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sábado, 22 de junio de 2013

Los quechuas

Su cultura


A fines del primer milenio de nuestra era, desde la cuenca meridional del lago Titicaca, se había intentado consolidar políticamente un estado: Tiahuanaco. Esto propagó la ganadería de las llamas y las cosechas se cultivaron en terrazas y en lugares con riego. Los atacameños cobraron fama por la amplitud de su comercio, gracias al cual se intercambiaban productos de la costa del Pacífico, como pescado y sal, por mercancías del altiplano, por ejemplo el tabaco y la apreciada lana de las llamas. Artísticamente, la cultura Tiahuanaco fue reconocida por sus motivos decorativos: el dios de la puerta con boca de jaguar y tocado con rayos de serpientes; y el dios felino, predominante en el sur hasta Atacama, el borde árido meridional. Esta zona de influencia alcanzó a la sociedad colla, que habitaba los actuales territorios de la provincia de Jujuy y Salta.
Entre el 1000 y el 1400, el vasto territorio andino atravesaba un período de fragmentación política. En el 1400, los incas eran una pequeña sociedad que habitaba el alto valle de la cuenca del río Urubamba en el actual territorio peruano. Varias décadas más tarde, el inca Pachacuti Yupanqui inició la integración de las regiones del Tawantinsuyu: Antisuyu, al este; Contisuyu, al oeste; Chinchasuyu, al norte; Collasuyu, al sur. En poco más de un siglo, se afianzó una estructura socio‑política que gobernaba alrededor de 10 millones de personas. Sus dominios se extendieron desde el actual territorio de Ecuador hasta Chile, alcanzando una importante dimensión[1].
En 1532, la política expansiva del estado se estaba sosteniendo por medio de la fuerza. Las poblaciones rebeldes sufrían traslados masivos; en las zonas conflictivas se creaban colonias militares y había aparecido la figura del yana[2].
Cuando el reducido grupo de españoles encabezado por Francisco Pizarro ingresó a la ciudad capital, el panorama se presentaba muy favorable a sus intereses: los incas se desangraban internamente entre luchas dinásticas y muchos pueblos tributarios estaban deseosos de librarse de la dominación.
Aunque aparentemente la conquista del Imperio fue rápida y exitosa, la resistencia se prolongó durante mucho tiempo. Basta mencionar el medio siglo de luchas posteriores a su derrumbe, las rebeliones de la región calchaquí y los acontecimientos encabezados por Tupac Amaru a fines del siglo XVIII.
La sociedad inca se había organizado jerárquicamente. El centro del poder lo ocupaba un gobernante de origen divino secundado por un grupo aristocrático que residía en Cuzco, su capital. El resto de la población conformaba comunidades llamadas ayllus gobernadas por un curaca[3]  local. El estado se sustentaba mediante un sistema tributario que comprendía el trabajo en obras públicas, agricultura o ejército, o pago en especie[4]. De esa manera se realizaban obras de riego y caminos y se sostenía la estructura postal de chasquis que comunicaba todo el territorio. Mediante un sistema de postas, los mensajes llegaban y se enviaban hacia todos los puntos del imperio.
Constantemente, se expandía la frontera incorporando nuevos territorios cuyos habitantes eran sometidos por las armas, si resultaba necesario. En los casos de resistencia se trasladaba a la población hacia regiones lejanas, tanto en relación con la distancia efectiva como en la expresión de tradiciones y costumbres.
Paralelamente a la conquista se difundía el quechua como idioma estatal, así como las divinidades que conformaban su universo
Religioso. La adoración al Inti (dios del Sol) se impuso en cada ayllu, pero en la región del Collasuyu generalmente se introdujo al conjunto religioso local, coexistiendo con las divinidades de la zona.
Los incas aprovecharon las laderas de la montaña para el cultivo mediante un sistema de terrazas agrícolas abastecidas por una compleja red hidráulica para la irrigación. La principal producción era el maíz. En la altiplanicie cultivaban papa y quinoa, y en la zona de la Puna criaban llamas que proveían de carne y lana.
La diversidad regional de la producción ‑en consonancia con el medioambiente‑ generaba la necesidad de un intercambio regulado. El estado recibía el tributo en forma de mano de obra o bienes y lo redistribuía en función de los requisitos locales.
Los ayllus tenían derecho comunal exclusivo sobre sus tierras. Se realizaba un ajuste periódico en la asignación de las parcelas en función de las necesidades de cada familia que se modificaba con relación a su dinámica interna. Nuevos hijos generaban un aumento en las tierras de cultivo, a la inversa, los fallecimientos reducían la superficie destinada a la explotación. El trabajo y la producción eran también de carácter comunitario y, aunque el curaca tuviera algunos beneficios, la sociedad comunal tendía al igualitarismo. Sin embargo, el estado inca se colocaba por encima de ellas, tomaba decisiones acerca del control del uso de la tierra, el suministro de herramientas y la distribución de semillas.
Cuando penetró el estado andino en las actuales fronteras del territorio argentino, grandes zonas del Noroeste fueron anexadas al Collasuyu, bajo el nombre de Kuantinsuyu: cuarta parte del Tawantinsuyu. Desde la Puna continuaron hacia Ushpa‑llajta (actual Mendoza), y cruzaron a Chilli ("frío" en quechua; por derivación Chile).
La presencia incaica se expresó en la cerámica, la música, las comidas y la imposición del idioma quechua a los omaguacas, ocloyas, casabindos, purmamarcas, yocaviles, pulares (todos estos bajo la denominación genérica de collas), lules, diaguitas (que tenían su propio idioma: el cacan), olongastas, capayanes, huarpes y comechingones. Quechua deriva de qheswa y significa: "el habla del valle". Posteriormente, los españoles consolidaron este idioma en detrimento de las lenguas locales.
En el actual territorio de Santiago del Estero se habló el quechua con anterioridad a la llegada de los españoles. La evidencia arqueológica ha corroborado la presencia inca en el norte de la provincia. En una crónica de la época se describe el recorrido de un camino inca en los alrededores de esta provincia, que se bifurca hacia la cordillera al Oeste conectándose con la costa del Pacífico y hacia la pampa, al Este, conduciendo hacia la cuenca del Plata. Los tambos construidos a lo largo del sendero fueron destinados a chichas quechua parlantes, trasladados desde su lugar de origen: la altiplanicie boliviana.
El idioma quechua fue introducido algún tiempo después de 1471, durante el gobierno de Tupac Yupanqui, cuando los incas ya explotaban las minas del noroeste de Argentina. Las sociedades del nordeste, buscando también los minerales, ya habían lanzado su primer ataque sobre esta parte del Imperio.
La localización geográfica de Santiago del Estero la convertía en un codiciado sitio estratégico porque estaba ubicada sobre el único paso natural que conectaba el Paraná y los grupos del Chaco, en el este, con la pre‑cordillera andina y sus minas, en el oeste. Debido a esto, muy probablemente, los incas establecieron fortines militares en esta área. Estos habrían sido asistidos por una combinación de soldados y mitimaes (colonos), práctica común del último período expansionista. Después de la llegada de los españoles, los colonos europeos poblaron el área con guarniciones en un esfuerzo por controlar las incesantes invasiones de los grupos del Chaco.
La lengua quechua pertenece a la rama quechuamarán de la familia andino­-ecuatorial. El hogar original del pueblo quechua parece haber sido la región de Apurímac‑Ayacucho, en el Perú actual. Aquí se fundó el Imperio Inca que fue conocido hasta la conquista española como Tawantinsuvu: "las cuatro regiones".
El quechua era la lengua predominante del Imperio y se hablaba en dos variantes: la casta gobernante hablaba inca simi; algunos estudiosos creen que se trataba de una lengua secreta. El pueblo hablaba runa simi, la “lengua popular". Desde el siglo XVI en adelante, la denominación "quechua" se empleó para designar la runa simi.
La historia de la expansión territorial del quechua ha experimentado varias etapas. Una primera oleada alcanzó vastas regiones del actual Perú. Fue continuada por una segunda fase que puede correlacionarse, en tiempo y espacio, con la acción cultural cumplida entre los siglos VI a IX ó X d. C., en la época llamada Huari o Tiahuanaco, por grandes centros constituidos en la costa central y el sur peruano (como la ciudad de Pachacamac, un poderoso foco económico, político y religioso que surgió en la costa, a corta distancia de la ciudad de Lima).
Desde el siglo XII ó XIII al siglo XVI se produjo la fase de mayor expansión del quechua ocurrida antes de la conquista española. Por numerosas vías se implantó en nuevos espacios, algunos territorialmente contiguos al suyo y otros muy lejanos, como el Ecuador, la selva del nordeste peruano, Bolivia, Chile y el noroesle de Argentina. En la actualidad, alrededor de medio millón en el noroeste y más de 250 mil en Santiago del Estero hablan su quechua regional, el segundo idioma nativo en la Argentina después del guaraní.
De esta lengua proceden varias palabras, que han pasado al castellano: ají, cancha (kancha: recinto, patio o empalizada), carpa, charqui, cóndor (kuntur), huaso, humita (huminta), mate (mati: recipiente para beber), ñato (de nariz chica), papa, puma (puma: león o gato montés), tucumán (tucuy), vicuña (w¡kuña), vizcacha (wisk'acha) y yapa (algo extra dado gratis).
El complejo quechua es muy diverso, comprende una gran diversificación interna. A la vez, su difusión en la enorme región sudamericana condujo a transformaciones locales de la lengua. En la actualidad, posee 7 millones de hablantes cuyos dialectos dificultan la comunicación con toda la familia lingüística.

Leyendas quechuas

Como ya se anticipó al hablar de su cultura, los quechuas, a diferencia de otros indígenas, no conforman un pueblo. Con sus leyendas sucede lo mismo: la lengua se ha esparcido por gran parte del actual territorio argentino y ha adquirido la identidad propia de cada lugar. A continuación, compartiremos historias de diferentes épocas, la mayoría de ellas posteriores a la llegada de los españoles, y de distintas regiones. Gran parte de la rica mitología santiagueña, por ejemplo, está poblada de relatos quechuas, como "El crespín", "El carbunclo" o "La salamanca", cuyos fabulosos personajes son unos, de origen americano, y otros, europeo, introducidos por la conquista española y unidos en uno sel o a través del tiempo como nuestro propio tipo humano hispanoamericano.

1.043. Parodi (Lautaro)


[1] Se calcula la superficie del Imperio en 3 millones de km2.
[2]Se trataba de individuos separados de sus comunidades y reducidos a una suerte de esclavitud.
[3] El curaca era un jefe en lo político administrativo y poseía funciones rituales.
[4] Generalmente la comunidad destinaba una parcela de cultivo cuya cosecha se usaba para el pago de tributo.

Los onas

Su cultura


Los grupos indígenas más australes del mundo vivieron en el territorio del viento, la tierra, el guanaco y el bosque: la Isla Grande de Tierra del Fuego. Existen testimonios arqueológicos que indican que a partir del año 6000 a.C., sus habitantes emplearon boleadoras esféricas para cazar y herramientas para tratar los alimentos.
La parte noroeste y central de la isla, con sus amplias llanuras y suaves colinas, variedades gramíneas y arbustos fue el hábitat donde se desarrolló la cultura selk'nam. Los haush o mánekenkn vivían en el sudeste de la isla, caracterizado por sus imponentes montaÑas (costa de la Península de Mitre). Cada pueblo se comunicaba mediante su propio dialecto.
Llamados onas (hombres del norte) por sus vecinos yámana, los selk'nam conformaban una sociedad semi‑nómada cuyo modo de subsistencia era el denominado cazador recolector.
Los hombres selk'nam eran altos y robustos, y desarrollaban la caza con éxito debido a su destacada agilidad. Las mujeres, más bajas, tendían a aumentar de peso. Solo conservaban los pelos que conformaban su larga y abundante cabellera, retirando los del resto del cuerpo.
En el siglo XVI, Hernando de Magallanes los llamó fueguinos en función de la práctica común de encender fogatas. Asimismo, fueron caracterizados por su aguzado sentido del olfato, de la vista, del oído y de la orientación. Como expertos caminantes de paso firme y seguro, avanzaban sigilosamente por los territorios de caza. Las crónicas sostenían que un selk'nam caminaba por el bosque alcanzó, sin dejar rastros, su destino antes que su perseguidor europeo.
Mediante la división sexual del trabajo, los hombres onas cazaban, pescaban y fabricaban las armas y los toldos; las mujeres recolectaban mariscos y vegetales, cuidaban a sus hijos, trabajaban la cestería y elabo-raban la vestimenta.
Los cazadores acechaban guanacos, zorro y aves, empleando arcos de roble, flechas con puntas de piedra tallada, y largas lanzas. Ocasionalmente conseguían, mediante el uso de un garrote o arpón de madera con punta de hueso, atrapar algún lobo marino en la costa. Este animal fue muy apreciado por su carne y por su grasa, y con su piel elaboraban el carcaj para acarrear las flechas. Fabricaban redes de tendones de guanaco para pescar. Los cetáceos varados en la costa representaban provisiones de grasa, aceite y carne suficientes para un número considerable de indígenas.

Los principales frutos recolectados eran la murtilla y el calafate, recogían diversos tipos de hongos y variedades de raíces comestibles. Las mujeres elaboraban tortillas con semillas molidas y tostadas de tay[1], mezcladas con materia grasa de lobo marino. Encendían el fuego mediante el chasquido de piedras. Derretían la grasa con paletas ardientes de guanaco y de lobo marino. El asador era de palos, se utilizaban pinzas para cocinar y las semillas se tostaban sobre piedras calientes.
Empleaban las pieles de los zorros, huemules[2] y guanacos para confeccionar atuendos apropiados que los protegían de los fuertes vientos del sur. La vestimenta para hombres y mujeres era comúnmente un manto de pieles de guanaco cosidas, con la particularidad del pelaje hacia fuera correspondiente al aspecto del mismo animal. Usaban polainas y cuero y, además, los niños y las mujeres cubrían su pubis con pequeños retazos. De vez en cuando, ellas vestían un delantal o pollera de pieles larga hasta la rodilla y ajustada al pecho y a la cadera. Para el calzado también recurrían a las pieles de guanaco o zorro.
Para abrigar a los niños, además de vestirlos con una pequeña capa de piel de guanaco joven, la madre selk'nam lo cargaba en la espalda, debajo de su propio vestido, Los hombres adornaban su frente con un triángulo de cuero, las mujeres lucían largos collares de caracoles o pequeños huesos de aves. Un atavío común usado por todos era una línea transversal desde las orejas, por encima del pómulo, hasta la nariz. Ambos se decoraban la cara con dibujos simples en rojo, amarillo, negro y blanco. La pintura corporal se utilizaba como protección contra los rigores del clima; como medio de expresión de un estado de ánimo, y como requisito para participar en eventos o actividades sociales.
El arma fundamental era el arco y la flecha, que alcanzaba un metro y medio de largo y semejaba el contorno de media almendra con acanaladuras laterales; la cuerda estaba elaborada a partir de tendones de guanaco; la flecha tenía la punta de piedra triangular, generalmente con un pedúnculo y bien tallada, con aletas y terminación en emplumado corto, de unos 70 cm de largo; una bolsa de piel de zorro se empleaba para llevar los instrumentos pequeños y otras estaban especialmente confeccionadas para llevar agua.
Herramientas de piedra, raspadores, leznas[3], agujas sin ojo y alisadores de piedra completaban su instrumental. Con cuerdas hechas de cuero o tendones ataban los objetos que necesitaban transportar.
La cuna para llevar a los niños tenía forma de pequeña escalera y se llevaba en la espalda.
Con el cuero de guanaco fabricaban sus tiendas estructuradas a partir de tres palos cruzados.
La vivienda era propia de pueblos nómades: la mampara de cuero instalada como paravientos estructurado con palos; y la choza cónica de troncos habitada también durante el invierno.
Si bien la función manifiesta de las reglas de parentesco fue siempre la reproducción y el ordenamiento de la sociedad entre parientes y no parientes, en algunas culturas regula todas las relaciones sociales. Una familia no puede reproducirse independientemente de otras familias, debido a la imposición universal del tabú del incesto y de la regla de exogamia, cualesquiera sea la forma que adopten, estableciendo relaciones de consanguinidad, de intercambio o de alianza entre los grupos sociales que trascienden el ámbito de lo biológico.
Como en muchas sociedades, el sistema de parentesco de los onas era la estructura dominante que comprendía no solamente la esfera doméstica, sino, además, la dimensión económica, política y ritual. Se organizaban socialmente en familias extendidas que podían tener tres o cuatro generaciones por descendencia patrilineal[4] y patrilocal[5] y ocupaban un territorio específico llamado haruwenh cuyos límites eran respetados usualmente por los vecinos. Como estos sitios de cacería estaban asignados por los grupos, la transgresión de esta norma provocaba luchas entre las sociedades.
De acuerdo con el principio de exogamia[6], los jóvenes se pintaban con especiales diseños para no ser confundidos con intrusos y se dirigían hacia otro grupo en busca de pareja. Mediante el intercambio de mujeres, los grupos equiparaban las diferencias insalvables entre los territorios de caza. Asimismo, alejando a las mujeres de sus parientes, reafirmaban el poder que tenían sobre estas.
Los ancianos y hechiceros denominados jon, ejercían su influencia en temas relacionados con la toma de decisiones. A partir de sus tradiciones, la sociedad ona transmitía y reproducía creencias y valores.
Los púberes varones de 14 a 16 años, realizaban complejas pruebas de destreza física y recibían instrucción acerca de conocimientos esenciales y símbolos constituyentes de su cultura. Esta ceremonia de iniciación, denominada kloketen, se extendía durante varios meses. Aprendían a cazar, a controlar sus actos y a actuar en función del bienestar social. Durante el desarrollo de la ceremonia final, los cuerpos de los iniciados se constituían en soportes para la representación de los espíritus mediante pinturas y tatuajes. Para está ceremonia se construía una gran choza, y allí se daba enseñanza al novicio, se lo asustaba con la aparición de seres sobrenaturales enmascarados, los que también salían para asustar a las mujeres; finalmente se les inculcaba valores y creencias en procura de mantener el predominio masculino sobre el sexo femenino.
La difusión de esos principios era condenada con la muerte y se basaban en la creencia de que un antiguo poder femenino o matriarcado los había dominado. Los siete postes de la choza de iniciación representaban a los antiguos fundadores del kloketen, los que aparecían en forma de espíritu en las ceremonias. Mediante este rito, los iniciados adquirían su condición de integrante adulto del pueblo ona.
La religión de los onas estaba estructurada en relación con la figura de Temaukel, ser supremo. La creación de todas las cosas se le remiten a su mensajero: Kenos, el héroe civilizador de este pueblo. Los demás espíritus y dioses se vinculaban con los antecesores muertos y con la ceremonia del kloketen. El rito del hain, junto con el mito de la pelea entre el sol y la luna, constituían las bases simbólicas religiosas.
Los shamanes se identificaban según sus habilidades: atraer a las ballenas por medio del canto; sanar dolencias determinadas; apoderarse de las energías del universo a partir de la experimentación del trance. Esta última capacidad se desarrollaba con motivo de la ceremonia del hain.
Cuando moría un ona, su arco y su flecha eran destruidos o quemados. A veces, esto comenzaba cuando entraba en agonía. Los cuerpos eran depositados en fosas cavadas en la tierra, envueltos en pieles que los protegían, con cueros de guanaco raspados y cosidos. Asistían al funeral solo los hombres, las mujeres se quedaban en el campamento lamentándose y rasguñándose. Y cuando la tierra estaba muy dura, por la acción del hielo, el cuerpo se quemaba. Pero ya no se acercaban más a ese lugar. Una vez que fallecía alguien prohibía mencionar el nombre del difunto. En señal de luto, hombres y mujeres se afeitaban la cabeza, dejándose unos flecos alrededor. Además de esto, se pintaban de color rojo muy oscuro con arcilla roja llamada akel, aplicada con un trozo de mandíbula de marsopa[7] o con los dedos cuando eran rayas más gruesas. La muerte era llorada durante mucho tiempo por los familiares y amigos.
Los selk'nam compartieron su hábitat con los yaganes o yámanas, que habitaban las costas del sur de la Isla Grande de Tierra del Fuego; los alacalufes o aawésqar pequeños como los yámanas, sus parientes en lengua y algunas costumbres, canoeros de las caletas, las islas y los canales del archipiélago del oeste (actual territorio chileno); y los tehuelches o aoniken. Los onas y los haush tenían a su vez parentesco lingüístico y cultural con los aoniken o tehuelches del sur. Los haush parecen haber llegado antes que los onas a su karu‑kinka ("Tierra del Fuego" o "la última tierra habitada").
Las crónicas de los primeros navegantes que atravesaron el canal de Beagle describen las particulares prácticas de los nativos. Acostumbrados a navegar por el estrecho solían habitar permanentemente en sus canoas para sorpresa de los europeos. Las consecuencias sobre su fenotipo[8] consistieron en un desarrollado torso y brazos fuertes para remar, y largas y delgadas piernas (producto de su movilidad reducida en el interior de la canoa).
La embarcación se fabricaba con corteza de guindo cosida con cuero de foca, cubierta con una pasta elaborada con musgo, tierra, grasa de foca y paja, que mejoraba la impermeabilización de la embarcación. Los yámanas mantenían encendido un controlado fuego para combatir la fría brisa del mar.
El constante traslado de sus hogares en los mares beneficiaba la tarea masculina de pescar y cazar focas y lobos y favorecía la recolección femenina de moluscos y bivalvos.
Se aventuraban en el interior del territorio a fin de procurarse materiales como el árbol de guindo para construir sus embarcaciones, de hasta 5 metros de largo. Asimismo, alcanzaban tierra firme para cazar y asar la carne de foca y tostar los moluscos. En los sitios arqueológicos estudiados se encontraron testimonios de esta práctica a partir de la acumulación de resto, de bivalvos, huesos de focas y de aves, que originaron los contenidos de la dieta yámana.
El origen del nombre de los onas responde al difundido desconocimiento de los cronistas de la época. Los 2800 integrantes de la costera etnia yámana denominaban a los habitantes originarios de la tierra de la isla del fuego, empleando el vocablo onishi (hombres del norte). Por derivación y falta de conocimiento, los europeos denominaron onas a todos los pueblos del extremo sur del continente.
La sociedad se reproducía manteniendo las tradiciones heredadas a lo largo de 3 mil años, desde el inicio y desarrollo de los primeros grupos originarios de la isla del extremo sur del continente americano. Durante ese período fue creciendo con relativo equilibrio hasta fines del siglo XIX, cuando los colonos arribaron a su territorio.
La usurpación de las tierras se inició hacia 1880 y fue encabezada principalmente por estancieros ingleses. Mediante el sistema de alambrado cercaron el hábitat del pueblo cazador y recolector. Las grandes estancias concentradas en la cría de ovejas, y el apetito voraz de los buscadores de oro generaron transformaciones en el medioambiente a través de relaciones de poder que desequilibraron los pilares de la sociedad ona. Su economía de subsistencia se vio amenazada por la delimitación de espacios naturales, medio de reproducción de la vida animal (objeto de caza) y vegetal (materia de recolección).
Mediante el rito de paz llamado jelj se resolvía, pacíficamente, cualquier enemistad entre los distintos grupos. Esta práctica se popularizó con posterioridad a la llegada de los colonos europeos gracias a los procesos conflictivos que esta generó.
Se mandaban mensajeros para avisar a todo cazador errante que debían reunirse en un espacio abierto. Se sentaban los dos bandos y se observaban en silencio durante largo tiempo, quizá reflexionando acerca de lo que tenían que perdonar y olvidar. Una vez transcurrido un tiempo prudente, ambos bandos se paraban por turnos y avanzaban depositando sus arcos y carcaj (donde llevaban sus flechas) en el medio de los grupos. Luego los hombres hablaban, por turnos, de los rencores existentes y de la necesidad de superarlos para reconstituir la paz.
Un representante de un grupo extraía de su capa cinco flechas con puntas de cuero en forma de botón y la ubicaba frente al integrante seleccionado del otro grupo, permaneciendo desnudo frente a él. El otro miembro se sacaba su capa y arrojaba la flecha empleando su arco: el primero debía esquivarla, así como con las cuatro restantes. Esta escena se repetía con todos los presentes de cada bando. Si las flechas tocaban o herían a los hombres, ocasionándoles heridas cortantes, no le prestaban mayor impor-tancia. Una vez terminada la ceremonia, ambos grupos compartían amisto-samente tres jornadas.
El sistema de alambrado modificó las relaciones socio‑espaciales al interior de la sociedad. Debido a que los grupos conformados sobre la base de relaciones de parentesco intercambiaban sus mujeres para matrimonio, no pudieron mantener ecuanimidad en los territorios de caza, a causa de las apropiaciones de los colonos. Por esto, su sistema de reproducción social se enfrentó con obstáculos que no pudo superar.
Colonizado el territorio, los onas como estructura social desaparecieron. Cuarenta años después de la expansión de la frontera agrícola ganadera que alcanzó la isla de Tierra del Fuego, la población nativa se había reducido hasta contar con 50 integrantes. Las feroces matanzas y los traslados forzados, la diseminación de enfermedades y las disputas internas entre grupos onas por el controí de los escasos territorios libres, desestructuraron a los selk'nam.
Las grandes compañías ovejeras pagaban una libra esterlina por cada selk'nam muerto, lo que era corroborado exhibiendo manos u orejas. Las tribus del norte fueron las primeras afectadas. Esto provocó la retirada de la población hacia el sur de la isla para escapar a la matanza. En 1890 el gobierno otorgó a sacerdotes salecianos la isla Dawson situada en el estrecho de Magallanes, para establecer una misión con importantes recursos económicos. Los selk'nam supervivientes fueron forzados a trasladarse allí. Veinte años después Dawson se había convertido en un cementerio. Ni un solo ona pudo sobrevivir privado de su libertad.

La última selk'nam, Ángela Loij, falleció en 1974.

Leyendas onas
Los bosques eran profundamente verdes, el sol y la luna deambulaban sobre la tierra y las mujeres gobernaban. Todo cambió cuando las cabezas de los gigantes Cwonyipe y Chashkilchesh asomaron por encima de los árboles.

1.043. Parodi (Lautaro)




[1] Planta dicotiledónea con corola en forma de cruz.
[2] Especie de ciervos andinos.
[3] Herramienta para agujerear y coser.
[4] La descendencia se establecía por vía paterna.
[5] Las mujeres se mudaban al poblado de sus maridos a causa de su matri-monio.
[6] Búsqueda de pareja fuera del propio grupo de parentesco.
[7] Cetáceo semejante al delfín, pero de menor tamaño.
[8] Realización visible de un genotipo en determinado ambiente.

Los mapuches (1)

Su cultura

El nombre mapuche significa: mapu, "tierra"; che, "gente": "la gente de la tierra".
Este pueblo originario del territorio chileno ha desarrollado su cultura en Argentina, donde llegaron a ocupar, en tiempos de la colonia, todo el territorio pampeano y el norte de la Patagonia, hasta parte de Santa Cruz. Apartir de esta inmigración, se produjo mi proceso de adaptación y fusión con los pueblos anteriores a su llegada, sin grandes violencias y desplazamientos.
Durante toda la colonización opusieron una prolongada resistencia a la corona hispánica. Este hecho obligó a la administración a reconocerles cierta autonomía, estableciendo fortificaciones a lo largo de la frontera y manteniendo un ejército profesional, caso único en la historia de las colonias. La guerra de Arauco terminó recién en 1891 con el proceso denominado de "pacificación" de la Araucanía.
El largo período de la guerra de Arauco significó además de un conflicto bélico, un intenso intercambio cultural económico y un proceso de mestizaje. En estos contactos fue importante la adopción, por parte de los mapuches, del caballo y las técnicas de la platería.
A partir de la pacificación, los grupos que habían sido de gran movilidad durante el siglo XIX, se asentaron y adoptaron una economía agraria. Disminuyó la antigua actividad ganadera de intercambio entre mapuches argentinos y chilenos, y comenzó el establecimiento de las comunidades en reducciones.
La extensión de la guerra en el tiempo testimonia de que los mapuches resultaron ser uno de los pueblos que más resistió la penetración blanca y si bien fueron desplazados hacia el sur y obligados a vivir en zonas reducidas siguen, aún hoy, en pleno siglo XXI, luchando por sus tierras y sus derechos.
En Chile practicaban la agricultura, cultivaban maíz, papas, ají, porotos y zapallo. Al pasar a la Argentina se dedicaron a la caza y a la recolección, adaptándose a la vida nómada, de modo similar a los tehuelches. Sin embargo, después de la conquista retomaron sus costumbres agrarias e incorporaron la cría de ganado, especialmente ovino.
Su contextura difiere de sus vecinos patagones por ser mucho más pequeña: estatura, más bien baja y su cabeza corta.
El toldo de cueros cocidos constituía la vivienda más cómoda para transportar de un lugar a otro y las pieles de oveja otorgaban el abrigo necesario para soportar las bajas temperaturas. La vestimenta de los hombres consistía en un chiripá y un poncho, y como calzado utilizaban botas de cuero. Las mujeres usaban el cabello largo peinado con dos largas trenzas y se vestían con mantas sujetas a la cintura con fajas de colores.
Entre sus armas básicas se encontraban las boleadoras, que llevaban atadas a la cintura, la honda y la lanza de varios metros. Usaban esta artillería en la época de la conquista contra los españoles, especialmente después de la adopción del caballo. También contaban con armas defensivas: un protector para el pecho de cuero crudo, una especie de casco del mismo material y un escudo.
Su lengua, el mapuche, se impuso a todos los indígenas anteriores. Es la lengua que ha perdurado luego de la devastación española.
El núcleo fundamental de esta sociedad está compuesto por la familia, y a su vivienda se la denomina ruka. El jefe del hogar es el hombre, que trabaja fuera de la casa en la agricultura y en el cuidado del ganado. La mujer se preocupa de las tareas domésticas, el cuidado de los hijos, pero también conserva y crea los contenidos y valores de su cultura, transmitiéndolos a su grupo familiar. Al casarse, vivirá en la casa de sus suegros hasta la construcción de la nueva ruka.
De familia poligámica, tenían tantas esposas como se lo permitía su riqueza. Se consideraba que cuantas más mujeres tenía un hombre, más poderoso resultaba. En la actualidad esto ha cambiado, no solo por la influencia del cristianismo sino por una cuestión económica. Su organización es, aún hoy, comunitaria, la agrupación de varias familias que están unidas por el parentesco patrilineal y un territorio de propiedad común. Esta proximidad origina vínculos económicos, como la realización de trabajos agrícolas, construcción de casas o diferentes eventos como el juego de la chueca o palin. Las instituciones religiosas y, los valores morales repre-sentan tambien elementos unificadores de la sociedad.
En sus orígenes, la autoridad en la familia extensa era el Ionko. La unidad social giraba en torno a este jefe, generalmente el miembro de mayor prestigio y riqueza (ulmen).
Durante la conquista española se introdujeron diversas modificaciones a la organización social, llegando a nombrar la propia corona a los caciques. En el período en que se extiende la larga Guerra de Arauco, los indígenas establecieron un jefe militar: el toqui, que solo gobierna durante el conflicto bélico. Pero, tras la Pacificación le la Araucanía, a fines del siglo XIX, se reservó al cacique o toqui el derecho a repartir las tierras en las reducciones. En la actualidad, la división de tierras entre las familias ha contribuido a una desintegración sociopolítica y la consiguiente migración a las ciudades con todo el proceso de transculturación que esto involucra.
Si bien la idea de un ser supremo es consecuencia de la influencia cristiana, todavía hoy se celebran maravillosas fiestas paganas que respetan antiguas creencias. La más famosa es el nguillatun, donde se dirigen plegarias a Nguenechen, el señor de los indios, "dueño de la gente". En su desarrollo realizan varios ritos entre los que sobresale la danza llamada Loncomeo, con la figura del Choique Purrún, en la que los bailarines imitan los movimientos del ñandú o cloique.
La machi o shamán es fundamental en la configuración de mitos y ritos mapuches, como la mediadora entre el mundo natural y el sobrenatural. Estos personajes se encargaban de curar, mediante hierbas y otros proce-dimientos como ensalmos, sacrificios de animales, bocanadas de humo...
En muchas de las ceremonias rituales mapuches y de acuerdo con su cosmovisión, se persigue la compensación de las fuerzas del bien, relacio-nadas con la vida y la construcción, representadas por Nguenechen; con las del mal: destrucción y muerte, lideradas por Weküfe.

1.043. Parodi (Lautaro)

Los mapuches (2)

Instrumentos musicales indígenas

La música araucana se caracteriza por una cadencia que remite al dolor y a la angustia. La vida de este pueblo no era fácil, sobrevivir en una tierra cubierta durante meses por la nieve implicaba una tenaz lucha cotidiana. Durante el tiempo de las tormentas y de los grandes fríos cuando debían mantenerse unidos y bajo techo, la música ocupaba entonces un lugar fundamental en ese contexto. En estas largas estadías, posiblemente se hayan dedicado a componer melodías y a idear con lo que tenían a su alcance, los instrumentos musicales que lograron transmitir, de generación en generación, la fuerza de su cultura.
La mayoría de estos instrumentos siguen deleitando al pueblo mapuche y a quien quiera escucharlos, algunos de ellos son: cultrun, pifilca, trutruca, quinquercahue o violín araucano, cullcull, pinquilhue, huala y cada‑cada.

Cultrun: es un tambor hecho con un tronco de madera ahuecado, con forma de timbal. Forrado con un cuero de caballo bien estirado. Se toca con un palito cuyo mango está adornado con hilos de colores.

Pifilca: flauta construida de madera o hueso, corta, y suena como un silbato. Se la lleva colgada del cuello mediante un cordón. En la actualidad, se la construye con tallas de madera de unos 30 a 40 centímetros. Al tubo cerrado en su extremo inferior, se lo perfora más o menos hasta la mitad de su largo. Emite un solo sonido, que se mezcla con el canto sin relación rítmica ni tonal con el resto.

Trutruca: su sonido se asemeja al bramido de un toro y simboliza la fuerza de la tribu. Está hecho de caña colihue y mide hasta cuatro metros de largo. Se ahueca la caña partiéndola por la mitad, luego se juntan las dos partes con hilos de lana y se la ferra con tripa de caballo. Por un extremo se sopla y por el otro se coloca un cuerno de vaca. Junto con el erke es el más grande aerófono existente en nuestro país. El lolquin es similar pero mucho más pequeño, se fabrica con la caña del cardo llamado troltro.

Quinquercahue: prácticamente ha desaparecido, tenía dos arcos (huesos de costilla) enhebrados entre sí por una sola cuerda de crines de caballo. Se tocaba apoyando uno de los arcos contra los dientes y el sonido, quejumbroso y doliente, se producía al pasar sobre él la cuerda del otro arco.

Cullcull: su misión era muy importante, esta corneta daba la señal de alarma ante una emergencia y también en guerra. Para su fabricación, luego de la llegada de los españoles, se usaban cuernos de buey.

Pinquilhue: uno de los instrumentos más antiguos, similar a un flautín. Se hacía con el tallo del colihue.

Huala: es una maraca construida con una calabaza que suena con semillas secas y a veces con piedritas.

Cada‑Cada: es una especie de sonaja, dos grandes conchas que suenan frotando sus bordes.

Muchos de estos instrumentos suelen tocarse, todos a la vez, durante las ceremonias rituales.

1.043. Parodi (Lautaro)

Los guaranies

Su cultura

Los guaraníes habitaron en el sur de Brasil, el este de Bolivia y Paraguay, y el noreste de la Argentina, cuando aún no habían desembarcado los conquistadores. Algunos, incluso, llegaron hasta cerca de la actual Buenos Aires y el delta del Paraná. Elegían sus lugares de asentamiento de acuerdo con los cursos de los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay. El guaraní prefirió, para la instalación de sus aldeas, los terrenos ubicados sobre las riberas de los grandes ríos, arroyos y lagunas de la región. Eran los sitios más propicios para la pesca y la caza, para la recolección del ñai'û o arcilla para la cerámica, y fundamentalmente para el aprovechamiento de la fértil capa de humus en las labores hortícolas, mientras que el monte cercano ofrecía sus frutas silvestres y abundante madera.
En general se los llamaba chandules, a otro grupo que llegó hasta el Chaco boliviano se los conoció como chiriguanos. Pero ellos se denominaban a sí mismos: ava.
El guaraní conocía y visualizaba con claridad su hábitat geográfico, se sentía parte de él. Su propia lengua identificaba con toda lucidez, con nombres propios, ríos, arroyos, lagunas, cerros, montes, sitios significativos y otros de orden mitológico.
La aldea o táva instalada por ejemplo junto a la laguna del Iberá (Yvera), no constituía un hecho poblacional aislado. Era parte de una amplísima red intercomunicada por caminos o tape. Se construía sobre la base de rela-ciones de parentesco, o por alianzas circunstanciales de carácter ofen-sivo‑defensivo.
No desconocían la presencia de otros cazadores‑recolectores que habitaban en los alrededores de su ámbito geográfico, sabían del Imperio Inca y de sus características, y habían llegado hasta sus fronteras. Tampoco ignoraban la existencia del océano Atlántico. Esas nociones les daban la posibilidad de administrar su espacio racionalmente: en él se conjugaban el hombre y la naturaleza en un armonioso equilibrio. Esto era sentido así por el guaraní: lo que quedaba fuera de aquella geografía pasaba a ser la "tierra del otro".
El concepto de la propiedad privada no existía en su sociedad. Todo lo que se cosechaba en los cultivos hortícolas, el producto de la caza y la pesca, los frutos recolectados, eran distribuidos solidariamente entre todos los miembros del te’ýi. Solamente algunos pocos bienes podían ser considerados como personales, como el caso de las armas, las hamacas, algunos utensilios de cerámica.
Pese a sus principios tan progresistas en el ámbito interno, a sus ideas de armonía con respecto a la vida del hombre en la tierra y a su clara conciencia del otro, el pueblo guaraní como comunidad guerrera poseyó desde sus comienzos, un carácter intrusivo en la región platense. Su entrada fue violenta y determinó una existencia constantemente ofensiva y defensiva frente a las poblaciones aborígenes no guaraníes que habitaban la región. Algunos de sus enemigos fueron tomados como esclavos, otros comidos en rituales. La antropofagia resultaba una práctica común. Se consideraba que al ingerir la carne del enemigo vencido, existía una apropiación del valor y de las virtudes bélicas del otro.
Dada su movilidad y crecimiento, su idioma fue aprendido por diferentes pueblos y resultó útil para usarlo en los intercambios y en el comercio, y con el tiempo se convirtió en la lengua general conocida por las tribus del sur del Brasil, Paraguay, este de Bolivia y noreste argentino. En la actualidad, es la lengua oficial en Paraguay y se habla corrientemente en el norte de Argentina.
Es interesante observar la particular concepción que los guaraníes tenían del lenguaje, entendido como una fuerza creadora, capaz de transformar y hacer surgir realidades. Según la mitología guaraní, el mismo Namandu (dador de la vida) había creado el mundo por me­dio de las palabras almas.
En cuanto a su vida cotidiana, recolectaban de la selva: frutos silvestres, palmitos, piñones como el pino Brasil o araucaria y tubérculos; además de los materiales para fabricar sus utensilios, como ramas para sus flechas, fibras vegetales para confeccionar sus canastos, y frutos a fin de extraer colorantes para sus pinturas. También recogían la yerba para tomar el conocido mate de Argentina y Paraguay, una costumbre guaraní que pasó a los españoles en América y que hoy en día se conserva.
Cazaban con flechas y trampas pecaríes, tapires, carpinchos, coatíes, ciervos, tortugas, iguanas, yacarés y aves. Sus métodos resultaban numerosos y dependían de la pieza a atrapar. Podían usar arcos y flechas muy largos, las puntas de flecha para cazar aves eran mochas. Los jóvenes y niños empleaban arcos con los que arrojaban bolitas de arcilla dura, y así aprendían paulatinamente este arte. Las lanzas arrojadizas y mazas de madera dura que se utilizaban para rematar a los animales caídos en sus trampas resultaron ingeniosas; variaban desde lazos que al pisarlos la presa quedaba colgada de un árbol, hasta un tronco que caía sobre ella aplastándola. Pescaban sábalos, pirañas, anguilas, bagres, y otras especies abundantes en ríos y arroyos de la región, mediante línea y anzuelo con cebo de carne de pájaro, redes, diquecitos de ramas y tierra, o envenenamiento del agua con sustancias vegetales.
Los hombres vestían un taparrabos de algodón o un chiripá consistente en una tela ceñida a la cintura que llegaba hasta las rodillas. En el sur, con un clima más frío, podían abrigarse con una capa corta de algodón o de piel. Las mujeres usaban el tipoy o tupai, una túnica de algodón sujeta sobre el hombro, ajustada a la cintura con una faja de colores que los guaraníes llamaban chumbé. Todas sus piezas podían tener diseños pintados de guardas geométricas.
Para las ceremonias los jefes se engalanaban con pectorales de bronce o plata, capas de plumas de colores, tocados y brazaletes. Completaban los adornos collares realizados en algodón y plumas; las mujeres los usaban con semillas coloridas, de huesos, de vértebras de pescado, de valvas de caracol o plumas. Los anillos eran confeccionados con cáscaras de frutos de palmera. Los jóvenes próximos al matrimonio se colocaban flores en el cabello, también era muy habitual pintarse el cuerpo con rayas y puntos de colores, según la ocasión.
El orden espiritual del guaraní constituye uno de los aspectos más llamativos y atrayentes de su cultura. Desde el mismo momento de la conquista europea, llamó la atención de los conquistadores y colonizadores el hecho de que los guaraníes no poseyeran ídolos o imágenes para venerar, ni grandes centros ceremoniales. No dudaron en concluir que se trataba de un pueblo sin ningún tipo de creencias religiosas. Aunque eso no era verdad: la religiosidad existía y resultaba profundamente espiritual, a tal punto de que no necesitaban de templos ni de figuras talladas.
Ñanderuvusu, "nuestro padre grande"; Ñamandu, "el primero", el origen y principio"; Ñandejara, "nuestro dueño”, eran los nombres que hacían referencia a una divinidad concebida como invisible, eterna, omnipresente y omnipotente: una entidad espiritual concreta y viviente que podía relacionarse con los hombres, por ejemplo, bajo la forma perceptible de tupá, el trueno. Se manifestaba en la plenitud de la naturaleza y del cosmos, pero nunca en una imagen material. Ñamandu no era el dios exclusivo de los guaraníes, sino el dios padre de todos los hombres.
Frente a Ñamandu, el padre bondadoso, el dador de vida y sustento del equilibrio del orden universal, estaba la otra dimensión de la realidad espiritual, el mal, expresado en el concepto de Añá. Esta fuerza maléfica era la generadora de la muerte, la enfermedad, la escasez de alimentos y las catástrofes naturales.
Contaban además con personajes como el paye, que si bien no era considerado divino, sí sumamente respetado entre sus pares. Conocedor profundo de la herboristería, tenía carácter de médico del cuerpo y del espíritu. Luego de la conquista se lo creía portador de poderes portentosos, capaces incluso de causar la muerte, de hablar con los espíritus de los muertos, de cambiar el curso de los ciclos de la naturaleza, de provocar o curar enfermedades. A diferencia del cacique, con un poder temporario, el paye se imponía al grupo por sí mismo. El consumo de hierbas y hongos de propiedades alucinógenas era utilizado por el paye y generaba una atmósfera irreal que arrastraba a los integrantes de la comunidad a vivenciar experiencias semejantes a las de tipo místico.
Consideraban que el espíritu era inmortal y que la muerte consistía en el acto a través del cual el alma o anguera abandonaba el cuerpo físico, ya sin vida, o te’ongue.
Cuando un individuo fallecía, sus familiares procedían a la destrucción de todas aquellas pertenencias que pudieran retenerlo indebida-mente en el mundo de los vivos. Si el alma quedaba, por simpatía hacia algún objeto, en el mundo terrenal, se transformaba en un angueru o alma en pena y podía manifestarse ante los vivos bajo el aspecto de un póra o fantasma.
Al muerto lo enterraban en un japepo: una vasija de cerámica de enorme tamaño. No tenía una utilización específicamente fúnebre sino que cumplía numerosas funciones, construida por las manos alfareras de la mujer guaraní, servía para la cocción de los alimentos, para la fermentación de las bebidas alcohólicas y para su servicio en los diferentes agasajos, y su último e importante uso: el de urna funeraria.

1.043. Parodi (Lautaro)

Los diaguitas

Su cultura


Hacia fines del primer milenio de nuestra era, se destacó una formación social en el norte de nuestro país por su crecimiento cultural y su particular manera de adaptarse al patrón andino de organización política.
Los diaguitas se extendieron por el centro de la zona montañosa situada en el extremo noroeste de la actual República Argentina. Ocuparon los territorios de las actuales provincias de Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero y Tucumán. La geografia de los valles y las quebradas fueron escenario del desarrollo cultural de esta sociedad. Algunos autores ‑atentos al gentilicio otorgado por las primeras crónicas de la conquista‑ denominaron calchaquíes a la totalidad de los grupos que habitaron la zona que lleva el mismo nombre. Sin embargo, eran pulares, luracataos, chicoanas, tolom-bones, yocaviles, quilmes, tafís; y hualfines las parcialidades que confor-maban la sociedad diaguita.
El origen del vocablo diaguita proviene del idioma quechua y significa "serranos". Desde la llegada de los incas a la región del Noroeste se ha mantenido y difundido esta denominación. Uno de los factores aglutinantes más importantes de los diferentes grupos fue la lengua. El cacá o cacan, registrado en diversos documentos de la época, se utilizaba a lo largo de todo el territorio diaguita. La unidad se fortalecía mediante el mantenimiento de la organización social y económica y especialmente a través del sistema simbólico que daba sustento a una singular cosmovisión. De este modo, su cultura coexistía con las particularidades locales, sin negarlas pero subordinándolas.
La complejidad de este grupo sociocultural dentro de los límites del actual territorio argentino se reflejó en los altos valores que alcanzó su densidad de población. Los cálculos demográficos estimados para la época prehispánica proponen la cifra de 200 mil integrantes, sosteniendo así que la cultura diaguita conformó alrededor del 75% del total de los habitantes del territorio.
Físicamente, eran de estatura regular. La vestimenta en común consistía en una especie de camisa larga con o sin mangas y sandalias de cuero. Usaban una vincha en la frente con el objeto que sostenhía ornamentos compuestos de plumas de aves. Se adornaban con pulseras, plumas, pectorales de plata y, ocasionalmente, diademas de plata y oro. El cabello largo era trenzado y recogido en forma de moño o rodete. Utilizaban el arco y la flecha para cazar y defenderse.
El modo de subsistencia de la sociedad diaguita estaba basado en el desarrollo de la agricultura, complementado con la cría de animales y la recolección. Estas actividades productivas conformaron la base de su organización económica.
La actividad agrícola era planificada en torno al trabajo comunitario de cada aldea, que posibilitó la construcción y el mantenimiento del sistema de riego artificial. Este consistía en una serie de canales por los que el agua fluía hacia los diferentes andenes, propios de la práctica de cultivo en zona de altura. Los principales productos eran: maíz, ají, zapallo y poroto.
La cría de llamas y alpacas ‑animales típicos de la alta y fría zona andina‑ se destinó al transporte de cargas y provisión de lana para la producción textil, mientras la caza era practicada a baja escala. El almacenamiento de grandes cantidades de frutos recolectados, como el chañar y la algarroba, dan testimonio de una planificación asociada a un modo de subsistencia propio de una sociedad compleja.
La organización política de los diaguitas se destacó por una rica red de células sociopolíticas de acentuada unidad cultural, organizada a través de jefaturas con características hereditarias. Cada una podía tener a su cargo varias comunidades dependiendo de las necesidades, desplegándose así un sistema político sin cabecera integrado por grupos autónomos.
Cada comunidad estaba regida por un cacique polígamo pese a que la estructura familiar que representaba a la comunidad era monógama; se asentaban a lo largo de los valles y quebradas de la región, y así formaban parcialidades con nombres determinados.
Los caseríos estaban ubicados en el valle, en sitios de dificíl acceso; los muros de las viviendas que se construían sin mortero determinaban su forma rectangular.
La organización de la coinunidad mediante familias extensas pudo haber respondido a necesidades políticas y económicas. En principio, la confor-mación de macrofamilias quizá permitió cumplir con actividades requeridas por una aldea agrícola, tales como: las obras de irrigación mencionadas, la cpnstrucción de frentes de defensa, el trabajo en los andenes de cultivo. Puede suponerse que estas tareas superaron la capacidad de la familia extensa. El proceso de integración en función de las relaciones de parentesco y expansión de la responsabilidad laboral sustentaría la conformación de jefaturas según un principio hereditario.
El cacique administraba y destinaba las tierras de la comunidad. Bajo su responsabilidad estaba la construcción y el mantenimiento de las terrazas de cultivo escalonadas en la ladera de la montaña. Los diaguitas trabajaban las parcelas para los depósitos comunales y para su subsistencia. Este sistema respondía a una política de planificación en procura de bienestar general a partir de la satisfacción de necesidades primarias. El cacique era responsable de mantener las reservas de la comunidad en tiempos de escasez.
Los sitios arqueológicos estudiados testimonian una tendencia hacia el resguardo y la protección de las comunidades. Los poblados estaban generalmente custodiados por recintos construidos con fines defensivos. El análisis de las fortalezas y los variados instrumentos bélicos confirman una fuerte tendencia a rechazar y enfrentar posibles o concretas agresiones.
Hacia el año 1000 la estructura de la región del noroeste comenzó a transitar por un nuevo período caracterizado por un fuerte crecimiento demográfico. Este fenómeno social correspondió a un progreso equilibrado de las sociedades. La defensa y el control del territorio se instaló como objetivo primario, condición para la subsistencia y determinación del porvenir del grupo.
Toda cultura se relaciona con su medio y construye un sistema de creencias que le permite dar cuenta de su propia existencia y de los fenómenos naturales y sobrenaturales que conforman su universo.
Como cultura andina, la diaguita otorgaba prioridad a los rituales vinculados a la veneración del sol, el trueno y el relámpago, fenómenos naturales que se relacionaban directamente con su modo de subsistencia principal: la agricultura. Asimismo practicaban ceremonias para augurar la fertilidad de los suelos.
La consolidación de la sociedad en un territorio y el desarrollo de la agricultura como medio de subsistencia permitió la difusión de rituales especiales destinados a los antepasados. Testimonios de estas manifes-taciones son las tumbas encontradas en la zona que habitaron: se trata de rectángulos delimitados en el suelo mediante rocas colocadas cuidadosa-mente a lo largo de su perímetro, con el objeto de contener al cuerpo. Algunos eran cubiertos por lajas que alcanzaban alturas de verdaderas criptas. De esta manera, las prácticas y los objetos destinados al culto de los muertos corresponden a la idea de muerte como fase integrante del ciclo de la vida. El cadáver se preparaba para iniciar un viaje mediante un enterramiento que incluía alimentos y bebidas. Los adultos eran sepultados en habitaciones y en sectores alejados de las urnas destinadas a los párvulos.
En los objetos cerámicos se destacan diseños que vinculan animales, dioses y fenómenos atmosféricos. Se consideraba a los ñandúes como animales sagrados que anunciaban las lluvias; los batracios surgieron en diversas representaciones; las serpientes fueron particularmente incorpo-radas a la decoración en alfarería debido a su estrecha relación con las precipitaciones.
Como integrantes del mundo andino que se extendía hacia los actuales territorios de Perú y Bolivia, los diaguitas recreaban el culto a la Pachamama (madre tierra), que afianzaba las creencias relacionadas con su influencia en la fertilidad del suelo, el andar confiado del peregrino, el parto seguro de las mujeres y el bienestar general. La práctica más difundida hasta nuestros días es la ofrenda del primer trago a la Pachamama, así como el primer trozo de comida y el primer fruto de la recolección.

En el universo simbólico andino, la co‑presencia de Pachacamac (dios del cielo) y de Pachamama testimonia de una representación complementaria entre cielo y tierra, que desembocaba en sus hijos civilizadores: el sol y la luna.
En la zona serrana, Pachacamac también recibía el nombre de Viracocha, que presenta cierta similitud con algunos personajes de la zona del noroeste, vinculados con símbolos astrales.
El arte diaguita estuvo principalmente dirigido hacía fines religiosos ceremoniales u ornamentales, impulsando el desarrollo de estilos singulares apreciados tanto en cerámica como en metalurgia.
Su producción cultural se destacó por el detallado acabado de las elaboraciones artísticas. En alfarería se aprecian las formas de jarros, zapatos y patos, componentes del universo simbólico de esta cultura. Los platos de pared fueron decorados según patrones geométricos que utilizan el blanco, el negro y el rojo como síntesis expresiva.
Cada familia fabricaba sus ollas, cántaros y vasijas. Los artesanos especializados realizaban obras de arte tales como las urnas funerarias, algunas decoradas empleando diversos colores. Durante la época de apogeo, los diaguítas trabajaron el cobre con el fin de confeccionar objetos utilitarios, como cuchillos, cinceles y anzuelos. Esta destreza fue aplicada también para la elaboracion de diversos elementos ornamentales, para los cuales emplearon el bronce y ciertas mezclas de metales que se han encontrado en diferentes sitios arqueológicos. En menor medida produjeron objetos de oro y plata.
El tallado en hueso fue otra técnica muy difundida entre los diaguitas. Se encontraron espátulas estilizadas con diseños zoomorfos y antropomorfos. Trabajaron la piedra para fabricar instrumentos de pesca y caza como puntas de proyectiles, cuchillos y raspadores. Además, mediante la técnica de pulido de roca elaboraron figuras con formas humanas y de animales.
El arte de la cestería se desarrolló con admirables resultados: la producción textil se caracterizó por el empleo de los mismos singulares diseños representados en los objetos cerámicos.
La expansión y la penetración incaica fue un hecho histórico que determinó el devenir de los pueblos del Noroeste y especiamnente de la sociedad diaguita.
Teniendo en cuenta las descripciones y análisis desarrollados, el Noroeste se presenta durante el siglo XIV como una región íntegrada al sistema sociopolítico y cultural andino mediante relaciones de intercambio, a partir del centro comprendido por los valles y las quebradas.
En esta singular geografía creció una sociedad que supo subsistir, defenderse y comunicarse con otras. La cultura diaguita se constituyó de esta manera como una unidad social, recibiendo influencias y resignificando elementos a partir de su propio sistema de valores y creencias. Su desarrollo se correspondió con el patrón cultural andino preincaico del territorio de Sudamérica: autonomías con larga tradición de intercambio entre los diversos ecosistemas determinados por la cordillera de los Andes, desde la costa occidental, la altura de montaña, la puna o meseta de altura, y las yungas o regiones precedentes a la selva tropical.
De esta dinámica de comunicación entre sociedades dan testimonio los registros arqueológicos estudiados, que evidencian la alta interrelación en el mundo andino preincaico. Por ejemplo, ciertos patrones de la producción alfarera encontrada en la provincia de Santiago del Estero vinculados con el estilo cerámico candelaria de la Amazonía.
Hacia fines del siglo XV, durante el reinado de Tupac Yupanqui ‑hijo de Pachacutec‑, los incas iniciaron su período de expansión hacia el sur del Imperio, e ingresaron desde el norte al actual territorio argentino. Esta etapa se considera las más expansiva por la dinámica que desarrollada por la actividad de conquista.
Los caminos fueron construidos en congruencia con las sendas naturales, desembocando en verdaderos sistemas de comunicación territorial. Desde el centro del Imperio, la ciudadela del Cuzco, se avanzó hacia Bolivia, la Puna, y finalmente gran parte de la actual nación chilena. El proceso constante de invasión se consolidaba mediante el establecimiento de tambos y pucarás.
Un recurso de integración cultural era la progresiva introducción de la lengua de los invasores ‑el quechua‑ que comenzó a desarrollarse en la zona pero no logró afianzarse.
El omaguaca y el cacá ‑ambos originales de la región del Noroeste­ no fueron suplantados sino coexistentes al quechua foráneo, que había comenzado a difundirse antes de la llegada de los españoles a la capital del Imperio Andino.
Las construcciones, los caminos y la alfarería son testimonios de la presencia incaica en el noroeste.
La sociedad diaguita experimentó un singular proceso de cambio y la fuerte influencia recibida quedó expresada en bienes culturales, tales como objetos ornamentales y utilitarios. El estilo inca se impuso sobre los patrones locales de producción porque las elaboraciones en cerámica y la metalurgia constituían símbolos de su identidad.
La presencia incaica modificó la orientación de la producción imponiendo el pago de tributos que debilitaron el poder de los grupos locales y, su autonomía, transformándolos en subordinados del estado.
Debido a la particularidad de su organización social acéfala, caracterizada como un sistema de células, los emisarios del imperio no pudieron incorporar a los diaguitas al sistema de producción incaico como lo habían hecho con otros pueblos. Se limitaron a garantizar el pago del tributo al estado, e intentaron reemplazar grupos de trabajo con otros de destinos distantes para prevenir posibles rebeliones.
La relación establecida con el estado imperial comprende ciertas singularidades que distinguen y definen al pueblo diaguita. El nivel de subordinación permitió, sin embargo, la permanencia de las estructuras locales. La estrategia incaica consistió en utilizar comunidades originarias de otras regiones como cabeceras de conquista y colonización. Mediante estos traslados forzosos, el estado inca instalaba poblaciones de mitimaes en el seno de las comunidades dominadas. El desarraigo de estos grupos evitaba cualquier tipo de unión para la rebelión contra el imperio. Para la llegada de los españoles la quebrada de Humahuaca comenzaba a recibir poblaciones de chichas provenientes del actual territorio de Bolivia.
Desde su inicial contacto con el continente americano, los europeos se vincularon con las sociedades locales a partir de dos principales objetivos: beneficio económico y conversión religiosa. La importancia de la explotación de las minas de oro y plata de Potosí configuró el mapa político y económico de la región.
El control del noroeste del país resultaba imprescindible para abrir la ruta destinada al transporte de los metales preciosos hacia Europa a través de la cuenca del Río de la Plata. Los españoles ingresaron al actual territorio argentino provenientes del Alto Perú y de la región árida y seca de la ladera occidental de la cordillera de los Andes, después de haberse relacionado con diferentes culturas desde Centroamérica, durante casi medio siglo.
Con la desintegración del sistema imperial incaico, los diaguitas se libraron del pago de tributo pero tuvieron que enfrentarse a un poder incompatible con sus estructuras básicas de organización social. La política de conquista se enfrentó con una sociedad que, organizada en jefaturas, no poseía un centro de poder determinado. Esta dificultad para tratar con un único interlocutor complicó los proyectos de colonización y generó repetidas fundaciones de pueblos españoles a lo largo de la ruta de salida hacia el océano Atlántico.
Durante los primeros choques con los invasores españoles, la sociedad diaguita como totalidad ofreció una continua resistencia que dificultó por varias décadas los planes y objetivos predeterminados por los europeos.
El 20 de mayo de 1591, Juan Ramírez de Velazco fundó Todos los Santos de la Nueva Rioja en el actual territorio de dicha provincia. Se trató de una nueva empresa que tenía como objetivo establecer un fuerte de defensa contra los ataques de los indígenas locales. La denominación responde al nombre de una antigua comarca española y la reproduce el trazado de sus calles. Se organizó en torno a una plaza central o plaza mayor, frente a la cual se construyó la iglesia matriz dedicada a San Pedro Mártir. Se destinaron los espacios para las correspondientes órdenes religiosas que se asentaron: los franciscanos, mercedarios, dominicos y jesuitas.
Esta ciudad se consolidó como centro social y político durante la época colonial, debido a la proximidad de los yacimientos mineros de Famatina.
En 1593, cerca de cuarenta y cinco caciques encabezaron el ataque de 9 mil diaguitas a la ciudad de Nueva Rioja y comprometieron así su permanencia. Fue precisa entonces la intervención de San Francisco Solano, que medió entre las partes y logró restablecer las relaciones de poder colonial. Hasta nuestros días se conmemora esta acción durante la Pascua cristiana, bajo el nombre de Tinkunaco ("encuentro", "fusión"o "mezcla, en idioma quechua).
El sistema de encomiendas finalmente resolvió el problema español de los constantes ataques y asignó individuos o grupos familiares pequeños a los diferentes beneficiarios de las tierras usurpadas. Los conquistadores recurrieron a la separación fisica de los que sobrevivieron a las batallas, epidemias y deficiencias en la alimentación. Instalaron un sistema de explotación de mano de obra individual o familiar en estancias, como parte de una estrategia para su sometimiento. De este modo, la cultura diaguita como organización sociocultural fue desintegrándose en sucesivas etapas. Alrededor de 11 mil indígenas fueron desarraigados de sus tierras y enviados a diferentes regiones del territorio conquistado hasta ese momento.
Entre 1632 y 1636, el cacique Chelemín protagonizó un alzamiento contra los conquistadores. El motín provocó pérdidas importantes de ganado y numerosas bajas entre los indios encomendados que trabaron el crecimiento continuo de la región. Pero la superioridad bélica de los conquistadores, determinada por las armas de fuego, los caballos y las armaduras, fue un factor decisivo combinado con algunos pactos protagonizados por grupos locales.
El proceso de colonización de la región se fue consolidando con la liberación de las vías de comunicación con Tucumán. Inicialmente se facilitó con la fundación de Catamarca, aunque fue truncada por la escasez de agua que limitó la expansión de sus algodonales y viñedos.
En la segunda mitad del siglo XVIII, la comunidad de Chilecito ‑organizada alrededor de la Hacienda Santa Rita‑ inició un crecimiento equilibrado y continuo que desembocó un siglo después en su primacía en la región, superando demográficamente a la capital.

Leyendas diaguitas

Los personajes mitológicos relacionados con divinidades diaguitas se transmitieron de generación en generación. La memoria colectiva de este pueblo se mantuvo viva a través de la divulgación de creencias, valores y representaciones acerca del mundo circundante.

1.043. Parodi (Lautaro)