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viernes, 20 de diciembre de 2013

La verdad sobre el caso del señor valdemar

De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los participantes deseábamos mantener el asunto alejado del público -al menos por el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigación, a pesar de nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una versión tan espuria como exagerada que se convirtió en fuente de muchas desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad.
El momento ha llegado de que yo dé a conocer los hechos -en la medida en que me es posible comprenderlos. Helos aquí sucintamente:
Durante los últimos años el estudio del hipnotismo había atraído repetidamente mi atención. Hace unos nueve meses, se me ocurrió súbitamente que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una omisión tan curiosa como inexplicable: jamás se había hipnotizado a nadie in articulo mortis. Quedaba por verse si, en primer lugar, un paciente en esas condiciones sería susceptible de influencia magnética; segundo, en caso de que lo fuera, si su estado aumentaría o disminuiría dicha susceptibilidad, y tercero, hasta qué punto, o por cuánto tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la intrusión de la muerte. Quedaban por aclarar otros puntos, pero éstos eran los que más excitaban mi curiosidad, sobre todo el último, dada la inmensa importancia que podían tener sus consecuencias.
Pensando si entre mis relaciones habría algún sujeto que me permitiera verificar esos puntos, me acordé de mi amigo Ernest Valdemar, renombrado compilador de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las versiones polacas de Wallenstein y Gargantúa. El señor Valdemar, residente desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente notable por su extraordinaria delgadez, tanto que sus extremidades inferiores se parecían mucho a las de John Randolph, y también por la blancura de sus patillas, en violento contraste con sus cabellos negros, lo cual llevaba a suponer con frecuencia que usaba peluca. Tenía un temperamento muy nervioso, que le convertía en buen sujeto para experiencias hipnóticas. Dos o tres veces le había adormecido sin gran trabajo, pero me decepcionó no alcanzar otros resultados que su especial constitución me había hecho prever. Su voluntad no quedaba nunca bajo mi entero dominio, y, por lo que respecta a la clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que había conseguido con él. Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo. Unos meses antes de trabar relación con él, los médicos le habían declarado tuberculoso. El señor Valdemar acostumbraba referirse con toda calma a su próximo fin, como algo que no cabe ni evitar ni lamentar.
Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por primera vez, lo más natural fue que acudiese a Valdemar. Demasiado bien conocía la serena filosofía de mi amigo para temer algún escrúpulo de su parte; por lo demás, no tenía parientes en América que pudieran intervenir para oponerse. Le hablé francamente del asunto y, para mi sorpresa, noté que se interesaba vivamente. Digo para mi sorpresa, pues si bien hasta entonces se había prestado libremente a mis experimentos, jamás demostró el menor interés por lo que yo hacía. Su enfermedad era de las que permiten un cálculo preciso sobre el momento en que sobrevendrá la muerte. Convinimos, pues, en que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del momento fijado por sus médicos para su fallecimiento.
Hace más de siete meses que recibí la siguiente nota, de puño y letra de Valdemar:

Estimado P...:

Ya puede usted venir. D... y F... coinciden en que no pasaré de mañana a medianoche, y me parece que han calculado el tiempo con mucha exactitud.

Valdemar

Recibí el billete media hora después de escrito, y quince minutos más tarde estaba en el dormitorio del moribundo. No le había visto en los últimos diez días y me aterró la espantosa alteración que se había producido en tan breve intervalo. Su rostro tenía un color plomizo, no había el menor brillo en los ojos y, tan terrible era su delgadez, que la piel se había abierto en los pómulos. Expectoraba continuamente y el pulso era casi imperceptible. Conservaba no obstante una notable claridad mental, y cierta fuerza. Me habló con toda claridad, tomó algunos calmantes sin ayuda ajena y, en el momento de entrar en su habitación, le encontré escribiendo unas notas en una libreta. Se mantenía sentado en el lecho con ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado los doctores D... y E..
Luego de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los médicos y les pedí que me explicaran detalladamente el estado del enfermo. Desde hacía dieciocho meses, el pulmón izquierdo se hallaba en un estado semióseo o cartilaginoso, y, como es natural, no funcionaba en absoluto. En su porción superior el pulmón derecho aparecía parcialmente osificado, mientras la inferior era tan sólo una masa de tubérculos purulentos que se confundían unos con otros. Existían varias dilatadas perforaciones y en un punto se había producido una adherencia permanente a las costillas. Todos estos fenómenos del lóbulo derecho eran de fecha reciente; la osificación se había operado con insólita rapidez, ya que un mes antes no existían señales de la misma y la adherencia sólo había sido comprobable en los últimos tres días. Aparte de la tuberculosis los médicos sospechaban un aneurisma de la aorta, pero los síntomas de osificación volvían sumamente difícil un diagnóstico. Ambos facultativos opinaban que Valdemar moriría hacia la medianoche del día siguiente (un domingo). Eran ahora las siete de la tarde del sábado.
Al abandonar la cabecera del moribundo para conversar conmigo, los doctores D... y F... se habían despedido definitivamente de él. No era su intención volver a verle, pero, a mi pedido, convinieron en examinar al paciente a las diez de la noche del día siguiente.
Una vez que se fueron, hablé francamente con Valdemar sobre su próximo fin, y me referí en detalle al experimento que le había propuesto. Nuevamente se mostró dispuesto, e incluso ansioso por llevarlo a cabo, y me pidió que comenzara de inmediato. Dos enfermeros, un hombre y una mujer, atendían al paciente, pero no me sentí autorizado a llevar a cabo una intervención de tal naturaleza frente a testigos de tan poca responsabilidad en caso de algún accidente repentino. Aplacé, por tanto, el experimento hasta las ocho de la noche del día siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi conocimiento (el señor Theodore L...l) me libró de toda preocupación. Mi intención inicial había sido la de esperar a los médicos, pero me vi obligado a proceder, primeramente por los urgentes pedidos de Valdemar y luego por mi propia convicción de que no había un minuto que perder, ya que con toda evidencia el fin se acercaba rápidamente.
El señor L...l tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido, así como de tomar nota de todo lo que ocurriera. Lo que voy a relatar ahora procede de sus apuntes, ya sea en forma condensada o verbatim.
Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, después de tomar la mano de Valdemar, le pedí que manifestara con toda la claridad posible, en presencia de L...l, que estaba dispuesto a que yo le hipnotizara en el estado en que se encontraba.
Débil, pero distintamente, el enfermo respondió: «Sí, quiero ser hipnotizado», agregando de inmediato: «Me temo que sea demasiado tarde.»
Mientras así decía, empecé a efectuar los pases que en las ocasiones anteriores habían sido más efectivos con él. Sentía indudablemente la influencia del primer movimiento lateral de mi mano por su frente, pero, aunque empleé todos mis poderes, me fue imposible lograr otros efectos hasta algunos minutos después de las diez, cuando llegaron los doctores D... y F..., tal como lo habían prometido. En pocas palabras les expliqué cuál era mi intención, y, como no opusieron inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya en agonía, continué sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por otros verticales y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto.
A esta altura su pulso era imperceptible y respiraba entre estertores, a intervalos de medio minuto.
Esta situación se mantuvo sin variantes durante un cuarto de hora. Al expirar este período, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy profundo, escapó del pecho del moribundo, mientras cesaba la respiración estertorosa o, mejor dicho, dejaban de percibirse los estertores; en cuanto a los intervalos de la respiración, siguieron siendo los mismos. Las extremidades del paciente estaban heladas.
A las once menos cinco, advertí inequívocas señales de influencia hipnótica. La vidriosa mirada de los ojos fue reemplazada por esa expresión de intranquilo examen interior que jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y sobre la cual no cabe engañarse. Mediante unos rápidos pases laterales hice palpitar los párpados, como al acercarse el sueño, y con unos pocos más los cerré por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin embargo, sino que continué vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad, hasta que hube logrado la completa rigidez de los miembros del durmiente, a quien previamente había colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las piernas estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a corta distancia de los flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada.
Al dar esto por terminado era ya medianoche y pedí a los presentes que examinaran el estado de Valdemar. Luego de unas pocas verificaciones, admitieron que se encontraba en un estado insólitamente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se había despertado en sumo grado. El doctor D... decidió pasar toda la noche a la cabecera del paciente, mientras el doctor F... se marchaba, con promesa de volver por la mañana temprano. L...l y los enfermeros se quedaron.
Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la madrugada, hora en que me acerqué y vi que seguía en el mismo estado que al marcharse el doctor F...; vale decir, yacía en la misma posición y su pulso era imperceptible. Respiraba sin esfuerzo, aunque casi no se advertía su aliento, salvo que se aplicara un espejo a los labios. Los ojos estaban cerrados con naturalidad y las piernas tan rígidas y frías como si fueran de mármol. No obstante ello, la apariencia general distaba mucho de la de la muerte.
Al acercarme intenté un ligero esfuerzo para influir sobre el brazo derecho, a fin de que siguiera los movimientos del mío, que movía suavemente sobre su cuerpo. En esta clase de experimento jamás había logrado buen resultado con Valdemar, pero ahora, para mi estupefacción, vi que su brazo, débil pero seguro, seguía todas las direcciones que le señalaba el mío. Me decidí entonces a intentar un breve diálogo.
-Valdemar..., ¿duerme usted? -pregunté.
No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, por lo cual repetí varias veces la pregunta. A la tercera vez, todo su cuerpo se agitó con un ligero temblor; los párpados se levantaron lo bastante para mostrar una línea del blanco del ojo; moviéronse lentamente los labios, mientras en un susurro apenas audible brotaban de ellos estas palabras:
-Sí... ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así!
Palpé los miembros, encontrándolos tan rígidos como antes. Volví a interrogar al hipnotizado:
-¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar?
La respuesta tardó un momento y fue aún menos audible que la anterior:
-No sufro... Me estoy muriendo.
No me pareció aconsejable molestarle más por el momento, y no volví a hablarle hasta la llegada del doctor F..., que arribó poco antes de la salida del sol y se quedó absolutamente estupefacto al encontrar que el paciente se hallaba todavía vivo. Luego de tomarle el pulso y acercar un espejo a sus labios, me pidió que le hablara otra vez, a lo cual accedí.
-Valdemar -dije. ¿Sigue usted durmiendo?
Como la primera vez, pasaron unos minutos antes de lograr respuesta, y durante el intervalo el moribundo dio la impresión de estar juntando fuerzas para hablar. A la cuarta repetición de la pregunta, y con voz que la debilidad volvía casi inaudible, murmuró:
-Sí... Dormido... Muriéndome.
La opinión o, mejor, el deseo de los médicos era que no se arrancase a Valdemar de su actual estado de aparente tranquilidad hasta que la muerte sobreviniera, cosa que, según consenso general, sólo podía tardar algunos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, limitándome a repetir mi pregunta anterior.
Mientras lo hacía, un notable cambio se produjo en las facciones del hipnotizado. Los ojos se abrieron lentamente, aunque las pupilas habían girado hacia arriba; la piel adquirió una tonalidad cadavérica, más semejante al papel blanco que al pergamino, y los círculos hécticos, que hasta ese momento se destacaban fuertemente en el centro de cada mejilla, se apagaron bruscamente. Empleo estas palabras porque lo instantáneo de su desaparición trajo a mi memoria la imagen de una bujía que se apaga de un soplo. Al mismo tiempo el labio superior se replegó, dejando al descubierto los dientes que antes cubría completamente, mientras la mandíbula inferior caía con un sacudimiento que todos oímos, dejando la boca abierta de par en par y revelando una lengua hinchada y ennegrecida. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho de muerte, pero la apariencia de Valdemar era tan espantosa en aquel instante, que se produjo un movimiento general de retroceso.
Comprendo que he llegado ahora a un punto de mi relato en el que el lector se sentirá movido a una absoluta incredulidad. Me veo, sin embargo, obligado a continuarlo.
El más imperceptible signo de vitalidad había cesado en Valdemar; seguros de que estaba muerto lo confiábamos ya a los enfermeros, cuando nos fue dado observar un fuerte movimiento vibratorio de la lengua. La vibración se mantuvo aproximada-mente durante un minuto. Al cesar, de aquellas abiertas e inmóviles mandíbulas brotó una voz que sería insensato pretender describir. Es verdad que existen dos o tres epítetos que cabría aplicarle parcialmente: puedo decir, por ejemplo, que su sonido era áspero y quebrado, así como hueco. Pero el todo es indescriptible, por la sencilla razón de que jamás un oído humano ha percibido resonancias semejantes. Dos características, sin embargo -según lo pensé en el momento y lo sigo pensando-, pueden ser señaladas como propias de aquel sonido y dar alguna idea de su calidad extraterrena. En primer término, la voz parecía llegar a nuestros oídos (por lo menos a los míos) desde larga distancia, o desde una caverna en la profundidad de la tierra. Segundo, me produjo la misma sensación (temo que me resultará imposible hacerme entender) que las materias gelatinosas y viscosas producen en el sentido del tacto.
He hablado al mismo tiempo de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido consistía en un silabeo clarísimo, de una claridad incluso asombrosa y aterradora. El señor Valdemar hablaba, y era evidente que estaba contestando a la interrogación formulada por mí unos minutos antes. Como se recordará, le había preguntado si seguía durmiendo. Y ahora escuché:
-Sí... No... Estuve durmiendo... y ahora... ahora... estoy muerto.
Ninguno de los presentes pretendió siquiera negar ni reprimir el inex-presable, estremecedor espanto que aquellas pocas palabras, así pronuncia-das, tenían que producir. L...l, el estudiante, cayó desvanecido. Los enfermeros escaparon del aposento y fue imposible convencerlos de que volvieran. Por mi parte, no trataré de comunicar mis propias impresiones al lector. Durante una hora, silenciosos, sin pronunciar una palabra, nos esforzamos por reanimar a L...l. Cuando volvió en sí, pudimos dedicarnos a examinar el estado de Valdemar.
Seguía, en todo sentido, como lo he descrito antes, salvo que el espejo no proporcionaba ya pruebas de su respiración. Fue inútil que tratáramos de sangrarlo en el brazo. Debo agregar que éste no obedecía ya a mi voluntad. En vano me esforcé por hacerle seguir la dirección de mi mano. La única señal de la influencia hipnótica la constituía ahora el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que volvía a hacer una pregunta a Valdemar. Se diría que trataba de contestar, pero que carecía ya de voluntad suficiente. Permanecía insensible a toda pregunta que le formulara cualquiera que no fuese yo, aunque me esforcé por poner a cada uno de los presentes en relación hipnótica con el paciente. Creo que con esto he señalado todo lo necesario para que se comprenda cuál era la condición del hipnotizado en ese momento. Se llamó a nuevos enfermeros, y a las diez de la mañana abandoné la morada en compañía de ambos médicos y de L...l.
Volvimos por la tarde a ver al paciente. Su estado seguía siendo el mismo. Discutimos un rato sobre la conveniencia y posibilidad de despertarlo, pero poco nos costó llegar a la conclusión de que nada bueno se conseguiría con eso. Resultaba evidente que hasta ahora, la muerte (o eso que de costumbre se denomina muerte) había sido detenida por el proceso hipnótico. Parecía claro que, si despertábamos a Valdemar, lo único que lograríamos seria su inmediato o, por lo menos, su rápido fallecimiento.
Desde este momento hasta fines de la semana pasada -vale decir, casi siete meses- continuamos acudiendo diariamente a casa de Valdemar, acompañados una y otra vez por médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el hipnotizado se mantuvo exactamente como lo he descrito. Los enfermeros le atendían continuamente.
Por fin, el viernes pasado resolvimos hacer el experimento de despertarlo, o tratar de despertarlo: probablemente el lamentable resultado del mismo es el que ha dado lugar a tanta discusión en los círculos privados y a una opinión pública que no puedo dejar de considerar como injustificada.
A efectos de librar del trance hipnótico al paciente, acudí a los pases habituales. De entrada resultaron infructuosos. La primera indicación de un retorno a la vida lo proporcionó el descenso parcial del iris. Como detalle notable se observó que este descenso de la pupila iba acompañado de un abundante flujo de icor amarillento, procedente de debajo de los párpados, que despedía un olor penetrante y fétido. Alguien me sugirió que tratara de influir sobre el brazo del paciente, como al comienzo. Lo intenté, sin resultado. Entonces el doctor F... expresó su deseo de que interrogara al paciente. Así lo hice, con las siguientes palabras:
-Señor Valdemar... ¿puede explicarnos lo que siente y lo que desea?
Instantáneamente reaparecieron los círculos hécticos en las mejillas; la lengua tembló, o, mejor dicho, rodó violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron rígidos como antes), y entonces resonó aquella horrenda voz que he tratado ya de describir:
-¡Por amor de Dios... pronto... pronto... hágame dormir... o despiérteme... pronto... despiérteme! ¡Le digo que estoy muerto!
Perdí por completo la serenidad y, durante un momento, me quedé sin saber qué hacer. Por fin, intenté calmar otra vez al paciente, pero al fracasar, debido a la total suspensión de la voluntad, cambié el procedimiento y luché con todas mis fuerzas para despertarlo. Pronto me di cuenta de que lo lograría, o, por lo menos, así me lo imaginé; y estoy seguro de que todos los asistentes se hallaban preparados para ver despertar al paciente.
Pero lo que realmente ocurrió fue algo para lo cual ningún ser humano podía estar preparado.
Mientras ejecutaba rápidamente los pases hipnóticos, entre los clamores de: «¡Muerto! ¡Muerto!», que literalmente explotaban desde la lengua y no desde los labios del sufriente, bruscamente todo su cuerpo, en el espacio de un minuto, o aún menos, se encogió, se deshizo... se pudrió entre mis manos. Sobre el lecho, ante todos los presentes, no quedó más que una masa casi líquida de repugnante, de abominable putrefacción.

1.011. Poe (Edgar Allan)

La perdida del aliento

 (Una historia que no es de “Blackwood” ni lo ha sido nunca)

¡Oh, no respires!, etc.
Melodías de Moore

-¡Oh, tú, desgraciada! ¡Oh, tu, zorra! ¡Oh, tú, víbora! -le dije a mi mujer a la mañana siguiente de nuestra boda. ¡Oh, tú, bruja! ¡Oh, tú, espanto! ¡Tú, bocazas! ¡Apestas a iniquidad! ¡Oh, tú, quintaesencia de todo lo que es abominable! Tú... tú...
En ese momento la agarré por el cuello, me puse de puntillas, y acercando mi boca a su oído estaba a punto de dirigirle un nuevo epíteto oprobioso, que inevitablemente la hubiera convencido, de haberlo podido pronunciar, de su insignificancia, cuando con gran horror y asombro descubrí que yo había perdido la respiración.
Las frases “me he quedado sin respiración”, “he perdido el aliento”, aparecen con bastante frecuencia en las conversaciones normales; pero jamás se me hubiera podido ocurrir el pensar que el terrible accidente al que me refiero pudiera de hecho bona fide ocurrir. Imagínense ustedes, es decir, si son ustedes personas imaginativas; imagínense, digo, mi asombro, mi consternación, mi desesperación.
Tengo una virtud, no obstante, que nunca me ha abandonado del todo. Incluso en mis más ingobernables estados de ánimo, mantengo aún mi sentido de la propiedad, et le chemin des passions me conduit, como a Lord Edouard en “Julie”, á la philosopie véritable.
Aunque al principio no pude verificar hasta qué punto me había afectado aquel suceso, decidí ocultárselo a toda costa a mi mujer hasta que ulteriores experiencias me revelaran la extensión de mi asombrosa calamidad. Por lo tanto, alterando al instante la expresión de mi cara, y sustituyendo mis congestionadas y distorsionadas facciones por un gesto de traviesa y coqueta benignidad, le di a mi dama una palmadita en una mejilla y un beso en la otra, y sin pronunciar una sílaba (¡demonios; no podía!) la dejé asombrada por mi extraño comportamiento, y salí haciendo las piruetas de un pas de zephyr.
Imagínenme entonces a salvo en mi boudoir privado, un terrible ejemplo de las malas consecuencias de la irascibilidad: vivo, pero con todas las características de los muertos; muerto, pero con todas las inclinaciones de los vivos. Una verdadera anomalía sobre la faz de la tierra, totalmente calmado pero sin respiración.
¡Sí! Sin respiración. Hablo en serio al afirmar que carecía por completo de respiración. No hubiera podido mover ni una pluma con ella, aunque mi vida hubiera estado en juego, ni siquiera hubiera podido empañar la delicadeza de un espejo. ¡Cruel destino! Aun así hallé algo de consuelo a mi primer paroxismo de dolor. Descubrí, después de mucho probar, que mi capacidad de hablar que, a la vista de mi incapacidad para continuar la conversación con mi esposa, había creído desaparecida por completo, estaba sólo parcialmente disminuida, y descubrí que si en el transcurso de aquella interesante crisis hubiera intentado hablar con un tono singularmente profundo y gutural, podría haber seguido comunicándole mis sentimientos a ella; y que este tono de voz (el gutural) no depende, por lo que pude ver, de la corriente de aire provocada por la respiración, sino de ciertos movimientos espasmódicos de los músculos de la garganta.
Dejándome caer sobre una Silla estuve durante cierto tiempo sumido en la meditación. Mis reflexiones no eran, no cabe duda, precisamente consoladoras. Un millar de imágenes vagas y lacrimosas se apoderaron de mi alma, e incluso pasó por mi imaginación la idea del suicidio; pero es una característica de la perversidad de la naturaleza humana el rechazar lo obvio y lo inmediato a cambio de lo equívoco y lo lejano. Así, pues, me eché a temblar ante la idea de mi auto-asesinato, considerándola decididamente una atrocidad, mientras la gata runruneaba a todo meter sobre la alfombra, y el mismo perro de aguas jadeaba con gran asiduidad debajo de la mesa, atribuyéndole ambos un gran valor a la fuerza de sus pulmones, y haciéndolo todo con el evidente propósito de burlarse de mi incapacidad.
Oprimido por un tumultuoso alud de vagas esperanzas y miedos, oí por fin los pasos de mi esposa que descendía por la escalera. Estando ya seguro de su ausencia, volví con el corazón palpitante a la escena de mi desastre.
Cerrando cuidadosamente la puerta desde dentro, inicié una intensa búsqueda. Era posible, pensaba yo, que oculto en algún oscuro rincón o escondido en algún cajón o armario pudiera encontrar aquel objeto perdido que buscaba. Tal vez tuviera forma vaporosa, incluso era posible que fuera tangible. La mayor parte de los filósofos son muy poco filosóficos con respecto a muchos aspectos de la filosofía. No obstante, William Godwin dice en su “Mandeville” que “las únicas realidades son las cosas invisibles”, y esto, como estarán todos ustedes de acuerdo, era un caso típico. Me gustaría que el lector juicioso lo pensara bien antes de afirmar que tal aseveración contiene una injustificada cantidad de lo absurdo. Anaxágoras, como todos recordarán, mantenía que la nieve es negra, y desde entonces he tenido ocasión de comprobar que esto es cierto.
Durante largo tiempo continué investigando con gran ardor, pero la despreciable recompensa que obtuvo mi perseverancia no fue más que una dentadura postiza, dos pares de caderas, un ojo y cierto número de billets-doux que el señor Windenough había mandado a mi esposa. Tal vez sea oportuno señalar que esta confirmación de las inclinaciones que mi dama sentía por el señor W. me produjeron poco desasosiego. Que la señora Lackobreath admirara algo tan distinto de mí era un mal natural y necesario. Yo soy, como todo el mundo sabe, de aspecto robusto y corpulento, siendo, al mismo tiempo, de estatura un tanto baja. ¿A quién puede entonces extrañar que aquel conocido mío, delgado como una espingarda y de una estatura que ha llegado a convertirse en proverbial, encontrara gran estima a los ojos de la señora Lackobreath? Sin ser correspondido, no obstante.
Mi trabajo, como ya había dicho antes, resultó infructuoso. Armario tras armario, cajón tras cajón, rincón tras rincón, fueron examinados sin conseguir nada. No obstante, en una ocasión, me pareció haber encontrado lo que buscaba, habiendo roto accidentalmente, al hurgar en una cómoda, una botella de aceite de los Arcángeles de Grandjean, el cual, siendo como es un agradable perfume, me tomo aquí la libertad de recomendarles.
Con un gran peso en el corazón volví a mi Boudoir para buscar allí algún método para eludir la agudeza de mi esposa hasta que pudiera hacer los arreglos necesarios antes de abandonar el piáis, porque a este respecto ya había tomado una decisión. En un clima extraño, siendo un desconocido, tal vez podría, con un cierto margen de seguridad, intentar ocultar mi desgraciada calamidad: una calamidad calculada, más aún incluso que la miseria, para privamos de los afectos de la multitud y para traer sobre el pobre desgraciado la muy merecida indignación de la gente feliz y virtuosa. Mis dudas duraron poco. Siendo por naturaleza un hombre de decisiones rápidas, me grabé en la memoria la tragedia completa de “Metamora”. Tuve la buena suerte de recordar que en la acentuación de este drama o, al menos, en la parte correspondiente al héroe, los tonos de voz que eran para mí inalcanzables, resultaban innecesarios, y que el tono que debía prevalecer monótonamente a todo lo largo de la obra era el gutural profundo.
Practiqué durante algún tiempo a la orilla de un pantano muy frecuentado. En este caso, no obstante, careciendo de toda referencia a que Demóstenes hubiera hecho algo similar, y más bien llevado por una idea particular y conscientemente mía. Cubiertas así mis defensas, decidí hacer creer a mi esposa que me había visto súbitamente asaltado por una gran pasión por el escenario.. En esto mi éxito tuvo las proporciones de un milagro; y me encontré en libertad de replicar a todas sus preguntas o sugestiones con algún pasaje de la tragedia en mis tonos más sepulcrales y parecidos al croar de una rana, lo que, según pude observar, se podía aplicar a casi cualquier circunstancia con buenos resultados. No obstante, no se debe suponer que al recitar los dichos pasajes prescindía de mirar con los ojos entrecerrados, de enseñar los dientes, de mover mis rodillas, de arrastrar los pies o de hacer cualquiera de esas gracias innominables que ahora se consideran con justicia características de un actor popular. Desde luego hablaron de ponerme la camisa de fuerza, pero, ¡bendito sea Dios!, jamás sospecharon que me hubiera quedado sin respiración.
Finalmente, habiendo puesto en orden mis asuntos, me senté a muy temprana hora de la mañana en el correo que iba a..., dejando entrever, entre mis amistades, que asuntos de la mayor importancia requerían mi inmediata presencia en aquella ciudad.
El coche estaba absolutamente atestado, pero en la incierta penumbra no había forma de distinguir las facciones de mis compañeros de viaje. Sin oponer ninguna resistencia acepté el ser colocado entre dos caballeros de colosales proporciones; mientras que un tercero, una talla mayor, excusándose por la libertad que iba a tomarse, se arrojó sobre mi cuerpo a todo lo largo que era y, durmiéndose al instante, ahogó todas mis protestas en un ronquido que hubiera hecho enrojecer de vergüenza a los bramidos del toro de Phalaris. Afortunadamente, el estado de mis facultades respiratorias convertían la muerte por asfixia en un accidente totalmente fuera de la cuestión.
No obstante, al ir aumentando la luz al acercarnos a la ciudad, mi torturador se levantó, y ajustándose el cuello de la camisa, me dio las gracias muy amistosamente por mi amabilidad. Viendo que yo permanecía inmóvil (todos mis miembros estaban dislocados y mi cabeza vuelta hacia un lado), empezó a sentir cierta aprensión, y despertando al resto de los pasajeros les comunicó con tono muy decidido que en su opinión les habían metido durante la noche a un hombre muerto a cambio de un hombre vivo y responsable, que además era su compañero de viaje; al llegar aquí me dio un puñetazo en el ojo derecho, a modo de demostración de la veracidad de sus palabras.
A raíz de esto todos creyeron su deber tirarme de la oreja uno por uno (había nueve en total). Un joven médico, habiendo aplicado un espejo de bolsillo a mi boca, y al encontrarme carente de respiración, afirmó que lo que había dicho mi perseguidor era cierto; y todo el grupo expresó su determinación de no aguantar pacíficamente tales imposiciones en el futuro y de no dar un solo paso más de momento con un cadáver a cuestas.
En consecuencia, fui arrojado fuera bajo la señal del “Crow” (taberna por delante de la cual pasaba casualmente el coche en aquel momento), sin más contratiempos que la fractura de mis dos brazos, por encima de los cuales pasó la rueda trasera izquierda del vehículo. También debo hacer justicia al conductor y decir aquí que no se le olvidó tirar detrás de mí el mayor de mis baúles, que cayó desgraciadamente sobre mi cabeza y me fracturó el cráneo de una forma a la vez interesante y extraordinaria.
El dueño del “Crow”, que es un hombre hospitalario, al verificar que había en mi baúl más que suficiente para indemnizarle por cualquier molestia que pudiera tomarse, mandó buscar a un cirujano amigo suyo, y me puso en sus manos, junto con una factura y un recibo por diez dólares.
El comprador me llevó a sus habitaciones y empezó inmediatamente con las operaciones. Una vez que hubo cortado mis orejas, no obstante, descubrió señales de vida. Hizo sonar entonces la campana y mandó a buscar a un farmacéutico de la vecindad para consultarle. Por si sus sospechas con respecto a mi estado resultaban finalmente confirmadas, él, mientras tanto, realizó una incisión en mi estómago, guardándose varias vísceras para hacer la disección en privado.
El farmacéutico tenía la impresión de que yo estaba muerto de verdad. Yo intenté refutar esta idea pateando y agitándome con todas mis fuerzas, y haciendo todo tipo de furiosas contorsiones, ya que las operaciones del quirófano me habían devuelto en cierta medida a la posesión de mis facultades. No obstante, todos mis esfuerzos fueron atribuidos a los efectos de una nueva pila galvánica, con la cual el farmacéutico, que es un hombre realmente informado, realizó diversos experimentos curiosos, en los cuales, debido a la parte que yo jugaba en ellos, no pude evitar el sentirme profundamente interesado. No obstante, era para mí una fuente de gran mortificación el que, a pesar de haber hecho varios intentos por hablar, mis poderes en ese sentido estuvieran tan disminuidos que ni siquiera podía abrir la boca; mucho menos, por lo tanto, dar la réplica a algunas ingeniosas pero fantásticas teorías, a las cuales, en otras circunstancias, mi profundo conocimiento de la patología Hipocrática podría haber suministrado una rápida refutación.
Incapaz de llegar a ninguna conclusión, los dos hombres decidieron conservarme para ulteriores exámenes. Fui trasladado a una buhardilla, y una vez que la mujer del cirujano me hubo puesto calzoncillos y calcetines, y el propio cirujano me hubo atado las manos y la mandíbula con un pañuelo de bolsillo, cerraron la puerta desde fuera y se fueron a toda prisa a comer, dejándome solo y sumido en el silencio y la meditación.
Descubrí entonces, con gran satisfacción, que podría haber hablado de no haber tenido la mandíbula atada con el pañuelo. Consolándome con esta idea estaba recitando mentalmente algunos pasajes de la “Omnipresencia de la Deidad”, como tengo por costumbre hacer antes de entregarme al sueño, cuando dos gatos de temperamento veraz y vituperable que acababan de entrar por un agujero de la pared, saltaron haciendo una cabriola a la Catalani y, aterrizando cada uno a un lado de mi cara, se enzarzaron en una indecorosa discusión por la negligible posesión de mi nariz.
Pero, al igual que la pérdida de sus orejas, supuso el ascenso al trono de Cirus, el Magián o Mige-gush de Persia, y al igual que la pérdida de su nariz, dio a Zopyrus la posesión de Babilonia, así la pérdida de unas pocas onzas de mis facciones, resultaron ser la salvación de mi cuerpo. Excitado por el dolor y ardiente de indignación, rompí al primer intento mis ataduras y el vendaje. Mientras cruzaba el cuarto, dirigí una mirada de desprecio a los beligerantes, y abriendo la ventana, con gran horror y desilusión por su parte, me precipité por ella, con gran destreza.
El ladrón de correos W..., con quien yo tenía singular parecido, estaba en aquel momento en tránsito desde la cárcel de la ciudad al cadalso erigido para su ejecución en los suburbios. Su extrema debilidad y su perenne mala salud le habían supuesto el privilegio de ir sin esposas, y vestido con su traje de ahorcado, muy similar al mío; yacía cuan largo era en el fondo del carro del verdugo (que casualmente estaba bajo las ventanas del cirujano en el momento de mi caída), sin más guardia que el conductor, que iba dormido, y dos reclutas del sexto de infantería, que estaban borrachos: Quiso mi mala suerte que cayera de pie al interior del vehículo. W..., que era un individuo con grandes reflejos, vio su oportunidad. Saltando inmediatamente, salió del carro, y metiéndose por una callejuela, se perdió de vista en un abrir y cerrar de ojos. Los reclutas, despertados por la agitación, fueron incapaces de captar la transacción. Viendo, no obstante, a un hombre exactamente igual que el felón de pie en medio del carro ante sus ojos, llegaron a la conclusión de que el muy sinvergüenza (refiriéndose a W...) estaba intentando escapar (así fue como se expresaron), y después de comunicarse el uno al otro esta opinión, echaron un trago de aguardiente cada uno, y después me derribaron con las culatas dé sus mosquetes.
No tardamos mucho en llegar a nuestro destino. Por supuesto, no había nada que decir en mi defensa. Mi destino inevitable era ser colgado. Me resigné a ello por lo tanto, con una sensación medio estúpida, medio sarcástica. Siendo poco cínico, sentía aproximadamente lo mismo que sentiría un perro. El verdugo, no obstante, ajustó el lazo alrededor de mi cuello. La trampilla se abrió.
Me abstendré de describir mis sensaciones en la horca, aunque sin duda podría hablar al respecto, y es un tema sobre el que nadie ha sabido hablar con propiedad. De hecho, para escribir acerca de semejante tema, es necesario haber sido ahorcado. Los autores deberían limitarse a hablar de temas sobre los que han tenido experiencia. Así fue como Marco Antonio compuso un tratado acerca de cómo emborracharse.
Podía, no obstante, mencionar, aunque sólo sea de pasada, que no me sobrevino la muerte. Mi cuerpo estaba allí, pero no tema respiración que perder, aun colgado, y si no hubiera sido por el nudo que había bajo mi oreja izquierda (que, por la textura, parecía ser de procedencia militar), me atrevería a decir que do hubiera experimentado casi ninguna molestia. En cuanto al tirón que sufrió mi cuello con la caída, resultó simplemente un correctivo para la torcedura que me había producido el caballero gordo del coche.
No obstante, y con muy buenos motivos, hice todo lo que pude porque la multitud presenciara un espectáculo digno de las molestias que se habían tomado. Según dicen, mis convulsiones fueron extraordinarias. Mis espasmos hubieran sido difíciles de superar. El populacho pedía un encoré. Varios caballeros se desmayaron, y una gran multitud de damas tuvieron que ser llevadas a sus casas con ataques de histeria. Pinxit se aprovechó de la oportunidad para retocar, a partir de un bosquejo que hizo allí mismo, su admirable cuadro de el Marsyas siendo desollado vivo.
Cuando ya les hube procurado suficiente diversión, consideraron que sería lo más adecuado quitar mi cuerpo de la horca, tanto más cuanto que el verdadero reo había sido capturado y reconocido entre tanto, hecho que yo tuve la mala suerte de no conocer.
Por supuesto que todo el mundo manifestó gran simpatía por mí, y ya que nadie reclamó mí cuerpo, se ordenó que fuera enterrado en un panteón público.
Allí, después de un intervalo de tiempo adecuado, fui depositado. El sacristán se fue y me quedé solo. Una frase del “Descontento”, de Marston:
“La muerte es un buen muchacho, y siempre tiene las puertas abiertas...”
me pareció en aquel momento una abominable mentira.
No obstante, arranqué la tapa de mi ataúd y salí. Aquel lugar era tremendamente siniestro y húmedo, me empecé a sentir repleto de ennui. A modo de entretenimiento, anduve a ciegas entre los numerosos ataúdes, dispuestos en orden a mi alrededor. Los bajaba uno por uno, y abriéndolos, me dedicaba a especular acerca de las muestras de mortalidad que habitaba en su interior.
Esto monologaba yo, tropezando con un cadáver congestionado, hinchado y rotundo:
«Esto ha sido, sin duda, en el más amplio sentido de la palabra, un hombre infeliz, desafortunado. Ha sido su terrible suerte el no poder andar normalmente, sino anadear, pasar por la vida no como un ser humano, sino como un elefante; no como un hombre, sino como un rinoceronte.
»Sus intentos de moverse en la vida han sido abortados, sus movimientos circungiratorios, un palpable fracaso. Intentando dar un paso hacia adelante ha tenido la desgracia de dar dos a la derecha y tres a la izquierda. Sus estudios se limitan a la poesía de Crabbe. No puede haber tenido ni idea de lo maravilloso de una pirouette. Para él, un pos de papillon no ha sido más que un concepto en abstracto. Jamás ha llegado a la cumbre de una colina. Jamás ha podido divisar desde lo alto de un campanario la gloría de ninguna metrópolis. El calor ha sido su enemigo mortal. En los días de perros, sus días han sido los días de un perro. En ellos ha soñado con llamas y ahogos, con montanas y más montañas, con Pellón sobre Ossa. Siempre le faltaba la respiración, en una palabra, le faltaba la respiración. Le parecía extravagante tocar instrumentos de viento. Él fue el inventor de los abanicos semovientes, las velas de viento y los ventila» dores. Patrocinó a Du Pont, el fabricante de fuelles, y murió miserablemente al intentar fumarse un cigarro. Su caso era uno por el que yo sentía gran interés, y con el que simpatizaba en gran medida.
«Pero aquí -dije yo, aquí, arrastrando despreciativamente de su receptáculo una forma alta, delgada y de aspecto peculiar, cuya notable apariencia me hizo sentir una indeseada sensación de familiaridad, aquí hay un desgraciado que no tiene derecho a esperar ninguna conmiseración terrena».
Al decir esto, y para conseguir una más clara visión del individuo, le sujeté por la nariz con el pulgar y el índice, y haciéndole asumir sobre el suelo la posición de sentado, le mantuve así, con mi brazo extendido, mientras continuaba mi soliloquio.
“Que no tiene derecho -repetí- a esperar ninguna conmiseración terrena. En efecto, ¿a quién se le podría ocurrir tener compasión de una sombra? Lo que es más, ¿acaso no ha disfrutado él ya de una parte más que suficiente de los bienes de la mortalidad? Él fue el origen de los monumentos elevados, altas torres, pararrayos, álamos de Italia. Su tratado acerca de “Tonos y Sombras” le ha inmortalizado. Editó con distinguida habilidad la última edición de “”Al sur en el Bones”. Fue joven a la Universidad y estudió Ciencias Neumáticas. Después volvió a casa, hablaba incesantemente y tocaba la trompa. Favorecía el uso de la gaita. El capitán Barclay, que caminó contra el Tiempo, fue incapaz de caminar contra él. Windham y Allbreath eran sus escritores favoritos. Su artista favorito, Phiz. Murió gloriosamente mientras inhalaba gas, levique flatu conrupitur, como la fama pudicitiae en Hieronymus.[1] Era indiscutiblemente un...
-¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve? -me interrumpió el objeto de mi animadversión, jadeando y arrancándose con un esfuerzo desesperado la venda que rodeaba sus mandíbulas. ¿Cómo se atreve, Sr. Lackobreath a ser tan infernalmente cruel como para pellizcarme la nariz de esa manera? ¿Acaso no vio usted que me habían sujetado la mandíbula, y tiene usted que saber, si es que sabe algo, que tengo que disponer de una enorme cantidad de aire? No obstante, si es que no lo sabe, siéntese y lo verá. En mi situación, es realmente un gran descanso el poder abrir la boca, el poder explayarse, poder comunicar con una persona como usted, que no se considera obligado a interrumpir a cada momento el hilo del discurso de un caballero. Las interrupciones son muy molestas, y deberían sin duda ser abolidas, ¿no le parece?... No conteste, se lo ruego, conque hable una persona a la vez es suficiente. Cuando yo haya acabado, podrá empezar usted. ¿Cómo demonios, señor, ha llegado usted aquí? Ni una palabra, se lo ruego... por mi parte, yo llevo aquí algún tiempo. ¡un terrible accidente! ¿Habrá oído hablar de ello, supongo? ¡Catastrófica calamidad! Pasaba yo por debajo de sus ventanas, hace poco tiempo, en la época en la que tema usted la manía del teatro, y, ¡horrible ocurrencia! Habrá oído usted decir eso de coger aire, ¿eh? ¡Silencio hasta que yo se lo diga! ¡Pues yo cogí el aire de alguna otra persona! Siempre tuve demasiado del mío, y me encontré con Blab en la esquina de la calle y no me dio la oportunidad de decir ni una palabra, no conseguí meter una sílaba ni de costado, en consecuencia tuve un ataque de epilepsia... Blab se escapó... ¡malditos sean los idiotas!... me dieron por muerto y me metieron en este lugar... ¡todo muy bonito!... He oído todo lo que ha dicho acerca de mí... No había ni una sola palabra cierta en todo ello... ¡Horrible!... ¡Maravilloso!... ¡Repugnante!... ¡Odioso!... ¡Incomprensible!... etcétera, etcétera... etcétera... etcétera... Resulta impo-sible concebir mi asombro ante un discurso tan inesperado, o el júbilo con el que gradualmente me fui convenciendo de que el aire tan afortunadamente cogido por aquel caballero (al que pronto identifiqué con mi vecino Windenough) era de hecho la expiración que se me había perdido a mí durante la conversación con mi esposa. El tiempo, el lugar y las circunstancias convertían aquello en algo más allá de toda posibilidad de discusión. No obstante, no solté inmediatamente la probóscide del Sr. W..., al menos no durante el largo período de tiempo durante el cual el inventor de los álamos italianos continuó favoreciéndome con sus explicaciones.
En este sentido, mis actos estaban dominados por esa prudencia habitual que ha sido siempre mi característica predominante. Reflexioné que podía haber aún muchas dificultades en el camino de mi preservación, que sólo grandes esfuerzos por mi parte podrían llevarme a superar. Muchas personas, consideré, son dadas a valorar las comodidades que tienen en sus manos, por poco valiosas que puedan resultar a su propietario, por muy molestas u onerosas que sean, en razón directa a las ventajas que puedan obtener los demás de su posesión, o ellos mismos de su abandona ¿No sería tal vez éste el caso del Sr. Windenough? Al manifestar mi interés por esa respiración que en aquel momento estaba deseando perder de vista, ¿no estaría acaso poniéndome a merced de los ataques de su avaricia? Hay muchos seres ruines en este mundo, recordé con un suspiro, que no tendrían escrúpulos en jugar con ventaja incluso contra el vecino de al lado, y (este comentario es de Epictetus) es precisamente en esos momentos en que los hombres están más deseosos de librarse de la carga de sus propias calamidades, en los que se sienten menos dispuestos a aliviar la carga de los demás.
Basándome en consideraciones similares a ésta, y manteniendo aún bien sujeta la nariz del Sr. W..., me pareció propio lanzar mi respuesta.
-¡Monstruo! -empecé con un tono de la más profunda indignación-. ¡Monstruo! E idiota con doble respiración... ¿os atrevéis acaso, digo, vos, a quien los cielos han castigado por vuestras iniquidades con una doble respiración... Osáis vos, insisto, dirigiros a mí con el tono familiar con el que os dirigiríais a un conocido?... “Miento” ¡El cielo me valga! Y “estese callado”. ¡Cómo no! ¡Bonita conversación, sin duda, para un caballero que disfruta de una sola respiración! Y todo esto, además, cuando yo tengo en mis manos la posibilidad de aliviar la calamidad que usted, con tanta justicia, sufre; de recortar lo superfino de su desgraciada respiración.
Al igual que Brutus, hice una pausa en espera de respuesta, con la cual, como si fuera un tomado, me abrumó inmediatamente el Sr. Windenough. Protesta tras protesta, y excusa tras excusa. No existía ningún término que no estuviera dispuesto a aceptar, y yo no dejé de sacar ventaja de ninguno de ellos.
Una vez resueltos los preliminares, aquel conocido mío me dio la respiración, por lo cual (después de examinarla cuidadosamente) le di un recibo.
Soy consciente de que para muchos yo seré culpable de hablar de una manera tan prosaica de una transacción tan impalpable. Posiblemente piensen que debería haber narrado con más detalle y minuciosidad un hecho por medio del cual, y esto es muy cierto, se podría arrojar mucha luz sobre una interesante rama de la filosofía física.
Lamento no poder responder a todo esto. Tan sólo me puedo permitir dar una pequeña pista a modo de respuesta. Dadas las circunstancias... aunque pensándolo mejor creo que será mucho más seguro decir lo menos posible acerca de un asunto tan delicado, tan delicadas, repito, que en aquel momento incluían los intereses de una tercera persona, en cuyo sulfuroso resentimiento no tengo, de momento, ninguna gana de incurrir.
No tardamos gran cosa, una vez hechos los arreglos precisos, en escaparnos de los sótanos del sepulcro. La fuerza conjunta de nuestras resucitadas voces se hizo rápidamente evidente. Scissors, el editor Whig, reeditó un tratado acerca de “La naturaleza y origen de los ruidos subterráneos”. En las columnas de una gaceta democrática apareció una respuesta, luego, una contrarréplica, una refutación y una justificación. Tan sólo, después de haber abierto el panteón para decidir cuál de los dos tenía razón, la aparición del Sr. Windenough y mía demostró a ambos que estaban totalmente equivocados

1.011. Poe (Edgar Allan)





[1] Tenera res in feminis fama pudicitiae, et quasi flos pulcherrimus citoad marcescit auram, levique flatu corrupitur, maxime, etc. (Hieronymus and Salviniam).

La mascara de la muerte roja

La Muerte Roja había despoblado durante largo tiempo la comarca. Jamás hubo peste tan fatal, tan horrorosa. Su avatar era la sangre, lo rojo y la fealdad de la sangre. Eran unos dolores agudos, un vértigo repentino y después un sudor abundante por los poros y la disolución del ser. Unas manchas rojizas en el cuerpo y especialmente en la cara de la víctima la desechaban de la humanidad y le negaban todo socorro y toda simpatía. La invasión, el progreso, el resultado de la enfermedad, todo esto era cuestión de media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus do-minios estuvieron medio despoblados, reunió un millar de amigos vigorosos y alegres de corazón, elegidos entre los caballeros y las damas de su corte, y se arregló con ellos un retiro impenetrable en una de sus abadías fortificadas. Era una vasta y magnífica construcción, creación del Príncipe, de un gusto original y, sin embargo, grandioso. Un ancho y ele­vado muro la rodeaba. Este muro tenía unas puertas de hierro. Los cor­tesanos, una vez que hubieron entrado, se sirvieron de hornillos y de sólidas mazas para soldar los cerrojos. Decidieron fortificarse contra los impulsos de la desesperación exterior y cerrar toda salida a los frenesíes de la interior. La abadía fue abastecida con largueza. Gracias a estas pre­cauciones, los cortesanos podían desafiar el contagio. El mundo exterior ya se arreglaría como pudiese. Entre tanto, era una locura afligirse o pen­sar en él. El Príncipe había provisto con toda clase de placeres aquella mansión. Había bufones, improvisadores, bailarinas, músicos y lo bello en todas sus formas; había vino. Allí dentro había todas estas cosas y la seguridad. Afuera, la Muerte Roja.
Fue hacia finales del quinto o sexto mes de encierro, mientras la plaga hacía estragos con más rabia afuera, cuando el príncipe Próspero obsequió a sus mil amigos con un baile de disfraces de la más insólita magnificencia.
¡Qué cuadro más voluptuoso el de aquella mascarada! Pero antes permitidme describiros los salones donde tuvo lugar. Eran siete, en una hilera imperial. En muchos palacios, estas series de salones forman lar­gas perspectivas en línea recta, cuando las puertas están abiertas de par en par, de modo que la mirada se hunde hasta el final sin obstáculo. Allí el caso era muy diferente, como era de suponer por parte del Príncipe, dada su grandísima predilección por lo original. Los salones estaban tan irregular-mente dispuestos que la mirada sólo podía alcanzar uno cada vez. Pasado un espacio de veinte o treinta yardas había una brusca revuelta y a cada codo un nuevo aspecto. A derecha y a izquierda, en medio de cada muro, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corre­dor cerrado que seguía las sinuosidades de la estancia. Cada ventana estaba hecha con cristales de colores, en armonía con el tono predomi­nante en los decorados del salón sobre el cual se abría. El que ocupaba el extremo oriental, por ejemplo, estaba tapizado de azul y las ventanas eran de un azul fuerte. La segunda pieza estaba adornada y tapizada de púrpura, y las vidrieras eran púrpuras. La tercera, completamente verde, y verdes sus ventanas. La cuarta, decorada en anaranjado, estaba ilumi­nada por una ventana anaranjada; la quinta, blanca; la sexta, violeta. El séptimo salón estaba rigurosa-mente sepultado en colgaduras de tercio­pelo negro, que cubrían todo el techo y las paredes y que caían en pesa­dos pliegues sobre un tapiz de la misma tela y de igual color. Pero en esta habitación únicamente el color de las ventanas no correspondía con el del decorado. Los cristales eran escarlatas, de un intenso color de sangre.
Ahora bien, en cada uno de estos salones, entre los adornos de oro esparcidos aquí y allá o colgados del artesonado, no se veía ninguna lámpara ni ningún candelabro. Ni luces ni velas; ninguna luz de esa clase en aquella larga tirada de habitaciones. Pero en los corredores que les servían de cerca, precisamente enfrente de cada ventana, se levantaba un enorme trípode con un fuego intensísimo que proyectaba sus rayos a través de los cristales de color y que iluminaba el salón de una manera deslumbrante. Así se producía una multitud de aspectos variadísimos y fantásticos. Pero en el salón del poniente, el salón negro, la luz de la hoguera que caía sobre las colgaduras negras, a través de los cristales sangrientos, era espantosamente siniestra y daba, a los rostros de los imprudentes que allí entraban, un aspecto tan extraño que muy pocos bailarines tenían valor para poner los pies en su mágico recinto. También en ese salón era donde se levantaba, apoyado sobre el muro del poniente, un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un tic tac sordo, pesado, monótono, y, cuando la aguja había dado la vuelta a la esfera e iba a sonar la hora, salía de los pulmones de bronce de la máqui­na un sonido claro, brillante, profundo y excesiva-mente musical, pero de una nota tan singular y de una energía tal que de hora en hora los músi­cos de la orquesta se veían precisados a interrumpir por un momento sus acordes para oír la hora; los que valsaban tenían que cesar forzosamen­te en sus evoluciones; una turbación momentánea invadía a toda la ale­gre reunión y, mientras sonaba la campana, se notaba que los más locos palidecían y que los de más edad y los más sensatos se pasaban las manos por sus frentes, como en una meditación o en un sueño febril. Pero en cuanto el eco se había desvanecido por completo, una ligera hilaridad circulaba por toda la reunión; los músicos se miraban unos a otros, son­riéndose de sus nervios y de su locura, y jurándose por lo bajo que las próximas campanadas no producirían en ellos la misma emoción, y luego, cuando después de la fuga de los sesenta minutos que compren­den los tres mil seiscientos segundos de la hora desaparecida, llegaba una nueva campanada del reloj fatal, había la misma turbación, el mismo estremecimiento, los mismos ensueños.
Pero, a pesar de todo esto, era aquélla una alegre y magnífica orgía. El gusto del Príncipe era muy singular. Tenía una vista infalible en lo referente a colores y efectos. Despreciaba los decora de moda. Sus pro­yectos eran temerarios y salvajes y sus concepciones brillaban con bár­baro resplandor. Muchas personas lo hubiesen tomado por loco. Sus cortesanos bien comprendían que no lo estaba. Pero había que oírlo, verlo y tocarlo para convencerse de ello.
Con motivo de aquella gran fiesta había dirigido en gran parte el decorado mobiliario de los siete salones y su propio gusto había elegido el estilo de los disfraces. Seguramente eran creaciones grotescas. Resul­taba deslumbrador, brillante; había algo de chocante y de fantástico, mucho de lo que se vería después en Hernani. Había figuras verdadera­mente árabes ataviadas absurdamente, concebidas con incongruencia; fantasías monstruo-sas como la locura; había cosas bellas, cosas licencio­sas, cosas extravagan-tes en gran cantidad, unas cuantas terribles, y cosas repugnantes a granel. En resumen, era una multitud de sueños que se pavoneaban, aquí y allá, en los siete salones. Y aquellos sueños se con­torsionaban en todos sentidos, tomando el color de las habitaciones, y se hubiera dicho que tocaban la música con los pies y que los extraños acordes de la orquesta eran el eco de sus pasos.
Y de vez en cuando se oye sonar el reloj de ébano del salón de ter­ciopelo. Y entonces, por un momento, todo se detiene, todo calla, menos la voz del reloj. Se hielan los sueños, paralizados en sus posturas. Pero los ecos de la campana se desvanecen, no han durado más que un instante, y, apenas han desaparecido, cuando una ligera hilaridad mal reprimida circula por todos lados. Y la música se eleva de nuevo y los sueños reviven y se retuercen aquí y allá más alegremente que nunca, reflejando el color de las ventanas, a través de las cuales fluyen los rayos de los trípodes. Pero en la estancia que está allá, al poniente, ninguna máscara se atreve ya a aventurarse, pues la noche avanza y una luz cada vez más roja pasa por los cristales de color de sangre, y la negrura de los tapices fúnebres es aterradora, y, al aturdido que pisa el tapiz fúnebre, le envía el reloj de ébano una campanada más pesada, más solemnemente enérgica que la que hiere los oídos de las máscaras que giran y regiran en el alejado abandono de los otros salones.
En cuanto a éstos, estaban rebosantes de gente, y el corazón de la vida latía allí febrilmente. Y la fiesta seguía en pleno arrebato, cuando al fin se elevó el sonido de la medianoche en el reloj. Entonces, como ya he dicho, la música se detuvo; el girar de los bailarines se suspendió; una angustiosa inmovilidad lo paralizó todo igual que antes. Pero el timbre del reloj tenía que tocar esta vez doce campanadas; así, pues, acaso haya todavía más profundidad en las meditaciones de los que pensaban entre aquella multitud festejadora. Y, quizá debido a eso mismo, varias perso­nas entre aquella multitud, antes de que los últimos ecos de la postrer campanada estuviesen ahogados en el silencio, habían tenido tiempo para percatarse de la presencia de una máscara que hasta entonces no había llamado para nada su atención. Y habiéndose comunicado la noti­cia de esta intrusión en un cuchicheo a la redonda, se elevó en toda la concurrencia un zumbido, un murmullo significativo de asombro y de reprobación, y finalmente de terror, de espanto y de repulsión.
En una reunión de fantasmas como la que he descrito era preciso una aparición muy extraordinaria para causar tal sensación. La libertad carnavalesca de aquella noche era, eso sí, casi ilimitada, pero el perso­naje en cuestión había superado la extravagancia de un Herodes y pasa­do los límites complacientes, sin embargo, de la moralidad impuesta por el Príncipe. Hay en los corazones de los más apáticos cuerdas que no se dejan tocar sin emoción. Hasta en los más depravados, hasta en aque­llos para quienes la vida y la muerte son siempre un juego, hay cosas con las que no puede jugarse. Toda la concurrencia pareció entonces sentir profunda-mente el mal gusto y la inconveniencia de la conducta y del traje del desconocido. El personaje era alto y descarnado y estaba envuelto en un sudario desde la cabeza hasta los pies. La careta que le tapaba el rostro representaba tan admirable-mente la fisonomía rígida de un cadáver que el análisis más minucioso hubiese descubierto con difi­cultad el artificio. Y sin embargo, todos aquellos locos alegres hubiesen quizá soportado y hasta aprobado aquella broma desagradable. Pero la máscara se había atrevido a adoptar hasta el tipo de la Muerte Roja. Su traje estaba manchado de sangre y su ancha frente, así como sus demás facciones, estaban salpicadas con el espantoso escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero se fijaron en aquella figura de espectro que con pausado movimiento, solemne, enfático, como para representar mejor su papel, se paseaba entre los bailarines, se lo vio convulso en el primer momento por un violento estremecimiento de terror o de repugnancia, pero luego su frente enrojeció de cólera:
-¿Quién se atreve -preguntó con voz ronca a los cortesanos, de pie a su alrededor-, quién se atreve a insultarnos con esta ironía blas­fematoria? Apoderaos de él y desenmascaradlo para que sepamos a quién vamos a colgar de las almenas en cuanto salga el sol.
Era en el salón del este o cámara azul donde se hallaba el príncipe Próspero cuando pronunció estas palabras. Resonaron fuerte y clara­mente a través de los siete salones, pues la música se había parado a una señal de su mano.
Era en la cámara azul donde estaba el Príncipe con un grupo de páli­dos cortesanos en torno suyo. Al principio, mientras hablaba, hubo en el grupo un ligero movimiento de avance hacia el intruso, que estuvo durante un momento casi a su alcance y que ahora con un paso delibe­rado y majestuo-so se acercaba cada vez más al Príncipe. Pero debido a cierto terror indefini-do que la audacia insensata del enmascarado había inspirado a toda la concurrencia, no hubo nadie que se atreviese a ponerle la mano encima; así al no encontrar ningún obstáculo cruzó a dos pasos de la persona del Príncipe, y mientras que la inmensa asam­blea, como obedeciendo a un mismo impulso, retrocedía desde el centro hasta los muros, él prosiguió su camino sin interrupción, con aquel mismo paso solemne y mesurado que lo había caracterizado desde el principio, desde la cámara azul a la cámara púrpura, de ésta a la cámara verde, de la verde a la anaranjada, de ésta a la blanca y de ésta a la violeta, antes de que hubiesen hecho un movimiento decisivo para detenerlo.
Fue entonces, sin embargo, cuando el príncipe Próspero, exaspera­do de rabia y de vergüenza por su cobardía momentánea, se lanzó preci­pitadamente a través de seis cámaras, sin que nadie lo siguiese, pues un terror mortal se había apoderado de todo el mundo. Blandía un puñal desenvainado y se había acercado impetuosa-mente a una distancia de tres o cuatro pies del fantasma que se batía en retirada, cuando este últi­mo, llegado al final del salón de terciopelo, se volvió bruscamente e hizo frente a su perseguidor. Sonó un grito agudo y el puñal se deslizó relam­pagueante hasta el fúnebre tapiz sobre el cual caía muerto el príncipe Próspero un segundo después.
Entonces, invocando el valor impetuoso de la desesperación, un tro­pel de máscaras se precipitó a un mismo tiempo en la negra estancia y atrapando al desconocido, que se mantenía inmóvil y erguido como una gran estatua, en la sombra del reloj de ébano, se sintieron sofocados por un terror indecible, al ver que bajo el sudario y la mascarilla cadavérica no se alojaba ninguna forma palpable.
Reconocieron entonces la presencia de la Muerte Roja. Había llega­do como un ladrón nocturno. Y todos los invitados cayeron uno por uno en los salones de la orgía, inundados de un rocío sangriento, y cada uno de ellos murió en la postura desesperada de su caída.
La vida del reloj de ébano desapareció con la del último de aquellos seres alegres. Las llamas de los trípodes se extinguieron. Y las tinieblas, la ruina y la Muerte Roja establecieron sobre todas las cosas su ilimitado imperio.

1.011. Poe (Edgar Allan)

La isla del hada

Marmontel,  en  esos  "Contes  Moraux" (cuentos  de  costumbres)  que  nuestros  traductores se obstinan en llamar "Moral Tales" (cuentos  morales),  como  si  nos  burlásemos de  su  verdadero  espíritu,  dice:  "La  musique est  le  seul  des  talents  qui  jouissent  de  lui meme; tous les autres, veulent des témoins". ("La música es la única habilidad que se disfruta por sí misma; les demás necesitan testigos").
Marmontel confunde aquí el placer que se deriva de oír sonidos agradables con la capacidad  de  crearlos.  La  música,  como  ningún otro talento, no es capaz de producir un goce completo si no existe otra persona para apreciar su ejecución. Este arte sólo tiene de común  con  los  demás  artes  la  propiedad  de producir  "efectos",  que  pueden  ser  gozados plenamente en la soledad. La idea que el "raconteur" no ha podido concebir claramente o que  ha  sacrificado  su  expresión  a  la  afición nacional del rasgo de ingenio, es, sin duda, la muy sostenible de que el orden más alto de la música es el que de modo más absoluto se siente cuando estamos completamente solos.
La proposición, formulada de esta forma, será inmediatamente  admitida  por  aquellos  que aman la lira por sí misma y por sus valores espirituales. Pero existe todavía un placer al alcance  de  la  humanidad  doliente  (y  quizá sea éste el único) que debe aún más que la música al disfrute paralelo de la sensación de soledad. Quiero decir la felicidad que proporciona la contemplación de un paisaje natural.
En verdad, el hombre que desea contemplar cara a cara la gloria de Dios sobre la Tierra debe contemplar en soledad esta gloria. A mí, al menos, la presencia no de la vida humana únicamente, sino de la vida en cualquier otra forma que no sea la de los elementos vegetales que crecen sobre el suelo y no tienen voz, es un borrón para el paisaje y está en contraposición con el genio del mismo. Me gusta, en efecto, contemplar los oscuros valles y las rocas grises, y las aguas que silenciosamente sonríen,  y  los  bosques  que  suspiran  en  intranquilos  ensueños,  y  las  orgullosas  y  vigilantes monta-ñas que nos miran desde lo alto.
Me gusta contemplar estas cosas por sí mismas, pero no aisladamente, sino como colosales miembros de un vasto conjunto animado  y  consciente,  como  un  todo,  cuya  forma (la  de la  esfera)  es  la  más  perfecta  y  comprensiva de todas las estructuras; cuya ruta transcurre  entre  otros  planetas;  cuya  dócil servidora es la Luna; cuyo soberano inmediato es el Sol; cuya vida es la eternidad; cuyo pensamiento es Dios; cuyo placer es el conocimiento;  cuyos  destinos  se  pierden  en  la inmensidad, y cuyo conocimiento de nosotros mismos  es  semejante  al  que  nosotros  tene-mos de los animálculos que infectan el cerebro...;  un  conjunto  que,  en  consecuencia, consideramos  tan  animado  y  material  como estos animál-culos deben consideramos a nosotros.
Nuestros telescopios e investigaciones matemáticas  aseguran  en  todos  sentidos,  y  a pesar del confusionismo de la más ignorante clerecía, que el espacio, y, por consiguiente, el volumen, constituye una importante consi-deración  a  los  ojos  del  Todopoderoso.  Las órbitas por las que se mueven los astros son las más adaptadas para la evolución sin choque  del  mayor  número  posible  de  cuerpos.
Las  formas  de  estos  cuerpos  están  exactamente dispuestas de manera que una superficie  determinada  pueda  contener  la  mayor cantidad de materia, y están dispuestas para acomodar una población más densa de la que hubiesen podido acomodar si hubiesen estado dispuestas de otro modo. No existe argumento contra la idea, aunque el espacio sea infini-to, de que el volumen tiene valor a los ojos de Dios, porque puede haber una infinita materia para llenarlo. Y puesto que vemos claramente que el dotar a la materia de vitalidad es un principio y, por lo que podemos juzgar, el principal de todos en las operaciones de la Divinidad, carecería de toda lógica el imaginar  a  Dios  confinado  en  las  regiones  de  lo minúsculo, donde diariamente se nos revela, y no extenderse a las regiones de lo augusto.
Cuando describimos círculos dentro de círculos sin fin, evolucionando todos alrededor de uno,  único  y  distante,  que  es  la  cabeza  de Dios,  ¿no  podemos  suponer  analógicamente que del mismo modo, hay una vida dentro de otra,  la  menor  dentro  de  la  mayor,  y  todo dentro del Espíritu Divino? En resumen: que erramos fatalmente por un efecto de autoes-timación, cuando creemos que el hombre, en sus  destinos  temporales  o  futuros,  es  más importante que el Universo, que aquel enorme "légamo del valle" que cultiva y desprecia y al que niega la existencia de un alma por la sola razón, y sin que tenga otra más profunda, que la de no verla en acción.
Estas  fantasías,  y  otras  del  mismo  estilo, siempre  han  dado  a  mis  meditaciones  entre las  montañas  y  las  selvas,  por  los  ríos  y  el océano, un tinte de lo que la gente corriente no dejaría de considerar fantástico. Mis vagabundeos  por  tales  escenarios  naturales  han sido muchos, de largo alcance y de ordinario solitarios. Y el interés con que he errado por un valle profundo, o contemplado el cielo reflejado  en  numerosos  y  brillantes  lagos,  ha sido un interés grandemente aumentado por el pensamiento de que yo estaba perdido y lo observaba solo. ¿Qué charlatán francés fue el que dijo, refiriéndose al conocido trabajo de Zimmerman,  que  "La  solitude  est  une  belle chose; mais it faut quelqu'un pour vous dore que la solitude es une belle chase"? ("Ya verdad es muy bonita; pero es preciso que haya alguien que pueda decíroslo"). El epigrama no se  puede  contradecir;  pero  tal  necesidad  es una cosa que no existe.
Durante  uno  de  mis  paseos  solitarios,  en medio de una región muy distante, encerrada entre montañas, con tristes ríos y lagos melancólicos  que  serpenteaban  o  dormían,  me hallé  por  casualidad  ante  un  río  en  el  que había una isla. Corría el frondoso mes de junio, y me tumbé sobre el césped, debajo de las ramas de un oloroso y desconocido arbusto,  quedándome  adormecido  mientras  contemplaba el paisaje. Sentí que aquélla era la única forma en que podía hacerlo; tal era el carácter fantasmagórico que ofrecía.
Por todos lados -salvo en el oeste, donde el sol estaba  casi a punto de  ocultarse-  se elevaban  las  murallas verdes  del  bosque.  El pequeño  río,  que  describía  una  curva  muy cerrada en su curso y de este modo se ocul-taba inmediatamente a mi vista hacía el este, parecía que no podía salir de su prisión sino para ser absorbido por el follaje de los árboles, mientras que por el lado opuesto (así me pareció  mientras  yacía  en  el  suelo,  con  la mirada hacia arriba) caía en el valle silenciosamente y de forma continua una rica cascada dorada y purpúrea, lanzada por las fuentes del cielo, allí por donde se pone el sol.
A mitad del camino, dentro de la pequeña perspectiva  que  alcanzaba  mi  mirada,  reposaba en el seno de la corriente una pequeña isla circular, profundamente llena de verdor.
"Tan  fundidas  las  riberas  y  las  sombras que todo parecía suspendido en el aire".
El agua cristalina era tan semejante a un espejo  que  era  casi  imposible  decir  en  qué punto  de  la  orilla  esmeralda  comenzaba  su transparente dominio. Mi posición me permitía abarcar de una sola mirada las extremida-des este y oeste de la isla, y observé en sus aspectos  una  diferencia  singularmente  marcada. La parte oeste era un radiante harén de floridas bellezas. Brillaba y enrojecía bajo la mirada del sol y reía desmayadamente a través de sus flores. La hierba era corta, flexible y aromática, salpicada de asfódelos. Los árboles eran jóvenes, risueños, erguidos, esbeltos  y  graciosos,  orientales  por  el  follaje  y forma,  con  corteza  lisa,  lustrosa  y  parcialmente  coloreada.  Por  todas  partes  parecía flotar  un  sentimiento  de  felicidad  y  vida;  y aunque  no  soplaba  viento  alguno,  todo  se movía, agitado por el suave balanceo de incontables mariposas, a las que podía confundirse con tulipanes alados.
El otro extremo de la isla, el oriental, estaba sumido en una sombría negrura. Una neblina de melancolía, todavía hermosa y reposada,  envolvía  todas  las  cosas.  Los  árboles eran de un color oscuro, de lúgubre forma y aspecto, retorciéndose en figuras tristes, solemnes y espectrales, que traían a la mente ideas  de  pesar  mortal  y  muerte  prematura.
La hierba tenía el tinte profundo de los cipreses y las puntas de sus briznas colgaban lánguidamente, y entre ellos se elevaban, aquí y allá,  muchos  toscos  montículos,  bajos  y  estrechos,  no  demasiado  largos,  que  tenían  el aspecto de tumbas, aunque, desde luego, no lo eran, si bien trepaban por todas las partes de su superficie las matas de ruda y de rome-ro. La sombra de los árboles caía pesadamente sobre  el agua y parecía quedar allí enterrada, impregnando de oscuridad las profundidades del líquido elemento.
Imaginé  que  cuando  el  sol  bajara  más  y más,  cada  sombra  se  sepa-raría  con  gesto huraño del tronco que le daba vida, y así de este  modo  sería  absorbida  por  la  corriente, en tanto que otras sombras nacerían a cada momento  de  los  árboles,  ocupando  el  lugar de sus difuntas predecesoras.
Una vez que esta idea tomó cuerpo en mi imaginación, excitó a ésta en grado  sumo y me quedé extraviado en otros ensueños. "Si alguna vez hubo una isla encantada -me dije a mí mismo, ésta es una de ellas". Éste es el lugar de unas cuantas hadas gentiles que sobreviven a la destrucción de su raza. ¿Serán  suyas  estas  tumbas  verdes?  ¿O,  por  el contrario,  entregan  ellas  sus  dulces  existencias del mismo modo que la humanidad deja las  suyas?  ¿Será  acaso  su  muerte  una  consunción melancólica? ¿Entregarán a Dios poco a poco su existencia, como los árboles entregan sus sombras una tras otra, agotando su sustancia lentamente, hasta la disolución? Lo que el árbol decadente es para el agua que embebe  su  sombra,  ennegreciéndose  cada vez más a medida que devora su presa. ¿No será lo que la vida de las hadas pueda ser a la muerte que las consume?"
Cuando  así  meditaba, con  los  ojos  medio cerrados,  mientras  el  sol  se  hundía  rápidamente hacia su ocaso y la mortecina corriente iba  deslizán-dose  alrededor  de  la  isla,  arrastrando en su seno grandes, resplan-decientes y blancas tiras que se habían desprendido de los sicómoros -tiras que una ardiente imaginación  podría  convertir,  gracias  a  las  múlti-ples posiciones que adoptaban sobre el agua, en  lo  que  le  agradara-;  mientras  de  este modo  soñaba,  me  pareció  que  la  figura  de una de esas hadas con quienes yo había soñado salía lentamente del extremo  oeste de la isla, internándose en las tinieblas. Iba erguida en una singular y frágil canoa y la movía  con  un  simple  remo  fantasmal.  Mientras estuvo sometida a la influencia de las rayos del sol, su actitud parecía indicar alegría, pero se alteró por la angustia cuando pasó a la zona  de  las  sombras.  Lentamente  fue  deslizándose y al final rodeó la isla y volvió a pe-netrar en la zona de luz. "La vuelta que acaba de  dar  el  hada  -continué  musitando  en  mi interior-es la vuelta de un breve año de su vida. Ha flotado a través del invierno y a través del verano. Ella está un año más cerca de la  muerte,  pues  yo  he  podido  ver  cómo, cuando se acercaba a la zona tenebrosa, su sombra se desprendía de ella y era absorbida por  el  agua  oscura,  haciendo  ésta  todavía más negra".
De nuevo apareció el bote con el hada; pero en la actitud de ésta había más de cuidado y de incertidumbre y menos de extática alegría. De nuevo flotó desde la luz a la oscuridad (que se acendraba por momentos) y de nuevo  su  sombra,  desprendiéndose  de  ella, caía en las aguas de ébano y era absorbida por ellas. Una vez y otra describió el circuito alrededor de la isla (mientras el sol se precipitaba en su caída); y cada vez que salía a la luz se observaba mayor pesar en su persona; tornábase más débil, más abatida y más desdibujada; y cada vez que se internaba en la oscuridad  se  le  desprendía  una  sombra  de progresiva negrura. Finalmente, cuando el sol había  desaparecido  por  completo,  el  hada, puro fantasma de sí misma, penetró desconsoladamente con su barca en la región del río de ébano. No puedo decir si volvió a salir de allí, pues la oscuridad cubrió todas las cosas y ya no volví a contemplar su mágica figura.

1.011. Poe (Edgar Allan)

La esfinge

Durante el pavoroso reinado del cólera en Nueva  York,  acepté  la  invitación  de  un  pariente para pasar quince días con él en el retiro de su cottage orné, a orillas del Hudson. Teníamos  allí  a  nuestro  alrededor  todos  los medios  corrientes  de  esparcimiento  veraniego,  y  entre  vagar  por  los  bosques,  dibujar, pasear en bote, pescar, bañarnos, oír música y leer habríamos pasado el tiempo bastante agradablemente, si no fuera por las terribles noticias que nos llegaban todas las mañanas desde  la  populosa  ciudad.  No  había  día  que no  nos  trajese  nuevas  del  fallecimiento  de algún  conocido.  Luego,  como  la  mortandad fuera  en aumento, nos hicimos a la idea de esperar  a  diario  la  pérdida  de  algún  amigo. Terminamos  por  temblar  ante  la  aproximación  de  cualquier  mensajero.  El  mismo  aire del mar parecía impregnado de olor a muerte.  Aquel  pensamiento  paralizante  llegó  a apoderarse  real  y  completamente  de  mi  alma. No podía apartarlo de mi mente ni alejarlo  de  mis  sueños.  Mi  anfitrión,  de  temperamento  menos  excitable,  aunque  tenía  muy deprimido el ánimo, se esforzaba por levantar el  mío.  Su  entendimiento  acentuadamente filosófico  no  se  dejaba  afectar  en  ningún momento por irrealidades. Se mostraba suficiente-mente sensible a los objetos materiales del terror, pero sus sombras no le inspiraban la menor aprensión.
Sus  esfuerzos  por  sacarme  del  estado  de anormal  abatimiento  en  el  que  había  caído quedaron frustrados en gran medida por ciertos libros que encontré en su biblioteca. Eran éstos de tal carácter que podían hacer germi-nar a la fuerza cualquier semilla de superstición hereditaria que se hallase latente en mi pecho.  Había  estado  leyendo  aquellos  libros sin su conoci-miento y, por ello, con frecuencia no acertaba a explicarse las impresiones forzosamente impuestas a mi imaginación por obras de sus textos. Mi tópico favorito era la creencia popular en los presagios, una creencia que, en aquella época de mi vida, estaba casi seriamente dispuesto a defender. Sobre este  tema  sosteníamos  largas  y  animadas discusiones; él, califi-cando de completa sinrazón la fe en tales cuestiones; yo, afirmando que el sentimiento popular brotado con absoluta espontaneidad, es decir, sin trazas visibles de sugestión, contenía los inconfundibles elementos de la verdad y era merecedor de todo respeto.
El hecho es que, poco después de mi llegada  al  cottage,  me  había  ocurrido  un  incidente  tan  inexplicable  y  tan  portentoso  que bien podría habérseme excusado por considerarlo un presagio. Me espantó y me descon-certó  tanto  a  la  vez  que  transcurrieron  muchos días antes de resolver-me a comunicar la circunstancia a mi amigo.
Al caer la tarde de un día sumamente caluroso,  estaba  yo  sentado  con  un  libro  en  la mano junto a una ventana abierta que, a través de una larga perspectiva de las orillas del río,  daba  a  una  distante  colina,  cuya  cara mas próxima a mí había sido despojada de la mayor parte de sus árboles por un corrimiento de tierras. Mis pensamientos habían estado vagando  hacía  rato  desde  el  volumen  que tenía ante mí hasta la lobreguez y la desola-ción de la vecina ciudad. Cuando levanté los ojos de las páginas, mi mirada cayó sobre la desnuda  superficie  de  la  colina  y  sobre  un raro  objeto,  sobre  un  monstruo  viviente  de horrorosa  conformación,  que  se  abrió  paso muy rápidamente desde la cima hasta el pie, para desaparecer al fin en el espeso bosque de abajo. Al principio cuando apareció aquel ser, dudé de mi cordura o por lo menos del testimonio de mis propios ojos y pasaron muchos minutos antes de que lograra convencerme a mí mismo de que yo no estaba loco, y de que aquello no era un sueño. No obstante, cuando describa al monstruo (que vi con claridad e inspeccioné con calma durante  todo  el  tiempo  de  su  avance),  me temo que mis lectores opondrán más dificultades que yo a dejarse convencer.
Comparando  el  tamaño  de  aquella criatura con el diámetro de los grandes árboles junto a los cuales pasaba los pocos gigantes  de  la  foresta  que  habían  escapado  a  la furia del corrimiento de tierras-, deduje que era  mucho  mayor  que  cualquier  barco  de línea existente. Digo barco de línea porque la forma del monstruo sugería esa idea: el casco de uno de nuestros setenta y cuatro podría dar  una idea  muy  aceptable  de  su  contorno general. La boca del animal estaba situada en la extremidad de una probóscide de sesenta o setenta pies de largo y aproximadamente tan gruesa  como  el  cuerpo  de  un  elefante  corriente. Cerca del nacimiento de esta trompa se veía una inmensa cantidad de pelo negro e hirsuto -más del que hubiesen podido proporcionar las pieles de veinte búfalos- y, proyec-tándose desde aquella pelambrera hacia abajo  y  lateralmente,  surgían  dos  brillan-tes colmillos. no muy distintos de los de un jabalí,  pero  de  dimensiones  infinitamente  mayores. Proyectadas hacia delante, paralelas a la probóscide,  y  a  ambos  lados  de  ella,  había sendas varas gigantescas de treinta o cuarenta pies de largura, constituidas al parecer de cristal puro y formando dos prismas perfectos que reflejaban con magnífico fulgor los rayos del sol poniente. El tronco estaba conformado como  una  cuña  con  el  ápice  hacia  tierra.
Desde  él  se  extendían  dos  pares  de  alas  -cada  una  de  cien  yardas  de  largura  aproximadamente-, un par encima del otro y ambos densa-mente  cubiertos  de  escamas  metálicas de  unos  diez  o  doce  pies  de  diámetro  cada una.  Observé  que  las  hileras  superiores  e inferiores  de  las  alas  estaban  enlazadas  por una potente cadena. Pero la principal peculiaridad de aquella horrible criatura era la representación  de  una  calavera,  que  cubría  casi toda la superficie de su pecho y que estaba trazada en un blanco deslumbrante sobre  el oscuro campo  del  cuerpo,  como  si  hubiese sido dibujado cuidadosamente por un artista. Mientras examinaba aquel animal terrorífico y más  especialmente  el  aspecto  de  su  pecho con una sensación de horror y espanto, con un sentimiento de desgracia próxima que no era capaz de reprimir con ningún esfuerzo de la razón, advertí que los  enormes maxilares del extremo de la trompa se ensanchaban de repente. De ellos brotó un sonido tan fuerte y tan  expresivo  de  dolor  que  sobrecogió  mis nervios como un toque de difuntos y, mientras el monstruo desaparecía al pie de la colina, caí al suelo desvanecido.
Cuando volví en mí, mi primer impulso fue, por supuesto, contar a mi amigo lo que había visto  y  oído.  Pero  no  sabría  explicar  bien  el sentimiento de repugnancia que, al final, me impidió hacerlo.
Al  fin,  un  atardecer,  tres  o  cuatro  días después del suceso, estába-mos sentados juntos en la estancia desde la que yo, había visto la aparición -yo ocupando el mismo asiento junto  a  la  ventana  y  él  reclinado  indolente-mente en un sofá cerca de mí. La asociación de lugar y tiempo me impulsó a darle cuenta del  fenómeno.  Me  escuchó  hasta  el  final.  Al principio se rió de buena gana para adoptar enseguida  una  expresión  extremadamente seria, como si mi insania fuese algo fuera de toda sospecha. En aquel instante volví a ver con toda  claridad al monstruo, hacia el cual atraje la atención de mi amigo con un alarido de terror. Miró él ansiosamente, pero afirmó que no veía nada, aunque yo le iba señalando con  minuciosidad  el  recorrido  de  aquel  ser mientras  se  abría  paso  camino  abajo  por  la desnuda cara de la colina.
Yo  entonces  me  alarmé  indeciblemente, pues consideraba aquella visión como un presagio de mi muerte o, peor aún, como anuncio de un ataque de locura. Me desplomé en la  silla  y  durante  unos  instantes  escondí  mi rostro  con  las  manos.  Cuando  descubrí  los ojos, la horrible visión había desaparecido.
Mi anfitrión, sin embargo, había recobrado en cierta medida su aire calmoso y me preguntó  sucintamente  por  la  conformación  del ser imaginario. Cuando le hube satisfecho por completo  a  este  respecto,  suspiró  profunda-mente, como si se sintiera liberado de alguna carga  intolerable  y  comenzó  a  charlar,  con una  calma  que  me  pareció  cruel,  de  varios puntos  de  filosofía  especulativa  que  hasta aquel  momento  habían  constituido  tema  de discusión entre nosotros. Recuerdo que insistió muy especialmente, entre otras cosas, en una  idea.  Decía  que  la  principal  fuente  de error  en  todas  las  investigaciones  humanas reside en el riesgo que corre el entendimiento al subestimar o sobrevalorar la importancia de un objeto, sólo por la estimación errónea de su propincuidad.
Por ejemplo, para apreciar debidamente -dijo- la influencia que sobre la humanidad ha debido de ejercer la difusión de la Democracia, podríamos considerar que la distancia de la época en que tal difusión pudo efectuarse, constituye  un  elemento  en  la  apreciación.  Y no  obstante  ¿puede  usted  nombrarme  un filósofo  que  haya  juzgado  alguna  vez  digno de discusión ese aspecto en particular?
En  este  punto  hizo  una  pausa  que  duró unos instantes, se dirigió luego a un estante de libros y sacó una sinopsis corriente de Historia Natural. Rogándome entonces que cambiara de asiento con él para así ver mejor los pequeños  caracteres  del  volumen,  ocupó  mi sillón junto a la ventana y, abriendo el libro, reanudó su plática con el mismo tono de antes.
-Si no hubiera sido por su extrema minuciosidad al describir el monstruo -dijo-, nunca habría estado en condiciones de demostrarle  lo  que  era.  En  primer  lugar  permítame leerle  una  descripción  para  escolares  de  la esfinge perteneciente al género Sphinx, familia de los crepusculares, orden de los lepidópteros,  clase  de  los  insectos.  La  descripción dice así:
«Cuatro  alas  membranosas  cubiertas  de pequeñas  y  coloreadas  escamas  de  aspecto metálico;  boca  que  forma  una  probóscide enrollada  debida  a  la  prolongación  de  los maxilares,  sobre  cuyos lados se hallan rudimentos de mandíbulas y palpos pilosos; alas inferiores adheridas a las superiores por pelos tiesos; antenas prismáticas en forma de porra prolongada; abdomen puntiagudo. La esfinge de la calavera ha causado a veces gran terror entre  el  vulgo  por  el  tono  melancólico  del grito que emite y por el distintivo de la muerte que lleva en su coselete.»
Cerró el libro y se incorporó hacia adelante,  colocándose  exactamente  en  la  misma postura que yo había adoptado cuando vi al "monstruo".
-¡Ah, aquí está! -exclamó luego. Está volviendo a ascender la cara de la colina y admito  que  se  trata  de  un  ser  de  aspecto  muy notable.  Con  todo,  no  es  en  absoluto  tan grande ni tan distante como se lo imaginaba usted. Lo cierto es que, ahora que lo veo reptar subiendo por ese hilo que alguna araña ha tejido  a  lo  largo  de  la  hoja  de  la  ventana, calculo que tendrá un dieciseisavo de pulgada  de  longitud  como  máximo  y  distará  otro dieciseisavo  de  pulgada  de  la  pupila  de  mi ojo.

1.011. Poe (Edgar Allan)