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martes, 10 de diciembre de 2013

El pajarraco

Así como es misteriosa la vena en el juego, lo es la vena en amor. Los seductores no reúnen infaliblemente dotes que expliquen su buena sombra. Siempre que dice la voz pública: «Ese tiene con las mujeres partido loco», nos preguntamos: ¿Por qué? Y a menudo no damos con la respuesta.
Todavía, en la villa y corte, la guapeza en lances y la destreza en sports; lo escogido de la indumentaria y lo vistoso de la posición social; ese conjunto de circunstancias que rodean a los llamados por excelencia «elegantes», dan la clave de ciertos triunfos. Mas no sucede así en los pueblos, donde los profesionales del galanteo suelen gastar corbatas de raso tramado y puños postizos. Allí, sin embargo -lo mismo que aquí- existen individuos que en opinión general ejercen la fascinación, y padres y maridos los miran de reojo.
Laurencio Deza, entre los veinticinco y los treinta y tres de su edad, fue fascinador reconocido en una ciudad donde faltarán grandes industrias y actividades modernas, pero donde abundan lindos ojos negros, verdes y azules, que desde las ventanas no cesan de mirar hacia la solitaria calle, por si resuena en sus baldosas desgastadas un paso ágil y firme, y por si una cabeza morena se alza como preguntando: ¿Soy costal de paja, niña?
Laurencio ni era feo ni guapo. Tenía, eso sí, gancho, una mirada peculiar, un repertorio de frases variado, y a su alrededor flotaban, prestigiándole, las sombras melancólicas de algunas abandonadas inconsolables y de otras desdeñadas caprichosamente. A la que rondaba, sabía alternarle azúcares con hieles, rabietas de despecho con satisfacciones orgullosas, y por este procedimiento la curtía, zurraba y ablandaba a su gusto, dejándola flexible como piel de fino guante.
Jamás discutía principios de moral. Procedía como si no existiesen. Al oírle hablar con tal soltura y sencillez de enormidades, dijérase que suprimía leyes, respetos humanos y toda valla a sus antojos. Era elocuente en su charla, como lo son tantos españoles, y no carecía de donaire para poner en solfa a quien le placía. No ejercitaba jamás este don contra las mujeres, sino contra los hombres que, momentáneamente, podían estorbarle. No rehuía una cachetina, puesto que en aquella ciudad los lances dramáticos de honor eran casos rarísimos. Los cachetes, cosa quizá más seria, los afrontaba Laurencio con ímpetu juvenil, y también los repartía, si se terciaba.
Al punto de esta verdadera historia, andaba Laurencio, según murmuraban sus amigos, enredado en tres devaneos principales, sin contar los accesorios. Aunque practicase Laurencio esa discreción que el honor más elemental impone a los varones, en los pueblos pequeños todo se sabe, y a falta de otros intereses y emociones, la curiosidad vela. Sin que Laurencio se clarease, los socios del Casino estaban en ello. Tratábase de Cecilita, la hija de Mardura, el del almacén al por mayor de paños, lienzos y cotonías. De Obdulia Encina, mujer del librero de la calle Vieja. Y para broche del ramillete, de la guapetona Rosa la Gallinera, casada con un tratante en averío, Ulpiano Paredes, que empezó por despachar huevos y pollos y ahora lanzábase con brío a establecer negocios más en grande.
Era lo notable del asunto que entre Mardura, Paredes y Encinas existía íntima amistad, y se veían diariamente en la trastienda del librero. Y la consabida vocecilla pública susurraba que la hija de Mardura ya había sido burlada, la mujer de Encina pertenecía quizá al pasado, y sólo Rosa no sufría aún la fascinación. Pero la sufriría, y pronto. No podía augurarse otra cosa de una casquivana como ella.
A la verdad, era irritante lo que sucedía con Rosa. Aquello de presentarse hecha un brazo de mar en el teatro, en el paseo y hasta en los bailes del Casino, a los cuales la directiva tenía la debilidad de invitarla, poniendo la moda y hasta luciendo a veces joyas que no podían ostentar las esposas de los contados aristócratas de la ciudad, daba base y razón suficiente a las críticas. Todos recordaban, o afirmaban recordar, que no es lo mismo, a Rosa con refajo corto y pañuelo de talle, y hasta, según algunos, «en pernetas». ¡Y ahora, con salida de «teatro» de flecos y trajes de seda azul celeste, guarnecido de encaje «crudo»!
Lo más acerbo de la censura iba con el marido. ¿En qué pensaba, al consentir a su mujer ese lujo escandaloso? Lo «que sucedía» era natural...
Y llegando a preguntar lo «que sucedía», es el caso que nadie pudiera decirlo. Lo único positivo, que la Gallinera se presentaba de un modo inadecuado a su categoría social. El runrún, sin embargo, iba en aumento.
A pesar de la amistad que unía a su padre y esposo con Paredes, Cecilia Mardura y Obdulia Encina mordían a Rosa, soltando insinuaciones en los círculos de la devoción y de la clase media comercial, con una inquina en que se mezclaban los rencores celosos y el despecho de la ropa anticuada y modesta que vestían ambas, mientras la Gallinera, ayer, ayer mismo, había estrenado un sombrero de plumas..., y no de gallina, sino de legítimo avestruz.
Tomó doble incremento el rumor con motivo de una ausencia del marido de Rosa. Era Paredes activísimo en negociar, y creíase que, molestada su mujer por lo humilde, y prosaico de la esfera en que se desarrollaba su industria, deseaba salir de ella, e impulsaba a Paredes nada menos que hacía especulaciones en gran escala, negocios bancarios. Hablábase de emisión de acciones, de capitales dedicados a una fabricación vasta, de papel y serrería. Era voz unánime de la envidia, que se despereza rugiendo cuando alguien mejora de suerte, que por mucho que ascendiera Ulpiano el Gallinero, jamás llegaría a señor, ni perdería su facha ordinaria y tosca, sus manazas peludas, sus orejas coloradas y su faz ruda, en que los dientes sin limpiar, verdosos, infundían repugnancia.
Reíanse los guasones de los esfuerzos que hacía su mujer en las solemnidades para embutirle el corpachón en una levita, y las garras en unos guantes que estallaban y se descosían precipitados, y el pescuezo en un cuello alto que le ahorcaba, hasta agolpar la sangre a su cabeza, cual si fuese a sufrir una apoplejía. No faltaba, sin embargo, quien defendiese a Paredes. Era mozo muy listo, ¡vaya si lo era! En pocos años habíase abierto un porvenir, y desde la esfera social más humilde, llegaría a la más alta. Al Gallinero le verían en coche, en casa de campo, con muchos miles de duros en juego, porque bajo la apariencia zopa, torpona, del tratante, se ocultaba una resolución, una energía y una astucia de primer orden.
Y estas apologías de Paredes las hacían, en especial, Mardura y Encina. Del primero se creía que fuese socio en lo de la fábrica.
-Pero ¡si es un bruto Paredes! -decíanle al librero con retintín.
-No sé por qué ha de ser un bruto... Brutos y tontos, los que nunca pasamos de pobres.
«Es bruto cuando no ve lo de su mujer...», iba a contestar el murmurador de Casino; pero, advertido por un guiño expresivo de alguien, se limitó a decir, con diplomática reserva:
-Porque puede que ande a oscuras en lo que más le importe...
-Nadie anda a oscuras... -murmuró Encina, fosco y bilioso, clavando la quijada en el pecho. La gente sufre a veces por prudencia..., hasta que un día u otro...
Sobre esta conversación hiciéronse infinitos comentarios. En el aire parecía flotar el drama. Algo ruidoso se preparaba, sí. La hermosa Gallinera, sola en aquel caserón viejo y enorme, en cuyo patio se recriaban las gallinas, y que tenía varias salidas y entradas: unas, al campo; otras, a callejas extraviadas y angostas, por donde no pasaba alma viviente... «Lo que es como a Rosa se le antojase..., sabe Dios, sabe Dios...», repetían los fantaseadores con sonrisa picaresca.
Ocurría esto en mitad del invierno, con una temperatura rigurosa, caso no muy frecuente en aquella ciudad, donde, si llueve a cántaros, rara vez desciende demasiado el termómetro. Y, por obra del frío, las capas treparon a envolver los rostros, igualando las figuras de los transeúntes. La capa, amplia y con embozos de felpa, subida hasta los ojos, que sepulta en sombra el ala del hongo blando, es como un disfraz protector de secretas aventuras. A Laurencio, que poseía otros abrigos, se le desarrolló en aquellos días desmedida afición a la capa; pero nadie hizo alto en ello, porque todos los moradores de la ciudad salían igualmente rebozados en los pliegues de sus pañosas.
Al par que sintió Laurencio decidida simpatía por la capa, se dedicó más que nunca a vagar por desviados y solitarios callejones. En sus correrías, le extrañó algo observar que varias noches, dos o tres bultos no menos embozados parecían coincidir en su itinerario, y que, si desaparecía a veces como por arte de magia, desvaneciéndose tras un soportal o en una rinconada sombría, otra cruzaban a lo lejos, sin que pudiese adivinar ni su edad, ni su condición social, pues la española capa, recatadora de rostros y talles, no es prenda exclusiva de gente acomodada, y el pobre artesano en ella se cobija. No obstante la impavidez del fascinador, los bultos habían llegado a inquietarle un poquillo, más por instinto que razonablemente. Laurencio era, como todos los fascinadores, un instintivo. Algo indefinible le escalofriaba.
Sin embargo, al llegar cada anochecer, después de mil revueltas, al pie de la ventana baja de Rosa la Gallinera, insistía en la súplica: «¿Cuándo se abriría, en vez de la ventana, la puerta, la que caía al campo? ¿Cuándo, en vez de palabritas insulsas, podrían entrelazar pláticas íntimas y dulces? El tiempo corría, volaba, y cuando menos se pensase, sería imposible, por lo que no ignoraba Rosa..., porque regresaría el ausente... Y ella reía, coqueteaba, se resistía... Estas resistencias, sin embargo, tienen término previsto; y una noche...
¡Oh noche, protectora de este y de tantos delitos, ya confitados en poesía, ya descarnados como la realidad! Te bendijo Laurencio, que empezaba a encontrar larga la espera, y, airosamente embozado, dio la vuelta al caserón y acercóse, como quien conoce perfectamente la topografía de los lugares, a una portezuela que salía al agro, y lindaba con un caminejo, de tierra generalmente fangosa, y ahora endurecida por la escarcha.
La luna, embozada ella también en aborregados nubarrones, alzó el velo, como fascinada a su vez, y dentro rechinó una llave y una voz de mujer, sofocada por alguna emoción intensa, profirió:
-Pase..., pase...
Hizo Laurencio lo propio que la luna, y se desembozó, para asir la ya ansiada presa... En el espacio de un segundo pudo ver que estaba en el patio de la gallinería, cerca de un alpendre o cobertizo, lleno de masas confusas de plumaje. Guardábase allí las plumas de las aves que Ulpiano, agenciador en todo, vendía desplumadas, sacando provecho del despojo, que le compraban para colchones. No supo jamás decir Laurencio por qué se fijó en aquel detalle, mientras echaba al cuello de Rosa ambos brazos. No llegaron a ceñirlo: dos hombres los asieron y los sujetaron, mientras otro descargaba el primer golpe en mitad del rostro. Y a éste, que hizo fluir de las narices copia de sangre, siguieron dos o tres más; de puños como mandarrias, en la boca, en la sien, que le tendieron desvanecido. Rosa inmóvil, presenciaba la escena, sin demostrar sorpresa; su actitud era de espectadora, aunque, a la claridad lunar, parecía de pálido mármol su cara. El esposo se restregó las manos con que acababa de infligir la feroz corrección, y ordenó:
-A casa, ahora mismo.
Retiróse Rosa, cabizbaja, volviendo, mal de su grado, la vista atrás, y los tres hombres, los tres vengadores -el librero, el almacenista, el gallinero, procedieron a desnudar al desmayado. Cuando le hubieron dejado en cueros vivos, sólo con las botas, la frialdad del aire lo reanimó. Miró a su alrededor, espantado, y quiso alzarse, defenderse. Una lluvia de puntapiés y mojicones, sobre las carnes sin ropa, sobre el torso que el frío mordía, le aturdió de nuevo. Sus enemigos, riendo, trajeron del alpendre una orza descacharrada, en cuyo fondo dormitaba espeso líquido. Con una brocha enorme, pintaron a grandes brochazos el cuerpo inerte, untándolo de miel mezclada con pez. Y hecho esto, tomaron al fascinador, uno por los pies y dos por los sobacos, y llevándole bajo el cobertizo, le revolcaron en la pluma, hasta que lo emplumaron todo, de alto abajo. Y como en los movimientos de tal operación, segunda vez pareciese revivir, le empujaron hacia la puerta y le lanzaron a la calle en su extraño atavío, hecho una, bola de plumaje, cerrando la puerta de la corraliza con llave y cerrojo.
-Ahora -ordenó Paredes, natural director de la empresa-, vamos a tomarnos un café caliente y unas copas... ¡Hace un frío de mil diablos!
Tambaleándose, Laurencio tardó en darse a la fuga breves momentos. Hasta pensó llamar, gritar... Al fin, corrió, sin más propósito que el de verse a cien leguas y refugiarse en una cama, donde se aliviasen sus magulladuras... Fluía sangre de sus labios rotos, con dos dientes perdidos... Como sabemos, lo único que no le habían quitado eran las botas, y volaba, loco de terror aún, hacia las calles céntricas, hacia su posada, próxima a la catedral. Y he aquí que oyó risas, exclamaciones; dos transeúntes se habían fijado en su facha; un guardia le detenía severamente, amenazándole. Un grupo se reunía; las carcajadas le abofetearon; acudía gente de las bocacalles; se abrió un balcón iluminado.
-¡Vaya un pajarraco! -repetían. ¡Buena gallina para el puchero! ¡Mira: tiene alas! ¡Hu, hu, el pajarraco!
Trémulo de frío, de vergüenza y de coraje, Laurencio imploraba:
-¡Señores...! ¡Una capa para cubrirme...! ¡Soy inocente; no me lleven a la cárcel!... ¡Que me desemplumen!
Salvado por el guardia de la rechifla y la agresión, al otro día del ridículo incidente, Laurencio estaba en la cama con fiebre; y en la cama permaneció un mes, dolorido, hecho un guiñapo. Antes de levantarse, solicitaba permuta de destino, y su primera salida la hizo furtivamente, para abandonar la ciudad testigo de su derrota.
Lo peor de su castigo fue que el mote de pajarraco le siguió ya a todas partes. La noticia iba con él, y el ridículo lo llevaba en su maleta, como llevaba Byron el esplín. Aumentaba su ignominia el que se dijese que Rosa, de acuerdo con su marido, había preparado la emboscada y sugerido la burla. Laurencio tenía impulsos de embarcarse para América o suicidarse. Al cabo, halló otro refugio, otro género de muerte. ¡Pecho al agua! Se casó...

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

El oficio de difuntos

-¿Creé usted -me preguntó el catedrático de Medicina- en algún presagio? ¿Cabe en su alma superstición?
Cuando me lo dijo, nos encontrábamos sentados, tomando el fresco, a la puerta de la bodega. La frondosa parra que entolda una de las fachadas del pazo rojeaba ya, encendida por el otoño. Parte de sus festoneadas hojas alfombraba el suelo, vistiendo de púrpura la tierra seca, resquebrajada por el calor asfixiante del mediodía. Los viñadores, llamados «carretones», entraban y salían, soltando al pie del lugar su carga de uvas, vaciando el hondo cestón del cual salía una cascada de racimos color violeta, de gordos y apretados granos.
¡Famosa cosecha! Yo veía ya el vino que de allí iba a salir, el mejor, el más estimado del Borde... Y medio distraída, respondí:
-¿Presagios? No... A no ser que... ¡Ah! Sí; un hecho le contaría...
-¿Algo que le haya «sucedido» a usted?
-¿A mí?... No. Se me figura (no me pregunte usted la causa de esta figuración) que a mí «no puede» sucederme nada. Y efectivamente, en toda mi vida...
-Entonces, permitame que no haga caso de los cuentos que traen personas impresionables..., o embusteras.
-No es cuento -afirmé, olvidándome ya de la interesante faena de la vendimia que presenciaba, y retrocediendo con el pensamiento a tiempos juveniles-. Es un caso que presencié. Así que usted lo oiga, comprenderá cómo no hubo farsa ni mentira. La explicación... no la alcanzo. En estas materias, ni soy crédula y medrosa, ni escéptica a puño cerrado. ¡Qué quiere usted! Vivimos envueltos en el misterio. Misterio es el nacer, misterio el vivir, misterio el morir, y el mundo, ¡un misterio muy grande! Caminamos entre sombras, y el guía que llevamos..., es un guía ciego: la fe. Porque la ciencia es admirable, pero limitada. Y acaso nunca penetrará en el fondo de las cosas.
Sacudió el catedrático su cabeza encanecida, sonrió y apoyando la barba en la cayada del bastón, se dispuso a escucharme -y a pulverizarme después porque suponía que iba a referirle algún sueño. Los artistas no somos de fiar: vivimos esclavizados por la imaginación y cumpliendo sus antojos.
-¿Ha conocido usted a Ramoniña, Novoa? -principié yo.
-¿Que si la he conocido? Me llamaron a consulta el año pasado, cuando la operaron en Compostela, de un sarcoma en el pecho izquierdo. Por señas que desaprobé la operación, que sirvió para adelantar la muerte algunos días. Allí solo cabía dejar marchar las cosas a su desenlace inevitable.
-Pues sepa usted que Ramoniña, en sus mocedades, fue la chica más alegre y bailadora de todo el Borde. Su padre, don Ramón Novoa de Vindome, tenía el prurito de divertirla; la vestía muy maja; no le negaba capricho alguno. Adoraba en ella, porque era vivo retrato de su difunta mujer, a quien había profesado una especie de devoción y culto.
No se concebía función ni feria sin que Ramoniña Novoa se presentase a lucir su mantón de flores -era la moda, su traje de seda con volantes, su mantilla de casco. Los señoritos del Borde la obsequiaban mucho, y ella coqueteaba con unos y con otros, sin decidirse ni acabar de escoger, según deseaba don Ramón, que, al estilo antiguo y patriarcal, rabiaba por un nieto.
Creían los antiguos que cuando quiere castigarnos Dios, realiza nuestros deseos insensatos. De improviso, Ramoniña, dejándose de coqueteos y bromas se enamoró hasta los tuétanos, ¿y de quién? De un pobrete estudiante, hijo de un cirujano romancista y sobrino del cura de Cebre, un perdido gracioso, que hacía versos y tocaba la pandereta con las rodillas y los codos. ¡Valiente boda para la mayorazga de Novoa de Vindome, del solar de Fajardo! El padre, inquieto al principio, furioso después, hizo la oposición a rajatabla y no perdonó medio de quitarle a Ramoniña de la cabeza semejante locura. La encerró en casa; la llevó a Auriabella; rogó; avisó; amenazó; puso en juego a los frailes, al confesor, a los parientes, a las amigas, al señor obispo... En vano. La cosa estaba adelantada ya; la libertad del campo y la falta de sospecha en los primeros tiempos habían estrechado el lazo y arraigado la pasión en el alma de la señorita..., y una noche se escapó con el estudiantillo, dejando a su padre en la mayor aflicción y vergüenza.
-Hemos concluido. Que se casen -decidió el señor Novoa. Le entregaré la dote de su madre a mi hija..., y que no vuelva yo jamás a oír nombrarla ni a verla delante de mí.
Ya sabe usted lo que suele suceder. El panal de miel robada, al principio es dulce, pero acaba en hieles. El estudiante no varió de condición al casarse; con la dote de la esposa creyó poder darse vida cómoda y alegre, y no miró lo que gastaba, creyendo que, al acabarse, el señor de Novoa remediaría. Más éste fue inflexible, y cerró la puerta y la bolsa.
Los esposos se habían ido a vivir a Auriabella, y Ramoniña, triste y preocupada por más de un motivo -se decía que el marido tocaba la pandereta en sus carnes y la zurraba de firme, escribió al padre carta sobre carta, sin obtener respuesta. Había nacido un chiquitín -aquel heredero tan deseado, y cuando la criatura tuvo tres años y Ramoniña tres mil desengaños, vino a verme, para rogarme que la acompañase en la expedición que pensaba emprender al pazo de Vindome, con propósito de echarse a los pies de don Ramón, presentarle la criatura y lograr el abrazo de reconciliación y paz. «Si no veo a papá -decía, creo que me muero».
-No vaya usted -aconsejé a Romoniña. No la recibirá don Ramón. Mire usted que le he hablado poco hace, y está firme en que no ha de cruzar con usted palabra en este mundo. «Sólo en la hora de la muerte la perdonaría...» son sus palabras. Y la hora de la muerte anda lejos. El señor de Novoa parece un mozo: está fuerte, come bien, sale a cazar, no le duele nada; hasta parece que piensa en volver a casarse. Dice que se ha propuesto tener un hijo varón. Sesenta años mejor llevados, no los hay en todo el Borde.
Ramoniña me miró con expresión de honda ansiedad, de infinita angustia, e insistió en que deseaba «probar la suerte». Como la vi tan afligida, tan consumida por las penas, no supe negarme, y dispusimos la marcha.
Salimos de Auriabella a la una de la tarde, en uno de los días más largos del año; el veinte de junio. Íbamos a caballo, porque no existe carretera entre Auriabella y el pazo de Vindome. Nuestras cabalgaduras, unos jacuchos del país, trotaban duro; delante, un criado llevaba al arzón al niño; detrás, nosotras dos y un espolique; Ramoniña encaramada en el albardón, no sin miedo, porque ya se encontraba algo adelantado su segundo embarazo. El camino... ¿Usted bien conoce el camino de Auriabella a Vindome? Hasta el alto de las Taboadas, regular; pero en llegando a la iglesia de Martiños, un puro derrumbadero. Se la va a uno la cabeza si mira hacia el valle, allá en el fondo; y se marea si contempla las revueltas de un sendero estrechísimo. Es hermoso pero imponente.
Por eso, sin duda, según llegábamos a donde se divisa ya el campanario de Martiños, gritó Ramoniña que quería bajarse y andar a pie el trecho que faltaba hasta el pazo. Accedí a sus deseos, natural en su estado y situación de ánimo, y dejando a las monturas adelantarse con el espolique, nos quedamos algo rezagadas, andando despacio. El sol se ponía, y allá, en el valle, empezaba a condensarse la niebla. A aquel paso, llegaríamos a Vindome al anochecer. Ramoniña me preguntaba afanosa:
-¿Cree usted que mi padre no me dejará dormir siquiera en casa esta noche?
Se me han fijado, como si los estuviese presenciando ahora, los detalles de aquel suceso. Llegábamos junto a un pinar que se llama de las Moiras, y como se había levantado brisa, me puse el abrigo que llevaba al brazo. En esto se alzó la voz de Ramoniña, exclamando con acento de profundo terror:
-¡Jesús! ¡Jesús! ¿Oye usted? ¿Oye usted? ¡Jesús, María!
-¿Qué he de oír?
-Ahí... A la parte de Martiños... En la iglesia...
-Pero ¿qué? -repetí alarmada; tal era el espanto que la voz de mi compañera revelaba.
-¡El Oficio de difuntos! ¡Lo están cantando! ¡Lo están cantando!
Atendí a pesar mío. No se escuchaba sino el largo y quejoso murmurio de la brisa de la tarde en las copas de los pinos, y el trote, ya distante de nuestras cabalgaduras. Así se lo dije a Ramoniña, riéndome. Pero ella, abrazándose a mí, ocultando la cara en mi pecho, temblando, deshecha en sollozos, repetía:
-¡Es el Oficio de difuntos! ¡Si se oye perfectamente!... Son muchas voces... ¡Lo cantan! ¡Lo cantan!... ¡Jesús!
Hice una pausa, y el catedrático me interrumpió:
-Bien, ¿y qué? Una alucinación del oído. En estado de embarazo es lo más frecuente...
-Sí -objeté yo; pero sepa usted que, cuando llegamos al pazo de Vindome, nos encontramos con que don Ramón acababa de morir súbitamente, de apoplejía; que su cuerpo estaba caliente aún; que ni aquel día ni los anteriores se había cantado el Oficio de difuntos en la iglesia de Martiños; y que Ramoniña lo oyó distintamente desde el pinar de las Moiras; ¿ve usted?, hacia allí...

«El Imparcial», 11 marzo 1901.

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

El niño de san antonio

Entre varias personas de entendimiento que no tenían ni el mal gusto y la mala ventura de ser impíos, ni la fanfarronería de ser intolerantes, suscitóse la atractiva e inagotable cuestión de lo sobrenatural, viniendo a discutirse el milagro, por qué era tan frecuente antaño y hoy escasea de tal modo. Hubo quien se limitó a decir «escasez»; pero no faltó quien resueltamente pronunciase la palabra «desaparición».
Los que defendían la persistencia del milagro protestaron en nombre de las maravillas que se realizan en Lourdes los días de procesión solemne: los paralíticos curados instantáneamente al sumergirse en aquellas aguas, estremecidas, como las de la piscina probática, por el aleteo del ángel que desciende a infundirles virtud; en nombre de las llagas de Luisa Lateau -adornada por la virtud del Cielo con cinco sangrientas señales-. A esto respondieron los escépticos que las llagas de Luisa Lateau eran un fenómeno patológico ya explicado por la ciencia, y que las curaciones de Lourdes se originaban de una impresión puramente subjetiva, un sacudimiento moral que repercute en el organismo, caso comparable a los felices resultados que obtienen algunos médicos empleando el hipnotismo para combatir males que no hallan remedio en la botica. Entonces, uno de los presentes, Tristán de Cárdenas, que había guardado silencio durante la discusión, tomó la palabra, y todo el mundo calló para oírle, pues su voz era armoniosa y vibrante, y su palabra, nunca vulgar, chispeaba a veces elocuencia fogosa.
-Si ustedes creen en Dios -dijo con su habitual energía-, no comprendo cómo le regatean la omnipotencia. No niego que hay ocasiones en que esta omnipotencia se manifiesta de un modo más evidente en el orden sensible, en lo físico; pero en el orden metafísico no concibo manifestación más clara de la que diariamente, con la razón, no cesamos de percibir. ¿Suponen ustedes que no hay «milagros»? Lo que no hay es «naturaleza». Si aquí cupiese una disertación filosófica, me comprometo a probar esta que parece paradoja, siendo una verdad de Perogrullo. El milagro es inmanente. El universo es un milagro espantoso de puro grande y de puro incomprensible. No lo vemos porque formamos parte de él. Jesús dijo a una santa que suspiraba por hallarle: «Difícil es que me encuentres si no me buscas en ti misma, en tu propio corazón.»
-Bien -arguyeron interrumpiéndole: todo eso será muy cierto, pero nos quedamos lo mismo que estábamos en cuanto a explicar por qué antes abundaban los milagros en el orden sensible y ahora no se ve uno para un remedio.
-Verán ustedes cómo lo explico -dijo Tristán. Estoy conforme: en otro tiempo, Dios se manifestaba en todo su esplendor a las multitudes. Cuando separaba las aguas del mar Rojo al paso del pueblo hebreo y las juntaba contra Faraón; cuando echaba un clavo a la rueda del carro solar y sacaba aguas vivas de la peña; cuando convertía en rosas los panes y en corderos a los leones del circo; entonces, ¡quién lo duda!, las naciones y las razas se convertían en tropel y el milagro dirigía la marcha de la Historia. Ha sucedido con esto de la manifestación divina lo que con la poesía, que al principio fue épica y colectiva, y ahora ya no puede ser más que lírica e individual. Créanme ustedes: ahora hay milagros lo mismo que en la Edad Antigua, sólo que son milagros líricos, para una sola persona, y el que los siente no los cuenta, porque, dada la incredulidad general, teme que se mofen y le tengan por mentecato. Para proclamar un milagro se necesita hoy ser más valiente que el Cid. ¿Bajan ustedes los ojos? Seguro estoy de que cada cual de ustedes tiene su milagro oculto; cada cual ha percibido el calor de la zarza que ardía en el monte Horeb... ¿A que ninguno me desmiente? Lo que pasa es que nos lo guardamos... Secretum meum mihi... Créanlo ustedes: si no fuese por el miedo, saldrían aquí cosas notables. Y si no fuese por la inconsecuencia propia del hombre, y por alguno de los tres enemigos del alma, en particular... nos meteríamos en la Trapa.
No sabiendo qué oponer a argumentos tan especiosos, apretamos a Tristán de Cárdenas para que nos contase su milagro, mas no pudimos conseguirlo, se negó resueltamente, declarando que era el mayor de los cobardes y temía nuestras burlas. Sin embargo, cuando se disolvió la tertulia y quedamos solos en el gabinete, a mi primera insinuación, Tristán entornó los ojos como el que quiere recordar, y habló así:
-Al empezar mi historia, temo que lo que a mí me pareció prodigio no le parezca a usted sino un suceso casual o insignificante... Es lo que antes decíamos: los milagros, hoy día, son internos o individuales. Yo experimenté ciertas impresiones que se me figuraron causadas por la intervención directa, en mi vida, de un poder superior a todos los poderes de la tierra; si usted no comparte mi fe, respétela al menos, ya que abro mi corazón tan lealmente.
Bien sabe usted que yo tuve un niño; pero no sabrá tal vez que soy... es decir, ¡que era!, un padre amantísimo, un padrazo de ésos que viven pendientes de la salud de la criatura, que se baban al oír sus gracias y se pasan el día con ella en brazos, prestándose a sus caprichos y dejándose arrancar el bigote. Además de este cariño instintivo y natural, yo creía firmemente que mi inocente hijo era símbolo de mi ángel custodio, y que su presencia santificaba mi casa y mi espíritu. Mis pasiones y mis flaquezas las ofrecía al pie de la cuna como al pie de un altar. Se me antojaba que si yo era bueno, Dios me conservaría mi hijo. ¿Ha leído usted los poemas indios? En ellos, a cada paso, salen a relucir unos ascetas que, por la virtud de sus mortificaciones, llegan a adquirir tan sobrehumano vigor, que se imponen a los dioses mismos. La idea me agrada, y es, en el fondo, la que expresa el Evangelio al decir que el «reino de los Cielos sufre violencia». La bondad es una poderosa energía; yo me revestí de bondad, a fin de evitar una prueba que creía no tener ánimo para resistir.
La prueba vino. La criatura cayó enferma, de una de esas fiebre-cillas que al pronto no alarman, pero que, día tras día, consumen. Figúrese usted mis vigilias, mis terrores, mi calvario. Es decir, creo que no habiendo pasado por tales amarguras, ni concebirse pueden. Desesperando de los remedios humanos, miré hacia arriba y no atreviéndome a presentarme a Dios sin intercesor, abrumé a ruegos y colmé de ofertas a San Antonio de Padua, al amigo de las mujeres y de los niños, al «santo» por antonomasia, de quien yo había sido devoto siempre.
El santo no me oyó... ¡Ah! ¿Usted creía que el milagro había consistido en sanar al enfermito? ¡Bah! Milagros de ésos los hace el santo diariamente... ¿No ve usted a cada paso que un chico se echa fuera de una ventana y no se cae; que otro empuja un quinqué de petróleo, lo vuelca y no se abrasa; que éste rueda cien escaleras y no se hace ni un chichón; que aquél se mete entre las ruedas de un coche y no saca ni un rasguño? ¿No oye usted decir a las madres que sus hijos «viven de milagro»?
El mío murió. Me puse como un insensato; sí, creo que estuve fuera de juicio bastante tiempo. Me entró no «misantropía», sino otra cosa más rara: «misoteísmo», mala voluntad contra Dios y sus santos. No dejé de creer, pero sí de amar. Casi diría que aborrecí. Mis delirios, mis rabiosos pecados de aquella época, fueron otras tantas blasfemias en acción. Cesé de practicar; olvidé las oraciones; no pisé en un año los templos.
El día del aniversario de mi pequeño, a la misma hora en que había volado su blanca almita, como yo vagase sin rumbo por las calles de Madrid, me detuve a la puerta de una iglesia donde no recordaba haber estado jamás. Encontrábame tan triste, tan solo, tan anegado en las aguas del dolor, que, sin reflexionar lo que hacía, entré. Era el punto de la caída de la tarde, y lo primero que divisé en un altar lateral fue la efigie de San Antonio de Padua. Sentí como un golpe, y me acerqué vivamente colérico a pedirle cuentas al santo, a preguntarle por qué me había quitado a mi hijo, mi gloria. De pronto me quedé mudo de sorpresa. Usted habrá reparado, sin duda, en que a San Antonio de Padua siempre lo representan los escultores con el Niño en brazos. Pues bien, por primera vez en mi vida, veía un San Antonio sin niño... y mientras los ojos de la efigie parecían fijarse en los míos severamente, noté que su mano, alzando el dedo índice señalaba al cielo.
-Pero eso ¿lo imaginó usted, o lo vio en realidad? -pregunté cuando a Tristán se le calmó algo la emoción.
-¡Imaginarlo! La efigie existe, y puede usted cerciorarse cuando quiera.
-Pues, en efecto, no conocía efigies de San Antonio sin el Niño -murmuré como si hablase conmigo mismo.

«El Imparcial» 19 de febrero 1894.

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

El niño de cera

-La señora aguarda ya -dijo en alemán la fräulein; y Nora, dócil como suelen ser las criaturas enfermizas, echó a andar, bajó las escaleras solita, agarrándose al pasamano, y solita se metió dentro de la berlina, al lado de su mamá, que viéndola tan seria y emperifollada al empezar a rodar el coche, le dio un beso en el poco trecho de mejilla que asomaba entre el sombrerón y el alto cuello de pieles.
-¿A que no sabes adónde vamos? -preguntó alegremente, pasándose por la fría nariz el sedoso manguito. Vamos al convento. -¿A ver a la tía Leonor?
-¿Pues a quién? Y a la madre abadesa, y a las monjas todas.
Nora reflexionó, y una chispa de contento iluminó sus anchas pupilas entristecidas, dilatadas, como si hubiese tomado belladona. Por aquel tiempo de Navidad, la idea del convento se asociaba a la de mil golosinas y chucherías, de esos juguetes del claustro que encantan a los pequeños, porque son producto de un espíritu infantil...
La señora, entre tanto, vuelta la cabeza hacia el vidrio, sonreía a otras ilusiones... Viuda desde hacía dos años y medio, la osadía elegante de su toca orlada de violetas y el corte juvenil de su traje de pana morada con ribetes de piel, decían a voces, más que el alivio, el olvido del dolor. Consolada, sí. ¿Qué mal había en ello? Y si no se casaba inmediatamente, era porque no la despellejasen los murmuradores... Al cumplirse los tres años... Mientras tanto, que nada supiese Nora. ¿A qué disgustar a los chicos con cosas superiores a su alcance? Aquí se borraba la sonrisa. Aquella Nora, desde la muerte del padre, dijérase que era la verdadera viuda: como que no había vuelto a jugar ni a reír, y todas las recetas del médico y todos los cuidados de la madre no devolvían al menudo rostro de la huérfana color de salud. «Parece de cera esta niña...», decían las amigas y repetían los criados; y la señora al oírlo, sentía siempre un estremecimiento nervioso: el amarillo color aquel le recordaba otro color céreo, el de una cabeza difunta iluminada por blandones.
No se le ocurría solución alguna para el momento en que fuese forzoso enterar a la niña de que iba a tener nuevamente «papá...»; pero aquella misma mañana, víspera de Navidad, en un paseo a pie por las calles más solitarias del Retiro, a la hora en que el sol enrubia la arena con toques de esplendor, había quedado convenido que Nora entraría en el convento, en el propio convento de la Ascensión, al amparo de su tía doña Leonor Arlanza, para quedarse allí hasta una edad «presentable». «Si le dará la vida... Lo que tiene es puro mimo.» Tal era la opinión del «papá» futuro, y la señora, entre preocupada y convencida, había acabado por acceder. Al menos, cuando Nora estuviese en la Ascensión, no vería su palidez, de cirio, sus dilatadas pupilas, la expresión precozmente grave de aquella cara que cada día, facción por facción y rasgo por rasgo, traía más a la memoria la faz del muerto.
Cosa resuelta. Mientras la niña se entretenía con las monjas, que sacaban regalillos al través de la reja y se deshacían en fiestas y arrumacos, la mamá cuchicheaba con la abadesa acerca del asunto. Sí, cuestión de hacer un viaje indispensable... El viaje duraría, ¿quién es capaz de saber?, quizás un año; más aún, probablemente... Norita no había de andar rodando por las fondas... En el convento estaría al primor. Y la abadesa aprobó con la cabeza; ¿dónde mejor? Allí, con su tía, con las madres, en aquel sosiego, lejos de peligros mundanos, preparándose a la primera comunión... Que la trajese cuando gustase, sin reparo; que la trajese y vería maravillas. ¡La madre Leonor iba a ponerse poco contenta! Tener allí a la sobrinita... Y la señora, al escuchar a la anciana monja, desdentada, babosa como una abuela, perdió los escrúpulos y se decidió a soltar de lleno el peso de la maternidad. ¡Se la cuidarían! Podía apartarla de sí, correr hacia la felicidad, como el barco que libre de lastre vuela al empuje de las olas...
Subiéronse otra vez al coche la niña y la madre. Rodó la berlina por las calles casi desiertas en aquella hora y con aquel glacial frío del diciembre madrileño. Niebla gris y densa empezaba a tender sus fluidos tules, y los mecheros del alumbrado, entre ella, amarilleaban y extendían su irradiación en fantásticos círculos de claridad, como ojos inmensos de mochuelo. Nora, de pronto, tocó en el codo a la dama.
-Mira lo que llevo aquí -dijo con cierta ufanía, entreabriendo el abrigo.
Se inclinó la madre, y en una intermitencia de luz que proyectaron los faroles de la berlina, vio el bulto de un muñeco, de un nene desnudo... Era el clásico Jesusín de las monjitas, ingenuo y castamente idealista en su modelado: pero tan mísero de formas, tan chiquitín y, sobre todo, tan mortecino de color, que la señora no pudo menos de exclamar riendo:
-¡Qué feo es el pobre muñequito! ¡Si no supiese que era el Niño Dios...!
Calló al pronto Nora, y después, con énfasis, murmuró, respon-diendo a la observación de su madre:
-Feo será, pero se me parece mucho.
Y como su madre se echase a reír otra vez de la inesperada ocurrencia, añadió la chiquilla:
-Pues es verdad. Verás si fräulein dice o no que nos parecemos. ¡Si es igualito a mí! Como yo; de cera. ¿No soy yo de cera, mamá?
-¡Qué tontería! -exclamó la señora, involuntariamente acongojada por las ideas que el dicho despertaba en su conciencia. ¡Qué has de ser de cera! Eres de carne. ¡Boba!
-Pues bien he oído -insistió la niña- que soy de cera; ¡vaya!, lo he oído. Y el otro día, el jueves, cuando vinieron a verte aquellas señoras, ¿no sabes?, las de Vivaldo..., también las oí que al salir decían que por eso..., porque soy de cera..., parezco un muerto. ¿Es verdad, mamá? ¿Son de cera los muertos? ¿Está muerto este Niño? ¿Era de cera papá..., después que se murió?
La congoja de la señora adquirió intensidad física tal, como si una mano de hierro la apretase el corazón, deshaciéndoselo violentamente. El lento rodar del coche entre la niebla; la voz de la niña, apremiante y suplicante; su rostro, en que la semiobscuridad llenaba de sombra la boca y los ojos, no dejando aparecer sino las vagas blancuras de la frente y las mejillas, todo contribuía a evocar los temidos recuerdos funerarios que de tiempo en tiempo asombraban su espíritu, deseoso de borrarlos para siempre.
-¡Pero qué ha de estar muerto ese niño, hija! -tartamudeó, evadiendo la otra pregunta. ¡Si es el Niñín Jesús! ¿No sabes que ha de nacer mañana a medianoche? Mira, no digas disparates...
-Y si nace mañana..., ¿puedo yo ser su mamá? -interrogó la niña.
-No hay inconveniente... -contestó la señora con la respiración algo más desahogada, y atrayendo a sí a Nora para hacerle una caricia.
Antes de que los labios de la madre llegasen al rostro de la criatura, ésta había pegado los suyos a la carita pálida del Niño de cera, murmurando:
-Éste es mi hijo... Dormirá en mi cuarto, y ya no me separo de él. ¿Eh, mamá? Los niños.... con sus madres.
La caricia de la señora se humedeció. Un rocío fresco, ascendiendo del corazón a las pupilas, dilató su alma, en la cual la maternidad dormía, pero alentaba aún poderosamente. Y apretando a Nora con una especie de furia, con la tierna brutalidad del instinto que despierta y rompe por todo, articuló como el que pronuncia un juramento:
-Los niños, con sus madres... Claro, cielo mío.

«Blanco y Negro», núm. 451, 1889

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

El niño

Según avanzaban las horas del fosco día de diciembre, tasada su mísera luz por los turbios vidrios de la venta que pretendía iluminar la guardilla, aumentaba el sufrimiento de la mujer. Había instantes en que pensaba morir -y aún lo deseaba- con la fuerza del dolor que atarazaba sus fibras. El marido no estaba allí; había desaparecido una mañana, no se sabía hacia dónde, aunque se suponía que a América, no tanto en busca de trabajo, que aquí no le faltaba, sino de libertad y vicios, dejando a su esposa como se deja la copa agotada sobre el mostrador de la taberna. Y ella, la mísera, que no sabía oficio alguno, que venía en derechura del campo cuando se casó, allí se había quedado, sin más amparo que el de la caridad; pues ni aun en el servicio doméstico más humilde la admitirían en el estado en que se encontraba.
Y con todo esto, sola, pobre, abandonada, retorciéndose de sufrimiento y de tortura, la mujer sentía por momentos que se estremecía de esperanza y de gozo. Andrajo de humanidad tirado en un rincón, olvidado, barrido, por decirlo así, de entre sus semejantes, la infeliz iba a dar vida, a producir, por el desgarramiento de sus entrañas, un nuevo ser. ¡Y sus pensamientos volaban, volaban hacia lo más alto, en un vértigo de esperanza ambiciosa! Oía, según iba cayendo la noche, el chirrido de las chicharras, el estridente himno de las cornetas, el silbo de los pitos, el rasgueo de los guitarros, y pensaba, enorgullecida, que todo aquel alborozo era por un Niño, por un Niño como el que ella iba a traer al mundo. No calculaba la diferencia de significación espiritual; de eso, ¿qué entendía ella, la cuitada? Veía otro Niño regordete, colorado, con pelusa en el cráneo, con un corpezuelo hecho a torno; otro Niño como el del pesebre, con una risa tempranera y una gracia candorosa al buscar el seno de la madre...
Con tales suposiciones se calmaban algo los rigores del suplicio, y por momentos quedábase adormecida; mejor dicho, amodorrada. La fiebre, que empezaba a apoderarse de ella, le sugería entonces singulares ensueños. Dentro de su cerebro surgían escenas que no eran del todo inventadas, pues procedían de sermones escuchados a retazos, de ideas recogidas aquí y allí, de alguna conversación suelta, de algún «Nacimiento» exhibido en el locutorio de las monjitas para regocijo de los pilletes del barrio. Con tales elementos la fantasía de la mujer trabajaba inconscientemente, al mitigarse un poco por el aletargamiento del dolor que la descuartizaba.
Veía un claror de luna, argéntico y lácteo, sobre la nieve que cubría una llanura y una aldea al parecer dormida. Y aquel cielo frío, de invierno cerrado, parecía de repente inflamarse con luces de aurora. Reflejos nacarados, de un azul de ópalo, irradiaban del celaje, y era como si una sola perla enorme llenase con sus irisaciones todo el firmamento. Sobre el mágico fondo, figuras delicadísimas se destacaban lentamente, como nieblas finas que se cuajasen. Flotantes túnicas de exquisitos pliegues acanalados las revestían, y cada túnica era de un color distinto; pero tan atenuado, tan esfumado, que más bien que color debiera llamarse matiz. Las cabezas de los arcángeles -por tales los tuvo la desdichada- brotaban de cuellos largos y mórbidos, y sostenían cabelleras rubias, tan foscas y ondeadas, que pudieran compararse a la aureola solar. Era un coro de soles lo que surgía sobre el fondo opalino, y aquel coro de soles cantaba la alegría de que el Niño hubiese nacido al fin. ¡Aleluya! ¡Aleluya!
Abajo, en la tierra endurecida por el hielo que cuajaba la nieve, una muchedumbre avanzaba cantando, exhalando su júbilo. No eran bellos arcángeles ni se vestían de seda luminosa. Zaleas de cabra cubrían sus torsos, por encima de túnicas de lana grosera, sujetas a la cintura con cuerdas de cáñamo; se apoyaban en rudas cachavas, y sus pies, callosos y negros, iban desnudos. Empujaban ovejas y corderos recentales, y las mujeres, en cestillas, llevaban ofrenda de huevos y miel. Hacían sonar sus agrios rabeles y sus flautas rústicas. Uno azuzaba a un pollino cargado de odres de fresca leche. Otro porteaba en la cabeza un saco de vellón, para mullirle al Niño la cama. Una vieja sostenía por las duras patas espolonadas a un gallo. Una virgen agasajaba en el seno dos tórtolas.
Y toda esta comitiva iba loca de contento porque había nacido el Niño. Esto era lo que clamaban en sus cánticos; esto era lo que les llevaba, pisando escarchas y hielo, a la humilde aldea donde el Niño había venido al mundo.
La parturienta veía también que bajaba de un monte un séquito de asiático esplendor: camellos y dromedarios, caballos y esclavos daban escolta a tres Monarcas orientales, de rozagantes mantos orlados de armiños y martas, de vestiduras recamadas de pedrería. Iban camino también de la aldehuela, haciendo saltar la nieve bajo las pezuñas de sus monturas, y recogiendo la claridad lunar en las doradas vainas de sus alfanjes y en los gruesos diamantes que sujetaban sus garzotas. Y el murmurio de adoración que exhalaban sus labios era también consagrado al Niño. ¡Lo que bendecían aquellos sabios sultanes era al Niño; lo que ansiaban ver antes de regresar a sus lejanas patrias era el Niño; lo que adorarían de rodillas, columpiando el incensario, que soltaba nubes de aromático humo, era el Niño! Todo por el Niño... Y el sacrílego pensamiento volvía a fatigar a la mujer amodorrada: «Tú también vas a tener un niño... Y nadie se alegra. Y a nadie le importa, ni a su propio padre. Y te dejarán morir aquí, en el abandono, sin auxilio...».
Una ola de frío glacial que entró por los cristales de la guardilla despabiló a la mujer y renovó sus sufrimientos. Notó, entre nuevos tártagos, que había anochecido. La habitación estaba completamente a obscuras. Echó la mano fuera para buscar las cerillas. Pero alguien entró, que pisaba firme, y detrás otros pasos blandos, como de anciana, que llevaba una vela encendida en una palmatoria. Conoció a la castañera de la esquina, la señá Engracia, que vivía en el mismo tramo y venía a ofrecerse «pa todo». Y el de los firmes pasos, el doctor, tuvo un murmullo de aliento, de piedad.
-Vamos, no hay que apurarse... Esto avanza, y pronto quedará usted tranquila del todo... A ver...
Después del reconocimiento, con menos seguridad ya, exclamó:
-Buen ánimo; espero que hemos de ir bien...
La castañera sacó del hueco de su mantón una ollita vaheando, y advirtió:
-Aquí he calentao una chispa de caldo del puchero, que me lo da la cocinera del señor de Arróspide, un banquero riquísimo...
-No debe tomarlo ahora -declaró el doctor. Tiene destemplanza. Hay que andar con cuidado.
Guardó la buena mujer su pucherico y se instaló en una silla.
-¿Será pa pronto?
-Creo que es inminente... Ya no me voy. En casa me esperan para cenar -¡la cena de esta noche!-, pero no puedo dejar a esta cuitada.
El ruido exterior ahogaba las palabras del médico y los gemidos de la paciente. El estrépito crecía, formidable. Cantos vinosos, chillidos discordes, músicas sin concierto hacían de la calle un trasunto de zahúrda infernal. Abajo, apenas se entreoían los acordes de un mesocrático piano. Y de pronto, un grito desgarrador indicó el desenlace del drama...
-Viene sin vida -balbució el médico, compasivo, nunca habituado a estas desventuras.
La triste había oído, y sus ojos, extraviados, giraron alrededor, del médico a la vieja caritativa, del techo al piso. En el pasillo, voces frescas de criaturas entonaban el villancico familiar: había nacido un Niño, blanco, rojo y colorado; un Niño que salvaría al mundo... Sí, aquel Niño había nacido; pero ¿y el suyo? Y la infeliz, delirando, empezó a blasfemar, a renegar. No sabía qué decirle el médico para darle algún consuelo. La ciencia en tales casos dimite...
Fue la vieja castañera la que, con su habla madrileña y semichulesca, argumentó:
-¡Vaya, mujer! ¿Querías que hubiá nacido tu nene vivo y robusto, a trueque e que te lo azotasen y le diesen hiel y lo clavasen en un palo? ¿Era eso lo que tú querías?
Ella cayó sobre la almohada, abatida. Una calma repentina la envolvió. De sus ojos comenzaron a fluir lágrimas. El doctor tocó sus sienes, tocó su pulso.
-Ha desaparecido la calentura... Me parece que la tenemos fuera del peligro.
Fuera, los rabeles, las chicharras, los guitarros, alborotaban más, como locos.

«La Esfera», núm. 312, 1919

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

El mundo

Las dos hermanas se encontraron en el estrecho pasillo; casi se tropezaron y se dieron un beso, riendo de cariño, a pesar de lo tristes que estaban. La mayor, Dionisia, venía del cuarto de la madre enferma, trayendo una taza de caldo vacía ya; la menor Germana, de la cocina, de calentar por sus manos un parche cáustico. La penosa y quebrantadora faena de enfermeras, la vigilia y las inquietudes habían empalidecido y ajado sus caras graciosas, don­de esplendía antes fresca y atractiva, la «belleza del diablo.».
-¿Cómo queda ahora? -preguntó Dionisia.
-Me parece que peor... Con mucha fatiga, ¿sabes?
-¿Recado al médico?
-No quiere.
-¡Aunque no quiera...!
Suplicantes, momentos después bal­bucían al oído de la paciente... Era necesario que viniese el doctor; con que recetase un calmante, aquel acceso pasaría...
Respiroteaba la señora como pez a quien sacan de su elemento y dejan temblar sobre la playa en anhelo agó­nico. Desmadejada, azulosa la tez, sus labios morados se abrían desmesura­damente, queriendo beberse todo el aire del mundo. Las hijas, conteniendo el sollozo, la auxiliaban como podían: dá­banle fricciones suaves, la incorpora­ban, abrían la ventana de par en par.
El parche, olvidado, se enfriaba sobre la mesa de noche. Al fin se aquietó un poco; la respiración era más fácil y franca. Pudo hablar:
-Ahorrad médico. Lo indispensable. Acordaos de que cada visita cuesta un duro.
Ante el gesto de desinterés e indife­rencia de las muchachas, la señora áñá­dió; no sin esfuerzo doloroso, terrible:
-Es que no sabéis de la misa la me­dia... Creéis que únicamente hemos ba­jado de posición... Ayer me entregas­teis carta del tío Manolo, que ha termi­nado la liquidación de nuestra fortuna... Estamos completamente arruinadas, y aún peor: estamos alcanzadas en se¡s mil y pico de duros. ¿Qué tal?... Lla­mad médico, llamad médico... ¡Si, al fin yo duraré pocos días, y no hay médico en el mundo que pueda curar­me! Con este golpe... lo he sentido; se me ha descompuesto algo dentro, en él corazón... ¡Pobres pequeñas mías! ¡Animo, no lloréis!...
Era tardío el encargo. Dionisia y Ger­mana, abrazadas, se mojaban recípro­camente los rostros con el llanto ardiente y salado de las grandes amarillas... La primera en dominarse fué la menor; arrastró fuera de la habitación a la mayor y la llevó hacia una salita amueblada con cierto lujo, reliquia del bienestar antiguo.
-¿Qué va a ser de nosotras?- tar­tamudeó hipando aún Dionisia.
-Trabajaremos -decidió Germana prontamente-. Y desde hoy mismo. No en balde nos llaman Manitas de oro. No creas que aguardaré a que mamá se muera, a que nos echen de esta ca­sa y perdamos nuestra única esperan­za de salvación.
-Y, por mucho que trabajemos, ¿crees tú que sacaremos para vivir?
-De seguro. Y para volver a tener coche.
-¿Y los intereses de la deuda de los seis mil? Porque hay que pagarlos, ¿entiendes?
-¡Vaya si hay que pagarlos! -mur­muró pensativa, lacrimosa, Germana. No vamos a dejar en vergüenza la me­moria de mamá. Sólo que entonces... habrá que trabajar de otro modo.
-¿De qué modo? -interrogó recelosa Dionisia.
-Yo me entiendo.
-No vayas a hacer una de las tu­yas...
Vistióse Germana con elegancia y eo­quetería: traje sastre de fino paño ma­rrón; toca azul, donde anidaba un pa­jarito tornasolado; tomó un coche, y fué recorriendo las casas de las amigas de antaño, que se mostraban frías, o, por lo menos, alejadas, desde el mo­mento en que «las de Ramos» se en­contraron en mala situación económi­ca... Donde la recibían, Germana en­traba decidida, sonriente bajo el velito de motas; un ramillo de violetas na­turales, preso en la solapa, la anuncia­ba con la discreta brisa de su perfume; y soltaba el, discurso, no en tono supli­cante, sino como el que pide lo que se le debe.
-No estamos lo que se dice en grave apuro, eso no; sin embargo, hemos su­frido, pérdidas... ¡Figúrate que vivía­mos, con tanto lujo...! Cuesta, cuesta el acostumbrarse a recortar gastos. Echamos de menos el coche, los abo­nos, los viajes... En vista de esto aña­día precipitadamente la niña al notar las nubes de desconfianza y precaución que iban cubriendo la faz de su interlo-cutora-, hemos resuelto ser en breve más ricas que nunca. Yo tengo dispo­sición, buen gusto, algo de chic. He aceptado la representación de una mo­dista muy elegante de Biarritz, la que nos vestía antes; este traje es de ella... Reproduciremos aquí sus modelos con alguna rebaja, naturalmente... Haremos las toilettes y los sombreros; todo com­pleto. Pago, eso sí, al, contado; la mo­dista nos lo exige... Hemos montado taller. Conque, querida, a ver si nos ayudas..., ¿eh? No te pido otro favor... Es en ventaja tuya; vestirás bien con menos sacrificio, y lo que lleves será igual -como que es el modelo- a lo que otrias traigan de casa de madama La­gaze... Te dejo las señas. Corre la voz... Ven a casa a ver los modelitos...
Los confeccionó ella misma, con tra­pos suyos, sobre maniquíes de alambre de unas cuantas pulgadas de alto. Ha­bía el traje de sociedad, el de calle, el abrigo y hasta el alborotado, insolente, enorme sombrero. La fiebre de la inspi­ración hacía que Germana ni tuviese tiempo de notar que su madre empeo­rába. Dionisia, desesperanzada y tem­blona, lloraba por los rincones. Germa­na, valerosa, esperaba las parroquia­nas seguras. Al espejuelo de la elegan­cia extranjera, la mujer acude, y acu­dió. Dos antiguas amigas se encarga­ron trajes sastre; tres o cuatro desco­nocidas, abrigos y sombreros; una da­ma de alto copete pidió el traje de so­ciedad muy aprisa, a plazo fijo, para comida y baile en la Embajada de Rusia...
-Oye, Dionisia -suplicó Germana, con voz rota por la emoción: coge, sin que mamá te vea, todo el dinero que tenga ella en su armario... Hay que adelantar la tela, los adornos...
-No me atrevo... ¡Coger, así, del ar­mario! ¡Las economías de mamá!
-¿Prefieres pedir limosna?
La energía sugestiona, la resolución fascina. Dionisia se apoderó de la can­tidad, y los trajes empezaron a surgir: Las hermanas no dormían, n© comían ni vivían. La enferma hubo de notar algo extraño.
-¿Qué os pasa? ¡Qué raras estáis! ¿Por qué me deja Germana sola tanto tiempo? ¿A qué se dedica? ¡Ingrata! Que venga...
Una mañana, el ahogo de la señora fué más largó, o las fuerzas se halla­ban más agotadas tal vez... Sobre el brazo de Dionisia cayó la inerte cabeza de la madre, libre ya de penas y sufri­mientos, bañada en eterno reposo. Las hijas, arrodillándose al pie de la cama, sollozaban sin consuelo. Se oyó sonar la campanilla, imperiosamente,
-¡Llaman!... -gimió Dionisia.
-¡Es la parroquiana del traje de so­ciedad!... ¡La había citado a esta ho­ra! Viene a probar -hipó Germana, le­vantándose.
-¿Vas a recibirla? -reprobó la her­mana mayor.
-¡Ya lo creo!...
Y Germana, limpiándose las lágrimas, salió aprisa.
-¿Llora usted? -preguntábale entre compadecida y curiosa la cliente, mien­tras ahuecaba con el dedo un pliegue del cuerpo escotado, para señalar la arruga.
-Sí, señora. Acabo de saber que se me ha muerto una parienta... allá en Andalucía.
-¿Cercana?
-No mucho... Pero la queríamos... ¿Le gusta a, la señora el escote bajo, o sin hombreras? Ahora se llevan poco...
-Más bajito así... Que no me fal­te usted mañana, ¿eh? Espero el vestí­do por la tarde...
Al día siguiente -horas después del entierro- Germana cobraba la primera toilette de las que hicieron la reputa­ción de las famosas hermanas Ramos. Se ganaba en el traje sobre unas tres­cientas pesetas.
-Si yo confieso mi verdadera situa­ción -decíamé Germana, al referirme su escondida tragedia, o me vuelven la espalda o me dan unas «perras» de limosna... Hay que pedir con soberbia y para lujo; no para comer...

1.005. Pardo Bazan (Emilia)

El montero

Aquella noche, la roja Sabel -la mujer de Juan Mouro, el montero de la Arestía- notó algo extraño en aquella actitud de su marido, cuando este regresó del trabajo, negras las manos de la pólvora de los barrenos, y enredados en el grueso terciopelo de su chaqueta pequeños fragmentos graníticos.
-Mi hombre, la cena está lista -advirtió Sabel cariñosamente. Hay un pote tan cocidito que da gloria. He mercado vino nuevo, y te he puesto una tartera de bacalao gobernado con patatas. ¡Siéntate, mi hombre, y a comer como el rey!
El montero no respondió. Soltó la herramienta en un ángulo de la cocina, acomodóse cerca de la lumbre, y sacando la petaca de cuero, amasó un golpe de tabaco picado entre las palmas de las manos. Lió después el pitillo, y lo encendió y chupó, sin desarrugar el entrecejo un instante, torvo y sombrío, fija la vista en el suelo. Sabel, con solicitud, porfió:
-Llégate a la artesa, mi hombre... Te voy a echar el caldo en la cunca... Mira cómo resciende.
Siempre enfurruñado, Juan Mouro tiró la colilla y se acercó a la artesa, cuya tapa bruñida y negruzca servía de mesa de comedor. Sabel le sirvió el espeso caldo de berzas y unto, observándole con el rabillo del ojo y esperando la confidencia, que no podía faltar. El montero y su mujer se entendían muy bien: ella afanándose en la casa, él bregando en la cantera de la Arestía, extrayendo piedra y más piedra, unidos por el deseo de juntar para adquirir el gran pedazo de sembradura que se extendía al norte de su vivienda y la mancha de castaños adyacentes. Jóvenes aún, se amaban a su manera, con sanas y rudas caricias, y ponían en común las aspiraciones limitadas y tercas del humilde. Así es que Sabel aguardaba, mientras su marido se saciaba, ávidamente, como hombre rendido que repara sus fuerzas. Y así que la satisfacción de la necesidad le produjo bienestar, reventó el embuchado.
-¿No sabes, mujer? Es una cosa que parece cuento. Que saltan con que no les da la gana de que yo arranque más piedra en todo el mes..., ¡y sabe Dios si en el otro!
-¿Qué dices, hom?...
-¡Asimismo... ray!
-¿Y quién tiene poder para eso? ¿El Auntamiento? ¿Los vecinos de la Arestía? ¿No soltamos por la cantera muy buenos cuartos?-refunfuñó Sabel, indignada, depositando sobre la artesa la tartera del bacalao y dos platos de barro vidriado, relucientes como cobre.
-¡Qué Auntamiento ni qué...! ¡No, mujer; si son los de la juelga! Los canteros de Sainís, de Bertial, de Dosiñas. Me leyeron la sentencia: que no se trabaja, y que no se trabaja, y que no se trabaja..., ¡ray!
-¿Y ellos mandan en ti? ¡Que manden en sus orejas!
-Mandar..., según: mandan y no mandan... Al tiempo que arman esas juelgas (el demonio las coma), todo Dios tiene que sujetarse a la voluntá de quien se le antoja volverlo todo de patas arriba... ¡ray, ray!
-¿Y no se asujetando? -insinuó Sabel. Su voz trepidaba irritada; veía ya sus economías devoradas por el paro del trabajo, y el querido pedazo de sembradura perdido para siempre, adquirido por la codiciosa vecina, la Norteira, a quien un hijo, desde Montevideo, libraba a veces cantidades. -¿Y no se asujetando? -repitió ante el mutismo de Juan-. ¿Qué señorío tiene sobre de ti, pregunta mi curiosidad, para se meter en si subes o no subes a la Arestía?
-Señorío, ninguno; ya se sabe, mujer; pero una mala partida pronto se le hace a un hombre..., ¡ray!
Volvió Sabel a callar unos instantes. Luchaba con la impresión vaga y siniestra de las palabras de su marido. Su instinto de hembra sagaz le decía también que Juan, indeciso, no esperaba sino el consejo, la excitación de la dona. Fijó los ojos en el arca, en cuyo pico guardaba sus ahorros, y creyó ver salir los duros, tan bien ganados con el sudor del montero, en fila, para mercar el pan diario. Su hombre estaba hecho a la buena comida, al traguito, que arrancar piedra no es como ensartar abalorio..., ¡Y ahora! ¡Con los brazos quietos, con la cantera comprada, con las piezas encargadas, que sabe Dios si los maestros se cansarían y las encargarían a otra parte! ¡Gastar todo el peto; quizá tener que pedir prestado al usurero!... Sabel puso delante de Juan la jarra de loza colmada de vino. El vino da ánimos...
-¿De modimanera que salen con la suya? ¿No arrancas?-porfió así que Juan hubo bebido.
-Si arranco o no arranco, eso se verá -respondió él con arrogancia jactanciosa-. A mí nadie me manda por malas, ¿lo oyes? Y a dormir, que mañana cumple madrugar.
-Si al fin no vas al monte... -insinuó ella, como el que deja caer las palabras.
No hubo respuesta. Cubrió Sabel el fuego, y media hora después apagaba la candileja de petróleo. Al principio durmió con inquieto sueño, no libre de pesadillas; pero hacia el amanacer la salteó el letargo profundo que preparan la buena digestión y el cansancio normal de la labor diaria. Despertó con un rayo de sol matutino y un revuelo de moscas sobre la cara; las maderas, desunidas, dejaban pasar luz y aire. Al sentirse sola en la cama, saltó precipitadamente al suelo, despavorida.
-¡Juan, Juan! -gritó, lanzándose por la escalera, que retemblaba bajo sus pisadas de buena moza.
La cocina estaba desierta; la puerta de la casa, entornada había quedado; de la esquina faltaban las herramientas. No cabía duda: el montero iba camino del monte...
Sabel asomóse a la puerta, tembló; una ráfaga fresca, fría más bien, procedente del mar, que no cesa de abanicar a la tierra mariñana, fue acaso la causa de su escalofrío: reparó que estaba en camisa y que tenía los pies descalzos, y aprisa se metió dentro. Mientras se vistió, el temblorcillo proseguía, y allá en su interior una voz hueca y pavorosa murmuraba palabras de amenaza, de improperios, de maldición. «Te despabilamos a tu hombre, ahora mismo... Le abrasamos la cara, le cortamos el pescuezo... Le sacamos afuera las tripas...» Toda la brutal palabrería de las riñas aldeanas, las interjecciones y tacos de la guapeza rústica, zumbaban en los oídos de Sabel. El bocado de pan del desayuno se le atragantó. Ya no se acordaba de los duros, guardados en el pico del arca, sino sólo de su hombre, de su trabajador, del que lo ganaba, con los recios brazos y el hercúleo esfuerzo...
-¡Ay, si me lo mancan!... ¡Juaniño!
Poco a poco se fue serenando. El día avanzaba, y la claridad del sol es certero conjuro para disipar terrores. Sabel se puso a desgranar espigas de maíz. De improviso oyó en la carretera unas corridas como de animal perseguido que huye; empujaron la puerta y el montero se precipitó, sin sombrero, sin herramienta, cubierto de polvo, en mangas de camisa manchadas de sangre...
-Vienen tras de mí. Escóndeme, mujer...
-¿Qué hiciste, mi hombre? -sollozó Sabel. ¡Ay pobres, desdichados de nosotros!
-Me salieron al camino. Que no arrancase... Me llamaron vendido. Me querían apalear. Dejé a uno, que ni da a pie ni a pierna. Le partí la cabeza con el picachón, así. ¡Ese ya es ánima del Purgatorio!
-Más vale que sea él que tú -contestó Sabel, abrazándose locamente a su marido, y escuchando ya en la carretera, a lo lejos, el tropel de la gente que perseguía al matador.

«Blanco y Negro», núm. 636, 1903.

1.005. Pardo Bazan (Emilia)