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domingo, 12 de enero de 2014

La viga

Había una vez un artista que se ganaba honestamente la vida haciendo presentaciones de magia o encantamientos, como lo llamaban en ese entonces, y estaba un día en medio de un gran grupo de personas haciendo sus presentaciones. Entre ellas presentaba a un gallo cargando una pesada viga, llevándola como si fuera una pluma más. 
Pero entre todos los que miraban se encontraba presente una joven que hacía poco se había encontrado un trébol de cuatro hojas, y esto la había hecho tan perspicaz que ninguna ilusión óptica podía vencerla fácilmente, y por eso ella veía que la tal viga no era más que una astilla. De modo que gritó: 
-"¡Hey ustedes!, ¡fíjense bien y verán que lo que lleva el gallo no es más que una astilla y no una viga!"
Inmediatamente el truco se desvaneció, y la gente vio lo que realmente era, y echó al mago lejos lleno de vergüenza y desgracia. Él, sin embargo, cargado interiormente de dolor, se dijo:
-"Pronto tendré otra oportunidad."
Algunos días después llegó el día de la boda de la joven, y ella fue ataviada bellamente y llevada en procesión por los campos hacia el lugar donde estaba la capilla.
De pronto creyó encontrarse  frente a un arroyo que lo veía crecido y no se encontraba ningún puente o tablón para cruzarlo. Entonces la novia hábilmente se levantó al máximo sus ropas para vadearlo. Y justo cuando ella creía que estaba entrando en las aguas, un hombre, que por cierto era el mago o encantador, le gritó jocosamente:
-"¡Ajá! ¿Dónde tienes los ojos, que tomas esto por agua?".
Enseguida sus ojos se aclararon, y vio que ella tenía sus ropas bien subidas en medio de un sembradío que se veía azul por motivo de las flores de su cultivo que era lino azul.
Entonces toda la gente que vio lo sucedido, la ahuyentó con risas y ridiculizándola.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)

La tumba

Un rico campesino se estaba un día en la era contemplando sus campos y huertos; el grano crecía ubérrimo, y los árboles frutales aparecían cargados de fruta. La cosecha del año anterior se hallaba todavía en el granero, tan copiosa, que a duras penas resistían las vigas su peso. Pasó luego al establo, lleno de cebados bueyes, magníficas vacas y caballos de piel lisa y reluciente. Por último, subiendo a su aposento contempló las arcas de hierro que encerraban sus caudales.
Mientras se hallaba absorto considerando sus riquezas, oyó una fuerte llamada, muy cerca de donde él estaba; mas no era en la puerta del aposento, sino en la de su corazón. Abrió, y oyó una voz que le decía:
-¿Has ayudado a los tuyos? ¿Has pensado en los pobres? ¿Has compartido tu pan con los hambrientos? ¿Te has contentado con lo que poseías, o has codiciado más y más?
El corazón respondió sin vacilar:
-He sido duro e inexorable, y jamás hice el menor bien a los míos.
Cuando se me presentó un pobre, aparté de él la mirada. No pensé en Dios, sino únicamente en aumentar mis riquezas. Si hubiese poseído todo lo que existe bajo el cielo, no habría tenido aún bastante.
Al escuchar el hombre esta respuesta, asustóse en gran manera; las rodillas empezaron a temblarle, y tuvo que sentarse. En aquel momento volvieron a llamar; esta vez, en la puerta de la habitación. Era su vecino, un pobre infeliz, padre de un montón de hijos a los que no podía dar de comer. «Bien sé -pensó el desgraciado-que mi vecino es tan duro de corazón como rico. No creo que me ayude; pero mis hijos necesitan pan; no perderé nada con probar». Y dijo al rico:
-No os gusta desprendemos de lo vuestro, ya lo sé, pero me presento ante vos como un hombre que está con el agua al cuello. Mis hijos se mueren de hambre: prestadme cuatro medidas de trigo. El rico lo miró un buen rato, y el primer rayo de sol de la misericordia derritió una gota del hielo de su codicia.
-No te prestaré cuatro medidas -respondióle, sino que te regalaré ocho; pero con una condición.
-¿Qué debo hacer?-preguntó el pobre.
-Cuando yo me muera, habrás de velar tres noches junto a mi tumba.
No le hizo mucha gracia al labrador aquella exigencia, pero en la necesidad en que se encontraba se habría avenido a todo, por lo que dio su promesa y retiróse con el trigo.
Parecía como si el rico hubiese previsto lo que iba a ocurrir: a los tres días cayó muerto de repente. No se supo a punto fijo, cómo había ocurrido la cosa; pero nadie se condolió de su muerte. Cuando lo enterraron, el pobre se acordó de su promesa, y, aunque deseaba verse libre de cumplirla, pensó:
«Conmigo se mostró compasivo; con su grano pude saciar a mis ham-brientos hijos; y, aunque así no fuese, ya que lo prometí, debo cumplirlo».
Al llegar la noche se encaminó al cementerio y se sentó sobre la tumba. El silencio era absoluto. La luna iluminaba la sepultura; de tarde en tarde pasaba volando una lechuza y lanzaba su grito lastimero. Cuando salió el sol, nuestro hombre regresó a su casa sin novedad; la segunda noche discurrió tan tranquila como la primera. Pero al atardecer del día tercero, el buen hombre experimentó una angustia inexplicable; presentía que iba a ocurrirle algo. Al llegar al cementerio vio a un desconocido apoyado en la pared. No era joven; tenía el rostro lleno de cicatrices, y su mirada era aguda y fogosa. Iba envuelto en una vieja capa, bajo la cual aparecían unas grandes botas de montar.
-¿Qué buscas aquí? -preguntóle el labrador-. ¿No te da miedo la soledad del cementerio?
-No busco nada -respondió el forastero-, pero tampoco temo a nada. Soy como aquel mozo que salió a correr mundo para aprender lo que es el miedo y no lo consiguió. Pero a aquél le tocó en suerte casarse con una princesa que le aportó grandes riquezas, mientras que yo he sido siempre pobre. Soy soldado licenciado y pienso pasar la noche aquí, a falta de otro refugio.
-Si no tienes miedo -dijo el labriego, quédate conmigo y ayúdame a velar sobre esta tumba.
-Esto de velar es misión de un soldado -respondió el otro. Compartiremos lo que suceda, sea bueno o malo.
El campesino se declaró conforme, y los dos se sentaron sobre la sepultura.
Todo permaneció tranquilo hasta media noche. A esta hora, rasgó de repente el aire un agudo silbido, y los dos guardianes vieron al diablo en carne y hueso, de pie ante ellos.
-¡Fuera de aquí, bribones! -les gritó. El que está aquí enterrado es mío, y vengo a llevármelo; y si no os apartáis, os retorceré el pescuezo.
-Mi señor de la pluma roja -replicó el soldado, vos no sois mi capitán y no tengo por qué obedeceros; y, en cuanto a tener miedo, es cosa que aún no he aprendido. Continuad vuestro camino, que nosotros no nos movemos.
Pensó el diablo: «Lo mejor será deshacerse de ellos con un poco de dinero», y, adoptando un tono más apacible, les propuso que abandonasen el lugar a cambio de un bolso de oro.
-Eso es hablar -respondió el soldado; pero con un bolso no nos basta. Si os avenís a darnos todo el oro que quepa en una de mis botas, os dejaremos libre el campo y nos marcharemos.
-No llevo encima el suficiente -dijo el diablo, pero iré a buscarlo. En la ciudad contigua vive un cambista que es amigo mío y me lo prestará.
Cuando el diablo se hubo alejado, el soldado, quitándose la bota izquierda, dijo:
-Vamos a jugarle una mala pasada a este carbonero. Dejadme vuestro cuchillo, compadre.
Y cortó la suela de la bota, que colocó luego al lado de la sepultura, al borde de un foso profundo disimulado por la alta hierba.
-Así está bien -dijo-. Que venga el deshollinador.
Sentáronse los dos aguardando su vuelta, que no se hizo esperar mucho. Venía el diablo con un saquito de oro en la mano.
-Echadlo dentro -dijo el soldado levantando un poco la bota-; pero no habrá bastante.
El negro vació el saco, el oro pasó a través de la bota y ésta quedó vacía.
-¡Estúpido! -exclamó el soldado. Esto no basta. ¿No os lo he dicho? Id por más.
El diablo meneó la cabeza, se marchó y, al cabo de una hora, comparecía de nuevo con otro saco, mucho mayor, debajo del brazo.
-Echadlo -dijo el soldado, pero dudo que baste para llenar la bota. Sonó el oro al caer, pero la bota siguió vacía.
El diablo miró el interior con sus ojos de fuego, pero hubo de persuadirse de que era verdad.
¡Vaya piernas largas que tenéis! -exclamó, torciendo el gesto.
-¿Pensábais, acaso, que tenía pie de caballo, como vos?
-¿Desde cuando sois tan roñoso? Ya podéis arreglaros para traer más oro; de lo contrario, no hay nada de lo dicho.
Y el diablo no tuvo más remedio que largarse otra vez. Tardó en volver mucho más que antes; pero, al fin, compareció, agobiado por el saco que traía a la espalda. Sol el contenido en la bota, pero ésta quedaba tan vacía como antes. Furioso, hizo un movimiento para arrancar la prenda de manos del soldado; pero en el mismo momento brilló en el cielo el primer rayo del sol levante, y el maligno espíritu escapó con un grito estridente. La pobre alma estaba salvada. El campesino quiso repartir el oro, pero el soldado le dijo.
-Da mi parte a los pobres. Yo me alojaré en tu cabaña, y con lo que queda viviremos en paz y tranquilidad el tiempo que Dios nos conceda de vida.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)

La serpiente blanca

Hace mucho tiempo vivía un rey, famoso en todo el país por su sabiduría. Nada le era oculto; y parecía que por el aire le llegaban las noticias de las cosas más desconocidas  y secretas. Pero tenía una extraña  costumbre. Todos los días, después de la cena, cuando la mesa había sido retirada y cuando nadie se hallaba presente, un criado de confianza le servía un plato más. Estaba tapado, y ni siquiera el criado sabía lo que contenía, pues el Rey no lo descubría ni lo comía hasta encontrarse completamente solo.
Las cosas siguieron así durante mucho tiempo, hasta que un día al criado que retiraba el plato, le entró una curiosidad irresistible, y después de retirar el plato, lo llevó a su propia habitación. Cerró la puerta con todo cuidado, levantó la tapadera y vio que en la bandeja yacía una serpiente blanca. No pudo resistir el antojo de probarla, cortó un pedacito y se lo llevó a la boca.
Apenas lo hubo tocado con la lengua, cuando oyó un extraño susurro de suaves voces que venían de afuera de la ventana. Él fue y escuchó con detenimiento, y observó que eran gorriones que hablaban entre sí, contándose mil cosas que vieran en los campos y bosques. Al comer aquel pedacito de serpiente había recibido el don de entender el lenguaje de los animales.
Sucedió que aquel mismo día se extravió la sortija más valiosa de la Reina, y la sospecha del robo recayó sobre el fiel criado que tenía acceso a todo lugar del palacio. El Rey le mandó comparecer a su presencia, y con duras palabras le amenazó,  diciéndole que si para el día siguiente no lograba descubrir al ladrón, la culpa recaería en él y sería severamente castigado. En vano argumentó su inocencia; y fue retirado sin lograr una mejor respuesta.
Con su problema y angustia, bajó al patio, pensando en la manera de salir del apuro. En eso algunos patos descansaban  tranquilamente en el arroyo, y mientras se alisaban las plumas con el pico, sostenían  una animada conversación. El criado se detuvo a escucharlos. 
Conversaban sobre dónde habían pasado la mañana y lo que habían encontrado para comer. Uno de ellos dijo algo disgustado:
-"Siento muy pesado el estómago. Por estar comiendo de prisa, me tragué una sortija que estaba al pie de la ventana de la Reina."
Inmediatamente, el criado lo agarró por el cuello, lo llevó a la cocina y dijo al cocinero:
- Éste es un buen pato, que ya está en buena condición para la cena."
- "Cierto" -dijo el cocinero sopesándolo con la mano, "él no ha tenido reparo en engordar por sí mismo, y hace días que estaba esperando ir al asador."
El cocinero lo empezó a preparar, y cuando lo estaba adobando, apareció en su estómago el anillo de la reina.
Ahora el fiel criado pudo probar su inocencia, y el rey, queriendo rectificar su error, le ofreció el mejor puesto que quisiera dentro de la corte. 
El criado declinó este honor y solamente pidió un caballo y algún dinero para viajar, pues deseaba ver el mundo y pasarse un tiempo recorriéndole. 
Otorgada su petición, se puso en camino y un día llegó a un estanque, donde observó tres peces que habían quedado aprisionados entre cañas y luchaban por volver al agua. Ahora, aunque se diga que los peces son mudos, el hombre entendió los miserables lamentos de aquellos animales, por verse condenados a una muerte tan miserable,  y como él era de corazón compasivo, se apeó de su caballo y devolvió los tres peces al agua. Ellos saltaban de alegría, y asomando las cabezas, le dijeron:
-" Nos acordaremos de ti, y ya te pagaremos por salvarnos."
Siguió cabalgando, y al cabo de un rato le pareció oír  una voz en la arena a sus pies. Escuchó con atención, y oyó a la reina de un hormiguero que se quejaba:
-"¿Por qué esos hombres, con sus torpes bestias, no nos dejan de maltratar tanto? Ese caballo estúpido, con sus pesados cascos, está aplastando sin compasión a mi gente."
Entonces él se hizo a un lado del camino, y la reina de las hormigas le gritó:
-" ¡Nos acordaremos de ti, una buena acción, depara otra!"-
El camino lo condujo a un bosque, y allí vio una pareja de cuervos a la orilla de su nido, que arrojaban de él a sus hijos:
-¡Fuera de aquí, vagabundos, buenos para nada!" -les gritaban. "No podemos seguir alimentándolos. Ya están bastante grandecitos para proveerse por sí mismos."
Pero los pobres polluelos quedaban  en el suelo, agitando sus alitas y lloriqueando:
-"¡Oh, que desdichados somos,  que debemos de buscarnos la comida y todavía no sabemos volar! ¿Qué más podremos hacer, sino morirnos de hambre?"
Se bajó el joven, mató al caballo con su espada  y dejó su cuerpo para alimento de los pequeños cuervos, los cuales se acercaron a saltos sobre la presa y, una vez satisfechos, dijeron:
-¡Nos acordaremos de ti y te lo pagaremos!
El criado tubo que seguir su viaje a pie, y después de caminar un largo trecho, llegó a una gran ciudad. Había gran ruido y multitud de gente en las calles, y un hombre venía montado a caballo, gritando en voz alta:
-"La hija del rey desea un esposo, pero quien pretenda su mano debe cumplir una dura tarea, y si no lo logra será severamente castigado."
Muchos ya habían hecho el intento, pero en vano. Sin embargo, cuando el joven vio a la princesa, fue cautivado por su belleza, y olvidando cualquier peligro, fue donde el rey y se declaró como pretendiente.
Entonces lo condujeron mar adentro, y en su presencia arrojaron al fondo un anillo. El Rey le ordenó que trajese el anillo del fondo del mar, y añadió:
-"Si vuelves sin ella, serás precipitado al mar y abandonado a tu suerte."
Todos los presentes se compadecieron del apuesto mozo, y se retiraron dejando al joven solo en la playa. Él se quedó allí, considerando lo que debía de hacer, cuando de pronto vio tres peces que se le acercaban, y que no eran sino aquellos tres que él había salvado. El que venía en medio llevaba en la boca una concha, que depositó en la playa, a los pies del joven. Él la recogió y la abrió, y en su interior estaba  el anillo de oro.
Lleno de alegría lo llevó al rey, esperando  que le concediese la prometida recompensa. 
Pero la orgullosa princesa, al saber que su pretendiente no era más que un simple criado, lo rechazó, exigiéndole la realización de una nueva tarea. Salió al jardín, y con sus propias manos esparció entre la hierba diez sacos llenos de semilla de mijo y dijo:
-"Mañana, antes de que salga el sol, debes haberlo recogido todo, sin que falte un solo  grano."
El joven se sentó en el jardín pensando  sobre como podría cumplir aquella tarea. Pero no se le ocurría nada, y se sentó muy triste pensando que a la mañana siguiente le sería impuesto un terrible castigo. Pero cuando los primeros rayos del sol iluminaron el jardín, encontró los diez sacos  completamente llenos, uno al lado del otro, sin que faltase un solo grano. Por la noche había acudido la reina de las hormigas con sus miles y miles de súbditos, y los agradecidos animalitos habían recogido el mijo muy diligen-temente, y lo habían depositado en los sacos.
Bajó la princesa en persona al jardín y pudo ver muy asombrada que el joven había hecho la tarea encomendada. Pero su corazón orgulloso no estaba saciado aún, y dijo:
-"Aunque él haya realizado las dos tareas,  no será mi esposo hasta que me traiga una manzana del Árbol de la Vida."
El pretendiente ignoraba dónde crecía aquel árbol, pero se puso en camino, dispuesto a no detenerse mientras lo sostuvieran sus  piernas, aunque no abrigaba esperanza alguna de encontrar lo. Después de haber  recorrido ya tres reinos, un atardecer llegó a un bosque y se tendió a dormir debajo de un árbol. Pero él oyó un rumor entre las ramas, y al instante una manzana dorada cayó en sus manos. En ese mismo momento bajaron volando tres cuervos, que se posaron sobre sus rodillas, y le dijeron:
-"Somos aquellos cuervos pequeñitos que salvaste de morir de hambre. Ahora, ya crecidos, supimos que andabas en busca de la manzana del Árbol de la Vida, entonces cruzamos  volando el mar y llegamos hasta el confín del mundo, donde crece el Árbol de la Vida, y te hemos traído la manzana"
El joven, con todo júbilo, reemprendió el camino de regreso, y llevó la manzana dorada a la bella princesa, la cual no puso ya más excusas. Ellos partieron la manzana de la vida en dos mitades y se la comieron juntos. De inmediato en el corazón de la princesa brotó un sincero y gran amor por el joven, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)

la reina de las abejas

Sucedió una vez que dos Príncipes se fueron por el mundo en busca de aventuras y, habiéndoles gustado la vida libre y salvaje, no volvieron a su reino.
El tercer hermano, a quien todos llamaban Bobalicón, salió a buscar a los otros dos. Cuando, al fin, los encontró se burlaron de él y le invitaron a seguirles en el camino que habían emprendido.
Iban los tres anda que andarás, cuando encontraron un hormiguero. Los dos hermanos mayores quisieron pisarlo y deshacerlo, para ver cómo escapaban las hormiguitas acarreando sus huevos. Pero el Bobalicón no les dejó que lo hicieran, diciendo:
‑No las matéis. Dejad tranquilas a las criaturas de Dios.
Un poco más allá encontraron un lago, en el que unos patos nadaban. Los hermanos mayores quisieron coger un par de ellos, para asarlos y comérselos.
Pero el Bobalicón no se lo permitió, diciendo:
‑No los matéis. Dejad en paz a las criaturas de Dios.
Andando, andando, llegaron a una colmena, en la que había tanta y tanta miel, que rebosaba por el tronco del árbol.
Los dos Príncipes querían prender fuego al árbol y ahogar a las abejas para llevarse la miel. Pero el Bobalicón se opuso, diciendo:
‑No las queméis. Dejad en paz a los animalitos de Dios.
Por último, andando, andando, los tres hermanos llegaron a un castillo, cuyos establos estaban llenos de caballos, pero donde no se veía alma viviente. Recorrieron todos los salones y estancias, que estaban abiertos, y, al final, encontraron una puerta cerrada con tres cerrojos. En el centro de la puerta había una rejilla, por la que se veía lo que pasaba dentro de la habitación.
Los hermanos miraron por la rejilla y vieron a un hombrecillo gris sentado a una mesa. Le llamaron una vez... y otra..., pero él no pareció oírles. Por fin, cuando le llamaron por tercera vez, se levantó, abrió la puerta y salió. No dijo una sola palabra, pero los condujo a una mesa espléndidamente servida y cuando hubieron comido y bebido a su placer, los llevó a cada uno a un dormitorio con un cómodo lecho, donde pudieron dormir.
A la mañana siguiente, el hombrecillo gris fue en busca del hermano mayor, le hizo una seña de que le siguiera y le condujo hasta una lápida de piedra donde estaban escritas las tres pruebas que era preciso realizar para desencantar el castillo.

He aquí la primera prueba: en el bosque, entre el musgo, se habían esparcido las mil perlas de las Princesas. Era preciso recogerlas todas, sin que faltase una sola, y si al ponerse el sol no estaban todas recogidas, el visitante se tornaría en piedra.
El hermano mayor fue al bosque, y buscó ‑ busca que buscarás todo el día, mas al llegar la noche sólo había encontrado un centenar. Y sucedió lo que en la inscripción de la lápida decía: que se tornó de piedra.
Al día siguiente fue el hermano mediano quien probó fortuna, pero no tuvo más suerte que el mayor; sólo pudo reunir doscientas perlas y también se convirtió en piedra.
Por último, le llegó la vez al Bobalicón; buscó y rebuscó entre el musgo, pero era difícil encontrar las perlas, y no las recogía sino muy despacio.
Pensando en su desgracia, se sentó en una piedra y se echó a llorar. Entonces la Reina de las hormigas, a quien él había salvado la vida, acudió con cinco mil hormiguitas, y en un santiamén encontraron todas las perlas y las pusieron en un montón.
La segunda prueba era encontrar la llave del cuarto de las Princesas, que se había caído al lago. Y cuando el Bobalicón llegó al lago, los patos a quienes él había salvado la vida nadaron, se sumergieron, salieron otra vez a la superficie, y de las profundidades del lago surgieron trayendo la llave en el pico.
Pero la tercera prueba era más difícil. El Príncipe debía adivinar cuál era la más joven y la más bella de las tres Princesas que estaban dormidas.
Las tres eran exactamente iguales, y no se las podía distinguir en nada, excepto en que cada una, antes de dormirse, había probado una golosina distinta. La mayor un terrón de azúcar, la segunda un caramelo, la tercera una cucharadita de miel.
Entonces, la Reina de las abejas, a quien el Bobalicón había salvado la vida, acudió y probó los labios de las tres. Por fin, se detuvo en la boca de la que había comido la miel, y así el Príncipe reconoció a la más joven.
Inmediatamente, el castillo se desencantó, y los príncipes y caballeros que estaban convertidos en piedras, volvieron a tomar forma humana. Y entre ellos estaban los dos hermanos del Bobalicón.
El Bobalicón se casó con la más joven y la más dulce de las tres Princesas y, a la muerte de su padre, fue elegido Rey. Sus dos hermanos tomaron a las otras dos Princesas por esposas, y fueron felices también.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)

La picara cocinera

Érase una cocinera llamada Margarita, que calzaba zapatos de tacón colorado; y cuando salía con ellos, se contoneaba, muy satisfecha y presumida, y pensaba: «¡Eres una guapa moza!».
Y cuando llegaba a casa, de puro contenta se bebía un trago de vino, y como el vino le abría el apetito, empezaba a probar los guisados que tenía en el fuego, hasta quedarse harta, al tiempo que decía: «La cocinera ha de vigilar cómo sabe el guisado».
Un día le dijo su señor:
-Margarita, esta noche vendrá un invitado; prepárame un par de gallinas tiernas, que estén bien asadas.
-¡Descuide el señor! -respondió Margarita.
Degolló las dos gallinas, las escaldó, las desplumó, las ensartó en el asador y, al anochecer, las puso al fuego para que se asaran. Las gallinas comenzaron a dorarse, y el huésped no comparecía, por lo que dijo Margarita a su amo:
-Si no viene el invitado tendré que sacar las gallinas del fuego, y será lástima no poder comerlas pronto, pues ahora es cuando están más jugosas y en su punto.
-Me llegaré yo a buscar al invitado -respondió el dueño.
No bien hubo vuelto el amo la espalda, Margarita puso de lado el asador con las gallinas, diciéndose: «El estar junto al fuego hace sudar y da sed. ¡Sabe Dios cuándo volverán! Mientras tanto, bajaré a la bodega a echar un traguito». Bajó muy ligera, llenóse un jarro y diciendo: «Que Dios te lo bendiga, Margarita», se echó al coleto un buen trago. «Eso del vino se pega -añadió-, y no es bueno cortarlo», y volvió a empinar el codo. Volvió luego a la cocina, puso otra vez las gallinas al fuego, bien untadas con mantequilla, y empezó a dar vueltas alegremente al asador.
El asado desprendía un tufillo de lo más delicioso, y pensó Margarita: «Tengo que probarlo, no fuera caso que le faltara algo», y les pasó un dedo y se lo chupó. «¡Caramba -exclamó, y qué buenas son las gallinas! Es un pecado y una vergüenza no comérselas cuando están a punto».
Corrió a la ventana para ver si llegaban el dueño y su invitado; y como no venía nadie, se volvió a sus gallinas y pensó: «Esta ala se quemará; mejor es que me la coma». Cortóla, pues, se la zampó, ¡y lo bien que le supo! Una vez terminada, se dijo: «Hay que quitar también la otra, para que el señor no note que falta algo». Zampado que se hubo las dos alas, volvió a la ventana; pero el amo no aparecía por ninguna parte. «¡Quién sabe! -se le ocurrió-; a lo mejor no vienen, se habrán metido en alguna parte», y al cabo de un ratito: «Vamos, Margarita, anímate; una está ya empezada, otro traguito y te la comes entera; verás qué tranquila te quedas. ¿Por qué desperdiciar este don que te hace Dios?». Bajó, pues, a la bodega, echó un buen trago y se comió la gallina en buena paz y alegría.
Desaparecida ya la primera, y como quiera que aún no comparecía el señor, mirándose la otra pensó Margarita: «Donde está la una debe estar la otra, pues forman pareja; hay que medir a todos con el mismo rasero. Creo que otro traguito no me haría ningún daño». Y otra vez alzó el codo, e hizo seguir a la segunda gallina el camino de la primera. Y he aquí que, hallándose en plenas delicias, llega el señor y le grita:
-Date prisa, Margarita, que enseguida estará aquí el invitado.
-Sí, señor, voy a servir inmediatamente -respondió Margarita. Mientras tanto, el dueño fue a comprobar si la mesa estaba bien puesta, y cogiendo el gran cuchillo con el que pensaba cortar las gallinas, lo afiló en el borde de un plato. En esto llegó el invitado y llamó modosa y delicadamente a la puerta. Margarita corrió a abrir y ver quién era, y al encontrarse con el invitado, poniéndose el dedo en los labios le dijo:
-¡Chiss, chiss! Volveos deprisa, pues si mi señor os atrapa, lo pasaréis mal. Os ha invitado a cenar, pero su verdadera intención es cortaros las dos orejas. Escuchad, si no, como está afilando el cuchillo. Oyó el forastero el ruido y echó a correr escaleras abajo. Margarita no se durmió, sino que, corriendo al comedor, exclamó:
-¡Valiente personaje habéis invitado!
-¿Por qué, Margarita? ¿Qué quieres decir?
-Pues -respondió ella- que estaba yo trayendo las dos gallinas y me las ha quitado de la fuente y ha escapado con ellas.
-¡Vaya modales! -dijo el dueño, sintiendo en el alma la pérdida de las aves-. Si al menos nos hubiese dejado una, nos habría quedado algo de cena.
Y salió a la calle, gritándole que volviese, pero el otro se hizo el sordo. Echó entonces a correr tras él, cuchillo en mano y gritándole:

-¡Sólo una, sólo una! -para que, al menos, no se llevase toda la cena. Pero el invitado, entendiendo que quería decir que se conformaría con una sola oreja, apresuró la carrera con todo el vigor de sus piernas, deseoso de salvar las dos.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)

La paja, la brasa y la judia

En una villa vivía una pobre mujer, que había recogido un plato de judías y deseaba cocinarlas. Así que la señora encendió su fogón, y para que ardiera más rápido trajo con un puñado de pajas para atizarlo. Cuando estaba vaciando las judías a la olla, una de ellas cayó al suelo sin que se diera cuenta, y quedó posada junto a una paja, e instantes después una brasa encendida saltó del fuego y cayó en medio de la paja y la judía.
Entonces la paja tomó la palabra y dijo:
-"Queridas amigas, ¿de adónde han llegado ustedes?"
La brasa replicó:
-"Yo afortunadamente salté del fuego, y si no hubiera escapado por fuerza mayor, mi muerte hubiera sido cierta, y estaría convertida en cenizas."
La judía dijo:
-"Yo también escapé con mi pellejo entero, pero si la mujer me hubiera regresado a la olla, ya estaría hecha puré como mis compañeras."
-"¿Y podría haber habido mejor destino para mí?" -dijo la paja, "Esa mujer convirtió a toda mi hermandad en fuego y humo. Ella cogió a sesenta hermanas de una sola vez, y tomó sus vidas. Dichosamente yo resbalé de entre sus dedos."
-"¿Pero que haremos ahora?" -dijo la brasa.
-"Yo creo" -contestó la judía, "que como afortunadamente escapamos de la muerte, debemos mantenernos juntas como buenas compañeras, y a menos que una desgracia nos obligara a  quedarnos aquí, debemos partir juntas e irnos para otras tierras.
La propuesta complació a las otras dos, y salieron a su camino en compañía.  Sin embargo, pronto llegaron a un pequeño riachuelo, y como no había puente ni tablón, no sabían como hacer para pasar. La paja creyó tener una buena idea y dijo:
-"Yo me posaré entre las dos orillas, y entonces ustedes pasan sobre mí como un puente."
La paja, efectivamente se posicionó de orilla a orilla, y la brasa, que era de una disposición impetuosa, se subió rápidamente sobre aquél recién construido puente. Pero cuando estaba por la mitad, oyó al agua corriendo debajo de ella, y después de todo, se asustó y se quedó paralizada y no caminó más. La paja entonces comenzó a arder, se rompió en dos partes y cayó a la corriente. La brasa resbaló detrás de ella, se apagó en cuanto cayó al agua, y se ahogó. La judía que se había quedado prudentemente en su orilla, no pudo más que reírse del suceso, y le fue imposible parar, y se rió tan fuerte que se reventó. Ahí pudo haber terminado todo para ella también, pero afortunadamente, un sastre de muy buen corazón que buscaba trabajo y pasaba por allí, la vio, sacó hilo y aguja,  y la remendó. La judía le agradeció muy sinceramente, y desde entonces, todas las judías tienen una costura al centro.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)

La ondina

Un hermanito jugaba con su hermanita al borde de un manantial, y he aquí que, jugando, se cayeron los dos adentro. En el fondo vivía una ondina, que les dijo:
-¡Ya os he cogido! Ahora vais a trabajar para mí, y de firme. A la niña diole a hilar un lino sucio y enredado, y luego la obligó a echar agua en un barril sin fondo; el niño hubo de cortar un árbol con un hacha mellada. Y para comer no les daba más que unas albóndigas, duras como piedra. Finalmente, los niños perdieron la paciencia y, esperando un domingo a que la bruja estuviese en la iglesia, huyeron. Terminada la función, al darse cuenta la ondina de que sus pájaros habían volado, salió en su persecución a grandes saltos. Viéronla los niños desde lejos, y la hermanita soltó detrás de sí un cepillo, que se convirtió en una montaña erizada de miles y miles de púas, sobre las cuales hubo de trepar la ondina con grandes trabajos; pero al final pudo pasarla. Entonces el muchachito dejó caer un peine, que se convirtió en una enorme sierra con innumerables picachos; pero también se las compuso la ondina para cruzarla. Como último recurso, la niña arrojó hacia atrás un espejo, el cual produjo una montaña llana, tan lisa y bruñida que su perseguidora no pudo ya pasar por ella. Pensó entonces: «Volveré a casa corriendo, y cogeré un hacha para romper el cristal».
Pero al tiempo que iba y volvía y se entretenía partiendo el cristal a hachazos, los niños habían tomado una enorme delantera, y la ondina no tuvo más remedio que volverse, pasito a paso, a su manantial.

1.018. Grimm (Jacob y Wilhem)