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lunes, 6 de enero de 2014

La inspiracion

Temporada fatal estaba pasando el ilustre Fausto, el gran poeta. Por una serie de circunstancias engranadas con persistencia increíble, todo le salía mal, todo fallido, raquítico, como si en torno suyo se secasen los gérmenes y la tierra se esterilizase. Sin ser viejo de cuerpo, envejecía rápidamente su alma, deshojándose en triste otoñada sus amarillentas ilusiones. Lo que le abrumaba no era dolor, sino atonía de su ardorosa sensibilidad y de su imaginación fecunda.
Acababa de romper relaciones con una mujer a quien no amaba: aquello principió por una comedia sentimental, y duró entre una eternidad de tedio, el cansancio insufrible del actor que representa un papel antipático, que ya va olvidando, de puro sabido, en un drama sin interés y sin literatura. Y, no obstante, cuando la mujer mirada con tanta indiferencia le suplantó descaradamente y le hizo blanco de acerbas pullas que se repetían en los salones, Fausto sintió una de esas amarguras secas, irritantes, que ulceran el alma, y quedó, sin querérselo confesar, descontento de sí, rebajado a sus propios ojos, saturado de un escepticismo vulgar y prosaico, embebido de la ingrata grata convicción de que su mente ya no volvería a crear obra de arte, ni su corazón a destilar sentimiento.
Sí: Fausto se imaginaba que no era poeta ya. Así como los místicos tienen horas en que la frialdad que advierten los induce a dudar de su propia fe, los artistas desfallecen en momentos dados, creyéndose impotentes, paralíticos, muertos.
Recluido en su gabinete, Fausto llamaba a la musa; pero en vano brillaba la lámpara, ardía la chimenea, exhalaban perfume los jacintos y las violetas, susurraba la seda del cortinaje: la infiel no acudía a la cita, y Fausto, con la frente calenturienta apoyada en la palma de la mano -actitud familiar para todos los que han luchado a solas con el ángel rebelde, no sentía fluir ni una gota del manantial delicioso; sólo veía rosas negras, áridos arenales caldeados por el sol del desierto.
En aquellos momentos de agonía, su conciencia le acusaba diciéndole que la decadencia del artista procedía del indiferentismo del hombre; que la poesía no acude a los páramos, sino a los oasis, y que si no podía volver a animar, tampoco podría volver a aparear versos, como quien unce parejas de corzas blancas al mismo carro de oro.
Las mujeres que le habían burlado y abandonado eran, sin duda indignas de su amor; pero tampoco él, Fausto, el poeta, el soñador, el ave, se había tomado el trabajo de quererlo inspirar, ni menos de sentirlo. El desierto no era el alma ajena, era su alma. Quien sólo ofrece llanuras candentes y peñascales yermos, no extrañe que el viajero cansado no se siente a reposar, ni quiera dormir larga y dulce siesta, como la que se duerme a la sombra de las palmeras verdes, al lado del fresco pozo...
Paseábase Fausto una tarde de septiembre, a pie y sin objeto, por una de las solitarias rondas madrileñas, y al borde de un solar cercado de tablas divisó grupos de gente que examinaba, con muestras de vivísimo interés, algo caído en el suelo. Las cabezas se inclinaban, y del corro salían exclamaciones de lástima y admiración. Fausto iba a pasar sin hacer caso; pero una sensación indefinible de curiosidad cruel le empujó al remolino. Pensó que la realidad es madre de la poesía, y que a veces del incidente más vulgar salta la chispa generadora. No sin algún trabajo consiguió abrirse camino, y ya en primera fila, pudo ver lo que causaba el asombro de aquel gentío humilde.
Sobre la hiedra enteca y mísera que a duras penas brotaba del terreno arcilloso, yacía tendida una mujer joven, de sorprendente belleza. La palidez de la muerte, y esa especie de misteriosa dignidad y calma que imprime a las facciones, la hacían semejante a perfectísimo busto de mármol, y el ligero vidriado de los árabes ojos no amenguaba su dulzura. El pelo, suelto, rodeaba como un cojín de terciopelo mate la faz, y la boca, entreabierta, dejaba ver los dientes de nácar entre los descoloridos y puros labios. No se distinguía herida alguna en el cuerpo de la joven, y sus ropas conservaban decente compostura. Estaba echada de lado. Una faja de lana unía su cintura a la de un mocetón feo y tosco, muerto también, de un balazo que, entrando por el oído, había roto el cráneo. Sin duda, en la agonía de los dos enamorados la faja debió de aflojarse, pues la mujer aparecía algo vuelta hacia la derecha, y el mozo a la izquierda, como desviándose de su compañera en el morir.
Con mezcla de piedad y de enojo, los albañiles, las lavanderas y los guardias de Orden Público comentaban el trágico suceso. Tratábase de un doble suicidio, concertado de antemano, y hasta anunciado por el bruto del mozo en una taberna la noche anterior.
La oposición de los padres de ella, las malas costumbres de él y el haber caído soldado, eran la causa. Ella no podía resignarse a la separación. Ella misma, la mujer apasionada, había lanzado la terrible idea, acogida con fruición estúpida por el hombre celoso y feroz. Morir, irse abrazados a donde Dios dispusiese; no apartarse ya nunca; pese a quien pese, desposarse en el ataúd...
Sin dilación adquirió el revólver, y después de una mañana que pasaron juntos almorzando en un ventorro, los dos amantes se habían recogido al extraviado solar, donde, arrollando primero la faja del mozo alrededor de ambas cinturas, ella había tendido con sublime confianza el seno izquierdo, sin que, ni al sentir sobre el corazón el cañón del arma, se borrase de sus labios aquella sonrisa que aún conservaba fija en la boca, ¡aquella sonrisa que lucía los dientes de nácar entre los descoloridos y puros labios!
Por la noche, al retirarse Fausto a su casa, percibió una fiebre singular que conocía de antemano, pues solía experimentarla cada vez que se renovaba su ser con afectos nunca sentidos. Semejante excitación nerviosa, señalaba, como la manecilla del reloj, las etapas sucesivas de su vida moral. La alegría extremada, la pena vehemente e inconsolable se anunciaban igualmente para Fausto con un desasosiego raro, una turbación del corazón, que ya acelera sus latidos, ya se aquieta y desmaya hasta el síncope. Las horas nocturnas las contó desvelado en la cama; no podía apartar del pensamiento la imagen de la muchacha muerta; y mientras volvía a ver el solar, el corro de curiosos, el grupo trágico de los amantes que, abrazados, emprenden el viaje sin regreso, un bullir confuso de rimas, un surgir de estrofas incompletas, un rodar oceánico de versos sonoros, ascendía de su corazón palpitante a su cerebro, y bajaba después, a manera de corriente impetuosa, a su mano, impaciente ya de asir la pluma...
Lo más raro de todo era que Fausto, con la fantasía, enmendaba la plana al ciego Destino. La hermosa niña que había recibido en el seno izquierdo la bala, no estaba enamorada del bárbaro y plebeyo borrachín, del perdulario soez que descansaba a su lado, y que la amarró con la faja antes de darle muerte. No; el predilecto de aquella mujer que sabía querer y morir; el que antes de asesinarla había aspirado el aliento de su boca de virgen, era Fausto, el poeta; Fausto, que por fin encontraba su ideal, y que al encontrarlo prefería dejar la Tierra, sellando con el sello de lo irreparable tan magnífica pasión.
¿Quién duda que sólo Fausto, capaz de comprender el valor de la acción sublime, merecía haberla inspirado? Corrigiendo la inepcia de los hechos, despreciando la vana apariencia de lo real, Fausto recogía para sí la ardiente flor amorosa, la flor de sangre sembrada en el erial de la ronda madrileña. El era el compañero de aquella muerta que sonreía; él era quien había apoyado el revólver sobre el impávido seno de la heroína, no sólo tranquila ante la muerte, sino prendada de la muerte que une eternamente, sin separación posible, a los que quisieron con delirio... Y la sugestión apretó tanto, que Fausto arrojó las sábanas, encendió luz y empezó a emborronar papel...

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Tal fue el origen del poema Juntos, el mejor timbre de gloria de Fausto, lo que consagrará ante la posteridad su nombre, porque Juntos es (lo afirma la crítica) una maravilla de sentimiento verdadero, y se comprende que está escrito con lágrimas vivas del poeta, que corresponde a penas y goces no fingidos, a algo que no se inventa, porque no puede inventarse.

«El Imparcial», 12 febrero 1894.

Cuento de amor

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La hoz

¿Por qué tardaba tanto el mozo? Por lo mismo que los otros días -pensaba la Casildona. Allá estaría en el playazo de Areal, bañándose y ayudando a bañarse a la forastera de la ropa maja. Ella lo había visto con sus ojos... ¡Hum...! Cosa del demonio no sería, pero tampoco de ningún santo... Aquel Avelino, esclavo de la obligación, que no faltaba nunca a sus horas, desde la fiesta del Sacramento era otro; desde la tarde en que conoció a la forastera, la de la sombrilla encarnada y los zapatos de moñete, colorados también, la querida del fabricante Marzoa, según las murmuraciones de Arcal...
El, sí: él, trabajador era, y humilde, y sufrido. y nunca una palabra más alta a su madre, y la cabeza gacha, si le reñían; pero ¡de buena casta venía para no gustarle el pecado! Los recuerdos, como murciélagos, empezaban a revolar torpemente, sombríos, en el cerebro estrecho de Casildona, bajo el cráneo duro, cubierto de estropajosa pelambre gris. «¿Qué aventuramos a que sale como su padre, panderetero, con un cascabel en cada botón del chaleque?» ¡El padre de Avelino! Aquel señorito de Dordasí, vago de profesión, más bebido que un templo, sin dejar rapaza a vida, atreviéndose hasta con las casadas, ¡nos defienda San Roque! Sólo Casildona, la del caserío de Fontecha, le había puesto a ochavo la sardina... ¡Vaya! Así que vio que la cintura del refajo andaba estrecha, le soltó al señorito: «¡O te estripo, o las bendiciones del cura, que lo que naciere, mediante Dios, padre ha de tener!» Y como se sabía que Casildona era mujer para eso y más que para eso..., el señorito casó con ella. ¿Qué se le importaba, al cabo? En su degradación de vicioso, con su pequeño patrimonio hipotecado, comido de deudas y obligas, el hidalgo de Dordasí pasaba la vida en tabernas, entre gañanes y marineros. Unido a Casilda, ella fue quien trabajó para mantenerle, hasta que estalló de una borrachera, y para criar y enviar a la escuela al niño. Mientras ella, la bestia de carga, araba, sallaba y curaba del ganado, Avelino se instruía... La madre respetaba en el hijo la sangre, el señorío arrastrado y todo por el suelo. «No nació Avelino para la tierra...» Un confuso instinto de jerarquía social se alzaba en el espíritu de Casildona. Avelino trabajaría con el entendimiento, sentado a la sombra, lavadas las manos. Y así era: colocado le tenía en la oficina de la fábrica de conservas de don Eladio Marzoa, la mejor de Arcal...
A qué horas comería hoy el caldo!
Preocupada, Casildona arrimó más palitroques a la lumbre, y sacó al corral un cazolón de bazofia; era preciso que viviesen otra madre y su progenitura: la gallina pedriscada, que desde la víspera se pavoneaba con un rol de veinticuatro pollitos.
Un bulto surgió ante la cancilla del corral: era una rapaza a quien apenas se le veía la faz morena, tostada, en que relucían los dientes blancos como guijas marinas; en la cabeza sostenía inmenso cestón de hierba recién segada, olorosa, que se desbordaba por todos los lados: en la cima del monte de verdura relucía la hoz.
-¡Qué monada! ¡San Antonio los guarde! -anheló, señalando a las veinticuatro bolitas de plumón verdoso, con ojuelos de cuentas de azabache, que cómicamente apurados picoteaban a porfía los desperdicios-. ¡Qué rolada de gloria! A las buenas tardes.
-Dios te vea venir, María Silveria... ¿De dónde, mujer? ¿Del prado de arriba?
-De allí mismo, señora... Póseme, por el alma de sus difuntos, que sudo con el peso.
Casildona ayudó a bajar el cestón, y percibió que ni gota de sudor humedecía la frente de María Silveria, la hija del carretero, la cual se echó atrás las greñas, salpicadas de briznas de hierba y florecillas silvestres, y sonrió para congraciarse...
-Y luego..., ¿no yantaron aún?
-Aún no tornó Avelino, mujer...
En la voz de la madre había cierta condescendencia. Era sabedora de los retozos en el molino, de los acompañamientos a la vuelta de la feria, de los comadreos del caserío; cosas de rapaces. ¿Quién les da crédito? Su hijo no se peinaba para María Silveria. Sólo que ahora, cuidados nuevos quitan cuidados antiguos... La férrea vieja se humanizaba.
-Puede dar que no torne hoy, señora Casildona.
-¿Sucedióle mal? -exclamó azorada, la madre.
-Sucedióle que don Eladio le despidió de la fábrica.
-¿Qué cuentas?
-Lo que me contaron ahora mismo Roberto y su hermano, según pasaban por la vera del prado de arriba, estando yo a cortar la hierba que usté ve con sus ojos.
Y la rapaza pegaba manotadas en el cestón, como si la realidad de la hierba segada autenticase sus noticias.
-¡Despedir a Avelino! ¡A Avelino! -monologaba la madre, escéptica todavía ente el increíble caso.
-No sé de qué se pasma -intervino María Silveria, con veneno en la voz. Había de suceder, que no le sabe bien al hombre pagar dinero y a más ser engañado miserablemente.
-¿Don Eladio?...
-Cogiólos en la maldad, señora... -recalcó la moza, apretando los dientes y con equívoco resplandor en las castañas pupilas-. Ni se escondían; en la playa se juntaban, escandalizando. Una poca vergüenza se juntar allí, a bañarse sin ropa... -María Silveria insistía, encontrando el delito en la falta de ropa y en la caricia del agua salobre, con indignación de aldeana ruda que no ha bañado jamás su piel. Y la raída esa, llena de faldas almidonadas, con zapatos colorados, con medias coloradas también hasta riba... ¡A algunas mujeres era poco las ahorcar...!
-¡Que no se plante delante! -murmuró Casildona.
Y como si hubiese sido una evocación, por la revuelta del sendero asomó una pareja. Avelino, alto, esbelto, guapo como una estatua, traía a la mujer cogida por la cintura, sosteniéndola cariñosamente. El sol se filtraba al través de la sombrilla abierta y roja de la raída, y descubría la escasa belleza, la edad, ya casi madura, los afeites, el pelo teñido, ese elemento inexplicable de locura de amor que hace exclamar: «¡No se comprende!» Quien siguiese las miradas extáticas del mozo, observaría que allí el señuelo atrayente no era la cara, sino los pies, elegantes y menudos, que aprisionaban zapatos taconeados alto, de flexible cuero de Rusia: unos zapatos que a cada movimiento de su dueña enviaban fragancias perturbadoras. Y a su vez, los ojos fieros de la madre y de la abandonada celosa se clavaron en los pies insolentes, encarnados, pequeños, semejantes a dos capullos de amapola sobre el verdor húmedo de la senda campesina. Ellas, Casildona y María Silveria, estaban descalzas, y sus pies, deformados, atezados, recios, se confundían con el terruño pardusco de la corraliza, en cuyo ángulo, al calor del sol, hedía el estercolero. La misma sorpresa las dejaba inmóviles. La pareja avanzaba, charlando confidencialmente.
Al ver a su madre, el muchacho titubeó un segundo. Después, con respingo nervioso, avanzó.
-Madre, comida para mí y la compaña que traigo.
Y se entrometieron, salvando la puerta de la corraliza, medio obstruida por el cestón de hierba de María Silveria.
Los pollitos, arracimeados, gentiles en su redondez dorada, vinieron a picar los zapatos bermejos y la media calada sobre el empeine. La prójima soltó una risa alegre. La gallina, erizada y furiosa, revoló a proteger a su cría.
-El caldo, señora madre -Insistió Avelino-. Traemos necesidad.
Subyugada, callaba Casildona. En las manos sentía hormigueo; en el corazón, bascas insufribles. ¡Si aquello no era más que descaro, bendito San Roque! Pálida, bajo la capa de arrugas y lo curtido de su cutis de yesca, la aldeana hizo un movimiento como para cerrar el paso a su hijo; pero él, cariñosa y autoritariamente, niño mimado y hombre un poco más afinado, la desvió.
-Entra -susurró al oído de la pícara.
Espatarraba los ojos María Silveria. ¿Por qué no le saltaba al pescuezo a tal mujer la señora Casildona? ¿Por qué consentía semejante infamia? ¡Las madres, las lobas del querer, las esclavas de los hijos! ¡A que era capaz de servir de rodillas a la de los zapatos bermejos! Y, en efecto, la vieja se hacía a un lado, abriendo camino. La pareja desapareció, entrándose en la casa, y guiando Avelino con solicitud.
-Por aquí..., por aquí... Aquí hay asientos...
Mientras ella se sentaba, dejando la sombrilla y abanicándose con diminuto japonés, el hijo arrinconó a la madre, secreteando a su oído:
-No hubo remedio... Fue una cosa así... Por poco la mata el brutón de don Eladio. Aquí no vendrá a buscarla... ¡Y si viene!
El gesto completó la frase; el puño cerrado y los llameantes ojos revelaron claramente el impulso homicida.
-Y tú, sin colocación. ¡Estamos amañados! -objetó tristemente Casildona.
-A mí me echó de su casa ese bárbaro, que si me descuido le desojo la cara a bofetones... No se apure madre... Para todo hay remedio. Mañana me voy a Marineda, y allí colocaciones sobran. Y si faltasen, ¡a América! ¡Aire!
Hablaba febril, gesteando y balbuceando. La madre tembló. Creía ver al padre en sus últimos accesos de alcoholismo.
-Loco viene, loco... ¡Me lo ha vuelto loco la forastera!
Con manos trémulas de ira, les sirvió de comer lo poco y humilde que había: el caldo regional, leche y fruta. La prójima, abanicándose y haciendo mohines, se dejaba servir por la madre de Avelino. Avelino, a pesar de sus afirmaciones de traer tanta hambre, apenas probaba bocado. Miraba a su huéspeda fija y apasionadamente; le hacía plato, fregaba el único vaso de vidrio y corría a la fuente a llenarlo de agua cristalina para traérselo. Al salir, tropezó en el corral con María Silveria, en la cual ni había reparado antes. Sentada al lado del cestón de hierba, dejándolo marchitarse al sol, la rapaza lloraba, tapándose con su pañuelo de algodón y bajando avergonzada la cabeza.
-¡Eh, déjame pasar!... Tú, ¿qué haces aquí? -pronunció ásperamente Avelino.
-¿Qué hago aquí, qué hago aquí? -contestó ella, levantando súbitamente los ojos encendidos. Ver cómo pasan los hombres que perdieron la vergüenza de la cara. Eso es lo que hago aquí, Avelino de azúcar.
Encogiéndose de hombros, el mozo la desvió con movimiento despreciativo, y siguió en busca de la fuente, que surtía a tres pasos de allí, entre helechos, bajo una higuera y un castaño, cuya sombra enfresquecía la corriente pura. María Silveria apretó el puño y lo tendió hacia su amor antiguo: antiguo, ¡ay!, y presente, que bien sentía en las entrañas, en la quemadura aquella, de rabia y desesperación, que el amor aldeano, furioso, vivía y se revolvía como gato montés o tejón salvaje acosado por cazadores. Regresaba Avelino ya, trayendo rodeado de plantas verdes para resguardarlo del calor de las manos el vaso de agua helada casi. Y María Silveria, incorporándose, le insultó otra vez.
-Anda, anda a servir a la de los zapatos rojos... Que te pise el alma con ellos, a ver si tienes alma, Avelino de azúcar... ¿Te acuerdas del molino de Pepe Rey? ¿Te acuerdas lo que parolamos?
-Larga de aquí, y cálzate esos pies, que das enojo -fue la respuesta de Avelino, al amparar el vaso por temor de verter el agua.
María Silveria calló... Sus puños morenos, de trabajadora, se alzaron al cielo, protestando. El cielo sabía que ella nunca había hecho mal a nadie, y el cielo no debe de ser amigo de las malvadas que embrujan a los hombres con zapatos colorados, moñudos. Se inclinó sobre el cestón; cogió de él la hoz de segar, afilada, reluciente, que manejaba con tanto vigor y destreza, y ocultándolo bajo el delantal, se metió por la casa adentro, segura de lo que iba a hacer, de la mala hierba que iba a segar de un golpe.

Cuento de la tierra

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La hierba milagrosa

Explicaciones
Al cuento La hierba milagrosa debe preceder, a título de explicación, la carta que dirigí al señor don Miguel Moya, director de El Liberal.

Madrid, 22 de octubre de 1892.
Mi distinguido amigo: Al llegar a esta corte y registrar la pirámide de papeles y libros que me esperaban, encuentro un número de La Unión Católica, donde se dice que mi cuento Agravante, que El Liberal insertó el 30 de agosto próximo pasado, no es mío, sino de Voltaire. Me ha caído en gracia el que un periódico se tome la molestia de investigar la procedencia del cuento, cuando yo la declaraba en el cuento mismo, diciendo expresamente que lo había encontrado en las propias hojas de papel de arroz donde se conservaba la historia de la dama del abanico blanco, igualmente publicada por El Liberal bajo la firma del distinguido escritor Anatole France.
Lo que me pareció excusado añadir -porque lo saben hasta los gatos- es que esas hojas de papel de arroz, de donde tomó Anatole France su historieta y yo la mía, son las de los auténticos y conocidísimos Cuentos chinos, que recogieron los misioneros y coleccionó Abel de Remusat en lengua francesa.
En esa colección, la historia de la dama del abanico blanco y la de la viuda inconsolable y consolada forman un solo cuento.
Pero no es allí únicamente donde existe la tal historia, pues con sólo abrir (¡recóndita erudición!) el Gran Diccionario Universal de Larousse, que forma parte integrante del mobiliario de las redacciones, hubiese visto La Unión Católica que esa historieta es conocida en todas las literaturas bajo el título de La matrona de Efeso, y que igualmente se encuentra en la India, en la China, en la antigüedad clásica y en la inmensa mayoría de los modernos cuentistas, que dramática y sentenciosa entre los chinos, ha tomado en otras naciones, en boca de los narradores de fabliaux y en Apuleyo, Boccaccio, La Fontaine y Voltaire, sesgo festivo y burlón; y añade el socorrido Diccionario: «Esta ingeniosa sátira de la inconstancia femenil parece tan natural y verdadera, que se diría que brotó espontáneamente en la imaginación de todo cuentista, y no hay que recurrir a la imitación para explicar tan singular coincidencia.»
De estas laboriosas investigaciones se desprende que el cuento es tan de Voltaire como mío, e hicimos bien Anatole France y yo en repartírnoslo según nos plugo, y hasta pude ahorrarme la declaración de su procedencia. En efecto, por mi parte, para remozar esa historia, no la he leído en Voltaire ni en ningún autor moderno, sino en la misma colección de Cuentos chinos; y estoy cierta de que mi versión se diferencia bastante de las demás.
Si entrase en mis principios dar por mío lo ajeno, o sea gato por liebre, no juzgo difícil la empresa. Claro está que yo no había de ser tan inocente que ejercitase el instinto de rapiña en lo que cada quisque conoce -o debe conocer por lo menos, pues se dan casos, y si no ahí está el descubrimiento de La Unión-. Sobran libros arrumbados: el que quiera tener algo bien oculto, que lo guarde en uno de esos libros. Ea, a la prueba me remito: vamos a hacer una experiencia. Al que acierte y diga qué autor español refiere en pocos renglones el caso que va usted a publicar bajo mi firma con el título de La hierba milagrosa, le regalo una docena de libros, que no diré que sean buenos, pero corren como si lo fuesen. Queda excluido de concurso Marcelino Menéndez y Pelayo.
De v. siempre afectísima amiga s. s. q. b. s. m.
Emilia Pardo Bazán.

Publicada esta carta con el cuento La hierba milagrosa, recibí algunas donde se me indicaban libros y autores que contenían el argumento del nuevo cuentecillo; no obstante, ninguna de aquellas cartas se refería a autor español; la mayor parte de mis corresponsales citaban a Ariosto, en cuyo poema Orlando furioso ocupaba el episodio de La hierba milagrosa un canto casi íntegro. Por fin, el señor don Narciso Amorós, escritor de erudición varia y peregrina, nombró a un autor español que traía el caso de la hierba, y aun cuando no era el mismo autor de donde yo lo había tomado -Luis Vives, en su Instrucción de la mujer cristiana, tratado de las vírgenes, me pareció que no por eso dejaba de llenar el señor Amorós las condiciones del certamen, y tuve el gusto de ofrecerle el insignificante premio.
Como se ve, el acertijo no era ningún enigma de la esfinge para quien poseyese cierto caudal de doctrina bibliográfica. Sin embargo, siendo tan fácil descifrar la charada, mi acusador de La Unión Católica no la descifró, por no molestarme, según declaró poco después.
Páguele Dios atención tan extraña, pues ningún género de molestia, al contrario, me causaría ver consagrar a que se esclareciesen los orígenes de La hierba milagrosa igual diligencia que a descubrir el panamá de Agravante.

***
El caso que voy a referiros debió de suceder en alguna de esas ciudades de geométrica traza, pulcras, bien torreadas, de apiñado caserío, que se divisan, allá en lontananza, empinadas sobre una colina, en las tablas de los pintores místicos flamencos. Y la heroína de este cuento, la virgen Albaflor, se parecía, de seguro -aunque yo no he visto su retrato- a las santas que acarició el pincel de los mismos grandes artistas: alta y de gráciles formas, de prolongado corselete y onduloso y fino cuello, de seno reducido, preso en el jubón de brocado, de cara oval y cándidos y grandes ojos verdes, que protegían con dulzura melancólica tupidas pestañas; de pelo dorado pálido, suelto en simétricas conchas hasta el borde del ampuloso traje.
La tradición asegura que Albaflor, pudiendo competir en beldad, discreción, nobleza y riqueza con las más ilustres doncellas de la ciudad, las vencía a todas por el mérito singularísimo de haber elevado a religioso culto el amor de la pureza. La devoción a su virginidad rayaba en fanatismo en Albaflor, revelándose exteriormente en la particularidad de que cuanto rodeaba a la doncella era blanco como el ampo de la intacta nieve. Albaflor proscribía lo que no ostentase el color de la inocencia, y allá en el interior de su alma -si el alma tuviese ventanas de cristal- también se verían piélagos de candor y abismos de pudorosa sensibilidad, que siempre vigilante, vedaba el ingreso hasta el más ligero, sutil y embozado deseo amoroso, rechazándolo como rechaza el escudo de acero la emponzoñada flecha.
¿Decís que era virtud? Virtud era, pero también muy principalmente labor estética; delicada y mimosa creación de la fantasía de Albaflor, que se complacía en ella cual el artista se complace en su obra maestra, y la retoca y perfecciona un día tras otro, añadiéndole nuevos primores. La que sentía Albaflor al registrar su alma con ojeada introspectiva y encontrarla acendrada, limpia, tersa, clara como luna de espejo, como agua serenada en tazón de alabastro, envolvía un deleite tan refinado y original, tan aristocrático y altivo, que no se le puede comparar ninguna felicidad culpable. Sabíanlo ya los mancebos de la ciudad y habían renunciado a galantear y rondar a Albaflor. Cuando la veían pasar por la calle, semejante a una aparición, recogiendo con dos dedos la túnica de blanco tisú, la saludaban inclinándose y la seguían -hasta los más disolutos- con ojos reverentes.
Aconteció por entonces que un conquistador extranjero invadió el reino y puso sitio a la ciudad donde vivía Albaflor. La desesperada resistencia fue inútil; no dio más fruto que encender en furor al jefe enemigo, inspirándole la bárbara orden de que la ciudad fuese entrada a sangre y fuego.
La soldadesca se esparció, desnuda la espada y al puño la tea, y pronto la triste ciudad se vio envuelta en torbellinos de humo y poblado el ambiente de gemidos, gritos de espanto y ayes de agonía, mezclados con impreca-ciones y blasfemias espantosas.
Estaba la morada de Albaflor situada a un extremo de la población, y como el padre de la doncella, habiendo salido a defender las murallas, yacía cadáver sobre un montón de escombros, Albaflor, transida de angustia, se había encerrado en sus habitaciones, y rezaba de rodillas, viendo al través de los emplomados vidrios cómo el sol tramontaba envuelto en celajes carmesíes. De improviso saltó hecha pedazos la vidriera, y se lanzó en la cámara un hombre, un soldado -mozo, gallardo, furioso, implacable, pero que de improviso se paró, sorprendido, quizá, por el aspecto de la cámara.
Revestían las paredes amplias colgaduras blancas, sujetas con tachones y cordonería de plata reluciente. Del techo colgaba una lámpara del mismo metal. Pieles de armiño y vellones de cordero mullían el piso. El sillón y el reclinatorio eran chapeados de marfil, como asimismo el diminuto lecho. En una jaula se revolvía cautiva nevada paloma. Y sobre los poyos del balcón, en vasos de mármol blanco, se erguían haces apretadísimos de azucenas, centenares de azucenas abiertas o para abrir, y campeando en medio de ellas, airoso y nítido como garzota de encaje, un tiesto de cristal, de donde emergía el lirio blanco, al que su dueña regaba con religioso esmero, viendo en la soñada flor un símbolo...
Como si al iracundo vencedor la hermosura y el aroma de las flores le despertasen ideas de destrucción y exterminio, blandió la espada, segó y destrozó colérico el embalsamado bosque de azucenas. Las flores cayeron al suelo rotas y el soldado las pisoteó; después alzó el puño y fue a arrancar el lirio.
Oyóse un sollozo. Albaflor lloraba por su lirio emblemático, tan fresco, tan fino, de hojas de seda transparente, que iba a ser hollado sin piedad... Al sollozo de Albaflor, el soldado volvió la cabeza y divisó a la virgen arrodillada, vestida de blanco, destacándose sobre el fondo de oro de la tendida cabellera, y con rugido salvaje se precipitó a destrozar aquel lirio, más bello y suave que ninguno. Presa Albaflor en los brazos de hierro, se crispó, defendiéndose rabiosamente, y en un segundo, en que se aflojó algún tanto la tenaza, dijo con anhelo al soldado:
-Déjame y te daré un tesoro.
-¿Tesoro? -respondió él, estrechándola embriagado. Cuanto hay aquí me pertenece, y el tesoro lo mismo. No te suelto.
-Es que el tesoro sólo yo lo conozco -respondió afanosamente la doncella. Si no lo aceptas, te pesará. Si muero, me llevaré el secreto a la tumba; y yo moriré si no me sueltas; ¿no ves cómo se me va la vida?
En efecto: el soldado vio que la doncella, lívida y desencajada, parecía ya un cadáver.
-¿Qué tesoro es ése? -preguntó, desviándose un poco. ¡Ay de ti si mientes! De nada te servirá; no me engañes.
-Hay -dijo Albaflor, serenándose y con energía- una hierba milagrosa. El que la lleva consigo no puede ser herido por arma ninguna. Si la pones bajo tu coraza, harás prodigios de valor en los combates, y serás invulnerable, y llegarás a conquistar mayor gloria que el gran Alejandro. La hierba sólo crece en mi jardín, y nadie la conoce y sabe sus virtudes sino yo, que he ofrecido, por saberlas, perpetua castidad. Si me desfloras, no podré enseñarte la hierba. Yo misma no la encontraré si pierdo mi honor.
-Vamos -exclamó el soldado casi persuadido, aunque todavía receloso-. La hierba, ahora mismo; a ser cierto lo que aseguras, a pesar de tu belleza, te miraré como miraría a mi propia madre.
Juntos salieron al jardín Albaflor y su enemigo. Recorrieron sus sendas, y en el sombrío rincón de una gruta inclinóse la doncella, y registrando cuidadosa-mente la espesura, dio un grito de triunfo al arrancar una planta menuda que presentó al soldado. Este la tomó meneando la cabeza desconfiadamente.
-¿Quién me asegura, doncella, que no me engañas por salvarte? -murmuró al recibir la hierba milagrosa. ¿Quién me hace bueno que al entrar en batalla no será esta hierba inútil y vano amuleto, como los que fabrican las viejas con cuerda de ahorcado? ¡Creo que soy el mayor necio en perder el tesoro real y efectivo de tu belleza por este mentiroso hechizo!
-Ahora mismo -dijo Albaflor, mirando fijamente al mozo- vas a cerciorarte de que no te engañé y a probar las virtudes de la hierba. Desnuda tienes la espada; aquí hay un banco de piedra; yo pongo en él el cuello, con la hierba encima, y tú, de un tajo bien dado, pruebas a degollarme. Hiere sin temor -añadió la doncella, sonriendo gentilmente, emplea toda tu fuerza, que no lograrás producirme ni una rozadura. ¡Ea! ¿Qué aguardas? Ya estoy, ya espero... Asegúrame de los cabellos, que así te es más fácil el golpe...
El soldado, lleno de curiosidad, cogió la rubia mata, se la arrolló a la muñeca, tiró hacia sí y de un solo golpe segó el cuello del cisne, horrorizado cuando un caño de sangre roja y tibia le saltó a la cara, envuelto en la hierba milagrosa...
Así salvó Albaflor el simbólico lirio blanco.

«El Liberal», 24 de agosto de 1892.

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La guija

En el pacífico pueblecito ribereño de Areal fue enorme el rebullicio causado por el misterioso episodio de la desaparición del chicuelo.¡Un niño tan guapo, tan sano, tan alegre! ¡Y no saberse nada de él desde que a la caída de la tarde se le había visto en el playazo jugando a las guijas o pelouros.
La madre, robusta sardinera llamada la Camarona, partía el corazón. Llorando a gritos, mesándose a puñados las greñas incultas, pedía justicia, misericordia..., en fin, ¡malaña!, que encontrasen a su hijo, su Tomasiño, su joya, su amor. Su padre, el patrón Tomás, cerrando los puños, inyectados los ojos, amenazaba... ¿A quién? ¿A qué? ¡Ahí está lo negro! A nadie... Porque no pasaban de conjeturas vagas, muy vagas, las que podían hacerse. O a Tomasiño se lo había tragado el mar, o lo habían robado. Si lo primero, ¿cómo no aparecía el cuerpo? Si lo segundo, ¿cómo no se encontraba rastro del vil ladrón?
Bien pensado, cuando la pena dio espacio a que se reflexionase, lo de haberse ahogado Tomasiño no era ni pizca de verosímil. El rapaz nadaba lo mismo que un barco; hacía cada cole que aturdía; y que hubiese tormenta, que no la hubiese, él salía a la playa después de una o dos horas de chapuzón, tan fresco y tan colorado. El mar era su elemento, no la tierra. Lo juraba el patrón: no tenía la culpa el mar.
La hipótesis del rapto o secuestro empezó entonces a abrirse camino. La imaginación de los moradores de Areal la patrocinaba. Se habían llevado a la criatura.¿Quién? ¿A dónde? Aquí tropezaba la indagatoria. Ni la Justicia, ni los padres, ni el público lograban en esto adelantar un paso. La Camarona y el patrón no tenían enemigos. En Areal no se cree en brujas ni en el mal de ojo o envidia. Esas son supersticiones de montaña. Tampoco hay malhechores de oficio.¿Qué pescador, qué fomentador, qué aldeano de las cercanías, de la bonita vega de Areal iba a robar a Tomasiño, sin objeto alguno?
Sin embargo, la Camarona, con esa viveza de fantasía de la mujer, sobreexcitada por el instinto maternal, indicó al juez una pista. Veinticuatro horas antes de la desaparición de Tomasiño, ella había visto por sus propios ojos, cuando llevaba su cesta de lenguados a vender al mercado de Marineda, un campamento de húngaros en el soto de Lama. Allí estaban los condenados, con unas caras de tigre, como demonios, puesto el pote a hervir en la hoguera que alimentaban con leña del soto, que no era suya. Ya se sabe que los húngaros, a pretexto de remendar sartenes y calderos, viven de robar. Ellos, y nada más que ellos, eran los autores de la fechoría. Apenas prendió en la idea, apresuróse la Camarona a buscar, en el soto de Lama, el sitio en que había reposado y vivaqueado la tribu errante. No tardó en encontrarlo: la hierba pisoteada por los caballos, las ramas rotas y las cenizas de la hoguera lo delataban. Y en el momento de fijar los ojos en el residuo negruzco sobre el verdor del suelo, la madre exhaló un salvaje grito de furor y de certidumbre. Acababa de ver, entre la ceniza, un punto blanco: una china, un pelouso. Recogiendo aquel indicio, corrió a alborotar el pueblo. ¿Qué duda cabía ya? Tomasiño llevaba siempre en el bolsillo del pantalón las guijas del mar con que jugaba. Eran conocidas, eran inconfundibles: blancas como la nieve, redonditas como bolas, y tan pulidas que ni hechas a mano. Escogidas, ¡malaña! Las distinguía ella entre mil, las chinas de Tomasiño. Y hubo en Areal exclamaciones de cólera, llantos de simpatía, clamores indignados, descabellados planes... Pero al presentarse el juez de Brigancia, la Camarona, con la guija en la mano, advirtió que aquel señor no demostraba gran convencimiento. ¿Los húngaros? ¡Bah! De todo se les culpa... ¿Y por una china de la playa se ha de afirmar...? En fin, él enviaría un exhorto... Se avisaría a la Guardia Civil... ¡Cualquiera acierta con el paradero de esos pajarracos! Hoy están aquí, mañana en Portugal... Bueno, se trataría de echarles el guante.
Se trató, en efecto; sólo que no era la Camarona, no era la desesperada madre, sujeta a Areal por las duras cadenas de la pobreza, quien perseguía a los raptores. ¡Y éstos, y su presa, se encontraban ya muy lejos! Así es que la infeliz pescadora, con su guija siempre en la mano, se sienta por las tardes en el muelle, a la espera de las lanchas, y dice a las comadres preguntonas:
-¡Si pasa el juez..., se la tiro! ¡Y le acierto en la sien, malaña!

«Pluma y Lápiz», núm. 3, 1903.

Cuento de la tierra

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La gota de cera

Aunque los historiadores apenas le nombran, Higinio fue de los mas íntimos amigos de Alejandro magno. No se menciona a Higinio, tal vez porque no tuvo la trágica muerte de Filotas, de Parmenión y de aquel Clitos a quien Alejandro amaba entrañablemente, y a quien, así y todo, en una orgía, atravesó de parte a parte, y, sin embargo (si no mienten documentos descubiertos por el erudito Julios Tiefenlehrer), Higinio gozó de tanta privanza con el conquistador de Persia, como demostrarán los hechos que voy a referir, apoyándome, por supuesto, en la respetabilísima autoridad del sabio alemán antes citado.
Compañero de infancia de Alejandro, Higinio se crió con el héroe. Juntos jugaron y se bañaron en Pela, en los estanques del jardín de Olimpias, y juntos oyeron las lecciones de Aristóteles. La leche y la miel de la sabiduría la gustaron, así puede decirse, en un mismo plato; y en un mismo cáliz libaron el néctar del amor, cuando deshojaron la primer guirnalda de rosas y mirto en Corinto, en casa de la gentil hetera Ismeria. Grabó su afecto con sello más hondo el batirse juntos en la memorable jornada de Queronea, en la cual quedó toda Grecia por Filipo, padre de Alejandro. Los dos amigos, que frisaban en los diecinueve años entonces, mandaron el ala izquierda del ejército, y destruyeron por completo la famosa «legión sagrada» de los tebanos. La noche que siguió a tan magnífica victoria, Higinio pudo haber conseguido el generalato; Alejandro se lo: brindaba, con hartos elogios a su valor. Pero Higinio, cubierto aún de sangre, sudor y polvo, respondió dulcemente a los ofrecimientos de su amigo y príncipe:
-No acepto el generalato porque, habiéndome portado bien hoy, tal recompensa y tan alta dignidad me obligarían en conciencia a portarme todavía mejor en otras ocasiones que sobreviniesen, y no puedo comprometerme a amanecer cada día con más valor y más fortuna. Además, de las enseñanzas de nuestro maestro Aristóteles saco yo en limpio que el hombre, habitualmente, debe vivir en paz y no en guerra. Queda demostrado que no soy ningún medroso. El que ha combatido a tu lado en Queronea ya tiene derecho a plantar un laurel en el sagrado bosque de Marte. Déjame de batallas y dame otro puesto cerca de ti, Alejandro, porque te quiero bien y te serviré fielmente.
Alejandro, cuya sangre hervía pidiendo luchas y glorias, se conformó mal de su grado a los deseos de Higinio, y le nombró su gran copero. Era cargo en extremo descansado y de alta confianza, pues sus funciones consistían en custodiar y servir la copa de oro reservada al príncipe, a fin de que nadie pudiese depositar en ella ponzoña. El oficio de Higinio le permitía vivir en constante comunicación con Alejandro, y cuando éste subió al trono, sucediendo a su padre, asesinado por Pausanias, los cortesanos aseguraron a Higinio brillante carrera. Poco tardaron en verse desmentidos tales pronósticos: Higinio continuó presentando, recogiendo y custodiando la ya regia copa, sin mezclarse en intrigas ni aspirar a otras grandezas.
Mientras tanto, Alejandro asombraba al universo con sus campañas y triunfos, y ofrecía a Grecia, en compensación de la perdida libertad, páginas de luz para la Historia.
Conteniendo a los bárbaros y sojuzgando el inmenso Imperio de Asia, bien pronto se vió dueño del mundo Alejandro. Cuando, después de dejar trazado el emplazamiento de Alejandría, y de entrar vencedor en Babilonia y Ecbatana, el hijo de Filipo se declaró «hijo de Júpiter» y decretó su propia apoteosis, Higinio -que hacía mucho tiempo no departía con su rey, limitándose a servirle la copa en silencio- fué despertado a las altas horas de la noche de orden de Alejandro, que le llamaba a su cabecera. La recién hecha deidad no podía dormir, y reclamaba cuidados y consuelos...
Señor -dijo Higinio, celebro poder hablarte sin testigos, como antaño. Justamente deseaba rogarte que me consientas dejar tu servicio y retirarme a mi casita del Atica, donde poseo olivos y colmenas.
-¡Bonita ocasión escoges para abandonarme! -exclamó, furioso, Alejandro. ¡Por el intento merecías que te mandase crucificar! ¿Deseas riquezas? Pide cuanto se te antoje... ¿Pero marcharte? Ni lo sueñes. ¿Y de dónde nace esa manía?
-Ya que lo preguntas -contestó Higinio-, lo vas a saber. Yo fuí amigo y_servidor de un hombre; pero ahora parece que ese hombre se ha vuelto Dios. No tengo vocación al sacerdocio. Desde que has ascendido a hijo de Júpiter Hamnon, hermano de Apolo, me inspiras temor y frialdad. El Alejandro que yo amaba no existe. Ha ascendido al Olimpo. El es inmortal; yo, mortal. No nos entendemos. Por otra parte, la idea que me he formado de un dios, según la sublime doctrina de Aristóteles...
-¡Dale con Aristóteles! -interrumpió el conquistador-. ¡Como le atrape, a ése sí que le crucifico! ¡Y alto, para que todos le vean!
-Crucifica, pero escucha. Prescindamos de Aristóteles y supongamos que, en efecto, eres dios. Pues si eres dios, yo no puedo cometer sacrilegio; yo no puedo seguir envenenándote.
-¿Envenenarme tú? -gritó Alejandro, incorporándose, convulso, sobre su lecho de marfil incrustado de oro. ¡Ahora comprendo por qué un fuego constante abrasa mis venas; ahora comprendo por qué no descanso sino en horrible modorra; ahora me explico las visiones y las pesadillas que de noche me asaltan y empapan mis sienes en sudor frío! ¡Envenenarme tú! -y con súbito acceso de ternura suspiró-: ¿Y por qué quieres mi muerte, tú, mi amigo de la niñez, mi hermano de armas en Queronea?
Higinio, conmovido, se arrojó a los pies de Alejandro, y éste abrió los brazos; los dos amigos juntaron sus rostros y mezclaron sus cabelleras, y el copero declaró, en tono muy diverso del de antes:
-Señor, dulce amado mío, si, te enveneno, es contra mi voluntad y por orden tuya... Esas visiones, esas torturas de que te quejas, proceden de la doble embriaguez en que vives: estás ebrio de poder y de vino añejo... Antes sólo me pedías la copa dos o tres veces en cada comida; desde que el Asia te ha inoculado su molicie y sus vicios; me duelen las manos de tanto recoger la copa vacía y extendértela colmada... Tu alma se ha turbado, la demencia te ronda, te habitúas a la crueldad, hieres a tus reales y morirás joven, sin que nadie necesite pegarte una puñalada, como a tu padre. No quiero ser cómplice, y me voy.
Alejandro, pensativo, seguía estrechando el cuello y la cabeza de su amigo contra el pecho.
-Tienes razón, amado -murmuró, al fin, con sinceridad generosa. Pero el hábito de beber se ha arraigado en mí, y si no bebo, me caigo a pedazos. ¿Qué haré? Aconséjame.
-No puedo -declaró Higinio- curarte la borrachera del poder; pero trataré de salvarte de la otra sin que te prives de tu gusto. Fíate en mí y verás.
En efecto, los días que siguieron a esta conversación, Alejandro continuó bebiendo copas tan rebosantes y tantas en número como siempre. No obstante, poco a poco notó con placer gran mejoría. Gradualmente se despejaba su cabeza, se tranquilizaban sus nervios, volvía a sus miembros el vigor y la alegría a su espíritu. Vastos planes maduraban en su cerebro, sobrehumanas empresas bullían en su imaginación heroica. Pasmado y enajenado, preguntó a Higinio el secreto, sin que éste se prestase a revelarlo. Pero un cierto Arsotas, juglar persa, adulador y afeminado, que divertía mucho al rey, le dió la clave del enigma.
-Tu gran copero, ¡oh divino Alejandro!, echa cada día una gota de cera en el fondo de tu copa. Así, insensiblemente, reduce su cabida y acorta tus libaciones. Bebes cada día una gota menos. ¡El osado Higinio se atreve a engañar a su soberano y a cercenar sus deleites!
Quedó Alejandro sorprendido; después su sorpresa se convirtió en enojo. ¡Tratarle como a un chiquillo! ¡Embaucarle con un artificio así! ¡Ah! No lo consentiría. ¿Qué se figuraba Higinio? Y una mañana mandó registrar y limpiar la copa, y a la tarde estableció sus famosos certámenes de intemperancia, apostando a beber con los más pellejos de su ejército. Higinio entonces desapareció; probablemente se retiraría al Atica. En cuanto a Alejandro, nadie ignora la ocasión y modo de su muerte: después de vaciar, con alarde jactancioso, no su propia copa, sino la enorme llamada de Hércules, cayó redondo, dando un grito. La fiebre que allí mismo se apoderó de él le arrebató del mundo a los treinta y dos años de edad, en la plenitud de la vida y de la gloria.

Cuento antiguo

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La ganadera

No podía el cura de Penalouca dormir tranquilo; le atormentaba no saber si cumplía su misión de párroco y de cristiano, de procurar la salvación de sus ovejas.
Ni tampoco podría decir el señor abad si sus ovejas eran realmente tales ovejas o cabras desmandadas y hediondas. Y, reflexionando sobre el caso, inclinábase a creer que fuesen cabras una parte del año y ovejas la restante.
En efecto, los feligreses del señor abad no le daban qué sentir sino en la época de las marcas vivas y los temporales recios; los meses de invierno duro y de huracanado otoño. Porque ha de saberse que Penalouca, está colgado, a manera de nidal de gaviota, sobre unos arrecifes bravíos que el Cantábrico arrulla unas veces y otras parece quererse tragar, y bajo la línea dentellada y escueta de esos arrecifes costeros se esconde, pérfida y hambrienta de vidas humanas, la restinga más peligrosa de cuantas en aquel litoral temen los navegantes. En los bajíos de la Agonía -este es su siniestro nombre- venían cada invernada a estrellarse embarcaciones, y la playa del Socorro -ironía llamarla así- se cubría de tristes despojos, de cadáveres y de tablas rotas, y entonces, ¡ah!, entonces era cuando el párroco perdía de vista aquel inofensivo, sencillote rebaño de ovejuelas mansas que en tanto tiempo no le causaba la menor desazón (porque en Penalouca no se jugaba, los matrimonios vivían en santa paz, los hijos obedecían a sus padres ciegamente, no se conocían borrachos de profesión y hasta no existían rencores ni venganzas, ni palos a la terminación de las fiestas y romerías). El rebaño se había perdido, el rebaño no pacía ya en el prado de su pastor celoso..., y este veía a su alrededor un tropel de cabras descarriadas o -mejor aún- una manada de lobos feroces, rabiosos y devorantes.
Cada noche, cuando mugía el viento, lanzaba la resaca su honda y fúnebre queja y las olas desatadas batían los escollos, rompiendo en ellos su franja colérica de espuma; los aldeanos de Penalouca salían de sus casas provistos de faroles, cestones, bicheros y pértigas. ¡Aquellos farolillos! El abad los comparaba a los encendidos ojos de los lobos que rondan buscando presa. Aquellos faroles eran el cebo que había de atraer a la cosa fatal a los navegantes extraviados por el temporal o la cerrazón, a pique de naufragio o náufragos ya, cuando tal vez no les quedaba otra esperanza que el esquife, con el cual intentaban ganar la costa... Llamados por las sirenas de la muerte a la playa fatal, apenas llegaban a la tierra, caía sobre ellos la muchedumbre aullante, el enjambre de negros demonios, armados de estacas, piedras, azadas y hoces... Esto se conocía por «ir a la ganadera». Y el cura, en sus noches de insomnio y agitación de la conciencia, veía la escena horrible: los míseros náufragos, asaltados por la turba, heridos, asesinados, saqueados, vueltos a arrojar, desnudos, al mar rugiente, mientras los lobos se retiran a repartir su botín en sus cubiles...
Los días siguientes al naufragio, todos los pecados que el resto del año no conocían las ovejas, se desataban entre la manada de lobos, harta de presa y de sangre. Quimeras y puñaladas por desigualdades en el reparto; borracheras frenéticas al apurar el contenido de las barricas arrojadas por las olas; después de la embriaguez, otro género de desmanes; en suma, la pacífica aldea convertida en cueva de bandidos...., hasta que los temores amainaban, el viento se recogía a sus antros profundos, el mar se calmaba como una leona que ha devorado su ración, y los hombres, mujeres y chiquillería de Penalouca volvían a ser el manso rebañito que en Pascua florida corría al templo a darse golpes de pecho y a recitar de buena fe sus oraciones, mientras enviaba al señor cura, como presente pascual, cestones de huevos y gallinas, inofensivos quesos y cuajadas...
-No es posible sufrir esto más tiempo -decidió el abad. Hoy mismo me explico con el alcalde.
El alcalde era la persona influyente, el cacique; él vendía allá, en la capital, los frutos de la ganadera, y estaba, según fama, achinado de dinero. Al oír al párroco, el alcalde se santiguó de asombro. ¿Renunciar a la ganadera? ¡Pues si era lo que desde toda la vida, padres, abuelos, bisabuelos, venían haciendo los de Penalouca para no morirse de necesidad! ¿Bastaba la pobre labor de la tierra para mantenerlos? Bien sabía el señor abad que no. Ni aún pan había en la aldea, a no ser por la ganadera; claro, con el fruto de la ganadera se había construido la Casa de Ayuntamiento; se había reparado la iglesia, que se caía ruinosa; se habían redimido del sorteo los mozos, los brazos útiles; se había construido el cementerio. No era posible ir contra una costumbre tan antigua y tan necesaria, y ninguno de los abades anteriores habían ni pensado en ello, y Penalouca era Penalouca, gracias a la ganadera...
-¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?
Y el cura, al escuchar el fragor de los cordonazos, las tempestades de otoño que vienen con los dos frailes, sintió que aquel conflicto ya dominaba su alma, que se volvía loco si tuviese que arrostrar ante Él, que nos ve, la responsabilidad de haber consentido, inerte, silencioso, tantas maldades...
Cierta espantosa noche de noviembre, el párroco se dio cuenta de que debía de haber naufragio... Idas y venidas misteriosas en la aldea, sordos ruidos que salían de las casas, sombras que se deslizaban rasando las paredes, alguna exclamación de mujer, alguna voz argentina de niño... Penalouca iba a su crimen tutelar; Penalouca ya era la manada de lobos, con dientes agudos y fauces ardientes, hambrientas... El párroco se alzó de la cama temblando, se puso aprisa un abrigo y una bufanda, descolgó el Crucifijo de su cabecera y echó a correr camino de la playa del Socorro.
Cuando desembocó en ella, el cuadro se le ofreció en su plenitud. La mar, tremendamente embravecida, acababa de arrojar náufragos, sobre los cuales se encarnizaba, con guturales gritos de triunfo, la chusma.
Al uno, después de romperle la cabeza de un garrotazo, le habían despojado de un cinturón relleno de oro; al otro, le desnudaban, y con una mujer, joven aún, viva, implorante, se disponían a hacer lo mismo. Arrodillada, lívida, la mujer pedía por Dios compasión...
El párroco alzó el Crucifijo y se lanzó entre las fieras.
-¡Atrás! ¡Aquí está Dios! -gritó enarbolando la escultura. ¡Dejen a esa mujer! ¡El que se mueva está condenado!
Los aldeanos retrocedieron; un momento les subyugó la voz de su párroco, y les impuso el gran Cristo cubierto de heridas, semejante al náufrago que yacía allí, desnudo, y ensangrentado también. Pero el alcalde, vigilante, empedernido, fue el primero que desvió al cura, blandiendo el garrote, profiriendo imprecaciones... Y la multitud siguió el impulso y se defendió, ciega, en la confusión del instinto, en la furia del desenfreno pasional...
Pocos días después salió a la orilla, con los de los náufragos, el cuerpo del párroco, que presentaba varias heridas. También él había ido a la ganadera.

«La Ilustración Española y Americana», núm. 48, 1908.

Cuento de la tierra

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

La gallega

La pintó maravillosamente la musa del gran Tirso. La bella y robusta se­rrana de la Limia, amorosa y dulce co­mo una. tórtola para quien bien la quie­re, colérica como brava leona ante los agravios, aún hoy se encuentra no sólo en aquellos riscos, sino en toda la re­gión cántabrogalaica. No obstante, re­gión que es en paisajes tan variada, tan accidentada en su topografía, que tiene comarcas casi meridionales por su claro cielo, otras que porr sus bru­mas pertenecen al Norte, manifiesta en su población la misma diversidad, y po­see tipos de mujeres bien distintos en­tre sí, marcados en lo moral y en lo físico con el sello de las diferentes ra­zas que moraron en el suelo de Galicia, que lo invadieron o colonizaron. Celtas, helenos, fenicios, latinos y suevos vi­vieron en él, y sus sangres, mezcladas, yuxtapuestas, nunca. confundidas, se revelan todavía en los rasgos de sus descendientes. Pero hay: un tipo que domina, y es el característico de todos los países en que largo tiempo habitó la noble raza celta: el de Bretaña e Irlanda. Dondequiera que se alce sobre las cumbres o se esconda en la selva el viejo dolmen tapizado de liquen por la acción de los años, hallará el etnólogo mujeres semejantes a la que voy a des­cribir: de cumplida estatura, ojos gar­zos; ó azules, del cambiante azul de las olas del Cantábrico, cabello castaño, abundoso y; en mansas ondas repartido, facciones, de agradable plenitud, frente serena, pómulos nada salientes; caderas anchas que prometen fecundidad, alto, y túrgido el seno, redonda y ebúrnea la garganta, carnosos los labios, modera­do el reír, apacible el mirar. Es la be­lleza de la mujer gallega eminentemen­te plástica; consiste sobre todo en la frescura de la tez, blanca y sonrosada, no con la fría albura de las inglesas, sino con esa animación que indica el predominio de la sangre sobre la bilis y la linfa, y en la riqueza y amplitud de las formas, que algunas veces se exagera y hace pesados sus movimien­tos y planturosa en demasía su carna­ción. No arde en sus ojos la chispa de fuego que brilla en los de las andalu­zas; su pie no es leve, ni quebrado su talle; mas, en cambio, el sol no logra quemar su cutis, y sus mejillas tienen el sano carmín del albaricoque maduro y de la guinda temprana.
Siempre que cruzo el trecho que se­para a Lugo de León, me entretengo cónsiderando el íntimo enlace que exis­te entre la tierra y la mujer, la relación que guardan los, paisajes con las figu­ras que los animan. Conforme va que­dándose atrás la provincia gallega, ce­san de, ser verdes los vallecillos, herbo­sos los prados, y frecuentes los arro­yos; bórranse los manchones de cas­taños, olmos y nogales; desaparecen las blancas manzanillas y los amarillos tojos, y se presentan interminables y pardas llanuras, escuetas montañas sal­picadas de fragmentos de granito o re­vestidas de negruzcas láminas de piza­rra. Las. últimas mujeres que recuer­dan a Galicia son las que salen a ofre­cer al viajero el vaso de aromática le­che de vaca: mozas sucias, desgreña­das, maltraídas por la intemperie y el trabajo, pero femeniles aún en su he­chura, tratables en sus carnes y no sin cierta lozanía en el rostro. Corridas algunas leguas más, al entrar por los tristes poblachones del territorio leo­nés, asómanse a las ventanas o salen por las puertas de las casuchas terrizas mujeres de enjuta piel pegada a los huesos, semblantes de recias y angulo­sas facciones, de color de arcilla o la­drillo, cual si estuviesen amasadas con el árido terruño o talladas en la dura roca de las sierras.
No desmiente la mujer gallega las tradiciones de aquellas épocas lejanas en que, dedicados los varones de la tri­bu a los riesgos de la guerra o a las fa­tigas de la caza, recaía sobre las hem­bras el peso total no sólo de las faenas domésticas, sino de la labor y cultivo del campo. Hoy, como entonces, ellas cavan, ellas siembran, riegan y desho­jan; baten el lino, lo tuercen, lo hilan y lo tejen en el gimiente telar; ellas cargan en sus fornidos hombros el sa­co repleto de centeno o maíz y lo lle­van al molino; ellas amasan después la gruesa harina mal triturada, y encien­den el horno tras de haber cortado en el monte el haz; de leña, y enhornan y cuecen el amarillo torterón de borona' o el negro mollete de mixtura. Ellas, antes de que la pubertad desarrolle y ensanche su cuerpo, llevan en brazos al hermano recién nacido, que grita que se las pela; ellas, rústicas zagalas, lindan el buey, y comprimen los gruesos ubres de la vaca para ordeñarla; y cuando ven colmado un tanque de le­che cándida y espumosa, en vez de be­bérla, con sobriedad ejemplar y religio­so cuidado colocan el tanque en una cesta de mimbres que acaban de llenar con un par de pollos atados por las pa­tas, cosa de dos docenas de huevos, un rimero de hojas de berza y tres o cua­tro quesos de tetilla, y sentando en la cabeza la cesta, dirígense al mercado de la ciudad más próxima, donde ven­den sus artículós regateando hasta el último miserable ochavo. Así vive la mujer gallega, afanándose sin tregua ni reposo, luchando cuerpo a cuerpo con el hambre que la, acecha para co­lársele en casa y sentársele en mitad de la piedra del lar humilde. Pobre mu­jer que de todos es criada, y, esclava del abuelo gruñón y despótico, del pa­dre mujeriego y amigo de andar de ta­berna en taberna; del marido, brutal quizá; del chiquillo enfermizo que se agarra a sus faldas, lloriqueando; de la vaca, ante la cual se arrodilla para ordeñarla; del ternero, al cual trae en el regazo un haz de hierba; del cerdo, para el cual cuece un caldo no muy in­ferior al que ella misma come; de la gallina, a la cual atisba para recoger el huevo que cacarea, y hasta del gato, al cual sirve en una escudilla de barro" las pocas sobras del frugal banquete.
Mientras la gallega permanece en es­tado de soltería, aún es tolerable la no escasa ración de trabajo que le toca; pero al casarse empeora su situación. Sólo el imperioso mandato de la Natu­rleza, la ley que fuerza al germen a brotar, a espigar a la mies, al árbol a rendir su fruto y a la materia toda, a sacudir la inercia y animarse, puede obligar a la mujer gallega a constituir una familia. Damas del gran mundo: vosotras, para quienes el tapicero viste de seda las paredes de la alcoba nup­cial. y los dedos ágiles de la modista combinan artísticamente ricas estofas en los trajes de gala voy a referiros có­mo está decorada la vivienda de la no­via gallega, y a describiros su ajuar. Entrad en la casa: el piso es de tierra desigual y húmeda; el techo, a tejava­na, por donde, muy a su sabor, se in­troducen agua y ventisca; en los án­gulos hay colgaduras de primoroso en­caje que labraron las arañas; la alfom­bra compónela algún troncho de col, al­ternando con vainas de habas, hojas secas de maíz y excremento de anima­les domésticos. Sobre la losa del hogar pende de la férrea cremallera el negro pote; en el rincón reluce la tapa de la artesa, bruñida de tanto pan como en ella amasaron, y se ve la maciza arca apolillada, depositaria del trous­seau, que llegará a un repuesto de tres camisas de lienzo- gordo y algún man­dilón de burdo picote. El tálamo conyu­gal lo hacen cuatro tablas sin acepillar, formando una como caja pegada a la pared y abierta por donde es preciso, que lo esté, para dar ingreso a sus ocu­pantes. Dos pasos más allá asoman la cabeza terneras y bueyes, que con oja­zos tristones contemplan a los novios, y con prolongados mugidos les cantan el epitalamio, mientras las gallinas es­carban el suelo en derredor y el cerdo gruñe, hozando contra el lecho.
Es verdad que el festín de bodas fué lucido: sopa de fideos muy azafrana­da, bacalao y carne a discreción, vino a jarros, fuentes de arroz con leche y canela, pan de trigo y añejos dulces de hojaldre. Pero después de tan sibaríti­co regodeo, en la mañana en que los germanos solían hacer a sus desposa­das un don, la gallega salta descalza del lecho y enciende la lumbre, y echa en la oscura concavidad del pote los in­gredientes del caldo, y equilibra en su cabeza la sella para ir a la fuente por agua. Y son éstos los más llevaderos de sus deberes y afanes. Impónele la Naturaleza un hijo por año, como im­pone su cosecha anual a la campiña; y si en los primeros meses de la gesta­ción, período de languidez tan inevita­ble y profunda, la gallega trabaja, se­gún frase del país, «coma una loba», en los últimos, abultada y pesadísima, trajina más si cabe, y a veces el trance la sorprende camino de la feria o en el monte, partiendo el espinoso tojo; a veces suelta la hoz de segar, o la masa de la borona, para oprimir el ta­lle en la primera explosión de dolor materno, y quizá el inocente ser ve la luz al pie de un vallado o en plena ca­rretera, y metido en la propia cesta, y envuelto en el «mantelo» de su madre, entra en el domicilio paternal; pero al venir al mundo así, como por casualidad, halla la tierna criatura dispuesto el seno provisto que ha de alimentar, la gallega tiene de sobra licor de vida con que atender a sus hijos, amén de los ajenos que suele encargarse de amamantar, oficio que desempeña con no menos felicidad que las amas pasie gas.
Así es que la semblanza de la mu­jer gallega puede bosquejarse suponién­dola rodeada de sus hijuelos, como la gallina de su echadura, llevando de. la mano un rapaz de siete años, asidas del refajo dos o tres mocosas poco meno­res en edad, colgado del ubérrimo seno un mamón de doce meses, y sintiendo, acaso, en lo más íntimo de su organis­mo, el vago estremecimiento de otra nueva vida, de otro ser que se forma en sus entrañas.
Bien merece, bien merece disfrutar de un poco de solaz esta paridera; y criadora, y madraza mujer gallega: de­jadla, dejadla que el día del santo pa­trón del lugar, o en la primaveral y deliciosa noche de San Juan, o cuando las primeras castañas estallan al calor de la alegre hoguera y el mosto remoja el gaznate de los vendimiadores, ella también se divierta y pegue un par de brincos a la sombra del nocedal o del castañar hojoso. Dejadla que lave ros­tro y pies en la pública fuente o en el regato que atraviesa su huerto, y pei­ne y alise sus dos trenzas, uniéndolas,o por las puntas, y vista el gayo traje de las ocasiones solemnes.
Si ha nacido en la Mahia, en alguno de los fértiles valles que cercan a Iría Flavia y Compostela, ceñirá a su cabe­za, con cinta de vivos tonos, la linda cofia de puntilla transparente. Si en el Ribero de Avia, o en las cercanías de Orense, llevará el pañolito de seda oscura, que realza la palidez del rostro oval, y abrochará atrás el brevísimo dengue con dos conchillas de plata. Si vió la luz en las poéticas orillas de las rías bajas o en Muros, vestirá el rico atavío que enamora a cuantos lo ven, basquiña de claros matices, corpiño de negro raso, ancho «mantelo» de bri­llante sedán franjeado de panilla y re­camado de azabache, pañuelo de cres­pón color lacre o canario, cuyos flecos caen acariciando la cadera airosa, co­mo las ramas del sauce sobre el tron­co; rodearán su garganta pesados co­llares de filigrana de oro, hilos de cuen­tas, y de su menuda oreja colgarán largos zarcillos, y sobre el pecho re­fulgirá la patena, conocida por «sapo». Pero aun cuando presumen con razón las muradanas, por su elegante arreo, de llevarse la palma en Galicia, pienso que el traje clásico de «gallega»» es el. usado por las mujeres de mi país,, las «mariñanas». Lucen éstas dengue de escarlata orlado de negro terciopelo y sujeto atrás con plateado broche; el justillo, de fuerte drogué, se escota so­bre la chambra de lienzo con flojas mangas y puños de curiosa manera fruncidos; el soberbio mantelo no ce­de en riqueza a otrb, alguno, y se ata atrás con cintas de seda de charros colorines; bajo la franja del mantelo, se ve media cuarta de saya de gra­na, y se entrevé un dedo de refajo de amarilla bayeta y el zapato de cuero con lazadas de galón azul; ciñe su cuello la gargantilla de filigrana, y cubre sus hombros el pañuelo de blan­ca muselina, prolijamente raméado. Cuando con estas bizarras ropas salen a bailar la tradicional muñeira, dan­za nacional desde mucho antes de los remotos tiempos en que guerrillas ga­llegas y lusitanas auxiliaban a Aníbal y contrastaban el poder de Roma, es imposible imaginar más regocijado y pintoresco, golpe de vista: pasan las mujeres, bajos y entornados los ojos, la trenza al viento, arrebolada la tez, movido el dengue por la oscilación del seno, rozando unas con otras las ye­mas de los dedos, el pie hiriendo blan­damente la tierra, en cadencioso girar, arremolinándose a cada vuelta del cuer­po las sayas multicolores, mientras la gaita exhala sus sonidos agrestes y melancólicos, graves o agudos, pero siempre penetrantes, y el tamboril apresura la repercusión de sus notas secas y estridentes, y la pandereta lanza sus carcajadas melodiosas, y los co­hetes aran con surcos de luz el cielo y caen disolviéndose en lágrimas de oro y carmín.
Pero cada día escasea más este es­pectáculo. Trajes, danzas, costumbres y recuerdos van desapareciendo como antigua pintura que amortiguan y bo­rran los años. A la muñeira sustitu­ye el agarradiño, grotesca parodia de la polea húngara y del vals germánico; a las sayas de grana y bayeta, el falde­llín de estampado percal francés; al dengue, el mantón; a las trenzas, la «moña», tamaña como un rosquete de pan; el villanesco zapato de cuero, la charolada botita..., y en breve será pre­ciso internarse hasta el corazón de las más recónditas y fieras montañas para encontrar un tipo que tenga olor, co­lor y sabor genuinamente regional.

1.005. Pardo Bazan (Emilia)