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lunes, 5 de agosto de 2013

Tio conejo comerciante

Una vez tío Conejo cogió una cosecha que consistía en una fanega de maíz y otra de frijoles y como era tan maldito, se propuso sacar de eso todo lo que pudiera.
Pues bueno, un miércoles muy de mañana se puso su gran sombrero de pita, se echó el chaquetón al hombro y cogió el camino. Llegó donde tía Cucaracha y tun, tun. Tía Cucaracha, que estaba tostando café, salió cobijándose con su pañuelo para no pasmarse.
-¿Quién es? ¡Adiós trabajos! ¡si es tío Conejo! ¿Qué se le ofrece? Pase pa dentro y se sienta -y tía Cucaracha limpió la punta de la banca con su delantal.
-Aquí no más -contestó tío Conejo- si vengo de pasadita a ver si quiere que tratemos. ¿Qué le parece que vendo una fanega de maíz y otra de frijoles en una onza y media? ¡Báileme ese trompo en la uña! Regaladas, tía Cucaracha, pero la necesidá tiene cara de caballo.
-Pues ai vamos a ver, tío Conejo. Si me decido, allá llego.
-No, no, tía Cucaracha. Si se decide es ya, porque si no voy a buscar otro. Vine aquí de primero por ser usté. Y si se decide, llegue a casa el sábado como a las siete de la mañana, porque yo tengo que bajar a la ciudá.
-¡Qué caray! Hago el trato y allá llego el sábado con mi carreta. Pero no se vaya. Ahorita está el café y tengo un tamal asado que acabo de sacar.
Tío Conejo se sentó y al poco rato estaba allí tía Cucaracha con un buen jarro de café acabadito de chorrear y una gran ración de tamal asado.
Con ese puntalito entre el estómago, siguió tío Conejo su camino. Llegó donde tía Gallina y tun, tun.
-¿Quién es? gritó desde adentro tía Gallina, que estaba enredada con el almuerzo.
-Yo, tío Conejo, que vengo a ver si hacemos un trato.
-Pase pa dentro y se sienta. A ver, ¿qué es el trato?
-Es que vendo una fanega de maíz y otra de frijoles en onza y media. ¡Vea qué mamada! Como quien dice, echar el maicillo y los frijoles a la calle... Pero estoy en un gran aprieto y tengo que venderlos por esa miseria. Me vine derecho a buscarla, tía Gallina, porque al fin y al cabo somos buenos amigos y uno debe preferir a los amigos.
Tía Gallina fue a volver la tortilla al comal, y mientras fue y vino, pensó que era un buen negocio y prometió a tío Conejo ir el sábado como a las ocho con su carreta, por el maíz y los frijoles. También le dió un queso hecho en la casa para que probara.
Tío Conejo siguió su camino y llegó donde tía Zorra que estaba pelando unos pollos.
-¡Hola, tía Zorra! ¿Qué hace Dios de esa vida?
-¡Pero hombre, tío Conejo! ¡Buenas patas tiene su caballo! Pase adelante, pase adelante y ahorita almorzamos.
Tío Conejo entró y propuso el negocio del maíz y de los frijoles a tía Zorra, metiéndole una larga y otra corta: que la había preferido a todos y que por aquí y por allá, y que si se decidía, llegara como a las nueve el sábado, porque él tenía que bajar a la ciudad. Tía Zorra dijo que bueno, y prometió llegar el sábado con su onza y media donde tío Conejo.
Después que dió una gran almorzada, tío Conejo se despidió y siguió su camino. Llegó donde tío Coyote, que estaba quitando del fuego una gran olla de conserva de chiverre.
-¡Upe! Tío Coyote. ¿Cómo le va yendo?
-¡Dichosos ojos, tío Conejo! Vale más llegar a tiempo que ser convidado. Entre pa dentro y prueba esta conservita que está muy rica.
Mientras se comía su plato de conserva, tío Conejo ofreció sus fanegas de maíz y de frijoles a tío Coyote por onza y media. En seguida cerraron el trato y tío Coyote quedó en llegar por ellas el sábado como a las diez de la mañana, con su carreta.
Tío Conejo se despidió y siguió adelante. Llegó a casa de tío Tirador, que estaba en el corredor aceitando su escopeta.
-Tío Tirador, aquí vengo a que crea que he perdido los bartolos, a ofrecerle una fanega de maíz y otra de frijoles en onza y media. ¡Un disparate! Pero es que ando cogiéndolas del rabo con una jaranilla que me ha caído encima.
Tío Tirador trató, y quedó de llegar el sábado con sus dos mulas, por el maíz y los frijoles. Tío Conejo le propuso que llegara como a medio día, porque en la mañana tenía que estar en la ciudad, de precisa, y no volvería a casa sino hasta por ahí de la una.
Luego tío Conejo regresó a su casa. El sábado se levantó de mañanita y se sentó en la tranquera. Apenas había salido el sol, cuando vió venir a tía Cucaracha con su carreta.
Tío Conejo la hizo llevar la carreta detrás de la casa. Le enseñó el maíz y los frijoles; tía Cucaracha sacó del seno el pañuelo en que traía anudado el dinero, lo desanudó y puso en manos del vendedor la onza y media.
El muy labioso de tío Conejo invitó a entrar a tía Cucaracha, descolgó la hamaca que estaba prendida de la solera de la sala y le dijo: -Venga, tía Cucaracha, y se da una mecidita mientras se fuma este puro habano. Y tía Cucaracha se echó en la hamaca y se puso a fumar.
Tío Conejo estaba para adentro y para afuera. De pronto apareció con las manos en la cabeza.
-¡Tía Cucaracha de Dios! Allá viene tía Gallina, y es para acá.
-¡No diga eso, tío Conejo! -dijo tía Cucaracha tirándose de la hamaca-. ¡Dios libre sepa que estoy aquí! ¡Escóndame por vida suyita, tío Conejo! Ya me parece que estoy en el buche de tía Gallina.
Tío Conejo la escondió entre el horno y salió a recibir a tía Gallina, a la que hizo llevar la carreta al galerón, le enseño las fanegas de maíz y de frijoles y recibió la onza y media. Después por señas la hizo asomarse al horno y tía Gallina se va encontrando con mi señora tía Cucaracha, que pasó a su buche en un decir amén. En seguida la llevó a la sala, la hizo subir a la hamaca y aceptar un puro habano.
Cuando tía Gallina estaba en lo mejor, meciéndose y fumando, entró tío Conejo con las manos en la cabeza: 
-¿Tía Gallina de Dios? ¿Adivíneme quién viene allí no masito?
-¿Quién, tío Conejo?
-Pues tía Zorra, y no sé si es por usté o por mí.
-Por mí, tío Conejo. ¿Por quién había de ser? ¡Escóndame por vida suya! -Y la pobre tía Gallina, más muerta que viva, corría de aquí y de allá sin saber qué camino tomar.
Tío Conejo la escondió en el horno y salió a recibir a tía Zorra. La llevó a dejar la carreta en el potrero, para que no viera las otras, recibió su onza y media y en lo demás hizo como antes. Le señaló el horno con mil malicias y tía Zorra se zampó a tía Gallina. Mientras se estaba meciendo en la hamaca y fumándose su puro habano, tío Conejo estaba como una lanzadero, para adentro y para afuera. En una de tantas, entró haciéndose el asustado:
-!Tía Zorra de Dios! ¿Adivine quién viene para acá?
Tía Zorra pegó un brinco. ¿Quién, tío Conejo?
-Pues tío Coyote... Y no se sabe si es por usté o por mí.
-¡Ah, tío Conejo más sencillo! ¿por quién había de ser si no por mí? ¡Escóndame y Dios quiera no me huela!
Tío Conejo la escondió en el horno y salió a recibir a tío Coyote. Después que éste le entregó la onza y media, lo llevó a la sala.
-Echese en la hamaca, tío Coyote, y descansa. Mientras tanto fúmese este purito habano.
No hay qye apurarse por nada. ¡Adió! De repente, cuando uno menos lo piensa llega la Pelona y adiós mis flores, se acabó quien te quería. Yo por eso nunca me apuro por nada.
Así que se fumó el puro, tío Conejo le dijo al oido: 
-Vaya y dese una asomadita al horno y verá la que le tengo allí. 
-Fue tío Coyote y halló a tía Zorra haciendo zorro. En un momento la dejó difunta y se la comió. Estaba todavía relamiéndose, cuando entró tío Conejo:
-¡Tío Coyote de Dios! ¿Adivíneme quién viene allí no más?
-Diga, tío Conejo- contestó tío Coyote asustado al ver la cara que hacía tío Conejo.
-¡Pues tío Tirador, con así fusil! Y no se sabe si es por usté o por mí.
-¡Ay, tío Conejo! ¡Ese viene por mí, porque me lleva una gana! Escóndame, por la que más quiera.
-Pues métase entre ese horno y yo cierro la puerta.
Tío Coyote se metió, con el corazón que se le salía y tío Conejo se fue a la tranquera a recibir a tío Tirador.
-Ya creí que no venía, tío Tirador -dijo el muy sepulcro blanqueado. Pase, pase y descansa en esa hamaca, que debe de venir muy rendido. Fúmese este purito habano y luego viene a ver su maíz y sus frijoles.
Cuando tío Tirador hubo descansado, tío Conejo le dijo al oído:
-Prepare la guápil, tío Tirador, y vaya a darse una asomadita por el horno.
Así lo hizo tío Tirador, quien se va hallando con tío Coyote que estaba con las canillas en un temblor. Tío Tirador apuntó y ¡Pun! ..., ¡Adiós, tío Coyote! ...
Después fueron a cargar en las mulas el maíz y los frijoles, y así fue como éste fue el único comprador que recibió la cosecha de tío Conejo, quien cobró sisete onzas y media por una fanega de maíz y otra de frijoles, y se quedó con cuatro carretas y cuatro yuntas de bueyes y muy satisfecho de su mala fe.
Cuando terminaba este cuento la tía Panchita, siempre añadía con tristeza: 
-¡Achará que tío Conejo fuera a salir con acción tan fea! Yo más bien creo que fue tía Zorra y que quien me lo contó se equivocara... porque tío Conejo era amigo de dar qué hacer, pero amigo de la plata y sin temor de Dios, eso sí que no.

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Salir con un domingo siete

Había una vez dos compadres guechos, uno rico y otro pobre. El rico era muy mezquino, de los que no dan ni sal para un huevo. El pobre, iba todos los viernes al monte a cortar leña que vendía en la ciudad cuando estaba seca.
Uno de tantos viernes se extravió en la montaña, y le cogió la noche sin poder dar con la salida. Cansado de andar de aquí y de allá, resolvió subirse a un árbol para pasar allí la noche. Ató al tronco el burro que le ayudaba en su trabajo y él se encaramó casi hasta el cucurucho. Al rato de estar allí, vió de pronto que a lo lejos se encendía una luz. Bajó y se encaminó hacia ella. Cuando la perdía de vista, subía a un árbol y se orientaba. Al irse acercando, vió que se trataba de una gran casa iluminada, situada en un claro del bosque. Parecía como si en ella se celebrara una gran fiesta. Se oía música, cánticos y carcajadas.
El hombre aseguró su bestia y se fue acercando poquito a poco.
La parranda era muy adentro, porque las salas que estaban a la entrada se encontraban vacías. En puntillas se fue metiendo, se fue metiendo hasta que dió con lo que era. Se escondió detrás de una puerta y se puso a curiosear por una rendija: la sala estaba llena de brujas mechudas y feas que bailaban pegando brincos como los micos y que cantaban a gritos esta única canción:
     Lunes y martes y miércoles
     tres.
Pasaron las horas y las brujas no se cansaban se sus bailes y siempre en su dele que dele:
     Lunes y martes y miércoles
     tres.
Aburrido el compadre pobre de oir la misma cosa, agregó cantando con su vocecilla de guecho:
     Jueves y viernes y sábado
     seis.
Gritos y brincos cesaron...
-¿Quién ha cantado?- preguntaron unas.
-¿Quién ha arreglado tan bien nuestra canción?- decían otras.
-¡Qué cosa más linda! ¡Quien ha cantado así merece un premio!
Todas se pusieron a buscar y por fin dieron con el compadre pobre, que estaba en un temblor detrás de la puerta.
¡Ave María! No hallaban donde ponerlo: unas lo levantaban, otras lo bajaban y besos por aquí y abrazos por allá.
Una gritó: -Le vamos a cortar el guecho.
Y todas respondieron: -¡Sí, Sí!
El pobre hombre dijo: -¡Eso sí que no!
Pero antes de acabar, ya estaba la inventora rebanándole el guecho con un cuchillo, sin que él sintiera el menor dolor y sin que derramara una gota de sangre. Luego sacaron del cuarto de sus tesoros sacos llenos de oro y se los ofrecieron en pago de haberles terminado su canto.
El trajo su burro, cargó los talegos y partió por donde las brujas le indicaron. Al alejarse las oía desgañitarse:
     Lunes y martes y miércoles
     tres.
     Jueves y viernes y sábado 
     seis.
Sin dificultad llegó a su casita, en donde su mujer y sus hijos le esperaban acongojados porque temían que le hubiera pasado algo.
Les contó su aventura y mandó a su esposa que fuera adonde el compadre rico y le pidiese un cuartillo para medir el oro que traía.
Ella fue y dijo a la mujer del compadre rico, que estaba sola en casa: -Comadrita, ¿quiere prestarme el cuartillo? Es que vamos a medir unos frijoles que cogió mi marido.
Pero la mujer del compadre rico se puso a pensar: 
-Cállate, ¿acaso tu marido ha sembrado nada? ¿Quién mejor que nosotros sabe que no tienen más terreno que ese en que están clavadas las cuatro estacas del rancho?
Y untó de cola el fondo del cuartillo para averiguar qué iban a medir sus compadres pobres.
Estos midieron tantos cuartillos de oro que hasta perdieron la cuenta.
Al devolver la medida, no se fijaron que en el fondo habían quedado pegadas unas cuantas monedas. La comadre rica que era muy angurrienta, y que no podía ver bocado en boca ajena, al ver aquello se santiguó y se fue a buscar a su marido.
-Mirá, ¿vos decís que tu compadre es un arrnacado, que tiene casi que andar con una mano atrás y otra adelante para taparse, que no tiene ni donde caerse muerto? Pues estás muy equivocado...
-Y la mujer mostró el cuartillo, contó lo ocurrido y lo estuvo cucando hasta que hizo al compadre rico irse a buscar al pobre.
-Ajá, compadrito -le dijo. 
-¡Qué indino es usté! ¿Conque tenemos que medir el oro en cuartillo?
El otro, que era un hombre que no mentía, contó su aventura sencillamente.
¡El rico volvió a su casa con una envidia!
La mujer le aconsejó que fuera al monte a cortar leña. 
-Quién quita- le dijo- que te pase lo mismo.
El viernes muy de mañana se puso en camino con cinco mulas y todo el día no hizo más que volar hacha.
Al anochecer se metió en lo más espeso de la montaña y se perdió.
Se subió a un árbol, vió la luz y se fue hacia ella. Llegó a la casa en donde las brujas celebraban cada viernes sus fiestas. Hizo lo mismo que su compadre pobre y se metió detrás de la puerta. Estaban las brujas en lo mejor de su canto:
     Lunes y martes y miercoles
     tres
     Jueves y viernes y sábado
     seis
Cuando la vocecilla del guecho cantó, toda hecha un temblor:
     Domingo siete...
¡Ave María! ¡Para qué lo quiso hacer!
Las brujas se pusieron furiosísimas a jalarse las mechas y a gritar de cólera:
-¿Quién es el atrevido que nos ha echado a perder nuestra canción?
-¿Quién es quien ha salido con ese "Domingo siete"?
Y buscaban enseñando los dientes, como los perros cuando van a morder.
Encontraron al pobre hombre y lo sacaron a trompicones y jalonazos.
-Vas a ver la que te va a pasar, guecho de todita la trampa- dijo una que salió corriendo hacia el interior. Luego volvió con una gran pelota entre las manos, que no era otra cosa que el guecho del compadre pobre, y ¡pan! lo plantó en la nuca del infeliz, en donde se pegó como si allí hubiera nacido. Le desamarraron las mulas, las libraron de sus cargas de leña y las echaron monte adentro.
Al amanecer fue llegando mi compadre rico a su casa con dos guechos, todo dolorido y sin sus cinco mulas y por supuesto, a la vieja se le regaron las bilis y tuvo que coger cama.

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Porque tio conejo tiene las orejas tan largas

Pues señor, un día se le va antojando a tío Conejo tener una estatura mayor, y le habló a un zopilote para que lo llevara a las nubes adonde Tatica Dios.
Tío Conejo llegó a la presencia de Nuestro Señor, que por dicha ese día estaba de buenas, y le dijo que él deseaba ser más grande, que era una gran vaina ser tan chiquillo porque todos se lo quería comer, y que por aquí y por allá.
Tatica Dios le contestó: -Bueno hombre, pero eso sí, traeme un pellejo de león, otro de tigre y otro de lagarto, y con la condición de que vos mismo los has de matar.
Tío Conejo no esperó segundas razones y sin decir adiós a Nuestro Señor, se encajó en el zopilote y volvió a la Tierra. Lo primero que hizo fue atisbar a tío Tigre y en un medio día que estaba echando una siesta, llegó quebrándose y gritando como loco:
La Santísima Trinidad! ¡Ave María, Gracia Plena! ¡Los Tres Dulcísimos Nombres!
A la bulla se recordó tío Tigre y lleno de miedo, le gritó: 
-¿Qué es la cosa, hombre?
-¡Tío Tigre de Dios, ni me pregunte! ¿Qué le parece que ai no masito viene un huracán? Por vida suya, amárrema con estos bejuquitos para que no me lleve-. Y daba vueltas de aquí y corría de allá.
A tío Tigre se le fue el cuajo a los talones.
-¡No diga eso, tío Conejo! ¿Y ahora qué hago? ¡No habrá por ai con qué amarrarme a mí también?
Tío Conejo tenía ya unos bejucos muy resistentes listos debajo de las hojas, y dijo haciéndose de las nuevas:
-Pues aqu¡ hay unos bejuquillos, si quiere... La cosa es que quién sabe para que pueda amarrarlo, porque tengo las manos en un temblor.
Tío Tigre le dijo: -Tantee, tío Conejo, tantee.
Y tío Conejo que era nonis para hacer nudos, lo dejó bien reateado a un palo y cuando lo tuvo as¡, comenzó a tirarle pedradas; luego que lo vió más del otro lado que de éste, se acercó con un palo y acabó de salir de él. Ya muerto lo desamarró y con su cuchillo le quitó la piel, que dejó al sol para que se oreara.
Luego se puso a cavilar cómo conseguiría la piel del león.
El sabía que había un pumita que estaba haciendo tonterías en una hacienda de ganado.
Entonces se fue adonde el dueño y le dijo: 
-Mire, ñor Hombre, ¿quiere que hagamos un trato?
-Vamos a ver, ¿qué es la cosa? -le contestó el otro.
-Vea, ¿quiere que salgamos de mano leoncito?
El hombre se rió y dijo: 
-Idiai, ¿y cómo vas a hacer, vos tan chiquitillo?
-Ai verá. Deme su palabra de que me ayudará as¡ que esté muerto en lo que yo le pida, y le prometo que de aqu¡ a diez días no tendrá ese tequio encima.
Tío conejo se lo llevó a un sitio en donde había un hoyo en forma de embudo, bastante hondo, arenoso y con las paredes lisas. El que caía all¡ tenía que perder las esperanzas de salir si no había quién le ayudara. Tío Conejo hizo al hombre cortar ramazones y tapar la abertura del hueco y darle la apariencia del suelo cubierto de hojas. Después le aconsejó que en la pura orilla atara un ternero bien gordo y él corrió en busca del león.
Cuando dió con él, le gritó: 
-Mano León de Dios, andaba en busca suya. ¡Viera que almuercillo más ñeque le tengo! Póngaseme atrás y verá.
Mano León de veras lo siguió y tío Conejo hizo que llevaran al lugar de modo que el otro tuviera que pasar por el hueco. Por supuesto que poner los pies sobre las ramazones y salir rodando, fue uno. A los ocho días el pobre mano León murió de hambre. Tío Conejo corrió en busca de ñor Hombre para que le ayudara a sacarlo, y cuando lo tuvo fuera, le arrancó la piel con su cuchillo, la extendió al sol y la dejó oreándose al lado de la del tigre.
Le faltaba la del lagarto.
Sabía que éste era muy parrandero y en una noche de luna cogió su guitarra y se fue a cantar a la orilla del río y a echar guipipípas.
Mano Lagarto fue saliendo y le preguntó:
-Hombré, ¿por qué estás tan alegre?
Tío Conejo le contestó: 
-¡Cómo quiere que no esté alegre, si voy a un baile donde hay cuatro muchachas!... (Tío Conejo se llevó la mano a la boca y se besó la punta de los dedos).
-No digás, hombré, no digás. ¿Y eso dónde es?
-Por ai, por ai... -Y tío Conejo hizo que seguía adelante.
Mano Lagarto le dijo: 
-¿Por qué no me llevás, compadrito?
-A m¡ no me gusta andar con aretes- le respondió tío Conejo.
-Bueno, ¡qué caray! ¡Pero, eso s¡, ciudado con la cuenta! ¡Ciudado con ir a hacer una que no sirve!
El otro le hizo mil juramentos y se pusieron en camino. Pero tío Conejo se hizo el renco y mano Lagarto le propuso que se le subiera encima. Tío Conejo se encaramó sobre mano Lagarto, y a poco andar le dió con toda alma un garrotazo con un guayacancito que traía escondido. Pero no tuvo buena puntería y apenas lo dejó atarantado. Tío Conejo se las mandó cambiar y mano Lagarto pasó varios días sin poder ver el sol claro.
Tío Conejo no hacía más que tratarse mal él mismo:
-¡ah gran chambón! ¡Achará! ¡Lo que es otra como ésta no se te presenta!
Pero no se dió por vencido y se fue a buscar una lora que vivía cerca del río donde habitaba mano Lagarto. Se aconsejó con ella para que a la tardecita, cuando él pasara, le hiciera ciertas preguntas. De veras, a la tarde pasó tío Conejo por all¡ y la lora le gritó a todo galillo:
-Hombré, tío Conejo, ¿para dónde camina?
-Pues para el matrimonio de la hija del rey.
¡Viera que festarr¡n! Haga el ánimo y nos vamos.
Al o¡rlos se asomó mano Lagarto y al ver a tío Conejo, se puso muy caliente.
-¿Con qué ai andás, gran tal por cual? Ahorita te contaré...
El otro se puso fuera de su alcance y preguntó a la lora: 
-¿Quién es ese joven tan elegante? Yo no lo conozco. Si es la primera vez que lo veo y no sé por qué tan bravo conmigo.
-¡Venime a m¡ con esas! ¿Crees que fue poco el garrotazo que me zampaste el otro día?
-Ajá, ya caigo -dijo tío Conejo. Este me confunde con mi hermano, que es un sinverguenzón de siete suelas. Cabalmente ahora lo tienen en la cárcel por una que hizo. ¡Vieras los chascos que yo me he llevado por ése! ¡Es que somos igualitos!
Mano Lagarto se la compró: -íah! ¿Con qué no eres vos? ¡Ve! Pues ai dispensame. ¿Y para dónde la llevas?
-Pues al matrimonio de la hija del rey. Es que voy a ser padrino. Aquello va a estar de vuelta y media. ¡Un parrandón! Bueno, me las caiteo. Hasta lueguito.
Mano Lagarto estaba que se las pelaba de ganas de ir.
-Hombré, ¿por qué no me llevás?
-Con mucho gusto. Véngase.
Y se fueron.
Allá al mucho andar, tío Conejo hizo como que se daba un tropezón y cayó dando quejidos: -íay! íay! íay! Yo creo que me lisié un pie. Ahora s¡ que estoy galán. Mejor será que se devuelva, mano Lagarto, y me deje aqu¡. Yo no puedo dar un paso.
-¿Cómo va a ser eso? íadiós! Encájatemee encima y vamos al matrimonio. All¡ no faltará quien te sobe. ¿Qué diría el rey si no llegaras?
-No me atrevo. Es mucha grosería. ¿Qué parecía, que tras que me ha hecho usté el favor de acompañarme, también vaya a tener que cargar conmigo?
-¡Adiós! ¿Y eso qué tiene? Montate y dejate de ruidos.
-Lo que el sapo quería -pensó tío Conejo. Y con mil y tantos trabajos se puso sobre mano Lagarto.
Tío Conejo iba en un quejido y el otro por distraerlo, le metió conversación:
-Hombre, tu hermano sí que fue tonto. En vez de darme por la nariz, me dió por la nuca.
No había acabado de decirle, cuando tío Conejo le dejó ir un garrotazo por la nariz que lo dejó tieso allí no más.
Sacó su cuhcillo, y le cortó la piel y lo dejó que se oreara.
Cuando lo estuvo, llamó al zopilote y le habló para que lo llevara con todo y pieles adonde Tatica Dios. As¡ que llegaron ante Su Divina Majestad, tío Conejo, sin andarse con muchas aquellas, le tiró a los pies los pellejos: -¡aqu¡ tiene!...
Ese día Nuestro Señor no estaba de muy buenas pulgas.
-Bueno, ¿y qué hay con eso? -le preguntó de mal modo.
-Nada, pues que usté me dijo que le trajera una piel de tigre, otra de león y otra de lagarto, muertos por mí y aquí están. Y que si se las traía me haría más grande.
Nuestro Señor exclamó: -¡ah gran indino! ¡Se me puso que te ibas a salir con las tuyas! ¡Ya me parece las que has hecho en la Tierra!
Entonces lo cogió de las orejas y les dió tan gran jalonazo que se estiró tamaño poco. (Ha de saberse que antes, antes, tío Conejo tenía las orejas chirrisquitillas). Después le dijo:
-¡Y te me quitás de aquí, zángano!
Tío Conejo salió a pito y caja, sobándose las orejas y Tatica Dios al verlo por detrás, no pudo dejar de echarse una carcajada y con esto se le fue el mal humor.

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La suegra del diablo

Había una vez una viuda de buen pasar, que tenía una hija. La muchacha era hermosa y la madre quería casarla con un hombre bien rico. Se presentaron algunos pretendientes, todos hombres honrados, trabajadores y acomodados, pero la viuda los despedía con su música a otra parte porque no eran riquísimos. 
Una tarde se asomó la muchacha a la ventana, bien compuesta y de pelo suelto. (Por cierto que el pelo le llegaba a las corvas y lo tenía muy arrepentido). No hacía mucho rato que estaba allí, cuando pasó un señor a caballo. Era un hombre muy galán, muy bien vestido, con un sombrero de pita finísimo, moreno, de ojos negros y unos grandes bigotes con las puntas para arriba. El caballo era un hermoso animal con los cascos de plata y los arneses de oro y plata. Saludó con una gran reverencia a la niña, y le echó un perico. La niña advirtió que el caballero tenía todos los dientes de oro. El caballo al pasar se volvió una pura pirueta. Desde la esquina, el jinete volvió a saludar a la muchacha, que se metió corriendo a contar a su madre la ocurrido.
A la tarde siguiente, madre e hija bien alicoreadas, se situaron en la ventana. Volvió a pasar el caballero en otro caballo negro, más negro que un pecado mortal, con los cascos de oro, frenos de oro, riendas de seda y oro y la montura sembrada de clavitos de oro. La viuda advirtió que en la pechera, en la cadena del reloj y en el dedito chiquito de la mano izquierda, le chispeaban brillantes. Se convenció de que era cierto que tenía toda la dentadura de oro. Las dos mujeres se volvieron una miel para contestar el saludo del caballero.
Al día siguiente, desde buena tarde, estaban a la ventana, vestidas con las ropas de coger misa, volando ojo para la esquina. Al cabo de un rato, apareció el desconocido en un caballo que tenía la piel tan negra como si la hubieran cortado en una noche de octubre; las herraduras eran de oro y los arneses de oro, sembrados de rubíes, brillantes y esmeraldas.
Las dos se quedaron en el otro mundo cuando lo vieron detenerse ante ellas y desmontar.
Las saludó con grandes ceremonias. Lo mandaron pasar adelante, y la vieja que era muy saca la jícara cuando le convenía, llamó al concertado para que ciudara del caballo.
El desconocido dijo que se llamaba don Fulano de Tal, presentó recomen-daciones de grandes personas, habló de sus riquezas, las invitó a visitar sus fincas y por último, pidió a la niña por esposa. No había terminado de hacer la propuesta, cuando ya estaba la madre contestándole que con mucho gusto y llamándolo hjo mío.
Desde ese día las dos mujeres se volvieron turumba; cada día visitaban una finca del caballero, cada noche bailes y cenas; no volvieron a caminar a pie, solo en coche, y regalos van y regalos vienen.
Por fin llegó el día de la boda. El caballero no quiso que fuera en la iglesia sino en la casa y nadie se fijó en que al entrar el padre el novio tuvo intenciones de salir corriendo.
Los recién casados se fueron a vivir a otra ciudad en donde el marido tenía sus negocios.
Desde el primer día que estuvieron solos, el marido dijo a la esposa a la hora del almuerzo que él sabía hacer pruebas que dejaban a todo el mundo con la boca abierta y que las iba a repetir para entretenerla; y diciendo y haciendo se puso a caminar por las paredes y cielos con la facilidad de una mosca; se hacía del tamaño de una hormiga, se metía dentro de las botellas vacías y desde allí hacía morisquetas a su mujer; luego salía y su cuerpo se estiraba para alcanzar el techo. Y esto se repetía todos los días al almuerzo y a la comida. En una ocasión vino la viuda a ver a su hija y ésta le contó las gracias de su marido. Cuando se sentaron a la mesa, la suegra pidió a su yerno que hiciera las pruebas de que le había hablado su hija. Este no se hizo de rogar y comenzó a pasearse por el cielo y paredes y a repetir cuantas curiosidades sabía hacer. La vieja se quedó con el credo en la boca y desde aquel momento no las tuvo todas consigo.
A los pocos días volvió a hacer otra visita a sus hijos, trajo consigo una botijuela de hierro, con una tapadera que pesaba una barbaridad. A la hora del almuerzo rogó a su yerno que las divirtiera con sus maromas. Después que éste se dió gusto con sus paseos boca abajo por el techo, le preguntó la tobijuela y le dijo. -¿Apostemos a que aquí no entra Ud?
El otro de un brinco se tiró de arriba y se metió en la botijuela como Pedro por su casa.
La suegra hizo señas a unos hombres que tenían listos con la tapadera, tras una cortina y éstos se precipitaron y taparon la botijuela. El yerno se puso a dar gritos desaforados y a hacer esfuerzos por salir. La esposa quiso intervenir para que le abrieran, pero la madre le dijo: -¿pues no ves que es el mismo Pisuicas? Desde la otra vez que estuve, eché de ver que tu marido no era como todos los cristianos. Le consulté a un sacerdote, quien me acabó de convencer de que mi yerno no era sino el Malo. Dale infinitas gracias a Nuestro Señor de que a mí se me ocurriera este medio de salir de él.
Luego se fue en persona para la montaña, seguida de los hombres que cargaban la botijuela. Se hizo un hoyo profundo y allí dejó enterrada la botijuela con su yerno dentro. Este se quedó bramando de rabia y diciendo pestes contra su suegra.
En efecto, aquél era el Diablo y desde el día en que la vieja lo enterró, nadie volvió a cometer un pecado mortal, sólo pecados veniales, aconsejados por los diablillos chiquillos. Y toda la gente parecía muy buena, pero sólo Dios sabía cómo andaba el frijol.
Pasaron los años y pasaron los años en aquella bienaventuranza, y el podre Pisuicas enterrado, inventando a cada minuto una mal palabra contra su suegra. Un día pasó por aquel lugar un podre leñador que tenía por único bien una marimba de chiquillos, y tan arrancado que no tenía segundos calzones que ponerse. Le pareció oir bajo sus pies algo así como retumbos; se detuvo y puso el oído. Una voz que salía de muy adentro decía: -¡Quien quiera que seas, sacame de aquí...! El hombre se puso a cavar en el sitio de donde salía la voz. Al cabo de unas cuantas horas de trabajar, dió con la botijuela. De ella salía la voz que ahora decía: -Ñor hombre, sacame de aquí y te tiene cuenta.
El preguntó: 
-¿Qué persona, por más pequeña que sea, puede caber dentro de esta botijuela?
El que estaba en ella contestó: 
-Sacame y verás. Soy alguien que puede hacerte inmensamente rico.
Esto era encontrarse con la Tentación y el pobre al oír lo de las riquezas, hizo un esfuerzo tan grande que levantó solo la tapadera. Cierto es que por dentro el Diablo empujaba a su vez con todas sus fuerzas. La tapadera saltó, con tal ímpetu, que desapareció en los aires; el Demonio salió envuelto en llamas y la montaña se llenó de un humo hediondo a azufre. El pobre leñador cayó al suelo más muerto que vivo. Cuando fue volviendo en sí, se le acercó el Diablo y le contó la historia de su entierro.
-Para pagarte tu favor -le dijo- nos vamos a ir a la ciudad. Yo me voy a ir metiendo en diferentes personas, de las más ricas y sonadas, para que se pongan locas. Vos aparecerás en la ciudad como médico y ofrecerás curarlas. No tenés más que acercarte al oído del enfermo y decirme: "Yo soy el que te sacó de la botijuela", -y al punto saldré del cuerpo. Eso sí, cuando te acerqués y yo te diga que no, es mejor que no insistás porque será inútil. Ya te lo advierto.
Y así fue. Partieron para la ciudad, el leñador se hizo anunciar como médico y a los pocos días cátate que un gran conde se puso más loco que la misma locura. Lo vieron los más famosos médicos del reino, y nada. De pronto se puso que un médico recién llegado ofrecía devolverle la salud. Llegó donde el enfermo y para disimular, se puso a darle cada hora una cucharada de lo que traía en una botella y que no era otra cosa que agua del tubo con anilina. A las tres cucharadas se acercó al oído del conde y dijo: -"Soy el que te sacó de la botijuela".
Inmediatamente salió el Diablo y el conde quedó como si tal enfermedad no hubiera tenido. Toda la familia estaba agradecidísima, no hallaban donde poner al médico y lo dejaron bien pistudo.
Siguieron presentándose casos de locura de diferentes aspectos y casi todos eran en el duque don Fulano de Tal, en la duquesa doña Mengana, en el marqués don Perencejo. Y todos fueron curados por el médico, que ya no tenía donde guardar el oro que ganaba. Por fin se puso mala la reina y ¡El señor me dé paciencia! Aquello sí que fue el juicio. La reina no tenía sosiego un minuto y ya el rey iba a coger el cielo con las manos y últimamente tuvieron que amarrarla porque ya no se aguantaba. Aconsejaron al rey que llamara al famoso médico y cuando llegó, le ofreció hacerlo su médico de cabecera y darle muchas riquezas si sanaba a su esposa. El otro, por rajón, le contestó que ya podía hacerse de cuentas de que la reina estaba curada y que si no sucedía así, le cortara la cabeza.
Se acercó con su botella de agua y le dió las tres cucharadas. A la tercera le dijo al oído de la enferma:
 -"Soy yo, el que te sacó de la botijuela".
El diablo respondió: 
-¡No!
Al oír esto, el hombre se achucuyó. ¿Y ahora qué iba a hacer? Se acercó otra vez al oído de la enferma a suplicarle: - ¡Salí por lo que más querrás! ¡Mirá que si no acaban conmigo! Por vida tuyita ...
Pero de nada le servían las súplicas: el otro seguía emperrado en que no y en que no.
Estaba, por lo que se veía, muy a gusto entre los sesos de la reina.
Pidió al rey tres días de término y entre tanto, no hizo otra cosa que suplicar al Diablo que saliera, dar cucharadas de agua con anilina a la pobre reina y sobarse las manos. Cuando estaba para terminarse el plazo, se le ocurrió una idea: pidió al rey que hiciera traer la banda, que comprara triquitraques y cohetes, que a cada persona del palacio le diera una lata o algún trasto de cobre y la armara de un palo y que a una señal suya, la banda rompiera con una tocata bien parrandera, todos gritaran y golpearan en sus latas y se diera fuego a la pólvora.
Y así se hizo. En este momento se acercó el leñador al oído de la reina y suplicó al Diablo: 
-¡Salí por vida tuyita...!
En vez de contestar, el Diablo preguntó:
-Hombre, ¿qué es ese alboroto? El otro respondió:
-Aguardate, voy a ver qué es.
-Inmediatamente volvió y dijo: 
-¡Que Dios te ayude! Es tu suegra que ha averiguado que estás aquí y ha venido con la botijuela para meterte en ella de nuevo.
-¿Quién le iría con la cavilosada a la vieja de mi suegra? -dijo el Diablo. ¿Y patas para qué las quiero? Salió corriendo y no paró sino en el infierno. La reina se puso buena y el leñador, que ya era don Fulano y muy rico, mandó por su mujer y su chapulinada y todos fueron a vivir a un palacio, regalo del rey. Desde entonces la pasaron muy a gusto.

1.040. Lyra (Carmen) - 000


La negra y la rubia

Había una vez un hombre rico que se ocupaba en el comercio. Quedó viudo con una hija y esta hija era una niña muy linda: parecía una machita por lo rubia y lo blanca que la había hecho Nuestro Señor. Además, tenía unos ojos que era como ver dos rodajitas que se le hubieran sacado al cielo. Y sobre todo, sangrita ligera y buena que daba gusto.
El hombre era ambicioso y no contento con lo que tenía, se casó de nuevo con un vieja birringa, una mujer viuda también, a quien él creía muy rica. Después de casado se convenció de que lo de los bienes de la mujer eran más hojas que almuerzo, de que tenía un genio que sólo su madre la podía aguantar y para aliviar los males, se tenía una hija fea como toditica la trampa, negra, ñata, trompuda, con el pelo pasuso y de ribete mala y malcriada como ella sola y la muy tonta se creía una imagen.
Por supuesto que para la rubia, entrar en esta casa fue como entrar al infierno. Ella era el tropezón de la madre y de la hija. Las dos eran muy ruines; por la menor cosa allá te va el pescozón de la vieja y el moquete o el pellizco de la negra. Y como el padre andaba siempre viajando por sus negocios, la teníansoterrada en la cocina, mientras ellas estaban en la sala meciéndose en las poltronas. La pobrecita era sufrida y nunca decía ni esta boca es mía.
Un domingo en la tarde se fueron la madre y la hija a pasear y dejaron a la rubia arreglando la cocina. Así que lo tuvo todo limpio y en su lugar, se lavó, se peinó, se puso su vestido de coger misa y se fue a dar vueltas por el jardín de la casa. De pronto vió entre la hierba una muñequita de porcelana.
-¡Qué muñequita más linda! dijo, y la levantó, le arrancó los terroncillos que tenía entre el pelo y se fue adentro muy contenta a hacerle un vestidito. Desde ese día, apenas la dejaban sola, sacaba de su cofre la muñequita y se ponía a jugar.
Al domingo siguiente se fueron la madre y la hija para misa y dejaron a la rubia moliendo.
Estaba ella en esto, cuando al volver a la piedra de poner una tortilla a asar en el rescoldo, vió sentada sobre la pelota de masa a su muñequita.
Muy admirada la cogió, la limpió y la fue a guardar a su cofre y siguió moliendo, pero mientras fue a volver la tortilla al comal, vino de nuevo la muñeca a acomodarse sobre la pelota de masa.
-Mirá, muñequita, no seas tan guindada- dijo la niña, y la quiso coger para llevarla a su lugar,pero la muñeca se transformó en una señora muy linda, vestida de celeste, con una corona de luz sobre la cabeza y parada en una nube.
-Yo no soy una muñeca- dijo la señora- sino la Virgen.
La niña se arrodilló, pero Nuestra Señora la levantó y sin hacer melindres, se fue a sentar en el taburete de cuero esfondado, que era el único asiento que permitían a la rubia. Luego la cogió en los regazos y se puso a hacerle cariño.
-Mirá, mi hijita- dijo la Virgen- tu padre va a hacer un viaje por ahí abajo y te va a preguntar qué querés que te traiga. Vos le vas a contestar que una arquita como para los pañuelos y otras menudencias. Cuando te la traiga, guardarás en ella la muñequita. Luego la Virgen besó a la niña, desaapareció, y en su lugar quedó la muñeca.
Otro día llegó el papá y le preguntó qué deseaba que le trajese de un viaje que iba a hacer, y su hija le respondió lo que la Virgen le aconsejara.
La negra pidió a su padrastro un traje nunca visto, un sombrero nunca visto y unas zapatillas nunca vistas.
Volvió éste de su viaje y cada una tuvo lo que deseaba.
La negra no hacía otra cosa en todo el santo día que ponerse el traje, el sombrero y las zapatillas y dar paseos frente al espejo.
A veces llamaba a la rubia como para hacerle la boca agua con sus sedas, encajes y plumas.
Por fin llegó el domingo, día del estreno del vestido y desde buena mañana despertó a todo el mundo para que la ayudaran.
La pobre niña rubia hasta que veía el chispero: corre de aquí, corre de allá con los polvos, el colorete, las cintas de apretar el corsé, que esto, que lo otro, que aquí, que allá ...
Por fin salió para misa de tropa, chiqueándose que era un contento, y la seda del vestido hacía tal ruido, que las gallinas que picoteaban en la calle y los perros, salían corriendo. Cuando entró en la Catedral, todo mundo, hasta los soldados y los músicos de banda, volvieron a ver qué significaba aquel ruido que parecía una creciente. Además, la iglesia se llenó de olor a agua Florida, en la que se había bañado.
Entre tanto, la niña se quedó en su cocina en pleitos con la leña que estaba verde y humeaba tanto, que la pobre tenía los ojos como dos tomates. De pronto, ve sobre la piedra su muñequita.
-¿Qué querés, muñequita? -le preguntó.
-La muñeca respondió: -Quiero que vayas a misa de tropa, pero eso sí, no levantés los ojos del suelo.
Pero muñequita, ¿cómo querés que vaya en esta figura? Yo no me presento así en la Casa de Dios. Ya sabés que mi vestido de los domingos me lo hizo pedazos la negra un día que estaba de luna.
-Andá a tu arquita y verás- contestó la muñequita. Y no pensés en la molida ni en el almuerzo, que yo me encargo de eso.
La niña fue a su arca, y cuál no fue su admiración al ver salir de ella un traje como las espumas de una catarata cuando hace luna, todo sembrado de maripositas de oro, unos zapatitos de raso, también blancos, y un sombrero maravilloso. En un abrir y cerrar de ojos estuvo vestida y salió corriendo para misa porque ya dejaban. En la puerta la estaba esperando un coche muy bueno. Al entrar en la Catedral lo hizo de puntillas para no llamar la atención pero la iglesia se llenó de un perfume de rosas y todo el mundo volvió los ojos y quedaba encantado al ver aquella blanca figurita.
Acertó la niña a arrodillarse frente a la negra y su madre, quienes se quedaron como viendo visiones al contemplar aquella linda criatura que se les daba un aire a su víctima. Y la del vestido, las maripositas de oro; le preguntó quién se lo había hecho y también, a cada rato, como era medio arrevesada y tataretas para hablar, le decía: 
-"ni ....niña, ni... niña, hagámonos comales". 
Con lo que le quería decir: 
-"Niña, hagámonos comadres". Pero la niña no levantó siquiera los ojos del suelo.
Apenas echó el padre la bendición, salió la niña corriendo. El hijo del rey que la había visto entrar y que no le quitó los ojos de encima en toda la misa porque lo tenía encantado, salió corriendo tras ella y quiso hablarle, pero ella dejó caer su pañuelito, y el hijo del rey casi se desnariza por juntarlo; pero mientras él estaba en esa diligencia, la niña se escabulló, se metió, en su coche, que desapareció en un decir amén. Y cuando él fue a buscar, ¡si otra ponés!
Cuando la madrastra y la negra volvieron de misa, ya la rubia estaba con su traje tiznado, sopla y sopla el fuego.
Al siguiente domingo, la negra no fue a misa de tropa, por lucir su vestido en misa de doce. Y otra vez puso a su hermana core de aquí y corre de allá. Que alcanzame esto, que llevate aquello, que así no, que yo lo quiero asá. Y casi no dejaba a la pobre tentar tierra. Y va entrando a misa, picándola de gran pelota y dejando detrás de ella una hedentina a Agua Florida.
A la niña volvió a a aparecérsele la muñequita, quien la mandó a misa. Entre el arca había un vestido que era como ver un celaje dorado, todito lleno de perlas. A la puerta la esperaba el mismo coche y llegó cuando salía el padre al altar. Como el domingo anterior, toda la iglesia se llenó de un olor a rosas y la gente ni oyó la misa con devoción por estarla mirando. Y la negra no fue cuento, sino que se levantó de donde estaba y se le fue a acomodar a la par. Y otra vez con su necedad de:
-"Ni...niña, ni.... niña, hagámonos comales"- y toca aquí y tienta allá bueno, que ya la niña no hallaba qué hacer.
El hijo del rey, que había recorrido ese día todas las iglesias desde buena mañana,para ver dónde daba con ella, se le puso al frente y no le quitó la vista de encima. Pero la niña no levantó sus ojos del suelo y si no hubiera sido porque de cuando en cuando daba su pestañada, se la hubiera tomado por una imagen.
Apenas el padre echó la bendición, salió la rubia corriendo y el hijo del rey se le puso atrás.
Al llegar al coche ya la alcanzaba. Entonces ella dejó caer un ramito de flores que llevaba en la mano. El otro por sácalas, se puso a juntarlas, y mientras tanto el coche se las chifló.
La madre y la negra llegaron y encontraron a la muchacha atizando el fuego. La negra se puso a meterle mil birutas: -Que desde el domingo anterior se había hecho íntima amiga de una machita preciosa que usaba unos vestidos junto a los cuales el suyo era una cochinadilla cualquiera; y que la tenía requeteconvidada para ir a pasear; y si Dios quería, cuando ella se casara iban a ser comadres, porque estaba en sus cinco en que ella le llevaría los chiquitos a la pila y que se los llevaría porque se los llevaría.
Madre e hija no se apearon a la machita de la boca en todo el santo día. -La machita arriba, la machita abajo. Y la niña hacía como que se las compraba y la muy zorrita oía sin chistar.
Al domingo siguiente, vuelta otra vez la negra a encajarse su vestido nunca visto y a poner a su hermana al volador. Por fin salió con su madre para misa de doce.
En el arca hubo esta vez para la rubia un vestido de un color como el del cielo cuando está amaneciendo, todo lleno de brillantes, que parecía que tatica Dios se lo había esperjeado de agua.
Y todo pasó como en los otros domingos. Pero esta vez el hijo del rey no fue tonto, y por más que ella dejó caer su pañuelito de seda, una sortija y una flor, él no quiso perder tiempo en levantar estas cosas y dejó que otro fuera el bueno con ellas. Sin acordarse de que era hijo del rey, se acomodó en la trasera del coche y así dió con la casa en que vivía la niña.
Desde ese momento no hizo más que estar para arriba y para abajo en la acera y cuando pasaba frente a la casa, parecía que se quería meter.
La negra, donde lo pilló en esas, creyó que era con ella la cosa, y sacó una poltrona a la puerta y se sentó a mecerse. Y por temor de que su hermana fuera a asomarse, la escondió en la cocina debajo de una gran olla. Cada vez que pasaba el joven, ella pegaba un suspiro o le hacía ojitos.
En una estaca clavada en el marco de la puerta, tenían madre e hija una lora muy habladora. Seguramente la Virgen la aconsejó, porque en una de las pasadas que dió el príncipe, la lora se puso a gritar:

     "La niña linda debajo de una olla,     la negra feroza se quiere casar"

Y cada vez que el otro pasaba hacía la misma. En una de tantas, se detuvo. La negra se puso como una chira y con el corazón que se le salía. Ella juraba que ya el príncipe le iba a declarar su amor. Pero el prícipe se acercó en son de preguntar lo que decía la lora, para ver si podía fisgonear dentro de la casa. La negra entonces agarró la lora por el pescuezo y casi la ahorca.
Se la llevó para adentro y le dijo al joven que no le hiciera caso. Pero la lora iba para adentro grita y grita:
     
"La niña linda debajo de una olla,  
la negra feroza se quiere casar".

Al hijo del rey le llamó la atención lo que decía el animal y se fue detrás de la negra y no se anduvo por las ramas sino que llegó hasta la cocina. Allí vió una gran olla y al acercarse le pareció oir como unos sollozos. Levantó la olla y se va encontrando con la pobre niña, todita tiznada y haciendo cucharas.
Le propuso allí mismo matrimonio, pero ella quiso antes ir a consultar con su muñequita.
Se fue para su cuarto, sacó la arquita y preguntó a su consejera. Esta le dijo que aceptara, pero que eso sí, no debía alzar a ver al príncipe sino hasta que el padre les echara la bendición, y que si no hacía así, contara con que moriría soltera.
Volvió ella con sus ojos bajos y contestó al joven que sí sería su esposa.
Sin hacer caso de los gritos de la madre y de la hija, la cogió y la llevó al palacio. En el camino le decía: 
-¡Niña, levante sus ojos y míreme!
¡Pero ella por sapa los iba a levantar!
Llegaron al palacio y el joven contó a sus padres lo que pasaba, y que si no lo dejaban casarse, se dejaría morir de hambre.
Como era único hijo, lo tenían muy consentido y nunca le negaban nada, y aunque a la reina no le acomodaba mucho aquella nuera tan tiznada y remendada, dijeron que bueno, que se casara.
En esto llegó un joven (que aquí para nos era un ángel) con la arquita y se la entregó a la niña.
Esta se encerró y se plantó bien con un vestido mejor que los otros y por supuesto, los reyes al verla, quedaron encantados.
El casamiento se hizo a los pocos días. La Virgen bajó a servir de madrina. Apenas el padre les echó la bendición, la niña levantó sus ojos para mirar a su marido, para quien aquello fue como si le hubieran metido dos cielos entre el alma.
Como la niña era muy buen corazón, mandó por la negra y la trató con tanto cariño, que se puso un poquito más amable. Uno de los señores que servían al rey, por quedar bien se casó con ella. Dicen que no le fue muy bien y que muy a menudo andaba con las penas derramadas.
Pero el príncipe y la niña fueron muy felices, tuvieron una catizumba de hijos y llegaron a viejiticos.
Primero murió ella y la Virgen se la llevó. Cuando iba para el cielo, su marido oyó una voz que decía:


 Adiós, esposo mío,
que en el cielo nos veremos.


Y de veras, cuando él murió se fue para el cielo y se sentó a cantarle a la Virgen en una silla que le tenían lista al lado de la de su esposa.

1.040. Lyra (Carmen) - 000