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lunes, 27 de enero de 2014

Una invernada entre los hielos - Cap XI. Una nube de humo

A la mañana siguiente, cuando los marineros se despertaron, encontráronse envueltos en la más completa oscuridad. La lámpara se había apagado.
Juan Cornbutte despertó a Penellán para pedirle el eslabón, que el timonel se apresuró a entregarle.
Éste se levantó para encender la cocinilla, y, al hacerlo, tropezó su cabeza en el techo de la casa. Como la víspera podía estarse en pie todavía en ella, se atemorizó al advertir que el techo había descendido notablemente, cosa que pudo comprobar, después de encender la lamparilla, a la indecisa luz del hornillo de alcohol.
Penellán empezó a trabajar con furia.
María, que despertó en aquel momento, vio, a los resplandores que proyectaba la luz en la ruda fisonomía del timonel, reflejada la lucha que sostenían la desesperación y la voluntad del bravo marino.
Se aproximó a él, le cogió las manos y se las estrechó con ternura.
El valor de Penellán se reanimó.
¡No puede morir de este modo! ‑exclamó.
Y con vigor extraordinario reanudó el trabajo, volviendo a hacer uso de la cocinilla.
Un instante después, introdujo con fuerza su bastón ferrado en la masa de nieve que estaba perforando y no encontró resistencia. ¿Había llegado a las capas blandas de la nieve? Retiró en seguida el bastón, y un brillante rayo de luz penetró al punto en la casa de hielo.
‑¡Ayudadme, amigos míos! ¡Ayudadme! ‑gritó, repeliendo la nieve con pies y manos al mismo tiempo.
Pero la superficie exterior no estaba, como él había creído, deshelada, y juntamente con el rayo de luz penetró en la casa un frío intensísimo que inmediatamente solidificó todas las partes húmedas.
Con ayuda de la cuchilla ensanchó Penellán la abertura, logrando, al poco rato, respirar el aire libre.
Al salir fuera de la casa, lo primero que hizo el timonel fue hincarse de rodillas y dar gracias a Dios por haberlo libertado de la prisión. María y los demás compañeros no tardaron en unirse a él.
Una luna magnífica brillaba, a la sazón, en el espacio con todo su esplendor; pero el frío que hacía era tan intenso que los marineros no lo pudieron soportar.
Todos volvieron a entrar en la casa de nieve; pero Penellán, antes de hacerlo, miró en torno suyo y vio que el promontorio no se encontraba allí. La casa estaba en medio de una inmensa planicie de hielo, y el trineo, con las provisiones y todos los demás efectos de los expedicionarios, habían desaparecido.
El frío le obligó a cesar en sus observaciones y entró en la casa; pero a sus compañeros no dijo nada de cuanto acababa de ver.
El termómetro marcaba treinta grados bajo cero.
Una hora después, Andrés Vasling y Penellán, que decidieron arrostrar el frío exterior, se arrebujaron en sus ropas, húmedas aún, y salieron de la casa por la abertura practicada en ella, cuyas paredes habían adquirido la dureza del granito.
Andrés Vasling, orientándose por las estrellas, que brillaban con extraordinario fulgor, dijo:
‑Hemos sido arrastrados al Nordeste.
‑Eso no importaría mucho ‑contestó Penellán si el trineo nos hubiera acompañado.
‑Pero, ¿no está el trineo ahí? ‑preguntó Andrés Vasling. Entonces, estamos perdidos.
‑Vamos a buscarlo ‑repuso Penellán.
Y, dicho esto, uno y otro dieron vuelta a la casa, que se había convertido en una mole de más de quince pies de altura. Había nevado muy copiosamente durante la tempestad, y la nieve había sido acumulada por el viento sobre la única prominencia que existía en la llanura. Después, el mismo viento había arrastrado toda la mole, por en medio de los témpanos destrozados, a una distancia de más de veinticinco millas al Nordeste y, prisioneros dentro de aquella cárcel flotante habían sido arrastrados también los expedicionarios.
El trineo, arrastrado sobre otro bloque de hielo, había sin duda derivado hacia otra parte, porque no se veía el menor rastro de él. Los perros habían debido sucumbir durante la espantosa tempestad.
Andrés Vasling y Penellán sintieron que se apoderaba de su alma la más negra desesperación.
Por no atreverse a comunicar a sus compañeros de infortunio la fatal noticia, se resistían a volver a entrar en la casa de hielo.
Subieron sobre el bloque de hielo del que formaba parte la casa, miraron en todas direcciones y sólo vieron la inmensa llanura blanca.
Ya el frío entumecía sus miembros, y la humedad de la ropa se transformaba en carámbanos que les colgaban de todas partes.
En el momento en que Penellán iba a descender del montículo, dirigió la vista a Andrés Vasling, que estaba mirando ávidamente hacia un lado, y advirtió que se estremecía.
‑¿Qué tiene usted, señor Vasling? -le preguntó.
‑Nada ‑respondió el segundo del ber gantín. Descendamos y apresurémonos a abandonar estos parajes, que no debimos pisar jamás.
Pero Penellán, lejos de obedecer, subió a lo más alto y dirigió la vista hacia el lado que había atraído la atención de Vasling. El resultado de esta observación produjo al timonel un efecto muy distinto del que había producido al segundo del bergantín.
‑¡Loado sea Dios! ‑exclamó, lanzando un grito de alegría.
Hacia el Nordeste elevábase al espacio una ligera humareda. No, no se había equivocado. Allí había seres animados.
Los gritos de alegría proferidos por Penellán hicieron salir de la casa a los demás expedicionarios, quienes se convencieron por sus propios ojos de que el timonel no se había engañado.
Inmediatamente, sin preocuparse por la falta de víveres, sin tener en cuenta el extremado rigor de la temperatura, envueltos en sus capuchones, avanzaron todos precipitadamente al lugar seña-lado por Penellán.
El humo se veía hacía el Nordeste y esta dirección siguió la caravana. El lugar al que se pretendía llegar distaba cinco o seis millas, que eran muy difíciles de recorrer sin exponerse a graves riesgos.
La humareda había desaparecido y en la inmensa planicie helada no había elevación alguna que pudiera servir a la caravana para orientarse. Importaba, sin embargo, no apartarse de la línea recta.
‑Puesto que en las lejanías no hay objeto alguno que nos pueda guiar ‑dijo Juan Cornbutte‑ vamos a emplear el medio siguiente: Penellán marchará delante; a veinte pasos detrás de él irá Vasling, y a otros veinte pasos de Vasling seguiré yo, y así podré apreciar si el timonel se aparta o no de la línea recta.
A la media hora de camino, se detuvo Penellán de pronto, poniéndose a escuchar.
Inmediatamente se acercaron a él los demás marineros.
‑¿No han oído ustedes nada? ‑preguntó el timonel.
‑ Absolutamente nada ‑respondió Misonne.
‑¡Es singular! ‑exclamó Penellán. Me ha parecido oír gritos hacia este lado.
‑¿Gritos? ‑preguntó María. ¿Será posible que estemos cerca de nuestro objeto?
‑No hay motivo suficiente para creer eso -respondió Andrés Vasling, porque en estas elevadas latitudes y con este frío tan grande, el sonido recorre distancias extraordinarias.
‑De todos modos ‑dijo Juan Cornbutte, caminemos si no queremos quedamos helados.
‑No ‑repuso Penellán, escuchen ustedes.
Y, efectivamente, oíanse algunos sonidos débiles, pero percep-tibles, que parecían gritos de dolor y de angustia.
Estos gritos se renovaron dos veces. Habría podido decirse que algún ser humano imploraba socorro.
Luego, todo quedó sumido en el más profundo silencio.
‑No, no me he engañado ‑dijo Penellán. ¡Adelante!
Y empezó a correr en la dirección de los gritos, y, corriendo, anduvo unas dos millas; pero, de pronto, se detuvo estupefacto al encontrarse a un hombre tendido sobre el hielo. Aproximóse a él, lo incorporó, le miró el rostro y, luego, alzó los brazos al cielo, con gran desesperación.
Andrés Vasling, que seguía de cerca al timonel con el resto de los marineros, acudió en seguida y, al ver al hombre tendido en el suelo, exclamó:
‑¡Es uno de los náufragos! ¡Es nuestro marinero Cortrois!
‑¡Ha muerto! ‑replicó Penellán. ¡Ha muerto de frío!
Juan Cornbutte y María se acercaron al cadáver, que el hielo había puesto ya rígido. Todos los rostros reflejaron la más profunda desesperación: ¡el muerto era uno de los compañeros de Luis Cornbutte!
‑¡Adelante! ‑exclamó Penellán.
Y los expedicionarios reanudaron la marcha, sin que ninguno de ellos pronunciase una palabra.
Al cabo de media hora divisaron una prominencia, que seguramente debía de ser la tierra, y Juan Cornbutte dijo:
‑¡Es la isla de Shannon!
Anduvieron una milla más y vieron salir de una pequeña casa de nieve, cerrada por una puerta de madera, una columna de humo. Gritaron, y sus gritos tuvieron la virtud de hacer salir de la casa a dos hombres, en uno de los cuales reconoció Penellán a Pedro Nouquet.
‑¡Pedrol ‑exclamó.
Éste se quedó inmóvil y como atontado, sin conciencia de lo que pasaba en torno suyo.
Andrés Vasling miraba con inquietud, no exenta de cruel alegría, al compañero de Pedro Nouquet, porque no veía a Luis Cornbutte.
‑¡Pedro! ¡Soy yo! ‑exclamó Penellán. ¡Somos todos amigos tuyos!
Pedro Nouquet, volviendo en sí, cayó en los brazos de su viejo compañero.
‑¿Y mi hijo? ¿Y Luis? ‑preguntó Juan Cornbutte, con acento de la más profunda desesperación.

1.016. Verne (Julio)

Una invernada entre los hielos - Cap XII. Regreso al bergantin

En aquel momento, un hombre casi moribundo salió de la casa arrastrándose sobre el hielo.
Era Luis Cornbutte.
‑¡Hijo mío!
‑¡Amado mío!
Estos dos gritos fueron pronunciados al mismo tiempo, y Luis Cornbutte cayó desvanecido en los brazos de su padre y de María, que lo condujeron a la casa, donde, a fuerza de cuidados, consiguieron reanimarlo.
‑¡Padre mío! ¡María! ‑exclamó Luis Cornbutte. ¡Loado sea Dios, que ha permitido que os vea antes de morir!
‑No morirás ‑respondió Penellán, porque todos tus amigos están a tu lado.
Necesariamente debía de ser muy grande el odio que Andrés Vasling tuviera a Luis Cornbutte para no estrecharle la mano; pero es lo cierto que no se la estrechó.
La alegría tenía fuera de sí a Pedro Nouquet, que no cesaba de abrazar a todo el mundo. Luego, echó leña a la estufa, y, al poco rato, reinaba en la casita una temperatura bastante agradable.
Allí había otros dos hombres, a quienes ni Juan Cornbutte ni Penellán conocían. Eran Jocki y Herming, los dos únicos marineros noruegos que quedaban de la tripulación del Frooern.
‑¿Pero es cierto, queridos amigos, que estamos salvados? ‑dijo Luis Cornbutte. ¡Padre mío! ¡María! ¿Por qué os habéis expuesto a tantos peligros?
‑No nos pesa, hijo mío ‑respondió Juan Cornbutte. Tu bergantín, La Joven Audaz, está sólidamente anclado entre los hielos, a sesenta leguas de aquí. A él iremos todos juntos.
‑¡Qué contento va a ponerse Cortrois ‑dijo Nouquet, cuando al volver les encuentre a ustedes aquí!
Esta exclamación fue acogida con un triste silencio, que interrumpió Penellán para notificar a Pedro Nouquet y a Luis Cornbutte la muerte de su compañero, a quien el frío había matado.
‑Amigos míos ‑dijo luego Penellán, esperaremos aquí que el frío disminuya. ¿Tienes provisión de víveres y de leña?
‑Sí, quemaremos lo que nos queda del Frooern.
Efectivamente, el Frooern había sido empujado por los vientos a cuarenta millas del lugar en que invernaba Luis Cornbutte Allí fue destrozado por los hielos flotantes, y los náufragos se vieron arrojados a la orilla meridioral de la isla de Shannon, justamente con una parte de los despojos del buque, que les sirvió para construir su cabaña.
Los náufragos eran entonces cinco: Luis Cornbutte, Cortrois, Pedro Nouquet, Jockí y Herming. Los demás tripulantes noruegos se habían sumergido en el mar con la chalupa en el momento del naufragio.
Tan pronto como Luis Cornbutte, arrastrado por los hielos, vio que éstos se cerraban en torno de él, formando una sola masa, adoptó las medidas necesarias para invernar. Era un hombre enérgico, sumamente activo y estaba dotado de gran valor; pero, esto no obstante, había sido vencido por aquel clima horrible y, cuando su padre lo encontró, no esperaba ya sino la muerte
Además, no eran los elementos los únicos enemigos con que tenía que luchar, sino que también tenía que habérselas con los dos marineros noruegos, que no le querían bien a pesar de deberle la salvación.
Estos hombres eran dos salvajes, que casi carecían de sentimien-tos naturales, y, por eso, cuando Luis Cornbutte pudo hablar a solas con Penellán, le recomendó mucho que desconfiase de ellos.
En cambio, Penellán informó de la conducta de Andrés Vasling a Luis Cornbutte, que se resistió a creerlo; pero el timonel le demostró que, desde su desaparición, el segundo del bergantín había procedido de manera de asegurarse la mano de María.
El día fue dedicado por completo al descanso y a las expansiones naturales de personas que se vuelven a ver después de una larga ausencia, durante la cual se ha temido que los seres amados hayan desaparecido para siempre.
Fidel Misonne y Pedro Nouquet cazaron algunos pájaros de mar, cerca de la casa, de la que no era prudente alejarse, y estos víveres frescos y el fuego, que no se cesó de reanimar, devolvieron la fuerza a los más débiles. Hasta Luis Cornbutte experimentó una gran mejoría. Era el primer momento de placer que aquella honrada gente tenía, y lo celebraron con entusiasmo delirante en la miserable cabaña construida a seiscientas leguas de su país, en los mares del Norte, donde había una temperatura de treinta grados bajo cero.
El frío no disminuyó en intensidad hasta el fin de la luna, por lo que fue imposible a Juan Cornbutte y sus compañeros pensar en el regreso hasta el 17 de noviembre, es decir,.ocho días después de haber sido encontrados los náufragos por los exploradores. A la sazón, sólo podían guiarse por la luz de las estrellas, pero el frío era bastante menos intenso. Además, había caído una ligera nevada.
Antes de ponerse en marcha para dirigirse al bergantín, se abrió una tumba para sepultar el cadáver del infortunado Cortrois, ceremonia que impresionó hondamente a sus compañeros. De los salvados del naufragio era el primero que fallecía sin ver de nuevo su amada patria.
Para poder transportar más cómodamente las provisiones, construyó Misonne con las tablas de la cabaña una especie de trinco, que debía ser arrastrado por los marineros, turnándose.
Al fin, se emprendió la marcha, bajo la dirección de Juan Cornbutte, quien condujo a la caravana por los parajes ya conocidos.
Cuando llevaba la hora del reposo, el campa-mento se organizaba rápidamente.
Como el aumento de cuatro personas hacía dismi­nuir notable-mente las provisiones, Juan Cornbutte tenía especial cuidado en no separarse del camino ya reco­rrido con objeto de encontrar los depósitos de víveres que, a la ¡da, había ido dejando en el trayecto y que eran casi indis-pensables.
Por fortuna providencial, fue recuperado el trineo, que había quedado varado cerca del promontorio donde los expedicionarios habían arrostrado numerosos peligros. Los perros que lo arrastraban, después de comerse las correas para saciar el hambre, habían atacado a las provisiones, de las que todavía quedaba gran cantidad. Los mismos animales guiaron a la comitiva hasta el trineo.
La caravana, ya mejor provista de víveres, prosiguió caminando hacia la bahía de invernada. Los perros fueron nuevamente enganchados al trineo, y así se continuó caminando, sin que ocurriera ningún incidente que interrumpiese la expedición.
Durante la marcha, se observó que Aupic, Andrés Vasling y los dos marineros noruegos formaban grupo aparte y se abstenían de hablar con los demás compañeros; pero éstos los vigilaban muy de cerca, sin que los disidentes lo advirtiesen.
A Luis Cornbutte y a Penellán inspiraba, sin embargo, serios temores esta disensión.
El 7 de diciembre, es decir, veinte días después de haber sido encontrados los náufragos, divisó la caravana la bahía en que estaba anclado el bergantín La Joven Audaz, que, ¡cosa inaudita!, se encontraba colgado en el aire, sobre unos bloques de hielo, a más de cuatro metros de altura.
La comitiva, inquieta por la suerte que hubiera cabido a sus compañeros, corrió hacia el bergantín, donde fue recibida con gritos de júbilo por Gervique, Turquiette y Grandlin.
Éstos se encontraban, afortunadamente, en buen estado de salud, aunque habían estado expuestos a muy serios peligros, porque la tempestad, que se había extendido por todo el mar Glacial, había roto los hielos que, variando de lugar y deslizándose vinos sobre otros, habían conmovido el lecho sobre el que descansaba el bergantín. Éste se encontró de repente levantado fuera de los límites superficiales del mar, a causa de haberse elevado sobre el agua los carámbanos que, en virtud de su peso específico, adquirieron, al romperse, una incalculable fuerza ascensional.
Al llegar la caravana al bergantín, todos se entregaron a la alegría, regocijándose los exploradores de haber encontrado las cosas en buen estado, lo que les permitía esperar que pasarían un invierno soportable en medio de su natural inclemencia.
El bergantín se conservaba en buen estado, a pesar de los movimientos que había sufrido, así es que cuando llegara el deshielo bastaría deslizarlo sobre un plano inclinado para lanzarlo al mar libre.
Pronto, sin embargo, se ensombrecieron los rostros de Juan Cornbutte y sus compañeros, porque no tardaron en saber que el almacén de nieve, construido en la costa para los víveres, había quedado casi completamente desmantelado durante la terrible borrasca.
Al informarse de esta desgracia, Juan y Luis Cornbutte visitaron la bodega y repostería del bergantín para calcular el tiempo que se podría vivir con las provisiones que quedaban, y aminorar las raciones cuanto fuese necesario para que los víveres durasen hasta la época del deshielo.
Éste no era de esperar que llegase antes del mes de mayo y el bergantín no podría salir de la bahía hasta algún tiempo después. Era, por consiguiente, necesario pasar cinco meses aprisionados entre los hielos durante cuyo tiempo tenían que alimentarse catorce personas. Hecho el cálculo oportuno se vino en conocimiento de que los víveres de que se disponía llegarían, a lo sumo, hasta el momento de la partida, poniendo todos a medía ración. No podía, por lo tanto, prescindirse de la caza si se quería obtener alimentación más abundante.
Para evitar que esta desgracia se repitiera, se resolvió no depositar más víveres en tierra y guardarlos todos a bordo.
También se resolvió, y así se hizo efectivamente, colocar camas en la cámara común de los marineros para los recién llegados.
Durante la ausencia de los expedicionarios, habían abierto Turquiette, Gervique y Grandlin una escalera en el hielo que facilitaba el acceso al puente del bergantín.

1.016. Verne (Julio)

Una invernada entre los hielos - Cap XIII. Los dos rivales

Atraídos mutuamente por no se sabe qué misteriosa  simpatía, Andrés Vasling y los dos marinos noruegos habíanse unido por una estrecha amistad. A este grupo, que permanecía generalmente separado de los demás y desaprobaba cuantas medidas se adoptaban, habíase agregado Aupic; pero Luis Cornbutte, a quien su padre había entregado el mando del bergantín y que como jefe a bordo no podía permitir ninguna clase de insubordinaciones, hizo saber imperiosamente que quería ser obedecido, a pesar de los consejos de María, que le recomendaba que adoptase medios suaves.
Sin embargo, los noruegos consiguieron, pocos días después, apoderarse de una caja de carne salada. Luis Cornbutte exigió que la devolvieran, pero Aupic se puso a favor de aquéllos, y Andrés Vasling no se ocultó para manifestar que las disposiciones adoptadas respecto a la alimentación no podían durar más tiempo.
No había que probar a los ladrones que se trataba del interés común, porque ellos lo sabían y sólo buscaban un pretexto para rebelarse. Penellán avanzó hacia los dos noruegos, que sacaron a relucir sus cuchillos; pero secundado el timonel por Misonne y Turquiette, consiguió quitárselos y recobró la caja de carne salada.
Andrés Vasling y Aupic, al ver que la cuestión se volvía contra ellos, se abstuvieron de intervenir; pero, esto no obstante, Luis Cornbutte llevóse al segundo aparte y le dijo:
‑Andrés Vasling, es usted un miserable. Conozco toda su conducta y sé el objeto que se propone; pero como tengo el deber de velar por la salvación de todos, si hay alguno de ustedes que piense en buscar su pérdida, lo apuñalaré con mi propia mano.
‑Luis Cornbutte ‑respondió el segundo del bergantín‑, le es fácil hacer alarde de autoridad; pero no olvide que aquí no hay obediencia Jerárquica y sólo el más fuerte impone la ley.
La joven, a quien los numerosos peligros de los mares polares no habían hecho temblar nunca, tuvo miedo ante el odio que por su causa se tenían mutuamente Andrés Vasling y Luis Cornbutte, sin que la energía de este último pudiese tranquilizarla.
La guerra entre el capitán y el segundo del bergantín estaba declarada; pero las comidas continuaron haciéndose en común y a las mismas horas.
La caza proporcionó todavía unas perdices nivales y liebres blancas; pero, con la aproximación de los fríos, este recurso iba a faltar también.
Los fríos comenzaron efectivamente en el solsticio, el 22 de diciembre, día en que el termómetro descendió hasta los treinta y cinco grados bajo cero. Los invernantes tuvieron dolores en las orejas, en la nariz y en todas las extremidades del cuerpo, y fueron presa de un entorpecimiento mortal, acompañado de vahídos y dificultad en la respiración.
En semejante estado, no se atrevían a salir a cazar ni a hacer ejercicio, y pasaban el tiempo acurrucados alrededor de la estufa, que no les daba mucho calor, a pesar de lo cual, cuando se apartaban de ella un poco, sentían que la sangre se les enfriaba súbitamente en las venas.
Juan Cornbutte, que no podía ya salir de su camarote, comprendió que su salud estaba gravemente comprometida, porque tenía ya síntomas del escorbuto: las piernas se le habían llenado de manchas blancas.
María, que se encontraba bien, ocupábase en cuidar a los enfermos con la solicítud de una hermana de la caridad, por lo que todos aquellos bravos marineros la bendecían desde el fondo de su corazón.
El 1º de enero fue uno de los días más tristes de la invernada. El viento soplaba con extraordinaria violencia y el frío era insoportable. No se podía salir sin exponerse a quedarse helado. Los más osados se limitaban a pasear sobre el puente, que estaba protegido por un toldo. Juan Cornbutte, Gervique y Grandlin no pudieron ya abandonar el lecho. Los dos noruegos, Aupic: y Andrés Vasling, cuya salud se sostenía, miraban con ferocidad a sus compañeros, a quienes veían desmejorarse.
Luis Cornbutte, llevándose a Penellán al puente, le preguntó dónde estaban las provisiones de combustible.
‑El carbón se concluyó hace ya muchos días ‑repuso Penellán‑ y vamos a quemar los últimos trozos de madera.
‑Si no tenemos medio de combatir este frío ‑dijo Luis Cornbutte, estamos perdidos.
‑Nos queda un medio -replicó Penellán, y es el de quemar lo que podamos de nuestro bergantín, desde las cintas hasta la línea de flotación, y hasta podríamos deshacerlo por completo y reconstruir otro más pequeño, en caso de extrema necesidad.
‑Es un recurso extremo, efectivamente -respondió Luis Cornbutte; pero siempre será tiempo de emplearlo, cuando nuestros hombres estén útiles, porque ‑agregó en voz baja‑ nuestras fuerzas disminuyen y las de nuestros enemigos aumentan, según parece. ¡Esto es muy extraordinario!
‑Es verdad ‑repuso Penellán, y sin la precaución que hemos adoptado de vigilarlos noche y día, no sé lo que llegaría a ocurrir.
‑Tomemos nuestras hachas ‑aconsejó Luis Cornbutte‑ y hagamos nuestra provisión de leña.
A pesar del frío tan intenso que hacía, el capitán y el timonel subieron sobre las cintas de proa y cortaron toda la madera que no era de utilidad indispensable para el bergantín, y con este combustible fue nuevamente rellenada la estufa, a cuyo lado se quedó un hombre de guardia para impedir que se apagase.
Esto no obstante, Luis Cornbutte y sus amigos se encontraban profundamente abatidos, porque, no pudiendo confiar a sus enemigos ningún detalle de la vida en común, tenían que efectuar todos los trabajos domésticos y las fuerzas empezaban a abandonarles.
El escorbuto se declaró, al fin, a Juan Cornbutte, que sufría dolores intolerables, y Gervique y Grandlin comenzaron también a ser atacados por la terrible enfermedad. Sin el zumo de limón, de que estaban abundantemente provistos, estos desgraciados no habrían tardado en sucumbir a sus sufrimientos. Por esta razón, no se les escatimó este remedio soberano.
Pero un día, el 15 de enero, cuando Luis Cornbutte descendió a la despensa para renovar las provisiones de limón, quedóse estupefacto al ver que habían desaparecido los barriles en que se guardaban. Subió inmediatamente, tan de mal humor como se puede suponer, y le notificó a Penellán esta nueva desgracia. Se había cometido un robo y no había necesidad de discurrir mucho para adivinar quiénes eran los ladrones. Luis Cornbutte comprendió entonces por qué la salud de sus enemigos no se resentía. Sus adictos no tenían ya las fuerzas necesarias para recuperar por la violencia las provisiones, de las que dependían su vida y la de sus compañeros.
Luis Cornbutte, por primera vez, quedó abismado en la más profunda desesperación.

1.016. Verne (Julio)

Una invernada entre los hielos - Cap XIV. Horas de angustia

El 20 de enero estaban tan abatidos aquellos infortunados, que la mayor parte de ellos no tenían fuerzas para levantarse, y veíanse obligados a permanecer en el lecho.
Cada uno de ellos tenía, además de sus mantas de lana, una piel de búfalo que lo preservaba del frío; pero ninguno podía sacar un brazo al aire, porque tan pronto como lo intentaba le acometía tal dolor que inmediatamente se veía obligado a meterlo entre la ropa.
Cuando Luis Cornbutte hubo encendido la estufa, Penellán, Misonne y Andrés Vasling se levantaron de la cama y se colocaron cerca del fuego. El timonel preparó en seguida el café y lo sirvió a sus compañeros, quienes recobraron un tanto las fuerzas. María también tomó este frugal desayuno.
Luis Cornbutte se acercó luego al lecho en que gemía su padre, que casi no podía moverse y tenía las piernas imposibilitadas por la enfermedad.
El anciano marinero no cesaba de murmurar palabras vacías de sentido, que desgarraban al hijo el corazón.
‑¡Luis, voy a morirme! ‑exclamaba. ¡Oh! ¡Sufro mucho! ¡Sálvame!
Luis Cornbutte adoptó una resolución decisiva. Se dirigió a Andrés Vasling y, haciendo esfuerzos supremos por contener la cólera que lo dominaba, le preguntó:
‑¿Sabe dónde están los limones?
‑Supongo que en la despensa ‑contestó el segundo del bergantín, sin desconcertarse.
‑Sabe usted muy bien que no están allí, puesto que los ha robado.
‑Luis Cornbutte, como es usted el amo, puede permítirse decir y hacer cuanto se le antoje ‑respondió Andrés Vasling con ironía.
‑¡Por piedad, Vasling! ¡Mi padre se muere y usted puede salvarlo! Responda: ¿dónde están los limones?
‑No tengo nada que responder.
‑¡Miserable! ‑rugió Penellán, avanzando hacia el segundo navaja en mano.
‑¡Aquí los míos! ‑voceó Andrés Vasling, retrocediendo algunos pasos.
Al oír esto, saltaron inmediatamente del lecho Aupic y los dos noruegos, que corrieron a colocarse detrás del segundo del bergantín.
Misonne, Turquiette, Penellán y Luis Cornbutte se apercibieron para la defensa. Pedro Nouquet y Grandlin se apresuraron a levantarse, a pesar de los muchos dolores que sufrían, para ponerse al lado del capitán.
¡Sois todavía muy fuertes para nosotros, y no nos batiremos hasta que tengamos seguridad de vencer! dijo entonces Andrés Vasling.
Los marineros se encontraban tan débiles, que no se atrevieron a acometer a los cuatro miserables que se habían declarado enemigos suyos, porque si no triunfaban quedaban irremisi-blemente perdidos.
‑¡Andrés Vasling ‑dijo Luis Cornbutte, con la voz velada por la emoción y por la rabia, si mi padre muere, tú lo habrás matado! Pero ¡desgraciado de ti si esto ocurre, porque te mataré como a un perro!
El segundo del bergantín y sus cómplices se retiraron al otro extremo, sin responder.
Entonces, como hubiera necesidad de renovar la provisión de leña, Luis Cornbutte, a pesar del intenso frío que hacía, salió al puente y se puso a cortar parte de las cintas del bergantín; pero viose obligado a abandonar este trabajo un cuarto de hora después, para no quedarse helado. Al pasar, dirigió una mirada al termómetro, que estaba a la intemperie, y vio que el mercurio se había congelado en la cubeta. A la sazón, el tiempo estaba seco y despejado, y el viento soplaba del Norte.
El día 26 varió de dirección el viento, que empezó a soplar del Nordeste, y el termómetro colocado al aire libre señaló treinta y cinco grados bajo cero.
Juan Cornbutte estaba agonizando, y su hijo Luis, que inútilmente había tratado de aliviar sus dolores, estaba entregado a la más profunda desesperación, por considerarse impotente para prolongar la vida del bondadoso anciano.
Aquel día, se arrojó de improviso sobre Andrés Vasling para arrebatarle un limón que éste estaba chupando. El segundo del bergantín no se movió para recuperar la presa. Esperaba, sin duda, una ocasión propicia para llevar a cabo sus criminales y odiosos proyectos.
El zumo de limón reanimó algo las fuerzas de Juan Cornbutte; mas, para que se curara, era preciso continuar proporcionándole el remedio, y su hijo no lo tenía.
En estas circunstancias, postróse María a los pies de Andrés Vasling, suplicándole que le dijera dónde habíaa ocultado los limones; pero el miserable no le contestó siquiera.
Entonces oyó Penellán que el segundo del bergantín decía a sus cómplices:
‑¡El viejo está ya agonizando! Gervique, Grandlin y Pedro Notiquet no valen para nada, y los otros se encuentran cada día más débiles. Se acerca, por consiguiente, el momento de que seamos dueños de la situación y de que la vida de nuestros enemigos nos pertenezca.
Al enterarse de esto, Luis Cornbutte y sus compañeros resolvieron aprovechar las escasas fuerzas que les quedaban y matar, durante la noche siguiente, a los miserables que los habían sentenciado a ellos a ‑muerte, antes de que los enemigos los exterminaran. No se podía esperar mas tiempo, porque, si no se apresuraban, se debilitarían de tal modo que les sería imposible defenderse si, como era de esperar, llegaban a ser acometidos.
La temperatura había subido un poco, y Luis Cornbutte cogió su fusil y se aventuró a salir de caza.
Se alejó unas tres millas del bergantín, porque, engañado frecuentemente por los efectos del espejismo, cuando pretendía acercarse, se separaba más. Fue una imprudencia, porque en el suelo había huellas recientes de animales feroces.
Sin embargo, Luis Cornbutte no quiso regresar sin haber cazado alguna pieza, y prosiguió su camino; pero entonces, sintió una impresión singular que le trastornó la cabeza. Fue lo que se ha dado en llamar "el vértigo de la blancura".
Efectivamente, la reflexión de los montículos de hielo y de la vasta planicie le trastornaba completamente, de modo tal que le ocasionaba una desazón que se revelaba en sus ojos y le extraviaba la vista. Temió que la blancura le hiciera perder el juicio.
Sin hacer caso de este efecto terrible, prosiguió caminando y no tardó en descubrir un ánade, que persiguió tenazmente para apoderarse de él. El ave cayó pronto muerta, y para cogerla pasó Luis Cornbutte de uno a otro montículo de hielo hasta que rodó pesadamente al suelo, por haber dado un salto de diez pies cuando creía haberlo dado sólo de dos.
Acometido por el vértigo, empezó a gritar, sin saber por qué, pidiendo auxilio, y en el suelo permaneció varios minutos dando voces, a Desar de no haber sufrido fractura alguna en la caída. Él frío, que empezó a invadirle, le devolvió el instinto de conservación, y se levantó torpemente.
De pronto, percibió su olfato cierto olorcillo a grasa quemada, cuya procedencia no acertaba a explicarse, pero como él estaba a contraviento del bergantín, supuso que venía de allí, aunque no podía adivinar el objeto que se proponían sus compañeros al quemar grasa, sabiendo que esta operación es muy peligrosa por tener la virtud de atraer con sus emanaciones a los osos blancos.
Sumamente preocupado, emprendió Luis Cornbutte el regreso al bergantín, no tardando su preocupación en convertirse en terror al divisar en el horizonte unas masas blancas que se movían, porque llegó a temer que se tratara de un terremoto de hielos.
Como algunas de aquellas masas se interpusieron entre él y el bergantín, creyó que subían por las bardas del barco, y se detuvo para observarlas más atentamente. Entonces vio que eran una manada de osos gigantescos y se quedó aterrorizado.
Los plantígrados habían sido atraídos por el olor de la grasa que tanto había sorprendido a Luis Cornbutte.
Éste se apresuró a refugiarse detrás de un cerro, y desde allí vio que tres osos escalaban los bloques de hielo que servían de sostén a La Joven Audaz.
 Como no había indicio alguno que revelase que en el interior del bergantín fuese conocido el peligro, Luis Cornbutte, con el corazón oprimido por una terrible angustia, tembló por su padre, por su amada y por sus compañeros. ¿Cómo contener a tan formidables fieras? ¿Se unirían todos los hombres de la tripulación, amigos y enemigos, para defenderse del común peligro? ¿Po­drían Penellán y sus compañeros hacer resistencia a los plantígrados carniceros, estando hambrientos los osos y famélicos y entorpecidos por el frío los hombres? ¿No sería él mismo atacado de improvisto por las fieras?
Todas esta retlexiones cruzaron en un momento por la mente de Luis Cornbutte, cuyo espanto era cada vez mayor.
Los osos, que habían trepado ya sobre los bloques de hielo en que se asentaba el bergantín, subían para asaltarlo. Entonces se decidió Luis Cornbutte a abandonar el lugar en que había buscado refugio y, aproximándose a rastras al barco, vio que las fieras rasgaban con las zarpas el toldo que cubría el puente y saltaban a éste.
Se le ocurrió disparar su fusil para dar a sus compañeros aviso del peligro que corrían; pero si por casualidad subían éstos al puente des-prevenidos, y sin armas, serían inevitablemente despedazados, porque, como ya hemos dicho, nada revelaba que tuviesen conocimiento del peligro que los amenazaba.
Luis Cornbutte, pues, se abstuvo de disparar.

1.016. Verne (Julio)

Una invernada entre los hielos - Cap XV. Los osos blancos

Después que Luis Cornbutte hubo salido del bergantín para ir a cazar, cerró Penellán cuidadosamente la puerta de la cámara, que estaba en la parte inferior de la escalera del puente, y volvió al lado de la estufa para encargarse de guardarla, mientras sus compañeros se metían en el lecho, donde esperaban encontrar algún calor.
Eran las seis de la tarde, y el timonel, creyendo llegada la hora de preparar la cena, bajó a la bodega para buscar la carne salada que se proponía cocer.
Al subir de nuevo a la cámara quedóse sorprendido al ver que su puesto estaba ocupado por Andrés Vasling, que en aquellos momentos derretía varios trozos de grasa en una cazuela.
‑Estaba yo aquí antes que usted ‑dijo con acritud Penellán a Andrés Vasling. ¿Por qué ha ocupado mi puesto?
‑Por la misma razón que le induce a reclamarlo: porque necesito preparar mi cena.
‑Quite de ahí todo eso inmediatamente, sino quiere que nos veamos las caras.
‑No nos veremos nada, y haré mi cena a pesar de usted.
‑No la probará ‑replicó Penellán acometiendo a Andrés Vasling.
Éste empuñó su cuchillo, gritando:
‑¡A mí los míos!
Éstos acudieron inmediatamente, armados de pistolas y puñales. Sin duda alguna, el golpe había sido premeditado.
Penellán acometió a Andrés Vasling, que le hizo frente sin la ayuda de nadie, en tanto que sus cómplices corrieron hacia las camas de Misonne, Turquiette y Notiquet.
Este último, indefenso y extenuado por la enfermedad, fue víctima de la ferocidad de Herming.
El carpintero abandonó precipitadamente el lecho en que yacía, se apoderó de un hacha y salió al encuentro de Aupic.
Turquiette y Jocki luchaban entre sí encarnizadamente, y Gervique y Grandlin, postrados por horribles sufrimientos, ni aun se dieron cuenta de lo que ocurría.
Herming, después de asestar una terrible puñalada a Pedro Nouquet en el costado, se lanzó contra Penellán, que luchaba furiosa-mente con Andrés Vasling.
 Éste tenía agarrado al timonel por el cuerpo; pero cuando empezaron a reñir, la cazuela en que el segundo del bergantín estaba preparando la cena, se había derra­mado sobre la lumbre, y la grasa, al quemarse, impregnaba la atmósfera de emanaciones infectas. 
María, al oír el ruido de la lucha, se levantó también, lanzando gritos de desesperación, y corrió desalentada hacia la cama en que el anciano Juan Cornbutte estaba agonizando.
Andrés Vasling, menos fuerte que Penellán, sintió que sus brazos eran vigorosamente rechazados por los de éste; pero ninguno de los dos podía hacer uso de las armas, porque estaban demasiado juntos.
‑¡A mí, Herming! ‑gritó el segundo del barco, al ver a su cómplice.
‑¡A mí, Misonne! ‑gritó también Penellán.
Pero Misonne no podía acudir en auxilio del timonel, porque en aquel momento rodaba sobre el puente del bergantín, abrazado a Aupic, que trataba de herirlo con la cuchilla.
El hacha que esgrimía el carpintero era arma poco a propósito para la defensa, porque en la situación en que se encontraban los combatientes no se podía manejar, y a Misonne le costaba mucho trabajo eludir las puñaladas que su adversario le asestaba.
La sangre no cesaba de correr, y los marineros de uno y otro bando no dejaban de proferir gritos y rugidos.
Turquiette, después de ser derribado por Jocki, que era hombre de fuerzas hercúleas, había recibido una puñalada en un hombro y pugnaba inútilmente por apoderarse de una pistola que el noruego tenía en el cinto; pero le era imposible moverse, porque su enemigo lo apretaba como un torno.
Al grito de Andrés Vasling, a quien Penellán apretaba contra la puerta de entrada, acudió Herming. Éste pretendió herir con su cuchillo al bretón por la espalda, pero, en el momento de asestar el golpe, recibió un vigoroso puntapié que lo hizo rodar por el suelo.
El esfuerzo realizado por el timonel permitió a Andrés Vasling desasir su brazo derecho; pero, cediendo en aquel momento la puerta en que uno y otro se apoyaba, cayó de espaldas el segundo del bergantín.
De pronto, oyóse un rugido terrible y apareció un oso gigantesco en las gradas de la escalera.
Andrés Vasling, que estaba a cuatro pasos de él, fue el primero que vio al animal.
Sonó entonces una detonación, y el oso, herido o espantado, retrocedió; pero fue perseguido por Andrés, que acababa de levantarse y que, en aquel instante, se olvidó de Penellán.
El timonel volvió a colocar en su sitio la puerta que acababa de caerse y miró en torno suyo: Misonne y Turquiette, fuertemente atados por sus enemigos, habían sido arrojados a un rincón y hacían vanos esfuerzos por romper sus ligaduras. Penellán se apresuró a socorrerlos; pero, antes de conseguirlo, fue derribado por los dos noruegos y Aupic.
Sus fuerzas, ya agotadas, no le permitían resistir a aquellos tres hombres, que también le ataron para impedir que se moviera.
Luego corrieron los criminales hacia el puente, donde, juzgando por los gritos que profería Andrés Vasling, creyeron que éste estaba luchando con Luis Cornbutte; pero vieron que combatía con un oso, al que había asestado ya dos puñaladas.
La fiera, agitando sus dos formidables patas delanteras en el aire, trataba de apresar a Andrés Vasling, que poco a poco había ido estrechándose contra la borda. Ya se consideraba perdido cuando sonó el ruido de otra detonación.
Andrés Vasling levantó entonces la cabeza y vio a Luis Cornbutte, que estaba encaramado sobre el palo trinquete, desde donde había hecho el disparo, dejando muerto al oso.
La generosidad de Luis Cornbutte no fue agradecida por el miserable Vasling, en cuyo corazón prevaleció el odio; pero antes de desahogar su cólera, miró en torno suyo, quizá para convencerse de que era el más fuerte.
Aupic, a quien un oso había roto de una patada la cabeza, yacía sin vida sobre el puente. Jocki, con el hacha en la mano, se esforzaba por parar los golpes que le asestaba el mismo animal, furioso por las dos puñaladas que había recibido. El tercer oso se dirigía a la proa del bergantín.
Andrés Vasling, sin hacer caso de esta tercera fiera y seguido por Herming, acudió en socorro de Jocki, que, apretado fuertemente por las patas del animal, estaba despedazado.
Cuando el plantígrado, muerto por los disparos que con sus pistolas le hicieron Andrés Vasling y Herming, aflojó las patas y soltó el cuerpo de Jocki, éste era cadáver.
‑Ya sólo quedamos dos ‑dijo Andrés Vasling con voz apagada por la cólera‑; pero no sucumbiremos sin habernos vengado.
Herming no respondió, pero volvió a cargar su pistola.
Era preciso, ante todo, exterminar al tercer oso.
Andrés Vasling miró hacia delante y no vio al animal, pero al levantar luego la vista, lo distinguió trepando por los flechastes en persecu-ción de Luis Cornbutte.
El miserable Vasling, cuyo rostro reflejaba la más feroz alegría, dejó caer el fusil con que iba a apuntar al animal.
‑¡Ah! ‑exclamó‑. ¡Me debías este desquite!
Mientras tanto, Luis Cornbutte habíase refugiado en la cofa del trinquete, donde esperaba que la fiera se le acercase.
Cuando ésta, que continuó subiendo, sólo estuvo a seis pies de distancia, Luis Cornbutte, con admirable serenidad, le apuntó al corazón.
Andrés Vasling, al ver esto, volvió a tomar su fusil para matar a Luis Cornbutte si llegaba a caer el oso.
El capitán del bergantín disparó, efectivamente, pero, sin duda, no tocó al animal, porque éste saltó a la cofa, haciendo mover todo el palo.
Andrés Vasling prorrumpió en una carcajada de alegría feroz.
‑iHerming! ‑gritó. ¡Tráeme a María! ¡Tráeme a mi prometida!
Herming, obedeciendo al punto, bajó la escalera de la cámara.
Mientras tanto, la fiera, enfurecida, habíase lanzado sobre Luis Cornbutte, que se retiró a un extremo de la cofa, y en el momento en que la formidable pata del animal iba a caer sobre su cabeza, se apoderó el marinero de un brandal y, por él, se deslizó hasta el puente. Durante el descenso, silbó una bala en sus oídos. El infame Vasling le había disparado su fusil, pero había errado la puntería. ¡Dios vela siempre por los buenos!
El capitán y el segundo del bergantín se encontraron, por consiguiente, "frente a frente, y ambos empuñaban sus cuchillos. Iba a entablarse un combate, que debía ser decisivo.
Para satisfacer por completo su venganza, haciendo que María presenciara la muerte de su prometido, Andrés Vasling se había privado del auxilio de Herming, a quien había enviado a buscar a ¡a joven. No podía, por lo tanto, contar sino consigo mismo.
Luis Cornbutte y Andrés Vasling entablaron en seguida la lucha, agarrándose mutuamente por el cuello, de tal modo que a uno y a otro les era imposible retroceder. Uno de los dos debía morir.
Como estaban agarrados, sólo podían parar a medias las cuchilladas que se asestaban, y la sangre de ambos no tardó en correr. Andrés Vasling hacía esfuerzos inauditos por derribar a su adversario; pero como Luis Cornbutte sabía que el que de ellos cayera sería hombre muerto, se debatió con tal coraje que consiguió agarrar a su enemigo por ambos brazos; pero, obtenido esto, se le cayó de la mano el cuchillo que empuñaba.
En aquel momento llegaron a sus oídos los gritos horribles que profería María, quien pugnaba en vano por desasirse de Herming, que trataba de arrastrarla.
Luis Cornbutte, presa de una rabia feroz, hizo entonces un esfuerzo supremo por derribar a su adversario, pero ambos se vieron, a la vez, apretados entre las formidables patas del oso que había descendido de la cofa arrojándose sobre ellos.
Andrés Vasling estaba apoyado contra el cuerpo de la fiera, cuyas uñas penetraban en las carnes de Luis Cornbutte. El oso apretaba a ambos en su abrazo vigoroso.
‑¡A mí, Herming! ¡A mí! ‑gritó Vasling.
‑¡A mí, Penellán! ‑gritó, a su vez, Cornbutte.
Oyéronse entonces pasos en la escalera, y apareció Penellán, con la pistola en la mano.
El timonel se acercó al oso y le disparó en un oído.
La fiera lanzó un rugido de dolor, abrió un momento las patas, y este momento bastó a Luis Cornbutte para deslizarse sobre el puente, desasiéndose del abrazo del plantígrado.
El oso, en la convulsión de la agonía, volvió en seguida a apretar las patas, y cayó arrastrando consigo al infame Andrés Vasling, que quedó despedazado.
Penellán se apresuró a socorrer a Luis Cornbutte, que, sin ninguna herida grave, había perdido momentáneamente el sentido.
‑¡María! ‑exclamó al abrir de nuevo los ojos.
‑¡Salvada! ‑contestó el timonel, que agregó: Herming está ahí tendido con una cuchillada en el vientre.
‑¿Y los osos?
‑Muertos, como nuestros enemigos; pero puede asegurarse que, sin la oportuna intervención de las fieras, seríamos nosotros los que habríamos sucumbido. Sin duda alguna, la Providencia envió estos animales en auxilio nuestro. ¡Bendigamos a Dios, que se ha compla-cido en socorremos!
Luis Cornbutte y Penellán descendieron a la cámara, donde María, profundamente conmovida, se arrojó en brazos de su prometido.

1.016. Verne (Julio)

Una invernada entre los hielos - Cap XVI. Conclusión

Misonne y Turquiette, que habían logrado romper las ligaduras que los sujetaban, transportaron a Herming, mortalmente herido, a su cama. Como este miserable se encontraba ya en la agonía y todo auxilio habría sido ineficaz, los dos marineros se ocuparon en socorrer a Pedro Nouquet, cuya herida no era grave, por fortuna.
Pero Luis Cornbutte era víctima de una desgracia mayor. Su amante y bondadoso padre no daba señal alguna de vida. ¿Había dejado de existir con la angustia de ver a su cariñoso hijo en manos de sus enemigos? ¿Había muerto ante el horror de la terrible escena? No se sabe. Lo cierto fue que el infortunado marino, agotado por la enfermedad, había abandonado ya este mundo miserable, entregan-do su alma a Dios.
Este golpe inesperado ocasionó una profunda desesperación a Luis Cornbutte y a María, quienes, arrodillados junto al lecho del difunto, rogaron a Dios con tanta piedad como desconsuelo por el eterno descanso del alma de su padre.
Penellán, Misonne y Turquiette, respetando el dolor de los jóvenes, los dejaron solos en la cámara y subieron al puente del bergantín.
Los tres osos muertos quedaron apartados para desollarlos cuando hubiera tiempo, con el fin de aprovechar las pieles; pero no la carne, de la que, por haber disminuido mucho el número de personas que tenían que alimentarse, no había necesidad.
Los cadáveres de Andrés Vasling, Aupic y Jocki fueron sepultados en una fosa que se abrió en la costa, y al día siguiente fue a hacerles compañía el de Herming. Este murió por la noche, sin haberse arrepentido de sus maldades, con la espuma de la cólera en los labios.
Penellán, Misonne y Turquiette compusieron el toldo del puente, que había sido rasgado por varios puntos, y lo volvieron a colocar para impedir que penetrase la nieve.
La temperatura era extremadamente fría, y así se mantuvo hasta que el 8 de enero volvió a aparecer el sol en el horizonte.
El anciano marino Juan Cornbutte quedó enterrado en la costa. Había abandonado su patria para ir en busca de su hijo y había encontrado la muerte en aquel clima inhospita-lario y horrible. Su cadáver fue sepultado en la cima de un montículo, sobre el cual se colocó una sencilla cruz de madera para que velase su sueño eterno.
Los sufrimientos de Luis Cornbutte y de sus compañeros no habían terminado, sin embargo, pues las inclemencias del tiempo continuaron sometiéndolos a pruebas muy rudas. Esto no obstante, como recobraron los limones sustraídos por Vasling, pronto se encontraron bien de salud, todos.
Quince días después de tan terribles acontecimientos, pudieron abandonar la cama y hacer algún ejercicio Gervique, Grandlin y Pedro Nouquet, y la caza, fácil y abundante, no tardó en ser la distracción de los invernadores, pues las aves acuáticas volvían en considerable número a aquel país tan lejano.
Un día mataron una especie de pato salvaje enorme, que proporcionó a los marinos excelente alimento. En sus excursiones, no tuvieron que lamentar los cazadores otra pérdida que la de los dos perros, que desaparecieron en una ocasión en que los marinos se habían alejado veinticinco millas del bergantín, hacia el Sur, para ver en qué estado se encontraba la llanura de hielo.
Durante el mes de febrero se desencadenaron tempestades muy violentas y nevó abundantemente; pero estos fenómenos no hicieron sufrir mucho a los invernantes, a pesar de que la temperatura media que reinó fue de veinticinco grados bajo cero. Además, la presencia del sol, que cada día se elevaba más en el horizonte, les inundaba el alma de alegría, porque era el anuncio del término de sus angustias. Debía creerse que el cielo misericordioso, compadecido de ellos, les enviaba aquel año el calor prematu-ramente.
En el mes de marzo, fueron vistos algunos cuervos revoloteando en torno del bergantín, y Luis Cornbutte cazó algunas grullas que, en su peregrinación a los países septentrionales, llegaron hasta allí. También se dejaron ver, hacia el Sur, algunas bandadas de gansos salvajes.
Este regreso de las aves revelaba disminución del frío; pero los marineros no confiaban mucho en este anuncio, porque de vez en cuando un cambio cualquiera de viento hacía bajar de pronto tanto la temperatura, especialmente en los novilunios y plenilunios, que se veían obligados a adoptar grandes precauciones para resguardarse.
Ya era tiempo de que terminase la invernada, porque los tripulantes del bergantín habían quemado, para calentarse, todo el parapeto del barco, los tabiques de los camarotes en que no habitaban y gran parte del falso puente. Por fortuna, durante el mes de marzo, la temperatura media fue de dieciséis grados bajo cero, que, comparada con la que hasta entonces habían tenido que soportar los invernantes, era bastante sufrible.
María se ocupó en preparar los trajes de todos para la próxima estación de verano, que aquel año fue, como ya se ha dicho, muy precoz.
Desde el equinoccio el sol estaba constantemente sobre el horizonte. Había comenzado el día de ocho meses, y la claridad perpetua y el calor incesante, a pesar de ser muy débiles, no tardaron en ejercer influencia sobre el hielo.
Se necesitaba adoptar grandes precauciones para lanzar La Joven Audaz desde lo alto de los bloques de hielo que lo rodeaban al mar libre. El bergantín, por consiguiente, fue sólidamente apuntalado, y pareció conveniente esperar que los hielos empezaran a licuarse; pero como los témpanos inferiores descansaban sobre una capa de agua más caliente, iban desprendiéndose poco a poco y el bergantín iba descendiendo insensiblemente. En los primeros días de abril había ya recobrado su nivel natural.
Con el mes de abril llegaron las lluvias torrenciales que, esparcidas sobre la helada planicie, contribuyeron eficazmente a su descomposición. El termómetro subió a diez grados bajo cero. Algunos invernantes se quitaron sus trajes de piel de foca y no fue ya necesario tener encendida la estufa día y noche. El alcohol, cuya provisión no se había agotado, se empleó solamente, desde entonces, para cocer los alimentos.
Pronto empezó el hielo a quebrarse con sordos crujidos, abriéndose en la planicie grandes grietas, por lo que era peligroso aventurarse en ella sin ir provisto de un palo para sondear el sitio en que iba a ponerse el pie, si no se quería caer al agua, como ocurrió a algunos marineros, que tuvieron la suerte de no recibir otro daño que un baño algo frío.
Las focas hicieron su aparición en esta época, y los tripulantes del bergantín se apresuraron a darles caza, porque su grasa les era muy útil.
La salud de todos era excelente, y todos se ocupaban en hacer los preparativos necesarios para la partida. El tiempo que no se dedicaba a estos trabajos se empleaba en cazar.
Luis Cornbutte, que salla con frecuencia a examinar los pequeños canales que el deshielo abría, resolvió, a causa de la configuración de la costa meridional, intentar el paso más al Sur. Ya se había roto el hielo en diferentes puntos, y los carámbanos flotaban sobre el agua dirigiéndose a alta mar.
El 25 de abril fue puesto el bergantín en estado de abandonar la bahía.
Al sacar las velas de sus fundas, se vio que estaban perfecta-mente conservadas, y cuando, colocadas en sus palos respectivos, fueron mecidas por el viento, el corazón de los marinos se inundó de alegría.
El bergantín se estremeció, pues había recobrado ya su línea de flotación, y, aunque no podía navegar aún, reposaba en su elemento natural.
En el mes de mayo, el hielo su licuó rápidamente. La nieve que cubría las orillas se fundía por todos lados formando un barro espeso que hacía la costa casi inabordable. Por entre los restos de la nieve asomaban tímidamente algunas pequeñas plantas, rosadas y pálidas, que parecían sonreír al recibir las caricias del sol. El termómetro subió, al fin, por encima del cero.
A veinte millas del bergantín, al Sur, los témpanos de hielo, completamente sueltos, navegaban hacia el océano Atlántico, y aunque el mar no estaba aún completamente libre en torno del navío, se abrieron algunos pasos que Luis Cornbutte quiso apro-vechar.
Éste, después de rezar por última vez sobre la tumba de su padre, abandonó por fin la bahía de invernada el 21 de mayo. Al emprender el viaje de regreso, el corazón de aquellos bravos marinos rebosaba de alegría, al mismo tiempo que de tristeza, porque las almas nobles no abandonan sin pesar los lugares donde han visto morir a un amigo.
El viento, que soplaba del Norte, favoreció la marcha del bergantín, que a veces se vio detenido por bancos de hielo, que hubo necesidad de aserrar y, en ocasiones, hacerlos volar con barrenos.
Durante un mes, la navegación fue muy peligrosa aún, llegando a verse el bergantín a dos dedos de su perdición, pero, como la tripulación era atrevida y estaba acostumbrada a las maniobras más arriesgadas, todos los obstáculos fueron salvados.
Penellán, Pedro Nouquet, Turquiette y Fidel Misonne hacían, ellos solos, el trabajo de diez marineros, pero sus esfuerzos eran ampliamente recompensados con las sonrisas de gratitud que María les dirigía a todos.
La Joven Audaz viose, al fin, completamente libre de hielos a la altura de la isla Juan Mayen, y el 25 de junio encontró algunos buques que se dírigían al Norte para cazar focas y ballenas. Había necesitado casi un mes para salir de los mares polares.
El 16 de agosto se encontraba de nuevo La Joven Audaz a la vista de Dunkerque. Había sido señalado por el vigía, y toda la población acudió en masa al muelle para recibirla.
Los valerosos marineros del bergantín cayeron pronto en brazos de sus amigos, y el anciano cura estrechó contra su corazón a Luis Cornbutte y a María.
De las dos primeras misas que, después de esto, rezó el bondadoso sacerdote, la primera fue aplicada por el eterno descanso del alma de Juan Cornbutte, y en la segunda fue bendecida la unión de los dos jóvenes prometidos, que desde hacía ya mucho tiempo habían sido unidos por la desgracia.

1.016. Verne (Julio)