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viernes, 27 de diciembre de 2013

Historia de mi vida - Cap. XVI

Aquella tarde, Macha hizo sus preparativos para un viaje a la ciudad.
Desde  hacía  algún  tiempo,  Macha  iba  con mucha frecuencia a la ciudad, y algunas veces pasaba allí la noche. En su ausencia, yo no tenía fuerzas para trabajar; mis brazos se debilitaban y no podía hacer nada. El gran patio me parecía un lugar odioso, abominable; el jardín, en el que murmuraba  el  ramaje  de  la  arboleda,  se  diría que lloraba los bellos días pasados; todo en torno se me antojaba hostil, extraño, no perteneciente ya a nosotros.
No salía de casa, y me pasaba horas enteras ante la mesa de Macha o ante su pequeña biblioteca  de  agricultura.  Los  pobres  libros  que ella había amado tanto yacían ahora abandonados y parecían mirarme con tristeza.
Durante horas y horas, de la mañana a la noche, contemplaba las diferentes prendas de Macha: sus guantes viejos, su pluma, sus tijeritas.
Veía deslizarse el tiempo en una ociosidad absoluta y me daba cuenta de que si había trabajado  hasta  entonces,  si  había,  labrado,  segado, derribado árboles, sólo había sido por ella, por serle  agradable.  Si  me  hubiera  mandado  que trabajase días enteros en el río con el agua hasta la cintura, yo lo habría hecho sin preguntar si tal trabajo era útil o no.
Cuando ella no estaba a mi lado, Dubechnia, con  sus  ruinas,  sus  postigos  agitados  por  el viento, sus ladrones diurnos y nocturnos, no era para mí más que un caos, en el que todo trabajo se me antojaba inútil. ¿Para qué iba a trabajar ya, una vez convencido de que mi papel allí, en Dubechnia,  había  terminado,  de  que  ya  no  se me necesitaba, de que me había convertido en algo tan sin aplicación como los libros de agricultura?
Lo más penoso para mí eran las noches. Las horas me parecían interminables. Sólo, entregado a mis tristes pensamientos, aguzaba el oído en la obscuridad como si esperase que alguien me gritara:
-¡Ya no tienes qué hacer aquí! ¡Puedes irte!
No era por Dubechnia por lo que yo lloraba; era por mi amor. También había llegado para él el  otoño.  ¡Qué  inmensa  felicidad  amar  y  ser amado! ¡Qué horror darse cuenta de que todo ha acabado, de que se derrumba la alta torre adonde el amor le había elevado a uno!
Al día siguiente por la noche, Macha volvió de la ciudad. Venía disgustada; pero me ocultó el motivo de su disgusto. Me dijo solamente que aún no era necesario poner cierres dobles en las ventanas.
¡Se ahoga una aquí!
Me apresuré a retirar los cierres dobles.
Aunque no teníamos apetito, nos sentamos a la mesa a cenar.
-Ve a lavarte las manos -me dijo Macha. Te huelen a cola.
Había traído de la ciudad los últimos números  de  los  periódicos  ilustrados,  y  después  de cenar nos pusimos a hojearlos juntos. Macha los miraba  rápidamente  y  los  iba  apartando,  para leerlos a su gusto cuando estuviera sola. Pero un figurín  que  representaba  a  una  dama  con  una falda ancha como una campana le llamó la atención.
Le examinó larga y gravemente, y dijo:
-¡No está mal!
-Sí, ese traje es muy a propósito para ti -dije yo a mi vez.
Y mirando con admiración el figurín, que me entusiasmaba tan sólo porque era del gusto de Macha, añadí:
-¡Es un traje encantador, precioso! ¡Y estarás tan linda con él, mi bella, mi espléndida Macha!
No pude contener las lágrimas, que comenzaron a caer sobre el periódico.
-¡Mi  bella,  mi  espléndida  Macha!  -repetí balbuciente...
No tardó en irse a acostar. Me quedé solo, y durante  cerca  de  una  hora  estuve  leyendo  las ilustraciones.
-Has hecho mal en retirar los cierres dobles -me dijo Macha desde la alcoba. Vamos a tener frío esta noche. Hace mucho viento...
Después  de  leer  en  los  periódicos  unas  informaciones sobre un nuevo procedimiento para la fabricación de tinta y sobre el brillante más grande del mundo, me puse a examinar de nuevo el figurín que le había gustado a Macha. Me la imaginaba en un baile, con los hombros desnudos y un abanico en la mano, bella, espléndi-da,  ducha  en  literatura,  en  artes  plásticas,  en música... ¡y mi papel a su lado me pareció tan insignificante, tan mezquino!...
Nuestro  conocimiento,  nuestro  matrimonio, no habían sido sino un corto episodio, una de las muchas etapas de la vida de aquella mujer tan  pródigamente  dotada  por  la  Naturaleza.
Cuanto había de bueno en el mundo se diría que estaba  a  su  disposición  y  no  le  costaba  nada; hasta las nuevas ideas sociales y filosóficas le servían para embellecer su vida  y darle variedad. Yo no había sido para ella más que un cochero que la había transportado de una etapa a otra de su existencia. Pero mi papel había terminado:  mi  hermoso  pájaro  volaría  y  yo  me quedaría solo.
En  aquel  momento,  como  respuesta  a  mis tristes reflexiones, sonó en el patio un grito de desesperación:
-¡Socorro!
La voz era fina, parecía de una mujer. Como remedándola, el viento gimió quejumbroso en la chimenea.
Algunos instantes después, el grito, confundiéndose con el ruido del viento, volvió a sonar; pero entonces en el otro extremo del patio.
-¡Socorro!
-Misail, ¿has oído? -preguntó con voz alterada por el miedo, mi mujer.
Salió  al  comedor  en  camisa,  el  cabello  en desorden, y aguzó el oído.
-¡Están  asesinando  a  alguien!  -dijo.  ¡Sólo nos faltaba eso!
Cogí la escopeta y salí.
Recorrí todo el patio y no encontré a nadie.
Los árboles agitaban sus ramas, el viento silbaba con furia, un perro ladraba en un patio vecino... En el campo reinaba la obscuridad. Ni siquiera en la vía férrea, que pasaba a muy corta distancia de casa, se veía una luz.
De pronto, junto al pabellón donde estaba el año anterior la oficina telegráfica, sonó un grito ahogado:
-¡Socorro!
-¿Quién vive? -grité.
Me acerqué corriendo al lugar donde el grito había sonado. Dos hombres se arrastraban por tierra, luchando furiosamente. Ambos jadeaban y parecían ahogarse de rabia.
-¡Déjame! -chilló uno de ellos.
Reconocí la voz de Iván Cheprakov. Era la misma voz fina, de mujer, que pedía antes socorro.
-¡Déjame, canalla, o te muerdo!
En el otro combatiente reconocí a Moisey, el criado de la señora Cheprakov.
Tras  largos  esfuerzos,  conseguí  separarlos.
No pude contenerme y le di a Moisey dos bofetadas,  derribán-dole.  Cuando  se  levantó  le  di otra.
-¡Quería matarme! -gimió. Intentaba robarle a su madre y le he sorprendido cuando se dirigía, en la obscuridad, a la cómoda de la señora.
Quiero encerrarle en el pabellón.
Iván Cheprakov estaba borracho, y no me reconoció.
Volví a casa. Mi mujer se había vestido.
Le conté lo que había pasado. No le oculté que había abofeteado a Moisey.
-¡Es peligroso vivir en el campo! -dijo. ¡Qué noche más larga!
-¡Socorro! -se oyó gritar de nuevo.
-Voy otra vez a separarlos.
-No,  no  vale  la  pena  -me  contestó  Macha. Que se maten.
Clavó los ojos en el techo y prestó oído a los ruidos exteriores. Yo, sentado junto a la cama, no pronunciaba una palabra. Me sentía culpable, como si por mi causa hubieran pedido socorro y fuera la noche tan larga.
Ambos  guardábamos  silencio.  Yo  esperaba con impaciencia la mañana.
Macha  miraba  al  techo  pensativamente.  Se preguntaba, acaso, cómo había podido, con su inteligencia,  su  educación  y  su  elegancia,  ir  a parar a aquel odioso rincón provinciano, poblado por seres mezquinos y vulgares, cómo había podido enamorarse de uno de esos seres y ser durante seis meses su esposa.
Sospechaba yo que ya no establecía diferencia alguna entre Moisey, Iván Cheprakov y mi propia persona: todos debíamos de ser para ella lo, mismo, Poco más o menos. No podía ocultar su profundo desprecio por todo cuanto le evocaba  su  imaginación  al  pensar  en  Dubechnia: por  nuestro  matrimonio,  por  nuestros  trabajos agrícolas, por los campesinos, por el viento, la lluvia y el barro.
También  ella  esperaba  con  impaciencia  la mañana: se leía en sus ojos…
En cuanto amaneció se fue.
La  esperé  en  Dubechnia  durante  tres  días.
Luego guardé en una sola habitación todas mis cosas,  cerré  la  habitación  con  llave  y  me  fui también a la ciudad.
Una vez allí, me dirigí a casa del ingeniero Dolchikov.
El  criado  me  dijo  que  el  ingeniero  estaba hacia  unos  días  en  Petersburgo  y  que  María Victorovna debía de estar en casa de Achoguin, donde se celebraba un ensayo general. Me dirigí a casa de Achoguin. Cuando subía la escalera, parecía que el corazón iba a saltárseme del pecho.  Me  detuve  un  poco  ante  la  puerta  para tranquilizarme. Por fin, me decidí a entrar en el salón.
Estaba alumbrado por velas, que lucían, en grupos de tres, sobre la mesa, el piano, el estrado. Después me enteré de que la primera función estaba fijada para el día «trece», y el primer  ensayo  para  el  «martes»,  que  según  los supersticiosos,  es  un  día  nefasto.  La  señora Achoguin  luchaba  valerosamente  contra  los prejuicios.
Todos  los  aficionados  al  arte  teatral  se  encontraban ya allí. Las tres señoritas Achoguin, -la  mayor,  la  menor  y  la  de  en  medio-  iban  y venían por el escenario, ensayando, cuaderno en mano  sus  papeles.  Mi  antiguo  patrón,  Nabó, estaba sentado junto a la puerta, mirando a la escena con ojos amorosos y esperando con impaciencia el comienzo de la solemnidad. ¡Todo igual que la última vez que estuve allí!
Me disponía a saludar al ama de la casa; pero de repente todos se volvieron a mí y me dijeron por señas que no me moviese y que no hiciera ruido.
Reinó un hondo silencio. Una señora se sentó al piano y apercibió el cuaderno de música.
Luego se mercó mi mujer, lujosamente vestida, hermosa,  pero  con  muy  otra  hermosura  de  la que  yo  admiraba  en  ella,  con  una  hermosura nueva para mí. No era ya la Macha que iba a verme al molino la anterior primavera.
Empezó a cantar una canción de Chaykovky: «¿Por qué te amo tanto, noche clara?»
Era la primera vez que la oía yo cantar.
Su voz era llena, melodiosa, y me parecía, al oírla, saborear una pera exquisita. Cuando terminó resonaron aplausos entusiásticos. Ella se sonreía y dirigía alrededor miradas de satisfacción. Se arreglaba el vestido al modo de un pájaro que logra escaparse de la jaula y se limpia las alas para echar a volar. Llevaba el cabello partido en dos bandas, que le tapaban las orejas.
La expresión de su rostro era provocativa, como la de quien se apresta a la lucha. Se diría que estaba  dispuesta  a  desafiar  al  mundo  entero.
Había  en  ella  en  aquel  momento  una  energía salvaje que hacía pensar en sus ascendientes los cocheros.
-¿También tú estás aquí? -me preguntó, tendiéndome la mano. ¿Me has oído cantar? ¿Qué te parece mi voz?
Y sin esperar mi respuesta, añadió:
-Has venido muy  a tiempo. Esta noche me voy a Petersburgo, donde pasaré una temporada.
¿Me lo permites?...
A media noche la acompañé a la estación.
Me abrazó tiernamente. Sin duda me agradecía mucho que no le hiciese preguntas inútiles y acaso molestas. Me prometió escribirme.
No pronuncié una sola palabra. Estreché entre las mías sus diminutas manos y se las cubrí de  besos.  Me  costó  gran  trabajo  contener  las lágrimas.
Cuando  partió  el  tren  llevándosela  lejos  de mí, permanecí largo rato mirando sus luces alejarse, y murmuré:
-¡Querida  Macha!  ¡Mi  bella,  mi  espléndida Macha!
Pasé  la  noche  en  casa  de  mi  vieja  nodriza Karpovna.
Al día siguiente fui con Nabó a tapizar las paredes a la morada de un rico comerciante que casaba a su hija con un doctor.

1.014. Chejov (Anton)

Historia de mi vida - Cap. XVII

El domingo, después de comer, recibí la visita de mi hermana. Tomamos juntos el te.
-Ahora  leo  mucho  -me  dijo,  enseñándome los libros que había llevado de la biblioteca municipal. Se lo debo a tu mujer y a Vladimiro: ellos despertaron mi espíritu. Me han salvado, y gracias a ellos me siento ahora un ser humano digno de serlo. Antes estaba siempre preocupada con cosas fútiles; pensaba en que consumía-mos  demasiada  azúcar,  que  era  preciso  aliñar pepinos,  comprar  coles  para  el  invierno,  etc., etc. Estas ideas me inquietaban y me quitaban el sueño.  Ahora  tengo  también  preocupaciones, pero son de otra naturaleza: mi alma está conturbada porque he pasado de esa manera estúpida toda la vida. Siento menosprecio por mi pa-sado, siento pesar de este pasado, y a mi padre lo considero un enemigo. ¡Ah, qué agradecida estoy a tu mujer! ¡Y Vladimiro! Es un hombre admirable.  Entre  los  dos  me  han  abierto  los ojos...
-Es peligroso que sufras insomnios -le dije.
-¿Tú crees tal vez que estoy enferma? Nada de eso. Vladimiro me ha reconocido escrupulosamente como médico  y dice que mi salud es excelente. Además, no es lo único que me interesa: quiero estar segura de que marcho por el buen camino. Dime, ¿tengo razón, o no?
Mi  hermana  tenía  necesidad  de  un  apoyo moral,  esto  era  evidente  para  mí.  Macha  se habla  marchado  y  el  doctor  Blagovo  también; no quedaba en la ciudad nadie, excepto yo, que pudiera decirle que hacía bien.
Me  dirigió  una  mirada  escrutadora,  esforzándose en leer en mi rostro mis pensamientos.
Si yo guardaba ante ella silencio o me sumía en mis reflexiones, creería que era a causa de ella y se  pondría  triste.  Era  preciso  prestar  mucha atención a su mirada, y cuando me preguntara si tenía razón, apresurarme a contestarle que sí y que la quería entrañablemente.
-¿No  sabes?  En  casa  de  Achoguin  me  han repartido un papel -me dijo. Quiero tomar parte en los espectáculos de aficionados. Quiero vivir, gozar plenamente la vida. Naturalmente, yo no tengo talento; por lo tanto, el papel que me han repartido es insignificante -unas diez líneas en total; pero, al menos, eso es infinitamente más noble y elevado que ocuparse del hogar, hacer economías y vigilar a la servidumbre para que no se consuma demasiado pan o azúcar. Pero lo que me interesa sobre todo es demostrar a papá que  soy  capaz  de  protestar  contra  la  tiranía  a que ha querido someterme.
Después  de  tomar  el  té  se  acostó  en  cama largo rato, sumamente pálida, los ojos cerrados.
-¡Me siento muy débil! -dijo levantándose. Vladimiro  afirma  que  todas  las  mujeres  y  las jóvenes que habitan en las ciudades están anémicas debido a la inactividad. ¡Tiene razón! Es preciso trabajar: esto es la sola y única salud. Sí, es  preciso  trabajar.  Vladimiro  tiene  mil  veces razón. Es un hombre de una inteligencia extra-ordinaria.
Dos días después fue a casa de Achoguin para  tomar  parte  en  el  ensayo.  Llevaba  vestido negro, collar de corales al cuello con un gran broche pasado de moda; en las orejas, grandes pendientes con gruesos brillantes. Sentí angustia al mirarla: de tal manera su toilette carecía de gusto. ¡Qué desdichada idea la de ponerse joyas para ensayar: Los demás se fijaron en su toilette, de mal gusto e inoportuna; lo comprendí en las miradas y sonrisas.
-¡Cleopatra de Egipto! -dijo alguien a media voz, riendo.
Tenía en la mano un cuaderno con un papel.
Se esforzaba en parecer una señorita distinguida,  bien  educada,  que  sabía  perfectamente presentarse en sociedad, pero no lo lograba; al contrario, su aspecto era amanerado y ridículo.
No había ya en ella la sencillez y gentileza natural que le eran habituales.
-Le he dicho a papá que venía  al ensayo -comenzó  a  decirme-  y  me  ha  gritado  que  me niega su bendición paternal, y tenía también la intención de pegarme.
Miró un momento su cuaderno y agregó:
-Figúrate, no sé mi papel. Seguramente tendré muchas equivocaciones en escena. Pero, en fin,  ¡la  suerte  está  echada!  Sí,  la  suerte  está echada; estoy decidida...
Me parecía que todo el mundo la miraba, y me asusté de la grave determinación que acababa de tomar. Estaba convencida de que esperaban de ella algo extraordinario. Habría sido inútil tratar de persuadirla de que nadie se ocupaba de gente tan humilde y poco interesante como ella y yo.
Antes del tercer acto no tenía nada que hacer.
En este acto representaba el papel de una comadre de  provincias,  que  debía  permanecer  un instante  tras  la  puerta  para  escuchar,  y  luego entrar en escena y decir un breve monólogo.
Antes de salir a escena, durante más de hora y media, en tanto que el ensayo de los dos primeros  actos  seguía  su  curso,  ella  siguió  a  mi lado, musitando sin cesar su papel y apretando con mano nerviosa el cuaderno. Pensaba que la atención de todo el mundo estaba fija en ella y que todos esperaban con impaciencia su salida a escena. Con mano temblorosa alisaba sus cabellos y decía:
-Ya verás, no recordaré el papel. Tengo un presentimiento... mi corazón late con violencia.
Si lo oyeses... Tengo tanto miedo como si me fueran a ahorcar...
Al fin llegó el momento:
-¡Cleopatra  Alexeyevna,  prevenida!  -le  dijo el segundo apunte.
Salió hasta mitad de la escena. En su rostro se pintaba el terror. En aquel momento estaba fea, torpe.
Durante un minuto permaneció inmóvil, como paralizada  y sólo sus pendientes se balanceaban.
-Por la primera vez es permitido leer el cuaderno -le dijo alguien.
Yo la veía temblar de pies a cabeza, de tal modo  que  no  podía  abrir  el  cuaderno.  Iba  a aproximarme  a  ella  para  sacarla  de  escena  y calmarla; pero en aquel momento cayó de improviso de rodillas y comenzó a llorar como una loca.
Todos  estaban  confusos,  emocionados,  llenos de agitación. Mi hermana fue rodeada por todos lados. Sólo yo permanecí como clavado en mi sitio junto a los bastidores, lleno de espanto, sin comprender nada de lo que acababa de pasar ni saber qué debía hacer.
 La levantaron y se la llevaron de la escena.
Ana Blagovo se aproximó a mí. Yo no la había visto antes, y surgió ante mí como si brotase de la tierra. Llevaba sombrero y un velo sobre la cara y, como siempre, su actitud era la de una persona que sólo iba allí por unos instantes.
-Le recomendé que no aceptara el papel -dijo con  voz  alterada,  ruborizándose  ligeramente.
Ha sido una locura, que usted ha debido impedir...
En aquel momento se acercó a nosotros, con paso rápido y agitado, la señora Achoguin, con una blusita de mangas cortas, manchada de ceniza, delgada y derecha como una tabla.
-¡Es horrible, amigo mío! -me dijo retorciéndose las manos y mirándome, según su costumbre, a los ojos. ¡Es terrible! Su hermana está en una  situación...  ¡Está  embarazada!  ¡Llévesela, se lo ruego!
Estaba tan turbada, que casi se ahogaba.
Algo separadas, permanecían sus tres hijas, delgadas y rectas como ella, apretadas una con otra, pintado en sus rostros el terror. Diríase que acababan de detener  en  su  casa  a  un  terrible criminal y que su casa estaba deshonrada para toda la vida.
¡Y pensar que esta familia habla luchado toda su vida contra los prejuicios! Estos infelices creían candorosamente que todos los prejuicios y errores de la humanidad sólo consisten en las tres bujías, en la fecha 13 y en el martes...
-¡Le ruego a usted,  le  suplico!  -repetía  sin cesar  la  señora  Achoguin,  mirándome  con  la expresión  de  una  mujer  agobiada  por  horrible desgracia.  ¡Le suplico se lleve de aquí a su hermana!...

1.014. Chejov (Anton)

Historia de mi vida - Cap. XVIII

Minutos después, mi hermana y yo caminábamos por la calle. Yo la cubría con un extremo de mi gabán para  protegerla  mejor  contra  el frío.
Caminábamos muy de prisa, eligiendo las callejuelas obscuras, esquivando a las gentes que venían  a  nuestro  encuentro.  Nuestra  marcha parecía huida.
Ella no lloraba ya, y sus ojos secos miraban tristemente. Hasta el arrabal Makarija, donde ya la llevaba, sólo había veinte minutos de camino a pie; pero durante este corto trayecto hablamos de  todo,  evocamos  los  recuerdos  de  nuestro pasado,  deliberamos  y  tomamos  decisiones  en lo concerniente a nuestra situación actual.
Decidimos que no podíamos permanecer más en la ciudad y que en cuanto yo obtuviera algún dinero marcharíamos a otro sitio cualquiera.
En la mayor parte de las casas se dormía ya, y las luces estaban apagadas; en otras se jugaba a la baraja. Todas aquellas casas nos inspiraban pena y temor; hablábamos del salvajismo, de la grosería y de la ruindad de aquellas gentes, de aquellos aficionados al arte dramático a quienes acabábamos  de  asustar  de  tal  manera.  Yo  me preguntaba en qué eran superiores aquellas gentes  estúpidas,  crueles,  perezosas,  deshonestas, que vivían como parásitos, a los «mujicks» de Kurilovka,  borrachos  y  supersticiosos,  o  a  los animales que se espantan ante todo lo que turba la monotonía de su vida limitada por los instintos de bestias.
Me  imaginaba  los  sufrimientos  que  habría padecido mi hermana de seguir en casa de mi padre. ¡Qué larga serie de martirios y humillaciones por parte de mi padre, de los conocidos, del primero que pasara! ¡Eran muy crueles en la ciudad! No se conocía la piedad. Recuerdo gentes  que  hacían,  con  cierto  deleite,  sufrir  a  los suyos:  maridos  que  torturaban  a  sus  mujeres, chicuelos que martirizaban los perros y arrancaban una a una las plumas a los gorriones vivos, que después echaban al agua. Sí, eran muy crueles  nuestros  paisanos.  Desde  mi  infancia  tuve ocasión  de  observar  numerosos  sufrimientos inútiles causados por la maldad de las gentes.
No podía comprender cuál era la base moral de la vida de aquellos sesenta mil habitantes; me preguntaba para qué leerían el Evangelio, rezaban, frecuentaban la iglesia, leían periódicos y libros.  ¿Qué  influencia  había  tenido  en  ellos todo lo que había producido la cultura? ¡Ninguna! Vivían en la misma obscuridad de alma, de la misma manera casi bárbara que hace cien o trescientos años. De  generación  en  generación se les hablaba de la verdad, de la misericordia, de la libertad; pero esto no les impedía mentir hasta  la  muerte,  desde  la  mañana  a  la  noche, martirizarse los unos a los otros y odiar la libertad con tanta furia como si fuese su peor enemi-go.
-¡Mi  suerte,  pues,  está  decidida!  -dijo  mi hermana cuando ya nos hallábamos en mí casa.
Después de lo que acaba de pasar, yo no puedo volver allá. ¡Dios mío, me siento tan dichosa!
Me  siento  tan  aliviada  como  si  me  hubieran quitado de encima un gran peso.
Se acostó. Las lágrimas brillaban en sus ojos; pero su rostro conservaba la expresión de felicidad. Se durmió, y su sueño fue profundo y se adivinaba que sentía, en efecto, un gran consuelo. Hacía mucho tiempo que no tenía un sueño tan tranquilo…
A partir de este día vivimos juntos. Mi hermana  estaba  alegre,  gozosa,  cantaba  a  todas horas y aseguraba que se encontraba bien. Los libros que yo llevaba de la biblioteca no los leía; empleaba el tiempo en soñar y hablar del porvenir. Arreglando mi ropa o ayudando a nuestra vieja nodriza a hacer la cocina, hablaba sin ce-sar de Vladimiro, de su inteligencia, de su extraordinaria  erudición.  Yo  fingía  compartir  su opinión sobre el doctor; pero, en el fondo de mi corazón, no le amaba.
Ella  decía  que  quería  trabajar,  crearse  una posición económica independiente. Había decidido, cuando su salud se lo permitiera, hacerse maestra de escuela o enfermera.
Amaba apasionadamente al hijo que esperaba. Aún no había nacido; pero ella sabía ya qué ojos,  qué  manos  tendría  y  cómo  se  reiría.  Le gustaba hablar de su educación: y como Vladimiro era para ella el mejor de los hombres, sólo tenía un deseo: que su hijo fuese el vivo retrato de su padre. De este asunto hablaba sin cesar, y
sus conversaciones la animaban, la llenaban de alegría. Escuchándola, también yo me regocijaba sin saber por qué.
El estado de su espíritu soñador se me contagiaba. No leía nada y pasaba el tiempo soñando.
Las noches, a pesar de la fatiga natural después del día de trabajo, me paseaba por la habitación, metidas las manos en los bolsillos, y hablaba de Macha.
-¿Qué  opinas  tú?  -pregunté  a  mi  hermana ¿Cuándo regresará de Petersburgo? Me parece que volverá para las fiestas de Navidad, a más tardar. Nada tiene que hacer allí.
-Sí, volverá pronto; la prueba es que no ha escrito más.
-¡Es verdad! -contesté, aunque en el fondo de mi  corazón  sabía  que  Macha  nada  tenía  que hacer en la ciudad.
La echaba mucho de menos y me aburría terriblemente.
Cuando mi hermana me aseguraba que Macha  volvería  pronto,  me  confortaba  con  una ilusión agradable y yo hacía esfuerzas por creerlo.
Cleopatra esperaba a su Vladimiro; yo a mi Macha, y los dos hablábamos sin cesar de él y de  ella,  hacíamos  proyectos  sobre  nuestra próxima  dicha,  paseábamos  agitados  por  la habitación,  reíamos.  No  advertíamos  que  por nuestra culpa la vieja Karpovna no podía dormir. Permanecía echada sobre la hornilla y balbuceaba con voz apagada:
-La cafetera hace esta noche un ruido terrible. Esto es un mal presagio... presiento alguna desgracia... ¡Ah, Dios mío, Dios mío!
Nadie nos visitaba, aparte el cartero que traía a mi hermana las cartas de Vladimiro. Alguna vez entraba por la noche en nuestra habitación el hijo adoptivo de Karpovna, Prokofy. Estaba unos minutos y se marchaba sin haber pronunciado una sola palabra. Pero luego le oía yo en la cocina decir a Karpovna:
-Cada hombre debe permanecer en la clase social  donde  ha  nacido.  Desgraciado  de  aquel que quiere rebasar los límites que le han sido designados al nacer.
Una vez, a finos de diciembre, cuando yo pasaba  por  delante  de  la  carnicería,  me  invitó  a entrar unos instantes. Sin tenderme la mano, me declaró que iba a hablarme de un asunto importante. Estaba amoratado del frío y del «vodka» que acababa de beber. Cerca de él estaba el dependiente Nikolka, con cara de bandido y con un cuchillo cubierto de sangre en las manos.
-Desea exponer a usted una idea -dijo Prokofy  en  tono  solemne.  Esta  situación  no  puede prolongarse.  Usted  comprenderá  que  podemos tener  disgustos.  Naturalmente,  mamá  no  se atreve  a  decírselo  a  usted;  pero  yo  es  preciso que  se  lo  declare  de  una  manera  formal:  su hermana,  en  el  estado  en  que  está,  no  puede continuar  en  nuestra  casa.  Es  preciso  que  se marche.  Tal  como  usted  me  ve,  yo  no  puedo aprobar la conducta de su hermana.
Salí de la carnicería.
El mismo día, mi hermana y yo nos instalarnos en casa de Nabó. Como no teníamos dinero para tomar un coche, marchamos a pie. Yo llevaba  un  paquete  con  diferentes  objetos;  mi hermana caminaba con las manos vacías; pero, a pesar de esto, el viaje la fatigó y sufría, preguntando con frecuencia si tardaríamos mucho en llegar.

1.014. Chejov (Anton)

Historia de mi vida - Cap. XIX

Al fin, recibí una carta de Macha.
He aquí su contenido:
«Mi querido, mi buen amigo: parto con mi padre  hacia  América,  para  la  exposición.
¡Adiós!  Durante  muchos  días  contemplaré  el océano...  Está  tan  lejos  de  Dubechnia,  que  a nada que pienso en ello siento una impresión de espanto.  Es  tan  lejano,  tan  inmenso  como  el cielo,  y estoy deseando hallarme en medio de este  enorme  espacio,  respirar  el  aire  marino.
Esta idea me embriaga, me vuelve loca de alegría,  a  tal  punto  que  no  puedo  por  menos  de escribir a usted tranquilamente.

»Mi  querido,  mi  buen  amigo:  ¡devuélvame usted lo más pronto posible mi libertad! Rompa usted el hilo que todavía nos une. Sería para mí una gran dicha encontrarle de nuevo; sería para mí un rayo de sol que esclarecería la triste noche  de  mi  vida  en  vuestra  ciudad.  El  que  yo haya llegado a ser su esposa de usted ha sido un error. Usted mismo lo comprende, ¿No es verdad? Es preciso reparar este error lo antes posible, y yo le suplico, mi generoso y noble amigo, le suplico de rodillas me telegrafíe inmediatamente, antes de mi marcha a América, que está usted dispuesto a reparar este error que hemos cometido  los  dos,  para  librarme  de  esa  única piedra que pesa sobre mis alas. Mi padre se encargará del resto y me ha prometido no exigir a usted otras formalidades.
»¡Bien pronto seré tan libre como el pájaro ante  el  cual  se  extiende  todo  el  espacio!  Sea usted dichoso, que Dios le bendiga, y perdóneme el gran pesar que le causo.
»Me encuentro en excelente estado de salud, gasto  sin  medida,  hago  muchas  tonterías,  y  a cada  instante  doy  gracias  a  Dios  de  no  haber tenido  hijos:  una  mala  mujer  como  yo  no  es digna de tenerlos.
»Canto en los conciertos y soy acogida con entusiasmo.  Es  mi  vocación,  mi  destino,  mi camino, y yo lo sigo. El rey David tenía un anillo con la inscripción: «Todo pasa.» Cuando se está triste, estas palabras consuelan; cuando se está  alegre,  producen  melancolía.  Yo  también me he mandado hacer una sortija parecida, con una  inscripción  judaica,  y  ella  no  me  permite extralimitarme ni en las alegrías ni en las tristezas.  Sí,  todo  pasará;  la  vida  misma  acabará, ¿por qué entonces atribuir tanta importancia a nuestras pequeñas alegrías y dolores? Lo único que importa es ser libre, porque, entonces solamente, el hombre no tiene necesidad de nada, absolutamente de nada.
»Rompa usted, por lo tanto, el hilo que todavía nos une. Le abrazo estrechamente, igual que si fuera su hermana. Perdóneme usted, y olvídese de su M...»

Mi hermana estaba acostada en una habitación;  Nabó,  en  la  otra;  había  estado  otra  vez enfermo, y de nuevo había triunfado de la muerte.
Al mismo tiempo que yo recibía la carta de Macha, mi hermana levantó quedamente de su cama, pasó al cuarto de Nabó, se sentó cerca del lecho y empezó a leer en alta voz. Se leía diariamente páginas de Gogol o de Ostrovsky. Él la escuchaba  con aire  grave, sin sonreírse, las ojos  fijos  en  el  techo.  Solamente,  de  vez  en cuando, decía:
-¡Todo es posible, todo es posible!
Si en el libro que le leía mi hermana se contaba alguna falsedad, alguna cosa poco honrada, parecía sentir una malévola alegría, y, señalando al libro con un dedo, decía con aire de triunfo:
-¡He aquí a lo que lleva la mentira, la hipocresía, la falsedad humana!
Los dramas le agradaban grandemente por su contenido, su estructura complicada, su acción palpitante. Sentía grande admiración por él, es decir, por el autor, a quien no nombraba jamás por su nombre.
-¡Qué  bien  ha  desentrañado  las  cosas!  -exclamaba casi siempre con entusiasmo, cuando en  el  momento  crítico  los  personajes  salían triunfantes de todas las dificultades.
Esta vez mi hermana le leyó sólo una página; su voz desfallecía. Nabo le cogió una mano y le dijo con voz emocionada:
-En el hombre justo, el alma es tan blanca y limpia como la tiza, y la del pecador es negra como el hollín de la chimenea. Es preciso vivir conforme a los santos: libros, trabajando, y rechazar los vanos placeres de la vida. Aquel que vive engañando y sin trabajar será castigado por Dios  Todopoderoso.  ¡Desgraciados  los  ricos, los injustos, los usureros! Ellos no entrarán jamás en el reino de los cielos. Porque la herrumbre destruye el hierro...
   -¡Y  la  mentira  destruye  el  alma!  -terminó riendo, mi hermana, la frase favorita de Nabó...
Volví a leer la carta de Macha, y una sensación de dolor intenso invadió mi alma, como si yo  presintiera  algo  fatal,  inevitable  y  terriblemente triste.
En este instante entra en la cocina el soldado que nos llevaba siempre, dos veces por semana, de parte de un desconocido, pan blanco, té, azúcar  y  perdices  olientes  a  perfumes  finos.  La persona caritativa que nos enviaba todo aquello sabía probablemente que yo no tenía trabajo y que vivíamos en una gran miseria.
Oí a mi hermana hablar con el soldado, riendo  alegremente.  Después  se  volvió  a  acostar, con un trozo de pan blanco en la mano  y me dijo:
-Desde  que  tú  te  hiciste  obrero,  yo  y  Ana Blagovo sabíamos muy bien que tenías razón, pero no nos atrevíamos a decirlo en voz alta. Di, ¿qué fuerza nos impide decir francamente aquello que pensamos? Ana Blagovo, por ejemplo, te ama, te adora, sabe perfectamente que tienes razón; yo también; ella me quiere mucho y sabe que también tengo razón, y, sin embargo, algo le impide venir a nuestra casa, nos rehuye, temerosa de encontrarse con nosotros.
Mi hermana calló un instante y agregó con vehemencia:
-¡Si supieras cómo te ama! Sólo a mí me ha confesado su amor, y eso en la obscuridad, para que no pudiera ver su rostro. Me conducía a una alameda obscura del jardín y me hablaba, susurrando, de su gran amor por ti. Estoy segura que no se casará jamás, porque eres tú su solo amor.
¿No es verdad que da lástima?
-Sí.
-Es ella quien nos manda comida. ¡Es  graciosa! ¿Por qué se oculta? Yo también me ocultaba, tenía miedo de decir lo que pensaba; pero ahora todo ha terminado: ya no tengo miedo de nada; diré cuanto quiera, y me siento dichosa.
Cuando vivía en casa, no sabía aún lo que constituía la dicha, mientras que ahora no me cambiaría por una reina.
El  doctor  Blagovo  vivía  en  nuestra  ciudad, en  casa  de  su  padre.  Se  disponía  a  regresar  a Petersburgo.  Trabajaba  mucho,  se  ocupaba  en estudios científicos y había decidido marchar al extranjero para prepararse al profesorado. Dejó su servicio del regimiento, y en lugar del uniforme  militar  llevaba  amplio  gabán,  anchos pantalones  y  bellas  corbatas.  Venía  con  frecuencia a visitarnos.
Mi hermana estaba encantada de sus trajes, de sus corbatas y alfileres y de un pañuelo pequeño encarnado que llevaba en el bolsillito de su gabán.
En una ocasión, para distraernos, mi hermana  y  yo  nos  pusimos  a  enumerar  sus  trajes  y contamos una decena.
Era  evidente  que  seguía  enamorado  de  mi hermana, y, sin embargo, jamás le había prometido, ni por galantería, llevarla con él a Petersburgo o al extranjero. Yo no podía imaginar qué sería de ella ni del niño que iba a nacer.
Ella no se daba exacta cuenta de su situación.
No  pensaba  seriamente  en  el  porvenir;  decía que Vladimiro podía ir donde quisiera, incluso abandonarla, con tal que fuera dichoso; ella se contentaba  con  la  felicidad  que  el  doctor  le había dado ya.
De ordinario, cuando él venía a nuestra casa, la examinaba detenidamente desde el punto de vista médico, y le hacía beber leche caliente con unas gotas medicinales.
Aquel día hizo igual. La reconoció y la obligó a beber una cosa.
-¡Bravo,  estoy  contento  de  ti!  -le  dijo  cogiendo el vaso vacío-. No es preciso que hables tanto.  Desde  hace  poco  tiempo  charlas  como una urraca. ¡Cállate, te lo ruego!
Ella se echó a reír.
Luego, el doctor entró en el cuarto de Nabó, cerca del que me encontraba, dándome cariñosamente en el hombro.
-Bueno,  muchacho,  ¿cómo  va?  -preguntó, inclinándose sobre el enfermo.
-¡Todos estamos en la mano de Dios, señor doctor!  Todos  hemos  de  morir  el  día  menos pensado. Y permítame usted que le diga, señor doctor: usted no entrará en el reino de los cielos;  el  infierno  estaría  vacío.  Es  preciso  que haya pecadores también...
Minutos después, el doctor  y  yo nos hallábamos en la calle.
¡Es doloroso, muy doloroso! -me dijo.
Observé que estaba muy acongojado y que las lágrimas asoma-ban a sus ojos.
-Está alegre,  gozosa -continuó; ríe, espera, y, sin embargo no quiero ocultárselo, su situación es desesperada, amigo mío. Sí, desesperada. Nabó me odia y me ha hecho comprender que yo obré respecto a su hermana de un modo poco honrado. Desde su punto de vista, tal vez tenga razón; pero yo tengo un concepto propio del bien y del mal y no me arrepiento de nada que  haya  hecho.  Cada  uno  tiene  derecho  al amor, ¿no es cierto? Sin el amor, la vida sería imposible, y sólo los esclavos y los pobres de espíritu pueden temer y huir del amor.
Comenzó a hablar de otras cosas: de la ciencia, de sus esperanzas en lo concerniente a su carrera. Hablaba con énfasis, y se veía bien claro que no se acordaba ya de mi hermana, de su situación desesperada ni de su propio dolor. La vida le atraía, le llamaba, le arrebataba con sus posibilidades, con sus extensos horizontes. Ma-cha tenía sus sueños, sus grandes esperanzas y ambiciones; él mismo estaba poseído de su carrera científica, y sólo yo y mi hermana quedábamos  allí,  pobres,  desgraciados,  sin  ningún porvenir, sin sueños ni esperanzas.
El  doctor  estrechó  mi  mano  y  se  marchó.
Quedé solo en la calle. Me aproximé a un mechero de  gas encendido,  y una vez más leí la carta de Macha.  Los recuerdos de mi reciente dicha  se  apoderaron  de  mi  cerebro.  Recordé cómo una mañana de primavera fue a verme al molino, se acostó y cubrióse con mi pelliza para mejor parecer una simple campesina. Otra vez, cuando  echábamos  el  anzuelo  a  los  peces  del río, estaba casi toda mojada y esto le causaba tal placer que rió durante todo el tiempo.
Sin darme cuenta, me encontré en la calle de la  Nobleza,  ante  la  casa  de  mi  padre.  Estaba sumida en la obscuridad.
Salté por encima del muro que la separaba de la calle y pasé, por la puerta de detrás, a la cocina. No había nadie. La tetera hervía, probablemente preparada para mi padre. «Sí, le servirán ahora el té» -pensé.
Tomé una luz y me dirigí a la casita del patio donde yo habité en otro tiempo. Allí me arreglé, con viejos periódicos, una cama, y me acosté.
La  casita,  débilmente  alumbrada  por  la  tenue luz de la lámpara, se llenó de sombras movientes.  Hacía  frío.  Me  figuraba  que  al  momento entraría mi hermana llevándome de comer; pero inmediatamente me acordó que se hallaba ahora enferma  en  casa  de  Nabó.  Mi  consciencia  se había obscurecido, y sufría múltiples pesadillas.
Bien pronto escuché una campanilla. Desde mi infancia conocía su sonido breve y lastimero.
Era mi padre, que volvía del club.
Me levanté y volví a la cocina.
La cocinera, Asksinia, al advertir mi presencia, hizo un ademán de sorpresa y comenzó a llorar.
-¡Ah,  querido!  -sollozó.  ¡Dios  mío,  Dios mío, a lo que has llegado!...
Su  emoción  era  tan  grande  que  comenzó  a estrujar su delantal entre las manos.
Sobre la ventana había  una gran botella de «vodka».  Me  serví  una  copa  y  la  bebí  ávidamente, pues estaba sediento. Los bancos y las mesas  estaban  limpios;  se  respiraba  un  olor agradable, que me gustaba mucho en mi niñez.
Mi hermana y yo le teníamos mucho cariño a la cocina, donde pasábamos, durante las ausencias de mi padre, horas enteras escuchando los cuentos fantásticos de la cocinera, o jugando al rey y la reina.
-Y  Cleopatra,  ¿dónde  está?  -me  preguntó Askinia, en voz baja, reteniendo la respiración.
¿Y tu mujer? He oído decir que marchó a Petersburgo.
Servía ya en nuestra casa cuando mi madre vivía, y nos bañaba a Cleopatra y a mí. Ahora también continuaba considerándonos como niños que es preciso vigilar porque hacen tonterías.
Durante un cuarto de hora me habló de sus opiniones  sobre  mí,  sobre  mi  hermana,  sobre nuestra situación. Se veía que tenía vagar suficiente para entregarse a estas reflexiones.
-Se  puede  obligar  al  doctor  a  casarse  con Cleopatra -dijo. Basta que ella dirija una petición al arzobispo para que éste anule su primer matrimonio. Si el doctor rehúsa casarse, se podrán tomar medidas respecto de él.
En cuanto a mí, encontró también una solución: yo podía vender, sin que mi mujer lo supiera, Dubechnia, y poner el dinero en un Banco a mi nombre. Además -decía la cocinera, si mi hermana y yo hubiésemos caído de rodillas ante mi padre, nos habría tal vez perdonado. Por de pronto era preciso mandar decir una misa.
En aquel momento se oyó la tos de mi padre.
-Vaya, pequeño mío, háblale -dijo Askinia, salúdale humilde-mente. No te pasará nada por eso.
Entré en el gabinete de mi padre. Estaba ya sentado ante la mesa y delineaba el proyecto de una casa de campo de  ventanas góticas  y una gran torre parecida a la del cuartel de bomberos, algo, en suma, muy feo, trivial, insignificante.
Desde el sitio donde yo me había detenido pude ver muy bien el dibujo.
Cuando hube visto el rostro flaco de mi padre y su cuello amoratado, sentí por un momento el deseo de echarme ante él suplicándole perdón, como me lo había recomendado Askinia; pero  la  vista  de  aquella  pobre  casa  de  campo con su torre repugnan-te me contuvo.
-¡Buenas noches! -dije.
Me miró un momento; pero bajó en seguida los ojos al dibujo.
-¿Qué  necesitas?  -preguntó,  después  de  un breve silencio.
-He venido para decir a usted que mi hermana está muy enferma...
Esperé un instante, y continué:
-Está en trance de muerte.
-¡Bueno, qué le vamos a hacer! -suspiró mi padre, quitándose los lentes y dejándolos sobre la mesa. Se recoge aquello que se siembra.
Se levantó, dio algunos pasos por la habitación, y repitió:
-Sí, se recoge aquello que se siembra.
Acuérdate cómo hace dos años, cuando viniste a verme, te supliqué, en este mismo lugar, renunciases a tus locas ideas; recuerda mis súplicas encaminadas a que no olvidaras tus deberes  y velaras  por  el  honor  de  nuestra  familia  y  las gloriosas tradicio-nes legadas por nuestros antepasados.  Nuestro  deber  es  guardar  esas  tradiciones,  y,  sin  embargo,  las  has  pisoteado.  No has querido seguir mis consejos. Nada quisiste escuchar, y sigues con tus locas ideas. No contento con esto, has lanzado sobre el mismo ca-mino peligroso a tu pobre hermana. Gracias a ti ha perdido toda idea de moralidad y de honestidad. Ahora llegó el castigo. Ambos os encontráis  en  peligrosa  situación.  ¡Qué  le  vamos  a hacer! Se recoge aquello que se siembra.
Mientras hablaba seguía paseando con paso lento a través del gabinete. Creía, sin duda, que yo había ido para pedirle perdón por mi hermana y por mí, reconociendo que habíamos cometido faltas. Esperaba ruegos, súplicas.
Yo sentía frío, y temblaba de pies a cabeza, como si sufriera fiebre. Con voz débil y serena le contesté:
-Yo  también  le  ruego  recuerde  que  aquí mismo, en este lugar, le supliqué me comprendiera, que comprendiera mis ideas y proyectos, porque,  nosotros  podíamos  decidir  juntos  el modo  de  ordenar  la  vida.  Por  toda  respuesta, usted  comenzó  a  hablar  de  nuestros  antepasados, de su abuelo el poeta, etc. Ahora, cuando le anuncio que su hija única está gravemente enferma, en situación desesperada, usted vuelve a hablar de sus antepasados, de las gloriosas tradiciones.  Es inconcebible  esa  ligereza  en  un hombre ya viejo.
-¿Por qué has venido? -me preguntó colérico, probablemente herido por el reproche de ligereza.
-No lo sé. Yo le quiero. Lamento hondamente que estemos tan distantes el uno del otro. Le quiero todavía; pero mi hermana ha roto todos los lazos que le unían a usted. No le perdona ni le  perdonará  jamás.  Sólo  el  oír  su  nombre  de usted remueve en ella el odio por su pasado, por la vida que llevó a su lado.
-¿De  quién  es  la  culpa?  -gritó  mi  padre.
¡Eres tú, el culpable, el canalla, tú lo eres!
-Admitamos  que  sea  yo  el  culpable  -dije.
Confieso que tal vez he cometido muchas faltas; pero dígame usted, ¿por qué su vida, que nos cree obligados a imitar, que usted nos presenta como una vida modelo, por qué es tan sin espíritu,  tan  monótona,  tan  aburrida?  ¿Por  qué  en todas las casas que usted construye aquí desde hace  treinta  años  no  hay  un  solo  hombre  que pueda  enseñarnos  de  qué  manera  es  preciso vivir.  ¡No  hay  un  solo  hombre  honrado  en  la ciudad. Las casas de usted son nidos malditos, en  los  cuales  se  martiriza  a  las  madres,  a  las hijas, se mata moralmente a los niños.
Callé un instante para tomar aliento, y continué:
-¡Mi  infeliz  hermana!  ¡Mi  desgraciada  hermana! Es preciso estar ciego, necesario insensibilizar el espíritu por el «vodka», los naipes, las charlas insulsas, o bien dedicar toda la vida a esos  pobres  dibujos  de  casas  con  apariencia abominable, para no ver todos los horrores que se ocultan en esas casas. La ciudad cuenta  ya doscientos años de existencia, y no ha dado a la patria ni un solo hombre útil. ¡Ni uno solo! Todos ustedes han matado en germen, cuidadosamente, cuanto había aquí vital, capaz. Es ésta una ciudad de tenderos, de hosteleros, de escritorzuelos, de cobardes y de devotos: una ciudad que pudiera desaparecer el día menos pensado sin que se advirtiese su desaparición y sin que nadie llorase su pérdida.
-No quiero oírte más, ¡canalla! -gritó mi padre  asiendo  la  regla  que  había  sobre  la  mesa.
¡Cállate!  Estás  borracho.  ¿Cómo  te  atreves  a presentarte ante mí en tal estado? Yo te declaro por última vez y díselo también a tu hermana, que ha perdido toda honestidad, yo os declaro que no recibiréis nada mío. Por consiguiente, no seréis mis herederos. He arrancado de mi corazón los malos hijos, y si sufren las consecuencias de su indocilidad y de su obstinación, tanto peor para ellos. ¡No tengo piedad para vosotros!
¡Piensa  en  marcharte!  Dios  misericordioso  ha querido castigarme dándome hijos perversos, y yo me someto, humilde, a esta prueba.
Como el Job bíblico, halló consuelo en los sufrimientos y en el trabajo.
Calló, volviose a mí y continuó:
-En tanto no vuelvas al buen camino, te prohíbo pisar el suelo de mi casa. Soy justo. Todo cuanto te he dicho es de una gran utilidad para ti, y si quieres corregirte, piensa en lo que te he dicho toda tu vida y sigue mis consejos. Ahora, márchate; no tengo nada más que decirte...
Yo salí.
No  recuerdo  cómo  pasé  esa  noche  y  la  siguiente. Después me dijeron que vagué todo el tiempo  de  una  calle  en  otra,  la  cabeza  descubierta, cantando, seguido de una gritadora turba de chiquillos.

1.014. Chejov (Anton)

Historia de mi vida - Cap. XX

Si yo hubiese tenido el deseo de mandarme hacer  una  sortija,  le  habría  hecho  grabar  esta inscripción: «Nada pasa.» Sí; estoy convencido que nada pasa sin dejar una huella tras nosotros, y que cada acto nuestro, incluso el más insignificante, ejerce determinada influencia en nuestra vida presente y futura.
Lo que yo he vivido no ha dejado de ejercer influencia sobre los demás. Mis desdichas y mis sufrimientos llegaron al corazón de los habitantes,  y  ahora  no  se  mofan  de  mí,  no  se  vierte agua sobre mí cuando paso ante las tiendas del mercado. Poco a poco se han habituado a la idea de que yo soy ahora un simple obrero, y no encuentran nada extraño en el hecho que yo, gentilhombre, lleve vasijas llenas de pinturas y coloque cristales en las ventanas. Al contrario, se me da con satisfacción trabajo: soy considerado en la ciudad como un buen obrero y el mejor contratista de trabajo, después de Nabó.
Éste, ya restablecido de su enfermedad, seguía  pintando  los  techos  y  las  cúpulas  de  los campanarios; pero muy débil aún, no tenía fuerzas para cumplir los múltiples deberes de contratista; en casi todos era yo quien le reemplazaba:  yo  visitaba  a  los  habitantes  para  pedir trabajo, contrataba los obreros, tomaba dinero a préstamo,  pagando  crecidos  intereses.  Ahora, convertido en contratista, comprendo perfectamente que se puede andar durante tres días recorriendo la ciudad buscando obreros para hacer un trabajo de escasa importancia.
Se es fino conmigo, no se me tutea ya; en las casas donde trabajo me dan té y se me invita a comer. Los niños y las jóvenes vienen muchas veces a ver cómo trabajo, mirándome con curiosidad y con tristeza.
En una ocasión trabajé en el jardín del gobernador, donde pinté un quiosco. Estando  yo trabajando, el gobernador, que se paseaba por el Jardín,  entró  en  el  quiosco,  y  para  distraerse comenzó a hablar conmigo. Le recordé que en otro tiempo me llamó a su casa para exigirme que variase de conducta. Me miró atentamente, y después dijo, dando a su boca la forma de una o:
-No me acuerdo.
He envejecido, me he vuelto taciturno, severo; no río casi nunca; me dicen que me parezco ahora a Nabó, y que, igual que él, aburro a los obreros con mi severidad.
María  Victorovna,  mi  antigua  mujer,  vive ahora en el extranjero. Su padre, el ingeniero, se encuentra en el este de Rusia, donde construye una línea férrea y compra ventajosamente algunas propiedades.
El doctor Blagovo está también en el extranjero.
Dubechnia  ha  vuelto  a  ser  propiedad  de  la señora Cheprakov, que la compró al ingeniero con un veinte por ciento sobre el precio a que ella se la había vendido.
Moisey, ya convertido en ingeniero, no viste ahora  como  un  campesino: lleva  un  costoso sombrero, y sus trajes son de última moda. Llega muchas veces, en un cochecillo elegante, a la ciudad y frecuenta la Banca. Se dice que ya ha comprado una propiedad a plazos y se dispone a comprar también Dubechnia.
El desgraciado Iván Cheprakov está completamente desequilibra-do. Durante mucho tiempo no  hacía  nada  y  vagaba  por  la  ciudad,  casi siempre  ebrio.  Intenté  darle  trabajo;  durante algún tiempo pintó con nosotros tejados, colocó cristales y parecía un obrero de tantos: robaba los colores, pedía humildemente propinas a los clientes y se emborrachaba. Más pronto dejó el trabajo y volvió a Dubechnia. Luego me contaron que había organizado una conspiración para matar a Moisey y para robar el dinero y las joyas de Cheprakov, su madre.
Mi padre ha envejecido considerablemente, y pasea durante la tarde, ya encorvado, por delante de su casa. Yo no he vuelto a verle.
Prokofy, el hijo adoptivo de Karpovna cuando  el  cólera  se  ensañaba  en  nuestra  ciudad, hacía  una  propaganda  encarnizada  contra  los doctores,  asegurando  que  ellos  provocaban  la epidemia para ganar más dinero. Tomó una parte muy activa en los desórdenes y manifestaciones, y por eso fue azotado. Su oficial, Nikolka, murió del cólera. Mi anciana nodriza, Karpovna, vive todavía y continúa amando locamente a su hijo adoptivo. Cada vez que me ve mueve su venerable cabeza y dice suspirando:
-¡Pobre desgraciado! Eres un hombre perdido...
Toda la semana estoy ocupado mañana y tarde.  Los días de fiesta,  si  el  tiempo  es  bueno, tomo en mis brazos a mi sobrinita -mi hermana esperaba un niño, pero fue una niña lo que nació- y me encamino lentamente al cementerio.
En él permanezco mucho tiempo contemplando la tumba querida  y  diciéndole  a  mi  pequeñita que allí yace su madre.
Alguna vez encuentro junto a la tumba a Ana Blagovo. Nos saludamos. Unas veces permanecemos silenciosos, otras hablamos de mi pobre hermana, de la huerfanita, de las tristezas de la vida.  Después  salimos  juntos  del  cementerio, caminando  de  nuevo  en  silencio.  Ella  marcha despacio para permanecer más tiempo a mi lado.  La  pequeñita,  feliz,  alegre,  guiñando  los ojos bajo los rayos del sol abrasador, ríe, tiende sus diminutas manos a Ana Blagovo; cada dos pasos nos detenemos un instante para acariciar a la pequeña.
Cuando entramos en la ciudad, Ana Blagovo, turbada, llena de emoción, los ojos enrojecidos, me estrecha la  mano  y  se  separa  de  mí.  Ella continúa su camino sola, grave, severa, triste. Y ningún transeúnte, viéndola tan severa y reservada, creería que momentos antes marchaba a mi lado y acariciaba conmigo a la gentil niñita.

1.014. Chejov (Anton)