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lunes, 6 de enero de 2014

La mariposa de pedreria

Érase que se era un mozo muy pobre, y vivía en una guardilla de las más angostas y desmanteladas de la gran capital. Los muebles del tugurio se reducían a dos sillas medio desfondadas, un catre con ratonado jergón, una mesilla mugrienta, un tintero roñoso y un anafre comido de orín. El mozo -a quien llamaré Lupercio- cubría sus carnes con traje sutil de puro raído y capa ya transparente. Las botas, entreabiertas; por ropa blanca, cuatro andrajos de lienzo; por corbata, un pingo. Así es que Lupercio sufría grandes fatigas y rubores, y cuando al salir a la calle para comprar un panecillo o diez céntimos de leche se cruzaba con alguna niña bonita, limpia y bien puesta, ardiente oleada de fuego le subía al rostro.
Para evitar el bochorno de que las mujeres se fijasen en su pergeño, sólo salía al anochecer, cuando es más fácil pasar inadvertido entre la gente que por las calles se codea y empuja. Entonces Lupercio, llevado por la marejada del gentío, veía y hasta rozaba cuerpos gallardos, recibía el rayo de fulgurantes pupilas, sentía el roce eléctrico de la seda crujidora y aspiraba bocanadas de finas esencias. Sus ojos ávidos seguían al tren de lujo, maceta de donde emergen, blandamente columpiadas, aristocráticas flores. Detrás de los vidrios de las tiendas alzábanse pirámides de botellas de vinos generosos, y la luz se filtraba al través de su vientre con reflejos de oro y de sangre. Otros escaparates presentaban el libro nuevo, gentil, de lustrosa cubierta, o el rancio infolio, clave del pasado. Y Lupercio temblaba de fiebre, de ansia de amar, de gozar, de aprender, de vivir.
Una noche subió a su guardilleja más calenturiento que nunca. Encendió mortecina lámpara, abrió la ventana para que el tabuco se ventilase y, dejando caer la cabeza sobre la mano, poco tardó en rezumar por entre sus dedos lágrima abrasadora. Alzó la frente, miró al anafre y se le ocurrió que en él estaba el remedio de cuantos males hay en el mundo. Estas cosas, lector amigo, de cien veces que se piensen, dígote en verdad que no se hacen una. Lupercio, que realmente estaba triste, triste hasta morir, de pronto cogió la pluma, la sepultó en el roñoso tintero, la paseó sobre un fragmento de papel... y salieron renglones desiguales, los primeros que había compuesto nunca. Cuando terminó la composición, o lo que fuese, el mozo vio, a la luz de la mortecina lámpara, posado sobre su tintero, un insecto extraño, fúlgido, deslumbrador: una mariposa de pedrería.
Su abdomen era de una perla oriental: de esmeraldas su corselete; sus alas de rubíes y brillantes, y al remate de sus antenas temblaban, como gotas de rocío, dos cristalinos solitarios de incomparable pureza. Lo más encantador de la mariposa es que, siendo de pedrería, estaba viva, pues al tender Lupercio la mano para cogerla, voló la mariposa y fue a posarse más lejos, a la orilla de la mesa. El mozo se quedó sobrecogido; si se empeñaba en cogerla, de fijo que la mariposa huiría por la ventana abierta. Renunciando a perseguir al resplandeciente insecto, Lupercio se contentó con admirarlo.
La mariposa tenía, sin duda alguna, luz propia, porque apartada de la escasa de la lámpara, centelleaba más, proyectando irisados reflejos sobre toda la guardilla. Y es el caso que, a la claridad emanada de la mariposa, así se transformaba la vivienda de Lupercio, que no la conocería nadie. Invisibles tapiceros revistieran las paredes de telas, cuadros, espejos y colgaduras; del techo pendían arañas de veneciano vidrio y cubría el suelo alfombra turquesca de tres dedos de gordo. ¡Qué metamorfosis! En las Gorgonas de Murano se deshojaban rosas: sobre un velador árabe tentaban el apetito frutas, dulces y refrescos; blancas melodías de laúd acariciaban el aire y, abriéndose sutil-mente la puerta, una mujer, digo mal, una diosa, envuelta en gasas tenues y sin más tocado que las rubias hebras de febeo cabello, se adelantó, tomó del velador una granada entreabierta, reventando en granos de púrpura, y se la ofreció a Lupercio con lánguida sonrisa... Todo este misterio duró hasta que la mariposa, desde el borde de la ventana, alzó su vuelo, perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Aunque al volar la mariposa de pedrería la guardilleja volvió a su prístina y natural fealdad, miseria y desaliño, desde aquel día Lupercio no pensó en la muerte. Tenía un interés, una esperanza: que repitiese su visita la encantada bestezuela. Y la repitió, en efecto, al conjuro de la pluma mojada en tinta y los renglones desiguales. Volvió la mariposa, y esta vez convirtió la guardilla en jardín tropical, poblado de naranjos y palmeras, donde vírgenes africanas ofrecían a Lupercio agua fría en ánforas rojas estriadas de plata y azul. Así que se habituó a responder al conjuro, la mariposa fue transformando la mansión de Lupercio, ya en gruta oceánica, con náyades, corales y espumas, ya en bahía polar que alumbra boreal aurora, ya en patio de la Alhambra, con arrayanes y fuentes de mármol, donde se leen versículos del Corán; ya en camarín gótico, dorado como un relicario...
Mientras tanto, un periódico imprimía los versos de Lupercio -porque versos eran, ya es hora de confesarlo y, poco a poco, los fue conociendo, estimando y luego admirando el público. Tras la admiración y el aplauso del público vino la envidia de los rivales, la curiosidad de los poderosos y la protección de algunos más inteligentes; con la protección, un poco de bienestar; luego, algo que pudiera llamarse desahogo y, por último, una serie de felices circunstancias -herencia, lotería, negocios, la riqueza. Lupercio vivió, amó, gozó, rodó en carruaje al lado de pulcras damiselas, con trajes de seda de eléctrico roce..., y no necesito decir que, impulsado por el aura de la fortuna, fue bajando, primero de su guardilla al piso segundo; después, del segundo al primero, hasta que resolvió construir para su residencia un lindo palacio, a orillas del mar, en Italia. Había en él jardines, salones, tapicerías, brocados, alfombras, objetos de arte; en suma, cuanto pudo soñar Lupercio en la guardilla de los años juveniles.
Sin embargo, su mujer, sus hijos, sus amigos, sus criados, le veían cabizbajo, abatido, deshecho y notaban que, de día en día, se iba agriando su carácter, y ennegreciéndose su humor, y rebosando en él tedio y hastío. Nadie se explicaba el cambio, porque nadie sabía que la mariposa de piedras, la maga de la guardilla, la que también había frecuentado el piso segundo y honrado alguna que otra vez el principal, no se dignaba apoyar sus patitas de esmalte en el reborde de las ventanas del palacio, abiertas siempre en verano como en invierno, para dejarle franca la entrada.
Lupercio se ponía de pechos en la rica balconada de mármol que dominaba el jardín, y desde la cual se divisaba la extensión del golfo de Nápoles y se oía el murmurio de sus aguas, y miraba a las estrellas por si de alguna iba a bajar la mariposa; pero las estrellas titilaban indiferentes y, de mariposa, ni rastro. Lupercio abría a centenares botellas de generosos vinos -de aquellos que en la mocedad le tentaban como un sueño irrealizable, y en el fondo espumoso del cristal no dormía la mariposa tampoco. Lupercio comía granadas con algunas risueñas beldades muy aficionadas a la fruta, y tampoco en el seno de púrpura se ocultaba la mariposa maldita, la de las alas de rubíes...
¿Qué si había muerto? ¡Para morir estaba ella! Sabe, ¡oh lector!, que las mariposas de pedrería son inmortales. Sólo que la tunanta no tenía ganas de perder el tiempo con gente machucha, y andaba transformando en palacio, jardín o edén otro domicilio modesto, donde un mozo soñador garrapateaba no sé si verso o prosa...

«El Imparcial», 18 de julio de 1892.

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La manga

Nati terminó, ante el modesto armario de luna, su tocado y sus aprestos de coquetería. La tarea de prender el sombrero no fue corta. Era uno de esos sombreros inconmensurables que son el encanto, el susto y la ruina de una familia burguesa durante una estación. Había costado ciento diez pesetas redondas, y esa suma, para los padres, representaba no escasas privaciones, un desequilibrio en el presupuesto, la supresión, durante dos meses, del plato de carne en la cena, sustituido por un guisado de patatas o unos panchos fritos.
¡Paciencia! No se podía prescindir de que «la niña» luciese el sombrero que impone forzosamente la moda, y que, en este año de gracia, ha pegado un salto desde los precios admisibles de ocho y diez duros, hasta los de veinte como mínimum. ¿Quién cuenta con eso, vamos a ver? Porque nada ha subido tan sensiblemente: si los comestibles encarecen, no hasta tal punto; suben anualmente, de un modo imperceptible, mientras el sombrero se lanza en vertiginoso arranque... Y, al cabo, de comer se prescinde, no de golpe..., pero vamos, así, poquito a poco -en relación con la carestía de los comestibles; pero el sombrero es lo sacrosanto. Cuando una muchacha tiene veintiocho años ya, palmito muy celebrado, está llamando la atención en un pueblo donde acaba de llegar su padre a desempeñar un empleo, y espera fundadamente el fénix matrimonial, cazable con la liga de ese artefacto que, bajo sus alas enormes, presta a la señorita honrada la provocación atractiva de las cupletistas y las cocotas en los grandes casinos internacionales.
Nati se miraba en el espejo turbio del armario desvencijado, adquirido de lance... Tal sombrero debiera reflejarse en las triples lunas de lujoso tocador. No había duda; era feliz casualidad haber encontrado, por sólo veintidós duros, tal sombrero. No se presentaría en el salón del paseo otro así. Una creación, un modelo de París que llegó algo tarde para ser copiado, y que la modista vendió barato por temor de no poder colocarlo ya en julio.
Nati sabía el efecto que había producido cuando lo estrenó, y lo que le aumentaba la hermosura, lo que completaba su silueta el sombrero dichoso, dándole el atrevimiento mundano envidiado por las muchachas de la clase media, que siguen la moda y no se desenvuelven ágilmente dentro de ella, ligadas por la vergüenza y por el hábito casero... A favor de aquel sombrerón elegantísimo, Nati había tenido valor para prescindir de las enaguas, reduciendo a la mínima expresión su ropa interior, y ahora se recreaba, entre confusa y envanecida, al comprobar que su cuerpo presentaba las líneas y los trazos ligeros del púdico semidesnudo de los figurines de arte... Exagerada la gracilidad de las formas juveniles por lo flexible de la tela del traje, una lana más suave que la seda, el sombrero se gallardeaba sobre los hombros, que coronaba de sombras flotantes y plumajes ondeadores como cabelleras. Nati, sonriente, se gustó, y después de perfumarse y tomar los guantes, hizo el cálculo de toda mujer que se ha gustado: «Le gustaré.»
Abajo aguardaba el papá, resignado. ¡Era mejor que acompañase él! La mamá siempre da una nota ligeramente caricaturesca, a menos que vaya tan bien o mejor trajeada que su hija... La joven salió ufana. Eran las diez de la noche, hora en que el paseo se iluminaba brillantemente, en que los fuegos artificiales suben a rasgar la turquí terciopelosidad del cielo; en que la brisa marina viene salitrosa, amarga y embriagadora; en que la música militar es bella porque apaga sus resonancias metálicas la distancia, el abejorreo de las conversaciones y ese rumor hondo de toda muchedumbre.
Era el momento en que, so color de tomar aire, se tomaba amor, que es oxígeno del alma, y no la higiene, sino la eterna sed sentimental, había determinado a tantas muchachas bonitas y a tantos donceles medianamente gallardos a pisar el polvo o comprar las sillas del concurridísimo paseo...
Nati sintió -como se siente una ola de vida- la impresión causada por su presencia. Se volvían, la miraban, y algún forastero, menos recatado que los galanes locales, la susurraba cosas, de que fingía no enterarse el papá... Pronto como un pájaro, él se destacó de un grupo y se hizo el encontradizo. Era un novio ideal, de buena presencia, rico, decidido a casarse, de seguro. Nati tembló de felicidad. El pretendiente la miraba embobado, se la bebía con los ojos. Siguieron andando, pero el muchacho propuso sillas y las pagó galantemente. El papá se hizo el distraído; a su lado, casualmente, estaba un compañero de oficina. Los dos jóvenes cuchichearon más bajo. El pretendiente expresaba su admiración; la pretendida, coqueteando, negaba que ella valiese nada; hasta negaba la elegancia de su atavío, a la cual había notado que su pretendiente era muy sensible... Y reían, encantados los dos de aquel instante delicioso, con la sensación exquisita del aislamiento entre la multitud, una de las venturas profundas del amor naciente...
Un cohete rasgó el aire, subiendo a gran altura. Puerilmente, se divirtieron en contemplarlo. Era de lucería, y dejaba caer estrellitas verdes como grandes esmeraldas, que antes de llegar al suelo se extinguían.
Al primer fuego artificial siguieron otros muchos, estallantes y caprichosos, de chispa de oro y lágrimas de lumbre, de doble trazo de luz sobre la negrura del firmamento. Y, en pos, las bombas de dinamita atronaron el espacio un minuto.
-¡Qué barbaridad! -exclamó Nati, molestada por los zambombazos, y el novio aprobó, precipitado, añadiendo que los oídos le dolían, lo cual le valió una sonrisa tierna de la novia.
En el punto mismo, una gota de agua se plaqueó sobre la manita de Nati, que jugaba con el abanico.
-¡Qué raro! Como si lloviese...
Al momento dejó de ser raro, pues todo el mundo miraba asombrado hacia arriba, habiendo sentido la impresión, más bien cálida, de otros goterones. Y repetían:
-¡Es chocante!... Parece que llueve.
No hubo tiempo a reponerse del asombro; no se pudo razonar el brutal fenómeno de la nube baja, desventrada por la dinamita: tan súbita, tan arrolladora, fue la caída de la manga de agua... Volcaban a chorros desde el cielo urnas llenas; furioso torrente que descendía, descendía, sin parar. Las señoras corrían, gritando, en busca de un asilo, de un techo que las cobijase; nadie había traído paraguas, y, por otra parte, ¿de qué serviría un paraguas en tal contingencia? Un paraguas es para cuando llueve, no para el diluvio. Se habían abierto las cataratas del cielo, y las húmedas entrañas de la despanzurrada nube se desfondaban en ríos de agua colérica, despeñada desde lo alto...
Lo que más estorbaba en tal apuro... eran los sombreros. Habían principiado a derretirse, a liquidarse en papilla, con pegotes de goma y de engrudo que se embalsaban. Sus gasas caían, sus flores vertían arroyitos de tintes de colores sobre los pobres ropajes empapados en menos que se cuenta, y adheridos al cuerpo. Los armazones se pegaban al cuello, al pelo, en grotescas formas de caricatura. Y el pelo, chorreante, caía por las espaldas, y los rostros perdían el ligero artificio del blanquete y del rosa de tocador y aparecían lívidos, espectrales, con el brillo de hule de la mojadura y la palidez de la cruel, aguda sensación de frío...
Nati, desde el primer momento, había corrido como una loca... No sabía si su padre venía detrás; ignoraba si iba al lado de su novio. ¡Sálvese el que pueda!... Corría, corría aguijoneada por dos estímulos, por dos terrores: el de perder su ropa, su sombrero, sus galas -la tercera parte por lo menos de su belleza, y el de ser vista en grotesca situación, hecha una birria, envuelta en trapos mojados y con unas plumas desteñidas soltando manchurrones... Notó, sin embargo, en medio de su desesperada fuga, que otras fugitivas infelices se quitaban el sombrero y lo tiraban. ¿Para qué conservarlo? Estaba perdido, y las manchaba y ridiculizaba más... Un grupo empujó a Nati; por poco cae al suelo. ¡Caer, que la pisoteasen! ¡Y delante de él! Apenas hubo pensado en esto, otra idea la horrorizó. Bajo los latigazos rígidos del aguacero, se miró un instante, y se vio desnuda... Sí, desnuda como la estatua bajo el lienzo del escultor... Su traje leve señalaba la plástica de su cuerpo. En el mismo punto, notó que su novio venía cerca, corriendo también, para auxiliarla segura-mente... La casa de Nati estaba próxima; llegar al portal era la salvación. La muchacha volaba, jadeante, y se lanzaba, o se quería lanzar, al obscuro recinto; pero estaba abarrotado de gente refugiada allí, que no permitía el paso. Los insultos, las chanzonetas, acogieron a la desdichada, que prorrumpió en llanto, sin conmover a la egoísta turba...
Y hubo tiempo de que el novio llegase, y Nati leyese en sus ojos toda la desilusión, todo el repentino hielo del que ve tan cambiado un rostro que aún no ama lo bastante, y todo el despecho rencoroso del que ve a la mujer que empezaba a interesarle profanada por los ojos impíos de la muchedumbre...
Nati no volvió al paseo. Era el triste drama de tantas señoritas pobres. No podía reemplazar la ropa perdida... Ni el novio, perdido al mismo tiempo que la ropa.

«Blanco y Negro», núm. 999, 1910

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La madrina

Al nacer el segundón -desmirriado, casi sin alientos- el padre le miró con rabia, pues soñaba una serie de robustos varones, y al exclamar la madre -ilusa como todas: «Hay que buscarle madrina», el padre refunfuñó:
-¡Madrina! ¡Madrina! La muerte será..., ¡porque si éste pelecha!
Con la idea de que no era vividero el crío, dejó el padre llegar el día del bautizo sin prevenir mujer que le tuviese en la pila. En casos tales trae buena suerte invitar a la primera que pasa. Así hicieron, cuando al anochecer de un día de diciembre se dirigían a la iglesia parroquial. Atravesada en el camino, que la escarcha endurecía, vieron a una dama alta, flaca, velada, vestida de negro. La enlutada miraba fijamente, con singular interés, al recién, dormido y arrebujado en bayetes y pieles. A la pregunta de si quería ser madrina, la dama respondió con un ademán de aquiescencia. Despertóse en la iglesia la criatura y rompió a llorar; pero apenas le tomó en brazos su futura madrina, la carita amarillenta adquirió expresión de calma, y el niño se durmió, y dormido recibió en la chola el agua fría y en los labios la amarga sal.
En las cocinas del castillo se murmuró largamente, al amor de la lumbre, de aquel bautizo y aquella madrina, que al salir de la iglesia había desaparecido cual por arte de encantamiento. Un cuchicheo medroso corría como un soplo del otro mundo, hacía estremecerse el huso en manos de las mozas hilanderas, temblar la papada en las dueñas bajo la toca y fruncirse las hirsutas cejas de los escuderos, que sentenciaban:
-No puede parar en bien caso que empieza en brujería.
El segundón, entre tanto, se desarrollaba trabajosamente. Enfermedades tan graves le asaltaron, que tuvo dos veces encargado el ataúd, y siempre, al parecer iniciarse el estertor de la agonía, verificábase una especie de resurrección: el niño se incorporaba, se pasaba la mano por los ojos, sonreía y con ansia infinita pedía de comer...
-Siete vidas tiene como los gatos -decía la dueña Marimiño a Fernán el escudero. ¡Embrujado está, y no muere así le despeñen de la torre más alta!
Este dicho se recordó con espanto pocos días después. Jugando el segundón con el mayor en la plataforma de la torre, lucharon en chanza, se acercaron a la barbacana, y colándose por una brecha, cayeron de aquella formidable altura. Del mayor, don Félix, se recogió una masa sanguinolenta e informe. El otro, don Beltrán, detenido por un reborde de la cornisa y unas matas que lo mullían algún tanto, pudo sostenerse, agarrarse a la muralla y trepar hasta la plataforma otra vez. Con asombro supersticioso refirió el lance Fernán, ocular testigo; y en las veladas del invierno, los servidores evocaron la temerosa figura de la enlutada madrina. Sólo ella podía haber dispuesto los sucesos del modo más favorable a su ahijado. Ya no ingresaría Beltrán en un monasterio; suyos eran casa y estados; de segundón pasaba a heredero universal.
Entonces se pensó en instruirle para las fatigas de la guerra. Endeble como seguía siendo, hubo de ejercitarse en las armas. Salió pendenciero, amigo de gazaperas, retos, cuchilladas, y su débil brazo hacía saltar la espada de la muñeca de los mejores reñidores, y en las funciones militares libraba sin un rasguño, a pesar de alardes de valor temerario. Mirábanle ya con aprensión los demás señores, con mezcla de veneración y terror el vulgo. Un suceso casual dio mayor pábulo a las hablillas.
Andaba perdidamente enamorado don Beltrán de doña Estrella de Guevara, viuda principal cuanto hermosa, codiciada de todos. Ella prefería a un Moncada, el duque de San Juan, y con éste dispuso casarse. En vísperas de la boda, estando el duque solazándose a orillas del río Jarama con su prometida y muchos amigos, salió un toro bravo, arremetióle y le paró tan mal, que al otro día era difunto. Llovía sobre mojado. Se alzó imponente la voz de que danzaba brujería en los asuntos de don Beltrán, y el Santo Oficio hubo de resolver mezclarse en lo que traía alborotada a la villa y corte, inspirando peregrinas fábulas. Como que se llegaba hasta la afirmación de que el toro no era toro, sino un fantástico dragón que espiraba lumbre, y en el cuerpo del mísero duque las señales parecían, no de cornadas, sino de garras candentes.
Honda marejada se produjo en el Santo Tribunal antes de prender a un noble señor. Ejercía las funciones de inquisidor general el obispo de Oviedo y Plasencia, don Diego Sarmiento de Valladares, caballero por los cuatro costados, y los rigores inquisitoriales no recaían sino sobre gentecilla, mercaderes y tratantes gallegos y portugueses, oscuros alumbrados y judaizantes renegados y bígamos. Una buena traílla de estos mezquinos acababa de ser agarrotada, quemada viva, encarcelada perpetuamente, relajada en estatua, azotada por las calles y embargados los bienes que no tenían, con ocasión del famoso auto de fe a que habían querido asistir Carlos II y las dos reinas, enviando el monarca el primer haz de fajina que alimentase el fuego del brasero. Mas las poderosas familias del duque de San Juan y de doña Estrella de Guevara apretaron tanto, que al fin don Beltrán fue preso y recluido en los calabozos, donde todavía no habían acabado de evaporarse las lágrimas de las infelices penitencias del auto. En las tinieblas de la mazmorra recordó confusamente palabras de su nodriza, insinuaciones de la dueña Mari Nuño, conversaciones reticentes de sus padres, auras de consejas y mentiras que oreaban sus cabellos desde niño. Y con ahínco desesperado, exclamó:
-¡Señora Muerte! ¡Madrina mía! ¡Acúdeme!
Esparcióse por el encierro cárdena claridad, y don Beltrán vio delante a una mujer extraña, medio moza y medio vieja, por un lado engalanada; por otro, desnuda. Su cara se parecía a la de don Beltrán, como que era él mismo, «su muerte propia». Y don Beltrán recordó el dicho de cierto ilustre caballero del hábito de Santiago: «La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros, y todos sois muertes de vosotros mismos».
-¿Qué se te ofrece, ahijado? -preguntó solícita ella.
-¡Salir de esta cárcel! -suplicó don Beltrán.
-No alcanza mi poder a eso. Te he servido bien; me he desviado de ti veinte veces, te he quitado de delante estorbos y te he mullido el camino con tierra de cementerio. Pero mi acción tiene límites, y el amor y el odio son más fuertes que yo. Habrá cárcel por muchos años: los deudos de tu rival han resuelto que te pudras en ella.
Mesándose el cabello, don Beltrán insistió con ardor:
-¿No hay ningún recurso, madrina? Por ahí fuera hace sol, la gente se pasea, brillan los ojos, resuenan músicas festivas, requiebran los galanes, se cruzan estocadas... ¡Y yo aquí, sepultado en una fosa, expuesto a que me saquen con coraza y sambenito! Madrina, tú eres omnipotente, temida y respetada... ¡He sentido tantas veces tu protección terrible! ¿No acertarás a salvarme ahora?
La madrina calló un momento, y luego articuló entre un susurro lento y prolongado como el de los árboles de inmensa copa:
-Sé un remedio para darte libertad. ¿No lo adivinas? Yo saco infalible-mente a los mortales del sitio en que penan, llevándolos conmigo.
Sintió un sutil escalofrío don Beltrán y se tapó los ojos con las manos. Cuando las apartó se halló solo: la madrina había desaparecido. En más de dos años no se atrevió el ahijado a invocarla. Al contrario, a ratos la conjuraba para que no se acercase: temía la tentación de asir aquella mano blanca, lisa, marmórea, y agarrado a ella salir del cautiverio. No llamó a su madrina ni en el día en que, tendiéndole sobre el caballete del potro, le dieron por tres veces el trato de cuerda que hace crujir los huesos, estira los tendones y lleva el dolor hasta las últimas reconditeces de los nervios. Quedó moribundo y le trasladaron a una celda con reja a la calle.
Y una mañana, mirando por la reja, sucedióle que vio pasar a una mujer hermosísima, acompañada de una dueña grave y halduda y de un galán bizarro: la propia doña Estrella de Guevara. Sus crespos cabellos teñidos de rubio veneciano hacían parecer más clara su tez y sus labios más bermejos; vestía de terciopelo verde con pasamanos de oro, y en sus ojos negros como la endrina chispeaba una alegría de vivir insolente y triunfadora.
-¡Madrina! ¡Ven, acude! -gritó con fervor don Beltrán, incorporándose, a pesar del quebrantamiento de sus huesos.
Y apenas hubo llamado sinceramente a su madrina, se cerraron los párpados del caballero, se extinguió el hálito de su pecho, cayó sobre la fementida cama, una mano glacial cogió la suya, y don Beltrán salió de la prisión, libre y feliz.

«El Imparcial», 1 de diciembre de 1902.

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La logica

Justino Guijarro es digno de que le consagre una mención la historia individual, que llaman los profanos literatura novelesca. Aunque el drama de la existencia de Justino Guijarro no haya obtenido la fama que merece, a título de caso significativo y curioso, los que le conocimos y recibimos sus últimas revelaciones en momentos terribles no debemos dejar sepultada en el olvido la memoria de hombre tan extraordinario.
Ante todo, sepan las generaciones venideras que Justino Guijarro murió en el patíbulo. No vayan a suponer (apresurémonos a decirlo) que Justino fue en el mundo de los vivos algún malhechor de oficio, algún capitán de gavilla. No vayan a confundirle tampoco con los que asaltan casas para saquearlas, o dejan seco a un prójimo para apoderarse de su cartera, repleta de billetes de Banco. Ni menos le identifiquen con esos energúmenos poseídos de instinto brutal que estrangulan a una mujer por celos o porque los desdeñó. A Justino nunca le dominaron furiosas concupiscencias ni bajas codicias; como que vivió entregado al estudio, a la meditación, chapuzado y sumergido en los insondables lagos del pensamiento y colando por finísimo tamiz las ideas, que otros menos cavilosos se tragan sin mascar. Distinguióse, además, Justino por su religiosidad exacerbada, de la cual, piense lo que quiera el lector, habrá de reconocer que es demostración elocuente lo que va a saber recorriendo estas páginas, donde descubro el secreto de un alma singular, única tal vez.
Justino había nacido con el cráneo puntiagudo, angosto, indicación exterior de lo elevado de sus especulaciones y lo espiritual de su modo de ser. Desde niño discurrió tan estricta y ajustadamente, que sus raciocinios eran cuñas hincadas en el cerebro. Perseguía hasta sus últimos términos las consecuencias de una premisa, y ¡ay! del que discutiendo le concediese lo mínimo; una leve concesión proporcionaba a Guijarro argumentos irrefutables con que apurar a su adversario y rendirle por fin. Se le temía; nadie quería medirse con él, y dijérase que en él revivían aquellos escolásticos de la Edad Media, capaces de partir en cuatro un cabello de mujer rubia.
Con el propio método que aplicaba a las cuestiones intelectuales resolvía Justino los problemas de la vida práctica; empresa doblemente peliaguda, pues nadie ignora que esta pícara vida que padecemos es compleja, sinuosa y contradictoria a veces como ella sola, sin que se pueda evitar, y el más terne e inflexible de los pensadores se ve obligado, ya que no a caer siete veces al día, por lo menos a transigir setenta con las circunstancias. Justino, sin embargo, no entendiendo de transacciones, optaba por tener setenta choques diarios y pasar otras tantas veces por necio e insufrible; el mundo es tal, que no concibe que nadie siga la línea recta, así conduzca al precipicio. Los disgustos que Justino sufría debieron de contribuir no poco a exaltar su grande ánimo y a sugerirle las extrañas resoluciones que pronto se verán.
Era casado Justino; su lógica religiosa le había inducido al matrimonio desde los primeros años de la juventud. Muchos tardó en tener sucesión; pero al cabo se notaron en la esposa de Justino señales inequívocas de que se aproximaba un feliz acontecimiento, y nació un chico precioso, frescachón y robusto, de ésos que envanecen a los padres.
No obstante, Justino, en vez de complacerse y regocijarse con su paternidad, dio en ponerse mohíno y melancólico. Cada vez que le presentaban el chico, que la madre, entusiasmada, le subía hasta los labios del padre para que le estampara un beso, el rostro de Justino se contraía, y sus ojos, nublados por la meditación, despedían una luz triste y lúgubre...
-Al ver a mi hijo -traslado aquí las propias palabras del ínclito pensador desconocido, cuya historia voy narrando, yo no podía sentir lo que siente el vulgo de los padres; un goce pueril y meramente instintivo, un impulso animal... Al contrario: un mundo de reflexiones acudía a mi mente; su peso me abrumaba y me confundía. La responsabilidad que gravitaba sobre mí era incalculable, inmensa; en mis manos, a mi cargo, tenía el porvenir de un hombre, de un ser racional. Al hablar de «porvenir», comprenderá usted, conociéndome ya por mis confesiones, que no me refiero al «porvenir» tal cual lo entienden los otros padres, y que sólo abarca los días de una existencia transitoria. Dinero, honores, posición, salud... ¡Qué son esos bienes de un minuto para quien ve, con la inteligencia, con la razón, con las potencias superiores, en fin, desarrollarse lentamente la inmensa procesión de los siglos, y considera, en cambio de los espasmos de un vértigo sublime, el horizonte infinito de la eternidad!
El cuerpo de mi hijo, montón de carne blanca y sonrosada, no existía para mí o, si existía, no tenía valor alguno; pero ¡su alma, su alma inmortal, destello divino comunicado a la materia! «Salva su alma -me decía a cada instante la voz cristalina de la «Lógica», mi maestra y consejera infalible. Salva su alma, evítale el pecado, ábrele de par en par las puertas de oro del Cielo». Y para salvar su alma yo no tenía más remedio que uno, y, después de largo combate conmigo mismo, lo puse en práctica. Cierta noche, mientras la madre dormía rendida de cansancio de haber dado el pecho, me acerqué a la cuna de mi hijo, dormido también; eché sobre su carita el embozo de la sábana; luego, las dos almohadas; apoyé las palmas de las manos con toda mi fuerza... y me sostuve así hasta que... hasta que lo salvé, enviándole a gozar la eterna bienaventuranza.
La muerte de mi hijo -prosiguió Justino después de una pausa profunda- se atribuyó a causas naturales. Pero yo quedé a vueltas con el problema no menos grave, que era el de mi propia salvación. La «Lógica» me decía que si salvaba a otro, por razones de mayor cuantía estaba en el caso de salvarme a mí mismo, puesto que la salvación es el fin supremo a que deben encaminarse nuestros pasos en la tierra. Al salvar a mi hijo había cargado mi conciencia sin poderlo evitar, con un pecado: convenía expiarlo; todo esto era lógico y más lógico aún que si la muerte me cogía de sorpresa, mal preparado, marraba el negocio de mi alma, el solo negocio importante.
Necesitaba, pues, dos cosas: hacer penitencia en esta vida y saber a punto cierto cuál había de ser el instante de mi muerte, para encontrarme prevenido y dispuesto. No valía suicidarse; el que se suicida no muere en gracia. Era preciso discurrir otra combinación y, lógicamente, encontré una luminosísima. Esperé el momento en que mi esposa muy afligida desde el fallecimiento del niño, regresaba de la iglesia, donde había confesado y comulgado, y aprovechando la buena disposición en que se encontraba y el instante en que se inclinaba para desabrocharse las botas, di sobre ella armado de un cuchillo de cocina, y de la primera puñalada... la salvé. Cuando expiró, cubierto de su sangre, me presenté a la Justicia. Mi parricidio (así lo llamaron) era según decían, patente y horrible; fui sentenciado a morir, y en los largos días de la prisión tuve tiempo para hacer mortificaciones, ponerme a bien con Dios (lo espero) y arreglar todos mis asuntos de conciencia de tal suerte, que, al ofrecer el cuello a la argolla expiatoria, llevaré lógicamente noventa y nueve probabilidades contra una de salvarme también...
Lo único que me confunde, lo único que ha turbado mi espíritu, ya casi sumergido en la contemplación de lo ultraterrenal, es que el sacerdote que viene a consolarme en esta capilla, en vez de alabar la lógica de mi conducta, parece persuadido de que no hice sino atrocidades... Verdad que es un pobre cura de misa y olla, y temo que por falta de cultura y preparación filosófica no comprenda la alteza de mi concepción, el admirable equilibrio de mis actos... En vano le repito hasta la saciedad un argumento irrefutable. Pecado fue matar a mi mujer y a mi niño: lo conozco y lo deploro; mas si todos somos pecadores, y yo no podía jactarme de haber vivido sin pecar, a lo menos mis pecados son de tal naturaleza, que han abierto el paraíso a los dos seres que más amé, y probablemente a mí me lo abrirá mi expiación... El cura, hombre sencillo y limitado, cuando le presento esta conclusión agudísima no responde sino meneando la cabeza y murmurando ciertas frases que considero ¡lógicas a todas luces; por ejemplo: «La misericordia de Dios alcanza a los malvados, y con más razón a los ilusos y a los maniáticos y dementes. Déjese de lógicas, y rece y llore, y arrepiéntase cuanto pueda.»

«El Imparcial», 6 diciembre 1897.

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La lima

Cuando Severo Llamas, en la edad más florida, abandonó la casa de sus padres yendo a estudiar en la Universidad de Madrid la carrera de Filosofía y Letras, sucediole una aventura casi vulgar en el camino carretero de su pueblo a la estación del ferrocarril. Y fue que en el patio de una venta, donde se paró deseoso de echar un trago de rioja clarete y picante, vio arrimados a un poyo, trasegando vasos del mismo vinillo, a un gitano viejo y una gitana moza garrida, los cuales le convidaron. No era Severo hombre que se dejase ganar por la mano en asuntos de cortesía, y se dio prisa a avisar al ventero de que corría de su cuenta el gasto. Sacaron mesa, jarros y copas, amén de un queso medianamente duro, y el estudiante y los dos egipcios refrescaron allí en amor y compaña. Miraba Severo a la gitanilla, y le cosquilleaban en el corazón los ojos negrísimos, los labios pálidos con el húmedo nácar de los dientes, la tez de raso obscuro y la sandunga zalamera del hablar de aquella ninfa. En cambio, al volverse hacia el gitano, veía una jeta de caricatura, una boca de puchero desportillado, unas pupilas malignas detrás de un matorral de cerdas grises. Sostenía la gitana una clavellina en el canto de la boca, y como al despedirse Severo le pidiese la flor, el carcamal exclamó con énfasis que también él quería su correspondiente regalo al caballero estudiante: y sacando de la faja una roñosa lima de acero, la ofreció al mozo. «Misté -advirtió- que esta limilla no es como toas las limas del mundo, ¡quia! Si su mercé tiene algún quebraero de cabeza o algún disgustaso..., se pasa su mercé la lima muchos días seguíos por el cuerpo... y curao; na, que no vuelve a darle fatiga nunca».
Severo se rió, guardando la lima antes por buena crianza que por otra cosa, y, despedido, siguió su viaje, durante el cual más de una vez le volvieron a la imaginación los ojos de sombra y los dientes nacarados de la gitanilla de la venta, recuerdo que se avivó al llegar a Madrid, quitándole el sentido y despertándole una sed hidrópica, que a su parecer sólo podía estancarse en aquella humedad y frescura de los descoloridos labios. Empezó tan insensato afán a apretarle mucho, y ya desatinado, tenía resuelto salir en busca de la gitana, cuando a la desesperada, y por superstición, se le ocurrió ensayar el remedio de la lima. Buscó en el fondo de su bolsillo el instrumento, y se dedicó a pasarlo por el cuerpo mañana y noche. Al pronto no advirtió ningún alivio, pero corridos ocho o diez días notó con gozo que se le iba aquietando el corazón, y que ya le gustaba mirar a mujeres que no eran la gitanilla, y conversar con ellas y requebrarlas. Y al mes justo de pases de lima, Severo se halló curado del todo, sin acordarse más de la gitana que de su abuela.
Terminados con lucimiento sus estudios, se dio Severo a la política, caldeada la cabeza, persuadido de que ciertos males que todos lloran podrían remediarse al aplicar él su conato y bríos al beneficio de la cosa pública. En periódicos, asambleas, reuniones y clubs derrochó elocuencia y energía el mozo, logrando hacerse centro de un grupo animado de más patrióticos deseos, determinado a seguir a su jefe hasta cualquier extremo y fin, pronto a la acción y a la lucha. Manifestaba Severo en sus discursos principios de catoniana rigidez, y al exponerlos le encendía fiebre entusiasta, calentura generosa y nobilísima que le incitaba a cerrar contra los abusos y las iniquidades y le movía a fustigarlas con recio látigo. La recién adquirida popularidad le exaltó más todavía, y habiendo sido elegido diputado, su indignada censura se explayó violenta y sin eufemismos, hiriendo en mitad del pecho a algún personaje poderoso. Entonces se levantó una cruzada contra Severo. A medida que su nombre rompía la obscuridad, sus palabras adquirían peso, relieve, mordiente, fuerza, alcance a distancia. Lo que dicho por otro no suscitaría protestas, dicho por él levantaba ampolla; y el reguero de pólvora cundía, y Severo se hallaba sobre un foco de incendio.
Furiosos los atacados, no repararon en arbitrios para la defensa. Dedicáronse a rebuscar en los antecedentes, en la familia y en el ayer de Severo Llamas alguna de esas historietas que ofrecidas por comidilla a la malignidad la enconan y soliviantan para que se alce goteando ponzoña; y encontraron, porque siempre se encuentra, aun en el pasado más puro, aun en la más honrada familia, algo que, interpretado y comentado por el odio, resulte infamante.
Y Severo, herido en lo íntimo, en sus más sagrados afectos y ternuras, en lo que en el alma le dolía, contrajo pasión de ánimo creyéndose sin honra, pensando leer en cada rostro y en cada frase cruel alusión a su imaginaria vergüenza. A tal extremo llegó su cavilosidad, que no conciliaba el sueño y había perdido enteramente el apetito y el buen humor.
Y al convencerse de que sufría, de que atravesaba un período de abatimiento y casi de desesperación, acordose Severo otra vez de la lima del gitano, y sacándola del estuche de terciopelo en que agradecido la conservaba, la pasó reiterada y diariamente por el cuerpo. A los quince días comenzó a notar gran mejoría; y como en estas afecciones morales mejorar es sanar, poco tardó en volver a su espíritu la calma. Pensó que tan amargo mal le había venido por meterse a redentor y explanar con independencia viril sus convicciones; decidió usar también la lima para templar aquella vehemencia de sentimientos y aquel celo inconsiderado por el bien general. La lima, en efecto, hizo su oficio, y Severo fue aquietándose, perdiendo vapor, viéndose libre de sus accesos de atonismo y sus arranques de virtud batalladora. Arriba y abajo la lima, vuelta y dale. Severo se reconciliaba más con la realidad y las impurezas que la acompañan. Y bien limado, acabó por encontrar que todo sucedía como debía suceder, sin que cupiese arreglarlo de distinto modo, ni mejorarlo ni variarlo en un ápice.
Desde entonces Severo tomó la vida como tomarse debe. A cada problema, a cada trance crítico, a cada desengaño, a cada caída del cielo, Severo agarraba su lima bienhechora, y pase va y pase viene, se administraba el soberano medicamento de la indiferencia. Si algo le convenía, lo dejaba correr; pero el resto lo limaba con persistencia, hasta suprimirlo, raerlo y hacerlo polvillo impalpable. La lima iba poco a poco quitándole a Severo cuanto estorbarle podía, cuanto significaba, según la frase del gitano, «quebraeros de cabesa». Y Severo de continuo elevaba acciones de gracias al gitano aquel, que le había resuelto cuantas dificultades complican la existencia, quitándole el hipo y el flato del ideal...
Ansiaba Severo volver a tropezarse con el gitano, a fin de besarle las manos reconocido y proclamarle el mayor sabio del orbe. Siempre andaba avizorando por si en algún sitio descubría la ridícula jeta, la desportillada boca y los malignos ojos emboscados tras las cerdas grises de jabalí del donante de la milagrosa lima.
Con este afán, una noche en que había cenado fuerte, al acostarse, rendido de cansancio y pesado de cabeza, pareciole que se iluminaba su dormitorio, y que en blanco fondo, como de escenario de linterna mágica, se aparecía un viejo caduco idéntico al gitano en la catadura, aunque muy diferente en la indumentaria. En vez del puntiagudo sombrero de catite, el pañuelo liado a la cabeza, la chaqueta de alamares, la faja y los zahones, llevaba la aparición por única vestimenta un paño gris como los sudarios polvorientos; por arma, una guadaña en la diestra; por emblema, en la siniestra, una clepsidra. ¡Era el Tiempo, el Tiempo a la vez volador, lento y glacial, el que todo lo desgasta, el que todo lo carcome y disipa, el que trae en una misma bolsa el dolor y el consuelo!
Y a la mañana siguiente Severo Llamas, pensativo, corrió a mirarse al espejo, y viéndose decaído, canoso, atropellado -viejo también, en suma, se explicó perfectamente las misteriosas virtudes de la lima, y agarrándola tardíamente airado, la arrojó por la ventana.

Blanco y Negro, núm. 436, 1899

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La leyenda de la torre

La expedición había sido fatigosa, a pie, por abruptas sendas y trochas de montañas; y después de despachar el almuerzo fiambre, sentados en las musgosas piedras del recinto fortificado, a la sombra de la desmantelada torre feudal, los expedicionarios experimentamos una laxitud beatífica, que se tradujo en sueños. Los únicos menos amodorrados éramos el arqueólogo y yo; él, porque le atraía y despabilaba la exploración minuciosa de aquellas piedras venerables, yo, porque me encendía la imaginación y me producían otros sueños muy diferentes del fisiólogo. En vez de reclinarnos al fresco, a orillas de una espesura de laureles, nos metimos como pudimos en el torreón, trepamos por sus piedras desiguales y desquiciadas ya, hasta la altura de una encantadora ventana con parteluz, guarnecido de poyales para sentarse, y desde la cual se dominaban el valle y las sierras portuguesas, azul anfiteatro, límite de la romántica perspectiva.
Conocía yo la leyenda de la torre de Diamonde, tal cual la refieren las pastoras que lindan sus vacas en los prados del contorno, y los viñadores que cavan y vendimian las vides del antiguo condado; pero tuve la mala idea de preguntar al arqueólogo si leyenda semejante está en algún punto de acuerdo con la verosimilitud y la historia. Él meditó, se atusó la barba grisácea, y he aquí lo que me dijo, después de arrugar el entrecejo y pasear la vista una vez más por las derruidas paredes, cinco veces seculares:
-Cuando nos representamos la vida de los señores feudales de aquella época -del siglo catorce al quince, fecha en que se construyeron estos muros-, creemos cándidamente que entonces existían como ahora profundas diferencias entre el modo de vivir de los poderosos y el de los humildes, entre un tendero o un bolsista de nuestros días y un paleto o un albañil, hay una zanja doblemente honda de la que separaba al poderoso señor de Diamonde del último de sus siervos y colonos. Esta torre lo proclamaba a gritos. ¿Qué comodidad, qué existencia siquiera decorosa permitía su estrecho recinto? Y para que los situemos en la realidad (la realidad de aquellas épocas que sólo vemos al través de la poesía), es preciso convenir en que el género de vida que en Diamonde se llevaba, y no pasiones vehementísimas, que no abundaban entonces ni ahora abundan, fue el verdadero origen del drama que dio base a la leyenda. Con afirmar esto, destruiré muchos romanticismos; pero si pudiésemos hoy reconstruir la existencia de entonces, con documentos y observaciones auténticas, veríase que el hombre y la mujer han sido iguales siempre...
La esposa de Payo de Diamonde, la alegre Mafalda, dama portuguesa de las márgenes del Miño, se consumía de tedio entre estas cuatro paredes. Vestida de la grosera lana que hilaban y urdían sus siervas; alimentada con pan de maíz, leche y carne asada; reducida, por toda distracción, a escuchar los cuentos de dos o tres viejas sabidoras que concurrían a las veladas de la cocina señorial; con el marido casi siempre ausente, divertido en la caza o en escaramuzas fronterizas, y cansado y rendido de fatiga al volver, la portuguesita, amiga de jarana y fiesta, iba perdiendo los colores de su tez trigueña y el brillo de sus ojos color de castaña madura. En aquel tiempo, como ahora, la mujer que se aburre está predispuesta a emprenderlo todo, con tal de espantar la mosca tenaz, negruzca y zumbadora del fastidio.
Un domingo por la tarde, Payo Diamonde anunció a su mujer que salía a talar ciertos campos y a quemar dos o tres casas de portugueses, y que entre ambas ocupaciones no dejaría de cazar lo que saltase. Hasta el sábado por la tarde, Mafalda quedaba sola. Suspiró, recogió sus haldas y bajó del castillo a la primera explanada de tierra, a ver alejarse la hueste de su señor. Cuando la última lanza despareció detrás de la fraga espesa, la castellana, resignada-mente, iba a volverse al hogar, donde se entregaría al bostezo; pero en el ángulo de la calzada pedregosa (¿ve usted?: ahí mismo), he aquí que le sale al encuentro un hombre, una especie de vagabundo, con un pesado fardo a las espaldas. Era joven, alto, ágil, nervudo, y su hendida barba roja y sus labios sensuales, rientes, daban a su rostro una expresión provocativa y cruel. Con palabras suplicantes pidió albergue aquella noche no más en la torre de Diamonde, y ofreció enseñar su mercancía -telas, pieles, collares, amuletos, aguas y botes de olor-. Tranquilizada, Mafalda batió palmas ante el anuncio. ¡Qué de tentaciones gustosas!
En esta cámara, que era la de Mafalda, cerca de la ventana donde nos sentamos ahora, el buhonero deslió su fardo y mostró a la dama el tesoro. Traía piezas de seda de Monforte, pieles curtidas de marta, de Orense, casi tan hermosas y suaves como las cebellinas, lienzos finísimos de Padrón, encajes labrados por las pálidas encajeras que esperan a sus esposos a las puertas de las casas, en los pueblecitos pescadores, Portonovo y Sangenjo. Traía asimismo redomas y frascos de perfumes, jazmín y algalia, gorguerines de ámbar y sartas de perlas; y la castellana de Diamonde, ávidamente, lo compró todo, porque su marido había dejado buen golpe de doblas de oro en el cofre de la cámara nupcial.
El vagabundo, durante la velada, refirió historias interesantes. Venía de todos los castillos; de recorrer las Asturias, el reino de León, Zamora y Portugal, y traía en su repertorio anécdotas, escándalos, sainetes, tragedias, cuentos de amoríos sorprendidos por él o averiguados en las cocinas de las mansiones señoriales. Después cantó canciones, decires de trovadores, tañendo una vihuelilla; y Mafalda, al despedirse para acostarse, mostraba encendidos los vivos colores de su tez trigueña y el resplandor de sus ojos castaños, como conviene a mujer moza, de veinticinco a lo sumo, en la flor y lozanía de la edad en que se anhela gozar y vivir. Y al día siguiente no se partió del castillo el vagabundo, ni en toda la semana tampoco. Pasábase las horas sentado cerca de Mafalda, narrando historietas italianas, generalmente lascivas, y, cuando agotaba su respuesta, enseñaba a las criadas y mezquinas de Diamonde a aderezar bebidas dulces y manjares sazonados con especias que formaban parte de su ambulante comercio. Otras veces dirigía el tocado de la castellana, a la cual explicaba las modas y refinamientos que usaban las damas de la reina en la corte de Castilla.
Él enredaba artificiosamente las perlas, a estilo morisco, entre las trenzas de Mafalda, y él le calzaba los brodequines puntiagudos, última novedad venida a España de la lejana y elegante corte borgoñona. Y Mafalda, embelesada, sorprendida a cada hora con un nuevo capricho, con una nueva distracción, no hizo la menor resistencia cuando una noche el aventurero la atrajo hacia sí, y cubrió de besos candentes la cara morena, y los párpados sedosos, y la garganta tornátil. ¿Pasión? ¡No! Mafalda no sentía esa soñadora fiebre, acaso más moderna que medieval. Lo que experimentaba era el transporte del que sacude las telarañas grises del fastidio, de los vapores tétricos, y entra en una zona de sol, de alborozo y sorpresa continua de los sentidos golosos... También en fablas y hechos de amoríos era más ducho el errante mercader que el rudo castellano de Diamonde, y también supo revelar a Mafalda lo que púdicamente había ignorado...
Naturalmente, al fin de la semana, Payo Diamonde regresó, cansado y polvoriento, harto de quemar cosechas ajenas y de matar inocentes alimañas salvajinas. Por limitadas que fuesen sus facultades de observador, la presencia del juglar-mercader y su intimidad con Mafalda le saltaron a los ojos. Acaso hubo un delator que se los abrió de golpe. La torre es demasiado chica para esconder secretos. Pero el buhonero estaba alerta; y la historia nos enseña que, por entonces, solían ser estos vagabundos quienes, de corte en corte, llevaban misiones extrañas, encargos de reyes deseosos de deshacerse de otros monarcas o príncipes, y entre sus frascos, no todos eran de perfumes...
Una mañana, el señor de Diamonde amaneció rígido, muerto en su lecho, denegrido y cubierto de lívidas señales; de este castillo desaparecieron, llevándose las doblas de oro del arca, Mafalda la portuguesa y el aventurero envenenador...
Y ahí tiene usted -acabó el maldito arqueólogo, sonriendo como un Maquiavelo burlón- la prosaica, aunque melodramática verdad de la leyenda de la torre. Las pastoras dicen que doña Mafalda fue arrebatada por el demonio, que había tomado la figura de un gallardo doncel, y que el alma de la triste castellana, perdida de amores, se asoma de noche a esta ventana misma, exhalando ayes muy semejantes al ululante gemido del viento de la sierra... ¡Ya lo creo! Como que no es el alma la que imita al viento, sino el mismo viento el que remeda el quejido del ánima condenada...

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La invisible

De todas las mujeres que han podido preocuparme en este mundo -dijo Cecilio Ruiz, en un momento de expansión, de ésos que son como válvulas por donde el alma busca respiro-, una me ha dejado recuerdo más persistente, por lo mismo que casi no hubo ni tiempo ni ocasión de que me lo dejase...
La memoria -continuó- es muy extraña. Sin que se sepa por qué, se borran de ella un sinnúmero de cosas, y hasta años enteros de nuestra vida pasan sin dejar rastro. Momentos en que creemos que nuestra sensibilidad está en paroxismo, no marcan después huella en el recuerdo. En vano quiero resucitar horas que declaré inolvidables, pues ya de ellas no guardo reminiscencia ninguna. Y detalles que no revistieron la menor importancia, parece que cada día los tengo más grabados en la conciencia: frases insulsas, sucesos mínimos, siempre presentes, cuando ni aun sé cómo se arregló mi primera cita con mujeres de las cuales me creí verdaderamente enamorado, y, tal vez, si me las encuentro en la calle, no las conozco.
En cambio, mi aventura, medio irreal de los Colmenares -llamaré así al lugar de la escena-, de tal modo cuajo en mi espíritu y en mi vida, que cada día surge con mayor realce. Era yo entonces bastante joven, pero no tanto que no hubiese pasado ya de los veintiocho años y probado en diversos lances sentimientos muy varios, y goces y penas, con todos los accidentes que suelen acompañar a la pasión amorosa; hasta me creía ya un poco hastiado, y a ratos me las echaba de escéptico.
Encargado por la Compañía de la cual era socio de enterarme de la fuerza y utilidad de un salto de agua que queríamos adquirir, y con el cual montaríamos el negocio de dar luz a muchos pueblos, me interné a caballo por la región abrupta e incivilizada que llaman de los Colmenares, constituyendo cada noche un problema el encontrar albergue, y cada día una dificultad el comer. Llevaba conmigo un mozo, caballero en una mula, cuyas alforjas, a la salida iban bien rellenas; pero las provisiones, naturalmente, se agotaban. Las latas de foie-gras, de sardinillas y de perdices escabechadas tienen fin. Por aquel desierto sólo se encontraba miel, bellotas, leche de cabra y queso duro. Veía con terror el momento de hallarme sometido al régimen de los moradores de aquel yermo.
Al enterarse de mis temores, díjome el mozo que estábamos ya cerca de una casa donde encontraría cómodo asilo, y cuanto regalo cabe, si quería descansar en ella unas horas.
-¿De todo dices tú que hay en esa casa?
-¡Vaya! Sí, señor..., de tó, y mejor, ni en la de su majestá el rey...
-¿Es una casa de campo?
-Señor, a mo de casa de campo es...; pero la vida allí, manífica.
-¿Quién vive en ella?
-Una señora.
-¿Guapa? -pregunté, demostrando la incorregible curiosidad amorosa de mi raza y de mi sexo.
-No le pueo icir... No la vide nunca. No la ve nadie. Icen que tié hecha, amos, una promesa a la Virgen, y que es como una monja.
Mi imaginación se encandiló en seguida. No era para menos. Parecía aquello cosa de aventura, y desde el primer instante di por seguro que la dama reclusa sería un portento de belleza, y que yo la vería y le hablaría y la obligaría a romper, por mí, su voto... No serían las doce aún cuando avistamos la casa, donde, por lo menos, me esperaba una comida confortante, y mi sorpresa no fue pequeña al divisar una verja pintada de verde, y tras ella arbolado fino, araucarias y cedros, palmeras y magnolias, un parquecillo bien delineado, unas canastillas lozanas de flores que, sin duda, regaba el agua de una cristalina fuente, cuyo surtidor jugaba con el sol, polarizando su luz. Por mucho que encomiemos a la Naturaleza, el arte y la civilización son gratos. Después de tanto páramo y tanta breña, no sé explicar la impresión encantadora que me produjo aquel oasis. Llamamos con la campanilla, y salió a abrir un viejo con trazas de hortelano.
-Dígale a la señora que está aquí un caminante que pide descansar bajo techado, siquiera una hora... Entréguele usted esta tarjeta -añadí, sacando de mi cartera una.
Tardó algo en regresar el viejo. Sin duda, el caso era insólito. Al fin, después de un cuarto de hora, volvió, diciendo sencillamente:
-Pasen ustés.
La casa se cobijaba, muy en el fondo, tras de una espesura. Más allá, me figuré que estaría el huerto. Nada tenía de particular el edificio: cuadrado; ni grande ni pequeño; se entraba en él subiendo tres peldañitos. Me introdujeron en una sala baja, amueblada con elegante esmero: un piano, cuadros antiguos, le daban aire de distinción. Oí crujir de faldas, y creí que iba a saludar a la dueña; pero no era sino una doncella muy correcta y grave, una dueña más bien, que de buenas a primeras me espetó:
-La señora suplica que la dispense usted si no baja, y le ruega que almuerce aquí. El almuerzo estará dispuesto dentro de una hora. Entre tanto, el señor puede tomar un baño, si gusta.
Este ofrecimiento me fue más simpático aún que el otro. El cuarto de baño no desmerecía de la sala. Me chapucé con delicia: llevaba ocho días de no practicar los ritos de la limpieza. Cuando estaba en el primer momento delicioso, los poros abiertos y jugando con la esponja, una música deleitable llegó a mis oídos. Abajo tocaban una sonata de Beethoven... No sé decir lo que por mí pasó. Lo que aseguro, y no se rían, es que me sentí enamorado: lo que se dice perdido de amores... por la mujer cuyos deditos marfileños me enviaban la música preferida... Nunca tan súbita llama se había alzado en mí. Sin duda era todo ello fruto de la fantasía, y, sin embargo, aún hoy, al recuerdo, me parece que me arde el corazón, que se me derrite el alma...
Me atusé, me mudé, bajé trémulo... La doncella, enguantada de algodón blanco, me llamó discretamente.
-Sttt... Por aquí, el comedor...
La mesa estaba resplandeciente de elegancia y coquetería. La doncella me hizo seña de que me sentase. Vi un solo plato.
-¿Y la señora? -exclamé.
-Come en su cuarto siempre. Ya le dije al señorito, cuando entró, que tenía que dispensarla...
Aturdido, me senté. Creía no tener gana de comer; pero apenas empezaron a venir los manjares, devoré, como el que ha hecho fatigoso ejercicio y viene embriagado de aire libre. Todo era excelente, y de cocina más bien a la francesa. Se lo hice observar a la criada, y ella me respondió, sin salir de su reserva:
-Hemos estado mucho en el extranjero...
Para colmo de sorpresa, me sirvieron el café en el jardín, y me fue ofrecida una caja de puros, no sin que la doncella murmurase a mi oído, confidencial-mente:
-El mozo también almuerza; no pase cuidado el señorito...
Póngase cualquiera en mi caso. Me sentía loco de afán de ver a la dama oculta, hacia cuyas ventanas miraba afanosamente, esperando ver cruzar, por lo menos, su sombra, la mancha de su cuerpo, sobre los misterios de las cortinas... Pero la casa estaba silenciosa como una tumba, y parecía desierta; en el jardín sólo se oía el monótono ruido del escardillo rascando las calles; todo se adormecía; la siesta era calurosa. «Daría mi vida por contemplar a esa mujer», pensaba, y al pensarlo comprendía que, a menos de ser un hombre sin educación, un osado, un grosero, no tenía más recurso que ensillar y marcharme: allí ya estaba de más... Y por si de esto me quedase la menor duda, la doncella, siempre impenetrable, vino a preguntar:
-¿El señorito no se irá sin tomar el té?
-Vamos claros -respondí, en un arranque. Si la señora baja a tomarlo conmigo, espero... Si no, no...
-Si el señorito espera por eso..., será inútil. Nadie ve a la señora..., nadie. No pierda tiempo el señorito... Es un buen consejo que le doy...
Y tuve que alejarme, rabioso, exaltado, y fue preciso que en la ciudad próxima encontrase un telegrama urgente de mis socios llamándome a Madrid, para que no cometiese alguna tontería gorda, del género romántico: asalto de casa, con nocturnidad y premeditación...
-¿Y nunca supiste el nombre de tu desconocida?
-Sí -declaró Cecilio-. El gobernador de la provincia, a quien pude interrogar, me enteró de que era una mujer que había sido muy bella, que tendría ahora más de cincuenta años, y que no se dejaba ver porque, en un choque de trenes, había quedado desfigurada por completo, con la cara llena de costurones. Pero yo seguí soñando con ella... Me la figuré siempre al capricho de mi imaginación...
Y no quise volver a los Colmenares, por no perder mi ensueño... y porque, al fin, no se arregló lo del salto de agua.

La Ilustración Española y Americana, núm. 22, 1914

1.005. Pardo Bazan (Emilia)