadas por el sol como inmenso velo nupcial colgado en el abismo.
El otro amigo no buscaba ni trazaba arbitrio alguno en aquel paraje. No se había propuesto nada.
Junto al molino repararon en cinco ánades que picoteaban granzas, harija, hosecicos de oliva majada; y esto lo hacían perezosamente, descansando sus buches en la tierra; pero al ver a los hombres se asombraron mucho y se alzaron mirando a todos lados, y dieron grande estrépito.
Y como el natural contentamiento facilita los más pequeños amores, los dos amigos contemplaron enternecidos los patos, y sonrieron.
Los ánades, gordos, muy despacio y cabeceando, como señores canónigos saliendo del coro, se fueron apartando del molino; contempláronse en el río, y se estuvieron murmurando con aspereza, mirando siempre recelosos a la gente de tan nueva catadura.
Entonces se llegó a los amigos un hombre risueño; cuajábanse sus ojos de luz húmeda; le sudaban los carrillos como si se les fundiera la grosura. Era de los beneficiados con el canal del río. Su cara era un incendio de sangre y alegría; también estaba muy alegre, pero sin importarle la ternura y dulcedumbre de la mañana.
Con voz blanda y espesa, como si se deshiciera una rica pasta en su boca, dijo:
-¿Los han visto? No los hay mejor cebados en toda la provincia. De aquí me los mandan para mi mesa, y yo mismo, yo mismo tengo un grandísimo cocinero, yo mismo hago los pasteles de hígado, pero incomparablemente más exquisitos que los preparados en Amiens y en Tolosa. Créame: estos patos son tan tiernos como un seso; yo no les iba a decir una cosa por otra...
Los dos amigos le respondieron que sí que lo creían.
-¡Si ustedes los probasen, madre mía!
Y la saliva brilló en toda la boca de aquel hombre, trémula como la dee un lujurioso cerca de la hembra codiciada.
El ingeniero y el romántico -así les diremos para diferenciarlos- le miraban atraídos por su voz, rellena de guisos suculentos y olorosos. Y el romántico pretendió desasirse de bajas tentaciones, y se volvió para atender a las aves.
Ya habían bajado a las aguas, menos una, que quedó llena de incertidumbre en lo enjuto. Parecía su cabeza de terciopelo verde, y a veces vislumbraba o se quedaba negra.
Era el ánade más pesado y filosófico de todo el averío.
Y lo contempló para amarlo en armónica onda de amor, que nacía desde la hierbecita que hollaban las patas membranosas, pasaba por el río, atravesaba la arboleda, el cielo, los horizontes luminosos, y este arco iris de amor y caridad envolvía otros campos hasta posarse, acaso en otras humildades...; mas sus ojos se detuvieron demasiado en la opulenta pechuga del animalito.
-¡Hay que saberlos comer!
Y el gastrónomo adelantóse. Hizo cauta y diestra maniobra. Se precipitó y sonó un graznido como si removieran hierros roñosos y materiales de fábrica. Y el hombre vino a los amigos con el pato en sus brazos.
-Tiéntele aquí abajo.
Las manos del romántico sintieron un temblor caliente de vida asustada.
-¿Qué le parece, si lo añadiéramos a los gazpachos? La olla es inmensa: ya tiene dos perdices, una gallina y un pollo. ¿Lo añadimos?
El romántico no contestó.
-¿Lo ha comido usted en gazpacho? Es la delicia de las delicias. Con su espuma podrían alimentarse seis hambrientos. ¿No lo ha catado nunca?
No lo había catado. Y balbució tímidamente:
-¿Es que no bastará con las perdices y todo lo que ha dicho?
-¡Qué mezcla de gustos de carnes!... ¿Qué? ¿Va? -continuó tentado el glotón.
¿Pero por qué le pedían a él la sentencia?
Y vió los ojitos del ánade, que le miraban suplicándole gracia; y volvióse al ingeniero para transferirle la resolución; pero el ingeniero estaba leyendo en su manual de notas y cálculos, ajeno a la contienda mantenicia entre el estómago y el corazón de su amigo. Y éste no quiso saber más del pato ni de sí, y apartóse para entregarse a la fortaleza y magnanimidad del paisaje; pero encima de su corazón le aleteaba angustiadamente el pato.
...Muy alto el sol y en quietud los campos, sonó la gran voz del señor de los pasteles llamándole.
Acudió el romántico casi con entusiasmo. Tenía hambre. Voz de la carne le prometía gozar y... la escuchaba. Notábase fuerte y sensual.
En el portal del molino estaba la mesa. El fresco olor de harina reciente se perdía en el vaho de las viandas. Las tortas ázimas eran enormes como las muelas que rodaban allá en lo hondo con grave ruido. Y mirar y oler las tarinas de aves guisadas, hartaba.
Mucho tiempo estuvieron comiendo sin decir palabra.
Después de un breve descanso, el hombre risueño preguntó al romántico:
-¿Qué me dice del pato?
-¿Luego murió el pato?
-No, señor; lo matamos, y usted engulló la mitad de su pecho.
-¡Yo! Lo comí por perdiz. ¡Inútil sacrificio! Lo juro. Y el glotón reía devorando un muslo como un mazo de mortero.
...Por la tarde recorrieron el trazado del canal. Sus sombras se acostaban prolongándose sobre el río y la otra ribera.
Cruzaban el azul, ya pálido, avecitas que volvían a la querencia de sus árboles. Humeaba una niebla castísima. La laguna era cielo caído y los tamarindos fuertemente inflamados por sol de ocaso encendían macizos de hogueras en el bello sueño de las aguas. Un autillo dió un grito de lástima desde el remoto olivar de una sierra; y palpitaba en la quietud del crepúsculo un coro de insectos.
Sentíase una mística tristeza; y el hombre de los pasteles lanzaba, de tiempo en tiempo, el estampido de su carcajada, que manifestaba honradez.
¿Pero es que no piensa en el pato, en nuestra víctima?, se dijo el romántico; en cambio, él veía su doliente espectro caminando a su lado, con el cuello retorcido y sangrante, y creciendo, agigantándose corno la sombra de un avestruz monstruoso. ¿Es que sólo había pecado su corazón y el ánade fué víctima únicamente suya, porque sola su alma había sido la elegida para defenderlo de la voracidad?
Y quedó contemplando el lago. Se apagaron dulcemente los árboles de oro. Ellos se marcharían, se olvidarían de todo. Y las aguas y los tamarindos continuarían ofreciendo su belleza en la soledad.
-Poco les queda de vida. Nuestro canal les quitará el agua.
-¿Han de morir?
-Sí, señor. ¿A qué hemos venido sino a estudiar su muerte?
Frío húmedo se levantó de las aguas; en los olivos gimió otra vez el autillo, y entre dos espesuras de tamarindos cruzó lenta y triste una garza de plata.
Acabó el día campesino, comenzado alegremente por un hombre que se creyó bueno y amable porque compadecía, según el psalmista...

Sol claro, plasentero
Nuue lo fase escuro,
De un día entero
Non es onbre seguro,


escribió el judío Sem Tob. 

1908. 

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Corpus

(La f¡esta de Nuestro Señor)

Acabado el enjalbiego, dijo la señora tía, ya doblada por senectud, al sobrinico huérfano:
-Anda, Ramonete, anda; y acuéstate, como a buen seguro hicieron ya todos los muchachos; que muy de mañana se ha de ir a la parroquia.
-¿Qué hay entierro o casamiento, señora tía?
-Pues, descabezado, ¿qué no recuerdas el día que es? ¿Qué dijo el señor maestro?
-¡Que no había escuela!
-¿Y no paró en hablar de la grande fiesta de Nues­tro Señor?
-Sí dijo de fiesta, señora tía, sí dijo.
-¿Y no entendiste que había de ser la del Corpus, la más preciosa y bendita, hijo Ramonete?
-Sí que podrá ser, señora tía; que Damián y Ja­vierico, los de la Corrionera, y Luis y Gabriel y Barberá dijeron que estrenaban botas de cordones y gorras de visera reluciente y trajes de...
-Anda, Ramonete, hijo; anda y acuéstate, que bien supiste las fantasías de los rapaces... Corpus es maña­na, y el señor rector predica, con que...
Y el sobrinito huérfano bebió de una cántara que estaba a la serena; besó la mano seca y rugosa de la señora tía, y se internó muy despacio en la negrura del portal.
Desde lo hondo llamó tímidamente:
-íSeñora tía! ¡Señora tía!
-¡Ay, Ramonete; ay, hipo! ¿Qué antojo es ése?
-¿Ha de venir pronto, señora tía? ¡Mire que todo está fosco, y en lo corral sentí ruido y pasó como una fantasma, señora tía!
-¡Ay, hijo Ramonete! Encomiéndate al buen Án­gel; mira que recelo que todo eso es el Enemigo que te lo hace ver...
A poco sosegaba el chico; y la vieja cerró con caute­la el postigo; guardóse en la faltriquera del refajo la llave, trabajadosa y pesada como de puertas de ciudad, y fuése a la casa de la mayordoma de la Congregación, cuyo zaguán bullía de gente devota y picotera. El señor rector y otro eclesiástico forastero paseaban graveniente, celando al vicario, recién afeitado, que aleteaba en un ruedo de doncellas afanadas por acabar el recamado de cañutillo de la nueva palia para el Sagrario. En un apo­sento alto, los mozos ensayaban el "Credo" de la misa.
Ya cerca de la media noche entraba la señora tía en su dormitorio. El sobrinico quejábase con pesadilla.
-¡Hijo Ramonete…! -llamó la vieja, signándose, y luego suspiré: íNo sosiega una con criaturas!
Acostada, percibió la congoja de Ramonete. Y ella sopló al candil y rezó tres veces su jaculatoria: "San Pedro, con vuestra licencia, voy a dormir; las puertas de mi casa las guarde la Santísima Trinidad; mis ven­tanas, San Joaquín y Santa Ana; mi aposento, el San­tísirno Sacramento:"
Ramonete despertó espantado al sentir en su carne las manos afíladas, de la fantasma. Se había caído de la cama. Subióse muy medroso; ensanchó los ojos y gimió:
-¡Señora tía!... ¡Señora tía!
Y estuvo aguardando.
La señora tía roncaba.
-¡Hijo! ¿Qué rogodeo es éste?... A buen seguro que te pudrirías durmiendo si no te tuviera a mi cuida­do... ¿Pues que no oíste aquel estrépito de campanas y de morteretes, que no parecía sino que era venida la fin del mundo? ¡Y la bulla de los mozos que llegaban del monte con sus costales de chopo y romero para en­ramar la casa, de Nuestro Señor! ¿No piensas en la fies­ta? Darán las seis y te estarás ahí como un gusano... Anda, hijo Ramonete; anda, despabila; y en tanto que yo avío la clueca y los cochinos, colócate este delantal lavado y el pañolico de pita..., y venga, Ramonete; anda hijo, que vayamos a la parroquia para bien acomo­darnos…
Y la señora tía salióse muy ahina a su corral, donde la pollada y los cerdos la recibieron con alborozo y contiendas de gula.
Atolondrada, se incorporó el sobrino; entróse las cal­zas, que sujetó a las rodillas con ataderas verdes; luego descuidó su atavío para estregarse los ojos. Un dulce emperezamiento le rendía, y se acostó, diciéndose: lCor­pus, Corpus es! ¡La fiesta de Nuestro Señor! ¿Qué será Corpus?"
Desde la pocilga acuciábale la señora tía:
-Hijo Ramonete, ¿qué negocio tan largo es el que me llevas, que no acabas de salir?
Muy azorado levantóse de nuevo el sobrino. Se puso las alpargatas y salió a bañarse la cara en la pila del pozo.
La señora tía ya estaba en su cámara mudándose las haldas; prendió su mantellina de pana negra y raída con larga cruz de ébano tendida sobre el seno; recogió del clavo de la cabecera su rosario de dieces cabales y llevóse de la mano al sobrinico sin permitirle enmendar la lazada del cenojil, que se le había desceñido.
-jAy, señora tía, que se me cae una calza!
-¡Hijo Ramonete! ¿Qué nuevo antojo dices para ir reacio?
-¡Mire, señora tía, que muestro el calcañar!
-Obra es del Enemigo, hijo Ramonete, para que no oigamos al señor predicador.
Y tiraba del zagalico, que había de jadear y brincar como un chivo zaguero para poder seguirla.
Cuando llegaron a la iglesia colgaba los muros el vi­cario, ayudado de dos mozos. Otros esparcían juncia y espadañas en las losas.
Una lámpara pestañeaba en la lobreguez de la capilla de las benditas Ánimas.
Vino la mayordoma de la cofradía. Las hijas traje­ron una butaca de su sala, que había de servir para el oficiante.
-¡Hijo Ramonete, no miras cuánto lujo!... Ahora quédate sin menearte ni resollar en este puesto, y yo iré a cumplir mi trabajo.
Y la señora tía acercóse al hormiguero de amigas que colocaban la palia nueva.
Quedó Ramonete custodio del codiciado asiento, y pensaba: "¡Corpus, Corpus! ¡La fiesta de Nuestro Señor ¿Qué será Corpus!" Y miraba a los muchachos que pasaban libres y gozosos. Todos estre-naban ropas; chupaban regalicia. Damián y Javierico traían bastones de hombrecito, y Barberá lucía cadena de reloj y todo.
...Ramonete se aburría... "Corpus... Corpus... Corpus..." Y se quedó dormido.
...Lo despertó muy enojada la señora tía.
-Hijo Ramonete, ¿no acabarás de afrentarme? Atiende, que está aquí todo el pueblo y nos conoce... Mira que comenzó la fiesta...
Descaecía el sobrino entre la muchedumbre, y pare­cióle que su estómago recogía como un ávido olfato olo­res mezclados de pisadas verduras, de cera ardiente, de sudor de carne labradora, de telas tiesas y nuevas ...
Los cantores gritaban rudamente el Gloria in excelsis Deo.
La señora tía, de rato en rato, mandaba al sobrini­co: "Ponte en pies, hijo Ramonete...” "Anda, hijo, y ponte de hinojos...” "Ahora, Ramonete, puedes asen­tarte en tierra si te cansas..."
Hacíalo puntualmente el sobrino, y suspiraba de can­sancio y hastío.
-¡Señora tía! ¡Señora tía!
-¡Calla, hijo Ramonete, calla y mira a Nuestro Se­ñor, que te ve desde la Custodia!
Subió Ramonete la mirada por el altar y la puso me­drosamente en el viril, en cuyo centelleo se apagaba la blancura de la hostia.
Estuvo Ramonete muy quieto, muy quieto, y sin apar­tarse de la contemplación, musitó:
-iSeñora tía, no me mira Nuestro Señor!
Y sudaba y se removía buscando descanso con la mu­danza de actitud.
Avizorábale indignada la vieja.
-Pero, hijo Ramonete, ¿qué nuevo antojo te dió?
-¡Ay, señora tía, es que... es que me estoy ori­nando!...
-¡En la casa de Dios esos pensamientos!... Reza, hijo Ramonete, que todo es el Enemigo que te posee... Pero, calla, hijo, que el señor rector subióse ya al púl­pito... ¡Qué bendición de hombre!
Ramonete miró a lo alto. Los anteojos del señor rec­tor resplandecían como los del señor maestro en la mal­humorada lección de los lunes...
Ya era mediodía cuando la vieja y el sobrino huér­fano volvieron al portal de su casa.
La quejumbre de los goznes inquietó a los cerdos.
-Vamos, vamos, ¿no conocéis al ama?
Y la risica de la señora tía fuése entrando por los oscuros cuartos, hasta que sonó muy zalamera y des­pejada en el corral calentado de sol, ruidoso de moscas. De la umbría de la pila y de la leña salieron las gallinas.
Ramonete aguardaba.
Al entrar, reparó en él la señora tía.
-¡Mustio hoy, Ramonete! ¿Pues qué maquinas, Ra­monete?
Y alcanzó del último vasar de la alacena un cuarto de hogaza; goteó la miga con aceite de la alcuza, aña­diále sal, y se lo entregó, diciéndole:
-Anda, Ramonete, y hártate; la señora tía come en casa de la mayordoma, que da comida a la congrega­ción y a los señores curas. Pero, hijo, no voy a regalo, sino a faena, que bien me conoces, y no acertara lleván­dote. Hártate cuanto quieras, pues eres chico... Y ya sabes que en la procesión hemos de vernos. Amigos tie­nes, pero mira cuál es tu comportamiento, que quedaste a mi guarda... ¡no se diga, hijo Ramonete, no se diga de nosotros!...

Estaba en quietud toda la aldea; y por las calles re­pasaban muy bajas las golondrinas. En la sombra de un cornijal sesteaba un perro.
Ramonete se acercó a la casa de la mayordoma y oyó voces de gargantas espesadas al engullir. La señora tía no sosegaba de hablar.
Ramonete se alejó mordiendo el pan y marchóse al ejido. Comía y miraba el valle ancho, suave y arbolado.
Lo abría un río de aguas silenciosas donde se miraban las trémulas frondas de los chopos.
Y el paisaje le envió toda su tristeza en aquella tarde de la fiesta de Nuestro Señor.
De Ta aldea surgió una vocecita campanil que parecía volar entre la colina y perderse en los campos.
Estuvo atendiendo, y sus ojos se regocijaron y pensó: "¿Será Gregorico?... Gregorico es, que dijo que hela­ría limón para Corpus." Y guardóse en sus bolsillos los zoquetes que le quedaban, y tornó al pueblo.
Ya estaban empaliados los principales balcones y las calles rociadas.
En el cantón de la plaza estaba Gregorico cercado de muchachos que lamían la garrafa con la mirada.
Llegó Ramonete al grupo y saludó risueño y humil­de al vendedor; pero los ojos claros y fríos de Gregori­co no le acogieron amigos. ¡Oh! Gregorico no tenía cara de chico, sino de hombre abobado y cermeño. Miraba desdeñoso la rapacería anhelante; destapaba la helado­ra; con el largo cazo arrancaba de las paredes del cañón los grumos de dulce y alzando la mano caía estrepitoso el rico y codiciado suco de oro ... Y cuando algún lu­gareño le compraba de su refresco, él le servía solemne­mente con hazañería y melindre de poner, en aparien­cia, más de lo que cabía en el vaso de vidrio recio y nublado. Y luego preguntaba chancero: "¿Va otro? ¡Vaya otro!"
Ramonete se perecía de risa para celebrarle la chan­za. Y Grego-rico no lo notaba.
Vinieron Barberá y Damián y Javierico y también reftescaron, que llevaban dineros. Bebían muy despa­cio contemplados por Ramonete.
Gregorico explicó menudamente la mixtura y cuando dijo del azúcar, Ramonete, que ansiaba intervenir y con­graciarse, preguntó:
-¿Y es "asúcar morena", verdad?
-¡Morena, morena será! ¡Qué va ser morena! -gri­taron, burlándose, los otros; y miraron y se acercaron más a Gregorico para desagraviarle.
Arrepentido Ramonete, oseó con humildad las mos­cas que revoleaban tenaces sobre la abierta vasija. Pero Gregorico no estimó la fineza, y antecogiendo vasera y garrafa se alejó voceando, rodeado de muchachos.

...Como suele en los rediles
en torno de los tarros de la leche
zumbar de moscas numeroso enjambre,
cuando ya llega la estación florida
y ordeñan el ganado...

que dijo el padre Homero.
-Corpus, Corpus, Corpus... La fiesta de Nuestro Señor -íbase diciendo el sobrinico huérfano y volvió al ejido y se tendió en su llano torrado de sol.
De abajo, de un olmo ribereiio, brotaba, esparcién­dose en el silencio de la tarde campesina, la apasionada cántiga de un ruiseñor.
Súbitamente cayó sobre la gran paz estruendo de cam­panas y alarida de banda. En el azul aparecían copos de humo, reventaban los cohetes y el tronar se arrastra­ba de montaña a montaña. Pasaron muy alto los gorrio­nes de la aldea, refugiándose en el valle.
-... Corpus, Corpus, Corpus... -decía Ramonete. Y se afligió su alma.
La procesión -apareció en la calle frontera al ejido. Todos los aldeanos y labradores del término iban alum­brando.
Vió Ramonete a la señora tía delante de la mayor­doma. Un viejo agobiado por su capa pardal acercóse a hablarla. Y la señora tía abandonó su puesto para buscar al sobrinico huérfano; su diestra empuñaba un cirio doblado, rendido.
-¡Hijo Ramonete! ¿No tienes compasión de la se­ñora tía? ¿Habré de coserte a mis faldas? ¡Pues no ves que todo el pueblo acompaña a Nuestro Señor!
Y se lo llevó agarrado hasta la fila de los piadosos congregantes.
En un remanso de la procesión, ocurriósele a la se­ñora tía secretear con la mayordoma, y los cirios de las dos devotas gotearon espesamente en la cabeza del ra­paz. Quiso éste apartarse, y, al hacerlo, derribó la can­dela de la mayordoma.
Entonces la señora tía creyó morirse de vergüenza.
-¡Ay, hijo Ramonete, hijo Ramonete! ¿Te mordió alguna sierpe, o es que en verdad te ha poseído el Ene­migo?...


... Ya muy estrellado el cielo entraban en su casa la señora tía y el sobrinico huérfano.
-¿Cómo tropezabas tanto, hijo Ramonete?
-Es que me estaba durmiendo, señora tía.
-Bien dices, hijo; a mi también me rinde el sueño, que si tu divertimiento te cansó, yo estoy majada del trajinar de todo el día. Y mejor será acostarnos, que no conviene la cena tarde; y mira, hijo Ramonete, que ma­ñana hay escuela y no todo ha de ser holgar y regalarse.
Y la señora tía tornó su alcoba.
El sobrinico huérfano sollozó.
-Pues cómo, hijo Ramonete; ¿ya te dormiste y te anda la pesadilla?
-¡No es, durmiendo, señora tía, que estoy llorando, estoy llorando de verdad!­
-¡Llorando, hijo Ramonete, llorando en la noche de la grande fiesta de Nuestro Señor!
-¡Corpus, Corpus, Corpus!... La fiesta fué de Da­mián, Gabriel y Javierico y Barberá, que yo...
-¡Ay, hijo Ramonete, rézale al buen Angel, y mira no murmures, hijo, no sea que te castigue el Nuestro Señor!...
Ramonete no podía ya dormirse. Tenía hambre y miedo. Y gimió:
-¡Señora tía! ¡Señora tía!
La señora tía roncaba ...

1908

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