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domingo, 23 de junio de 2013

El bufon

En cierta aldea vivía un bufón. Un día se le ocurrió al pope ir a verle y le dijo a su mujer:
-Voy donde el bufón, a ver si me gasta alguna broma.
Lo hizo como lo había pensado y se encontró al bufón yendoy viniendo po r el patio, al cuidado de su hacienda.
-Que el Señor te acompañe, bufón.
-Bienvenido, padre. ¿Hacia dónde encamina Dios tus pasos?
-A verte a ti, hijo mío. ¿No quieres gastarme alguna broma?
-Claro que sí, padre. El caso es que las he dejado donde los siete bufones amigos míos. Préstame alguna prenda de abrigo y un caballo para ir a buscarlas.
El pope le dio su caballo, su zamarra y su gorro. El bufón montó a caballo y se marchó a casa del pope.
-Mátushka -le dijo a la popesa-: el pope ha comprado trescientos puds de pescado y me ha mandado venir en su caballo para que me des el dinero. Son trescientos rublos.
La popesa le dio al instante los trescientos rublos. El bufón volvió a su casa con ellos, dejó la zamarra y el gorro en el trineo, metió el caballo dentro de la cerca y se escondió.
Al cabo de mucho rato y cansado de esperar, el pope volvió a la aldea.
-¿Dónde está el pescado? -le preguntó la popesa al verle.
-¿Qué pescado?
-¿Cómo que qué pescado? El bufón ha venido de tu parte a buscar dinero porque habías apalabrado trescientos puds de pescado. Y yo le di trescientos rublos.
Así supo el pope la broma que le había gastado el bufón.
Al día siguiente se dispuso a ir de nuevo donde el bufón. Pero el bufón, que se lo imaginaba, se vistió de mujer, tomó una rueca y se puso a hilar junto a la ventana. De pronto se presentó el pope:
-Que Dios te acompañe.
-Bienvenido.
-¿Está en casa el bufón?
-No, bátiushka.
-¿Y dónde está?
-No ha vuelto a casa desde que ayer te gastó aquella broma, bátiushka.
-¡Pero qué bribón! Tendré que venir mañana.
Fue al tercer día, y tampoco estaba el bufón en casa. «¿Para qué gasto el tiempo en venir? -se dijo el pope-. Esta muchacha debe de ser familia suya. Me la llevaré a casa y que trabaje lo que me ha estafado el otro.» Luego preguntó:
-Y tú, ¿qué parentesco tienes con el bufón?
-Soy su hermana.
-El bufón me ha estafado trescientos rublos. Conque vas a venir a mi casa a trabajar, palomita, para resarcirme de alguna manera.
-Por mí... Estoy dispuesta a ir.
Efectivamente, se marchó con el pope y allí estuvo bastante tiempo.
El pope tenía una hija moza. Un día se presentó un casamentero a pedir su mano para el hijo de un rico mercader. Pero la hija del pope no le gustó al mercader por alguna razón. Entonces pidió la mano de la criada, de la hermana del bufón.
Se celebró la boda por todo lo alto, con mucha alegría y un buen banquete.
Por la noche le dijo la recién casada al marido:
-Ayúdame a salir por la ventana, atada con este lienzo, para tomar un poco el aire. Luego, cuando sacuda yo el lienzo, tiras para que suba.
El marido la bajó al jardín. La supuesta esposa ató entonces a una cabra en su lugar, sacudió el lienzo y, cuando el recién casado tiró, se encontró con que había metido en la alcoba a una cabra.
-¡Ay, ay! A mi mujer la ha embrujado alguien...
Toda la casa acudió a sus gritos. Los amigos del novio emplearon todos los exorcismos que conocían para devolverle su forma humana, y tanto se afanaron, que la cabra quedó patitiesa.
A todo esto, el bufón volvió a su casa, se cambió de ropa y se presentó donde el pope.
-Pasa, pasa... Bienvenido... -le saludó el pope llevándole hacia la mesa.
El bufón estuvo allí un rato, sin probar bocado, hablando de unas cosas y otras, hasta que preguntó:
-¿Dónde está mi hermana, bátiushka? ¿No te la trajiste tú?
-Sí que la traje. Y ahora la he casado con un rico mercader.
-¿Cómo has podido casarla sin mi consentimiento, bátiushka? ¿Permiten eso las leyes? Iré a pedir justicia.
Se puso a porfiar el pope para que no presentara ninguna denuncia, y el bufón pidió por ello trescientos rublos. El pope se los dio.
-Está bien, bátiushka. Ahora llévame donde mi cuñado. Quiero ver cómo viven.
El pope aceptó para no meterse en discusiones. En casa del mercader fueron muy bien acogidos y agasajados. Pero, como el tiempo pasaba y no aparecía la supuesta hermana, dijo el bufón:
-¿Dónde está mi hermana? Hace mucho tiempo que no nos vemos.
Los presentes quisieron hacerse los desentendidos, pero él volvió a preguntar, y entonces le confesaron que algún malvado la había convertido en cabra.
-¡Quiero ver esa cabra!
-La cabra se ha muerto.
-No, no se ha muerto ninguna cabra. Lo que ocurre es que habéis matado a mi hermana. ¿Cómo iba a convertirse ella en cabra? Iré a presentar una denuncia contra vosotros.
Los otros, claro, empeñados en que no fuera.
-No vayas, hombre. No nos lleves a los tribunales. Pide lo que quieras a cambio.
-De acuerdo: si me dais trescientos rublos, no iré.
Conque le dieron lo que pedía. El bufón se marchó con el dinero. Hizo un ataúd como pudo, metió el dinero dentro y emprendió el camino. En esto se encontró con siete bufones.
-¿Qué llevas ahí, bufón? -le preguntaron.
-Dinero.
-¿De dónde lo has sacado?
-¿No lo veis? He vendido al difunto y ahora llevo el ataúd lleno de dinero.
Los bufones no comentaron nada, pero volvieron a sus casas, mataron a sus mujeres, las metieron en ataúdes y las cargaron en carros que llevaron a la ciudad, gritando:
-¡Difuntos, difuntos! ¿Quién quiere difuntos?
Los cosacos, que los oyeron, acudieron al galope y la emprendieron con ellos a latigazos, repitiendo:
-¿No queríais difuntos? ¡Pues los vais a tener! Y los echaron de la ciudad.
Los bufones escaparon de milagro, enterraron a sus mujeres y se encaminaron a casa del bufón para hacerle pagar su burla. Pero el bufón, que se enteró, se preparó para recibirlos.
Cuando llegaron, entraron en la casa, saludaron, se sentaron en un banco... Les extrañó que el bufón tuviera una cabra dentro de la casa. El animal anduvo correteando por allí y, de pronto, dejó caer una moneda de medio rublo.
-¿Cómo ha echado esa moneda la cabra? -preguntaron.
-¡Ah, sí! Eso es lo que suele soltar...
Los otros, en seguida, empeñados en que se la vendiera a ellos. El bufón se resistía, diciendo que la necesitaba él. Pero los otros seguían porfiando. Hasta que les pidió trescientos rublos. Los bufones se los dieron y se llevaron la cabra. Ya en su casa, la metieron en la sala, después de extender alfombras por el suelo, y esperaron el día siguiente pensando: «¡Menuda cantidad de monedas va a soltar!»
Pero, en vez de soltar dinero, lo que hizo la cabra fue poner perdidas las alfombras.
Otra vez fueron los bufones a castigar al otro. Pero él, que se lo imaginaba, le dijo a su mujer:
-Mira: voy a atarte debajo del pecho una vejiga llena de sangre. Cuando ésos vengan a pegarme, yo te pediré el almuerzo. A la primera vez no me hagas caso. A la segunda tampoco ni a la tercera. Entonces yo empuñaré un cuchillo, lo clavaré en la vejiga, brotará la sangre y tú te dejas caer como si estuvieras muerta. En ese momento yo agarraré un látigo y te pegaré con él. Al primer latigazo te rebulles un poco, al segundo te das la vuelta y al tercero te levantas y te pones a servir la mesa.
Se presentaron los bufones:
-Amigo, nos vienes engañando desde hace ya mucho tiempo y ahora te vamos a matar.
-¿Qué se le va a hacer? Si me matáis, pues me matáis. Dejadme al menos que almuerce por última vez. ¡Eh, mujer! ¡Venga la comida!
La mujer, como si tal cosa. A la segunda vez no se movió ni a la tercera tampoco. El bufón agarró entonces un cuchillo y se lo clavó en un costado. Empezó a correr la sangre y la mujer se cayó al suelo.
Los bufones estaban espantados:
-¿Qué has hecho, so perro? Ahora nos empapelarán a nosotros también.
-¿Os queréis callar? Yo tengo un látigo que la dejará nueva.
Trajo un látigo, pegó con él a su mujer una vez, y ella rebulló; al segundo latigazo se dio la vuelta y al tercero se levantó y se puso a servir la mesa.
-iVéndenos el látigo! -pidieron los bufones.
-Si lo queréis comprar...
-¿Pides mucho por él?
-Trescientos rublos.
Los bufones le dieron el dinero, agarraron el látigo y se marcharon. Al entrar en la ciudad vieron que conducían el cadáver de un hombre muy rico.
-¡Alto! -gritaron.
El duelo se detuvo.
-Vamos a resucitar al difunto.
Le pegaron con el látigo, y el difunto ni siquiera se estremeció. A la segunda vez tampoco, ni a la tercera, ni a la cuarta, ni a la quinta...
Entonces les echaron mano a ellos y la emprendieron a latigazos. A cada golpe repetían:
-¡Para que aprendáis a hacer milagros! ¡Para que aprendáis a resucitar a la gente...!
No los soltaron hasta que estuvieron medio derrengados. Volvieron a su casa casi a rastras, pero cuando se repusieron acordaron entre ellos:
-¿Hasta cuándo va estar ése burlándose de nosotros? ¡Vamos a matarle! ¡Se acabaron las contemplaciones!
Sin pensarlo más se pusieron en camino. Encontraron al bufón en su casa, le agarraron y le llevaron al río para ahogarle. El les pidió entonces:
-Dejad por lo menos que me despida de mi mujer y de mis parientes. Traedlos aquí.
Los otros accedieron y se fueron juntos en busca de la parentela del bufón, dejándole a él metido en un saco cerca de un prórub[1].
Acababan de alejarse cuando acertó a pasar por allí un soldado en un trineo tirado por un par de alazanes, y en ese momento tosió el bufón. El soldado detuvo el trineo, se apeó, desató el saco y exclamó:
-¡Pero si es el bufón! ¿Qué haces aquí metido?
-Verás: me he comprometido hoy con Fulanita -y dijo el nombre-, y entre mis amigos y yo la hemos raptado. Pero se ha enterado el padre y anda buscándonos. Como no teníamos adónde ir, nos hemos escondido en unos sacos y luego nos han llevado a sitios diferentes para que nadie se entere.
El soldado, que era viudo, le pidió al bufón:
-Deja que me meta yo en él saco.
El bufón se resistía, haciendo que no quería, y el soldado venga a porfiar, hasta que le convenció. El bufón salió, ató al soldado en el saco en su lugar y se marchó en el trineo.
Aburrido, el soldado acabó durmiéndose dentro del saco.
Los siete bufones volvieron solos, porque no encontraron a los parientes, y echaron el saco al agua, que se fue al fondo chapoteando.
Ellos regresaron a sus casas; pero no habían hecho más que llegar y sentarse cuando vieron pasar por delante al bufón montado en un trineo de dos caballos.
-¡Eh, eh! -gritaron los siete, y el otro se detuvo-. ¿Cómo te las has compuesto para salir del agua?
-¡Cuidado que sois tontos! ¿No habéis oído el ruido que hacía al caer al fondo? Era para llamar a los caballos. Hay muchos, y de raza. Estos no son de lo mejor. Los he cogido al tuntún, porque estaban más cerca. Pero, adentrándose un poco, encuentra uno cada alazán...
Los bufones se lo creyeron.
-Oye, pues échanos tú ahora a nosotros, hombre, y podremos elegir también algunos caballos.
-Si queréis...
Conque los metió a todos en sacos y los fue echando al agua uno a uno. Cuando terminó agitó una mano y dijo: 
-Ahora que os saquen de ahí los alazanes...

Cuento popular ruso

1.001. Afanasiev (Aleksandr Nikolaevich)



[1] Prórub: Agujero que se abre en el hielo cuando los ríos quedan totalmente congelados, para poder sacar agua.

El bracero del pope

El pope de cierta aldea apalabró a un bracero y le mandó a arar el campo con una perrita y le dio una hogaza entera de pan diciéndole:
-Toma, muchacho: esto es para que estés alimentado, y para que también lo esté la perrita, pero a condición de que quede intacta la hogaza.
Conque el bracero agarró y se marchó al campo y, una vez allí, se puso a arar. Estuvo arando y venga a arar, hasta que le pareció que era hora de matar un poco el hambre porque ya le sonaban las tripas. Pero, ¿y las recomenda-ciones del pope?
Sin embargo, como el hambre aguza el ingenio, el bracero acabó encontrando una solución. Conque hizo lo siguiente.
Fue quitándole con mucho cuidado la corteza a la hogaza hasta sacar toda la miga, sació su hambre, le dio de comer a la perrita, luego juntó la corteza igual que estaba antes y siguió arando hasta la caída de la tarde, tan campante y como si tal cosa.
Cuando empezó a oscurecer, volvió a casa del pope, que estaba esperándole junto al portón y le preguntó:
-Que tal, muchacho, ¿estás alimentado?
-Sí -dijo él.
El pope preguntó otra vez:
-Y la perrita, ¿está alimentada?
-Sí -dijo el bracero.
Y el pope, de nuevo:
-¿Y la hogaza está intacta?
-Así es -dijo el bracero. Aquí está, enterita.
Entonces se dio cuenta el pope de la argucia del bracero, y dijo riendo:
-¡Vaya si eres astuto! Como veo, se puede sacar provecho de ti. Me gustas por tus modales y por tu ingenio. ¡Bravo, muchacho! Has sabido salir del paso. Quédate en mi casa porque eres el hombre que necesito.
En efecto, se quedó con él de bracero, pagándolé más del jornal apalabrado porque era un muchacho resuelto, arriscado y muy avispado.
Y el bracero vivió allí tan a gusto y regaladamente.

Cuento popular ruso

1.001. Afanasiev (Aleksandr Nikolaevich)

El bogatir sin piernas y el bogatir ciego

En cierto reino, en cierto país vivían un zar y una zarina[1] con su hijo, el zarévich Iván. Al cuidado del zarévich estaba un hombre a quien llamaban Escudero-Katomo gorro-de-olmo.
Llegados a una edad avanzada, los padres del zarévich Iván enfer-maron y, viendo que no sanarían ya, llamaron a su hijo para decirle:
-Cuando nos hayamos muerto, obedece siempre en todo a Escudero-Katomo y respétale. De que atiendas sus consejos depende tu felicidad; si le desobedeces, morirás como una mosca.
Al día siguiente fallecieron el zar y su esposa. El zarévich Iván les dio sepultura y, siguiendo la recomendación que le habían hecho, desde entonces siempre le pidió consejo a su escudero para todos los asuntos. Así pasó el tiempo -poco o mucho, no lo sé, el zarévich alcanzó la mayoría de edad y pensó que debía casarse. Fue a ver al escudero y le dijo:
-Escudero-Katomo gorro-de-olmo: me aburro de vivir solo, y quisiera casarme.
-Me parece muy bien, y no tienes por qué esperar. Has llegado precisamente a la edad en que conviene pensar en buscar novia. Ve al salón grande, donde están los retratos de todas las zarevnas y princesas, elige la que más te guste y pide su mano.
El zarévich Iván fue al salón grande, se puso a contemplar los retratos y le gustó el de Ana la Hermosa, una princesa tan linda, que no había otra igual en el mundo. En su retrato estaba escrito que sería su esposo el pretendiente que le planteara una adivinanza y ella no acertara la respuesta; pero que, si ella acertaba, al preten-diente le cortarían la cabeza. El zarévich Iván leyó aquella inscrip-ción, se quedó muy preocupado y fue a ver a su escudero.
-He estado en el salón grande -le dijo- y me ha gustado Ana la Hermosa para novia; pero no sé si debo pedir su mano.
-Tienes razón, zarévich -contestó el escudero. Es difícil obtener su mano y, si vas tú solo, no creo que lo consigas. Pero, si me llevas a mí y haces lo que yo te diga, puede salir bien.
Entonces el zarévich Iván rogó a Katomo que le acompañara, prometiendo obedecerle en todo.
Hicieron sus preparativos y se pusieron en camino para ir a pedir la mano de la princesa Ana la Hermosa. Viajaron un año, luego otro, después un tercero, dejando atrás muchas tierras, y entonces dijo el zarévich Iván:
-Llevamos tanto tiempo de viaje, nos aproximamos ya a las tierras de la princesa Ana la Hermosa, y no hemos pensado en la adivinanza que le vamos a dar.
-Todavía tenemos tiempo de idear algo.
Siguieron adelante y, de pronto, el Escudero-Katomo gorro-de-olmo vio una bolsa tirada en el camino. La cogió, sacó todo el dinero que contenía, lo metió en su propia bolsa y dijo:
-Ahí tienes la adivinanza, zarévich Iván. Cuando te halles en presencia de la princesa, le dices lo siguiente: yendo de camino, un bien encontramos, por las buenas ese bien cogimos y con nuestro bien lo pusimos. Seguro que no acierta en toda su vida la respuesta. Cualquier otra adivinanza la acertaría al instante con sólo consultar su libro mágico, y en cuanto acertase, mandaría que te cortaran la cabeza.
Por fin llegaron el zarévich y su escudero al espléndido palacio donde vivía la hermosa princesa. Precisamente estaba ella en su balcón. Vio a los dos forasteros y mandó que les preguntasen de dónde eran y qué les traía.
-Vengo de tal reino y quiero pedir la mano de la princesa Ana la Hermosa -contestó el zarévich Iván.
Enterada la princesa de la respuesta, ordenó que el zarévich se trasladara al palacio y le dijera una adivinanza delante de todos los príncipes y los boyardos del consejo.
-Tengo hecho el voto -explicó- de casarme con quien me diga una adivinanza que yo no acierte o de hacerle morir si acierto.
-Entonces, hermosa princesa, escucha ésta -replicó el zarévich Iván. Yendo de camino, un bien encontramos, por las buenas ese bien cogimos y con nuestro bien lo pusimos.
La princesa tomó su libro mágico y lo consultó buscando la respuesta, pero no encontró nada aunque repasó hoja por hoja.
Los príncipes y los boyardos del consejo decidieron entonces que la princesa debía casarse con el zarévich Iván. Y aunque a ella no le agradaba la idea, no tuvo más remedio que prepararse para la boda, pero sin dejar de pensar en cómo podría darle largas y deshacerse del pretendiente. Y se le ocurrió exigirle cosas difíciles de hacer.
-Zarévich Iván, amable prometido mío: debemos hacer los prepa-rativos para la boda y quisiera pedirte un pequeño favor. Hay en mi reino, en tal y tal sitio, una gran columna de hierro: tráela a la cocina de palacio y hazla astillas para que no le falte leña al cocinero.
-¿Pero qué dices, princesa? Yo no he venido aquí a partir leña. Eso no es asunto mío. Para eso tengo a mi servidor, el Escudero-Katomo gorro-de-olmo.
El zarévich llamó en seguida al escudero y le ordenó llevar a la cocina la columna de hierro y hacerla astillas para que no le faltara leña al cocinero.
El Escudero-Katomo fue al lugar indicado, agarró la columna, la llevó a la cocina y la hizo astillas, pero se guardó en el bolsillo cuatro leños por si los necesitaba más adelante.
Al día siguiente le dijo la princesa al zarévich Iván:
-Zarévich Iván, amable prometido mío: mañana iremos a despo-sarnos. Yo iré en carroza y tu cabalgarás un recio corcel. Pero debes adiestrarlo primero.
-Adiestrar caballos no es asunto mío. Para eso tengo a mi servi-dor.
A renglón seguido llamó al Escudero-Katomo gorro-de-olmo y le dijo:
-Ve a las cuadras, diles a los mozos que saquen el corcel desti-nado para mí, móntalo y adiéstralo, porque mañana debo cabalgarlo yo.
El Escudero-Katomo adivinó la astucia de la princesa. Sin replicar, fue a las cuadras y ordenó a los mozos que sacaran el corcel desti-nado al zarévich. Se juntaron doce palafreneros, abrieron doce puertas quitando doce candados y sacaron a un corcel mágico sujeto por doce cadenas. El Escudero-Katomo gorro-de-olmo se acercó y no hizo más que montarse en él cuando el corcel mágico se remontó por los aires, más arriba del alto bosque, a ras de la nube andarina.
Katomo se mantenía firme en la silla, agarrado con una mano a las crines. Con la otra mano sacó un leño del bolsillo y se puso a descargarlo entre las orejas del caballo. Cuando desgastó un leño agarró otro, cuando desgastó el segundo agarró el tercero y cuando desgastó el tercero echó mano del cuarto. Tanto le golpeó, que el recio corcel no pudo aguantar más y profirió con palabra humana:
-Bátiushka Katomo: no acabes conmigo y haré lo que quieras. Todos tus deseos serán cumplidos.
-Pues escúchame bien, carne de perro -replicó el Escudero-Katomo gorro-de-olmo: mañana te montará el zarévich Iván para ir a casarse. Atiende lo que debes hacer. Cuando los mozos de cuadra te saquen al patio, el zarévich se acercará a ti y te pondrá una mano en el lomo. Tú debes estarte quieto, sin pestañear siquiera. Luego, cuando haya montado en la silla, hundes los cascos en la tierra hasta las cernejas y caminas a paso lento como si te hubieran echado encima un peso tremendo.
El recio corcel escuchó aquellas órdenes y se posó en tierra medio muerto. Katomo lo agarró por el rabo y lo tiró junto a las cuadras.
-¡Eh, vosotros! -gritó a los mozos y los cocheros. Llevaos esta carne de perro a su pesebre.
Amaneció el día siguiente. Llegada la hora de celebrar el casamiento, unos servidores condujeron hasta la puerta de palacio una carroza para la princesa y el recio corcel para el zarévich Iván. Alrededor se había juntado una multitud incalculable. Los novios salieron de los regios aposentos.
La princesa montó en su carroza y aguardó con curiosidad, pensando que el caballo mágico partiría como una flecha, con el zarévich Iván todo desgreñado, hasta esparcir sus huesos por los campos.
Pero el zarévich Iván llegó hasta el corcel, le puso una mano en el lomo, metió un pie en el estribo, y el animal no hizo el menor movimiento. El zarévich montó en la silla y el corcel mágico hundió los cascos en la tierra hasta las cernejas. Le quitaron las doce cade-nas y echó a andar a paso lento y pesado, sudando a mares.
-¡Eso es un gigante! ¡Qué fuerza tan tremenda! -exclamaba la gente contemplando al zarévich.
Los novios salían de la iglesia, ya desposados y cogidos del brazo, cuando se le ocurrió a la princesa probar una vez más la fuerza del zarévich Iván y le apretó la mano con tanta fuerza que él no pudo soportarlo: la sangre se le subió al rostro y puso los ojos en blanco.
«Ahora veo lo fuerte que eres se dijo la princesa. Bien me ha embaucado tu escudero... Pero me las pagaréis.»
Vivía la princesa Ana la Hermosa con el zarévich Iván como le cuadra a una mujer vivir con el esposo que Dios le ha dado, halagándole de palabra, pero con una idea fija en la mente: deshacerse de algún modo del Escudero-Katomo gorro-de-olmo, pues faltando el escudero podría ella fácilmente acabar con el zarévich. Sin embargo, por muy ingeniosas que fueran sus insidias, el zarévich Iván las rechazaba, confiando en su escudero.
Al cabo de un año, dijo el zarévich:
-Amable esposa mía y hermosa princesa: me gustaría ir contigo a mi país.
-Pues vamos: hace tiempo que también deseo yo conocerlo. Conque hicieron los preparativos y se pusieron en camino. El Escudero-Katomo conducía el carruaje. Al cabo de cierto tiempo, el zarévich se quedó dormido. De pronto le despertó la princesa quejándose así:
-Escucha zarévich: tú vas dormido y no te das cuenta de nada. Pero tu escudero no atiende mis órdenes y mete adrede a los caballos por todos los baches como si quisiera acabar con nosotros. He intentado advertírselo por las buenas, pero se ríe de mí. Si no le castigas, me muero.
El zarévich Iván, medio dormido todavía, se enfadó mucho con su escudero y lo dejó a merced de la princesa.
-Haz con él lo que quieras -dijo.
La princesa ordenó que le cortaran las piernas. Katomo no se defendió. «Yo sufriré -pensó; pero también se enterará el zarévich de lo que son calamidades.»
Conque le cortaron las dos piernas al Escudero-Katomo. La princesa miró luego a su alrededor y viendo un tocón bastante alto a un lado, ordenó a sus servidores que sentaran al escudero en él. Luego hizo atar al zarévich a la trasera de la carroza, dio media vuelta y regresó a su reino.
El Escudero-Katomo gorro-de-olmo se quedó sentado en lo alto del tocón, anegado en llanto y diciendo:
-Adiós, zarévich Iván. Ya te acordarás de mí.
En cuanto al zarévich, corría arrastrado por la carroza, dándose cuenta de que había cometido un error y ya no tenía remedio.
La princesa Ana la Hermosa volvió a su reino y puso al zarévich Iván a pastar las vacas: todas las mañanas salía al campo con el rebaño y por las tardes lo conducía de vuelta al corral del palacio. La princesa salía entonces a un balcón y contaba las vacas para comprobar que estaban todas. Después de contarlas mandaba al zarévich que las encerrara en el cobertizo y a la última le diera un beso debajo del rabo. Como que la última vaca sabía ya lo que debía hacer y, al llegar al portón, se detenía y levantaba el rabo...
Entre tanto, el Escudero-Katomo llevaba ya un día, y otro, y otro más sentado en su tocón sin comer ni beber y, como no podía bajarse, esperaba a que le llegara la muerte por inanición. Cerca de aquel lugar se alzaba un frondoso bosque y en ese bosque vivía un bogatir[2] muy fuerte, pero ciego, que se sustentaba de una manera muy original. En cuanto olía que pasaba por allí cerca cualquiér animal -lo mismo una liebre, un zorro que un oso-, se lanzaba detrás, y ya tenía almuerzo. Tenía el bogatir el pie ligero, y ningún animal se le escapaba.
Ocurrió, pues, que un zorro se deslizó por delante del bogatir, éste lo olió y salió corriendo detrás. Al llegar cerca del tocón, el zorro tiró hacia un lado, pero al bogatir ciego no le dio tiempo de hacer lo mismo. Con todo el ímpetu de la carrera pegó un cabezazo contra el tronco, desgajándolo de cuajo. Al caer el tocón también cayó al suelo Katomo.
-¿Quién eres? -preguntó entonces.
-Un bogatir ciego. Vivo en este bosque desde hace treinta años y sólo me alimento de los animales que cazo y aso en una hoguera. De no ser por eso, hace mucho tiempo que me habría muerto de hambre.
-¿Eres ciego de nacimiento?
-No, no es de nacimiento. Estoy ciego porque la princesa Ana la Hermosa hizo que me saltaran los ojos.
-Pues también por culpa suya estoy yo sin piernas -refirió el Escudero-Katomo gorro-de-olmo: la maldita me ha cortado las dos.
Los bogatires charlaron un rato y llegaron a la conclusión de que debían vivir juntos y juntos buscarse el sustento.
-Tú te montas sobre mis hombros -dijo el ciego- y me vas indican-do el camino. De este modo, yo te serviré con mis piernas y tú a mí con tus ojos.
Conque el ciego cargó con el cojo, que le guiaba diciendo:
-iA la derecha! ¡A la izquierda! ¡Todo derecho!...
Así vivieron cierto tiempo en el bosque, cazando liebres, zorros y osos para alimentarse. Una vez dijo el que no tenía piernas:
-¿Vamos a pasarnos toda la vida sin nadie más a nuestro lado? Tengo entendido que en cierta ciudad vive un rico mercader con su hija y que ésta es muy compasiva con los pobres y los impedidos. Ella misma les reparte limosnas. ¿Y si la trajéramos aquí, hermano? Viviría con nosotros haciendo de ama de casa...
El ciego agarró un carro, montó al cojo en él y lo condujo a la ciudad, justamente hasta delante de la casa del rico mercader. La hija, que los vio desde una ventana, salió inmediatamente a darles limosna. Se acercó al cojo.
-Toma, pobrecito, por el amor de Dios.
Al tomar la limosna, el cojo agarró a la joven de la mano, la metió en el carro y avisó al ciego. Este emprendió una carrera tan veloz que ni a caballo habrían podido darle alcance. Los bogatires llevaron a la hija del mercader a la pequeña isba que tenían en el bosque.
-Quédate aquí a vivir y atiende la casa como si fueras hermana nuestra. Impedidos como estamos, no tenemos a nadie que nos haga las comidas ni nos lave las camisas. Dios te lo pagará.
Así se quedó la hija del mercader con ellos. Los bogatires la querían y la respetaban y la tenían por hermana. Mientras ellos salían de caza, la hermana adoptiva se quedaba siempre en casa y todo lo gobernaba, guisaba, lavaba...
En esto tomó la querencia de ir por la pequeña isba una bruja Yagá pata-de-hueso y robarle las fuerzas, a través de sus blancos pechos, a la linda doncella hija del mercader. En cuanto los bogatires salían de caza, ya estaba allí la bruja Yagá. Al cabo de algún tiempo -no sé si poco o mucho- quedó demacrada, perdió peso y fuerzas. El ciego no veía nada, pero el Escudero-Katomo gorro-de-olmo se dio cuenta de que algo extraño pasaba. Se lo dijo al ciego y juntos estrecharon a preguntas a su hermanita adoptiva. Pero la bruja Yagá le había prohibido terminantemente contar nada. Por miedo, la muchacha se resistió mucho tiempo a contar lo que le sucedía, hasta que por fin la convencieron y ella lo refirió todo:
-Cada vez que os marcháis de caza, aparece inmediatamente una vieja muy vieja con cara feroz, con el pelo largo, gris, y me obliga a rebuscarle en la cabeza mientras ella me absorbe las fuerzas a través de los pechos.
-¡Esa es la bruja Yagá! -exclamó el ciego-. Espera y verás la que vamos a darle. Mañana no saldremos de caza, sino que procurare-mos acecharla y echarle el guante...
A la mañana siguiente no salieron de caza los bogatires.
-Tú, que estás sin piernas -dijo el ciego-, métete debajo del banco y estate ahí quieto mientras yo me quedo en el patio al pie de la ventana. En cuanto a ti, hermanita, siéntate junto a esta ventana cuando venga la bruja Yagá, búscale en la cabeza, pero separa un mechón de pelo y déjalo asomar al patio por encima del poyo de la ventana sin que ella se dé cuenta. Yo la sujetaré por las greñas.
Dicho y hecho. En cuanto el ciego agarró las greñas de la bruja Yagá, se puso a gritar:
-¡Eh, Katomo! Sal de debajo del banco y sujeta a esta maldita mujer mientras entro yo en casa.
Al darse cuenta del apuro en que estaba, la bruja Yagá quiso levantar la cabeza y escapar; pero como si nada... Por mucho que se debatió, fue inútil. En esto salió Katomo de debajo del banco, cayó sobre ella como una mole de piedra, le echó las manos al cuello y apretó de tal manera que hasta se le nubló la vista.
El ciego irrumpió en la isba y le dijo al cojo:
-Ahora debemos hacer una buena hoguera para quemar a esta maldita y echar sus cenizas al viento.
-¡Muchachos, por lo que más queráis...! -suplicó la bruja Yagá. Perdonadme... y haré que se cumplan todos vuestros deseos.
-Está bien, vieja lagarta -accedieron los bogatires-. Llévanos al pozo del agua de la salud y de la vida.
-Ahora mismo. Pero no me peguéis.
El Escudero-Katomo gorro-de-olmo se subió a hombros del ciego, el ciego agarró a la bruja Yagá de las greñas y la bruja Yagá los guió por la espesura del bosque hasta un pozo.
-Este es el pozo del agua de la salud y de la vida -dijo.
-Mucho cuidado, Katomo -profirió el ciego. No falles porque, si ahora nos engaña, nunca sanaremos.
El Escudero-Katomo gorro-de-olmo partió una ramita verde de un árbol y la arrojó al pozo: no había rozado aún la superficie del agua cuando se convirtió en una llamarada.
-¡Todavía eres capaz de engañarnos!...
Los bogatires estaban dispuestos a ahogar a la maldita bruja Yagá y arrojarla al pozo de las llamas, pero ella les suplicó todavía más que la primera vez, jurando a más jurar que no emplearía ya más astucias.
-Os doy firme palabra de llevaros hasta el agua que buscáis.
Accedieron los bogatires a probar una vez más, y la bruja Yagá los condujo hasta otro pozo. El Escudero-Katomo partió una ramita seca de un árbol y la arrojó al pozo. No había rozado aún la superficie del agua cuando la ramita seca empezó a echar brotes, luego hojas y flores.
-Esta sí que es el agua buena -dijo Katomo.
El ciego se humedeció los ojos con ella y al instante recobró la vista. Luego descendió al cojo hasta el agua y le volvieron a crecer las piernas. Muy contentos, los dos se decían:
-¡Ahora sí que cambiará nuestro destino! Todo volverá a ser como antes. Para empezar, debemos decidir lo que se hace con la bruja Yagá. Si la perdonamos ahora, no tendremos ni un momento de tranquilidad, porque se pasará la vida inventando jugarretas contra nosotros...
Conque regresaron hacia el pozo de las llamas y allá arrojaron a la bruja Yagá, que ardió para siempre.
El Escudero-Katomo gorro-de-olmo se casó luego con la hija del mercader y los tres volvieron al reino de Ana la Hermosa para salvar al zarévich Iván. Estaban ya cerca de la capital cuando vieron al zarévich conduciendo un rebaño.
-Oye, pastor -le preguntó el Escudero-Katomo, ¿adónde conduces ese rebaño?
-Al corral de palacio -contestó el zarévich. La propia princesa comprueba todos los días que no falta ninguna vaca.
-Mira, pastor: vamos a cambiar nuestras ropas y yo conduciré el rebaño.
-No, amigo. Eso no puede ser: si la princesa se entera, yo lo pasaré mal.
-No temas, que no ocurrirá nada. A fe del Escudero-Katomo gorro-de-olmo.
-¡Ay! -suspiró el zarévich Iván-. Si el Escudero-Katomo estuviera vivo, no tendría yo que llevar estas vacas al campo.
El Escudero-Katomo gorro-de-olmo se dio entonces a conocer. El zarévich Iván le abrazó muy fuerte, anegado en llanto.
-No pensaba que volvería a verte.
Cambiaron sus ropas y el escudero condujo el rebaño al corral de palacio. Ana la Hermosa salió al balcón, comprobó que estaban todas las vacas y ordenó que fueran encerradas en el cobertizo. Todas entraron por el portón, menos la última que se detuvo y levantó el rabo. Katomo corrió a ella:
-¿Tú que esperas, carne de perro? -gritó y, agarrándola por el rabo, la dejó desollada.
Al verlo, la princesa puso el grito en el cielo.
-¿Qué hace ese maldito pastor? ¡Traedle aquí inmediatamente!
Unos criados agarraron en seguida a Katomo y lo llevaron al palacio. Seguro de sí mismo, él se dejó conducir sin protestar. Cuando le tuvo delante, la princesa le miró y preguntó:
-¿Quién eres? ¿De dónde vienes?
-Soy el hombre a quien le cortaste las dos piernas y dejaste sentado en lo alto de un tocón. Me llamo el Escudero-Katomo gorro-de-olmo.
La princesa se dijo que de nada servirían las astucias con un hombre que había logrado recuperar las piernas cortadas y optó por pedirles perdón al zarévich y a él. Se arrepintió de sus pecados y juró amar eternamente al zarévich y obedecerle en todo.
El zarévich Iván la perdonó y desde entonces vivieron en paz y buena armonía. El bogatir, que había recobrado la vista, se quedó junto a ellos, mientras que el Escudero-Katomo volvió con su esposa a casa del rico mercader.

Cuento popular ruso

1.001. Afanasiev (Aleksandr Nikolaevich)


[1] Zarina (tsaritsa): Esposa del zar.
[2] Bogatir: Hombre recio, bien plantado, valiente, y de fuerza extraordinaria.

El barco volador

Eranse un viejo y una vieja que tenían tres hijos: dos listos y el otro tonto. A los listos, la mujer los quería y cuidaba de su atuen­do, mientras que el otro iba siempre mal vestido con una camisa negra. Oyeron hablar de un edicto del zar donde se decía: «A quien construya un barco capaz de volar, se le dará la zarevna por esposa.»
Los hermanos mayores decidieron probar fortuna, y les pidie­ron su bendición a los padres. La madre les equipó para el cami­no, les dio hogazas de trigo, conservas de carne y una cantimplora de gorelka* y los despidió. En vista de ello, también el tonto em­pezó a pedir que le dejaran marchar. La madre intentó disuadirle:
-¿Dónde vas a ir tú, tonto? Te comerán los lobos.
Pero el tonto seguía insistiendo. Viendo que no podía hacer carrera de él, la madre le dio unos panes de centeno y una cantim­plora de agua y le dejó marchar.
El tonto fue caminando, caminando, hasta que se encontró con un viejecito. Se saludaron. El viejecito le preguntó al tonto:
-¿A dónde vas?
-El zar ha prometido dar a su hija en matrimonio a quien fa­brique un barco volador.
-¿Y tú puedes hacerlo?
-No, no podría.
-Entonces, ¿por qué vas?
-Dios sabrá por qué.
-Siendo así -dijo el viejo-, siéntate aquí y descansaremos juntos. Saca lo que traigas en el zurrón.
-Lo que traigo es tan poca cosa, que hasta vergüenza da.
-No importa. Sácalo. Lo que haya mandado Dios, eso co­meremos.
El tonto desató su zurrón, y no podía dar crédito a sus ojos: en lugar de las hogazas negras, había bollos de harina de trigo y toda clase de fiambres. Le ofreció de todo al viejo.
-¿Ves cómo ampara Dios a los tontos? -dijo el viejo-. Aun­que tu propia madre no te quiera, tampoco tú puedes quejarte... Vamos a tomar primero un trago de gorelka.
Porque, en lugar de agua, encontraron gorelka en la cantim­plora. Bebieron un trago, comieron un bocado y le dijo el viejo al tonto:
-Escucha lo que voy a decirte: ve al bosque, acércate al pri­mer árbol que encuentres, santíguate tres veces, pégale al árbol con el hacha, tírate luego de bruces en el suelo y espera a que te des­pierten. Entonces verás delante de ti un barco. Súbete a él y vuela adonde te haga falta. ¡Ah! Y por el camino recoge a todo el que te encuentres.
El tonto le dio las gracias al viejo, se despidió de él y fue al bos­que. Se acercó al primer árbol e hizo todo como le había dicho el viejo: se santiguó tres veces, pegó en el árbol con el hacha, se dejó caer de bruces en el suelo y se quedó dormido. Al cabo de algún tiempo notó que le despertaban. Abrió los ojos y se encontró ante un barco. Sin pensarlo poco ni mucho se montó en él, y el barco echó 'a volar.
Iba volando cuando vio abajo, en el camino, a un hombre que tenía un oído pegado a la tierra.
-¡Hola, buen hombre!
-Hola, hombre del cielo.
-¿Qué estás haciendo?
-Estoy escuchando lo que ocurre en el otro mundo. -Ven conmigo en el barco.
El hombre subió al barco sin hacerse de rogar, y siguieron volando. Al cabo de algún tiempo vieron a un hombre que caminaba con una sola pierna y llevaba la otra atada a la oreja.
-¡Hola, buen hombre! ¿Por qué caminas con una sola pierna?
-Es que, si desatara la otra, en un instante habría recorrido el mundo entero.
-Ven con nosotros.
El hombre subió al barco y siguieron volando. Al cabo de al­gún tiempo vieron a un hombre que estaba apuntando con una escopeta, aunque no se veía a dónde.
-¡Hola, buen hombre! ¿A dónde estás apuntando? No se ve ni un ave.
-Es que yo no disparo a nada que esté cerca. De disparar, es para darle a un animal o un ave que esté a mil verstas de aquí. Eso sí merece la pena.
-Ven con nosotros.
También subió éste al barco, y siguieron volando hasta que vie­ron un hombre que llevaba a la espalda un odre lleno de pan.
 -¡Hola, buen hombre! ¿A dónde vas?
-Voy a buscar pan para el almuerzo.
-¡Pero si llevas un saco lleno a la espalda!
-¡Esto no es nada! Con esto yo sólo tengo para un bocado.
-Ven con nosotros.
Comilón subió al barco y siguieron volando hasta que vieron a un hombre que daba vueltas alrededor de un lago.
 -¡Hola, buen hombre! ¿Qué buscas?
-Pues busco un poco de agua porque tengo sed.
-¡Pero si tienes delante un lago entero! ¿Por qué no bebes?
-¡Anda! Con esta agua yo sólo tengo para un sorbo.
-Ven con nosotros.
El hombre subió al barco y siguieron volando hasta que vieron a un hombre que iba hacia el bosque con un haz de leña sobre los hombros.
-¡Hola, buen hombre! ¿Para qué llevas leña al bosque?
-Es que esta leña es especial.
-¿Pues qué clase de leña es?
-Es una leña que, si se la esparce, aparece de pronto en su lugar todo un ejército.
-Ven con nosotros.
Subió al barco y siguieron volando hasta que vieron a un hom­bre que llevaba un fardo de paja.
-¡Hola, buen hombre! ¿A dónde llevas esa paja?
-A la aldea.
-¿Es que hay poca paja en la aldea?
-No. Pero ésta es una paja especial. Por muy caluroso que sea el verano, cuando se la esparce empieza a hacer frío, con nie­ve y hielo.
-Ven con nosotros.
-Bueno.
Este fue el último encuentro que tuvieron. Al poco tiempo lle­garon volando al palacio del zar.
El zar estaba entonces almorzando. Se sorprendió mucho al ver el barco volador y mandó a un servidor a preguntar quién había llegado en aquel barco. El servidor se aproximó al barco, vio que todos eran hombres del pueblo y, sin preguntar nada, volvió a in­formar al zar de que en aquel barco no había ni un solo caballero, sino plebeyos. El zar se dijo que no tenía sentido entregar a su hija a un simple campesino y se puso a cavilar, buscando la manera de librarse de aquel yerno. Hasta que se le ocurrió: «Voy a darle tareas difíciles de cumplir. » En seguida hizo llegar al tonto la orden de que le consiguiera, antes de que concluyera su comida, el agua de la vida y de la salud.
Mientras el zar daba esta orden a su servidor, el primer hombre que habían encontrado escuchando lo que ocurría en el otro mun­do oyó lo que decía y se lo comunicó al tonto.
-¿Y qué hago yo ahora? Es posible que no encuentre esa agua en un año o, quizá, en toda mi vida.
-No te preocupes -le dijo el andarín-: yo lo haré por ti.
Llegó el servidor con la orden del zar.
-Dile que la traeré -dijo el tonto.
Su compañero se desató la pierna, echó a andar, y al instante encontró el agua de la vida y de la salud. Pero, entonces pensó:
«Tengo tiempo de sobra para volver.» Se sentó al pie de un moli­no a descansar, y se quedó dormido.
La comida del zar tocaba a su fin, y el hombre no volvía. Todos estaban inquietos en el barco. Entonces el primero pegó el oído a la tierra, escuchó y dijo:
-¡Pero si está dormido al pie de un molino!
El tirador agarró su escopeta, disparó contra el molino y así des­pertó al andarín. El andarín se puso en marcha y un minuto des­pués llegó con el agua. El zar no se había levantado todavía de la mesa cuando ya estaba cumplida su orden con toda exactitud.
No quedaba más recurso que darle otra tarea. El zar mandó decirle al tonto:
-Ya que eres tan astuto, demuestra lo que vales comiéndote de una sentada, con tus compañeros, doce bueyes asados y doce sacos de pan.
El primer compañero lo oyó y se lo contó al tonto.
-¡Pero si yo no soy capaz de comerme ni un pan de una sen­tada! -ex-clamó el tonto asustado.
-No temas -intervino el comilón-, que para mí será incluso poco.
Llegó el servidor a comunicar la orden del zar.
-Está bien -dijo el tonto-. Nos los comeremos.
Trajeron los doce bueyes asados y los doce sacos de pan. Co­milón se lo comió todo, y aún dijo:
-Esto no es mucho. Si trajeran un poco más...
El zar ordenó decirle al tonto que debían beberse cuarenta ba­rriles de vino de cuarenta cubos cada uno. El primer compañero oyó lo que decía el zar y, como antes, se lo contó al tonto. Este se asustó:
-¡Pero si yo no soy capaz de beberme ni un cubo de una vez!
-No temas -dijo Bebedor-. Yo beberé por todos vosotros, y todavía será poco.
Llenaron cuarenta barriles de vino, llegó Bebedor y los apuró todos sin tomar aliento. Luego dijo:
-No es gran cosa. Yo bebería algo más.
Después de todo esto, el zar ordenó que, antes de desposarse, el tonto fuera al baño. Y, como el baño era de hierro, ordenó que lo calentaran mucho para que el tonto se asfixiase en un instante. Cuando lo hubieron calentado al rojo fue el tonto a bañarse y tras él entró el hombre del fardo de paja como si fuera para extenderla sobre el suelo. Se encerraron los dos en el baño, el hombre espar­ció la paja y empezó a hacer tanto frío, que apenas había tenido tiempo el tonto de lavarse cuando el agua de los calderos empezó a congelarse. Luego se subió al rellano de la estufa y allí se pasó la noche. Cuando abrieron el baño por la mañana, el tonto estaba tan campante, tumbado en el rellano de la estufa y cantando.
Informado el zar, se llevó un disgusto. Ya no sabía cómo des­hacerse del tonto. Después de mucho cavilar le ordenó que se pre­sentara con un regimiento entero de tropas, pensando para sus adentros:
-¿De dónde va a sacar tropas un simple campesino? Eso sí que no podrá hacerlo.
Al enterarse el tonto, se asustó y dijo:
-Ahora estoy bien perdido. De muchos apuros me habéis sa­cado, compañeros; pero, se ve que esta vez no hay nada que hacer.
-¡Pero, hombre! -intervino el del haz de leña-. ¿Te has ol­vidado de mí? Recuerda que en eso yo soy un maestro, y no te­mas.
Llegó un servidor y le comunicó al tonto la orden del zar:
-Si quieres casarte con la zarevna, debes presentar mañana todo un regimiento de tropas.
-Está bien. Lo haré. Pero, si el zar sigue buscando más pre­textos, le combatiré en todo su reino y me llevaré a la zarevna por la fuerza.
Por la noche, el compañero del tonto salió al campo con su haz de leña y fue esparciéndola por todas partes, haciendo surgir inmediatamente un ejército innumerable de infantería, caballería y artillería. Cuando el zar vio todo aquello por la mañana, le tocó a él asustarse. En seguida hizo llegar al tonto costosos trajes y ade­rezos con la invitación de ir a palacio para casarse con la zarevna. Vestido con aquella prendas, el tonto tenía un aire de lo más apuesto.
Se presentó al zar, se casó con la zarevna, y demostró ser inte­ligente e ingenioso. El zar y su esposa le cobraron afecto. En cuan­to a la zarevna, estaba loca por él.

Cuento popular ruso

1.001. Afanasiev (Aleksandr Nikolaevich)

El arbol cantarin y el ave parlera

Erase un zar muy curioso, que siempre andaba escuchando debajo de las ventanas.
Y también érase un mercader que tenía tres hijas. Un día estaban las hijas hablando con él.
-¡Ojalá se casara conmigo el panadero del zar! -dijo una. 
-¡Ojalá el escudero del zar me tomara por esposa! -dijo otra.
-Pues a mí me gustaría casarme con el propio zar -dijo la tercera. Le daría dos hijos y una hija.
Toda esta conversación la escuchó el zar. Al poco tiempo hizo todo lo que ellas habían deseado: la mayor se casó con el panadero; la mediana con el escudero y la menor con el propio zar.
El zar vivía feliz con su esposa. Esta se quedó embarazada y le llegó el momento de dar a luz. El zar quiso llamar a la partera, pero las hermanas de su mujer le dijeron:
-¿Para qué? Nosotras podemos perfectamente atenderla.
En cuanto la zarina dio a luz un niño, ellas lo escondieron, dijeron al zar que su esposa había tenido un perrillo, y al recién nacido lo echaron, metido en una caja, al estanque que había en el jardín del palacio.    .
El zar se enfadó mucho con su mujer y quería matarla a cañonazos, pero unos reyes forasteros que estaban allí le convencieron de que, por ser la primera vez, debía perdonarla.
Conque el zar la perdonó hasta ver lo que ocurría otra vez.
Al cabo de un año, la zarina quedó embarazada otra vez y dio a luz un hijo. Las hermanas fueron a decirle al zar que había tenido un gatito.
Más enfadado todavía, el zar quiso ejecutar a su mujer sin dilación. Pero también le hablaron, le convencieron y, después de reflexionar, decidió esperar hasta la tercera vez.
Las hermanas metieron también al segundo hijo en una caja y lo echaron al estanque.
Por tercera vez quedó embarazada la zarina y tuvo una hermosa niña.
Las hermanas informaron al zar de que su esposa había dado a luz un monstruo.
Furioso, el zar hizo montar un patíbulo para ahorcar a su mujer; pero reyes de otras tierras que estaban allí le dijeron:
-Mejor será que hagas construir una ermita junto a la iglesia para encerrarla en ella y que todo el que vaya a misa la escupa en la cara.
Así lo hizo el zar. Pero resultó que, en lugar de escupirla, todo el que pasaba por allí le dejaba un bollo o un pastelillo.
En cuanto a los niños que había tenido, y que las tías arrojaron al estanque, el jardinero del zar los fue recogiendo y educando.
Estos hijos del zar crecían a ojos vistas: en meses lo que otros en años; en horas lo que otros en días... Los zaréviches se hicieron tan galanes, que nadie podría imaginárselo ni describirlo, y la zarevna, una muchacha de belleza sin igual.
Entonces le pidieron al jardinero permiso para construirse su propia casa fuera de la ciudad. El jardinero consintió, ellos levantaron una grande y hermosa casa y empezaron a vivir en ella.
A los hermanos les gustaba ir a cazar liebres. Una vez que salieron de caza y la hermana se quedó sola llegó por la casa una vieja muy viejecita y le dijo a la muchacha:
-Tenéis una buena casa, y muy bien puesta; pero os faltan tres cosas.
-¿Qué cosas son ésas? Yo diría que tenemos de todo...
-Os falta -explicó la vieja- el ave parlera, el árbol cantarín y el agua de la vida.
Regresaron los hermanos de la caza, y la hermana les dijo nada más verlos:
-Parece que tenemos de todo, hermanos; pero nos faltan tres cosas.
-¿Y qué nos falta, hermanita? -preguntaron ellos.
-Nos falta -contestó- el ave parlera, el árbol cantarín y el agua de la vida.
Entonces habló el hermano mayor:
-Dame tu bendición, hermanita, y yo iré a buscar esas cosas extra-ordinarias. En caso de que muera o de que me maten, vosotros os enteraréis porque voy a clavar esta navajita en la pared y, si empieza a gotear sangre de ella, será señal de que he muerto.
El hermano partió y, anda que te anda, llegó a un bosque. Vio a un viejo muy viejecito sentado en las ramas de un árbol y le preguntó:
-¿Dónde podría conseguir el ave parlera, el árbol cantarín y el agua de la vida?
El viejo le dio una bolita.
-Mira hacia dónde rueda esta bolita y síguela -le dijo.
La bolita echó a rodar, llegó hasta una montaña muy alta y no se la vio más. El zaréuích, que había ido siguiéndola, empezó a subir la montaña. Cuando llegó a la mitad, desapareció de pronto.
Inmediatamente, en la casa empezó a gotear sangre de la navajita. La hermana le dijo al hermano mediano que había muerto el mayor, puesto que goteaba sangre de la navajita.
-Entonces, hermanita -contestó el mediano, ahora iré yo a buscar el ave parlera, el árbol cantarín y el agua de la vida.
Ella le dio su bendición y el hermano partió. Anda que te anda, al cabo de no sé cuántas verstas llegó a un bosque. Vio a un viejo muy viejecito sentado en las ramas de un árbol y le preguntó:
-¿Sabes tú, abuelo, dónde podría encontrar el ave parlera, el árbol cantarín y el agua de la vida?
-Toma esta bolita -contestó el viejo dándole una- y camina hacia donde ella vaya rodando.
El viejo le lanzó una bolita, que echó a rodar, y el zarévich fue detrás. La bolita llegó rodando hasta una montaña muy alta y ya no se la vio más. El zarévich empezó a subir montaña arriba y, cuando llegó a la mitad, desapareció de pronto.
La hermana, que estuvo esperándole muchos años, pensó: «Se conoce que también ha perecido mi otro hermano.» Y fue ella la que partió en busca del ave parlera, del árbol cantarín y del agua de la vida.
Había andado no sé si poco o mucho, cuando llegó a un bosque. Vio a un viejo muy viejecito sentado en las ramas de un árbol y le preguntó:
-Abuelito: ¿dónde encontraría yo el ave parlera, el árbol cantarín y el agua de la vida?
-Tú no llegarías. Otros más listos que tú lo intentaron y no han vuelto.
-Dímelo, por favor -insistió la muchacha.
-Bueno, pues toma esta bolita y síguela.
Echó a rodar la bolita, y la muchacha fue tras ella. Al cabo del tiempo -no sé si poco o mucho- llegó la bolita hasta el pie de una montaña muy alta. La muchacha empezó a subir a la montaña. Oyó voces que le gritaban: «¿Adónde vas? ¡Te vamos a matar! ¡Te vamos a devorar!» Pero ella, como si tal cosa, continuó subiendo hasta llegar arriba. Y allí estaba el ave parlera.
La muchacha cogió al ave y le preguntó:
-¿Dónde podría encontrar el árbol cantarín y el agua de la vida?
El ave se lo dijo. Llegó donde estaba el árbol cantarín, todo cubierto de pájaros que gorjeaban, partió una ramita y continuó su camino. Llegó a la fuente del agua de la vida, llenó un jarrito y se lo llevó.
Conforme iba bajando de la montaña, tomó un poco de agua y salpicó el suelo. Al instante aparecieron los hermanos diciendo:
-¡Cuánto tiempo hemos dormido, hermanita!
-Es verdad, hermanos. Y habríais dormido hasta la eternidad de no ser por mí -contestó ella, y luego añadió: He encontrado el ave parlera, el árbol cantarín y el agua de la vida.
Los hermanos se alegraron mucho y, cuando llegaron a su casa, plantaron la ramita del árbol cantarín. En seguida creció por todo el jardín, cubierto de pájaros que gorjeaban.
Un día que habían ido de caza, los hermanos se encontraron con el zar. Aquellos jóvenes cazadores le agradaron al zar, quien les invitó a visitarle.
-Le pediremos permiso a nuestra hermana. Si ella nos deja, iremos sin falta.
Volvieron de cazar y, cuando la hermana los acogió con todo cariño, le preguntaron:
-¿Te parece que vayamos a ver al zar? Nos ha hecho el honor de invitarnos.
La zarevna accedió y ellos salieron para palacio. El zar los recibió muy bien, los agasajó con todo lo mejor. Ellos se comportaron con gran cortesía y, al despedirse, rogaron al zar que honrara su casa.
Transcurrido algún tiempo los visitó efectivamente el zar. Ellos se deshicieron en atenciones y en agasajos, le enseñaron el árbol cantarín y el ave parlera... El zar exclamó sorprendido:
-Yo soy zar y no tengo nada igual.
La hermana y los hermanos le dijeron entonces: 
-Nosotros somos vuestros hijos.
El zar, enterado de todo lo sucedido, se llevó una gran alegría, se quedó con ellos para siempre, e hizo salir a su esposa de la ermita. Así vivieron juntos muchos años, gozando de todas las dichas.

Cuento popular ruso

1.001. Afanasiev (Aleksandr Nikolaevich)