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lunes, 5 de agosto de 2013

Tio conejo y tio coyote

Una viejita tenía una huerta que era una maravilla.
Allí encontraba uno todo: rabanitos, culantro, tomates, zapallitos y chayoticos tiernos, lechugas. Pero la viejita comenzó a encontrar los quelites de las matas de chayote y de zapallo comidos, y después, daños por todo. Entonces hizo un gran muñeco de cera y lo plantó en la puerta.
Pues, señor, el caso es que tío Conejo era el de aquel tequio; se metía en las noche y se daba cuatro gustos gurruguseando por todo.
Cuando llegó y se encontró con aquel espantajo, se escondió detrás de unas matas a examinarlo. y al convencerse de que no se movía y que era de mentiras, la picó de valiente, se acercó y le dijo: 
-¿Idiai, hombré, a ver qué es la cosa? Echémonos, a ver si vos me podés atajar.
Y tio Conejo le metió su moquete, pero como el muñeco era de cera, tío Conejo se quedó pegado. Le dio mucha cólera y le metió otro moquete y se quedó pegado. Por despegarse comenzó a patalear y se quedo pegado de las dos patillas; metió la cabeza y se le pegaron las orejas.
En esto amaneció y salió la viejita a su huerta y se va encontrando con mi señor, bien pegado del muñeco.
-¡Ajá, con que ya di con lo que era! ¿Con que vos eras, confisgado, el que estabas acabando con mi huerta? Aguardate ai y verás. Ahora te voy a pelar, a ver si te quedan ganas. Y lo cogió y lo metió entre un saco; lo amarró y lo dejó a un ladito en la cocina, mientras iba a traer el agua.
-¡Ah vaina la que me fue a pasar! -se puso a pensar tío Conejo. Y comenzó a pegar unos grandes gritos: 
-¡Sáquenme de aquí! ¡Sáquenme de aquí!
En esto iba pasando tío coyote y a los gritos, se fue metiendo hasta la cocina a ver qué era. Cuando llegó junto al saco, preguntó: 
-¿Quién está aquí; 
-Tío Conejo le contestó: 
-Pues yo, tío Conejo, que me tienen entre este saco porque me quieren casar con la hija del rey, y yo no quiero. Yo no me quiero casar.
Tío Coyote le dijo:
-¡Que mamada! ¡Con la hija del rey! ¡Así quien no...! ¿Qué más querés?
Tío Conejo le dijo: 
-Pues ni aun así. Ya ves que es la hija del rey, y todavía si me la dieran encasquillada en oro, diría que no. ¡Qué vaina! ¡Qué vaina! El buey solo bien se lame. Yo que pensaba morir soltero...
Tío Coyote dijo: 
-¡Cuándo yo! ¡Más bien estaría bailando de la contentera! Yo sí que no me haría el rosita como vos.
Entonces tío Conejo le propuso: Mirá, ¿por qué no me soltás y te metés vos en mi lugar? En la ceremonia el novio va a estar metido entre el saco, para que la princesa no se de cuenta, porque el rey es el de la gana de que yo me case con su hija. Y una vez pasada la ceremonia, el rey tiene que convenir.
El muy no nos dejes de tío Coyote, sin acordarse de que ya otras veces tío Conejo le había jugado sucio, convino. Desamarró el saco y salió tío Conejo; se metió él, y tío Conejo lo amarró y ¡paticas! por aquí es camino...
Se escondió entre unos matorrales para ver en qué paraba aquello.
Volvió la viejita con su tinaja de agua. Puso una olla de agua al fuego y se sentó a esperar. Tío Coyote, donde oyó gente, por quedar bien comenzó a decir: 
-¿Idiai, a qué hora viene la princesa? Ahora sí, ya tengo ganas de casarme.
-Sí, princesa te voy a dar yo sé por dónde -le contestó la viejita.
Cuando el agua estuvo hirviendo, desamarró el saco y se asomó. 
-¿Ajá, con que de conejo se volvió coyote! Está bueno.
Y tío Coyote, vuelto una agua miel, respondió: 
-Si señora, pero yo si tengo mucho gusto en casarme.
La viejita cogió su olla de agua hirviendo y se la echó por la trasera.
El pobre tío Coyote salió en un alarido, y en carrera abierta. Cuando lo vio pasar tío Conejo le gritó:
-¡Adiós, tío Coyote c... quemao, por amigo de ser casao!

***
Allá a los días, en una que va y otra que viene, se va topando tío Conejo con tío Coyote. Tío Conejo se quedó como el día en que lo habían de enterrar. ¡Hijo del padre! ¡Ahora sí que me llevó quien me trjo! -se puso a pensar.
Verlo tío Coyote y ponerse como un jarro zonto, todo fue uno.
-¡Bueno, tío Conejo, yo y usté tenemos que arreglarnos...!
Tío Conejo se hizo el tonto: 
-Y ¿eso de qué, tío Coyote? Yo espulgo mi conciencia y veo que en nada lo he ofendido.
-Sí, callate solfas. Por dicha que ya yo sé con la tusa con que me rasco. Encomendate a Dios, porque aquí me las vas a pagar todas juntas.
Tío Conejo, mientras tanto, estaba volando ojo para todos lados. A la orilla de una cerca había un palo de zapote cargadito de zapotes. Entonces dijo: -Bueno, tío Coyote, ¿qué vamos a hacer? El que puede, puede. Pero eso sí, que antes de acabar conmigo, me deje subir a ese palo de zapote a comerme un zapotico que estoy viendo desde aquí, madurito que no sé cómo no se ha caído. No me mande al otro lado con la gana. Tome mi mano que vuelvo a bajar para que me tasajee.
-¡Qué caray! -contestó el otro, andá y comete el zapote, que en seguida será otro cantar. Y lo que es yo no me quito de aquí hasta que bajés.
No bien había acabado tío Coyote de consentir, cuando iba mi señor palo arriba diciendo:
-¡Carachas! ¡Que me he visto en alitas de cucaracha! ¡Enainas me almuerza!
Ya arriba, se puso a hacer que comía zapote y a decir: 
-¡Qué zapotes! ¡Si es como estar comiendo sobao! ¡Qué ricura!
Hágase de cuentas, tío Coyote, que tatica Dios encerró entre estas cáscaras terrones de dulce.
Tío Coyote ¿quiere que le tire uno para que pruebe?
-Bueno -respondió el otro.
Allá te va; abra la boca y cierre los ojos.
De veras: el otro gandumbas va abriendo ei hocico y Tío Conejo buscó el zapote sazón más galano que encontró y se lo dejó ir con toda alma hacia la boca.
Por supuesto que le apió cuanto diente tenía y el pobre tío Coyote dijo a correr pegando el grito al cielo.

***
Fueron pasando días y en una de tantas, en una noche de luna, vuelve a dar tío Coyote con tío Conejo.
Todo moletas, le dijo mientras lo agarraba de las orejas: 
-Lo que es de ésta sí que no escapás, grandísimo tal por cual. Mirá cómo me tenés...
Y tío Conejo, aunque no era del caso para reírse, ya no aguantaba las ganas, al ver al pobre tío Coyote sin dientes y al recordar cómo andaría la trasera.
-Pues bueno, tío Coyote, ¡qué vamos a hacer! Cuando usted dice este macho es mi mula, nadie lo saca de ahí. Dios sabe que nada le he hecho con intención de hacerle daño. Es que vea, tío Coyote, yo soy más torcido que un cacho de venado con usté, y cada vez que quiero hacer una paloma me sale un sapo. ¡Que el señor le dé paciencia conmigo!
Y tío Conejo dio un gran suspiro.
Callate, vende miel y bebe sin dulce. Quien no te conoce que te compre.
-¿Sabe para dónde iba, tío Coyote? Pues a atiparme de queso. ¡Viera qué queso! Hasta que se ve amarillito.
-¿Y dónde está? -le preguntó tío Coyote.
-Pues ande y vamos.
Y echaron a andar, tío Coyote sin soltar a tío Conejo.
Llegaron a un gran charco y en el fondo de él se reflejaba la luna llena.
-Tío Conejo dijo:
-Mire, tío Coyote repare qué queso. Yo creo que hay para un año. Y diga si no se le ve chorrear la mantequilla.
Y el otro Juan Vainas contestó: 
-De veras, tío Conejo. ¡Qué hermosura! ¿Y cómo hacemos para cogerlo?
-Muy sencillo. Pongámonos a bebernos el suero.
No es mucho y ahorita lo acabamos.
Y dicho y hecho, se puso a hacer que bebía. Tío Coyote sí, se puso muy en ello a beber y beber, a beber hasta que por fin ya no le cabía.
-¿Ay, tío Conejo de Dios! Ya no aguanto.
Tío Conejo respondió: 
-Aturrúsele tío Coyote, ya entre poco acabamos.
Allá al rato, jadeando y con la panza como una tambora, volvió a decir tío Coyote: -Ja.. jaa..., ja... ¡Ay, ya no aguanto!
-¿Sabe lo que vamos a hacer? dijo el indino de tío Conejo. Pues mire, tío Coyote, vamos a pegar una carrera en esa cuesta, para que se nos baje el suero, y enseguida volvemos a acabar con lo que falta.
El otro convino, tío Conejo lo cogió de una mano y salió con él cuesta abajo.
Tío Coyote no pudo ni gritar y en media cuesta se oyó como cuando revienta una vejiga de res inflada.
¡Pues qué era! Pues el pobre tío Coyote, que llevaba la panza como una timba, había reventado en la carrera.
Y tío Conejo que por dos veces se había visto a palitos para no ir a parar a la panza de tío Coyote, pudo ya andar tranquilo para arriba y para abajo.

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Tio conejo y los quesos

Pues señor, es el caso que tío Conejo se nos había vuelto muy melindres para comer, y a mi amo no le gustaban sino cositas buenas. Decía que ya el churristate lo tenía hasta el copete y a los quelites les hacía ché. Ultimamente andaba antojado de comer queso tierno. ¿Y cómo hago? ¿Y cómo hago? Por fin quién sabe cómo averiguó que un carretero bajaba todos los viernes de una hacienda, -por un camino de la vecindad, con madera y quesos.
Allá el viernes a la nochecita -que era la hora en que pasaba la carreta, se tiró Tío Conejo en medio camino y se hizo el muerto. Dichosamente hacía una luna como el día y el carretero se agachó para ver qué era aquel bultico.
-¡Miren allá -dijo a un compañero- si es un conejito! ¡Ah señor, qué le pasaría!... ¡Pobrecito! Pero no está muerto, todavía resuella. Lo voy a echar en la carreta y quien quita que vuelva en sí.
Y lo que el sapo quería... El carretero acomodó a Tío Conejo entre los sacos de queso, y la carreta se puso otra vez en marcha. Entonces abrió un ojo, después el otro, y como vió que no había nada que temer, hizo un buen boquete al saco de gangoche en que venían los quesos bien envueltos en tusa. Se puso a sacarlos y a arrojarlos al camino. Así que el saco estuvo vacío, se tiró él y salió como un cachiflín a recoger los quesos y a llevarlos a su casa. Luego se dió tal atipada de queso que quedó que no podía moverse.
Otro día se sentó a la puerta a relamerse y a hacer la boca agua a cuantos pasaban. Iba Tío armadillo a hacer diligencia, a ver si encontraba algo qué comer y el muy mal corazón lo detuvo:
-Asómese compadrito y espíe para adentro y me cuenta un cuento.
Y tío Armadillo se hizo cruces cuando vió aquel gran montón de quesos que llegaba hasta el techo.
Pasó Tía Iguana y lo mismo:
-Venga acá viejita y dese una asomadita.
Tía Iguana se fue llena de envidia.
Pasó Tía Ardilla y Tío Conejo le gritó:
-Vení acá niñá y cuidado con caerte para atrás cuando veas lo que vas a ver.
Y de veras, la pobre tía Ardilla que andaba en ayunas se quedó como quien ve visiones, y no se atrevía a recoger unas boronitas que estaban en el suelo.
A tío Conejo se le movió el corazón y le hizo un gallito de queso con tortilla: 
-Tomá niñá para que no se te reviente la hiel.
-Dios se lo pague tío Conejo -dijo tía Ardilla- que Dios me lo guarde y me le dé salud y me le repare de donde menos piense.
-Tía Ardilla, tía Iguana y tío Armadillo se fueron por los campos a contar de la maravilla de quesos que tenía tío Conejo. Oirlo tía Zorra y corre para donde tío Conejo, todo fue uno.
Apenas la divisó, se metió corriendo tío Conejo, y atrancó bien la puerta.
Llegó tía Zorra y se puso a tocar: 
-Upe, tío Conejo, ¿qué hace Dios de esa vida?
Tío Conejo se asomó por la ventanita alta.
-¿Qué se le ofrece tía Zorra?- le preguntó. Y perdone que no salgo a abrirle, pero es que me acabo de calentar la nuca con manteca de chancho y me puse un trapo zahumado porque estoy rabiando de un oído.
-Lo siento mucho, tío Conejo. Y hablando de otra cosa: ¿no me querrías vender un diezde queso?
-No comadrita, no tengo venta.
-Andan diciendo que tenés la casa llena de quesos. Contame cómo hiciste; por qué no me decís.
-Con mucho gusto tía Zorra. Viera qué sencillez. Fue así y así y tío Conejo le explicó todo.
-Así quien no... ¡Qué mamada! -dijo tía Zorra. Y decime, hombre, ¿vos crees que si yo me hago la muerta en el camino me pasa la misma?
-¡Uh! Pues cómo no -contestó tío Conejo. Otra cosa tendría duda, ¿pero eso? Si la veo ya con la casa llena de quesos. Anímese viejita...
-Sí, hijo, voy a ver si hago el ánimo. El que no se arriesga no pasa el mar. Habiaos que no saque algo. Ai encomendame a Dios para que me vaya bien.
Y tía Zorra se fue.
De veras, allá el viernes a la nochecita se puso a la mira y cuando sintió venir carretas se tiró a lo largo en medio camino, en el mismo sitio en que lo hizo el otro. Y para quedar mejor se estiró bien y se puso tieso. El carretero deonde la vió, dijo: 
-¡Adiós trabajos! Hoy hace ocho era un conejo y hoy es esta lambuza hedionda. ¿No querrá también dejarme sin quesos? Aguardate ai y verás... Gui, buey viejo, gui...
Y diciendo y haciendo, el muy ingrato chuceó los bueyes y la carreta le pasó por encima a la infeliz tía Zorra.
Sólo porque Dios es muy grande y porque las zorras tienen la vida muy dura, tía Zorra quedó contando el cuento. Pero cuando la pobre volvió en sí, no valía un cinco, todos los huesos le dolían y como pudo, regresó a su casa y tuvo que estar un mes en cama.
A los días pasó por donde tío Conejo, todavía en muletas. Apenas lo vió le torció los ojos y le hizo tan mal modo que parecía se lo quería tragar.
-Vas a ver mechudo, orejón, me las has de pagar. Yo te contaré -le gritó en un temblor.
-¡Eso sí que está bonito! ¿Y yo qué le ha hecho? -preguntó tío Conejo.
-Sí, ¿yo que le he hecho? Pero con esa no te quedás, y le quiso meter su muletazo.
-¡Eh! ¡diantres la vieja revesera! -le dijo tío Conejo, y tuvo que meterse corriendo y pasar el picaporte a la puerta; y por torear a tía Zorra se asomó por la ventanita alta y se puso a comerse un buen tuco de queso, y a arrojarle boronitas en la cara.
A tía Zorra de la cólera le dió un ataque y tuvieron que llevársela a la casa en silla de manos, tío Armadillo y tío Coyote.

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Tio conejo y los caites de su abuela

Un día estaba tío Conejo en la montaña, metiéndole mil virutas a tía Palomita Yuré, que lo oía sin pestañear: que él era hijo del rey y que vivía en un palacio de oro y plata: que su padre y su madre usaban una corona más alta que el palo en que estaba parada tía Palomita, con ser que era un palo de guanacaste; que tenía mil ochocientos criados y que cuando le hablaban se ponían de rodillas y le besaban los pies.
Estaba en lo mejor, y la otra con la baba caída, cuando sintió que le echaban garra por detrás y al mismo tiempo un vocerrón gritaba: 
-¡Ah! Tía Palomita Yuré, ¡Tan vieja y en cartilla! ¿Usté es capaz de comprarle las mentiras a este gran zamarro? ¿No ve que es tío Conejo, más conocido que la ruda?
Tío Conejo volvió a ver y se quedó sin resuello al toparse con tío Tigre, que le dijo:
-Hola, amigó, ¿qué hace Dios de esa vida?
Ajá, ¿con que te cogí asando elotes? Gran tal por cual, lo que es ahora te amolaste. Yo te contaré.
-¡Ah caballada! -pensó tío Conejo, ¡Y la que me fue a pasar! ¡Aquí sí que no hay tu tía!
Por un si acaso y para ganar tiempo, se hincó con las manos puestas al frente de tío Tigre y se puso a rogarle:
-¿Idiay, tío Tigre, y eso qué es? ¿Acaso yo le he faltado en lo más mínimo? Hágame el favor de decirme si usté no ha sabido que yo siempre con todo el mundo no tengo en la boca sino buenas ausencias suyas. Ayer cabalmente no me lo apié de la boca en todo el santo día: que tío Tigre sí que es valiente, que tío Tigre sí que es nonis para brincar, que tío Tigre sí que es muy gallo...
-Sí, callate labioso. Lo que es conmigo no la socás. Y dejate de andarme vainas y ajesusiate porque estás en las últimas. Encomiéndelo a Dios, tía Palomita Yuré.
-Bueno, tío Tigre, ¡Qué caray! Yo no le tengo miedo a la muerte. Vea, lo único que le pido es que vaya conmigo a mi casilla para disponer de los cuatro chunches que tengo. Eran de mi abuela y al fin uno le tiene cariñillo a esas cosas y no quiero que un particular vaya a ser el logrado.
-No, no, no. Ya te dije que a mí no me vengás con solfas. Quien no te conoce que te compre. Ajesusiate, te digo.
-¡Is, tío Tigre! No creí que fuera tan mal corazón. A un moribundo no se le niega un capricho, contimás una necesidad como es la de dejar dispuesto los cuatro realillos y los cuatro chunches que uno tiene. Mire, tal vez le guste alguna cosilla y entonces se la deja en mi nombre, lo mismo que la platilla; es una nada, pero de algo le sirve, aunque sea para candelas.
-Es que ya me has hecho muchas, confisgado.
-Vea, tío Tigre, vamos, y usté ve que me puedo zafar, no me deja entrar.
Tío Tigre convino y se llevó a tío Conejo al trompicón.
Tío Conejo iba pensando en el camino: 
-¡Ay tatica Dios! ¡Ayúdame, a ver cómo me las campaneo para salir se este apuro!
Llegaron a la casilla de tío Conejo y tío Tigre la registró minuciosamente por fuera, y cuando vió que sólo una puerta tenía y que no había otra salida por donde pudiera escabullirse, dejó a tío Conejo entrar y él se echó a la entrada, porque en el interior no cabía.
Convinieron en que tío Conejo pondría las cosas en la puerta para que tío Tigre las tirara del otro lado y las fuera amontonando.
Tío Conejo se puso a hacer que hacía. Al ratito tiró un trapo más sucio que un terrón.
-Allá va el camisón de mi abuela. Si no le sirve, tírelo bien lejos.
Tío Tigre lo cogió con asco y lo tiró bien lejos.
En esto entrecerró los ojos porque hacía mucho sol.
-Allá van las enajuas de mi abuela. Si no le sirven, tírelas bien lejos.
Tío Tigre las cogió y las tiró bien lejos.
-Allá va la petaca de mi abuela. Si no le sirve, tírela bien lejos.
Tío Tigre la tiró bien lejos.
Tío Conejo se echó por el suelo y sacando las orejas, gritó: 
-Allá van los caites de mi abuela.
Si no le sirven, tírelos bien lejos.
Tío Tigre sin fijarse los agarró y tiró lo que era, lejos.
Cuando oyó tío Tigre fue que le gritaron de un montazal:
-Adiós, tío Tigre... y que le aproveche... Volvió la cabeza tío Tigre y ¡Va viendo! los caites de la abuela que se las caiteaban por entre un potrero.

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Tio conejo y el yurro

Allá en un verano, todos los rios se secaron y sólo quedo un yurro con una miseritica de agua. Allí iban todos los animales a beber.
Pero tío Tigre, como era tan gallote, se hizo gato bravo con el yurro y se fue a vivir a sus orillas. Así cogía dos colmenas en un solo palo porque bebía cuando tenía sed y a cuanto animal llegaba, le echaba traca y se lo zampaba sin más aquellas.
Los pobres animales estaban que no hallaban para dónde coger. Un día se reunieron para ver que hacian. Unos decían que así, otros que asá, Y por fin aquello se volvió una merienda de negros.
Entonces tio Conejo se puso medio a medio y les dijo:
-¿Cuánto me dan y les quito a tío Tigre del yurro?
No seas rajón -le contestaron. ¿Que vas a poder vos? Mejor callate.
¡Si, mejor callate! ... Pues ai vamos a ver.
Y se fue, y los demás se quedaron, "si creemos, si no creemos"
Bueno pues tio Conejo llegó donde una viejita conocida suya, y le pidió prestado un gran jicarón que tenia por ahí rodando. La viejita se lo prestó. Enseguida se fue a buscar un gran panal de jicote barcino que él habia visto, y cuando lo encontró, lo hurgó con un palo y le abrió tamaño hueco. La miel comenzó a chorrear y se hizo un pocerón en el suelo. Entonces tío Conejo se revolcó en un hojarascal. Se volvió a revolcar en la miel y luego en el hojarascal, hasta ponerse de este tamaño.
Y ¡ah figura la que quedó! ¡Hubieran visto ustedes!
Luego se puso a dar brincos y las abejitas que estaban furiosas alrededor del panal, se asustaron tanto, que salieron volando a pito y caja y fueron a escorar quién sabe dónde.
Tio Conejo le hizo un agujerito a la jícara, se la escondió entre las hojas con el hocico metido en ella y se puso a dar unos aullidos tan feos, que ¡Ave María!
-¡Uh! ¡uuuu! ¡Oh! ¡oooo!
Y las hojas le hacían: ¡chis! ¡chas!, al moverse.
Entonces se fue al yurro.
Todos los animales que lo encontraron en el camino quedaron sin habla, con la lengua arrollada y a los más poquiticos les dio una descomposición y ganas de ir allá afuera.
-¡Uh! ¡uuuuu! ¡Oh! ¡ooooo! ¡chis! ¡chas!
¡Jesús, Maria y José! Si tenían razón. ¡Jamás de los jamases se había visto nada tan horrible, ni que hiciera tan feo!
Tío Tigre estaba echando un sueñito, pero aquel ruidal lo despertó. Se espabiló bien y se enderezó a poner cuidado. ¡Hummm! ¡No me gusta ese ruido! ...
Y se puso erizo.
¡En esto apareció aquello!
-¡Uh! ¡uuuuu! ¡Oh! ¡ooooo! ¡chis! ¡chas!
¡Soy el Hojarascal del Monte! Se me quisieron oponer cinco leones y me los comí. Se me quiso oponer un elefante y me lo comí. ¡Pobre de quien se me oponga!
Por supuesto, que semejante animal con esa voz saliendo de un jicarón, puso a tío Tigre que un sudor se le iba y otro se le venía.
Tío Conejo se paró frente a tío Tigre y le preguntó con desprecio:
¿Quién sos?
Tío Tigre se le arrodilló:
-Soy tio Tigre, y si su Sacra Real Majestad quiere, puedo ir a barrerle su solarcito.
Yo no soy Sacra Real Majestad, sino el Hojarascal del Monte y si tuvieras que barrer mi solar, tendrías que barrerme toda la montaña porque toda la montaña es mía. ¿Y qué estás haciendo aqui?
Pues nada, señor don Hojarascal del Monte, es que vine a echarme un trago de agua.
-Ajá, ¿con que esas tenemos? ¿Con que has venido a ensuciarme mi yurro? ¡Ahorita verás!
-¡No me haga nada, señor don Hojarascal del Monte, por vida suyita!
Pues te me quitñs de aquí ya, va, si no querís que salga de vos ahora mismo; y cuidadito con volver a asomar la nariz por aquí, porque te va a saber feo. Este yurro es mío y pedile a Dios que no me arrepienta de dejarte ir.
Tío Tigre se las pintó sin esperar segundas razones y creyó que ese día había nacido por segunda vez.
Así que tío Conejo tanteó que el otro iba largo, se quito la jícara, se acercb al yurro y bebió cor cor de aquella agüita tan fresca, todo lo que le dio la gana. Después se revolcó bien en la corriente para quitarse la miel y las hojas y cuando quedó como antes, se puso en busca de los demás animales. Los halló y les dijo:
-Bueno, ahora sí, manada de inútiles vavan a beber agua, ya está todo arreglado. ¡Y síganme comiendo por detrás!
Los otros no querían creer, pero mandaron a tío Yigüirro a que se diera una asomadita.
Tío Yigüirro fue y les vino a decir que no se veía por el yurro nada de tío Tigre. Entonces los animales corrieron a quitarse la sed.
Cuando tío Conejo los vio bebiendo agua muy a gusto, le dio colerita y les gritó: 
-¡Eso es, así es como les gusta a ustedes todo, sinvergüenzones, a mama sentada! ¡Otra vez cojan cacho!
Y se fue muy enojado.

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Tio conejo y el caballo de mano juan piedra

Bueno, pues es el caso que se casaba tío Periquito Sapoyol con tía Cotorrita, y que uno de los padrinos era tío Conejo.
La parranda era -como es costumbre- en casa de la novia, que quedaba como a dos horas de la de tío Conejo, y se iban a casar a las cinco de la mañana después de bailar toda la noche.
Pero tío Conejo no pudo ir al baile porque estaba renco y entonces tuvo que madrugar. Desde que comenzaron las claras del día ya estaba mi señor arriba: estrenó unos zapatos amarillos que chillaban que daban gusto, y se plantó bien con el chaquetón de casimir azul, el sombrero de pedantear que era de pita muy fino; se amarró un pañuelo de seda tinta en el pescuezo, se echó agua de olor, se atusó los bigotes y se fue a la calle.
Me olvidaba decir que al salir cogió un envoltorito que no era otra cosa que una parejita de tazas la cosa más linda que había comprado para hacer con ella un regalo a la novia.
Tío Conejo apenas llegó a tiempo. El que llega, y los novios que salen para la iglesia.
Como todos estaban muy contentos, apenas vieron a tío Conejo le gritaron: "¡Viva tío Conejo!" Y hasta tío Coyote que se había metido sin convidarlo, por quedar bien gritó: "¡Viva tío Conejo!".
Tío Conejo cogió a tía Cotorrita de bracete y dijo: ¡Campo y anchura, que aquí va la hermosura!
Pues para no cansarlos con el cuento, así que volvieron de la iglesia siguió la parranda. Y en una que va y en otra que viene, tío Conejo en son de ayudar a repartir, se cachó una botella de rompope, se la metió por donde mejor pudo e hizo que iba al cerco que sé yo a qué. Pero a lo que iba era a empinarse la botella y allí debajo de una chayotera se la escurrió. Como el rompope estaba bien cargadito de guaro se pegó su buena almadiada y le va cogiendo esa precisa de volverse a casa.
Tía Cotorrita le rogó que no se fuera porque el almuerzo iba a estar muy rico: que había frito, posol y la consabida torta de arroz con leche, una torta de caer sentado comiendo. Pero nada, tío Conejo ya muy tuturuto segía diciendo adiós a todos, llorando y dándoles abrazos. Entoces tía Cotorrita en persona, de velo y corona, se metió en la cocina y con sus propias patitas hizo un gallo a su padrino, y tío Conejo cogió para su casa.
Como los zapatos nuevos le maltrataban, se le había rematado la renquera que iba que no podía dar paso. En eso vió un caballo paciendo a la orilla del camino y al momentico le echó el ojo. A él que nada le faltaba y con los tragos, se envalentonó, se hizo por el caballo, le echó un bozal con un mecate que traía la bestia, se encaramó como si fuera el dueño y comenzó a jinetearlo de tal manera que el gallito que le diera tía Cotorra fue a dar al polvazal.
En el peso del día pasó por la casita de ña María, y como todavía no se le había bajado la rasca, se metió en la sala de la viejita con todo y bestia a pedirle agua fresca. Por supuesto que a ña María no le gustó la confianza, pero estaba sola y le dió miedo reclamarle viéndolo tan descompuesto. Lo ú nico que se animó a decirle fue:
-¿Idiai tío Conejo, ese caballo no es el de mano Juan Piedra?
-¡Qué mano Juan, ni que nada! -respondió tío Conejo, y salió sacando plumas de su cabalgadura.
Tío Conejo siguió su camino cabecea y cabecea y cuando menos pensaba sintió que le pararon el caballo y lo sornagueron de un brazo.
-Ajá, gran sinverguenza, con que vos eras el que me jineteabas mi bestia, ya te cogí, y ahorita mismo te vas conmigo adonde el político.
Del susto se refrescó tío Conejo y se va encontrando cara a cara con mano Juan Piedra, el propio dueño del caballo, quien lo miraba que se lo quería tragar con los ojos.
Tío Conejo respondió:
-¡Miren allá con las que sale! No sea tagarote porque el que va para el Fondo es este ruco. ¨Ud. está creyendo que yo mantengo piojosos ajenos que andan sueltos y muertos de hambre? ¿No ve que anoche se me metió en el frijolar y se lo comió casi todo? Ai está ña María que no me deja mentir... Otro día tenga cuidado antes de amenazar a la gente honrada.
El otro se quedó medio corrido, y como pensó que le podía ir feo, quiso mejor arreglar el asunto por las buenas:
-No viejo, no sea impetuoso, acuérdese que vale más un mal arreglo que un buen pleito. A ver, ¿cuánto vale el daño?
Tío Conejo se puso a ver para arriba, como pensando.
-Pues por lo menos menos, serán unos siete con seis, y eso guardándole toda clase de consideraciones.
-Rebájame algo -suplicó el otro. Ud. sabe cómo anda el tiempo...
-¡Sí, rebájame algo...! Si quiere echamos testigos para que se convenza de que le estoy cobrando como persona que no es angurrienta.
Y tío Conejo se mostraba tan gallote que el otro se la tragó y fue sacando un pañuelo con un gran nudo en la punta. Con todo el dolor de su corazón deshizo el nudo y comenzó a contar los siete pesos con seis reales y se los dió a tío Conejo.
Tío Conejo los cogió, y metiéndole los talones al ruco salió disparado y dijo a mano Juan Piedra:
-Como ya estamos ai no masito, présteme al peruanito y ahorita se lo mando con el muchacho. Es para no apearme.

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Tio conejo ennoviado

Allá una vez hizo la tuerce que tío Conejo se enamoró de tía Venada al mismo tiempo que tío Tigre. Y tía Venada, yo no sé si de miedo o porque de veras le gustaba, al que correspondía era a tío Tigre.
Pero tío Conejo no se achucuyó ni se dió por medio menos, sino que se puso a idear cómo haría para quitarle la novia.
Atisbó un día en que tío Tigre no visitaba a tía Venada y fue llegando:
-Hola, ñatica, ¨qué hay del amor? Ai andan regando que usté está en grandes con tío Tigre...
Tía Venada se chilló y quería hablar de otra cosa, pero el muy zángano se puso a echarle pullitas, y por aquí y por allá, hasta que la otra dijo que sí, y que ya tenían plazo para casarse.
-¡Hum! ¡Mala la chica! -pensó tío Conejo y se puso a decir:
-Mire, tía venada. ¿Ud. es tontica de la cabeza o es que se hace? Quién dispone irse a casar con ese naguas miadas de tío Tigre... Si ese es un mamita de quien yo haga lo que me da mi regalada gana. Con decirle que a veces hasta de caballo me sirve.
-Eso sí que no puede ser.
-¿Que no puede ser? ¿Cuánto apostamos, tía Venada?
-Lo que quiera, tío Conejo.
-Convenido. ¿Si llego un día de estos montando en tío Tigre nos casamos?
-Convenido.
-Bueno, pues trato hecho nunca jamás deshecho.
Entonces tío Conejo se le puso atrás a tío Tigre sin que éste supiera, y un día que lo vió zamparse un ternero, se tiró en el camino por donde tenía que pasar, y se puso a dar unos quejidos que llenaban de agua los ojos:
-¡Ay, ay, ay, mi patica de mi alma! ¡Malahaya sea ese tagarote!
En esto llegó tío Tigre y como tenía la panza llena, estaba de buenas pulgas.
Se acercó tío Tigre y con muy buen modo le preguntó:
-¿Idiai viejito, qué es la cosa, qué le pasa?
-Pues no ve, tío Tigre, que me agarró un perro y no sé como estoy contando el cuento. Y la cosa es que iba para donde tía Venada a darle un recadito que precisa.
Al otro se le alegró el ojo donde le mentaron a tía Venada.
-Adió, tío Conejo, no faltaba más. ¿Y los amigos para qué somos? Venga, encájese en mí y lo llevo en una carrerita.
-Dios se lo pague, estimado. ¿Quién otro lo había de hacer?
Y en un grito se encaramó en tío Tigre, que lo llevó a casa de tía Venada.
Por supuesto que cuando embocaron en la calle en que ella vivía, tío Conejo dejó de mariquear y se echó para atrás con mucho garbo y se puso una mano en el cuadril, y cuando vió a tía Venada asomarse a la ventana, le hizo de ojos y que se callara.
Bajó de su cabalgadura y renqueando se acercó a tía Venada como para darle el recado y queditico le dijo:
-Ve, cholita, como le cumplí. Pero hágase la tonta, porque ése viene con hambre y cuando está con hambre no es cómodo. Mejor chito en boca, no vaya a ser cosa que en un momento de cólera se la coma. Como es así... Cuando está con hambre no sabe lo que hace...
Tía Venada se quedó chiquitica y se puso con el corazón que se le salía.
Tío Conejo se volvió a montar en tío Tigre y se fueron.
Otro día llegó tío Tigre a ver a tía Venada y aunque era muy mínima, no se quiso quedar con aquello adentro.
-¿Idiai?, tío Tigre, por qué andaba sirviéndole de caballo a tío Conejo?
-Pero, hija, si no era de caballo, sino que esto y esto-. Y tío Tigre le contó lo que había pasado.
-¡Ve lo que es ese lengua larga!
Entonces tía Venada le puso en pico las rajonadas con que había llegado el otro.
Tío Tigre se puso muy ardido de que tío Conejo lo hubiera hecho caer de leva delante de su novia.
-Va a ver ese chachalaca la que le va a pasar. Conmigo no juega así no más.
Y tío Tigre salió haciendo feo.
En eso iba pasando tía Ardilla, que era comadre de tío Conejo, porque tío Conejo le había llevado dos güirrillos a la pila.
Tía Venada que era muy lenguona y que no podía quedarse con nada adentro, la lllamó:
-Adiós, niña. ¿Para dónde la lleva? Venga acá, porque tengo que contarle una cosa.
De veras la otra se acercó y tía Venada le echó el cuento y que lo que era a tío Conejo se lo iba a llevar candanga.
Tía Ardilla se despidió y se fue a buscar a tío Conejo para prevenirlo.
Cuando lo encontró, le dijo:
-¡Compadrito de Dios, si no se las menea no doy un cinco por su pellejo!
Y le contó.
-Ajá ¨con que esa nariz de panecillo fue con el cuento? -dijo tío Conejo. Yo le voy a contar. Y mire, comadrita, usté me va a ayudar a salir de tío Tigre. Búsqueselo y me le dice esto y esto, para hacerlo ir al pedrón aquél que está cerca del ojo de agua. ¿Recuerda?
-Sí, cómo no.
-Bueno,pues, cuento con Ud.
-No tenga cuidado.
De veras, tía Ardilla se puso a buscar a tío Tigre y al fin dió con él.
Se sentó en una rama bien alta de un árbol, con la cola derecha que la hacía parecerse a una muñequita que tuviera mucho pelo y lo llevara suelto, y con una risita muy fregadita, dijo:
¡Is! Tío Tigre, y Ud. piensa quedarse así no más con tío Conejo. Ai anda ventiándose la boca con que usté es uno de sus caballos y dándose taco con que el otro día pasó por donde tía Venada montado en usté. Yo que usté le ponía la paletilla en su lugar.
-¡Eso dice ese boca abierta! Ese...
Pero a tío Tigre se le trabó la lengua de cólera y no pudo decir más.
-No es por nada, tío Tigre, pero él tiene la cuevilla debajo de aquél pedrón que está cerca del ojo de agua.
El otro no esperó segundas razones y cogió para allá.
La tal piedra había estado metida en un paredón, pero el agua de la lluvia había lavando la tierra y ahora estaba sostenida, por puro milagro, de unas raicitas y bastaba el esfuerzo de un ratón para que saliera rodando.
Tío Tigre venía que ni veía de la rabia y llegó derecho a olisquear debajo de la gran piedra.
Tío Conejo estaba allí detras esperando, y cuando lo vió, mordisqueó las raicitas y el pedrón rodó y cogió a tío Tigre que no pudo hacer ni cuío.
Entonces tío Conejo se fue a buscar a tía Venada y le dijo:
-Venga conmigo, ñatica, y verá a su querer como está.
De veras, tía Venada fue con tío Conejo y se va encontrando con tío Tigre hecho una tortilla. Al verlo cayó con un ataque y cuando volvió en sí, comprendió que de repente se iba a quedar para vestir santos; entonces con mucha labia le dijo a tío Conejo que si gustaba de casarse con ella, estaba a su disposición.
Tío Conejo le respondió:
-¡Ich! ¡Ahora sí soy bueno! Vaya a freir monos, viejita. Yo no quiero nada con gente cavilosa. ¿Quién la tenía yéndole con el cuento al otro, para que me cogiera tirria? Ai ha tenido que andar a monte, y ni gusto para comer tenía. Cásese si quiere con la zonta de su agüela.
Y tío Conejo echó a correr monte adentro y dejó pifiada a tía Venada.

1.040. Lyra (Carmen) - 000

Tio conejo comerciante

Una vez tío Conejo cogió una cosecha que consistía en una fanega de maíz y otra de frijoles y como era tan maldito, se propuso sacar de eso todo lo que pudiera.
Pues bueno, un miércoles muy de mañana se puso su gran sombrero de pita, se echó el chaquetón al hombro y cogió el camino. Llegó donde tía Cucaracha y tun, tun. Tía Cucaracha, que estaba tostando café, salió cobijándose con su pañuelo para no pasmarse.
-¿Quién es? ¡Adiós trabajos! ¡si es tío Conejo! ¿Qué se le ofrece? Pase pa dentro y se sienta -y tía Cucaracha limpió la punta de la banca con su delantal.
-Aquí no más -contestó tío Conejo- si vengo de pasadita a ver si quiere que tratemos. ¿Qué le parece que vendo una fanega de maíz y otra de frijoles en una onza y media? ¡Báileme ese trompo en la uña! Regaladas, tía Cucaracha, pero la necesidá tiene cara de caballo.
-Pues ai vamos a ver, tío Conejo. Si me decido, allá llego.
-No, no, tía Cucaracha. Si se decide es ya, porque si no voy a buscar otro. Vine aquí de primero por ser usté. Y si se decide, llegue a casa el sábado como a las siete de la mañana, porque yo tengo que bajar a la ciudá.
-¡Qué caray! Hago el trato y allá llego el sábado con mi carreta. Pero no se vaya. Ahorita está el café y tengo un tamal asado que acabo de sacar.
Tío Conejo se sentó y al poco rato estaba allí tía Cucaracha con un buen jarro de café acabadito de chorrear y una gran ración de tamal asado.
Con ese puntalito entre el estómago, siguió tío Conejo su camino. Llegó donde tía Gallina y tun, tun.
-¿Quién es? gritó desde adentro tía Gallina, que estaba enredada con el almuerzo.
-Yo, tío Conejo, que vengo a ver si hacemos un trato.
-Pase pa dentro y se sienta. A ver, ¿qué es el trato?
-Es que vendo una fanega de maíz y otra de frijoles en onza y media. ¡Vea qué mamada! Como quien dice, echar el maicillo y los frijoles a la calle... Pero estoy en un gran aprieto y tengo que venderlos por esa miseria. Me vine derecho a buscarla, tía Gallina, porque al fin y al cabo somos buenos amigos y uno debe preferir a los amigos.
Tía Gallina fue a volver la tortilla al comal, y mientras fue y vino, pensó que era un buen negocio y prometió a tío Conejo ir el sábado como a las ocho con su carreta, por el maíz y los frijoles. También le dió un queso hecho en la casa para que probara.
Tío Conejo siguió su camino y llegó donde tía Zorra que estaba pelando unos pollos.
-¡Hola, tía Zorra! ¿Qué hace Dios de esa vida?
-¡Pero hombre, tío Conejo! ¡Buenas patas tiene su caballo! Pase adelante, pase adelante y ahorita almorzamos.
Tío Conejo entró y propuso el negocio del maíz y de los frijoles a tía Zorra, metiéndole una larga y otra corta: que la había preferido a todos y que por aquí y por allá, y que si se decidía, llegara como a las nueve el sábado, porque él tenía que bajar a la ciudad. Tía Zorra dijo que bueno, y prometió llegar el sábado con su onza y media donde tío Conejo.
Después que dió una gran almorzada, tío Conejo se despidió y siguió su camino. Llegó donde tío Coyote, que estaba quitando del fuego una gran olla de conserva de chiverre.
-¡Upe! Tío Coyote. ¿Cómo le va yendo?
-¡Dichosos ojos, tío Conejo! Vale más llegar a tiempo que ser convidado. Entre pa dentro y prueba esta conservita que está muy rica.
Mientras se comía su plato de conserva, tío Conejo ofreció sus fanegas de maíz y de frijoles a tío Coyote por onza y media. En seguida cerraron el trato y tío Coyote quedó en llegar por ellas el sábado como a las diez de la mañana, con su carreta.
Tío Conejo se despidió y siguió adelante. Llegó a casa de tío Tirador, que estaba en el corredor aceitando su escopeta.
-Tío Tirador, aquí vengo a que crea que he perdido los bartolos, a ofrecerle una fanega de maíz y otra de frijoles en onza y media. ¡Un disparate! Pero es que ando cogiéndolas del rabo con una jaranilla que me ha caído encima.
Tío Tirador trató, y quedó de llegar el sábado con sus dos mulas, por el maíz y los frijoles. Tío Conejo le propuso que llegara como a medio día, porque en la mañana tenía que estar en la ciudad, de precisa, y no volvería a casa sino hasta por ahí de la una.
Luego tío Conejo regresó a su casa. El sábado se levantó de mañanita y se sentó en la tranquera. Apenas había salido el sol, cuando vió venir a tía Cucaracha con su carreta.
Tío Conejo la hizo llevar la carreta detrás de la casa. Le enseñó el maíz y los frijoles; tía Cucaracha sacó del seno el pañuelo en que traía anudado el dinero, lo desanudó y puso en manos del vendedor la onza y media.
El muy labioso de tío Conejo invitó a entrar a tía Cucaracha, descolgó la hamaca que estaba prendida de la solera de la sala y le dijo: -Venga, tía Cucaracha, y se da una mecidita mientras se fuma este puro habano. Y tía Cucaracha se echó en la hamaca y se puso a fumar.
Tío Conejo estaba para adentro y para afuera. De pronto apareció con las manos en la cabeza.
-¡Tía Cucaracha de Dios! Allá viene tía Gallina, y es para acá.
-¡No diga eso, tío Conejo! -dijo tía Cucaracha tirándose de la hamaca-. ¡Dios libre sepa que estoy aquí! ¡Escóndame por vida suyita, tío Conejo! Ya me parece que estoy en el buche de tía Gallina.
Tío Conejo la escondió entre el horno y salió a recibir a tía Gallina, a la que hizo llevar la carreta al galerón, le enseño las fanegas de maíz y de frijoles y recibió la onza y media. Después por señas la hizo asomarse al horno y tía Gallina se va encontrando con mi señora tía Cucaracha, que pasó a su buche en un decir amén. En seguida la llevó a la sala, la hizo subir a la hamaca y aceptar un puro habano.
Cuando tía Gallina estaba en lo mejor, meciéndose y fumando, entró tío Conejo con las manos en la cabeza: 
-¿Tía Gallina de Dios? ¿Adivíneme quién viene allí no masito?
-¿Quién, tío Conejo?
-Pues tía Zorra, y no sé si es por usté o por mí.
-Por mí, tío Conejo. ¿Por quién había de ser? ¡Escóndame por vida suya! -Y la pobre tía Gallina, más muerta que viva, corría de aquí y de allá sin saber qué camino tomar.
Tío Conejo la escondió en el horno y salió a recibir a tía Zorra. La llevó a dejar la carreta en el potrero, para que no viera las otras, recibió su onza y media y en lo demás hizo como antes. Le señaló el horno con mil malicias y tía Zorra se zampó a tía Gallina. Mientras se estaba meciendo en la hamaca y fumándose su puro habano, tío Conejo estaba como una lanzadero, para adentro y para afuera. En una de tantas, entró haciéndose el asustado:
-!Tía Zorra de Dios! ¿Adivine quién viene para acá?
Tía Zorra pegó un brinco. ¿Quién, tío Conejo?
-Pues tío Coyote... Y no se sabe si es por usté o por mí.
-¡Ah, tío Conejo más sencillo! ¿por quién había de ser si no por mí? ¡Escóndame y Dios quiera no me huela!
Tío Conejo la escondió en el horno y salió a recibir a tío Coyote. Después que éste le entregó la onza y media, lo llevó a la sala.
-Echese en la hamaca, tío Coyote, y descansa. Mientras tanto fúmese este purito habano.
No hay qye apurarse por nada. ¡Adió! De repente, cuando uno menos lo piensa llega la Pelona y adiós mis flores, se acabó quien te quería. Yo por eso nunca me apuro por nada.
Así que se fumó el puro, tío Conejo le dijo al oido: 
-Vaya y dese una asomadita al horno y verá la que le tengo allí. 
-Fue tío Coyote y halló a tía Zorra haciendo zorro. En un momento la dejó difunta y se la comió. Estaba todavía relamiéndose, cuando entró tío Conejo:
-¡Tío Coyote de Dios! ¿Adivíneme quién viene allí no más?
-Diga, tío Conejo- contestó tío Coyote asustado al ver la cara que hacía tío Conejo.
-¡Pues tío Tirador, con así fusil! Y no se sabe si es por usté o por mí.
-¡Ay, tío Conejo! ¡Ese viene por mí, porque me lleva una gana! Escóndame, por la que más quiera.
-Pues métase entre ese horno y yo cierro la puerta.
Tío Coyote se metió, con el corazón que se le salía y tío Conejo se fue a la tranquera a recibir a tío Tirador.
-Ya creí que no venía, tío Tirador -dijo el muy sepulcro blanqueado. Pase, pase y descansa en esa hamaca, que debe de venir muy rendido. Fúmese este purito habano y luego viene a ver su maíz y sus frijoles.
Cuando tío Tirador hubo descansado, tío Conejo le dijo al oído:
-Prepare la guápil, tío Tirador, y vaya a darse una asomadita por el horno.
Así lo hizo tío Tirador, quien se va hallando con tío Coyote que estaba con las canillas en un temblor. Tío Tirador apuntó y ¡Pun! ..., ¡Adiós, tío Coyote! ...
Después fueron a cargar en las mulas el maíz y los frijoles, y así fue como éste fue el único comprador que recibió la cosecha de tío Conejo, quien cobró sisete onzas y media por una fanega de maíz y otra de frijoles, y se quedó con cuatro carretas y cuatro yuntas de bueyes y muy satisfecho de su mala fe.
Cuando terminaba este cuento la tía Panchita, siempre añadía con tristeza: 
-¡Achará que tío Conejo fuera a salir con acción tan fea! Yo más bien creo que fue tía Zorra y que quien me lo contó se equivocara... porque tío Conejo era amigo de dar qué hacer, pero amigo de la plata y sin temor de Dios, eso sí que no.

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